Santísima Trinidad: 14° Parte - La razón natural y el Misterio Trinitario



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


LA RAZÓN Y EL MISTERIO

TESIS 2°. "La Trinidad de Personas en Dios es un misterio estrictamente dicho, es decir, solamente puede ser conocido por la Revelación divina sobrenatural y la razón natural, aceptado este dato revelado, no puede alcanzar evidencia intrínseca de dicho misterio". 

A. Explicación

Por la Escritura y la Tradición sabemos que hay  tres Personas realmente distintas entre sí y que subsisten en una naturaleza numéricamente la misma. Dicho de otro modo, Dios es uno en naturaleza (esencia, substancia) y trino en Personas. Es conveniente conocer ahora cuál es la relación o situación de la razón humana respecto a este misterio.

En la tesis afirmamos que el misterio de la Santísima Trinidad es un misterio estrictamente dicho. El Concilio Vaticano I se refiere a ello con estos términos: "los misterios divinos, por su propia naturaleza, de tal manera sobrepasan el entendimiento creado que, aun transmitidos por la revelación y aceptados por la fe, siguen, no obstante, encubiertos por el velo de la misma fe" y, por tanto, en ningún modo "pueden ser entendidos y demostrados por medio de la razón convenientemente cultivada partiendo de sus principios naturales".

Según la interpretación común de los teólogos, de esta doctrina conciliar se deduce que la razón humana, dejada a sus fuerzas naturales, no puede probar positivamente ni la existencia, ni la esencia de esos misterios; en nuestro caso, la razón humana, por mucho que se empeñe en analizar la proposición :"Dios uno en naturaleza es trino en Personas", no podrá ver ni que el predicado convenga a ese sujeto, ni la íntima razón por la cual se formula ese juicio.

Otra cosa es que el entendimiento humano, supuesta la Revelación y la luz que de ella dimana, pueda aducir algunos motivos o razonamientos para facilitar a la inteligencia humana la aceptación del misterio; puede, asimismo, comprender el significado de los vocablos con que se expresan esos misterios y exponerlos de algún modo mediante conceptos analógicos y explicar de modo científico su realidad; finalmente, no solamente puede, sino que tiene que demostrar que los misterios nada contienen contra la recta razón, lo cual hace de un modo negativo, es decir, mostrando que el entendimiento humano no puede presentar argumentos racionales que demuestren la repugnancia intrínseca o la imposibilidad metafísica de los misterios.

 En esta tesis tratamos solamente de la índole misteriosa del dogma trinitario. En otra tesis demostraremos que este misterio no repugna a la razón natural.


B. Magisterio de la Iglesia

Concilio Vaticano I: "Los misterios divinos, por su propia naturaleza, de tal manera sobrepasan el entendimiento creado que, aun transmitidos por la Revelación y aceptados por la fe, siguen, no obstante, encubiertos por el velo de la misma fe"".

Lo que expresamente se define es que en la Revelación divina hay misterios estrictamente dichos y que sobrepasan el entendimiento creado, aun después de revelados y aceptados por la fe. Ahora bien, el misterio de la Trinidad, en el que se nos revela la vida íntima del mismo Dios, ha de incluirse necesariamente entre estos misterios.


C. Adversarios

C.1. Abelardo
Que afirmaba que "el Padre es potencia plena; el Hijo cierta potencia; el Espíritu Santo ninguna potencia" con lo que daba a entender que, antes de que nos sea revelado, puede demostrarse el misterio trinitario deduciéndolo de la potencia, de la sabiduría y de la bondad. Esta afirmación fue condenada en el Concilio de Sens, año 1140.

C.2. Semirracionalistas
Que sostienen que, una vez revelado, el misterio trinitario puede conocerse en cuanto a su posibilidad intrínseca y en cuanto a su naturaleza más íntima. Aquí están Günter, Hermes, Rosmini, con diversos matices.


D. Sagrada Escritura

  • Rom 1,19,s.s.: "Porque lo invisible de Dios ... se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad".  Por este texto se prueba que los atributos esenciales de Dios, como su divinidad y su poder eterno, lo puede conocer la razón  natural.
  • 1Cor 2,10: "Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu, y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios". Es decir, sólo el Espíritu de Dios conoce el ser íntimo de Dios.
  • Mt 11,27: "Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Es decir, todo lo que se relaciona con el misterio Trinitario se atribuye a Revelación divina.


E. Argumento teológico

E.1. Antes de la revelación del misterio la razón natural no puede demostrar la existencia de la Trinidad. Así argumenta  Sto. Tomás. "el hombre, con sus propias fuerzas, no puede alcanzar el conocimiento de la existencia de Dios si no es mediante las criaturas. Mas las criaturas conducen al conocimiento de Dios, como el efecto a su causa. Luego la razón natural no puede conocer de Dios más que aquello que necesariamente le compete en cuanto que es principio de todos los seres ... Ahora bien, el poder creador de Dios es común a la toda la Trinidad, y por ello, pertenece a la unidad de la esencia y no a las Personas distintas. Luego mediante la razón natural puede conocerse de Dios lo que pertenece a la unidad de la esencia, pero no lo referente a la distinción de Personas".

E.2. Después de la revelación del misterio tampoco puede la razón natural conocer la posibilidad interna de la Trinidad.

El motivo de ello es que, aunque los términos que expresan la revelación como Padre, Hijo, generación, relación, etc., están tomados de realidades creadas, y dichos términos son inadecuados para expresar la divinidad. En efecto, son términos usados por analogía entre las realidades creadas, conocidas por la razón natural, y las realidades divinas son de otra naturaleza, siendo mayor la desemejanza que la semejanza. Por eso se entiende que la razón natural no pueda, ni aun conocida por Revelación la existencia del misterio, llegar a conocer su interna posibilidad o naturaleza.


TESIS 3°.  "El misterio de la Trinidad, sin embargo, no repugna a la razón natural"

A. Explicación

Que una verdad o un misterio no repugna a la razón, se puede demostrar positiva o negativamente. Positivamente, si se demuestra la posibilidad interna de esa misma verdad; negativamente, si se demuestra que en esa verdad no encuentra ninguna contradicción y además se prueba que las razones, que alguien pueda aducir en contra, no son demostrativas y, por tanto, no destruyen el auténtico sentido de la verdad.

Como es lógico, la demostración de la tesis no discurrirá por la vía de la argumentación positiva, puesto que el dogma trinitario constituye, como hemos visto, un misterio estrictamente dicho. Quiere esto decir que, al emplear el método o vía negativa, habrá que dedicar una parte de la argumentación a exponer que las razones de los adversarios no son demostrativas, es decir, a resolver las dificultades que puedan presentar los adversarios.

B. Magisterio de la Iglesia

Concilio Vaticano I: "Pero, aunque la fe esté por encima de la razón, sin embargo, ningún desacuerdo puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios, que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni la verdad contradecir jamás a la verdad".

Es por lo tanto, una verdad implícitamente  definida que el misterio de la Trinidad, aunque supera a la razón natural, no es contraria a ella; es suprarracional pero no antirracional o irracional.


C. Adversarios

  • Los impugnadores de la Trinidad, es decir, los ateos, los incrédulos, etc.
  • Los racionalistas para quienes todos los misterios revelados, pero especialmente el de la Santísima Trinidad, son un cúmulo de contradicciones absurdas.


D. Argumento Teológico

D.1. Porque Dios es incomprehensible 
Efectivamente, para demostrar que este misterio trinitario repugna intrínsecamente, haría falta conocerlo perfecta y adecuadamente por medios de conceptos propios; en cambio, nuestro conocimiento de Dios es imperfecto y se obtiene por medio de conceptos análogos. Si ya es difícil para el entendimiento humano conciliar en Dios los mismos predicados o atributos que conocemos por la sola razón natural, nada puede extrañar que resulte prácticamente imposible la comprensión del misterio trinitario.

D.2. Por la solución de las dificultades, lo cual no es demostrar el misterio de una manera positiva, pero sí negativa, probando que las razones que puedan presentar los adversarios en contra del misterio no logran mostrar que haya contradicción.

De estas dificultades la mayor es que en Dios haya una sola esencia o naturaleza y tres Personas realmente distintas entre sí. Dicho de otra manera, que el Padre sea Dios, que el Hijo sea Dios, que el Espíritu Santo sea también Dios y, sin embargo, los tres se distingan entre sí y no se distingan, sino que se identifiquen con la esencia divina. La contradicción aparente estaría en lo siguiente: la identificación con la esencia (es decir, las tres Personas tienen la misma esencia divina) ¿no implicaría la identidad de Personas? Y, por el contrario, la distinción de Personas ¿no implicaría la distinción de esencias? La razón de esta dificultad estriba en el "principio de identidad", según el cual dos cosas iguales a una tercera , tienen que ser iguales entre sí.

La respuesta a la dificultad deja en pie la validez del mencionado principio de identidad y recurre a la distinción entre "naturaleza" y "persona", que hace posible la existencia del misterio trinitario sin que repugne a la razón humana. En efecto, el Ser divino es totalmente singular, ya que en él se da "unidad" en lo que corresponde al concepto de naturaleza, esencia y substancia, pero al mismo tiempo se da en él "trinidad" en lo que corresponde al concepto de persona. Dicho de otro modo, la "esencia" divina tiene de excepcional ser simultáneamente absoluta y relativa; esto es, "absoluta", en cuanto que existe en sí, respondiendo a la idea que la razón humana tiene de esencia  naturaleza y substancia; "relativa", en cuanto que toda ella dice orden y referencia a otro, y corresponde al concepto que la razón humana tiene de relación.

De ahí que no resulte contradictorio para la razón humana afirmar que la esencia divina existe toda en sí y también toda en relación a otro; y, por eso, tampoco es contradictorio decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un Dios único en esencia (naturaleza y substancia) y tres relativos opuestos subsistentes (Personas) en una naturaleza numéricamente la misma.


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La esperanza, fuerza de los mártires



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 28 de junio de 2017



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la esperanza cristiana como fuerza de los mártires. Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición. Y usa también una expresión extrema: «Seréis odiados —odiados— de todos por causa de mi nombre» (Mateo 10, 22). Los cristianos aman, pero no siempre son amados. Desde el principio Jesús les pone frente a esta realidad: de manera más o menos fuerte, la confesión de la fe acaece en un clima de hostilidad.

Los cristianos por ello son hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: ya que el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en varias maneras de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por el espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

Y la primera indicación es la pobreza. Cuando Jesús envía a los suyos en misión, ¡parece que pone más cuidado en “despojarles” que en “vestirles”! En efecto, un cristiano que no sea humilde y pobre, desinteresado ante las riquezas y el poder y sobre todo desinteresado de sí mismo, no se parece a Jesús. El cristiano recorre su camino en este mundo con lo esencial para el camino, pero con el corazón repleto de amor. La verdadera derrota para él o para ella es caer en la tentación de la venganza y de la violencia, respondiendo al mal con el mal. Jesús nos dice: «Yo os mando como ovejas en medio de lobos» (Mateo 10, 16). Entonces sin fauces, sin garras, sin armas. El cristiano, más bien, deberá ser prudente, a veces incluso astuto: estas son las virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia nunca. Para vencer al mal, no se pueden compartir los métodos del mal.

La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha? Pero en medio del torbellino, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando en haber sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mateo 10, 30). Como diciendo que ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, y seguramente protege; y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los entramados oscuros, que quien se lucra sobre la piel de los desesperados, que el que aplasta a los demás con prepotencia... Alguno que escucha desde siempre la voz de la sangre de Abel que grita desde la tierra.

Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos.

Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar las propias ideas, y aceptan tener que morir solo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana porque por encima de ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien el apóstol Pablo en el himno a la caridad, entendida como el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien Pablo en el himno a la caridad: «Aunque partiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Corintios 13, 3). Repugna a los cristianos la idea de que los terroristas suicidas puedan ser llamados “mártires”: no hay nada en su fin que pueda acercarse a la actitud de los hijos de Dios.

A veces, leyendo las historias de los muchos mártires de ayer y de hoy —que son más numerosos que los mártires de los primeros tiempos—, permanecemos estupefactos ante la fortaleza con la cual han afrontado la prueba. Esta fortaleza es el signo de la gran esperanza que les animaba: la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo (cf. 8, 38-39).

Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día. Gracias.


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Tomado de:

www.vatican.va

Las parábolas sobre el Reino de los Cielos




P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XVII
del Tiempo Ordinario

Mateo 13, 44-52

«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo encuentra, vuelve a esconderlo y, de tanta alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
«También es semejante el Reino de los Cielos al caso de un mercader que anda buscando perlas finas. Cuando encuentra una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.
«También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y captura peces de todas clases. Y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan y recogen en cestos los buenos, al tiempo que tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
«¿Habéis entendido todo esto?» Le repondieron: «Sí.» Y añadió: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»

Palabra de Dios

Buscar el tesoro: Dios es ese tesoro que buscamos y debemos dar todo para poseerlo.

Este párrafo del Evangelio nos trae a consideración varias parábolas de San Mateo; todas estas parábolas se refieren siempre al Reino de los Cielos. Describen además reacciones y actitudes que tenemos ante el mensaje del Señor. Dos de ellas (la del tesoro escondido y la de la perla de gran valor) son paralelas: dos situaciones diferentes de la vida pero que ilustran un mismo mensaje.

La parábola del tesoro escondido nos habla de un buscador de tesoros que un día se pone a cavar en un terreno y de pronto empieza a ver un cofre que esconde un tesoro; podemos sentir su emoción en el momento en que comienza el hallazgo. Y cómo se desencadenan una serie de consecuencias y decisiones, a toda velocidad, pues la alegría es enorme. Tapa el tesoro (se supone que no pertenece a nadie), y va a comprar aquel campo. No importa si para poder comprar ese campo tiene que vender todo lo que tiene; porque todo lo que tiene es nada en comparación con ese maravilloso tesoro.

Tres elementos básicamente hay en esta pequeña y emocionante historia: una persona que busca un tesoro, un hallazgo sorprendente de enorme valor, y la venta de todo lo personal para conseguir el tesoro.

Podemos aplicar esto a nuestra propia vida. Todos vamos caminando como buscadores de tesoros; en nuestros sueños hemos imaginado que nos tocaba un premio, que obteníamos un puesto elevado en nuestra profesión, que teníamos un triunfo clamoroso. Y en nuestra vida real, ya no en los sueños, buscamos sobresalir, queremos alcanzar la excelencia, queremos ser el primero en la competencia, un insaciable deseo de progresar, la necesidad de dar plenitud de sentido a nuestras vidas, son todas ellas actitudes que caben perfectamente en la descripción del hombre que va buscando un tesoro. Es el destino del ser humano, el ser un noble buscador de tesoros. El ser humano está destinado a elevarse por encima de lo rastrero.

Pero más allá de cualquier búsqueda de ésas, hay necesidades más hondas; más hondas que el sobresalir y el triunfar. Buscamos la verdad, buscamos el amor y buscamos a Dios. El hombre tiene una sed de verdad: necesita saber lo que es auténtico, lo que tiene consistencia, no simplemente se trata de buscar pequeñas verdades, sino La Verdad: esa afirmación real que hace coherente la vida humana, y el mundo que nos rodea. Buscamos un Amor en el cual pueda descansar nuestro corazón y todo su gran deseo de entrega: el corazón necesita ser entregado, necesita entrar en total comunión. Y buscamos a Dios, porque es el que está detrás de esa Verdad Única que queremos alcanzar; y es el depositario del Amor Total con el que queremos entrar en comunión.

El que busca a Dios termina encontrándolo. El tesoro que buscamos es Jesucristo; El es el Reino de los Cielos. Jesús se convierte en descubrimiento en algunos momentos de la vida. Y esto porque, si nosotros lo buscamos, más nos busca El. El descubrimiento se produce ciertamente para aquel que busca de verdad. Unas veces el descubrimiento viene por una lectura, otras veces en una enfermedad, unos días de reflexión en un retiro. El encuentro se produce de formas muy variadas. Hay algún convertido que lo encontró al ver correr el agua por debajo de un puente, otro lo encontró escuchando un fragmento musical. Lo que es necesario destacar es que el descubrimiento se produce.

Y este descubrimiento ocasiona emoción; la misma emoción que tendría un buscador que encuentra un cofre lleno de monedas de oro. Y mucho más, porque es un tesoro de un valor incalculable. El encuentro con Jesús, el descubrimiento de El como la verdad total de la vida, como el amor puro, produce vibración, conmoción. Se siente la certeza de haber encontrado todo lo que se podía buscar.

Y este encuentro cuestiona a la persona que ha encontrado el tesoro; la persona quiere tener para siempre esa maravilla que ha encontrado, y sabe que tiene que adquirirlo: el descubrimiento ha sido gratuito, Dios se ha hecho encontrar, y ahora hay que retenerlo, para que ese tesoro no se desvanezca y quede en simple recuerdo. Hay que pagar el precio, de algo cuyo valor es infinito, como es Dios. Naturalmente que no tenemos nada en nosotros que sea de valor infinito, pero Dios se contenta con que le demos nuestra vida. Es como el óbolo de la viuda en el templo, a la que Jesús alabó, porque dio todo lo que tenía para vivir. Eso es lo que Dios nos pide para ser el tesoro de nuestro propio corazón, que le demos absolutamente todo. Nos dieron ejemplo los apóstoles, que cuando descubrieron el tesoro, descubrieron a Jesús, dieron todo para seguirlo.

Buscar el tesoro ¡qué importante es! Encontrar el tesoro ¡qué afortunado es el que lo encuentra! Vender todo para adquirir ese tesoro ¡qué gran reto, y qué gran tarea para la vida!






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Los Retos de la Familia - 2° Parte: Una mirada a la historia reciente - El Concilio Vaticano II



LOS RETOS DE LA FAMILIA EN EL CONTEXTO ACTUAL

Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares
Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia (Sección Española)


I. UNA MIRADA A LA HISTORIA RECIENTE

Tradicionalmente la doctrina católica sobre el matrimonio recogía la enseñanza de San Agustín que él mismo sistematizó en torno a los bienes del matrimonio: el bien de la prole (bonum prolis), el bien de la fidelidad (bonum fidei) y el bien del sacramento (bonum sacramenti). El matrimonio era visto como un contrato singular cuyas notas características son la unidad y la indisolubilidad. Los fines propios de esta institución natural eran descritos como la procreación y la educación de los hijos, la ayuda mutua entre los esposos y el remedio de la concupiscencia (1).

En las décadas anteriores a la celebración del Concilio Vaticano II, desde perspectivas más personalistas, se reclamaba una revisión de los fines del matrimonio y se abogaba por incidir más en la relevancia del amor conyugal: se insistía en la necesidad de revisar el término contrato y la división entre fin primario (procreación) y fines secundarios.

1. El Concilio Vaticano II

Con este contexto inmediato, el Concilio Vaticano II al afrontar los temas del matrimonio y de la familia en la Gaudium et spes los trata como el primero de los problemas y necesidades urgentes en el mundo actual (GS 46). En expresión del mismo Concilio “la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (GS 47). Después de describir las sombras que oscurecen la dignidad de esta institución, se propone exponer la doctrina sobre la dignidad del matrimonio y de la familia (GS 48).

En este apartado de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (GS 48) el Concilio ofrece una síntesis en la que se guarda un equilibrio entre el carácter institucional del matrimonio y los nuevos acentos que venían propiciados por la corriente personalista. En primer lugar llama la atención la descripción que se hace del matrimonio como “íntima comunidad de vida y amor conyugal”. La expresión “íntima comunidad” y la referencia directa al “amor conyugal” son una clara expresión de la perspectiva en la que se sitúa el Concilio. Esta “íntima comunidad”, continua el Concilio, esta “fundada por el Creador y provista de leyes propias” que no se especifican. El término “contrato” es sustituido por la palabra “alianza” (foedus) de mayor relevancia bíblica y que hace referencia al consentimiento matrimonial: “esta comunidad […] se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal irrevocable” (GS 48).

El Concilio hace compatible estas nuevas expresiones con el lenguaje más tradicional: “Así, por el acto humano con el que los cónyuges se entregan y aceptan mutuamente nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad” (Ibíd). La palabra “institución” es completada con el término “vínculo sagrado” que apunta a la esencia del matrimonio: “este vínculo sagrado, con miras al bien tanto de los cónyuges y de la prole como de la sociedad, no depende del arbitrio humano” (Ibíd).

Así pues, siguiendo el lenguaje del Concilio Vaticano II, por el consentimiento matrimonial entre un hombre y una mujer (alianza) se ingresa en una” institución” fundada por el Creador y que tiene “leyes específicas”. Estas leyes hacen referencia a la unidad y a la indisolubilidad, que se describen en el mismo párrafo: “Así el hombre y la mujer, que por la alianza conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), se prestan mutuamente ayuda y servicio mediante la unión íntima de sus personas y sus obras, experimentando el sentido de la unidad y lográndola más cada día. Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exige la fidelidad plena de los cónyuges y urge su indisoluble unidad” (Ibíd).

Esta síntesis, como un mosaico completo en el que se unen las palabras comunidad, alianza, amor conyugal, institución y vínculo sagrado, es rematada por el Concilio con la siguiente afirmación: “El mismo Dios es el autor del matrimonio al que ha dotado con varios bienes y fines, todo lo cual es sumamente importante para la continuación del género humano, para el provecho personal y la suerte eterna de cada miembro de la familia, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana” (Ibíd).

Al hablar de los varios bienes y fines del matrimonio el Concilio no los especifica ni los subordina, aunque los Padres conciliares remiten en nota específica a San Agustín, santo Tomás y a la carta encíclica de Pío XI “Casti connubii”.

En continuidad con la doctrina católica, el Concilio destaca la llamada a la santidad de los esposos que deriva del origen del matrimonio y de su condición de sacramento de la nueva alianza: “Cristo, el Señor, ha bendecido abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y construido a semejanza de su unión con la Iglesia. Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo con una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos. Permanece además con ellos para que, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella, así también los cónyuges, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad” (Ibíd).

Así pues se pone en evidencia la bondad de la sexualidad humana que en su diferencia varón-mujer desde la creación apuntaba proféticamente a la alianza de Yahvé con su pueblo y de manera definitiva a la unión Cristo-Iglesia. La imagen y semejanza de Dios (Gen 1,27) vivida como vocación al amor tiene su icono en el amor de Cristo por la Iglesia. La herida del pecado que distorsiona esta llamada al amor y al don de sí es ahora sanada por el bautismo y por el sacramento del matrimonio que conduce al amor conyugal a participar de la caridad esponsal de Cristo: “El auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y se enriquece por la fuerza redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir a los esposos a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime tarea de padre y de madre” (Ibíd).

Si, como dice el Concilio, “por su propio carácter natural la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole”, ahora, desde la perspectiva sacramental, la participación en la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, los consagra y los fortalece para cumplir con su misión: “Por ello, los cónyuges cristianos son fortalecidos y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado por este sacramento especial, en virtud del cual, cumpliendo su deber conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda su vida está impregnada por la fe, la esperanza y la caridad, se acercan cada vez más a su propia perfección y a su santificación mutua y, por tanto, a la glorificación de Dios en común” (GS 48).

De esta manera se completa la arquitectura de lo que el Concilio enseña sobre el matrimonio. Éste tiene su origen en Dios, quien creando al hombre a su imagen varón-mujer los llama desde su condición sexuada al amor conyugal. Amor e institución van unidos y van encaminados al don de sí y a la procreación y educación de la prole. La unión de los esposos por el consentimiento matrimonial hace surgir un vínculo sagrado en quien descansa la esencia del matrimonio: serán una sola carne (Mt 19,6); se trata de una unión indisoluble vinculante porque, dándose y recibiéndose como esposos, consienten en pertenecerse mutuamente a título de justicia. Ya no son dos sino una sola carne. Su donación total en su condición sexuada atraviesa el tiempo hasta la muerte. Los esposos, movidos por el amor, dan voluntariamente su ser y su poder-ser; su entrega es para hoy y para siempre.
Este amor conyugal específico, robustecido por el don del sacramento del matrimonio es el que destaca como signo emblemático la Constitución conciliar Gaudium et spes. En su número 49 encontramos una descripción y análisis del mismo. Este amor, enseña el Concilio, no puede confundirse con la satisfacción del impulso erótico o ser considerado como un simple sentimiento. El amor conyugal tiene su sede en la voluntad que, sin excluir el impulso erótico o el sentimiento, es una decisión que implica el don de sí: “Este amor, por ser eminentemente humano, ya que se dirige de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y por ello puede enriquecer con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu y ennoblecerlas como signos especiales de la amistad conyugal” (GS 49).

Este amor, que impulsa y enriquece toda la vida matrimonial, está llamado a vivificar el vínculo sagrado que nace del consentimiento matrimonial. Por eso, llamar al matrimonio “institución” no disminuye la grandeza del amor, sino que garantiza la fidelidad a título de justicia. Amor y justicia van juntos. Por eso el amor reclama la fidelidad que es garantizada por la institución. Esta fidelidad no se puede confiar al impulso erótico ni al sentimiento. Este amor reclama el concurso de la voluntad, la decisión que conlleva el don de sí.

Este designio de Dios, autor del matrimonio, tropieza con la herida del pecado que debilita la voluntad, inclina hacia el egoísmo e incapacita para el don de sí. Por eso, continúa enseñando el Concilio: “El Señor se ha dignado sanar, perfeccionar y elevar este amor con un don especial de la gracia y de la caridad. Tal amor, que asocia al mismo tiempo lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, demostrado con ternura de afecto y de obras, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad se perfecciona y crece. Por consiguiente, supera con mucho la mera inclinación erótica, que, cultivada de forma egoísta se desvanece muy rápida y miserablemente […] Este amor, ratificado por la promesa mutua y sancionado sobre todo por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel en cuerpo y en espíritu, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, permanece alejado de todo adulterio y divorcio” (Ibíd).

Completado este bagaje con la reflexión sobre la fecundidad del matrimonio (GS 50) y la armonización del amor conyugal con el respeto de la vida humana (GS 51), el Concilio Vaticano II animaba a todos, —esposos, sacerdotes, fieles, al poder civil y a los científicos— a promover, también de manera asociada, el bien del matrimonio y de la familia. La síntesis doctrinal y el equilibrio entre las corrientes personalistas y las jurídico-institucionales así lo hacía preveer.



1 Cf. San Agustín, De bono coniugali: pc 40,375-376 y 394; Pío XI, Enc. Casti connubii: AAS 22 (1930) 543-555.


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Oraciones diarias para unirnos a la Red Mundial del Papa en el mes de JULIO 2017 - ClickToPray, 1 al 16

Compartimos las oraciones diarias de ClickToPray - Red Mundial de Oración del Papa, para continuar unidos en oración a lo largo del día durante Julio. Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez S.J. Secretario Nacional del Apostolado de la Oración - Perú, por compartir este material. Acceda AQUÍ.

Homilías Ciclo C - P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



CICLO DE NAVIDAD

ADVIENTO

Homilía: Domingo 1 Adviento (C) - De verdad que viene Dios, abre tu corazón 
Homilía: Domingo 2 Adviento (C) - ¿Necesito de Jesús para explicar mi vida?
Homilía: Domingo 2 Adviento (C) - "Navidad para el Año de la fe"
Homilía: Domingo 3 Adviento (C) - Con la alegría del Señor
Homilía: Domingo 3 Adviento (C) - "Con la alegría del Señor"
Homilía: Domingo 4 Adviento (C) - Le mantendré eternamente mi favor y mi alianza con él será estable
Homilía: Domingo 4 Adviento (C) - "Lo dicho se cumplió, lo prometió el Señor"
Homilía: Solemnidad de la Inmaculada Concepción - "Bendita entre todas las mujeres, ruega por nosotros"



FIESTA DE NAVIDAD

Homilía: Natividad de Jesucristo - Un Niño nos ha nacido


TIEMPO DE NAVIDAD

Homilía: Domingo de la Sagrada Familia Crecer en sabiduría, virtud y gracia ante Dios y los hombres

CUARESMA

Homilía: Domingo 1 Cuaresma (C) - Llevado del Espíritu al desierto
Homilía: Domingo 2 Cuaresma (C) - Cristo habita en mí
Homilía: Domingo 2 Cuaresma (C) - "Cristo habita en mí"
Homilía: Domingo 3 Cuaresma (C) - Conviértanse. El reino de Dios está aquí
Homilía: Domingo 3 Cuaresma (C)
Homilía: Domingo 4 Cuaresma (C) - Arrepentimiento del pecado y misericordia de Dios
Homilía: Domingo 4 Cuaresma (C) - "Gusten y vean qué bueno es el Señor"
Homilía: Domingo 5 Cuaresma (C) - "En adelante no peques más"
Homilía: Domingo 5 Cuaresma (C) - "La confesión, medio de santidad"


SEMANA SANTA


TIEMPO DE PASCUA

Homilía: Domingo 2 Pascua (C) - Dichosos los que creen
Homilía: Domingo 2 Pascua (C) - "Cristo, ¿dónde estás? Aquí, muy cerca"
Homilía: Domingo 3 Pascua (C) - Vivir de Jesús resucitado
Homilía: Domingo 3 Pascua (C) - "Vengan a comer"
Homilía: Domingo 4 Pascua (C) - "El don de buenos pastores"
Homilía: Domingo 5 Pascua (C) - La Gloria de Dios
Homilía: Domingo 5 Pascua (C) - "La Gloria de Dios"
Homilía: Domingo 6 Pascua (C) - "Me voy y volveré a ustedes"
Homilía: Domingo 6 Pascua (C) - "Me voy y volveré a ustedes"
Homilía: Solemnidad de la Ascensión del Señor (C) - "Nuestro Redentor asciende al Cielo y nos prepara un lugar"
Homilía: Solemnidad de Pentecostés - "Envíanos, Señor, tu Espíritu"



TIEMPO ORDINARIO

Homilía: Domingo 2 T.O. (C) Las bodas de Caná - La madre de Jesús estaba allí
Homilía: Domingo 2 T.O. (C) - "La Iglesia, la esposa de Cristo"
Homilía: Domingo 3 T.O. (C) - El Espíritu de Dios me ungió y me envió a anunciar el Evangelio
Homilía: Domingo 3 T.O. (C) - "El Espíritu Santo en Cristo, el Espíritu Santo en nosotros"
Homilía: Domingo 4 T.O. (C) - Escuchar la Palabra
Homilía: Domingo 4 T.O. (C) - "Enseñanzas de una visita"
Homilía: Domingo 5 T.O. (C) - Desde la barca sigue enseñando
Homilía: Domingo 5 T.O. (C) - Alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios
Homilía: Domingo 6º TO (C) - ¿Cómo un cristiano puede ser feliz?

Homilía: Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo - "La Iglesia vive de la Eucaristía"
Homilía: Domingo 10 T.O. (C) - "Orar los Evangelios"
Homilía: Domingo 11 T.O. (C) - "Se perdonó mucho a quien amó mucho"
Homilía: Domingo 12 T.O. (C) - "Sobre la cruz de Cristo y la intimidad con Él"
Homilía: Domingo 13 T.O. (C) - "Te seguiré a donde vayas"
Homilía: Domingo 14 T.O. (C) - "Díganles que el Reino ha llegado"
Homilía: Domingo 15 T.O. (C) - "Sin amar al prójimo no hay amor de Dios"
Homilía: Domingo 16 T.O. (C) - "Lo único necesario"
Homilía: Domingo 17 T.O. (C) - "Oremos más y oremos bien"
Homilía: Domingo 17 T.O. (C)- "Señor, enséñanos a orar"
Homilía: Domingo 18 T.O. (C) - "Cristo y las cosas de este mundo"
Homilía: Domingo 19 T.O. (C) - "Orando con el Evangelio"
Homilía: Domingo 19 T.O. (C) - "El dinero: su uso cristiano"
Homilía: Solemnidad de la Asunción de María al cielo (C) "María en la Iglesia; María en nosotros, en la Iglesia"

Homilía: Domingo 21 T.O. (C) - "La lucha cristiana de cada día"
Homilía: Domingo 21 T.O. (C) - "Estamos invitados, entremos al banquete"
Homilía: Domingo 22 T.O. (C) - "A los humildes da su gracia"
Homilía: Domingo 22 T.O. (C) - "A los humildes da su gracia"
Homilía: Domingo 23 T.O. (C) - "Seguir a Cristo es cargar la cruz"
Homilía: Domingo 23 T.O. (C) - "Seguir a Cristo es cargar la cruz"
Homilía: Domingo 24 T.O. (C) - "Cantaré eternamente la misericordia del Señor"
Homilía: Domingo 24 T.O. (C) - "Pecado y misericordia de Dios"
Homilía: Domingo 25 T.O. (C) - "Dios o el dinero: hay que elegir"
Homilía: Domingo 25 T.O. (C) - "Dios o el dinero: hay que elegir"
Homilía: Domingo 26 T.O. (C) - "La limosna, deber y garantía para el Cielo"
Homilía: Domingo 27 T.O. (C) - "El justo vive de la fe"
Homilía: Domingo 28 T.O. (C) - "Sobre la fe que salva"
Homilía: Domingo 29 T.O. (C) - "Orar como respirar"
Homilía: Domingo 30 T.O. (C) - "Exaltó a los humildes"
Homilía: Domingo 31 T.O. (C) - "Mantener vivo el encuentro con Cristo"
Homilía: Solemnidad de Todos los Santos - "La Salvación es de nuestro Dios y del Cordero"
Homilía: Domingo 34 T.O. (C) - Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo - "Este es el Rey"



Homilías Ciclo B - P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.



CICLO DE NAVIDAD

ADVIENTO

Homilía: Domingo 1 Adviento (B) - Vigilen, que Él es fiel
Homilía: Domingo 1 Adviento (B) - Vigilen, que Él viene
Homilía: Domingo 2 Adviento (B) - Viene el que puede más a librarnos
Homilía: Domingo 2 Adviento (B)_- Preparen el camino, conviértanse
Homilía: Domingo 3 Adviento (B) - Prepararse para recibir gracia tras gracia
Homilía: Domingo 4 Adviento (B) - Hágase en mí según tu palabra
Homilía: Solemnidad - La Inmaculada Concepción (B) Bendita entre todas las mujeres
Homilía: Solemnidad - La Inmaculada Concepción (B)


FIESTA DE NAVIDAD

Homilía: Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - Todos a Belén (B)


TIEMPO DE NAVIDAD

Homilía: Sagrada Familia (B) - Familia nueva para una Iglesia nueva
Homilía: Solemnidad de Santa María Madre de Dios (B)
Homilía: Solemnidad de Santa María Madre de Dios (B) - Madre de Jesús y Madre nuestra
Homilía: Domingo de Epifanía (B) - La estrella, es verdad que se ve
Homilía: Domingo de Epifanía (B) - "Nuestro Rey y Salvador ¿dónde está?"



CICLO DE PASCUA

CUARESMA

Homilía: Domingo 1 Cuaresma (B)

Homilía: Domingo 1 Cuaresma (B) - No nos dejes caer en la tentación

SEMANA SANTA

Homilía: Domingo de Ramos


TIEMPO PASCUAL

Homilía: Domingo de Resurrección (B) - Hemos resucitado con Cristo
Homilía: Domingo de Resurrección (B) - La Pascua del Señor
Homilía: Domingo 2 Pascua (B) - Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia
Homilía: Domingo 2 Pascua (B) - Creo en la Iglesia fundada por Jesucristo, fuente de Luz y de Verdad
Homilía: Domingo 3 Pascua (B) - La Iglesia obra y cuerpo de Cristo
Homilía: Domingo 3 Pascua (B) - Cristo resucitado en los sacramentos
Homilía: Domingo 4 Pascua (B) - Oveja en el rebaño del Pastor
Homilía: Domingo 4 Pascua (B) - El Buen Pastor, las ovejas y el rebaño
Homilía: Domingo 5 Pascua (B) - Permanezcan en Mí y Yo en ustedes
Homilía: Domingo 5 Pascua (B) - "Injertados en Cristo para dar fruto abundante"
Homilía: Domingo 6 Pascua (B) - Como el Padre me ha amado
Homilía: Domingo 6 Pascua (B) - "Esto les mando: ámense"
Homilía: Solemnidad de la Ascensión del Señor (B) - El Espíritu Santo y sus dones
Homilía: Solemnidad de la Ascensión del Señor (B) - En espera del Espíritu
Homilía: Solemnidad de Pentecostés (B) - "Envíanos, Señor, tu Espíritu"


TIEMPO ORDINARIO

Homilía: Domingo 2 T.O. (B) - Vivir ese gran encuentro
Homilía: Domingo 2 T.O. (B) - "Conocer la vocación"
Homilía: Domingo 3 T.O. (B) - Entre los pucheros anda Dios
Homilía: Domingo 3 T.O. (B) - "En la Iglesia de Cristo salvando hombres"
Homilía: Domingo 4 T.O. (B) - No nos dejes caer en la tentación
Homilía: Domingo 4 T.O. (B) - "Sólo Jesús nos libera del Diablo y su poder"
Homilía: Domingo 5 T.O. (B) - Orar en la enfermedad y por los enfermos
Homilía: Domingo 5 T.O. (B) - "¿Por qué orar?"
Homilía: Domingo 6 T.O. (B) - Cargó con nuestras enfermedades
Homilía: Domingo 6 T.O. (B) - "Si quieres, Señor, ayúdame, aunque no lo haga tan bien"
Homilía: Domingo 7 T.O. (B) - El Cristo en que creemos
Homilía: Domingo 7 T.O. (B) - "Contigo hablo. Levántate"

Homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad (B)
Homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad (B) - "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"
Homilía: Solemnidad del CORPUS CHRISTI (B) - La eucaristía como sacrificio y cima de la vida cristiana
Homilía: Solemnidad del CORPUS CHRISTI (B)
Homilía: Domingo 11 T.O. (B) - "De su palabra nos llega gracia tras gracia"
Homilía: Fiesta de la Natividad de San Juan Bautista - "Todo sucede para bien de los que le aman"
Homilía: Solemnidad de San Pedro y San Pablo - "Sobre Pedro edificó Cristo su Iglesia"
Homilía: Domingo 12 T.O. (B) - Increpó al viento, y el viento cesó
Homilía: Domingo 13 T.O. (B) - Ante el Señor de la vida y de la muerte
Homilía: Domingo 13 T.O. (B) - "Hágase conforme has creído"
Homilía: Domingo 14 T.O. (B) - Desde el principio la Palabra existe, todo se hace por ella, de ella viene una gracia tras otra
Homilía: Domingo 14 T.O. (B) - "Felices los que sin ver creen"
Homilía: Domingo 15 T.O. (B) - Podemos hacer grandes cosas
Homilía: Domingo 15 T.O. (B) - "Les envió y les dió su autoridad"
Homilía: Domingo 16 T.O. (B) - El Señor es mi Pastor
Homilía: Domingo 16 T.O. (B) - "Mis ovejas escuchan mi voz"
Homilía: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María - Desde el Cielo, María nos espera
Homilía: Domingo 24 T.O. (B) - Ninguna otra gloria, la cruz de Cristo
Homilía: Domingo 25 T.O. (B) - "No entendían de la cruz"
Homilía: Domingo 26 T.O. (B) - Dios actúa en todos Preserva a tu siervo de la arrogancia
Homilía: Domingo 26 T.O. (B) - "¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!"
Homilía: Domingo 27 T.O. (B) - Jesús y el matrimonio - Lo que Dios ha unido, unámoslo con Dios
Homilía: Domingo 27 T.O. (B) - La unión conyugal: unión sagrada
Homilía: Domingo 28 T.O. (B) - Jesús y el joven rico - Lo imposible para los hombres, posible para Dios
Homilía: Domingo 28 T.O. (B) - "A vivir el Año de la Fe"
Homilía: Domingo 29 T.O. (B) - Servir, no ser servido - Tengámoslo claro: para servir, no para que nos sirvan
Homilía: Domingo 29 T.O. (B) - "Humildes para ser santos y felices"
Homilía: Solemnidad del Señor de los Milagros - "Crucificados con Cristo"
Homilía: Domingo 30 T.O. (B) - Jesús y Bartimeo - Señor, que yo te esté viendo siempre
Homilía: Solemnidad de Todos los Santos - "¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero!"
Homilía: Domingo 31 T.O. (B) - Lo más importante de la moral
Homilía: Domingo 32 T.O. (B) - Atendiendo la necesidad de los más pobres - El Señor ama a los justos y sustenta al huérfano y a la viuda (Sal 145)
Homilía: Domingo 32 T.O. (B) - "El Señor ama a los justos y sustenta a los huérfanos y a las viudas"
Homilía: Domingo 33 T.O. (B) - Discurso escatológico - Mis palabras no pasarán
Homilía: Domingo 33 T.O. (B) - "No me entregarás a la muerte"
Homilía: Domingo 34 T.O. (B) Solemnidad de Cristo Rey - Cristo alfa y omega de la fe
Homilía: Domingo 34 T.O. (B) Solemnidad de Cristo Rey - "El que es de la verdad escucha mi voz"


Homilías Ciclo A - P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.






CICLO DE NAVIDAD

ADVIENTO

Homilía: 1º Domingo de Adviento (A)
Homilía: 2º Domingo de Adviento (A) - "Preparad el camino al Señor"
Homilía: 4º Domingo de Adviento (A) - "Derramen nubes al Justo"


FIESTA DE NAVIDAD

Natividad de Nuestro Señor Jesucristo - "Ahora nos ha hablado y habla por el Hijo"


TIEMPO DE NAVIDAD

Homilía: Domingo de EPIFANÍA - "Levántate, ha llegado tu luz"
Homilía: Domingo del Bautismo del Señor (A), 09 de Enero - "Hijo de Dios por el bautismo"




CICLO DE PASCUA


CUARESMA


SEMANA SANTA


TIEMPO PASCUAL




TIEMPO ORDINARIO

Homilía: Domingo 34 T.O. (A) - SOLEMNIDAD DE CRISTO REY El Reino de Jesús y su ley
Homilía: El Reino de Jesús y su ley - Solemnidad de Cristo Rey
Homilía: Domingo 33 T.O. (A) Como buenos administradores

Homilía: Domingo 33 T.O. (A) ¡Vamos a la casa del Señor!
Homilía: Domingo 32 T.O. (A) Vivir tiene sentido; también morir

Homilía: Domingo 31 T.O. (A) Templos de Dios con un sacrificio desde donde sale el sol hasta el ocaso
Homilía: Domingo 31 T.O. (A) La humildad en la vida cristiana

Homilía: Domingo 30 T.O. (A) Con todo el corazón, con toda el alma
Homilía: Domingo 29 T.O. (A) Al César lo que del César, a Dios lo que es de Dios
Homilía: Domingo 29 T.O. (A) Al César lo del César, a Dios lo de Dios

Homilía: Domingo 28 T.O. (A) El Señor es mi Pastor, nada me falta
Homilía: Domingo 28 T.O. (A) Hay muchos llamados, déjense elegir

Homilía: Domingo 27 T.O. (A) Cristo nuestra paz
Homilía: Domingo 26 T.O. (A) Los sentimientos de Cristo
Homilía: Domingo 26 T.O. (A) Un corazón humilde para que Dios lo ocupe

Homilía: Domingo 25 T.O. (A) Vivir como ciudadanos del Reino de Dios
Homilía: Domingo 25 T.O. (A) Vayan ustedes también a mi viña que les pagaré lo debido y más

Homilía: Domingo 24 T.O. (A) En la cruz está la vida
Homilía: Domingo 24 T.O. (A) Perdonar siempre es necesario

Homilía: Domingo 23 T.O. (A) No deber más que el amor
Homilía: Domingo 23 T.O. (A) Viviendo en la Iglesia

Homilía: Domingo 22 T.O. (A) Progresar en la vida de fe
Homilía: Domingo 22 T.O. (A) Cargando con nuestra cruz
Homilía: Domingo 21 T.O. (A) Cristo y el Papa, unidad inseparable


Homilía: Domingo 8 T.O. (A) El precio de la libertad interior
Homilía: Domingo 7 T.O. (A) Ser perfectos
Homilía: Domingo 6 T.O. (A) Un corazón nuevo
Homilía: Domingo 5 T.O. (A) Ser sal y luz del mundo
Homilía: Domingo 4 T.O. (A) Un pueblo pobre y humilde
Homilía: Domingo 3 T.O. (A) Pasando de las Tinieblas a la Luz
Homilía: Domingo 2 T.O. (A) El Espíritu Santo en el bautizado
Homilía: Santísima Trinidad (A)