¡FELIZ AÑO NUEVO 2019!




Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Nm 6, 24-26

Que a todos conceda Dios, nuestro Padre,
un año de bendición,
que les comunique la dulzura y la fuerza de su Espíritu y
que su apostolado sea seguido del fruto de un amor
abundante a Cristo y a su Iglesia.


P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J. y equipo editor

Diciembre 2018 - Enero 2019




Invitamos a orar a Dios agradeciendo por el año que se termina y ofreciendo el nuevo año que inicia.

¡FELIZ NAVIDAD!



Para todos nació, para que la bondad, la misericordia, la verdad y la vida alcance a todos.
Que en todos los colaboradores y lectores de este Blog crezca por tu gracia el amor a Ti y a los demás y la alegría de la fe.
¡Feliz Navidad!

P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita.
Director del Equipo Editor del Blog

Catequesis sobre "Nuestro Padre": 2. Una oración que pide con confianza.



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 12 de diciembre de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos el camino de catequesis sobre el «Padre nuestro», iniciado la semana pasada. Jesús pone en los labios de sus discípulos una oración breve, audaz, compuesta por siete preguntas, un número que en la Biblia no es casual, indica plenitud. Digo audaz porque, si no la hubiera sugerido Cristo probablemente ninguno de nosotros —es más, ninguno de los teólogos más famosos— osaría rezar a Dios de esta manera. Jesús, de hecho, invita a sus discípulos a acercarse a Dios y a dirigirle con confianza algunas peticiones: ante todo, relacionadas con Él y después, relacionadas con nosotros. No hay preámbulos en el «Padre nuestro». Jesús no enseña fórmulas para «congraciarse» con el Señor, es más, invita a rezarlo haciendo caer las barreras del sometimiento y del miedo. No dice de dirigirse a Dios llamándolo «Omnipotente», «Altísimo», «Tú, que estás tan distante de nosotros, yo soy un mísero»: No, no dice así, sino simplemente «Padre», con toda la sencillez, como los niños se dirigen al padre. Y esta palabra «Padre» expresa la familiaridad y la confianza filial.

La oración del «Padre nuestro» hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Por ejemplo, nos hace pedir el pan, el pan cotidiano: petición no sencilla pero esencial, que dice que la fe no es una cuestión «decorativa», separada de la vida, que interviene cuando se han cubierto todas las demás necesidades. Si acaso, la oración comienza con la vida misma. La oración —nos enseña Jesús— no inicia en la existencia humana después de que el estómago está lleno: sobre todo anida en cualquier parte que haya un hombre, cualquier hombre, que tiene hambre, que llora, que lucha, que sufre y se pregunta «por qué». Nuestra primera oración, en un cierto sentido, ha sido el vagido que acompañó la primera respiración. En ese llanto de recién nacido se anunciaba el destino de toda nuestra vida: nuestra continua hambre, nuestra continua sed, nuestra búsqueda de felicidad. Jesús, en la oración, no quiere apagar lo humano, no quiere anestesiar. No quiere que modifiquemos las preguntas y peticiones aprendiendo a soportar todo. En cambio, quiere que cada sufrimiento, cada inquietud, se lance hacia el cielo y se convierta en diálogo. Tener fe, decía una persona, es acostumbrarse al grito.

Deberíamos ser todos como el Bartimeo del Evangelio (cf. Marcos 10, 46-52) —recordemos aquel pasaje del Evangelio, Bartimeo, el hijo de Timeo— ese hombre ciego que mendigaba a las puertas de Jericó. En torno a él había mucha gente buena que intentaba hacerle callar: «¡Pero estate callado! Pasa el Señor. Estate callado. No molestes. El maestro tiene tanto que hacer; no lo molesten. Eres molesto con tus gritos. No molestes». Pero él, no escuchaba aquellos consejos: con santa insistencia pretendía que su mísera condición pudiera finalmente encontrar a Jesús y gritaba más fuerte. Y la gente educada: «Pero no, es el Maestro, ¡por favor!, ¡estás dando una mala impresión!» y él gritaba, porque quería ver, quería ser sanado: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!» (v. 47). Jesús le devuelve la vista y le dice: «tu fe te ha salvado» (v. 52), casi explicando que lo decisivo para su sanación fue aquella oración, aquella invocación gritada con fe, más fuerte que el «sentido común» de tanta gente que quería hacerlo callar.


La oración no solo precede a la salvación, sino que, de alguna manera, la contiene ya, porque libera de la desesperación de quien no cree en una vía de salida de tantas situaciones insoportables. Por supuesto, los creyentes también sienten la necesidad de alabar a Dios. Los Evangelios nos devuelven la exclamación de alegría que brota del corazón de Jesús, llena de asombro con gratitud al Padre (cf. Mateo 11, 25-27). Los primeros cristianos incluso sintieron la necesidad de agregar al texto del «Padre nuestro» una doxología: «porque tuyo es el poder y la gloria por todos los siglos» (Didaché, 8, 2). Pero ninguno de nosotros está obligado a abrazar la teoría que alguien adelantó en el pasado, es decir, que la oración de petición es una forma débil de fe, mientras que la oración más auténtica sería la alabanza pura, la que busca a Dios sin la carga de ninguna petición. No, esto no es cierto. La oración de petición es auténtica, es espontánea, es un acto de fe en Dios que es el Padre, que es bueno, que es omnipotente. Es un acto de fe en mí, que soy pequeño, pecador, necesitado. Y por eso, la oración para pedir algo es muy noble. Dios es el Padre que tiene una inmensa compasión de nosotros y quiere que sus hijos le hablen sin miedo, directamente llamándolo «Padre»; o en las dificultades diciendo: «Pero Señor, ¿qué me has hecho?». Para eso le podemos contar todo, también las cosas que en nuestra vida parecen torcidas e incomprensibles. Y nos ha prometido que estaría con nosotros para siempre, hasta el último de los días que pasemos en esta tierra. Recemos el Padre nuestro, comenzando así, simplemente: «Padre» o «Papá». Y Él nos entiende y nos ama tanto.

Tomado de:
http://w2.vatican.va

Catequesis sobre el "Padre Nuestro": 1. Enséñanos a orar.



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 5 de diciembre de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy comenzamos un ciclo de catequesis sobre el «Padre Nuestro». Los evangelios nos presentan retratos muy vívidos de Jesús como hombre de oración. Jesús rezaba. A pesar de la urgencia de su misión y el apremio de tantas personas que lo reclaman, Jesús siente la necesidad de apartarse en soledad y rezar. El Evangelio de Marcos nos cuenta este detalle desde la primera página del ministerio público de Jesús (cf. 1, 35). El día inaugural de Jesús en Cafarnaúm terminó triunfalmente. Cuando baja el sol, una multitud de enfermos llega a la puerta donde mora Jesús: el Mesías predica y sana. Se cumplen las antiguas profecías y las expectativas de tantas personas que sufren: Jesús es el Dios cercano, el Dios que libera. Pero esa multitud es todavía pequeña en comparación con muchas otras multitudes que se reunirán alrededor del profeta de Nazaret; a veces se trata de reuniones oceánicas, y Jesús está en el centro de todo, el esperado por el pueblo, el resultado de la esperanza de Israel.

Y, sin embargo, Él se desvincula; no termina siendo rehén de las expectativas de quienes lo han elegido como líder. Hay un peligro para los líderes: apegarse demasiado a la gente, no mantener las distancias. Jesús se da cuenta y no termina siendo rehén de la gente. Desde la primera noche de Cafarnaúm, demuestra ser un Mesías original. En la última parte de la noche, cuando se anuncia el amanecer, los discípulos todavía lo buscan, pero no consiguen encontrarlo. ¿Dónde está? Hasta que, por fin, Pedro lo encuentra en un lugar aislado, completamente absorto en la oración y le dice: «¡Todos te están buscando!» (Mc 1, 37). La exclamación parece ser la cláusula que sella el éxito de un plebiscito, la prueba del buen resultado de una misión.

Pero Jesús dice a los suyos que debe ir a otro lugar; que no son las personas las que lo buscan, sino que en primer lugar es Él el que busca a los demás. Por lo tanto, no debe echar raíces, sino seguir siendo un peregrino por los caminos de Galilea (versículos 38-39). Y también peregrino hacia el Padre, es decir: rezando. En camino de oración. Jesús reza.

Y todo sucede en una noche de oración.

En alguna página de las Escrituras parece ser la oración de Jesús, su intimidad con el Padre, la que gobierna todo. Lo será especialmente, por ejemplo, en la noche de Getsemaní. El último trecho del camino de Jesús (en absoluto, el más difícil de los que había recorrido hasta entonces) parece encontrar su significado en la escucha continua de Jesús hacia su Padre. Una oración ciertamente no fácil, de hecho, una verdadera “agonía”, en el sentido del agonismo de los atletas, y sin embargo, una oración capaz de sostener el camino de la cruz.

Aquí está el punto esencial: Allí Jesús rezaba.

Jesús rezaba intensamente en los actos públicos, compartiendo la liturgia de su pueblo, pero también buscaba lugares apartados, separados del torbellino del mundo, lugares que permitieran descender al secreto de su alma: es el profeta que conoce las piedras del desierto y sube a lo alto de los montes. Las últimas palabras de Jesús, antes de expirar en la cruz, son palabras de los salmos, es decir de la oración, de la oración de los judíos: rezaba con las oraciones que su madre le había enseñado.

Jesús rezaba como reza cada hombre en el mundo. Y, sin embargo, en su manera de rezar, también había un misterio encerrado, algo que seguramente no había escapado a los ojos de sus discípulos si encontramos en los evangelios esa simple e inmediata súplica: «Señor, enséñanos a rezar» (Lc 11,1). Ellos veían que Jesús rezaba y tenían ganas de aprender a rezar: “Señor, enséñanos a rezar”. Y Jesús no se niega, no está celoso de su intimidad con el Padre, sino que ha venido precisamente para introducirnos en esta relación con el Padre Y así se convierte en maestro de oración para sus discípulos, como ciertamente quiere serlo para todos nosotros. Nosotros también deberíamos decir: “Señor enséñame a rezar. Enséñame”.

¡Aunque recemos quizás desde hace muchos años, siempre debemos aprender! La oración del hombre, este anhelo que nace de forma tan natural de su alma, es quizás uno de los misterios más densos del universo. Y ni siquiera sabemos si las oraciones que dirigimos a Dios sean en realidad aquellas que Él quiere escuchar. La Biblia también nos da testimonio de oraciones inoportunas, que al final son rechazadas por Dios: basta con recordar la parábola del fariseo y el publicano. Solo este último, el publicano, regresa a casa del templo justificado, porque el fariseo era orgulloso y le gustaba que la gente le viera rezar y fingía rezar: su corazón estaba helado. Y dice Jesús: éste no está justificado «porque el que se ensalza será humillado, el que se humilla será ensalzado» (Lc 18, 14). El primer paso para rezar es ser humildes, ir donde el Padre y decir: “Mírame, soy pecador, soy débil, soy malo”, cada uno sabe lo que tiene que decir. Pero se empieza siempre con la humildad, y el Señor escucha. La oración humilde es escuchada por el Señor.

Por eso, al comenzar este ciclo de catequesis sobre la oración de Jesús, lo más hermoso y justo que todos tenemos que hacer es repetir la invocación de los discípulos: “¡Maestro, enséñanos a rezar!”. Será hermoso, en este tiempo de Adviento, repetirlo: “Señor, enséñame a rezar”. Todos podemos ir algo más allá y rezar mejor; pero pedírselo al Señor. “Señor, enséñame a rezar”. Hagámoslo en este tiempo de Adviento y él ciertamente no dejará que nuestra invocación caiga en el vacío.



Tomado de:
http://w2.vatican.va

Catequesis - Navidad: las sorpresas que a Dios le gustan.



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 19 de diciembre de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Dentro de seis días será Navidad. Árboles, decoraciones y luces por todas partes recuerdan que también este año será una fiesta. La máquina publicitaria invita a intercambiar siempre nuevos regalos para sorprenderse. Pero, me pregunto ¿es esta la fiesta que agrada a Dios? ¿Qué Navidad le gustaría, qué regalos y qué sorpresas?

Observemos la primera Navidad de la historia para descubrir los gustos de Dios. Esa primera Navidad de la historia estuvo llena de sorpresas. Comenzamos con María, que era la esposa prometida de José: llega el ángel y cambia su vida. De virgen será madre. Seguimos con José, llamado a ser el padre de un niño sin generarlo. Un hijo que —golpe de efecto— llega en el momento menos indicado, es decir, cuando María y José estaban prometidos y, de acuerdo con la Ley, no podían cohabitar. Ante el escándalo, el sentido común de la época invitaba a José a repudiar a María y salvar así su buena reputación, pero él, si bien tuviera derecho, sorprende: para no hacer daño a María piensa despedirla en secreto, a costa de perder su reputación. Luego, otra sorpresa: Dios en un sueño cambia sus planes y le pide que tome a María con él. Una vez nacido Jesús, cuando tenía sus proyectos para la familia, otra vez en sueños le dicen que se levante y vaya a Egipto. En resumen, la Navidad trae cambios inesperados de vida. Y si queremos vivir la Navidad, tenemos que abrir el corazón y estar dispuestos a las sorpresas, es decir, a un cambio de vida inesperado.

Pero cuando llega la sorpresa más grande es en Nochebuena: el Altísimo es un niño pequeño. La Palabra divina es un infante, que significa literalmente "incapaz de hablar". Y la palabra divina se volvió incapaz de hablar. Para recibir al Salvador no están las autoridades de la época, o del lugar, o los embajadores: no, son simples pastores que, sorprendidos por los ángeles mientras trabajaban de noche, acuden sin demora. ¿Quién lo habría esperado? La Navidad es celebrar lo inédito de Dios, o mejor dicho, es celebrar a un Dios inédito, que cambia nuestra lógica y nuestras expectativas.

Celebrar la Navidad, es dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra. No se puedes vivir “tierra, tierra”, cuando el Cielo trae sus noticias al mundo. La Navidad inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios, porque desde Navidad Dios es el Dios-con-nosotros, que vive con nosotros, que camina con nosotros. Vivir la Navidad es dejarse sacudir por su sorprendente novedad. La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo”.

Celebrar la Navidad es hacer como Jesús, venido por nosotros, los necesitados, y bajar hacia aquellos que nos necesitan. Es hacer como María: fiarse, dóciles a Dios, incluso sin entender lo que Él hará. Celebrar la Navidad es hacer como José: levantarse para realizar lo que Dios quiere, incluso si no está de acuerdo con nuestros planes. San José es sorprendente: nunca habla en el Evangelio: no hay una sola palabra de José en el Evangelio; y el Señor le habla en silencio, le habla precisamente en sueños. Navidad es preferir la voz silenciosa de Dios al estruendo del consumismo. Si sabemos estar en silencio frente al belén, la Navidad será una sorpresa para nosotros, no algo que ya hayamos visto. Estar en silencio ante el belén: esta es la invitación para Navidad. Tómate algo de tiempo, ponte delante del belén y permanece en silencio. Y sentirás, verás la sorpresa.
Desgraciadamente, sin embargo, nos podemos equivocar de fiesta, y preferir las cosas usuales de la tierra a las novedades del Cielo. Si la Navidad es solo una buena fiesta tradicional, donde nosotros y no Él estamos en el centro, será una oportunidad perdida. Por favor, ¡no mundanicemos la Navidad! No dejemos de lado al Festejado, como entonces, cuando «vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Desde el primer Evangelio de Adviento, el Señor nos ha puesto en guardia, pidiéndonos que no nos cargásemos con “libertinajes” y “preocupaciones de la vida” (Lc 21,34). Durante estos días se corre, tal vez como nunca durante el año. Pero así se hace lo contrario de lo que Jesús quiere. Culpamos a las muchas cosas que llenan los días, al mundo que va rápido. Y, sin embargo, Jesús no culpó al mundo, nos pidió que no nos dejásemos arrastrar, que velásemos en todo momento rezando (cfr. v. 36).

Será Navidad si, como José, daremos espacio al silencio; si, como María, diremos a Dios “aquí estoy”; si, como Jesús, estaremos cerca de los que están solos, si, como los pastores, dejaremos nuestros recintos para estar con Jesús. Será Navidad, si encontramos la luz en la pobre gruta de Belén. No será Navidad si buscamos el resplandor del mundo, si nos llenamos de regalos, comidas y cenas, pero no ayudamos al menos a un pobre, que se parece a Dios, porque en Navidad Dios vino pobre.


Queridos hermanos y hermanas, ¡os deseo una Feliz Navidad, una Navidad rica en las sorpresas de Jesús! Pueden parecer sorpresas incómodas, pero son los gustos de Dios. Si los hacemos nuestros, nos daremos a nosotros mismos una sorpresa maravillosa. Cada uno de nosotros tiene escondida en el corazón la capacidad de sorprenderse. Dejémonos sorprender por Jesús en esta Navidad.


Tomado de:
http://w2.vatican.va

ESPECIAL DE ADVIENTO



Ven, Señor

¡Ya, Señor! ¿Para cuándo esperas? ¡Ahora!
Ven pronto, ven, que el mundo gira a ciegas
ignorando el amor que lo sustenta.
Ven pronto, ven, Señor, que hoy entre hermanos
se tienden trampas y se esconden lazos.
Ven, que la libertad está entre rejas
del miedo que unos a otros se profesan.
Ven, ven, no dejes ahora de escucharnos
cuando tanto camino está cerrado
¡Ya, Señor! ¿Para cuándo esperas? ¡Ahora!
¿No has de ser la alegría de los pobres,
de los que en ti su confianza ponen?
¿No has de ser para el triste y afligido
consuelo en su pesar, luz en su grito?
¿Quién pondrá paz en nuestros corazones
si tu ternura y compasión se esconden?
¿Quién colmará esta hambre de infinito
si a colmarlo no vienes por ti mismo?
¡Ya, Señor! ¿Para cuándo esperas? Ahora.

adaptación del salmo 70
(Rezandovoy)























El Señor vendrá por segunda vez

El P. Adolfo Franco, jesuita, nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 2 de diciembre, iniciando así el tiempo de Adviento, en este primer domingo reflexionamos sobre la segunda venida en gloria de nuestro Señor Jesucristo: "Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de mirar hacia el futuro y alegrarnos de ver llegar hacia nosotros a Jesús, y que cuando llegue nos hará sentir lo que es su salvación, que inundará todo nuestro ser." Escuche el audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.

Inmaculada Concepción de María

La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción. Su fiesta se celebra el 8 de diciembre. Para conocer mayores detalles acceda AQUÍ.

Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Compartimos la homilía de nuestro Director, el P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita, con motivo de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción: "Bendita entre todas las mujeres, ruega por nosotros". Acceda AQUÍ.

Novena a la Inmaculada Concepción

Compartimos la Novena a la Inmaculada Concepción, con motivo de su fiesta el 8 de diciembre. Acceda AQUÍ.

San Francisco Javier, jesuita

San Francisco Javier fue uno de los misioneros más notables de la historia. Nace en Navarra, en el castillo de Xavier, el 7 de abril de 1506. Muere en China el 3 de diciembre de 1552.
La Compañía de Jesús lo considera como a una de sus dos importantes columnas y coloca a San Francisco Javier siempre junto a San Ignacio de Loyola. Su fiesta se celebra el 3 de diciembre. Para conocer más detalles de su vida acceda AQUÍ.

Los escritos de San Pablo: Su Teología - La justificación por medio de la fe en su Hijo Jesucristo

El P. Ignacio Garro, jesuita, continúa con sus temas sobre la teología de San Pablo, en esta oportunidad nos comparte sobre la justificación por medio de la fe en Jesucristo, y es así, como dice el Deut 30, 11: “Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni está fuera de tu alcance”. Basta que el hombre la observe íntegramente para que pueda presentarse delante de Dios y ser justificado. Acceda AQUÍ.

Los Orígenes: El Deuteronomio

El P. Fernando Martínez, jesuita, continúa compartiendo su estudio de los libros del Pentatéuco, en esta oportunidad finaliza con el Deuteronomio: "Este libro se presenta como una serie de discursos de Moisés. Es una ficción literaria que se utilizaba para avalar la autoridad y garantía de un escrito que trataba de recoger y adaptar en una “segunda” ley el espíritu de la “primera”, la del Sinaí." Acceda AQUÍ.

Catequesis sobre los mandamientos, 14-B: La nueva ley en Cristo y los deseos según el Espíritu.

Compartimos la última catequesis del Papa Francisco sobre los mandamientos, en esta oportunidad nos presenta la segunda parte del último tema tratado, nos dice, a manera de conclusión: "He aquí lo que es el Decálogo para nosotros cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu." Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de DICIEMBRE 2018

Compartimos la intención del Papa Francisco para el mes de diciembre, que encomienda al Apostolado de la Oración e invita a orar a todos los cristianos: «Para que las personas dedicadas al servicio de la trasmisión de la fe encuentren un lenguaje adaptado al presente, en diálogo con la cultura.» Acceda AQUÍ.

Intención del Papa Francisco para el mes de diciembre: Cómo hablar de fe

El P. José Enrique Rodríguez, jesuita, nos comparte su reflexión sobre la intención que el Papa Francisco nos comparte para orar con él durante el mes de diciembre. Acceda AQUÍ.

Los escritos de San Pablo: Su Teología - La justificación por medio de la fe en su Hijo Jesucristo



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

TEOLOGÍA DE SAN PABLO - 5° ENTREGA

11. LA JUSTIFICACIÓN POR MEDIO DE LA FE EN SU HIJO JESUCRISTO

11.1. ¿QUÉ ES LA JUSTIFICACIÓN?

Ser justificado es normalmente hacer uno que triunfe su causa sobre la de su adversario, hacer que resplandezca su derecho. Pero esto no es necesario que esto suceda delante de un tribunal ni que el adversario sea un enemigo. Querer ser justificado delante de Dios, pretender tener razón contra él parece una cosa imposible, el Salmo 143, 2 dice: “No entres en juicio con tu servidor; ningún viviente será justificado delante de Ti”. Así pues,  el A T plantea la justificación del hombre pecador ante Dios como una hipótesis irrealizable. Dios es el único Justo, lo cual quiere decir que nunca le falta la razón y que nadie puede disputar con él, así nos lo recuerda Is, 29, 16: “¡Qué error el vuestro! ¿Es el alfarero como la arcilla, para que diga la obra a su hacedor: “No me ha hecho”, y la vasija diga de su alfarero: “No entiende su oficio?”.


11.2. LA JUSTIFICACIÓN EN PABLO

En la revelación del NT vemos sobre todo al apóstol Pablo que había sido educado en el legalismo judío acerca de cómo poder ser justo ante Dios cumpliendo con toda exactitud la Ley de Dios, puesto que ésta es la expresión de su voluntad y la ley está al alcance del hombre según Deut 30, 11: “Porque este mandamiento que yo te prescribo hoy no es superior a tus fuerzas, ni está fuera de tu alcance”. Basta que el hombre la observe íntegramente para que pueda presentarse delante de Dios y ser justificado.

Pablo en sus discusiones con los judíos convertidos al cristianismo tiene que aclarar a su manera que la única y verdadera justificación proviene de Jesucristo que en su pasión, muerte  resurrección nos libró del poder del pecado y de la muerte eterna. Los judíos convertidos al cristianismo creían, de buena fe, que se podía conseguir la verdadera justificación ante Dios en su condición de pueblo pecador si cumplían con exactitud todo lo que mandaba la Ley como voluntad de Dios y que en el monte Sinaí fue entregada a Moisés para que el pueblo elegido cumpliera el pacto o Alianza y fuera fiel al Señor; pero la historia de Israel había demostrado muchas veces que la ley no se cumplía y una manera de reparar los pecados cometidos faltando a la ley de Dios era acudir al Templo pedir perdón por sus pecados realizando los ritos sacrificiales reparadores por los pecados, sacrificando animales, haciendo oblaciones, etc. Pero ésta fue una forma transitoria de justificar los pecados, pues en el fondo del corazón del judío ni la ley ni los ritos y sacrificios del Templo daban la verdadera justificación.

Pablo tiene que convencer a los judíos que la salvación no proviene del hombre sino sólo de Dios y la manera como Dios había pensado realizar esta justificación era enviando a su propio Hijo Jesucristo, quien muriendo en la cruz nos salvó de nuestros pecados y con su resurrección nos otorga una nueva vida. Sólo en Jesucristo hallamos la justificación, este fue el tema que Pablo desarrolla en parte de la carta a los Romanos y después en la carta a los Gálatas.

Sólo Jesucristo es el único Justo ante Dios Padre, Hech 3, 32: “A este Jesús, Dios le resucitó, de lo cual nosotros somos testigos. Así pues, exaltado por la diestra de Dios ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramado; esto es lo que vosotros veis y oís”; Jesucristo fue delante de Dios exactamente lo que Dios esperaba: es el Siervo, Justo y Fiel en el que el Padre pudo complacerse Mt 3, 17: “Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”; supo cumplir toda justicia hasta el fin y murió para que Dios fuera glorificado, es decir, para que apareciera delante del  mundo con toda grandeza y su mérito, digno de todos los sacrificios y capaz de ser amado por encima de todo.

El reconocimiento de Dios por la obra realizada por Jesucristo Dios mismo lo proclamó Kyrios, es decir, Señor de todas las cosas, resucitándolo de entre los muertos y poniéndole en plena posesión del Espíritu, Filip 2, 6- 11: “El cual siendo de condición divina, no codició ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre sobre todo nombre. Para que el nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el SEÑOR para gloria de Dios Padre”. Y en 1 Tim 3, 16. “Él ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, aparecido a los ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria”.

Los hombres pecadores somos justificados por la fe en el misterio de Jesucristo, misterio de Redención realizado por medio de su pasión muerte y resurrección de entre los muertos, y luego fue glorificado por el Padre. Esta regeneración interior por la que Dios nos justifica es real, nos quita nuestra condición de hombres pecadores y nos hace verdaderos hijos adoptivos de Dios; esta transformación no tiene nada de mágica, se realiza en el interior de nuestro ser por medio de la fe, por medio del Bautismo, y se manifiesta en nuestras palabras, gestos, obras, se realiza en la fe, ligándonos y uniéndonos a Cristo, desposeyéndonos de nuestro propio egoísmo del hombre viejo y ligándonos a Cristo por le fe, Rom 3, 28: “Porque pensamos que el hombre es justificado por le fe, independientemente de las obras de la ley”. Haciendo de nosotros hombres nuevos.

En efecto, creer por le fe en Cristo es reconocer en él al que el Padre ha enviado a su propio Hijo para librarnos del poder del pecado y de la muerte eterna; es prestar adhesión a sus palabras, es arriesgarlo todo por su Reino ... “a fin de ganar a Cristo”, incluso en sacrificar uno su propia vida, y así lo enseña en Filip 3, 8: “y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe en Cristo, la justicia que viene de Dios apoyada en la fe”.

11.3. IMPLICACIONES DE LA JUSTIFICACIÓN

El que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, que es el Mesías Salvador y se hace discípulo de él se salva. Tiene que vivir como él y realizar las obras que el nos encomendó. Sólo en Jesucristo está la Redención, la salvación, la justificación; sólo en Cristo somos justos y gratos al Padre. Y esto es un don del Padre, realizado por Jesucristo y comunicado por la acción del Espíritu Santo, se realiza dentro del ámbito de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

El tema de la justificación por medio del cumplimiento de la Ley es propio de la espiritualidad del judaísmo del AT, y tiene como fundamento el cumplimiento preceptivo de la Alianza en el Sinaí. Pablo tiene que aclarar que la justificación ya no viene por el cumplimiento exacto de la Ley sino por la fe en Cristo Jesús, así en Gal 2, 15-16 dice: “Nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores; a pesar de todo, conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado”. Y en Gal 3, 11, dice: “Y que la ley no justifica a nadie ante Dios es cosa evidente, pues el justo vivirá por le fe”.

Pablo se esfuerza en hacer comprender a los judaizantes que la justicia viene solamente  de Dios, así en Rom 3, 21-26, enseña: “Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención, realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, haciendo pasar por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser justo y justificador del que cree en Jesús”.

Por lo tanto por medio del Bautismo el cristiano ha quedado incorporado a Cristo y ya no tiene obligaciones con la  ley judía. Así enseña en Col 2, 16-23: “Por tanto, que nadie os cuestione critique por cuestiones de comida o de bebida, a propósito de fiestas, de novilunios, o sábados. Todo esto es sombra de lo venidero; pero la realidad es el cuerpo de Cristo. Que nadie os arrebate el premio por ruines prácticas y el culto de los ángeles, obsesionado por lo que vio, vanamente hinchado por su mente carnal en vez de mantenerse unido a su Cabeza, de la cual todo el cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión para realizar su crecimiento en Dios.
Una vez que habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿Por qué sujetaros, como si aún estuviereis en el mundo, a preceptos como “no toques”, “no pruebes”, “no acaricies”, cosas destinadas a perecer con el uso, y conforme a preceptos y doctrinas puramente humanos?. Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su piedad afectada, sus mortificaciones y su rigor con el cuerpo; pero sin valor alguno contra la insolencia de la carne”.

Y Pablo continua en su misión evangelizadora exhortando: en Col 3, 1-17: “Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él.
Por tanto mortificad cuanto en vosotros es terreno: fornicación, impurezas, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría, todo lo cual atrae la ira de Dios sobre los rebeldes, y que vosotros practicasteis en otro tiempo, cuando vivíais de ese modo. Mas ahora desechad también vosotros todo esto: cólera, ira, maldad, maledicencia y obscenidades, lejos de vuestra boca. No os mintáis unos a otros, pues despojados del hombre viejo con sus obras, os habéis revestido del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro o escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo en todos.
Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros, perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el broche de la perfección. Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo cuerpo. Y sed  agradecidos.
La palabra de Cristo  habite en vosotros en toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús dando gracias a Dios Padre por medio de Él”.


Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Los Orígenes: El Deuteronomio



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

El libro del Deuteronomio

Este libro se presenta como una serie de discursos de Moisés. Es una ficción literaria que se utilizaba para avalar la autoridad y garantía de un escrito que trataba de recoger y adaptar en una “segunda” ley el espíritu de la “primera”, la del Sinaí. Esta había sido hecha para un pueblo caminante “en marcha” (nómada), pero al parecer no respondía del todo a las diversas necesidades de una nación que se establece en una tierra e intenta organizarse como “nación” respetada por las naciones vecinas.

Antes de la caída de Samaría (721 a.C.) brota ya esta preocupación en el reino del Norte, que era una tierra fértil y dedicada en buena parte a la agricultura. Profetas como Elías, Amos y particularmente Oseas influyen en la redacción primitiva de esta segunda ley a cargo de los levitas. Muchos de éstos se refugian en Jerusalén luego de la ocupación de las tierras de Samaría por los conquistadores asirios.

Cuando en tiempos del reinado del rey Josías (622 a.C.) se llevan a cabo obras en el templo de Jerusalén, se descubre la existencia de este segundo cuerpo de leyes (2Re 22). Josías la propone como fundamento de su reforma religiosa y política. Esta línea de reforma es la médula que da vida a este libro del Deuteronomio.

Como ya lo hemos indicado más arriba, el escrito del Deuteronomio es punto de partida de toda una tradición de pensamiento que trata de releer la historia desde el fracaso y la frustración de los reinos del Norte y del Sur. El exilio prueba esta tesis con su interpretación teológica y marca una dirección hasta cierto punto novedosa con la finalidad primordial de superar la crisis de la identidad colectiva de Israel.

El Deuteronomio insiste en el “Yahvéh nuestro Dios’' (1,10), y subraya que Israel es su pueblo elegido. Sus habitantes serán como unos “hermanos” (1,16). Este dios es un Dios celoso de los ídolos extranjeros. La tierra es un don y un regalo suyo. El Deuteronomio urge al cumplimiento de la ley de Dios (4,40), para así no perder esa tierra “de trigo y cebada, de viñas, higueras y granadas, tierra de olivares, de aceite y de miel” (8,7-8). Tiende a una centralización del culto (cap. 12) y de la fiesta central de la pascua (cap. 16). Pero, en definitiva, el Deuteronomio es el libro del judaísmo; no una nueva ley sino una nueva forma de guardar y renovar la antigua.

ENTONCES, TÚ DIRÁS ANTE EL SEÑOR, TU DIOS: MI PADRE FUE UN ARAMEO ERRANTE, QUE BAJÓ A EGIPTO, Y SE ESTABLECIÓ ALLÍ, CON UNAS POCAS PERSONAS. PERO LUEGO CRECIÓ, HASTA CONVERTIRSE EN UNA RAZA GRANDE, POTENTE Y NUMEROSA. LOS EGIPCIOS NOS MALTRATARON Y NOS OPRIMIERON, Y NOS IMPUSIERON UNA DURA ESCLAVITUD. ENTONCES CLAMAMOS AL SEÑOR,
DIOS DE NUESTROS PADRES; Y EL SEÑOR ESCUCHÓ NUESTRA VOZ, MIRÓ NUESTRA OPRESIÓN, NUESTRO TRABAJO Y NUESTRA ANGUSTIA. EL SEÑOR NOS SACÓ DE EGIPTO CON MANO FUERTE Y BRAZO EXTENDIDO, EN MEDIO DE GRAN TERROR, CON SIGNOS Y PORTENTOS. NOS INTRODUJO EN ESTE LUGAR, Y NOS DIÓ ESTA TIERRA, UNA TIERRA QUE MANA LECHE Y MIEL, (Dt 26,5-9)

ESTOS MANDATOS SON VUESTRA SABIDURÍA Y VUESTRA INTELIGENCIA A LOS OJOS DE LOS PUEBLOS QUE, CUANDO TENGAN NOTICIA DE TODOS ELLOS, DIRÁN: CIERTO QUE ESTA GRAN NACIÓN ES UN PUEBLO SABIO E INTELIGENTE. Y, EN EFECTO, ¿HAY ALGUNA NACIÓN TAN GRANDE QUE TENGA LOS DIOSES TAN CERCA COMO LO ESTÁ EL SEÑOR DIOS DE NOSOTROS SIEMPRE QUE LO INVOCAMOS? Y, ¿CUÁL ES LA GRAN NACIÓN, CUYOS MANDATOS Y DECRETOS SEAN TAN JUSTOS COMO TODA ESTA LEY QUE HOY OS DOY? (Dt 4,6-8)

ESCUCHA, ISRAEL: EL SEÑOR NUESTRO DIOS ES EL ÚNICO SEÑOR. AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODA EL ALMA Y CON TODA TU FUERZA. (Dt 6,4-6)


Guía del Libro del Deuteronomio

(1,1-4,40)
• Primer discurso de Moisés. • Moisés recuerda la institución de los jueces. • Incredulidad en Cadés. • Instrucciones de Yahvéh. • De Cadés al Arnón. • Conquista de los territorios de los reyes Sijón y Og. • Reparto de Transjordania. • Ultimas disposiciones de Moisés. • Exhortación. • Recuerdo del Horeb. • Huir de la idolatría. • Elección divina.

(4,41-1-1,32)
• Segundo discurso de Moisés. • El decálogo. • Mediación de Moisés. • Fidelidad y amor de Yahvéh. • Un pueblo elegido. Un Dios poderoso. • La prueba del desierto. • El don de la tierra prometida. • La victoria es de Yahvéh. • Pecado de Israel e intercesión de Moisés. • El arca de la Alianza y la elección de Leví. • La circuncisión del corazón. • Promesas y advertencias. • Conclusión.

(12,1-26,15)
• Código deuteronómico. • Un santuario único. • Sobre los sacrificios. • Evitar la idolatría. • Animales puros e impuros. • Diezmos. • Año sabático. • Fiestas. • Sobre los jueces, el rey, sacerdotes, levitas y profetas. • El homicidio y las ciudades de asilo. • Los testigos. • La ley del Talión y la guerra. • El homicida desconocido. • Relaciones familiares. • Prescripciones diversas. • Delitos sexuales. • Pureza de la asamblea y del campamento. • Divorcio y matrimonio. • El levirato. • Equidad. • Primicias. • Diezmo trienal. • Israel, pueblo de Yahvéh. (27,1-28,69) • Conclusión del segundo discurso de Moisés. • Inscripción de la ley. • Rito de maldiciones. • Las bendiciones prometidas. • Las maldiciones. • Perspectivas de guerra y destierro.

(29,1-30,20)
• Tercer discurso de Moisés. • Recuerdo del éxodo y de la alianza. • La alianza abarca a las generaciones futuras. • Misericordia de Dios. • Los dos caminos.

(31,1-32,47)
• Ultimas disposiciones. • Misión de Josué. • Lectura ritual de la ley. • Instrucciones de Yahvéh. • Autoridad de la Ley. • Cántico de Moisés.

(32,48-34,12)
• Moisés contempla la tierra prometida. • Bendiciones de Moisés.

¡MIRAD!: YO HE PUESTO ESTA TIERRA ANTE VOSOTROS; ID A TOMAR POSESIÓN DE LA TIERRA QUE YAHVÉH JURÓ DAR A VUESTROS PADRES ABRAHAM, ISAAC Y JACOB, Y A SU DESCENDENCIA DESPUÉS DE ELLOS. (Dt 1,8)



LOS MANUSCRITOS DE QUMRÁN (I)


Cueva o gruta de manuscritos de Qumrán

No fue un pastor de cabras sino un beduino contrabandista el que descubrió en agosto de 1947 la primera de las once grutas de Qumrán. En aquella primera gruta este hombre encontró una serie de vasijas de barro. Una de ellas, la más pequeña y sellada con cuidado, contenía tres rollos de cuero empaquetados en tela, que resultaron ser unos manuscritos en hebreo.

Un zapatero sirio-cristiano de Belén que también se ocupaba de antigüedades compró los tres rollos por cinco dólares. Se los llevó al metropolita Mac Samuel (también sirio-cristiano) en Jerusalén. Este se interesó y le dió menos de 100 dólares (97,20 $) a cambio de los rollos. Los americanos compraron al metropolita los derechos fotográficos por 300 dólares y el profesor Sukenik de la Universidad Hebrea le pagó 6.075 dólares por los rollos.

Pero el metropolita que estaba bien relacionado con los beduinos había conseguido cuatro rollos más. Al fin, luego de una historia de película, logró venderlos gracias a un anuncio en el periódico " Wall Street Journal" (junio de 1954). Un banco adquirió el lote por 250.000 dólares.

Más tarde (13/02/1955) se supo que el Estado de Israel poseía los siete grandes manuscritos de la cueva N° 1. Estos son: dos copias del libro de Isaías; una especie de "Génesis apócrifo"; la "Regla de la Comunidad"; la "Regla de la Guerra"; una colección de "Himnos"; y un comentario de Habacub. Estos siete manuscritos se conservan en el llamado "Santuario del Libro',' diseñado expresamente para ellos, como parte destacada del Museo de Israel de Jerusalén.


LOS MANUSCRITOS DE QUMRÁN (II)
Vasija de barro con manuscritos de Qumrán

Desde 1952 a 1956 se fueron descubriendo otras "cuevas de manuscritos'.' Hoy día se tienen miles de fragmentos (algunos miden metros, en contraste con otros minúsculos) de unos 800 manuscritos distintos, en posesión de diversas instituciones oficiales y privadas con investigadores dedicados a su estudio exhaustivo. Una gran parte de todo este material ya ha sido publicado en diferentes lenguas.
Se trata de una copiosa biblioteca de manuscritos en la que además de los referentes a libros bíblicos conocidos, y los de uso normativo de la comunidad poseedora de esta biblioteca, hay fragmentos que apuntan a obras ignoradas e inspiradas en textos bíblicos pero que desarrollan un contenido bastante especulativo, entremezclado con otras tradiciones.

No faltan, además, textos astronómicos, calendarios y horóscopos. En uno de los rollos formado de láminas de cobre, aparece una lista de tesoros escondidos no sé sabe dónde.

LOS MANUSCRITOS DE QUMRÁN (III)


Uno de los rollos de manuscrito de Qumrán

Toda esta importante biblioteca hallada en las cuevas de Qumrán pertenecía a una comunidad residente en la zona (N.O. del mar Muerto). Los arqueólogos han dejado al descubierto las ruinas de un monasterio cuyos miembros vivieron en comunidad desde mediados del siglo II a.C. hasta la destrucción de Jerusalén por las tropas de Vespasiano (68 d.C.)

En su mayoría célibes, los miembros de aquella comunidad, en principio de origen sacerdotal, se sentían críticos del Templo de Jerusalén. Ellos se consideraban a sí mismos como "los puros'.' Habían sido dirigidos por un gran "maestro de justicia" (de santidad). Su regla se centraba en el perfecto cumplimiento de la Ley; y sus infidelidades a ella recibían el castigo debido.

Sus ritos principales eran purificatorios (a base de agua). Vivían en una actitud apocalíptica, a la espera de los últimos tiempos en los que la luz habría de vencer y superar a las tinieblas. La figura del Mesías que tendría que venir, se representaba tanto bajo la manifestación de un guerrero, como de un rey y de un sacerdote.

Parece ser que esta disidente comunidad de Qumrán, la comunidad de unos "segregados", escondía su raíz en un grupo denominado como "los esenios", surgido en tiempos de los Macabeos, junto con el de los fariseos y el de los saduceos (véase más arriba).


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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El Señor vendrá por segunda vez



P. Adolfo Franco, jesuita.
ADVIENTO
1er DOMINGO

Lucas 21, 25-28

«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, naciones angustiadas, trastornadas por el estruendo del mar y de las olas. Los hombres se quedarán sin aliento, presa del terror y la ansiedad, al ver las cosas que se abatirán sobre el mundo, porque las fuerzas de los cielos se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación.»
Palabra del Señor.

Hoy empieza el Adviento. Comienza el camino del cristiano; nuestro camino. El Adviento es la preparación al Nacimiento de Cristo. Y también debe ser entendido como un tiempo de preparación a la segunda venida de Cristo. Justamente de esta segunda venida de Cristo nos habla el Evangelio de Lucas, que hoy leemos.

Y para prepararnos adecuadamente debemos, “tener ánimo y levantar la cabeza”, como dice el evangelio de hoy. Tener ánimo y levantar la cabeza es lo mismo que decir tener esperanza. Se nos exhorta por tanto a comenzar este nuevo año litúrgico con una actitud positiva. Así deberíamos fijar bien nuestra atención y examinar si nuestra actitud es positiva. Si comenzamos el año litúrgico con ánimo o desanimados, con alegría o con tristeza.

¿De verdad creemos que estamos preparándonos para la celebración del Nacimiento de Cristo? Porque si esto es así, deberíamos alegrarnos. Jesús se hizo hombre, nació entre nosotros, se ha hecho uno con nosotros: es el regalo de Dios. El regalo, que supone de parte de Dios un amor incondicional. Estamos protegidos, Dios nos salva; y viene como un niño, el Niño de todos nosotros ¿hay motivo para alegrarnos? El Adviento que nos prepara a la Navidad, tiene para nosotros este primer mensaje: una preparación adecuada para el Nacimiento de Cristo, debe desterrar de nuestro corazón las tristezas y las sombras; no tenemos derecho al pesimismo, si creemos en la verdad incomprensible del Hijo de Dios hecho Hombre por nosotros y nacido de María Virgen; Jesús, el Verbo de Dios, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado.

¿De dónde vienen nuestras tristezas y nuestro pesimismo? ¿De la salud? ¿del fracaso en algo que nos hemos propuesto? ¿de carencias económicas? ¿de humillaciones? Hay una variedad de áreas en nuestra vida, en nuestro ser y en nuestro actuar, de donde nos surgen esos sentimientos de tristeza, de pesimismo. Y nos preguntamos ¿puede el pensamiento del Nacimiento de Cristo eliminar esas tristezas? Porque si el Adviento nos propone una lección de esperanza es porque supone que este solo hecho del Nacimiento de Cristo, puede contrarrestar todas las adversidades personales. Hay que reconocer que para la mayoría de las personas el pensar en el Nacimiento de Cristo no tiene la suficiente fuerza como para contrarrestar el efecto negativo de situaciones reales. ¿Entonces que? ¿Será esta lección de la esperanza una enseñanza irreal?

Todo depende de cuál es la perspectiva global con que pensamos nuestra vida. Todo depende de si le damos más peso a lo que vivimos en el presente, o a lo que esperamos para nuestro futuro. Depende de si la perspectiva de nuestro futuro, o sea la esperanza de la segunda venida, adquiere fuerza en nuestro ser, tanta fuerza como para que pueda contrarrestar la fuerza negativa de nuestras tristezas. De esto nos habla el Evangelio: “verán venir al Hijo del Hombre con gran poder y majestad”. La certeza de esta segunda venida debe adquirir fuerza entre las actividades rutinarias de nuestra existencia. Esta segunda venida debe iluminar nuestro quehacer diario. Y entonces todo quedará teñido de esa bella luz, incluso los momentos tristes y desesperanzados.

Nuestra vida, este tramo pequeño de vida que vivimos sobre el planeta Tierra, no lo es todo. Estamos ya lanzados hacia el porvenir, y en ese porvenir vendrá el Hijo del Hombre; o sea vendrá Jesús, que nos ama y a quien amamos. Y El curará todas las heridas y nos alegrará con su presencia. Y pensando en esto, también nuestras circunstancias actuales, por más tristes que sean, también se llenarán de esperanza. Ese es el fundamento de la esperanza cristiana, y lo que hace que podamos superar situaciones dolorosas que son reales, no hay duda; pero tan reales o más que las circunstancias presentes, son las promesas que Dios nos ha revelado, y que ahora nos recuerda el Adviento, este comienzo del Nuevo Año Litúrgico. Para poder aspirar a esa alegría hay que levantarse, y mirar por encima de las circunstancias presentes de este mundo y proyectarnos al futuro. No para salirnos del presente, sino para darle al presente su verdadero sentido.

Adviento, tiempo de esperanza, tiempo de mirar hacia el futuro y alegrarnos de ver llegar hacia nosotros a Jesús, y que cuando llegue nos hará sentir lo que es su salvación, que inundará todo nuestro ser, incluso ese pasado que alguna vez nos hizo sufrir.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Catequesis sobre los mandamientos, 14-B: La nueva ley en Cristo y los deseos según el Espíritu.



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 28 de noviembre de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy, que concluye el recorrido sobre los Diez Mandamientos, podemos utilizar como tema clave el de los deseos, que nos permite recorrer el camino hecho y resumir las etapas llevadas a cabo leyendo el texto del Decálogo, siempre a la luz de la plena revelación en Cristo.

Partimos de la gratitud como base de la relación de confianza y de obediencia: Dios, hemos visto, no pide nada antes de haber dado mucho más. Él nos invita a la obediencia para rescatarnos del engaño de las idolatrías que tanto poder tienen en nosotros. De hecho, buscar la realización propia en los ídolos de este mundo nos vacía y nos esclaviza, mientras que lo que da talla y consistencia es la relación con Él, que, en Cristo, nos hace hijos a partir de su paternidad. (cf. Efesios 3, 14-16).

Esto implica un proceso de bendición y de liberación, que son el reposo verdadero, auténtico. Como dice el Salmo: «En Dios solo el descanso de mi alma, de Él viene mi salvación» (Salmo 62, 2).

Esta vía liberada se convierte en acogida de nuestra historia personal y nos reconcilia con aquello que, desde la infancia hasta el presente, hemos vivido, haciéndonos adultos y capaces de dar el peso justo a las realidades y a las personas de nuestra vida. Por ese camino entramos en la relación con el prójimo que, a partir del amor que Dios muestra en Jesucristo, es una llamada a la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad.

Pero para vivir así —es decir, en la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad— necesitamos un corazón nuevo, inhabitado por el Espíritu Santo (cf. Ezequiel 11, 19; 36, 26). Yo me pregunto: ¿Cómo sucede este «trasplante» de corazón, del corazón viejo al corazón nuevo? A través del don de los deseos nuevos (cf. Romanos 8, 6); que son sembrados en nosotros por la gracia de Dios, de modo particular a través de los Diez Mandamientos cumplidos por Jesús, como Él enseña en el «discurso de la montaña» (cf. Mateo 5, 17-48). De hecho, en la contemplación de la vida descrita por el Decálogo, es decir, una existencia grata, libre, auténtica, benediciente, adulta, custodia y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nosotros, casi sin darnos cuenta, nos encontramos frente a Cristo. El Decálogo es su «radiografía», lo describe como un negativo fotográfico que deja aparecer su rostro —como en la Sábana santa—. Y así el Espíritu Santo fecunda nuestro corazón poniendo en él los deseos que son un don suyo, los deseos del Espíritu. Desear según el Espíritu, desear al ritmo del Espíritu, desear con la música del Espíritu.

Mirando a Cristo vemos la belleza, el bien, la verdad. Y el Espíritu genera una vida que, siguiendo estos deseos suyos, provoca en nosotros la esperanza, la fe y el amor.

Así descubrimos mejor lo que significa que el Señor Jesús no ha venido para abolir la ley sino para darle cumplimiento, para hacerla crecer y mientras la ley según la carne era una serie de prescripciones y de prohibiciones, según el Espíritu esta misma ley se convierte en vida. (cf. Juan 6, 63; Efesios 2, 15), porque ya no es una norma, sino la carne misma de Cristo, que nos ama, nos busca, nos perdona, nos consuela y en su Cuerpo recompone la comunión con el Padre, perdida por la desobediencia del pecado. Y así, la negatividad literaria, la negatividad en la expresión de los mandamientos —«no robarás», «no insultarás», «no matarás»— ese «no» se transforma en un comportamiento positivo: amar, dejar un lugar a los demás en mi corazón, todos los deseos que siembran positividad. Y esta es la plenitud de la ley que Jesús ha venido a traernos.

En Cristo, y solo en Él, el Decálogo deja de ser una condenación (cf. Romanos 8, 1) y se convierte en la auténtica verdad de la vida humana, es decir, deseo de amor —aquí nace un deseo del bien, de hacer el bien— deseo de alegría, deseo de paz, de magnanimidad, de benevolencia, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, dominio de sí. Desde esos «no» se pasa a este «sí»: la actitud positiva de un corazón que se abre con la fuerza del Espíritu Santo.

He aquí para lo que sirve buscar a Cristo en el Decálogo: para fecundar nuestro corazón para que esté cargado de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre sigue el deseo de vivir según Cristo, entonces está abriendo la puerta a la salvación, la que no puede hacer otra cosa que llegar, porque Dios Padre es generoso y como dice el Catecismo, «tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (n. 2560).

Si hay deseos malos que contaminan al hombre (cf. Mateo 15, 18-20), el Espíritu depone en nuestro corazón sus santos deseos, que son el germen de la vida nueva (cf. 1 Juan 3, 9). La vida nueva, de hecho, no es el esfuerzo titánico para ser coherentes con una norma sino que la vida nueva es el Espíritu mismo de Dios que empieza a guiarnos hasta sus frutos, en una sinergia feliz entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos. Se encuentran dos alegrías: la alegría de Dios de amarnos y nuestra alegría de ser amados.

He aquí lo que es el Decálogo para nosotros cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu.



Tomado de:
http://w2.vatican.va