65. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Estar con Cristo


 P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


C. ULTERIOR PREDICACIÓN Y MILAGROS DE JESÚS

65.- ESTAR CON CRISTO

TEXTOS

Mateo 12,30

"El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo des­parrama".

Lucas 11,23

"El que no está conmigo está contra mí; y el que no recoge conmigo, des­parrama".


INTRODUCCIÓN

Esta sentencia de Jesús hay que interpretarla en el contexto en que la po­nen Mateo y Lucas. Es inmediatamente después de la controversia que ha tenido con los fariseos y escribas, y por lo tanto hay que referirla como di­cha, especialmente, a ellos.

Por lo tanto, el Señor no se está refiriendo a aquellos que en modo alguno le conocen. Los que no conocen a Jesús, no pueden estar ni con Jesús ni contra Jesús. Prescinden de El porque no le conocen.

Pero los fariseos si conocían a Jesús, escuchaban su doctrina, veían sus milagros. Y, en general, podemos decir que se refiere a todos aquellos que de alguna manera han conocido al Señor y no lo han aceptado.


MEDITACIÓN

1) "El que no está conmigo, está contra mí"

En el caso de los fariseos y escribas se comprende muy bien la sentencia del Señor. Ellos, ciertamente, no estaban con Cristo. Rechazaban su perso­na, eran ciegos a sus enseñanzas y a las obras que realizaba; las malinterpretaban y reprobaban. Pero también, es clarísimo, que por no aceptar a Jesús y sus enseñanzas se convirtieron en adversarios, en autén­ticos enemigos de Cristo: estaban claramente contra él.

Pero la sentencia de Cristo está dicha como un principio general, que por el contexto, se aplica primeramente a los fariseos y escribas, pero que tie­ne aplicaciones muy amplias.

Quién conoce a Jesús y conoce las enseñanzas de su Reino y no toma par­tido por El, aunque no ataque directamente a Jesús ni al Evangelio, esa persona está realmente contra Jesús. Jesús nos habla de dos reinos, el Rei­no de Dios y el reino de Satanás. Quien conoce el Reino de Dios y no quiere entrar en él, necesariamente pasa a formar parte del reino de Satanás, y, consiguientemente, está en contra de Jesús. Todo el que quiera tomar distancias con respecto a Jesús se pone automáticamente a favor de la causa de Satanás.

En este sentido, la enseñanza de Jesús tiene una aplicación muy concreta para muchas personas, incluso para muchos cristianos. Todos aquellos, que habiendo conocido a Cristo, o no lo aceptan, o prescinden de El, prácti­camente, en su vida; todas esas personas están contra Cristo. No cabe, en estos casos, neutralidad; o se está con Cristo, o se está contra Cristo. Y el no confesar a Cristo, cuando hay que confesarle, cuando hay que defender­le de tantos ataques que sufre hoy día; el callar las enseñanzas de Cristo que el mundo no quiere aceptar y no oponerse a la divulgación de enseñan­zas contrarias al Evangelio, es estar ya contra Cristo. Las condescenden­cias con los criterios del mundo son maneras de estar contra Cristo. No se trata de un momento de debilidad, por el cual el hombre puede caer en pe­cado, si luego se arrepiente en seguida y busca el perdón del Señor. Se tra­ta de actitudes permanentes del corazón que hacen que se viva alejado del Señor y alejado de su Evangelio en la práctica ordinaria de la vida. Aunque se confiese a Cristo con los labios, en realidad se está contra Cristo.

2) "El que no recoge conmigo, desparrama"

El tema de la dispersión de los judíos, del pueblo de Israel, y su reunión definitiva, cuando venga el Mesías, es tema tratado frecuentemente por los profetas.

En la parábola del Buen Pastor, Jesús hablará de reunir a todas las ovejas en un solo redil: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ellas tengo que llevarlas, y escucharán mi voz; habrá un solo re­baño y un solo pastor". (Jn 10, 16)

Y en la Ultima Cena el Señor cita una profecía de Zacarías que la aplica a sí mismo y a la situación en que van a encontrarse los apóstoles que le abandonarán durante su Pasión: "Todos vosotros os vais a escandalizar de mí esta noche como está escrito; 'Heriré al pastor y se dispersarán las ove­jas del rebaño' (Zac 13,7)". Y a continuación les dirá que El volverá a re­unirlas: "Más después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea". (Mat 26, 31-32)

La misión de Cristo en la tierra y el fruto de su Redención no será otro que formar la verdadera familia de Dios, comparada con un rebaño. Y quiere que todos estén dentro de esta familia. Y consiguientemente, la misión de todo apóstol de Jesucristo será trabajar para hacer de todos los pueblos y naciones "un solo rebaño y un solo Pastor"

Con esta introducción podemos entender perfectamente lo que el Señor nos quiere indicar con la sentencia que estamos comentando. El problema fundamental es "estar con Cristo", porque el que de verdad "está con Cris­to", será el único que con su gracia podrá mover los corazones de los hombres para hacer que entren en el redil de la familia de Dios. Cristo ha repetido que "sin mí no podéis nada" (Jn 15,5) Infaliblemente, el que está con Cristo, producirá muchos frutos de conversiones, hará una buena co­secha, reunirá a las ovejas.

Por el contrario, aquel que "está contra Cristo", lo único que hará será ser causa de escándalo para los demás y dispersar las ovejas. Tiene aplicación muy concreta a los fariseos y escribas, que implícitamente quedan aquí comparados con los malos pastores. Ellos eran los que más debían ayudar a Cristo a unir, reunir, a todos los judíos bajo el Mesías, y son los que dis­persan a las ovejas del Pueblo de Israel. Y tiene aplicación especial a to­dos los pastores de la Iglesia que traigan la división y la dispersión de los fieles. Y tiene una aplicación más general para toda persona, sobre todo si es cristiana, que "está contra Cristo" al no estar con El.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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64. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Controversia con los fariseos




P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


C. ULTERIOR PREDICACIÓN Y MILAGROS DE JESÚS

64.- CONTROVERSIA CON LOS FARISEOS

TEXTOS

Mateo 12, 22-29

Entonces fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente decía atónita: "¿No será éste el Hijo de David?". Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: "Este no expulsa los demonios más que por Belcebú, príncipe de los demonios".

El, conociendo sus pensamientos, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir. Si Satanás expulsa a Satanás, contra sí mismo está dividi­do: ¿Cómo, pues, va a subsistir su reino? Y si yo expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. O, ¿cómo puede uno entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte? Enton­ces podrá saquear su casa".

Marcos 3, 22-27

Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: "Está poseído por Belcebú y por el príncipe de los demonios expulsa los demonios". El, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: "¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no po­drá mantenerse. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces, po­drá saquear su casa".

Lucas 11, 14-22

Estaba expulsando un demonio que era mudo; cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: "Por Belcebú, príncipe de los demonios, expulsa los demonios". Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero El, cono­ciendo sus pensamientos, les dijo: "todo reino dividido contra sí mismo queda desolado, y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás está divi­dido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?; porque decís que yo expulso los demonios por Belcebú. Si yo expulso los demonios por Belcebú ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero, si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien ar­mado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos".


INTRODUCCIÓN

El comienzo de la controversia con los fariseos es motivado por un mila­gro que realiza el Señor. Cura a un ciego y mudo a la vez, según San Mateo; y a un sordomudo, según San Lucas. La enfermedad era atribuida por la gente al demonio. La turba se admira ante tal poder y cree que Jesús es el Mesías, el Hijo de David. "Hijo de David" era título mesiánico por las promesas que Yahvé había hecho a David, que de su descendencia na­cería el Mesías, el Salvador de su pueblo.

San Marcos omite este milagro del Señor. Pero nos da una noticia de gran interés. Entre los presentes se hallaban, no solamente los fariseos de aque­lla región, sino escribas que habían venido especialmente de Jerusalén, probablemente enviados por las autoridades, para espiar a Jesús. En con­traposición a la actitud de admiración y reconocimiento del pueblo, los fa­riseos y escribas se enfrentan a Jesús e intentan convencer al pueblo senci­llo, de que Jesús echaba los demonios con el poder del mismo Satanás. Belcebú era un nombre despectivo de Satanás.


MEDITACIÓN

1) Actitud de los fariseos y escribas

La envidia ante el poder y la popularidad de Jesús lleva a los fariseos a una gran hostilidad en contra suya; más aún, el temor de perder ellos su presti­gio y autoridad ante el pueblo les condujo a ese odio profundo por el que querían deshacerse de él, condenarle y matarle. Y como la envidia y el odio no actúan según las leyes de la lógica humana, sino según las leyes, frecuentemente ilógicas, del corazón, cuanto más evidente se hace la ver­dad de Jesús en sus palabras y en sus obras, cuanto más brilla la luz de su sabiduría y se hace más patente su poder divino, tanto más se ciegan a sí mismos los fariseos y escribas para poder reconocer a Jesús como Mesías, enviado de Dios, y crece en ellos más y más esa envidia y ese odio.

Enseñanza profundísima para todos los hombres de todos los tiempos. El hombre dominado por sus pasiones, el hombre "carnal" que nos dirá San Pablo, jamás podrá comprender las cosas de Dios. (Cfr. 1 Cor 2, 14) No es lógica del entendimiento la que impide nuestro reconocimiento de Dios, nuestro reconocimiento de Cristo y aceptar su mensaje; es el corazón vi­ciado lo que ciega los ojos del alma.

Y aunque sea en un grado mucho menor, o en un grado ínfimo, aun las personas que han dado un sí al Señor, pueden tener ciertos apegos a las cosas de la tierra, ciertos afectos desordenados, que les impide ver con claridad lo que el Señor quiere y exige de ellos, y que les impida la gene­rosidad en el seguimiento a Cristo.

2) Respuesta de Jesús

Una vez más se nos dice que Jesús "conocía sus pensamien­tos". No sólo escuchaba lo que decían, que expulsaba los demonios con el poder de Belcebú; sino que además, leía lo que había de más profundo en sus mentes y en su corazón. Y lo que leía era ese odio y esa envidia para con El. Pero Jesús no responde de igual manera. El ha venido a redimir a to­dos, y en ese "todos" estaban también los fariseos y escribas. Y les res­ponde con toda serenidad, por medio de dos parábolas sencillas, a lo que ellos decían y de lo que le acusaban. Quiere hacerles ver con máxima cla­ridad, que su manera de pensar y de enjuiciar sus milagros, concretamen­te, los milagros de expulsión de los demonios, es absurda e ilógica; les in­vita a una reconsideración, a una reflexión que les lleve a cambiar de acti­tud y puedan reconocer en él al enviado de Dios.

La primera comparación la toma Jesús del ejemplo de una casa o ciudad profundamente dividida en sí misma; la de un reino internamente dividido en el que se supone que luchan entre sí sus habitantes, lo que llamaríamos, guerra civil. Ese reino no podrá subsistir. La ruina llegará a toda ciudad o casa o familia, cuyos miembros estén unos contra otros. De igual manera, dice Cristo, si yo echo los demonios en nombre de Satanás, con el poder de Satanás, es evidente que estoy luchando contra él, que soy enemigo suyo, que he llevado la división a su reino, y que ese reino, el de Satanás, no podrá subsistir. Lo absurdo es pensar que Satanás va dar poder a Jesús para que luche contra él, para que traiga la ruina a su reino. ¿Cómo pue­den pensar los fariseos y escribas que Jesús, con el poder recibido del mis­mo Satanás, es el poder con el que está echando los demonios? Es tan irracional esa manera de pensar, que con una ligera reflexión, se conocería que el poder de Jesús viene de otra parte. Y no puede venir sino de Dios, porque sólo Dios tiene poder sobre Satanás y su reino.

La segunda comparación esta tomada del saqueo a una casa o palacio; para que los asaltantes tengan éxito en su acción, es necesario que primero con­trolen, dominen, amarren con ataduras al dueño de la casa o palacio, y una vez, conseguido eso, podrán con toda libertad llevar a cabo el saqueo. Pero todo esto supone que los asaltantes son más fuertes que el dueño de la casa o palacio. Con esta comparación, Jesús quiere decir que si él expulsa los demonios, es más fuerte que ellos, tiene un poder superior al que tienen los demonios y el mismo Satanás. Y esto es lo que debían reconocer los fari­seos y escribas. Y como ese poder superior a los demonios y a Satanás, solamente lo tiene Dios, es evidente que Jesús los expulsa con el poder de Dios. Esto es lo que significan las sentencias de Jesús en las que afirma que él expulsa los demonios por el "Espíritu de Dios", o por el "dedo de Dios". Y el Señor saca una conclusión importantísima: "Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios". Ese Reino es el que predica Jesús y es el que los fariseos y escribas no quie­ren recibir. No tienen disculpa alguna en el rechazo que hacen de la persona de Cristo, y en el rechazo del Reino de Dios anunciado por el mismo Cristo.

Hay una frase de Mateo y Lucas que conviene aclarar: "Si yo expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces".

Los judíos conocían el exorcismo, que era practicado por los grandes doc­tores pertenecientes al partido de los fariseos. Al expulsar Jesús los demo­nios, no hace otra cosa que lo que hacían algunos jefes espirituales de su pueblo. La diferencia estaba en la frecuencia con que lo realizaba Jesús y la autoridad muy superior que mostraba el poder de la mera palabra de Je­sús, sin recurrir a fórmula alguna ni a ninguna clase de ritos. Por eso, el pueblo quedaba admirado y era atraído por Jesús. Los discípulos de los fa­riseos eran parte de ese pueblo, y se consideraban como hijos espirituales de ellos. Esos mismos discípulos juzgarán a sus maestros por su actitud intransigente, agresiva y, además, completamente absurda, contra Jesús.

En todas estas palabras de Jesús tenemos que comprender la principal en­señanza que encierran para todos los hombres: La expulsión de los demo­nios es un signo evidente de su mesianidad, de que ha llegado el Reino de Dios; y esa expulsión significa que el Señor nos libra completamente del poder de Satanás, de todos los poderes del mal, nos libra del pecado. Sólo en Cristo tenemos la victoria segura contra Satanás, sus asechanzas, y sus esfuerzos por hacernos caer en pecado. El cristiano que vive unido a Cris­to, apoyado en Cristo, nunca debe temer al demonio ni a su influencia ma­ligna. El demonio seguirá teniendo su reino en este mundo y, desgraciada­mente, serán muchos los que acepten ese reinado de Satanás; más aún, hoy día, conocemos que se multiplican sectas verdaderamente satánicas. El poder de Satanás sobre esas almas, sí es algo tremendamente peligroso y dañino y que las encamina a la condenación eterna. Pero, repetimos, que quien vive en una actitud de fe en Cristo nuestro Señor, en una actitud de confianza en él y de aceptar su reino en nuestras vidas, no tiene que temer nada del demonio ni de los que pertenecen a su reino. La plenitud del Rei­no de Cristo y la total destrucción del reino del demonio, sólo será al fin de los tiempos.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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63. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Sus parientes le buscan

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


C. ULTERIOR PREDICACIÓN Y MILAGROS DE JESÚS

63.- SUS PARIENTES LE BUSCAN

TEXTOS

Marcos 3, 20-21

Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni si­quiera podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: "Está fuera de sí".

Juan 10, 19

Muchos de ellos decían: "Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escu­cháis?".


INTRODUCCIÓN

Después de los hechos narrados anteriormente y que han consti­tuido el ob­jeto de las meditaciones inmediatamente prece­den­tes, San Marcos nos dice que Jesús "vuelve a casa". Para Jesús, "volver a casa" no significaba Nazaret, sino Cafarnaúm adonde se retiraba después de cada una de sus excursiones apostólicas. Necesita tomar un descanso, pero es tal su fama y lo que la gente le busca, que le resulta imposible descansar; más aún, se nos dice que no le dejaban tiempo ni para comer. De esta aglomeración de gente en Cafarnaúm, en la misma casa donde se hospedaba Jesús, que sa­bemos era la casa de Simón Pedro, se nos habla en otros pasajes del Evan­gelio. (Cfr. Mc 2,2; 6,31) Por eso, si quería Jesús realmente descansar, te­nía que buscar lugares solitarios, alejados de la ciudad, y aprovechaba esos ratos de soledad también para entregarse a su oración al Padre. (Cfr. Lc 5,16)

Jesús está realizando una extraordinaria actividad apostólica y hay una enorme efervescencia en Cafarnaúm. Y es probable que la actitud de los fariseos y escribas contra Jesús y las calumnias que proferían contra él de­lante del pueblo, crease un cierto desconcierto, por lo menos, en parte de la multitud que seguía a Jesús. Esas calumnias las consideraremos en la siguiente meditación.

Es en estas circunstancias cuando los parientes de Jesús fueron a buscarlo con la intención de llevárselo y cuidar de él.

Hay un problema sin resolver: se refiere a la frase del Evangelista: pues decían: "Está fuera de sí"; es decir, "está loco".

Una interpretación cree que esa frase es dicha por los mismos parientes de Jesús. Y lo explican de esta manera: Al llegar a Nazaret la noticia de la ac­tividad extraordinaria de Jesús en Cafarnaúm y cómo la gente se concen­traba para oírle y tocarle, aunque sólo fuera la orla de su manto, sospechan sus familiares, influenciados por la oposición y crítica de los fariseos, que ha perdido el juicio, y llegan a creer que la gente impulsada por los fari­seos podría poner en peligro la misma vida de Jesús. Y van a buscarle.

La impresión que causó la actividad de Jesús en "sus parientes" puede también tener alguna explicación; treinta años han convivido con El y du­rante todo ese tiempo no había mostrado ninguna señal especial que indi­case su misión, y menos la de ser el Mesías prometido. Había pasado su vida trabajando en un taller humilde de carpintería. Y, de pronto, deja el taller y comienza su aventura apostólica. No es de extrañar que algunos lo juzgasen como un fanático, un "fuera de sí", un loco.

La otra interpretación es la de aquellos que interpretan la frase como dicha por los escribas y fariseos, por todos los enemigos de Jesús. Ellos son los que llaman "loco" a Cristo, e intentan por todos los medios que la multitud crea que Jesús es un loco, y así conseguir apartarla de él. Y cuando estas noticias llegan a Nazaret, sus parientes temen por Jesús y van a buscarle.

Finalmente, hay una tercera interpretación, que une ambas, la primera y la segunda: es decir, tanto los escribas y fariseos decían de Jesús que estaba loco, y nos lo confirma el texto de Juan que hemos transcrito; como sus mismos parientes, que haría tiempo no lo habrían tratado de cerca, y que al oír los rumores que se decían de Jesús, sospecharon que eran verdad y que se había vuelto loco.

La Virgen Santísima "guardaba en su corazón" (Lc 2, 19) todos los miste­rios de su Hijo, que no podía revelar a nadie. Cuánto tuvo que Sufrir la Santísima Virgen al oír en Nazaret todos los rumores maliciosos que lle­gaban contra su Hijo, y al ver que sus mismos parientes habían cedido a la influencia de los escribas y fariseos y creían también que su Hijo estaba loco.

Es muy probable que la tercera interpretación, que junta las anteriores, sea la verdadera. Jesús tenido por loco por los escribas y fariseos y algunos otros enemigos suyos, y también por sus parientes.


MEDITACIÓN

Muy breve tiene que ser esta meditación, pero que debe impactar nuestro orgullo y hacernos cambiar. Jesucristo, el Hijo de Dios, la Sabiduría Infini­ta del Padre, es juzgado por el mundo como un demente, un fuera de sí, un loco. Llegará el momento de su Pasión y será paseado por las calles de Je­rusalén como un loco, maniatado, por mandato del rey Herodes. Hasta ese extremo quiso Jesús sacrificar su honra y su fama por amor a los hombres.

Una de las ofensas que más le duele a la persona humana es ser estimada por persona sin luces, medio tonta, por persona que ha perdido la razón. Y mucho más le duele, cuando este juicio lo dan los que la rodean, los que debían conocerla más. La humillación de ser tenido por tonto y loco es de las más terribles para el ser humano. Sin llegar a esa humillación, con cuánta frecuencia la previsión de una crítica o una burla contra nosotros nos hace cambiar de conducta, y hacer a veces lo que no deberíamos hacer por el gran miedo que tenemos a lo que la gente va a pensar de nosotros. Y cuántas cosas se hacen exclusivamente para buscar la propia honra y la alabanza de los demás. La vanagloria, la ostentación, el orgullo y la franca soberbia son una de las pasiones más arraigadas en el corazón del hombre.

Jesucristo, conoce como nadie, ese corazón humano, con enormes poten­cialidades para grandes cosas, y sobre todo, para poner su amor en los verdaderos tesoros del cielo; pero al mismo tiempo, lleno de pasiones que le tiran hacia abajo y le arrastran a todos los pecados.

Y Jesucristo quiere darnos ejemplo de total dominio y control de todas las pasiones humanas, y quiere que mirándole a él tengamos también el mo­delo de aquel que sabe sufrir cualquier humillación, con tal de cumplir la voluntad de su Padre y la Misión que le ha encargado. Y así es como per­mite que sea juzgado por unos y por otros como un "loco".

Ha sido propio de los santos querer imitar a Jesucristo en estas humillacio­nes. Famoso es el texto de San Ignacio en el Libro de los Ejercicios, cuan­do en la oración de población que hace al Señor en la meditación de su Reino, le pide "pasar todas injurias y todo menosprecio"; y en la medita­ción de las Dos Banderas vuelve a insistir en lo mismo, ser recibido bajo su bandera y "pasar oprobios e injurias por más en ellas de (Jesús) imitar"; y su petición crece en intensidad en la meditación de los Tres Grados de Humildad, cuando le pide a Nuestro Señor; "Por imitar y parecer más ac­tualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y de­sear más de ser estimado por vano y loco por Cristo que primero fue teni­do por tal, que por sabio ni prudente en este mundo".

Si no somos capaces de llegar a estas alturas de perfección en el amor y en el deseo de imitar a Cristo, por lo menos sepamos controlar todo acto de soberbia y vanidad, sepamos sufrir con paciencia las humillaciones que nos puedan venir, y que nunca dejemos de cumplir la voluntad de Dios por temor a lo que otros puedan decir o juzgar de nosotros.

Demos infinitas gracias al Señor que ha querido precedernos en el ejerci­cio de todas las virtudes cristianas. Bendito ejemplo el de Cristo, que siempre es el que debe guiarnos, animarnos. Y fortalecernos.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo 3



P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita


Continuamos con la publicación de las meditaciones diarias por el P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita, en esta tercera entrega se comparten las meditaciones correspondientes al tema:

II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)

A.- HASTA LA ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES

Asimismo, se presenta la Introducción y Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones presentadas por el autor, con la finalidad de dar orientaciones básicas a los ejercitantes, y se complementa con orientaciones para realizar el examen de la meditación.

Estas meditaciones se publicarán semanalmente en grupo correspondientes a un tema. Esperamos que estas publicaciones sean de provecho espiritual, con la gracia de Dios.

ACCEDA A LAS MEDITACIONES AQUÍ






Domingo VII Tiempo Ordinario. Ciclo C – "Amen a sus enemigos"


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P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6, 27-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

Palabra del Señor

Jesús nos invita a que lleguemos al amor total sin condiciones.

Jesús predica de palabra lo que realizará de obra: el amor a los enemigos. Es la expresión más exigente de la caridad cristiana. Se trata del desinterés más puro, y que manifestará de verdad que somos hijos de Dios; pues El es bueno con los malvados y desagradecidos.

Alguien que vino al mundo, a pesar de que los suyos no le recibieron, que murió por los pecadores, que oró por los que lo traicionaron, ese alguien, Jesucristo, tiene autoridad para enseñarnos esta doctrina tan elevada. Que está por encima de la lógica humana. Una moral simplemente humana no puede atisbar esa elevación tan sublime del amor, que llegue incluso a amar a los enemigos; a dar, sin esperar recompensa; a hacer bien a los que nos odian.

Jesucristo, para que quede bien claro lo que quiere enseñarnos, lo dice de variadas formas, y aludiendo a diversas situaciones: si te pegan en una mejilla, presenta la otra; si te quitan el manto, da también la túnica; ser compasivos, como el Padre Celestial. Incluso nos advierte: no juzgar, no condenar,.. porque seremos medidos con la misma medida que hayamos medido a los demás.

Esta es una de las características más saltantes del cristiano. Es un amor puro y sin límites: puro porque no admite mezcla de intereses personales: es un amor que sólo pretende amar; y es un amor sin límites, porque no hace distinción de personas, a nadie deja fuera, nunca dice basta.

Estamos ante un mandato difícil, que nos excede ¿será posible amar así? Hay situaciones que uno puede fácilmente imaginar, y que se viven en la realidad, que enseguida contrastan, y como que se oponen a esta norma del cristiano. ¿Cómo amar a quien ha ofendido a un hijo? Un amigo, socio en los negocios, se aprovecha de mi buena fe y me arruina, y él se queda con todo ¿Lo puedo amar? ¿Tengo que desistir de plantear una denuncia legal? (se dice que al que te quite el manto, le des también la túnica) Una mujer es violada por un delincuente ¿Lo debe amar?

Esta y otras situaciones variadísimas, que se dan con mucha frecuencia, nos ponen contra la pared, nos hacen toparnos con realismo con el mandamiento del amor. ¿La afirmación de Jesús es realista? ¿Siquiera se puede plantear de verdad una conducta así? No podemos eludir la dificultad, y casi la imposibilidad de lo que Jesús nos pide.

Y no quisiera camuflar la exigencia del Evangelio, al buscar respuestas a esas dificultades, al intentar dar alguna explicación. No hay duda de que Jesús está planteándonos una actitud heroica. Actitud que algunos han tenido: San Esteban, cuando era apedreado, oró por sus enemigos, Santa María Goretti oró por el asesino que quiso violarla. Pero hay que tener cuidado, porque al poner tan excelentes ejemplos, sin advertirlo podríamos querer excluirnos, y afirmar que ese mandamiento está propuesto para algunos pocos héroes, y no para el cristiano, que de verdad quiere serlo.

El reclamar el derecho justo por medios legales, no va en contra del amor cristiano; el tener sentimientos (no fomentados) hostiles, no nos impide desear la conversión del que nos perjudicó. El defender a un tercero, atacado injustamente (de cualquier manera, que sea atacado u hostigado) no va contra el mandamiento del amor, aunque actuemos con fuerza contra el enemigo en este caso.

Amar, quiere decir, desear el bien a otro, buscar que sea mejor, orar para que lo sea; quitar del corazón actitudes hostiles, instintos asesinos, deseos de venganza, deseos de destrucción del que nos ha hecho daño. Todo este conjunto de actitudes se encierra dentro del concepto del amor verdadero, del amor cristiano. Y es en última instancia lo que nos pide Jesús.


Escuchar AUDIO o descargar en MP3

Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

 


Catequesis del Papa sobre San José: 12. «San José, Patrono de la Iglesia universal»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 16 de febrero de 2022

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Concluimos hoy el ciclo de catequesis sobre la figura de San José. Estas catequesis son complementarias a la Carta apostólica Patris corde, escrita con ocasión de los 150 años de la proclamación de San José como Patrón de la Iglesia Católica, por parte del beato Pío IX. ¿Pero qué significa este título? ¿Qué quiere decir que San José es “patrón de la Iglesia”? Sobre esto quisiera reflexionar hoy con vosotros.

También en este caso son los Evangelios los que nos dan la clave de lectura más correcta. De hecho, al final de cada historia que ve a José como protagonista, el Evangelio anota que él toma consigo al Niño y a su madre y hace lo que Dios le ha ordenado (cfr.  Mt 1,24; 2,14.21). Resalta así el hecho de que José tiene la tarea de proteger a Jesús y a María. Él es su principal custodio: «De hecho, Jesús y María, su madre, son el tesoro más preciado de nuestra fe» [1] (Cart. ap. Patris corde, 5), y este tesoro es custodiado por san José.

En el plan de la salvación no se puede separar el Hijo de la Madre, de aquella que avanzó «en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz» (Lumen gentium, 58), como nos recuerda el Concilio Vaticano II.

Jesús, María y José son en un cierto sentido el núcleo primordial de la Iglesia. Jesús es Hombre y Dios, María, la primera discípula, es la Madre; y José, el custodio. Y también nosotros «debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia» (Patris corde, 5). Y aquí hay una huella muy hermosa de la vocación cristiana: custodiar. Custodiar la vida, custodiar el desarrollo humano, custodiar la mente humana, custodiar el corazón humano, custodiar el trabajo humano. El cristiano es —podemos decir— como san José: debe custodiar. Ser cristiano no es solo recibir la fe, confesar la fe, sino custodiar la vida, la propia vida, la vida de los otros, la vida de la Iglesia. El Hijo del Altísimo vino al mundo en una condición de gran debilidad: Jesús nació así, débil, débil. Quiso tener necesidad de ser defendido, protegido, cuidado. Dios se ha fiado de José, como hizo María, que en él ha encontrado el esposo que la ha amado y respetado y siempre ha cuidado de ella y del Niño. En este sentido, «san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre» (ibid.).

Este Niño es Aquel que dirá: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Por tanto, toda persona que tiene hambre y sed, todo extranjero, todo migrante, toda persona sin ropa, todo enfermo, todo preso es el “Niño” que José custodia. Y nosotros somos invitados a custodiar a esta gente, estos hermanos y hermanas nuestros, como lo ha hecho José. Por esto, él es invocado como protector de todos los necesitados, de los exiliados, de los afligidos, y también de los moribundos —hablamos de ello el pasado miércoles—. Y también nosotros debemos aprender de José a “custodiar” estos bienes: amar al Niño y a su madre; amar los Sacramentos y al pueblo de Dios; amar a los pobres y nuestra parroquia. Cada una de estas realidades es siempre el Niño y su madre (cfr. Patris corde, 5). Nosotros debemos custodiar, porque con esto custodiamos a Jesús, como lo ha hecho José.

Hoy es común, es de todos los días criticar a la Iglesia, subrayar las incoherencias —hay muchas—, subrayar los pecados, que en realidad son nuestras incoherencias, nuestros pecados, porque desde siempre la Iglesia es un pueblo de pecadores que encuentran la misericordia de Dios. Preguntémonos si, en el fondo del corazón, nosotros amamos a la Iglesia así como es. Pueblo de Dios en camino, con muchos límites, pero con muchas ganas de servir y amar a Dios. De hecho, solo el amor nos hace capaces de decir plenamente la verdad, de forma no parcial; de decir lo que está mal, pero también de reconocer todo el bien y la santidad que están presentes en la Iglesia, a partir precisamente de Jesús y de María. Amar la Iglesia, custodiar la Iglesia y caminar con la Iglesia. Pero la Iglesia no es ese grupito que está cerca del sacerdote y manda a todos, no. La Iglesia somos todos, todos. En camino. Custodiar el uno del otro, custodiarnos mutuamente. Es una bonita pregunta, esta: yo, cuando tengo un problema con alguien, ¿trato de custodiarlo o lo condeno enseguida, hablo mal de él, lo destruyo? ¡Debemos custodiar, siempre custodiar!

 Queridos hermanos y hermanas, os animo a pedir la intercesión de san José precisamente en los momentos más difíciles de vuestras vidas y de vuestras comunidades. Allí donde nuestros errores se convierten en escándalo, pidamos a san José la valentía de enfrentar la verdad, de pedir perdón y empezar de nuevo humildemente. Allí donde la persecución impide que el Evangelio sea anunciado, pidamos a san José la fuerza y la paciencia de saber soportar abusos y sufrimientos por amor al Evangelio. Allí donde los medios materiales y humanos escasean y nos hacen experimentar la pobreza, sobre todo cuando estamos llamados a servir a los últimos, los indefensos, los huérfanos, los enfermos, los descartados de la sociedad, recemos a san José para que haya para nosotros Providencia. ¡Cuántos santos se han dirigido a él! ¡Cuántas personas en la historia de la Iglesia han encontrado en él un patrón, un custodio, un padre!

Imitemos su ejemplo y por esto, todos juntos, rezamos hoy; rezamos a san José con la oración que puse en la conclusión de la Carta Patris corde, encomendándole nuestras intenciones y, de forma especial, la Iglesia que sufre y que está en la prueba. Y ahora, vosotros tenéis en mano en diferentes idiomas, creo que cuatro, la oración, y creo que estará también en la pantalla, así juntos, cada uno en su idioma, puede rezar a san José.

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

 


[1]S. Rituum Congreg.,  Quemadmodum Deus (8 diciembre 1870):  ASS 6 (1870-71), 193; B. Pío IX, Carta ap.  Inclytum Patriarcham (7 julio 1871):  l.c., 324-327.

 


Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2022/documents/20220216-udienza-generale.html

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Textos claves del Nuevo Testamento - 43. "...el espíritu de la verdad..."


 

P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


Jesús vino al mundo para dar testimonio de la verdad: “Y mi misión consiste en dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací; para eso vine al mundo” (Jn 18,37); “El que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído” (Jn 3,31-32); “Y el testimonio es que Dios nos ha dado la vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo, no tiene la vida” (l Jn 5,11-12).

Ante los hombres de toda raza y nación, los apóstoles dan testimonio de su muerte y de su resurrección: “EL que vió estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19,35); “A este Jesús, Dios le ha resu­citado, y de ello somos testigos todos nosotros” (Hch 2,32). Para quienes creen en el testimonio veraz de los apósto­les, el Espíritu recibido es quien da testimonio de Jesús: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio favorable sobre mí” (Jn 15,26); “y es que dar testimonio de Jesús y tener espíritu profético es lo mismo” (Ap 19,10).




Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Doctrina Social de la Iglesia - 28. La propiedad. Derecho del trabajo VIII

 


P. Ignacio Garro, jesuita †


5. LA PROPIEDAD. DERECHO DEL TRABAJO

 

CONTINUACIÓN...


5.8. LA SOCIALIZACIÓN  [1]

Los primeros papas autores de la Doctrina Social de la Iglesia consideraron la socialización como un aspecto correlativo con la abolición de la propiedad privada. Sin embargo, los papas eran partidarios de que el Estado atendiera a la defensa de la comunidad y de sus miembros, es decir, el bien común, Rerum Novarum 26 (RN) y se reservarán a la potestad pública ciertos bienes de importancia que no podían ser confiados a los individuos particulares,Quadragesimo Anno 114 (QA).

Posteriormente, el debate, se situó entre las ideologías y regímenes existentes (es decir, entre capitalismo y socialismo). Laborem Exercens (LE) expone que no basta la eliminación apriorística de la propiedad privada de los medios de producción (ideología socialista - comunista). Fija, pues, el objetivo de la verdadera socialización, posible ante un régimen socialista - colectivista (en el que no es garantía de socialización auténtica el que los bienes pasen a propiedad del Estado) como en cualquier otro tipo de régimen, en que se dé la subjetividad del hombre en la vida social, de modo que "toda persona, basándose en su propio trabajo, tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo "copropietario" de esa especie de gran taller del trabajo en el que se compromete con todos". LE, 14.

Llega a concretar, aunque no de forma exhaustiva, algunas posibilidades de socialización:

  • Asociando el trabajo a la propiedad del capital creando cuerpos intermedios de copropiedad
  • Participando los trabajadores en la gestión y/o beneficios de la empresa
  • Participando el trabajador en el accionariado de la empresa.



[1] Tradicionalmente el tema de la "socialización" ha sido una de las cuestiones más controvertidas en el desarrollo del pensamiento social, en medio de las opciones ideológicas del socialismo y del liberalismo. Juan XXIII en MM, hizo un importante análisis del fenómeno moderno de la socialización, que no es directamente el tema de este capítulo, pero sí es una cuestión importante para el capítulo ver cómo se aplica a la cuestión de la propiedad social, para lo cual no cabe duda que es la encíclica LE,  el documento que ha expuesto más directamente este hecho.



Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, SJ † quien, como parte del blog, participó con mucho entusiasmo en este servicio pastoral, seguiremos publicando los materiales que nos compartió.


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62. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús atiende a las muchedumbres

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


II MINISTERIO DE JESÚS EN GALILEA

(Mayo 28 - Mayo 29)


C. ULTERIOR PREDICACIÓN Y MILAGROS DE JESÚS


62.- JESÚS ATIENDE A LAS MUCHEDUMBRES

TEXTOS

Mateo 12,15-21

Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Muchos le siguieron y los curó a todos. Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías:

"He aquí a mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se com­place. Pondré mi espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza". (Is 42, 1-4)

Marcos 3, 7-12

Jesús se retiró con sus discípulos a orillas del mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de la región de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a El. Entonces a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una barca para que no le oprimieran, pues, habiendo curado a muchos, cuantos padecían dolencias se echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, caían a sus pies y gritaban: "Tú eres el Hijo de Dios". Pero El les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

Lucas 6, 17-19

Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jeru­salén, y de la región costera de Tiro y de Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos, quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de El una fuerza que sanaba a todos.


INTRODUCCIÓN

Los tres evangelistas ponen estas escenas a continuación del milagro del paralítico de la mano derecha. Mateo y Marcos las describen inmediata­mente después y nos dicen que se retiró de allí, precisamente, porque ha­bía conocido lo que tramaban los fariseos contra El. Lucas, en cambio, in­terpone, entre las dos escenas, la elección de los doce apóstoles. Y por eso, encontramos ubicaciones distintas. Estas diferencias no resultan im­portantes. Lo principal es comprender el mensaje tan maravilloso que nos dan los tres Evangelistas sobre la actuación de Cristo, en el cumplimiento de su misión de Mesías, Hijo de Dios, Salvador de los hombres. Anterior­mente ya hemos meditado escenas semejantes de la multitud que acude al Señor para oírle y ser curados por él.


MEDITACIÓN

En primer lugar, repetiremos brevemente lo que tantas veces hemos tenido que explicar; y habrá otros muchos nuevos pasajes en los que se nos incul­cará de nuevo cuál era la misión de Cristo.

Cristo, una vez más, aparece como el Mesías, identificado con el sufri­miento y dolor humano, y que pone su omnipotencia y su bondad al servi­cio de los enfermos y necesitados y de los aquejados espiritualmente por los demonios. Junta siempre su predicación, su exhortación a la conver­sión, a entrar en el nuevo Reino que él ha venido a fundar, con sus mila­gros de curaciones múltiples, con su actitud infinitamente misericordiosa para todos los que sufren.

Y esa conducta suya fue la que dio como respuesta a los discípulos de Juan el Bautista que venían como embajada del maestro para preguntarle si él era el verdadero Mesías. Y en aquella oportunidad, el Señor citaba un texto de Isaías, donde se profetizaba la venida del Mesías en esa actitud de mise­ricordia y de preferencia por los pobres y necesitados. (Cfr. medit. 56)

En esta oportunidad, es Mateo el que ve la profecía de Isaías sobre el Sier­vo de Yahvé cumplida en el Señor. En este texto de Isaías, no se habla es­pecialmente de milagros y curaciones, pero se hace resaltar la infinita mi­sericordia del futuro Mesías, llamado Siervo de Yahvé. Es "siervo", pero al mismo tiempo es el Hijo "Amado" en quien se complace el Padre. Y la plenitud del Espíritu Santo estará sobre él para anunciar "el juicio a las naciones". Aquí no se trata de un juicio condenatorio por parte de Dios, sino de la revelación plena que el Mesías ha de hacer de todos los desig­nios de Dios sobre la salvación y redención de la humanidad. Y la manera cómo el Mesías nos traerá la revelación del Padre y llevará a cabo la re­dención de la humanidad, no será encarnando la cólera de Yahvé que apa­rece en el Antiguo Testamento, sino encarnando la infinita misericordia de Dios. Su predicación en las plazas no será la voz amenazante del Dios del castigo inmediato que merecen los hombres, y "la caña cascada no la que­brará ni apaga­rá la mecha humeante". El Señor viene a mostrarnos la infi­nita paciencia de Dios con el pecador, y mientras haya una mínima espe­ranza de posible conversión, el Señor hará todo lo posible por salvar esa alma. Su bondad y misericordia serán las que lleven la esperanza a los pueblos. Esta es la misión del Siervo de Yahvé, del Mesías, de Jesucristo.

Y otra manera de manifestarse esa bondad y misericordia de Dios, encar­nada en su Hijo, será la multiplicidad de milagros que obrará el Mesías a través de toda su vida pública. Nunca repetiremos lo suficiente esta ense­ñanza fundamental del Evangelio: Quien no entienda que la redención de Cristo y su salvación, es la redención y salvación del hombre entero, cuer­po y alma; y quien no considere como una de las obligaciones más graves el ejercitar las obras de misericordia con los pobres, ése no ha entendido el Evangelio ni obtendrá la salvación. Las obras de caridad y de misericordia son condición para nuestra salvación (Mt 25, 31-46)

El secreto mesiánico que pide el Señor, ya lo hemos aclarado en otras va­rias meditaciones.


Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.