24. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Banquete en casa de Mateo "He venido a llamar a los pecadores"


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


A.- HASTA LA ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES


24.- BANQUETE EN CASA DE MATEO "HE VENIDO A LLAMAR A LOS PECADORES"


TEXTOS

Mateo 9, 10-13

Estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicarlos y peca­dores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo, los fariseos decían a los discípulos: "¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?". Mas él al oírlo dijo: "No necesitan médico los sanos, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a peca­dores".

Marcos 2, 15-17

Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se encontraban a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas del partido de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, decían a los discípulos: "¿Qué? ¿Es que come y bebe con los publicanos y pecadores?". Al oírlo Jesús, les dice: "No necesitan médico los sanos, sino los que están mal; no he venido a lla­mar a justos, sino a pecadores".

Lucas 5, 29-32

Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus es­cribas murmuraban y decían a los discípulos: "¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?". Les respondió Jesús: "No necesitan médico los sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a jus­tos, sino a pecadores".


INTRODUCCIÓN

Mateo, en prueba de su gran alegría y de su agradecimiento al Señor, le invi­ta a su casa para celebrar un banquete. Es natural que Mateo invitase a ami­gos suyos para compartir con ellos su alegría, y quizá también con el deseo de que conociesen a Jesús, el nuevo gran Maestro que había surgido en Galilea. Podría ser motivo de conversión para otros publicanos. Los Evange­listas nos dicen que estaban sentados junto con Jesús y sus discípulos "publicanos y pecadores". Entendemos fácilmente la presencia de publicanos; pero ¿a quienes se refieren los evangelistas cuando nos hablan de otros pecadores? La interpretación ordinaria suele ser que podría tratarse de gente conocida por su vida alejada de la práctica religiosa, por su vida in­moral, o simplemente de gente ignorante en cuestiones religiosas.

Jesús acepta la invitación de Mateo y no tiene reparo en compartir una comi­da con publicanos y pecadores. Los fariseos se escandalizan y critican la ac­titud del Señor.


MEDITACIÓN

1) Actitud de Mateo.

Demuestra que es consciente del gran don que acaba de recibir del Señor Experimenta, no solo la alegría de la conversión, sino también la alegría de haber sido llamado por el Señor, para seguirle.

Y esa gran alegría va acompañada con el deseo de manifestar su agradeci­miento al Señor. Y esta es la razón del banquete que le ofrece en su casa. Quiere celebrar su cambio radical de vida, y quiere hacer manifiesto ese Cambio a sus amigos; aquellos, que participando de su profesión, habrían sido también colaboradores en sus pecados de codicias y de injusticias. Su ejem­plo, quizá, animaría a otros publicanos a cambiar ellos también de vida. Es el primer apostolado que ejerce Mateo, y con él, está reparando el mal ejemplo de su vida anterior. Muestra además una decisión muy firme en su conver­sión y no teme las burlas que algunos compañeros puedan hacer de él.

La actitud de Mateo es ejemplo para todo pecador que se convierta, cambie de vida radicalmente, y sienta la necesidad de reparar ante los demás el mal ejemplo que ha dado, quizá, durante muchos años.

2) Actitud de los fariseos.

Se da una reacción agresiva de los fariseos y maestros de la ley, al ver que el Señor acepta la invitación y acude con sus discípulos al banquete ofrecido por Mateo. Ellos se consideraban "los puros", que no se podían mezclar con los pecadores, y a los que despreciaban y humillaban en toda oportunidad.

Conocemos cuál era el gran pecado de los fariseos y escribas: la soberbia y la hipocresía. Habían puesto la santidad en el cumplimiento ritual de una se­rie de normas, muchas de ellas inventadas por ellos mismos, pero descuida­ban las virtudes fundamentales de la justicia, de la caridad, de la misericor­dia. Son las acusaciones que el Señor hará contra ellos (Cfr. cap. 23 de San Mateo). No reconocían sus pecados, se tenían por justos delante de Dios. Además, buscaban siempre y en todas partes la alabanza y la gloria humana, y exigían los primeros puestos y toda clase de muestras externas de respeto hacia ellos.

Por esto, no nos puede extrañar su reacción de una crítica despectiva hacia el Señor, que mostraba una actitud totalmente opuesta a la suya. Cristo se encontraba a gusto entre los pecadores; no había puesto ningún reparo en compartir el banquete con aquellos, publicanos y pecadores. Según los fari­seos, Cristo era un pecador más digno de todo desprecio.

3) Actitud de Jesús.

La respuesta de Jesús a los fariseos y escribas son de las palabras más con­soladoras de todo el Evangelio. Son palabras santas, fundamento de toda nuestra esperanza y garantía de nuestro perdón.

A través de todo el Evangelio, Jesús mostrará un amor muy preferencial por los pecadores. Cristo, por supuesto, odiará el pecado, y porque lo odia al pecado se transforma en el amor sin límites al pecador. En el Antiguo Testamento ya nos repite frecuentemente que Dios no quiere la muerte del peca­dor, sino que se convierta y viva. Y en el Nuevo Testamento, esta voluntad del padre se manifiesta en el Hijo con una profundidad tal que tendrá toda su expresión en su Pasión y en su muerte. Su amor de misericordia es infinito, y uno de los pecadores más graves que puede cometer el hombre es dudar del perdón del Señor, si se arrepiente con sinceridad.

Una muestra admirable de esta confianza plena en la misericordia del Señor nos la da San Claudio de la Colombiere, apóstol del Sagrado Corazón de Je­sús, que en uno de sus retiros espirituales escribía: "¡Señor! He aquí un alma que está en el mundo para ejercicio de tu admirable misericordia, para que resplandezca a vista de cielos y tierra. Glorifiquen otros demostran­do con su fidelidad y su constancia cuál es la fuerza de tu gracia. En cuanto a mí, te glorificaré dando a conocer cuán bueno eres con los pecadores, cómo tu mi­sericordia está por encima de toda malicia tal que nada es capaz de agotarla. En vano tu enemigo y mío me atiende cada día nuevos lazos. El conseguirá que lo pierda todo, pero no la esperanza que tengo en tu misericordia. Aun­que cayese cien veces más, aunque mis pecados fuesen cien veces más ho­rribles de lo que son, continuaría siempre esperando en ti"

Nos queda por explicar la frase "no vine a llamar a los justos". Podría pare­cer una frase sin sentido. Hay que entender la frase dirigida a los fariseos que se tenían por justos, pero que no eran. El Señor no vino a llamar a esos "justos", no porque su misericordia estuviese cerrada para ellos, sino porque ellos mismos por su soberbia y autosuficiencia, y por haber perdido el sentido del pecado y no sentir remordimiento, no podían arrepentirse y tener un en­cuentro con el Señor Misericordioso.

Tenemos que decir además que todos los hombres somos por naturaleza pecadores. "Si decimos que no tenemos, pecado, nos seducimos y nos engaña­mos a nosotros mismos, y la verdad no habita en nosotros". (1 Jn 1,8)

Y a los que podemos llamar justos, como son la Santísima Virgen María y los untos, ellos son justos no por sus méritos, sino porque el Señor los ha buscado y los ha llenado de toda clase de gracias y de beneficios. Y los santos, y mucho más todavía la Santísima Virgen, viven en la profundísima humildad de saber que todo lo que tienen es pura gracia y don del Señor, que les ha amado con un amor de predilección y les ha buscado para darles esa justificación y santidad.

Debemos fomentar la experiencia de sentirnos buscados por Cristo. Cristo no cesa en su busca de los pecadores, y cada uno de nosotros siente su car­ne pecadora y todas las miserias que hay en su vida. No defraudemos a este Cristo que diariamente nos busca. Vivamos en esa confianza plena de la mi­sericordia del Señor, pero que esa confianza nos lleve a la conservación, arrepentimiento, y al amor más profundo del Señor.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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