Jesús resucitado y Tomás



P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Segundo Domingo

Juan 20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!.
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.


Las dudas de los apóstoles en la resurrección dan una fuerza especial a su testimonio.


La Resurrección de Cristo es la gran obra de la salvación, una Luz para iluminarnos para siempre. Por eso Jesús resucitado se fue manifestando muchas veces y especialmente a los Apóstoles, que necesitaban mucho de esta Luz, necesitaban recuperar la fe que se les había muerto. Juan en este párrafo que leemos hoy nos narra dos de esas apariciones a los apóstoles, ocurridas a una semana de distancia, la una de la otra: la primera el mismo día de la resurrección, y la segunda el domingo siguiente, tal día como hoy.

En ambas se manifiesta la dificultad de los apóstoles en creer; la duda de ellos será para nosotros una fuerza más grande para apoyar nuestra propia fe. Lo ven, lo tienen delante, y sin embargo la fe sólo se va abriendo paso a paso, como una luz que fuera brillando gradualmente hasta ser luz brillante que disipa totalmente las tinieblas. Y es que la resurrección no es un hecho como los demás hechos que ocurren a nuestro alrededor. Para los hechos normales basta tener los ojos abiertos y los oídos atentos; basta aplicar nuestras manos al objeto que se nos presenta para percibir que es real; pero la “realidad” de la Resurrección es de otro orden, y no basta el conocimiento normal para llegar a confesar esa “realidad”. Hace falta usar los sentidos interiores, hace falta la fe. Podemos percibir estos hechos por los sentidos, pero el conocimiento tiene que llegar hasta el corazón donde se produce el acto de fe.

Los apóstoles ven, tocan, y sin embargo no acaban de aceptar. Incluso piensan que es un fantasma el que está delante de ellos. La actitud de Tomás, en la segunda aparición, es más dura aún; él pone condiciones para creer: “si yo no meto el dedo en el agujero de los clavos y  meto la mano en su costado, no lo creo”. Es la respuesta que nosotros presentamos algunas veces ante la resurrección de Jesucristo, y ante las verdades sobrenaturales: queremos medirlas con nuestros métodos de conocimiento. Y para pasar de nuestro conocimiento de las realidades habituales al de las “realidades” superiores, a las verdades sobre Dios, hace falta saltar. Es el salto de la fe, que es un don de Dios. Y hace falta saltar porque el hilo de nuestra lógica nos tiene atados a un espacio pequeño, el espacio que alcanzan nuestros sentidos y nuestra racionalidad; para llegar más allá hace falta romper el hilo de nuestra lógica y saltar.

La resurrección de Jesucristo es el acontecimiento fundamental, es el suceso central, la obra de Dios por excelencia, que da sustento a todo lo que Jesús ha enseñado. San Pablo dirá que si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Si la resurrección no fuera un hecho real, al creer en Cristo creeríamos en un fantasma, en lo que no existe, fundaríamos nuestra existencia sobre la nada. Pero, Pablo afirma en seguida, que sí, Cristo de verdad ha resucitado.

Hay que considerar también otras riquezas contenidas en estas apariciones: principalmente los dones que Jesús viene a entregar a la Iglesia, y los entrega a la Iglesia depositándolos en los apóstoles: son las primeras riquezas de la Redención, son tres dones principalmente comunicados en esta aparición: La Paz, que deriva de la salvación: es la Paz con Dios, en primer lugar, la paz que había sido gravemente herida en el Paraíso por el pecado de Adán: la paz que debemos establecer interiormente y que debemos comunicar.

El segundo don que Cristo les entrega a los apóstoles es su propia misión; El ya ha cumplido la tarea, ha fundado todo y le ha puesto cimientos: la Iglesia ahora debe ser la continuadora de la obra de Cristo.

Y finalmente les regala el don del Espíritu Santo. Que es la nueva fuerza de que estarán invadidos todos los creyentes, individualmente y sobre todo reunidos en comunidad. Claro que es más que un don, porque es el Espíritu de Dios. Y este Espíritu se manifiesta por el perdón de los pecados: los pecados pueden ser perdonados (quitados de raíz) porque es el Espíritu de Dios el que actúa cuando los apóstoles y sus sucesores dicen: “tus pecados quedan perdonados”. El don del Espíritu vendrá sobre los apóstoles en plenitud el día de Pentecostés, pero ya Jesús resucitado les da un anticipo. Este Espíritu, que es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad es el gran don que Cristo ha ido prometiendo a los apóstoles en su despedida: El les revelará todo; y es tan importante para los apóstoles, que hasta hace conveniente que Cristo marche de este mundo al Padre, para que el Espíritu venga. Este Espíritu es la fuerza purificadora que nos limpiará de nuestros pecados.



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ESPECIAL DE PASCUA








































¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!


«Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.»
Juan 11, 25-26


La Resurrección de Jesús es el hecho central de la vida cristiana y de la salvación.
¡Alegrémonos con la Resurrección de Cristo, y que esta alegría esté siempre presente en nuestra vida!
¡ALELUYA!


La Resurrección del Señor

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del Evangelio del Domingo de Resurrección del Señor. "Cristo ha resucitado y su alegría debe ser reflejada; seamos espejos de la alegría de Cristo." Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? 19° Parte - Tiempo Pascual: Domingos de Pascua, Ascensión y Pentecostés

Continuando con la serie del P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J., seguimos compartiendo el Tiempo Pascual y presentamos la liturgia de los domingos de este Tiempo litúrgico. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias Click To Pray en PDF, Videos y Audios - ABRIL 2017

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Homilía del Papa Francisco para la Vigilia Pascual 2017




HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Sábado Santo, 15 de abril de 2017




"Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro" (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos ...: el ritmo típico de los que van al cementerio, con cansancio confuso, paso debilitados que no están convencidos que esto termine de esa manera ... podemos imaginar sus rostros pálidos, bañado en lágrimas ... Y la pregunta: ¿cómo puede ser que el Amor muerto?

A diferencia de los discípulos, que están ahí - como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura -; dos mujeres que no pueden escapar, capaz de resistir, para hacer frente a la vida tal como se presenta y para soportar el sabor amargo de la injusticia. Y allí estaba él, en la tumba, entre el dolor y la incapacidad de renunciar, aceptar que todo siempre tiene que terminar de esta manera.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en la cara de estas mujeres se encuentran los rostros de tantas madres y abuelas, caras de los niños y jóvenes que llevan la carga y el dolor de la injusticia tan inhumano. Vemos reflejado en ellos el rostro de todos los que, caminando por la ciudad, sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellos vemos las caras de los que experimentan el desprecio porque son inmigrantes, los huérfanos de casa, hogar, familia; los rostros de aquellos cuya mirada revela la soledad y el abandono, por tener las manos demasiado arrugadas. Reflejan la cara de las mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De repente, las mujeres recibieron un golpe fuerte, algo y alguien sacudieron el suelo bajo sus pies. Alguien, una vez más, se reunió con ellos, diciendo: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cf. R. Guardini, El Señor, Milano 1984, 501). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos rodean en nuestro pesimismo estéril, en nuestros mundos conceptuales calculados que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar.

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va

La Resurrección del Señor




P. Adolfo Franco, S.J.

Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Cristo ha resucitado y su alegría debe ser reflejada; seamos espejos de la alegría de Cristo.

La Resurrección de Jesús es el gran anuncio que tenían que hacer los apóstoles ante sus asombrados auditorios; y este anuncio tenía una fuerza tan grande que se convertían por millares, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles. Jesús mismo había dado como signo definitivo de su divinidad que El resucitaría al tercer día. Se lo había dicho a sus apóstoles para que su fe no se derrumbara cuando lo vieran morir en la cruz. San Pablo mismo en la primera carta a los Corintios (1 Cor 15, 14-22) pone la Resurrección de Cristo como fundamento de nuestra fe. Todo lo que Jesús ha enseñado es verdad, porque El ha resucitado. La palabra de Dios tiene fuerza porque Jesús ha resucitado; los sacramentos son caminos de salvación, porque Cristo ha resucitado. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y el instrumento de la salvación, porque Jesús ha resucitado. Ese es el sentido de lo que San Pablo dice: si Cristo no ha resucitado nuestra fe es algo vacío y sin sentido.

Pero este hecho de la Resurrección de Cristo es algo tan sorprendente, tan luminoso, tan cargado de sentido, que resulta poco fácil hablar de él. Quizá podamos entrar algo en su significado si lo miramos desde distintos ángulos. Así propongo a la consideración cuatro aspectos de este misterio básico de nuestra fe: la resurrección de Cristo es un hecho; la resurrección de Cristo es también un misterio, es una fuerza y es una manifestación.

Es un hecho. Ocurrió en verdad que este Dios-Hombre muerto volvió gloriosamente a la vida, y dejó tirados por el suelo los lienzos que vestían su cadáver. Es verdad ¡con la Resurrección de Cristo la muerte ha sido vencida! lo que prevalece es la vida. Este es el hecho. Porque al decir que la resurrección de Cristo es un hecho, estamos afirmando que la vida es lo más real y definitivo, que la muerte es una situación simplemente transitoria. Al final todo lo que es muerte, dolor, fracaso, sufrimiento, todo eso acabará, porque la muerte, al ser vencida, arrastrará consigo a toda su comparsa. Todo lo que es frustración será sustituido por plenitud, todo lo que ahora es amenaza, será sustituido por seguridad, todo lo que ahora se manifiesta como fracaso, se mostrará como victoria. Tenemos en nuestra vida como una semilla llena de fuerza y de belleza que quiere reventar para manifestar todo el tesoro que Dios ha puesto ahí; y eso ocurrirá, no lo dudemos. Ahora nos vemos atacados, sentimos nuestra fragilidad, pero todo esto es pasajero, porque el plan de Dios es la Vida, y de esto nos deja una certeza la Resurrección de Cristo.

La Resurrección de Cristo es un misterio. Decir esto no es quitarle realidad a este acontecimiento y ocultarlo en la niebla. Lo que queremos decir es que la Resurrección de Cristo es mucho más de lo que podemos soñar, y por supuesto de lo que podemos entender. Lo que podemos intuir es simplemente el contorno de una realidad que se alarga en la profundidad y se eleva a las alturas. Es, por así decirlo, como un iceberg: lo que vemos es poquísimo en comparación de lo que se nos oculta. No tenemos ni idea de lo que es de luz, de paz, de gozo, de esperanza, de alegría este hecho con que Dios cumple todas las promesas que hizo a los hombres. El misterio no es un escape para ocultar nuestra ignorancia sobre algo. Al afirmar de algo que es misterio, estamos queriendo decir que se nos abre una ventana, para barruntar una maravilla de Dios, que nuestra mente lógica, no podría ni siquiera sospechar. El misterio de la resurrección de Cristo es una ventana para entrar en la realidad insondable de la misma personalidad de Cristo: en El todo es vida, todo tiene consistencia, en El se encierra toda la plenitud de la divinidad. Es la obra final y cumbre de todo el poder creador de Dios.

Es también una fuerza que transforma toda la realidad. Según las afirmaciones de San Pablo toda la creación ha recibido el efecto de la resurrección de Cristo. Todas las actividades humanas tienen la posibilidad de ser obras resucitadas para la vida eterna, y por tanto no caen en la muerte de lo que se va con el tiempo, como un soplo: la actividad del hombre, hecha en el tiempo, puede penetrar en la eternidad por la fuerza de la resurrección. Lo que hicimos no necesariamente se va al oscuro pasadizo del olvido. La resurrección de Cristo, así da una fuerza nueva a nuestra tarea en la tierra. Además, porque Cristo ha resucitado hay personas que empujadas por la fuerza de Dios realizan acciones que sobrepasan las posibilidades normales de un ser humano. Con la fuerza de la resurrección de Cristo han sido hechas todas las acciones verdaderamente sobrehumanas de los santos: las renuncias a lo mezquino, la entrega a los desheredados, la lucha incansable por la verdad y por el ser humano desposeído: tantas y tantas páginas heroicas han sido escritas en la Iglesia por seres (a veces anónimos) en los cuales brillaba la fuerza de la resurrección. Todo eso lleva en sí un poco del esplendor de la resurrección.

La resurrección finalmente es una manifestación de la divinidad de Jesucristo. Jesucristo no resucita porque alguien, fuera, en la puerta del sepulcro (como en el caso de la resurrección de Lázaro) lo llame de nuevo a la vida. Jesucristo resucita desde dentro del sepulcro, porque El mismo es Dios,  El es la Vida misma y ningún sepulcro le iba a servir de cárcel. Como la explosión de un volcán, así surge Cristo del sepulcro con la fuerza de su vida. Por eso El mismo aludió muchas veces a su resurrección como prueba suprema de ser igual al Padre.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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¿Qué es el Año Litúrgico? 19° Parte - Tiempo Pascual: Domingos de Pascua, Ascensión y Pentecostés



P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


Continuación

Domingo 2° de Pascua

El segundo domingo pascual nos presenta a Jesús Resucitado como el centro de la fe cristiana. Esta fe requiere de un alimento espiritual, que es la Palabra de Dios trasmitida por los apóstoles; por eso la antífona de entrada nos exhorta:

“Como niños recién nacidos apeteced la leche espiritual, no adulterada, para que con ella crezcáis hacia la salvación”. (1 Pet. 2,2).

Pero el testimonio apostólico sobre la Resurrección es incomprensible sin los dones de la gracia, la cual nos hace comprender mejor cada año “que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer, y que la sangre nos ha redimido”. De ahí que en la oración colecta de este domingo pidamos a Dios el aumento de estos dones espirituales de la gracia.

Los tres ciclos del leccionario utilizan el mismo pasaje evangélico para este domingo segundo de Pascua. Se trata de la aparición de Jesús resucitado a los discípulos y de la fe de Tomás. Es muy importante señalar el misterio de la fe cristiana, y por ello la liturgia ha escogido el Evangelio de San Juan (20, 19-31).

Tomás pudo tocar las llagas del Resucitado, creyó y confesó su fe en la divinidad de Cristo diciendo:

“Señor mío y Dios mío".

El Pueblo Nuevo de Dios confesará esa misma fe sin haber visto al Resucitado, y lo hará sólo apoyado en el testimonio de los Apóstoles y en la luz interior del Espíritu. De esta manera experimentan en sí las palabras de Jesús a Tomás: “Dichosos los que crean sin haber visto”.
El mensaje espiritual de la liturgia de los días de entre semana está tomado de los Hechos de los Apóstoles y del Evangelio de San Juan.

Los textos evangélicos nos presentan a Jesús como el mensajero que viene de Dios y nos lo da a conocer; Cristo Resucitado demuestra a sus discípulos la realidad de la resurrección y de su cuerpo glorioso, come con sus discípulos y nos advierte, que si queremos entrar en el camino de la salvación, hemos de nacer del agua y del Espíritu.

Los Hechos de los Apóstoles nos muestran durante esta semana la vida de la recién nacida comunidad cristiana, su oración, su unidad por el amor, su testimonio del Resucitado a pesar de las persecuciones y las cárceles.

Domingo 3° de Pascua

El Tercer domingo de Pascua nos presenta a Pedro como el gran testigo de la Resurrección del Señor. Las primeras lecturas de los tres ciclos, tomadas de los Hechos, nos hacen contemplar la figura de Pedro hablando sin temor de la Resurrección ante el pueblo y ante las autoridades judías. Y los textos evangélicos escogidos para este domingo están centrados en las apariciones del Señor Resucitado a los discípulos encabezados por Pedro:

“¡Es verdad!, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc. 24,34).

Y los días entre semana nos recuerdan con las lecturas de los Hechos la expansión de la Iglesia bajo la guía del Espíritu, y con las lecturas evangélicas, tomadas del capítulo 6° de San Juan, la necesidad de la participación en la Eucaristía para alimentar la fe sellada por el bautismo.

Domingo 4° de Pascua

El cuarto domingo de Pascua centra nuestra atención en el tema del Buen Pastor, título que se aplica ante todo a Cristo pero también al Padre Celestial, como vemos en la oración después de la comunión:

‘‘Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu Reino”.

Los textos evangélicos, tomados para los tres ciclos del capítulo 10 de San Juan, nos presentan los diversos matices de la figura de Jesucristo como Buen Pastor, y las otras lecturas bíblicas están encaminadas a subrayar esos matices. Esta visión del Buen Pastor ha hecho de este domingo el día más apto para pedir a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Los días de esta cuarta semana de pascua nos presentan a Jesús como el único camino de salvación: Él es, pues, la puerta de las ovejas, la luz venida al mundo, el camino, la verdad y la vida... Y las lecturas de los Hechos de los Apóstoles recuerdan el anuncio misionero de los discípulos y la conversión de los gentiles.

Domingo 5° de Pascua

Los tres ciclos de lecturas del domingo quinto de Pascua insisten en la urgencia de los ministros de la Iglesia, para asegurar la trasmisión de la Palabra y de los Signos Sacramentales legados por el Señor. Pero los textos evangélicos recuerdan sin cesar a esos ministros la necesidad de estar unidos con el Señor Resucitado para producir fruto apostólico, el mensaje de estos textos queda perfectamente resumido en la antífona de la comunión:

“Yo soy la verdadera vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya”.

Durante la semana el evangelio subraya cómo Jesús es la fuente de todo fruto espiritual, de la alegría auténtica, de la profunda paz interior, del amor fraterno, y de la sabiduría espiritual, que detecta fácilmente los engaños del mundo.

Los Hechos de los Apóstoles nos siguen narrando las peripecias de la conversión de los gentiles a la fe cristiana y su ingreso al Nuevo Pueblo de Dios.

Domingo 6° de Pascua

El domingo sexto de Pascua nos coloca ya frente a la Ascensión del Señor, que se celebrará el jueves próximo. En este domingo Jesús Resucitado aparece despidiéndose de sus discípulos y para consolarlos les ofrece enviarles otro Consolador, el Espíritu de la verdad; por eso las lecturas de los Hechos en los tres Ciclos nos recuerdan la intervención misteriosa del Espíritu Santo en la naciente Iglesia.

Durante toda la semana el evangelio hablará de la venida del Espíritu sobre los discípulos, para dar testimonio de Jesús, para guiarlos a la verdad plena, para llenarlos de la alegría mesiánica.

La Ascensión del Señor

La fiesta de la Ascensión del Señor, cuarenta días después del domingo de Pascua, está toda ella cuajada de misterios.

Pues en esta fiesta la liturgia nos hace vivir el misterio de Cristo subiendo al cielo para reinar allí a la derecha de Dios y abrirnos las puertas de la “Ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial” (Heb. 12,22). San Juan pone en boca de Jesús el sentido más hondo de la Ascensión.

“Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn. 16,28).

De esta manera el misterio de la Ascensión viene a ser la explicación más luminosa del misterio de la Encarnación. Por la Encarnación, el Hijo de Dios bajó hasta la condición de esclavo; por la Ascensión, el Hijo del Hombre subió hasta el trono del Padre y penetró en la ciudad eterna como una avanzadilla de la raza humana (Fil. 2, 6¬11; Heb. 9,24).

La primera lectura, tomada de los Hechos, nos narra el acontecimiento de la Ascensión y nos coloca en una actitud espiritual de esperanza. San Lucas nos cuenta que Jesús dio a sus discípulos una serie de instrucciones y disposiciones referentes al Reino de Dios, les anunció la venida del Espíritu Santo, el cual hará de los discípulos de Jesús sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaría, y hasta los confines del mundo”.

En seguida el texto sagrado nos narra la Ascensión de Jesús:

“Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a su vista”.

Después, la nota de la esperanza:

"Este mismo Jesús vendrá del mismo modo que le habéis visto subir al cielo”.

El hecho, narrado sencillamente en esta primera lectura, recibe una explicación teológica en la lectura segunda; en ella el Apóstol desea para todos los cristianos ojos iluminados para conocer el poder de Dios revelado en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre, como Cabeza de la Iglesia, formada por todos los fieles. Lo realizado en Cristo ha de llenar de esperanza religiosa a todos los cristianos, pues participan misteriosamente de su cercanía divina, de la misma manera que los miembros del cuerpo humano gozan de la vitalidad de la cabeza.

Por eso la antífona de la comunión nos recuerda la enseñanza de los textos evangélicos escogidos para esta fiesta:

“Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Aleluya”.

Tal vez el resumen más bello del misterio de la Ascensión nos lo dé el primer prefacio del misal romano para esta fiesta. Allí leemos:

“No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como Cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con ardiente esperanza de seguirlo en su Reino”.

Domingo 7° de Pascua

El séptimo domingo de Pascua comienza la liturgia de la Eucaristía recordando la llamada del Señor Resucitado a su Iglesia, a sus fieles desde el cielo, y la súplica ardiente de la Iglesia a Jesús para que no le esconda su rostro:

“Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. Aleluya”.

Este diálogo en la fe del Pueblo de Dios con su Señor, ausente y presente, es el fruto más bello de la oración de Jesús en la última Cena, recordada por los evangelios de este domingo en los tres ciclos. En esta oración Jesús había pedido al Padre la “vida eterna” para los suyos, la cual consiste en conocer a Dios Padre y a su enviado Jesucristo; había pedido para sus discípulos la unidad, la victoria contra el mal, la entrada en la ciudad eterna, y el amor eterno que une al Padre con el Hijo. (Jn. 17, 1-26).

Para la liturgia esta oración sacerdotal de Jesús tiene tanta eficacia, que nos hace pedir al terminar la Eucaristía un aumento de esperanza con estas súplicas:

‘‘Escúchanos, Dios Salvador nuestro, y por la comunión de estos santos misterios afiánzanos en la esperanza de que toda la Iglesia alcanzará un día la misma gloria de Jesucristo Resucitado”.

En las oraciones colectas de esta séptima semana de Pascua, desde el lunes al sábado, se pide, recordando la promesa de Jesús de enviar el Espíritu Santo a los discípulos, la fuerza del Espíritu Divino, para que los fieles de hoy podamos cumplir la voluntad de Dios con un corazón fiel, para que podamos mantenernos unidos en la verdad, para que seamos templos vivos de la gloria de Dios, para que tengamos una mente iluminada y una voluntad siempre adherida a lo bueno, para que nuestra fe aumente con los dones múltiples del Espíritu Consolador. Estas súplicas humildes han ido preparando el espíritu de los católicos para la fiesta de Pentecostés.

Pentecostés

Con esta fiesta de Pentecostés se cierra el Ciclo Litúrgico de la Pascua. Con ella llegamos a la última pieza de esta única fiesta, formada por los 50 días del tiempo pascual. Pentecostés no celebra una fiesta del Espíritu Santo, sino el anuncio de su envío y el misterio de su venida sobre los discípulos del Señor, para dar testimonio en sus corazones de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

La liturgia de Pentecostés es muy rica, comienza con la misa vespertina de la vigilia. La oración colecta de esta misa nos señala el papel de esta fiesta en el misterio pascual al decir:

“Dios todopoderoso y eterno, que has querido que la celebración de la Pascua durase simbólicamente cincuenta días y acabase con la del día de Pentecostés... ”.

Para la primera lectura de esta misa existen cuatro textos posibles del Antiguo Testamento (Gen. 11, 1-9; Ex. 19, 3-8; Ezeq. 37, 1-14; Joel 2, 28-32); todos ellos son un anuncio profético del don mesiánico del Espíritu. Este anuncio es corroborado por el Evangelio, que nos presenta a Jesús hablando del Espíritu, "que habían de recibir los que creyeran en él”. (Jn. 7, 37-39).

San Pablo (Rom. 8, 22-27) nos da una visión teológica del desgarramiento religioso del corazón humano y de la labor medicinal del Espíritu. El cristiano ha sido salvado en esperanza, pero sigue sintiendo su miseria, pues no es capaz ni siquiera de clamar a Dios acertadamente. Entonces interviene en su ayuda el Espíritu con “gemidos inefables”, ejerce su papel de defensor y consolador.

El misterio de Pentecostés se repite sin cesar en la Iglesia, de ahí que la liturgia del día pida a Dios en la oración colecta que no deje de realizar hoy en el corazón de los fieles aquellas maravillas obradas en los comienzos de la predicación evangélica.

¿Qué fue lo ocurrido en aquel día primero de Pentecostés? La respuesta nos la da la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-11): Un huracán, llamas de fuego, don de lenguas son el símbolo externo de una realidad interior, que el texto bíblico expresa con estas sencillas palabras:

“Se llenaron todos del Espíritu Santo”.

Este es el Espíritu, que fue dado ya por Jesús a los suyos en el día de la Resurrección, como nos lo dice el evangelio del día:

‘‘Recibid el Espíritu Santo”.

En el día de la Resurrección el Espíritu Santo comenzó a ser la heredad del Pueblo de Dios; en el día de Pentecostés se manifiesta al exterior esa herencia familiar. Porque a pesar de las diversas maneras y formas de vivir la fe cristiana, hay una cosa común a todos los fieles, como bellamente lo afirma la segunda lectura: Todos hemos bebido de un solo Espíritu”. (1 Cor., 12, 3-13). La contemplación de esa perenne presencia del Espíritu Santo en el corazón de todos y de cada uno de los cristianos hace exultar de gozo a la liturgia, como lo podemos constatar en la Secuencia:

“Ven, Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo...
Padre amoroso del pobre;
...Fuente del mayor consuelo...”
“Tregua en el duro trabajo,
Brisa en las horas de fuego,
Gozo que enjuga las lágrimas...
Mira el poder del pecado
Cuando no envías tu aliento...”

Alentada por la certeza de la venida continua del Espíritu a la Iglesia, la liturgia entra con audacia espiritual al Tiempo Ordinario del Año Litúrgico.



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Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

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