¿Qué es el Año Litúrgico? 6° Parte

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

2. EL DOMINGO
    Continuación


2.2.   ESPIRITUALIDAD


EL CICLO DE LA NAVIDAD

El Ciclo de Navidad apareció más tarde que el Ciclo de Pascua en la Vida de la Iglesia. Pero desde hace siglos el Año Litúrgico se abre con el primer domingo de Adviento. Por esta razón nosotros lo anteponemos en nuestras reflexiones litúrgicas en torno al Año Litúrgico.
La fiesta de la Navidad del Señor hizo su aparición en Roma hacia el año 330 con una finalidad netamente pastoral, cual fue el sustituir la fiesta pagana del Nacimiento del Sol Invicto, celebrada en el 25 de diciembre (el solsticio de invierno), por una solemnidad cristiana. Así pues, la fecha de Navidad no fue elegida teniendo en cuenta el día exacto del nacimiento de Jesús. Una tradición consignada por Clemente de Alejandría asegura que Jesús nació en el año 28 del Emperador Augusto el día 25 de mayo. (Stromata, 1)

Con el correr de los años se creó un tiempo de preparación de la fiesta de Navidad, al cual se le dio el nombre de Adviento.


ADVIENTO

La palabra latina Advientus significa venida o llegada y traducía a su vez los vocablos griegos Epifanía y Parusía.

La expresión Epifanía tiene su origen en concepciones religiosas paganas y significaba que la divinidad invisible se hace visible, que se manifiesta como salvadora y que se revela desplegando su poder.

Los orígenes del Adviento Litúrgico son oscuros. En la elaboración del tiempo de Adviento tal como hoy lo tenemos han intervenido principalmente tres iglesias, la oriental, la romana y la galicana.

A partir del Concilio de Efeso en 430 se difunde por todo Oriente la fiesta de la Navidad; ella es vista principalmente por los fieles ante todo como un recuerdo del hecho histórico del Nacimiento del Señor. Al establecerse un tiempo de preparación para la Navidad la liturgia recogió ante todo los textos evangélicos anteriores al nacimiento y propuso como personajes litúrgicos centrales además de Jesús a María y a Juan Bautista. El tema de meditación que retornaba sin cesar en los textos litúrgicos orientales, era el Admirable Intercambio realizado en la Encarnación del Verbo: Dios se hace hombre y el hombre es elevado a Dios.

Por su parte la iglesia romana, en su preparación de la fiesta de Navidad, centraba su atención en la venida de Cristo en el misterio litúrgico de la Iglesia. El Señor está viniendo sin cesar a la Iglesia, a cada alma en particular por el Bautismo, por la Penitencia, por la Eucaristía... Esta óptica tuvo una gran influencia en la espiritualidad del Adviento, pues ella muestra que la fiesta de Navidad no es sólo un recuerdo sicológico del hecho histórico que ocurrió; la Navidad es ante todo un misterio litúrgico que recuerda y actualiza la realidad religiosa más profunda de la fe católica, es decir, el hecho de que Cristo está viniendo sin cesar al corazón humano para levantarlo hasta Dios.

Esta visión de la Navidad hizo que el Adviento Romano se tiñera de un esfuerzo ascético de preparación, para estar alerta y acoger al Señor en lo íntimo de la personalidad, cuando él visitara al alma cristiana. Este matiz ascético dio al Adviento y a la Navidad una vivencia profundamente teológica, pues la Navidad recordaba la necesidad de la iniciativa divina en el campo religioso, y el Adviento le hacía sentir el fracaso total de los hombres en sus búsquedas del rostro divino: El hombre no puede subir a Dios, si Dios no baja a buscarlo.
Finalmente la iglesia galicana subrayó con insistencia en el tiempo de Adviento, que nuestra existencia humana está localizada entre la venida del Señor en la humanidad de Belén y su venida triunfal al final de los tiempos para juzgar a los hombres.

El tiempo de Adviento, tal como hoy lo tenemos después de una larga evolución, consta de cuatro semanas, en las cuales los fieles descubren el nacimiento de Jesús en Belén como un misterio religioso de profundidades inexplorables. Pues el nacimiento histórico de Jesús es el símbolo de una venida misteriosa del Señor a las almas para santificarlas, para salvarlas, para llevarlas al Padre y anuncia la venida definitiva de Cristo al final del mundo para juzgar a vivos y muertos y para llevar a los suyos al reino eterno.

Siguiendo la dialéctica simbólica, la liturgia del Adviento nos proyecta en el primer domingo hacia la venida definitiva del Señor al final de los tiempos; en los domingos segundo y tercero nos habla de la venida mística de Cristo a los corazones humanos por medio de la gracia, y en el cuarto domingo nos recuerda el hecho histórico del nacimiento de Jesús.

La liturgia de la primera semana de Adviento en la misa y en el oficio divino está centrada en la escatología y en la venida de Cristo el último día. Hay, pues, que estar en vela. Hay que cumplir la voluntad del Padre con una vida llena de amor a Dios y de justicia. Hay que convertirse de nuevo a los caminos del Señor.

Este caminar con la vista puesta en la venida definitiva del Señor sólo puede ser realizado por la fe y en la fe, luz misteriosa comunicada al hombre por el Espíritu Santo. Por esa fe sabemos con certeza y esperamos sin desmayos que vendrá para los hombres una era de justicia y de paz, pues Dios triunfará definitivamente del mal.

La segunda semana del Adviento tiene un tema que aparece y reaparece de continuo: “Preparad los caminos del Señor”. La voz de Juan el Bautista sigue resonando: Jesús está presente en la historia religiosa de cada uno de los cristianos, él sigue llamándolos, pues el trabajo de la conversión no acaba nunca, no es suficiente pertenecer a la raza cristiana, como no fue suficiente pertenecer tener por padre a Abraham. Pues Jesús tiene el tridente en la mano, aventará su parva, reunirá  su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.

La imagen es fuerte y significativa, pues la preparación de los caminos del Señor supone un constante esfuerzo de conversión:

“Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt. 3,10)

El tercer domingo de Adviento nos habla de la alegría mesiánica, puesto que el Reino de Dios ya está presente: Los ciegos ven, los inválidos andan, los muertos resucitan (Mt. 11,5) La posibilidad de ver, de oír, de comprender, de marchar por los caminos de la vida con Dios, existente en el pueblo cristiano, es señal de que el Reino de Dios está ya presente en el mundo. Y es Jesús precisamente ese médico corporal y espiritual a la vez, el cual, a través de su palabra y del sacramento presente en el misterio litúrgico, sana, da luz y resucita a los muertos en el espíritu.

Por ello la liturgia nos sigue repitiendo a los católicos las palabras del Bautista a los judíos: “En medio de vosotros hay uno al que no conocéis” (Jn. 1,26) Es necesario que cada año re-descubramos la presencia salvadora de Cristo en nuestras existencias y que nos acerquemos a los ritos litúrgicos con fe para descubrir en ellos esa presencia, y experiencia en nuestros corazones oscurecidos y cerrados al mundo de Dios a causa de las tentaciones del mundo, del demonio y de las pasiones humanas.

La cuarta semana del Adviento recuerda la venida histórica del Hijo de Dios al mundo, cuando nació con figura humana en Belén bajo el Emperador Augusto. El adviento es un recuerdo de este hecho. En el seno de María se verifica la presencia (Lc. 1,28.35). Durante los siete últimos días de Adviento el oficio de Vísperas contiene cada día una antífona, que comienza con la letra O. Estas antífonas resumen las profecías en torno al Mesías, traducen el ardiente deseo del pueblo judío y de la humanidad entera y las súplicas por la venida del Salvador. Ellas nos presentan a Jesucristo como la Sabiduría del Padre, la Luz eterna, el Dios de la Antigua Alianza, Descendiente de David, Rey del mundo.
Junto a esas tres venidas del Señor, presentadas por la liturgia del Adviento, aparecen tres grandes figuras religiosas: Isaías, Juan el Bautista y María, que son tres modelos de acogidas para los católicos de todos los tiempos.

Durante el Adviento aparece de continuo ante nuestros ojos la figura enérgica del profeta Isaías a través de las lecturas litúrgicas. Este profeta vivió en el siglo VIII antes de Cristo, perteneció a la aristocracia de Jerusalén. Cuando vio el rostro de Yavé en el templo quedó consternado y seducido, por eso recibió con valentía la misión dada por Dios de anunciar al pueblo su pecado y de trasmitirle una gran esperanza (Is. 6,1-13)

Sabemos por la historia que este siglo fue una época de esplendor y prosperidad para los reinos de Samaria y de Judá. En medio de este bienestar generalizado Isaías se levantó para cumplir con coraje religioso su misión; habló en nombre de Dios ofendido, sacudió las conciencias, pues anunciaba con toda libertad la ruina que guardaba al pueblo por su infidelidad a Yavé.

Pero no se contentó Isaías con una predicación moralizante, él intuyó a la luz divina el gran misterio religioso venidero, la Parusía de Yavé, la llegada del Señor al mundo humano, pues un niño, nacido de una virgen, se llamará Emmanuel, es decir, Dios con nosotros (Is. 7,14)

En los personajes políticos de su tiempo el profeta adivina las cualidades religiosas del Mesías venidero: el príncipe Ezequías iba a subir al trono, el profeta le dedica un poema, lo ve como un retoño del tronco, inundado del espíritu de Dios, lleno por lo tanto de sabiduría, de inteligencia, de prudencia y de temor de Dios (Is. 11, 1-2) ¿Vislumbraba Isaías al Mesías a través del príncipe Ezequías? Nuestra liturgia de Adviento ciertamente lo cree así.

Isaías fue un hombre que sintió la presencia abrasadora de Dios en su vida, por ello quedó como hipnotizado por él, y lo veía intervenir en su historia contemporánea. Pero para él estas intervenciones continuas de Dios en la historia eran sólo una figura de una intervención más poderosa, que aparecería en los días del Mesías. Pero para el profeta la llegada del Mesías sería a su vez una figura y un símbolo del día de Yavé, día definitivo y terrible, pues en él se juzgaría a los hombres con justicia insobornable.

Así, pues, la figura de Isaías nos habla de experiencia de Dios, de abertura a la esperanza y de anuncio ardiente de los planes salvadores del Señor.


La Iglesia - 39º Parte: La Universal vocación a la Santidad en la Iglesia - Los Carismas



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA







30.8. CARISMAS NO INSTITUCIONALIZADOS. SERVICIOS


El Concilio Vaticano II en Lumen Gentium, Nº 12, b, dice: "(El Espíritu San­to) distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier con­dición, "distribuyendo a cada uno según quiere", 1 Cor 12, 11, sus do­nes, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras. "A cada uno... se le ­otorga la manifestación del Espíritu Santo para común utilidad", 1 Cor 12, 7.
         
Y en el Decreto sobre el Apostolado seglar dice: "... El Espíritu San­to que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio del ministe­rio y de los sacramentos, da también a los fieles, l Cor 12, 7, dones peculiares, : "distribuyéndolos a cada uno según su voluntad", de forma que "todos y cada uno, según la gracia recibida, poniéndolo al servicio de los demás", sean también ellos "buenos administradores de la multi­forme gracia de Dios", l Petr 4, 10; para edificación de todos el cuerpo en la caridad, Efes 4, 16.


30.8.1. CARISMA. DEFINICIÓN
         
Definición: La palabra "carisma" viene del griego: Jarisma = don gratuito, de "jaris" = gracia, don. Es en general cualquier gracia concedida al bau­tizado por benevolencia de Dios. En sentido técnico teológico, "es una gracia sobrenatural, gratuita y transitoria conferida a una persona con vistas al bien común del Cuerpo Místico de la Iglesia". S. Pablo da cuatro listas de carismas concedidos a la Iglesia en los primeros tiempos de su existencia, pero no son ni iguales ni completos. 1 Cor 12, 8-10; 1 Cor 12, 28-30; Rom 12, 6-8; Efes 4, 11.
         
S. Pablo habla de los carismas de apostolado, profecía, de discreción de espíritus, de doctrina, de exhortación, de himnos, de curación o sanación, de lenguas, de interpretación de len­guas o de revelación; en virtud de estos carismas, que podían investir a cualquier fiel, las comunidades cristianas eran instruidas y edifi­cadas. Otros carismas se ordenaban a la dirección espiritual y a la vida caritativa asistencial de los fieles: dones de gobierno de minis­terio, de limosna, don de cuidar a las viudas y huérfanos, de hospitalidad, etc. Los carismas tuvieron gran importancia en la vida y en la constitución de la Iglesia primitiva contribuyendo eficazmente al incremento y difu­sión de la fe.
         
El Concilio Vaticano II, en L G, Nº 12, dice: "Estos carismas, tanto los  extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo. Los dones extraordinarios no hay que pedirlos temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos de los trabajos apostólicos, sino que el juicio sobre su autenticidad y sobre su aplicación pertenece a los que presiden la Iglesia, a quienes compete, sobre todo, no apagar el Espíritu, sino "probarlo todo y quedarse con lo bueno", l Tes 5, 12.
         
El texto pretende sobre todo explicar el concepto de "carisma", distin­guiendo claramente entre los dones "más sencillos" y "comunes", a los que pueden aplicarse las palabras del apóstol de que, "a cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo", Efes 4, 7; 1 Cor 12, 11, y "los carismas extraordinarios". S. Pablo enumera estos dones extraordinarios de la manera siguiente:

  • "Sabiduría", para conocer y profundizar la verdades prácticas de la vida sobrenatural;
  • "Conocimiento", para conocer las verdades especulativas, de la  "fe" para los misterios de la revelación divina,
  • "Curación",  para curar de las en­fermedades del cuerpo y del espíritu
  • "Milagros",  virtud de hacer milagros
  • "Profecía",  para edi­ficación del cuerpo de la Iglesia
  • "Discreción de espíritus",  para dis­tinguir los falsos profetas de los auténticos
  • "Lenguas", para comuni­car en un estado de entusiasmo y con palabras ininteligibles para glo­ria de Dios;
  • "Interpretación de lenguas",  para la interpretación del discurso de lenguas.     

         
Lo decisivo de todos estos dones es que se otorgan "para edificación exhortación y consuelo de la comunidad", de ahí que "que el más alto de todos los carismas sea el amor (la caridad)", l Cor 13.
         
También vemos que los carismas que S. Pablo introduce en Efes 4 como especiales "dones del Espíritu" y los presenta en 1 Cor 12, 28, junto con diversos ministerios y servicios como "instituciones" de Dios puestas al servicio de la Iglesia: Apóstoles, Profetas, Maestros, los que poseen poder de hacer milagros, los que tienen don de curar, de asistir a los necesitados, de gobernar, de hablar lenguas, y el de interpretarlas. Ello demuestra que los carismas en modo alguno se pueden ejer­cer en contra de los ministerios, ni tampoco a la inversa. Carisma y ministerio, todo es don de Dios y todo ha de servir a la unidad, a la paz y a la edificación y consuelo del Cuerpo de la Iglesia.
         
La teología dogmática distingue entre: "gratia gratis data", aquella gracia que se concede a algún bautizado para salvación de otras personas; de la gracia "gratia gratum faciens", gracia de santificación que se otorga a todos los bautizados para su santificación personal. Esta gracia hace agradable en el acatamiento de Dios a aquel que la reci­be (gratum), bien santificándole formalmente, (gracia santificans), bien disponiéndole para la santificación o conservándole en ella, o acrecentándosela (gratia actual). La "gratia gratum faciens" cons­tituye el fin de la "gratia gratis data" y es,  por tanto, intrínse­camente más elevada y más valiosa que aquella, 1 Cor 1, 12-31.


30.8.2. SERVICIOS
         
La palabra "servicio" es de gran raigambre cristiana. Servicio, viene de "siervo", en este caso se trata de servir al Señor, Rom 6.22. El servicio de Dios excluye cualquier otro servicio, Mt 6, 24. Los ­cristianos sirven a Dios no en el temor, sino en la libertad de hi­jos, Jn 8, 33-36; Rom 6, 7. No siendo ya siervos, sino amigos de Jesús, Jn 15, 15, participan en el servicio de Dios que él mismo realizó por la causa del Evangelio, Filp 2, 7, deben, incluso, hacerse esclavos de los demás, Mt 20, 27; Gal 5, 13. Desde esta perspectiva "servir" es un asunto honroso y servir a Dios es una forma magnifica de amar al prójimo: "dedicarse al servicio de los santos", 1 Cor 16, 15, en la caridad, 2 Cor 9, 1, al servicio de la palabra, 2 Cor 3, 8, en el servicio de la reconciliación, 2 Cor 5, 19, o en el servicio apostólico, Hech 1, 25; Efes 4,1 2.
         
El servicio es la caracterización más noble de cualquier cristiano, después de que Cristo dijera de sí mismo: "yo no he venido a ser ser­vido sino a servir y dar mi vida para salvación de todos", Mt 20, 28; Mc 10, 45. Y en la última cena santificó el ejemplo de servicio con el lavatorio de los pies, Jn 13, 14, s.s, habiendo dicho igualmente: "El que me sirva que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Al que me sirva, el Padre le honrará", Jn 12, 26. En este servicio se despliegan los dones de la gracia (caris­mas) del Espíritu en bien de la edificación de la Iglesia, cuya plura­lidad presenta el Apóstol cuando habla de un carisma "de la palabra del conocimiento... de hablar lenguas, de discernir espíritus, etc." 1 Cor 12, 4-11. Todos estos carismas tienen su unidad en el único Es­píritu, en el único Señor y en el único Dios. 1 Cor 12, 4-11.
         
Todo este servicio está sostenido por las actitudes fundamentales de "la humildad, mansedumbre, comprensión y soportándose unos a otros en la caridad", Efes 4, 2; Col 3, 12. De este modo, el término "servicio" caracteriza la actitud fundamen­tal de Jesús en la tierra. Servir a Jesús es seguirle, servir a los demás es servir al mismo Jesús, Mt 25, 44, s.s. En la Iglesia primitiva el término "servicio", tiene el sentido específico de desempeñar una función de asistencia caritativa y apostólica. Hech 6, 1-4; Rom 11, 13; 2 Cor 3, 3-9; Col 1, 23; 1 Tim 1,12.


30.9. CARISMAS INSTITUCIONALIZADOS. LA VIDA RELIGIOSA
         
La Constitución dogmática sobre la Iglesia L G, dedica el capítulo 6º al tema de los religiosos, o la vida religiosa, en el Nº 43, dice: "Los consejos evangélicos de caridad consagrada a Dios, de pobreza y de obe­diencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pasto­res de la Iglesia, son un don divino que la IgIesia recibe del Señor y que con su gracia conserva siempre. La autoridad jerárquica, bajo la guía del Es­píritu Santo, se preocupó de interpretar estos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar normas estables de vivirlos. Esta es la causa de que, como en árbol que se ramifica espléndido y pujante en el campo del Señor partiendo de una semilla puesta por Dios, se hayan desarrollado formas diversas de vida solitaria o comunitaria y varie­dad de familias que acrecientan los recursos ya para provecho de los propios miembros, ya para el bien del Cuerpo de Cristo... Este estado (de la vida religiosa), si se atiende a la constitución divina y je­rárquica de la Iglesia, no es (un estado) intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que de uno y de otro algunos cris­tianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la Iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo".
         
También se ha denominado al estado de vida religiosa como: "Vida consa­grada". El término "consagración", lo usa el Concilio Vaticano II, con el signi­ficado constante y global de "donación íntegra de sí a Dios". Cristo, es consagrado (ungido), y enviado al mundo por el Padre (L G, Nº 28). El Pue­blo de Dios, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo en el  bautismo, es consagrado para formar una morada espiritual y un sacer­docio santo (L G, Nº 10). Los Obispos, son consagrados en su consagración episcopal, en el rito sacra­mental de la consagración les confiere "la plenitud del sacerdocio" y la capacidad de ejercitar el oficio de santificar, enseñar y guiar, al pueblo de Dios, (L G, Nº 21). Los presbíteros, son consagrados para predicar el evangelio guiar a los fieles y celebrar el culto (L G, Nº 28). Los laicos, son de­dicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo (L G, Nº 34). El Concilio Vaticano II, destaca la existencia de la consagración también en la vida religiosa;  por eso la consagración no es exclusiva de la vida religiosa, sino que es compartida por ella con otros estados de vida. La nota esencial de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo me­diante la práctica de los consejos evangélicos, en una forma jurídica reconocida por la Iglesia que normalmente es la forma de vida de cada familia religiosa.
         
Así la vida religiosa se coloca en su estricto valor de se­guimiento de Cristo, pero más de cerca "pressius", L G, Nº 42, a la mane­ra de los discípulos, Lc 8, 1-3; Lc 3, 14. Este seguimiento "más de cerca" se concreta en la práctica de los consejos. Lo característico del es­tado religioso es la práctica de esos consejos evangélicos "comunitariamente", Nº 43, y con la aprobación jerárquica de la Iglesia. Nº 44.


30.9.1. ORIGEN DIVINO DE LOS CONSEJO EVANGÉLICOS

Los consejos evangélicos es­tán fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y son un don divi­no que la Iglesia ha recibido de Cristo y conserva a través de la tra­dición de los Apóstoles y de los Santos Padres con todo esmero. Lo im­portante en esta visión del consejo evangélico es que no lo reduce a los que están formulados verbalmente en el Evangelio, pues sería difí­cil encontrar esa formulación para algunos, sino a todos aquellos que se encierran en los ejemplos de la vida de Cristo.
         
Los consejos son un don, un carisma dado por Cristo a su Iglesia. Esto implica un concepto más vital del consejo evangélico, en virtud del cual abrazar los consejos evan­gélicos es necesariamente imitación y seguimiento de Cristo. ­La vida religiosa es una consagración: "Por los votos, o por otros sagrados vínculos parecidos..., se entrega (el religioso) al servicio de Dios sumamente amado, de modo que él queda destinado, por un nuevo y peculiar y peculiar título. Ya por el bautismo había muerto al pecado y esta­ba consagrado a Dios; sin embargo, para extraer de la gracia bautis­mal fruto más copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fer­vor de la caridad y de la perfección del culto divino, y se consagra más íntimamente al servicio de Dios". "Pero como los consejos evangélicos, mediante la caridad hacia la que impulsan, unen especialmen­te con la Iglesia y con su misterio  a quienes los practican, es necesario que la vida espiritual de éstos se consagre también al provecho de toda la Iglesia. De aquí el deber de trabajar según las fuerzas y según la forma de la propia vocación, sea con la oración, sea también con el ministerio apostólico, para que el Reino de Cristo se asiente y consolide en las almas y para dilatarlo por todo el mun­do. Por lo cual, la Iglesia protege y favorece la índole propia de los diversos institutos religiosos". L G, Nº 44.
         
No hay que pensar que la consagración religiosa sea distinta de la consagración bautismal, que es la fundamental consagración cristiana, Mt 28, l9; pero "para poder conseguir un fruto más abundante de la gracia bautismal....", L G, Nº 44, el religioso se "religa", es decir, se liga con unos nuevos vínculos, (los tres votos: pobreza, castidad y obediencia), con los que garan­tiza más plenamente su consagración bautismal. Esta consagración de la vida religiosa, que no es otra cosa sino una forma determinada y concreta de expandir el dinamismo bautismal, es tanto más perfecta  cuanto más perfecto sea el vínculo y el compromiso voluntario.
         
Así el vínculo perpetuo es evidente y principal. El vínculo temporal se toma con frecuencia a manera de prueba. Con solos los votos tem­porales el sacrificio no es total, porque solo hay holocausto cuan­do uno ofrece a Dios todo lo que tiene.
         
La vida religiosa es un signo escatológico: En L G, Nº 44, se dice: "Por consiguiente, la profesión de los consejos aparece como "una señal" que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Igle­sia a cumplir diligentemente los deberes de la vocación cristiana". El valor de signo lo realiza, según la constitución L G, en tres dimensiones:
         
  • Aspecto escatológico: El estado de vida religio­sa es un recuerdo y una advertencia para el cristiano de que está en este mundo en marcha hacia la ciudad permanente, y que, aunque los valores terrenos no son en ninguna manera despreciables, sin embargo, son pasajeros.    
  • Aspecto cristológico: Es también un recuerdo a los cristianos de la necesidad de imitar a Cristo, por eso, el "esta­do religioso imita más de cerca y hace presente perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios tomó al entrar en el mundo para cumplir la voluntad del Padre", L G, Nº 44. Esta imita­ción se centra especialmente en la consagración virginal en vistas al Reino, en la pobreza voluntaria y en la obediencia, en una palabra todo ello orientado a la caridad.   
  • Aspecto de la trascendencia del Reino y de sus exigencias: Sólo la fuerza del  Espíritu impulsó a Cristo al desierto para comenzar así su vida pública, es capaz de empujar a tantos hombres al desierto en medio del mundo, en vistas a la salvación del mismo mando con la gracia de Cristo.

        
30.9.2. FINALIDAD PROPIA DE LA VIDA RELIGIOSA
         
La finalidad de la vida reli­giosa es la perfección cristiana en el ejercicio de la caridad. El pa­pa Pío XII decía que el estado de vida religiosa: "en tanto tiene razón de ser y es válido en cuanto se adhiere al fin propio de la Iglesia ­que consiste en conducir a todos los hombres a la santidad. Aunque todo cristiano, bajo la guía de la Iglesia, tiene que llegar a esa santa cumbre, sin embargo, los religiosos se dirigen a ella por un camino propio y con medios de naturaleza más sublime".
         
Por el bautismo hay una vocación genérica a la santidad, común a to­dos los hijos de Dios; y hay una vocación específica al estado de per­fección que consiste en una invitación particular por parte del Señor y requiere unas disposiciones particulares que son fruto de la gracia. Así entendido, la vocación religiosa es un carisma o manifestación es­pecial, que se inserta en la vocación universal a la santidad en la Iglesia.
         
La santidad sobrenatural es sustancialmente igual para todos, como participación en la misma santidad de Dios por la gracia santifi­cante. Pero no todos participan en el mismo grado, ni de la misma mane­ra en la perfección de Dios que por su infinitud, es participable en formas y medidas muy diversas. Todos los que están llamados a la perfección, son todos los bautizados; pero no todos lo realizan del mismo modo o manera. Los religiosos tien­den a la perfección por un camino peculiar y propio; más radical y más directo que el de los fieles comunes, es decir, por el camino de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.
         
El estado religioso se llama estado de perfección no en el sentido de que todos los religiosos sean santos y perfectos, (eso sólo Dios lo sa­be); sino porque es un género de vida más perfecto por la imitación de los ejemplos y enseñanzas de Cristo, a través de la práctica de los consejos evangélicos, y porque está ordenado al aumento y perfección en la vida de caridad. Los institutos religiosos no constituyen simples asociaciones u orga­nizaciones de beneficencia o apostolado, sino que son, en primer lugar escuelas de santidad.
         
La multiforme actividad que llevan a cabo en el campo del apostolado, de la enseñanza, de la cultura, de la beneficencia, etc, demuestra la vitalidad que deriva de la vida interior y es un testimonio de su importancia evangélica. Pero la validez y la grandeza de la vida religiosa están vinculadas con la búsqueda de la perfección a través del carisma propio de la institución a la que el religioso pertenece. Así la primacía de la vida interior y el culto de los valo­res sobrenaturales son inseparables de la auténtica vida religiosa y constituyen su testimonio en la vida pública de la Iglesia.
         
En la vida religiosa todo está ordenado en función de la vida de per­fección: los votos, la regla propia de cada instituto, las prácticas de piedad, la mortificación y abnegación en todo, son los medios ade­cuados ofrecidos por la Iglesia. Su eficacia está ligada al compromi­so personal de cada religioso y al esfuerzo constante, prolongado du­rante toda la vida, de tender a la perfección en la caridad. Por eso el Concilio Vaticano II, ha recordado a los religiosos su vida de fide­lidad y perseverancia en la vida religiosa.

         
Así en el decreto sobre la adecuada renovación en la vida religiosa Nº 4, d: "Recuerden los reli­giosos que la esperanza de la renovación ha de ponerse más en la mejor observancia de las reglas propias y constituciones que no en la multi­plicación de leyes". Y en L G, Nº 47, dice: "Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos evangélicos esmérese por perseverar y aventajarse en la vocación a la que fue llamado por Dios, para una más abundante santi­dad de la Iglesia y para mayor gloria de la Trinidad, una e indivisible, que en Cristo y por Cristo es la fuente de toda la santidad". Y en el decreto sobre la renovación de la Vida Religiosa, Nº 5, d: "Los religiosos, fieles a su profesión, dejándolo todo por Cristo, Mc 10, 28, deben seguirle a Él", Mt 19, 21 como a lo único necesario, Lc 10, 42, oyendo sus palabras, Lc 10, 39, y dedicándose con solicitud a los intere­ses de Cristo, 1 Cor 7, 32.





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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

Para acceder a anteriores publicaciones del tema acceda AQUÍ.

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El Buen Pastor

P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
DOMINGO IV

Jn 10, 11-18

Pidamos al Señor por todos los que han recibido la tarea de ser los pastores en la Iglesia.


Jesús se define a sí mismo como el Buen Pastor, y nos explica a nosotros esta hermosa realidad. La figura del buen Pastor la hemos ido enriqueciendo con muchas imágenes y ha adquirido en nuestros corazones de creyentes un atractivo especial. Jesús es el Buen Pastor que me guía, que me cuida, que impide que me vaya, que me busca si me pierdo: “aunque camine por cañadas obscuras nada temo, porque tú vas conmigo”.

Y Jesús conversa con sus apóstoles sobre esto y nos va abriendo un panorama lleno de luz, al desarrollar su explicación ¿por qué es el Buen Pastor? Porque da la vida por sus ovejas. Tan bueno es como pastor, que por defender a sus ovejas de todo mal es capaz de ponerse entre las ovejas y el lobo, aunque sepa que el lobo lo va a despedazar. Pero sus ovejas, gracias a ese gesto de amor, quedarán libres y sanas.

Y aquí el Señor nos da una explicación revestida de hermosura de lo que es la redención, de lo que será su muerte en la cruz por nuestra salvación. Se trata de un Pastor que tenía un gran rebaño de ovejas a las que quería y conocía por su nombre, las amaba. Un día, cuando el Pastor llevaba a sus ovejas a pastar, se presentó inesperadamente un terrible lobo, que amenazaba tragarse a las ovejas. El Buen Pastor se plantó en medio, abrió los brazos hacia atrás como queriendo formar un refugio para sus ovejas; el lobo terrible le saltó a su pecho y lo destrozó con furia. Mientras el pastor en el suelo se desangraba, las ovejas habían logrado ponerse a salvo. El Buen Pastor es el que da la vida por las ovejas.

Pero aquí hay también una especial lección que brilla para nosotros, que debe atraernos: “dar la vida”. Esta es una gran lección; aunque nosotros no podamos atribuirnos ningún título de pastor, también deberíamos estar dispuestos a dar la vida. Porque el afán de dar la vida, es la gran ilusión que ha de llenar una existencia auténtica. Dar la vida. Esa es la clave. Es el Ideal. Es el gran descubrimiento del Evangelio, para el cristiano. Cristiano es el que tiene como meta, el dar la vida, como Jesús la dio. No guardársela avaramente. No rodear nuestra existencia de una muralla de protecciones y de cuidados. No pensarla como un pequeño depósito de agua, que hay que cuidar mucho para que no se gaste.

Y hay muchas formas de dar la vida. Simplemente hay que entender lo que significa dar. Y es fácil conocer lo que es dar; no es una palabra de significado complicado, reservado solo a iniciados. Lo difícil es persuadirse de que ahí está el tesoro. De que dar la vida es la mejor manera de vivir. Que la vida se expande y se hace fecunda cuando se da. La mano abierta para dar. Dar para que otros vivan; tiempo, afecto, comprensión.

Dar la vida es dar de comer al hambriento. Y hay tantos hambrientos; y el hambre tiene tantas caras. Y qué hermoso es dar incluso la propia comida, para que otro no tenga hambre. Pero no es ésa la forma habitual que tenemos de dar. Nuestra forma de dar es con cálculo y mezquina. Separamos de nuestro plato, un poco, no mucho, un poquito, porque el resto lo tengo que comer yo. Y a veces la parte del plato que no me gusta es la que separo, la empujo con el tenedor a otro plato, y la doy, apartándola de mi. Esa es nuestra forma de dar, cuando damos. Un poco, bien pesado y medido, para que no me empobrezca yo. Y si tengo que dar algo de lo que yo colecciono, como parte de mis tesoros de cosas, entonces me duele, y sufro, como si me estuvieran arrancando un poco de mi vida.

Hay que dar la vida, para ser como el Buen Pastor. Y entonces nuestra vida se convertirá para nosotros mismos en un manantial que salta hasta la vida eterna. Esta es la lección que nos da el Buen Pastor. No es sólo para que nos admiremos de su amor, sino para que sepamos cómo hemos de vivir nosotros mismos. Jesús es Modelo y Maestro. Y así nos dice que si damos la vida, la encontraremos.


El nos dice que sus ovejas escuchan su voz, y esa es la voz que debemos escuchar; y esa voz nos dice que el que pierda su vida por entregarla, la encontrará mucho más fecunda. Y así El nos conocerá como sus ovejas, de la misma forma que conoce a su Padre.


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Agradecemos al P. Adolfo por su colaboración.

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Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Juan Pablo I

(1912-1978)

“Me lo enseñó mi madre”



Juan Pablo I inició su última Audiencia general en septiembre de 1978 rezando el acto de caridad.

“‘Dios mío, te amo con todo el corazón más que a cualquier cosa, porque eres bien infinito y nuestra eterna felicidad; y por amor hacia ti amo al prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, que yo te ame siempre más’. 

Es una famosa oración con las palabras de la Biblia. Me la enseñó mi madre. Continuo a rezarla muchas veces al día”.


Pronunció estas palabras sobre su madre con un tono de voz tan tierno, que los presentes en la sala de la audiencia respondieron con un aplauso impetuoso. Entre ellos, una joven mujer dijo con lágrimas en los ojos: “¡Cómo es conmovedor que el Papa hable de su madre! Ahora entiendo mejor cuál influencia podemos tener las madres sobre nuestros hijos”.



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Tomado de Congregatio Pro Clericis
www.clerus.org

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