La Transfiguración

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del 2° Domingo de Cuaresma: "La transfiguración es una luz en la cuaresma, para recordarnos que la Cuaresma es un camino hacia la Pascua." Acceda AQUÍ.

Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol

El P. Ignacio Garro, S.J. nos propone el estudio de los escritos de San Pablo e iniciamos con la vida del Apóstol, desde las dificultades para reconstruir su vida: su cronología, nacimiento, nombre y ambiente originario y su formación. Acceda AQUÍ.

La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Credo y oración universal

Compartimos la última catequesis del Papa Francisco, sobre la Santa Misa, en esta oportunidad nos explica sobre la oraciones del Credo y la oración universal o de los fieles que pide por las necesidades de la Iglesia y del mundo. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 20° Parte - Igualdad y unión íntima de las Personas divinas

El P. Ignacio Garro, S.J. nos presenta en esta entrega dos tesis que nos hablan de la igualdad entre las tres Personas Divinas: "Las tres divinas Personas son perfectamente iguales entre sí" y "Las tres divinas Personas 'inexisten' entre sí, es decir, está la Una en las Otras". Acceda AQUÍ.

Jesús es tentado en el desierto

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del 1° Domingo de Cuaresma. Escuche el audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias Click To Pray en PDF, Audios y Videos - FEBRERO 2018

Oremos en FEBRERO junto al Papa Francisco a través de la Red Mundial de Oración. Podemos descargar las oraciones del mes en PDF, o acceder día a día por AUDIO y VÍDEO. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de FEBRERO 2018

Compartimos la intención del Papa Francisco para este mes de FEBRERO y las oraciones que nos permitan unirnos a él en oración a través de la Red Mundial. Acompañamos con la reflexión del P. Javier Rojas, S.J. sobre la intención de este mes. Acceda AQUÍ.

La Transfiguración


P. Adolfo Franco, S.J.

CUARESMA
2º Domingo

Marcos 9, 1-9

Les decía también: «Yo os aseguro que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios.»
Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Tomó Pedro la palabra y dijo a Jesús: «Rabbí, está bien que nos quedemos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»  —es que no sabía qué responder, pues estaban atemorizados—. 
Entonces se formó una nube que los cubrió con su sombra, y llegó una voz desde la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle.»  Al momento miraron en derredor y ya no vieron a nadie más que a Jesús con ellos.
Cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.»
Palabra de Dios.

La transfiguración es una luz en la cuaresma, para recordarnos que la Cuaresma es un camino hacia la Pascua.

Puede parecer sorprendente que en este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos ponga para este segundo domingo la lectura del pasaje de la Transfiguración, según San Marcos. La Transfiguración nos parece un momento de gloria, y la cuaresma es un tiempo de desierto y de conversión. Pero si se mira bien, la Transfiguración es otra forma de exponernos lo que debe ser la conversión cristiana. Podríamos afirmar que la Transfiguración nos presenta la conversión de nuestros ideales.

La figura de Cristo en esta escena aparece de forma diferente de la que El muestra en toda su vida terrena; siempre había sido tan normal, tan natural, sin querer sobresalir, incluso aquejado de las pequeñas miserias humanas, como el hambre, la sed, el sueño, el cansancio. Y ahora el mismo Jesús se presenta como un maravilloso prodigio de luz.

Podríamos también tomar esta figura de Cristo transfigurado como la síntesis de todo el Evangelio. El viene para ser la luz y nos enseña lo que también nosotros debemos ser. Esto ocurre en lo alto del monte porque no se esconde una luz, sino se pone en lo alto. Todo el mensaje del Evangelio es la luz que, de palabra, nos fue comunicando Jesucristo: todo el sermón del monte, el sermón de las bienaventuranzas es su Luz. Ahora en el Tabor (otro monte) Jesús mismo, convertido en luz, es el mensaje.

La Transfiguración a nosotros nos muestra cuál es la meta de nuestros esfuerzos, qué significa la verdadera conversión cristiana. Llegar a ser luminosos. No simples cumplidores de la ley.

En la transfiguración se subrayan especialmente estos aspectos de la luminosidad: sus vestidos resplandecían de blanco, y El mismo era resplandeciente como el sol. En el A.T. encontramos también un hecho con alguna semejanza: Moisés, cuando baja del Sinaí, después de estar cara a cara con Dios, tenía el rostro resplandeciente. Cuando él trasmite la bendición de Dios a los israelitas les dice: “que Dios ilumine su rostro sobre vosotros”.

En las recomendaciones de conducta que Jesús nos da a los cristianos figura que de tal manera brille nuestra luz delante de los hombres, que ellos den gloria al Padre.

Nosotros apreciamos la luz y huimos de la oscuridad. La luz hace hermosas todas las cosas, que no lucen de igual forma cuando caen las sombras. La luz es una de las criaturas más bellas de Dios; fue de hecho la primera en ser creada.

Eso es lo que nos manifiesta la transfiguración: nos manifiesta el ser interior de Jesús, su luz hermosa. Y a nosotros nos dice que seamos luz, que nuestra alma y nuestra conducta sean luminosas. Pasar del pecado al cumplimiento de los mandamientos, es un primer paso; pero no basta: hay que pasar de los mandamientos, a ser luz. Y esto se logra cuando damos belleza a todo lo que somos: convertir la bondad en esplendor, convertir la verdad en luz. Convertirse en luz, es una forma de expresar la meta del cristiano.

Nuestro ser está destinado a irradiar, necesitamos ser brillantes (en el sentido de que vengo hablando), si no, seremos personas que no logran la meta a la que han sido llamadas. Cuando nuestro interior se va convirtiendo en energía que irradia, nos pasa lo que al sol, con la diferencia de que el sol, se va gastando poco a poco al irradiar, mientras que nosotros no nos gastamos nunca al ser luminosos.

Se trata de que en el cumplimiento de nuestra vocación cristiana vayamos más allá de la simple obediencia a la ley, y encontremos en ella el amor; que penetremos tanto en la voluntad de Dios, que descubramos su belleza y su armonía.

Estamos destinados a ser estrellas que irradien su luz y su belleza, no nos contentemos con menos. Y ese es el destino del ser humano.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO
CUESTIONES PRELIMINARES

1. EL APÓSTOL PABLO
1.1. El problema de las fuentes para reconstruir la vida de San Pablo

Tenemos una doble documentación para reconstruir la vida de San Pablo

  • Las noticias autobiográficas que el mismo Pablo nos da en sus cartas.
  • La narración del libro de los Hechos de los Apóstoles, narrada por S. Lucas.

Entre ambas fuentes existen discrepancias en algunos puntos. Esto origina el problema de la narración mas fidedigna.
  • Antiguamente, se le daba igual valor a las informaciones de Lucas, en el conflicto real o aparente, se buscaba poner de acuerdo las dos narraciones, ya que ambas eran consideradas históricas en el sentido moderno de la palabra. De hecho se adoptaban como línea general la presentación de S. Lucas, mientras que las noticias que daba S. Pablo se usaban como complemento.
  • Actualmente, en cambio se prefiere como fuente principal al mismo Pablo, a pesar de que él no exponga en forma muy amplia y sistemática toda su biografía. Lucas a pesar de ser un historiador serio, no puede ser considerado un biógrafo de S. Pablo en el sentido moderno de la palabra. Su historia lleva el sello claro de una cierta sistematización y estilización debidas a una visión teológica personal de los acontecimientos. Sirve para enriquecer los datos del mismo Pablo, pero - a excepción de los viajes misioneros - es una fuente secundaria.
  • En concreto: Para reconstruir el episodio de la vocación de Pablo y conocer su pensamiento teológico, hay que recurrir en primer lugar a las indicaciones de Pablo y no a las narraciones orientadas y al pensamiento teológico de Lucas en el libro de los Hechos.
Lo mismo hay que decir en todo lo referente al periodo inicial del apostolado paulino. Es la narración de Gálatas 1, 20 - 2, 21, la que debe ser tenida como fuente principal.
En cambio en relación a las grandes líneas de los viajes misioneros, es aceptado unánimemente el panorama histórico de Lucas.
En cuanto al periodo final de la vida de S. Pablo nuestra documentación es casi nula. Debemos contentarnos con algunas indicaciones ocasionales conservadas en las Cartas Pastorales de Pablo.

1.2. Cronología Paulina

Dos hechos dan la clave para la reconstrucción de la cronología paulina:

a. La carestía que hubo en el Imperio Romano durante el reinado de Claudio, Hech 11, 28: 
“uno de ellos, llamado Agabo, movido por el Espíritu, se levantó y profetizó que vendrá una gran hambre sobre toda la tierra; es la que hubo en tiempo de Claudio”.
Sabemos, por la historia, que Claudio reinó del: 41-54 y que hacia los años: 49-50 hubo un gran hambre, primero en Grecia y después en Roma. Gracias a esta fecha consignada podemos fijar en el año 49 la celebración del Concilio de Jerusalén.

b. Por una inscripción encontrada en Delfos, Hech 18, 12-17: 
“Siendo Galión procónsul de Acaya se echaron los judíos de común acuerdo sobre Pablo y le condujeron ante el tribunal diciendo. “Éste persuade a la gente que adore a Dios de una manera contraria a la Ley”. Iba Pablo a abrir la boca cuando Galión dijo a los judíos: “Si se tratara de algún crimen o mala acción, yo os escucharía, judíos,  con calma, como es razón. Pero como se trata de discusiones palabras y nombres y cosas de vuestra Ley, allá vosotros. Yo no quiero ser juez en estos asuntos”. Y los echó del tribunal. Entonces todos ellos agarraron a Sóstenes, el jefe de la sinagoga, y se pusieron a golpearlo ante el tribunal sin que a Galión le diera esto ningún cuidado”. Sabemos que Galión, ante quien compareció Pablo, fue procónsul en Acaya el año 52. En Hech 18,11, se nos dice que Pablo permaneció un año y seis meses en Corinto. La comparecencia de Pablo ante Galión parece haber tenido lugar hacia el fin de su estancia en Corinto, Hech 18, 18: “Pablo se quedó allí todavía bastantes días; después se despidió de los hermanos y se embarcó rumbo a Siria; y con él Priscila y Áquila. En Cancreas se había afeitado la cabeza, porque tenía hecho un voto”. Por tanto, es casi cierto que Pablo estuvo en Corinto del año 50 al 52.

A partir de estos dos puntos fijos se hace posible seguir la carrera de Pablo en las dos direcciones opuestas: hacia el pasado y hacia el futuro, haciendo el uso de las informaciones del mismo Pablo y del libro de los Hechos de los Apóstoles:
  • Nacimiento: hacia  los primeros años de la era cristiana: del 1 al 10.
  • Perseguidor de la Iglesia: año 34.
  • Conversión y llamada al apostolado: año 36-37,  Hech 9, 1-19; Gal 1, 13-16.
  • Estancia en Damasco y Arabia: años 37-39,  Hech 9, 19-25; Gal 1, 17.
  • Primera visita a Jerusalén: año 39,  Hech  9, 26-28; Gal 1, 18-20.
  • Apostolado en Siria y Cilicia: 10  u 11 años a partir del año 39,  Gal. 1, 21-23.
  • Pablo y Bernabé en Antioquía: hacia el año: 43 – 44 - 45 (?), Hech 11, 25 ss.

1º) Primer viaje misional: primavera 45 - primavera 49, Hech 13-14; 2Tim 3,11.

  • Concilio de Jerusalén, año 49: Hech 15, 1-35; Gal  2, 1-10.
2°) Segundo viaje misional: año 50 - 52 - Hech 15, 36-18, 22.

  • 1ª y 2ª Carta a los Tesalonicenses: año 51, Hech 17, 2;  8, 1-5; 1 Tes 3, 6.
3º) Tercer viaje misional: primavera 53 – primavera 58, Hech 18, 23 – 21, 17.

  • Estancia en Efeso: otoño 54 - primavera 57 - Hech 19, 10.
  • 1ª Carta a los Corintios y Carta a los Gálatas: Durante la permanencia en Efeso
  • Viaje a Macedonia, 2ª Carta a los Corintios: fin del año 57, Hech 20, 1.
  • Estancia en Corinto, Carta a los Romanos: invierno año 57 - 58  Rom. 16, 23; 1Cor 1, 14.
  • Regreso a Filipos y después, por mar, a Cesarea: Pascua año  58,  Hech  20, 6.
  • Arresto en Jerusalén: Pentecostés 58, Hech 21, 27 ss.
  • Cautividad en Cesarea: años 58 –  60,  Hech 21, 18-26, 32.
  • Viaje a Roma: otoño 60 - primavera 61, Hech  27, 1-28, 15.
  • Primera Cautividad Romana: años  61 - 63,  Hech 28, 16-31.
  • Cartas de la Cautividad: Colosenses - Efesios - Filemón - Filipenses: años 61- 63.
  • Pablo es liberado: año 63.
  • Viaje a España (?), Viajes a Oriente: Efeso, Creta, Macedonia: años 63 - 67, 1 Tim 1, 3; Tit 1, 5.
  • 1ª Carta a Timoteo y carta a Tito: hacia el año 65 (?)
  • Segunda cautividad romana, 2ª Carta a Timoteo: años 66 - 67,  2Tim 1, 7 ss; 4, 6 ss.
4º) Martirio en Roma: año 67

1.3. Nacimiento, Nombre, Ambiente Originario

Pablo nació de familia judía, Hech 21, 39: “Pablo respondió: yo soy un judío de Tarso de Cilicia,...” y en Filp 3, 5 añade: “Circuncidado  el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo”. En la circuncisión se le puso el nombre de “Sha'ul” = nombre hebreo que significa “implorado de Dios”;  “Saulus ” = en griego  y/o “Paulus”  =  en romano.

El apóstol tenía dos nombres, uno hebreo y otro grecorromano. Probablemente los llevó desde la infancia. Los judíos y, en general los orientales de aquella época tenían esa costumbre. Un nombre era el de su lengua propia, sobre todo en el ámbito familiar y el otro servía para ser usado en el mundo mercantil y administrativo grecorromano.  Tenemos algunos ejemplos de esto en el libro de los Hechos: Juan-Marcos (12,12);  José-Justo (1, 23); Simeon-Niger (13, 1);  Tabita-Dorcas (9, 36), etc.

Cuando S. Esteban fue martirizado, Pablo es presentado por Lucas como "neanias" = "un joven", Hech 7, 58: “le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo”; es, decir, un hombre entre los 20 y 30 años. Si colocamos este episodio alrededor del año 34, tenemos como resultado que Pablo nació hacia el año 10 de nuestra era.

Según una tradición, que nos transmite Lucas, nació en Tarso, Hech 9, 11: “Y el Señor: “Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración”. Hech 21, 39: “Pablo respondió: “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad no insignificante. Te ruego que me permitas hablar al pueblo”. No tenemos ningún motivo para dudar de esta afirmación. Tarso era una ciudad situada en la llanura de Cilicia y era la capital de la provincia del mismo nombre. Ciudad "no oscura"; Tarso estaba colocada en un cruce de caminos que unían a la Siria semítica con el Asia menor helenista. Era, por eso, un punto de encuentro de la civilización griega y de la oriental.

En Tarso se escuchaban todas las lenguas de los "bárbaros" de Asia Menor, pero se hablaba también el griego, especialmente entre las clases cultas y los hombres de negocios. Los judíos de la ciudad eran helenistas y debían leer ciertamente la Biblia en la traducción griega de los LXX. Como otras comunidades judías de la Diáspora, la de Tarso, potente y próspera, había asimilado parte de la cultura y del espíritu griego y, por consiguiente, no tenía la actitud intransigente de los judíos de Palestina hacia los valores no judíos.

1.4. Formación del joven Pablo

Pablo nació pues en Tarso de Cilicia, aquí pasó su infancia y su adolescencia. Su educación se dio en las costumbres judías, en el ámbito familiar y también en la influencia helenística del ámbito mercantil urbano en el que desarrolló sus primeros años, tal vez hasta los 15 o 16; a esa edad fue a Jerusalén para aprender todo lo referente a la Ley en la escuela del maestro Gamaliel, Hech 22, 3.
Su educación fue prevalentemente judía. En Tarso aprendió el oficio de su padre, un arte manual, como es costumbre en la mayoría de los judíos, aprendió a fabricar tiendas de piel de cabra Hech 18, 3: “y como era del mismo oficio, se quedó a trabajar en su casa. El oficio de ellos era fabricar tiendas”. Y al mismo tiempo, al menos eso era el uso común, fue iniciado por su padres y parientes en el cumplimiento y uso primario de la Ley.

Creció en un ambiente urbano, pluralista, mercantil; como hijo de judíos de la diáspora, no sólo tuvo contacto, desde la infancia, con personas de otras razas y pueblos, sino que, además, pudo experimentar diariamente en esta metrópoli comercial la apertura al mundo. Personas de otras culturas y mentalidades no eran un fenómeno extraño para él, sino que estuvo en contacto con ellas desde su juventud y pudo observar sus hábitos y costumbres. No es casual, pues, que el futuro gran misionero y evangelizador no proviniera de la Palestina judía, sino de la comunidad judía de la diáspora. Esta influencia se nota en su lenguaje metafórico.

En Pablo no encontramos parábolas de tipo semítico como las de Jesús de Nazaret, éste creció en un entorno rural. En Tarso, dos culturas marcaron a Pablo: la judía en el ámbito familiar y doméstico; y la griega como cultura dominante en la ciudad en la que  habitaba y a la que él no podía sustraerse. Pablo era un hombre, un peregrino, que andaba siempre cabalgando entre dos mundos, el judío y el griego.  Bajo este doble influjo, más tarde dará una fisonomía propia e inconfundible a su actividad apostólica y literaria.

1.4.1. Influjos helenistas

Es un hecho indiscutible el que Pablo recibió en su formación humana el influjo de la cultura helenista. Esta realidad se interpreta, sin embargo, de dos maneras:
El Influjo de las revelaciones gnósticas y de las relaciones mistéricas fue tan grande que no solo explica algunos conceptos o fórmulas propias de Pablo, sino que separa a Pablo de los demás escritores del N.T. Pablo sería - es la opinión de los historiadores - el fundador de nuestro cristianismo actual, diverso del de Jesús. No podemos admitir esta teoría que desconoce radicalmente el hecho cristiano y el mismo mensaje de San Pablo.
El influjo que Pablo recibió consiste en elementos helenísticos que llegaron a él no directamente, sino a través de la lectura de la literatura judía apocalíptica y sapiencial, donde estos elementos ya habían tomado un significado típicamente bíblico o judío. Así, las fórmulas helenísticas que encontramos en Pablo no expresan un pensamiento filosófico o religioso propio del helenismo. Son solo palabras - ya revestidas del sentido bíblico y judío - que San Pablo usa para presentar en una forma adaptada a la mentalidad de los paganos convertidos, los valores originales de la Buena Nueva de Cristo, como él la comprendía.
Tal vez el influjo más importante que recibió Pablo del ambiente helenista de su juventud fue el "liberalismo" que él manifestará en relación con los paganos; "liberalismo" al que los judeocristianos de Jerusalén no estaban preparados mentalmente. El universalismo de Pablo al defender los derechos de los grecocristianos no fue solo un milagro de la gracia divina, sino también el fruto de su formación cultural amplia, que lo preparó para su misión de Apóstol de los Gentiles.

1.4.2. Educación judía

Si Pablo recibió educación griega, no es menos cierto que no se descuidó en su formación judía. Él era:  “hebreo e hijo de hebreo”, Filip 3, 5, es decir, nacido en una familia donde se hablaba el hebreo y cuyos miembros eran llamados, "hebreos" en oposición a los judíos helenistas, los cuales habitualmente hablaban el griego.  Pablo debió hablar el arameo y podía leer la Biblia en el texto hebreo.
Todo esto fue una buena preparación cuando aproximadamente a la edad de 15 o 16 años acudió a la ciudad de Jerusalén,  para perfeccionar su formación en la Ley en la escuela del maestro Gamaliel, Hech 22, 3: “Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy”. Este Gamaliel "doctor de la Ley, con prestigio ante todo el pueblo", Hech 5, 34, enseñó en Jerusalén en los años 25-50 d.C. Gamaliel era discípulo de Hillel y representaba la tendencia más amplia y más humana en la interpretación de la Ley. ¿Hasta cuándo permaneció Pablo en Jerusalén en la escuela de Gamaliel? No lo sabemos. Sí sabemos que estuvo presente en el martirio de S. Esteban el primer mártir del cristianismo, Hech, 7, 58 – 8, 1: “Le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo... Y Saulo aprobaba su muerte”.
Pablo, hablando de la época en que fue buen judío, nos dice en Gal 1, 4: “y como superaba en el judaísmo a muchos compatriotas de mi generación, aventajándoles en el celo por las tradiciones de mis padres". Este celo fue lo que lo llevó a perseguir a la naciente comunidad cristiana, Gal 1, 13: “Pues habéis  oído hablar de mi conducta, cuán encarnizadamente perseguía a la iglesia de Dios para destruirla”. Antes de su conversión, Pablo era un fariseo observante de la Ley, Filip. 3, 6: “en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable”. Él sabía que la circuncisión obligaba a observar todas las prescripciones de la Ley, Gal 5, 3: “De nuevo declaro a todo hombre que se circuncida que queda obligado a practicar toda la ley”; y él conocía perfectamente el peso de una tal obligación para un buen judío. No hay que concluir, sin embargo, que Pablo fue un judío legalista, como los que nos presenta el Evangelio. Uno podía ser observante de la Ley y, al mismo tiempo, ser un hombre espiritual. Las enseñanzas recibidas, "a los pies de Gamaliel", orientaban a Pablo hacia esa dirección más amplia y más humana.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Credo y oración universal



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 14 de febrero de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Buenos días incluso si el día está un poco feo. Si el alma está alegre, siempre es un buen día. Así que ¡buenos días! Hoy la audiencia se hará en dos partes: un pequeño grupo de enfermos está en el Aula, por el tiempo, y nosotros estamos aquí. Pero nosotros les vemos a ellos y ellos nos ven en la pantalla gigante. Les saludamos con un aplauso. Continuamos con las catequesis sobre la misa. La escucha de las lecturas bíblicas, prolongada en la homilía ¿a qué responde? Responde a un derecho: el derecho espiritual del Pueblo de Dios a recibir con abundancia el tesoro de la Palabra de Dios (cf. Introducción al Leccionario, 45). Cada uno de nosotros cuando va a misa tiene el derecho de recibir abundantemente la Palabra de Dios bien leída, bien dicha y después bien explicada en la homilía. ¡Es un derecho! Y cuando la Palabra de Dios no está bien leída, no es predicada con fervor por el diácono, por el sacerdote o por el obispo, se falta a un derecho de los fieles. Nosotros tenemos el derecho de escuchar la Palabra de Dios. El Señor habla para todos, pastores y fieles. Él llama al corazón de cuantos participan en la misa, cada uno en su condición de vida, edad, situación. El Señor consuela, llama, suscita brotes de vida nueva y reconciliada. Y esto, por medio de su Palabra. ¡Su Palabra llama al corazón y cambia los corazones!

Por eso, después de la homilía, un tiempo de silencio permite sedimentar en el alma la semilla recibida, con el fin de que nazcan propósitos de adhesión a lo que el Espíritu ha sugerido a cada uno. El silencio después de la homilía. Un hermoso silencio se debe hacer allí y cada uno debe pensar en lo que ha escuchado.

Después de este silencio, ¿cómo continúa la misa? La respuesta personal de fe se incluye en la profesión de fe de la Iglesia, expresada en el «Credo». Todos nosotros recitamos el «Credo» en la misa. Recitado por toda la asamblea, el símbolo manifiesta la respuesta común a lo que se ha escuchado juntos de la Palabra de Dios (cf. Catequismo de la Iglesia católica, 185–197). Hay un nexo vital entre escucha y fe. Están unidas. Esta —la fe—, de hecho, no nace de la fantasía de mentes humanas, sino como recuerda san Pablo «viene de la predicación y la predicación, por la Palabra de Cristo» (Romanos 10, 17). La fe se alimenta, por lo tanto, con la predicación y conduce al Sacramento. Así, el rezo del «Credo» hace que la asamblea litúrgica «recuerde, confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía» (Instrucción General del Misal romano, 67). El símbolo de la fe vincula la Eucaristía con el Bautismo, recibido «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y nos recuerda que los Sacramentos son comprensibles a la luz de la fe de la Iglesia.

La respuesta a la Palabra de Dios acogida con fe se expresa después en la súplica común, denominada Oración universal, porque abraza las necesidades de la Iglesia y del mundo (cf. IGMR, 69-71; Introducción al Leccionario, 30-31). Se lle llama también Oración de los fieles.

Los Padres del Vaticano II quisieron restaurar esta oración después del Evangelio y la homilía, especialmente en el domingo y en las fiestas, para que «con la participación del pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero» (Const. Sacrosanctum Concilium, 53; cf. 1 Timoteo2, 1-2). Por tanto, bajo la guía del sacerdote que introduce y concluye, «el pueblo [...] ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos » (IGMR, 69). Y después las intenciones individuales, propuestas por el diacono o un lector, la asamblea una su voz invocando: «Escúchanos Señor».

Recordamos, de hecho, cuando nos ha dicho el Señor Jesús: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Juan 15, 7). «Pero nosotros no creemos esto, porque tenemos poca fe». Pero si nosotros tuviéramos una fe —dice Jesús— como el grano de mostaza, recibiríamos todo. «Pedid y lo conseguiréis». Y en este momento de la oración universal después del Credo, está el momento de pedir al Señor las cosas más fuertes en la misa, las cosas que nosotros necesitamos, lo que queremos. «Lo conseguiréis»; en un modo u otro pero «lo conseguiréis». «Todo es posible para quien cree», ha dicho el Señor. ¿Qué respondió ese hombre al cual el Señor se dirigió para decir esta palabra —todo es posible para quien cree—? Dijo: «Creo Señor. Ayuda mi poca fe». También nosotros podemos decir: «Señor, yo creo. Pero ayuda mi poca fe». Y la oración debemos hacerla con este espíritu de fe: «Creo Señor, ayuda mi poca fe». Las pretensiones de lógicas mundanas, sin embargo, no despegan hacia el Cielo, así como permanecen sin ser escuchadas las peticiones autorreferenciales (Jueces 4, 2-3). Las intenciones por las que se invita al pueblo fiel a rezar deben dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo, evitando recurrir a fórmulas convencionales y miopes. La oración «universal», que concluye la liturgia de la Palabra, nos exhorta a hacer nuestra la mirada de Dios, que cuida de todos sus hijos.



Tomado de:
www.vatican.va

Santísima Trinidad: 20° Parte - Igualdad y unión íntima de las Personas divinas



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Artículo 3º.- Igualdad y unión íntima de las Personas divinas:

Procede ahora saber si las Personas divinas son iguales, esto es, si tienen la misma perfección de manera que en la Trinidad, en su conjunto, no hay más perfección que en cada una de las Personas. Por otra parte, después de establecer la igualdad de las Personas divinas, pasamos a considerar esa igualdad en cuanto al modo de existir.
De ahí las dos partes de este artículo 3º: la "igualdad" de las divinas Personas radicalmente consideradas; y la "íntima unión" de las Personas divinas en virtud de su igualdad en cuanto al modo de existir.


TESIS 15ª.  " Las tres divinas Personas son perfectamente iguales entre sí".

Explicación: Una cosa es "igual" a otra por razón de la cantidad; es "semejante" a otra por razón de la cualidad y es "idéntica" a otra por razón de la naturaleza. Ahora bien, cada una de las Personas divinas se identifica realmente con la esencia divina, y por eso la "igualdad" y "semejanza" que existe entre ellas es la mayor que cabe concebir. Así mismo cada Persona es tan perfecta como las tres juntas.

Magisterio de la Iglesia:

  • Símbolo Atanasiano: "Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal es el Espíritu Santo.. Y en esa Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor; pues las tres Personas son coeternas e iguales entre sí".
  • Conc. de Letrán: "Firmemente creemos y simplemente afirmamos que ... el Padre que engendra, el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede (son) consubstanciales, coiguales, coomnipotentes y coeternos".

Adversarios:

  • Subordinacionismo: Esta herejía, por oposición al modalismo de Sabelio, admite tres Personas distintas en Dios,  y a la vez niegan la igualdad (consubstancialidad) de las tres divinas Personas, enseñando que el Verbo es menor al Padre y que el Espíritu Santo es menor al Verbo y al Padre, por lo tanto rehúsan conceder a la segunda y tercera Personas divinas la "consubstancialidad" (de la misma naturaleza divina) con el Padre y, por tanto, la verdadera divinidad.
  • Los que no admiten la consubstancialidad de las divinas Personas como los arrianos, semiarrianos y pneumatómacos.


Argumento Teológico:

La perfecta igualdad de las tres divinas Personas se encierra en el dogma de la "consubstancialidad", es decir, en la unidad de la divina esencia absolutamente idéntica en las tres divinas Personas. Sto. Tomás afirma que si hubiera alguna desigualdad entre las divinas Personas se seguiría que no poseerían la misma esencia y, por tanto, no serían un solo Dios".
Como es lógico, de la absoluta igualdad de las tres divinas Personas se sigue que son absolutamente "coeternas", sin que pueda establecerse sucesión temporal entre ellas. En efecto, Sto. Tomás enseña que el orden de origen entre las Personas divinas no incluye prioridad ni posteridad, ni de naturaleza ni siquiera de razón; es un puro orden de origen.
También se sigue que las tres divinas Personas son plenamente "iguales en todas las perfecciones", distinguiédose únicamente por las relaciones opuestas subsistentes entre sí, como ya se explicó; no indican perfección ni imperfección, sino únicamente oposición de relaciones con distinción real.


TESIS 16ª. "Las tres divinas Personas "inexisten" entre sí, es decir, está la Una en las Otras (es la "perijóresis" trinitaria)".

Explicación: 

"Perijóresis" significa la mutua compenetración e inhabitación de las divinas Personas entre si. Para expresar la "inseparabilidad", inmanencia e íntima unión de las tres divinas Personas en la existencia única de la divina esencia, y señalar que la igualdad de esas divinas Personas se extiende  incluso al modo de su existir, los Padres Griegos empleaban la palabra "perijóresis". Los Padres Latinos emplearon la palabra "circumincesión". Estos términos significan: "la mutua existencia e íntima compenetración de las Personas divinas, sin que exista entre Ellas separación ni confusión".
La cuestión revistió gran importancia entre los Padres Griegos, la razón estriba en que estos Padres desarrollaron la teología trinitaria a partir de las Personas: el Padre como principio, el Hijo como procedente de Él por generación y el Espíritu Santo como procedente de ambos. Con este planteamiento teológico se podía dar la impresión de disgregar la unidad esencial de las Personas y recurrir a subrayar y explicar esta unidad mediante el concepto de "perijóresis".
Los Padres Latinos, explican la Trinidad arrancando de la unidad de la esencia, pasando a la distinción de Personas mediante las procesiones inmanentes y las relaciones; con lo cual la igualdad de las Personas es un resultado de la unidad de naturaleza.
El vocablo latino "circumincesión", que considera la inmanencia trinitaria "dinámicamente" como vida divina recirculando en cierto modo entre las divinas Personas, está atestiguado desde mediados del S.XII.

Magisterio de la Iglesia:

  • Concilio de Florencia (1438-1445): " A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo".


Argumento Teológico:

Sto. Tomás explica la perijóresis o circumincesión de las divinas Personas por tres razones distintas:

  • Por razón de la "esencia" divina, que es una mismísima para las tres divinas Personas.
  • Por razón de las "relaciones personales", que son correlativas y no pueden concebirse las unas sin las otras. El Padre no puede concebirse sin el Hijo, que es su Verbo, y ambos no pueden comprenderse sin el Espíritu Santo, que es su mutuo amor.
  • Por razón de los orígenes o procesiones divinas, que no son transeúntes (como la creación de las creaturas) sino inmanentes, lo que supone la mutua inhesión y permanencia de las tres divinas Personas entre sí.

Así, la "perijóresis" o "circumincesión", partiendo de la unidad de la sustancia divina se explica cómo esta sustancia divina, por las procesiones inmanentes, se despliega en Trinidad de Personas. Aparece en primer término la idea de "consustancialidad". La razón más honda de la perijóresis trinitaria es la unidad numérica de la sustancia divina en las tres Personas. Sto.Tomás. I,42,5.

Con la doctrina de la "perijóresis" de las Personas divinas aparece más netamente la propiedad personal del Espíritu Santo. En la medida en que las "procesiones" y las "relaciones" intradivinas son la fundamentación de la perijóresis, el Espíritu Santo, en tanto es una Persona, está a la vez en el Padre y en el Hijo. También el Padre está a la vez en el Hijo y en el Espíritu Santo, pero es en virtud de la unidad de la naturaleza divina, más bien que por las "relaciones" que constituyen a las Personas. En cuanto a la Persona del Espíritu Santo está a la vez y de una manera semejante en el Padre y en el Hijo. Es una Persona en dos Personas, y lo es de un modo propio que no puede ser dicho del Padre ni del Hijo. El Espíritu Santo une al Padre y al Hijo de tal forma que es numéricamente una sola y mima Persona en el Padre y en el Hijo.

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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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Jesús es tentado en el desierto


P. Adolfo Franco, S.J.

CUARESMA
DOMINGO I

Mc. 1, 12-15

A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto, y permaneció allí cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.
Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en la Buena Nueva.»
Palabra de Dios.

Iniciamos la Cuaresma

Para empezar la reflexión espiritual sobre la Cuaresma, la liturgia de este primer domingo, nos trae a consideración estos versículos del Evangelio de San Marcos en que hablan de la estancia de Jesús en el desierto, de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo de la predicación de Juan Bautista y su exhortación a la conversión.

Los tres temas van estrechamente unidos, y nos animan a iniciar la cuaresma con una decisión de aprovecharla para avanzar decididamente en nuestra vida cristiana. La Cuaresma es momento litúrgico de especial significado, porque nos invita a unirnos más al misterio de Cristo, a compartir con El su camino y especialmente el camino que lo llevó a la Cruz y a la Resurrección. Porque la Cuaresma es camino con Cristo hacia la Pasión y la Resurrección.

Jesús nos enseña a vencer la tentación, nos indica el camino del desierto, y Juan nos anima a este esfuerzo continuo por la conversión o sea para la transformación de nuestros criterios y decisiones, en criterios y decisiones evangélicos.

La tentación de Cristo al comienzo de su vida pública es un hecho señalado claramente en los Evangelios; y la tentación ocurrirá después también en varios momentos de su vida. Pero cuando consideramos a Jesús, como Dios-Hombre, nos es difícil imaginar que pudiera tener tentaciones. Pero el hecho lo afirman las Sagradas Escrituras. Cualquier explicación que pretenda eludir esto que nos parece imposible, será una explicación teórica, pero el hecho mismo de la tentación es un dato revelado, no es una teoría. Claro no podemos imaginar a Jesús, como nosotros cuando somos tentados, pensando en su interior durante un rato, como nos pasa a veces a nosotros cuando algo prohibido nos atrae, si hago esto, o lo de más allá; nosotros nos mantenemos a veces en la duda de si aceptar o no la tentación; y en Jesús eso no es pensable. El contenido de sus tentaciones lo conocemos por los Evangelios; sus tentaciones se refirieron a su obediencia a los planes de Dios, su aceptación de nuestra Salvación por medio de la cruz y de la muerte. Y El padeció esa tentación, una tentación que atacaba la esencia misma de su ser y la padeció para darnos ejemplo a nosotros de cómo enfrentarnos al tentador.

Nosotros continuamente somos tentados, y la tentación en nosotros tiene fuerza, mucha fuerza, porque en nuestro propio interior el mal cuenta con un aliado que es el desorden de nuestras operaciones, la atracción que el mal nos produce, el desorden de los instintos, la distorsión en nuestra escala de valores. Es importante tomar nota de esto, que es tan evidente, y que olvidamos con facilidad. La tentación es algo que nos ronda con frecuencia, es algo que nunca dejaremos atrás mientras vivamos en este mundo. Y añadamos que al considerar la tentación es también importante constatar dos cosas: el mal resulta fácil, el bien requiere esfuerzo. Ya el Señor nos lo advierte al decirnos que el camino ancho es el que lleva a la perdición y el estrecho el que conduce a la vida.

Para estar alerta ante la tentación, nos ayuda “el desierto”. Jesús estuvo físicamente en el desierto durante cuarenta días. El sacrificio de esa vida austera y la oración que allí practicó le fueron una preparación (si se puede hablar así, hablando de Jesús) para vencer la tentación. Y para nosotros está claro que una vida austera y una vida de oración nos ayuda para vencer la tentación. Por supuesto que vencer la tentación es una gracia de Dios, y es Su Fuerza y no la nuestra la que vence en la lucha contra el mal. Pero Dios no sustituye nuestro necesario esfuerzo, y nuestro esfuerzo consiste en orar para no caer en la tentación. Sacrificio y oración: dos consignas para la Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo en que se nos inculca de manera especial el sacrificio. No se trata de buscar tormentos, porque eso no es humano y no es cristiano. El sacrificio, que es privación voluntaria a veces de caprichos, a veces de vicios, a veces es resistencia a inclinaciones torcidas (ira, orgullo, sensualidad, pereza, murmuración, etc.) El sacrificio entendido así es lo más humano, y lo más cristiano. Es humano, porque evidentemente mejora la calidad de nuestra vida, y nos da una voluntad más enérgica. Y es cristiano, porque nos hace vivir más de acuerdo con el Evangelio.

Y aquí viene el tercer punto de que se nos habla en este Evangelio: la conversión. Y en esto consiste precisamente la conversión: en transformar nuestro corazón, de modo que no caigamos en el mal. La conversión debería ser la gran tarea de nuestra vida; podemos y debemos ser constructores de nuestro propio ser (siempre con la gracia del Espíritu Santo). Irnos transformando paulatinamente hasta ser de verdad imágenes de Dios, como Dios nos hizo en el principio. Eso es la conversión: ser totalmente Hijos de Dios. A eso nos invita hoy la Iglesia al comenzar la Cuaresma. Y el mejor medio para esta conversión es precisamente la oración y el ayuno.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Nuestra Señora de Lourdes

Con ocasión de su fiesta a celebrarse el 11 de febrero, compartimos una reseña sobre la aparición de la Santísima Virgen María en la gruta de Lourdes, Francia. Acceda AQUÍ.

Jesús cura a un leproso

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del domingo 11 de febrero: "Jesús se acerca a todos y especialmente a los que se sienten marginados." Escuche el audio o descárguelo en formato MP3. Acceda AQUÍ.

Los escritos de San Pablo: Introducción

Iniciamos una nueva serie del P. Ignacio Garro S.J. donde nos explica los escritos de San Pablo, en ellos la exposición del mensaje de Cristo. En esta oportunidad iniciamos con la introducción. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 19° Parte - Las Personas Divinas, conocimiento, propiedades y nociones

El P. Ignacio Garro, S.J. nos presenta, para una mejor comprensión sobre el misterio de la Trinidad, el tema sobre las propiedades y nociones de las Personas divinas. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa Francisco

Compartimos las últimas catequesis del Papa Francisco, que retoma la serie sobre la Santa Misa luego de su viaje apostólico a Chile y Perú. Además compartimos el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma. Acceda en los siguientes enlaces:

Audiencia del 31 de enero del 2018: La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Diálogo entre Dios y su pueblo
Audiencia del 7 de febrero del 2018: La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Evangelio y homilía
Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018

La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Diálogo entre Dios y su pueblo



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 31 de enero de 2018



¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Continuamos hoy las catequesis sobre la misa. Después de habernos detenido en los ritos de introducción, consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios ha hecho y pretende hacer todavía por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en directo» y no por oídas, porque «cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio» (Instrucción General del Misal Romano, 29; cf. Cost. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces, mientras se lee la Palabra de Dios, se comenta: «Mira ese..., mira esa..., mira el sombrero que ha traído esa: es ridículo...”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? [responden: “¡No!”]. No, porque si tú chismorreas con la gente, no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la Biblia —la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el Evangelio— debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo que nos habla y no pensar en otras cosas o hablar de otras cosas. ¿Entendido?... Os explicaré qué sucede en esta Liturgia de la Palabra.

Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela para que escuchemos con fe. El Espíritu «que habló por medio de los profetas» (Credo) y ha inspirado a los autores sagrados, hace que «para que la Palabra de Dios actúe realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos» (Leccionario, Introd., 9). Pero para escuchar la Palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla igualmente de otra manera. [Es necesario estar] en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios.¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la fuerte expresión que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la «mesa» que el Señor dispone para alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa en gran medida en los tesoros de la Biblia (cf. SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo (cf. Leccionario, Introd., 5). Pensamos en las riquezas de las lecturas bíblicas ofrecidas por los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios Sinópticos, nos acompañan a lo largo del año litúrgico: una gran riqueza. Deseo recordar también la importancia del Salmo responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo que escuchado en la lectura que lo precede. Está bien que el Salmo sea resaltado con el canto, al menos en la antífona (cf. IGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22).

La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cantos tomados de la sagrada Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno. Se entiende por tanto por qué algunas elecciones subjetivas, como la omisión de lecturas o su sustitución con textos no bíblicos, sean prohibidas. He escuchado que alguno, si hay una noticia, lee el periódico, porque es la noticia de día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después. Pero ahí se lee la Palabra de Dios. Es el Señor que nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, [se pide] la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y salmistas. ¡Pero es necesario buscar buenos lectores!, los que sepan leer, no los que leen [trabucando las palabras] y no se entiende nada. Y así. Buenos lectores. Se deben preparar y hacer la prueba antes de la misa para leer bien. Y esto crea un clima de silencio receptivo.

Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero» (Salmos 119, 105). ¿Cómo podremos afrontar nuestra peregrinación terrena, con sus cansancios y sus pruebas, sin ser regularmente nutridos e iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia? Ciertamente no basta con escuchar con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole dar fruto. Recordemos la parábola del sembrador y de los diferentes resultados según los distintos tipos de terreno (cf. Marcos 4, 14-20). La acción del Espíritu, que hace eficaz la respuesta, necesita de corazón que se dejen trabajar y cultivar, de forma que lo escuchado en misa pase en la vida cotidiana, según la advertencia del apóstol Santiago: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1, 22). La Palabra de Dios hace un camino dentro de nosotros. La escuchamos con las oídos y pasa al corazón; no permanece en los oídos, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas. ¡Gracias!



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Tomado de
www.vatican.va

La Santa Misa - Liturgia de la Palabra: Evangelio y homilía



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 7 de febrero de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra de la misa, alcanza el culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya —o, en cuaresma, otra aclamación— con la que «la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien hablará en el Evangelio»[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio constituye la luz para comprender el sentido de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento. De hecho, «de toda la Escritura, como de toda la celebración litúrgica, Cristo es el centro y la plenitud»[2]. Siempre en el centro está Jesucristo, siempre.

Por eso, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de particular honor y veneración[3]. De hecho, su lectura está reservada al ministro ordenado, que termina besando el libro; se escucha de pie y se hace el signo de la cruz en la frente, sobre la boca y sobre el pecho; los cirios y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. De estos signos la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le dirige la «buena noticia» que convierte y transforma. Es un discurso directo el que sucede, como prueban las aclamaciones con las que se responde a la proclamación: «Gloria a ti, Señor Jesús» o «Te alabamos Señor». Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo quien nos habla, allí. Y por esto nosotros estamos atentos, porque es un coloquio directo. Es el Señor que nos habla.

Por tanto, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo fueron las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por esto, escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. Escribe san Agustín que «la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra»[4]. Si es verdad que en la liturgia «Cristo anuncia todavía el Evangelio»[5], como consecuencia, participando en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y debemos dar una respuesta en nuestra vida.

Para hacer llegar su mensaje, Cristo se sirve también de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, da la homilía[6]. Recomendada vivamente por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancia —ni una catequesis como esta que estoy haciendo ahora—, ni una conferencia, ni una clase, la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es «retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo»[8], para que encuentre realización en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su recorrido haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Recordad lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por las orejas, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue la Palabra del Señor y hace también este recorrido para ayudarnos para que la Palabra del Señor llegue a las manos, pasando por el corazón.

Ya traté este argumento de la homilía en la exhortación Evangelii gaudium, donde recordaba que el contexto litúrgico «exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida»[9].


Quien da la homilía debe cumplir bien su ministerio —aquel que predica, el sacerdote o el diácono o el obispo—, ofreciendo un servicio real a todos aquellos que participan en la misa, pero también cuantos la escuchan deben hacer su parte. Sobre todo prestando la debida atención, asumiendo las justas disposiciones interiores, sin pretextos subjetivos, sabiendo que todo predicador tiene méritos y límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga o no centrada o incomprensible, otras veces sin embargo el obstáculo es el prejuicio. Y quien hace la homilía debe ser consciente de que no está haciendo algo propio, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía debe estar bien preparada, debe ser breve, ¡breve! Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían los padres y el padre le dijo: «¡Sabes, estoy contento, porque con mis amigos hemos encontrado una iglesia donde se hace la misa sin homilía!». Y cuántas veces vemos que en la homilía algunos se duermen, otros hablan o salen fuera a fumar un cigarrillo... Por esto, por favor, que sea breve, la homilía, pero que esté bien preparada. ¿Y cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve, no debe durar más de 10 minutos, por favor. Concluyendo podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, el cual lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y operante. Si, por tanto, nos ponemos a la escucha de la «buena noticia», seremos convertidos y transformados por ella, por tanto capaces de cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por las orejas, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.




[2] Introducción al leccionario, 5.
[4] Sermón 85, 1: pl 38, 520; cf. Tratado sobre el Evangelio de san Juan, xxx, i: pl 35, 1632; ccl 36, 289.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Sacrosanctum Concilium, 33.
[6] Cf. Instrucción general del misal romano, 65-66; Introducción al leccionario, 24-27.
[7] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Sacrosanctum Concilium, 52.
[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 137.
[9] Ibid., 138.

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Tomado de
www.vatican.va

Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2018



«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)


Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»[1], que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo[2]; su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos[3]. Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero[4].

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos[5], para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»[7], para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos


Francisco


[1] Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.
[2] «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29).
[3] «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).
[4] Núms. 76-109.
[5] Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.
[6] Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.
[7] Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.