Homilía del 4º Domingo de Pascua (B), 29 de Abril del 2012

El Buen Pastor, las ovejas y el rebaño

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Hch 4,8-12; S. 117; 1Jn 3,1-2; Jn 10,11-18



Seguimos en este tiempo pascual con perícopas (fragmentos evangélicos) que proponen a la Iglesia como continuadora de la obra de Cristo y fundada por él, y al mismo Cristo resucitado como presente y actuante en ella. De esta forma nosotros tenemos la inmensa gracia de podernos encontrar personalmente con él incluso con una intimidad mayor que la de sus contemporáneos.
Sin duda que ustedes han entendido este evangelio. Cristo es el buen pastor de la parábola. La Iglesia es su rebaño. Los fieles, cada uno de nosotros, formamos ese rebaño. Las otras ovejas, que no forman parte de él, son los no-católicos; pero también ellas están destinadas a entrar en él. Esto es lo que Dios Padre quería de Él y es su misión en el mundo. Con ese fin dio el buen pastor su vida en la cruz por sus ovejas, por nosotros y por todos, y la recuperó con la resurrección. Ahora lo necesario es que las ovejas, que aun no forman parte de su rebaño, el resto de los hombres que no forman parte de la Iglesia, oigan su voz, la de Cristo, que es la voz de la Iglesia, y creyendo entren en ella.
La parábola de este buen pastor acentúa el afecto, la intimidad, la confianza y el amor, que están llamados a ser parte de nuestra relación con Jesús y con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Leía no hace mucho la experiencia de un jesuita, que ha dado unos Ejercicios de San Ignacio a un grupo de luteranos en Finlandia. Sin duda que eran personas francamente piadosas, buscadoras sinceras de Dios, tocadas ya por la gracia y abiertas al Espíritu. El jesuita notó sin embargo en ellos una especial dificultad para ponerse a orar y para despertar en sí la vivencia psicológica del amor de Dios. Yo me pregunto si estas mismas dificultades no son también de más de un católico. Cada uno de ustedes puede hacerse a sí mismo la pregunta.
Aplicar a sí mismo esta parábola del buen pastor nos puede ayudar a todos a descubrir y salir de esta actitud religiosa, que no es católica en grado perfecto. Adelanto que no lo digo en tono de reproche, como si tener facilidad para orar y el pronto suscitarse el amor a Dios fuesen actitudes religiosas fáciles. Nunca debemos olvidar que la concupiscencia, con la que cargamos con el pecado original, nos hace difíciles (y aun imposibles) los actos sobrenaturales que nos pueden parecer más sencillos, como la oración y el amor de Dios. Cuando los apóstoles, admirados un día al ver a Jesús en oración, le pidieron que les enseñase a orar, Jesús no les había dicho todavía nada sobre ello; y es probable que llevasen ya con él más de un año. Orar no es tan fácil.
Orar es una gracia y las gracias sólo nos vienen de Dios y la humildad es condición necesaria. En la oración entramos en comunicación con Dios y Dios al soberbio lo rechaza, mientras que al humilde le da su gracia. La primera bienaventuranza es la de los pobres de espíritu; suyo es el reino de los cielos. El buen pastor ama a sus ovejas, procura tenerlas cerca, las conoce por su nombre y ellas conocen su voz que les es tan familiar, cuida de llevarlas a buenos pastos, de que no se pierda ninguna, las busca incansable si alguna se extravía, las libra de los peligros hasta dar su vida por ellas, quiere tenerlas a todas seguras y cercanas. ¿Qué han hecho las ovejas para ello? Nada, dejarse amar, aceptar su amor. 
El modelo de oración de Jesús es el Padre Nuestro. Porque no meramente nos llamamos, sino que de verdad somos hijos de Dios (1Jn 3,1) y el Espíritu Santo lo clama desde nuestra alma (Ro 8,15). Por eso Cristo resucitado no dejará que se pierdan ni los de Emaús, ni Tomás, y se les manifestará presente varias veces y estará a la orilla del lago, contemplando sus esfuerzos por pescar y haciéndolos eficaces. Cada semana, especialmente en la misa, reafirmemos nuestra conciencia de que “somos hijos de Dios”. Dios nos ama, Dios nos escucha, Dios está cerca, Dios es nuestro Padre y nos da la mano para no caer. Déjense amar por Dios, permítanle que les perdone, que les ayude, que les hable. Es fácil  orar, es fácil incluso experimentar con frecuencia (“ver”) la mano de Dios tantas veces en que en nuestro interior nos sentimos perdonados, consolados, animados, se nos sugiere hacer el bien, perdonar, ayudar, sonreír, animar, soportar, consolar, escuchar, agradecer, llamar al buen pastor. Creo tener razones y experiencia para poderles afirmar que, si se dirigen a Dios seguros de su amor infinito, sentirán que Él les escucha. Tal vez a alguno su experiencia esté alejada de haber tenido un padre así; sin embargo ese vacío se verá ampliamente compensando si creen de veras en el poder de Jesús resucitado para incorporarnos a todos haciéndonos hijos infinitamente queridos de Dios.
Por fin otra palabra, que no hemos de olvidar: “Tengo, además otras ovejas que no son de este redil”. Unas las conocemos, viven con nosotros, tal vez pertenecen a nuestras amistades y familia, pero se perdieron, abandonaron el redil, renegaron del Pastor; otras están lejos; pero en conjunto todas son millones. “También a éstas las tengo que traer”. “¡Ay de nosotros si no evangelizamos!” (cfr. 1Cor 9,16). Hagamos el esfuerzo, oremos, ofrezcamos sacrificios, procuremos hablarles de la bondad del Pastor con nuestra vida y también con la palabra. No olvidemos que Santa Teresa de Lisieux es patrona de las misiones por la oración y sacrificios por los misioneros. Porque “también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor”. No lo duden, es palabra del Señor. Sus oraciones serán escuchadas y la voz del Pastor será escuchada por muchas de ellas.  
Que María, la humilde esclava del Señor nos lo enseñe.



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