Quinta palabra: Tengo sed
















Jn 19, 28

P. José Ramón Martínez Galdeano S.J.




“Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca”.

Jesús tiene sed. Es una sed espantosa. No ha comido ni bebido nada desde la noche anterior, la transpiración natural, el sudor, la pérdida de sangre produce sed. Jesús ha perdido mucha sangre desde el sudor de sangre en el huerto y luego con el tormento de la flagelación y con la crucifixión. “Araron mis espaldas”, borbotones de sangre salieron de manos y pies al compás de los martillazos. Aquel salmo 22, el que hemos recordado en la palabra anterior lo dice: “Mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar” (v. 16).

Y sin embargo los tiempos mesiánicos se anuncian como los de agua y cosechas abundantes. “Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas” (Is 41,18) “Serán alumbradas en el desierto aguas y torrentes en la estepa; se trocará la tierra abrasada en estanque y el país árido en manantial de agua” (Is 35, 6-7). “No tendrán hambre ni sed, porque el que los compadece los guía a manantiales de agua” (Is 49,8s).

Hacia casi un año que en la fiesta de los tabernáculos Jesús había clamado en Jerusalén: “Si alguno tiene sed que venga a mí y beba. Quien cree en mí, como ha dicho la Escritura, de su seno correrán torrentes de agua viva” (Jn 7,37s). Es lo que había dicho a la mujer samaritana en otro momento en que estaba también acuciado por la sed: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva”. “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4,10.14). Y sucede que, cuando la mujer se interesa por aquella agua, a Jesús se le pasa su sed; como se le pasó también el hambre. Se extrañaron los discípulos de que tan pronto se le hubieran pasado el hambre y la sed. Y “Jesús les dice: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean para la siega”. Por obra de aquella mujer, que ha bebido de su agua, el corazón de los habitantes de aquel pueblo de Samaria se abre sediento y cree en Jesús. Esta es el agua que Jesús necesita para calmar su sed. Uno es el que siembra y otro el que siega. “Les he enviado a segar" –les dice en ese momento a sus discípulos.

Saciaremos la sed de Cristo si nosotros respondemos como la samaritana. Esta es el agua y el pan que Jesús necesita. Saciaremos la sed de Cristo si nosotros en primer lugar, arrepentidos de nuestros pecados, nos acercamos a su Corazón para beber de él. Lo ha dejado abierto tras la lanzada. Saciaremos la sed de Cristo si somos sensibles a su amor y le buscamos amadores. “Hemos creído en el amor”. Saciaremos la sed de Cristo confiando siempre en él.

Si somos capaces de demostrarlo sufriendo algo por él. Si somos capaces de colaborar con él sembrando o recogiendo. Si somos capaces de hacer lo que hizo aquella mujer recién convertida, manifestando a todos lo que había hecho con ella. Porque es que, además, lo mismo que a Jesús nos pasa a nosotros. Apagaremos nuestra sed y nuestra hambre si llevamos a otros el agua y el pan de la vida.

Todos podemos ayudar a ello, aunque de maneras diferentes. Una fue la manera del apóstol Juan, otra la de María Magdalena, la primera que correría a anunciar que sepulcro estaba vacío, otra la de la Madre, ofreciendo su persona, su dolor y a su propio Hijo. Con el ejemplo, con el testimonio, con la ofrenda de los propios dolores, con el sacrificio como el de las propias enfermedades, con las obras de caridad, con el perdón, con la oración continua por la conversión de los pecadores, con la limosna. Oramos poco o, por lo menos, bastante menos de lo que podemos, por la Iglesia, por la conversión de los pecadores, por la abundancia y calidad de las vocaciones, y luego nos lamentamos y a lo mejor criticamos a la Iglesia, en cuyo servicio podríamos hacer más de lo que hacemos.

“En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre” (S 69). “Había allí un jarro de vinagre. Y sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca”. No demos a Cristo otra agua que la que le calma la sed: el amor de los hombres, que es vida para ellos; porque ha venido “para que los hombres tengan vida y vida abundante”. Sin ésta, cualquier otra, aun con la mejor voluntad como la del soldado por un momento movido a compasión, es para Cristo vinagre. Toda nuestra vida debe ser cristiana y eso significa que en el templo y en la calle, en la familia y el trabajo, con amigos y con los que nos miran mal, con todos y en todas partes manifestamos el amor de Cristo. “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo” (S 42,2s). “¡Oh Dios! Mi alma está sedienta de Ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (S 63,2). “¡Qué maravillosa es tu misericordia, oh Dios! Los hombres se acogen a la sombra de tus alas les da a beber del torrente de tus delicias; porque en está la fuente viva” (S 36,8-10).

Nos resistimos a beber de esa fuente de aguas vivas que es el Corazón de Jesús, del Señor de la Misericordia. Somos fríos y perezosos. Le damos el vinagre de nuestra pasividad ante su palabra encendida, de nuestra insensibilidad ante sus sufrimientos que no acaban de cambiarnos la vida, de nuestra fe dormida que no reacciona ante tanto sufrimiento de Cristo por nuestros pecados para liberarnos del infierno. El agua fresca que calma la sed de Cristo, son el arrepentimiento de nuestros pecados, el cambio de nuestro pensar y nuestros valores, de nuestros deseos y aspiraciones, de las causas de nuestras tristezas y alegrías.

Saciemos la sed de Cristo acercándonos a su Corazón traspasado y bebiendo del agua viva y de la sangre que nos ofrece. No temamos en “llevar en nuestro cuerpo las señales de pasión de Cristo”, como dice San Pablo. ¿Sufres, hermano? ¿Quién no sufre? Aprendamos a sufrir por amor, como Cristo. La pasión de Cristo abre el alma a la revelación divina. “Nos piden milagros –dice San Pablo– otros sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, sabiduría de Dios, poder de Dios”.

Y es que para saborear la frescura del agua de la vida cristiana, se necesita vivirla desde el misterio de la Cruz. San Ignacio de Antioquia ve en ella la obra maestra de la sabiduría divina: “Todo cristiano, aprendiendo de la pasión el espíritu de la cruz y haciéndose víctima en la cruz, sacrifica su propia razón a lo que para los no creyentes es un escándalo; pero para los transformados por la fe es salvación y vida eterna. Déjenme imitar la pasión de mi Dios”.

Por no aceptar en su vida los sufrimientos de Cristo, muchos no alcanzan la santidad y viven con un sentimiento de tristeza y de fracaso. “Si un cristiano no imita los sufrimientos de Cristo, su cruz y su muerte, no obtendrá la salvación” (S. Bernardo). “Por el sufrimiento el cristiano da valor al tiempo presente y adquiere la vida eterna, domina las pasiones, triunfa de las tentaciones, elimina los vicios, destruye el pecado y despierta la caridad. La pasión ayuda a vivir según el Evangelio y lleva a vivir en Dios” (S. Gregorio Magno).

Somos débiles y nos resulta duro estar como María al pie de la cruz. Si nos acercamos a ella, nos dará su mano para aumentar nuestra fe, mantenernos firmes en el sufrimiento, tener conciencia de que así contribuimos a la obra de Cristo y calmamos su sed, transformaremos el desierto en valle atravesado por corrientes de agua y Cristo nos lo agradecerá.




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