144. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús cura a un ciego de nacimiento: El milagro

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


V. JESÚS EN JERUSALÉN

(Fines de Septiembre - comienzos de Octubre, año 29)

JESÚS CURA A UN CIEGO DE NACIMIENTO

144.- EL MILAGRO

TEXTO

Juan 9,1-12

Vio, al pasar, a un ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: "Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". Res­pondió Jesús: "Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tengo que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."

Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y puso el barro so­bre los ojos del ciego, y le dijo: "Vete, lávate en la piscina de Siloé" (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó, y volvió ya viendo.

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: "¿No es éste el que se sentaba para mendigar?" "Es él", decían unos "No" decían otros, "sino que es uno que se le parece." Pero él decía: "Soy el mismo". Le dijeron entonces: "¿Como, pues, se te han abierto los ojos?" El respon­dió: "Ese hombre, que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: 'Vete a Siloé y lávate'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le dijeron: "¿dón­de está ése?" El respondió: "No lo sé."

INTRODUCCIÓN

La Fiesta de los Tabernáculos había terminado. Jesús permanece todavía en Jerusalén algunos días. En una oportunidad, caminando con sus discí­pulos, probablemente en dirección al Templo, se encuentra con un ciego de nacimiento que estaba sentado pidiendo limosna. Y es también uno de los pocos casos en que el Señor no exige un acto de fe en su persona para realizar el milagro. Jesús debió sentir profunda compasión hacia aquel ciego, que nunca había visto la luz y que pasaba los días mendigando para poder subsistir. Se le acerca y obra el milagro. Este es uno de los milagros del Señor donde se manifiesta claramente el sentido transcendental que el Señor daba a sus obras de poder divino.

MEDITACIÓN

1) "Para que se manifiesten en él las obras de Dios."

La pregunta que le hacen los discípulos supone que ellos también partici­paban de la opinión general que los judíos tenían sobre las desgracias que sucedían a una persona. Esas desgracias se consideraban como castigo por los pecados propios que esa persona había cometido, o como castigo por los pecados de sus padres que recaía sobre los hijos.

El Señor, en su respuesta, niega esa opinión. Conocemos que tanto el pe­cado de nuestros primeros padres, como los pecados personales de cada uno, son causa de las muchas desgracias que aquejan a la humanidad; pero de ninguna manera quiere eso indicar que cualquier enfermedad, su­frimiento, desgracia personal, sea fruto de los pecados que esa persona haya podido cometer, y menos todavía que tenga como causa los pecados de sus padres.

Si algo nos enseña Cristo con su doctrina y con su ejemplo, y sobre todo con su Pasión y Muerte, es que el dolor y el sufrimiento no suponen un castigo que Dios inflige a la persona por sus pecados, ni supone que Dios ha abandonado y no se preocupa ya de esa persona. Dios Padre permitió el tremendo sufrimiento de su Hijo, a quién amaba infinitamente, porque a través de ese sufrimiento iba a manifestar al mundo su amor a los hom­bres y les iba a traer la salvación y redención de sus pecados. Dios permi­te el sufrimiento en cualquier hijo suyo con el fin de purificarle más y más de sus apegos terrenales, para incrementar en él la fe y la confianza verda­dera, y para que pueda unir sus sufrimientos a los sufrimientos de Cristo en su Pasión, y así ser corredentor de los hombres. Como nos dice la Pala­bra de Dios, todo lo que el Señor permite que suceda a los que le amen, es para su bien. (Cfr. Rom 8,28)

En el caso concreto del ciego de nacimiento, el Señor pone otra motiva­ción especial. A través del milagro que Cristo va a realizar con él, devol­viéndole la vista, se pondrá de manifiesto la bondad y misericordia de Dios, y así Cristo hará que su Padre sea glorificado. Sentido transcendental en todos los milagros del Señor.

2) "Tengo que trabajar en las obras del que me ha enviado, mientras es de día"

El "día" se refiere a la vida de Jesús mientras está en este mundo. Jesús, por más adversas que sean las circunstancias en las que se encuentre, siempre tiene presente la misión que le ha dado el Padre, y, sin desánimo ni cobardía, empleará todo el tiempo de su vida, hasta que muera en la cruz, en cumplir con esa misión. Y esa misión era la de predicar la Palabra de Dios, mostrar la llegada del Reino Mesiánico en sus obras de infinita misericordia con los más pobres y enfermos, confirmar su misión de Mesías y de hijo de Dios por medio de sus milagros, y llevar a cabo la re­dención muriendo en la cruz. Toda la vida de Cristo centrada en la misión de su Padre. Ejemplo extraordinario de amor, sumisión y fidelidad al Padre.

3) "Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."

El último día de la Fiesta de los Tabernáculos, cuando todo el Templo res­plandecía con las grandes luminarias de los candelabros encendidos, había proclamado ante la multitud: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8, 12) Ahora vuelve a repetir el autotestimonio de que él es la luz del mundo; ahora, mientras está en este mundo, es la luz visible que todos pueden ver. Cuando muera, seguirá siendo la verdadera luz que ilumina a todo hombre de buena voluntad, pero ya su presencia no será visible como lo es ahora.

Ya explicamos el sentido profundo que tiene esta autorrevelación de Cristo como Luz del mundo al comentar el capítulo octavo de San Juan (Cfr. medit. 139). Sin Cristo, ciertamente, todo es oscuridad. En Cristo todos los misterios de Dios y del hombre quedan esclarecidos. (Cfr. Vatic. II, Gaudium et Spes, n. 22)

Y para confirmar la verdad de su testimonio, realizará la curación de un ciego de nacimiento. Esa curación es el símbolo más claro de Cristo, Luz del inundo. Sentido profundo de este milagro.

4) El milagro

En otros dos casos el Señor había utilizado también la saliva: para obrar el milagro de la curación de un sordomudo (Cfr. Mc 7,33) y el milagro de la curación de un ciego (Mc 8,23).

No conocemos el sentido de esta acción de Jesús: el no ha querido indi­carnos el porqué de esta acción de untar los ojos del ciego con barro formado con la tierra y su saliva. El hecho es que el ciego cumple con el mandato de Jesús de lavarse después en la piscina de Siloé, no lejana del Templo, y recobra prodigiosamente la vista. Milagro extraordinario que supera todo poder humano. Ha habido casos en que personas que han que­dado ciegas en el curso de su vida, por enfermedad o accidente, han reco­brado la vista, y más hoy día con los adelantos de las ciencias médicas. Pero nunca se ha producido, ni siquiera se ha intentado por considerarlo imposible, devolver la vista a un ciego de nacimiento.

Jesucristo pone en práctica lo que acababa de enseñar a sus discípulos, que mientras está en el mundo tiene que trabajar en las cosas de su Padre. Este milagro es obra que manifiesta la gloria del Padre.

Podemos estar ciertos de la inmensa alegría que sintió aquel ciego y el profundo agradecimiento que nacería en su corazón hacia su gran bienhe­chor. Estas actitudes llevaron después al ciego a la verdadera fe en el Se-flor como el verdadero Mesías, y confesaría esa fe, aunque fuese expulsa­do por los fariseos de la comunidad judía.

5) Vecinos y conocidos del ciego

Inmediatamente después de realizado el milagro, se nos narran las dudas que surgieron entre aquellos que conocían al ciego y estaban familiariza­dos con él. Era tan insólito el milagro, tan imposible de imaginar, que aquel hombre que llevaba ciego decenas de años, desde su nacimiento, hu­biese recobrado la vista en un instante, que algunos dudaron de si era él mismo o alguien que se pareciera a él. Pero esas dudas desaparecieron al afirmar el hasta entonces ciego, que sí, que era él mismo, el que antes an­daba ciego, pidiendo limosna. La gente reconoce el milagro, y queda tan asombrada que no puede menos de creer que ha tenido que haber una in­tervención de Dios y que se obrado por medio de "ese hombre que se lla­ma Jesús". Esa gente sencilla, que quizá no había participado en las ense­ñanzas de Jesús en el Templo y en sus controversias con los fariseos, cre­yó que debía comunicarse a los fariseos hecho tan prodigioso, hecho mila­groso y, por lo tanto, de contenido religioso.

La comunicación a los fariseos de este hecho será la ocasión para poner otra vez de manifiesto su obcecación tan obstinada, y para poner a prueba la fe del ciego. Lo consideraremos en la meditación siguiente.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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