Catequesis del Papa sobre la Oración: 6, «La oración de Jacob»



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 10 de junio de 2020

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestra catequesis sobre el tema de la oración. El libro del Génesis, a través de las vivencias de hombres y mujeres de épocas lejanas nos cuenta historias en las que podemos reflejar nuestra vida. En el ciclo de los patriarcas encontramos también la de un hombre que había hecho de la astucia su mejor cualidad: Jacob. El relato bíblico nos habla de la difícil relación que Jacob tenía con su hermano Esaú. Desde pequeños hay rivalidad entre ellos y nunca la superarán. Jacob es el segundo hijo —eran gemelos—, pero mediante  engaños consigue arrebatar a su padre Isaac la bendición y el don de la primogenitura  (cf. Génesis 25,19-34). Es solo el primero de una larga serie de ardides de los que este hombre sin escrúpulos es capaz. También el nombre de “Jacob” significa alguien que se mueve con astucia.

Obligado a huir lejos de su hermano, en su vida parece tener éxito en todo lo que emprende. Es hábil en los negocios: se enriquece mucho, convirtiéndose en propietario de un rebaño enorme. Con tenacidad y paciencia consigue casarse con la  hija más hermosa de Labán, de la que estaba realmente enamorado. Jacob —diríamos con lenguaje moderno— es un hombre que “se ha hecho a sí mismo”, con ingenio, astucia, es capaz de conquistar todo lo que desea. Pero le falta algo. Le falta la relación viva con sus raíces.

Y un día siente la llamada del hogar, de su antigua patria, donde todavía vivía Esaú, el hermano con el que siempre había mantenido una pésima relación. Jacob parte y lleva a cabo un largo viaje con una caravana numerosa de personas y animales, hasta que llega a la última etapa, al vado de Yabboq. Aquí el libro del Génesis nos ofrece una página memorable (cf. 32,23-33). Relata que el patriarca, después de haber hecho atravesar el río a toda su gente y a todo el ganado —que era mucho—, se queda solo en la orilla extranjera. Y piensa: ¿Qué lo espera para el mañana? ¿Qué actitud tomará su hermano Esaú, al que había robado la primogenitura? La mente de Jacob es un torbellino de pensamientos… Y, mientras oscurece, de repente un desconocido lo aferra y comienza a luchar con él. El Catecismo explica: «La tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia» (CIC, 2573).

Jacob luchó durante toda la noche, sin soltar nunca a su oponente. Al final es vencido, golpeado por su rival en el nervio ciático, y desde entonces será cojo para toda la vida. Aquel misterioso luchador pregunta el nombre al patriarca y le dice: «En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido» (v. 29). Como diciendo: nunca serás el hombre que camina así, sino recto. Le cambia el nombre, le cambia la vida, le cambia la actitud. Te llamarás Israel. Entonces también Jacob pregunta al otro: «Dime por favor tu nombre». Aquel no se lo revela, pero, en compensación, lo bendice. Y Jacob entiende que ha encontrado a Dios «cara a cara» (cf. vv. 30-31).

Luchar con Dios: una metáfora de la oración. Otras veces Jacob se había mostrado capaz de dialogar con Dios, de sentirlo como una presencia amiga y cercana. Pero en esa noche, a través de una lucha que duró mucho tiempo y que casi lo vio sucumbir, el patriarca salió cambiado. Cambio de nombre, cambio del modo de vivir y cambio de la personalidad: sale cambiado. Por una vez ya no es dueño de la situación —su astucia no sirve—, ya no es el hombre estratega y calculador; Dios lo devuelve a su verdad de mortal que tiembla y tiene miedo, porque Jacob en la lucha tiene miedo. Por una vez Jacob no tiene otra cosa que presentar a Dios más que su fragilidad y su impotencia, también sus pecados. Y es este Jacob el que recibe de Dios la bendición, con la cual entra cojeando en la tierra prometida: vulnerable y vulnerado, pero con el corazón nuevo. Una vez escuché decir a un anciano —buen hombre, buen cristiano, pero pecador que tenía tanta confianza en Dios— decía: “Dios me ayudará; no me dejará solo. Entraré en el paraíso, cojeando, pero entraré”. Antes era alguien que estaba seguro de sí mismo, confiaba en su propia sagacidad. Era un hombre impermeable a la gracia, refractario a la misericordia; no conocía lo que es la misericordia. “¡Aquí estoy yo, mando yo!”, no consideraba que necesitaba misericordia. Pero Dios salvó lo que estaba perdido. Le hizo entender que estaba limitado, que era un pecador que necesitaba misericordia y lo salvó.

Todos nosotros tenemos una cita en la noche con Dios, en la noche de nuestra vida, en las muchas noches de nuestra vida: momentos oscuros, momentos de pecados, momentos de desorientación. Ahí hay una cita con Dios, siempre. Él nos sorprenderá en el momento en el que no nos lo esperemos, en el que nos encontremos realmente solos. En aquella misma noche, combatiendo contra lo desconocido, tomaremos conciencia de ser solo pobres hombres —me permito decir “pobrecitos”—, pero, precisamente entonces, no deberemos temer: porque en ese momento Dios nos dará un nombre nuevo, que contiene el sentido de toda nuestra vida; nos cambiará el corazón y nos dará la bendición reservada a quien se ha dejado cambiar por Él. Esta es una hermosa invitación a dejarnos cambiar por Dios. Él sabe cómo hacerlo, porque conoce a cada uno de nosotros. “Señor, Tú me conoces”, puede decirlo cada uno de nosotros. “Señor, Tú me conoces. Cámbiame”.




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Catequesis del Papa sobre la Oración: 5, «La oración de Abraham»



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 3 de junio de 2020

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hay una voz que de improviso resuena en la vida de Abraham. Una voz que le invita a emprender un camino que suena absurdo: una voz que le incita a desarraigarse de su patria, de las raíces de su familia, para ir hacia un futuro nuevo, un futuro diferente. Y todo sobre la base de una promesa, de la que sólo hay que fiarse. Y fiarse de una promesa no es fácil, hace falta valor. Y Abraham se fió.

La Biblia guarda silencio sobre el pasado del primer patriarca. La lógica de las cosas sugiere que adoraba a otras divinidades; tal vez era un hombre sabio, acostumbrado a mirar el cielo y las estrellas. El Señor, en efecto, le promete que sus descendientes serán tan numerosos como las estrellas que salpican el cielo.

Y Abraham parte. Escucha la voz de Dios y se fía de su palabra. Esto es importante: se fía de la palabra de Dios. Y con esta partida nace una nueva forma de concebir la relación con Dios; es por eso por lo que el patriarca Abraham está presente en las grandes tradiciones espirituales judía, cristiana e islámica como el perfecto hombre de Dios, capaz de someterse a Él, incluso cuando su voluntad es difícil, si no incluso incomprensible.

Abraham es, por lo tanto, el hombre de la Palabra. Cuando Dios habla, el hombre se convierte en el receptor de esa Palabra y su vida en el lugar donde pide encarnarse. Esta es una gran novedad en el camino religioso del hombre: la vida del creyente comienza a concebirse como una vocación, es decir, como llamada, como un lugar donde se cumple una promesa; y él se mueve en el mundo no tanto bajo el peso de un enigma, sino con la fuerza de esa promesa, que un día se cumplirá. Y Abraham creyó en la promesa de Dios. Creyó y salió. sin saber adonde iba —así dice la Carta a los Hebreos (cf. 11,8)—. Pero se fió.

Leyendo el libro del Génesis, descubrimos cómo Abraham vivió la oración en continua fidelidad a esa Palabra, que periódicamente se aparecía en su camino. En resumen, podemos decir que en la vida de Abraham la fe se hace historia: la fe se hace historia. Todavía más, Abraham, con su vida, con su ejemplo, nos enseña este camino, esta vía en la que la fe se hace historia. Dios ya no se ve sólo en los fenómenos cósmicos, como un Dios lejano que puede infundir terror. El Dios de Abraham se convierte en “mi Dios”, el Dios de mi historia personal, que guía mis pasos, que no me abandona; el Dios de mis días, el compañero de mis aventuras; el Dios Providencia. Yo me pregunto y os pregunto: ¿nosotros tenemos esta experiencia de Dios? ¿“Mi Dios”, el Dios que me acompaña, el Dios de mi historia personal, el Dios que guía mis pasos, que no me abandona, el Dios de mis días? ¿Tenemos esta experiencia? Pensémoslo.

Esta experiencia de Abraham está también atestiguada por uno de los textos más originales en la historia de la espiritualidad: el Memorial de Blaise Pascal. Comienza así: «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios. Certeza, certeza. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo». Este memorial, escrito en un pequeño pergamino, y encontrado después de su muerte cosido dentro de un traje del filósofo, expresa no una reflexión intelectual que un hombre sabio puede concebir sobre Dios, sino el sentido vivo, experimentado, de su presencia. Pascal anota incluso el momento preciso en el que sintió esa realidad, habiéndola encontrado finalmente: la noche del 23 de noviembre de 1654. No es el Dios abstracto o el Dios cósmico, no. Es el Dios de una persona, de una llamada, el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios que es certeza, que es sentimiento, que es alegría.

«La oración de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2570). Abraham no edifica un templo, sino que esparce el camino con piedras que recuerdan el tránsito de Dios. Un Dios sorprendente, como cuando lo visita en la figura de tres huéspedes, a los que él y Sara acogen con esmero y que les anuncian el nacimiento de su hijo Isaac (cf. Gn 18, 1-15). Abraham tenía cien años, y su mujer noventa, más o menos. Y creyeron, se fíaron de Dios. Y Sara, su mujer concibió. ¡A esa edad! Este es el Dios de Abraham, nuestro Dios, que nos acompaña.

Así Abraham se familiariza con Dios, capaz también de discutir con Él, pero siempre fiel. Habla con Dios y discute. Hasta la prueba suprema, cuando Dios le pide que sacrifique a su propio hijo Isaac, el hijo de la vejez, el único heredero.Aquí Abraham vive su fe como un drama, como un caminar a tientas en la noche, bajo un cielo esta vez desprovisto de estrellas. Y tantas veces nos pasa también a nosotros, caminar en la oscuridad, pero con la fe. Dios mismo detendrá la mano de Abraham que ya está lista para golpear, porque ha visto su disponibilidad verdaderamente total (cf. Gn 22, 1-19).

Hermanos y hermanas, aprendamos de Abraham. Aprendamos a rezar con fe: a escuchar al Señor, a caminar, a dialogar hasta discutir. ¡No tengamos miedo de discutir con Dios! Voy a decir algo que parecerá una herejía. Tantas veces he escuchado gente que me dice: “Sabe, me ha pasado esto y me he enfadado con Dios”.— “¿Tú has tenido el valor de enfadarte con Dios?”— “Sí, me he enfadado”.— “Pero esa es una forma de oración”. Porque solamente un hijo es capaz de enfadarse con su papá y luego reencontrarlo. Aprendamos de Abraham a rezar con fe, a dialogar, a discutir, pero siempre dispuestos a aceptar la palabra de Dios y a ponerla en práctica.Con Dios aprendamos a hablar como un hijo con su papá: escucharlo, responder, discutir. Pero transparente, como un hijo con su papá. Así nos enseña a rezar Abraham. Gracias.


Tomado de:


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Domingo de la Santísima Trinidad - A




P. Adolfo Franco, jesuita

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18)

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor


El misterio de la Santísima Trinidad, misterio de la vida íntima de Dios.

Como continuando la contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el afán de mantenernos en un clima de alegría de Pascua, la liturgia nos trae este domingo la celebración de la Santísima Trinidad. Es la plenitud de la revelación de Dios. Esta revelación de Dios tiene su comienzo al abrirse las primeras páginas de la Sagrada Escritura; allí ya se nos manifestaba Dios en todo su esplendor creador; y se iba mostrando progresivamente como libertador, como amigo. La revelación continuaba y llegó a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es el cariño de Dios que quiere decirles a sus hijos cómo es El, para que lo conozcamos y lo amemos más. La Biblia es el libro en que Dios nos cuenta cómo es. Y en la revelación de su Misterio Trinitario llega a descubrir lo más íntimo de su ser.  Son todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento los que contienen esta afirmación (cf. Mt 28, 19, entre otros).

Y nosotros, somos buscadores inquietos de la verdad, y para lograr asir las verdades con nuestra mente nos valemos de conceptos y de palabras; y la Verdad más elevada se nos oculta misteriosamente detrás de las palabras con que el Señor nos la revela. La misma ciencia de la teología, en su intento por llegar a entender esta realidad (¡qué pretensión!), no llega tampoco muy lejos y queda fatigada por conceptos abstractos en la búsqueda. 

La Teología llega a fórmulas útiles, pero insuficientes y oscuras. Decimos que Dios es una esencia única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Y decimos que el Padre engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como El. Y hay un Padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no es posterior a ellos.

Qué pobres nos resultan nuestras palabras. Parecen instrumentos rígidos, esquemáticos y sin color, cuando con ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras son tan torpes. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos acercamos a la Sublime Revelación, son como señales que nos piden que sobrepasemos lo inteligible, para que nos acerquemos desnudos de conceptos al Abismo de Dios. Y entonces le damos al corazón el puesto de la inteligencia para que nos adentre en el conocimiento de Dios; hacemos que el corazón con su capacidad intuitiva dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.

Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas palabras tan torpes nos han acercado al centro de la realidad y detrás de ellas aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y Belleza, y Verdad. Y ahí nos embarcamos en el riesgo de la fe, que se deja llevar, que se aventura en sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de un infante.

Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento humano no queda prisionero en su aventura del conocer por el horizonte pequeño de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. Dios mismo nos abre la gran ventana de su intimidad. La Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como indigentes, con palabras que resultan completamente torpes, para conducirnos al Misterio de lo Sublime, pero que nos sirven de punto de partida para dar un salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras, sin razones, sin lógica, cuando la Realidad más plena se nos presenta y Dios nos dice cómo es El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad, y gozar con aquello que no alcanzamos ni a sospechar. 




...


Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de JUNIO 2020: Dejarse tocar por el Corazón de Jesús





RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA
APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

INTENCIONES DEL PAPA PARA EL MES DE JUNIO




OFRECIMIENTO DIARIO

Padre Bueno, sé que estás conmigo.
Aquí estoy en este nuevo día.
Pon una vez más mi corazón
junto al Corazón de tu Hijo Jesús,
que se entrega por mí y que viene a mí en la Eucaristía.
Que tu Espíritu Santo me haga su amigo y apóstol, 
disponible a su misión de compasión.
Pongo en tus manos mis alegrías y esperanzas,
mis trabajos y sufrimientos, todo lo que soy y tengo,
en comunión con mis hermanos y hermanas de esta red mundial de oración.
Con María te ofrezco mi jornada por la misión de la Iglesia y por la intención de Oración del Papa para este mes:

«Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.»

AMÉN




VÍDEO DEL PAPA
INTENCIONES DEL MES




Este mes de junio de 2020, el Papa Francisco centra su intención de oración universal en la evangelización: «El camino del corazón”.

El Santo Padre pide a todos los fieles que recen “para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús”.

«Muchas personas sufren por las graves dificultades que padecen.
Nosotros podemos ayudarlas acompañándolas por un camino lleno de compasión que transforma la vida de las personas y los acerca al Corazón de
Cristo que nos acoge a todos en la revolución de la ternura.
Recemos para que aquellos que sufren encuentren caminos de vida, dejándose tocar por el Corazón de Jesús.»

Papa Francisco – Junio 2020


ORACIÓN

Señor Jesús, manso y humilde de Corazón.
Es en Ti que encontramos el descanso para nuestras agitaciones
y la curación que nos libera del mal y de nuestro egoísmo.
Lleno de fe, Te pedimos:
Haz que nuestros corazones sean como el Tuyo,
lleno de misericordia y compasión,
capaz de perdonar
y dar sentido y alegría a los que más lo necesitan,
especialmente aquellos que viven en un mayor sufrimiento.
Haz de cada uno de nosotros,
miembros de la Red Mundial de Oración del Papa,
verdaderos discípulos y apóstoles
de su misión de compasión por el mundo.

Amén

Padre Nuestro…
Ave María...
Gloria...



LUEGO DEL OFRECIMIENTO DIARIO
RECEMOS DURANTE LA MAÑANA, EL DÍA Y POR LA NOCHE

ENLACES AQUÍ

DESCARGUE EN PDF LAS ORACIONES
Revista virtual RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, JUNIO 2020, Nº44.
AQUÍ.



PROPUESTA PARA EL MES

Dinamiza las celebraciones del Corazón de Jesús que se organicen en tu comunidad, colaborando con el párroco o titular del templo, dando participación a todos sus miembros y entusiasmándolos, ya sea durante el mes, en su novena, Triduo o Solemnidad.

Interiorízate más sobre el itinerario de formación “El Camino del Corazón” a través de la página web y redes sociales de la Red Mundial de Oración del Papa y sus diversas plataformas digitales o de papel, y encuentra formas de hacerlo, individualmente o en grupos.

A lo largo del mes, asume un compromiso más explícito y consciente de mostrar, con la propia vida, los sentimientos del Corazón de Jesús, de una manera especial hacia los que más sufren.

Fuente: ClickToPray




REFLEXIÓN SOBRE LA INTENCIÓN DEL PAPA PARA EL MES DE JUNIO

Acceda AQUÍ




RECURSOS EN LA RED

A. Cada Primer Viernes en Youtube, se pude buscar "El Video del Papa".

B. "Click To Pray" es una aplicación para teléfonos inteligentes (iOS y Android) en donde puedes unirte cada día a la red Mundial de Oración del Papa. Descarga ClickToPray[App Store] [Google Play]

C. Para comunicarnos:
apostolado.oración.peru@gmail.com



PENTECOSTES. Ciclo A




Escuchar AUDIO o descargar en MP3


P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-23):

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Palabra del Señor

Fiesta del Espíritu Santo. Y cuánta falta nos hace especialmente en circunstancias como ésta.

Hoy celebramos una fiesta importante, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y el origen de la Iglesia. Es el Espíritu Santo anunciado por Jesús, el que guiará los pasos de esos Apóstoles en la vida de la Iglesia naciente, y los hará fuertes en las enormes dificultades iniciales. Y es una cosa penosa que para muchos cristianos este Espíritu Santo. sea casi un desconocido. Todos sabemos que es una de las tres Divinas Personas y sin embargo no nos es fácil tenerlo presente en nuestra vida espiritual; nos es más fácil tener presentes al Padre y a Jesucristo.

Y es tan importante el Espíritu Santo; tan importante, como que es Dios. Pero además Él está continuamente presente y actuante en la misma vida de Cristo. Toda la vida de Jesús está llena de la presencia del Espíritu Santo. Ya la misma concepción virginal de Jesús en el vientre de María, se hace por obra del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu el que desciende sobre Jesús cuando es bautizado en el Jordán, para anunciar que Jesús es el Hijo amado de Dios.

Es notable la presencia del Espíritu en la vida y la actuación de Jesús. Por eso se dice en el Evangelio que el Espíritu Santo es el que lo lleva al desierto, y después de las tentaciones de Jesús, también es el Espíritu el que lo lleva a Galilea para empezar ya la predicación. Y por eso mismo en su primera predicación en la sinagoga de Nazaret, el párrafo que Jesús escoge para su predicación es el que dice: “El Espíritu está sobre mí”. Toda la vida de Jesús está animada por esta presencia continua del Espíritu Santo.

Y no sólo es con Jesús y con la Iglesia naciente, en realidad deberíamos saber que el Espíritu Santo es el origen de todo lo mejor de nuestra propia vida interior. Si nos diéramos cuenta de su actuación real en nosotros, entonces disiparíamos esa niebla con que rodeamos el concepto del Espíritu Santo.

Por poner un ejemplo: el mismo San Pablo dice que el Espíritu Santo ora en nosotros, que gime con gemidos inenarrables. Podríamos decir que todos los impulsos hermosos que brotan en nuestro corazón, cuando superamos un rencor, o cuando nos brota el deseo de extremar nuestra generosidad, son acciones que brotan por influjo del Espíritu Santo. Los deseos insaciables de verdad, de buscar la luz con todas sus consecuencias. Todos esos deseos brotan de la acción del Espíritu en nosotros. La generosidad con que las personas son capaces de desprenderse de sus gustos, para socorrer a otros. La tranquila acogida que una madre de pueblo joven da a los hijos de su vecina, que ha muerto prematuramente. Todos esos y muchos más de los actos e impulsos generosos de nuestros corazones, son simplemente destellos del Espíritu Santo. ¡Qué maravilloso debe ser el Espíritu Santo que produce tales destellos!

Pero además en esta fiesta del Espíritu Santo debemos meditar en la importancia superior de nuestro espíritu, por encima de todo lo material que nos rodea, y no sólo nos rodea, sino que a veces nos aprisiona. El mundo material, los objetos, todo lo que tiene una relación especial con nuestros sentidos, tienden a imponerse a todo lo demás. Y es el interior, nuestro espíritu, lo que más importa en nosotros. Porque nuestro espíritu es nada menos que un Templo vivo del Espíritu Santo.

Pero en general el mundo tiende a deslizarse demasiado a la materia, a lo que se puede medir y se puede contar. Así es nuestra civilización tecnificada. Nuestra civilización se siente orgullosa de sus avances técnicos, y realmente esos adelantos son impresionantes e importantes. Nuestra civilización ha llegado a dominar la materia midiéndola de una forma antes insospechada. Y la medida ciertamente es un instrumento fundamental del progreso. Todo esto es importante y está muy bien. Pero este progreso tecnológico muchas veces nos ha desviado la atención. Y dirigimos más nuestro corazón y nuestra mente a los instrumentos, a los cuadros estadísticos, a la informática.

Por eso es necesario también que en esta fiesta del Espíritu Santo, hagamos resaltar la suprema importancia de nuestro espíritu y de todo lo que es espiritual en el hombre. Cualquier chispa del espíritu humano es más importante y más valiosa que todos los progresos tecnológicos, que todos los chips y todos los procesadores. El amor del corazón, sus deseos, sus nostalgias, sus alegrías, no caben dentro de ninguna estadística y son más trascendentales que todas las mediciones.

El hombre vale por su espíritu, y el cristiano vale por su espíritu transformado por la gracia. Y es importante que esto lo subrayemos con nuestro comportamiento, con nuestras preferencias, con nuestras metas.

Incluso las realizaciones puramente naturales de nuestras potencias espirituales (imaginación, inteligencia, poesía), también es necesario que las valoremos debidamente; que valoremos esas producciones geniales del espíritu humano, como el pensamiento filosófico, la poesía, la música, la obra artística. Todo eso contribuye más a la calidad humana, que todas las comodidades que nos brinda el progreso. Y mucho más si añadimos además las producciones sobrenaturales de la gracia en nuestro espíritu: una oración nos enriquece más, es más cultura que todos los aparatos, una obra de caridad cristiana es más progreso que los cohetes espaciales.

Por eso hoy decimos con vehemencia: “ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor”.




...


Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

Intención del Papa Francisco para el mes de Junio: DEJARSE TOCAR POR EL CORAZÓN DE JESÚS


Caminos de vida, con Amor Eterno te amé

Tuve la oportunidad de vivir mi primer retiro del Camino del Corazón, itinerario espiritual de la Red Mundial del Papa. Conocer este itinerario espiritual fue una experiencia totalmente nueva, ya que propicia un encuentro personal e íntimo con el Corazón de Jesús. El Corazón de Jesús me sorprendió al dejarme ver la fuente inagotable de su amor, del amor de Dios por cada uno nosotros.

Descubrí el amor inmenso que Dios tiene para cada uno de nosotros y no porque me lo dijeran, sino porque Él mismo me lo mostró en el silencio, de corazón a corazón.

Dios nos amó primero. Antes que viniéramos a este mundo Dios se tomó el tiempo de crearnos, y nos
ama no de una manera genérica sino de una manera personal, tanto así que cada uno de nuestros nombres está grabado en la palma de sus manos.

¡Qué hermosa verdad! ¡Que dulce sensación saberse amado y que su amor continúa hoy! Su amor es tan
grande que envió a su Hijo que murió por nosotros, y de esta manera salvarnos del pecado, mostrando el verdadero amor de Dios por su pueblo. Hoy, ese amor se manifiesta cada día en la Eucaristía donde Jesús se entrega nuevamente por amor hacia nosotros.

Cuando comprendes el amor tan infinito que Dios tiene por ti, no puedes evitar darle gracias y exaltarle, y es imposible que ese amor no se desborde hacia los demás. Es así como he logrado comprender como los santos pudieron llegar a amar a los demás de una manera tan radical y diferente.

Gracias a que descubrieron ese amor infinito, no fue difícil renunciar a sí mismos para dejarse amar
totalmente por Dios. Y ese amor llenó tanto sus corazones que desbordó en amor por los demás.

El pequeño grupo que asistimos a ese retiro del Camino del Corazón tenemos ahora una gran misión:
replicar este itinerario espiritual para que muchas personas más conozcan por ellas mismas el Corazón de Jesús y su amor ardiente hacia nosotros. Nuestra vida ya no es igual, y cada vez que volvemos a caminar los senderos del Camino del Corazón descubrimos nuevos misterios que encierra el Corazón de Jesús, pequeños detalles que en nuestra primera travesía no pudimos apreciar.

NERY QUEVEDO
COORDINADOR RED MUNDIAL DE
ORACIÓN DEL PAPA - EL SALVADOR

Fuente: Revista virtual RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, JUNIO 2020, Nº44.

Para descargar la revista virtual AQUÍ.

LA FE CRISTIANA DESDE LA BIBLIA



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

La finalidad y pretensión de esta Serie es bastante ambiciosa. Intentaría responder a la pregunta: ¿Cuáles son los elementos “de sentido”, los importantes para el desarrollo de nuestra fe cristiana, aquellos básicos que sobre todo brotan de una lectura espiritual de los libros bíblicos, aquellos que marcan la identidad del cristiano? No olvidemos que nuestra lectura está animada por el Espíritu que ilumina y transfigura nuestra mente limitada y frágil. “Descubrir la Biblia” se vuelve algo tan fascinante y novedoso para que quien tiene la gracia de experimentarlo en su vida, que éste tal se siente incluso asombrado porque se le desvela de alguna manera "lo que el ojo no vió, ni el oído oyó, ni ni hombre se le ocurrió pensar, éso preparó (el Señor) para los que le aman” (ICor 2,9).

Temas apuntados en Serie
El orden se establece según su relación propia, comenzando su lectura a partir del primero.

1. Jesucristo, "el viviente”.
2. Testimonio apostólico.
3. Un Dios trinitario.
4. El misterio de lo divino.
5. Dios nos quiere.
6. Es obra de Dios.
7. Muerte y resurrección.
8. El misterio pascual.
9. Por nuestros pecados.
10. El árbol de la vida.
11. El pecado del mundo.
12. Fe en Jesucristo.
13. Oración del corazón.
14. Dichosos los pobres de espíritu.
15. Unión con Jesucristo.
16. La Acción de Gracias.
17. Sacerdocio y comunidad.
18. Amaos los unos a los otros.
19. Misión de la Iglesia.
20. Opción por los pobres.
21. A la escucha de Dios.
22. La Providencia.
23. Escritura y oración.
24. María, madre nuestra.
25. El hombre nuevo.
26. Vida en el Espíritu.
27. Matrimonio y Sacramento.
28. Reinado de Dios.









Teología fundamental. 11. El Credo. La naturaleza de Dios y su obrar



P. Ignacio Garro, jesuita
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

5. EL CREDO
(Continuación)

5.2. LA NATURALEZA DE DIOS Y SU OBRAR 
(Continuación)

5.2.4 EL ENTENDIMIENTO DIVINO 
Como nosotros observamos que el hombre posee inteligencia, hemos de afirmar esta perfección de Dios, en grado eminente: "Dios es infinito en su entendimiento, en su voluntad y en toda perfección" (Concilio Vaticano 1, Dz. 1782.) 

Dios, pues, posee una inteligencia infinita. 

Las propiedades de la inteligencia divina son: 

a) Prefecta e inmediata
La inteligencia divina no necesita pasar por la trama de los hechos, a través del tejido de relaciones y de la multitud de estratos y entrecruces: no necesita encontrar la solución de un problema para pasar a otro. A los ojos de Dios se halla patente toda la realidad en toda su cognoscibilidad, hasta en sus más profundas complejidades: " Todas las cosas están descubiertas a sus ojos"(Heb. 4, 13). 

b) Comprensiva e inmutable
El conocimiento divino no es pasajero ni superficial; no se detiene en los aspectos pasajeros de las cosas. Tampoco puede aumentarse o enriquecerse, ni se halla sometido al peligro de disminuir o desaparecer. No existen en Dios los oscuros estratos del subconsciente, sino que conoce todo en un estado de conciencia despierta y clarísima. 

c) Universal 
El espíritu humano elige los objetos de su conocimiento, pasando por alto otros o relegándolos a un segundo plano. El conocimiento divino ni selecciona ni queda reducido a una simple vista parcial: es universal y absoluto, lo mismo que su Ser. 


5.2.4.1 Conocimiento divino y Libertad humana 

¿Cómo se concilia el conocimiento divino con la libertad humana? ¿Un acto que Dios ha previsto desde toda eternidad no se realiza necesariamente? Entonces ¿cómo puede ser libre? 

Daremos dos respuestas a esta importante cuestión: 

1°. Nos constan de modo cierto, las dos verdades, a saber, que Dios todo lo sabe, y que el hombre es libre. Si no vemos cómo se concilian entre sí, no tenemos derecho a negar ninguna de las dos; tan sólo debemos reconocer la flaqueza de nuestro entendimiento. 
2°. Las cosas que Dios prevé (o mejor dicho ve) desde toda eternidad, sucederán infaliblemente, pero de acuerdo con la naturaleza de cada criatura; esto es necesariamente en las criaturas irracionales, y libremente en las criaturas libres. 

No fuera Dios Sabio si un suceso que debe ser libre de acuerdo con la naturaleza de la criatura, se tornara fatalmente necesario únicamente porque El lo conoce de antemano. 

Explicación: Las cosas que Dios prevé, sucederán infaliblemente porque la ciencia de Dios no puede fallar; pero sucederán de acuerdo con la naturaleza del ser. Así el sol y la tierra, que no tienen libertad, obedecen necesariamente las previsiones u órdenes de Dios. Pero el hombre como ser libre, debe realizarlas libremente. 

Si un suceso libre de acuerdo con la naturaleza del ser, se tornara necesario únicamente porque Dios lo conoce, tendríamos esta contradicción: Dios al mismo tiempo hizo al hombre y no lo hizo libre. 

Lo hizo libre porque le dio la libertad. No lo hace libre, porque al ver de antemano lo que hará, le quita la libertad. 

Semejante contradicción no puede encontrarse en Dios.


5.2.4.2 La predestinación 
¿Cómo contestar la tan conocida objeción: Si Dios tiene previsto que me he de condenar, me condenaré, sea que obre bien o que obre mal; y si Dios tiene previsto que me he de salvar, me salvaré, sea que obre bien o que obre mal? Luego, ¿es inútil obrar el bien? 

Se puede contestar de tres maneras: indirectamente, retorciendo el argumento; directamente, mostrando que es contradictoria; y por la exposición de la doctrina católica. 
  • 1°. Indirectamente, esto es, volviendo al argumento contra el que me lo hace. El argumento citado prueba tanto como este otro: Si Dios ha previsto que me he de morir de hambre, me moriré de hambre sea que coma o que no coma. Luego no debo comer. ¿Quién no ve que este argumento es falso? 
  • 2°. Directamente, haciendo ver que es contradictoria. Esta objeción se basa en una contradicción evidente: en efecto, si Dios ha previsto que he de salvarme, por lo mismo ha previsto también que obraré bien. Igualmente si previó que habría dé condenarme, por lo Mismo tuvo que prever que obraría mal. Pero es un absurdo suponer que Dios haya previsto que se condene el que obra bien, o que se salve el que obra mal. Esto iría directamente contra su sabiduría y su justicia. 
  • 3°. Exponiendo la doctrina. Dios me ha dado libertad para obrar. Mi salvación o mi condenación dependen del uso bueno o malo que yo haga de mi libertad. Pero este uso no deja de ser libre por ser conocido de Dios. 


5.2.5 LA VOLUNTAD DIVINA 

Al ser la voluntad una de las perfecciones de la naturaleza humana, hemos de afirmarla -por la vía de analogía y eminencia- de la naturaleza divina.

Es de fe que en Dios existe una Voluntad infinitamente perfecta (cfr. Conc. Vat. 1, Dz. 1782). 
La voluntad es la facultad espiritual e inmanente, que sigue al conocer, y con la cual la persona -humana, angélica o divina- adquiere algo o alguien.
En Dios -Ser simplícimo-, su obrar se identifica con su esencia, y Por eso -como hemos dicho- hay una identidad entre su Inteligencia, su Voluntad y su mismo Ser. Es importante no perder de vista esta importante precisión, para evitar el peligro de hablar o pensar de la divinidad antropomórficamente. 

De esta identificación de la Voluntad con el Ser de Dios, brotan sus propiedades fundamentales: simple, inmutable y eterna omnipotente, buena y justa. 
  • Es simple, porque está exenta de todo lazo interno o externo de dependencia, y en ella no hay sucesión de actos: su volición es única, aunque los efectos sean múltiples en la esfera de lo extradivino. De aquí se sigue que no pueda haber contradicción en las consecuencias del querer de Dios. 
  • Es inmutable y eterna, pues se identifica con el Ser divino. No obstante la diversidad de objetos del querer divino que se desarrolla en la sucesión del tiempo, el querer divino que ordena toda esa diversidad está siempre inmutable desde toda la eternidad sin sufrir cambio alguno. Esta inmutabilidad comporta, sin embargo, una diferencia esencial con el fatalismo, que dice estar sometido todo a un destino ciego y necesario, sin tener en cuenta para nada la actividad humana. La doctrina católica no excluye la Providencia divina ni el juego de la libertad humana; no impone a todos los seres la necesidad de obrar, sino que predispone las causas necesarias para la producción de efectos necesarios, y las contingentes o libres para la producción de efectos no necesarios.
  • Es omnipotente. La Omnipotencia de Dios consiste en que con solo su Voluntad puede hacer todo cuanto quiere. 
Dice la Sagrada Escritura: " Todo cuanto quiso el Señor lo hizo en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Ps. 134, 6).

La razón nos certifica la Omnipotencia de Dios, porque es Infinito. Si su poder fuera limitado, Dios no sería Infinito, y dejaría de ser Dios. 
Advertencias:
  • La Voluntad de Dios está como la nuestra, dotada de libertad. Pero la Libertad de Dios es infinitamente perfecta, y así no está sometida a las imperfecciones y deficiencias de la libertad humana, la mayor de las cuales es poder pecar, esto es, elegir el mal. Dios, como perfectísimo que es, es impecable. 
  • Dios no puede morir, porque el poder morir, lejos de ser una perfección de la voluntad, es una grave deficiencia y limitación del poder. 
  • Dios no puede hacer un círculo cuadrado, porque esto es una cosa absurda, que envuelve contradicción en sí misma, y que ni siquiera podemos concebir. La Omnipotencia divina debe movernos a poner en Dios toda nuestra confianza. "No confiéis, dice la Escritura, en los hombres, porque vuestra salvación no está en manos de ellos. Dichoso el que pone su esperanza en Dios" (Ps. 117, 9, 145, 2; Jer. 17, 5, 7). 
  • Buena y justa. La Bondad es un atributo que mueve a Dios a amarse a Sí mismo, y en sí a todas las criaturas y a colmarlas de beneficios. 
Todas las páginas de la Sagrada Escritura están llenas de testimonios de la infinita bondad de Dios para con sus criaturas, especialmente con el hombre. Hasta tal punto la bondad existe en Dios, que el mismo Salvador nos la señala como atributo exclusivo de El: "Nadie es bueno sino sólo Dios" (Lc. 18, 19). 

La bondad reviste en Dios de diversas formas, y según ellas, toma nombres diferentes. Se llama: 
a) Amor cuando es un afecto de su voluntad lo inclina a buscar nuestro bien. 
b) Liberalidad cuando se manifiesta por obras y beneficios. 
c) Gracia cuando no dispensa auxilios sobrenaturales.
d) Ternura o compasión cuando se compadece de nuestras necesidades.
e) Paciencia y mansedumbre cuando tolera a los malos y se demora en castigarlos. 
f) Misericordia o clemencia cuando perdona nuestros pecados.

Para corresponder a la infinita bondad de Dios, debemos: 
a) Agradecer sus beneficios y pagarle Amor con amor
b) Pedirle confiadamente las gracias necesarias y el perdón de nuestras culpas. 

Inmensa diferencia existe entre el Dios verdadero y los dioses del paganismo, entre la religión cristiana y las falsas religiones. Estas, aún en los pueblos más civilizados, están llenas de ignominia.

  Los dioses eran mentirosos, crueles, vengativos, lujuriosos y llenos de todos los defectos. Muchas veces llegaron a ser la personificación de los vicios; así entre los griegos y romanos, Venus era la diosa de la impureza, Baco de la embriaguez, Mercurio del hurto, Némesis de la venganza, etc.; y el modo de honrarlos, era imitarlos y entregarse a los más abominables excesos. 

¡Qué distinto se muestra nuestro Dios! El es espejo purísimo de santidad; aborrece todo mal, ya sea el error, que es el mal del entendimiento, ya el vicio, que es el mal de la voluntad . Es modelo de todas las virtudes; y todos deben imitar su Santidad si quieren gozar de El, porque a su cielo nada entra manchado. En fin, ha dejado a su Iglesia numerosos medios de expiación y santificación que todos podemos y debemos aprovechar para nuestro perfeccionamiento. 

De la excelsa bondad divina se sigue que Dios es infinitamente justo. 

La justicia de Dios consiste en que "retribuye a cada cual según sus obras", premiando al bueno y castigando al malo (cfr. Prov. 2, 14). 

Al hablar de la Providencia explicaremos por qué Dios permite en el mundo los males y el pecado.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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La fe cristiana desde la Biblia: Jesucristo, "el viviente"



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita.

El culmen de los evangelios es el relato de la muerte y resurrección de Jesús. Y el escrito de los Hechos no es sino su continuación a través de su Espíritu actuante. Este espíritu se nos comunica en la Iglesia y de forma personal en Cristo. Aquel Jesús que pasó su vida en este mundo e hizo el bien a mucha gente y predicó un mensaje de salvación, aquel Jesús murió a manos de quienes le rechazaron, pero fue transfigurado a una nueva vida, una vida que no muere, una vida que fluye de la mano fuerte y poderosa de Dios. Aquel Jesús transfigurado vive. El es “el viviente” por excelencia. ¡Ha resucitado! No a una vida como la que tenía antes de su muerte. El es el mismo, pero distinto. El es el Señor, capaz de comunicarnos la vida divina, su propia vida permanente. Ya no sólo le llamamos “Jesús” (Dios que salva), sino también el Cristo (el ungido, el consagrado por Dios), el Mesías (el enviado de Dios a los hombres), el Hijo de Dios (el que procede de Dios que es padre y éste nos quiere como tal), y el Señor nuestro (por quien todas las cosas han sido creadas).

Entre las fórmulas de fe cristiana anteriores a la redacción definitiva de los escritos evangélicos, sobresale la de san Pablo que algunos la sitúan entre los años 40 y el 42, y hay quienes le atribuyen una mayor antigüedad, colocándola a escasa distancia del hecho que reflejan, ya hacia el año 35: “En primer lugar, les he dado a conocer la enseñanza que yo recibí. Lo que yo les he enseñado es que Cristo murió por nuestros pecados, tal como dicen las Escrituras; que lo sepultaron, y que resucitó al tercer día, como también lo dicen las Escrituras; y que se apareció a Pedro, y después a los apóstoles. Más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, y muchos de ellos viven todavía, aunque algunos ya han muerto. Después se apareció a Santiago, y luego de nuevo a todos los apóstoles. En último lugar, también se me apareció a mí, aunque yo fuera como uno que hubiera nacido de forma anormal” (1 Cor 15,3-8).

Jesús al resucitar no da un paso atrás, sino un paso adelante. No es que regrese a la vida de antes, es que entra en la vida total. No reingresa en el tiempo, entra allí donde no existe el tiempo como el que nosotros conocemos. Jesús, tras su resurrección, no “vuelve a estar vivo” sino que se convierte, como subraya el Apocalipsis, en “el viviente”, en el que ya no puede morir. Su resurrección nos descubre una nueva vida y, con ello, transforma el sentido de la vida actual, al mostrarnos una que es más definitiva y que no está limitada por la muerte. ¡Es la vida verdadera! “No temas, yo soy el primero y el último, el viviente” (Ap 1,17s.). 


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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