Unidad de Dios y Unidad de Pareja - 2º Parte


P. Vicente Gallo, S.J.

2. “Lo que Dios ha unido, que nunca lo separe el hombre” (Mt 19, 6)


Dios no sólo hizo al hombre y a la mujer para vivir su Relación de matrimonio en tal Unidad que ella los hiciese ser “imagen y semejanza de Dios mismo”. En cada pareja de quienes se casaron enamorados, es Dios quien los hizo el uno para el otro. Dios los llamó a cada uno desde ese otro. Dios hizo que terminaran encontrándose. Cuando por fin se encontraron ambos, sintieron lo que dijo el primer hombre al ver a la mujer hecha para él: “esto es distinto” (Gén 2, 23). Eso fue su enamoramiento. El secreto para que ese matrimonio sea consistente está en que mantengan siempre firme, como cosa de Dios, el enamoramiento con el que se casaron y en el que Dios se gozó al verlo.

Pero con las manos pecadoras de ambos, con las de sus padres o hermanos que debieron dejar de serlo como Dios lo quiso cuando estos dos se casaron (Gén 2, 24), y con las manos del “mundo”, que son todos los demás organizados a su manera, “el hombre” puede romper el lazo con que Dios los unió, y la hermosa realidad de ser Uno como Dios, como Dios mismo los unió (Mt 19, 6) para amarse con un Amor semejante al Amor con el que Dios ama. Lo que Dios ha unido, lo separará el hombre.

La vida de relación entre los hombres, y también la relación de pareja en el matrimonio, se funda en necesidades humanas que ya hemos mencionado: la de “ser amado”, la de “ser valorado”, y la de “pertenecer a otros” a la vez que “mantener la propia autonomía”. Esas cuatro necesidades se ven satisfechas cuando, en el matrimonio, los dos de la pareja mantienen la fidelidad en el amor que los hace ser uno en lugar de dos. Desde esa satisfacción provienen los sentimientos de felicidad, gozo, gratitud, paz, ilusión, confianza, emoción, fortaleza, y otros parecidos.

Pero cuando cualquiera de esas necesidades se ve insatisfecha, brotan los sentimientos de tristeza, vaciez, soledad, fracaso, desilusión, amargura, desánimo, dolor por estar herido, y los sentimientos semejantes. Cuando alguna de dichas necesidades se ve amenazada, se siente temor, angustia, alarma, miedo, desorientación, inseguridad, preocupación, y otros sentimientos así. Cuando, en alguna de las mencionadas necesidades, uno se ve agredido, bloqueado, impedido, lo que siente será enojo, cólera, rabia, odio, resentimiento, confusión, desesperación, u otros sentimientos parecidos.

Desde situaciones así, cada uno puede optar por buscarse una salida de diversas maneras. Acaso tratando de recuperar la satisfacción de esa necesidad en algo fuera del matrimonio, como irse con los amigos a divertirse, buscar sus pasatiempos personales prescindiendo de su pareja, ver televisión, ir al cine o ver películas aunque sea en su propia casa, navegar en internet, darse a la bebida, buscar otra mujer u otro hombre, acaso dedicarse al apostolado en la Parroquia o donde fuere.

También puede optar por buscarse alguna compensación satisfaciendo más otra de esas cuatro necesidades, cuando es en una en la que se encuentra insatisfecho: por ejemplo, desatender el ser amado, que no lo encuentra, con lograr el ser valorado como inteligente, hábil, conocedor de muchas cosas, ser muy estimado profesionalmente, u otros valores en los que se vea reconocido. O viceversa, al no verse valorado, compensarlo con mirar los muchos aspectos en que puede gozar de ser amado y la mucha gente que le ama, trabajando el que esto sea más verdad. Parecidas compensaciones puede buscar en verse autónomo, el que no logra vivir en pertenencia; o buscar en una pertenencia más grande, la incapacidad que tiene de ser autónomo y libre en sus determinaciones. Y esto no es un juego de palabras o de conceptos, sino una verdad que es necesario percatarse de ella para evitar vivir en ese desarreglo, nefasto para uno mismo y más para la vida de relación.



...

Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

...

La Oración en los Ejercicios Espirituales - 6º Parte


Métodos de oración ignaciana - Continuación


La Aplicación de Sentidos


El ejercicio así llamado es una simplificación del método Contemplación Ignaciana. San Ignacio hace pasar de los “sentidos externos” a los sentidos de la imaginación(“ver con la vista imaginativa”) y, de éstos, a los “sentidos internos”, de los que brota el “sentir internamente” la realidad viviente del Señor, “así nuevamente encarnado” (EE 47, 112, 109, etc.)

Con esa misma disposición de espíritu recogido, que se recomienda para la contemplación evangélica, el método de aplicación de sentidos consiste en lo siguiente:

Mirar despacio las personas “con la vista imaginativa, meditando y contemplando en particular las circunstancias, y sacando algún provecho de la vista”.
Por ejemplo: Ver al Niño Jesús en el pesebre y a María atendiéndolo a su lado…

  • Escuchar “lo que hablan o pueden hablar, reflexionando sobre ello”. Por ejemplo: escuchar a los pastores que relatan a María y a José “lo que les habían dicho acerca del Niño”, o escuchar también al llamado misterioso de Cristo pobre, que nos invita a la pobreza evangélica…
  • Respirar y oler espiritualmente “la infinita suavidad y dulzura de la divinidad”, o de las virtudes, por ejemplo, de María…
  • Gustar la actitud, el ademán, la palabra, el silencio…
  • Tocar “así como abrazar y besar” con respeto y reverencia lo que el corazón nos diga…

Es evidente que no se va a Dios, Espíritu puro, con la imaginación, ni con la sensibilidad, pero para completar un acto humano vamos con todo nuestro ser. Se trata, por tanto, de hacernos presentes ante el misterio con todo nuestro ser. La liturgia cristiana está llena de esta clase de símbolos, gestos, actitudes, palabras, que sirven de meditación “visible para la captación y vivencias de lo invisible”.




...

Referencias bibliográficas:

Guías de ayuda para hacer los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola en la vida corriente. Ignacio Huarte, S.J.

Métodos Ignacianos de Oración – Equipo de Pastoral Juvenil, Compañía de Jesús en el Perú. Lima.


...

La oración de Jesús en la Última Cena


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 11 de enero de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestro camino de reflexión sobre la oración de Jesús, que nos presentan los Evangelios, quiero meditar hoy sobre el momento, especialmente solemne, de su oración en la última Cena.

El trasfondo temporal y emocional del convite en el que Jesús se despide de sus amigos es la inminencia de su muerte, que él siente ya cercana. Jesús había comenzado a hablar de su Pasión ya desde hacía tiempo, tratando incluso de implicar cada vez más a sus discípulos en esta perspectiva. El Evangelio según san Marcos relata que desde el comienzo del viaje hacia Jerusalén, en los poblados de la lejana Cesarea de Filipo, Jesús había comenzado «a instruirlos: “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”» (Mc 8, 31). Además, precisamente en los días en que se preparaba para despedirse de sus discípulos, la vida del pueblo estaba marcada por la cercanía de la Pascua, o sea, del memorial de la liberación de Israel de Egipto. Esta liberación, experimentada en el pasado y esperada de nuevo en el presente y para el futuro, se revivía en las celebraciones familiares de la Pascua. La última Cena se inserta en este contexto, pero con una novedad de fondo. Jesús mira a su pasión, muerte y resurrección, siendo plenamente consciente de ello. Él quiere vivir esta Cena con sus discípulos con un carácter totalmente especial y distinto de los demás convites; es su Cena, en la que dona Algo totalmente nuevo: se dona a sí mismo. De este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su cruz y su resurrección.

Esta novedad la pone de relieve la cronología de la última Cena en el Evangelio de san Juan, el cual no la describe como la cena pascual, precisamente porque Jesús quiere inaugurar algo nuevo, celebrar su Pascua, vinculada ciertamente a los acontecimientos del Éxodo. Para san Juan, Jesús murió en la cruz precisamente en el momento en que, en el templo de Jerusalén, se inmolaban los corderos pascuales.

¿Cuál es entonces el núcleo de esta Cena? Son los gestos de partir el pan, de distribuirlo a los suyos y de compartir el cáliz del vino con las palabras que los acompañan y en el contexto de oración en el que se colocan: es la institución de la Eucaristía, es la gran oración de Jesús y de la Iglesia. Pero miremos un poco más de cerca este momento.

Ante todo, las tradiciones neotestamentarias de la institución de la Eucaristía (cf. 1 Co 11, 23-25; Lc 22, 14-20; Mc 14, 22-25; Mt 26, 26-29), al indicar la oración que introduce los gestos y las palabras de Jesús sobre el pan y sobre el vino, usan dos verbos paralelos y complementarios. San Pablo y san Lucas hablan de eucaristía/acción de gracias: «tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio» (Lc 22, 19). San Marcos y san Mateo, en cambio, ponen de relieve el aspecto de eulogia/bendición: «tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio» (Mc 14, 22). Ambos términos griegos eucaristeín y eulogeín remiten a la berakha judía, es decir, a la gran oración de acción de gracias y de bendición de la tradición de Israel con la que comenzaban los grandes convites. Las dos palabras griegas indican las dos direcciones intrínsecas y complementarias de esta oración. La berakha, en efecto, es ante todo acción de gracias y alabanza que sube a Dios por el don recibido: en la última Cena de Jesús, se trata del pan —elaborado con el trigo que Dios hace germinar y crecer de la tierra— y del vino, elaborado con el fruto madurado en los viñedos. Esta oración de alabanza y de acción de gracias, que se eleva hacia Dios, vuelve como bendición, que baja desde Dios sobre el don y lo enriquece. Al dar gracias, la alabanza a Dios se convierte en bendición, y el don ofrecido a Dios vuelve al hombre bendecido por el Todopoderoso. Las palabras de la institución de la Eucaristía se sitúan en este contexto de oración; en ellas la alabanza y la bendición de la berakha se transforman en bendición y conversión del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús.

Antes de las palabras de la institución se realizan los gestos: el de partir el pan y el de ofrecer el vino. Quien parte el pan y pasa el cáliz es ante todo el jefe de familia, que acoge en su mesa a los familiares; pero estos gestos son también gestos de hospitalidad, de acogida del extranjero, que no forma parte de la casa, en la comunión convival. En la cena con la que Jesús se despide de los suyos, estos mismos gestos adquieren una profundidad totalmente nueva: él da un signo visible de acogida en la mesa en la que Dios se dona. Jesús se ofrece y se comunica él mismo en el pan y en el vino.

¿Pero cómo puede realizarse todo esto? ¿Cómo puede Jesús darse, en ese momento, él mismo? Jesús sabe que están por quitarle la vida a través del suplicio de la cruz, la pena capital de los hombres no libres, la que Cicerón definía la mors turpissima crucis. Con el don del pan y del vino que ofrece en la última Cena Jesús anticipa su muerte y su resurrección realizando lo que había dicho en el discurso del Buen Pastor: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18). Él, por lo tanto, ofrece por anticipado la vida que se le quitará, y, de este modo, transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí mismo por los demás y a los demás. La violencia sufrida se transforma en un sacrificio activo, libre y redentor.

En la oración, iniciada según las formas rituales de la tradición bíblica, Jesús muestra una vez más su identidad y la decisión de cumplir hasta el fondo su misión de amor total, de entrega en obediencia a la voluntad del Padre. La profunda originalidad de la donación de sí a los suyos, a través del memorial eucarístico, es la cumbre de la oración que caracteriza la cena de despedida con los suyos. Contemplando los gestos y las palabras de Jesús de aquella noche, vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el ámbito donde él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el «Sacramentum caritatis». Por dos veces en el cenáculo resuenan las palabras: «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11, 24.25). Él celebra su Pascua con la donación de sí, convirtiéndose en el verdadero Cordero que lleva a cumplimiento todo el culto antiguo. Por ello, san Pablo, hablando a los cristianos de Corinto, afirma: «Cristo, nuestra Pascua [nuestro Cordero pascual], ha sido inmolado. Así pues, celebremos... con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad» (1 Co 5, 7-8).

El evangelista san Lucas ha conservado otro elemento valioso de los acontecimientos de la última Cena, que nos permite ver la profundidad conmovedora de la oración de Jesús por los suyos en aquella noche: la atención por cada uno. Partiendo de la oración de acción de gracias y de bendición, Jesús llega al don eucarístico, al don de sí mismo, y, mientras dona la realidad sacramental decisiva, se dirige a Pedro. Ya para terminar la cena, le dice: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). La oración de Jesús, cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, sostiene su debilidad, su dificultad para comprender que el camino de Dios pasa a través del Misterio pascual de muerte y resurrección, anticipado en el ofrecimiento del pan y del vino. La Eucaristía es alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza incluso para quien está cansado, extenuado y desorientado. Y la oración es especialmente por Pedro, para que, una vez convertido, confirme a sus hermanos en la fe. El evangelista san Lucas recuerda que fue precisamente la mirada de Jesús la que buscó el rostro de Pedro en el momento en que acababa de realizar su triple negación, para darle la fuerza de retomar el camino detrás de él: «Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho» (Lc 22, 60-61).

Queridos hermanos y hermanas, participando en la Eucaristía, vivimos de modo extraordinario la oración que Jesús hizo y hace continuamente por cada uno a fin de que el mal, que todos encontramos en la vida, no llegue a vencer, y obre en nosotros la fuerza transformadora de la muerte y resurrección de Cristo. En la Eucaristía la Iglesia responde al mandamiento de Jesús: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Co 11, 24-26); repite la oración de acción de gracias y de bendición y, con ella, las palabras de la transustanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. En nuestras Eucaristías somos atraídos a aquel momento de oración, nos unimos siempre de nuevo a la oración de Jesús. Desde el principio, la Iglesia comprendió las palabras de la consagración como parte de la oración rezada junto con Jesús; como parte central de la alabanza impregnada de gratitud, a través de la cual Dios nos dona nuevamente el fruto de la tierra y del trabajo del hombre como cuerpo y sangre de Jesús, como auto-donación de Dios mismo en el amor del Hijo que nos acoge (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 154). Participando en la Eucaristía, nutriéndonos de la carne y de la Sangre del Hijo de Dios, unimos nuestra oración a la del Cordero pascual en su noche suprema, para que nuestra vida no se pierda, no obstante nuestra debilidad y nuestras infidelidades, sino que sea transformada.

Queridos amigos, pidamos al Señor que nuestra participación en su Eucaristía, indispensable para la vida cristiana, después de prepararnos debidamente, también con el sacramento de la Penitencia, sea siempre el punto más alto de toda nuestra oración. Pidamos que, unidos profundamente en su mismo ofrecimiento al Padre, también nosotros transformemos nuestras cruces en sacrificio, libre y responsable, de amor a Dios y a los hermanos. Gracias.



...

Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120111_sp.html


...

Los amigos del Señor


P. Adolfo Franco, S.J.

Jn 1, 35-42

El evangelio nos presenta hoy el comienzo de la Vida Pública de Jesús, de la realización de su tarea y todo empieza rodeándose de un Grupo de AMIGOS.



La vocación de los primeros apóstoles es lo que nos narra este párrafo del evangelio de San Juan. Podríamos intentar entrar en el ambiente en que se producen estas vocaciones, en las motivaciones que tienen los apóstoles, en el modo de proceder de Jesús, y en lo que fueron sintiendo los privilegiados que recibieron ese llamado. Es el primer llamado que hacía el Mesías cuando estaba empezando a poner por obra el plan encomendado por su Padre.

En el caso de Jesús: había dejado el refugio del hogar no hacía mucho tiempo y había estado en el desierto, después de ser bautizado en el Jordán. Ya se terminaban los preparativos, y ahora había que empezar, el tiempo se le haría corto, tres años escasos, para tanta tarea. Y le llenaban el corazón las emociones: va a empezar la obra de su Padre, y con su Padre; va a poner en marcha la salvación que llenará el mundo hasta el final de los años y de los siglos. Empezar por escoger un grupo, que serán sus íntimos, que compartirán su vida, que serán el terreno fecundo donde quedará la semilla, para que de ahí al fin brote con vitalidad exuberante, hasta convertirse en una viña que llenará el mundo de racimos.

Estos sentimientos llenaban su corazón en estos días iniciales. Y estando todavía en el desierto, pasa cerca de Juan Bautista, que sigue atendiendo la fila de pecadores que necesitan una palabra de aliento y de conversión. Juan detiene su trabajo al verlo de nuevo, intuía quién era ese hombre que respiraba vida nueva. Lo señala y lo proclama: es el Mesías, y dos de los seguidores de Juan se salen del grupo, para seguir las huellas que Jesús va dejando en la arena del desierto por donde camina. Se sienten atraídos, les ha fascinado su rostro y su mirada. Y Jesús, aunque camina como desinteresado en los que lo siguen, ve lo que pasa, y los invita a que le sigan.

Se ha producido el comienzo: Jesús siente un afecto especial por estos dos seguidores, sus dos primeras conquistas. Hombres rudos, nobles, hombres firmes. Habrá que tallarlos, habrá que sacar de ellos lo mejor que hay dentro de ellos; pero El lo sabrá hacer. Se ha establecido el lazo del amor. Y ellos aunque no lo saben, son los primeros. La trascendencia de su papel les es desconocida. Pero han sentido dentro una llamada. Esto lo estaban esperando, algo así les tenía que pasar y ha pasado. Y la felicidad les inunda la vida. Han empezado a adquirir conciencia de que tienen una tarea, ya saben a qué dedicar su vida, y a Quien entregarle la vida.

La felicidad que tienen es tanta que no les cabe y se les descubre por su mirada y por su sonrisa. Los que los encuentran se dan cuenta de que algo les ha pasado. Vaya si les ha pasado: ¡han encontrado al Mesías!. El que tantas personas de tantos tiempos andaban buscando, ellos, pobres pescadores, lo han encontrado, y han sido envueltos por su afecto y por su llamado. Les ha pedido la vida y se la han dado. y no han hecho muchas preguntas, no han tenido tiempo para hacer cálculos: el amor les ha invadido.

Simón, el hermano de Andrés, ha quedado asombrado con lo que ha pasado con su hermano. Y siente un impulso imposible de parar, necesita encontrarse con ese “desconocido” que ha convertido a su hermano en una hoguera. Y cuando se encuentran, hay una mirada muy especial de Simón a Jesús, y de Jesús a Simón: Jesús estaba esperando precisamente a este hombre: ya tiene la base firme para empezar a construir. Y le dice Simón tú te llamas piedra, sobre ti apoyaré el edificio que necesito levantar.

En Pedro ¿qué sentimientos surgieron? Sentirse tan especialmente señalado por este Hombre, que era un desconocido y ahora parece que lo conociera desde su primer aliento de vida. Con un amigo así, Pedro se atreverá a caminar sobre las aguas, y a surcar las tempestades; deberá ser labrado (a veces a golpes duros) para poder ser la roca adecuada en que se apoye el edificio, que este Hombre ha de construir.

Y así fueron sumándose en rápida sucesión el grupo que acompañará a Jesús a todas partes, durante tres años, y que irán recogiendo en sus corazones sus obras y sus palabras, para alimentar después de Vida Verdadera a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los países.




...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

...

Homilía - 2º Domingo TO (B) 15 de Enero del 2012


Conocer la vocación

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: 1S 3,3-10.19; S.39; 1Co 6,13-15.17-20; Jn 1,35-42



Muy interesante este evangelio. Presenta el proceso fundamental de la vocación cristiana. Lo decisivo es el encuentro con Jesús. Ya hablamos de él el domingo pasado. Si el hombre responde, se transformará profundamente; en su vida comienza una nueva etapa, la de una nueva misión en la realización del plan de Dios, como vemos en el caso de Pedro que será fundamento de la Iglesia de Jesús.

En la Iglesia por voluntad de Dios cada uno tenemos una función distinta de las de los demás. Ya hablamos de los distintos carismas, ministerios y gracias del Espíritu. Misiones y distinciones importantes en la Iglesia son las de los clérigos y religiosos y las de los laicos.

Los clérigos, los religiosos y las religiosas están comprometidos a consagrar su vida a lo que es específica y directamente el servicio de Dios y de su Reino. Es este servicio el de la administración de los sacramentos, el de la palabra de Dios, el de pastorear al pueblo de Dios, el de orar en nombre de toda la Iglesia y por todos los hombres y el de hacer penitencia por sus pecados. Los laicos, aunque puedan participar en las actividades anteriores, normalmente se dedican a otras actividades, que hacen posible o mejoran la vida de los hombres en este mundo temporal. Tales actividades, cuando responden a aspiraciones que perfeccionan la naturaleza humana, son buenas, deseadas por Dios y, realizadas con fe y caridad cristianas, son un modo precioso de honrar a Dios, de consagrarle el mundo temporal, de elevar moralmente a la sociedad humana y de atraer a sus hermanos mediante el testimonio de la belleza de la fe y del amor que Dios manifiesta en ellos. Tanto una como otra vocación son necesarias en la Iglesia y es Dios quien llama a ellas. Precisamente hablamos de “vocación”, cuyo original latino significa “llamamiento”, porque es una llamada de Dios a cada uno. Dios sigue llamando a unos para sacerdotes, religiosos o religiosas; a otros para laicos en diversas profesiones.

Dios sigue llamando. Como nos narra el Evangelio, también hoy el Señor sigue llamando a muchos jóvenes, muchachos y muchachas, que se han encontrado o se encuentran con Él. Es más que un conjunto de cualidades que predisponen a una profesión fundamental en la vida. La vocación cristiana viene de fuera, parte de Dios. Se hace sentir como una invitación de Cristo a seguirle, a estar con Él, a dedicar la vida a su servicio por amor.

Dios suscita las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa porque la Iglesia las necesita. También las vocaciones laicales le son necesarias a la Iglesia, porque necesita de esposos y padres que muestren la fecundidad de Dios y el valor del amor cristiano, lo enciendan en sus hijos y consagren a Dios con su uso todos los seres del mundo inferiores al hombre e incapaces por sí solos de orientarse al servicio de Dios.

Es normalmente coincidiendo con el final de enseñanza secundaria cuando el joven se pregunta sobre su futuro y debe hacer una elección muy importante para él. Es entonces cuando la mayoría hacen una elección que marcará su vida. Más adelante también normalmente elegirá la persona con la que juntos constituirán una familia. Con ambas elecciones el hombre y la mujer se dotan de las condiciones necesarias para que sus vidas den plenamente el fruto que Dios pretendió de ellos y realicen plenamente los objetivos eternos cuyo logro los hará plenamente felices por los siglos de los siglos. Ese espacio de tiempo, que culmina en la adultez plena, llena de esperanzas y de vigor para cumplirlas, es el momento más general para que el joven se pregunte y pregunte a Dios sobre qué quiere de él, para conocer la propia vocación, sienta su valor y decida realizarla bien.

En esos años los padres, educadores, sacerdotes, consejeros, es necesario que estén dispuestos a ayudar al joven cristiano a descubrir su vocación. La primera ayuda (y la más importante, no cabe duda) es la de la oración. Hemos de orar en este punto por dos intenciones: la primera para que el Señor se digne iluminar a los jóvenes para que tengan luz para conocer la vocación a la que el Señor les llama en la Iglesia y fuerza para seguirla con decisión; la segunda, dado que la Iglesia está hoy muy necesitada de sacerdotes, de religiosos y religiosas, para que elija a numerosos jóvenes, hombres y mujeres, y les otorgue el privilegio de esta vocación sacerdotal y religiosa.

Para concluir quisiera tocar otro punto urgente. Hoy se da el caso de bastantes jóvenes que con una escuela media harto deficiente ni estudian ni trabajan. Faltos de principios, están en una situación grave y peligrosísima. Llevados por lo fácil y placentero, ni siquiera son capaces plantearse el problema de su vocación. Su futuro es muy difícil. Padres y educadores deben cuidar para que todo niño se aficione al estudio y al trabajo desde sus primeros años, oren mucho por ellos y anímenles a salir de su pasividad y a esforzarse por aprender a realizar un trabajo del que ellos puedan vivir y sea un valor humano que les haga capaces de servir a los demás. Partiendo de aquí, es posible que ellos mismos se valoren más a sí mismos, descubran el valor de la vida humana y del servicio, gocen de la eficacia regeneradora del trabajo y del esfuerzo, encuentren felicidad en hacer felices a otros.

Y termino con una reflexión válida para todos. Cualquier momento es apto para volverse a Dios y dirigir el caminar hacia Él. Acordémonos del buen ladrón. Hagamos como dice San Pablo de sí mismo: “Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (1Cor 3,13-14).



...

Especial de CUARESMA 2012




...

El tiempo de Navidad


BENEDICTO XVI

AUDIENCIA GENERAL

Sala Pablo VI
Miércoles 4 de enero de 2012

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros en esta primera audiencia general del nuevo año y de todo corazón os expreso a vosotros y a vuestras familias mi más cordial felicitación: Dios, que en el nacimiento de Cristo su Hijo ha inundado de alegría al mundo entero, disponga las obras y los días en su paz. Estamos en el tiempo litúrgico de Navidad, que comienza la noche del 24 de diciembre con la vigilia y concluye con la celebración del Bautismo del Señor. El arco de los días es breve, pero denso de celebraciones y de misterios, y todo él se centra en torno a las dos grandes solemnidades del Señor: Navidad y Epifanía. El nombre mismo de estas dos fiestas indica su respectiva fisonomía. La Navidad celebra el hecho histórico del nacimiento de Jesús en Belén. La Epifanía, nacida como fiesta en Oriente, indica un hecho, pero sobre todo un aspecto del Misterio: Dios se revela en la naturaleza humana de Cristo y este es el sentido del verbo griego epiphaino, hacerse visible. En esta perspectiva, la Epifanía hace referencia a una pluralidad de acontecimientos que tienen como objeto la manifestación del Señor: de modo especial la adoración de los Magos, que reconocen en Jesús al Mesías esperado, pero también el Bautismo en el río Jordán con su teofanía —la voz de Dios desde lo alto— y el milagro en las bodas de Caná, como primer «signo» realizado por Cristo. Una bellísima antífona de la Liturgia de las Horas unifica estos tres acontecimientos en torno al tema de las bodas entre Cristo y la Iglesia: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los Magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona de Laudes). Casi podemos decir que en la fiesta de Navidad se pone de relieve el ocultamiento de Dios en la humildad de la condición humana, en el Niño de Belén. En la Epifanía, en cambio, se evidencia su manifestación, la aparición de Dios a través de esta misma humanidad.

En esta catequesis quiero hacer referencia brevemente a algún tema propio de la celebración de la Navidad del Señor a fin de que cada uno de nosotros pueda beber en la fuente inagotable de este Misterio y dar abundantes frutos de vida.

Ante todo, nos preguntamos: ¿Cuál es la primera reacción ante esta extraordinaria acción de Dios que se hace niño, que se hace hombre? Pienso que la primera reacción no puede ser otra que la alegría. «Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo»: así comienza la Misa de la noche de Navidad, y acabamos de escuchar las palabras del ángel a los pastores: «Os anuncio una gran alegría» (Lc 2, 10). Es el tema que abre el Evangelio, y es el tema que lo cierra porque Jesús Resucitado reprende a los Apóstoles precisamente por estar tristes (cf. Lc 24, 17) —incompatible con el hecho de que él permanece Hombre por la eternidad—. Pero demos un paso adelante: ¿De dónde nace esta alegría? Diría que nace del estupor del corazón al ver cómo Dios está cerca de nosotros, cómo piensa Dios en nosotros, cómo actúa Dios en la historia; es una alegría que nace de la contemplación del rostro de aquel humilde niño, porque sabemos que es el Rostro de Dios presente para siempre en la humanidad, para nosotros y con nosotros. La Navidad es alegría porque vemos y estamos finalmente seguros de que Dios es el bien, la vida, la verdad del hombre y se abaja hasta el hombre, para elevarlo hacia él: Dios se hace tan cercano que se lo puede ver y tocar. La Iglesia contempla este inefable misterio y los textos de la liturgia de este tiempo están llenos de estupor y de alegría; todos los cantos de Navidad expresan esta alegría. Navidad es el punto donde se unen el cielo y la tierra, y varias expresiones que escuchamos en estos días ponen de relieve la grandeza de lo sucedido: el lejano —Dios parece lejanísimo— se hizo cercano; «el inaccesible quiere ser accesible; él, que existe antes del tiempo, comenzó a ser en el tiempo; el Señor del universo, velando la grandeza de su majestad, asumió la naturaleza de siervo» —exclama san León Magno— (Sermón 2 sobre la Navidad, 2.1). En ese Niño, necesitado de todo como los demás niños, lo que Dios es: eternidad, fuerza, santidad, vida, alegría, se une a lo que somos nosotros: debilidad, pecado, sufrimiento, muerte.

La teología y la espiritualidad de la Navidad usan una expresión para describir este hecho: hablan de admirabile commercium, es decir, de un admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad. San Atanasio de Alejandría afirma: «El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (De Incarnatione, 54, 3: pg 25, 192), pero sobre todo con san León Magno y sus célebres homilías sobre la Navidad esta realidad se convierte en objeto de profunda meditación. En efecto, el santo Pontífice, afirma: «Si nosotros recurrimos a la inenarrable condescendencia de la divina misericordia que indujo al Creador de los hombres a hacerse hombre, ella nos elevará a la naturaleza de Aquel que nosotros adoramos en nuestra naturaleza» (Sermón 8 sobre la Navidad: ccl 138, 139). El primer acto de este maravilloso intercambio tiene lugar en la humanidad misma de Cristo. El Verbo asumió nuestra humanidad y, en cambio, la naturaleza humana fue elevada a la dignidad divina. El segundo acto del intercambio consiste en nuestra participación real e íntima en la naturaleza divina del Verbo. Dice san Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4, 4-5). La Navidad es, por lo tanto, la fiesta en la que Dios se hace tan cercano al hombre que comparte su mismo acto de nacer, para revelarle su dignidad más profunda: la de ser hijo de Dios. De este modo, el sueño de la humanidad que comenzó en el Paraíso —quisiéramos ser como Dios— se realiza de forma inesperada no por la grandeza del hombre, que no puede hacerse Dios, sino por la humildad de Dios, que baja y así entra en nosotros en su humildad y nos eleva a la verdadera grandeza de su ser. El concilio Vaticano II dijo al respecto: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22); de otro modo permanece un enigma: ¿Qué significa esta criatura llamada hombre? Solamente viendo que Dios está con nosotros podemos ver luz para nuestro ser, ser felices de ser hombres y vivir con confianza y alegría. ¿Dónde se hace presente de modo real este maravilloso intercambio, para que se haga presente en nuestra vida y la convierta en una existencia de auténticos hijos de Dios? Se hace muy concreto en la Eucaristía. Cuando participamos en la santa misa presentamos a Dios lo que es nuestro: el pan y el vino, fruto de la tierra, para que él los acepte y los transforme donándonos a sí mismo y haciéndose nuestro alimento, a fin de que recibiendo su Cuerpo y su Sangre participemos en su vida divina.

Quiero detenerme, por último, en otro aspecto de la Navidad. Cuando el ángel del Señor se presenta a los pastores en la noche del nacimiento de Jesús, el evangelista san Lucas señala que «la gloria del Señor los envolvió de luz» (2, 9); y el Prólogo del Evangelio de san Juan habla del Verbo hecho carne como la luz verdadera que viene al mundo, la luz capaz de iluminar a cada hombre (cf. Jn 1, 9). La liturgia navideña está impregnada de luz. La venida de Cristo disipa las sombras del mundo, llena la Noche santa de un fulgor celestial y difunde sobre el rostro de los hombres el esplendor de Dios Padre. También hoy. Envueltos por la luz de Cristo, la liturgia navideña nos invita con insistencia a dejarnos iluminar la mente y el corazón por el Dios que mostró el fulgor de su Rostro. El primer Prefacio de Navidad proclama: «Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo esplendor, para que, conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible». En el misterio de la Encarnación, Dios, después de haber hablado e intervenido en la historia mediante mensajeros y con signos, «apareció», salió de su luz inaccesible para iluminar el mundo.

En la solemnidad de la Epifanía, el 6 de enero, que celebraremos dentro de pocos días, la Iglesia propone un pasaje del profeta Isaías muy significativo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora» (60, 1-3). Es una invitación dirigida a la Iglesia, la comunidad de Cristo, pero también a cada uno de nosotros, a tomar conciencia aún mayor de la misión y de la responsabilidad hacia el mundo para testimoniar y llevar la luz nueva del Evangelio. Al comienzo de la constitución Lumen gentium del concilio Vaticano II encontramos las siguientes palabras: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este santo Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas» (n. 1). El Evangelio es la luz que no se ha de esconder, que se ha de poner sobre el candil. La Iglesia no es la luz, pero recibe la luz de Cristo, la acoge para ser iluminada por ella y para difundirla en todo su esplendor. Esto debe acontecer también en nuestra vida personal. Una vez más cito a san León Magno, que en la Noche Santa dijo: «Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios» (Sermón 1 sobre la Navidad, 3,2: ccl 138, 88).

Queridos hermanos y hermanas, la Navidad es detenerse a contemplar a aquel Niño, el Misterio de Dios que se hace hombre en la humildad y en la pobreza; pero es, sobre todo, acoger de nuevo en nosotros mismos a aquel Niño, que es Cristo Señor, para vivir de su misma vida, para hacer que sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones, sean nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones. Celebrar la Navidad es, por lo tanto, manifestar la alegría, la novedad, la luz que este Nacimiento ha traído a toda nuestra existencia, para ser también nosotros portadores de la alegría, de la auténtica novedad, de la luz de Dios a los demás. Una vez más deseo a todos un tiempo navideño bendecido por la presencia de Dios.




...

Tomado de:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2012/documents/hf_ben-xvi_aud_20120104_sp.html

...

Bautismo de Jesús

Solemnidad del Bautismo del Señor


Marcos 1, 7-11

En aquel tiempo, proclamaba Juan:
- Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
- Tú eres mi Hijo amado, mi preferido.



Pasar de Dios
Os bautizará con Espíritu Santo

A nuestra vida, para ser humana, le falta una dimensión esencial: La interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestra alma.

Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar y mirar la vida con un poco de hondura y profundidad.

El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se atreve a ocuparse de cosas tan sospechosas como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?.

Privados de vida interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones, ilusiones y planes. Nos hemos adaptado ya y hasta hemos aprendido a vivir “como cosas en medio de cosas”

Pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un mundo que ha apostado por lo “exterior”, Dios queda como un objetivo demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.

Por ello, no es extraño ver que muchos hombres y mujeres “pasan de Dios”, lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de El. Quizás existe, pero lo cierto es que no les “sirve” para nada útil.
Los evangelistas presentan a Jesús como el que viene a “bautizar con Espíritu Santo, es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y, quizás, la primera tarea de la Iglesia actual sea, precisamente, la de ofrecer ese “Bautismo de Espíritu Santo” al hombre de hoy.

Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo en el hombre, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.

No basta que el Evangelio sea predicado con palabras. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados y no escuchen ya el mensaje de las palabras. Sólo nos puede convencer la experiencia real, viva, concreta de una alegría interior nueva y diferente.

Hombres y mujeres, convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia?



Escuchar lo que dice el Espíritu

Los primeros cristianos vivían convencidos de que para seguir a Jesús es insuficiente un bautismo de agua o un rito parecido. Es necesario vivir empapados de su Espíritu Santo. Por eso en los evangelios se recogen de diversas maneras estas palabras del Bautista: «Yo os he bautizado con agua, pero él (Jesús) os bautizará con Espíritu Santo».

No es extraño que en los momentos de crisis recordaran de manera especial la necesidad de vivir guiados, sostenidos y fortalecidos por su Espíritu. El Apocalipsis, escrito en los momentos críticos que vive la Iglesia bajo el emperador Domiciano, repite una y otra vez a los cristianos: «El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias».

La mutación cultural sin precedentes que estamos viviendo, nos está pidiendo hoy a los cristianos una fidelidad sin precedentes al Espíritu de Jesús. Antes de pensar en estrategias y recetas automáticas ante la crisis, hemos de preguntarnos cómo estamos acogiendo hoy nosotros el Espíritu de Jesús.

En vez de lamentarnos una y otra vez de la secularización creciente, hemos de preguntarnos qué caminos nuevos anda buscando hoy Dios para encontrarse con los hombres y mujeres de nuestro tiempo; cómo hemos de renovar nuestra manera de pensar, de decir y de vivir la fe para que su Palabra pueda llegar hasta los interrogantes, las dudas y los miedos que brotan en su corazón.

Antes de elaborar proyectos pensados hasta sus últimos detalles, necesitamos transformar nuestra mirada, nuestra actitud y nuestra relación con el mundo de hoy. Necesitamos parecernos más a Jesús. Dejarnos trabajar por su Espíritu. Sólo Jesús puede darle a la Iglesia un rostro nuevo.

El Espíritu de Jesús sigue vivo y operante también hoy en el corazón de las personas, aunque nosotros ni nos preguntemos cómo se relaciona con quienes se han alejado definitivamente de la Iglesia. Ha llegado el momento de aprender a ser la «Iglesia de Jesús» para todos, y esto sólo él nos lo puede enseñar.


No hemos de hablar sólo en términos de crisis. Se están creando unas condiciones en las que lo esencial del evangelio puede resonar de manera nueva. Una Iglesia más frágil, débil y humilde puede hacer que el Espíritu de Jesús sea entendido y acogido con más verdad.



El Espíritu de Jesús

Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban "cerrados". Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: "Ojalá rasgaras el cielo y bajases".

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu.

Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús: No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.




...

Epifanía



Cayendo de rodillas, le adoraron
Mt. 2, 1-12



El hombre actual ha quedado, en gran medida, atrofiado para descubrir a Dios. No es que sea ateo. Es que se ha hecho “incapaz de Dios”.

Cuando un hombre o una mujer sólo busca o conoce el amor bajo formas degeneradas y su vida está movida exclusivamente por intereses egoístas de beneficio o ganancia, algo se seca en su corazón.

Cuántas personas viven hoy un estilo de vida que las abruma y empobrece. Envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de abrirse a Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida sin la compañía interior de nadie.

El gran teólogo A. Delp, ejecutado por los nazis, veía en este “endurecimiento interior”, el mayor peligro para el hombre moderno. “Entonces deja el hombre de alzar hacia las estrellas todas las manos de su ser. La incapacidad del hombre actual para adorar, amar, venerar, tiene su causa en su desmedida ambición y en el endurecimiento de la existencia”.

Esta incapacidad para adorar a Dios se ha apoderado también de muchos creyentes que sólo buscan un “Dios útil”. Sólo les interesa un Dios que sirva para sus proyectos privados o sus programas socio-políticos.

Dios queda así convertido en un “artículo de consumo” del que podemos disponer según nuestras conveniencias e intereses. Pero Dios es otra cosa. Dios es Amor infinito, encarnado en nuestra propia existencia. Y ante ese Dios, lo primero es adoración, júbilo, acción de gracias.

Cuando se olvida esto, el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un esfuerzo gigantesco de humanización y la Iglesia en una empresa siempre tensa, siempre agobiada, siempre con la conciencia de no lograr el éxito moral por el que lucha y se esfuerza.

Pero la fe cristiana, antes que nada, es descubrimiento de la Bondad de Dios, experiencia agradecida de que sólo Dios salva. El gesto de los Magos ante el Niño de Belén expresa la actitud primera de todo creyente ante Dios.

Dios existe. Está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos por El. No sabemos a dónde nos quiere conducir a través de la muerte. Pero podemos vivir con confianza ante el misterio.

Ante un Dios del que sólo sabemos que es Amor, no cabe sino el gozo, la adoración y la acción de gracias. Por eso, “cuando un cristiano piensa que ya ni siquiera es capaz de orar, debería tener al menos alegría”.


Vivir sin acoger

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos de todo tipo. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos comportamos de manera poco reflexiva. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son ésos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea.

Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni a mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya desde su origen recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera activa y responsable lo que se me da.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe, que nos pertenece de manera exclusiva. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de mi mismo. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?

Esto tiene consecuencias diversas. Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse.

Sin apenas darse cuenta, se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.

La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo el que lo llena todo.

Por eso es tan grave la advertencia del evangelio en estos últimos días de la Navidad:
«La palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo... y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron».
Nuestro gran pecado es vivir sin acoger.



...

Homilía - Epifanía del Señor, Domingo 08 de Enero del 2012

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Is 60, 1-6; S 71; Ef 3, 2-6; Mt 2, 1-12


Nuestro rey y salvador ¿dónde está?


Los Magos eran los sabios de su tiempo. En todas las antiguas culturas conocidas los astros y los sueños eran modos normales de intentar conocer el futuro para tomar decisiones. En la región de los magos eran desde hacía tiempo muchos los judíos y tenían gran influjo. De un fenómeno estelar extraordinario dedujeron que había nacido en Judea aquel Mesías del que los judíos y sus escrituras hablaban.

Lo dicho muestra la verosimilitud del hecho. Pero, recordemos, los evangelistas se interesan en los hechos por el valor que tienen para la fe de sus lectores. En el caso de Mateo son los cristianos convertidos del judaísmo. A lo largo de su evangelio es repetida la insistencia de Mateo señalando que Jesús cumple las profecías mesiánicas y que por tanto es el Mesías. En el episodio de los Magos Mateo ve realizadas la profecía de Isaías, que hemos escuchado, y la del salmo 71, que hemos orado (“que los reyes de Sabá y de Arabia le ofrezcan sus dones, que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan”).

Este hecho además corrige el error en que habían caído los judíos, incluso los expertos en las escrituras. Pensaban que el Mesías vendría sólo para los judíos, los descendientes de Abraham, y no para los gentiles, todos los demás. El evangelio de San Mateo se escribe cuando algunos judeo-cristianos se oponen a que se admitan paganos en la Iglesia y además no se les obligue a circuncidarse y a cumplir las demás mandatos legales. En esos años Pablo está tropezando en su apostolado con esas dificultades, como aparece claramente en sus cartas. La venida de los magos ofrece a Mateo un argumento precioso para demostrar que Jesús, el Mesías rey, descendiente de David, ha venido para salvar no sólo a los judíos sino a todos los hombres, también a los gentiles, y que esto aparece muy claro desde el comienzo de su vida entre los hombres.

Los magos son para nosotros un ejemplo de cómo hay que buscar a Cristo con la mayor tenacidad. No se interesaban por la ciencia y la cultura judía para satisfacer una mera curiosidad, sino que buscaban el sentido de su vida. La ciencia de su tiempo, aun siendo tan rudimentaria comparada con la de hoy, les había dado a conocer la existencia del Ser Supremo, de su ley inscrita en el corazón del hombre y del valor particular de la religión judía en cuanto al conocimiento de Dios y de esa ley. Dios les premió su esfuerzo por la verdad. Les hizo caer en cuenta de que aquel fenómeno raro del cielo era señal de que el rey salvador de los escritos judíos había nacido. Hicieron sus preparativos y se lanzaron a atravesar el desierto hasta Judea por un camino de 900 Km. o tal vez el doble. Llegados a Jerusalén, sólo preguntaron dónde había nacido el Rey de los judíos. Habían visto su estrella y venían a adorarle. Es lo único que pretendían; cuando lo hicieron, ofrecieron sus obsequios y se regresaron.

El Papa nos está recordando con frecuencia que nuestra fe cristiana no se limita a ser una doctrina moral (que la tiene) ni una creencia religiosa (que también tiene), sino que es, nace y pretende un encuentro vivo y personal con Cristo.

Todos los que estamos aquí creemos que el presidente de los Estados Unidos es el Señor Obama; pero estoy seguro de que esa creencia no ha cambiado la vida de nadie, ni sus principios ni su conducta, ni se sienten infelices porque no hayan tenido oportunidad de saludarle y conversar personalmente. Pues bien creer en Cristo es algo mucho más grande y más profundo. No es fácil de explicar ni entender bien.

Se traduce con frecuencia por enamorarse de Cristo. La fe debe poner en marcha todos los resortes de la persona de tal manera que, absorbidos por el amor de Cristo y unidos a él, se orienten a su amor y servicio en la caridad con el prójimo y la gloria de Dios. Tal vez valga este ejemplo. Viajamos en el metropolitano. Vamos junto a muchas personas. Naturalmente que creemos que están allí, y que existen y otras cosas. Pero nos encontramos con una persona amiga. Es muy distinto: nos sonreímos, empezamos a hablar en seguida, nos preguntamos por nuestras vidas, nos manifestamos ideas y sentimientos personales, nos felicitamos o compadecemos, nos alegramos por el encuentro que nos ha cambiado en mejor.

Esto es lo que sucede en el encuentro entre Cristo y nosotros. Porque Cristo hoy está resucitado. Esto significa lo primero que está vivo, que ha sido glorificado también en su naturaleza humana y que así está a la derecha del Padre, es decir se le ha dado pleno poder sobre todo lo que existe en el cielo y en la tierra. En esta situación Cristo nos ha asegurado que nos estará acompañando hasta que lleguemos a la eternidad: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Es una realidad y su conocimiento requiere la fe; pero es una realidad y la conocemos y podemos hacérnosla presente por la fe. No olvidemos que “el justo vive de la fe” (Ga 3,11). Viviendo esta fe encontramos a Cristo y podemos vivir en la presencia de Dios. ¿Puede esta vivencia de fe hacerse parte de nuestra experiencia? Sí ciertamente. Y apenas habrá uno de ustedes que no la haya tenido alguna vez.

¿Cómo hacer para que sea más frecuente? Es una gracia y por ello debemos pedirla. Cuando por ejemplo vamos a orar, a meditar la palabra de Dios, a participar en la eucaristía, a tener una reunión cristiana, no dejemos de pedir a Dios su gracia, su ayuda especial para tener incluso la experiencia de que Él está con nosotros. Así lo aconseja San Ignacio en todas las meditaciones de los ejercicios; lo mismo la Iglesia al comienzo de la eucaristía: “Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes”; se repite esta petición al comienzo del evangelio, de la parte más estrictamente eucarística, antes de la bendición final y envío para dar testimonio en la vida.

Otro medio fácil para obtener esa gracia es la costumbre de dar gracias a Dios o pedir su ayuda. Cuando me sucede algo que me gusta, me anima, he logrado hacer con éxito, me estimula para bien, darle gracias por ello a Dios es muy fácil y nos pone en la presencia del Dios amigo. También es medio fácil el reverso de la medalla: el pedir a Dios su ayuda ante una situación molesta o de alguna dificultad, también pedir perdón tras algo que no he hecho bien.

Los magos no dejaron de buscar a Cristo hasta encontrarlo; y por eso lo encontraron. ¿Dónde estás, Jesús? ¡Ojalá que esta pregunta nos apremie!, nos duela y pidamos a Dios gracia para darle respuesta.



...

Epifanía del Señor


P. Adolfo Franco, S.J.

Mateo 2, 1-12

Queridos amigos:
que nuestra vida sepamos guiarla por el resplandor de la ESTRELLA.
Bendiciones para el 2012



La fiesta que decimos de los Reyes Magos, es la que la Iglesia oficialmente señala como la Epifanía del Señor; porque lo importante no son los Reyes Magos, sino la “manifestación” (eso significa epifanía) del Señor a todos los pueblos de la tierra, significados por estos misteriosos magos venidos del oriente.

La narración de San Mateo nos desafía a examinar nuestro propio recorrido, a ver si lo hacemos como ellos hasta encontrar al Niño, junto a su Madre, para adorarlo y abrirle nuestros cofres.

¿Ha pasado alguna vez una estrella por nuestro cielo? Una vez que aparece la estrella se producen unos deseos irresistibles de seguirla. Te encuentras que tu cielo de repente aparece más luminoso, y que la estrella te hace señas. Sabes en el fondo de tu ser que es un mensaje y una invitación. Hay muchas estrellas que adornan los cielos, pero ésta es una estrella especial. Así lo sintieron esos misteriosos personajes, que dejaron todo para seguir detrás de la estrella, en cuanto ésta se puso en camino.

La estrella les llamaba, y sentían alguna dificultad, porque para seguirla había que dejar toda la seguridad en que vivían para aventurarse en una empresa incierta y arriesgada. Y con algunos titubeos y recelos se pusieron finalmente en camino. Un camino que la estrella marcaba: ellos la seguían dócilmente, y sin preguntar. El camino a veces iba por las montañas y era incómodo, y a veces atravesaba desiertos secos y hostiles. Los magos siguieron la estrella, mientras ella estuvo presente.

Pero en la aventura, mientras la estrella está visible en el horizonte, no hay problema, porque de ella procede la paz y la seguridad. Pero cuando se oculta uno puede pensar si lo de la estrella no fue más que un sueño. Y ahora, ya no hay estrella ¿es que se ocultó, o es que nunca la hubo y me guié por un espejismo? Pero fue verdad no fue un sueño, pero ya no hay indicadores del camino, y si quiero seguir adelante, hay que preguntar. Y seguir insistiendo, porque se presiente que la estrella fue real y conduce al Niño que ha nacido como Rey de Israel. Y así lo hicieron los magos. Y así hay que actuar cuando tienes la suerte de encontrar tu estrella que te quiere guiar, a donde ha nacido el Niño que es el Rey de los judíos.

Y cuando lo encuentres, porque lo vas a encontrar, querrás adorarlo. Y aparecerá de la forma más simple, porque es un rey diferente: está en brazos de su Madre, completamente indefenso y necesitado. Pero al verlo sientes que estás delante del misterio mismo de Dios: ¿qué sentiría Moisés ante la zarza ardiente? Que estaba ante la esencia misma de Dios. Y a estos grandes personajes, al ver al niño, se les doblaron casi insensiblemente las rodillas y se postraron. Adorar al niño, a eso te quiere llevar tu estrella. Vivir adorándolo, y saber que la vida era para eso.

Y abrieron sus cofres y vaciaron su contenido: oro, incienso y mirra. Vaciar el cofre es lo que se hace al adorar, porque se adora con el corazón, con la vida entregada en su totalidad. Y se siente la necesidad de vaciar todo el cofre a los pies de este Niño, como lo hicieron los magos. Oro, incienso y mirra.

Y se volvieron a su tierra sin oro. Habían encontrando el tesoro de la pobreza, pues éste es el regalo del Niño que nace en un pesebre. Ese es un tesoro que pesa menos y vale más. Su incienso, el humo aromático de la propia vida, convertido en oración, y que estará siempre presente ante el Niño; allí se ha quedado también el incienso. Y la mirra que sirve para embalsamar, y perfumar para convertir en amor las espinas de la vida. Todo eso entregado al Niño que está en brazos de su Madre, es la ofrenda de una persona que encontró su estrella y que vivió para seguirla.

Y estos tres magos, que dejaron todas sus riquezas a los pies del Niño, vuelven llenos de otras riquezas.



...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

...