78. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Conclusión del sermón de las parábolas

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


D. DISCURSO DE LAS PARÁBOLAS

78.- CONCLUSIÓN DEL SERMÓN DE LAS PARÁBOLAS

TEXTO

Mateo 13,51-52

"¿Habéis entendido todo esto?". Dícenle: "Sí". Y añadió: "Así, todo escri­ba, que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos, es semejante al due­ño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo."


INTRODUCCIÓN

En estos breves versículos encontramos una pregunta del Señor dirigida a sus apóstoles y discípulos que habían escuchado las y parábolas y su ex­plicación. Y a esa pregunta del Señor hay una respuesta positiva por parte de los interrogados.

A continuación, el Señor concluye todo este sermón de las parábolas con una comparación del escriba, que ha aceptado las enseñanzas del Reino de Dios, como un padre de familia que de sus tesoros, que ha ido almacenan­do a través de su vida, saca cosas antiguas, nuevas, que pueden ser útiles para sí y para su familia y amigos.

¿Cuál es el sentido que tienen estas palabras de Cristo pronunciadas en es­tas circunstancias, es decir, cuando ha expuesto por medio de parábolas muchos de los misterios del Reino de Dios?


MEDITACIÓN

1) La pregunta del Señor

El Señor con su ciencia divina sabía hasta qué grado habían entendido sus discípulos las enseñanzas que acababa de predicarles. La pregunta no tie­ne razón de ser si se interpreta como una pregunta de algo que el Señor no conociese ya. La pregunta quiere excitar el deseo en sus discípulos de que se esfuercen por comprender bien, lo mejor posible, lo que El les va ense­ñando con tanta paciencia y tanto cariño.

No se trata solamente de escuchar la Palabra de Dios. También habían es­cuchado las parábolas los escribas y fariseos. Se trata de entender esas en­señanzas, su contenido, sus exigencias, y de asimilarlas en el actuar de nuestra vida. Eso es lo que quiere el Señor. Y sus enseñanzas son tan pro­fundas y ricas en su contenido, que siempre podemos aprender algo nuevo cada vez que las oímos, las meditamos. Este es el deseo que debe existir en el corazón de todo cristiano verdadero.

2) La respuesta de los discípulos

Ellos,-creyendo que son sinceros, responden al Señor que "sí" las han comprendido. Sin embargo, conocemos que hasta que llegó Pentecostés con la efusión del Espíritu Santo, en realidad, no llegaron a entender el al­cance de las enseñanzas del Señor.

Es una actitud que puede darse en muchos cristianos, creer que ya se co­noce el Evangelio, que su lectura ya no ofrece novedad para ellos. Es una actitud completamente equivocada y que lleva consigo cierto orgullo o autosuficiencia espiritual, y que impide gustar y saborear los pasajes del Evangelio cada vez que se leen y se intenta meditarlos.

En el cristiano verdadero y que es llevado por el Espíritu Santo, la actitud es otra muy diferente. Siempre se considera que le queda muchísimo por aprender, siempre sabe encontrar nuevas riquezas en las palabras y en las obras de Cristo. Para él, el Evangelio siempre guarda una novedad, que no se marchita nunca. Y cada día va conociendo más y más al Señor y cada día crece el amor al Señor y el deseo de poner por obra, en práctica, sus enseñanzas.

Hemos de pedir al Señor que, como a los apóstoles, también a nosotros nos envíe su Espíritu para que realice en nosotros el milagro que realizó en ellos, según la promesa que el mismo Señor hizo: "El les va a enseñar todas las cosas y les va a recordar todas mis "palabras" (Jn 14,26) "El los introducirá a la verdad total". (Jn 16,13)

Qué diferencia tan abismal entre el conocimiento que tenían los apóstoles cuando respondieron en esa ocasión "sí" al Señor, y el conocimiento que tuvieron después de Pentecostés. Se trata, pues, de llegar, en la medida de lo posible, a ese conocimiento global y profundo de los misterios del Reino de Dios, y a ese convencimiento identificado con la propia vida que nos muestran los apóstoles, cuando van recorriendo el mundo para convertirlo a Cristo.

3) La comparación del escriba

Para Jesucristo, aquí el escriba es el discípulo que ha aceptado de Cristo las enseñanzas del Reino de Dios. El discípulo de Cristo que se deja ins­truir por El y va acumulando sus conocimientos sobre el Reino de Dios, ese es el verdadero escriba. Pero, como auténtico escriba no debe, en nin­guna manera, hacer que esos conocimientos queden en él solo; sino que tiene que enseñarlos a los demás. Es misión suya trasmitir a otros todo lo que él está aprendiendo de Jesús. Es un adelantar a los apóstoles la misión que ellos tendrán en el mundo. Ellos deberán convertirse en verdaderos es­cribas, profundos conocedores de los misterios del Reino, y deberán predi­carlos, enseñarlos al mundo entero. Son como palabras proféticas del Se­ñor con respecto a los apóstoles, pero que tienen aplicación también para los apóstoles de todos los tiempos, e incluso para todo cristiano.

Más difícil parece interpretar qué es lo que el Señor quiso decir al compa­rar al escriba con "un padre de familia que saca de sus arcas cosas nuevas y cosas viejas."

Se han dado diversas interpretaciones; la que nos parece más probable es la que atribuye "cosas viejas" a las enseñanzas del Antiguo Testamento. Podría considerarse como una referencia al Antiguo Testamento, que es también revelación divina, Palabra de Dios, y sigue, por lo tanto, teniendo vigencia (Cfr. Mt 5,17). Más aún, el Antiguo Testamento ayudará a cono­cer mejor y a interpretar mejor el mismo Evangelio y al mismo Jesús, el Mesías, anunciado ya desde las primeras páginas del Génesis.

Lo "Nuevo", "las cosas nuevas" se refiere al Evangelio, a la Buena Nueva que predica Cristo, y que la primera de todas es el mismo Cristo, como Salvador y Mesías para todos los hombres.

Queremos hacer notar que la distinción entre "lo viejo" y "lo nuevo" era también conocida por los rabinos. "Lo viejo" eran las Escrituras, sobre todo la Tora o Ley de Moisés y los libros proféticos; "lo nuevo" eran las aplicaciones y nuevas enseñanzas de los rabinos.

Y como una confirmación de esta interpretación que hemos dado, la en­contramos en los sermones que pronunció Pedro después de Pentecostés ante la multitud del pueblo judío, que se había reunido asombrado ante el ruido y el vendaval que habían experimentado en la ciudad de Jerusalén. Ante ellos se levanta Pedro, en nombre de todos los apóstoles, y como el escriba del que habla Cristo, se apoya en los profetas y en los salmos del Antiguo Testamento para aclararles la gran "Novedad" de que Jesús es verdaderamente el Mesías prometido y el Salvador para todos los pueblos. (Cfr. Hech 2,14-36)


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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