Matrimonios comprometidos con la Iglesia



1. Nuestra entrega es al Señor

P. Vicente Gallo, S.J.



“Jesús recorría ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia (sanaciones que eran anuncio de ese Reino). Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas sin pastor. Dijo entonces a sus Discípulos: La mies es mucha y los obreros son pocos; rogad, pues, al Dueño de la mies que envío obreros a su mies” (Mt 9, 35-38).

Jesucristo el Salvador era Dios.  Aun como hombre, después de resucitado y antes de subir al Cielo, dijo a esos mismos “Discípulos”: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.  Id, pues, y haced discípulos míos a todos las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todas las cosas que yo os he mandado; y sabed que yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

Siendo Dios, con todo su poder, no necesitaba ayuda de los hombres, y menos de aquello “pobres hombres” a los que llamó.  Pero Dios quiso salvar a los hombres tomando como suya una humanidad  de pobre, en la que nació, con la que realizó la misión encomendada por el Padre, y con la cuál murió.  Por la fe nuestra en él y por el Bautismo con esa fe, nos hacemos tan de Dios (Padre, Hijo, Espíritu Santo) como lo es esa humanidad que tomó haciéndola suya. Por el Bautismo nos incorporamos a Cristo (Rm 6), nos hacemos Cuerpo de Cristo, somos sus miembros (1Co 6, 15) de los que Cristo, hecho hombre,  tiene que servirse para su obra como nosotros nos servimos de nuestros miembros para el trabajo.

Por eso pide ayuda a sus Discípulos, y les manda pedir a Dios que envíe más obreros para tanta mies.  Siendo Dios hecho hombre, limitado como los hombres, nos necesita.  Nadie puede decir “puesto que yo no soy ojo no soy el cuerpo” (1Co 12, 16). Cristo nos dice: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto “ (Jn 15, 16), el fruto de la Vid que es el mismo Cristo, y que lo dará a través de nosotros sus sarmientos, para dar gloria al Padre con ese fruto que dé por medio de nosotros (Jn 15, 8).

Aunque veamos al mundo tan deteriorado y perdido, sabemos que “nosotros podemos cambiar el mundo”, a pesar de todas las barreras y obstáculos que encontraremos y que ya el Señor nos lo enunció. “Si vosotros fuerais del mundo el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso el mundo os odiará” (Jn 15, 19). Y también les dijo: “Yo os envío como ovejas entre lobos” (Lc 10, 3).  Les dijo también : “Seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Lc 21, 17); “e incluso llegará la hora en la que todo el que os mate piense que con ello da culto a Dios “(Jn 16, 2). “Pero si el grano de trigo cae en tierra y muere, ese da mucho fruto” (Jn 12, 24).

Como canta Don Quijote en la obra teatral “El Señor de la Mancha”:  “Con fe lo imposible soñar, al mal combatir sin temor, triunfar sobre el miedo invencible, en pie soportar el dolor; amar la pureza sin par, buscar la verdad del error, vivir con los brazos abiertos, creer en un mundo mejor.  Ese es mi ideal, la estrella alcanzar, no importa cuán lejos se pueda encontrar; luchar por el bien sin dudar ni temer y dispuesto el infierno a arrostrar si lo ordena el deber. Y yo sé que, si logro ser fiel a mi sueño ideal, estará mi alma en paz al llegar de mi vida el final. Y será este mundo mejor si hubo quien, despreciando el dolor, luchó hasta el último aliento por ser siempre fiel a su ideal”.

Vivir “apasionadamente” esta misión de Cristo a quienes nos hemos hecho suyos siguiendo su llamada (Mt 4, 19), no sólo como bautizados, sino también, llamados al amor juntos, unidos en pareja por el Sacramento del Matrimonio y hechos así de su cuerpo, es ello un elemento indiscutiblemente importante de lo que venimos llamando “Espiritualidad Matrimonial”.  Como el Beato Carlos, último emperador de Austria y rey de Hungría, en el día de su boda en 1.911 dijo a su esposa Zita de Borbón: “ahora tenemos que llevarnos el uno al otro al cielo”. Han de ser testimonio evangelizador para otros matrimonios que los vean, invitarlos a algún Movimiento salvador de matrimonios, o bien ser ellos protagonistas de uno de esos Movimientos y así salvar el mundo comenzando por los propios hijos. Es la verdadera “Espiritualidad Matrimonial”; de la que no pueden prescindir los matrimonios cristianos.
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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.
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