ESPECIAL: SEÑOR DE LOS MILAGROS


En Perú dedicamos este mes de octubre a la devoción al Señor de los Milagros, cuya imagen recorre las calles del centro de la ciudad de Lima. Por ello compartimos nuestras publicaciones dedicadas a esta devoción:














ESPECIAL: MES DEL ROSARIO


En Octubre se celebra la fiesta de Nuestra Señora del Rosario (07.10) y se promueve el rezo del Santo Rosario, por ello recomendamos visitar nuestras publicaciones relacionadas a esta devoción:



 






ESPECIAL: DOMUND





En octubre se celebra el DOmingo MUNDial de las Misiones, que es promovido por las Obras Misionales Pontificias (OMP), en esta jornada toda la Iglesia ora por la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras, y colabora económicamente con ellos en su labor, en especial en aquella que realizan entre los más pobres y necesitados.

Para tener mayor información sobre esta celebración invitamos a visitar nuestras publicaciones a través de los siguientes enlaces:



Para más información: web de DOMUND AQUÍ







Domingo XXX Tiempo Ordinario. Ciclo B – "La curación de Bartimeo."


 

P. Adolfo Franco, jesuita

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10, 46 - 52)

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»

Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»

El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»

Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Palabra del Señor


La fe VE las realidades que el ojo corporal no sabe ver.

Jesús, en este pasaje cura a un ciego de nacimiento, y pone al descubierto la importancia de la fe: por eso lo subraya y al curarlo le dice "tu fe te ha curado". Parecería que el milagro tiene una especial intencionalidad, que es destacar la importancia de la fe.

En la narración que nos hace el Evangelista San Marcos, se pone en contraste la ceguera de este hombre, con la intensidad de su fe. Por la ceguera él no podía ver las personas, no podía contemplar los árboles, ni la luz del sol; no podía ver el camino, sin ayuda de alguien podría tropezar. No tenía ese conocimiento de las realidades materiales que se nos hacen presentes por la vista corporal. En cambio, tenía conocimiento de otras realidades superiores por la fe de su corazón: tenía la certeza de la presencia de Dios, supo distinguir a Jesucristo como el salvador de su extrema indigencia, sabía que una fuerza superior (la de Dios) podía incluso salvarle de su ceguera corporal. Le faltaba una vista, pero tenía otra vista la de la fe por la que “vemos” las realidades superiores. Muchos otros tenían vista, veían a Jesús de Nazareth y no creían en El, no lo aceptaban como Hijo de Dios; interiormente estaban ciegos, aunque lo conocieran de vista. En cambio, este pobre ciego, por dentro veía esta realidad maravillosa de Jesús el Hijo de Dios.

Así podemos decir que hay también dos cegueras: la del que no tiene vista corporal, y la del que no tiene fe. Es curioso que nos afecte más la ceguera corporal, que la falta de fe. A pesar de que el que no tiene fe tiene una ceguera más lamentable, que la del que no tiene vista. Porque no tener fe significa no tener una respuesta a las interrogantes más importantes de la vida, es no poder apoyarse en la firmeza de Dios, es no tener un sentido profundo de la vida misma. Es una ceguera de mucho mayor importancia. Las preguntas más trascendentales del ser humano tienen una respuesta en la fe. Vivir la vida sin sentido, es la consecuencia de no vivir en la fe.

Podríamos preguntarnos ¿qué cosas no ve el que no tienen fe? Ya que la calificamos de ceguera es necesario plantearse esta pregunta. Hay dos realidades, en las cuales vive el hombre: la realidad natural y la realidad sobrenatural. Dos realidades, no una realidad y un mito, o una fantasía. Las dos son realidades; y puestos a comparar, la realidad sobrenatural podríamos decir que es más real; por que, si no, veamos ¿qué hay más real y más existente que Dios, del cual deriva toda existencia y toda realidad? Eso el no creyente no lo ve: y es algo tan importante.

A veces hay personas que no ven el sentido de la vida, por qué he nacido, cuál es el término de esta vida. Ciegos, porque solo ven los hechos y los dolores, los sufrimientos; ven la superficie de estos hechos, pero no los ponen en el contexto del plan de Dios sobre sus vidas. Así a veces se pierde el sentido de la vida misma, y estos ciegos se llegan a preguntar ¿para qué vivo? ¿para que nací? De esa ceguera nos cura la fe; que, además nos alivia de la tristeza de una vida sin sentido.

Hay personas que no saben ver el mundo creado, como los signos de Dios en el mundo: la perfección de la creación, la armonía del conjunto de los planetas, y las estrellas, que se rigen por un orden extraordinario. No saben ver que detrás de las bellezas naturales hay la mano de un Artista. No saben ver que detrás de la maravilla organizada que es la vida, la maravilla que es el cuerpo humano; detrás de todo eso y de otras muchas cosas, hay una Presencia, con la cual sintoniza el que tiene fe, y no la ve el que no tiene fe.

La fe nos hace ver nuestro destino, la presencia de Dios en nuestra vida, y la consistencia que El da a nuestra fragilidad. La fe nos hace ver que no estamos solos en el universo, que siempre estamos cuidados, observados y protegidos por Dios, que nunca deja a sus hijos. El que no tiene fe no ve nada de eso, y además lo niega. No percibe que cada ser humano es un hermano, no simplemente un animal racional. 

El que tiene fe ve en cada sacramento una maravillosa presencia, la presencia de Jesús, que está incorporando al que recibe el sacramento, a la vida misma de Dios. En cambio, el que no tiene fe, no ve el misterio, solo ve la ceremonia, a la que le ha quitado la sustancia.

Tantas y tantas cosas nos hacen ver la fe, y no ven los que no tienen fe. Con razón a esta falta de fe se la llama ceguera. Porque además no ven al Hijo de Dios que vino a salvarnos, que pisó nuestra tierra, y que está presente entre nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Cuántas cosas dejan de ver los que no tienen fe. Y cuánto debería de preocuparnos esta ceguera, para pedirle al Señor, como este ciego le pedía la vista corporal: ¡Señor, haz que vea!



Escuchar AUDIO o descargar en MP3

Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.




Catequesis del Papa sobre la Carta a los Gálatas: 12, «La libertad se realiza en la caridad»


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 20 de octubre de 2021

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estos días estamos hablando de la libertad de la fe, escuchando la Carta a los Gálatas. Pero me ha venido a la mente lo que Jesús decía sobre la espontaneidad y la libertad de los niños, cuando este niño ha tenido la libertad de acercarse y moverse como si estuviera en su casa... Y Jesús nos dice: “También vosotros, si no hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos”. La valentía de acercarse al Señor, de estar abiertos al Señor, de no tener miedo del Señor: yo doy las gracias a este niño por la lección que nos ha dado a todos nosotros. Y que el Señor lo ayude en su limitación, en su crecimiento porque ha dado este testimonio que le ha venido del corazón. Los niños no tienen un traductor automático del corazón a la vida: el corazón va adelante.

El apóstol Pablo, con su Carta a los Gálatas, poco a poco nos introduce en la gran novedad de la fe, lentamente. Es realmente una gran novedad, porque no renueva solo algún aspecto de la vida, sino que nos lleva dentro de esa “vida nueva” que hemos recibido con el Bautismo. Allí se ha derramado sobre nosotros el don más grande, el de ser hijos de Dios. Renacidos en Cristo, hemos pasado de una religiosidad hecha de preceptos a la fe viva, que tiene su centro en la comunión con Dios y con los hermanos, es decir, en la caridad. Hemos pasado de la esclavitud del miedo y del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Otra vez la palabra libertad.

Hoy trataremos de entender mejor cuál es para el apóstol el corazón de esta libertad. Pablo afirma que la libertad está lejos de ser «un pretexto para la carne» (Gal 5,13): la libertad no es un vivir libertino, según la carne o según el instinto, los deseos individuales y los propios impulsos egoístas; al contrario, la libertad de Jesús nos conduce a estar —escribe el apóstol— «al servicio los unos de los otros» (ibid.). ¿Pero esto es esclavitud? Pues sí, la libertad en Cristo tiene alguna “esclavitud”, alguna dimensión que nos lleva al servicio, a vivir para los otros. La verdadera libertad, en otras palabras, se expresa plenamente en la caridad. Una vez más nos encontramos delante de la paradoja del Evangelio: somos libres en el servir, no en el hacer lo que queremos. Somos libres en el servir, y ahí viene la libertad; nos encontramos plenamente en la medida en que nos donamos. Nos encontramos plenamente a nosotros en la medida en que nos donamos, tenemos la valentía de donarnos; poseemos la vida si la perdemos (cfr. Mc 8,35). Esto es Evangelio puro.

¿Pero cómo se explica esta paradoja? La respuesta del apóstol es tan sencilla como comprometedora: «mediante el amor» (Gal 5,13). No hay libertad sin amor. La libertad egoísta del hacer lo que quiero no es libertad, porque vuelve sobre sí misma, no es fecunda. Es el amor de Cristo que nos ha liberado y también es el amor que nos libera de la peor esclavitud, la del nuestro yo; por eso la libertad crece con el amor. Pero atención: no con el amor intimístico, con el amor de telenovela, no con la pasión que busca simplemente lo que nos apetece y nos gusta, sino con el amor que vemos en Cristo, la caridad: este es el amor verdaderamente libre y liberador. Es el amor que brilla en el servicio gratuito, modelado sobre el de Jesús, que lava los pies a sus discípulos y dice: «Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,15). Servir los unos a los otros.

Para Pablo la libertad no es “hacer lo que me apetece y me gusta”. Este tipo de libertad, sin un fin y sin referencias, sería una libertad vacía, una libertad de circo: no funciona. Y de hecho deja el vacío dentro: cuántas veces, después de haber seguido solo el instinto, nos damos cuenta de quedar con un gran vacío dentro y haber usado mal el tesoro de nuestra libertad, la belleza de poder elegir el verdadero bien para nosotros y para los otros. Solo esta libertad es plena, concreta, y nos inserta en la vida real de cada día. La verdadera libertad nos libera siempre, sin embargo cuando buscamos esa libertad de “lo que me gusta y no me gusta”, al final permanecemos vacíos.

En otra carta, la primera a los Corintios, el apóstol responde a quien sostiene una idea equivocada de libertad. «Todo es lícito», dicen estos. «Mas no todo es conveniente», responde Pablo. «Todo es lícito», «mas no todo edifica», responde el apóstol. Y añade: «Que nadie procure su propio interés, sino el de los demás» (1 Cor 10,23-24). Esta es la regla para desenmascarar cualquier libertad egoísta. También a quien está tentado de reducir la libertad solo a los propios gustos, Pablo le pone delante de la exigencia del amor. La libertad guiada por el amor es la única que hace libres a los otros y a nosotros mismos, que sabe escuchar sin imponer, que sabe querer sin forzar, que edifica y no destruye, que no explota a los demás para su propia conveniencia y les hace el bien sin buscar su propio beneficio. En resumen, si la libertad no está al servicio —este es el test— si la libertad no está al servicio del bien corre el riesgo de ser estéril y no dar fruto. Sin embargo, la libertad animada por el amor conduce hacia los pobres, reconociendo en sus rostros el de Cristo. Por eso el servicio de los unos hacia los otros permite a Pablo, escribiendo a los Gálatas, subrayar algo de ninguna manera secundario. Así, hablando de la libertad que le dieron los otros apóstoles para evangelizar, subraya que le aconsejaron solo una cosa: acordarse de los pobres (cfr. Gal 2,10). Esto es interesante. Cuando después de esa lucha ideológica entre Pablo y los apóstoles se pusieron de acuerdo, los apóstoles le dijeron: “Sigue adelante, sigue adelante y no te olvides de los pobres”, es decir que tu libertad de predicador sea una libertad al servicio de los otros, no para ti mismo, para hacer lo que te gusta.

Sabemos sin embargo que una de las concepciones modernas más difundidas sobre la libertad es esta: “mi libertad termina donde empieza la tuya”. ¡Pero aquí falta la relación, el vínculo! Es una visión individualista. Sin embargo, quien ha recibido el don de la liberación obrada por Jesús no puede pensar que la libertad consiste en el estar lejos de los otros, sintiéndoles como molestia, no puede ver el ser humano encaramado en sí mismo, sino siempre incluido en una comunidad. La dimensión social es fundamental para los cristianos, y les consiente mirar al bien común y no al interés privado.

Sobre todo en este momento histórico, necesitamos redescubrir la dimensión comunitaria, no individualista, de la libertad: la pandemia nos ha enseñado que necesitamos los unos de los otros, pero no basta con saberlo, es necesario elegirlo cada día concretamente, decidir sobre ese camino. Decimos y creemos que los otros no son un obstáculo a mi libertad, sino que son la posibilidad para realizarla plenamente. Porque nuestra libertad nace del amor de Dios y crece en la caridad.


 

Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20211020_udienza-generale.html

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Textos claves del Nuevo Testamento - 29. "tampoco soy del mundo."

 



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


El pecado entró al comienzo de la historia humana, y con el pecado la muerte. El príncipe de este mundo es un alguien o algo maligno. El espíritu mentiroso de este mundo se opone al auténtico espíritu de Dios: “Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del maligno; pero sabemos también que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Dios verdadero” (1 Jn 5,19-20).

El pecado del mundo es como una pesada masa de opresión y de incredulidad acumulada desde sus orígenes humanos: “El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (l Jn 2,17). Jesús no es de este mundo ni tampoco su reino. Sin embargo, ha venido a este mundo para salvarlo conforme a la voluntad de su Padre. Su resurrección es signo eficaz de una creación nueva. Y en esta presencia de un mundo nuevo, la luz y la vida brotan en quienes tienen fe en Jesucristo: “No pertenecen al mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno. Ellos son tan extraños al mundo como yo mismo. Haz- que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad. Tu palabra es la verdad” (Jn 17,14-17).



Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

Para acceder a los otros temas AQUÍ.


Doctrina Social de la Iglesia - 13. La Sociedad V


 

P. Ignacio Garro, jesuita †


3. LA SOCIEDAD

CONTINUACIÓN  

3.7. EL ESTADO

Continuación...


3.7.10. FIN DEL ESTADO

El fin del Estado es el bien común de todos los ciudadanos, que consiste en:

  • En que haya paz y seguridad para los ciudadanos, y las familias puedan gozar del ejercicio de sus derechos
  • Lograr el mayor bienestar posible, gracias a la unión y a la colaboración de todos los ciudadanos. Para conseguir el Estado debe:

a. Mantener el orden público y dar seguridad a los ciudadanos, asegurando así imparcial y eficazmente a cada ciudadano el libre ejercicio de su actividad sin temor a la violencia.

b. Prevenir los delitos y reprimirlos cuando se realicen.

c. Hacer que impere la justicia en todos los actos humanos.

d. Proteger de manera especial a los débiles, niños, ancianos, etc. Hay que recordar que el Estado no es un fin en sí mismo, sino que el Estado está al servicio de la sociedad civil, de la comunidad, procurando siempre el bien común.

  • El Estado debe favorecer positivamente el desarrollo de la vida social, a fin de que los ciudadanos puedan encontrar en la sociedad un medio cada vez más apto para realizar su perfeccionamiento humano, intelectual, moral.


3.7.11. LA SUBSIDIARIEDAD Y LA SOLIDARIDAD, REGULADORAS DE LA VIDA SOCIAL DEL ESTADO 

Principio de subsidiariedad: 

Se entiende por "subsidiariedad" cuando una persona o un grupo social pueden realizar actividades sociales por sí mismas sin ayuda del Estado.  El Estado debe de respetar esta iniciativas y fiarse de los ciudadanos y sólo intervenir en caso que deba cumplir, en virtud del estricto derecho, el bien común general.

Con respecto a la comunidad nacional, una de las funciones del Estado se deben de regir por este conocido principio de la subsidiariedad, según el cual la intervención del Estado en la vida socioeconómica, cultural y política de la comunidad ha de ser de un justo equilibrio, que evite abusos en sus atribuciones, que lo obligue a intervenir cuando y donde corresponda, asumiendo tareas que no puedan realizar sociedades menores, y que, por último, le impida eludir responsabilidades, sobre todo cuando de ello deriven evidentes perjuicios para los miembros de la comunidad.

Así la subsidiariedad no significa que el Estado, frente a problemas fundamentales como los de la economía, deba hacerse a un lado, asumiendo un papel de mero "guardián del derecho y del orden", como decía el Papa León XIII. Por el  contrario, el "Estado debe dedicarse plenamente a su función específica de dirigir y orientar la búsqueda del Bien Común", incluso supliendo a los organismos particulares e intermedios cuando el bien general así lo aconseja. Juan XXIII dice en PT nº 140: "Así como en cada nación es menester que las relaciones que median entre la autoridad y los ciudadanos, las familias y las asociaciones intermedias, se rijan y moderen con el principio de subsidiariedad, con el mismo principio es razonable que se compongan las relaciones que median entre la autoridad pública mundial y las autoridades públicas de cada nación".

J. Pablo II al hablar sobre el papel del Estado en el sector de la economía, dice: "En este ámbito también debe ser respetado el principio de subsidiariedad. Una estructura social de orden superior no debe de interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior,  privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla  en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común". (CA nº 48).


Principio de solidaridad

Del latín "solidus" = compacto, cohesionado; en sentido social significa solidez, estabilidad.

La solidaridad es: "la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos sean verdaderamente responsables de todos. Por solidaridad vemos al "otro" (sea persona, pueblo o nación) como un semejante  nuestro". Sollicitudo Rei Socialis, Nº 39,e.

En general el término "solidaridad", evoca la idea de cooperación, participación. Aquí empleamos el término "solidaridad", desde el punto de vista de la justicia social, puesto que la persona humana es eminentemente social debe de haber valores que signifiquen solidaridad con los demás ciudadanos, solidaridad universal entendida como responsabilidad de todos para con todos y como creación de un sistema mundial de colaboración entre los pueblos. (Sollicitudo rei Socialis, nº 38-39). El principio de solidaridad es uno de los principios básicos de la DSI. Según este principio el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres sólo es posible mediante el desarrollo solidario de la humanidad, es el gran tema de la encíclica "Populorum Progressio" de Pablo VI (1966). 

El tema de la solidaridad lo trata el Papa Juan Pablo II en la encíclica "Sollicitudo rei Socialis" y hace de la solidaridad el tema principal y declara de forma urgente que hay que sustituir las relaciones hegemónicas y egoístas de algunos grupos de naciones por las relaciones solidarias y altruistas, como camino único para eliminar los imperialismos económicos o financieros que tanto daño hacen a las naciones del Tercer Mundo (SRS, nº 26-39). Sólo la solidaridad puede vencer "los mecanismos perversos y las estructuras de pecado", SRS, nº 39-40. 

En innumerables alocuciones y discursos, Juan Pablo II vuelve a tratar el tema: "La solidaridad de todos los hombres es la verdadera revolución del amor", Discurso en Nápoles: A las nuevas generaciones, 1990. En "Centesimus Annus" vuelve a decir: "Para superar la mentalidad individualista hoy tan difundida, se requiere un compromiso concreto de solidaridad", CA, nº 49. En el congreso promovido en Roma para trabajadores y sindicalistas, el 4 de Mayo de 1991, J. Pablo II desarrolla: "el sentido de la solidaridad en la defensa y el respeto de derechos de los obreros". O.R. 2, Junio 1991, pag. 6.

El principio de solidaridad es clave en la DSI. Por solidaridad el hombre debe contribuir con sus semejantes al bien común de la sociedad. Cuando los hombres, grupos, comunidades locales, asociaciones y organizaciones, naciones y continentes participan en la vida económica, política y cultural, superan el individualismo social y político. Así vista, la solidaridad, liga a cada persona indisolublemente al destino de la sociedad y a la salvación de todos los hombres. Pide una acción eficaz que afecte en conciencia a los individuos, a los gobiernos y a cada pueblo en aquello que se refiere al tenor de vida, al fomento del trabajo y al progreso de otros pueblos menos dotados.

Esta solidaridad encuentra su más profunda justificación y su más decisiva orientación a la luz de la fe. La conciencia de la común paternidad de Dios, de la fraternidad de todos los seres humanos en Cristo y de la presencia y acción vivificadora del Espíritu presenta, a los creyentes un modelo nuevo de unidad del género humano y les confiere un criterio cierto para interpretar la realidad del mundo.


3.7.12. EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES

Este principio es fundamental en la más antigua tradición de la Iglesia. Podemos definir el destino universal de los bienes como: Todos los hombres tienen el derecho primario a usar de todos los medios disponibles para la vida. MM. 111; LC. 87 y 90, SRS. 39. Por consiguiente, el derecho de propiedad privada, aunque sea legítimamente ejercido, jamás debe perder de vista el principio del destino universal de los bienes para todos.

El destino universal de los bienes, como principio del orden económico y social debe ser tenido en cuenta por el Estado y regular su práctica en las diversas formas jurídicas que las normas positivas de los pueblos practican. Mas, al constituir el destino universal de los bienes un derecho natural y fundamental, el propietario "no debe de tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás". Gaudium  et  Spes, nº 69

3.7.13. LA ESTRUCTURA SOCIAL DENTRO DEL ESTADO

La noción y clasificación de los grupos sociales que configuran el Estado es un tema que recibe diversas tratamientos en cada autor. Nosotros podemos señalar los siguientes:

  • La Familia: La familia se define como el grupo social primario y fundamental, de la sociedad, con autonomía de estructura y fines propios, pero fines que la trascienden y se integran en el orden más amplio de la unidad de toda la sociedad. La relación entre familia y sociedad está muy condicionada en la actualidad, siendo sus dos extremos: subsidiariedad y estatismo.
  • Las clases sociales: se habla de estratos amplios de la sociedad, en la que se denominan la clase alta, clase media, clase media baja, y clase baja,( obreros y campesinos).
  • Los estamentos sociales: se denominan a aquellas organizaciones que tienen un papel importante en la organización social del Estado: el Ejército, el Poder Judicial, la Administración Pública,  la Iglesia, los docentes, cuerpo médico, etc,.
  • Las organizaciones profesionales: Son asociaciones libres que tienen como finalidad agrupar, defender y promover el bien de sus filiados. Asociaciones profesionales libres: abogados, médicos, profesores, etc. Sindicatos, asociaciones, etc. También se puede incluir los grupos afines a la cultura, arte, deporte, ecología, etc.

Conclusión: 

Podemos decir que el Estado es la sociedad civil plural organizada de una manera estable en su Constitución y Leyes fundamentales, bajo la autoridad de un Gobierno, legítimamente elegido, provisto de poderes claramente definidos en bien de todos los ciudadanos. La sociedad civil necesita de un elemento que realice la unión de los miembros de la sociedad, que los hace buscar y querer el mismo fin, que es el bien común. Para ello se requiere de un Estado que detente legítimamente el poder según las leyes fundamentales del Estado y de la Constitución.


3.7.14. EL ESTADO DE BIENESTAR

A partir de la 2ª Guerra Mundial (1940-1945) se estableció en algunos países de la Europa Occidental, una forma de gobierno que se llamó el “Estado de Bienestar”, o también llamado “Estado Social”. Este forma de gobierno político, económico y social del Estado de Bienestar Social podemos definirlo de la siguiente manera: “Un modo de organización social, política y económica, que es, a la vez, reacción a los dictaduras  totalitarias socialistas  y comunistas de los países de Europa del Este y como complemento al sistema del Estado neoliberal y capitalista del Oeste. 

        El Estado de Bienestar Social se caracteriza, por un lado, por la intervención del Estado en la economía del país, con el objetivo de mantener el pleno empleo mediante la regulación de las leyes laborales, regulación de las leyes del mercado y la creación de un sector público económico y, por la prestación de una serie de servicios sociales de carácter universal, como son: control de precios en la alimentación básica, educación, salud, vivienda, transporte, industria básica en general, protección a los ancianos, niños, pensiones de vejez, y todo tipo de servicios que vayan a favor del Bien común; y por otro lado, adoptar las medidas eficaces del sistema capitalista: el uso adecuado y controlado del capital financiero y económico. De este manera se pudo conjugar lo mejor del sistema capitalista: como es el buen uso y rendimiento del capital y lo mejor del sistema socialista: una justa y equitativa redistribución de la riqueza, pleno empleo, leyes laborales justas, etc, atendiendo  al ciudadano en sus más elementales necesidades humanas, económicas y sociales”. 

        El Estado de Bienestar Social supone, pues, una organización social muy cualificada de todos los ciudadanos para llevar a cabo correctamente:  el pleno empleo y la conjunción eficiente del capital, trabajo, una alta  y  cualificada producción, una democracia participativa, y un nivel cualificado de preparación profesional en todos los ámbitos del trabajo. Con estas  características se conjugan una serie de elementos imprescindibles para formar un Estado de Bienestar Social. 

        El Estado democrático moderno que hoy día conocemos en el mundo de Occidente, nació de las revoluciones norteamericana (1776), y francesa (1789) y se basa en los principios del pensamiento liberal del pleno derecho y deberes de la ciudadanía, de ahí nacieron las Naciones – Estado de mediados del siglos  XIX y comienzos del S. XX, llegando a su madurez en lo que hoy día conocemos por Estados democráticos. Fue, por tanto, un proceso de maduración que abarcó la segunda mitad del S. XIX y la primera mitad del S. XX. Dentro de este proceso se pueden distinguir dos planos: a).- el nivel teórico y doctrinal, de las ideas, de los argumentos, y b).- el nivel jurídico – práctico, es decir, la legislación positiva, las reformas jurídicas, laborales, de salud pública, reformas administrativas justas y equitativas, etc.

A). Nivel teórico doctrinal

        Los autores y pensadores políticos de ideas socialistas no marxistas, es decir,  el socialismo demócrata intenta tomar lo mejor de las ideas liberales capitalistas y lo mejor del socialismo no marxista. Es sobre todo en Alemania donde más se reflexiona sobre el Estado Social de Derecho, y podemos destacar a G. Smoller, A. Wagner y L. Brentano, que en 1872 redactan un manifiesto que viene a ser una síntesis embrionaria de lo que hoy día podríamos llamar el Estado Social de Bienestar y decía: “A diferencia de la escuela de Manchester (que era pro liberal capitalista, consideraba que el Estado no debe de intervenir en economía, educación, salud, todo esto hay que dejarlo a la iniciativa privada, y  proclamaban: “el Estado cuanto más pequeño, mejor”), no consideramos al Estado como un mal menor de la sociedad moderna que es preciso restringir tanto como sea posible; para nosotros el Estado es una de las más grandes instituciones para la educación de la humanidad. Queremos un Estado fuerte, que legisle por encima de los intereses egoístas de clase social, que proteja a los débiles y promocione a las clases inferiores”  18.

Reclaman estos pensadores políticos un Estado de Bienestar Social no totalitario, sino un Estado de Derecho, que no sea neutral ante los conflictos de injusticia social que generan la desigualdad entre los ciudadanos soberanos y libres, entre los fuertes y los débiles de la sociedad, entre patronos y obreros. El Estado de Bienestar Social  debe de intervenir en el área socioeconómica para intentar promocionar a los más desvalidos. Se produce por tanto una inversión en la concepción del Estado en relación con el problema de la libertad personal y social. El Estado liberal clásico (manchestraiano) solía considerar la libertad individual y el poder del Estado como magnitudes inversamente proporcionales, a saber: a mayor poder del Estado, menor libertad personal y social, es decir, la libertad del individuo y de la sociedad se ven reducidas por el poder del Estado. Por tanto, el poder del Estado, “cuanto más pequeño, mejor”. El poder del Estado debía ser limitado a favor de la libertad e iniciativa del individuo y de la sociedad.

Sin embargo, los autores socialistas que acabamos de citar proponen un concepto más amplio y realista de la libertad; para que la libertad del individuo sea real, no basta con defenderla frente a las posibles abusos del Estado; al ciudadano también hay que defenderle de la miseria, del hambre, del desempleo, de la falta de atención sanitaria, de la falta de acceso a una educación escolar básica y universitaria, hay que protegerle de la explotación económica y laboral en las fábricas, y empresas,  hay que asegurarle unas condiciones de vida digna, etc.


B). Nivel jurídico práctico

        Esta reflexión jurídico teórica encuentra su realización en Alemania durante  la república de Weimar, que en 1880 establece la primera legislación de protección social; en 1884 se aprueba la ley sobre accidentes de trabajo, y en 1889 la ley de seguros de vejez, invalidez y las primeras pensiones de jubilación a partir de haber cumplido los 65 años. A lo largo del S. XX, el Estado de Bienestar Social conoce distintas etapas en distintos países, Inglaterra, Francia, Italia, Países Bajos, etc, pero ha sido a partir de 1945 cuando el Estado de Bienestar hasta los años 1975 a 1980, en que comienza el declive de este tipo de Estado de Bienestar debido a las fuertes crisis económicas que surgen en Occidente, sobre todo la crisis de 1973, conocida como la “crisis del petróleo” en el mundo económico, debido a que el barril de petróleo subió de 1 dólar por barril a más de 20 dólares. Automáticamente subieron todos los productos industriales que dependían de esta fuente vital de energía, especialmente los automóviles y la industria en general. Esta crisis económica, por las mismas causas, se repitió en 1979.

En los años 1950 a 1960 Europa conoció los momentos de mayor prosperidad económica y paz social de su historia. El Estado de Bienestar Social había avanzado a un ritmo razonable hacia el cumplimiento de sus objetivos sociales y de bienestar y calidad de vida. Es significativo el testimonio de Tom Bottomore, el cual, más bien hostil al Estado de Bienestar Social, ha tenido que reconocer que: “en la mayoría de la Europa Occidental tuvieron lugar en aquellos años progresos igualitarios en la distribución de la riqueza y en el control económico de la nación, a través de diversas formas de economía mixta, así como una notable expansión y perfeccionamiento de la política asistencial, facilitado todo ello por unos índices de crecimiento económico excepcionalmente altos”. En efecto, Europa crecía a  un ritmo anual del 7 y 8 % del P.I.B., lo que significaba una época de optimismo y de progreso. Parecía haberse encontrado la fórmula ideal para conjugar libertad ciudadana e igualdad de derechos y deberes, iniciativa privada libre y a la vez intervencionismo estatal, eficacia en la producción industrial y justicia social, conjunción de lo mejor del capitalismo y del socialismo.

El Estado de Bienestar Social asumía dos compromisos básicos: 

1.- En el terreno propiamente económico: el Estado de Bienestar Social se compromete  a erradicar definitivamente los ciclos de prosperidad y depresión económica, que  había salpicado hasta entonces la historia del capitalismo liberal, pues con las diversas estrategias de control estatal de la economía, se podían cerrar esos ciclos depresivos (como la crisis económica de 1929 en EE.UU.) y aspirar al pleno empleo de manera estable, cosa que hasta entonces no se consideraba factible. 

2.- En el terreno social: el Estado de Bienestar Social se compromete a garantizar la satisfacción de las necesidades elementales de la población al margen del mercado, es decir, conseguir el pleno empleo de los obreros y empleados; además mediante prestaciones gratuitas tener acceso a: educación pública, sanidad pública, y con ayuda subvencionada tener acceso a la vivienda, tener un control y subvención de precios en los alimentos básicos para toda la población, etc, necesidades todas ellas que están en la base de los derechos económicos y sociales de la persona humana.

Con estos logros políticos, económicos y sociales la lucha de clases del marxismo ortodoxo no desaparece del todo, sigue la tensión social y política, pero, queda domesticada y paliada. Por tanto, el Estado de Bienestar Social presupone, se asienta y está construido sobre el conflicto, pero, a su vez, mantiene  abiertas la vías de negociación y de transacción entre empresarios y obreros capaces de conseguir que la lucha de clases quede superada por medio del diálogo y la negociación correcta y respetuosa entre empresarios y las centrales sindicales, para conseguir unos logros reales que no requieren el derramamiento de sangre ni la confrontación física. Se había producido lo que Lipset denomina la “lucha de clases democrática”, lo que significaría que todos los esquemas sociales, incluidos los modos de producción y la distribución justa y equitativa  de los recursos económicos, dependerían de los resultados de la política de masas, y decía: “Si, de hecho, la gente quisiera que las cosas cambiasen, eligirían simplemente a otra gente en las instituciones. El que no lo hagan prueba, en consecuencia, que la gente está satisfecha con el orden socio-político existente”.

Sin embargo, y a pesar de todos los progresos del Estado de Bienestar Social en Europa, la sociedad nacida de este Estado de Bienestar Social conserva en sí misma la desigualdad radical entre la fuerza decisiva del capital y la fuerza del trabajo. Y, así, la integración de los trabajadores en la sociedad con igualdad de derechos entre todos los ciudadanos es más aparente que real. Bajo capa de participación plena en la  vida democrática formal y bajo la cobertura del Estado de Bienestar Social en el cumplimiento de los derechos y deberes del ciudadano, los trabajadores tienen acceso a la ciudadanía política, pero en el fondo sigue existiendo la radical desigualdad económica propia de la sociedad capitalista. Esta contradicción se pone de manifiesto de una manera más visible cuando las circunstancias económicas cambian por la falta de trabajo, el trabajo temporal y provisional, el desempleo, y en otras formas de injusticia social.


3.7.15. LOS FALLOS DEL ESTADO DE BIENESTAR SOCIAL

No debió de ser muy fuerte y bien asentada la forma de gobierno del Estado de Bienestar Social cuando duró tan poco tiempo. En efecto, el Estado de Bienestar Social no eliminó del todo el conflicto entre capital y trabajo, ya que en definitiva el objetivo era que el país marchara bien económicamente, es decir, tener como objetivo el lema de la economía capitalista: elevar cada vez más y más la producción para que esta producción no se debilitara y estancara; para ello habilitaron políticas tendentes a aumentar la demanda, los ciudadanos de cualquier clase social ganaban buenos salarios y estaba bien redistribuida la riqueza, lo cual conllevaba un fuerte aumento de la oferta, con la consiguiente necesidad de mano de obra. A la vez se habilitaron medidas de distribución de los bienes socialmente producidos mediante políticas fiscales forzadas por el pacto social.

El Estado de Bienestar Social no se situó fuera de las leyes del mercado capitalista, sino que trató de paliar sus consecuencias poniéndole límites; y cuando la correlación de fuerzas del mercado cambia, también cambia la estructura social. Esto es lo que sucedió a partir del año 1973, debido a la crisis del petróleo, se produjo un verdadero desequilibrio entre en los países productores de petróleo que recibieron grandes cantidades de dinero, y los países importadores de petróleo tuvieron que invertir gran parte de su capital de ahorro en comprar la misma cantidad de petróleo pero les costaba 20 veces más caro; automáticamente hubo un alza desmesurada en todos los productos. Los países productores de petróleo se hallaron con grandes cantidades de dinero y hubo una gran liberación del precio del dinero. Sin embargo, en los  Estados de Bienestar Social, los obreros sufrieron una gran crisis económica, ganaban lo mismo y los productos básicos habían subido el doble y el triple, es decir, su poder adquisitivo había disminuido.

Con la intensa competencia en exportaciones en el terreno internacional, y la alta tecnología creada para una gran producción industrial se produjo un cambio en la ecuación del Estado de Bienestar Social, a partir del año 1979 (segunda crisis del petróleo) en el mundo industrial hay muchas y muy  buenas máquinas de alta producción y consiguientemente el rendimiento industrial de estas máquinas producen un excedente de obreros. Se repite el problema laboral, social y humano que vimos a comienzos del S. XIX.

A esta situación hay que añadir la mundialización de la economía, Europa Occidental, después de la 2ª Guerra Mundial tenía una gran producción industrial, estaba en igualdad de condiciones de producción que Estados Unidos de América y Japón, tenía que competir con sus exportaciones en el mercado internacional; a la vez en Europa hubo una gran necesidad de grandes capitales y mantener productivas las empresas para hacer frente a la competitividad exterior. Para innovar las nuevas tecnologías industriales  y ser competitivos era necesaria una innovación de la tecnología y una reestructuración de la producción en la que ya no se necesitaba tanta mano de obra debido al gran avance que hubo en la investigación y tecnología de la automatización y robotización de las máquinas industriales para lo cual era necesario liberar grandes recursos económicos, a los que no podía hacer frente el  Estado de Bienestar Social. En este proceso comienzan los “procesos de privatización” de las empresas  públicas sociales del Estado de Bienestar Social.

Veamos un ejemplo: hacia 1985 un robot automatizado en la industria del automóvil, trabajaba 24 horas diarias, rinde el equivalente a más de 100 obreros por día, no se cansa, no tiene familia, no percibe sueldo, no tiene costes sociales,  no se enferma, no hace huelgas, no exige nada. De nuevo la máquina reemplaza la mano de obra humana. Los grandes perdedores de esta innovación tecnológica e industrial son los obreros. En pocos años, los países del mundo Occidental comienzan a tener un gran excedente de obreros sin empleo, lo cual significa: el mundo del desempleo, es decir, pasar hambre, no poder cubrir necesidades vitales, etc. Comienza un nuevo ciclo de tensión humana, social y política.

Finalmente el error principal del Estado de Bienestar Social, en lo referente a las empresas públicas y al mundo del rendimiento laboral fue, en líneas generales, la “burocratización del sistema”, es decir, al ser empresas estatales o semi – estatales requerían un gran número de empleados bien remunerados para mantener el control del sistema , y “la falta de estímulo y de superación” de los obreros que no estaban muy motivados para producir al máximo ni superarse en el trabajo, ya que el puesto estaba asegurado de por vida. Los puestos de servicios, oficinistas, secretarias, personal administrativo, en general eran muy poco competentes y eran más bien puestos de trabajo que se originaban para ocupar a los partidarios políticos del Gobierno de turno, así había empresas en las que la proporción “obrero – empleados” era desproporcionada; por ejemplo en la empresa privada había 1 empleado por cada 50 obreros, en la empresa estatal 20 empleados por cada 50 obreros. 

Otro ejemplo: las empresas estatales al final del año solían tener pérdidas fuertes, no había problema, el Estado de Bienestar Social derivaba de las arcas de la Nación el dinero suficiente para cubrir esas pérdidas. Esta forma de actuar no se realiza nunca en las empresas privadas,  en éstas si hay pérdidas, se estudia la manera de salir de ellas con más trabajo, más competencia, más calidad, o declarando la quiebra, pero el déficit no lo cubre nadie, entonces las empresas estatales comparadas con las empresas privadas, generalmente, son muy deficitarias, originan una especie de psicología que el Estado de Bienestar Social se haga cargo de todo, lo importante es tener un trabajo y tener la vida asegurada de por vida. En la empresa privada no ocurre nada de esto, cada puesto de trabajo es evaluado cada cierto tiempo y si no  hay un rendimiento adecuado y eficaz el obrero o mejora, o se le despide. 

Por eso el mayor fallo del Estado de Bienestar Social no es la buena intención de legislar a favor del obrero y de proteger sus condiciones de trabajo sino la desidia y desinterés que origina en los obreros y en los empleados públicos: el saber consciente o inconscientemente que: “de todas maneras yo tengo un trabajo seguro y a mí nadie me puede despedir”. Y también como hemos comentado las empresas estatales admiten demasiados administrativos  y de servicios, que no son necesarios, y se convierte más bien en un lugar donde se colocan los afiliados al partido político de turno.

Por lo tanto podemos decir que los fallos del Estado de Bienestar Social, no está en el planteamiento político y social que realiza el Estado de la Nación para mirar por el bien común de los ciudadanos, sino que sus fallos están en la “burocratización” del sistema estatal debido al excesivo personal de servicios con bajos rendimientos no productivos; y por otra parte se dio  “la falta de superación y motivación” en la producción del trabajo en al área de los obreros. 

Todo esto es producido por una mala gestión empresarial. “El Estado es un mal gestor” dicen los teóricos de las economías neoliberales y tal vez no les falte alguna buena razón. “Las Empresas públicas, habitualmente son deficitarias, están acostumbradas a que en caso de déficit empresarial, el Estado de Bienestar Social les ayude y cubra todos los gastos”, dicen los neoliberalistas. Es un hecho comprobado que tanto los obreros y como los empleados públicos, con el tiempo, declinan su interés por la productividad efectiva y por competir en un mercado exigente y no rinden lo suficiente, se amarran a su trabajo fijo, sin posibilidad de despido, por lo tanto este modelo de Empresa estatal no da muy buenos resultados, pero repetimos, no por los fines que pretende, el mayor bien común, sino por la “burocratización” acompañada de exceso de puestos de trabajo en el área de servicios y por la falta de motivación, rendimiento y competencia profesional de los obreros y de los cuadros directivos de la Empresa estatal.


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18. “El debate ideológico en torno al Estado de Bienestar”. F. Contreras, Edit. Etea, Córdoba, 1996. Pags, 5-19.



Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, SJ † quien, como parte del blog, participó con mucho entusiasmo en este servicio pastoral, seguiremos publicando los materiales que nos compartió.


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Selección de nuestras publicaciones ordenadas a manera de CURSOS de formación






Domingo XXIX Tiempo Ordinario. Ciclo B – "El poder y el servicio."


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P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10, 35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»

Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»

Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»

Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»

Contestaron: «Lo somos.»

Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor


Jesús corrige la ambición de sus apóstoles y así corrige también la nuestra.

¿Quién tiene el lugar de la derecha y de la izquierda de Jesús? El que se atreve a beber el cáliz que Jesús mismo ha de beber. 

En este párrafo del Evangelio hay lecciones muy importantes del Señor, sobre la ambición, el poder y el servicio; aspectos de nuestra vida que deben ser evangelizados. Y todo empieza por dos apóstoles que, adelantándose a los demás, le piden a Jesús que les reserve los dos puestos más importantes en su reino: uno sentado a la derecha de Jesús, y el otro a su izquierda. Resulta verdaderamente lamentable que dos de los discípulos más cercanos a Jesús pongan al descubierto esta desmesurada ambición, y precisamente ante Jesús, que había bajado a la tierra para ser el Servidor de todos.

Jesús ha dejado el cielo, no ha dudado en dejar allá arriba su dignidad de Dios y ha venido a estar entre nosotros y como el menor de todos. Y resulta que sus discípulos no le han entendido, y tienen el corazón lleno de ambiciones. A ellos les interesa el triunfo y el poder, esa pasión tan fuerte en los seres humanos: la ambición de poder y de sobresalir. El puesto de la derecha y el de la izquierda en el Reino de Jesús. Ellos pensaban en la instauración de un estado poderoso establecido en torno a un Mesías político. Y cuando llegase el momento de la entronización del rey en trono de oro y con una corte de personajes lujosamente vestidos, entonces, esos dos apóstoles llamados a ocupar dos sillones destacados a cada lado del trono.

Una imagen absurda, de quienes no comprendieron al Maestro, sino muy poco a poco. Si Juan y Santiago hubieran podido ver por adelantado la cruz en el Calvario ¿se habrían atrevido a pedir estar a la derecha y a la izquierda de Jesús, donde estuvieron los dos ladrones crucificados con El? Por eso Jesús les dice: No saben lo que están pidiendo.

Y después Jesús toma la palabra y les enseña a sus apóstoles lo que debería ser el ejercicio del poder. El poder es para servir, y no para encumbrarse con orgullo por encima de los demás. Al menos en su reino, entre sus seguidores hay que seguir esa norma de conducta que Jesús nos enseña con su ejemplo: el que está más arriba debe ser el servidor de todos. Los apóstoles, y todos los seguidores de Jesús deben distinguirse por la voluntad de servir a sus hermanos. Echar lejos de sí toda ambición, toda superioridad, y todo orgullo. El mismo Señor lo pondrá una vez más de manifiesto cuando en la Ultima Cena lave los pies de sus apóstoles.

Dejando esta lección del Señor que es tan clara, también podemos ver este evangelio como un desafío para de verdad estar la lado de Jesús, muy cerca de El. Es un deseo legítimo el querer estar cerca de El, dejando aparte si es a la derecha o a la izquierda. Pero estar cerca de El es lo que quiere todo verdadero discípulo. Es caminar hacia la intimidad con el Señor. Es un gran deseo querer estar cerca de todo aquel que sufre o es pobre, porque en él esta Jesús. Porque si queremos estar cerca de El, debemos acercarnos a aquellos con los que Jesús se ha identificado. Las personas que se acercan al que las necesita, ésas están a la derecha y a la izquierda del Señor. El que sirve a los enfermos, el que da de comer al hambriento. El que comparte el dolor con el hermano que sufre.

Es evidente que para estar cerca de Jesús hay que estar en los sitios en que está El ¿dónde lo encontraríamos en su vida? Estaba en casa de los pecadores, estaba donde se encontraban los enfermos, los postergados y los niños. Y un sitio donde había que estar cerca de El, es el Huerto (y ahí los apóstoles terminaron abandonándolo), y es el Calvario. ¿Nos atrevemos a estar cerca de Jesús en esos sitios?. Es muy difícil acompañarlo en esos lugares, pero debe ser el gran deseo de nuestro corazón.

Y ciertamente en nuestra búsqueda de Jesús, muchas veces nos hemos de encontrar en situaciones parecidas a esas; parecidas al Calvario y al Huerto. Estar cerca de Jesús es también aceptar el dolor, a veces la incomprensión y el sufrimiento. Estar cerca de Jesús es gastar tiempo orando en su presencia. Estar cerca de Jesús es estar cerca de los hermanos.

Así que, lo mismo que hay un deseo de ocupar los primeros puestos junto a Jesús, que es fruto de la ambición, así también hay un deseo legítimo de estar cerca de Jesús, que es seguir de cerca siempre sus pasos.


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Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.




Catequesis del Papa sobre la Carta a los Gálatas: 11, «La libertad cristiana, fermento universal de liberación»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 13 de octubre de 2021

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la Carta a los Gálatas, hemos podido enfocarnos en cuál es para san Pablo el núcleo central de la libertad: el hecho de que, con la muerte y resurrección de Jesucristo, hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte. En otros términos: somos libres porque hemos sido liberados, liberados por gracia —no por pagar— liberados por el amor, que se convierte en la ley suprema y nueva de la vida cristiana. El amor: nosotros somos libres porque hemos sido liberados gratuitamente. Este es precisamente el punto clave.

Hoy quisiera subrayar cómo esta novedad de vida nos abre a acoger a cada pueblo y cultura y al mismo tiempo abre a cada pueblo y cultura a una libertad más grande. San Pablo, de hecho, dice que para quien se adhiere a Cristo ya no cuenta ser judío o pagano. Cuenta solo «la fe que actúa por la caridad» (Gal 5,6). Creer que hemos sido liberados y creer en Jesucristo que nos ha liberado: esta es la fe activa por la caridad. Los detractores de Pablo —esos fundamentalistas que habían llegado allí— lo atacaban por esta novedad, sosteniendo que él había tomado esta posición por oportunismo pastoral, es decir para “gustar a todos”, minimizando las exigencias recibidas de su más estricta tradición religiosa. Es el mismo discurso de los fundamentalistas de hoy: la historia se repite siempre. Como se ve, la crítica en relación con toda novedad evangélica no es solo de nuestros días, sino que tiene una larga historia a las espaldas. Aun así, Pablo no permanece en silencio. Responde con parresia —es una palabra griega que indica valentía, fuerza— y dice: «Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). Ya en su primera Carta a los Tesalonicenses se había expresado en términos parecidos, diciendo que en su predicación nunca había usado «palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, […] ni buscando gloria humana» (1 Ts 2,5-6), que son los caminos del “fingir”; una fe que no es fe, es mundanidad.

El pensamiento de Pablo se muestra una vez más de una profundidad inspirada. Acoger la fe conlleva para él renunciar no al corazón de las culturas y de las tradiciones, sino solo a lo que puede obstaculizar la novedad y la pureza del Evangelio. Porque la libertad obtenida de la muerte y resurrección del Señor no entra en conflicto con las culturas, con las tradiciones que hemos recibido, sino que más bien introduce en ellas una libertad nueva, una novedad liberadora, la del Evangelio. La liberación obtenida con el bautismo, de hecho, nos permite adquirir la plena dignidad de hijos de Dios, de forma que, mientras permanecemos bien arraigados en nuestras raíces culturales, al mismo tiempo nos abrimos al universalismo de la fe que entra en toda cultura, reconoce las semillas de verdad presentes y las desarrolla llevando a plenitud el bien contenido en ellas. Aceptar que nosotros hemos sido liberados por Cristo —su pasión, su muerte, su resurrección— es aceptar y llevar la plenitud también a las diferentes tradiciones de cada pueblo. La verdadera plenitud.

En la llamada a la libertad descubrimos el verdadero sentido de la inculturación del Evangelio. ¿Cuál es este verdadero sentido? Ser capaces de anunciar la Buena Noticia de Cristo Salvador respetando lo que de bueno y verdadero existe en las culturas. ¡No es algo fácil! Son muchas las tentaciones de querer imponer el proprio modelo de vida como si fuera el más evolucionado y el más atractivo. ¡Cuántos errores se han realizado en la historia de la evangelización queriendo imponer un solo modelo cultural! ¡La uniformidad como regla de vida no es cristiana! ¡La unidad sí, la uniformidad no! A veces, no se ha renunciado ni siquiera a la violencia para que prevalezca el propio punto de vista. Pensemos en las guerras. De esta manera, se ha privado a la Iglesia de la riqueza de muchas expresiones locales que llevan consigo la tradición cultural de enteras poblaciones. ¡Pero esto es exactamente lo contrario de la libertad cristiana! Por ejemplo, me viene a la mente cuando se ha afirmado la forma de hacer apostolado en China con padre Ricci o en India con padre De Nobili. … [Algunos decían]: “¡Y no, eso no es cristiano!”. Sí, es cristiano, está en la cultura del pueblo.

En resumen, la visión de la libertad propia de Pablo está completamente iluminada y fecundada por el misterio de Cristo, que en su encarnación —recuerda el Concilio Vaticano II— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (cfr. Const. past. Gaudium et spes, 22). Y esto quiere decir que no hay uniformidad, sin embargo, hay variedad, pero variedad unida. De aquí deriva el deber de respetar la proveniencia cultural de cada persona, incluyéndola en un espacio de libertad que no sea restringido por alguna imposición dada por una sola cultura predominante. Este es el sentido de llamarnos católicos, de hablar de Iglesia católica: no es una denominación sociológica para distinguirnos de otros cristianos. Católico es un adjetivo que significa universal: la catolicidad, la universalidad. Iglesia universal, es decir, católica, quiere decir que la Iglesia tiene en sí, en su naturaleza misma, la apertura a todos los pueblos y las culturas de todo tiempo, porque Cristo ha nacido, muerto y resucitado por todos.

Por otro lado, la cultura está, por su misma naturaleza, en continúa transformación. Se puede pensar en cómo somos llamados a anunciar el Evangelio en este momento histórico de gran cambio cultural, donde una tecnología cada vez más avanzada parece tener el predominio. Si pretendiéramos hablar de la fe como se hacía en los siglos pasados correríamos el riesgo de no ser comprendidos por las nuevas generaciones. La libertad de la fe cristiana —la libertad cristiana— no indica una visión estática de la vida y de la cultura, sino una visión dinámica, una visión dinámica también de la tradición. La tradición crece pero siempre con la misma naturaleza. Por tanto, no pretendamos tener posesión de la libertad. Hemos recibido un don para custodiar. Y es más bien la libertad que nos pide a cada uno estar en un constante camino, orientados hacia su plenitud. Es la condición de peregrinos; es el estado de caminantes, en un continuo éxodo: liberados de la esclavitud para caminar hacia la plenitud de la libertad. Y este es el gran don que nos ha dado Jesucristo. El Señor nos ha liberado de la esclavitud gratuitamente y nos ha puesto en el camino para caminar en la plena libertad.



Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20211013_udienza-generale.html

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Textos claves del Nuevo Testamento - 28. "Recibid el Espíritu Santo..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


La "misión” consiste radical y esencialmente en el envío para cumplir el designio divino de salvación en medio de los hombres: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para ésto he venido" (Mc 1,38); “¿Con qué derecho me acusáis de blasfemia a mí, que he sido elegido por el Padre para ser enviado al mundo... ?” (Jn 10,36); “Y la vida eterna consiste en ésto: en que te conozcan a tí como único Dios verdadero, ya Jesucristo como tu enviado” (Jn 17,3).

Y su misión en definitiva se prolonga en sus enviados: “Yo les he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí” (Jn 17,18); “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Sopló sobre ellos y les dijo: — Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,21-22). La misión se realiza, por tanto, con la luz y la potencia del Espíritu vivificante: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, y que yo os enviaré de junto al Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15,26).




Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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