181. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - El celibato por el reino de Dios

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

181.- EL CELIBATO POR EL REINO DE DIOS

TEXTO

Mateo, 19,10-12

Dícenle sus discípulos: "Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse." Mas él respondió: "No todos entienden este lenguaje, sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido. Por­que hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda."


INTRODUCCIÓN

Jesús acababa de declarar la indisolubilidad del matrimonio en la Nueva Ley Evangélica, volviendo al plan primero de Dios en la creación del hom­bre y la mujer (Cfr. Mt 19,1-9). Esta Nueva Ley la había proclamado ya antes en el Sermón del Monte (Cfr. Mt 5,31-32). Al meditar las enseñan­zas de Jesús en el Sermón del Monte, consideramos también todos los tex­tos que se referían a este precepto del Señor de la indisolubilidad. (Cfr. Medit. 33).

Estaba tan arraigada la costumbre del divorcio en el pueblo Judío, que la ley de la indisolubilidad del matrimonio produjo un gran asombro, no sólo a los fariseos, sino a los mismos apóstoles. Y éstos, mostrando todavía una gran falta de capacidad para compren­der la perfección de la ley moral que establece Cristo, le dicen al Señor que en ese caso, es decir, supuesto que el hombre nunca pueda dar acta de repudio a la mujer, es mejor la si­tuación del que no se casa.

A esta actitud de los apóstoles responde Cristo con la gran enseñanza del celibato cristiano por el Reino de Dios.

MEDITACIÓN

El Señor no atiende a la razón que daban los apóstoles para no casarse. Para ellos la razón era huir de los sacrificios y exigencias que suponía la fidelidad conyugal y el tener que permanecer unidos siempre a la misma esposa; razón fundada en el egoísmo y en la falta de verdaderos criterios morales.

Pero el Señor aprovecha lo que los apóstoles dicen para enseñarles una verdad central en el Evangelio. Es cierto que es mejor no casarse, pero no por la razón que ellos daban, sino por la razón de consagrarse totalmente al Reino de Dios.

El Señor nos habla claramente de la renuncia al matrimonio, es decir, de la virginidad o del celibato por el Reino de Dios. Para aclarar su enseñanza utiliza una comparación perfectamente inteli­gi­ble en aquellos tiempos. Los eunucos formaban parte de la insti­tu­ción de las cortes orientales; en todos los palacios de los reyes orientales había eunucos, especialmente al servi­cio de la reina. Y estos eunucos lo eran de nacimiento o por castración he­cha por mano de los hombres. En todo caso, estaban imposibilitados para la vida sexual y para contraer matrimonio. Pero lo importante para el Se­ñor son los eunucos no en el cuerpo, sino en el espíritu, que voluntaria­mente se abstendrán del matrimonio para poder mejor consagrar su vida a la propagación del Reino de Dios. Es el celibato por el Reino de Dios lo que proclama Cristo como una opción santa y generosa para aquellos que hayan recibido de Dios esta especial vocación.

La vocación al celibato siempre será un don gratuito de Dios.

Entre los que siguen a Cristo siempre habrá discípulos suyos que de tal manera se entusiasmen con la persona del Señor y con su gran empresa de extender el Reino de Dios que, para vivir radicalmente esa entrega al Se­ñor y a su Reino, renuncien al matrimonio y escojan el camino del celibato. Es un gran don de Dios que lo concede a quien él elige para esta vocación apostólica, de enorme transcendencia para la Iglesia. El celibato que Jesús alaba y antepone al matrimonio siempre será un celibato fundado en moti­vos sobrenaturales que llevan a la persona a un mayor amor a Cristo y a una entrega total y desinteresada al bien espiritual de los hombres. El celi­bato siempre será fuente de amor y servicio al prójimo.

El Concilio Vaticano II, en varios de sus documentos, nos habla del senti­do y excelencia del celibato por el Reino de Dios.

"La perfecta y perpetua continencia por amor del Reino de los Cielos, re­comendada por Cristo Señor, aceptada de buen grado y laudablemente guardada en el decurso del tiempo y aun en nuestros días por no pocos fie­les, ha sido siempre altamente estimada por la Iglesia, de manera especial para la vida sacerdotal. Ella es, en efecto, signo y estímulo al mismo tiem­po de la caridad pastoral y fuente particular de fecundidad espiritual en el mundo...Por la virginidad o celibato, se consagran los presbíteros de nueva y excelente manera a Cristo, se unen más fácilmente a El con corazón in­diviso (Cfr. 1 Cor 7,32-34), se entregan más libremente, en El y por El, al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su Reino y a la obra de regeneración sobrenatural y se hacen más aptos para recibir más dilatada paternidad en Cristo." (Presbiterorum ordinis, n. 16)

Al final de su enseñanza, Cristo añade: "Quien pueda entender, que en­tienda." Se refiere el Señor a que es una doctrina que no puede ser enten­dida por aquellos que vivan enraizados en los valores intramundanos y ce­nados a los valores sobrenaturales que transcienden todo lo terreno y lo humano. Sólo aquellos que han conocido a Cristo, que le siguen y le aman con toda sinceridad, pueden comprender el don precioso que Dios concede a algunos para que le sigan en esa radicalidad de renuncias, aun de renun­cias a cosas santas como es el matrimonio.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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180. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Parábola del publicano y fariseo


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

180.- PARÁBOLA DEL PUBLICANO Y FARISEO

TEXTO

Lucas 18,9-14

Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los de­más, esta parábola: Dos hombres subieron al Templo a orar; uno fariseo, otro publicano: El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ¡Oh Dios! te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, in­justos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias. "En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:" ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador! "Os digo que éste bajó justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y todo el que se humille, será ensal­zado."


INTRODUCCIÓN

En muchas meditaciones anteriores hemos conocido ya quiénes eran los fariseos y publicanos. Los fariseos guardaban todas las apariencias de ser hombres santos y muy celosos de la guarda de todas las leyes y prescrip­ciones de la Ley. Sin embargo conocemos las muy duras acusaciones que el Señor hacía contra ellos por su gran hipocresía. Es cierto que observa­ban todas las leyes de la purificación legal y muchas otras prescripciones de ayunos y de oraciones públicas, que hacían para ser vistos y alabados por los demás. (Cfr. Mt 6,5. 16). Pero en el interior de su corazón eran muy diferentes: Hombres llenos de envidia, faltos de sinceridad, procedían con doblez, hipocresía, desconocían la caridad y la misericordia, avaros, pagados de sí mismos y llenos de soberbia. San Mateo en su capítulo 23 nos trae todas las acusaciones que el Señor dirigía a los fariseos.

Los publicanos eran personas de muy mala fama, y esa mala fama parecía estar justificada. Extorsionaban de una manera inmisericorde al abusar en el cobro de los impuestos, y eran verdaderos ladrones. Recordemos que cuando Zaqueo, jefe de publicanos, se convierte, la primera decisión que toma es la de devolver cuatro veces a sus víctimas lo que les había robado (Lc 19,8). Pero parece que fueron bastantes los que se convirtieron, al igual que Zaqueo y Mateo, al escuchar la predicación del Señor.

El Señor escoge estos dos personajes, el fariseo y el publicano, para darnos una lección sobre la eficacia de la oración humilde y la actitud que Dios toma ante la oración del orgulloso e hipócrita.

MEDITACIÓN

1) La oración del fariseo

La oración cristiana se basa en el reconocimiento de nuestra nada y mise­ria ante Dios y en la fe en la infinita misericordia de Dios. Parece, sin em­bargo, que la oración del fariseo se basaba en una gran autocomplacencia en sí mismo y en un desprecio a los demás, y en un reconocerse "justo" a los ojos de Dios.

Es cierto que el fariseo da gracias a Dios. Y la acción de gracias a Dios es esencial a toda oración cristiana. Pero en el caso del fariseo era una acción de gracias no agradable a Dios. No hay en él ningún sentimiento de culpa, no se reconoce pecador en nada. Su soberbia y orgullo le ocultan los mu­chos pecados que tiene. Se complace en sí mismo y va contándole a Dios todas las buenas obras que hace, mientras muestra un gran desprecio para el publicano que está detrás de él haciendo también su oración. Lo que presenta a Dios no son sus pecados, sino sus méritos. No tiene la más mí­nima conciencia de su naturaleza pecadora y es incapaz de humillarse ante Dios reconociendo sus pecados. Y él está convencido de que su oración es agradable a Dios; y cree, por el contrario, que la oración del publicano será despreciada por Dios. ¡Qué equivocado estaba el infeliz fariseo!

2) La oración del publicano

Ya la misma presentación que de él hace el Señor en la parábola, nos ha­bla de la profunda humildad y arrepentimiento de sus pecados. El publicano, cercano a la puerta, porque no se consideraba digno de entrar más adentro en el Templo, sin ni siquiera levantar los ojos del suelo, se golpea el pecho en señal de profundo arrepentimiento y le ruega al Señor que tenga misericor­dia de él, que es un pecador. Este publicano se ha con­vertido en el modelo perfecto de la oración humilde y de reconocimiento y arrepentimiento de los pecados.

Y no sólo es modelo para los grandes pecadores. Es modelo para todos los cristianos e incluso para todos los que han llegado a la santidad. Como ejemplo citemos a dos grandes santos, San Francisco de Asís y San Fran­cisco de Borja que repetían con mucha frecuencia la plegaria de este publicano, porque en verdad se consideraban pecadores a los ojos de Dios. Cuanto más cerca se está de Dios, más conciencia se tiene de las imper­fecciones y miserias que anidan en el corazón. San Ignacio se confesaba diariamente, antes de celebrar la Eucaristía, con un profundo dolor de sus imperfecciones. Y es también plenamente consciente de que si no comete pecados mayores es por la infinita misericordia de Dios que le da su gracia abundante para no caer en esos pecados. Y nunca tampoco despreciaron a los grandes pecadores, a ningún pecador; odiaban el pecado, pero amaban al pecador y consagraron su vida a pedir y lograr su conversión.

La gran tragedia del fariseo fue no sentirse pecador y no tener nada de qué arrepentirse. Todos tenemos siempre necesidad de conversión.

3) La Respuesta de Dios

El publicano con su oración humilde y de profundo arrepen­timiento agra­dó al Señor, y obtuvo de su misericordia el perdón anhelado. Su alma que­dó libre de todo pecado, quedó recon­ci­liado con Dios, y sintió la inmensa alegría de ese perdón.

El fariseo, en cambio, por su soberbia, hipocresía y falta de caridad para con el publicano, no solamente no fue escuchado por Dios, sino que su alma quedó manchada por los pecados que estaba cometiendo mientras hacía su oración.

Maravillosa enseñanza de Cristo sobre el destino que tienen los humildes y arrepentidos que no es otro que el perdón definitivo otorgado por Dios, Padre lleno de misericordia para todos los que se reconocen pecadores en su presencia. Y lección de gran advertencia para todos aquellos que con corazón soberbio y sin arrepentimiento, se atreven a acercarse a Dios. Y para poner de manifiesto esta enseñanza, el Señor pronuncia la sentencia final:

"Todo el que se ensalza, será humillado;

y todo lo que se humilla, será ensalzado."

Es todo un programa de salvación o condenación que Dios, en su Divina Providencia, continuamente pone por obra.

Recordemos que María en su canto de acción de gracias a Dios, el "Magnificat", iluminada por el Espíritu Santo, ya proclamó esta Providen­cia de Dios:

"Desplegó la fuerza de su brazo,

dispersó a los que son soberbios en su corazón,

derribó a los potentados de sus tronos,

y exaltó a los humildes." (Lc 1,51-52)

Esta sentencia del Señor la encontramos también en otros pasajes del Evangelio (Cfr. Mt 18,4; 23,12; Lc 14,11).



Examen de la oración


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179. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Parábolas del juez y la viuda


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

179.- PARÁBOLA DEL JUEZ Y LA VIUDA

TEXTO

Lc 18, 1-8

Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. "Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respeta­ba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ' ¡Hazme justicia contra mi adversario!' Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: 'Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’"

Dijo, pues, el Señor: "Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará jus­ticia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les va a hacer esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?"


INTRODUCCIÓN

La parábola está tomada de la vida real de Palestina. Las viudas eran con frecuencia despreciadas y tenían que sufrir muchos abusos e injusticias. Entre las leyes morales y religiosas del pueblo judío siempre encontramos el mandamiento de respetar a las viudas: "No vejarás a la viuda...; y si la vejas y dama a mí no dejaré de oír su clamor." (Ex. 10,20-21). Y el mis­mo Señor se refiere a una de estas injusticias que se cometían contra las viudas, y precisamente por parte de los fariseos: "Guardaos de los escri­bas... que devoran la hacienda de las viudas, so capa de largas oraciones." (Lc 20,47) Y también, en muchos pasajes de los profetas, encontramos muy graves condenas contra los jueces injustos, que se vendían por dine­ro. El profeta Isaías, hablando de los jueces, dice: "Cada cual ama el so­borno y va tras de los regalos. Al huérfano no hacen justicia y el pleito de la viuda no llega hasta ellos." (Is 1,23)

La parábola del Señor, en lo que tiene de escena gráfica entre el juez in­justo y la viuda, era, pues, muy fácil de entender para los judíos.

MEDITACIÓN

1) Eficacia de la oración perseverante

El Señor en la parábola nos pone el ejemplo de un juez que, aun siendo completamente injusto y teniendo una conciencia de desprecio hacia Dios y los hombres, sin embargo, ante la insistencia de la viuda, para evitar que siga molestándole, por fin accede a su petición.

La conclusión es evidente. Cuánto más Dios, que es Padre y que ama a sus elegidos, a sus discípulos, y es infinitamente bondadoso y misericordioso, escuchará las súplicas de los que le invocan.

Nadie puede dudar de la acogida que Dios hará a sus oraciones, y más si es constante y persevera en esa actitud de súplica.

Es lo que se nos dice en el Evangelio como introducción a la parábola: "Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre y no desfallecer."

En la meditación 49 considerábamos otros varios textos del Señor sobre la misma enseñanza de la importancia, necesidad y perseverancia en la ora­ción; y considerábamos también todas las cualidades que tiene que tener la oración para que sea agradable a Dios e infaliblemente escuchada.

Siempre será un gran consuelo para el cristiano conocer y experimentar la infinita voluntad y misericordia de Dios que siempre está dispuesto a escu­char nuestras oraciones.

2) Especial aplicación de la parábola a los que sufren injusticias

En la parábola el Señor pone especial énfasis en la atención pronta que Dios presta a la oración de sus discípulos que sufren injusticias. El Señor "les hará justicia pronto". El juez de la parábola tardó mucho en hacer jus­ticia a la viuda; Dios, en cambio, no demorará su intervención para hacer justicia a los que ruegan día y noche.

La palabra "hacer justicia" no parece que haya que interpretarla como una actuación de Dios Juez que castiga a los opresores de los elegidos; lo que el Señor nos quiere decir es la certeza con que serán escuchados los elegidos que son víctimas de injusticias, bien sean vejaciones o persecu­ciones. Siempre Dios hará que sus elegidos triunfen de sus enemigos. Es la certeza absoluta de que Dios está al lado de los oprimidos y que está presto siempre a socorrerles.

Esta es la confianza que siempre ha tenido la Iglesia en tiempo de tribula­ción y persecución. Los adversarios y enemigos de la Iglesia van desapa­reciendo, mientras la Iglesia siempre ha salido triunfante en todas las per­secuciones, y no habrá poder alguno humano que pueda destruirla. La ora­ción constante de la Iglesia asegura su perseverancia hasta el fin de los tiempos.

3) "Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tie­rra?"

La mayoría de autores cree que esta última sentencia del Señor no perte­nece a la parábola, sino que se refiere al pasaje anterior de Lucas en que se nos habla de la venida del Hijo del hombre al final de los tiempos (Lc 17,22-37). Nosotros hemos dejado la meditación de este pasaje de Lucas, pues considera­re­mos más tarde el Sermón Escatológico del Señor donde se repiten las mismas enseñanzas.

La sentencia del Señor tiene gran afinidad con lo que el mismo Señor nos dice en otro pasaje al referirse al final de los tiempos: "La caridad de la mayoría se enfriará" (Mt 24, 14): Son dichos del Señor que se refieren al tiempo inmediatamente anterior a su Parusía o Segunda Venida. Como ya hemos indicando, considera­re­mos estos textos al meditar el Sermón Escatológico de Cristo. (Cfr. Med.208-212)

Aquí solamente señalaremos que la fe es la fuente de toda oración. Y si falta la fe, necesariamente tiene que fallar la oración. La oración que escu­cha el Señor es la oración hecha con profunda fe en su bondad y miseri­cordia y con abandono total en su Divina Providencia. Cuando el Señor nos enseña en esta parábola la necesidad de orar siempre sin desfallecer, se refiere a esta oración que nace del corazón sinceramente creyente y lle­no de confianza en Dios.



Examen de la oración


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178. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La venida del reino de Dios

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

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Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

178.- LA VENIDA DEL REINO DE DIOS

TEXTO

Lc 17, 20-21

Habiéndole preguntado los fariseos cuando llegará el Reino de Dios, les respondió: "El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: Tedio aquí o allá, porque el Reino de Dios ya está entre vosotros".


INTRODUCCIÓN

Los fariseos hacen una pregunta al Señor sobre un problema que se discu­tía entre ellos. La llegada del Reino Mesiánico estaba en la esperanza de todos los judíos. Pero pensaban en la instauración de un reino político de poderío humano y social, y creían que ese reino se instauraría con señales y portentos, incluso de tipo cósmico. De ahí que varias veces le pidiesen al Señor una "señal del cielo." "Acercáronse los fariseos y saduceos y, para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo." (Mt 16, 1) (Cfr. Medit. 111). A esta problemática responde el Señor.

MEDITACIÓN

El Señor responde primeramente negando la suposición de los fariseos. El Reino de Dios no se ha de manifestar a través de fenómenos espectacula­res, ni tampoco habrá señales extremas y aparatosas para localizar su pre­sencia "aquí o allá". No habrá teofanías apocalípticas ni el Reino de Dios se limitará a un lugar concreto. Todos esos prejuicios eran una de las cau­sas que impedía a los fariseos reconocer en Cristo la llegada del Reino.

Lo más importante en la respuesta del Señor a los fariseos es su enseñanza positiva sobre la llegada del Reino: "El Reino de Dios está entre vosotros." Es la misma enseñanza que ya había proclamado en otras ocasiones: "El Reino de Dios ya ha llegado a vosotros." (Lc 11,20)

La expresión "el Reino de Dios está entre vosotros" se interpreta de tres maneras distintas, las tres valederas y que responden al significado que tiene la preposición "entos" en el original griego, que puede traducirse por "en medio de"; "al alcance de", "dentro de".

1) "En medio de vosotros"

Cristo es el mismo Reino de Dios. La presencia de Cristo, que predica el mensaje de salvación y realiza las obras que el Padre le ha encargado en sus múltiples milagros, es la única prueba clara y cierta de que el Reino de Dios ya ha llegado. Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios, con sus palabras y sus obras, hace presente el Reino de Dios en este mundo. Buscar el Reino de Dios fuera de Cristo es condenarse a no encontrarlo nunca.

Con razón podía, pues, decir Cristo a los fariseos "el Reino de Dios está medio de vosotros." Cristo estaba en medio de los judíos; en medio de sus mismos enemigos, escribas, fariseos, saduceos; en medio de todo el pueblo, cuando iba recorriendo las ciudades y aldeas de Galilea. Y él es el mismo Reino de Dios encarnado en la tierra. Donde estaba él, estaba el Reino de Dios.

Y Cristo sigue estando presente en el mundo actual. La presencia de Cristo, si bien ahora no es física y visible, es tan real como entonces. Su persona, su enseñanza, sus obras, su vida, siguen estando presentes y siguen trayendo a todos los hombres la salvación. Su presencia es una presencia tan activa como cuando vivió sobre la tierra. Reconocer y vivir esta presencia del Señor en nuestra vida es haber alcanzado el Reino de Dios. "El Reino de Dios está en medio de nosotros".

2) "El Reino de Dios está al alcance vuestro"

El Reino de Dios es asequible, fácil de entrar en él. Todos tenemos opción a formar parte de él y capacidad para conseguirlo.

La única condición que pone Cristo a través de todo el Evangelio es acep­tarle a él, creer en él y esforzarse por cumplir con sus exigencias. Estas palabras del Señor suponían un grave reproche contra los fariseos. Ellos nunca podrían alcanzar el Reino de Dios, pues sus corazones se habían ce­frado totalmente a la gracia de Dios y no podían creer en Cristo y aceptar su revelación. Jesucristo continúa en el día de hoy diciendo a todos que su Reino está al alcance de cualquiera que tenga buena voluntad.

Continúa invitándonos a todos a que entremos en ese Reino y que en ese Reino encontremos la paz y la felicidad. Y sólo el que entra en el Reino de Dios aquí en la tierra, podrá después gozar para siempre del Reino de Dios en la eternidad.

3) "El Reino de Dios está dentro de vosotros"

Cuando Jesús predicaba sobre el Reino de Dios y exponía tantas parábolas sobre la naturaleza de ese Reino, muchas veces se refirió a la existencia de ese Reino dentro del corazón del hombre. Cuando en el corazón del cre­yente reina Cristo por la fe, la esperanza y la caridad; cuando es acogido Cristo en el interior nuestro y aceptamos sus enseñanzas; cuando se nos ha comunicado la gracia del Espíritu Santo que ha borrado nuestros pecados y nos ha hecho partícipes de la vida de hijos de Dios; entonces, no como metáfora o comparación, sino como realidad maravillosa, podemos decir ciertamente que el Reino de Dios está "dentro de nosotros" (Cfr. Medit.40).

Pero tenemos que decir que en el contexto que Cristo pronuncia esa sen­tencia, la interpretación "dentro de vosotros" no puede darse. Jesús no po­día decir a los fariseos que el Reino de Dios estaba dentro de sus corazo­nes. Pero prescindiendo de este contexto sí podemos pensar que la senten­cia del Señor no se limitaba a ser una respuesta a los fariseos. Como todas las palabras del Señor, tenía un valor universal y para todos los hombres. Y así, dirigida esta sentencia a los que un día habían de ser sus discípulos, sí quería decir que el "Reino de Dios está dentro de vosotros."

El mayor tesoro que pueda tener un hombre en su corazón, es poseer el Reino de Dios. La parábola del Tesoro encontrado y la Perla hallada se re­fieren a la interiorización del Reino de Dios en nuestros corazones. Encon­tremos esta Perla y este Tesoro y nunca dejemos que se nos pierda.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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176. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Reacción de los fariseos ante el milagro de la resurrección de Lázaro


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

176.- REACCIÓN DE LOS FARISEOS ANTE EL MILAGRO DE LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

JESUS SE RETIRA A EFREM

TEXTO

Juan 11, 45-54

Muchos de los judíos que habían venido a casa de Marta, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron donde los fari­seos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces, los Sumos Sacer­dotes y fariseos convocaron consejo y decían: "¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él; vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación." Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era el Sumo Sa­cerdote de aquel año, les dijo: "Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación." Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que esta­ban dispersos. Desde ese día, decidieron darle muerte.

Por eso, Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que se retiró a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y se quedó allí con sus discípulos.


INTRODUCCIÓN

El Evangelista nos nana la reacción de los Sumos Sacerdotes y de los Fa­riseos de Jerusalén al enterarse del milagro que acababa de realizar Jesús. El Sanedrín era el consejo supremo de los judíos, el único que tenía poder para condenar a muerte. Por esto, convocan urgentemente a los miembros del Sanedrín para juzgar a Jesús. La decisión ya está tomada antes de re­unirse el Consejo; sólo quieren dar apariencia legal a la condena, aunque no cumplen con lo prescrito en la Ley, según la cual no podía ser condenado nadie en su ausencia, sin oírle previamente.

Los datos de la historia nos confirman que Caifás era Sumo Sacerdote aquel año; y será el mismo Caifás el que condene a Cristo oficialmente en la reunión solemne del Sanedrín durante la Pasión del Señor. (Cfr. Mt 26, 57-67)

Algunos de los judíos debieron comunicarle a Jesús la decisión que se ha­bía tomado en el Consejo de los Sumos Sacerdotes y Fariseos, y el Señor decide abandonar cuanto antes Betania. Se diri­ge a Efrem, una ciudad pe­queña, a unos veinte kilómetros al norte de Jerusalén. Allí descansó por al­gunos días junto con sus discípulos.

Después pasaría de nuevo a la Transjordania, a Perea, donde seguiría su ministerio apostólico hasta la llegada de la Pascua, en que subiría a Jeru­salén para su sacrificio.

MEDITACIÓN

1) Ceguera voluntaria de los Sacerdotes y Fariseos

Se nos dice en el Evangelio que muchos de los judíos que acompañaban a Marta y María creyeron en Jesús al ver el milagro de la resurrección de Lázaro. Estos judíos no tenían el corazón cerrado a la gracia de Dios. Abrieron sus ojos a la luz esplendorosa que brilló en la persona de Cristo. Cualquiera que se dejase iluminar por esa luz tenía que reconocer que Cristo era el Enviado del Padre, el Hijo de Dios, el Mesías que había sido prometido desde las primeras páginas del Génesis. Jesús correspondería a ésa fe cumpliendo su promesa de ser para ellos "Resurrección y Vida".

Pero lo que resulta increíble es que hubiera algunos judíos, de los que pre­senciaron el milagro, que fuesen a acusar a Jesús ante los sumos sacerdo­tes y ante los fariseos de Jerusalén. Y más increíble todavía la decisión que tomaron en el Consejo de dar muerte a Jesús por el milagro que había realizado, milagro que aceptan como verdadero por el testimonio de los que lo habían presenciado.

La razón que dan es un motivo hipócrita para encubrir su odio a muerte a Jesús, que tantas veces había denunciado sus pecados, y que, con sus mila­gros y doctrina, arrastraba a muchos hacia sí. Jesús era la causa de que su Prestigio e influencia disminuyesen a los ojos del pueblo; y era para ellos también el fin de sus privilegios y de todas sus ventajas sociales. Esto era, en realidad, lo que hacía que odiasen a Jesús y decidiesen darle muerte.

Cristo no era ningún peligro para que los romanos viniesen a destruir la Ciudad Santa. Cristo no era el Mesías político que venía a establecer un reino de poder, en contra de los romanos. Toda su conducta y predicación eran señal clara de que no venía a liberar a los judíos del poderío romano. Pero con una hipocresía extrema, para justificar ante el pueblo su decisión, esgrimen el argumento político.

Los sumos sacerdotes y los fariseos fueron verdaderamente ciegos ante la luz maravillosa que resplandecía en la persona de Cristo. Sus grandes pre­juicios, su sucia envidia, y su odio a Jesús, fueron la causa de esta conde­na. Y por lo tanto fue una ceguera plenamente culpable y de enorme res­ponsabilidad. Cristo ya se lo había señalado en otras oportunidades (Cfr. Medit. 105 y 146)

Se cumplía en ellos la tremenda profecía del anciano Simeón: "Este (Je­sús) será puesto para caída y elevación de muchos en Israel." (Lc 2, 34). Jesús venía a la tierra para salvar a todos los hombres, para liberar a todos los hombres del pecado y elevarlos a la dignidad de hijos de Dios y traer­les la verdadera salvación. Pero muchos hombres, por su ceguera volunta­ria, le rechazarán; para ellos, Jesús será causa de su ruina y condenación.

Infinito el amor de Cristo a los hombres y terrible iniquidad la de estos su­mos sacerdotes y fariseos que le condenan a muerte y frustran el amor del Señor, que también quería para ellos la salvación.

2) Profecía de Caifás

Cuando se nos dice que el sumo sacerdote Caifás profetizó en aquella oca­sión al decir "es mejor que muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación", no se nos quiere decir que Caifás estuviese investido con el carisma del profetismo, ni que recibiese una moción del Espíritu Santo para que pronunciase aquellas pala­bras. Lo que se nos quiere decir es que esas palabras dichas, por Caifás en un sentido humano y que procedían de su odio a Jesús, desde la providencia de Dios eran palabras que contenían una auténtica profecía sobre el sentido más profundo de la Muerte de Cristo.

Esas palabras, sin sospecharlo Caifás, contenían la enseñanza principal de la revelación cristiana: Cristo en su venida hacía el llamado a todos los pueblos del mundo para formar el Nuevo Pueblo de Dios; y conquistará este Nuevo Pueblo mediante su Pasión y su Muerte. Es lo que el mismo Cristo profetizó, cercana ya su muerte: "Cuando yo sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí"; y el Evangelista añade: "Decía esto para significar de qué muerte iba a morir." (Jn 12,32-33). Y en la parábola del Buen Pastor había proclamado: "Yo doy mi vida por las ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este redil, y es necesario que las reúna, y oirán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor." (Jn 10,15-16).

De aquí se deriva el afán misionero de la Iglesia que hace todo lo posible para que no quede país, pueblo o tribu sin oír el mensaje de Cristo, y todos puedan ser incorporados a la nueva familia de hijos de Dios. Y todos los cristianos estamos llamados a colaborar en la obra misionera de la Iglesia.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.





175. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Resurrección de Lázaro


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VIII. JESÚS EN PEREA

(Diciembre año 29 - Abril año 30)

175.- RESURRECCIÓN DE LÁZARO

TEXTO

Juan 11,1-44

Cierto hombre llamado Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su her­mana Marta, estaba enfermo. María era la que ungió al Señor con perfu­mes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, aquel a quien amas, está enfermo." Al oírlo Jesús, dijo: "Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella." Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Enterado de su enfermedad, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: "Volvamos a Judea." Le dicen los discípulos: "Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?" Jesús respondió: "¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque le falta la luz." Dijo esto y añadió: "Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle. Le dijeron los dis­cípulos: "Señor, si duerme, se curará." Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él." Entonces To­más, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él." Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Distaba Betania de Jerusalén unos quince estadios. Habían venido muchos judíos a casa de María y Marta para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Je­sús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: "Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, te lo concederá."

Le dice Jesús: "Tu hermano resucitará." "Ya sé, -le respondió Marta-, que resucitará el último día, en la resurrección." Jesús le respondió:

"Yo soy la resurrección y la vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.

¿Crees esto?"

Le dice ella: "Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo."

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: "El Maestro está ahí y te llama." Al oírlo ella, se levantó rápi­damen­te, y se fue donde a. Pues todavía Jesús no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lu­gar donde Marta le había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguie­ron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto." Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: "¿Dónde le habéis puesto?" Le res­ponden: "Señor, ven y lo verás". Jesús se echó a llorar. Los judíos enton­es decían: "Mirad cómo le quería." Pero algunos de ellos dijeron: "Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que ese hombre no muriera?" Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro, que era una cueva, con la piedra encima. Dice Jesús: "Quitad la piedra." Le responde Marta: "Señor, ya huele; es el cuarto día." Le dice Jesús: "¿No he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" Quitaron, pues la pie­dra. Entonces Jesús levantó los ojos y dijo:

"Padre, te doy gracias por haberme escuchado.

Ya sabía que tú siempre me escuchas;

pero lo he dicho por éstos que me rodean,

para que crean que tú me has enviado."

 

Dicho esto, gritó con fuerte voz: "¡Lázaro, sal fuera!"

Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: "Desatadle y dejadle andar."


INTRODUCCIÓN

Betania era una ciudad pequeña, distante tres kilómetros de Jerusalén, que se asentaba a los pies de la vertiente oriental del Monte de los Olivos. Pa­rece que estaba rodeada de fresca vegetación, y en los alrededores de la ciudad se daban algarrobos, almendros, olivos, higueras. Ciudad agrada­ble para habitar.

Los Evangelios nos ofrecen algunos detalles de la familia de Lázaro.

Eran tres hermanos, Marta, María y Lázaro; por sus muchas y buenas re­laciones con personas de Jerusalén de buena posición social, podemos pensar que era una familia acomodada, de holgada situación económica.

Los tres hermanos eran muy buenos amigos de Jesús. No conocemos el co­mienzo de esa amistad, pero se nos dice que Jesús solía retirarse a descan­sar en casa de estos buenos amigos cuando iba a Jerusalén y tenía que per­manecer en la capital por varios días. Por las noches salía de Jerusalén con sus discípulos y se encaminaba a Betania. Con la amistad de los tres her­manos descansaría también de todas las intrigas de los fariseos y escribas.

(Cfr. también las escenas de "Marta y María" (Lc 10, 38-42) y "La unción a Cristo por parte de María" (Jn 12, 1-11)

La resurrección de Lázaro se considera el mayor milagro de todos los rea­lizados por Jesús. Con sólo su palabra hace resucitar, volver a la vida a un muerto de cuatro días, que ya huele mal y está enterrado. Este solo mila­gro bastaría para afianzar nuestra fe en el Señor.

MEDITACIÓN

1) Mensaje de las hermanas de Lázaro al Señor

Lázaro estaba enfermo y se iba agravando. Hay pocas esperanzas de sanación. Sus hermanas saben del amor que Jesús le profesa, y están cier­tas de que, enterado Jesús de su enferme­dad, vendrá a visitarle y con su poder le concederá la curación. Se nos habla expresamente del amor que Jesús profesaba a toda la familia: "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro."

Y el mensaje que las hermanas enviaban al Señor es de una gran fe y con­fianza en él. No le piden expresamente nada, sólo le indican "aquel a quien amas está enfermo." Fiadas de ese amor, saben que es suficiente que el señor conozca la peligrosa situación en que se encuentra Lázaro para que venga en su ayuda.

Oración que debería ser ejemplo de nuestras oraciones al Señor.

Si tuviésemos la fe y confianza que tenían Marta y María, nos bastaría dia­logar con el Señor presentándoles nuestras miserias y necesidades. Si tuviésemos la experiencia que estas hermanas tenían del amor de Jesús a ellas y su hermano, estaríamos también completamente seguros de que el Señor curaría nuestras miserias y acudiría a socorrer nuestras necesidades. Lo que nos falta es profundizar en la experiencia del amor que Jesús nos tiene.

Así fue también la oración de María a su Hijo en las bodas de Caná: "No tienen vino". No le pide expresamente el milagro, sino sólo le presenta la necesidad de esos novios, que se verían avergonzados y humillados si en su fiesta de bodas faltase el vino. María conoce mejor que nadie el cora­zón de su Hijo, y sabe que sus palabras son una oración que será escucha­da por su Hijo. Y efectivamente así fue, el Señor realizó el milagro.

2) Respuesta de Jesús

La primera parte de la respuesta de Jesús será interpretada por los mensa­jeros y por los mismos apóstoles como que Lázaro no moriría de esa en­fermedad, que sanaría: "Esta enfermedad no es de muerte." Sin embargo, el Señor se estaba refiriendo a que Lázaro volvería a la vida después de su muerte.

Y, refiriéndose a ese milagro tan extraordinario que iba a realizar, el Señor nos descubre lo que hay de más profundo en toda su vida, y que es el mó­vil de toda su conducta: Buscar siempre la gloria del Padre. Por medio de ese milagro el Señor mostrará su omnipotencia y su gran bondad; mostra­rá que es el Hijo enviado del Padre que tiene poder sobre la vida y la muerte. Y es así como el Padre será glorificado en el Hijo. Reconocer a Cristo como el Hijo de Dios, el enviado del Padre, es, ciertamente, glorifi­car al Hijo, pero en esta glorificación del Hijo está la verdadera gloria del Padre: "Esta enfermedad no es de muerte; es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella."

Y el Señor parece desconcertar a los que le habían traído el mensaje de las hermanas. Ellos creerían que el Señor se pondría en seguida en camino para ir donde Lázaro. Pero "enterado de la enfermedad, permaneció dos días en el lugar donde se encontraba." En la Providencia de Dios entraba que Lázaro muriese, fuese enterrado; que acudiese mucha gente de Jeru­salén a consolar a sus hermanas. En medio de aquella multitud, Jesús obraría el milagro que manifestaría su gloria y la gloria del Padre.

Debemos confiar siempre en los caminos que Dios tenga para nosotros, aunque no los entendamos y parezca que son contrarios a nuestras peticio­nes.

3) Diálogo de Jesús con los discípulos

Ha llegado el momento en que Jesús se ponga en camino hacia Betania. Han pasado ya dos días desde el anuncio de su enfermedad y Lázaro ha muerto y ha sido enterrado. Y comunica su decisión a los apóstoles. Estos se acuerdan de la ida del Maestro a Jerusalén a la fiesta de la Dedicación y cómo durante esta fiesta los judíos habían querido matarle apedreándole. Los apóstoles temen por la vida de su maestro, si vuelve a las cercanías de Jerusalén, y temen también por su propia vida. Y como si el Señor no co­nociera los peligros, los apóstoles le aconsejan que desista de ir a Betania.

La respuesta de Jesús quiere indicarles que no tienen que tener miedo, pues su "hora" no ha llegado, la hora "del poder de las tinieblas". Esto es lo que significan sus palabras al decirles que el que anda de día, con la luz, no tropieza; pero sí el que anda de noche, sin luz. Para Jesús todavía es de día en su vida; no ha llegado la noche. No hay que temer. Los apóstoles no entendieron lo que Jesús les decía.

El Señor insiste en que tiene que ir a Betania, y da la razón: "Nuestro ami­go Lázaro duerme". Los apóstoles ven en estas palabras del Señor una ra­zón suficiente para que no vaya a Betania. Un sueño tranquilo en una en­fermedad se consideraba como señal de mejoría. Por lo tanto, le dan a en­tender al Señor que, si Lázaro está mejorando en su salud, no tiene por qué ir a visitarle.

El Señor ahora les dice ya claramente. "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis; pero vayamos a donde él está.

Ante la decisión del Señor no quedaba otra alternativa a los apóstoles que abandonarle en su viaje a Betania, o seguirle. No lo dudan, temen que van a la muerte, pero su amor al Señor es sincero. Tomás expresa el senti­miento que habría en el corazón de todos ellos: "Vayamos también noso­tros a morir con él."

Cuando llegue la hora de la Pasión del Señor le abandonarán por la gran debilidad humana de no poder comprender el misterio del Hijo de Dios, del verdadero Mesías, humillado y clavado en una cruz. Con su resurrec­ción Cristo incendiará en su amor el corazón de los apóstoles que, desde entonces hasta su muerte martirial, le seguirán con toda fidelidad.

4) Marta sale al encuentro de Jesús

Al acercarse Jesús a Betania, la gente, que iba y venía de la casa de las hermanas con motivo de la muerte de su hermano, le reconoció y avisaron inmediatamente a Marta que Jesús estaba llegando. Marta, impulsiva por temperamento, no espera tranquila su llegada, sino que se apresura y sale a su encuentro.

Las primeras palabras que Marta le dirige al Señor muestran una cierta frustración con respecto a él: Implícitamente le está preguntando al Señor, con cierta amargura, el porqué de su tardanza.

Pero la fe de Marta en la bondad y en el poder de Jesús es muy profunda, y a continuación añade: "Aun ahora, yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá." Parece que Marta insinúa al Señor que con su poder vuelva a la vida a su hermano. Insinuación bien atrevida, pero que nace de su corazón lleno de fe y amor al Señor; y el Señor en su respuesta le da a entender que ha comprendido muy bien su petición y que la acoge: "Tu hermano resucitará."

Para Marta la palabra "resucitará" es ambigua. No comprende que el Señor haya aceptado su petición, y cree que su respuesta se refiere a la resu­rrección al final de los tiempos, en la que ella tenía fe. Pero, de momento, esa resurrección al final de los tiempos no aliviaba el dolor que sentía por pérdida de su hermano.

Marta, entonces, sólo pensaba en la muerte temporal de su hermano y pa­reciera que no diese gran importancia a la resurrec­ción final. El Señor le va a conceder el gran milagro de devolver la vida a su hermano; pero quie­re purificar la fe de Marta, quiere que llegue a comprender el misterio pro­fundo de su persona como fuente de toda vida y la gran alegría que deben tener todos aquellos que creen en él, pues ninguno de ellos verá la muerte. Una de las más maravillosas autorrevelaciones de Cristo y de mayor con­suelo para todos los cristianos:

"Yo soy la resurrección y la vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás."

Jesucristo le revela a Marta que lo verdaderamente transcen­den­tal no es la muerte temporal por la que han de pasar todos los hombres, ni siquiera es transcendental que devuelva la vida a su hermano Lázaro, esta vida terrena, que volverá a perder. Lo importante, lo decisivo, es que crea en él con todo su corazón. A todo el que crea en él, Jesús promete la resurrec­ción del cuerpo y la vida eterna, vida de felicidad y gloria que no terminará jamás.

Y el Señor quiere que Marta haga explícitamente este acto de fe en su per­sona y en su testimonio. Marta ya creía en el Señor, pero ahora, iluminada por las palabras de Cristo y por la gracia interior que actuaba en su cora­zón, ante la pregunta del Señor: "¿Crees esto?", ella responde con el mis­mo acto de fe que pronun­cia­ra Pedro en Cesarea de Filipo: "Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo."

Marta debió de sentir una gran felicidad al proclamar, movida por la gra­cia de Dios, su fe profunda en Jesucristo como el verdadero Mesías y el Hijo de Dios; y debió sentir la seguridad de que ella participaría de las promesas hechas por Cristo para todo el que creyese en él. Con esta gran alegría, y queriendo hacer partícipe a su hermana, va donde ella y le dice que el Señor ha venido y quiere verla, que la llama.

5) Encuentro de María con Jesús

Jesucristo ha mostrado toda su Divinidad ante Marta. Ante María quiere mostrar que, si es verdadero Dios, es también verdadero hombre y tiene un corazón humano que sabe compartir las lágrimas y sufrimientos huma­nos.

Jesús se siente conmovido ante las lágrimas de María y de aquellos ínti­mos suyos que le acompañaban. El Señor comprende el sufrimiento hu­mano y, concretamente en este caso, el dolor humano que produce la pér­dida de un ser querido.

El Señor sabe que la fe profunda en él será el gran consuelo que tendrán todos sus discípulos en sus adversidades, sufrimientos y desgracias; pero conoce también que mientras vivimos en esta tierra esa gran fe, por pro­funda que sea, no quita el sufrimiento ni los sentimientos de dolor y de pena. Oración muy agradable al Señor será derramar nuestras lágrimas en su presencia, sabiendo que él nos comprende y comparte con nosotros nuestros dolores y sufrimientos. Admirable Corazón Divino de Jesús que vive también las ternuras del corazón humano.

6) El Milagro

Llega el momento en que el Hijo va a ser glorificado, y por medio de él es el Padre quien es también glorificado. Ahora se va a hacer realidad lo que el Señor había anunciado: "Esta enfermedad es para gloria de Dios."

El Señor se dirige al lugar donde Lázaro había sido enterrado.

El enterramiento en aquella época solía ser una cavidad excavada en la roca. Una gran piedra cerraba la entrada. El interior era una sala rectangu­lar; en ella había como mesas grandes de piedra o mármol donde encima se depositaban los cadáveres envueltos con toda clase de sustancias aro­máticas. Sábanas cubrían todo el cuerpo.

El Señor manda que quiten la piedra. Marta, que quizá ya no pensaba en la resurrección temporal de su hermano, no obstante haber escuchado la revelación transcendental de Cristo de que él es la "Resurrección y la Vida", le dice: "Señor, ya huele; es el cuarto día."

Jesús le responde: "¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios?"

Levantaron la piedra y la pusieron a un lado. Jesús, levantando los ojos al cielo, pronuncia una oración a su Padre antes de realizar el milagro: "Padre, gracias te doy por haberme escuchado. Ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que tú me has enviado."

En esta oración Jesús manifiesta de modo clarísimo su filiación divina y la profunda e íntima relación que tiene con su Padre.

Siempre está en comunicación con su Padre y su Padre está en continua escucha del Hijo. Y el milagro que va a realizar es la prueba evidente de que participa del mismo poder del Padre, y ha de ser motivo para que to­dos los que presencien el milagro crean en él, el Hijo de Dios, el Enviado del Padre. Es así como será glorificado el Padre.

Dicha la oración, Jesús, con su voz omnipotente, exclama: "¡Lázaro, sal fuera!". Y el que estaba muerto, sale atado con las vendas, y el rostro en­vuelto en un sudario. Jesús manda ahora que lo desaten y que le dejen ca­minar.

El Evangelio no nos narra las reacciones del mismo Lázaro y sus herma­nas, ni las reacciones de los judíos que estaban allí presen­tes. Pareciera como si quisiera darnos a entender que ante esa teofanía del infinito poder y la infinita bondad del Señor, no había lugar sino al silencio más profundo de anonadamiento, adoración y agradecimiento al Señor.

Milagro el más espectacular de Cristo y que nos simboliza la plena victo­ria sobre la muerte. Milagro que debe llevar a todos los hombres de buena voluntad a la fe inconmovible en Cristo, como Señor de la Vida y de la Muerte, como la Resurrección y la Vida para todos los que le acojan y crean en él.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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