La Iglesia - 38º Parte: La Universal vocación a la Santidad en la Iglesia - La misión laical y la familia

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA




30.4. DIFERENCIAS ENTRE EL SACERDOCIO COMÚN DE LOS FIELES Y EL SACERDOCIO MINISTERIAL


Una vez recibido el bautismo, son dos los modos de participar en el único sacerdocio de Cristo. Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia «un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Apocalipsis 1, 6). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, comunidad sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal, o también llamado “sacerdocio común” a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son «consagrados para ser... un sacerdocio santo».

El sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común de todos los fieles, «aunque su diferencia es esencial y no sólo en grado, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo». ¿En qué sentido? Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu), el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es sacerdocio ministerial porque participa de la gracia capital de Cristo Cabeza, de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden.

Así, pues, en el único sacerdocio de Cristo se puede participar de dos modos. En virtud del sacramento del Bautismo y de la Confirmación todo bautizado está unido al sacerdocio único de Cristo, es la participación en el sacerdocio real, que es el sacerdocio común de los fieles, en el que cada bautizado según su vocación participa, a su manera, del sacerdocio único de Cristo. Los bautizados pueden ofrecer sus sacrificios y sus vidas por Cristo y con El y en El,  al Padre.
        
Pero además de esta participación del único sacerdocio de Cristo de todos los bautizados, se da también el sacerdocio ministerial, o jerárquico, que es un sacramento que consagra al que lo recibe, configurándolo de un modo particular con Jesucristo Sumo Sacerdote para actuar en la misma persona de Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia.
        
El sacramento del Orden imprime en el alma un carácter espiritual indeleble, distinto del Bautismo y al de la Confirmación, en virtud del cual el que lo recibe queda marcado para siempre. Este sacramento del sacerdocio ministerial es una vocación especial a la que uno se siente llamado por el mismo Cristo y que el Obispo con prudencia y discernimiento verá si el candidato tiene las condiciones requeridas para ser ordenado.
        
El Concilio Vaticano II en L.G. nº 10, dice: "El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no solo de grado, se ordenan sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único Sacerdocio de Cristo. El sacerdocio ministerial por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, (laicos), en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y en la caridad operante". L. G. Nº 10. 



30.5.  EL LAICO, PARTÍCIPE DE LA FUNCIÓN PROFÉTICA Y EVANGELIZADORA: (FUNCIÓN PROFÉTICA)

        
Según L. G. los laicos participan también de la función profética de Cristo. (N°12; 31; 35). En el N T, se nos dice que tenemos un solo y eterno Sacerdote, un solo Pontífice y Mediador. Cristo que es Sacerdote para siempre. Por el bautismo los laicos están llamados a ser testigos de Cristo, junto con la jerarquía, he aquí algunos ejemplos:


  • "(los laicos) han de ser testimonio de Cristo en todo lugar, y a quien se lo pidiera han de dar también razón de la esperanza que tienen en la vida eterna". Nº 10
  • "Deben de dar testimonio de una vida santa". Nº 10.
  • "Por el Bautismo, deben de confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia", Nº 11
  • "Por la confirmación, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo, y de esta forma se obligan de una manera más estrecha a difundir y defender la fe con sus palabras y sus obras". Nº 11.
  • "Los laicos se muestran como hijos de la promesa, cuando fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente y esperan con paciencia la gloria futura", Nº 35
  • "Los laicos se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos, si asocian sin desmayo, a la vida de fe la profesión de la fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar eficacia por el hecho que de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo". Nº 35.
        
Y una vez más, es sobre todo en la vida matrimonial y familiar donde este tipo de apostolado es ejercido por los laicos.  L. G, Nº 35, dice:  "En esta tarea (de evangelización) resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación : el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de una vida bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio, arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad".
        
Cristo ha dado a los laicos también la gracia de la palabra, siempre con el fin de hacerlos más aptos partícipes de su misión profética, Nº 35. Así pues la gracia de la palabra con la que Cristo adornó a los laicos para que participaran más fácilmente de su misión profética y para que la fuerza del Evangelio brillara más en la vida cotidiana, familiar y social, Nº 35; es un don especial del Espíritu Santo, que no ha de faltar a quien se dedique sinceramente al apostolado de la evangelización.



30.6. EL LAICO, MIEMBRO DEL PUEBLO REAL Y SU APOSTOLADO DE ANIMACIÓN

        
Cristo es nuestro eterno Sumo Sacerdote único Mediador y sumo Pontífice y en El dan sido incorporados todos los bautizados, que se hicieron así el Pueblo Sacerdotal de Dios. Cristo es nuestro gran Profeta y Maestro y en El los bautizados han sido incorporados para participar también de su misión de Rey, Pastor, y Señor del nuevo y universal pueblo de los hijos de Dios. L G Nº 13.
        
L. G. en el Nº 36 : "El Señor quiere dilatar su Reino también por medio de los fieles laicos, un reino de verdad y de vida, un reino de santidad y de gracia, un reino de justicia, de paz y de amor, en el cual la misma creatura quedará libre de la servidumbre de la corrupción para pasar a participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios". Sin embargo, la cooperación en este servicio real supone una concepción cristiana de la vida y del mundo, un conocimiento profundo de toda la creación y su valor eternos. Por esto el concilio continúa : "Deben, pues, los fieles, conocer la naturaleza íntima de las cosas, su valor y su ordenación a Dios". Una vez imbuidos de esta concepción cristiana del mundo, podrán los laicos comenzar su apostolado más específico: el de animación, esfuerzo de informar con el espíritu cristiano la mente y las costumbres, las leyes y las instituciones sociales o comunitarias.

Este es el apostolado de la restauración del orden temporal. Este orden incluye los bienes de la vida y de la familia la cultura, la economía, las artes, las profesiones, la política nacional que debe mirar al mayor bien común, y en fin a todo progreso. De ahí la necesidad del apostolado de animación y de restauración del orden temporal, a los laicos les corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a que se realicen según el espíritu de Cristo".  L. G. N.º 31.


30.7. LA FAMILIA LUGAR IDEAL PARA LA VIVENCIA Y PRÁCTICA DE LA VIDA CRISTIANA

El Concilio Vaticano II en el decreto sobre el Apostolado Seglar en el Nº  11, d, dice: "Esta misión de ser la cédula primera y vital de la sociedad, la familia la ha recibido directamente de Dios. Cumplirá esta misión si, por la mutua piedad de sus miembros y la oración co­mún dirigida a Dios, se ofrece como santuario doméstico de la Igle­sia; si la familia entera se incorpora al culto litúrgico de la Igle­sia; si, finalmente, la familia practica el ejercicio de la hospita­lidad y promueve la justicia y demás obras buenas al servicio de to­dos los hermanos que padecen necesidad".
         
En la familia cristiana tiene el amor de Dios creador y redentor u­na expresión visible en el amor conyugal y en el amor de los hijos, que, juntamente con todos los goces naturales que supone la vida fa­miliar, va regado con la sangre de la cruz y constituye una fuente de santificación inapreciable amor a los padres enfermos y ancia­nos, a quienes hay que cuidar: "Aprendan a practicar primero la pie­dad filial con su propia familia y a recompensar a sus progenitores, porque esto es agradable a Dios", l Tim 5, 4.  Los hijos pues tienen contraída con sus progenitores una obligación de piedad y de respeto, que, además, es de justicia porque han recibido mucho de sus pa­dres y tienen hacia ellos un deber estricto de retorno, 1 Cor 7, 3. Así el cariño, el respeto, la paciencia, son parte de lo que los hijos han de dar en retorno a sus  padres, juntamente con la asistencia material.
         
En la familia está el amor conyugal, con todo lo que tiene de dona­ción personal mutua. Y si es verdadera la entrega, a semejanza de la de Cristo a su Iglesia, Efes 5, 21-33, ello lleva entrañado el sacri­ficio y la renuncia continua, el dominio de sí mismo, la paternidad responsable. Finalmente en la familia se ejercita el sentido del de­ber y la obligación con el oficio, trabajo profesional u otro traba­jo que realice uno o ambos cónyuges. El trabajo material, con la monotonía, exigencias y responsabilidades es un terreno ideal para desarrollar el campo del apostolado del laico. Todo esto es una as­cesis laical, constante, difícil y ardua y requiere gran espíritu cris­tiano para llevarlo a cabo. Es aquí donde el laico siente su deber de dar testimonio de Cristo para que el Reino de Dios se instaure en medio de las realidades terrenas.
         
El decreto "Apostolicam Actuositatem" del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los seglares enumera en 6 capítulos en ser y la misión del laico:
1.- Expone la vocación de los laicos en la Iglesia. Capítulo 1º
2.- Los fines que hay que conseguir. Capítulo 2º
3.- Los diversos campos de apostolado. Capítulo 3º
4.- Los modos diversos de apostolado. Capítulo 4º
5.- Las disposiciones que hay que tener presente. Capítulo 5º 
6.- La formación necesaria para el apostolado. Capítulo 6º
         
Finalmente tomamos del mismo decreto el Nº 2 en el que habla de la par­ticipación de los seglares en la misión salvífica de la Iglesia: "En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero unidad de misión. Los Apóstoles y sus sucesores recibieron de Cristo el encargo de enseñar, santificar y regir en su nombre y con su autoridad. Pero los seglares cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios, al haber sido hechos partícipes en el ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo.
         
Ejercen realmente el apostolado con su trabajo por evangelizar y san­tificar a los hombres y por perfeccionar y saturar el orden temporal del espíritu evangélico; de tal forma que su actividad en este terre­no dé un claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres".



Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.


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Curso Bíblico

Parroquia San Pedro
Santuario del Sagrado Corazón de Jesús
Jesuitas

HÉROES
DEL
ANTIGUO TESTAMENTO

P. Jesús Valverde, S.J.

Todos los sábados de 10:00 AM a 12:00M
Inicio: Sábado 18 de Abril

Ingreso:
Jr. Azángaro N°451
Cercado de Lima.

Organizan:
Hnos. del Apostolado de la Oración

Y creí




No necesito ver, la herida en tu costado
No necesito ver, las marcas en tus manos
Yo sé que estás aquí, yo no he visto tu rostro
Yo sé que estás aquí, estás entre nosotros.

Yo te reconocí, al darme el alimento
Al bendecir el Pan y dar gracias al Cielo
Mi corazón ardió, muy dentro en mi pecho
Aquí estás Señor, mi Redentor eterno.

Y creí, sin haber visto tu herida
Y creí, sin haber visto tus marcas
Yo creí, sí creí
Sin haber visto tu rostro, yo creí.




Letra de la canción: «Y creí», de Miguel Navarrete.

CD «Labrando el camino»
Espiritualidad Ignaciana
Canción compartida desde 
Rezando Voy - Viernes 10 de abril 2015

Los intermediarios del perdón de Dios

P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA DE RESURRECCION
Domingo II

Juan 20, 19-31




El Evangelio de hoy nos narra una de las apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles, cuando estaban escondidos en una casa. Tenían miedo de que los enemigos de Jesús los buscasen también a ellos. Estaban muy lejos de pensar en que Cristo hubiera resucitado, y que con su triunfo hubiera disipado los temores y los miedos de ellos y de todos nosotros. Esta actitud de tristeza, miedo o simplemente cerrazón, es la que tuvieron invariablemente todos los que fueron testigos presenciales de la resurrección; y así providencialmente nos hacen más creíble su testimonio.

En esas circunstancias se les aparece Jesús resucitado y les trae el don de la Paz, el don del Espíritu, y el don del perdón de los pecados. Y es que de la resurrección de Jesús manan en abundancia la plenitud de los dones de Dios; con la muerte y resurrección de Cristo nuestra salvación se ha cumplido. Y esa salvación se nos va otorgando a través de los dones maravillosos de Dios: la Paz, el Espíritu Santo, el perdón de los pecados.

Es importante reflexionar, bajo la luz de la resurrección, en estos dones de Dios, y en particular en el perdón. Pues el perdón de los pecados es especialmente participación en la resurrección: es la renovación de la nueva creación que el triunfo de Cristo viene a operar en los hombres. El perdón de los pecados es resurrección personal; cuando, en el sacramento de la reconciliación se nos perdonan los pecados, pasamos de la muerte a la vida.

Jesús vincula definitivamente su perdón a la potestad de los apóstoles: ellos serán los intermediarios del perdón: "A quienes les perdonen Uds. los pecados, les quedan perdonados" (Jn 20, 23). Queda establecida la condición del perdón que nos otorga Dios; los apóstoles son el camino del perdón de Dios. Y quedan descalificados los que piensan que pueden saltarse el camino para confesarse directamente con Dios.  Dios es el que puede perdonar, y el que nos ha manifestado cómo concede su perdón.

En segundo lugar vincula el perdón a la resurrección. Esta vinculación surge porque Jesucristo al morir y resucitar queda convertido en la fuente de la redención. Todo lo que es salvación del hombre nos viene por el misterio pascual; y el perdón de los pecados es elemento esencial de nuestra salvación.

Además ser perdonado es de alguna forma insertarse en la resurrección de Cristo: "Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba" (Col 3, 1). El efecto que obra el sacramento de la reconciliación es no sólo purificarnos de las faltas, liberarnos de las consecuencias del pecado, es devolverle a nuestro ser una novedad sin mancha (que resucite lo muerto en nosotros), y hacernos aspirar a los bienes de arriba, como dice San Pablo en su Carta a los Colosenses: tener aspiraciones elevadas. La resurrección debe iluminar el mundo, los sucesos y los valores, y les da a todos un nuevo sentido; Los valores humanos, por la Resurrección de Cristo, tienen una jerarquía diferente de la puramente lógica y racional; y así nos empuja a aspiraciones superiores, a una forma diferente de juzgar nuestro entorno, nuestras aspiraciones y nuestros ideales.

El sacramento de la reconciliación nos va ayudando a una transformación paulatina, a la que nos indica la resurrección, a tener aspiraciones mayores, a superar las metas mediocres: sacar de nosotros las potencialidades más hermosas: intentar llegar a ser, lo que íntimamente soñamos con ser. Es vincularnos a la resurrección como actitud personal. Por eso este sacramento es establecido en el primer día de Pascua. Y así sus frutos van más allá de la simple limpieza de los pecados.


Y si hemos recibido el don del perdón, nuestra transformación debe empujarnos a ser personas que testimonian el perdón y que saben perdonar. Y es que lo que hacemos, al no perdonar, es negar en nosotros el fruto de la resurrección. Así seremos testigos de la resurrección que nos llega a través del sacramento. Así proclamaremos que Cristo ha resucitado. Si somos testigos de la resurrección por el perdón recibido,  debemos transmitir a otros esta experiencia, perdonando de corazón.


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Agradecemos al P. Adolfo por su colaboración.

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ESPECIAL DE PASCUA - 2015


¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.»
Juan 11, 25-26


“Os anunciamos la Buena Nueva de que la promesa hecha a los padres, Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús”.
Hechos 13,32-33

“Les transmití a ustedes lo que a mi vez recibí (del resto de los apóstoles y la Iglesia): que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los doce”.
1Corintios 15,3-4

“Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? ¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, y también lo seremos por una resurrección semejante. Sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más y que la muerte no tiene ya dominio sobre Él. Su muerte fue un morir al pecado de una vez para siempre, pero su vida es un vivir para Dios. Así también nosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús”
Romanos 5,2-17


La Resurrección de Jesús es el hecho central de la vida cristiana y de la salvación.
¡Alegrémonos con la Resurrección de Cristo, y que esta alegría esté siempre presente en nuestra vida!
¡ALELUYA!


Invitamos a leer nuestra publicaciones sobre la Pascua:





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ESPECIAL DE SEMANA SANTA - 2015



"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna."
Jn 3,16


Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.
Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencia, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado.
El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros.
Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.
Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo.
Isaías 53, 3-8


"Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará"
Lucas 18, 31-33v


"De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto."
Juan 3, 14



De la mano de María y en su compañía quiero vivir todos los pasos de la pasión de Cristo, no perder un detalle, meditar cada palabra, dejar que mi corazón sea herido por su dolor, unir mi vida, sufrir y un día unir mi muerte a la suya.



Vivamos intensamente los días de Semana Santa meditando la Pasión de Cristo.
Ofrecemos nuestras publicaciones dedicadas a la Semana Santa.


ÚLTIMAS PUBLICACIONES:





































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Sábado Santo

Fuente: ACIPRENSA



"Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección (Circ 73).
Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro.Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.
La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.
Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro.Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido".
Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."
El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.
Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).
Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como él.
El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:
"...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

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Tomado de:
https://www.aciprensa.com/Semanasanta/sabado.htm

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La Resurrección de Cristo

P. Adolfo Franco, S.J.


Juan 20, 1-9



La resurrección de Jesús es el hecho central de la vida cristiana y de la salvación. Jesús mismo lo propone muchas veces como la gran señal de la autenticidad de su persona y de su mensaje. Es la culminación del plan de Dios. En la resurrección de Cristo se manifiesta el proyecto cabal de Dios sobre el hombre.

Pero ¿qué es la resurrección? Es importante responder a esta pregunta, para saber qué es lo que estamos celebrando. Y por otra parte es muy difícil responder a esta pregunta ¿qué es la resurrección? Pero aunque sea difícil la respuesta vale la pena esbozar al menos algunas ideas.

Normalmente hablamos de la resurrección como de una recuperación de la vida, que se ha interrumpido. Un ser que estaba muerto, por el toque de la resurrección, vuelve a recuperar su vida tal como la tenía antes. Y de hecho este tipo de resurrección es el que devolvió la vida a Lázaro, y a otros revividos milagrosamente por la acción de Dios. Es legítimo hablar de resurrección en este sentido. Pero no es la Resurrección fundamental, aquella a la que todos estamos llamados por el plan de Dios. No es esa la Resurrección de Cristo.

Y esto, entre otras razones, porque el Resucitado de la resurrección definitiva, ya no puede volver a morir, en cambio Lázaro resucitó pero volvió a morir. Podríamos distinguir así entre resurrección temporal y resurrección definitiva. La primera es la de Lázaro, la segunda es la de Jesús y la que nos espera a nosotros. Y sobre ésta hay que reflexionar.

En la resurrección recuperamos la vida en plenitud, no la vida defectuosa de antes, y la recuperamos incluso con su componente corporal. Esta resurrección es recuperar la vida, pero en otras dimensiones, superando totalmente todo lo que pudiéramos imaginar. Entre el sujeto antes de morir, y el sujeto resucitado hay una verdadera identidad, es el mismo sujeto en su esencia, el que vivía la vida mortal y el que vive ahora la vida ya inmortal. Pero aunque sea en verdad el mismo sujeto, ha habido una transformación radical . Por poner un ejemplo, al que a veces se recurre al hablar de esto, el gusano de seda y la mariposa que sale del capullo después de unas semanas, es el mismo ser, pero evidentemente no es lo mismo un gusano que una mariposa.

Hay que profundizar por tanto en la modificación que se produce por el hecho de la resurrección, para entender, o al menos vislumbrar lo que es la resurrección. El ser resucitado es ya totalmente y esencialmente luz: imaginemos nuestra persona con todos sus poros, todas sus células irradiando luz. Imaginemos nuestro ser con todas sus ilusiones colmadas en plenitud. Imaginemos un sujeto totalmente sin sombras, sin limitaciones de debilidad, con un corazón que es un volcán de amor. Un sujeto que es bueno hasta en los más recónditos escondites de su ser, que ama con la fuerza de un huracán, y que sabe comprender. Que se acerca a la verdad y la absorbe y la posee en totalidad, sin errores ni dudas. Pues cuando podamos imaginar un ser en estas condiciones, nos hemos acercado un poco, pero aún estamos muy lejos de captar lo que es un Resucitado.

Esto es lo que hoy celebramos en Jesús, y por eso nos llenamos de alegría por El, principalmente, pero también por nosotros. Jesús ha culminado con su resurrección todo el proceso de la redención. Ya la humanidad ha sido restaurada; el plan inicial de Dios ha sido otra vez rehecho, aunque de una forma mejor. La puerta de la resurrección para nosotros ha quedado abierta. Y para que esta resurrección de Jesús nos vaya invadiendo a cada uno, para que la hagamos nuestra, nos ha dejado un camino, unas señales, unas actuaciones de su presencia bendita y restauradora: los sacramentos. Esos sacramentos son los espacios que Dios nos ofrece ahora para nuestra vida, para que en ellos vivamos la luz, la alegría y la salvación de la resurrección.

Además con la resurrección de Cristo nuestra fe tiene un fundamento sólido; San Pablo decía: Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Pero efectivamente ha resucitado, por tanto todo lo que ha enseñado es verdad, nuestra Iglesia es su Iglesia, es su Cuerpo Místico. Como Cristo en verdad ha resucitado, la Biblia es de verdad Palabra de Dios. Como Cristo ha resucitado, somos de verdad hijos de Dios. Como es verdad que Cristo ha resucitado, es posible el perdón de nuestros pecados; esto es de verdad. Como es verdad la Resurrección de Cristo, nuestra oración llega hasta nuestro Padre, que siempre nos escucha. Por Cristo resucitado tenemos camino hacia la Verdad, hacia la Vida, y hacia el Amor.


Alegrémonos con la Resurrección de Cristo, y que esta alegría esté siempre presente en nuestra vida. Que así le demos su verdadero sentido a esa palabra Aleluya que repetimos en estos días tantas veces.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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