205. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Siete maldiciones sobre los escribas y fariseos. El castigo de la condenación


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

205.- SIETE MALDICIONES SOBRE LOS ESCRIBAS Y FARISEOS. EL CASTIGO DE LA CONDENACION

TEXTOS

Mateo 23,13-36

"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hom­bres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijo de conde­nación, el doble más que vosotros!
¡Ay de vosotros!, guías ciegos, que decís: 'si uno jura por el Santuario, eso no es nada; mas si jura por el oro del Santuario, queda obligado' ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro, o el Santuario que hace sagrado el oro? Y también: 'si uno jura por el altar, eso no es nada; más si jura por la ofrenda que está sobre él, queda obligado' ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda, o el altar que hace sagrada la ofren­da? Quien jura, pues, por el altar, jura por él y por todo lo que está sobre él. Quien jura por el Santuario jura por él y por Aquél que lo habita. Y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y por Aquél que está sentado en él.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: La justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había de practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña e intemperan­cia! ¡Fariseo ciego, limpia primero por dentro la copa, para que también por fuera quede limpia!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que sois semejantes a se­pulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro es­tán llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también voso­tros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis los sepul­cros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘si nosotros hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas’! Con lo cual atesti­guáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!"
"¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna? Por eso, mirad: os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el Santuario y el altar. Yo os aseguro: todo esto recaerá sobre esta generación."

Lucas 11,37-54

En acabando de hablar, un fariseo le rogó que fuera a comer con él; en­trando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado vien­do que había omitido las abluciones antes de comer. Pero el Señor les dijo:
"¡Bien! Vosotros los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad. ¡Insensatos! El que hizo el exterior, ¿no hizo el interior? Dad más bien en limosna lo que te­néis, y así todas las cosas serán puras para vosotros. Pero, ¡ay de voso­tros, los fariseos, que pagáis el dinero de la menta, de la ruda y de toda legumbre, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar, aunque sin omitir aquello.
¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinago­gas y que se os salude en las plazas!
¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros blanqueados que no se ven, so­bre los que andan los hombres sin saberlo!"
Uno de los legistas le respondió: "Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros" Pero él dijo:
¡Ay de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas insopor­tables, pero vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres, porque ellos los mataron y vosotros edificáis. Por eso dijo la Sabiduría de Dios: les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mun­do, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación.
¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que querían entrar se lo habéis negado."
Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle im­placablemente y hacerle hablar muchas cosas buscando, con insidias, ca­zar alguna palabra de su boca.

INTRODUCCIÓN

Mateo, después de la exhortación que hace el Señor a sus discípulos so­bre la humildad, continúa transmitiéndonos las famosas siete maldicio­nes o anatemas que el Señor pronunció contra los escribas y fariseos. Lucas pone estas imprecaciones del Señor en otro contexto: El Señor es invitado a casa de un fariseo que se escandaliza de que su invitado no se haya lavado las manos antes de ponerse a la mesa. El Señor toma oca­sión de este escándalo hipócrita para desenmascarar sus hipocresías y sus vicios.

Pero el contenido de las imprecaciones en Lucas y Mateo es muy pareci­do. Algunas de las acusaciones que trae Lucas en este discurso las hemos considerado en la meditación anterior. Las demás acusaciones las encon­tramos también en Mateo. En la meditación seguiremos el texto de Mateo.

Debemos interpretar las palabras del Señor no sólo como una recrimina­ción muy dura a sus adversarios, sino también como un último llamado que les hace a la conversión. Y todas estas acusaciones que Jesús pro­nuncia deben ser motivo de reflexión para todos los hombres. La hipo­cresía es pecado muy común; todos nos inclinamos a aparentar por fuera lo que no somos por dentro. No temas el juicio de los hombres, sino sólo el de Dios que nos juzgará por lo que haya en nuestro interior.


MEDITACIÓN

1) Las siete maldiciones contra los escribas y fariseos

Cada una de estas maldiciones nos descubre aspectos diversos de la hi­pocresía y maldad de los escribas y fariseos.

a) Uno de los mayores pecados que cometían era el de impedir al pueblo judío que aceptase al enviado del Padre, al Mesías, y, por tanto, le impedía entrar en el Reino de Dios que Cristo había venido a instaurar. No se con­tentaban con rechazar ellos a Cristo, sino que, por medio de calumnias al mismo Cristo y de amenazas al pueblo, hacían todo lo posible para que la gente no siguiese al Señor.

Y el pecado en ellos era especialmente grave, ya que eran los guías espi­rituales del pueblo; y, en vez de facilitarle la entrada en el Reino de Dios, le impedían entrar en él.

Se trata de un gravísimo pecado de escándalo, que el Señor condena con tanta energía; al que comete escándalo "más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar" (Mt 18,6).

b) Es conocido que los fariseos y escribas procuraban atraer a paganos a la religión judía; en las comunidades de la diáspora judía, en muchas ciudades del Imperio Romano, encontramos siempre a estos fariseos y escribas dirigiendo esas comunidades y procurando hacer prosélitos en­tre los gentiles. El Señor les acusa no por su afán proselitista, sino por­que, una vez convertido el pagano a la religión judía, no se preocupaban de llevarle por el camino de una recta moral; se contentaban con gloriar­se de haber hecho un nuevo prosélito. Parece que muchos de estos prosélitos seguían con sus costumbres paganas en su conducta moral, y añadían a sus propios vicios los pecados de soberbia y desprecio a los demás que habían aprendido de los fariseos, y su hipocresía.

c) El Señor a continuación condena la manera como interpretaban los es­cribas y fariseos el precepto de no hacer juramentos, y qué juramentos obligaban y cuáles no. Con toda facilidad dispensaban de promesas y vo­tos hechos con juramento, y es probable que por estas dispensas recibie­sen alguna remuneración económica. Es un caso más del legalismo de los fariseos y escribas, que, olvidando o prescindiendo del espíritu de la Ley, interpretaban sus preceptos con multitud de distinciones y de nor­mas, con frecuencia favorables a ellos, que desvirtuaban su verdadero contenido moral.

El precepto de no jurar, salvo por motivos muy especiales, y con la obli­gación de cumplir el juramento que se ha hecho, radica en la dignidad de Dios y el respeto que debemos a su Nombre. Y lo que el Señor nos ense­ña es que, no solamente cuando se nombra explícitamente a Dios, sino siempre que se jure por algo que tenga alguna relación con Dios, el jura­mento obliga igualmente. Las distinciones que hacían los fariseos y es­cribas no tenían ningún fundamento. Era no captar la transcendencia de Dios y su presencia en las criaturas.

El Señor había expuesto anteriormente en el Sermón del Monte su doc­trina sobre los juramentos y aconsejaba a sus discípulos evitar, a poder ser, los juramentos, y contentarse con la mera aserción o negación en to­das las relaciones humanas. (Cfr. Med.34)

La cuarta acusación que hace el Señor pone especialmente de mani­fiesto una de las mayores hipocresías de los fariseos y escribas. La Ley de Moisés contenía la obligación de pagar los diezmos de los bienes ma­teriales que se poseían, tanto en ganado como en frutos del campo. Ellos habían extendido esta ley hasta los frutos más mínimos; así pretendían mostrarse ante el pueblo como celosos cumplidores de la Ley. Pero lo contradictorio y absurdo de su conducta es que, mostrando esa preocupa­ción excesiva en el cumplimiento de cosas mínimas y sin gran transcendencia, olvidaban los grandes preceptos de la Ley de Dios, que el Señor resume en la justicia, la misericordia y la fe.

Se entienden aquí por justicia, misericordia y fe, los preceptos que regu­lan las relaciones humanas. Los profetas del Antiguo Testamento siem­pre habían echado en cara a los jefes del pueblo judío sus graves peca­dos, las muchas injusticias que cometían contra los más pobres y desvali­dos, la gran falta de misericordia y obras de caridad para con los necesi­tados, la falta de fidelidad en cumplir sus promesas y obligaciones con­traídas. Los fariseos no respetaban la justicia, eran inmisericordes con el pueblo y sólo se preocupaban de sus propios y egoístas intereses.

Y para que de una manera gráfica se entienda mejor el comportamiento tan hipócrita de los escribas y fariseos, pone el ejemplo absurdo de aquel que se preocupa de no tragarse un mosquito, pero es capaz de tragarse un camello. Los fariseos y escribas tienen escrúpulos en quebrantar normas pequeñas, que ni siquiera están en la Ley, y, sin embargo, con toda facili­dad quebrantan los más graves e importantes mandamientos. El Señor no condena que se cumpla con esas normas, con pagar incluso el diezmo de los frutos más insignificantes; si se hace con buen espíritu y como verda­dero acto de culto a Dios, Creador y dador de todos los bienes, es una obra elogiable. Lo que recrimina el Señor es la hipocresía con que se pone celo en observar esas menudencias mientras es pisoteada la obser­vancia de los grandes mandamientos.

d) El Señor contrapone, en la quinta acusación que hace a los fariseos y escribas, la pureza interior del corazón a las abluciones de pureza legal externa, a que ellos daban tanta importancia. El Señor descubre el cora­zón de sus adversarios y les dice con toda claridad que es un corazón im­puro "lleno de rapiña y de intemperancia." Por "rapiña" hay que enten­der la gran avaricia y codicia de bienes materiales que ellos mostraban, y por "intemperancia" todos los sentimientos de soberbia, de prepotencia, de desprecio que manifestaban con respecto al pueblo.

Lo más importante no es la apariencia externa de limpieza, sino la verda­dera limpieza del corazón. Y la pureza de corazón significa pureza de in­tención, estar siempre movido por el amor a Dios y al prójimo, mante­ner una actitud de sincera humildad y sumisión a la voluntad de Dios.

¿A qué se refiere el Señor cuando dice: "Limpia primero por dentro la copa, para que también por fuera quede limpia."? El Señor no quiere sino repetir la lección que dio a sus discípulos cuando les habló de la limpieza del corazón. Del corazón salen las malas obras; primero nacen en el corazón como deseos, intenciones; y después esos deseos e inten­ciones son los que se ponen por obra. "De dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos tes­timonios, injurias. Eso es lo que hace impuro al hombre." (Mt 15, 19) Por el contrario, de un corazón puro se manifestarán al exterior obras buenas. Las obras externas del hombre sólo pueden ser limpias y buenas si nacen de un corazón puro. El exterior del hombre será puro si su inte­rior es puro.

e) El Señor repite la misma acusación de la falta de pureza interior en el corazón de los fariseos y escribas; pero ahora lo hace tomando la imagen de los sepulcros blanqueados. Los judíos tenían la costumbre de revestir las sepulturas con pintura blanca y adornarlas. Así se hacían visibles a to­dos, para que no pisasen sobre ellas, pues contraían al pisarlas una impure­za legal. Y las sepulturas así blanqueadas se hacían agradables a los ojos.

Y esta es la dura acusación que hace el Señor: Esos sepulcros por fuera parecían algo hermoso y bonito; pero por dentro no eran más que un conjunto de huesos mezclados con toda clase de podredumbre. Por dentro, todo era repulsivo y putrefacción. Así eran los fariseos y es­cribas en el interior de su corazón, aunque por fuera parecieran hombres espirituales y observantes de la Ley. Por dentro estaban llenos de corrup­ción moral. Las palabras del Señor enfatizan, pues, la acusación anterior.

Los fariseos cometían el gravísimo error de dar importancia a lo que la gente podía pensar de ellos, sin preocuparse de lo que Dios, que ve el interior del hombre, juzgase de sus verdaderas intenciones y actitudes y de sus obras de pecado.

f) La séptima acusación es una acusación profética. El Señor les recuer­da lo que con tanta frecuencia sucedió en la historia del pueblo de Israel: El hecho de la persecución y muerte de los verdaderos profetas que les enviaba Dios. Y ellos, ahora, los de la presente generación, les levantan monumentos sepulcrales. Parece como si comprendiesen el pecado que habían cometido sus antepasados y quisieran reparar su pecado. Pero el Señor les dice que es también hipocresía lo que están haciendo; que ellos son hijos de aquellos que mataron a los profetas y que están dispuestos a obrar del mismo modo. El Señor se refiere a su maquinación para darle muerte a él. Su pecado va a ser mucho más grave, pues van a matar al mismo Hijo de Dios: éste será el pecado que supere todos los pecados de sus antepasados, el pecado más grande que se pueda cometer, será el col­mo de la maldad de los hombres. Ellos colmarán la medida de la maldad de sus padres.

Las palabras de Cristo son, pues, una profecía de su muerte a manos de los judíos, instigados por sus jefes. Pero este pecado colmará también la capacidad de la paciencia de Dios, y vendrá sobre ellos el castigo impla­cable de la condenación. De este castigo es del que habla el Señor a con­tinuación.

2) El castigo de la condenación

Los calificativos con que amenaza Jesús a los escribas y fariseos indican su perversa astucia y maldad. Juan Bautista había usado estas mismas palabras cuando en el Jordán se le acercaron los escribas y fariseos. (Cfr. Mt 3,7)

Su espíritu de odio, persecución y asesinato a los enviados de Dios no terminará con la muerte de Cristo; después de cometer el crimen más ho­rrendo de toda la historia de la humanidad, de crucificar al Hijo de Dios, seguirán persiguiendo y matando a los enviados por Cristo a propagar su Reino en toda la tierra. A esto se refieren las palabras de Cristo: "Les en­viaré apóstoles, profetas, y a algunos los perseguirán y matarán" (Lc), "Os voy a enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mata­réis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad" (Mt). La historia de la Iglesia es testigo del cumplimiento de esta nueva profecía del Señor, pues fueron los ju­díos de Jerusalén y los judíos de la diáspora, esparcidos por todo el Imperio, los primeros que persiguieron a los apóstoles y discípulos de Cristo.

El crimen de la muerte de los enviados de Dios había sido una conducta constante de la nación judía a través de toda su historia. Y la generación actual llegará a crucificar al Hijo de Dios, al Mesías prometido desde las primeras páginas de la Escritura. El Señor considera, pues, como una unidad moral a todo el pueblo judío y le hace responsable de todos los crímenes que ha cometido contra los profetas, sacerdotes y demás justos, "desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías."

Puede interpretarse que la mención de la sangre de Abel quiere indicar que los judíos imitarán la conducta de Caín en su odio a Cristo y en darle muerte. La muerte de Zacarías sacerdote, distinto del Zacarías profeta, es el último crimen narrado en el último libro de la biblia hebrea (2 Re 24,20-22).

"Todo esto recaerá sobre esta generación." La presente generación, re­presentada en sus jefes, colma ya la medida de sus crímenes con la muer­te de Cristo; sobre ella recaerá el castigo de Dios. El castigo será la des­trucción de Jerusalén y su Templo y la desaparición del pueblo judío como nación.

"¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?" A los escribas y fariseos les amenaza con la condenación eterna. La "Gehenna" era el nombre de un valle de Jerusalén, considerado maldito, porque que en él se había dado culto a dioses falsos y se había cometido el horrendo cri­men de sacrificar niños. Pasó a ser el símbolo del lugar maldito a donde iban los condenados, símbolo del infierno. Destino trágico para los escri­bas y fariseos y para todos aquellos que se oponen y luchan contra Cristo.

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Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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