202. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La resurrección de los muertos


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


IX. JESÚS SUBE A JERUSALÉN PARA LA FIESTA DE LA PASCUA

DESDE LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN HASTA LA ÚLTIMA CENA 

(Fines de Marzo - Primeros de Abril, año 30)


JESÚS ENTRA EN EL TEMPLO DE JERUSALÉN

202.- LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS

TEXTOS

Mateo 22,23-33

Aquel día se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resu­rrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriese sin tener hijos, su hermano se casará con la viuda, para dar descendencia a su hermano. Ahora bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó y murió; y, no teniendo descendencia, dejó su mujer a su herma­no. Sucedió lo mismo con el segundo, y con el tercero, hasta los siete. Después de todo murió la mujer. En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque todos la tuvieron."
Les respondió Jesús: "Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo. Y en cuanto a la resu­rrección de los muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuan­do os dice: 'Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?' No es un Dios de muertos, sino de vivos."
Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina.

Marcos 12,18-27

Se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el her­mano de alguno y deja la mujer y no deja hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: el primero tomó mujer, pero murió sin dejar descendencia; también el se­gundo la tomó y murió sin dejar descendencia; y el tercero lo mismo. Ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos, murió tam­bién la mujer. En la resurrección, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Pues los siete la tuvieron por mujer."
Jesús les contestó: "¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de en­tre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿No habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: `Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?' No es un Dios de muertos, sino de vivos. Andáis muy equivocados."

Lucas 20,27-40

Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay re­surrección, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si mue­re el hermano de alguno que estaba casado y no tenía hijos, que su herma­no tome a la mujer para dar 'descendencia a su hermano. Eran siete hermanos: habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Pues los siete la tuvieron por mujer."
Jesús les dijo: "los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en el otro mundo y en la resu­rrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado tam­bién Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor 'el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob'. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven."
Algunos de los escribas le dijeron: "Maestro, has hablado bien." Y ya no se atrevían a preguntarle nada.


INTRODUCCIÓN

Esta vez son los saduceos los que, probablemente instigados también por los fariseos, se presentan ante el Señor para interrogarle.

Y es clara la intención que llevan: burlarse del Señor y dejarle en ridícu­lo delante de la gente que lo escuchaba.

Los saduceos venían a constituir la aristocracia dentro del pueblo judío. Pertenecían a la casta sacerdotal y habían tomado el nombre de "saduceos" del sumo sacerdote "Sadoc" que ejerció su oficio en los rei­nados de David y Salomón (Cfr. 2 Sam.8, 17; 15, 24). Se caracterizaban por su escepticismo religioso y por su vida de lujo y comodidades; eran muy ajenos a la vida del pueblo y estaban muy distanciados de él. Ellos no creían en la resurrección de los muertos, y por eso le proponen al Se­ñor el ejemplo de siete hermanos, que, por cumplir con la ley de levirato, sucesivamente se fueron casando con la misma mujer sin dejar ningún hijo. Si existiese la resurrección de los muertos se daría un grave con­flicto en la otra vida: ¿De cuál de los hermanos podría considerarse esa mujer una verdadera esposa, ya que había estado casada con los siete? El ejemplo mismo que ponen ya es ridículo; lo que pretendían era que el Señor, no pudiendo dar una respuesta satisfactoria a su pregunta, queda­se desprestigiado.

Según la ley del levirato (Cfr. Deut. 25,5-10), cuando varios hermanos vi­vían juntos y uno de ellos, casado, muere sin dejar hijos, otro de los her­manos debía tomar a la esposa del difunto para poder tener descendencia de ella y que la descendencia continuase el nombre de la familia, y poder así también conservar los bienes patrimoniales del hogar.

El Señor, con paciencia y serenidad suma, se digna responder a la pre­gunta malintencionada de los saduceos. Y serán ellos los que queden desprestigiados y confundidos ante todos los oyentes. Por el contrario, la gente, al oír la respuesta del Señor, "se maravillaba de su doctrina".


MEDITACIÓN

1) "Estáis en un error por no entender las Escrituras ni el poder de Dios."

Como dijimos, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos; pero los fariseos, y la gente sencilla que les seguía, tenían una idea equi­vocada respecto a cómo sería la vida después de la resurrección. Ellos creían que la vida de los hombres sería muy similar a la que tenían sobre la tierra, con sus necesidades y sus instintos; la diferencia estaba en que sería una vida feliz donde el hombre, sin enfermedad ni dolor alguno, pudiese satisfacer todos sus deseos.

El Señor afirma la resurrección y nos indica que esta verdad de fe estaba ya anunciada en las Escrituras. Una supervivencia del justo, como pre­mio a sus buenas obras durante su vida, la encontramos en muchos pasa­jes del Antiguo Testamento; pero la misma resurrección aparece clara en algunos textos.

"Revivirán tus muertos, sus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo, los moradores del polvo." (Is 26,19)


"Bien sé yo que mi Defensor está vivo, y que él, el último,
se levantará sobre la tierra.
Después con mi piel me cubrirá de nuevo, y con mi carne veré a Dios Yo, sí, yo mismo le veré, le mirarán mis ojos, no los de otro." (Job 19,25-27)

"Al llegar a su último suspiro dijo: 'Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros, que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna. " (2 Mac. 7,9)

Y podemos decir que los capítulos del 2 al 5 del libro de la Sabiduría son también una revelación anticipada, aunque algo velada, de la resurrec­ción de los justos.

Pero será el Señor el que, en su Evangelio, nos repetirá muchas veces la verdad de esta resurrección, centro de nuestra fe y esperanza cristiana, y que fue predicada, desde el comienzo de la actividad misionera de la Iglesia, por todos los apóstoles.

Y el Señor, a continuación de decirles que no comprendían las enseñan­zas de las Escrituras, les añade que tampoco comprenden el poder de Dios. Dios, infinito en su poder, Creador de cielos y tierra, tiene también el poder de resucitar a los muertos y con una resurrección de naturaleza muy distinta a como la concebían los fariseos. Los cuerpos resucitados ya no tendrán ningún género de necesidades materiales; serán transfor­mados a la manera de cuerpos espirituales, a imitación de los ángeles, y gozarán de la incorrupción y participarán de la misma gloria de Dios. San Pablo nos describirá la naturaleza de esta resurrección:


"Así también en la resurrección de los muertos:
se siembra corrupción, resucita incorrupción;
se siembra vileza, resucita gloria;
se siembra debilidad, resucita fortaleza;
se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual." (1 Cor 15,42-44)

Esta es la grandeza del poder de Dios capaz de resucitar a los muertos y transformar los cuerpos viles y miserables que tuvimos durante la vida, en cuerpos llenos de luz, de gloria, de inmortalidad.

En la otra vida, pues, no habrá matrimonios ni se sentirán las concupis­cencias de la carne. Seremos como ángeles de Dios, en continua alaban­za y adoración de la Santísima Trinidad, y en felicísima participación de toda la infinitud de la bondad y del amor de Dios.

Quien crea en Dios y en su poder infinito no podrá dudar jamás que su poder se extiende hasta el hecho de la resurrección de los muertos; y si El nos lo ha revelado, la santa y consoladora obligación del hombre será prestar su asentimiento a esta verdad de fe.

2) "Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos."

Los saduceos parece que no admitían como verdadera Escritura Santa sino el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia, lo que se lla­maba el Libro de la Ley. Por eso el Señor escoge un texto del libro de Éxodo para probar que los muertos resucitan.

El texto que utiliza el Señor se refiere a la definición que Dios da de sí mismo a Moisés cuando sale a su encuentro en el monte Horeb y se le aparece en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Dios dice a Moisés: "Así dirás a los hijos de Israel: Yahveh, el Dios de vuestros pa­dres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha en­viado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación." (Ex.3, 15)

El argumento es fácil de entender. Si los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob hubieran vuelto a la nada con su muerte, Dios no podría llamarse Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Dios no puede llamarse a sí mismo Dios de lo que no existe, Dios de la nada. Luego los Patriarcas siguen vi­viendo después de la muerte y están llamados a una vida plena de resu­rrección de sus cuerpos.

Podría decirse que las palabras del Señor probarían solamente la supervi­vencia del alma de los Patriarcas en el Sheol, a donde iban las almas de los justos después de la muerte. Esta era la creencia judía. Pero el Señor da a entender que la supervivencia del alma exige la resurrección de los cuerpos. Los judíos no concebían una vida auténtica y plena del hombre sin el cuerpo. Dios, que ha creado al hombre como ser compuesto de alma y cuerpo, y que es principio y origen de toda vida, infundirá de nue­vo en esos cuerpos muertos el soplo de vida y hará que resuciten para unirse al alma, y pueda así el hombre gozar de la plenitud de la vida que le corresponde. E implícitamente el Señor nos dice también que éste será el destino de todos los que mueran en su amistad, en su gracia.

Los saduceos y los que escuchaban las palabras del Señor entendieron el razonamiento. Algunos escribas que estaban escuchando alabaron su res­puesta; comprendieron perfectamente que era una confirmación de la creencia que ellos tenían, la creencia en la resurrección de los muertos.

La gente se maravillaba de su doctrina, nos dice Lucas. Los saduceos tu­vieron que retirarse confundidos y no se atrevieron a insistir en su pre­gunta o proponer otra nueva.

Con este episodio termina Jesús sus controversias con los escribas, fari­seos, herodianos y saduceos. Su sabiduría infinita había quedado mani­festada en sus respuestas; y por otra parte también manifestada la mala intención de los que le interrogaban y su gran ignorancia.

...


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.






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