ESPECIAL: ADVIENTO, CICLO C - 4° SEMANA
ESPECIAL: ADVIENTO, CICLO C - 3° SEMANA
Esperaré
Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera
con mis hojas secas.
Esperaré a que brote el manantial
y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.
Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios.
Esperaré a que llegue
lo que no sé y me sorprenda.
Pero vaciaré mi casa
de todo lo enquistado.
Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento
se abrirán a la esperanza.
Benjamín G. Buelta, S.J.
REZANDO VOY
Tratado de Mariología: María Madre de Dios
ESPECIAL: ADVIENTO, CICLO C - 2° SEMANA
VÍA PACIS - Cuarta Contemplación: Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre.
CUARTA CONTEMPLACIÓN: LO ENVOLVIÓ EN PAÑALES Y LO ACOSTÓ EN UN PESEBRE PORQUE NO HABÍA SITIO PARA ELLOS (Lucas 2, 7)
Canto de adviento:
Lector: En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Todos: Y la Palabra se hizo carne y puso
su morada entre nosotros.
LECTURA BÍBLICA: del evangelio
según San Lucas 9, 57 - 62
Mientras iban caminando, uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro dijo: Sígueme. Él respondió: Déjame ir primero a enterrar a mi padre. Le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero déjame antes despedirme de los de mi casa. Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios”.
LECTURA ESPIRITUAL: Papa Francisco: Carta
Apostólica “El Hermoso signo del Pesebre” sobre el significado y el valor del nacimiento,
Roma, 1 diciembre 2019
“1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.
Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas... Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.
3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.
¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.
La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.
De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).
ORACIÓN: Virgen del Adviento, esperanza
nuestra, de Jesús la aurora, del cielo la puerta. Madre de los hombres, de la
mar estrella, llévanos a Cristo, danos sus promesas. Eres Virgen Madre, la de
gracia llena, del Señor la esclava, del mundo la reina. Alza nuestros ojos hacia
tu belleza, guía nuestros pasos a la vida eterna.
Todos: Bendita eres María entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús.
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VÍA PACIS - Tercera Contemplación: Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del parto
TERCERA CONTEMPLACIÓN: MIENTRAS ESTABAN EN BELÉN, LLEGÓ PARA MARÍA EL MOMENTO DEL PARTO (Lucas 2, 6)
Canto de adviento:
Lector: En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.
Todos: Y la Palabra se hizo carne y puso
su morada entre nosotros.
LECTURA BÍBLICA:
del Profeta Isaías 9, 1 – 6
“El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa. Sobre los que vivían en tierra de sombras brilló una luz. Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría. Se han alegrado al verte, como se alegran en la cosecha, como se gozan repartiendo el botín. Porque el yugo que les pesaba y el palo que golpeaba su hombro – la vara del tirano – has quebrado, como el día de Madián. Porque toda bota que taconea con estrépito y el manto revolcado en sangre, serán para la quema, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y el señorío reposará en su hombro, y se llamará “Admirable-Consejero, Dios-Poderoso, Siempre-Padre, Príncipe de Paz. Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia. Desde ahora y hasta siempre, el celo de Yahveh hará eso”.
LECTURA ESPIRITUAL: LA NAVIDAD SEGÚN FRANCISCO DE
ASÍS:
Gracias a su iniciativa se realizó la celebración de la noche buena en una cueva del monte, cerca del castillo de Greccio, en el valle de Rieti. Francisco regresando de Roma se detuvo allí unos días. Después de haber visitado tierra santa esas cuevas le hicieron recordar las de Belén. Fue el primer nacimiento en vivo de la historia con personas del pueblo en la navidad de 1223. Se cumplen 800 años. Transcribo unos párrafos del relato contado por Fray Tomás de Celano, el primer biógrafo de Francisco de Asís (1 Cel 84-87).
Cuevas de Belén y Greccio
“La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio (120) y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa.
Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.
Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría”.
ORACIÓN DE LOS FIELES:
Lector: Te esperamos, llenos de esperanza,
ven, Señor Jesús.
Todos: Ven Señor no te demores.
Lector: En ti tenemos existencia, energía
y vida, oh Señor, ven y revela a todos los hombres tu presencia.
Todos: Ven Señor no te demores
Lector: Tú que eres nuestro libertador,
da a todos los hombres la libertad de los hijos de Dios.
Todos: Ven Señor no te demores
ORACIÓN: Querido Padre, Dios del cielo y de la tierra. En
este tiempo de espera y esperanza te queremos dar gracias por tanto amor.
Gracias por nuestra familia y por nuestro hogar. Gracias por las personas que viven
con nosotros y con las que colaboramos cada día en la misión que nos has
encomendado. Bendícenos en este tiempo tan especial en el que esperamos el
nacimiento de tu Hijo. Ayúdanos a preparar nuestros corazones para recibir al
Niño Jesús con amor, con alegría y esperanza. Estamos aquí reunidos para
adorarlo y darle gracias por venir a nuestro mundo a llenar nuestras vidas. En
este día de manera queremos recordar especialmente a las familias que no tienen
techo, alimento, salud, vestido, trabajo. Te pedimos por ellas para que la
Virgen y San José les ayuden a encontrar un cálido hogar y aprendamos todos a
ser más solidarios con los que más sufren y padecen toda dolencia.
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ESPECIAL: ADVIENTO, CICLO C - 1° SEMANA
Nuestra Señora de Guadalupe
ESPECIAL: VENERABLE P. FRANCISCO DEL CASTILLO, JESUITA
V.P. Francisco Del Castillo S.J. - Oración de intercesión
P. Francisco Del Castillo, jesuita - Cronología
P. Francisco Del Castillo, jesuita, el Apóstol de Lima
P. Francisco Del Castillo, jesuita - Nacimiento y niñez
P. Francisco Del Castillo, jesuita - Vocación y la experiencia del noviciado
P. Francisco Del Castillo, jesuita - Noviciado y Juniorado
P. Francisco Del Castillo, jesuita - Labor apostólica en El Baratillo
El Señor de los Milagros, el P. Francisco Del Castillo y el terremoto de 1655
Novena al Venerable P. Francisco Del Castillo, jesuita
Venerable P. Francisco Del Castillo, jesuita
P. Francisco Del Castillo S.J. y P. Antonio Ruiz de Montoya S.J.
P. Francisco Del Castillo - Página web de la Compañía de Jesús - Perú
Dogmas de la Virgen María
- La Inmaculada Concepción de María
- La Virginidad Perpetua de María
- La Asunción de la Virgen María
- La Maternidad Divina de María
Homilías - Solemnidad de la Inmaculada Concepción
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Bendita entre todas las mujeres,
ruega por nosotros
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.†
Lecturas: Gen 3,9-15.20; S 97,1-4; Ef 1,3-6.11-12; Lc 1,26-38
El Catecismo de la Iglesia Católica es un resumen completo de la fe de la Iglesia. Conviene que toda familia cristiana lo tenga y lo consulte cuando surja la duda sobre algo de la fe católica. De la Virgen María habla en muchos lugares; lo que muestra ya que María es parte de la fe de la Iglesia. El misterio de Cristo –dice el Catecismo– remite necesariamente a María. Lo que significa que quien excluye a María de su vida religiosa, no vive en plenitud la fe católica. (v. CIC 963).
De algunos convertidos sabemos que la ausencia de María era antes para ellos causa de insatisfacción; incluso veían una contradicción entre lo que la Escritura dice de María y lo que sus mismos teólogos y pastores afirmaban y de hecho se vivía en su propia confesión.
La piedad mariana es una de las tantas joyas de la Iglesia católica, que nosotros formamos. La fiesta de hoy nos pide que una vez más gustemos de la riqueza sobrenatural de nuestra Madre Inmaculada. María tiene la función de Madre, de modelo o figura ideal y de colaboradora de Cristo en el orden de la gracia. Reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor –enseña el Catecismo– es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo, porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza. Así lo afirma ya San Agustín y lo repite el Papa Pablo VI: “María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia” (Pablo VI, 21 nov. 1964; v. C.I.C. 963).
Por eso –continúa el Catecismo –“el papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo y deriva directamente de ella (de esa unión). Esta unión de la Madre con el hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión” (964).
Dicha afirmación se confirma en las lecturas de la misa de hoy. En el evangelio hace María su primera aparición; el contenido es el mensaje de Dios para que aceptara la misión de ser madre de Jesús y su respuesta. En la lectura del Génesis, la primera de hoy, está el mensaje profético de Dios de que derrotará al Demonio: “establezco hostilidades entre ti y la mujer (se refiere a María), entre tu estirpe y la suya (Jesús)”. En la segunda lectura, de San Pablo, se nos revela el plan de Dios destinando a todos y cada uno de los hombres a unirlos con su Hijo Jesucristo, lo cual se verifica de modo eminente en María su Madre.
En particular la prerrogativa de la Inmaculada Concepción de María ha suscitado y suscita siempre, sobre todo en tantos jóvenes, el anhelo, el ansia de imitarla liberándose de todo pecado, en particular contra la pureza. María, aplastando la cabeza de la serpiente, es un imán, una llamada interior de todo hijo e hija de la Iglesia y una esperanza de liberación del pecado.
Con razón, pues, podemos afirmar con el mismo Catecismo de la Iglesia: “La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano” (971). Lo que significa que sin la devoción a la Virgen María nuestra vida cristiana estaría enferma.
La devoción a la Virgen María, pues, es una riqueza de la gracia de Dios que debemos cuidar, una luz necesaria que nos ilumina el misterio de Cristo y de la Iglesia. El Catecismo cierra sus reflexiones diciendo: “no se puede concluir mejor que volviendo la mirada a María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su Misterio, en su peregrinación de la fe, y lo que será al final de su marcha, donde le espera para la gloria de la Santísima e indivisible Trinidad, en comunión con todos los santos, aquella a quien la Iglesia venera como la Madre de su Señor y como su propia Madre” (972).
La devoción mariana debe ser así parte normal de nuestra vida religiosa. Es bueno que hoy hagamos examen del valor que damos a María en la práctica de nuestra fe: Si la recordamos, saludamos e invocamos su bendición todos los días; si le pedimos ayuda para superar nuestras tentaciones; si nos es ejemplo al leer la palabra de Dios, para que “se haga en nosotros según la misma palabra”; si sus festividades tienen en nosotros resonancia y nos provocan para realizar en su honor algo especial; si su caridad y sus virtudes nos estimulan. En un hogar cristiano que no falten nunca los recuerdos para vivir la presencia de María: cuadros y adornos artísticos y sobre todo la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio (C.I.C. 971). Los padres y madres que enseñen a sus hijos, antes ya de ir a la escuela, que tienen otra Madre en el Cielo y otro Padre Dios, que también les quieren mucho, y enséñenles a rezar al Padre, al Hijo y a la Madre.
Desde el corazón de la Iglesia saludemos a María con frecuencia y con amor de hijos: Alégrate, Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres. Porque has encontrado gracia ante Dios para ti y para nosotros; porque has concebido por obra del Espíritu Santo un hijo que es Hijo de Dios; porque has colaborado para que nosotros seamos también hijos de Dios por el bautismo e hijos tuyos porque así lo quiso Jesús; porque para Dios nada hay imposible.












