32. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Sexto mandamiento




P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


B. SERMÓN DE LA MONTAÑA

32.- SEXTO MANDAMIENTO

TEXTOS

Mateo 5, 27-30

"Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no todo tu cuerpo vaya a la gehenna".

Mateo 18, 8-9

"Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo le­jos de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos ma­nos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo, que con los dos ojos ser arrojado en la gehenna del fuego".

Marcos 9, 43-47

"Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apa­ga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna".


INTRODUCCIÓN

Así como anteriormente el Señor se ha referido al quinto mandamiento, ahora se refiere al sexto mandamiento y, con motivo de la guarda perfecta de este precepto, nos da lecciones muy importantes sobre la necesidad de huir de las ocasiones de pecado.

Los otros dos textos que citamos de Mateo y Marcos, no hacen especial referencia al precepto de la castidad; están en otro contexto, pero se refie­ren también, de manera general, a la obligación que todos tenemos de huir de cualquier ocasión de pecado; por eso los hemos incluido aquí, porque la doctrina es la misma.


MEDITACIÓN

1) "El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón"

Como ya hemos indicado en las meditaciones precedentes, en el Antiguo Testamento, sobre todo según la interpretación de los fariseos, se daba im­portancia casi exclusivamente a los pecados externos de obra. Esta actitud se daba también con respecto a la castidad, al sexto mandamiento. Se con­sideraban pecados la fornicación, el adulterio y otros pecados de obra.

En la Ley Nueva, Jesucristo nos enseña la completa pureza del corazón. Con una sola mirada deshonesta, con un solo mal deseo, con una mera complacencia impura, se infringe ya la Ley, se comete ya pecado. Y el pe­cado interno es de la misma especie que el pecado externo. Por eso, el Se­ñor dirá que "quien mira a una mujer deseándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón".

La pureza que exige Cristo, no es la pureza legal de la que tanto se pre­ocupaban los fariseos, sino la pureza interna de todos los sentimientos y deseos del corazón. El corazón del hombre queda manchado por el peca­do, no sólo cuando comete una mala obra, sino también cuando con sus miradas, deseos, complacencias, interiormente ya vive el pecado.

Las palabras del Señor se refieren a la mirada morbosa, pecaminosa dirigi­da a cualquier mujer, sea casada o no casada.

2) Huir de las tentaciones

El Señor añade a continuación una exhortación muy enérgica sobre la ne­cesidad de huir de las ocasiones de pecar. Como hemos dicho en la intro­ducción, esta doctrina del Señor vale para toda clase de pecados, pero en el contexto del Sermón del Monte se refiere de manera especial a los peca­dos contra la castidad.

En la moral cristiana es una obligación grave no ponerse en tentación próxima de pecado. Las expresiones que usa el Señor para poner de mani­fiesto esta obligación son figuras retóricas, pero que añaden una fuerza extraordinaria a lo que se quiere expresar, y que además, una vez escucha­das o leídas, no se olvidan fácilmente.

Claro está que estas expresiones no hay que entenderlas en sentido literal. Nadie tiene que arrancarse una mano, o un pie, o un ojo. No solamente en esta ocasión, sino en otras partes del Evangelio, encontramos parecidas fi­guras retóricas que pretenden inculcar una verdad, una enseñanza, me­diante comparaciones o ejemplos exagerados que todos entienden fácil­mente su sentido verdadero, sin que tengan que aplicarse en sentido literal. Por ejemplo, cuando el Señor indica que algunos se hicieron eunucos a sí mismos por el Reino de Dios. Todos entienden que lo que el Señor signifi­caba no era la castración física, sino el voto de castidad en el seguimiento a su Persona y por la entrega al apostolado. Lo mismo cuando el Señor dice que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios. Sólo nos indica lo difícil que es, pero no la imposibilidad; pues a continuación dirá que todo es posible para Dios.

La figura retórica de nuestro pasaje está tomada del ejemplo real de la vida, donde a veces hay que sacrificar un miembro del cuerpo para salvar la vida, para bien de todo el cuerpo, de la persona. Lo que el Señor quiere inculcarnos es que el pecado es algo tan dañino para el hombre y que le pone en peligro de condenación, que debe estar dispuesto a sacrificarlo todo con tal de evitar el pecado, y muy especialmente evitar la tentación de caer. Con tal de evitar el pecado que lleva a la condenación eterna, el hom­bre debería estar dispuesto a perderlo todo, incluso la vida. Lo que real­mente interesa, lo que realmente es transcendental en la vida de cada hom­bre, es entrar en la Vida, entrar en el Reino de Dios, como nos dice Cristo.

La razón de dar estas enseñanzas el Señor en el contexto de la guarda de la virtud de la castidad, es sin duda, la gran debilidad humana y las mu­chas tentaciones que el hombre padece en esta virtud. Y él sabe la facili­dad con que el hombre, no sólo no huye de esas tentaciones sino que con toda facilidad las busca y se pone en peligro muy próximo de pecar.

Finalmente, indicaremos algo que suelen considerar muchos autores. Aun­que el Señor habla aquí solamente del hombre, sin embargo, sabemos que su doctrina se refiere siempre a todos, hombres y mujeres. También la mu­jer peca igual que el hombre con miradas deshonestas, deseos morbosos, y ellas suelen también ponerse en la tentación de caer en los pecados sexuales. E implícitamente habría que decir que el Señor estaría también aquí condenando a la mujer que con su manera de vestir, su compor­tamien­to, sus gestos, su manera de actuar, conscien­temen­te se hace tentación para el hombre y parece que buscase ser objeto de deseo sexual por parte del hombre. Aquí se acomodarían las frases que tiene el Señor en otros pasajes sobre el pecado de escándalo, es decir, sobre aquellos que son causa de que otros pequen por su culpa. Los meditaremos más adelante.





Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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