¡FELIZ DÍA DE LA MADRE!



Madre es el nombre de Dios que vive en los labios y el corazón de todos los niños.

Que en este especial día, Dios colme de gracias especiales a aquellas mujeres a las que les regaló el don más grande: ser madres, portadoras naturales del Amor de Dios para con sus hijas e hijos.

Equipo Editor

Ofrecemos una reflexión por el Día de la Madre AQUÍ.


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Jesús es el camino, la verdad y la vida

El P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión para este domingo 14 de mayo:  El Señor Jesús camino, verdad y vida nos muestra con su vida al Padre. Acceda AQUÍ.



ESPECIAL: VIRGEN DE FÁTIMA - AÑO JUBILAR POR EL CENTENARIO DE LAS APARICIONES 1917 - 2017



Mi
Inmaculado Corazón
será tu refugio y el camino que te
conducirá
hasta
Dios



Jesús, el Buen Pastor

El P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del 4° Domingo de Pascua: "El Señor, Buen Pastor; a su lado hay paz, hay protección, desaparece el miedo." También puede acceder al audio o descargarlo en MP3. Acceda AQUÍ.

Libros Históricos del Antiguo Testamento: 2° Libro de Samuel

El P. Fernando Martínez, S.J. nos comparte su estudio sobre el segundo libro de Samuel, que centra su narrativa en la vida del Rey David, asimismo incluye una guía para su lectura. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 8° Parte - Cómo obra Dios, La Vida de Dios y Operaciones Inmanentes - Ciencia Divina

En esta entrega, el P. Ignacio Garro, S.J. nos presenta las "operaciones divinas", es decir, cómo obra Dios dinámicamente. Acceda AQUÍ.

Catequesis del Papa Francisco

Compartimos las últimas catequesis del Papa Francisco, acceda a través de los siguientes enlaces:
La esperanza de la cruz - Audiencia del 12 de abril.
Cristo resucitado es nuestra esperanza - Audiencia del 19 de abril.
"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20): la promesa que da esperanza - Audiencia del 26 de abril. 
Papa Francisco y su viaje a Egipto - Audiencia del 3 de mayo.

Oraciones diarias Click To Pray en PDF, Videos y Audios - MAYO 2017

Oremos en Mayo junto al Papa Francisco a través de la Red Mundial de Oración. Podemos descargar las oraciones del mes en PDF, o acceder día a día por VÍDEO o AUDIO. Acceda AQUÍ.

Oraciones diarias para unirnos a la Red Mundial del Papa en el mes de MAYO 2017 - ClickToPray, 16 al 31

Compartimos las oraciones diarias de ClickToPray - Red Mundial de Oración del Papa, para continuar unidos en oración a lo largo del día durante Mayo. Agradecemos al P. José Enrique Rodríguez S.J. Secretario Nacional del Apostolado de la Oración - Perú, por compartir este material. Acceda AQUÍ.

Jesús es el camino, la verdad y la vida



P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Domingo V

Juan 14, 1-12

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy».
Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.
Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?. El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: «Muéstranos al Padre»?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.


El Señor Jesús camino, verdad y vida nos muestra con su vida al Padre.

La Iglesia, a través de su liturgia, y a través de las lecturas bíblicas en las que nos hace meditar, prolonga por varios domingos la reflexión sobre la Resurrección, el hecho central de nuestra salvación. Para profundizar sobre el significado de este hecho central, hoy nos pone esta lectura del Evangelio de San Juan, en que se contienen lecciones fundamentales de lo que significa la Pascua de Jesús, o sea, su paso de este mundo al Padre.

El párrafo que leemos hoy es parte del discurso de despedida de Jesús de sus apóstoles en la Ultima Cena. Jesús dialoga con sus amigos y les dice que no se pongan tristes por su partida; Jesús los estaba observando con especial interés y afecto y los ve con el ánimo por el suelo; esa noche de la Ultima Cena estaba cargada de emociones, de tristeza. Y por eso quiere animarles; la razón que da para consolarlos es doble: informarles a dónde va El mismo, y que la separación será breve, porque ellos le acompañarán pronto.

Uno de los apóstoles, Tomás, que había estado escuchando con atención, sin perderse ni una palabra, le pregunta ¿y cómo se va a ese sitio que parece estupendo? Estamos hablando de viaje, de lugar de llegada, pero ¿cómo se va hasta allá? Una pregunta del todo natural. A la que Jesús responde: Yo mismo soy el camino, y la verdad y la vida. Aquí está dando Jesús una respuesta profunda a lo que Tomás le pregunta, y está dando una respuesta a todos los que pueden preguntarse por el sentido de sus propias vidas: Jesús nos dice a todos los que necesitamos una orientación clara y segura para nuestras vidas, que El es el camino, y la verdad, y la vida.

Cuando Cristo resucite (este diálogo que comentamos está teniendo lugar en la Ultima Cena del Jueves Santo) podrán al fin entender qué camino tan maravilloso es: Jesucristo resucitado es el camino, así será nuestro futuro.

Y para reforzar su afirmación añade: nadie va a al Padre, sino por mí; para llegar a la meta del camino de la vida que es el Padre, hay que ir por Jesús. No hay otro camino por donde ir. Aquí ya ha respondido algo más de lo que preguntaba Tomás, y dice a dónde lleva este camino: al Padre. Todo esto debería dejar plenamente en paz a estos apóstoles turbados por los acontecimientos trágicos que se avecinan: el encarcelamiento y la muerte de Jesús. Todo esto debería dejarnos tranquilos a nosotros, cuando sufrimos y sentimos amenazas: el camino de tu vida te lleva por Jesús a tu Padre.

Felipe, también está atento al diálogo, parece que los apóstoles ni respiran para oír bien todo lo que está diciendo Jesús. Felipe, pues, interviene en el diálogo: entonces, dice él, nos basta que nos muestres al Padre: si estás consolándonos, si dices que el camino que eres tú conduce al Padre ¿entonces por qué no nos enseñas al Padre? así quedaremos satisfechos.

Jesús llega al final de la plenitud de su enseñanza diciendo que el que lo ha visto a El, ha visto al Padre. Como diciendo: ustedes han estado contentos conmigo, me conocen, pues ya conocen al Padre; yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí. La de Felipe es una pregunta que muchas veces nos hacemos ¿cómo es Dios?, es lo mismo que decir: ¡muéstranos al Padre! Jesús, al identificarse con el Padre, además de darnos una lección teológica sobre el misterio de su consubstancialidad con el Padre, nos está poniendo al alcance de los ojos la realidad de Dios.

El Padre es como Jesús. Dios es de bueno como Jesús: Dios Padre se interesa por los hombres para salvarlos, como Jesús. Como Jesús es amigo que nunca falla (pues Jesús se define como amigo de sus discípulos), y defiende a los suyos (como cuando Jesús defendió a los apóstoles que son atacados por los fariseos). El corazón del Padre está lleno de una ternura inacabable para atender a los niños, y a todos los que son como niños, sin prisas. Que es firme cuando se hace necesario, que goza con un paseo en barca y contemplando los lirios del campo. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. Para nosotros, especialmente después que el Hijo de Dios se encarnó y vivió en nuestro mundo, Dios no es un desconocido. También San Pablo dirá, a este propósito, Cristo es la imagen visible del Dios invisible (Col 1, 15).



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Jesús, el Buen Pastor



P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Domingo IV

Juan 10, 1-10

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz». 
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir. Entonces Jesús prosiguió: 
«Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.
Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento.
El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.


El Señor, Buen Pastor; a su lado hay paz, hay protección, desaparece el miedo.

Un hermoso evangelio es el que leemos este domingo; Jesús es el Buen Pastor y ahora resucitado especialmente nos dice que nos guía, que nos defiende y que nos alimenta. Jesús resucitado es el Buen Pastor que cuida de sus apóstoles temerosos, que se aparece a las mujeres, que busca a los discípulos de Emaús, que sigue presente siempre en su Iglesia.

Y al ponernos este ideal del Buen Pastor, el Evangelio nos enseña cómo deben ser todos los que el Señor ha escogido como pastores, para que continúen siendo los buenos pastores de su Iglesia. Así este domingo de forma especial la Iglesia quiere que todos los fieles reflexionemos y oremos por esos que el Señor ha escogido para que sean imágenes verdaderas del Buen Pastor; la Iglesia quiere que oremos por los sacerdotes, especialmente en el día de hoy.

¿Y qué quiere Jesús de aquellos que ha escogido para que le sucedan en el oficio de buen pastor? ¿Cómo quiere la Iglesia que sean sus sacerdotes? ¿Qué esperan los fieles cristianos de sus Pastores?

En primer lugar que sean hombres de Dios. O sea hombres que con su presencia misma hacen presente a Dios, porque viven en íntima unión con Dios y lo proclaman siempre con sus palabras y con sus obras. Y esta proclamación de Dios la hacen con su mensaje, no el que han aprendido en libros de alta teología, sino con el mensaje que llevan en su corazón. El sacerdote es un hombre a través del cual Dios mismo trasmite su palabra a los fieles, les trasmite su Buena Noticia de salvación. El sacerdote, instrumento de Dios debe ser fiel al mensaje, y cuidar que al pasar este mensaje a través de su persona, no se distorsione, sino que adquiera calor y llegue como mensaje vivo a sus hermanos.

El sacerdote, según quiere Jesús, debe ser un hombre de la Eucaristía. Que haga de verdad, al celebrar la Eucaristía, lo mismo que El hizo en la última Cena. Vivir la Eucaristía, para poder celebrar dignamente la Eucaristía, como vida que se entrega, como sangre que se derrama. El sacerdote debe repartir su vida, y derramar cada gota de su energía por la salvación de sus hermanos. La Eucaristía debe convertirse en la norma de su propia vida personal. Celebrar cada Eucaristía con la emoción con que fue celebrada la primera Misa en el Cenáculo. Este es el ideal eucarístico al que debe aspirar el sacerdote.

El sacerdote debe ser un hombre del perdón, ya que una de las tareas fundamentales que se le encomiendan es la administración del perdón de los pecados a través del Sacramento de la Reconciliación. Por eso debe ser comprensivo y misericordioso. Debe asumir el papel del Padre del Hijo Pródigo cada vez que un penitente se pone a sus pies para pedir el perdón de sus pecados. Y por eso debe hacer sentir al penitente el abrazo de Dios y la alegría por la purificación de sus pecados. Debe hacer sentir al pecador que el Padre lo recibe con alegría otra vez en su casa. Y esto debe hacerlo sentir también en cualquier otra situación.

Jesús, la Iglesia y los fieles, esperan que el sacerdote sea un hombre que trasmita la misericordia de Dios, que haga saber a todos que Dios es amor, y que él mismo sea siempre para todos sus hermanos, eso mismo, amor. Cumplir lo que el Señor manifestó: ámense unos a otros como yo los he amado. Amor puro que buscar dar incondicionalmente. Manifestación continua de la bondad del Señor. Siempre dispuesto a la comprensión. Quitar todas las rigideces de su conducta y buscar siempre la forma de estar de parte de sus hermanos.

El sacerdote debe ser un hombre del servicio. Jesús dijo que no había venido a ser servido, sino a servir. Estar disponible siempre, sabiendo que las veinticuatro horas de su día, son horas y tiempo de sus hermanos. Y querer especialmente ayudar a los que se sienten aislados, marginados y postergados. El sacerdote que busca siempre el provecho de sus hermanos y nunca el propio provecho a través de su ministerio. Sacerdote que se olvida de sí mismo, que no pretenda utilizar su ministerio para lograr triunfos personales o privilegios.

El sacerdote hombre que vive en este mundo, pero que no busca nada de este mundo, desprendido de todo afán de enriquecimiento, o de lucro. Que sabe estar en el mundo sin atarse a nada de este mundo. Que recuerda que su Maestro no tenía ni dónde reclinar su cabeza.

El sacerdote, hombre de oración, hombre de la alegría, hombre amigo, hombre débil que manifiesta la fuerza que tiene Dios, hombre que es mensaje de esperanza siempre para sus hermanos, hombre que sabe sonreír ante los problemas y que sabe hacer sonreír, hombre que comprende todas las debilidades porque él mismo sabe que es débil. Hombre para el que lo más sagrado que hay en este mundo, después de Dios mismo, es su hermano que es Templo de Dios.

¿Es posible que un hombre se atreva a tener este ideal para su vida? Sí, es posible con la oración de sus hermanos, a través de la cual se consigue la gracia de Dios, que hace fuertes a los débiles, y que hace santos de entre la masa de los pecadores.


Imagen: Cruz pectoral del Papa Francisco, que muestra al Buen Pastor.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Libros Históricos del Antiguo Testamento: 2° Libro de Samuel




P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.

El gran rey David

David nace hacia el 1040 a.C. en Belén de Judá. (El rey Saúl pertenecía a la tribu de Benjamín). Fue, sin duda, una persona brillante y extraordinaria desde muy joven. Tenía cualidades de poeta y músico, y llegó a ser una persona familiar en la casa del rey Saúl, haciéndose amigo entrañable de su hijo Jonatán y esposo de su hija Mical.

Pero David pertenecía a la tribu de Judá y no a la de Benjamín, y el interesado Saúl, al parecer, quería que la realeza siguiera en manos de su propia tribu, la de Benjamín. Fue tan aguda su preocupación dinástica, a medida que avanzaba en edad, que David se sintió vitalmente amenazado y decidió huir de aquella corte. Perseguido por un Saúl celoso, encontró refugio y ayuda del príncipe filisteo de Gat, que llegó incluso a concederle la ciudad de Sicelag. Su actitud fue entonces ambigua, la de favorecer a los filisteos “sus aliados”, evitando en lo posible el atacar a sus propios hermanos de raza. Pero trata de acrecentar su influencia en Judá mediante ayudas económicas.

Saúl y su heredero quedan exterminados por los filisteos en Gelboé. Como lo indicamos más arriba, Jonatán murió también en aquella infeliz batalla. David no tomaba parte en ella. Pero las tribus del Norte se sintieron amenazadas por los engreídos filisteos. Es el momento en el que David se hace proclamar rey de Judá en Hebrón, rompe con sus amigos filisteos y proyecta la alianza entre todas las tribus. Luego de intrigas y asesinatos por el poder en el reino del Norte, los ancianos de estas tribus acuden a Hebrón con el fin de reconocer a David como rey suyo. Se logra así la unión entre el N. (Israel) y el S. (Judá).

David rechaza entonces a los filisteos hacia la costa y conquista Jerusalén, ciudad considerada como inexpugnable bajo los jebuseos. La ciudad no pertenecía ni a Israel ni a Judá, y David establece en ella la capital, y la hace depositaría de lo más venerado como era el Arca de la Alianza.

David amplió sus conquistas hacia el Norte, hasta Siria; firmó tratados con los fenicios y estableció relaciones amigables con Egipto. Todo ésto fue posible porque tanto los pueblos egipcios y los de la mesopotamia se encontraban en circunstancias de desagregación y debilidad.

La sucesión del indiscutido y enaltecido rey David se constituye en un grave problema, porque sus herederos se disputan entre sí la primacía en el poder. (Los hijos provenían de varias esposas). El rey se decidió al fin por Salomón, fruto de su relación con su querida y amada Betsabé.


Guía del Libro segundo de Samuel

(1,1-27)  • Reacción de David ante la muerte de Saúl y Jonatán.
(2,1-5,5) • David, rey de Judá. • Batalla de Gabaón. • Intrigas y disensiones en Israel. • David, es al fin consagrado también como rey de Israel.
(5, 6-8,18) • Conquista de Jerusalén. • Victoria contra los filisteos. • El arca en Jerusalen. • Profecía de Natán. • Oración de David. • Sumisión de los pueblos vecinos.
(9,1-12,31) • El hijo de Jonatán en la corte de David. • Derrota de los amonitas y árameos. • El gran pecado de David. • Su arrepentimiento. • Muerte del hijo de Betsabe y nacimiento de Salomón. • Conquista de Rabé.
(13,1-16,14) • Pecados de Amnón. • Venganza y fuga de Absalón. «Su regreso y perdón. • Intrigas de Absalón. • Huida de David. • Sibá y Semeí.
(16,15-20,26) • Absalón en Jerusalén. • Los consejos de Ajitófel y Jusay. • David es alertado.• Derrota de la gente de Absalón. • Su muerte. • Dolor de David. • Su regreso a Jerusalén. • Israel y Judá se disputan al rey. • Sedición y muerte de Seba, de la tribu de Benjamín.
(21,1-24,25) • Apéndices: David y los gabaonitas; los valientes de David; salmo 17 (18);
últimas palabras, más héroes, censo del pueblo y la peste; reparación del pecado.


TODAS LAS TRIBUS DE ISRAEL FUERON A HEBRÓN A VER A DAVID Y LE DIJERON: HUESO Y CARNE SOMOS; YA HACE TIEMPO, CUANDO TODAVÍA SAÚL ERA NUESTRO REY, ERAS TÚ QUIEN DIRIGÍAS LAS ENTRADAS Y SALIDAS DE ISRAEL. ADEMÁS EL SEÑOR TE HA PROMETIDO: TÚ SERÁS EL PASTOR DE MI PUEBLO ISRAEL, TÚ SERÁS EL JEFE DE ISRAEL. TODOS LOS ANCIANOS DE ISRAEL FUERON A HEBRÓN A VER AL REY, Y EL REY DAVID HIZO CON ELLOS UN PACTO EN HEBRÓN, EN PRESENCIA DEL SEÑOR, Y ELLOS UNCIERON A DAVID COMO REY DE ISRAEL. TENÍA TREINTA AÑOS CUANDO EMPEZÓ A REINAR, Y REINÓ CUARENTA AÑOS;
EN HEBRÓN REINÓ SOBRE JUDÁ SIETE AÑOS Y MEDIO, Y EN JERUSALÉN REINÓ TREINTA Y TRES AÑOS SOBRE ISRAEL Y JUDÁ. (2SM 5,1-5)




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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Papa Francisco y su viaje a Egipto



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de mayo de 2017


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy deseo hablaros del viaje apostólico que, con la ayuda de Dios, he realizado los días pasados a Egipto. He ido a ese país después de una cuádruple invitación: del presidente de la República, de Su Santidad el Patriarca Copto Ortodoxo, del Gran Imán de Al-Azhar y del Patriarca Copto Católico. Doy las gracias a cada uno de ellos por la acogida que me han reservado, verdaderamente calurosa. Y doy las gracias a todo el pueblo egipcio por la participación y el afecto con el cual ha vivido esta visita del sucesor de san Pedro.

El presidente y las autoridades civiles han puesto un esmero extraordinario para que este evento pudiese desarrollarse de la mejor de las maneras; para que pudiese ser un signo de paz, un signo de paz para Egipto y para toda aquella región, que desgraciadamente sufre por los conflictos y el terrorismo. Efectivamente el lema del viaje era “el Papa de paz en un Egipto de paz”. Mi visita a la Universidad Al-Azhar, la universidad islámica más antigua y máxima institución académica del islam sunita, ha tenido un doble horizonte: el del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, el de la promoción de la paz en el mundo. En Al-Azhar tuvo lugar el encuentro con el Gran Imán, encuentro que se ha extendido a la Conferencia Internacional por la Paz. En tal contexto ofreció una reflexión que ha valorizado la historia de Egipto como tierra de civilización y tierra de alianzas. Para toda la humanidad Egipto es sinónimo de antigua civilización, de tesoros, de arte y de conocimiento; y esto nos recuerda que la paz se construye mediante la educación, la formación de la sabiduría, de un humanismo que comprende como parte integrante la dimensión religiosa, la relación con Dios, como recordó el Gran Imán en su discurso. La paz se construye también volviendo a partir de la alianza entre Dios y el hombre, fundamento de la alianza entre todos los hombres, basada en el Decálogo escrito sobre las tablas de piedra del Sinaí, pero mucho más profundamente en el corazón de cada hombre de todo tiempo y lugar, ley que se resume en los dos mandamientos del amor de Dios y del prójimo. Este mismo fundamento está también en la base de la construcción del orden social y civil, al cual están llamados a colaborar todos los ciudadanos, de cada nación, cultura y religión. Tal visión de sana laicidad ha emergido en el intercambio de discursos con el presidente de la República de Egipto, ante la presencia de las autoridades del país y del cuerpo diplomático. El gran patrimonio histórico y religioso de Egipto y su papel en la región de Oriente Próximo le confieren una tarea peculiar en el camino hacia una paz estable y duradera, que se apoye, no en derecho de la fuerza, sino en la fuerza del derecho.

Los cristianos, en Egipto como en cada nación de la tierra, son llamados a ser levadura de fraternidad. Y esto es posible si viven en sí mismos la comunión en Cristo. Una fuerte señal de comunión, gracias a Dios, la hemos podido dar juntos con mi querido hermano el Papa Teodoro II, Patriarca de los copto ortodoxos. Hemos renovado el compromiso, además firmando una Declaración común, de caminar juntos y de comprometernos para no repetir el bautismo administrado en las respectivas Iglesias. Juntos hemos rezado por los mártires de los recientes atentados que han golpeado trágicamente aquella venerable Iglesia; y su sangre ha hecho fecundo ese encuentro ecuménico, en el cual ha participado también el Patriarca de Constantinopla Bartolomé: el Patriarca ecuménico, mi querido hermano.

El segundo día del viaje estuvo dedicado a los fieles católicos. La Santa Misa celebrada en el Estadio puesto a disposición por las autoridades egipcias fue una fiesta de fe y de fraternidad en la cual sentimos la presencia viva del Señor Resucitado. Comentando el Evangelio, exhorté a la pequeña comunidad católica en Egipto a revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que “¡hemos encontrado al Señor!” Y el último momento lo viví junto a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas y los seminaristas, en el Seminario Mayor. Hay muchos seminaristas: ¡esta es una consolación! Ha sido una Liturgia de la Palabra, en la cual han sido renovadas las promesas de la vida consagrada. En esta comunidad de hombres y mujeres que han elegido donar la vida a Cristo por el Reino de Dios, he visto la belleza de la Iglesia en Egipto y he rezado por todos los cristianos de Oriente Medio, para que guiados por sus pastores y acompañados por los consagrados, sean sal y luz en aquellas tierras, en medio de aquellos pueblos. Egipto, para nosotros, ha sido signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando esa parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fueron allí; luego, cuando Jesús fue perseguido, fue allí. Por esto, narraros este viaje significa recorrer el camino de la esperanza: para nosotros Egipto es el signo de esperanza tanto para la historia como para la actualidad, de esta fraternidad que he querido contaros. Doy las gracias de nuevo a quienes han hecho posible este viaje y a cuantos en diversos modos han ofrecido sus oraciones y sus sufrimientos. La Santa Familia de Nazaret, que emigró a las orillas del Nilo para escapar de la violencia de Herodes, bendiga y proteja siempre al pueblo egipcio y le guíe sobre el camino de la prosperidad, de la fraternidad de la paz.




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Tomado de:
http://w2.vatican.va

"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20): la promesa que da esperanza



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 26 de abril de 2017


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Estas últimas palabras del Evangelio de Mateo hacen referencia al anuncio profético que encontramos al principio: «Y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: Dios con nosotros» (Mateo 1, 23; cf Isaías 7, 14). Dios estará con nosotros, todos los días, hasta el final del mundo. Jesús caminará con nosotros, todos los días, hasta el final del mundo. Todo el Evangelio está contenido entre estas dos citas, palabras que comunican el misterio de Dios cuyo nombre, cuya identidad es estar-con: no es un Dios aislado, es un Dios-con, en particular con nosotros, es decir con la criatura humana. Nuestro Dios no es un Dios ausente, secuestrado por un cielo muy alejado; es, en cambio, un Dios “apasionado” del hombre, tan tiernamente amante como para ser incapaz de separarse de él. Nosotros humanos somos hábiles en el cortar uniones y puentes. Él, sin embargo, no. Si nuestro corazón se enfría, el suyo permanece siempre incandescente. Nuestro Dios nos acompaña siempre, incluso si por desgracia nosotros nos olvidáramos de Él. En la cresta que divide la incredulidad de la fe, es decisivo el descubrimiento de ser amados y acompañados por nuestro Padre, de no ser nunca dejados solos por Él.

Nuestra existencia es una peregrinación, un camino. También los que están movidos por una esperanza especialmente humana, perciben la seducción del horizonte, que les empuja a explorar mundos que aún no conocen. Nuestra alma es un alma migrante. La Biblia está llena de historias de peregrinos y viajeros. La vocación de Abraham comienza con este mandamiento: «Vete de tu tierra» (Génesis 12, 1). Y el patriarca deja ese pedazo de mundo que conocía bien y que era una de las cunas de la civilización de su tiempo. Todo conspiraba contra la sensatez de ese viaje. Y aún así Abraham sale. No se convierte en hombres y mujeres maduros si no se percibe la atracción del horizonte: ese límite entre el cielo y la tierra que pide ser alcanzado por un pueblo de caminantes.
En su camino por el mundo, el hombre nunca está solo. Sobre todo el cristiano no se siente nunca abandonado, porque Jesús nos asegura que no nos espera solo al final de nuestro largo viaje, sino que nos acompaña en cada uno de nuestros días.

¿Hasta cuándo perdurará el cuidado de Dios respecto al hombre? ¿Hasta cuándo el Señor Jesús, que camina con nosotros, hasta cuándo cuidará de nosotros? La respuesta del Evangelio no deja lugar a dudas: ¡hasta el fin del mundo! Pasarán los cielos, pasará la tierra, serán canceladas las esperanzas humanas, pero la Palabra de Dios es más grande que todo y no pasará. Y Él será el Dios con nosotros, el Dios Jesús que camina con nosotros. No habrá día de nuestra vida en el que cesemos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Pero alguno podría decir: “¿Pero qué está diciendo usted?”. Digo esto: no habrá día de nuestra vida en el que cesemos de ser una preocupación para el corazón de Dios. Él se preocupa por nosotros, y camina con nosotros. ¿Y por qué hace esto? Simplemente porque nos ama. ¿Entendido esto? ¡Nos ama! Y Dios seguramente cubrirá todas nuestras necesidades, no nos abandonará en el tiempo de la prueba y de la oscuridad. Esta certeza pide que se anide en nuestra alma para no apagarse nunca. Alguno la llama con el nombre de “Providencia”. Es decir, la cercanía de Dios, el amor de Dios, el caminar de Dios con nosotros se llama también la “Providencia de Dios”: Él provee nuestra vida.

No por casualidad entre los símbolos cristianos de la esperanza hay uno que a mí me gusta mucho: el ancla. Expresa que nuestra esperanza no es vaga; no va confundida con el sentimiento transitorio de quien quiere mejorar las cosas de este mundo de forma poco realista, basándose solo en la propia fuerza de voluntad. La esperanza cristiana, de hecho, encuentra su raíz no en el atractivo del futuro, sino en la seguridad de lo que Dios nos ha prometido y ha realizado en Jesucristo. Si Él nos ha garantizado que no nos abandonará nunca, si el inicio de cada vocación es un «Sígueme», con el que Él nos asegura permanecer siempre delante de nosotros, ¿entonces por qué temer? Con esta promesa, los cristianos pueden caminar por todos lados. También atravesando porciones de mundo herido, donde las cosas no van bien, nosotros estamos entre aquellos que también allí continúan esperando. Dice el salmo: «Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo» (Salmo 23, 4). Es precisamente donde se extiende la oscuridad que es necesario tener encendida una luz. Volvamos al ancla. Nuestra fe es el ancla en el cielo. Nosotros tenemos nuestra vida anclada en el cielo. ¿Qué debemos hacer? Sujetarnos a la cuerda: está siempre allí. Y vamos adelante porque estamos seguros que nuestra vida tiene como un ancla en el cielo, en esa orilla a la que llegaremos.

Cierto, si confiáramos solo en nuestras fuerzas, tendríamos razón de sentirnos desilusionados y derrotados, porque el mundo a menudo se demuestra refractario a las leyes del amor. Prefiere, muchas veces, las leyes del egoísmo. Pero si sobrevive en nosotros la certeza de que Dios no nos abandona, que Dios nos ama tiernamente a nosotros y a este mundo, entonces enseguida cambia la perspectiva. “Homo viator, spe erectus”, decían en la antigüedad. A lo largo del camino, la promesa de Jesús «Yo estoy con vosotros» nos hace estar de pie, erigidos, con esperanza, confiando en que el Dios bueno está ya trabajando para realizar lo que humanamente parecía imposible, porque el ancla está en la playa del cielo.

El santo pueblo fiel de Dios es gente que está de pie —“homo viator”— y camina, pero de pie, “erectus”, y camina en la esperanza. Y allá donde va, sabe que el amor de Dios lo ha precedido: no hay parte del mundo que escape de la victoria de Cristo Resucitado. ¿Y cuál es la victoria de Cristo Resucitado? La victoria del amor.
Gracias.

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Tomado de:
http://w2.vatican.va

Cristo resucitado es nuestra esperanza



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 19 de abril de 2017



 Cf. 1 Cor 15

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy a la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrando con la Liturgia. Por ello, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablaros de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta san Pablo en la Primera Carta a los Corintios (cf cap. 15).

El apóstol quiere dirimir una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto está en el centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, por orden de importancia, es el primero: todo efectivamente se basa en esta premisa.

Hablando a sus cristianos, Pablo parte de un dato inapelable, que no es el resultado de una reflexión de un hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un acontecimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús. Pablo lo resume de esta manera: Jesús ha muerto por nuestros pecados, fue sepultado, y el tercer día resucitó y se apareció a Pedro y a los Doce (cf 1 Corintios 15,3-5). Este es el hecho: murió, fue sepultado, resucitó y se apareció. Es decir, ¡Jesús está vivo! Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este acontecimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si efectivamente todo hubiera terminado con su muerte, en Él tendríamos un ejemplo de devoción suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Murió, pero resucitó. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo murió, y murió crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio creer que resucitó sí. Nuestra fe nace la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se apareció (cf. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que entraron en contacto con el Resucitado. Encabezando la lista está Cefas, es decir Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía su testimonio, luego es citado Santiago. Último de la lista —como el menos digno de todos— está él mismo. Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (cf v. 8). Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: él no era un monaguillo, sino un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy límpida de qué era la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto, —todo era perfecto en Pablo, sabía todo— en este cuadro perfecto de vida, un día ocurrió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, sobre la vía de Damasco. Allí no hubo solamente un hombre que cayó al suelo: hubo una persona aferrada por un evento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿por qué? Por que ¡yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como el de la fe de la Iglesia, como el de nuestra fe.

¡Qué bonito es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda respecto a Dios —una búsqueda, en verdad, tan titubeante—, sino más bien la búsqueda de Dios respecto a nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha agarrado, nos ha conquistado para no dejarnos más. El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de estupor. Un corazón racionalista es incapaz del estupor, y no puede entender qué es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, y aún más se encuentra en el estupor del encuentro.

Y entonces, aunque seamos pecadores —todos nosotros lo somos—, si nuestros propósitos de bien han permanecido sobre el papel, o también si, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado muchos fracasos... En la mañana de Pascua podemos hacer como esas personas de las cuales habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra volcada y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poquito dentro. Ir ahí, y ver cómo Dios es capaz de resurgir de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que hubiera solo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer a sus flores más bonitas en medio de las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande que la nada, y basta sólo una vela encendida para vencer a la más oscura de las noches. Pablo grita, haciéndose eco de los profetas: «¿Dónde está oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está oh muerte, tu aguijón?» (v. 55). Durante estos días de Pascua, llevamos este grito en el corazón. Y si nos dirán el porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que sigue estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la plaza, con nosotros: vivo y resucitado.



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Tomado de:
www.vatican.va

La esperanza de la cruz


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 12 de abril de 2017



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hicimos memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de gran multitud. Esta gente depositaba en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la libertad de los enemigos invasores. ¿Quién de ellos habría imaginado que poco después Jesús sería humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se caen delante de la cruz. Pero nosotros creemos que precisamente en el Crucifijo nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen delante de la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, las que duran para siempre. Es una esperanza diferente la que nace de la cruz. Es una esperanza diferente de las que caen, de las del mundo. Pero ¿de qué esperanza se trata? ¿Qué esperanza nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús precisamente después de haber entrado en Jerusalén: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24). Intentemos pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se rompe, se abre, entonces da vida a una espiga, a un brote, después a una planta y la planta dará fruto.

Jesús ha llevado al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho como la semilla: se ha hecho pequeño pequeño, como un grano de trigo; ha dejado su gloria celeste para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto Jesús ha vivido el amor hasta el fondo, dejándose romper por la muerte como una semilla se deja romper bajo tierra. Precisamente allí, en el punto extremo de su abajamiento —que es también el punto más alto del amor— ha germinado la esperanza. Si alguno de vosotros pregunta: “¿Cómo nace la esperanza?”. “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna”. Y esta esperanza ha germinado precisamente por la fuerza del amor: porque es el amor que «todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Corintios 13, 7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo sobre sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchad bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto porque allí, en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús cada oscuridad nuestra puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida plena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que la forma de vivir vencedora es la de la semilla, la del amor humilde. No hay otro camino para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero vosotros podéis decirme: “¡No, es una lógica perdedora!”. Parecería así, que sea una lógica perdedora, porque quien ama pierde poder. ¿Habéis pensando en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es el camino de Dios, y solo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer empuja siempre a querer otra cosa. He obtenido una cosa para mí y enseguida quiero una más grande, y así sucesivamente, y no estoy nunca satisfecho. ¡Esa es una sed fea! Cuando más tienes, más quieres. Quien es voraz no está nunca saciado. Y Jesús lo dice de forma clara: «El que ama su vida, la pierde» (Juan 12, 25). Tú eres voraz, buscas tener muchas cosas pero... perderás todo, también tu vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha solo de sí mismo y pierde. Quien acepta, sin embargo, está disponible y sirve, vive a la forma de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los otros: se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bonito ayudar a los otros, servir a los otros... ¡Quizá nos cansaremos! Pero la vida es así y el corazón se llena de alegría y de esperanza. Esto es amor y esperanza juntos: servir y dar.

Cierto, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el pasaje obligado, pero no es la meta, es un pasaje: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Juan 16, 21). Así es: donar la vida, no poseerla. Y esto es lo que hacen las madres: dan otra vida, sufren, pero después están alegres, felices porque han dado a luz otra vida. Da alegría; el amor da a luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Amo? ¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?”, porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplamos el Crucifijo, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Quisiera ahora daros una tarea para hacer en casa. A todos nos hará bien deteneros delante del Crucifijo —todos vosotros tenéis uno en casa— mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puede siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginamos ahora el Crucifijo y todos juntos decimos tres veces a Jesús Crucificado: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. ¡Más fuerte! “Tú eres mi esperanza”. Gracias.


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Tomado de:
www.vatican.va

Santísima Trinidad: 8° Parte - Cómo obra Dios, La Vida de Dios y Operaciones Inmanentes - Ciencia Divina




Por el P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


4. CÓMO OBRA DIOS (QUOMODO OPERETUR): LA ESENCIA FISICA DE DIOS: ATRIBUTOS DIVINOS OPERATIVOS

Una vez considerada la naturaleza divina en sí misma, como estática, es lógico estudiar esa misma naturaleza divina como operativa y dinámica, es decir, tenemos que ver las "operaciones divinas", cómo obra Dios dinámicamente. En Dios podemos distinguir dos clases de operaciones:

  1. Las operaciones inmanentes, es decir, la acción de Dios "ad intra", que permanecen en Dios que las ejecuta, por ejemplo, su entender y su querer.
  2. Las operaciones transeúntes, es decir, las operaciones "ad extra" que producen efectos extrínsecos a la divinidad, por ejemplo, el poder de Dios en la obra de la creación, de la Redención y de la inhabitación en la criatura humana. Así pues, en el presente apartado estudiaremos:


  • El principio radical de las operaciones divinas, que es la vida de Dios
  • Las operaciones inmanentes, tanto las intelectuales como las volitivas, y así mismo las operaciones del entendimiento en orden a la voluntad, como la providencia, la predestinación y la reprobación.
  • El principio de las operaciones divinas transeúntes, que es el poder de Dios.


Veamos, en esquema, estos temas que vamos tratar.





4.A. LA VIDA DE DIOS

TESIS 15ª.-  "Dios es un ser que verdadera y propiamente vive "

1. Explicación

En este tratado  de Dios Uno, la Vida de Dios la consideramos, sólo dentro de los límites a que puede llegarse sólo con la razón natural, aunque siempre nos apoyemos en los datos revelados propuestos por el Magisterio de la Iglesia. Sabemos, sin embargo, por esa misma revelación y por ese Magisterio que la Vida divina es mucho más rica: en la Vida divina existen procesiones inmanentes "ad intra", tanto del entendimiento como de la voluntad, procesiones que originan unas relaciones subsistentes, que se identifican con la substancia divina, pero que se distinguen entre sí.

2. Magisterio de la Iglesia

Concilio IV de Letrán, 1215: “Firmemente creemos y simplemente profesamos que uno solo es el verdadero Dios ... El Padre no viene de nadie, el Hijo del Padre solo, y el Espíritu Santo igualmente de uno y de otro como de un solo principio. El Padre que engendra, el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede ... Creador de todas las cosas” . Denz 800.

El primer documento del Conc. IV de Letrán, manifiesta las operaciones vitales “ad intra” de la Trinidad. El segundo documento del Conc. Vat. I,  afirma que en Dios se dan entendimiento y voluntad en grado infinito y, por tanto, capacidad ilimitada de operaciones vitales intelectivas y volitivas.

Conc. Vat. I : “La Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e incomunicable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que puede ser concebido”. Denz 3001

3. Adversarios

Sólo los que niegan la existencia de Dios. Todos los que admiten la existencia de Dios, reconocen que es un ser vivo.

4. Sagrada Escritura

Salm  42,3: "Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo"
Salm  83,3: "Mi corazón y mi carne saltan de júbilo por el Dios vivo"
Jer  10,10: "Yahveh es el Dios verdadero; el Dios vivo y el Rey eterno"
Deut  32,39-40: "Yo doy la muerte y doy la vida... Yo alzo al cielo mi mano y digo: tan cierto como he de vivir eternamente".
Jn  1,4: " En El (Verbo) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres"
Jn 14, 5b: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Hech  17,25: " El mismo da a todos la vida, el aliento y todas las cosas."

5. Argumento teológico

Todo el mundo acepta que la vida es una perfección pura y que es mejor vivir que no vivir. Si Dios tiene todas las perfecciones puras por ser infinitamente perfecto, ha de tener la perfección de la vida y, por tanto, Dios es un ser que verdaderamente y propiamente vive.

Admitido esto, la mayoría de los teólogos, siguiendo a Sto. Tomás sostienen que Dios no solamente vive, sino que es la misma Vida subsistente. Al afirmar esto, los teólogos tienen en cuenta expresiones de la Sagrada Escritura en que Dios se define como la vida misma, Jn.14,6. Sto. Tomás también dice: “Lo mismo que Dios se identifica con su ser y con su entender, así también con su vivir”.

Sto. Tomás razona diciendo: "Hemos dicho que el vivir de Dios es su mismo entender. Pero como en Dios se identifican el entendimiento, el acto de entender y el objeto entendido, dedúcese que cuanto hay en Dios a título de entendido, es su misma vida y su mismo vivir. Por consiguiente, como todas las cosas que Dios hace, están en El como entendidas, todas son en El la misma vida divina". Naturalmente, estas palabras de Sto. Tomás hay que entenderlas en cuanto que Dios es causa eficiente primera de todos los seres, y no causa formal, pues Dios no puede entrar en composición con ningún ser para constituir con él otro ser distinto.


4.B. OPERACIONES INMANENTES

4.B.1. EL CONOCIMIENTO O CIENCIA DIVINA

TESIS 16. "Dios es infinitamente inteligente"

1. Explicación

Este apartado que trata de las operaciones divinas inmanentes, tanto la inteligencia como la voluntad de Dios, es de la máxima importancia ya que repercute en temas teológicos tan  fundamentales como la creación y el gobierno del Universo, etc.

Digamos que la inteligencia o entendimiento divino suele llamarse "ciencia" por los teólogos, por ser la palabra  con que se expresa el conocimiento humano más perfecto. En efecto, la ciencia, es el conocimiento de las cosas por sus causas. La ciencia en cuanto tal, es una perfección pura que, de suyo, no implica imperfección y como tal puede y debe predicarse formalmente de Dios. Como es lógico, la ciencia, así entendida, corresponde a Dios en grado sumo e infinito, por cuanto el conocimiento o inteligencia divina abarca las razones íntimas de las cosas y sus mutuas relaciones.

2. Magisterio de la Iglesia

Conc. Vat. I : “La Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e incomunicable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que puede ser concebido”. Denz 3001

3. Adversarios

Panteístas y evolucionistas: que enseñan que Dios se va conociendo a Sí mismo y a los demás seres al ir El mismo evolucionando, con lo cual niegan la perfección infinita del conocimiento divino.

4. Sagrada Escritura

1 Reyes,  2,3: "Dios de sabiduría es Yahveh".
Salm  135. 4: "Hizo los cielos con sabiduría".
Rom  11,33: " ¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios!....".
Jn  14,6: " Yo soy la Verdad".

5. Argumento teológico

Sto. Tomás se pregunta si en Dios hay ciencia,  y responde afirmativamente diciendo que Dios está en la cúspide del conocimiento. La razón que da es porque Dios está en el vértice de la inmaterialidad, y la inmaterialidad de una cosa es la razón de que ésta tenga capacidad de conocer, y según el modo de la inmaterialidad es el modo de conocimiento. He aquí sus palabras:

"Es indudable que la inmaterialidad de un ser es la razón de que tenga conocimiento, y tanto más y mejor conoce cuanto más inmaterial sea. Por eso las plantas no conocen puesto que son puramente materiales. Los sentidos corporales son ya aptos para conocer, porque reciben la impresión de las cosas sin la materia de esas cosas. El entendimiento, en fin, conoce mucho mejor y más ampliamente que los sentidos, porque  está más alejado de la materia y no se mezcla con ella. Ahora bien, como Dios, según ya hemos visto, está en la cúspide de la inmaterialidad, puesto que es espíritu purísimo, síguese que está también en la cumbre suprema del conocimiento. Luego Dios es infinitamente inteligente y conoce todas las cosas en grado sumo de perfección". Además de este dogma de la infinitud de la inteligencia divina, la teología católica, siguiendo a Sto. Tomás, sostiene una serie de verdades acerca del conocimiento de Dios.

1º. El conocimiento divino es “subsistente”

La ciencia divina no es algo accidental que sobreviene a la esencia de Dios, sino que se identifica con ella, y, por tanto, es subsistente. Dios propiamente no tiene actividad cognoscitiva, si no que es su mismo conocer: “el entender de Dios es su substancia”.

Efectivamente si el conocimiento divino no fuera subsistente, “sería preciso que fuese acto y perfección de la substancia de Dios alguna otra cosa, respecto a la cual la substancia divina sería como la potencia respecto al acto (cosa que es imposible), ya que entender es acto y perfección del que entiende”.

Advirtamos una vez más que hablamos analógicamente del conocimiento divino, aplicándole conceptos del conocimiento humano. Ahora bien, según señala Sto. Tomás, el hombre tiene diversos modos de conocer de acuerdo con los diversos objetos conocidos. Así, en cuanto que conoce los principios o premisas, se dice que tiene “inteligencia”; en cuanto que conoce las conclusiones que tiene, “ciencia”; en cuanto que conoce las causas o razones más profundas ,“sabiduría”; y en cuanto que conoce lo que procede hacer en cada caso, se dice que tiene “prudencia.      

Todas estas expresiones pueden referirse analógicamente a Dios, aunque, hemos hecho notar al principio de la tesis, los teólogos suelen llamar ciencia del entendimiento divino, por considerar que es el término que expresa el conocimiento humano más perfecto.

2º.- El conocimiento divino no es discursivo, sino mediante un único acto simplicísimo

El conocimiento de Dios es tal que no precisa pasar de unos conceptos a otros, ni de los principios extraer las conclusiones. La razón de este perfección del conocimiento divino es, según Sto. Tomás que en esto sigue a S. Agustín, porque Dios lo conoce y ve todo simultáneamente y no en las cosas mismas, sino en Sí mismo, que es absolutamente uno. El pensamiento de S. Agustín, en que se apoya Sto. Tomás, es éste. “Dios no va viendo las cosas una por una, como si su mirada fuera pasando de unas a otras, sino que las ve todas a la vez”

En la raíz más profunda de esta argumentación está la realidad misma de Dios, que es acto puro, es decir, sin ninguna potencialidad, y por eso en su conocimiento no puede haber paso de la potencia al acto, ni de lo conocido a lo desconocido.

3º.- El conocimiento divino es exhaustivo

Si Dios es infinitamente inteligente, penetra todo profundísimamente e se incluso conoce a Sí mismo. Sto. Tomás razona así: “la capacidad de Dios para conocer se corresponde con la infinitud de su ser ... de donde queda claro que se conoce a Sí mismo tanto cuanto puede ser conocido. Y, por eso, se comprende (comprehensivamente) a sí mismo”.

4º.- El conocimiento de Dios es inmutable

El conocimiento divino no varía, ni cambia porque no adquiere conocimientos nuevos, ni pierde u olvida los que ya tiene, sino que siempre es el mismo, sin aumento ni disminución. La razón de esta invariabilidad esta en que el conocimiento de Dios se identifica con la esencia divina y ésta es absolutamente inmutable”.

5º.- El conocimiento de Dios, es independiente de las cosas creadas

Sto. Tomás afirma que: “en Dios el entendimiento que conoce y lo conocido, la especie inteligible y el mismo conocer son todo una misma cosa”. Quiere esto decir que el entendimiento divino, al conocer las realidades distintas de Dios, no ha sido estimulado por esas mismas realidades extradivinas, sino por su propia esencia divina. La razón es que las criaturas no pueden ser causa determinante del conocimiento divino, sino sólo término del mismo; por otra parte, Dios no puede conocer las criaturas mediante especies inteligibles o imágenes impresas desde fuera, porque esto implicaría que Dios guardara con tales especies o imágenes, distintas de Sí mismo  la proporción de potencia a acto, y esto no cabe en Dios, que es acto purísimo. Dios, por tanto, conoce las criaturas en su propia esencia divina, causa ejemplar y eficiente de las realidades existentes, y causa ejemplar de las meramente posibles.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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El amor es el núcleo de los diez mandamientos


P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Domingo VI

Juan 14, 15-21

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».

Palabra de Dios.


Jesús nos enseña que el amor es el núcleo de los diez mandamientos.


Entre otras lecciones de Jesús en estos versículos, hay una en que junta el amor y el cumplimiento de los mandamientos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Estas palabras de Jesús nos hacen recordar las cláusulas de la Alianza que Dios estableció con los judíos, por medio de Moisés en el monte Sinaí: Ustedes serán mi pueblo si guardan mis mandamientos; o sea que la relación amorosa entre Dios y los hombres, incluye el que éstos cumplan con los diez mandamientos.

A la vista salta que se han juntado dos cosas que parecerían contrapuestas: el amor y el cumplimiento de la ley, el legalismo y el afecto, el deber que puede ser exigido y el amor que es enteramente libre. Pero es un contraste solamente aparente. No es que Jesucristo ponga una condición arbitraria para amarle a él, cumplir los mandamientos; se trata de hacernos caer en la cuenta que nuestro amor a El no sería auténtico si no se manifiesta en una vida pura; el llevar una vida de acuerdo con los mandamientos de Dios, es la muestra de la autenticidad de nuestro amor.

Así en la afirmación de Jesús, casi podríamos decir que las dos frases son equivalentes: guardar los mandamientos es amar a Jesús, amar a Jesús es guardar los mandamientos. Si se ama a Jesús de veras, surge, como necesidad interior el actuar de acuerdo a los mandamientos, aunque éstos no estuvieran ni escritos, ni mandados. Y es hermoso descubrir que Dios se considera amado por el hombre, cuándo éste respeta a sus padres, cuando defiende la vida, cuando respeta todo lo del prójimo. Cada acto de éstos, que decimos de cumplimiento de los mandamientos, en realidad es un verdadero acto de amor, y así deberíamos considerarlo.

Por eso hay que entender cabalmente lo que son los mandamientos, para liberarlos del carácter legalista que frecuentemente les damos, y para preservar su verdadera esencia. El puro legalismo nos lleva a un cumplimiento externo de la ley, y no nos lleva a querer con todo el corazón lo que ella manda. Pero si esto está mal en las leyes humanas, peor es en la ley divina. Supongamos que una persona no trafica en drogas, sólo por la sanción en que puede incurrir; ése tiene un sentido puramente legalista, y muy pobre como ciudadano, no ha interiorizado la ley, en su corazón no hay un valor correspondiente a la ley.

La ley de Dios, los Mandamientos, son parte de la Alianza (pacto de amor) que Dios ha establecido con los hombres. Ya desde el Sinaí, los mandamientos son elemento esencial de esa amistad con Dios llamada Alianza.

Pero también con respecto a ellos, podemos tener un sentido puramente legalista: no hago esto, o lo otro, porque está prohibido, o porque me puede caer un castigo, pero no he interiorizado los valores implicados en los mandamientos. Y éstos sólo de verdad se cumplen cuando hacemos parte de nuestro corazón los valores en ellos contenidos. Lo que me mandan los mandamientos es que yo tenga en el corazón un amor profundo y dedicado a mi familia, que me entregue con generosidad y afecto a servirles; me mandan que en mi corazón haya un amor ilimitado a la vida y que la cuide como un don de Dios, que cuide el bienestar de mis hermanos en cuanto de mí dependa; me mandan que cuide con respeto mi cuerpo porque es un santuario de Dios, y lo mismo el cuerpo de mis hermanos. Y así en todos los mandamientos: lo referente a la honra, a la verdad y a  cada una de las cosas que hay que respetar, como señal de nuestro amor al prójimo. Se trata en cada caso de que en mi corazón haya un verdadero deseo de esos valores que Dios nos ha enseñado en los mandamientos.

O sea que debo convertir cada mandamiento en un objeto de amor. Mi cumplimiento debe ser de corazón, y además pensando en Dios que me los ha dado, para que le dedique mi vida a El afectivamente y efectivamente. Por otra parte hay que añadir algo más: cuando Jesús nos dice que para amarlo a El hay que guardar los mandamientos, nos dice que hagamos todo lo que los mandamientos nos piden por  El. El fundamento de cada mandamiento es la voluntad de Jesús, el querer de Dios. En este mismo sentido decía San Agustín la conocida frase. “Ama y haz lo que quieras”.

Los mandamientos de Dios y el amor a Dios van así unidos. Los mandamientos son en realidad un camino de amor. Una cosa a la que un buen cristiano aspira es a amar de verdad a Dios, a llenar de amor su corazón. Es cierto que no hay mejor forma de vivir que estar enamorado; y no hay amor más cautivador que el amor de Dios. Tenemos una forma de caminar hacia el amor, de construir el amor: guardar los mandamientos, que El nos ha dado.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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