¡FELICES FIESTAS PATRIAS!


Pidamos a Dios nos conceda la gracia de trabajar por un Perú más justo, más fraterno, con mayores oportunidades para todos... y donde nuestros valores cristianos sean los que guíen nuestro progreso.
A todos los peruanos: ¡Felices Fiestas!

...

ESPECIAL: SAN IGNACIO DE LOYOLA




En este mes en que se celebra la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús - Jesuitas, compartimos nuestras publicaciones dedicadas a su vida y su obra, para ello acceda a los siguientes enlaces:

Tomad Señor
Enlaces:

El trigo y la cizaña

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del domingo 23 de julio: "Con las parábolas el Señor nos enseña que debemos descubrir el Reino de los cielos en las parábolas de nuestra vida". Puede escucharlo en audio o descargarlo en formato MP3. Acceda AQUÍ.

Discernimiento Espiritual: Cómo discernir la acción de los espíritus

Con motivo de la fiesta de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, compartimos este artículo del P. Miguel Ángel Fiorito, S.J. sobre las reglas de discernimiento espiritual, que San Ignacio nos ofrece para la primera semana de los Ejercicios Espirituales. Acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? 24° Parte - Las fiestas del Señor

Finalizamos con esta entrega nuestra serie sobre el Año Litúrgico por el P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J., con una reseña sobre la liturgia de las principales fiestas dedicada al Señor, como el Corpus Christi, la Santísima Trinidad, el Sagrado Corazón, entre otras. Podrá acceder a todas las publicaciones en el índice general. Acceda AQUÍ.

Los Retos de la Familia - 1° Parte: Introducción

Ante el contexto actual en que vive la familia amenazada por ideologías, políticas y tendencias socioculturales, compartimos esta serie sobre los Retos de la Familia ofrecidos por Monseñor Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares, Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia (Sección Española). El texto que estaremos publicando fue pronunciado como conferencia el 8 de mayo de 2017 en la sede de la Universidad Católica San Vicente mártir de Valencia. En esta fecha tuvo lugar la conmemoración anual de la fiesta de la Virgen de Fátima, patrona del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 14° Parte - La razón natural y el Misterio Trinitario

El P.Ignacio Garro, S.J. nos comparte su tema presentándonos dos tesis, sobre el misterio Trinitario, que sólo puede ser conocido por la Revelación y que no repugna a la razón natural. Acceda AQUÍ. 

La esperanza, fuerza de los mártires

Compartimos la catequesis del Papa Francisco del 28 de junio, continuando con sus temas sobre la Esperanza Cristiana, nos explica que la fuerza que reside en los mártires es esta Esperanza. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias para unirnos a la Red Mundial del Papa en el mes de JULIO 2017 - ClickToPray, 17 al 31

Compartimos las oraciones diarias de ClickToPray - Red Mundial de Oración del Papa, para continuar unidos en oración a lo largo del día durante Julio. Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez S.J. Secretario Nacional del Apostolado de la Oración - Perú, por compartir este material. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias Click To Pray en PDF, Videos y Audios - JULIO 2017

Oremos en Julio junto al Papa Francisco a través de la Red Mundial de Oración. Podemos descargar las oraciones del mes en PDF, o acceder día a día por VÍDEO o AUDIO. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias para unirnos a la Red Mundial del Papa en el mes de JULIO 2017 - ClickToPray, 17 al 31

Material de ClickToPray para el mes de JULIO
Click en las imágenes para ampliar

























Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez S.J.
Secretario Nacional del AO Perú por compartir este material con nosotros.



Discernimiento Espiritual: Cómo discernir la acción de los espíritus



P. Miguel Angel Fiorito, S.J.

Todos tenemos experiencia de diversos estados de ánimo: sentimos miedos, entusiasmos, depresiones, apertura a los demás, cerrazón sobre nosotros mismos… estados de ánimos diversos, desánimos, tristeza, alegría, esperanza desesperanza, coraje, cobardía.

Discernir es el arte de detectar cuáles de estos estados de ánimos nos vienen de Dios y, de una manera o de otra, nos señalan su acción en nosotros – por medio de un buen espíritu -; y cuáles no vienen de Dios – aunque sean permitidos por Él – y debemos oponernos a ellos, o no hacerle caso, porque no nos ayudan en nuestro camino hacia Dios, e incluso nos desvían de él. No se trata pues, de hacer meramente una “lectura psicológica” de esos estados de ánimo, sino una “relectura” religiosa de los mismos; “leer” en ellos la voluntad de Dios o la del “enemigo de natura humana”, como dice con frecuencia S. Ignacio (EE. 7). A continuación vamos a presentar, en “breve o sumaria declaración” las reglas de discernir ignacianas, llamadas de la Primera Semana, como introducción general al discernimiento de los espíritus en Ejercicios Espirituales.

1. Cuando nos apartamos del buen camino, el “enemigo” nos ayuda a ello, nos atrae con “placeres aparentes”, nos distrae con lo que no tiene importancia, etc, etc. En cambio, el remordimiento que brota en nuestro corazón, el disgusto por la vida de pecado que llevamos o por la tibieza en que vivimos, son señales de acción de Dios que en esa forma quiere sacarnos del “pozo” en que estamos (EE. 314).
2. Por el contrario, cuando nuestro estado es de fidelidad a Dios, generosidad con El, puede ocurrir que, de repente, nos sintamos desanimados o tristes, o nos invada la inseguridad, el miedo, la desconfianza (¿podré estar tanto tiempo viviendo tan austeramente?)... Tales estados de ánimo o preguntas nos abaten y paralizan, y se oponen a la acción que estábamos experimentando.
La acción de Dios, en cambio, cuando vamos de “bien en mejor subiendo”, nos anima a progresar en el bien, y nos da paz, alegría, fuerza (EE. 315).
Comparada la acción del buen espíritu, en el caso anterior (EE. 314) con la del malo en éste (EE. 315), se nota que el buen espíritu – en el caso anterior – nos remuerde, levantándonos hacia Dios (como en la parábola del hijo pródigo que dice: “me levantaré e iré a la casa del Padre” Lc 15, 18), mientras que, en el caso presente, el mal espíritu lo que hace es morder y entristecer… como espantándonos, poniendo “impedimentos” para que no pasemos adelante en el bien que estamos haciendo.
3. Hemos experimentado algunas veces estados de consolación, de vitalidad espiritual (EE. 316): los temores se disipan, y se experimenta una paz profunda y gozosa. Estamos animados, alegres y dispuestos al trabajo. Sobre todo sentimos la cercanía de Dios.
Cuando estamos en este estado que llamamos –con S.Ignacio- de consolación, nuestra fe se fortifica, nuestras dudas se disipan, nuestra esperanza aumenta; y nuestra visión del mundo y de los acontecimientos de nuestra vida  ordinaria, de profana, se convierte  en religiosa. Nuestra mirada sobre las personas, las instituciones, las “cosas”, se transfigura. Hacemos entrar a Dios en nuestra relación con todo lo demás, y, a su vez, en todo vemos como un reflejo de Dios.
Ese estado va acompañado de una alegría, una paz, una libertad de espíritu. Alegría de estar  con Él, de renunciar a nuestro egoísmo, de ayudar al necesitado. Alegría que puede subsistir –e incluso crecer-  con el sufrimiento físico o la prueba moral: es la anticipación de esa plenitud de gozo que tendremos con El, cuando lleguemos a la patria celestial.
4. La desolación, la depresión, es todo lo contrario de la consolación (EE. 317). En lugar de paz, turbación; en lugar de alegría, tristeza, a veces sin saber por qué, a veces sabiéndolo…o suponiéndolo.
Las señales de este estado de desolación pueden ser:
  • Oscuridad de nuestra fe, de nuestra certeza, de nuestra vocación, de nuestro sentido cristiano de la vida. Oscuridad antes las decisiones que debemos tomar, ante  la marcha de la Iglesia, de la institución a la que pertenecemos…
  • Tristeza, disgusto de todo, falta de entusiasmo por cualquier cosa, abatimiento, mal humor difuso. Este estado invade todo nuestro ser, nos oprime, imposibilita –o debilita- nuestra comunicación con los demás.
  • Inquietud, miedo, ansiedad, escrúpulos, inseguridad… Sequedad del corazón en la oración, en el apostolado: no sentimos ni el amor a Dios ni al prójimo. Una especie de vacío. En momentos álgidos, puede llegar hasta la “naúsea” de las cosas espirituales, de la vida, de Dios…
  • Atracción de los sensible, necesidad de divertirse, de distraerse, de “alienarse” en las cosas materiales. Deseo de lo sensual, de seguridad humana, de cariño y afecto humano, de vivir aburguesadamente, se pierde la confianza y la esperanza: todo se ve negro, todos obstáculos se juntan, no se ninguna salida.
5. En este tiempo de desolación, no hay que hacer cambios respecto de lo que estábamos haciendo antes de entrar en ese estado: si cuando el tiempo estaba claro, habíamos elegido un camino, por él debemos seguir, a pesar de  la oscuridad: la oscuridad, el desaliento, la turbación… son los peores consejeros (EE. 318).
6. Pero no basta no hacer cambios o mudanzas en tiempo de desolación, sino que además tenemos que tratar de cambiar nosotros en mejor instar en la oración, en la penitencia (EE: 319). Examinar qué me pudo llevar a este estado. Es conveniente romper la inercia, haciendo algo por los demás.
7. Hacer actos de fe: Dios no me abandona en las tinieblas; está siempre conmigo, aunque ahora no lo sienta (EE: 320): Puedo con el auxilio divino, que nunca me falta, resistir. Una cosa es no tener, y otra, no sentir, siempre me queda –aunque no lo sienta- el auxilio que me basta para servir a Dios … también en medio de la oscuridad.
8. Por último –y no lo último- tener paciencia. Decirse: no hay mal que dure cien años. Todo tiene un final. No hay fecha que no llegue, ni plazo que no se cumpla (EE.321). Y pensar en la próxima en la próxima consolación, que no tardará en llegar … si hago –a pesar de la oscuridad- lo que está de mi parte: Dios aprieta pero no ahoga.
9. Y ¿la causa de la desolación?. Puede ser por nuestra culpa: no aceptamos la verdad sobre nosotros mismos. No aceptamos a realidad que se nos impone. No aceptamos a los demás como son. O nuestra se ha ido debilitando, y  nos hemos resistido. O hemos ido perdiendo el sentido de nuestra vocación y de nuestra misión en la vida, y nos hemos ido dejando estar, siendo negligentes.
En otros términos más generales, hemos sido negligentes en nuestras obligaciones, en nuestro deber de estado, en nuestros compromisos con Dios y con nuestro prójimo (EE.322).
También puede ser porque, independientemente de cualquier culpa nuestra, Dios quiere probarnos “para  cuánto somos y en cuánto nos alargamos en su servicio y alabanza”, sin tantas gracias sensibles (EE.322).
Y en tercer lugar, puede ser, para “darnos verdadera noticia y conocimiento que no es de nosotros tener devoción crecida, amor intenso … mas que todo es gracia de Dios nuestro Señor” (EE. 322): nos alzamos muchas veces con las gracias de Dios, atribuyendo sus efectos a nuestro esfuerzo o a nuestro mérito. Lc. 17,10, “somos siervos inútiles hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
Estas son las tres “causas principales… porque nos hallamos desolados” (EE. 322); pero puede haber otras, como por ejemplo que, con nuestra “desolación”, podamos reparar los pecados de otros, uniendo nuestros sufrimientos a los de Cristo nuestro Señor.
10. Cuando estamos en consolación, pensemos cómo nos comportaremos en la desolación futura (Cfr puntos 5 – 9): la alternancia de consolaciones y desolación es normal en una vida espiritual sana (EE. 323); de modo que, si no se diera esta alternancia, podría ser señal de falsa paz (Sta. Teresa, “ Moradas Terceras capítulo. 2)
11. En la consolación, debemos acordarnos de las “vacas flacas”, y ver para cuán poca cosa éramos en tiempo de desolación, sin la gracia o consolación (EE: 325). Por el contrario,  - como dijimos antes en el punto 7 -; y conviene repetirlo, por la importancia que tiene, - piense el que está en desolación que puede mucho con la gracia suficiente -, o sea, la que se tiene, pero no se siente – para resistir a todos los enemigos, tomando fuerzas en el Creador y Señor.
12. El enemigo (Satanás) se agiganta, cuando nosotros lo tememos y no le resistimos. Y se achica cuando “ponemos mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente  opuesto” (el “oppsitum per diametrum”) de lo que él nos sugiere (EE. 325).
No hay cosa peor, en la tentación que temerla. La tentación es algo normal en la vida espiritual: S. Ignacio dice que: "el que da los Ejercicios, cuando siente que al que se ejercita no le vienen algunas mociones espirituales, así como consolaciones o desolaciones, ni es agitado por varios espíritus, mucho le debe de interrogar” … (EE. 6).
Mala señal, pues, cuando no experimentamos tentaciones: lo que tenemos que hacer es no dejarnos “atropellar” por ellas. Hacerles frente con decisión. Y si la tentación crece en vez de disminuir, mala señal: no resistimos bien; pero si simplemente permanece sin decrecer, debemos seguir resistiendo, sin desalentarnos.
13. El mal espíritu trata de que sus tentaciones “sea recibidas y tenidas en secreto, y por eso cuando el que las padece las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual (como el director o el P. Espiritual, o superior), que conozca sus engaños, mucho lo siente, porque colige que no podrá salir con su malicia, al ser descubiertos sus engaños a otro” (EE. 326). El solo hecho de hablar con otro “objetiva”; pero si el otro tiene experiencia espiritual, la ayuda que se recibe puede ser mayor.
14. Finalmente, el enemigo “mira en torno todas nuestra virtudes, y por donde nos halla más flacos y más necesitados, por allí nos bate y procura tomarnos” (EE, 327). En este sentido, el conocimiento propio –que conseguimos con las meditaciones  que S. Ignacio llama de la Primera Semana (EE. 45 y s.s.), nos prepara para el discernimiento de los espíritus: éste no se hace  en “abstracto”, sino en uno mismo; y cada uno es atacado con más frecuencia en aquello que es más débil, o donde haya experimentado más derrotas.
15. Estas son las Reglas de discernir de la Primera Semana; pero existen otras reglas, que son de materia “más sutil” (EE. 9), que se llaman de Segunda Semana (EE. 328 y s.s.).

...

Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por compartir este artículo del P. Fiorito, S.J.

El trigo y la cizaña



P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO XVI
del Tiempo Ordinario

Mateo 13, 24-43

Les propuso esta otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos se acercaron al amo y le preguntaron: ‘Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Por qué tiene entonces cizaña?’ Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Los siervos le dijeron: ‘¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Les respondió: ‘No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Ya diré a los segadores, cuando llegue la siega, que recojan primero la cizaña y la aten en gavillas para quemarla, y que almacenen el trigo en mi granero.’»
Les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero, cuando crece, es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»
Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba si no era en parábolas, para que se cumpliese así lo dicho por el profeta:
Abriré con parábolas mi boca, anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. En esto se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; y los segadores son los ángeles. 
De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los que actúan inicuamente, y los arrojarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Palabra de Dios


Con las parábolas el Señor nos enseña que debemos descubrir el Reino de los cielos en las parábolas de nuestra vida.

Todo este capítulo de San Mateo recoge parábolas de Cristo sobre el Reino de los Cielos. El domingo pasado leíamos la parábola del sembrador; ahora tenemos la de la cizaña, la del grano de mostaza y la de la levadura.

En general en las parábolas se pone al descubierto la reflexión que Jesucristo hace sobre las actividades humanas, sobre el mundo y sus acontecimientos. Y nos hace ver cómo todos estos hechos contienen señales del Reino de los cielos: la semilla, el pescador, el buscador de tesoros, el banquete, las bodas... y tantos otros sucesos de la vida ordinaria que recogen las parábolas, encierran mensajes; el mundo y sus acontecimientos están llenos de señales, para quien sabe leerlas.

Entre todas las parábolas nos van dando la visión que Cristo mismo tiene sobre el Reino de los Cielos que El viene a instaurar: son su enseñanza sobre la vida humana, sobre la salvación, sobre los valores.

En esta parábola de la cizaña Jesús afirma la existencia simultánea del bien y del mal, en el mundo, en el campo de la Iglesia, en cada hombre. Y por otra parte se afirma claramente que Dios sólo ha sembrado buena semilla (lo cual es obvio), y de alguna forma se insinúa el problema del mal en el mundo. Pero sin entrar en este complejo tema, sí es notable la afirmación de que en el mismo campo donde Dios siembra la buena semilla, el “enemigo” ha sembrado la cizaña.

Todo ser humano tiene en su corazón buena semilla y cizaña; en el mundo hay buenos y malos, en la parte humana de la Iglesia misma se mezcla la buena semilla y la cizaña. Y esto no es una simple constatación un poco escéptica, como para encogerse de hombros, y para no reaccionar ante el mal. Es una máxima que encierra mucha sabiduría: en lo humano no hay el bien en estado puro, y no hay el mal en estado puro. A veces tenemos la tentación de dividir el mundo entre los buenos y los malos. La radicalidad de los conceptos y de los enjuiciamientos no corresponde a esta realidad de que el trigo y la cizaña están mezclados. Nadie y nada en este mundo es totalmente trigo o totalmente cizaña, nadie es completamente puro o completamente perverso. Incluso en las doctrinas más desviadas se puede encontrar algún mensaje aceptable.

Muchas veces los cristianos hemos juzgado otras doctrinas como completamente falsas y en cambio el Concilio Vaticano II, incluso al hablar de las religiones no cristianas, admite en ellas aspectos importantes de verdad. Claro que esto no nos debe apartar de la rectitud de doctrina que nos enseña la Iglesia; pero sí debe alertarnos ante condenas demasiado tajantes y apresuradas que a veces hacemos ante opiniones ajenas. Y mucho más valdría este cuidado ante otro tipo de cosas más opinables.

Y esta parábola además nos alerta contra nuestras prisas por solucionar todo pronto y de una manera contundente. Dios tiene mucha paciencia, y no va con la hoz, ni con la espada a cortar todo brote de la mala semilla; hay que esperar la hora de Dios. El apresuramiento con que quisiéramos extirpar todo el mal del mundo, es una actitud demasiado humana y poco divina. Tenemos soluciones a veces demasiado drásticas para eliminar el mal, porque nos gustaría que todo se solucionara al momento. Incluso con nosotros mismos no tenemos paciencia con nuestras limitaciones y quisiéramos cortarlas de raíz en un instante. Quisiéramos no tener sombras. Dios nos dice que somos campos donde hay un poco de todo, y nos dice que tengamos paciencia.

Es un mensaje importante para nuestras vidas: tener tolerancia con los demás  y tenernos paciencia a nosotros mismos.

Pero también en esta parábola podemos reflexionar aunque sea muy brevemente sobre el mundo creado por Dios, tan bello y tan puro (semilla buena), y la contaminación (cizaña mala) que los hombres hemos sembrado por buscar un peligroso "progreso". Dios crea un mar transparente y lo estamos llenado de residuos tóxicos. Dios creó el cielo y el aire que respiramos y estamos abriendo una brecha en la capa del ozono, y además no paramos de llenar el aire de sustancias que nos caen en forma de lluvia ácida. Dios creó las selvas para que sirvieran de pulmones al planeta, y nosotros estamos destruyendo esos pulmones. ¡Qué verdad es que Dios pone buena semilla en el campo, y el enemigo lo llena de cizaña!





Escuchar AUDIO o descargar en MP3
...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

¿Qué es el Año Litúrgico? 24° Parte - Las fiestas del Señor



P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


4. Las fiestas del Señor

Además de las dos grandes fiestas de Cristo, que han dado origen a los dos ciclos litúrgicos de Navidad y de Pascua, la liturgia celebra otras solemnidades del Señor, a lo largo del año, que no pueden ser ignoradas en nuestro estudio sobre el Año Litúrgico de la Iglesia. Unas de estas fiestas son celebradas en días determinados y otras son movibles. Analicemos las unas y las otras.


La Presentación del Señor
Fiesta (2 febrero)

Según los evangelios, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, los padres lo llevaron al templo a fin de presentarlo a Dios conforme a la Ley de Moisés, y la Virgen María se purificó con el rito ordenado por el libro del Levítico. El anciano Simeón saludó al Niño Jesús como a “la luz de las naciones”.

Estas palabras del evangelio han hecho que antes de la misa se haya introducido la bendición y la procesión de las candelas, rito lleno todo él de poesía y simbolismo religioso.

Esta fiesta se llama popularmente la fiesta de la Candelaria, y por mucho tiempo tomó el nombre de la Purificación de María. Pero después del Vaticano II ha vuelto a ser una fiesta eminentemente centrada en el Señor para cerrar las solemnidades de la Encarnación. A mi modo de ver
la oración final de la misa nos resume magistralmente el misterio celebrado en este día:
“Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza del justo Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a, nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna”.

La Anunciación del Señor 
Solemnidad (25 marzo)


Nueve meses antes de Navidad celebramos la Encarnación del Hijo de Dios. Es un día de alegría para la iglesia, “pues ella reconoce que ha tenido su origen en la Encarnación del Unigénito”.

En la liturgia de la misa se nota la repetición gozosa de la confesión de la fe en el “Hijo de la Virgen”, “nuestro Redentor”, que es “Dios y hombre verdadero”.

Y la antífona de la comunión nos recuerda con emoción religiosa el fruto de esta fiesta: El Hijo de la Virgen será “Dios-con-nosotros”.


La Transfiguración del Señor
Fiesta (6 agosto)
 

La fiesta era ya conocida en Oriente en el siglo y. La fiesta de la Transfiguración nos recuerda la del Bautismo del Señor: En las dos recordamos una nube misteriosa, en las dos oímos la voz del Padre; en ésta se añade además la presencia de Moisés y Elias, personificación de la Ley y de los Profetas, que habían anunciado la muerte y la resurrección del Señor.

El misterio de la Transfiguración del Señor nos habla a todos los bautizados de “transformarnos en la imagen del Hijo, cuya gloria se nos ha manifestado hoy”, y nos recuerda que “el resplandor de la divinidad” estuvo siempre presente, aunque oculto, “en el cuerpo del Señor en todo semejante al nuestro”, y alienta a la Iglesia con la esperanza de la resurrección definitiva al revelar en Jesús “la claridad que brillará un día en todo el Cuerpo, que le reconoce como Cabeza suya”.


La Exaltación de la Santa Cruz
Fiesta (14 setiembre)

La veneración de la Santa Cruz en el 14 de setiembre comenzó en Jerusalén hacia el año 355. La Cruz es para el pueblo cristiano el signo del sacrificio de Cristo y por tanto signo también de la esperanza, que le abre ventanales hacia la vida eterna. Por eso comienza la misa de hoy diciendo:
‘‘Nosotros debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”.
La liturgia nos recuerda hoy las luchas llevadas a cabo entre Cristo y Satanás en el árbol de la Cruz, y de este modo “el que venció en un árbol fue vencido en un árbol por Cristo nuestro Señor".

La esperanza de la Iglesia está en que el sacrificio de la misa es el mismo, “que ofrecido en el ara de la Cruz, quitó el pecado del mundo". Movidos por esta esperanza rogamos al mismo Señor Jesucristo, que lleve “a la gloria de la resurrección a los que ha redimido en el madero salvador de la Cruz”. Y como un eco impresionante llegan hasta nosotros en la antífona de la comunión las palabras proféticas del Señor:
“Cuando yo sea levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”.
La Santísima Trinidad
Solemnidad


El domingo después de Pentecostés celebra la Iglesia la solemnidad de la Santísima Trinidad. Ha terminado el ciclo de Pascua, y la liturgia nos pone ante los ojos este misterio de la Trinidad, cuyo conocimiento es el gran fruto religioso de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Pues por este misterio Dios nos revela su profundidad más honda y nos invita a penetrar en ella mediante la intimidad diaria, con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

En el bautismo fuimos consagrados al culto de las Tres Personas Divinas y fuimos también capacitados para tratar a Dios como a Padre, al Hijo de Dios como a Hermano, y al Espíritu Divino, como a Consolador, Protector y Maestro. De ahí que la antífona de la comunión nos recuerde:
“Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba! (Padre)”.
El Tiempo Ordinario, como veíamos más arriba, nos introduce en la vida cotidiana del cristiano, iluminada' por la Pascua del Señor. Me parece un acierto que al volver a recomenzar el Tiempo Ordinario después de las fiestas pascuales, la liturgia nos recuerde el misterio de la Trinidad, cuya presencia mística en el alma constituye el núcleo central de la existencia cristiana. No nos puede extrañar, que esta misma liturgia ore con humildad al Padre:
“Dios, Padre Todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio: concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa”.
El conocer mística y experimentalmente “la gloria de la eterna Trinidad” hace que el cristiano todavía en este mundo sienta en sí la vida eterna, pues el Señor nos ha dicho:
“Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn. 17,3).
Y según el mismo Juan será el Espíritu Santo el que dé testimonio en nuestros corazones de que Jesús es el Hijo de Dios (1 Jn. 5,6).


El Corpus Christi
Solemnidad

El jueves después de la Trinidad la Iglesia celebra con solemnidad el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, cuya institución había conmemorado en la tarde del Jueves Santo.

La fiesta del Corpus brotó en el siglo XIII de la devoción y de la piedad del pueblo cristiano hacia la Presencia del Cuerpo y de la Sangre del Señor en el Sacramento. La Procesión del Corpus fue celebrada en todas partes con gran solemnidad y regocijo del pueblo.

Hoy esta fiesta, que sigue muy de cerca a la de la Trinidad, nos viene a recordar que, para mantener en el trajín diario la “vida eterna”, la intimidad con las Personas Divinas, el 'cristiano necesita un alimento misterioso, a la manera que los judíos necesitaron del maná para no perecer de hambre en su peregrinación por el desierto.

Ese alimento es “el Cuerpo y la Sangre del Señor, signo del banquete del Reino eterno”, que se nos da "en este Sacramento admirable, Memorial de la pasión de Cristo”. El efecto del Sacramento es la paz, la unidad entre los cristianos y la intimidad de cada uno de los fieles con Cristo, que lo llena “del gozo eterno de la divinidad en esta vida mortal”.
Resumiendo todo !o dicho: la antífona de la comunión nos recuerda las palabras de Jesús:
“El que come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor".

El Sagrado Corazón de Jesús 
Solemnidad

En el viernes que sigue al 2° domingo después de Pentecostés, celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, nacida como es sabido de las apariciones a Santa Margarita María.

La solemnidad del Sagrado Corazón nos viene a señalar el origen de todos los misterios celebrados a lo largo del Año Litúrgico; esta fuente original es el amor de Dios simbolizado en el Corazón Humano de Jesús. Además esta misma fiesta nos exige a todos rendir a Dios por Cristo “un homenaje de amor" y “ofrecerle una cumplida reparación, por la ingratitud constante de los hombres".

El pasaje del evangelio de San Juan sobre el Costado del Señor abierto por la lanza del soldado, recordado en la antífona de la comunión, inspira el prefacio de esta fiesta. En él se alaba a Dios “porque Cristo, Señor nuestro, elevado sobre la cruz, hizo que de su Corazón traspasado  
brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia”.

Y así estos sacramentos, que nacieron del amor, encienden el amor. Y por eso terminamos pidiendo en la última oración de la misa, que el sacramento eucarístico ‘‘encienda en nosotros el fuego de la caridad, que nos mueva a unirnos más a Cristo, y a reconocerlo presente en los hermanos”.


Jesucristo, Rey del Universo 
Solemnidad

En el último domingo del Tiempo Ordinario la liturgia nos presenta una visión grandiosa de Jesucristo, Rey del Universo; la antífona de entrada nos hace contemplar al Rey triunfador de la muerte:
‘‘Digno es el Cordero degollado ere recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. A él la gloria y el poder por los siglos”.
La liturgia de la misa de hoy nos presenta por una parte al Rey y por otra nos recuerda los deberes de sus vasallos.

Cristo es el fundamento de toda la creación pues ‘‘Dios quiso fundar todas las cosas en El”, es además el Redentor “que se ofrece a sí mismo en el altar de la Cruz” y que entregará a su Padre “un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

El Pueblo de Dios, conquistado con la sangre del Rey, debe “obedecer los mandatos de Cristo, Rey del Universo” y llevar “a todos los pueblos los bienes de la unidad y de la paz”.

Cristo es, pues, la luz que brilla al final de las rutas de todos los hombres, por eso al terminar la misa pedimos a Dios que “podamos vivir eternamente con El en el Reino del cielo”.

Los días que siguen a la fiesta de Cristo Rey nos recuerdan, a través de las lecturas evangélicas, temas relativos al final de los tiempos. El primer domingo de Adviento vuelve a insistir en el tema. De esta manera el Año Litúrgico de la Iglesia, que forma parte del tiempo terreno, ilumina los ojos de los fieles para que contemplen desde la tierra la ciudad eterna conquistada por Cristo Rey para la suyos. 


Cristo Rey

Como es sabido, la solemnidad litúrgica de Cristo Rey fue introducida en el Año Litúrgico por Pío XI el año 1925 con la Encíclica Quas Primas y mandó celebrarla en el último domingo de octubre, cuando está para finalizar el Año Litúrgico, con el fin de que "los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el curso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y se celebre y exalte ante todo la gloria de Aquel que triunfa en todos los santos y en todos los elegidos" (Quas Primas, 23)

En este documento del Papa Pío XI hallamos unas enseñanzas llenas de interés pastoral sobre la relación entre el Año Litúrgico y la Religiosidad Popular Católica, con las que deseamos finalizar eta serie.

En su encíclica Pío XI, después de hablar en torno a los fundamentos teológicos de la realeza de Cristo, nos expone los motivos que él tiene para establecer una nueva fiesta de Cristo. Para ello nos recuerda con argumentos tomados de la historia que las fiestas anuales de los misterios de Cristo son los métodos más prácticos para instruir al pueblo en la fe; más aún, él afirma que estas fiestas son medios pastorales más eficaces que los documentos del Magisterio Eclesiástico. Porque los documentos sólo llegan a un pequeño grupo de fieles instruidos, mientras que las fiestas conmueven y enseñan a todos los fieles; aquello hablan una sola vez, las fiestas todos los años; los documentos se dirigen sólo a la mente, las fiestas hablan a la mente y al corazón, es decir, a todo el ser humano. El Pontífice termina la apología de las fiestas del Año Litúrgico con estas palabras: "Al ser el hombre compuesto de alma y de cuerpo, es preciso que sea conmovido por las solemnidades exteriores de modo que, a través de la variedad y de los ritos sagrados, reciben el ánimo las enseñanzas divinas y, convirtiéndolas en carne y sangre, haga de modo que sirva para el progreso de su vida espiritual" (Quas Primas, 15)

Como vemos, para Pío XI las fiestas litúrgicas instruyen a los católicos por medio de los símbolos, los cuales, al ser el lenguaje religioso popular por excelencia graban las enseñanzas divinas en lo más hondo del corazón, las amasan con la carne y sangre del ser humano y las convierten en alimento de vida cristiana para los fieles. Difícilmente hallaremos expresiones que describan con más realismo el poder evangelizador del Año Litúrgico para con las masas populares católicas.

Estas palabras luminosas del Papa Pío XI tal vez puedan servirnos hoy a nosotros, que deseamos evangelizar la religión del pueblo "siempre y de nuevo" y buscamos un diálogo a partir de los últimos eslabones dejados por los evangelizadores de antaño "en el corazón de nuestro pueblo" (Puebla 457) pero que no sabemos por donde empezar.

A mi modo de ver, la celebración consciente y activa del Año Litúrgico en nuestra parroquia será siempre uno de los medios pastorales más privilegiados, para ir consiguiendo, poco a poco, que la piedad popular de nuestros fieles sea purificada, completada y dinamizada por el Evangelio y para empalmar vitalmente con la evangelización de misioneros de tiempos pasados.

AMDG




...

Para acceder a las publicaciones anteriores acceda AQUÍ.

Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

Los Retos de la Familia - 1° Parte: Introducción




Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares
Vicepresidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia (Sección Española)

El texto que publicamos fue pronunciado como conferencia el 8 de mayo de 2017 en la sede de la Universidad Católica San Vicente mártir de Valencia. En esta fecha tuvo lugar la conmemoración anual de la fiesta de la Virgen de Fátima, patrona del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia.

La conferencia se titula «Los retos de la familia en el contexto actual». Se entiende la palabra reto en la doble acepción: como desafío y como tarea. Para situar tanto los desafíos de la familia y las tareas de la Pastoral Familiar he querido ofrecer un análisis de la situación del matrimonio y de la familia desde la reflexión del Concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 47-52), pasando por los pontificados de Pablo VI, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, hasta la Exhortación Apostólica del Papa Francisco Amoris laetitia.

Después de este breve recorrido histórico en el que a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, y a la publicación de la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI, han seguido tres Sínodos sobre la familia, pretendo poner en relieve los nuevos desafíos que los cambios vertiginosos de la historia plantean a la familia y que no han sido objeto de un tratamiento exhaustivo en ninguno de los Sínodos mencionados. Nos enfrentamos, en efecto, ante una verdadera revolución cultural, técnica y jurídica que subvierte todo el orden humano promovido por la civilización cristiana. Lo nuevo de esta revolución que atenta contra la antropología cristiana (llamada “antropología adecuada” por el Papa San Juan Pablo II) es que teniendo su origen en ciertas escuelas filosóficas ha sido asumida por minorías radicales alentadas por fundaciones de carácter agenésico y promovidas por la ONU, el Parlamento Europeo y los gobiernos nacionales presionados por multitud de ONG inspiradas en la “perspectiva de género”. Todo ha sido muy rápido y silencioso pero hoy han logrado la hegemonía cultural, el cambio de la legislación sobre la vida humana, el matrimonio y la familia; ocupar la enseñanza, la sanidad y ser difundida masivamente por los medios de comunicación con la aquiescencia de las agrupaciones sociales y los partidos políticos. Lo que empezó con la introducción de la palabra “gender” se ha visto desarrollado como la ideología de género, a la que ha seguido las teorías “queer” y “cyborg” que se ven sobrepasadas por las propuestas transhumanista y posthumanista.

Frente al concepto de “naturaleza de la persona humana” hoy la nueva tesis que se propone es negar la identidad humana o hablar de “identidades inconclusas” que serán alcanzadas en su perfección por la tecnología que se presenta como un ideal de redención. Se trata de la tecno-redención que va unida al capitalismo tecno-nihilista. Resulta curioso que la dialéctica de los sexos propuesta por Engels como origen y expresión de la primera lucha de clases (núcleo del marxismo), se haya desarrollado en la ideología de género y, a su vez, mediante un proceso de ingeniería social, haya sido asumida también por el pensamiento liberal.

Este cóctel de marxismo-liberalismo ha ido alimentando la revolución sexual y hoy se presenta como un desafío colosal frente a la antropología cristiana y las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia Católica. Para responder a esta nueva situación necesitamos una pastoral familiar renovada que promueva, junto a la gestación del sujeto cristiano mediante una lúcida “iniciación cristiana”, la formación de familias cristianas conscientes de su misión. Para ello es necesario desarrollar nuevas tareas que describo en la tercera parte de esta conferencia y promover un laicado bien formado en las cuestiones de Bioética, pastoral familiar, Doctrina Social de la Iglesia y conocedor del debate cultural sobre la antropología, el matrimonio y la familia. A ello responde el Pontificio Instituto Juan Pablo II, erigido en el mismo día en el que el Santo apóstol de la familia sufrió el atentado en la plaza de San Pedro.

Dadas las circunstancias actuales y el proceso invivible de la “globalización de la indiferencia”, no se puede responder a este desafío desde una llamada al comunitarismo que privatiza la religión. Los católicos laicos están llamados a ser, como decía Benedicto XVI, minorías creativas para la renovación de la sociedad. Esta creatividad, sin embargo, debe alcanzar el nivel de la política. Sin el respeto a las realidades humanas originales (dignidad de la vida humana, matrimonio natural entre un hombre y una mujer, familias abiertas a la vida, estructuras sociales sanas, medios de comunicación según la verdad, leyes justas, etc.), sin el apoyo de una verdadera cultura cristiana, se hace muy difícil, cuando no imposible, mantener los contenidos de la antropología adecuada y el bien de las familias. Por eso es urgente una nueva pastoral familiar, la promoción de auténticas comunidades cristianas, asociaciones de familias y políticos que estén dispuestos a promover el bien común y los demás aspectos de la Doctrina Social de la Iglesia.

Lo que se propone en esta conferencia no es más que un esbozo, o si queréis criterios para la acción. Pido a la Virgen de Fátima que suscite verdaderos laicos dispuestos a testimoniar la belleza del amor conyugal, la bondad social de la familia cristiana y la edificación de una sociedad a la medida de los hijos de Dios.





Santísima Trinidad: 14° Parte - La razón natural y el Misterio Trinitario



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


LA RAZÓN Y EL MISTERIO

TESIS 2°. "La Trinidad de Personas en Dios es un misterio estrictamente dicho, es decir, solamente puede ser conocido por la Revelación divina sobrenatural y la razón natural, aceptado este dato revelado, no puede alcanzar evidencia intrínseca de dicho misterio". 

A. Explicación

Por la Escritura y la Tradición sabemos que hay  tres Personas realmente distintas entre sí y que subsisten en una naturaleza numéricamente la misma. Dicho de otro modo, Dios es uno en naturaleza (esencia, substancia) y trino en Personas. Es conveniente conocer ahora cuál es la relación o situación de la razón humana respecto a este misterio.

En la tesis afirmamos que el misterio de la Santísima Trinidad es un misterio estrictamente dicho. El Concilio Vaticano I se refiere a ello con estos términos: "los misterios divinos, por su propia naturaleza, de tal manera sobrepasan el entendimiento creado que, aun transmitidos por la revelación y aceptados por la fe, siguen, no obstante, encubiertos por el velo de la misma fe" y, por tanto, en ningún modo "pueden ser entendidos y demostrados por medio de la razón convenientemente cultivada partiendo de sus principios naturales".

Según la interpretación común de los teólogos, de esta doctrina conciliar se deduce que la razón humana, dejada a sus fuerzas naturales, no puede probar positivamente ni la existencia, ni la esencia de esos misterios; en nuestro caso, la razón humana, por mucho que se empeñe en analizar la proposición :"Dios uno en naturaleza es trino en Personas", no podrá ver ni que el predicado convenga a ese sujeto, ni la íntima razón por la cual se formula ese juicio.

Otra cosa es que el entendimiento humano, supuesta la Revelación y la luz que de ella dimana, pueda aducir algunos motivos o razonamientos para facilitar a la inteligencia humana la aceptación del misterio; puede, asimismo, comprender el significado de los vocablos con que se expresan esos misterios y exponerlos de algún modo mediante conceptos analógicos y explicar de modo científico su realidad; finalmente, no solamente puede, sino que tiene que demostrar que los misterios nada contienen contra la recta razón, lo cual hace de un modo negativo, es decir, mostrando que el entendimiento humano no puede presentar argumentos racionales que demuestren la repugnancia intrínseca o la imposibilidad metafísica de los misterios.

 En esta tesis tratamos solamente de la índole misteriosa del dogma trinitario. En otra tesis demostraremos que este misterio no repugna a la razón natural.


B. Magisterio de la Iglesia

Concilio Vaticano I: "Los misterios divinos, por su propia naturaleza, de tal manera sobrepasan el entendimiento creado que, aun transmitidos por la Revelación y aceptados por la fe, siguen, no obstante, encubiertos por el velo de la misma fe"".

Lo que expresamente se define es que en la Revelación divina hay misterios estrictamente dichos y que sobrepasan el entendimiento creado, aun después de revelados y aceptados por la fe. Ahora bien, el misterio de la Trinidad, en el que se nos revela la vida íntima del mismo Dios, ha de incluirse necesariamente entre estos misterios.


C. Adversarios

C.1. Abelardo
Que afirmaba que "el Padre es potencia plena; el Hijo cierta potencia; el Espíritu Santo ninguna potencia" con lo que daba a entender que, antes de que nos sea revelado, puede demostrarse el misterio trinitario deduciéndolo de la potencia, de la sabiduría y de la bondad. Esta afirmación fue condenada en el Concilio de Sens, año 1140.

C.2. Semirracionalistas
Que sostienen que, una vez revelado, el misterio trinitario puede conocerse en cuanto a su posibilidad intrínseca y en cuanto a su naturaleza más íntima. Aquí están Günter, Hermes, Rosmini, con diversos matices.


D. Sagrada Escritura

  • Rom 1,19,s.s.: "Porque lo invisible de Dios ... se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad".  Por este texto se prueba que los atributos esenciales de Dios, como su divinidad y su poder eterno, lo puede conocer la razón  natural.
  • 1Cor 2,10: "Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu, y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios". Es decir, sólo el Espíritu de Dios conoce el ser íntimo de Dios.
  • Mt 11,27: "Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Es decir, todo lo que se relaciona con el misterio Trinitario se atribuye a Revelación divina.


E. Argumento teológico

E.1. Antes de la revelación del misterio la razón natural no puede demostrar la existencia de la Trinidad. Así argumenta  Sto. Tomás. "el hombre, con sus propias fuerzas, no puede alcanzar el conocimiento de la existencia de Dios si no es mediante las criaturas. Mas las criaturas conducen al conocimiento de Dios, como el efecto a su causa. Luego la razón natural no puede conocer de Dios más que aquello que necesariamente le compete en cuanto que es principio de todos los seres ... Ahora bien, el poder creador de Dios es común a la toda la Trinidad, y por ello, pertenece a la unidad de la esencia y no a las Personas distintas. Luego mediante la razón natural puede conocerse de Dios lo que pertenece a la unidad de la esencia, pero no lo referente a la distinción de Personas".

E.2. Después de la revelación del misterio tampoco puede la razón natural conocer la posibilidad interna de la Trinidad.

El motivo de ello es que, aunque los términos que expresan la revelación como Padre, Hijo, generación, relación, etc., están tomados de realidades creadas, y dichos términos son inadecuados para expresar la divinidad. En efecto, son términos usados por analogía entre las realidades creadas, conocidas por la razón natural, y las realidades divinas son de otra naturaleza, siendo mayor la desemejanza que la semejanza. Por eso se entiende que la razón natural no pueda, ni aun conocida por Revelación la existencia del misterio, llegar a conocer su interna posibilidad o naturaleza.


TESIS 3°.  "El misterio de la Trinidad, sin embargo, no repugna a la razón natural"

A. Explicación

Que una verdad o un misterio no repugna a la razón, se puede demostrar positiva o negativamente. Positivamente, si se demuestra la posibilidad interna de esa misma verdad; negativamente, si se demuestra que en esa verdad no encuentra ninguna contradicción y además se prueba que las razones, que alguien pueda aducir en contra, no son demostrativas y, por tanto, no destruyen el auténtico sentido de la verdad.

Como es lógico, la demostración de la tesis no discurrirá por la vía de la argumentación positiva, puesto que el dogma trinitario constituye, como hemos visto, un misterio estrictamente dicho. Quiere esto decir que, al emplear el método o vía negativa, habrá que dedicar una parte de la argumentación a exponer que las razones de los adversarios no son demostrativas, es decir, a resolver las dificultades que puedan presentar los adversarios.

B. Magisterio de la Iglesia

Concilio Vaticano I: "Pero, aunque la fe esté por encima de la razón, sin embargo, ningún desacuerdo puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios, que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo, ni la verdad contradecir jamás a la verdad".

Es por lo tanto, una verdad implícitamente  definida que el misterio de la Trinidad, aunque supera a la razón natural, no es contraria a ella; es suprarracional pero no antirracional o irracional.


C. Adversarios

  • Los impugnadores de la Trinidad, es decir, los ateos, los incrédulos, etc.
  • Los racionalistas para quienes todos los misterios revelados, pero especialmente el de la Santísima Trinidad, son un cúmulo de contradicciones absurdas.


D. Argumento Teológico

D.1. Porque Dios es incomprehensible 
Efectivamente, para demostrar que este misterio trinitario repugna intrínsecamente, haría falta conocerlo perfecta y adecuadamente por medios de conceptos propios; en cambio, nuestro conocimiento de Dios es imperfecto y se obtiene por medio de conceptos análogos. Si ya es difícil para el entendimiento humano conciliar en Dios los mismos predicados o atributos que conocemos por la sola razón natural, nada puede extrañar que resulte prácticamente imposible la comprensión del misterio trinitario.

D.2. Por la solución de las dificultades, lo cual no es demostrar el misterio de una manera positiva, pero sí negativa, probando que las razones que puedan presentar los adversarios en contra del misterio no logran mostrar que haya contradicción.

De estas dificultades la mayor es que en Dios haya una sola esencia o naturaleza y tres Personas realmente distintas entre sí. Dicho de otra manera, que el Padre sea Dios, que el Hijo sea Dios, que el Espíritu Santo sea también Dios y, sin embargo, los tres se distingan entre sí y no se distingan, sino que se identifiquen con la esencia divina. La contradicción aparente estaría en lo siguiente: la identificación con la esencia (es decir, las tres Personas tienen la misma esencia divina) ¿no implicaría la identidad de Personas? Y, por el contrario, la distinción de Personas ¿no implicaría la distinción de esencias? La razón de esta dificultad estriba en el "principio de identidad", según el cual dos cosas iguales a una tercera , tienen que ser iguales entre sí.

La respuesta a la dificultad deja en pie la validez del mencionado principio de identidad y recurre a la distinción entre "naturaleza" y "persona", que hace posible la existencia del misterio trinitario sin que repugne a la razón humana. En efecto, el Ser divino es totalmente singular, ya que en él se da "unidad" en lo que corresponde al concepto de naturaleza, esencia y substancia, pero al mismo tiempo se da en él "trinidad" en lo que corresponde al concepto de persona. Dicho de otro modo, la "esencia" divina tiene de excepcional ser simultáneamente absoluta y relativa; esto es, "absoluta", en cuanto que existe en sí, respondiendo a la idea que la razón humana tiene de esencia  naturaleza y substancia; "relativa", en cuanto que toda ella dice orden y referencia a otro, y corresponde al concepto que la razón humana tiene de relación.

De ahí que no resulte contradictorio para la razón humana afirmar que la esencia divina existe toda en sí y también toda en relación a otro; y, por eso, tampoco es contradictorio decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un Dios único en esencia (naturaleza y substancia) y tres relativos opuestos subsistentes (Personas) en una naturaleza numéricamente la misma.


...

Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.

La esperanza, fuerza de los mártires



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 28 de junio de 2017



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la esperanza cristiana como fuerza de los mártires. Cuando, en el Evangelio, Jesús invita a los discípulos en misión, no les ilusiona con espejismos de éxito fácil; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios conlleva siempre una oposición. Y usa también una expresión extrema: «Seréis odiados —odiados— de todos por causa de mi nombre» (Mateo 10, 22). Los cristianos aman, pero no siempre son amados. Desde el principio Jesús les pone frente a esta realidad: de manera más o menos fuerte, la confesión de la fe acaece en un clima de hostilidad.

Los cristianos por ello son hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: ya que el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en varias maneras de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por el espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

Y la primera indicación es la pobreza. Cuando Jesús envía a los suyos en misión, ¡parece que pone más cuidado en “despojarles” que en “vestirles”! En efecto, un cristiano que no sea humilde y pobre, desinteresado ante las riquezas y el poder y sobre todo desinteresado de sí mismo, no se parece a Jesús. El cristiano recorre su camino en este mundo con lo esencial para el camino, pero con el corazón repleto de amor. La verdadera derrota para él o para ella es caer en la tentación de la venganza y de la violencia, respondiendo al mal con el mal. Jesús nos dice: «Yo os mando como ovejas en medio de lobos» (Mateo 10, 16). Entonces sin fauces, sin garras, sin armas. El cristiano, más bien, deberá ser prudente, a veces incluso astuto: estas son las virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia nunca. Para vencer al mal, no se pueden compartir los métodos del mal.

La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha? Pero en medio del torbellino, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando en haber sido abandonado. Jesús nos tranquiliza diciendo: «Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mateo 10, 30). Como diciendo que ninguno de los sufrimientos del hombre, ni siquiera los más pequeños y escondidos, son invisibles ante los ojos de Dios. Dios ve, y seguramente protege; y donará su recompensa. Efectivamente, en medio de nosotros hay alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los entramados oscuros, que quien se lucra sobre la piel de los desesperados, que el que aplasta a los demás con prepotencia... Alguno que escucha desde siempre la voz de la sangre de Abel que grita desde la tierra.

Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos.

Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar las propias ideas, y aceptan tener que morir solo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana porque por encima de ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien el apóstol Pablo en el himno a la caridad, entendida como el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien Pablo en el himno a la caridad: «Aunque partiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Corintios 13, 3). Repugna a los cristianos la idea de que los terroristas suicidas puedan ser llamados “mártires”: no hay nada en su fin que pueda acercarse a la actitud de los hijos de Dios.

A veces, leyendo las historias de los muchos mártires de ayer y de hoy —que son más numerosos que los mártires de los primeros tiempos—, permanecemos estupefactos ante la fortaleza con la cual han afrontado la prueba. Esta fortaleza es el signo de la gran esperanza que les animaba: la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo (cf. 8, 38-39).

Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día. Gracias.


...
Tomado de:

www.vatican.va