148. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - El gran Mandamiento


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

148.- EL GRAN MANDAMIENTO

TEXTOS

Mateo 22,34-40

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: "Maestro, ¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?". El le dijo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. Él segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas."

Marcos 12, 28-34

Se acercó uno de los escribas que les había oído discutir y, viendo que les había respondido muy bien, le pregunto: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?" Jesús le contestó: "El primero es: Escucha Israel: El Se­ñor tu Dios es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu co­razón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El se­gundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro manda­miento mayor que estos." Le contestó el escriba: "Muy bien, Maestro; tie­nes razón al decir que él es único y que no hay otro fuera de él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios." Y Jesús, viendo que había contestado con sensatez, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios." Y nadie más se atrevió ya a hacerle preguntas.

Lucas 10,25-28

Se levantó un legista y dijo para tentarle: "Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" El le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees?" Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo corno a ti mismo." Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás.”

INTRODUCCIÓN

Terminadas las fiestas de los Tabernáculos y, ante la hostilidad y agresivi­dad creciente de los jefes judíos, el Señor se alejó de Jeru­sa­lén. En los dos meses que median hasta la fiesta de la Dedica­ción, es probable que el Se­ñor comenzase una nueva actividad apostólica en la misma Judea y Perea. Algunos de los hechos narrados por Lucas a partir del capitulo 10 tuvieron lugar en este tiempo. Pero la narración de Lucas en estos capítulos es vaga y genérica respecto a la geografía y cronología, y tampoco los diversos he­chos que narra tienen una gran conexión entre ellos. Muchos otros hechos narrados aquí por Lucas los hemos ya meditado anteriormente en concor­dancia con Mateo y Marcos.

Los pasajes paralelos de Mateo y Marcos los hacemos aquí concordar con los de Lucas.

En cuanto a la escena concreta de esta meditación, Mateo y Marcos la ubi­can en los últimos días de la vida de Cristo, después del Domingo de Ra­mos. Pero parece más probable el contexto de Lucas. Jesús se halla fuera de Jerusalén, donde sí podría encontrar algunos fariseos y escribas más abiertos a aceptar sus enseñanzas. Mateo pone la escena después de una discusión de Jesús con los saduceos sobre la resurrección de los muertos, que ellos negaban. Los escribas y fariseos la admitían. Y estos se alegran de que Jesús haya "tapado la boca a los saduceos." Mateo y Lucas supo­nen mala intención en el escriba que le hace la pregunta al Señor; Marcos no habla de esa mala intención. Quiere conocer la opinión de Jesús sobre la enseñanza más fundamental de la Ley: "¿Cuál es el mayor mandamien­to?". Haya habido o no mala intención en el escriba, el Señor responderá a la pregunta, y su respuesta está de acuerdo con lo que enseñaban los maestros de la Ley. Lo que es propio del Señor, y de extraordinaria impor­tancia para todos nosotros, es que Jesús une el mandamiento primero de amar a Dios "con todo el corazón", al mandamiento semejante de "amar al prójimo como a ti mismo." En Lucas, es el mismo escriba el que une los dos mandamientos, pero resulta muy poco probable que fuese el mismo escriba el que relacionase ambos mandamientos; no entraba en la enseñan-de los escribas unir ambos preceptos.

MEDITACIÓN

1) Amor a Dios

Los tres Evangelistas aluden al texto del Deuteronomio 6,4-9 que expresa este mandamiento del amor a Dios: "Escucha Israel: Yahvé, nuestro Dios, es el único Yahvé. Y tú amarás a Yahvé con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón los mandamientos que yo te entrego hoy, repíteselos a tus hijos, habla de ellos tanto en casa como cuando viajes, cuan­do te acuestes y cuando te levantes, grábalos en tu mano como una señal y póntelos en la frente para recordarlos, escríbelos en las columnas y en las puertas de tu casa."

Este pasaje constituía el compendio de la fe del Pueblo de Israel. Y todo judío debía repetir varias veces al día, en sus oraciones de la mañana, tar­de y noche, este pasaje, que, por supuesto, se sabía de memoria.

No hay que dar un sentido distinto a cada una de las palabras con que se acentúa el amor que debemos a Dios: "Con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma, con todas las fuerzas." Lo que se quiere indicar es que hay que amar a Dios con todo el ser, con todas las potencias del alma, y con toda intensidad.

El amor que nos pide no es un amor emotivo, sensible. Cuando se da ese amor emotivo y sensible, se trata de una gracia de Dios muy especial. Es lo que se llama "consolación espiritual." Los que son buenos cristianos y procuran ser fieles a él, muchas veces en su vida experimentarán esta "consolación"; pero otras muchas veces faltará esa emotividad. Aún los mayores santos han pasado por muchas épocas de aridez espiritual, que es precisamente esa carencia de "consolación espiritual".

Lo que se nos pide es un amor muy sincero, que llamamos: Amor apreciativo y Amor volitivo.

El amor apreciativo significa que mi aprecio, estima y valoración de Dios, está por encima de todas las cosas. Dios siempre el primero en toda la je­rarquía de mis valores: "Adorarás al Señor tu Dios y a El solo servirás" (Deut. 6, 13; Mt 4, 10)

El amor volitivo significa que mi voluntad está siempre decidida a cumplir la voluntad de Dios, por encima de cualquier otra voluntad humana y de todas mis pasiones y deseos contrarios a esa voluntad divina. La voluntad de Dios es la que debe determinar siempre mi voluntad. Y debemos estar convencidos que esa voluntad de Dios siempre es una voluntad providente y amorosa para conmigo.

El ejemplo de este amor volitivo nos lo da el Señor a través de toda su vida, e incluye el amor apreciativo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra." (Jn 4,34)

"Yo no busco mi voluntad, sino la de aquel que me envió." (Jn 5,30) "Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado." (Jn 6,38)

"No se haga mi voluntad, sino la tuya" (En la oración del Huerto, Mc 14, 36). Y es lo que nos enseña Cristo en la oración del Padre Nuestro: "Há­gase tu voluntad." (Mt 6,10)

Queremos concretizar algo más lo que supone este amor sincero a Dios: Fe filial, incondicional y de absoluta confianza en El.

Y esta fe debe darse siempre, tanto en las buenas como en las malas cir­cunstancias.

"Creer en Dios es poderle ver en la misma oscuridad."

Esforzarse en el cumplimiento de la voluntad de Dios, que se manifiesta por medio de los mandamientos y de todas las enseñanzas de Jesús en el Evangelio.

Trato personal e íntimo con Dios. Vida de oración.

La eucaristía como el centro del culto a Dios, culto de adoración, acción de gracias, expiación de los pecados, oración de súplica.

Profundizar cada vez más en el conocimiento de Dios y de su revelación, lo que se consigue mediante el estudio y meditación de la Palabra de Dios, sobre todo, el Evangelio.

Vivir siempre en una actitud de continua conversión y, consiguientemente, de profundo arrepentimiento de los pecados y faltas. Frecuentar el sacra­mento de la Reconciliación, del perdón.

2) Amor al prójimo

También encontramos en el Antiguo Testamento el precepto de amar al prójimo como a uno mismo (Lev 19,18). Pero los judíos interpretaban la palabra "prójimo" como exclusivamente referida a los hermanos de raza, a los del mismo pueblo de Israel.

Sin embargo el Señor extiende esta doctrina del amor al prójimo incluyen­do incluso a los mismos enemigos: "Se dijo así mismo: ama a tu prójimo y guarda rencor a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos." (Mt 5,43)

De ordinario se interpreta mal lo que significa "amar al prójimo". Se acos­tumbra identificar el amor con los sentimientos de cariño, ternura, agrado, simpatía, o la misma mera atracción. Y es fácil de comprender que esta in­terpretación es errónea. El Señor manda que amemos a los mismos enemi­gos, que tengamos un amor eficaz con los más pobres y necesitados, que muchas veces ni siquiera conocemos personalmente. En todos estos casos no se dan esos sentimientos; más aún, en el caso concreto de los enemi­gos, podemos tener sentimientos completamente contrarios.

Jesucristo nos dirá que "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos." (Jn 15,13)

El amor radica esencialmente en la voluntad de sacrificarse por el prójimo; en muy pocas ocasiones se nos pedirá que lleguemos hasta el sacrificio de la vida. Se trata de ese sacrificio cotidiano para vivir siempre respetando al prójimo, buscando lo que es su verdadero bien y, procurando, en la medi­da de lo posible, hacerle la vida más agradable y feliz.

Y por "prójimo'' hemos de entender desde las personas más íntimas y alle­gadas, como son el cónyuge y familiares más cercanos, padres - hijos -hermanos, hasta personas muchas veces desconocidas, como pueden ser personas indigentes, y hasta los mismos enemigos.

El amor respecto de cada uno de estos prójimos tendrá sus propias características y exigencias y habrá muy diversas matizaciones en los senti­mientos; pero la esencia del verdadero amor siempre será la misma. Sólo podremos conocer que existe un verdadero amor entre los esposos, cuan­do ambos mutuamente se sacrifican respetándose, buscando el verdadero bien del otro y procurando hacer feliz al cónyuge. Y así podríamos decir de cualquier otro amor, amor de padres, hijos y hermanos; amor de amis­tad y compañerismo, amor a los pobres y necesitados, amor a los mismos enemigos. Repetimos que habrá una gran diferencia en las exigencias y sentimientos que acompañan estos amores, pero en todos ellos tendrá que darse esa actitud de respeto, de buscar el bien y la felicidad de la persona a la que tenemos que amar.

Y éste es el ejemplo de amor que nos da Cristo en su vida y en sus ense­ñanzas. Cristo muere en la cruz para engrandecer nuestra dignidad y hacernos hijos de Dios, muestra de su infinito respeto hacia todos los hom­bres. Muere en la Cruz para concedernos todos los verdaderos bienes de la redención; y el deseo de Cristo es hacernos felices, con una felicidad ne­cesariamente limitada aquí en la tierra, y con una felicidad plena y absolu­ta en la vida eterna. Ya aquí mismo, en la tierra, qué felices serían los hombres, si todos nos esforzásemos por cumplir las enseñanzas de Cristo.

Y a ejemplo suyo, Jesucristo nos pide este amor para con todos los demás. Y no olvidemos que es condición para poderse salvar el practicar este amor a lo largo de toda nuestra existencia. Quien no ama y perdona al enemigo no será perdonado ni amado por Dios; quien no socorre al pobre y necesita­do no podrá entrar en la casa del Padre (Cfr. Mt 5,43-48; 25,31-46)

A continuación de este pasaje, Cristo nos pondrá un ejemplo de verdadero amor y de quién es el prójimo en la parábola del Buen Samaritano.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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147. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Parábola del Buen Pastor


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


V. JESÚS EN JERUSALÉN

(Fines de Septiembre - comienzos de Octubre, año 29)

147.- LA PARÁBOLA DEL BUEN PASTOR

TEXTO

Juan 10,1-21

"En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado sus ovejas, va delante de ellas, y sus ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños." Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús dijo:

"En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucha­ron. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, -el lobo hace presa en ellas y las espanta- porque es asala­riado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas tengo que llevarlas y escucharán mi voz; habrá un solo rebaño, un solo pastor. El Padre me ama porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ésa es la orden que he recibido de mi Padre."

Se produjo una disensión entre los judíos por estas palabras. Muchos de ellos decían: "Tiene un demonio y está loco. ¿Por qué le escucháis?" Pero otros decían: "Estas cosas no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de un ciego?"

INTRODUCCIÓN

El Evangelista narra esta parábola a continuación de la curación del ciego de nacimiento. Debió pronunciarla Jesús durante su permanencia en Jeru­salén, después de terminada la fiesta de los Tabernáculos. Al final de la es­cena se menciona el milagro de la curación del ciego, como algo reciente y conocido por todos a los que Jesús se dirigía.

Jesús vuelve a utilizar el género parabólico para darnos enseñanzas pro­fundas y sublimes sobre su misión redentora y sobre su relación personal e íntima con todos y cada uno de los que creen en él y le siguen.

Como toda parábola, sus elementos están tomados de la vida real de Pa­lestina, y, concretamente, de Galilea, país de agricultores y pastores. Era la costumbre que hubiera un redil grande, muy amplio, que diese cabida a varios rebaños de diversos pastores.

El redil se dividía en compartimientos, y cada pastor tenía asignado uno de esos compartimientos. Un cerco protegía todo el redil y había una sola puerta por la que iban entrando las ovejas, una a una, o de dos en dos, para que fácilmente pudiesen ser contadas por el pastor que las traía, y estar cierto de que no faltaba ninguna. Cuando temprano, a la mañana siguiente, volvían los pastores para sacarlas a sus pastos, cada pastor con sus silbi­dos y voces llamaba a las suyas, y éstas, que conocían su voz, salían a su encuentro, y el pastor iba delante de ellas guiándolas hacia los mejores pastos. Y casi siempre los pastores eran los mismos dueños de sus reba­ños; por eso, el cuidado y cariño con que las trataban. Todas y cada una de ellas suponía un gran valor para el pastor.

Al terminar Jesús de exponer la parábola se nos dice que sus oyentes no la comprendieron. Sin embargo, si conocían las profecías donde se describía al Mesías como el Buen Pastor, deberían haber comprendido que el Señor quería aplicarse a sí mismo esas profecías, que el Señor daba a entender que esas profecías tenían cumplimiento en su persona, y que por lo tanto era el verdadero Mesías.

El Señor, al igual que hizo con la parábola del Sembrador, explicará en forma alegórica la parábola del Buen Pastor.

MEDITACIÓN

1) Jesús es la puerta del redil

La explicación alegórica que Cristo nos da de la parábola encierra dos ale­gorías distintas que se complementan mutuamente. El es la Puerta del Re­dil y él es el Buen Pastor. Siguiendo el mismo orden que siguió Jesús en su explicación, meditaremos primero la primera alegoría.

¿Qué nos quiere decir Cristo al llamarse a sí mismo "la Puerta del Redil"? El redil es la Iglesia, la comunidad de los redimidos, la comunidad de los que esperan la salvación que él nos ha traído. Nadie puede formar parte de esta comunidad, sino aquellos que han entrado en ella a través de Cristo, es decir, a través de la fe en Cristo, del seguimiento a Cristo. Sólo acep­tando a Cristo y sus enseñanzas se puede entrar en la comunidad de salva­ción, destinada a la vida eterna. Es lo que Cristo nos dirá más adelante: "Nadie va al Padre, sino por mí" (Jn 14.6). "Si alguno no permane­ce en mí será echado fuera." (Jn 15.6).

Los ladrones, los salteadores, los que no son los verdaderos pastores, no entran por la puerta, sino que saltan el cerco y pretenden robar a las ovejas y engañarlas. Jesús está haciendo alusión clara a los escribas y fariseos y en general, a todos los jefes judíos. Todos ellos se unieron en el rechazo a Cristo, intentaron por todos los medios posibles apartar de Cristo a las ovejas y a la gente sencilla del pueblo judío. Las ovejas que les sigan a ellos no encontrarán sino ruina y muerte. En cambio, las ovejas que son de Cristo, no siguen a los escribas y fariseos, y encontrarán en Cristo una vida abundante y plena.

"Yo he venido para que tengan vida y una vida en abundancia." Esta es la misión de Cristo: traer a los hombres una vida nueva, vida sobrenatural, vida de gracia, vida de hijos de Dios. Y una vida que tendrá su plenitud en la bienaventuranza, de la gloria eterna. Sólo en Cristo está la salvación: "Si uno entra por mí, estará a salvo."

2) Jesucristo, el Buen Pastor

Jesucristo hace una segunda alegoría. Antes nos ha dicho que es la Puerta de las ovejas; ahora se identifica con el buen pastor que cuida fielmente de sus ovejas.

Y la primera característica de este buen pastor es el amor profundo a sus ovejas, hasta el extremo de llegar al sacrificio de dar la vida por sus ove­jas. Y Cristo se refiere a un hecho real, no es una suposición: "Yo doy mi vida por mis ovejas". Y se contrapone así a los malos pastores, a los pas­tores mercenarios que abandonan a sus ovejas ante cualquier peligro. Y, refiriéndose especialmente a los fariseos, no sólo los califica de malos pas­tores, sino que además alude a ellos cuando habla de lobos que destruyen el ganado.

El Señor aclara después un gran misterio. El entrega su vida, porque esa es la voluntad de su Padre, y su Padre le ama a él, porque cumple con su misión redentora de sacrificar su vida en redención de los hombres. Dios permitió la muerte de su hijo en Cruz, porque a través de esa muerte re­dentora se iba a manifestar el infinito amor de Dios a los hombres, y se iba a obtener el fruto de la plena liberación del hombre del pecado y de la muerte.

El hijo, en correspondencia al infinito amor de su Padre para con él, acepta esa voluntad del Padre, pero la acepta con toda libertad. No es una muerte forzada y debida a la debilidad de Cristo, es una muerte a la que Cristo va libremente, movido por el amor a su Padre, y movido también por su amor a los hombres: "Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente."

Y el misterio de la muerte del Buen Pastor se aclara definitivamente al anunciar Cristo su resurrección. No es muerte que termina en total fraca­so; es muerte para la resurrección gloriosa: "Tengo poder para dar mi vida y poder para recobrarla de nuevo." Y esa es también la suprema voluntad del Padre.

3) Relaciones de intimidad del Pastor con sus ovejas

La segunda característica de Cristo, como Buen Pastor, es la intimidad que muestra en el trato con sus ovejas. Jesús conoce a todas y cada una de sus ovejas, y sus ovejas también le conocen a él. No se trata de un mutuo conocimiento teórico y frío, sino un conocimiento de plena vivencia de amor e interés de Cristo por sus ovejas; y para expresar ese conocimiento lo expresa comparándolo con el mutuo conocimiento que existe entre el Padre y el hijo: "Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo a él." Y de manera semejante, el conocimiento que las ovejas tienen de Cristo, no es tampoco un mero conocimiento inte­lectual, sino un conocimiento hecho intimidad, entrega, seguimiento y amor.

Preciosa revelación de Cristo que nos confirma su conocimiento y amor al hombre, no de una manera universal y general, sino individualmente, a cada uno de los hombres. El hombre jamás será un número más en el anonimato de una multitud, sino que cada uno es conocido y amado por Cristo, y por cada uno, individualmente, ha muerto Cristo. ¡Cómo debería corresponder cada hombre a este amor de Cristo tan personal y tan individualizado!

4) Misión universal del Buen Pastor

Cristo mira su obra redentora con perspectivas proféticas a través de todos los siglos. Cristo funda su Iglesia, que será su verdadero redil; y su único anhelo es que todos los hombres entren dentro de ese redil. Jesús contem­plaba todo el mundo del imperio pagano romano, y los hombres que habi­taban toda la tierra. Cristo quiere que todos los pueblos gentiles se incor­poren a su rebaño: "Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a esas tengo que llevarlas y escucharán mi voz; habrá un solo rebaño, un solo pastor."

Cristo nos habla de su misión universal; ya no habrá división entre judío y pagano. Todos son llamados a recibir los frutos de la redención de Cristo. Desgraciadamente, el anhelo de Cristo se frustra por la maldad de los hombres; pero sí vemos hoy a la Iglesia plantada en todos los países del mundo, cuya misión es únicamente predicar a Cristo y su mensaje, y hacer que se cumplan los deseos de Cristo de que sólo haya un rebaño y sólo un pastor.

Todo cristiano, que conoce y ama al Señor, debería sentir internamente un celo ardiente para ser instrumento del mismo Señor para hacer que otros le conozcan y le sigan y entren en el redil de su Iglesia.

En toda esta parábola del Buen Pastor hay una aplicación muy especial para todos los que están llamados por el Señor para ser pastores de su rey. Cristo será el modelo a quien hay que imitar para cumplir con la misión que les confía de hacer que las almas entren en su redil. Y la esencia de este pastoreo será siempre el amor y el sacrificio por las almas, el trato hu­milde, lleno de comprensión, la cercanía e intimidad con ellas, y el propor­cionarle el pasto de la verdadera vida, que no es otra cosa que el mismo Cristo y su Evangelio.

La parábola del Buen Pastor se completará con la parábola de la Oveja Perdida, que traen Mateo y Lucas en sus evangelios.

5) Reacción de los judíos

La reacción de muchos al discurso de Jesús es la conocida a través de todo el Evangelio: la de rechazo y agresividad; y en esta ocasión vuelven a repetir el insulto a Jesús llamándole endemo­nia­do y loco. Nada podía cam­biar la actitud de los fariseos y escribas. Y las divisiones de opinión se re-/rían no solamente al discurso que acababa de pronunciar, sino también al hecho milagroso de la curación del ciego de nacimiento. Otros sí aceptaron la palabra del Señor.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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146. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús cura a un ciego de nacimiento: Encuentro de Jesús con el ciego curado


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


V. JESÚS EN JERUSALÉN

(Fines de Septiembre - comienzos de Octubre, año 29)

JESÚS CURA A UN CIEGO DE NACIMIENTO

146.- ENCUENTRO DE JESUS CON EL CIEGO CURADO

TEXTO

Juan 9,35-41

Jesús se enteró de que le habían echado fuera, y, encontrándose con él, le dijo: "¿Tú crees en el Hijo del hombre?". El respondió: "¿Y quién es Se­ñor, para que crea en él?". Jesús le dijo: "Le has visto; el que está hablan­do contigo ése es." El entonces dijo: "Creo, Señor". Y se postró ante él.

Y dijo Jesús: "He venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos."

Algunos fariseos que estaban con él lo oyeron y le dijeron: " ¿Es que tam­bién nosotros somos ciegos?" Jesús les respondió: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: "Vemos", vuestro pecado permanece."

INTRODUCCIÓN

Jesucristo nunca deja sin recompensa a los que le confiesan delante de los hombres, y más cuando esa confesión supone tener que ser objeto de despre­cio y de persecución. Y el Señor, intencionadamente, sale al encuentro del ciego que tan valientemente le había defendido en medio de sus enemigos. Y se enfrentará de nuevo con los fariseos para recriminarles su gran pecado.

MEDITACIÓN

1) Premio que concede Cristo al ciego

El premio que le concede es todavía superior al gran beneficio que le ha hecho devolviéndole la vista. El le había iluminado los ojos del cuerpo; ahora le va a iluminar los ojos del alma. Es cierto que el ciego había mos­trado su fe en el Señor, pero esa fe llegaba solamente a reconocerle como profeta. El Señor quiere conducirle a la fe plena en su persona, que su fe se profundice y pueda reconocerle como el verdadero Mesías, de origen divino, enviado por el Padre.

En otras meditaciones hemos explicado el sentido del título mesiánico de "Hijo del hombre" que con mucha frecuencia Cristo se da a sí mismo. El texto implicaba no sólo que era el Mesías, sino que venía del cielo, que traía su origen del mismo Dios, que era de origen divino. Era una forma, algo velada, por la cual Cristo se proclamaba verdadero hombre y al mis­mo tiempo verdadero Hijo de Dios. Tal era el sentido de la profecía de Daniel sobre el Mesías (Cfr. Dn 7,13-14).

El Señor, pues, le pregunta al ciego: "¿Tú crees en el Hijo del hombre?" El ciego está dispuesto a aceptar todo lo que le enseñe Cristo, por eso, le responde: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?" Y Jesucristo se revela a sí mismo como el "Hijo del hombre." Sin duda alguna, en aquel momento el ciego recibiría una iluminación interior y cooperando a esa gracia, res­ponde sin vacilación alguna: "Creo, Señor".

Maravillosa recompensa de Cristo. ¿Qué le importarían ahora al ciego las injurias de los fariseos y haber sido excomulgado de la comunidad judía? El había visto al verdadero Mesías, al Hijo de Dios enviado por el Padre. Este encuentro con el Señor y esta nueva fe que brotó en su alma, serían ya para siempre la causa de su mayor alegría y felicidad.

Y así debería ser para todos los cristianos. Por encima de todas las ale­grías debía primar la inconmensurable alegría del haber conocido a Cristo y de creer plenamente en él.

2) Jesús acusa a los fariseos de su pecado

Jesús que es todo beneficencia y bondad para con el pobre ciego, se mues­tra muy duro con los fariseos, y pronuncia la sentencia clara de condena­ción para ellos: "Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos."

El sentido de esta frase queda largamente explicado en la meditación 70. No hay que entenderla en el sentido de que Cristo haya venido al mundo para dejar ciegos espiritualmente a los judíos y a otros muchos hombres, ceguera que les llevará a su propia condenación. El sentido es que, en rea­lidad, Cristo será rechazado por muchos, con plena culpabilidad y respon­sabilidad moral; y al rechazarlo quedan privados de la Luz de Dios, que­dan ciegos en su corazón y en su alma, con las consecuencias trágicas de no conseguir la salvación.

Cristo no ha venido para condenar el mundo, sino para salvarlo (Cfr. Jn 3,17). Pero la venida de Cristo encierra un "juicio", es decir, quien le co­nozca no puede quedar indiferente ante él; o le acepta y cree en él y en su doctrina, o le rechaza. No hay posibilidad de indiferencia, una vez que Cristo ha sido conocido. Y así quedan los hombres divididos en dos gran­des grupos, el grupo de aquellos que acogen a Cristo y le siguen en fe sin­cera y en obras de acuerdo al Evangelio; y el grupo de los que le rechazan, niegan la fe, y su conducta está completamente al margen del mensaje evangélico.

Y ¿por qué dice el Señor que los que ven no verán, y los que no ven em­pezaran a ver? Jesucristo se está refiriendo concretamente a los fariseos. Ellos tenían la verdadera revelación de Dios en las Escrituras, ellos forma­ban parte del Pueblo Elegido, ellos tenían ojos para ver, para comprender la llegada del Mesías y reconocer a Cristo. Sin embargo, ellos que "veían", por sus hipocresías, sus pecados y su maldad, voluntariamente se hicieron ciegos y no quisieron aceptar al Señor. Por eso el Señor añadirá: "Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: 'vemos', vues­tro pecado permanece." En verdad los fariseos, que se gloriaban de "ver", de conocer a Dios y su Ley, se convirtieron en ciegos totales por su culpa, y por eso "su pecado permanece".

Y la sentencia del Señor tiene también aplicación a todos aquellos que autosuficientes, llenos de soberbia, y con mucha frecuencia dominados por sus pasiones, creen saberlo todo, conocerlo todo, y afirmar que no necesi­tan de Dios y estiman que la religión es propia de los ignorantes. Ellos también creen que "ven", pero son totalmente ciegos; y esa ceguera culpa­ble merece los mismos reproches que la ceguera de los fariseos.

En cambio, la gente con corazón humilde, "los pobres de espíritu", como dirá el Señor en las Bienaventuranzas; la gente que reconoce su nada de­lante de Dios y sabe que son totalmente ciegos para poder entender las co­sas de Dios si no son iluminados por él y le piden con fe y confianza que abra sus ojos del alma; toda esa gente es la que a través de los siglos reci­birá el don del Padre para creer en su Hijo y aceptar todo el Evangelio. Se reconocieron "ciegos" ante Dios, y, al igual que el ciego de nacimiento del pasaje que venimos meditando, recibirán el milagro de la iluminación inte­rior y empezarán a "ver", a creer y aceptar, con profundo agradecimiento, la revelación que Dios hace al mundo a través de su Hijo. Y felices los que reciben este don de Dios y "ven".



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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145. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús cura a un ciego de nacimiento: Reacción obstinada de los fariseos


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


V. JESÚS EN JERUSALÉN

(Fines de Septiembre - comienzos de Octubre, año 29)

JESÚS CURA A UN CIEGO DE NACIMIENTO

145.- REACCIÓN OBSTINADA DE LOS FARISEOS

TEXTO

Juan 9,13-34

Llevan al que antes era ciego a los fariseos. Era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo." Algunos fariseos decían:' "Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el Sábado." "Pero, ¿cómo puede un pecador - replicaban otros- realizar semejantes señales?" Y no se ponían de acuerdo. Entonces le dicen otra vez al ciego: "¿Y tú que dices de él, ya que te ha abierto los ojos?" El respondió "que es un profeta".

No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego y hubiera lle­gado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?" Sus padres respondieron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quien le ha abierto los ojos, eso no­sotros no lo sabemos. Edad tiene; puede dar cuenta de sí mismo". Sus pa­dres hablaban así por miedo a los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara exclui­do de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: "Edad tiene; preguntádselo a él." Le llamaron los judíos por segunda vez y le dijeron: "Da gloria a Dios, Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador."_ "Si es un peca­dor, les respondió, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y que ahora veo". Le dijeron entonces: "¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?" El replicó: lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por que queréis oírlo otra vez? ¿Es que queréis también vosotros haceros discípulos su­yos?" Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: "Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es". El hombre les respondió: "Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada." Ellos le respondieron: "Has nacido todo en pecado y ¿tú nos vas a dar lecciones?" Y le expulsa­ron.

INTRODUCCIÓN

Resulta interesantísima la narración que Juan nos hace, con muchos deta­lles, de los interrogatorios que los fariseos hacen al mismo ciego, repetidas veces, y a los padres del ciego. Es un ejemplo más de cómo se pueden ce­rrar los ojos ante la evidencia, cuando el corazón está dominado por pasio­nes. Es un contraste extraordinario entre la reacción obstinada de los fari­seos contra Jesús y contra el ciego, y la reacción valiente del ciego en de­fender a su gran bienhechor, que, aun conociendo todo el poder que tenían los fariseos, se opone a ellos y niega que Cristo sea un pecador y le llama profeta.

MEDITACIÓN

1) Obstinación de los fariseos

El ciego ya curado es llevado a la presencia de los fariseos. Se trataba de un hecho milagroso y, por lo tanto, de contenido religioso del que tenían que tener conocimiento y juzgar los fariseos. El ciego es interrogado una primera vez, y él nana con sencillez lo que ha sucedido con él y cómo ha sido curado por Jesús. Los fariseos no lo pueden creer, y llaman a sus pa­dres para que ellos certifiquen si ese hombre es realmente su hijo y si es verdad que fue ciego de nacimiento. Estaba también el testimonio de los vecinos y conocidos del ciego. El hecho es tan evidente que no cabe duda del milagro; de todas maneras vuelven a interrogar al mismo ciego ya cu­rado.

El resultado de todos estos interrogatorios es que la evidencia de los he­chos obliga a los fariseos a admitir el hecho prodigioso de que aquel hom­bre había sido ciego desde su nacimiento y que ahora, por el poder de Je­sús, ha sido curado. ¿Cómo reaccionan ante esta evidencia? No puede ne­gar el hecho, pero en vez de alabar y glorificar a Dios porque ha enviado un gran profeta en la persona de Jesús, aumenta más su enemistad y agre­sividad contra Jesús. Ha realizado el milagro en día Sábado; es pues un gran pecador que ha transgredido la Ley. Y es muy probable que, como en otras ocasiones, atribuyesen el poder de Cristo al mismo demonio. Cristo, en muchas oportunidades, ya les había explicado que el hacer un acto de caridad al prójimo en día Sábado, de ninguna manera transgredía la ley del descanso sabático. Los fariseos no querían entender nada de lo que Cristo enseñase, y cierran los ojos ante la luz que brilla ante ellos en la persona de Cristo. Sus enseñanzas, su santidad, sus milagros que le acreditaban como el Enviado del Padre son precisamente la causa de su odio a Jesús.

En esta actitud de los fariseos consiste precisamente el pecado, la blasfe­mia contra el Espíritu Santo que no tendrá perdón (Cfr. medit. 66).

Llegan a decir al ciego: "Da gloria a Dios." Y lo que le mandaban es que rechazase plenamente a Jesús que le había sanado y que aceptase lo que ellos, conocedores de la Ley de Dios, afirmaban de él, que era un gran pe­cador. Hasta dónde llegaba su hipocresía y su obstinación. Enseñan todo lo contrario de lo que siempre se encuentra en las Escrituras: reconocer los beneficios de Dios, y más todavía, si son beneficios extraordinarios, era deber de todos y cada uno de los judíos, y al manifestar su agradecimiento daban gloria a Dios con cantos e himnos de alabanza. Los fariseos preten­den que el ciego de gracias a Dios negando el beneficio y rechazando a su bienhechor, Jesús, el Hijo de Dios. Ciertamente, es el pecado que no podrá ser perdonado, porque lleva consigo rechazar los medios de salvación que Dios ofrece para poder salir del pecado.

Terriblemente desgraciados todos los que se cierren así a la gracia de Dios, a los beneficios de Dios. Lo que Dios ofrece como medios de salva­ción, ellos lo convierten en instrumentos de su propia condenación.

2) Actitud del ciego de nacimiento

Es una actitud de profundo agradecimiento a Jesús; y el milagro que ha hecho, ha suscitado la fe en él como profeta verdadero. Es hombre muy pobre -era mendigo- y podemos suponer que también era muy ignorante; sin embargo, se enfrenta con toda decisión a los fariseos y, a pesar de los desprecios de los que es objeto, no vacilará en reconocer el gran beneficio que ha recibido y en manifestar, dando una gran lección a los fariseos, que Jesús no puede ser pecador. Dios no oye a los pecadores ni a través de ellos obra milagros tan extraordinarios. Verdaderamente, él sí da gloria a Dios y responde a sus beneficios reconociéndolos con profundo agradeci­miento y manifestando su fe en aquel que en nombre de Dios le ha curado. Y hasta, con su dejo de ironía, ataca la ignorancia de los fariseos.

El sabe la autoridad e influencia que tenían los fariseos y conocía que ellos habían dado una orden de que todo aquel que reconociese a Jesús quedase excluido de la sinagoga, es decir, de la comunidad judía. Era el castigo de la excomunión; era el castigo que imponían a grandes pecadores públicos y, sobre todo, a los herejes, a los que se apartaban de la verdadera fe en Dios. Los padres del ciego, justamente, por el temor a ese castigo, se muestran muy reservados en lo que hablan con los fariseos, y les dicen que su hijo tiene ya edad suficiente para que él pueda dar razón de lo que ha sucedido. Quieren mantenerse al margen del acontecimiento y no en­frentarse con los fariseos, aunque sí reconocen el hecho del milagro: que ése, era su hijo, que desde el nacimiento no veía, ahora ha recobrado la vista. Pero el ciego no teme el castigo que le puedan imponer los fariseos. Estima mucho más su agradecimiento y su fe en el Señor.

Y, efectivamente, los fariseos le increparán, "le llenarán de injurias", y le dirán que es un desgraciado que "ha nacido todo en pecado", y finalmente "lo expulsarán", es decir, lo arrojarán de la comunidad judía, de la comu­nidad del Pueblo Escogido.

Pero el ciego, ni ante el castigo de la excomunión, cambia de actitud. Es tal la alegría y gozo que siente en su interior por haber recobrado la vista, y su agradecimiento y fe en Jesús, como profeta enviado por Dios, que su­pera todas las injurias y el castigo que se le imponía, y se mantiene fiel a su conciencia y fiel a Dios.

Ejemplo de fidelidad al Señor en medio de ultrajes y persecuciones.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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144. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús cura a un ciego de nacimiento: El milagro

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


V. JESÚS EN JERUSALÉN

(Fines de Septiembre - comienzos de Octubre, año 29)

JESÚS CURA A UN CIEGO DE NACIMIENTO

144.- EL MILAGRO

TEXTO

Juan 9,1-12

Vio, al pasar, a un ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: "Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". Res­pondió Jesús: "Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tengo que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."

Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y puso el barro so­bre los ojos del ciego, y le dijo: "Vete, lávate en la piscina de Siloé" (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó, y volvió ya viendo.

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: "¿No es éste el que se sentaba para mendigar?" "Es él", decían unos "No" decían otros, "sino que es uno que se le parece." Pero él decía: "Soy el mismo". Le dijeron entonces: "¿Como, pues, se te han abierto los ojos?" El respon­dió: "Ese hombre, que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: 'Vete a Siloé y lávate'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le dijeron: "¿dón­de está ése?" El respondió: "No lo sé."

INTRODUCCIÓN

La Fiesta de los Tabernáculos había terminado. Jesús permanece todavía en Jerusalén algunos días. En una oportunidad, caminando con sus discí­pulos, probablemente en dirección al Templo, se encuentra con un ciego de nacimiento que estaba sentado pidiendo limosna. Y es también uno de los pocos casos en que el Señor no exige un acto de fe en su persona para realizar el milagro. Jesús debió sentir profunda compasión hacia aquel ciego, que nunca había visto la luz y que pasaba los días mendigando para poder subsistir. Se le acerca y obra el milagro. Este es uno de los milagros del Señor donde se manifiesta claramente el sentido transcendental que el Señor daba a sus obras de poder divino.

MEDITACIÓN

1) "Para que se manifiesten en él las obras de Dios."

La pregunta que le hacen los discípulos supone que ellos también partici­paban de la opinión general que los judíos tenían sobre las desgracias que sucedían a una persona. Esas desgracias se consideraban como castigo por los pecados propios que esa persona había cometido, o como castigo por los pecados de sus padres que recaía sobre los hijos.

El Señor, en su respuesta, niega esa opinión. Conocemos que tanto el pe­cado de nuestros primeros padres, como los pecados personales de cada uno, son causa de las muchas desgracias que aquejan a la humanidad; pero de ninguna manera quiere eso indicar que cualquier enfermedad, su­frimiento, desgracia personal, sea fruto de los pecados que esa persona haya podido cometer, y menos todavía que tenga como causa los pecados de sus padres.

Si algo nos enseña Cristo con su doctrina y con su ejemplo, y sobre todo con su Pasión y Muerte, es que el dolor y el sufrimiento no suponen un castigo que Dios inflige a la persona por sus pecados, ni supone que Dios ha abandonado y no se preocupa ya de esa persona. Dios Padre permitió el tremendo sufrimiento de su Hijo, a quién amaba infinitamente, porque a través de ese sufrimiento iba a manifestar al mundo su amor a los hom­bres y les iba a traer la salvación y redención de sus pecados. Dios permi­te el sufrimiento en cualquier hijo suyo con el fin de purificarle más y más de sus apegos terrenales, para incrementar en él la fe y la confianza verda­dera, y para que pueda unir sus sufrimientos a los sufrimientos de Cristo en su Pasión, y así ser corredentor de los hombres. Como nos dice la Pala­bra de Dios, todo lo que el Señor permite que suceda a los que le amen, es para su bien. (Cfr. Rom 8,28)

En el caso concreto del ciego de nacimiento, el Señor pone otra motiva­ción especial. A través del milagro que Cristo va a realizar con él, devol­viéndole la vista, se pondrá de manifiesto la bondad y misericordia de Dios, y así Cristo hará que su Padre sea glorificado. Sentido transcendental en todos los milagros del Señor.

2) "Tengo que trabajar en las obras del que me ha enviado, mientras es de día"

El "día" se refiere a la vida de Jesús mientras está en este mundo. Jesús, por más adversas que sean las circunstancias en las que se encuentre, siempre tiene presente la misión que le ha dado el Padre, y, sin desánimo ni cobardía, empleará todo el tiempo de su vida, hasta que muera en la cruz, en cumplir con esa misión. Y esa misión era la de predicar la Palabra de Dios, mostrar la llegada del Reino Mesiánico en sus obras de infinita misericordia con los más pobres y enfermos, confirmar su misión de Mesías y de hijo de Dios por medio de sus milagros, y llevar a cabo la re­dención muriendo en la cruz. Toda la vida de Cristo centrada en la misión de su Padre. Ejemplo extraordinario de amor, sumisión y fidelidad al Padre.

3) "Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo."

El último día de la Fiesta de los Tabernáculos, cuando todo el Templo res­plandecía con las grandes luminarias de los candelabros encendidos, había proclamado ante la multitud: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida." (Jn 8, 12) Ahora vuelve a repetir el autotestimonio de que él es la luz del mundo; ahora, mientras está en este mundo, es la luz visible que todos pueden ver. Cuando muera, seguirá siendo la verdadera luz que ilumina a todo hombre de buena voluntad, pero ya su presencia no será visible como lo es ahora.

Ya explicamos el sentido profundo que tiene esta autorrevelación de Cristo como Luz del mundo al comentar el capítulo octavo de San Juan (Cfr. medit. 139). Sin Cristo, ciertamente, todo es oscuridad. En Cristo todos los misterios de Dios y del hombre quedan esclarecidos. (Cfr. Vatic. II, Gaudium et Spes, n. 22)

Y para confirmar la verdad de su testimonio, realizará la curación de un ciego de nacimiento. Esa curación es el símbolo más claro de Cristo, Luz del inundo. Sentido profundo de este milagro.

4) El milagro

En otros dos casos el Señor había utilizado también la saliva: para obrar el milagro de la curación de un sordomudo (Cfr. Mc 7,33) y el milagro de la curación de un ciego (Mc 8,23).

No conocemos el sentido de esta acción de Jesús: el no ha querido indi­carnos el porqué de esta acción de untar los ojos del ciego con barro formado con la tierra y su saliva. El hecho es que el ciego cumple con el mandato de Jesús de lavarse después en la piscina de Siloé, no lejana del Templo, y recobra prodigiosamente la vista. Milagro extraordinario que supera todo poder humano. Ha habido casos en que personas que han que­dado ciegas en el curso de su vida, por enfermedad o accidente, han reco­brado la vista, y más hoy día con los adelantos de las ciencias médicas. Pero nunca se ha producido, ni siquiera se ha intentado por considerarlo imposible, devolver la vista a un ciego de nacimiento.

Jesucristo pone en práctica lo que acababa de enseñar a sus discípulos, que mientras está en el mundo tiene que trabajar en las cosas de su Padre. Este milagro es obra que manifiesta la gloria del Padre.

Podemos estar ciertos de la inmensa alegría que sintió aquel ciego y el profundo agradecimiento que nacería en su corazón hacia su gran bienhe­chor. Estas actitudes llevaron después al ciego a la verdadera fe en el Se-flor como el verdadero Mesías, y confesaría esa fe, aunque fuese expulsa­do por los fariseos de la comunidad judía.

5) Vecinos y conocidos del ciego

Inmediatamente después de realizado el milagro, se nos narran las dudas que surgieron entre aquellos que conocían al ciego y estaban familiariza­dos con él. Era tan insólito el milagro, tan imposible de imaginar, que aquel hombre que llevaba ciego decenas de años, desde su nacimiento, hu­biese recobrado la vista en un instante, que algunos dudaron de si era él mismo o alguien que se pareciera a él. Pero esas dudas desaparecieron al afirmar el hasta entonces ciego, que sí, que era él mismo, el que antes an­daba ciego, pidiendo limosna. La gente reconoce el milagro, y queda tan asombrada que no puede menos de creer que ha tenido que haber una in­tervención de Dios y que se obrado por medio de "ese hombre que se lla­ma Jesús". Esa gente sencilla, que quizá no había participado en las ense­ñanzas de Jesús en el Templo y en sus controversias con los fariseos, cre­yó que debía comunicarse a los fariseos hecho tan prodigioso, hecho mila­groso y, por lo tanto, de contenido religioso.

La comunicación a los fariseos de este hecho será la ocasión para poner otra vez de manifiesto su obcecación tan obstinada, y para poner a prueba la fe del ciego. Lo consideraremos en la meditación siguiente.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


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Domingo XIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C. Jesús envía a los setenta y dos

 


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P. Adolfo Franco jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-12.17-20):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:

«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.

Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles:

“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.

Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.

Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».

Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:

«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».

Él les dijo:

«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor


Jesús envía a sus discípulos a predicar, como envía a todo bautizado hoy día.

Jesús envía a predicar a sus setenta y dos discípulos, y les da instrucciones precisas de cómo deben actuar. Esas lecciones nos dan muchas orientaciones de cómo El quiere que nos comportemos cuando actuamos apostólicamente.

Nos pide primero oración: recen al Dueño de la Mies. A continuación nos indica que la predicación puede tener graves dificultades (estamos como ovejas entre lobos), nos dice que hay que ir en pobreza: ni sandalia, ni bastón, ni bolsas. Y la actividad apostólica que hay que realizar en estas condiciones es doble: trasmitir la paz, y curar las enfermedades.

¿Qué es la actividad apostólica? El mensaje que el Señor quiere que trasmitamos es “su mensaje”, y esto es lo primero que se debe tener en cuenta; que hay que recibir el mensaje de Jesús, para trasmitirlo. El problema es que como lo hacemos nosotros y el mensaje debe estar en nosotros y partir de nuestra propia palabra, sin querer podemos estar trasmitiendo nuestras ideas, más que el mensaje de Jesús. Lo adornamos con nuestras palabras, y a veces queda oculto detrás de nuestros adornos y de nuestras ocurrencias. Por otra parte para que salga como se necesita, debe salir del corazón. Nuestros mensajes personales con frecuencia salen de nuestra cabeza y esos mensajes naturalmente llegan a la cabeza de nuestro interlocutor. Pero si se quiere la conversión de alguien hay que conmover su corazón, y sólo un corazón conmueve a otro corazón.

Además es Dios el dueño del mensaje y el que quiere trasmitirlo y el que puede conmover el corazón de los oyentes. Sólo Dios tiene eficacia para trasformar una vida. Entonces se trata de que Dios, que está en nuestros corazones, sea el que hable a través de nuestras palabras; nuestra boca debe estar conectada a nuestro corazón, y nuestro corazón conectado a Dios. Así saldrá el mensaje de Dios a través de nuestra palabras. Estar en contacto con Dios en nuestro ser más íntimo, y que sea lo que hay en nuestro corazón lo que trasmitimos. Así estará Dios hablando con nuestras palabras y llegando al corazón de nuestros hermanos.

Por eso Jesús les dice a los setenta y dos, y nos dice a nosotros, que oremos al Dueño de la Mies que envíe operarios a su campo. O sea que vayamos pero enviados por Dios, y que ésa sea nuestra petición. No sólo que mande más operarios, sino que nos mande a nosotros: ir enviados por El, no ir a título personal. Sin oración el mensaje puede quizá ser bonito, pero no eficaz; podrán decir ¡qué bonito!, pero no trasformará por dentro al oyente del mensaje. Hay que predicar como quien está orando.

Por eso hay que saber que el mensaje enfrentará dificultades. Pero debemos ser como la oveja que se acerca a los oyentes: no como lobos agresivos, que convierten a sus oyentes por el miedo, sino con toda humildad, desarmados. Y aceptando que a pesar de ir con modestia y humildad y sencillez, como las ovejas, trasformaremos a los lobos. Que la bondad y el amor de la oveja podrán dominar la ferocidad de cualquier lobo. La bondad y la humildad son esenciales al predicador del mensaje. No llega (y menos en nombre de Dios) un trabajo apostólico violento y lleno de amenazas.

Y manda que el mensajero no lleve ninguna clase de riquezas, ni mucho equipaje. De hecho hay que dejarlo todo. ¿De qué pobreza se trata? Ciertamente de un corazón libre de todo materialismo, libre de preocupaciones económicas, sin ninguna voluntad de sacar ventaja personal del mensaje. Fiarse de sólo Dios, de la eficacia que El da a la palabra auténtica dicha en su nombre. Muchas veces nos fiamos excesivamente de nuestra agudeza, de nuestra contundencia verbal, de nuestra brillantez, de nuestra imaginación llena de colorido; nuestros preparativos con los que recubrimos el mensaje ponen de manifiesto que nosotros somos los que pensamos que vamos a dar eficacia al mensaje de Jesús. Hay que desnudar el mensaje de todas esas consideraciones. Y además desnudarnos a nosotros de todo interés personal, y de todo deseo de poseer el éxito de la empresa. Esa purificación del mensajero es algo sumamente importante, para que hablemos en nombre de Dios, y demos su mensaje.

Y el contenido del mensaje es muy simple: la paz y la curación de las enfermedades. O sea hablar del amor de Dios que es la fuente única de la paz que todos necesitamos y buscamos. Y que además es lo que nos cura de todas las enfermedades, las que nos dañan más hondamente. Esas enfermedades se curan con el toque del amor, y este toque sólo lo da Dios. Pero el Señor no quiere que haya otro mensaje, o mejor que en cualquier mensaje que trasmitamos se anuncie muy claro el amor (la paz de Dios y la salvación (la que nos cura de las enfermedades más malignas.



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Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

 







Curso Historia de la Iglesia - P. Gerardo Aste, jesuita - YouTube


 
El P. Gerardo Aste SJ nos comparte el Curso sobre la Historia de la Iglesia, en esta primera parte, con temas desde el origen de la Iglesia hasta la Iglesia en la Edad Media. Conocer la historia de nuestra Iglesia es muy importante para poder dar fe de nuestra religión cristiana. El Curso comprende 5 sesiones, compartimos los enlaces al Canal de YouTube de la Compañía de Jesús de Perú. Acceda a cada sesión en los siguientes enlaces: