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Síntesis de la E.A. Amoris laetitia - 2° Parte



P. José Enrique Rodríguez, S.J.

Continuación

5. "EL AMOR QUE SE VUELVE FECUNDO”

El capítulo quinto esta todo concentrado sobre la fecundidad y la generatividad del amor. Se habla de manera espiritual y psicológicamente profunda del recibir una vida nueva, de la espera propia embarazo, del amor de madre y de padre. Pero también de la fecundidad ampliada, de la adopción, de la aceptación de la contribución de las familias para promover la “cultura del encuentro”, de la vida de la familia en sentido amplio, con la presencia de los tíos, primos, parientes, amigos. Este documento no toma en consideración la familia “mononuclear”, porque es bien consciente de la familia como amplia red de relaciones. La misma mística del sacramento del matrimonio tiene un profundo carácter social. Y al interior de esta dimensión, el Papa subraya en particular tanto el rol específico de la relación entre jóvenes y ancianos, como la relación entre hermanos y hermanas como práctica de crecimiento en relación con los otros.


6. “ALGUNAS PERSPECTIVAS PASTORALES”

El sexto capítulo afronta algunas vías pastorales que orientan para construir familias sólidas y fecundas según el plan de Dios. Se confirma que las familias no son solamente objeto de evangelización, sino sujeto de ella. El Papa señala que “a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias”. Si por una parte es necesario mejorar la formación psico-afectiva de los seminaristas e involucrar más a las familias en la formación al ministerio, por otra “puede ser útil (...) también la experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados”.

Después el Papa afronta el tema de guiar a los novios en el camino de la preparación al matrimonio, de acompañar a los esposos en los primeros años de vida matrimonial (incluido el tema de la paternidad responsable), pero también en algunas situaciones complejas y en particular en las crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón”. Se analizan algunas causas de crisis, una de las cuales es la maduración afectiva retrasada.

Entre otras cosas se habla también del acompañamiento de las personas abandonadas, separadas y divorciadas y se subraya la importancia de la reciente reforma de los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad matrimonial. Se pone de relieve el sufrimiento de los hijos en las situaciones de conflicto y se concluye. “El divorcio es un mal, y es muy preocupante el crecimiento del número de divorcios. Por eso, sin duda, nuestra tarea pastoral más importante con respecto a las familias, es fortalecer el amor y ayudar a sanar las heridas, de manera que podamos prevenir el avance de este drama de nuestra época”.

Se tocan después las situaciones de matrimonios mixtos y de disparidad de culto, y las situaciones de las familias que tienen en su interior personas con tendencia homosexual, confirmando el respeto en relación a ellos y el rechazo de toda injusta discriminación y de toda forma de agresión o violencia. Pastoralmente preciosa es la parte final del capítulo; Cuando la muerte planta su aguijón”, sobre el tema de la pérdida de las personas queridas y la viudez.


7. "REFORZAR LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS”

El séptimo capítulo esta todo dedicado a la educación de los hijos: su formación ética, el valor de la sanción como estímulo, el paciente realismo, la educación sexual, la transmisión de la fe y más en general, la vida familiar como contexto educativo. Es interesante la sabiduría práctica que transparenta en cada párrafo y sobre todo la atención a la gradualidad y a los pequeños pasos "que puedan ser comprendidos, aceptados y valorados".

Hay un párrafo particularmente significativo y pedagógicamente fundamental en el cual Francisco afirma claramente que "la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo (...) Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía".

Notable es la sección dedicada a la educación sexual titulada muy expresivamente: "Sí a la educación sexual". Se sostiene su necesidad y se nos pregunta "si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío (...) en una época en que se tiene de a banalizar y a empobrecer la sexualidad". Ella debe realizarse "en el cuadro de una educación al amor, a la recíproca donación". Se pone en guardia de la expresión "sexo seguro", porque transmite "una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida".


8. "ACOMPAÑAR, DISCERNIR E INTEGRAR LA FRAGILIDAD”

El capítulo octavo es una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral frente a situaciones que no responden plenamente a aquello que el Señor propone. Hay situaciones de fragilidad, complejas o irregulares, que la Iglesia debe "acompañar, discernir e integrar" desde la "lógica de la misericordia pastoral".

El documento asume y confirma la doctrina del matrimonio cristiano y agrega que "otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo". La Iglesia por lo tanto "no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que no corresponden todavía o ya no corresponden más a su enseñanza sobre el matrimonio". Tratándose de situaciones "irregulares" observa que "hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y es necesario estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición".

La situación de los divorciados - en la ley civil - que tienen una nueva unión, no representa exclusión de la Iglesia, y se debe discernir maneras propias de que participen en la comunidad eclesial, para que experimenten la misericordia de Dios, "inmerecida, incondicional y gratuita". Su integración en la comunidad "es también necesaria para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes".
La diversidad de situaciones concretas es innumerable. No se debe esperar cambios en la legislación ni la doctrina de la Iglesia. El Papa induce a reconocer y discernir los casos particulares en diálogo profundo entre fieles y pastores, puesto que si "el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos", "las consecuencias o efectos de una forma no necesariamente deben ser siempre las mismas".

Para evitar equívocos, el Papa reafirma: "Comprender las situaciones excepcionales nunca implica ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano. Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidad los matrimonios y así prevenir las rupturas".

Sobre la "lógica de la misericordia pastoral", el Papa Francisco afirma con fuerza: "A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios. Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio".


9. "ESPIRITUALIDAD CONYUGAL Y FAMILIAR”

El noveno capítulo está dedicado a la espiritualidad conyugal y familiar, "hecha de miles de gestos reales y concretos". Con claridad se dice que "quienes tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino que el Señor utiliza para llevarles a las cumbres de la unión mística". Todo, "los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección". Se habla entonces de la oración a la luz de la Pascua, de la espiritualidad del amor exclusivo y libre en el desafío y el anhelo de envejecer y gastarse juntos, reflejando la fidelidad de Dios. Y, en fin, de la espiritualidad "del cuidado, de la consolación y el estímulo". "Toda la vida de la familia es un "pastoreo" misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro", escribe el Papa. Es una honda "experiencia espiritual contemplar a cada ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él".

En el párrafo conclusivo el Papa afirma: "ninguna familia es una realidad perfecta y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar (...). Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y cada familia debe vivir en ese estímulo constante. ¡Caminemos familias, sigamos caminando! (...). No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido".

La Exhortación apostólica concluye con esta Oración a la Sagrada Familia:

Oración 

Jesús, María y José:
en ustedes contemplamos el esplendor del verdadero amor; a ustedes, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familia episodios de violencia, de cerrazón y división; que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,
escuchen y acojan nuestra súplica.
Amén



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Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez, S.J. por su colaboración.

Síntesis de la E.A. Amoris laetitia - 1° Parte



P. José Enrique Rodríguez, S.J.

LA ALEGRÍA DEL AMOR
Síntesis de la Exhotación Apostólica Post Sinodal


1. "A LA LUZ DE LA PALABRA"

A partir de la Sagrada Escritura, desarrolla una meditación sobre el Salmo 128, característico de la liturgia nupcial tanto judía como cristiana. La Biblia “está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (n. 8) y a partir de este dato se puede meditar cómo la familia no es un ideal abstracto sino un “trabajo artesanal” (n. 16) que se expresa con ternura (n. 28) pero que se ha confrontado también con el pecado desde el inicio, cuando la relación de amor se transforma en dominio (n. 19) La Palabra de Dios “no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino” (n. 22)


2. "LA REALIDAD Y LOS DESAFÍOS DE LA FAMILIA"

A partir del terreno bíblico, el Papa pone “los pies sobre la tierra” (n. 6), y se refiere a numerosos desafíos que se presentan a la familia: desde el fenómeno migratorio a las “ideologías de género”; desde la cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la biotecnología en el campo de la procreación; de la falta de casa y de trabajo a la pornografía y el abuso de menores; de la atención a las personas con discapacidad, al respeto de los ancianos; de la desconstrucción jurídica de la familia, a la violencia contra las mujeres. Las cosas concretas y el realismo ponen una substancial diferencia entre teoría de interpretación de la realidad e “ideologías”.

Citando a Juan Pablo II, el Papa afirma que “es sano prestar atención a la realidad concreta, por que “las exigencias y llamadas del Espíritu resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia”, a través de los cuales “la Iglesia puede ser guiada de una comprensión más profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia” (n. 31) Sin escuchar la realidad, no es posible comprender las exigencias del presente ni los llamados del Espíritu. El individualismo.

Exagerado hace difícil hoy la entrega a otra persona de manera generosa (n. 33) Esta es una interesante fotografía de la situación: “se teme la soledad, se desea un espacio de protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor de ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones personales” (n. 34)

El Papa invita a una cierta “autocrítica” y a presentar el matrimonio con la humildad del realismo. No como “un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificialmente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales” (n. 36) El matrimonio es “un camino dinámico de crecimiento y realización”. N basta insistir solamente “sobre cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia” (n. 37) Es necesario dar espacio a la formación de la conciencia de los fieles: “Estamos llamados a formar las conciencias no a pretender sustituirlas” n. 37) Jesús proponía un ideal exigente pero “no perdía jamás la cercana compasión con las personas más frágiles como la samaritana o la mujer adúltera” (n. 38)


3. "LA MIRADA PUESTA EN JESÚS: LA VOCACIÓN DE LA FAMILIA"

El Papa sugiere algunos elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia acerca del matrimonio y la familia. Ilustra la vocación de la familia según el Evangelio, cómo fue entendida por la Iglesia en el tiempo, sobre todo el tema de la indisolubilidad, de la sacramentalidad, de la transmisión de la vida y de la educación de los hijos (con amplias citas del Vaticano II, Pablo VI y Juan Pablo II)

Con mirada amplia incluye "situaciones imperfectas". Aplica el sentido de las "semillas del Verbo" en otras culturas, que puede ser aplicado a la realidad matrimonial y familiar. Valora elementos positivos presentes en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas, aunque no omite que hay sombras (n. 77) La reflexión incluye a las "familias heridas", recordando a los pastores la obligación de discernir bien las situaciones, y que el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos y que puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. "Al mismo tiempo que la doctrina debe expresarse con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición" (n. 79)


4. CAPÍTULO CUATRO: "EL AMOR EN EL MATRIMONIO"

Este Capítulo es una verdadera y propia exégesis atenta, puntual, inspirada y poética del "himno al amor" de san Pablo (1Cor 13,4-7) Es como una colección de fragmentos de un discurso amoroso atento a describir el amor humano en términos absolutamente concretos, sellada por una profunda introspección psicológica. Entra en el mundo de las emociones positivas y negativas de los cónyuges y en la dimensión erótica del amor. No hay documento papal anterior tan rico y precioso para la vida cristiana de los cónyuges.

La exhortación se aleja del idealismo y se acerca a la cotidianidad del amor: no hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios (n. 122) Por otra parte el Papa insiste de manera fuerte y decidida sobre el hecho de que "en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo" (n. 123); al interior de esa "combinación de alegrías y de fatigas, de tensiones y de reposo, de sufrimientos y de liberación, de satisfacciones y de búsquedas, de fastidios y de placeres" (n. 126) es, precisamente, donde existe el matrimonio.

El capítulo concluye con una reflexión muy importante sobre la "transformación del amor" porque "la prolongación de la vida hace que se produzca algo que no era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez" (n. 163) El aspecto físico cambia y la atracción amorosa no disminuye pero cambia: el deseo sexual con el tiempo se puede transformar en deseo de intimidad y "complicidad". "No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad" (n. 163)


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Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez S.J. por su colaboración.

Matrimonios comprometidos con la Iglesia - 3º Parte

3. Llevar a otros lo que hemos recibido


P. Vicente Gallo, S.J.



Hablando del tema de arrojar los demonios, Jesús dice a sus Discípulos: “Dad gratis lo que habéis recibido gratis” (Mt 10, 8). Las parejas que han encontrado una vida de relación con el amor como Cristo ama a su Iglesia, y viven su Sacramento con fe muy consciente, han hallado el gran tesoro por el que vale la pena vender todo lo que se tiene para adquirirlo (Mt 13, 44). Deben hacerse muy conscientes de lo penoso que era su matrimonio para toda la vida sin haber hallado tal tesoro; para tratar de entender el drama de tantos matrimonios que viven en la mayor pobreza, la de no amarse como Cristo nos ama.

Quienes conocen y viven toda la riqueza del Matrimonio como Sacramento, deben saber que es gracia de Dios, muy valiosa, la que han recibido no por méritos personales sino por regalo de Dios sin haberlo merecido más que los otros.  No pueden permitirse que, por ese regalo divino, ellos tengan tan grande riqueza, y dejen a los demás que no la tengan, siendo tan fácil darla sin que con ello se empobrezcan. Cumplir el “Amaos unos a otros como Yo os he amado”, el mandato de Jesús para ser suyos, es gozar de ese amor como Dios goza en el suyo.  Pero es, además, una luz que alumbra a todos los de la casa que viven sumidos en tinieblas (Mt 5, 16).

Esa luz, necesaria para saber dónde se encuentran como matrimonio, también es necesaria para ver por dónde caminar felizmente, sin tropiezos ni angustias, y llegar dichosos a la meta de vivir juntos con el amor que se desearon al casarse. Hay muchos matrimonios a los que les falta tener esa luz, y penan en la desorientación previendo el fracaso o pereciendo sin ver salida en el horizonte. Los matrimonios que viven día a día su Sacramento, testifican a todos que es posible mantenerse juntos con ese gozo; todos  quienes los ven, pueden acudir a ellos y preguntarles cómo se vive tan felizmente el estar casados. En un matrimonio donde los padres se aman como los ama Cristo, los hijos serán felices al verlo.

Para mantenerse en este modo de gozar el matrimonio cristiano, no basta con conocerlo en todo su alcance; es necesario alimentarlo cada día con firmeza  en el empeño.  Ya hemos mencionado anteriormente los caminos para hacer realidad permanente en el matrimonio el mandato de Cristo “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esos caminos son: tomar en todas las situaciones la decisión de amar así,  avivarlo en el Diálogo diario, vivir la unión sexual no sólo con responsabilidad de personas sino con la fe en el amor de Cristo, rezar juntos en pareja, y hacer grupo con otros matrimonios que entiendan las cosas lo mismo, queriendo animarse unos a otros al reunirse, para ir caminando juntos en apoyo mutuo contándose sus éxitos y sus tropiezos en tan esforzado intento. Son también los caminos para mantener viva la espiritualidad matrimonial que hemos venido desarrollando.

Terminamos con esta reflexión final.  La espiritualidad del cristiano, creyente en Cristo el Salvador, ha de transformar no solamente la vida de quien la vive; debe trasformar también el mundo en el que se realiza.  Así tiene que ser la Espiritualidad de los que viven cristianamente su matrimonio.  Se ha dicho que las teorías que no trasforman las realidades son  una vana ideología.  El cristianismo igualmente, como doctrina, puede parecer muy bello para muchos que lo conozcan, como dicen que le ocurría a Gandhi; pero no se harán creyentes en Cristo si no encuentran que, quienes creen en él, transforman y hacen mejor al mundo con esa fe, y lo salvan.  Lo mismo sucederá con la Espiritualidad Matrimonial que hemos tratado de presentar: se quedará en vanas consideraciones, si la dejamos en bonita teoría.



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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Matrimonios comprometidos con la Iglesia - 2º Parte

2. Nuestro compromiso es con la Iglesia


P. Vicente Gallo, S.J.



Todos los Sacramentos cristianos son acciones de la Iglesia en nombre de Cristo.  Mediante estos Sacramentos nos incorporamos a Cristo, en cada uno de una manera especial.  Los “ministros” de la Iglesia para esos Sacramentos son, generalmente, los Obispos o los Sacerdotes en lugar suyo.  Pero en el Sacramento del Matrimonio, el “ministro” no es el Sacerdote que lo preside en nombre de la Iglesia, sino que los son el hombre y la mujer que se casan.  Ellos son la Iglesia que realiza esta acción sacramental que los incorpora a Cristo como pareja y les da la Gracia de Dios, la Salvación de Jesucristo.  Mediante este Sacramento, se hacen la Iglesia cuya vida es el Amor de Dios en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que lo infunde en los se casan para amarse así: “como Cristo ama a su Iglesia” (Ef 5, 25).

Hechos de la Iglesia como pareja, asumen como propia la Misión que Jesucristo ha dado a esa Iglesia suya, la misma Misión que el Padre le dio a él al enviarlo al mundo (Jn 20, 21). Cumplirán esa misión actuando, en primer lugar, con “el poder de pareja”: ese amor distinto con el que se aman, que se nota, que irradia como la luz de una luminaria, que contagia a quienes lo ven invitándolos a amarse como esa pareja se ama con el amor de Cristo, y que reta a vivirlo como algo que es lo ideal y que es posible.

Comenzando por el hogar propio, los hijos que tienen la fortuna de tener unos padres que se aman de ese modo, aprenden lo que es el verdadero amor, que es lo más importante que deben aprender para la vida en lo que se llama “educación”, cuyo deber compete, decimos, en primer lugar a los padres. En otros lugares, en la Escuela o en la calle, también deben aprender a amar, para bien de la humanidad entera; amar como ama Cristo, deben aprenderlo también en la catequesis a la que los ministros de la Iglesia no pueden renunciar.  Pero es en sus padres en quienes deben aprenderlo de manera distinta, viendo en ellos cómo se vive ese amor.  Lo mismo deben aprenderlo todos los que entran en esa casa o viven en ella.
    
También en el compartir cristiano de bienes, que han de ejercitar desde ese amor como Cristo ama. No podrán olvidar la ayuda incluso económica a otras parejas casadas como ellos y que pasan por dificultades en las que necesitan la ayuda de la caridad cristiana.  Pero tampoco podrán olvidar a las Asociaciones de matrimonios empeñados en salvar a los matrimonios que lo necesitan, y apoyarlas económicamente para que trabajen sin los agobios que con frecuencia les impiden llegar a tantas parejas que no podrían pagarse el costo de un Retiro como lo es un Fin de Semana del Encuentro Matrimonial.

Hay casos en los que, el apostolado de salvar los matrimonios, hay que llevarlo también a quienes participan en otros Movimientos de Apostolado, pero que no tratan específicamente de cultivar la relación de pareja de quienes así trabajan al servicio de la Iglesia.  Hay que llegar también a ellos con “el poder de pareja” siendo testimonio de “pareja según el plan de Dios”, que viven la Unidad en la verdadera Intimidad del amor, siendo patentemente “una sola carne”, de veras “uno” en lugar de estar siendo “dos”; siendo portadores de su luz y de su fermento salvador en la Iglesia y en el mundo.

Esa “misión” suya han de extenderla a toda la Iglesia como ella está establecida: a las Diócesis y a las Parroquias, y a los Colegios Católicos.  Deben ser acogidos y apoyados por los Obispos y los Párrocos, o los Directores de los Colegios, que ha de entender la prioridad que corresponde al apostolado con los matrimonios unidos por el Sacramento.  Quedaría un tanto vano el trabajo pastoral con los niños y los adolescentes o jóvenes, Bautizándolos o Confirmándolos, mientras falte  la  adecuada pastoral con sus padres unidos con un Sacramento que no lo viven.  Todos los otros Movimientos de Apostolado, si en ellos no se  cultiva la debida relación de pareja en el Amor de Dios con el que se hicieron matrimonio, quedan carentes de algo sustancial como cristianos y testigos de la fe que tratan de llevar a otras gentes.

Buena parte de la esterilidad en que se pierden tantos esfuerzos pastorales se debe, no cabe duda, al hecho de que en la evangelización generalmente se descuida este campo fundamental del mundo o de cualquier Iglesia concreta, el campo de los matrimonios y de las familias con ellos. Y acaso no es porque sea el campo más difícil para la evangelización, sino que posiblemente es el más fácil; pero que se le descuida quizás porque se piensa equivocadamente que es el campo que menos lo necesita. Sea por la razón que fuere, lo cierto es que en las Diócesis y en las Parroquias es el campo que se atiende menos, mientras posiblemente sería el más urgente y el más fecundo para evangelizar los demás campos a los que se atiende con tan poco fruto y tan efímero casi siempre.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Matrimonios comprometidos con la Iglesia



1. Nuestra entrega es al Señor

P. Vicente Gallo, S.J.



“Jesús recorría ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia (sanaciones que eran anuncio de ese Reino). Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas sin pastor. Dijo entonces a sus Discípulos: La mies es mucha y los obreros son pocos; rogad, pues, al Dueño de la mies que envío obreros a su mies” (Mt 9, 35-38).

Jesucristo el Salvador era Dios.  Aun como hombre, después de resucitado y antes de subir al Cielo, dijo a esos mismos “Discípulos”: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.  Id, pues, y haced discípulos míos a todos las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todas las cosas que yo os he mandado; y sabed que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

Siendo Dios, con todo su poder, no necesitaba ayuda de los hombres, y menos de aquello “pobres hombres” a los que llamó.  Pero Dios quiso salvar a los hombres tomando como suya una humanidad  de pobre, en la que nació, con la que realizó la misión encomendada por el Padre, y con la cuál murió.  Por la fe nuestra en él y por el Bautismo con esa fe, nos hacemos tan de Dios (Padre, Hijo, Espíritu Santo) como lo es esa humanidad que tomó haciéndola suya. Por el Bautismo nos incorporamos a Cristo (Rm 6), nos hacemos Cuerpo de Cristo, somos sus miembros (1Co 6, 15) de los que Cristo, hecho hombre,  tiene que servirse para su obra como nosotros nos servimos de nuestros miembros para el trabajo.

Por eso pide ayuda a sus Discípulos, y les manda pedir a Dios que envíe más obreros para tanta mies.  Siendo Dios hecho hombre, limitado como los hombres, nos necesita.  Nadie puede decir “puesto que yo no soy ojo no soy el cuerpo” (1Co 12, 16). Cristo nos dice: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto “ (Jn 15, 16), el fruto de la Vid que es el mismo Cristo, y que lo dará a través de nosotros sus sarmientos, para dar gloria al Padre con ese fruto que dé por medio de nosotros (Jn 15, 8).

Aunque veamos al mundo tan deteriorado y perdido, sabemos que “nosotros podemos cambiar el mundo”, a pesar de todas las barreras y obstáculos que encontraremos y que ya el Señor nos lo enunció. “Si vosotros fuerais del mundo el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso el mundo os odiará” (Jn 15, 19). Y también les dijo: “Yo os envío como ovejas entre lobos” (Lc 10, 3).  Les dijo también : “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Lc 21, 17); “e incluso llegará la hora en la que todo el que os mate piense que con ello da culto a Dios “(Jn 16, 2). “Pero si el grano de trigo cae en tierra y muere, ese da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Como canta Don Quijote en la obra teatral “El Señor de la Mancha”:  “Con fe lo imposible soñar, al mal combatir sin temor, triunfar sobre el miedo invencible, en pie soportar el dolor; amar la pureza sin par, buscar la verdad del error, vivir con los brazos abiertos, creer en un mundo mejor.  Ese es mi ideal, la estrella alcanzar, no importa cuán lejos se pueda encontrar; luchar por el bien sin dudar ni temer y dispuesto el infierno a arrostrar si lo ordena el deber. Y yo sé que, si logro ser fiel a mi sueño ideal, estará mi alma en paz al llegar de mi vida el final. Y será este mundo mejor si hubo quien, despreciando el dolor, luchó hasta el último aliento por ser siempre fiel a su ideal”.

Vivir “apasionadamente” esta misión de Cristo a quienes nos hemos hecho suyos siguiendo su llamada (Mt 4, 19), no sólo como bautizados, sino también, llamados al amor juntos, unidos en pareja por el Sacramento del Matrimonio y hechos así de su cuerpo, es ello un elemento indiscutiblemente importante de lo que venimos llamando “Espiritualidad Matrimonial”.  Como el Beato Carlos, último emperador de Austria y rey de Hungría, en el día de su boda en 1.911 dijo a su esposa Zita de Borbón: “ahora tenemos que llevarnos el uno al otro al cielo”. Han de ser testimonio evangelizador para otros matrimonios que los vean, invitarlos a algún Movimiento salvador de matrimonios, o bien ser ellos protagonistas de uno de esos Movimientos y así salvar el mundo comenzando por los propios hijos. Es la verdadera “Espiritualidad Matrimonial”; de la que no pueden prescindir los matrimonios cristianos.
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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.
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Vivir santamente el sexo en el matrimonio - 3º Parte

3. La sexualidad en el Matrimonio cristiano


P. Vicente Gallo, S.J.



El Matrimonio es un Sacramento de la Iglesia.  Por eso, dada la profundidad por la que la Iglesia califica al Matrimonio como “Sacramento” de la Iglesia, es necesario conocer la doctrina permanente de esa Iglesia en lo referente a la sexualidad, como tema esencial al hablar del matrimonio que es comunión en el amor. El Amor es lo más santo para quienes entendemos que Dios es Amor. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión  con otro”. (Nº 2332).  Tres aspectos de la sexualidad que se deben tener en cuenta al hablar del amor que ahí se practica.

El Catecismo habla a los esposos, y les dice: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual.  La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende, en parte, de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos” (Nº 2333).  En el matrimonio, en la familia y en la sociedad, son una riqueza las diferencias físicas, morales y espirituales, que hay en la sexualidad del varón frente a la sexualidad de la mujer; ellas hacen que, como personas, se necesiten y se apoyen mutuamente, siendo complementarios el uno del otro.

Citando después a la Familiaris Consortio dice: “Creando al hombre ‘varón y mujer’, Dios da la dignidad personal de igual modo al varón y a la mujer”.  Y tomándolo de la Mulieris Dignitatem, añade: “El hombre es  persona, y esto se aplica en la misma medida al varón y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de Dios personal” (Nº 2334).  Este aspecto de ser “personas”, así como el serlo varón y mujer por igual, hace que el sexo de los hombres sea esencialmente distinto del sexo de los animales, que también es distinto en el macho y en la hembra.  Los hombres son personas, no sólo animales;  tienen espíritu, por el que deben ser responsables y sus actos tienen moralidad.

Dice el mismo Catecismo: “Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios.  La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador. ‘El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen  una sola carne’ (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas” (Nº 2335).  Todos como personas, hombres y mujeres, son la “imagen” y la “semejanza” de Dios, procediendo de esa unión del varón y la mujer mediante el sexo usado responsablemente por los dos como “personas”, desde un amor espiritual, semejante al de Dios.

Refiriendo todo eso al Sacramento de la Iglesia, que es el Matrimonio cristiano, dice también el Catecismo: “Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: ‘Habéis oído que se dijo “no cometerás adulterio”; pues yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’ (Mt 5, 27-28).  El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (Mt 19, 6).  La Tradición de la Iglesia ha entendido así  el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana” (Nº 2336).

Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio (Nº 13), nos enseña, igualmente, que el amor conyugal no es un amor como otro cualquiera dentro de los modos de amor humano.  El amor del acto de unión sexual en el matrimonio, abarca la totalidad del hombre y la mujer como personas: el reclamo corporal mutuo desde el instinto, la fuerza de la afectividad y de los sentimientos, junto con la acción responsable y alturada del espíritu y la voluntad, con la que se dan el uno al otro  Más allá de la unión en una sola carne, ese acto pide, a la vez que hace, no tener más que un solo corazón y una sola alma.

Los esposos que viven su Sacramento del Matrimonio viven en un mundo en el que ven y escuchan siempre entender de otra manera el amor conyugal o el acto de unión sexual de la pareja.  Pero son ellos quienes pueden decir a todos, como réplica, el gozo distinto que ellos viven entendiendo el matrimonio desde su fe, y el amor distinto con el que se unen conyugalmente en su acto de unión sexual, que los hace partícipes del gozo de Dios.

Esa felicidad distinta, la que viven los esposos conscientemente cristianos, radica en que su amor, con el que día a día luchan por mantenerse fieles el uno al otro, es un amor no simplemente humano, sino el amor con el que a cada uno ama Dios al amar a su cónyuge, y que lo hace desde el corazón del otro, siendo en ambos un corazón de Dios en Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo que les hace partícipes de ese Amor de Dios Padre.  Ese amor exige en sí mismo inquebrantable fidelidad, como Dios siempre nos es fiel en su amor.  Y esa fidelidad lleva consigo la seguridad de que su unión en el amor no se acabará nunca (1Co 13, 8): impone la indisolubilidad del matrimonio, que no es una carga, sino una garantía de que serán felices siempre como Dios ha querido que lo sean. 

Con un amor, como el de Dios, abierto a la fecundidad creadora, ese amor humano de la unión sexual se purifica de toda tara de egoísmo que tiene lo puramente instintivo, lo hace espiritual, responsable; proyectado hacia el dar vida a otra persona, el hijo, como fruto de tal amor, y a no quedarse en el sólo acto, sino a perdurar en la pervivencia que ambos tendrán en los hijos.  Ni aun la muerte los separará rompiendo el amor del que gozan juntos: será el paso a la plenitud del amor con el que Dios ama, y del gozo de ese amor inconmensurable en la vida eterna del Cielo.

Viviendo el matrimonio como Sacramento de la Iglesia, no sólo sino principalmente en la unión sexual de los esposos, ocurre que entonces, a las características normales de todo amor conyugal en el nivel natural, se añade un sentido nuevo de lo que se hace en esa unión sexual, el sentido del amor desde la fe cristiana, amar como ama Dios. No solamente se purifica y consolida el amor conyugal: la fe lo eleva hasta el punto de hacer de ese amor, con esas nuevas características,  expresión de un nuevo valor del matrimonio: el valor de ser Signo y manifestación del amor de Cristo amando a su Iglesia.

Resulta claro que el vivir santamente el sexo es uno de los elementos muy importantes en lo que planteamos como “Espiritualidad Matrimonial”.  Es difícil vivir santamente algo que por lo general se vive pecadoramente, usándolo desde lo instintivo animal que, por su fuerza, hace olvidar lo espiritual característico de los seres humanos como personas, que siempre deben poner en sus actos verdadera responsabilidad.  Pero la “espiritualidad” de que hablamos consistirá precisamente en el esfuerzo firme y permanente para hacer prevalecer la fe y el espíritu por encima del instinto animal en los actos sexuales.
    
Como complemento importante, diremos algo acerca del Celibato de los Sacerdotes y los Religiosos consagrando con Voto a Dios el no uso de lo sexual. La fuerza instintiva de la sexualidad permanecerá siempre en ellos, como seres humanos que son.  Mutilar su genitalidad o anular la fuerza y los valores de su sexo, sería algo ilícito, contrario a la voluntad de Dios y a su plan divino al crear al hombre y a la mujer como son.  Permaneciendo sexuados, con el Voto subliman su potencialidad sexual dándose también con ella a ser de Cristo de manera total y exclusiva, para que Cristo ame hoy a su Iglesia por medio de ellos con todo el amor divino con que la ama. Con la sexualidad así ofrecida para ser de Cristo, alcanzan la fecundidad misma de Jesucristo, como Salvador de la vida caduca y pobre del hombre viejo, y dador de la Vida Nueva que él nos trajo del Padre. 

De ese modo, el Celibato es, además, signo y anuncio de lo que serán los seres humanos en la eternidad del Reino de los cielos, donde ya no necesitarán procrear (Lc 20, 35).  Jesús no habría salvado nada usando su sexo para procrear nuevos hombres tan “perdidos” como lo estaban todos.  Jesús es Dios hecho hombre para Salvar a los hombres dándoles la Vida Nueva que como hombres necesitaban recibir, y que no podía venir del vigor y fuerza de los hombres mismos, sino de un poder y un amor distintos, el poder y el amor de Dios (Jn 1, 13, y 3, 6-7). 

El hacer nacer después en el mundo hombres nuevos con la Vida Nueva que Cristo nos trajo, deberá ser por la misma vía: mediante la Iglesia virgen y desde el Celibato consagrado, a fin de que todo sea obra del Espíritu Santo que Cristo nos envió para que fuese la vida de su Iglesia.  La Iglesia debe ser “Virgen”, no ya como María sino como Cristo; y quienes se consagran a él, para ser ministros de su gracia y su obra salvadora, deben mantener personalmente en ellos esa “virginidad” de la Iglesia.  Serán sólo de Cristo y totalmente de Cristo, en nombre de todos los cristianos sus hermanos a quienes representan actuando en nombre de toda la Iglesia, como ministros de ella y de Jesucristo el Salvador.

No es que el celibato y la virginidad sean de la esencia de ser ministros de la Iglesia; pero sí de veras muy significativo de serlo, y muy congruente en la pretensión de ser presencia misma de Cristo. La Iglesia Romana lo impone, y lo hace legítimamente. Quien en ella quiera ser sacerdote, debe aceptarlo. Y quienes deseen en ella consagrarse a ser vírgenes, hacen algo que agrada mucho al Señor y sirve muy preclaramente a su Iglesia y a la humanidad en nombre de ella.


¿Hemos pensado alguna vez que en el “hacer el amor” sexualmente hacemos especialmente verdad el Amor con el que Dios nos ama, y que en ello se complace Dios cuando se hace según el Plan suyo para el que nos unió en Matrimonio?


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Vivir santamente el sexo en el matrimonio - 2º Parte

2. La sexualidad en el Plan de Dios


P. Vicente Gallo, S.J.



El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Dios es Amor, y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor.  Creándola a su imagen,...Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y la comunión. Dios creó al hombre a imagen suya,...hombre y mujer los creó (Gn 1, 27).  Creced y multiplicaos (Gn 1, 28), les dijo. El día en el que Dios creó al hombre, le hizo imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó “hombres” en el día de su creación” (Gn 5, 1-2)    (Nº 2231)

Dios los creó varón y mujer, distintos pues; para vivir haciendo pareja y siendo complemento el uno del otro (Gn 2, 20 y 23).  Así, en pareja, serían “imagen de Dios”(Gn 1, 27), en la cuál Dios se encontrase a sí mismo gozándose al ver su imagen. Pero serían “la imagen de Dios” haciendo unidad en la comunión de amor personal, siendo ambos por igual “responsables” de ese amor y esa comunión. Y la manera más preclara de unirse en comunión de amor es la unión sexual, desde el sexo diferente en ambos varón y mujer.

No es que, junto con la Iglesia, queramos poner el sexo como una obsesión en lo que llamamos “moralidad”, como si fuese lo más importante en la atención que han de tener los cristianos para ser “buenos”.  El hecho es así: que es tan importante el sexo en el hombre y en la mujer, y su impulso desde el amor es tan fuerte que, en la Espiritualidad del cristiano, es un tema que merece toda esa atención.  El sexo no es malo, lo hizo Dios; y es santo como hecho por Dios para parecernos a El haciendo Unidad desde el amor.  Porque “Dios es Amor”. No se debe calificar la sexualidad humana, sin más, como fuente mala de pecado, algo así como puesto en nosotros por el demonio.

Pero guardarse totalmente para Dios, incluida la sexualidad, para servir de modo indiviso al Señor con todo nuestro ser (y eso es la virginidad), es más importante y más santo que usar la sexualidad  satisfaciéndose a sí mismo con ella, o aunque sea al servicio del amor conyugal y de la procreación (1Co 7, 32-34). Es más importante y más santo porque no se ha nacido para disfrutar del sexo, sino para usarlo como servicio de amor, o para servir a Dios el Creador ofreciéndose a El de manera total, incluido el sexo; como, en el vivir eterno con Cristo glorificado, siendo mujer o varón sexuados, no será necesario usar el sexo para amarse (Mt 22, 30; 1Co 7, 31). Si ese es nuestro destino eterno, proclamarlo así, para mientras se vive en este mundo, es más importante y más santo que proclamar el uso del sexo como si fuese un gozo indispensable para vivir.

Tener el acto de unión sexual como expresión del amor del hombre y la mujer unidos en una sola carne en el matrimonio, es una acción santa y querida por Dios.  Pero abstenerse del acto de unión sexual, cuando no es responsable procrear un nuevo hijo y el acto de unión sexual podría ser fecundo, es un acto de amor en la pareja más puro y más grande; porque es saber ser más responsables como personas, y amarse con esa responsabilidad, sin emplear el sexo para utilizarse hombre y mujer como objetos para el placer.  Una persona, no puede ser rebajada a ser objeto ni a ser utilizable.
    
San Pablo escribe a los que había traído a nuestra fe en Corinto, una ciudad muy corrompida en lo sexual, dentro del imperio romano que, en general, había caído en esa grave corrupción, parecido al mundo actual. Y les dice como siempre les había enseñado:“No os engañéis: ni los impuros, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces, heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero ahora, habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu Santo de nuestro Dios” (1Co 6, 9ss).

Y razona tal exigencia cristiana: “Todo me es lícito -como se dice- , mas no todo me conviene. Todo me es lícito; pero no me dejaré dominar por nada. La comida es para el vientre y el vientre es para la comida; mas al uno y al otro los destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por la fuerza de su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y habré de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostitución? ¡De ningún modo!”

Sigue razonando más: “¿No sabéis que quien se une en prostitución se hace un solo cuerpo con esa mujer? Pues está dicho: ‘los dos serán una sola carne’. Pero el que se une al Señor (por la fe y por el Bautismo) se hace un solo Espíritu con él.  Huid de la fornicación.  Todo otro pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿Y no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que lo habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido comprados a gran precio!  Por lo tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo”, sexualidad incluida. (1Co 6, 12-20).

San Pablo era muy consciente de lo difícil que era aceptar esta doctrina tan exigente, especialmente para los de Corinto, tan corrompidos. Pero la fundamenta en la fe que por el Bautismo nos hace ser el “Cuerpo de Cristo”, la humanidad que Cristo acepta y la hace su humanidad santa.  Así, somos el “Templo santo de Dios”, comprado por Dios a tan gran precio, con “la sangre preciosa del Cordero inmaculado, Cristo” (1P 1, 19); y nos dice Pablo que, por todo eso, nuestro deber es “glorificar” a Dios con nuestro cuerpo que es Cuerpo de Cristo (1Co 6, 20).

Esto es una verdadera novedad para los hombres del mundo, es una “Buena Nueva” de Jesucristo, para salvar al mundo de su perdición, a aquel mundo de entonces y al mundo de ahora. Una humanidad que es una ingente procesión de pobres humanos que, encabezados por Adán, van haciendo cuanto les viene en gana, sin hallar la felicidad por la que suspiran; y todos van cayendo en el abismo insondable del descalabro ya en esta vida, pero más al final, en la muerte.  Jesucristo es Dios que se hace hombre por el amor compasivo que siente ante nuestra perdición; hace suyo todo lo nuestro, se pone a la cabeza de la “procesión”, y lleva a la salvación de ser felices eternamente, como Dios, a quienes crean en él.

Pero creer en él es entregarse a ser totalmente de él, como hay que serlo de Dios; ponerse a ser como él siendo “hombre como nosotros lo somos”, y ser tan “suyos” como lo es el Cuerpo que tomó de la Virgen para ser hombre, siendo miembros de los que él se sirva para salvar a la humanidad en la que estamos en su nombre, y siendo santos  -también con nuestro cuerpo- como es santo su Cuerpo.  Integrar la sexualidad en la santidad que se nos exige, y en la vida de relación de pareja en el matrimonio, es uno de los elementos más importantes de la espiritualidad cristiana y de la verdadera espiritualidad matrimonial.  Hay que abrazar todo esto no como una penosa carga cristiana, sino con el gozo de haber encontrado la salvación en Jesucristo, el único que puede salvar al hombre.
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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.
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Vivir santamente el sexo en el Matrimonio - 1º Parte

1. El sexo en el plan del mundo

P. Vicente Gallo, S.J.




Todos los matrimonios, los de esposos cristianos también, viven en lo que llamamos el mundo: en él nacen, en él crecen, de él reciben su educación, sus criterios, su cultura, y en él viven recibiendo permanentemente su influencia.  Los hombres y las mujeres nacen con su diferente sexo, acompañado de un fuerte instinto de experimentarlo y de disfrutar el goce único que Dios quiso poner en el ejercicio de la sexualidad.  Ese goce único, y el instinto de disfrutarlo, es indispensable para que permanezca sin marchitarse el amor de la pareja unida en matrimonio; y mucho más para que, por la fuerza de ese instinto, ambos esposos se arriesguen a procrear y asuman los trabajos y sufrimientos que les dará un hijo procreado.  Sin la fuerza de ese instinto, la humanidad habría corrido el peligro de extinguirse.

Es importante recordar que la sexualidad del varón, aun en lo instintivo, tiene notables diferencias con la sexualidad de la mujer; y que, en ambos, no se agota la diferencia en lo genital, sino que también abarca las diferencias que hay en el aspecto psicológico del uno del y otro.  De lo sexual del varón, es la fuerza, el querer dominar e imponerse a la mujer, el sentir el deber de protegerla y de ganar el sustento para ambos, como ocurre también en las especies animales generalmente.  De la sexualidad de la mujer es el ganarse al otro en base a la ternura y el encanto, el acoger con amor al marido como después a los hijos, la fortaleza y el aguante cuando sobrevienen las desgracias o las enfermedades, el adelantarse aun a perdonar, el tener detalles de delicadeza en el trato y de calor en el hogar, el conquistarse al hombre agradándole en todo; que no son elementos de esclavitud impuesta o aprendida, sino de verdadera feminidad necesaria para un matrimonio y para los hijos que se tengan.

El mundo, desde tiempos inmemoriales, convirtió al varón en señor, por razón de lo sexual que posee como “macho”; es el llamado “machismo”.  A la mujer la ha venido convirtiendo en sierva, sometida al hombre, inferior a él y hecha para servirle.  Felizmente en nuestros tiempos esto tiende a superarse, más que por iniciativa de los varones en razón a una cultura nueva, por conquista de la mujer en su denodada lucha para salvar la igualdad de derechos como persona, que los tiene la mujer igual que el hombre.

Logros de este movimiento “feminista” han sido, por ejemplo, el acceso de la mujer a estudios y al ejercicio de profesiones que antes se consideraban “para hombres”, y hoy lo son igualmente “para mujeres”, hasta ser miembros del Ejército y de la Policía en todos los grados.  Pero lo que no se ha podido lograr, porque es distinto en cada sexo, es, por ejemplo, la misma fuerza de los hombres en ciertos deportes que necesitan gran esfuerzo físico, que no basta entrenarlo. Y tampoco se podrá lograr que las características psicológicas y espirituales femeninas sean las mismas que las masculinas: su diferencia es real, es riqueza de la humanidad, y debe cultivarse.

La igualdad de derechos y deberes como “personas”, sean varones o mujeres, es una conquista, sin género de duda.  El vestirse igual, el tener los mismos modales, o cosas parecidas, no es mayor adelanto digno de elogio, sino algo totalmente accidental. Hablar groserías y blasfemias, fornicar o cometer el adulterio, igualando a las mujeres con los hombres, no es lograr “igualdad de derechos”, ni es una “conquista” del feminismo; sino envilecer a la mujer en lo que antes no estaba tan abajo como el hombre para suerte de ellas y de la humanidad.

La verdadera “educación sexual” de quienes despiertan a ser hombres o mujeres no consiste en dar información de lo que se puede hacer con el sexo y cómo se hace; debería ser  enseñar la santidad que hay en los elementos del sexo humano, sea del hombre o sea de la mujer, tal como la naturaleza los da y Dios los quiso.  Lo que deben aprender quienes ya son púberes o adolescentes es a respetar su sexo en lugar de profanarlo, a ser responsables de su uso, conforme a su auténtica finalidad; y no usarlo prescindiendo de los fines que tiene y para los que lo hizo el Creador. Porque, definitivamente, la diferencia entre el sexo de los hombres y el de los animales, es que estos últimos sólo se rigen por el instinto, mientras que el hombre se debe regir por la responsabilidad personal desde la razón correcta, la libertad de no ser esclavos de nadie ni de nada, y desde la fe en Dios.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Vivir el Sacramento del Matrimonio - 3º Parte

P. Vicente Gallo, S.J.


3. La gracia de la sanación

El Sacramento del Matrimonio no sólo es un compromiso adquirido con Dios; es Dios que lo acepta, quien, al mismo tiempo que hace sacrosanto el deber de amarse el uno al otro como Dios nos ama,“como Cristo amó a su Iglesia”, da la “gracia” o don divino de ese amor con el que han de amarse mediante el Espíritu Santo que se infunde en sus corazones (Rm 5, 5), hechos partícipes así del vivir de Dios (2P 1, 4). Esa gracia del vivir divino en su amor de pareja, deberán cultivarlo ambos cada día con responsabilidad y esmero, para que crezca y fructifique.

Pero juntamente con esa “Gracia”, el Sacramento da a los esposos otras “gracias”, dones divinos que serán necesarios y no hará falta pedirlos en cada caso, sino que se tienen viviendo el Sacramento. Es el don de crear en el otro: amar como Cristo ama a su Iglesia, al otro le contagia, le invita y le enseña a hacerlo a su vez. Es igualmente el don de elevar al otro, haciéndole salir a flote de lo ordinario y vulgar que hay en ese amor que procede de nuestro natural y que el mundo enseña. Es también el don de dar vida: no sólo al procrear, sino dando vida a su pareja, al cónyuge, con el que comparte el propio vivir.

Pero el Sacramento da, sobre todo, la gracia y don divino de la sanación. En la vida de relación de pareja fácilmente se ocasionan, en la relación misma, y en cada uno de los cónyuges, no pocas heridas; por ofensas pequeñas y ocasionales, o por ofensas repetidas que se acumulan, y por alguna acaso grave. Puede ser “porque no me felicitaste cuando yo lo esperaba”, “porque no me hiciste un regalo cuando debiste hacerlo”, “porque me hiciste un desaire”, “porque te fuiste a tal sitio sin mí”, “porque me levantaste la voz”, “porque me mencionaste algo que me dolía recordarlo”, “porque hiciste algo sin contar conmigo”, “porque no me dijiste a dónde ibas”, “porque llegaste tarde a casa sin avisar”, o cosas parecidas que pueden ocurrir cualquier día.

Algunos de esos detalles pueden llegar a ser graves, por su reiteración, o por haberse hecho en una situación que agravaba la cosa: en tal sitio, ante tales personas, en tal día, con tales modales, por tal razón implícita o sospechada. Pero una falta que siempre causa una herida grave, insanable de primera impresión, es el adulterio. En el cristianismo y en todas las creencias o culturas, ni la mujer perdona un adulterio de su marido, ni el hombre perdona el adulterio de su mujer. ¿También hay que “sanarlo”?

Aclaremos que “perdonar” no es “olvidar” la ofensa. Ciertamente Jesucristo perdonó a Pedro el pecado de haber negado con juramento, y por tres veces, haber conocido a Jesús. Le dejó totalmente perdonado. Pero podemos dar por seguro que Jesús no ha olvidado aquel hecho de Pedro: recordándolo, le sigue amando como le amó al perdonarle. Porque no es un “perdonar” suficiente responder con un “te perdono” ante la súplica de “¿me perdonas?”; eso es un “te perdono, pero te la guardo, y en la próxima que me hagas te lo echaré en cara”. El verdadero “perdonar” es el “dejar sanada la herida” y gozarlo de veras; como cuando uno se fracturó un brazo, si logra la curación perfecta con la debida atención médica, siente mayor gozo al verse sanado que antes de haberse herido.

Lo que se dice “olvidar”, no es posible si la herida fue grave; pero es que tampoco es necesario para “perdonar” de veras. Lo que sí es necesario, para el verdadero “perdón”, es la verdadera “sanación”. Aunque nos atrevemos a afirmar que, ante una ofensa cuya herida es grave y profunda, no se puede “sanar” de veras si no es desde la fe cristiana. Desde la fe por la cuál entendemos el amor como “amor de Dios en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Desde la fe en el matrimonio como Sacramento, como unión hecha por Dios para que no pueda romperla el hombre sin pecar haciéndolo, habiéndose jurado mutuamente amarse todos los días de la vida como Cristo ama a su propio Cuerpo, a su Esposa, su Iglesia. Desde la fe en el otro, que pecó; como Dios sigue creyendo en él y en su sincero arrepentimiento. Desde la fe en que hay que perdonar las ofensas igual que nos perdona Dios, haciendo que la ofensa ya no exista: la arroja al fondo del mar (Mi 7, 19).

Cuando “se perdona” desde esa fe, con todas las implicaciones que hemos mencionado, no sólo se le dice al ofensor “te perdono”; sino que, dialogando con mucho amor, el ofensor se siente comprendido a pesar de lo que hizo, se siente creído aun después de su maldad al ofender, se siente amado más que como se sentía antes de la ofensa, vive la intimidad del amor disfrutando el tesoro de haber conocido a esa persona y haberse casado con ella. No se disminuye el amor, sino que se consolida y se aumenta. Lograr la sanación hecha de esa manera, es un modo preclaro de vivir la Espiritualidad Matrimonial.

La sanación, como la manera auténtica de “perdonar” las ofensas, no es cosa se pueda hacer “de repente”, sino que es fruto de un laborioso proceso de reflexión desde los modos de fe que decíamos, y se toma generalmente su tiempo. Pero no el tiempo que se necesita para que la herida llegue a doler menos, sino para amarse como antes; las que son heridas graves nunca se curan “con el tiempo”, sino con la decisión lograda de amar a pesar de todo. Tampoco se logra con un esfuerzo de sabiduría humana al estilo estoico. Esa “sanación”, que se hace desde la fe cristiana, es un don que nos regala Dios junto con la participación que nos hace de su propio amor. Es “gracia del Sacramento”.

Cuando los hijos lo notan, cuando lo ven quienes conocen a ese tal matrimonio, se sienten auténticamente “evangelizados”, entienden que el matrimonio cristiano es Sacramento, creen que en él está Dios hecho hombre, creen que Cristo es el verdadero Salvador. Entonces el Matrimonio es Signo de la Salvación que Dios nos envió con su Hijo, es Signo del amor que Cristo tiene a su Iglesia no de santos sino de pecadores, es ser “testigos” de lo que hemos conocido y creído en Jesucristo (1Jn 1, 1-3). Es ser “Buena Noticia” para el mundo, que se ve tan perdido sin ella.

Recordar heridas concretas en nuestra vida de pareja que he tratado de perdonar pero no de sanar, y qué consecuencias están teniendo.


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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