¿Qué es el Año Litúrgico? - 1° Parte

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

1.  MISTERIO DE CRISTO Y AÑO LITÚRGICO


El Año Litúrgico nos habla de tiempo, que pasa y marcha hacia un futuro de esperanzas… Pero la fe católica nos hace sentir, que en el campo religioso, la meta final llegó con la aparición del Hijo de Dios en figura humana. ¿Cómo unir, pues, una meta oteada en el futuro con una meta inalterablemente ya presente? Cristo siempre es misterioso, y por ello nos invita sin cesar a la reflexión.

San Pablo llamó a la época histórica, en la que Jesús vivió en la tierra, “la plenitud de los tiempos” (Gal 4.4), porque Cristo para él es el término definitivo del progreso religioso, ya que en el Verbo-Encarnado se abrazaron inseparablemente e inconfusamente el Dios perseguidor incansable del corazón humano y el hombre, eterno sediento del rostro divino. Por consiguiente ningún acontecimiento traerá después de Cristo un aporte nuevo a la dimensión religiosa del ser humano, ni los hombres pueden esperar un mañana mejor en el aspecto religioso, como bellamente lo expresó San Máximo de Turín:

“El día de Cristo es un día sin noche, un día sin término… Para nosotros el hoy y el mañana son una sola cosa, pues Cristo es el día perenne, ya que en Él vivimos, en Él nos movemos y en Él morimos” (PL. 57,362)

Lo dicho nos hace comprender que hace comprender que los acontecimientos de la vida terrena de Jesús estuvieran penetrados de misterios religiosos a veces estremecedores, a veces insondables y siempre portadores de llamados espirituales muy penetrantes:

La Encarnación nos dice que el Hijo de Dios, en un momento determinado de la historia, tomó carne para vivir una existencia humana y para llevar a Dios su carne glorificada, como una avanzadilla esperanzadora. El Nacimiento de Jesús, en el humilde establo iluminado por la claridad de los ángeles y de la estrella, nos anuncia la irrupción en el mundo de la luz religiosa definitiva. El paso visible de Jesús por los años históricos de su vida pública es un símbolo del paso invisible del Señor por los años del tiempo de la Iglesia, y así las palabras de Cristo, pronunciándolas en un lenguaje humano, seguirán resonando en los oídos de los hombres hasta el final de los tiempos, y sus milagros fueron un esbozo material de las sanciones que Él sigue realizando en el mundo interior de los espíritus. El tiempo de máxima densidad religiosa es llamado por Jesús “Mi Hora”, es decir, un tiempo señalado por el Padre, en el cual el Hijo Encarnado debía morir en la Cruz por obediencia a Dios Padre. Pero esa obediencia trae como contrapartida la Resurrección, manifestación de la gloria divina, que siempre estuvo presente en la carne humana de Jesús. Entre la Resurrección y la Ascensión los evangelistas nos presentan al Resucitado viviendo en la tierra de manera misteriosa, pero este período tiene una importancia capital para el Año Litúrgico, porque él es la frontera entre la “plenitud del tiempo” y el “tiempo de la Iglesia”, el cual correrá desde la Ascensión hasta el Juicio Final.

El Símbolo de los Apóstoles nos hace confesar que Jesús “subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”: por consiguiente los misterios de Cristo no terminan con la Ascensión: más allá de ella está la Parusía o Juicio al final de los tiempos, y entre la Ascensión y la Parusía queda un misterio actual de Cristo, pues Él “está sentado a la derecha del Padre”. Según esto somos contemporáneos de un misterio de Cristo en el tiempo de la Iglesia, por ello la carta a los Hebreos nos presenta a Jesús Resucitado como un ancla poderosa sumergida en el océano divino, la cual sostiene con las miradas fijas en la eternidad a los cristianos atrapados por el torbellino del tiempo (Heb. 6,19-20)
Para facilitar a los católicos la más estrecha unión con el misterio de Cristo, la Iglesia, según el Concilio Vaticano II ha instituido el Año Litúrgico, gran sacramental del tiempo, por el cual los misterios de la redención “en cierto modo se hacen presentes en todo el tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación” (S.C. 102)

Todos los misterios de la vida terrena de Jesús estuvieron orientados a la Pascua, fueron iluminados por ella, participaron de su poder salvador y permanecen mistéricamente presentes en la existencia gloriosa del Señor, punto culminante de su paso de este mundo al Padre. Por esta razón las diversas fiestas del Año Litúrgico tienen un núcleo inmutable, cual es el encuentro del Pueblo de Dios con la Pascua de Cristo, que tuvo lugar en una época determinada de la historia, está eternamente presente en el cielo, y reaparece por el rito litúrgico en la coordenada espacio-temporal propia de la Iglesia. Pero a la vez cada fiesta tiene su fisonomía propia y sus gracias peculiares según el misterio de Cristo celebrado.

Estas ideas brevemente apuntadas nos explican por qué los católicos, cuando a lo largo de su existencia viven con hondura el Año Litúrgico, experimentan que su fe “es como la luz del alba, cuyo esplendor va creciendo hasta el pleno día” (Prov. 4,18)

Si ahora quisiéramos resumir las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el Año Litúrgico podríamos decir que éste consiste en un año solar a lo largo del cual la Iglesia celebra litúrgicamente los misterios de Cristo, para que los fieles consigan por estas celebraciones la santificación y la gloria eterna (SC 102-105)

Así pues, el Año Litúrgico tiene la duración de un año solar e introduce en él un sagrado recuerdo de los misterios del Señor, pero no de una manera meramente sicológica, sino haciéndonos presentes y actuantes mediante el memorial litúrgico. Y de esta manera el misterio global de la redención, a través de las diversas festividades, se va coloreando de diversos matices según los misterios particulares que corresponden a las diversas etapas de la vida de Cristo. La celebración de la Eucaristía juntamente con la liturgia de las Horas revive en medio de la asamblea de  los fieles los mismos dichos, para que les sirvan de ejemplos palpitantes y de fuentes de iluminación y fortaleza espirituales.

El Año Litúrgico, al contar con el método de la repetición y con un cristocentrismo absoluto, es un medio pedagógico para educar al pueblo en la fe, difícilmente igualable. Pío XI decía: “Para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerlo por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio” (Quas Primas, 15)

El germen del Año Litúrgico lo hallamos en la fiesta semanal del domingo, pues desde los comienzos la comunidad cristiana celebraba la Pascua del Señor cada ocho días. No tardó mucho en introducirse el aniversario de la muerte y de la resurrección del Señor. Este domingo de Pascua vino a ser la gran fiesta cristiana; en torno a ella se organiza poco a poco la Cuaresma como preparación y el tiempo pascual como continuación de la fiesta, que terminaba con Pentecostés. Más tarde apareció la fiesta de Navidad con el Adviento, que eran un tiempo de preparación y con los días que prolongaban las fiestas navideñas. Así tenemos los dos ciclos de Navidad y Pascua, y de este modo las solemnidades de la Pascua y de Navidad llegaron a ser como los dos focos en torno a los cuales gira todo el Año Litúrgico. Por eso debemos representarnos el Año Litúrgico no tanto como un círculo, sino más bien como una elipse, tal como lo muestra la figura siguiente:


Como puede verse, todo el Año Litúrgico gira en torno a Cristo contemplado desde dos focos de luz: el ciclo de Navidad y el de Pascua, que se contemplan mutuamente. El ciclo de Pascua acentúa la redención humana realizada por la muerte y la resurrección de Cristo. Por su parte el ciclo de Navidad subraya la presencia del Señor entre los hombres. Se conserva la perfecta unidad de los dos ciclos, ya que ambos conmemoran una única obra de redención llevada a cabo por el Hijo de Dios Encarnado. La encarnación, el nacimiento, la vida oculta, forman ya parte de esta obra que se completó con la vida pública, la pasión, la muerte y la resurrección. Jesús, santificando todas las etapas de la vida humana, mereció las gracias correspondientes a estos misterios, a fin de que los hombres pudieran conforman sus vidas con la del Hijo de Dios revestido de figura humana.



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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

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