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CORPUS CHRISTI


 

P. Adolfo Franco, jesuita.


La fiesta del Cuerpo de Cristo, se traslada en muchos sitios, como en el Perú, a este domingo, para que tenga el realce que se merece. Es una fiesta que se refiere naturalmente a la Eucaristía (que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo).

Celebramos y con alegría el que Jesús nos haya regalado este sacramento de la Eucaristía. Así cumple Él la promesa hecha de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

 Hay que detenerse y darle tiempo a este pensamiento: Dios está presente entre nosotros y yo me lo puedo encontrar realmente; Dios no es un Dios lejano a miles de kilómetros y miles de galaxias. Está aquí en nuestro barrio, a unas pocas cuadras de mi casa, y puedo tener un encuentro con El siempre que yo quiera. Eucaristía, presencia de Dios, alimento de nuestra vida, locura del amor de Jesús, que ha querido ser personalmente el alimento de nuestra existencia, nuestro consolador, nuestro apoyo y nuestro amigo.

Pero es notable la insistencia que da la Iglesia a destacar en esta celebración lo del CUERPO de Cristo, subrayando lo material de Jesucristo, su carne, en realidad su Cuerpo y su Sangre. El mismo Jesús había insistido en este aspecto "material" de su realidad, insistiendo en que hay que "comer su carne" (Jn 6, 53); y al narrar su En-carnación se destaca lo mismo en el Evangelio de San Juan "el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14).

"Esto es mi Cuerpo", "Esta es mi Sangre" (Mt 26, 27-28). Nosotros a veces espiritualizamos tanto la figura de Jesús, que perdemos de vista su realidad tangible, y lo tangible de El es su cuerpo. Cuando resucita insiste en lo mismo: "Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc 24, 39). 

¡Qué fundamental es que se subraye en esta fiesta la importancia del cuerpo! Es bueno que meditemos en la importancia del Cuerpo de Cristo, y en la importancia del nuestro.

El cuerpo es al fin y al cabo un libro abierto de nuestra vida. En el de Cristo han queda-do grabadas las escenas de su vida. En El han quedado para siempre las huellas, las llagas, lo que hizo por entregarse a nosotros. En su Cuerpo se grabaron las espinas, y los azotes, el cansancio. Y además de ser un libro donde se han escrito los hechos de su vida, su Cuerpo es el reflejo de su espíritu: su vitalidad, su bon¬dad, la profundidad de su espíritu, su preocupación por los hombres; todo esto se reflejaba en su forma de mirar, en el tono de su voz, en la expresión de su boca. Esto es en resumen lo que es el Cuerpo de Cristo y lo que queremos celebrar con alegría.

Pero también es bueno que pensemos en nuestro propio cuerpo, el compañero donde se han ido marcando las etapas importantes de nuestra existencia; casi podríamos también decir que nuestro cuerpo es el libro de nuestra vida, nuestra biografía: las cicatrices de una enfermedad, cuántos recuerdos de angustia han quedado como arrugas de nuestro rostro: al mirar el rostro de un padre podríamos leer las preocupaciones por sus hijos, y en sus canas el esfuerzo con que ha enfrentado la vida para sacar adelante a la familia y superar los obstáculos de todos los días. El cuerpo se ha ido quedando marcado con este tatuaje. El cuerpo ha sido el mirador de nuestras alegrías, y el instrumento que ha experimentado los sufrimientos. Toda nuestra vida, lo mejor de nosotros mismos, está señalado en ese compañero, que a veces no apreciamos. Y nuestra alma está unida a nuestro cuerpo y se expresa a través de él: lo que llevamos dentro lo comunicamos por este cuerpo que es parte tan importante de nosotros mismos.

Al cabo del tiempo este nuestro cuerpo, a lo mejor encorvado, está manifestando a los demás una vida de trabajo y de fatiga, que la persona ha vivido como un servicio. No es un cuerpo simplemente desgastado, es la expresión de una persona que se ha entregado. Y el rostro, la expresión de nuestra mirada y de nuestro gesto, puede exteriorizar la paz y la tranquilidad que una persona ha ido logrando a base de controlar sus reacciones temperamentales, y es una manifestación de su confianza en Dios. Una mirada puede tener la luminosidad del que todavía tiene ideales, y sabe sonreír profundamente: ¡hay que ver cómo algunos ojos sonríen! Cuantas cosas de nuestra vida se manifiestan en nuestro cuerpo: no sólo cicatrices de operaciones (momentos especiales de dolor y de conversión), sino huellas más sutiles, que expresan aventuras de nuestro caminar con fe y esperanza en una vida, que no se presenta como fácil, pero que siempre está llena de riquezas. 

Y para este cuerpo nuestro, santuario de nuestro espíritu, viene el Cuerpo de Cristo para ser nuestro alimento, fortaleza, sostén. El Cuerpo de Cristo se nos da realmente aunque bajo las apariencias de pan y de vino, y se nos da porque El personalmente quiere renovar nuestro interior, pero entrando como comida y como bebida.

Al darle gracias al Señor por el milagro de su Cuerpo y de su Sangre, démosle gracias también por nuestro propio cuerpo y por nuestra propia sangre.



...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.




Vida - Parte 7: Peripecias en el camino a la cumbre


 

P. Adolfo Franco, jesuita

Continuación...


PERIPECIAS EN EL CAMINO A LA CUMBRE[1]

 

Hemos hecho juntos un recorrido de reflexiones comenzando desde el primer capítulo con las preguntas sobre si me gusta la vida que tengo, y pasando por cada uno de los capítulos que intentan ayudarnos a enriquecer nuestra vida. En el capítulo anterior les proponía el desafío de nuestra vida: Buscar y escalar nuestra propia cumbre. Y ahora cuento la aventura de un escalador imaginario en su aventura hacia la cumbre (que podría ser tu propia aventura).

 

1.  Advertencia en la subida a las montañas

Cuando uno se aventura a subir su propia cumbre, debe estar dispuesto a llegar hasta el final. Uno puede quedar frustrado si a medio camino en la ascensión, se siente fatigado y renuncia a subir más arriba.

La cumbre es hermosa, nos desafía, y nos atrae, aunque se sabe que el camino es bastante empinado y hay que emplear todas las fuerzas de las que se dispone.

Se siente el reto del todo o nada. Y cuando se ha subido bastante, hay un momento en que ya no se puede retroceder. En las ascensiones a los Andes ha habido algunos que se han desbarrancado, por meterse por caminos equivocados. Algunos se han perdido en la nieve, por salirse del grupo y querer volver al campamento, es decir por retroceder.

Hay que decidirse entonces a jugarse el todo por el todo, que ninguna dificultad me acobarde; y no detenerse en ningún momento. Hay quienes se han congelado por el frío de las alturas, al querer detenerse un rato para descansar. Y el método es dar un paso cada vez, no correr, pero no detenerse nunca, porque viene la tentación de claudicar.

Hay momentos en que la respiración se hace difícil, cuando se llega a determinada altura; se empiezan a sentir palpitaciones en las venas del cuello y de la sien. Parece que hay que abrir más la boca para captar aire.

Otro problema que puede sentirse en las alturas es la soledad y el silencio. A veces el silencio es tan gélido, que se necesita gritar para sentirse acompañado, aunque sea por el propio eco.

Baste con esta descripción de los retos que se presentan a los escaladores arriesgados. Esto nos puede servir de comparación, para entender lo que les pasa a los que se aventuran y no se quedan en la comodidad de la llanura espiritual.

 

2. La novedad de la situación[2]

Cuando uno siente la llamada de su propia cumbre, que es la llamada de Dios, para escalar, empieza un camino que resulta completamente nuevo. Puede haber sucedido que uno se encuentre en ese camino de ascensión sin saber cómo llegó ahora aquí a esa nueva situación. Parecería que lo han traído, y que lo único que ha hecho él es no resistirse a quien lo llevaba a ese nuevo lugar. Lo que tiene ahora delante no es un camino conocido, como los de antes. Uno sabía guiarse antes perfectamente en la meseta, sabía a donde iban todos los senderos. Se conocían los atajos, el destino final de cada senda. Dónde se podía reposar bajo la sombra, dónde había peligros de caídas y precipicios, dónde el camino se hacía estrecho y peligroso. Donde se podía encontrar el agua.

El camino de los de la meseta es conocido, muy trillado: la donación se hace hasta cierto punto, eso es la meseta; pero no se va más allá hacia la altura. Y cuando uno decide arriesgarse lo primero que percibe es que los caminos son nuevos. Hay dificultades a las que antes no se había enfrentado: discernir ahora no es tan fácil como antes: el camino que me lleva arriba aparentemente, puede terminar en un abismo profundo. Se está en la posibilidad de caer: aún no se conocen los nuevos peligros. No se sabe dónde habrá agua, donde habrá un refugio en el caso de que se viniesen avalanchas o ventiscas.

Pero se ha tomado la decisión de subir, sin que ya nadie lo pare. Entonces se camina con más cuidado, observando bien las consecuencias de cada paso: se va viendo si todos los pasos le van llevando hacia arriba, si no hay oculto un grave peligro detrás de lo que se pensaba que era una buena decisión. Pero se va sintiendo dentro, en el corazón, un guía que sintoniza con tus pasos y te hace ver, con un poco de observación y de reflexión interior, que todo va bien, o que hay que rectificar, y eso muy a tiempo. Entonces ya se vence esa primera dificultad en esta ascensión total. Ya no se teme la novedad de los caminos espirituales, porque se va produciendo dentro una sintonía que sirve como si fueran señales que indican cual es el camino recto y cual el equivocado.

 

3. La soledad y la fatiga

Se puede sentir, y de hecho se siente en muchos momentos el temor de caminar sólo: la soledad a veces es demasiado fuerte. Se echa de menos la compañía de otros que había en la meseta. Allí uno no era tan solitario, ni tan extraño: ahora se siente, no solamente sólo, sino raro y piensa que otros también lo perciben así: ¿qué pretende este al salirse de los caminos normales? ¿por qué no irá por dónde va todo el mundo? Y aunque nadie se lo diga en realidad, él se fabrica esas preguntas, como si la gente se las dijera. Pero la verdad es que en el camino hacia la cumbre hay una experiencia de soledad bastante pronunciada, y hay que superarla; incluso parece que Dios mismo (el que le llamaba hacia la cumbre) no dice nada. El silencio de todo lo que rodea, hace sentir con más fuerza esa soledad; parecería algunas veces que todo está vacío que se camina para nada. Hasta que, en el corazón mismo del silencio, se siente la seguridad de estar acompañado, y de que se está yendo a un encuentro. Cuando se sabe con certeza que ese camino de aparente soledad te lleva a un maravilloso encuentro, te das cuenta que la soledad misma es la atmósfera en que El habita, y te dan ganas de comerte a puñados el aire que hay a tu alrededor, te quieres llenar de soledad.

Pero cada paso se hace más arduo a medida que subes, la fatiga es en algunos momentos insuperable, o así lo parece. No se respira bien, parece que el corazón se te va a salir por la boca. Y miras para arriba, y no ves aún el término de la ascensión, y te preguntas ¿tendré fuerzas para llegar hasta el final? ¿Por qué me metí en esta aventura? Son preguntas que se hacen los que escalan las cumbres, cuando les empieza la fatiga. Y que siente nuestro peregrino de las montañas. Piensa que aligerando la carga que lleva, podrá sentir menos la fatiga: dejar todo, todo lo que siempre le ha acompañado. Hay una resistencia a dejar todas esas cosas con las que se sentía seguro en su sitio, y ahora necesita dejarlo todo para poder subir. Duda en dejarlo, pero toma una firme decisión. Querría detenerse, pero sigue adelante y va viendo que poco a poco el ánimo se le va acostumbrando a esta sensación de desgaste, a este aparente debilitamiento. Lo que le atrae es saber que el que le llamó se encuentra arriba. Y poco a poco disminuye esa terrible sensación y le invaden como nuevas fuerzas.; dentro de esa sensación de fatiga se ha abierto, como una flor un amor irresistible, que se convierte en nueva fuerza, para nutrir el esfuerzo.

 

4. Ya no hay retroceso

Además siente que ya no puede retroceder. Hay un momento en la subida que es el punto de no retorno. Ya lo único que se puede hacer es seguir adelante, aunque la cumbre se haga aparentemente huidiza. Caminar para abajo se hace más peligroso que seguir subiendo. Ya todo lo que se dejó abajo ha cambiado a sus ojos de tal forma que ya no podría encontrarlo: el tiempo no puede ir para atrás. El pasado es eso, simplemente pasado, una etapa que fue, pero ya no es posible repetirla: ya no se podría gustar lo mismo allá abajo, después de haberse asomado un poco a estas alturas maravillosas.

Entonces se toma una determinación: sólo me espera algo allá arriba, porque hacia abajo ya no tengo meta, y por supuesto no querría caer en el vacío. Pero más arriba ¿qué habrá? Y viene también la tentación del sueño: pensar que todo lo que ha hecho es una ilusión y que camina sonámbulo a la nada. Detrás de las nubes que le tapan la cumbre ¿habrá algo? ¿No fue una ilusión todo lo que ha hecho desde que empezó esta arriesgada subida? Y los pensamientos se vuelven vacilantes: es verdad, no es verdad,... Todo aquel impulso que sintió en un primer momento ¿fue verdad? ¿no fue creado por su propia imaginación? ¿no será orgullo este salirse del camino “normal”? Y se dice ¿habrá cumbre o será una silueta creada por su sueño? Además, en el caso de que haya cumbre ¿qué me ofrecerá de mejor que lo que tenía? Pero durante la ascensión en determinados momentos ha sentido una presencia y una certeza que le ha sostenido en muchos momentos de vacilación.

 

5. ¿La última dificultad?

Otros muchos problemas tiene esta nueva situación. Problemas que hay que conocer, pues son frecuentes y harían peligrar todo lo que se ha conseguido hasta hora. Y podrían llevarnos a caer en una de esas grietas profundas que a veces hay en el camino hacia las cumbres. El pensar que uno ya todo lo puede, que no hay que temer nada. El asegurarse uno en sus propias fuerzas. No darse cuenta de que todo esto que ha vivido es un gran regalo, y apropiárselo como si proviniera de uno mismo. El mirar a los demás con cierto aire de superioridad: se está camino de la cumbre, pero no se está por encima de nadie. Esos son peligros normales, que hay que poner al descubierto pues podrían engendrar caídas en las grietas; y de esas grietas congeladas es más difícil salir. Hay que sortear todos esos peligros.

Hay una dificultad más. Y se debe conocer, para no sentirse frustrado por ella. Y es que la cumbre parece esquiva: nunca se llega. Uno querría que ya apareciese el final, que ya no hubiese más búsqueda. Y percibe que a medida que sube, hay más que subir, sin límite y siempre. Se duda si ha tomado el camino correcto, y vuelven otra vez los temores que tuvo en algunos momentos, si no habrá hecho mal al arriesgarse por estas alturas, si no ha sido una temeridad; porque la realidad parece decirle que no hay cumbre, que lo que hay es una cuesta interminable, cuyo fin no existe, que está subiendo para llegar a “ningún sitio”. Y tiene que ir cambiando de perspectiva: no se trata de llegar a la cumbre (en el fondo es querer dominar sobre las alturas), se trata de subir: eso es a lo que se le invita, no a llegar a una cumbre, que estará al final de los años, sino a estar dispuesto a subir siempre más y más, y no volver a plantar su campamento en ninguna nueva meseta por más alta que ésta sea.

 

6. El panorama de las alturas[3]

Pero vale la pena describir, junto con los problemas, el panorama que ha ido viendo mientras sube. Aunque sea brevemente es bueno expresar lo que nuestro peregrino de las montañas ha ido sintiendo, y entreviendo: todo lo que puede llegar a vivir.

Lo que se ve desde arriba es maravilloso, la mirada abarca la realidad que nos rodea de una forma nueva: todo adquiere un sentido, todo forma parte de un mismo paisaje: diferente de la atomización con que antes veía las cosas, y especialmente las que parecían hacerle daño: todo se armoniza en un conjunto, y cada parte de ese conjunto está unida a las demás, para formar líneas ondulantes, colores en contrastes: un paisaje equilibrado y vistoso que es la propia vida. Descubrir así todo lo que se ha vivido es recuperar para todas las situaciones de la vida vivida, su verdadero sentido. La mirada no se cansa de mirar el paisaje, en su conjunto unas veces, y en sus detalles otras veces, y los detalles se descubren también como bellos. Esa es una experiencia notable, que los ojos se te llenen de bellezas. Es de alguna forma descubrir tu propia vida de una manera nueva.

El silencio, que no es ausencia sino quietud, algunas veces lo ha sentido como peligro, pero la mayor parte de las veces lo percibe amistoso. Este silencio es algo que se oye, aunque esto parezca contradictorio. Es un silencio que se convierte en voz en el corazón: es la voz del que te está llamando en cada momento: una voz que tiene un sonido inconfundible: y es el sonido del silencio. Es verdad todo esto: este silencio es la voz de Dios, y no hay voz más dulce, más estimulante, y más cálida que ésta que se siente. Pero no siempre esta voz produce vibraciones interiores. Algunas veces el silencio se puede sentir en estado puro, y entonces es la fe sin apoyos la que llena de palabras adecuadas este silencio.

Sería muy difícil explicar y poner en palabras lo que se va viviendo en la subida a la cumbre. La mirada sobre las cosas también se va haciendo diferente. Las cosas esas compañeras necesarias de la vida, ahora se ven en su propia realidad, se miran desde arriba, y ya no se desea su posesión: se las ve como a la distancia. El afán de posesión se ha ido perdiendo: ya no quiere hacer a las cosas esclavas de la propia ambición, sino que las respeta en su ser y en su belleza. El peregrino tuvo que dejar toda su carga para poder seguir subiendo, y ahora ya no apetece cargarse de nuevo con el lastre que impide subir.

La paz que siente el peregrino es también especial: parece que se han ido los miedos, y ese cielo azul y ese aire puro que lo rodea en su ascensión se le han entrado en el corazón, haciendo de él un recinto de paz y de armonía, donde no hay temores, ni ansiedades. El aire puro entra por los pulmones hasta el corazón y la pureza del paisaje entra sin neblinas a través de los ojos hasta el alma. Y hacen dentro del peregrino un espacio puro, sin perturbaciones. La paz es como la misma sustancia interior. Serenidad ante la vida, ante las circunstancias, ante las personas, ante las actividades, ante el futuro.

Otra cosa que siente así el peregrino pacificado es un nuevo corazón, todo está lleno de palabras nuevas, y de afectos nuevos. Es un amor tan grande que a veces parece que es más grande que él mismo. Y es que es un amor que se le ha dado, no es propio. Como no es propio nada de lo que ha ido viviendo en este proceso de ascensión. Pero este amor regalado, como gracia, le hace manifestar un sentimiento de amor que el peregrino dispara al infinito para que le llegue a El. Quisiera pasarse la vida solamente así diciéndoselo, y para eso inventa unas palabras que quedan en su intimidad, pues sólo El tiene que oírlas. Pero tampoco es un amor que se quede en esa intimidad, sino que se sale hacia fuera, a todos aquellos que son la obra de Dios. Y así siente que al aparecer este amor, ve de una manera diferente y hermosa a los mismos hombres que antes conoció. A los que servía y a quienes trataba.

Y cada vez se sorprende más y más de lo que es la ascensión a la cumbre; y quisiera pasarse la vida de rodillas, para agradecer al Dador de todo bien. Y a la vez piensa cómo es que no empezó la ascensión antes y cómo es que muchos se privan a sí mismos de estas maravillas inimaginables. Pero sabe que todo esto es un misterio de Dios que tiene nuestros destinos y que es el Unico que sabe el día y la hora.

Como síntesis se puede decir que la subida termina siendo un encuentro íntimo con el Señor. Y nada mejor para resumirlo que citar dos encuentros con el Señor en la cumbre, que nos relata la Sagrada Escritura.

Y primero el de Moisés (Exodo 33, 17-23) en pleno camino del desierto, y en plena comunicación de la amistad entre Dios y Moisés.

“Entonces Moisés dijo a Yahvé: «Déjame ver tu gloria.» Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé; pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero.»  Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida.»  Yahvé añadió: «Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca.  Al pasar mi gloria, te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no lo verás.»”

Y el segundo el del profeta Elías (1 Reyes 19, 11-13). Elías se encuentra desalentado, y está perseguido por la reina Jezabel y ya no quiere seguir adelante. Entonces Dios

“le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante Yahvé.» Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé.  Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave.  Al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.”

 

 



[1] Al leer este capítulo algunos pensarán que se habla sólo de la etapa alta de la ascensión; de alguna forma es verdad, pero se aplica mucho de todo eso también a las primeras ascensiones, cuando uno se atreve a salir de la etapa en que vivía y decide aspirar a más; cosa que sucede muchas veces y en algunos momentos de “conversión” especialmente.

[2] A continuación, se describen algunas dificultades que se pueden experimentar en esta subida a la cumbre. Pero, cada vida es única y cada uno experimentará sus propias dificultades. Algunos experimentarán todas o algunas de las que aquí se describen. Y unos las experimentarán en formas parecidas a las descritas y otros en formas diferentes.

[3] El panorama que aquí se describe es una forma idealizada de expresar diversas experiencias que se pueden tener en esta ascensión. No representa ninguna aventura en particular sino una perspectiva general.



FIN

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Agradecemos al P. Adolfo Franco jesuita, por compartir con nosotros esta serie que busca ayudarnos a reflexionar sobre nuestras propias vidas, a la luz del mensaje cristiano.




Vida - Parte 6: Escalar la montaña



 

P. Adolfo Franco, jesuita

Continuación...


ESCALAR LA MONTAÑA


Estamos recorriendo un camino de reflexión sobre la vida personal, para darle plenitud y sentido, cosa que todo el mundo desea: que valga la pena haber vivido, o como dice Neruda en su autobiografía: “Confieso que he vivido”.


1. Buscar mi cumbre

Y así, continuando con estas reflexiones, ahora propongo este nuevo aspecto del problema; esto puede resumir y completar todo lo reflexionado hasta ahora. Buscar la cumbre que me está destinada: hay una cumbre que está esperando que yo la escale, que suba a ella, ella me está esperando para enseñarme el panorama que se ve desde allá. ¿Una cumbre para cada persona? ¿Una especial para mí? Podríamos pensar, por el contrario, que todos debemos subir a la misma montaña: el monte de la perfección. Pero lo mismo que las personas son únicas e irrepetibles, así la vida de cada uno es única e irrepetible: y mi cumbre es única e irrepetible.

Entonces estamos imaginando un horizonte lleno de cumbres hermosas; algunas ya recibieron la visita de su propio héroe, otras han quedado solitarias ¿y dónde está la mía? ¿cómo identificarla y cómo subir a ella? Si miramos en nuestro propio lago la veremos reflejada y sabremos cuál es. Claro que es una metáfora, pero ilustrativa de la presente propuesta de reflexión. Vamos a mirar en nuestro propio lago, que es el espejo donde vemos nuestra cumbre.

Hay en nuestros Andes algunos lagos azules, tersos y serenos, al pie de cumbres nevadas. Uno mira al lago y ahí se refleja el bello panorama de la cumbre cubierta de nieve. El lago es nuestra alma, o nuestro mundo interior. Si sabemos mirar, si el lago está sereno, descubriremos nuestra propia cumbre cubierta de luz; al verla dan ganas de llegar a ella de una vez. Así pues, empecemos a mirar en nuestro lago, a ver si descubrimos nuestra cumbre.


2. Mirando en la superficie del lago

En el lago de nuestra alma, se refleja la cumbre personal que nos pide que ascendamos: esa cumbre no quiere quedar desierta. Naturalmente el lago debe tener la superficie serena, para poder ver claramente el perfil de nuestra montaña, el punto al cual ascender. Y dentro de nosotros mismos, en las profundidades del lago encontramos ideales, sentimientos, sueños, aspiraciones, impulsos, heroísmos; encontramos lo que quisiéramos llegar a ser. Así captamos cuál es nuestra cumbre. Pero hay que tener una visión clara, y el alma libre y serena, para dejar reflejar lo mejor que llevamos escondido, y que nos pide a gritos una realización.

Con frecuencia, al principio no se ve demasiado; sólo se ve algo, un pequeño montículo al que hay que atreverse a subir; con esfuerzo llegaremos a coronarlo. Y, si lo hacemos, al llegar arriba nos daremos cuenta que ahí no se termina la escalada, que hay otra elevación más allá, que nos anima a subir, y nos estimula para superar la fatiga de la subida. Y la cumbre propiamente, la nuestra, la anhelada, se nos muestra elevada, distante, y desafiante. La mayor parte de las veces es así: la cumbre no se descubre de una sola vez, sino que poco a poco se nos van mostrando pequeñas subidas, y cada una nos prepara para subir a la siguiente. Así que, mirando a nuestro lago, y empezando la primera subida, estamos en camino de nuestra más alta elevación, la que nos hace sentir que la vida estaba hecha para eso, para subir a esa bendita cumbre: arriba es donde el aire es puro y transparente, donde el mundo se ve como paisaje hermoso, porque desde la altura todas las cosas, incluso las pequeñas, adquieren una belleza insospechada. Cuanto más alto se sube, más bello se ve el panorama.

Hablábamos del espejo de nuestra alma, donde se reflejan las cumbres. Y así lo podemos entender: llevando una vida un tanto rutinaria (por no decir vulgar), mirando a ese interior de repente un día sentimos deseos de algo superior: es una pequeña cumbre, a la que nos empuja esa mirada interior, para salir de esa llanura monótona e insípida. Cuesta a veces trabajo hacer el primer esfuerzo; unos se animan a hacerlo, otros no. Y el que hace el primer esfuerzo, al ver el panorama mejor, desde esa pequeña altura a la que ha subido, siente deseos de algo más, y así ve otra punta más alta, que le llama. Puede sentir deseos de retroceder, y temer el esfuerzo, o puede sentir la “curiosidad” de llegar a esa nueva cumbre (esa cumbre es una nueva meta más perfecta de realización de la vida). Uno puede ponerse en situación de querer ascender más y más.


3. El atractivo y el peligro de las cumbres

Nuevas cumbres irán apareciendo, nuevas metas interiores, nuevas elevaciones reflejadas en el lago de nuestra alma. La vida se va haciendo más transparente, el aire que se respira es más puro, y el mundo se ve de colores más bellos. Nos vamos alejando del llano de la mediocridad. Y seguimos hacia arriba. Dichoso el que sube, porque va a llegar a descubrir desde las cumbres una llamada y un rostro: que cuando se le intuye, ya no desea uno más que llegar hasta El. Y esa atracción hará olvidar el cansancio.

Pero hay que tener en cuenta que cuanto más se sube, más peligros puede uno encontrar: cuando se sube mucho las cuestas pueden parecer más empinadas. Puede uno sentir el soroche de la altura, dificultades para respirar. Y la tentación de quedarse a media subida: ya subí bastante, ya no puedo más. Y, ¡qué pena!, cuando ya se estaba por llegar a lo más alto, la subida finalmente queda frustrada. Y es que cuando se decide subir, no hay que poner ningún límite a la ascensión. Porque hay el peligro de resbalar otra vez hacia abajo, se puede ceder a la tentación de retroceder al sitio donde parecía que no había complicaciones. Al sitio de la vulgaridad, donde la vida se gastaba en la monotonía.

Pero también hay que advertir que en la subida, a veces uno puede extraviar su propio camino. Cada cuesta, y cada cumbre hay que atacarlas desde el mejor lado. Uno entre tantas lomas y pequeños cerros, puede escoger el que no conduce a la verdadera subida; puede uno, con la prisa, meterse en un vericueto sin salida, o que termina en un precipicio. O donde hay derrumbes y avalanchas. Y por eso hace falta un guía que nos ayude, que nos oriente, que sea nuestro apoyo.


4. Buscando el guía

¿Dónde encontrar el guía? ¿Es necesario siempre, o a ratos? Desde luego que hay caminos tan conocidos, que se pueden recorrer sin dificultades y sin consultas, sin necesitar la mano de un conocedor. Pero todos sabemos que para las más altas cumbres y para las excursiones más peligrosas, es bueno   un experto en el camino de las montañas.

¿Cómo sabremos qué guía escoger? Hay que tener también algunos criterios sobre el guía. Sobre cómo debe ser éste.

Por supuesto que tiene que ser alguien que conoce el camino. Y lo conoce porque ha subido a su propia montaña. Nadie puede guiar en un camino complicado, sino el que conoce las dificultades, los recovecos y los riesgos. Y este conocimiento no lo puede adquirir el guía sino por la experiencia de la propia vida. No basta que el guía haya leído un mapa, o un manual para turistas extraviados.

Debe ser un modelo: si él cede a la fatiga, si siempre tiene ganas de descansar, si no me empuja con su propio ánimo y con su esfuerzo en la subida, no avanzaré mucho. Tiene que tener en su corazón muy clara la lectura de las cumbres, y conocer el sonido de la VOZ que se escucha en las alturas y haber visto el ROSTRO que se descubre, en este extraordinario camino de ascensión.

Un guía que sea amigo. Porque para caminar en una ascensión, que a veces se hace difícil, debemos tener al lado, alguien del que pueda fiarme totalmente, que sé que me dice siempre la verdad, y que no tiene interés más que en mi bien. Y si es necesario hará el esfuerzo de arrastrarme, cuando quiera quedarme rezagado: alguien a quien le importe mi éxito tanto como a mí mismo. Un amigo de verdad que no tolere mi mediocridad.

Un maestro de verdad. Alguien que sepa ayudarme a mí a descubrir mi propio camino: alguien que me ayude a hacer los descubrimientos de mi propio corazón, que me ayude a ver con claridad en mi propio  lago, para que me anime a escoger el camino de la subida. Alguien que conozca los engaños y las tentaciones. Alguien que me enseñe con su conducta. Alguien que me ponga al descubierto con bondad mis propios tropiezos. Que sepa darle importancia a lo que la tiene, y se la quite a lo que no la tiene. Eso es un maestro, un maestro apto para hacerte llegar cada día más alto. Y, porque es maestro de verdad, sabe que debe ayudarte a descubrir y a subir a tu propia cumbre, y no llevarte a la suya: porque cada individuo es irrepetible, y cada uno tiene destinada su propia montaña.

El guía debe ser consolador: que comparta tus frustraciones y tus éxitos. Que sepa animarte aún en las dificultades. Que sepa estar a tu lado mirando con serenidad y optimismo, y sepa ver a través de la espesa niebla de la altura, que hace que tantos se extravíen.

Que sea un consejero, más que un jefe. El guía no puede imponerte el camino como si fuera una marcha de soldados que van a paso ligero y caminan a la dura voz del jefe. Debe saber hacer que sus palabras persuadan por la fuerza de la verdad que encierran y por el calor con que las transmite. Debe estar muy cerca de la verdad, y haberla hecho vida de su propia vida. Sus palabras tienen que tener el sonido del cristal, ser auténticas, porque le salen del corazón; y él mismo las ha aprendido en la Fuente donde se bebe la Verdad.


5. ¿Pero existe ese guía?

Uno podría preguntarse si existe entre los seres humanos, alguien con estas características. Porque cada uno de estos rasgos es tan notable, que parece que ningún ser humano podrá tener estas cualidades. Y es verdad. Hay un solo Guía que tiene estas maravillosas cualidades y es el Espíritu que gime dentro de nosotros, y clama: Abba, Padre. Y hay que saber escuchar su voz. Pero hay algunas personas (y ésas sí existen) que pueden ayudarnos a escuchar con nitidez esa voz del Espíritu en nuestro interior: así el Guía es el Espíritu de Dios, y el hombre que te acompaña es sólo un intérprete, un acompañante de tu propia aventura.

Debe ayudarte a crecer en libertad, hacer que cada vez dependas menos de él, que te enseñe a interpretar por ti mismo la Voz que suena en tu interior. No se puede uno entregar a un guía que desarrolle en ti el espíritu de dependencia, sino el espíritu de libertad. Un verdadero padre, que hace crecer, hasta hacerse innecesario, y no un padre que necesite que su hijo sea siempre un menor desvalido.

Es posible entonces descubrir tu propia montaña, y tienes la posibilidad de subir a ella. El tesoro se encuentra allá arriba y vale la pena vender todo y hacer todos los esfuerzos para obtenerlo.


6. Dos montañistas extraviados

En el Evangelio nos encontramos a Jesús, como guía de la montaña. Dos casos son especialmente ilustrativos para la presente reflexión: la samaritana, una persona que se arrastraba en la vulgaridad. Jesús la ayuda a ver en su interior, su propio lago, y ahí descubre su primera cumbre: salir del entrampamiento de los cinco maridos, y reformar su vida. Porque Jesús le ha hecho mirar en su propio interior, ha sabido ver y escalar la primera altura.

El otro caso: los dos discípulos de Emaús; están claramente retrocediendo de la altura a que habían llegado, cuando Jesús vivía con ellos. Ahora se marchan, ya no quieren seguir en esa altura. Y Jesús se les acerca, les hace ver en su propio interior, en su propio lago, y ellos descubren que deben volver, y hacen el esfuerzo de recuperar la posición perdida, corriendo a toda prisa hacia Jerusalén. Han recuperado la altura perdida y han subido incluso un poco más.

Ambos, la samaritana y los dos de Emaús, tuvieron la gran suerte de escuchar la Voz de la altura y ver el Rostro del que nos llama.




Continuará...

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Vida - Parte 5: Las señales del camino

 


P. Adolfo Franco, jesuita

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LAS SEÑALES DEL CAMINO.

 

Ya que hemos descrito la vida como camino, y también hemos considerado sobre las elecciones y decisiones que hay que tomar para hacer este recorrido, porque a veces hay incertidumbres, podemos preguntarnos ¿hay señales en el camino para saber que no nos desviamos, que vamos por el camino que nos conduce a nuestra meta?

Hay un cuento infantil en que un niño que entra por un bosque, y no sabe cómo volverá, y quiere después tener segura la retirada hasta su casa, va dejando por el bosque piedrecitas blancas. Cuando quiera regresar, le bastará seguir el camino de las piedrecitas blancas. ¿Hay esas piedrecitas que nos indican que no estamos perdidos en el camino, y que seguimos la ruta acertada? La respuesta es sí, sí hay señales, para poder conocer si el camino es el correcto. Falta saber reconocer esas señales e interpretarlas bien.

Es necesario afirmar que en nuestra vida hay señales que nos indican si estamos en el camino correcto. Hay posibilidad de descubrir esas señales e interpretarlas rectamente. Ya se han ido dando algunas “señales” para la orientación, al hablar de criterios para el cambio, ver el mundo cómo es y la vida como un camino (o sea en los capítulos vida-2, vida-3 y vida-4). Ahora intentaremos dar un mapa más completo de lectura, para conocer si el camino es correcto o no.

 

1  Nuestros estados de ánimo.

Y lo vamos a hacer examinando nuestros estados de ánimo, que si son bien leídos nos dicen muchas cosas sobre nuestra vida y sobre nuestros aciertos y equivocaciones; esos estados de nuestra alma tienen señales bastante completas para que sigamos el camino correcto. Los estados de tristeza y alegría, de temor y de audacia, de melancolía, de temor, de aburrimiento, de exaltación. La variedad de los estados de ánimo es muy grande. Y siempre en ellos hay un mensaje. Y en muchos de ellos un mensaje espiritual de aprobación o desaprobación. Es verdad que no siempre es fácil leer correctamente en la conciencia (que es el lugar donde ocurren los estados de ánimo). Intentemos, pues, adentrarnos en nuestros estados de ánimo y en su interpretación.

Para empezar algunos distinguen entre los estados de ánimo y los estados del espíritu. Los primeros son situaciones naturales que ocurren por diversas causas naturales. Y los segundos, los estados del espíritu son situaciones interiores causadas por el Espíritu Santo que habita en nosotros. Pero la distinción en la práctica no es siempre fácil: podemos confundir a veces una euforia con una consolación espiritual y no son lo mismo. Lo primero puede estar provocado por un éxito, por el despertar de la primavera, por diversas causas naturales; lo segundo deriva de la acción del Espíritu que nos hace sentir el “gusto” de Dios, y también produce un estado interior de satisfacción.

Resumiendo: hay que distinguir entre unos y otros, porque básicamente podemos decir que en los estados del espíritu, sí encontraremos las señales de que hablábamos, y en los estados de ánimo no siempre hay señales. Aunque algunas veces también se puede encontrar algún indicio.

Los estados de ánimo los pueden producir:  causas físicas, psíquicas, ambientales. Todo un conjunto de causas naturales que influyen en nosotros para producir: alegría, tristeza, exaltación, depresión, aburrimiento, satisfacción, desgana. Es notorio cómo algunos productos químicos (medicinas, drogas) causan estados de ánimo de delirio, o de melancolía o de risa. Y ahí no hay que leer la acción de Dios que nos guía, más bien hay que leer la causa que los ha producido. También hay circunstancias sociales, como un éxito, un desprecio sufrido, una injusticia padecida, una promoción en el trabajo. Estas son causas diferentes a las causas químicas, pero también son naturales y también crean estados de ánimo. Tampoco se puede decir que Dios esté produciendo esos estados interiores. Esos estados son simplemente el producto de una causa enteramente natural. Pero volvamos a insistir en que no siempre es fácil detectar si contienen o no contienen señales para el camino. Porque algunas veces también en los estados de ánimo producidos por causas naturales puede haber algunas señales de Dios.

 

2  Los estados del espíritu

Por eso hay que centrarse en los estados del espíritu y dejar de lado los estados de ánimo en esta reflexión. Y para esta distinción y elección nos servirá el estudio de las causas de donde proviene mi estado interior. Aunque, como estoy diciendo desde el principio, no es todo tan simple. Hay algunas veces estados de melancolía cuya causa se nos escapa (¿vendrá de una causa natural, o de una causa sobrenatural?). Hay días que nos levantamos con el pie derecho, y otros días nos levantamos con el pie izquierdo. Un día de repente me encuentro triste y no sé por qué. Pero se puede en muchos casos profundizar, reflexionar y se termina encontrando una causa. Y para complicar más las cosas tenemos una sicología oscilante, con subidas y bajadas. En los maníaco-depresivos esto está muy marcado. Pero creo que se puede afirmar que todos tenemos oscilaciones: unas veces estamos arriba y otras veces estamos abajo. En unos la altura y la hondura de los estados anímicos es más pronunciada, en otros menos. En unos la frecuencia de los cambios es muy rápida y en otros más lenta.

Todo esto sirve para comprobar que es un asunto complejo, y no siempre fácil. Y por eso tenemos que decir que algunas veces hay que recurrir a alguien que conoce de estos asuntos, para distinguir entre estados de ánimo y estados espirituales. Y para saber encontrar la señal que se oculta en estos estados del espíritu.

Entonces una vez entendido que hay que separar los estados del espíritu de los estados de ánimo, empezamos ya a buscar qué señales encontramos en los estados del espíritu. Y esto supone afirmar una realidad fundamental: en el fondo de nuestro ser tenemos la fuerza de Dios, el Espíritu Santo operante en nosotros, vivo y activo. Y se hace notorio en lo que llamamos “la voz de la conciencia”. Esas reacciones espirituales, interiores, son la Voz de Alguien que nos habla en el corazón. Es Dios que nos guía, y nos dice si vamos bien encaminados o no.

Se pueden dar algunas pautas generales para entender los signos encerrados en los estados del espíritu. San Ignacio, en el libro de los Ejercicios Espirituales tiene unas reglas para lo que él llama “discernimiento de espíritus”, y que son una enseñanza para educarnos en distinguir las señales de Dios. San Juan de la Cruz en sus diversos libros también describe e interpreta diversos estados del espíritu.

En general podemos agruparlos en dos: los estados del espíritu gratos, y los estados molestos. O sea en los que sentimos ánimo y gusto, y los otros en que sentimos fastidio, tristeza, disgusto. Y en estos dos grupos se dan grados diversos, de lo mínimo a lo máximo, tanto en los positivos como en los negativos (aunque la palabra positivo y negativo se puede prestar en este asunto a confusiones[1]).

 

3  Interpretación de las consolaciones

Vayamos al grupo de las alegrías interiores: hay desde la paz serena, sin especiales emociones interiores, hasta el arrobamiento y la consolación llena de lágrimas. Y las hay que duran un poco de tiempo, y las que duran más tiempo. Y hay que saber distinguir entre el momento (generalmente breve) de un episodio de consolación a los momentos siguientes. ¿Está presente Dios en todos estos estados? No se puede afirmar sin más de antemano. Porque muchas veces hay engaños en estas situaciones. Ya dice San Ignacio que el “enemigo” se disfraza como ángel de la luz. Hay que hacer interpretación o discernimiento espiritual, para encontrar las señales que estamos buscando, para que esas situaciones nos impulsen hacia Dios.

De nuevo lo que sí podemos decir es que Dios nos guía, “conversa” con cada uno, de diversas maneras, para hacernos conocer sus planes y nuestros caminos; y que la forma de hacer Dios esta comunicación normalmente es mediante estos estados espirituales, en que sentimos su presencia. Pero a veces, el que está presente en estas situaciones es el “enemigo”. Es necesario estar entrenados en la interpretación de los estados espirituales, para distinguir un caso y otro. Y en general se puede decir que si la consecuencia de ese estado espiritual es bueno, nos conduce a mejorar la vida, a corregir defectos y a orar más al Señor, entonces podemos detectar que ahí ha habido presencia de Dios, y que la señal nos dirige al buen camino[2].

Naturalmente que hay que tener la costumbre de reflexionar sobre nosotros mismos; porque, si no, ocurrirán estados de nuestro espíritu que se nos pasarán sin darnos siquiera cuenta de que algo está ocurriendo en nuestro espíritu. Y no es que tengamos que estar todo el día pensando, y mirándonos para dentro, que al final terminaría convirtiéndose en un narcisismo espiritual. Hay que recuperar la capacidad de reflexión y silencio, como un ingrediente de una vida seriamente humana.

Esto es lo que se puede decir como cosa general de esos estados del espíritu que llamamos positivos. Y hay que añadir otra cosa que si ese estado de elevación espiritual, o de consolación ocurre de improviso, de repente, sin causa previa, cuando menos lo esperamos, entonces es sólo de Dios, pues sólo El es capaz de entrar a nuestro espíritu así tan de repente.

 

4. Interpretación de la desolación

Vayamos ahora al otro tipo de estados del espíritu: los que algunos impropiamente dirían negativos. Desolación, sequedad, tristeza, noche oscura. Hay muchos términos que definen estos estados y una gran variedad de modalidades. A veces es una avalancha de tentaciones, a veces unas tremendas dudas de fe, o arranques de desesperación. Hay desde los más grandes abismos, a los pequeños baches del camino.

¿Todos estos estados vienen del mal espíritu? Tampoco se puede decir esto. ¿Dios nos tienta? Desde luego que no se puede decir esto, porque la tentación hablando con propiedad es un empujoncito hacia el mal; y Dios no hará eso nunca. Pero esos estados no necesariamente son empujoncitos hacia el mal. Dios algunas veces nos quiere purificar interiormente en esos estados, o los provoca para hacernos caer en la cuenta de que estamos flojeando y cayendo en tibieza espiritual y por eso nos hace sentir la sequedad espiritual. Entonces en el estado de sequedad hay encerrada una señal de Dios. Pero puede darse otra situación: la de la tristeza espiritual, con la inclinación a abandonar nuestra práctica espiritual, es una señal (pero en este caso una mala señal).

Así que en estos estados negativos, o digamos mejor, poco agradables, puede haber buenas y malas señales. Pero al fin son señales que nos hacen conocer el camino que vamos llevando. Nos empujan en la dirección correcta, o nos advierten de una dirección equivocada. Y hay que volver a decir que su interpretación no es siempre fácil, y que hay que evitar interpretaciones precipitadas y demasiado simples.

 

5  Dios dialoga constantemente con nosotros

Dios está actuando desde nuestro interior, mediante esas experiencias, para que sigamos el camino que El nos marca. Tiene para cada uno de nosotros reservada una sorpresa, y tiene para cada uno de nosotros un proyecto; y El, que sabe el camino, nos lo está haciendo saber. Finalmente ésa es la aventura maravillosa de vivir: descubrir con Dios el propio camino, que tiene como meta a Dios mismo.



[1] Por ejemplo, una llamada desolación (estado que se definiría como negativo) puede algunas veces ser una manera como Dios interviene para hacernos crecer espiritualmente, y en ese caso esta desolación no sería un estado negativo.

[2] Puede ocurrir algo que nos parece una inspiración: acumular imprudentemente una cantidad grande de prácticas espirituales y de buenos propósitos, que a la larga (o a la corta) nos aburren y nos hacen dejar todo. La inspiración parecería de Dios, pero en realidad no era sino del mal espíritu.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco jesuita, por compartir con nosotros esta serie que busca ayudarnos a reflexionar sobre nuestras propias vidas, a la luz del mensaje cristiano.






Vida - Parte 4: Ver la vida como es, un viaje


P. Adolfo Franco, jesuita

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VER LA VIDA COMO ES, UN VIAJE

Intentábamos ver el mundo como es, en la reflexión anterior, para poder hacer una buena elección; para hacer decisiones correctas. Ahora vale la pena reflexionar sobre la misma vida que tenemos, intentar verla como es. Esto será también una buena ayuda para hacer elecciones correctas.


1. La vida como un viaje

Y puede ser útil ver la vida en su conjunto como un viaje. El viaje es buena comparación, pues la vida tiene muchos elementos de los que encontramos en un viaje. Así antes de analizar la vida misma, reflexionemos en los elementos de la vida que son como los de un viaje.

La vida tiene un punto de partida y un punto de llegada, lo mismo que un viaje tiene un punto de partida y otro de llegada. Y el recorrido del viaje: la ruta, las etapas, las paradas, etc están condicionadas por el punto de partida, y sobre todo por el punto de llegada. Si salgo de este punto en que estoy, tengo que seguir determinada ruta. Si yo parto de Huancayo, tengo que escoger un camino que salga de ahí. Evidente. No puedo pensar en la autopista a Ancón. Así mismo mi origen condiciona mi camino, mi vida. Lo que soy desde mi infancia, condiciona todo mi recorrido. El viaje de mi vida está condicionado por mi origen definitivamente; yo y mi camino tenemos una cierta identificación. Y contar con eso es fundamental, para establecer en forma realista mi camino.

En cuanto al punto de llegada, podríamos considerar este punto de llegada de dos formas, como el momento de la muerte, de la vida eterna, que hay que tener en cuenta al establecer el camino, eso por una parte; pero también podemos establecer como punto de llegada, lo que algunos llaman su ideal (a donde yo quiero llegar) o la superación a la que aspiro (que es prácticamente lo mismo). Y es claro que esa meta condiciona y orienta “mi viaje”. Aunque dicen que “todos los caminos llevan a Roma”, aquí no todos los caminos me llevan a mi ideal, no todos los caminos me llevan a mi meta. Así que normalmente consideraremos el punto de llegada, como la meta a que aspiramos llegar. Podríamos decirle también como “mi montaña”, la que está hecha para que yo la escale. 

Entonces ya hemos establecido el punto de partida y el punto de llegada en este viaje. Y vemos así que la vida tiene mucho de viaje. Aparte de eso la vida es un viaje, porque tiene etapas, cada una de las cuales me acerca al final. No hay una llegada instantánea, sino por etapas. Y no podemos prescindir de las etapas. Lo que si podemos es examinar si cada etapa tiene en cuenta la meta final, si no estoy retrocediendo en ese caminar hacia la meta. Para aterrizar un poco examinemos nuestra vida en el momento actual, ¿en qué etapa está? Así, por este hecho de tener etapas, también es acertado decir que la vida es un viaje.


2. En la vida hay etapas diversas

En la vida, como en todo viaje largo, hay etapas más agradables y otras menos agradables. Hay a veces, desvíos, bifurcaciones que nos pueden sacar del camino. Momentos de reposo, a veces de cansancio. Si el camino es largo podemos aburrirnos. A veces hay sol, a veces lluvia y frío, a veces el paisaje que recorremos es ameno, lleno de bosques, a veces es desierto como si fuera un paisaje lunar totalmente muerto. En esto también la vida se puede definir como viaje.

Pero normalmente en todo viaje hay una ilusión que nos hace avanzar. La meta de un viaje normalmente es un encuentro con alguien, o un recreo apetecible (cuando es un viaje de turismo o de vacaciones). La meta me alienta a caminar, y a superar las dificultades del viaje, y a no dejarme desviar de mi hoja de ruta. Y más ilusión tienen aún los buscadores de tesoros, que recorren cominos difíciles y peligrosos, para encontrar el tesoro. Y eso es caminar en la vida: buscar un tesoro.


3. Ser protagonistas de nuestra vida

En el viaje hay una decisión personal sobre el itinerario. No voy donde me llevan, sino donde quiero ir (o así debería ser). Y esto también es muy importante. Tomar la iniciativa de la propia vida. Si examinamos un grupo de turistas, podemos algunas veces sorprendernos, cómo se dejan llevar del guía. Los llevan, los traen, les dicen cuando caminar, qué sitios son los importantes, cuándo descansan y donde comen. Exagerando un poco la nota podemos decir que el turista grupal es instrumento pasivo en manos de los organizadores.

En la vida, somos cada uno los que debemos hacer la hoja de ruta, y los que debemos tomar las principales decisiones. Las decisiones de los momentos fundamentales. Claro que a veces podemos caminar con un grupo, y esto es sumamente útil. Caminar en compañía hace más grato el viaje. Pero es un grupo que me mantiene completamente activo, y no pasivo.

Hay por tanto muchas características de la vida que la convierten en viaje. Y habría más. Y a lo que vamos, es que esta perspectiva ayuda mucho para seguir respondiendo a las preguntas iniciales, las del primer capítulo ¿me gusta la vida que tengo? ¿cómo uso el tiempo del que dispongo? Para responder a eso vale la pena una comprensión justa de lo que es la vida propia. 


4. La vida como peregrinación

Pero cuando nos ilumina la fe, nos hace despertar a una visión increíble de la vida: ya mi vida no es un simple viaje, cualquier viaje, sino una peregrinación, porque mi meta es un “Santuario”: nada menos que el Corazón de Dios. Y eso da un sentido diferente a todo lo que vamos diciendo. Porque desde esa Meta-Santuario se produce una atracción que nos arrastra, que nos ilumina el camino, y que nos hace más urgente el caminar. ¡Qué maravillosa es entonces la vida, cuando se la percibe como peregrinar al Santuario, donde habita El, que es para mí Todo!

Así estamos encontrando elementos importantes para este examen y este discernimiento. Si tengo en cuenta mi punto de partida (el realismo con respecto a nosotros mismos, es una regla fundamental); y si tengo claro el punto de llegada, mi meta (si es que tengo alguna). Además, si mis etapas me acercan a la meta, y si supero las dificultades del viaje. Todo lo dicho hace poco es conveniente examinarlo, para conocer la vida que tengo, y lo que puedo llegar a ser.


5. El viaje de la gota de agua

Ahora veamos el viaje en sí. Y debo afirmar que la visión que me atrevo a dar, es esquemática y general: pero puede ayudar a que cada uno vea lo propio específico suyo a través de esos parámetros generales.

Y voy a valerme de una comparación, que puede ser ilustrativa: el viaje que hace una gotita de agua, para llegar al mar.
Imaginemos una gotita desprendida de la nieve de los Andes, donde nace el Marañón que desembocará como Amazonas, después de un largo recorrido, en el Océano Atlántico. Esa gotita desde la cumbre de los Andes tendrá que recorrer miles de kilómetros y muchos miles más de peripecias, hasta que llegue por fin al océano. Imaginemos que esa gotita tiene conciencia y que le han hablado del “mar”. Y se le ha llenado el corazón de ilusiones, y quiere llegar al “mar”. Ya se ha desprendido de la nieve de la que formaba parte, y emprende con ilusión un largo viaje.

La primera parte de la etapa es fácil, cuesta abajo, y además se le añaden otras gotas más y juntas forman un hilito de agua, en que las fuerzas de todas las gotitas que tienen el mismo deseo, se unen, para avanzar fácilmente. No hay dificultades, y la gotita puede llegar a creer que todo es así, y que no será difícil llegar al mar, solo queda esperar y seguir con el mismo impulso.

Esa gotita y el hilito, encuentran un sitio plano (no todo puede ser caída) y ahí se acumula un pequeño remanso. No se esperaban esa dificultad. Algunas gotitas se han cansado de caer, y se quedarán ahí formando ese insignificante charquito. Pero nuestra gota, después de la sorpresa y de una breve pausa, refresca su ilusión de llegar al mar, y se encarama por encima del borde de ese remanso, y escurriendo su pequeño cuerpo, pasa por encima y sigue resbalando y vuelve a estar en movimiento. ¡Pobres algunas de sus compañeras, con las que inició su viaje! ¡Se quedaron!

El viaje continúa, con algunas más que lograron pasar la barrera. Ahora algunas se acercan peligrosamente a la orilla, y las más perezosas se acercan demasiado a la tierra, se mezclan... ahora ya no son transparentes, son simplemente barro, y no seguirán su viaje. Nuestra amiguita deberá ser precavida, y no acercarse demasiado a la pereza, a la orilla. Y seguir. Esto lo hace porque su ilusión por el mar sigue siendo fuerte.

Viene la etapa de la cascada, hay que perder el miedo y el vértigo, cuando el desnivel es enorme y hay que saltar, para seguir la ruta. En otros momentos hay que salirse del remolino, para no estar dando vueltas en el mismo lugar, habrá que evitar los brazos del río, que no van más allá, “las cochas” que los ríos de la selva, hacen y que no tienen salida; y no siempre es fácil que nuestra gotita encuentre el camino correcto. O rectificar cuando sea necesario.

Pero han pasado dificultades y muchos kilómetros, y por fin el río se hace ancho, muy ancho, el cielo mira hacia abajo con una sonrisa: la gotita al fin ha llegado al “Mar”.

Esta es la historia de la gotita de agua, que es una parábola de nuestra vida. Nuestra vida tiene esas mismas etapas. Y ayuda mucho el saberlo, para que nuestra voluntad de ir al “mar”, Nuestro Santuario, no se debilite por las dificultades, ni se detenga, ni se extravíe.

Ahora ya estamos viendo que el asunto de las decisiones, se está refiriendo más a nuestra voluntad de ir adelante, a nuestra capacidad para superar cada una de las etapas. En parte es obra de nuestra voluntad, y en buena parte es la acción de la gracia, y además influyen la atracción y el magnetismo con que nos arrastra el sueño de encontrarnos con nuestro mar.


6. Como recorremos las etapas de la vida

Mirando en retrospectiva la vida que tenemos recorrida, podemos centrar nuestra mirada, en si las diversas etapas se van sumando sucesivamente haciendo un camino, dirigido a la misma meta. Quizá desde el principio es muy difícil tener clara la meta, y poco a poco el tiempo y la gracia nos la ha hecho descubrir. Porque esa meta (nuestro Santuario) se va dibujando progresivamente, primero esta muy poco delineado, y sus rasgos se van haciendo más claros con el tiempo. Pues en verdad esa meta (que es un Rostro) se va haciendo más nítida en nosotros, cada vez.

Y así las etapas pueden estar orientadas progresivamente hacia la misma meta. O puede darse que la vida se haya detenido, y que se resista a avanzar, porque le tenemos miedo al paso siguiente, o no tenemos la fuerza para salir de la quietud del remanso. Y entonces la meta no nos impulsa en la vida, es simplemente un sueño, una quimera. Tantas vidas que se quedan, porque se estancan, porque se convierten en barro, porque se evaporan, le tienen miedo al salto de la cascada, o no saben salir de los remolinos.

Pero es importante examinar si todos nuestros pasos son progresivos, como los escalones de una misma escalera. Porque a veces nuestras etapas son desordenadas: avanzo por un camino, después voy por otro, mis metas se confunden, cambian y termino por no saber a donde voy, y qué es lo que quiero. Imaginemos a uno que cada vez construye peldaños de escaleras diferentes, y nunca logrará ascender, no tendrá una meta a la que llegar. Muchos intentos, mucho despilfarro de fuerzas, muchas frustraciones. Elecciones equivocadas. 

Por supuesto no sabemos nunca cómo nos rescata Dios de nuestras propias equivocaciones. Porque todo esto no es un asunto tan lineal, y tan esquemático. Dios arregla incluso las escaleras de los que construyen variedad de escalones. Dios sale al encuentro de las gotitas perdidas en el camino. El puede arreglar las etapas de los que están desorientados. Eso es lo que Dios hace o puede hacer. Pero ahora estamos examinando la vida que tenemos, la que nosotros nos hacemos, las elecciones y decisiones que debemos tomar.

La ayuda de Dios es invalorable, y no podemos dejarla de lado, para que no parezca que nuestra salvación viene de nuestras correctas decisiones y de nuestro esfuerzo personal. Nuestras decisiones son importantes, pero no son todo, ni mucho menos. Y baste este paréntesis en esta reflexión sobre el ver la vida como es.


7. Descripción de las etapas que recorremos

Siguiendo adelante vale la pena hacer una breve descripción de las características que pueden tener las diversas etapas.

La etapa del principiante animoso. Llamamos así al que recibida una luz especial en un momento dado (quizá por un retiro) se pone en marcha a toda velocidad. Las características de esta etapa inicial, son de alegría, de prisa, de creer que todo está resuelto. Y el peligro es de correr, y de cargarse de exageraciones. Es como la espuma del champagne, que sale con fuerza, llena de alegría, pero que tiende a desvanecerse. Y al final de la etapa, porque este fervor inicial se termina, puede venir la decepción y ya no avanzar a la siguiente etapa.

La etapa del esfuerzo y el desierto. Después del primer impulso, cuando se decide continuar, viene esta etapa, que a lo mejor se repite en otros momentos también más adelante. Su característica es la pérdida de interés que tiene ahora la meta, que antes pareció tan atractiva. Y hay que luchar con el cansancio. Viene la tentación de pensar que lo anterior fue un sueño, y que es mejor no seguir por este camino, sino volver al estado anterior. Como los israelitas al salir de Egipto: cuando empiezan las dificultades quieren dejar de luchar y regresar a la esclavitud.

La etapa de la caída. Cuando claudico de mi propio ideal. Y me veo como imposibilitado de aspirar más alto “yo no sirvo para esta cosa”. La tentación es considerar la propia debilidad como algo definitivo, y no recurrir a una mano que me ayude a levantar. Refugiarse en la propia debilidad es la comodidad de no hacer ya más esfuerzos. Hacer las paces con la propia miseria.

La etapa de la rutina y de la costumbre. Se hace uno una vida espiritual, suficiente (nada exagerada), y ha sido una labor de años, y de muchos esfuerzos, caídas y levantadas. Pero ya sólo queda seguir así hasta el fin. Nada de novedades, nada de nuevos planteamientos, para ver si se pueden encontrar nuevas exigencias, y nuevos retos. Ya hice bastante. Es el estancamiento en la meseta, cuando con un pequeño esfuerzo más se podría llegar hasta la cumbre. Es la etapa de la que no se atreven a pasar los “suficientemente buenos”. Que nunca llegarán a más.

Y hay una etapa posible más, y es la aventura de explorar lo que hay más allá de esa pacífica y tranquila comodidad espiritual. Pero hay en esta etapa muchos peligros: no saber cuidar lo alcanzado, creer que es mérito propio estar en esta aventura nueva, compararse, no llevar las cosas hasta el final (el riesgo total de caer en la cascada, produce miedo); y finalmente llegar a pensar que ya todo está hecho. 

Lo importante de todas estas consideraciones es darse cuenta de que hay etapas, de hacer que cada una se suma a la anterior, para ir desarrollando un camino, y conocer las dificultades de cada etapa y como pasar a la siguiente. 






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Agradecemos al P. Adolfo Franco jesuita, por compartir con nosotros esta serie que busca ayudarnos a reflexionar sobre nuestras propias vidas, a la luz del mensaje cristiano.






Vida - Parte 3: Ver el mundo como es

 


P. Adolfo Franco, jesuita

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VER EL MUNDO COMO ES

La reflexión primera hacía muchas preguntas sobre si le sacamos el jugo a la vida, si empleamos adecuadamente el tiempo del que podemos disponer libremente. Eso con respecto al uso del tiempo. Intentamos un camino de solución analizando nuestro origen. Pero todo esto tiene otros muchos aspectos que considerar.


1. NUESTRA PERCEPCIÓN DEL MUNDO

Por ejemplo, la percepción que del mundo tenemos. Hay que destacar esto bien, que nuestra forma de ver el mundo, de entenderlo, de relacionarnos con él, influye bastante en nuestra conducta; tanto que podríamos afirmar que nuestra conducta globalmente, manifiesta cómo entendemos el mundo. La elección de nuestras ocupaciones, depende mucho de cómo entendemos lo placentero y lo negativo, lo útil y lo frívolo. En todo eso está encerrada una percepción global del mundo. Percibir el mundo, procurar entenderlo; eso es una ocupación importante, y nada fácil. Al hablar de mundo, no me refiero sólo y principalmente al planeta, sino a todo lo que no soy yo mismo: o sea paisaje, personas, objetos, distracciones, acontecimientos, etc.; o sea todo lo que no soy yo mismo. 

El problema está en cómo conocemos el mundo, y si lo conocemos bien, si cada una de las cosas, las personas, las situaciones las valoramos en su justo valor. Y aquí no tenemos más remedio que hacer una afirmación dolorosa: en nuestros juicios con respecto al mundo, nos equivocamos con frecuencia. Y por eso hay personas, tantas personas por sendas equivocadas.


2. POR QUÉ NOS EQUIVOCAMOS AL CONOCER EL MUNDO

¿Por qué hay tantas equivocaciones en la apreciación del mundo? ¿Es que Dios nos ha dado un instrumento de conocimiento malogrado? Apreciamos el mundo por medio de los sentidos, y éstos se equivocan muchísimas veces. Valdría la pena recordar las “ilusiones ópticas” que se nos manifestaban en nuestros primeros estudios de ciencias. Vemos torcida una varilla cuando está sumergida en un vaso de agua, y sin embargo no está torcida.

Vamos a tomar esa equivocación como un símbolo de todo nuestro conocimiento del mundo. Nos equivocamos y vemos torcido lo que está recto, y vemos recto lo que está torcido. Y las causas de todo esto son muchas: nuestros apetitos corporales, nuestros instintos influyen demasiado en nuestras apreciaciones y así vemos como bueno lo que es placentero, lo que satisface mi instinto tiendo a verlo como bueno. Nuestros instintos buscan la propia satisfacción, y en forma a veces exagerada. Y así considero bueno, lo que me gusta, y malo lo que me disgusta. Lo que satisface un instinto me atrae en forma, a veces, irresistible.

Y junto a los instintos se alían para hacernos cometer errores las pasiones: el orgullo, el odio, la venganza, la codicia, la sensualidad. Todas las pasiones que pueden anidar en el alma, pueden empujar nuestros conocimientos a la senda equivocada. Que las pasiones nos hacen cometer equivocaciones es demasiado evidente y frecuente. Un sujeto para mí antipático, siempre tenderé a juzgarlo mal, y a no valorar nada de él, aunque haga cosas buenas, yo le buscaré la mala intención, o cualquier otro defecto. Y eso porque mi juicio está deformado por la pasión. Es como nos pasa cuando sufrimos de miopía, que el mundo lo vemos desenfocado.

Pero hay algo peor que le ocurre a todo el ser humano, que pretende buscar su camino en el mundo, y con el mundo, y es que está cargado con algo que podríamos llamar “un defecto de origen”, o sea el pecado original. Eso produce unas inclinaciones desviadas: una ceguera al ver, y una sordera al oír. Nuestro ser en sí mismo, por nuestro pecado original, es propenso a no entender adecuadamente la realidad, y por eso ocurre tantas veces que vemos lo bueno como malo y lo malo como bueno. 

Y como nuestro conocimiento del mundo no se puede liberar de lo que somos cada uno, en limitaciones sensoriales, de inteligencia, en instintos y en pasiones, terminamos con un conocimiento imperfecto o equivocado del mundo, y esto nos lleva inevitablemente a tomar decisiones equivocadas.


3. SE PUEDEN CORREGIR ESOS ERRORES

Es necesario subrayar esta sospecha sobre nuestros conocimientos y sobre nuestros criterios. Estábamos hablando (en el primer capítulo) de criterios para el uso adecuado de la vida. ¿En qué consiste la felicidad? ¿Qué es una vida realizada y fecunda? ¿Cómo medir la calidad de vida? Y para apuntar a esto disponemos de instrumentos tan pobres. ¿Estaremos resignados a no podernos guiar en el mundo que nos rodea? ¿Cómo corregir esa equivocación en el conocimiento del mundo?

Dios acude directamente algunas veces para que apreciemos el mundo en su verdadera dimensión.  En un momento dado, y sin previo aviso, parece que vemos el mundo de un modo nuevo; esto nos llega con una nueva Luz. Como si se disiparan las nieblas de repente por un momento o por mayor tiempo. Y todo se ve con una nitidez como nunca antes, como si las cosas y el mundo estuvieran completamente de estreno. Todo nítido y diáfano. Ocurre algunas veces, y entonces se valoran las cosas de otra manera, y al mismo tiempo uno ve que debe desmontar muchos criterios que tenía, y muchas certezas. Simplemente porque hacían referencia a un mundo que no era. Ahora al ver de esta forma más real, uno percibe que hay que modificar mucho. Y tiene que aceptarlo. Ya no se ve el mundo con las diversas deformaciones de que hablaba arriba. Con esa nueva luz, ya no son apetecibles cosas que antes nos parecían imprescindibles, y también nos resultan gustosas, cosas que antes nos fastidiaban, o simplemente que no nos importaban. Toda nuestra valoración del mundo ha cambiado. Tenemos la impresión de que antes de esa experiencia hemos estado viendo el mismo mundo, pero al revés.


4. OTRAS AYUDAS ORDINARIAS

Pero así es fácil rectificar nuestras equivocaciones, porque literalmente vemos el error. Pero ¿y cuándo no ocurre esa experiencia? ¿Hay forma de rectificar? Sí, tenemos auxilios que vienen en nuestra ayuda, con tal de que los tomemos en serio. 

Hay frecuentemente alguno o algunos indicios que nos advierten: ¡estás mirando el mundo al revés! Hay en nuestro interior una voz que nos da la alerta. Si hay una equivocación seria, algo dentro de nosotros se rebela. Claro que si no hacemos caso, esa voz terminará callando, porque ¿para qué hablar si no se nos escucha? Pero existe la voz de alerta, y ahí ya tenemos algo que nos ayuda en la corrección de nuestros juicios sobre lo real y lo bueno. 


5. EL EVANGELIO DESAFIA NUESTRO SENTIDO COMUN Y LO CORRIGE

Pero hay algo más claro que todo esto. Dios mismo viene en nuestra ayuda por la Revelación. Nos cuesta mucho entenderlo, porque sus afirmaciones parecen contradecir nuestro sentido común; y entonces nos ponemos a dudar. Si el sentido común es una guía recta que nos da Dios al nacer, ¿cómo vamos a aceptar orientaciones reveladas, que contradicen (así parece) el sentido común? Y este es uno de los problemas más serios de la fe. El que la revelación nos dé enseñanzas que parecen desafiar nuestro sentido común. Además, cuando intentamos llevar a la práctica esas enseñanzas, todo nuestro ser se rebela, contra algo que nos parece profundamente antinatural. 

Por ejemplo, si alguien me pide que le acompañe media hora, y en esa media hora me hace sentir mal, porque se manifiesta como un perfecto egoísta, uno procura desaparecer y no encontrarse con ese personaje otra vez. Eso es de sentido común. Eso es normal, y procede del juicio de una persona equilibrada, que sabe situarse en el mundo, el mundo de las relaciones. Pero en el Evangelio encuentro esa frase: “al que te pide que lo acompañes mil pasos, ve con él dos mil”. Y esto nos desconcierta, como si la enseñanza fuera absurda. Y, si alguna vez encontramos que alguien actúa así, lo calificamos de fanático, o de loco, o de infantil.

Es evidente que hay un choque entre nuestra forma de ver el mundo (con nuestro equilibrado sentido común) y la forma de ver el mundo que nos plantea el Evangelio. El día en que no sintamos la paradoja y la contradicción al leer el Evangelio, se podrá dudar si lo que estamos leyendo es el Evangelio. 

Pero no debe extrañarnos tanto ese contraste entre la enseñanza de Dios y nuestro sentido común, ya que vimos desde el principio que nuestros instrumentos de conocimiento estás seriamente averiados.

Entonces, lo que dice el Evangelio, y que contrasta con nuestras ideas, debería ser aceptado como una corrección a nuestra “miopía” natural. Y no es fácil aceptarlo así. Pero hay que ver dos cosas más que refuerzan esto.


6. EJEMPLO DE PERSONAS QUE HAN ACERTADO EN FORMA EXTRAÑA

Ha habido personas que se han tomado en serio “los absurdos” del Evangelio, y se han convertido en personas de una gran transparencia, de una paz inalterable, cuyo rostro refleja bondad, plenitud. Personas que han logrado lo que todos quisiéramos llegar a ser. O sea que parece que el Evangelio, llevado a la práctica con realismo, funciona. No produce locos de atar, sino personas luminosas y realizadas profundamente.

Por otro lado, a veces nos ocurre una experiencia espiritual, muy especial: como entrar en la dimensión sobrenatural. Y resulta que desde ahí se ven las cosas exactamente como las ve el Evangelio: se ve el desprendimiento, como la mayor riqueza. Las cosas superficiales parecen aburridas. La paz es accesible, aunque nos tiren todos los dardos. El descanso en la Providencia se descubre, como la mejor planificación. Y todo eso se llega a ver con una nitidez, que no deja la menor duda, de que ése es el camino. Que ésa es la verdadera interpretación del mundo.

Ambas comprobaciones: las experiencias “especiales” y las vidas “arriesgadas” de que hablaba hace un momento, pueden ayudar a optar por la paradoja, en contra de ese sentido común, que es una ayuda en nuestra vida ordinaria, pero sobre el que vale la pena sembrar a veces, algunas dudas. Una vida llevada sólo por el sentido común termina siendo una vida mediocre. Hay que hacer algunas rupturas (guiados por los “nuevos” criterios) para que la vida valga la pena y salga del montón.

Pero lo que más nos acerca a movernos bien, dentro del mundo real, es Jesús mismo, que se ha definido como “camino, verdad y vida”. Conocerlo y seguirlo, es ir hacia el buen camino. Pero esto habrá que desarrollarlo más despacio, porque al fin es lo fundamental en todo este discurso. El se convierte, al fin, en la razón fundamental y en el motivo principal de nuestro discernimiento y de nuestras decisiones.


Continuará...

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Agradecemos al P. Adolfo Franco jesuita, por compartir con nosotros esta serie que busca ayudarnos a reflexionar sobre nuestras propias vidas, a la luz del mensaje cristiano.






Vida - Parte 2: Criterios para el cambio


 

P. Adolfo Franco, jesuita

Continuación...

CRITERIOS PARA EL CAMBIO

Si asumimos esas preguntas que hicimos en la reflexión pasada, tenemos que resolver algunos puntos previamente para poder darles una respuesta adecuada. No debemos simplificar la respuesta diciendo que nuestro tiempo está bien empleado, si nos proporciona la mejor calidad de vida. Porque ahí está el asunto ¿cómo se calibra la calidad de vida? ¿Qué tipo de vida proporciona al ser humano su mayor calidad? Básicamente significa ¿en qué consiste la felicidad del hombre? O esta otra ¿cómo uno puede llegar a sentirse realizado plenamente?

Y si queremos que el examen sea objetivo, tenemos que encontrar referencias, valores, criterios que nos ayuden al examen; algún modelo posible con el que comparar nuestra vida. En este asunto nos perdemos muchas veces porque subjetivamente nos desorientamos, y confundimos pasarla bien con felicidad. Si en un momento dado me encuentro eufórico, puedo pensar que esa euforia es lo mejor, y que lo que conduce a ella es lo mejor que puedo elegir.

Hay mucha confusión con respecto a este asunto de la felicidad, del bienestar, del gozar. Hay momentos de placer que después producen tristeza, y vacío. Y todos hemos tenido experiencia de esto. Algunas veces hemos tenido la experiencia de que después del aturdimiento de una ruidosa fiesta, en que hemos estado brillando de exultación, nos ha sucedido un vacío. Un contraste que podíamos comparar a lo que sucede en el local mismo de la fiesta: la sala (o el jardín) durante la fiesta, estaba lleno de flores y de luces, todo eran colores; pero, cuando ésta termina y se van todos, ese mismo lugar aparece desarreglado, mustio, con todo el desorden llenando de tristeza el espacio. Ese contraste puede ilustrar lo que a veces nos pasa en el espíritu.

Pero, como la fiesta es un momento de elevación a las nubes, quisiéramos prolongarlo, y quisiéramos que la vida fuera una sucesión de fiestas tras fiestas. 

Todo esto simplemente está dicho para confirmar que hay mucha confusión en un asunto tan importante, como es definir la calidad de vida. Y nos hacen falta los criterios para juzgar si lo que vivimos es lo mejor, o si podríamos hacer algunos cambios en el uso de todo o parte de nuestro tiempo.

Creo que la mejor forma de empezar el planteamiento en forma correcta es preguntarnos ¿estoy en el mundo con algún propósito? ¿existo para algo? Quizá pensando en nuestro origen y en nuestro final (los dos puntos terminales de nuestra existencia terrestre) podamos orientarnos en la búsqueda del sentido de la vida que vivimos entre esos dos puntos. Si consideramos nuestra vida presente como un camino entre un punto de partida (nuestro nacimiento), y un punto de llegada (nuestra muerte, y el paso al más allá), esto nos servirá para evaluar la vida que estamos teniendo. Así pues, propongo partir de ahí, del hecho de que venimos de Dios y volvemos a El después de hacer el recorrido de nuestra existencia, cuya calidad estamos examinando. Venir de Dios significa haber sido creados por El, haber sido pensados por El. Cierto haber sido pensados por El, entonces con seguridad sólo El tiene las respuestas correctas a nuestras preguntas. ¿Será verdad que hemos venido al mundo por voluntad de Dios, con un propósito? Porque entonces la calidad de vida se definiría como la realización de la tarea para la cual existimos.

Esto nos sirve para empezar a desarrollar una teoría sobre la felicidad del ser humano, sobre el correcto uso del tiempo y de la vida. De lo que es beneficio y de cómo obtener el mejor costo-beneficio.

Si yo parto del hecho de ser criatura de Dios, y de que he sido criado con una finalidad, estoy determinando mi vida por mis dos límites: el origen y el fin. Así que partiendo del origen debo reconocer en mí la huella de Dios, del cual vengo, y de dirigirme a El, que es mi fin. Y todo lo que me aparte de eso me frustrará, no me hará feliz. Olvidarme de mi origen y desconocer el fin, es desconocer la ruta, estar desorientado y perderse en el camino.

Todavía esto no nos responde totalmente a la pregunta sobre la calidad de vida. Pero nos da, al menos el marco general, en que deben encontrarse las respuestas adecuadas. ¿Qué vida tiene calidad? ¿Qué es calidad de vida? ¿Cómo se encuentra la felicidad?

¿Podremos afirmar con lo dicho que el que se aparta de Dios se aparta de su propia felicidad? ¿Renunciar a Dios es renunciar a uno mismo? ¿Tan identificados están nuestro destino y el querer de Dios? Son preguntas que mejor es meditarlas que darles una respuesta simple.

¿Está la clave de la vida en la búsqueda de la voluntad de Dios? ¿Y qué se quiere decir al hablar de “voluntad de Dios”? Esto es sumamente importante; y de hecho sería el eje de toda la cuestión. Por otra parte, hay que decir que encontrar la voluntad de Dios no es complicado. No hace falta ser un zahorí especializado, o un buscador de tesoros; no es necesario tener un radar de última generación, ni ser guiados por adivinos que echando las cartas y sumando las figuras, nos diagnostican el asunto. Si la voluntad de Dios es el eje de la vida, mal haría Dios en jugarnos esta mala pasada de que fuera difícil y complicado encontrarla. 

Pero vayamos al término “voluntad de Dios”, o sea el querer de Dios. La voluntad de Dios es el amor con que Dios me ama: eso queremos decir al hablar de voluntad de Dios. No se trata de un mandamiento dado por un ser voluntarista, ante el cual no queda más que someterse. La cosa no es así. Se trata del Padre, clarividente (es lo menos que podemos decir de Dios), que nos ama y nos quiere enseñar la mejor ruta para nosotros. ¿Quién quiere más nuestra felicidad, Dios o nosotros mismos? No pasemos rápidamente por este cuestionamiento: hay que hacer una pausa ante él, mirar detenidamente este asunto, y ver si tenemos la decisión de responder a esto, con las consecuencias que esa respuesta tiene, si es que somos lógicos. 

Y no hay derecho a pensar que Dios tiene una voluntad sobre mi vida porque le gusta ser el amo, que se impone sobre esclavos. No se puede entender nada sobre Dios, y sobre nada de esto, si pensamos así. Más bien se trata de un Padre en su relación de amor con sus hijos. La voluntad de Dios es el acto más grande del amor tierno de Dios para con nosotros. Esto también hay que subrayarlo: la voluntad de Dios es el amor con que Dios nos ama. Es un acto de su corazón, más que una decisión de su voluntad (si es que podemos usar este lenguaje humano, para hablar de Dios).

Así estamos llegando a esta conclusión: buscar mi felicidad es buscar la voluntad de Dios y si la voluntad de Dios es su amor, diremos finalmente que buscar la felicidad es dejarse querer por Dios. ¿Hemos llegado a esta conclusión correctamente? No creo que haga falta recorrer otra vez el proceso que hemos seguido para afirmar esto. Y si esto es así, empezamos a salir de la confusión de que hablaba al principio de confundir placer con felicidad, y ya vamos teniendo algún criterio para responder al asunto de calidad de vida, y al uso del tiempo. Aunque este criterio sea todavía un tanto general y habrá que hacer más análisis.

Pero no hemos resuelto aún el otro asunto importante de ¿cómo dejarse amar por Dios? Y es lo mismo que buscar la voluntad de Dios. Decía hace poco que no debe ser difícil, que está a nuestro alcance llegar a ella. ¿Pero cómo? ya de hecho buscar la voluntad de Dios es dejarse amar por El. Dejarse amar por El ¡ahí está todo! Buscarlo es eso. Y eso nos da la clave para el uso del tiempo, o la parte del tiempo de que podemos disponer con libertad.

Buscar y buscar. Esto es ya tener una actitud de vida importante. No dejar que las cosas pasen, sino tomar el timón de la propia existencia, para dirigirla en una particular dirección. Decidirse a buscar. Una actitud de vida que ya prácticamente resuelve el problema, porque Dios se deja encontrar del que lo busca de verdad. Se podría afirmar que buscarlo ya es encontrarlo.

Pero de todas formas buscar supone disponerse a hacer un recorrido. Un recorrido de toda la vida. Y quisiéramos tener alguna indicación inicial para hacer este camino. Pero es necesario repetir que en esto buscar ya es empezar a encontrar. Y en cuanto hemos empezado el recorrido ya nos damos cuenta de que nuestra vida empieza a adquirir sentido: sé que tengo una tarea, la tarea más fundamental. Y además empiezo a tener la seguridad absoluta de que saldré con éxito de esta empresa. Es necesario volver a subrayar que la vida que vivimos tiene un origen y debe llegar a una meta. Hay que evitar todo lo que nos aparte de esa meta.

¿Pero hay una guía en este camino? Para un cristiano la respuesta es: “sí hay un camino”. Yo soy el camino, deja todo, ven y sígueme. Además, encontramos en el evangelio las propuestas sobre la felicidad que llamamos las bienaventuranzas. Pero querría que no desmenuzáramos en detalles esta visión general de la búsqueda. Entrar en particularidades podría tener el peligro de que convirtiéramos en reglamentos la vida cristiana. Y tantas veces se ha hecho esto, con tanto daño para la vida cristiana. Hay que volver al punto inicial de que lo que estamos haciendo en el fondo es desarmarnos, y dejarnos simplemente amar por Dios. Hay que saber dar el paso, no siempre fácil, de decidirnos a que esto sea lo importante y que guíe todo lo demás. 

Por otra parte estamos llegando a un punto imprevisto. Empezaba esta reflexión buscando criterios para saber escoger la ocupación del tiempo libre del que disponemos, y nos encontramos frente a la necesidad de dar una respuesta total a nuestra vida. No solamente unos criterios de valor para saber ocupar mejor el tiempo, sino buscar el imán de nuestra vida, el centro de gravedad que nos arrastra de forma irresistible. No hay una respuesta parcial, la respuesta es total: Buscar a Dios en todas las cosas, es la única forma de darle a nuestra vida el verdadero sentido. Y por otra parte esa es la tarea fundamental de la vida. 

No es fácil dar el paso de aceptar a Dios en su totalidad. Pero si nos atrevemos a cruzar la frontera de nuestro temor, y darlo todo, encontramos el panorama hermoso de la vida. Pues encontramos el mundo y las cosas en su más pura simplicidad. La vista del mundo en su pureza original, lo que está detrás de todo ese cúmulo de complicaciones que hemos sembrado en el mundo, desde que Dios lo dejó en nuestras manos. Podemos volver a ver “el paraíso”, o sea las cosas en su verdadera esencia. Y especialmente al hombre mismo en su desnudo valor; sin poses, ni afectaciones: ver que el hombre es libertad, pureza y amor, sin complejos ni poses, ni importancias, ni títulos, sino sólo eso “hombre” que es decir hijo, reflejo, semejanza.


Continuará...

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