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Textos claves del Nuevo Testamento - 45. "...la verdad os hará libres..."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Nos referimos a la llamada verdad del evangelio: “Era necesario que la verdad del Evangelio permaneciera integra entre vosotros” (Gal 2,5); “Vosotros queréis matarme a mí, que os he dicho la verdad que aprendí de Dios mismo” (Jn 8,40); “La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad por Cristo Jesús” (Jn 1,17).

Cristo en persona es la verdad, la revelación del Padre entre los hombres, su mensaje: “Yo les he enseñado lo que aprendí de tí, y ellos han aceptado mi enseñanza. Ahora saben con absoluta certeza, que yo he venido de tí y han creído que fuiste tú quien me envió” (Jn 17,8). Cristo es la verdad porque es la palabra, el Verbo cuyo origen es el Padre: “Si os mantenéis fieles a mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; así conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,31-32).

Lo primordial del Espíritu Santo que se posa en nosotros, consiste en hacernos presente la verdad de la persona de Cristo: “Yo rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito (ayudador), para que esté siempre con vosotros. Es el Espíritu de la verdad que no puede recibir el mundo, porque ni lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive en vosotros y está en vosotros” (Jn 14,16-17).



Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Jesús resucitado y sus apariciones en Imágenes


Tomando consigo a los Doce, les dijo: «Ya veis que subimos a Jerusalén, donde se cumplirá todo lo que los profetas escribieron sobre el Hijo del hombre: lo entregarán a los paganos y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle lo matarán. Y al tercer día resucitará.» Lucas 18, 31-33. 



El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro. Entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dijeron: "¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará" Y ellas recordaron sus palabras. Lucas 24, 1-8.





El primer día de la semana fue María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra estaba retirada del sepulcro. Echó a correr y llegó donde Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús quería, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.» 


Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Al asomarse, vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Detrás llegó también Simón Pedro. Entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo; pero el sudario que había cubierto su cabeza no estaba junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que, según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos, entonces, volvieron a casa. Juan 20, 1-10.




Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Le preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré." Jesús le dice: "María." Ella se vuelve y le dice en hebreo: "Rabbuni -que quiere decir: "Maestro". Le dice Jesús: "Deja de tocarme, que todavía no he subido al Padre. Pero vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios." Fue María magdalena y dijo a los discípulos: "He visto al Señor" y que había dicho estas palabras. Juan 20, 11-18.  






Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y se puso a caminar a su lado. Pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle. Él les preguntó: «¿De qué vais discutiendo por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no se ha enterado de lo que ha pasado allí estos días?» Él les dijo: «¿Qué ha ocurrido?» Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazoreo, un profeta poderoso en obras y palabras a los ojos de Dios y de todo el pueblo: cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que iba a ser él quien liberaría a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que eso pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Él les dijo: «¡Qué poco perspicaces sois y qué mente más tarda tenéis para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les fue explicando lo que decían de él todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Lucas 24, 13-29.



Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: «¿No ardía nuestro corazón en nuestro interior cuando nos hablaba en el camino y nos iba explicando las Escrituras?» Lucas 24, 30-32



Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Lucas 24, 33-35



Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, los discípulos tenían cerradas las puertas del lugar donde se encontraban, pues tenían miedo a los judíos. Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Juan 20, 19-23






Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.» Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» Luego se dirigió a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» Replicó Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.» Juan 20, 24-29



Después de esto, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. 3 Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Le contestaron ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Les preguntó Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis nada que comer?» Le contestaron: «No.» Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y no conseguían arrastrarla por la gran cantidad de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dijo entonces a Pedro: «Es el Señor». Cuando Simón Pedro oyó «es el Señor», se vistió —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces, pues sólo distaban de tierra unos doscientos codos. Juan 21, 1-8.




Después de haber comido, preguntó Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Respondió él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.» Volvió a preguntarle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Respondió él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dijo Jesús: «Apacienta mis ovejas.» Insistió por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez ‘¿Me quieres?’ y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dijo Jesús: «Apacienta mis ovejas. Juan 21, 15-17.




Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén llenos de alegría. Y estaban siempre en el Templo alabando a Dios. Lucas 24, 50-53.




Como ellos estuvieron mirando fijamente al cielo mientras él se iba, se les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: "Galileos, ¿por qué permanecen mirando al cielo? Este Jesús, que de entre ustedes ha sido llevado al cielo, volverá así tal como lo han visto marchar al cielo." Hechos 1, 10-11. 



Textos claves del Nuevo Testamento - 44. "... según las escrituras ..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Cuando la “tradición religiosa” del pueblo judío cristaliza de forma definitiva en los escritos sagrados, ya es un tiempo en el que proliferan las comunidades dispersas (“diáspora”). Entonces las “sagradas escrituras” constituyen un “depósito' que hay que conservar: ley, profetas y otros varios escritos. Jesús acepta como judío esta tradición ya puesta en escritos, pero inaugura con sus palabras y actos una nueva tradición: “Se admiraban de su enseñanza porque les enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la ley” (Mc 1,22). En las comunidades cristianas se comprueba y reafirma ésto: “Así, pues, hermanos, permaneced firmes y guardad las tradiciones que os hemos enseñado de palabra o por escrito” (2Tes 2,15); “Porque os he transmitido, en primer lugar, lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras” (ICor 15,3).

Y en un período breve de tiempo la tradición nacida de Cristo y transmitida por los apóstoles cristaliza a su vez en “escritos sagrados”, en una buena noticia: “Os he dicho todo ésto durante el tiempo de mi permanencia entre vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado y os lo explicará todo” (Jn 14,25-26); “Tú, por tu parte, permanece fiel a lo que aprendiste y aceptaste, sabiendo de quién lo has aprendido, y que desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras que te guiarán a la salvación por medio de la fe en Jesucristo" (2Tim 3,14-15).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 43. "...el espíritu de la verdad..."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


Jesús vino al mundo para dar testimonio de la verdad: “Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací; para eso vine al mundo” (Jn 18,37); “El que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído” (Jn 3,31-32); “Y el testimonio es que Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo, no tiene la vida” (l Jn 5,11-12).

Ante los hombres de toda raza y nación, los apóstoles dan testimonio de su muerte y de su resurrección: “EL que vió estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19,35); “A este Jesús, Dios le ha resu­citado, y de ello somos testigos todos nosotros” (Hch 2,32). Para quienes creen en el testimonio veraz de los apósto­les, el Espíritu recibido es quien da testimonio de Jesús: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio favorable sobre mí” (Jn 15,26); “y es que dar testimonio de Jesús y tener espíritu profético es lo mismo” (Ap 19,10).




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Textos claves del Nuevo Testamento - 42. "... sino a servir ..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

En el A.T. “siervo de Yahvéh” es aquel que es ele­gido para participar en el plan de Dios sobre los hom­bres. Jesús asumió este papel: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,46). Las primeras comunidades cris­tianas relacionaron el título de siervo con su muerte en la cruz: “En esta ciudad, en efecto, se han retiñido Herodes y Pondo Pilato, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu santo siervo Jesús, al que ungiste, para hacer lo que til poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera” (Hch 4,27-28). En adelante, los servido­res de Dios serán los servidores de Cristo: “¿Trato acaso de agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal 1,10). Este servido tiene que ver con el sufrimiento: “Ningún siervo es superior a su Señor. Como me han perseguido a mí, tam­bién os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20).




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Textos claves del Nuevo Testamento - 41. "... firmes en la fé."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

En el A.T., la palabra “Señor” es un nombre divino, y con frecuencia equivale a la palabra “Dios”. La Iglesia naciente le proclama “Señor” desde el primer discurso de Pedro: “Tenga, pues, toda la casa de Israel la certeza de que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis” (Hch 2,36); “El cual, teniendo la naturaleza divina (...) se hizo semejante a los hombres (...) haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, Dios le exaltó y le dió un nombre que está sobre todo nombre, (...) y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,6-11); “Así, pues, ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos. Enraizados y cimentados en él, manteneos firmes en la fe, como se os ha enseñado, y vivid en permanente acción de gracias” (Col 2,6-7).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 40. "... para salvarte."


 P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

En primer lugar, los dos evangelistas Mateo y Lucas destacan la aparición de Jesús en este mundo como “salvador” ante el Padre: “Y cuando dé a luz a su hijo, tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21); “En la ciudad de David os ha nacido hoy un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Mediante bastantes signos de curaciones y de perdón de los pecados, de fe en su persona, Jesús se manifiesta como el único salvador: “¿Está permitido en día festivo hacer el bien o hacer el mal? ¿salvar una vida o destruirla?” (Mc 3,4); “Mi hija se está muriendo; pero, si tú vienes y pones tus manos sobre ella, se salvará y vivirá” (Mc 5,23); “¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!” (Mt 8,25); “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es descendiente de Abraham. ¡Y el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido!” (Lc 19,9-10). La salvación, en definitiva, es lo que posee un valor de fin primordial en la misión de Jesús: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ése la salvará” (Mt 10,39).

Y lo esencial de la salvación cristiana reside en la fe. Jesucristo es salvador cuando se da la fe en él (fe cristiana): “No tengas miedo. ¡Sólo ten fe, y ella se curará!” (Lc 8,50); “Jesús, tendiéndole en seguida la mano, le sujetó y le dijo: —¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14,31); “—¿Qué quieres que haga por tí? —Señor, que vuelva a ver. —Recobra la vista. Por tu fe quedas curado” (Lc 18,41-42). Pero la fe en Cristo entraña una disponibilidad radical, un desasimiento radical del propio “yo”: “Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme” (Mt 16,24); “Me encuentro ahora profundamente turbado, pero ¿qué puede decir? ¿Diré al Padre que me libre de lo que en esta hora va a venir sobre mí? ¡Pero si precisamente he venido para aceptarlo!” (Jn 12,27).

Sólo la misericordia del Señor es lo que salva: “Así, pues, ¿por qué queréis ahora poner a prueba a Dios, imponiendo a los creyentes tina carga que ni nuestros antepasados ni nosotros mismos hemos podido soportar? No ha de ser así, pues estamos seguros de que es la gracia de Jesús, el Señor, la que nos salva tanto a nosotros como a ellos” (Hch 15,10-11). Vivimos unos tiempos de gozosa salvación: “Es Dios mismo quien dice: tengo un tiempo propicio para escucharte, un día en que vendré en tu ayuda para salvarte. Pues bien, éste es el tiempo especialmente propicio, éste es el día de la salvación” (2Cor 6,2).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 39. "...como ofrenda..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita 

Jesús habló de su pasión futura con éstas o parecidas palabras: “Porque así también el Hijo del hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos los hombres” (Mc 10,45). La muerte como fuente de vida es la esencia de todo sacrificio: “Por ellos yo me ofrezco enteramente a tí, para que también ellos sean completamente tuyos, por medio de la verdad. Pero no te ruego solamente por ellos, sino también por todos los que, por medio de su predicación, creerán en mí” (Jn 17,19). El ofrecimiento de la vida de Jesús hace que Dios no tenga en cuenta nuestros pecados y limitación: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); “También Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado” (Ef 5,2).

Nosotros participamos en espíritu y en verdad del sacrificio de Cristo: “Os pido, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que os ofrezcáis como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser vuestro auténtico culto. No os acomodéis a los criterios de este mundo; al contrario, transformaos, renovad vuestro interior, y así distinguiréis cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,1-2).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 38. "Ese Dios, el único sabio..."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Dios se revela a los hombres. Es todo otro, es inefable e inescrutable. No conocemos sus designios. Es sabio y poderoso porque él es el creador de todo lo que existe. ¿Le interesa a Dios ese hombre que ha creado? Israel así lo percibe en su propia historia, así lo va descubriendo a tientas, quizás desde la frustración y el fracaso, pero ésto sucede gracias a la misericordia de ese Dios que pone en boca de patriarcas, legisladores, profetas y sabios, aquellas palabras que iluminan.

Con la aparición de Jesús en su historia, sus dichos y hechos, toda su persona revela a Dios como a su Padre. Y este Dios-Padre ama a los hombres y trata de darles vida permanente: “Al Dios que ha revelado el misterio mantenido en secreto desde la eternidad, pero manifestado ahora por medio de las escrituras proféticas según la disposición del Dios eterno, y dado a conocer a todas las naciones de modo que respondan a la fe; a ese Dios, el único sabio, sea la gloria por siempre a través de J.C.”(Rm 16,25-27).

Y eso, es lo que tratan de comunicarnos sus cercanos discípulos y testigos más directos: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida, —pues la vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó —, lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo” (1]n 1,1-4).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 37. "¡Habéis resucitado!"


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


En los días de su experiencia pascual, los apóstoles perciben a Jesús, de tal forma que le pueden ver y tocar, y hasta llegan a comer con él. No es un fantasma. Es el mismo pero diferente, pues su cuerpo vive el estado de “gloria”: “¿Por qué os asustáis y por qué dudáis tanto en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Tocadme y miradme. Los fantasmas no tienen carne ni huesos, y ya véis que yo sí los tengo” (Lc 24,38-39).

Su persona es el centro de la predicación de los apóstoles: "Pero Dios le ha resucitado, librándole de las garras de la muerte. Y es que no era posible que la muerte dominase a aquel a quien se refiere David cuando dice: —Yo sé que el Señor me acompaña siempre” (Hch 2,24-25); “El es la piedra rechazada por vosotros los constructores, pero que ha resultado ser la piedra principal. Ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido autor de nuestra salvación” (Hch 4,11-12).

Con su vuelta al Padre, también como hombre, puede ya darnos al Espíritu Santo capaz de dar vida verdadera: “El poder de Dios le ha elevado a la máxima dignidad, y él habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, le ha repartido en abundancia, como estáis viendo y oyendo” (Hch 2,33). Se revela que Jesús es la primicia de una cosecha, el “primogénito de entre los muertos”: “El es el primogénito de los que han de resucitar” (Col 1,18). Ha inaugurado un mundo nuevo: “Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva. (...) He aquí que Dios ha montado su tienda de campaña entre los hombres. Habitará con ellos, ellos serán su pueblo y él será el Dios-con-ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Es todo un mundo envejecido el que ha pasado” (Ap 21,1.3-4). Es, por tanto, su resurrección, la razón y fundamento de nuestra esperanza: “Cristo ha resucitado, y él es el anticipo de quienes duermen el sueño de la muerte. (...) Si los muertos no resucitan, ¡comamos y bebamos que mañana moriremos!” (I Cor 15,20.32).

Y al término del tiempo los cuerpos también serán transfigurados: “Así sucede con la resurrección de los muertos; se siembra algo corruptible, resucita incorruptible; se siembra una cosa despreciable, resucita resplandeciente de gloria; se siembra algo endeble, resucita algo pleno de vigor; se siembra, en fin, un cuerpo animal, corruptible, resucita un cuerpo espiritual” (I Cor 15,42-44).

Incluso en nuestra vida temporal estamos llamados a vivir en la experiencia de la fe, el don de nuestra resurrección ya en esta vida: “Pero el pan del que yo os hablo ha bajado del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,50-51); “¡Habéis resucitado con Cristo! Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y no en las de la tierra” (Col 3,1-2).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 36. "...entregue el reino..."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

De la predicación de Jesús, el tema del reinado de Dios ocupa su puesto central. Las curaciones y milagros que la acompañan son “signos” de este reinado. Con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la vivencia de Jesucristo se constituye en foco y núcleo del reino de Dios: “Pero, cuando Felipe les anunció el mensaje acerca del reino de Dios y de la persona de Jesucristo, hombres y mujeres abrazaron la fe y se bautizaron” (Hch 8,12).

Es preciso creer en J.C. para acceder al reino de Dios. Con la presencia de Jesús en la historia humana se inicia este anhelado reinado. Su crecimiento se realiza a través de la Iglesia mediante su testimonio con ayuda del Espíritu: “Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que os capacitará para que déis testimonio de mí en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el último rincón de la tierra” (Hch 1,8). Al término de los siglos el reinado de Dios se hará definitivo: “Entonces será el momento final, citando, aniquiladas todas las potencias enemigas, Cristo entregue el reino a Dios Padre” (ICor 15,24).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 35. "...en pueblo suyo..."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Por medio de Jesucristo surge la simiente fértil de un nuevo pueblo de Dios. El selló con su sangre una “alianza nueva”: “El se entregó por nosotros a fin de liberarnos de toda maldad y convertirnos en pueblo suyo limpio y elegido, totalmente entregado a la práctica del bien” (Tit 2,14); "pero vosotros sois raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su posesión, destinado a cantar las grandezas del Dios que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (1 Pe 2,9). Este pueblo nuevo tiene su verdadera patria más allá de este mundo: “Nosotros, en cambio, somos ciudadanos de los cielos, y de allí esperamos impacientes que nos venga el salvador, Jesucristo, el Señor” (Flp 3,20).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 34. "...si me voy, os lo enviaré."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

El Dios de la Biblia es un Dios cercano a nosotros. Su presencia no es material, pero sí real y puede hacerse sensible como un amor que da vida. Con Jesús su presencia se hace “carne” (hombre) en el seno de la virgen María por obra y fuerza del Espíritu Santo (Lc 1,28.35). Cumplida su misión salvadora en este mundo, era preciso que Jesús se fuera de él: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16,7). Como don del Espíritu su presencia se hace interior a nosotros, para quienes tienen fe en él: “Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,15-16).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 33. "... prefirieron las tinieblas..."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Jesús viene para aquellos que se sienten en humildad, pecadores: “No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos. Yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los pecadores” (Mc 2,17). Se precisa la conversión del corazón porque el pecado se esconde en el interior de la persona: “Porque de dentro del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,21). Su persona da signos claros de liberar a los hombres de sus pecados y debilidades: “Al anochecer, presentaron a Jesús muchas personas que estaban poseídas por demonios. El, con una palabra, expulsó a los espíritus malignos y curó a todos los enfermos” (Mt 8,16).

Pero, conviene el subrayarlo, Jesús viene sobre todo a quitar “el pecado del mundo”: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Se trata de una ceguera persistente y obstinada: “La causa de esta condenación está en que, habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” (Jn 3,19). Esta ceguera conlleva no sólo la incredulidad, sino también la indiferencia y hasta el odio hacia Cristo: “Si yo no hubiese venido o no les hubiera hablado tan claramente, no serían culpables, pero ahora ya no tienen disculpa por su pecado. El que me odia a mí, odia también a mi Padre” (Jn 15,22-23). Dentro de nosotros mismos podemos encontrar esta fuerza de pecado: “Yo no soy mas que un pobre hombre vendido como esclavo al pecado. Realmente, no acabo de entender lo que me pasa; quisiera hacer lo que me agrada, pero hago lo que detesto” (Rm 7,14-15).

Pero lo único que hace posible y real la superación del pecado del mundo que conduce a la aniquilación y a la muerte es la persona de Jesucristo: “Pero la Escritura presenta todas las cosas bajo el dominio del pecado, para que la promesa hecha a los creyentes se cumpla por medio de la fe en Jesucristo” (Gal 3,22); “A quien no conoció pecado, Dios le trató por nosotros como al propio pecado, para que, por medio de él, nosotros sintamos la fuerza salvadora de Dios” (2 Co 5,21).



Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Textos claves del Nuevo Testamento - 32. "Una paz..."

 



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.

Designa esta palabra el estado de armonía del hombre consigo mismo, con los demás, con la propia naturaleza circundante y también con Dios. Y esta paz con Dios es sobre todo iniciativa divina: “Paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14). Por ello, esta paz cuando es aceptada, entraña una reconciliación integral: “Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, creando paz por medio de su sangre derramada en la cruz” (Col 1,19-20); “Hemos, pues, alcanzado la salvación por medio de la fe, y nuestro Señor Jesucristo nos ha puesto en paz con Dios” (Rm 5,1); “Os dejo la paz, mi propia paz. Una paz que el mundo no os puede dar” (Jn 14,27).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 31. "…son espíritu y vida."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.

Jesús en cuanto Hijo de Dios (no en cuanto hombre) es engendrado desde siempre. En el evangelio de Juan recibe el críptico nombre de Verbo (Palabra): “Al principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (1,1). Jesús, por tanto, el Verbo hecho carne (persona humana) es la revelación del Dios, el único y el verdadero, es la “verdad” para los hombres. Jesús habla con autoridad (Mt 1,22), dice las palabras de Dios (Jn 3,34), lo que el Padre le ha enseñado (Jn 8,28). Por eso, “sus palabras son espíritu y vida” (Jn 6,63). Lo que comunica este Jesús a quienes le siguen no es sólo un mensaje y unas obras (dichos y hechos), sino un regalo, un don, una gracia, un Espíritu, una gran luz: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, os iluminará para que poda is en tender la verdad completa ” (Jn 16,13).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 30. "…oró y suplicó…"


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.


Jesús enseña a sus discípulos la forma de orar con el “padre nuestro”. La actitud básica del creyente es la de tratar a Dios como a Padre. Por ello se tiene la certeza de ser escuchado: “Y todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis” (Mt 21,22); “Pero que pida con fe, sin dudar, pues el que duda se parece a una ola del mar agitada por el viento y zarandeada con fuerza” (Sant 1,6). Suplicamos al Padre desde la humildad de lo que realmente somos ante su presencia: “Por su parte, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: —Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador” (Lc 18,13). En circunstancias de tentación y sufrimiento: “Se trata del mismo Cristo que durante su vida mortal oró y suplicó con fuerte clamor, con lágrimas incluso, a quien podía liberarle de la muerte; y ciertamente fue escuchado por Dios en atención a su actitud de acatamiento. Pero Hijo y todo como era, aprendió en la escuela del dolor lo que cuesta obedecer” (Heb 5,7-8).

Orar en su nombre significa que uno se identifica con Jesús orante y humilde: “Os aseguro que el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,23-24); “Te pido que todos vivan unidos. Padre, como tú estás en mí y yo en tí, que también ellos estén unidos a nosotros. De este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado” (Jn 17,21). Una oración en el Espíritu del ser hijo de Dios: “Y por ser hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: —Abba, es decir, Padre mío... De suerte que ya no eres siervo, sino hijo” (Gal 4,6-7).


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Textos claves del Nuevo Testamento - 29. "tampoco soy del mundo."

 



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


El pecado entró al comienzo de la historia humana, y con el pecado la muerte. El príncipe de este mundo es un alguien o algo maligno. El espíritu mentiroso de este mundo se opone al auténtico espíritu de Dios: “Sabemos que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del maligno; pero sabemos también que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Dios verdadero” (1 Jn 5,19-20).

El pecado del mundo es como una pesada masa de opresión y de incredulidad acumulada desde sus orígenes humanos: “El mundo y todos sus atractivos pasan. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (l Jn 2,17). Jesús no es de este mundo ni tampoco su reino. Sin embargo, ha venido a este mundo para salvarlo conforme a la voluntad de su Padre. Su resurrección es signo eficaz de una creación nueva. Y en esta presencia de un mundo nuevo, la luz y la vida brotan en quienes tienen fe en Jesucristo: “No pertenecen al mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno. Ellos son tan extraños al mundo como yo mismo. Haz- que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad. Tu palabra es la verdad” (Jn 17,14-17).



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Textos claves del Nuevo Testamento - 28. "Recibid el Espíritu Santo..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


La "misión” consiste radical y esencialmente en el envío para cumplir el designio divino de salvación en medio de los hombres: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para ésto he venido" (Mc 1,38); “¿Con qué derecho me acusáis de blasfemia a mí, que he sido elegido por el Padre para ser enviado al mundo... ?” (Jn 10,36); “Y la vida eterna consiste en ésto: en que te conozcan a tí como único Dios verdadero, ya Jesucristo como tu enviado” (Jn 17,3).

Y su misión en definitiva se prolonga en sus enviados: “Yo les he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí” (Jn 17,18); “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Sopló sobre ellos y les dijo: — Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,21-22). La misión se realiza, por tanto, con la luz y la potencia del Espíritu vivificante: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, y que yo os enviaré de junto al Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15,26).




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Textos claves del Nuevo Testamento - 27. "...único también el mediador..."

 


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Siendo Dios sólo amor y queriendo que los hombres participen de la vida permanente en él, envía a su Hijo a este mundo como salvador. Jesús, por tanto, es el único mediador posible porque es Dios y hombre a un mismo tiempo. Muerto y resucitado nosotros podemos estar en comunión con él. En la Iglesia como cuerpo místico de Cristo nos unimos directamente a J.C. como único mediador: “Y el amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo Unigénito, para que vivamos por él” (1 Jn 4,9); “Porque Dios es el único, y único también el mediador entre Dios y los hombres; un hombre, Jesucristo, que se entregó a sí mismo por la redención de todos” (I Tim 2,5-6); “Uno sólo es el cuerpo y uno sólo el Espíritu, como también una es la esperanza a la que habéis sido llamados; un sólo Señor, una fe, un bautismo; un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos” (Ef 4,4-6).



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