¿Qué es el Año Litúrgico? - 2° Parte

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.

1.  MISTERIO DE CRISTO Y AÑO LITÚRGICO

     (...Continuación)


El valor redentor de la vida de Jesús radica en el hecho de que el hombre que la vivió era el mismo Hijo de Dios. No fue un judío de aquella época, quien nació pobre y murió en la cruz, sino el Hijo de Dios, que tomó forma humana para unir consigo a todos los hombres y dar así  culto digno a Dios quitando y borrando del corazón humano el pecado, que ofrece al mismo Dios.

Entre los ciclos de Navidad y de Pascua hallamos el Tiempo Ordinario, parte del Año Litúrgico, que nos recuerda el trabajo  silencioso de la gracia salvadora en los corazones de los hombres, pues la Historia de la Salvación llega hasta los tiempos presentes, ya que el Espíritu Santo, brotado del Costado de Cristo en forma de agua, y derramado en los pechos de los fieles con el agua del Bautismo, hace germinar y florecer en ellos la fe, la esperanza y la caridad cristianas.

Precisamente las fiestas de la Virgen María y los Santos, introducidas por la iglesia en el Año Litúrgico, nos vienen a recordar el poder salvador de la gracia redentora de Cristo, que hace posible el prodigio de la santidad heroica en medio de un mundo dominado por valores totalmente opuestos a los caminos señalados por Dios a los hombres desde el alba de la humanidad.

De ahí que el Año Litúrgico, al comenzar con el primer domingo de Adviento y al terminar con la fiesta de Cristo Rey y la semana que le sigue, nos recuerde el mundo eterno de Dios, hacia donde los cristianos se dirigen como peregrinos. Así los fieles podrán conformarse con el supremo misterio de Cristo expresado por él, cuando dijo: “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn. 16,28)

Al Año Litúrgico de la Iglesia, que tanto ayuda a los fieles para configurarse con Cristo pasando de este mundo al Padre, se va plasmando día tras día en las celebraciones litúrgicas de la Eucaristía y de las Horas. Por ello pienso que no pocos lectores me agradecerán si recuerdo ahora la estructura fundamental de ambas celebraciones antes de comenzar a explicar con detalle las diversas etapas del Año Litúrgico.

1.   La Misa nos es a todos más familiar, y como sabemos, consta de las partes siguientes:
·         Los ritos iniciales están compuestos del canto o “antífona” de entrada, del saludo del celebrante al altar y al pueblo, del acto penitencial, del Señor ten piedad, del gloria y de “la oración colecta” con la que se expresa el sentido religioso de la celebración del día.
·         La liturgia de la Palabra tiene como parte principal las lecturas de la Sagrada Escritura con los cantos intercalados del salmo o del aleluya y como partes integrantes la homilía, la profesión de fe y la oración de los fieles. Cada día del año tiene sus lecturas y cantos señalados.
·         La liturgia de la Eucaristía comienza con la preparación de los dones y culmina con la “oración sobre las ofrendas”. Preparados los dones, el celebrante invita a los presentes a elevar sus corazones a Dios y a darle gracias, después canta o recita la Plegaria Eucarística, oración de alabanza y de consagración. Ella comienza por “el Prefacio” que es un himno de acción de gracias a Dios por los diversos aspectos de la obra redentora de Cristo y cambia según los variantes del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico; en ella, mediante la repetición de las palabras y gestos de Jesús, se realiza el sacrificio instituido por Cristo en la última Cena.
El rito de la comunión se abre con la recitación del Padre Nuestro y continúa con el saludo de paz. Mientras el sacerdote y los fieles reciben el sacramento tiene lugar el canto de la comunión. Si no hay canto, se recitará la “antífona” de la comunión propuesta por el Misal. En la “oración después de la comunión” el sacerdote ruega inspirado por la celebración del día para que los fieles obtengan los frutos del misterio celebrado.
·         El rito de conclusión consta del saludo, de la bendición sacerdotal y de la despedida con la que se disuelve la asamblea litúrgica.

2.   La Liturgia de las Horas u Oficio Divino fue creado por la Iglesia para que las alabanzas y súplicas a Dios broten del pueblo cristiano a lo largo del día. Las Horas Litúrgicas tienen una estructura comunitaria, aunque pueden ser recitadas en privado y están perfectamente programadas para cada día del Año Litúrgico.

Hoy están obligados a recitar diariamente el Oficio Divino todos los que han recibido las órdenes sagradas y una serie de religiosos y religiosas. A los laicos está recomendado, cuando se reúnen en asambleas de oración y de apostolado, el recitar parte de la liturgia de las Horas, de modo especial las Vísperas.

El número de las Horas cada día es de siete, las dos principales son los laudes como oración matutina y Vísperas como oración vespertina. El Oficio de lecturas se orienta a ofrecer a los fieles abundante meditación tomada de la Biblia y de los mejores autores espirituales. Las Horas de Tercia, Sexta y Nona se mantienen para los que recitan el oficio en común. A los que lo rezan en privado se les permite elegir de las tres una, llamada Hora Intermedia. Las Completas son la última oración del día, que se hace antes del descanso nocturno.

Los elementos del Oficio Divino son los siguientes:

Los salmos y otros himnos bíblicos son cantos insignes compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo y forman la base de la Liturgia de las Horas.

Todos los días se recitan los cánticos evangélicos del Benedictus en Laudes y del Magnificat en Vísperas.

Las Antífonas son como sentencias breves colocadas antes y después de cada salmo, himno o cántico bíblico y ayudan a descubrir el mensaje religioso de ellos y el sentido espiritual de la celebración litúrgica del día.

Las lecturas de la Sagrada Escritura pueden ser breves o largas según las diversas Horas; las lecturas de Santos Padres o Escritores Espirituales y las hagiógrafas son propias del Oficio de lecturas y suele explicar el sentido teológico – litúrgico del día o el mensaje del santo celebrado.

Los Responsorios son frases breves que se dicen y se repiten después de las lecturas, para subrayar su enseñanza principal.

Los himnos y otros cantos no bíblicos constituyen el principal elemento poético creado por la Iglesia, para manifestar el carácter propio de cada Hora o de cada una de las fiestas litúrgicas.

Las preces son las oraciones de súplica del Oficio Divino elaboradas por la Iglesia; en Laudes se hacen invocaciones para encomendar a Dios el nuevo día y en Vísperas se hacen en forma de intercesiones. A continuación de estas preces se reza el Padre Nuestro.

Todas las Horas Litúrgicas terminan con la oración conclusiva y en completas, después de esta oración, se recita una antífona a la Virgen.



...

Bibliografía: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón S.J. Año Litúrgico y Piedad Popular Católica. Lima, 1982

La Misa: 2° Parte - La Cena Pascual Judía

P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J.


1.2. La vivencia religiosa provocada por el rito

Nos interesa sobre manera conocer la vivencia religiosa de los piadosos judíos en la cena pascual, pues esa vivencia religiosa nos permite vislumbrar los sentimientos de Jesús en su última cena, de donde ha brotado la eucaristía cristiana, la misa católica.

En la cena pascual los judíos piadosos sentían una serie de sentimientos religiosos en torno a un central, es decir, al sentimiento de bendición o de alabanza.

El sentimiento de alabanza, aunque fronterizo al de acción de gracias, tiene matices propios que nos conviene recordar ahora: en la alabanza el hombre se olvida de sí mismo, para fijar su mirada sólo en el ser alabado, mientras que en la acción de gracias el hombre se mira así mismo como sujeto que ha recibido un beneficio; por esta razón la alabanza brota espontánea y a acción de gracias por el contrario nace de una obligación reflexivamente aceptada. Además, la alabanza supone capacidad de admirarse, de maravillarse, de salir de sí por el éxtasis, mientras que la acción de gracias sólo necesita un corazón agradecido. Finalmente, el sentimiento de alanzan espontáneamente busca un auditor, un público, a quien contar lo admirado; por el contrario, el sentimiento de acción de gracias busca de preferencia la intimidad del bienhechor para expresar la gratitud.

En los tiempos de Jesús la espiritualidad de las bendiciones o de alabanza era el corazón de la espiritualidad judía. En todos los acontecimientos, en todas sus actividades el judío piadoso contemplaba y bendecía la presencia protectora de Yavé. Las bendiciones continuas del judío, a vistas de los sucesos cotidianos, de las personas y de sus cualidades, de las mieses y del ganado, de la mar embravecida o serena… hacían de todas las cosas creadas una morada de Yavé.

Por estas bendiciones continuas el judío piadoso sacralizaba el cosmos, la historia de los pueblos y de las personas y veía la presencia de Yavé en todas partes; por ellas subía hasta Dios partiendo de lo creado para alabarle como fuente del ser, de la vida, del éxito…

Esta espiritualidad de la alabanza llegaba a su cumbre en la gran alabanza de la cena judía. En ella el presidente vivía con la máxima intensidad el dicho del salmo:

“Proclamaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré” (21,23)

Alabanza y proclamación eran las dos caras de una misma situación psicológica. Alabar era contar, narrar, referir y recordar para arrastrar a otros en el mismo sentimiento de alabanza que embargaba al que presidía la cena ritual. Así pues, en el ritual de la Pascua la bendición o alabanza es como una línea central, como una flecha que llega hasta la cena de Jesús y en ella encuentra su culminación. Paralelos a esta línea central hallamos otros sentimientos religiosos en la piedad judía de la cena pascual.

Como hemos dicho, la bendición judía narraba y recordaba para alabar, era alabanza y recuerdo a la vez. El memorial litúrgico judío, al recordar, resucita ante la comunidad un hecho histórico salvador pasado a través de los símbolos rituales. Por medio del rito religioso los fieles se enrolan en la acción salvadora de Yavé y captan como ya presente una salvación futura y definitiva. De esta manera el pasado, el presente y el futuro se dan cita en el memorial litúrgico.

En la Cena Pascual de los tiempos de Jesús los judíos hacían una confesión de fe de todas las maravillas obradas por Yavé a favor de su pueblo (Deut. 26,1-11); pero esta confesión de la fe la hacían para contar y proclamar la historia de la salvación, a fin de que los hombres crean en Yavé, se fíen de Él, reconozcan su salvación. Pero el creer no era para ellos solamente aceptar con la mente la realidad de unos hechos históricos pasados; creer era ante todo una adhesión personal y comunitaria a Yavé, el cual se hacía presente en la cena ritual para salvar, para iluminar, para consolar y para dar esperanzas, pues Yavé era visto ante todo como el Fiel.

Porque la bendición y el memorial proclamaban la historia de la salvación cuyo fundamento era la alianza. Alianza que evocaba ante todo la fidelidad inquebrantable de Yavé a sus promesas y animaba a los judíos al arrepentimiento de las fallas en el cumplimiento de la alianza firmada con Yavé.

Era, pues, la Cena Pascual un rito de renovación anual de la alianza entre el pueblo y Yavé que exigía año tras año a su pueblo la fidelidad, la conversión, la rectificación de sus caminos errados (Os. 2) Por esta razón el sacrificio del cordero pascual era a la vez un sacrificio de comunión y de expiación.

El sacrificio de comunión tenía como elementos esenciales la inmolación del animal, el rito de la sangre y la comida con la carne inmolada. Esta comida era llamada banquete sagrado, porque con él se significaba la amistad del pueblo elegido con Yavé. De ahí que en este banquete de comunión la comunidad pasara al primer plano y se sintiera a Yavé en medio de su pueblo haciendo alianza y ofreciéndole paz, seguridad y esperanza. De ahí también que el sacrificio de comunión de la Pascua fuera gozoso y se celebrase con músicas y cantos en honor de Yavé y de esta manera el sacrificio de la alianza entroncara con la bendición y con el memorial.

Junto con el matiz de comunión y de alianza, el sacrificio pascual en los tiempos de Jesús presentaba también el aspecto de expiación por los pecados del pueblo mediante la sangre derramada de los corderos.

Es importante recordar tres elementos rituales de la cena judía destinados a ser el lazo de unión más importante con la eucaristía cristiana. Ellos son el cordero, el pan y el vino.

Los evangelistas no hablan del cordero en la cena, porque según ellos el verdadero cordero, el figurado por los corderos de la pascua judía, era el Señor Jesús (1 Cor 5,7) Así, pues, la carne inmolada del Cordero de Dios se entregó a los discípulos bajo la apariencia del pan ázimo y la sangre de la nueva alianza derramada por los pecados se les dio bajo el aspecto del vino tinto de aquellas memorable cena (Mt 26,26-28)

De esta manera el pan y el vino que en la Cena Pascual significaban la miseria del pueblo durante la esclavitud y la alegría de la liberación en la tierra prometida, vinieron a significar en la Cena Cristiana la pascua del Señor y de los cristianos, su paso de la muerte a la vida, su marcha de la esclavitud a la liberación, de las tinieblas a la luz.




...

Referencia bibliográfica: P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J. "La Misa en la religión del pueblo", Lima, 1983.
...

La Iglesia - 27º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - Es Apostólica

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


27.4 LA IGLESIA ES APOSTÓLICA


La apostolicidad de la Iglesia es la cuarta nota del símbolo de la ­Iglesia. (Niceno-Constantinopolitano. S. IV). Es una nota esencial de la Iglesia y designa la identidad de la Iglesia con la institución de los Doce Apóstoles por Jesucristo como cimiento del ser de la Iglesia. En efecto, siendo ella la humanidad organizada socialmente en Cristo (visibili­dad de la Iglesia), es decir, jerárquicamente en Pedro y en el Colegio de los Doce, la Apostolicidad forma la espina dorsal de su constitu­ción, la garantía de su continuidad, (sucesión apostólica), la condición de su fecundidad. La apostolicidad es la garantía de la verdad de la Iglesia frente a las otras comunidades cristianas.  

S. Juan, al autor del 4º evangelio es el que mejor ha vivido y desarrollado una teología del apostolado que parte del misterio de la Encarnación del Verbo divi­no en las entrañas de María. La Encarnación es una revelación de Dios que lo abarca todo y que se dirige a todos los hombres. Con la "encar­nación" del Logos preexistente, se ha sometido a las condiciones de la existencia humana. Y para que, a pesar de eso, la universalidad de su mensaje no sufra menoscabo, Jesús  tiene que servirse de colaboradores humanos (los apóstoles). Como la encarnación es una unión por la que Dios se hace visible en forma humana bajo las categorías del es­pacio y del tiempo, después de Cristo, los Doce juntamente con Pablo se convierten en mediadores y testigos de la revelación, dentro de un orden concreto y jerárquico. Ellos participan de la autoridad que Cristo mismo les ha dado, (Jn 20, 21), la cual, a su vez, procede de la auto­ridad del Padre, Jn 12, 44. Según S. Juan, lo esencial del apostolado es que:

  • La unión con Cristo asegura a los discípulos el amor entrañable del Padre, Jn 1, 12; 16, 27.
  • La unión con Cristo esta garantizada por el don del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ilumina a los discípulos para que su doctrina sea verdadera, Jn 14, 16; 16, 13.
  • La elección de los discípulos desemboca en la mi­sión de los mismos. Cristo constituye a los  Doce en representantes suyos. En sus manos deposita la plenitud de poderes que El ha recibido del Padre, Jn 14, 27; 15, 15; 17, 2; 18, 22.



A la unión indisoluble de Cristo con los Doce se debe el que, en su Iglesia:

  • El mensaje de los apóstoles sea la palabra mis­ma, que a su vez es la sabiduría inconmensurable del Padre, Jn 21, 15.
  • Los apóstoles sean testigos fidedignos de Cristo.
  • Los apóstoles sea delegados de Cristo, cuyos oficios mesiánicos de maestro, sacerdote y pastor les han sido transmitidos. Estos “poderes fueron transmitidos realmente" para que la obra salva­dora de Cristo tuviera una prosecución visible, pero a la vez, lo fueron a título de "representación" y para que no quedara lesionada la "uni­dad de la misión", que está reservada al único mediador entre Dios y los hombres, Cristo. Por consiguiente, La puesto que la transmisión del oficio fue real, el oficio apostólico significa la “presencia invi­sible" de Cristo en su Iglesia.

         
El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, Nº 18,b, dice: "Este Santo Sínodo, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I, enseña y declara con él, que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la santa Iglesia enviando a su Apóstoles lo mismo que El fue enviado por el Padre, Jn 20, 21, y quiso que los sucesores de aquéllos, los Obispos, fuesen los pas­tores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos".
         
En el Nº 19, dice : "Los Apóstoles . . . predicando en todas partes el E­vangelio, Mc 16, 20 recibido por los oyentes bajo la acción del Espí­ritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles, y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, sien­do el propio Cristo Jesús la piedra angular", Apoc  21, 24 ;Mt  16, 18.
         
El Magisterio de la Iglesia enseña : "La Iglesia fundada por Cristo es apostólica", (de fe).
         
Estas cuatro notas distintivas de la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica, como se manifiestan al exterior y son fácilmente cognos­cibles, no son únicamente propiedades esenciales de la verdadera Igle­sia de Cristo, sino que al mismo tiempo  son notas distintivas.
         
El Santo Oficio hizo la siguiente declaración durante el pontifica­do de Pío IX, (1864): "La verdadera Iglesia de Cristo es constituida y discernida, en virtud de la autoridad de Dios, por la cuádruple nota que confesamos como objeto de la fe en el símbolo de la Iglesia". Denz 1686.
         



28. LA PERTENENCIA A LA IGLESIA



Después de haber explicado las propiedades esenciales de la Iglesia o sus notas distintivas vamos a explicar la necesidad de la pertenencia a la Iglesia para participar de la obra de la redención.



La Doctrina de la Iglesia dice: "Miembros de la Iglesia son todos aquellos que han recibido válidamente el sacramento del bautismo y no se han separado de la unidad de la fe, ni de la unidad de la comunidad jurídica de la Iglesia", (senten­cia cierta).

Conforme a esta declaración, tienen que cumplirse tres requisitos para ser miembros de la Iglesia:

         a.- Haber recibido válidamente el sacramento del bautismo .
         b.- Profesar la fe verdadera
         c.- Hallarse unido a la comunidad de la Iglesia.   
         
Cumpliendo estos tres requisitos, el hombre se somete al triple mi­nisterio de la Iglesia: al sacerdotal (bautismo), al doctrinal (profesión de fe) y al pastoral (sumisión a la autoridad de la Iglesia).
         
Como los tres poderes transmitidos en estos tres ministerios de la Iglesia: el de enseñar, santificar y gobernar, constituyen la unidad y visibilidad de la Iglesia, es claro que el someterse a todos estos poderes es requisito necesario para pertenecer a la Iglesia.
         
El Magisterio de la Iglesia enseña: "Todos los hombres tienen la necesidad de pertenecer a la Iglesia para conseguir la salvación", (de f e ) .

         
Cristo ordenó que todos los hombres pertenecieran a la Iglesia, pues la fundó como una institución necesaria para alcanzar la salvación. Cristo revistió a los apóstoles de autoridad, les dio el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, haciendo depender la sal­vación eterna de que éstas quisieran recibir su doctrina y ser bau­tizadas; Lc 10, 16 Mt 10, 40; 28, 19; Mc 16, 15.Todos aquellos que "con ignorancia inculpable" desconocen la Igle­sia de Cristo, pero están prontos a obedecer en todo a los mandamientos de la Ley de Dios, no son condenados, como se deduce de la jus­ticia divina y de la universalidad de la voluntad salvífica de Dios de la cual existen claros testimonios en  1 Tim 2, 3- 5.



...

Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

Para acceder a anteriores publicaciones del tema acceda AQUÍ.


...

Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 4° Parte: Su expansión

+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.



2. LA EXPANSIÓN DE LA DEVOCIÓN

2.1. Congregación del Sagrado Corazón en Panamá (1739)

El siglo XVII es el siglo de la expansión de esta amable devoción. En la misma España ella no vino a hacerse pública hasta 1733, en que comenzó el V.P. Bernardo de Hoyos a difundirla, valiéndose de dos insignes misioneros de la Compañía de Jesús, los PP. Jesuitas Cardaveraz y Calatayud, los cuales erigieron por doquier las Congregaciones del Sagrado Corazón. Contribuyó también muchísimo a su expansión el libro del P. Juan de Loyola, impreso por vez primera en 1736 y que lleva por título: El Corazón Sagrado de Jesús Descubierto a Nuestra España en la Breve Noticia de su Dulcísimo Culto… Este libro se reimprimió varias veces, de modo que en 1738 aparecía en Barcelona la quinta edición.

Como vamos a ver, el libro llegó también al Perú y aquí fue reproducido varias veces, pero no sólo alcanzó nuestras playas, toda la América se benefició con su lectura y sirvió para encender en las almas el fuego de esta devoción. En México se estableció la primera Congregación en honor del Sagrado Corazón en la Iglesia de los Hermanos Betlemitas en el año 1733, casi al mismo tiempo que en España y en el Virreinato del Perú, creemos que la primera fue la erigida en Panamá por el P. Ignacio Caironi S.J., en la Iglesia de la Compañía de Jesús, en el año 1739. No podemos citar otra en concreto, pero no sería extraño que alguna otra la hubiera precedido, porque fue el P. Baltazar de Moncada, Provincial entonces de la Provincia de Quito, pero sujeto perteneciente a la del Perú, el que alentó al P. Caironi a fundarla en Panamá.

He aquí cómo daba cuenta de los progresos de esta devoción en Panamá, D. Pedro Morcillo Rubio de Auñón, Obispo de la Diócesis, en carta a Su Santidad de 12 de septiembre de 1740. (1) Se dice que las noticias llegadas de España, donde su culto iba tomando incremento, habían movido al P. Rector del Colegio de la Compañía de Jesús a celebrar su fiesta el viernes inmediato a la Octava del Corpus, como en efecto se hizo y continuando todo el año, una vez al mes, los ejercicios propios de esta devoción. Se eligió para este fin la Iglesia parroquial de Santa Ana, por carecer el Colegio de Iglesia propia. El público acudió a estos actos en gran número y la frecuencia de sacramentos llegó a ser notable, por lo cual, impulsado por su Provincial, resolvió establecer una Congregación del Sagrado Corazón  por el estilo de la que se había fundado en Lorca (España), sin exigir contribución alguna a los asociados. Habló con este fin con el Presidente de la Audiencia, D. Dionisio Martínez de la Vega y me consultó también, dice el Obispo. Con beneplácito de ambos convocó al vecindario y en la primera reunión dio el Padre cuenta de lo que se pretendía y de la conveniencia de establecer una asociación que fomente los ejercicios que se venían practicando y que difunda el culto al Corazón Divino. El Presidente de la Audiencia que en un principio se había mostrado favorable, cambió de parecer y manifestó al Obispo que mientras no se presentasen las Constituciones y fuesen aprobadas por Su Majestad, no era posible que subsistiese la Congregación. El obispo respondió que las Constituciones no se habían redactado aún, pero que, una vez que fuesen aprobadas por el Ordinario, se remitirían al Consejo. Entre tanto, creía que los ejercicios que por más de un año se venían practicando podían proseguir, aunque no existiese la Congregación. No accedió el Presidente y ordenó que cesasen los cultos, como sucedió en efecto. El Obispo y el P. Rector tuvieron con gran sentimiento suyo que acatar lo dispuesto y, por este motivo, decidió escribir a Su Santidad. El 3 de Marzo de 1742 el Consejo pidió al Presidente que informe sobre el hecho y disponiendo que cesase la Congregación como tal hasta tanto que se cumpliese con lo prescrito por la Ley, pero se podían permitir los ejercicios de piedad que se habían introducido con anterioridad al proyecto de establecimiento de la Cofradía o Esclavitud del Sagrado Corazón. Creemos que al fin se obtuvo la licencia necesaria, pero hemos querido recordar la parte que en los comienzos de esta devoción cupo así al Obispo, D. Pedro Morcillo como al rector del Colegio de la Compañía de Jesús P. Ignacio María Caironi.


En cambio la primera Iglesia que en América se levantó al Sagrado Corazón surgió en nuestro suelo, en el año 1742, en tanto que la primera que se cita de la Nueva España data del año 1756, fecha de su inauguración por los PP. Camilos o de la Buena muerte. Antes de esta fecha ya se había comenzado a invocar al Corazón de Jesús y circulaban sus imágenes. Dos padres de la Compañía de Jesús, el P. Alonso Messia Bedoya, Provincial del Perú y Prepósito luego de la Casa Profesa de los Desamparados y el P. Baltazar de Moncada, Provincial también de la misma Provincia se encargaron de difundir esta devoción y la fomentaron de palabra y por escrito. El primero, a quien se debe la propagación de la devota práctica, conocida con el nombre delas Tres Horas de Agonía de Nuestro Salvador, no sólo fue un gran devoto del Corazón de Jesús sino que extendió el objeto de su devoción al Purísimo Corazón de María.



Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Mensaje de SS Benedicto XVI y experiencia de San Agustín


“¡ROGAD, PUES, AL DUEÑO DE LA MIES QUE MANDE OBREROS!”


“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros!”. Eso significa: la mies existe, pe-ro Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y transformarse en perenne comunión divina de alegría y de amor.


“¡Rogad, pues, al Dueño de la mies!” quiere decir también: no podemos ‘producir’ vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración.


Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo!”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón orante brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su “sí”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de este la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

BENEDICTO XVI
ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES Y LOS DIÁCONOS EN FREISING, 14 DE SEPTIEMBRE DE 2006



MATERNIDAD ESPIRITUAL PARA LOS SACERDOTES

                                            
La vocación a ser madre espiritual para los sacerdotes es demasiado poco conocida, escasamente comprendida y, por tanto, poco vivida a pesar de su vital y fundamental importancia. Esta vocación a menudo está escondida, invisible al ojo humano, pero apunta a transmitir vida espiritual.
De esto estaba convencido el Papa Juan Pablo II: por ello quiso en el Vaticano un monasterio de clausura donde se pudiera rezar por sus intenciones como sumo Pontífice.



“¡LO QUE LLEGUÉ A SER Y CÓMO, SE LO DEBO A MI MADRE!”
San Agustín

Independientemente de la edad y del estado civil, todas las mujeres pueden convertirse en madre espiritual de un sacerdote y no solamente las madres de familia. También es posible para una enferma, para una joven soltera o para una viuda. De modo particular esto vale para las misioneras y las religiosas, que ofrecen toda su vida a Dios para la santificación de la humanidad. Juan Pablo II agradeció incluso a una niña por su ayuda materna: “Expreso mi gratitud también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a quien había visto en gran sufrimiento” (13 de mayo de 2000)
 
Cada sacerdote está precedido por una madre, que frecuentemente también es una madre de vida espiritual para sus hijos. Giuseppe Sarto, por ejemplo, el futuro Papa Pío X, apenas consagrado obispo, fue a encontrar a su madre de setenta años. Ella besó con respeto el anillo del hijo y al improviso, haciéndose meditativa, mostró su pobre anillo nupcial de plata: Sí, Peppo pero ahora tú no lo usarías, si yo primero no llevara esta alianza nupcial”. Justamente San Pío X lo confirmaba con su experiencia: “¡Cada vocación  sacerdotal proviene del corazón de Dios, pero pasa por el corazón de una madre!”.

Nos lo demuestra muy bien la vida de Santa Mónica. San Agustín, su hijo, que a la edad de diecinueve años, estudiante en Cartago, había perdido la fe, ha escrito en sus ‘Confesiones’: 

“... Tú has tendido tu mano desde lo alto y has sacado mi alma de estas densas tinieblas, ya que mi madre, siéndote fiel, lloraba sobre mí más que cuanto lloran las madres la muerte física de los hijos… sin embargo aquella viuda casta, devota, morigerada, de las que tú prefieres, hecha más animosa por la esperanza, pero no por ello menos fácil al llanto, no dejaba de llorar delante de ti, en todas las horas de oración”. Después de la conversión, él dijo con gratitud: “Mi santa madre, tu sierva, nunca me abandonó. Ella me dio a luz con la carne a esta vida temporal y con el corazón a la vida eterna. Lo que llegué a ser y cómo, se lo debo a mi Madre!”. 


Durante sus discusiones filosóficas, San Agustín quiso siempre consigo a su madre; ella escuchaba cuidadosamente, a veces intervenía delicadamente con su opinión o, con maravilla de los expertos presentes, daba también respuestas a cuestiones abiertas. ¡Por ello no sorprende que San Agustín se declarara su ‘discípulo en filosofía’!


...

Tomado de:
http://www.clerus.org/

...


Carta apostólica ROSARIUM VIRGINIS MARIE - San Juan Pablo II


S.S. Juan Pablo II
«ROSARIUM VIRGINIS MARIAE»

Carta apostólica sobre el Santo Rosario (16-X-2002)



INTRODUCCIÓN



1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer milenio, apenas iniciado, una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a «remar mar adentro» (duc in altum!), para anunciar, más aún, «proclamar» a Cristo al mundo como Señor y Salvador, «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), el «fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización».1

El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, encierra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.2 En él resuena la oración de María, su perenne Magníficat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor.


Los Romanos Pontífices y el Rosario

2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,3 importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al beato Juan XXIII4 y, sobre todo, a Pablo VI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica.

Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. [...] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el último capítulo de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través -podríamos decir- del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo, nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo, la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana».5

Con estas palabras, mis queridos hermanos y hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. ¡Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magníficat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!


Octubre 2002 - Octubre 2003: Año del Rosario

3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios «a caminar desde Cristo»,6 he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. En efecto, rezar el Rosario es, en realidad, contemplar con María el rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo 120º aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Por tanto, proclamo el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario.

Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar, los planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío en que sea acogida con prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda, espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: el 40º aniversario del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el «gran don de gracia» dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.7


Objeciones al Rosario

4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser subestimada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana.

Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se sitúa en el más límpido horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que «mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado».8 Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo.


Vía de contemplación

5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia «pedagogía de la santidad»: «Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración».9 Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración».10

El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la «oración del corazón», u «oración de Jesús», surgida sobre el humus del Oriente cristiano.


Oración por la paz y por la familia

6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquel que «es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2,14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano.

Otro ámbito crucial de nuestro tiempo que requiere una urgente atención y oración es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrarrestar los efectos desoladores de esta crisis actual.


«¡Ahí tienes a tu madre!» (Jn 19,27)

7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!» (Jn 19,26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, hizo de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en la vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y de Fátima,11 cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza.


Tras las huellas de los testigos

8. Sería imposible citar la multitud innumerable de santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de una preciosa obra sobre el Rosario12 y, más cercano a nosotros, al padre Pío de Pietrelcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: «¡Quien propaga el Rosario se salva!».13 Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesubio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica.

Con toda su obra y, en particular, a través de los «Quince Sábados», Bartolomé Longo desarrolló el núcleo cristológico y contemplativo del Rosario, que contó con un particular aliento y apoyo en León XIII, el «Papa del Rosario».



CAPÍTULO I
CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA

Un rostro brillante como el sol

9. «Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol» (Mt 17,2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: «Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu» (2 Cor 3,18).


María modelo de contemplación

10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2,7).

Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?» (Lc 2,48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2,5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo al pie de la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la «parturienta», ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a ella (cf. Jn 19,26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1,14).


Los recuerdos de María

11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: «Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la acompañan en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el «rosario» que ella rezó constantemente en los días de su vida terrena.

Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su solicitud materna hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su «papel» de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los «misterios» de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan desplegar toda su fuerza salvadora. Cuando reza el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María.


El Rosario, oración contemplativa

12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad" (Mt 6,7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza».14

Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica.


Recordar a Cristo con María

13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene, sin embargo, entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en Cristo mismo. Estos acontecimientos no son solamente un «ayer»; son también el «hoy» de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: «hacer memoria» de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección.

Por esto, a la vez que se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»,15 también es necesario recordar que la vida espiritual «no se agota sólo con la participación en la sagrada liturgia. El cristiano, aunque está llamado a orar en común, debe entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6,6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5,17)».16 El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración «incesante», y si la liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrar, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia.


Comprender a Cristo desde María

14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de «comprenderlo a Él». Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,13), entre las criaturas nadie mejor que ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio.

El primero de los «signos» llevado a cabo por Jesús -la transformación del agua en vino en las bodas de Caná- nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2,5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la «escuela» de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.

Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella «peregrinación de la fe»,17 en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).


Configurarse a Cristo con María

15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8,29; Flp 3,10.21). La efusión del Espíritu en el bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15,5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Cor 12,12; Rm 12,5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la «lógica» de Cristo: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2,5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, «revestirse de Cristo» (cf. Rm 13,14; Ga 3,27).

En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo -en compañía de María-, este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos llamar «amistosa». Esta configuración nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como «respirar» sus sentimientos. Acerca de esto dice el beato Bartolomé Longo: «Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto».18

Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Santísima Virgen. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como «miembro supereminente y completamente singular»,19 es al mismo tiempo «Madre de la Iglesia». Como tal «engendra» continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia.

El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma solicitud, hasta que Cristo «sea formado» plenamente en nosotros (cf. Ga 4,19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, «favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo».20 Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó de la siguiente manera el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: «Como quiera que toda nuestra perfección consiste en ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo».22 Verdaderamente, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. María no vive más que en Cristo y en función de Cristo.


Rogar a Cristo con María

16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2,1) y la acción del Espíritu Santo, que «intercede por nosotros» (Rm 8,26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros «no sabemos cómo pedir» (Rm 8,26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4,2-3).

Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. «La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María».23 Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y «a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios».24 En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades humanas: «No tienen vino» (Jn 2,3).

El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es «omnipotente por gracia», como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.25 Esta certeza, basada en el Evangelio, se ha ido consolidando por experiencia en el pueblo cristiano. El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: «Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas».26 En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1,35), ella intercede por nosotros ante el Padre que la llenó de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros.


Anunciar a Cristo con María

17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristo es presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración fue utilizada especialmente por los Dominicos en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador.



CAPÍTULO II
MISTERIOS DE CRISTO, MISTERIOS DE LA MADRE

El Rosario, «compendio del Evangelio»

18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11,27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: «Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio».27

El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa Pablo VI: «Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. En efecto, su elemento más característico -la repetición litánica del "Dios te salve, María"- se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la madre del Bautista: "Bendito el fruto de tu seno" (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave María constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen».28


Una incorporación oportuna

19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos.

No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el bautismo a la pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo» (Jn 9,5).

Así pues, para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente «compendio del Evangelio», es conveniente que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin perjudicar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria.


Misterios de gozo

20. El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la Encarnación. Esto es evidente desde la Anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la historia de la salvación; es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1,10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que ella responde prontamente a la voluntad de Dios.

El júbilo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, donde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar de alegría» a Juan (cf. Lc 1,44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran alegría» (Lc 2,10).

Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al anciano Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2,34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús, a los 12 años, en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y desempeñando sustancialmente el papel de quien «enseña». La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquel radicalismo evangélico que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. Incluso José y María, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus palabras (Lc 2,50).

De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío anuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, «buena noticia», que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo.


Misterios de luz

21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8,12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos -misterios «luminosos»- de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1) su bautismo en el Jordán; 2) su autorrevelación en las bodas de Caná; 3) el anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4) su Transfiguración; 5) la institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual.

Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace "pecado" por nosotros (cf. 2 Cor 5,21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3,17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2,1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1,15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2,3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él seguirá ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el monte Tabor. La gloria de la divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo «escuchen» (cf. Lc 9,35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por último, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad «hasta el extremo» (Jn 13,1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.

Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3,31-35; Jn 2,12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná, y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los «misterios de luz».


Misterios de dolor

22. Los evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Vía Crucis, se ha detenido siempre en cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42 par.). Este «sí» suyo cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se manifiesta en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino también el sentido mismo del hombre. Ecce homo!: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.


Misterios de gloria

23. «La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!».29 El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de su fe (cf. 1 Cor 15,14), y no solamente revive la alegría de aquellos a los que Cristo se manifestó -los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús-, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria -como aparece en el último misterio glorioso-, María resplandece como Reina de los ángeles y los santos, anticipación y culmen de la condición escatológica de la Iglesia.

En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran «icono» es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso anuncio» que da sentido a toda su vida.


De los "misterios" al "Misterio": el camino de María

24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero evocan lo esencial, preparando el alma para gustar un conocimiento de Cristo que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los evangelistas, refleja aquel misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3,19). Es el misterio del Verbo hecho carne, en el cual «reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que «todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio».30 El «duc in altum!» de la Iglesia en el tercer milenio se basa en la capacidad de los cristianos de penetrar en «el perfecto conocimiento del misterio de Dios, esto es, en Cristo, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2,2-3). La carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor [...], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios» (Ef 3,17-19).

El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el «secreto» para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es, al mismo tiempo, el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une a Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave María las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1,42).


Misterio de Cristo, «misterio» del hombre

25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que «el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana».31

A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado».32 El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, en el cual el camino del hombre «es recapitulado»,33 desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida; observando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios; escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios; y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por último, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre.

Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor los numerosos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. «Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará» (Sal 55,23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario «marca el ritmo de la vida humana», para armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia.



CAPÍTULO III
«PARA MÍ, LA VIDA ES CRISTO»

El Rosario, camino de asimilación del misterio

26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave María, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, es muy diferente la consideración sobre el rosario si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, a pesar de ser parecidas en su expresión, son siempre nuevas por el sentimiento que las inspira.

En Cristo, Dios asumió verdaderamente un «corazón de carne». Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Tres veces se le hace la pregunta, y tres veces Pedro responde: «Señor, tú sabes que te quiero» (cf. Jn 21,15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica propia del amor.

Una cosa está clara: si la repetición del Ave María se dirige directamente a María, el acto de amor, con ella y por ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero «programa» de la vida cristiana. San Pablo lo enunció con palabras ardientes: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia» (Flp 1,21). Y también: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la santidad.


Un método válido...

27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son, en cierto modo, superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional.

Esto aparece de modo evidente en la liturgia. Los sacramentos y los sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,34 está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en la respiración, el alma y el «todo» de la vida.


... que, no obstante, se puede mejorar

28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte recordé que en Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.35 Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces integrables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana.

En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido.


El enunciado del misterio

29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci), considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios quiso asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino.

El enunciado de los diversos misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se reza en momentos especiales de prolongado recogimiento.


La escucha de la palabra de Dios

30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta se debe escuchar con la certeza de que es palabra de Dios, pronunciada para hoy y «para mí».

Acogida de este modo, la palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar «hablar» a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario.


El silencio

31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio.


El «Padrenuestro»

32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el alma se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su «seno» (cf. Jn 1,18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: «¡Abbá, Padre!» (Rm 8,15; Ga 4,6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El «Padrenuestro», puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave María, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial.


Las diez «Avemarías»

33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave María, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave María, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra -la encarnación del Hijo en el seno virginal de María-, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1,31), aquel «pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos».36 Repetir en el Rosario el Ave María nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento de la profecía de María: «Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48).

El centro del Ave María, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza un rezo consciente y fructuoso del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.37 Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave María, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús -el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4,12)- junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo.

De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte.


El «Gloria»

34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas, a las que es preciso alabar, adorar y dar gracias. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana.

En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda, vivificada -de Avemaría en Avemaría- por el amor a Cristo y a María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: «Bueno es estarnos aquí» (Lc 9,33).


La jaculatoria final

35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, a la doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a «imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen».38

Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de modo que el pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la propia contemplación.


El «rosario»

36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las Avemarías. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar ulterior densidad a la contemplación.

A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre.

En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una «cadena» que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que es Padre. Cadena «filial», que nos pone en sintonía con María, la «sierva del Señor» (Lc 1,38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo «siervo» por amor nuestro (Flp 2,7).

Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que nos une a todos en Cristo.


Inicio y conclusión

37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: «Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme», como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida en que disponen el alma para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones.

En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. ¿Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración, en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima.


La distribución en el tiempo

38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio -y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis- que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto «color» espiritual, análogamente a lo que hace la liturgia con las diversas fases del año litúrgico.

Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los «misterios gozosos», el martes y el viernes a los «dolorosos», el miércoles, el sábado y el domingo a los «gloriosos». ¿Dónde introducir los «misterios de luz»? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de luz.

No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la Resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia.



CONCLUSIÓN

«Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios»

39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa.

La Iglesia ha visto siempre en esta oración una eficacia particular, confiando las causas más difíciles a su rezo comunitario y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación.

Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración -lo he señalado al principio- la causa de la paz en el mundo y la de la familia.


La paz

40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.

El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef 2,14). Quien interioriza el misterio de Cristo -y el Rosario tiende precisamente a eso- aprende el secreto de la paz y hace de él un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, la paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14,27; 20,21).

Además, es oración por la paz también por los frutos de caridad que produce. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, al favorecer el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. ¿Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? ¿Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y ¿cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus «cireneos» en cada hermano abatido por el dolor u oprimido por la desesperación? Por último, ¿cómo se podría contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?

En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una «batalla» tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14).


La familia: los padres...

41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era muy apreciada por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no perder esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria.

Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte estimulé la celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos,39 deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario.

La familia que reza unida, permanece unida. El santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicarse, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios.

Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad para comunicarse. No se consigue estar juntos y, a veces, los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino.


... y los hijos

42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de crecimiento de los hijos. ¿No es acaso el Rosario el itinerario de la vida de Cristo desde su concepción, pasando por la muerte, hasta la resurrección y la gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de los niños y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes del «sinsentido» y la desesperación.

Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de «intervalo de oración» de la familia, ciertamente no es la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del Rosario -tanto en familia como en los grupos- se enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización. ¿Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa -las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello- es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y rezándola con el entusiasmo típico de su edad.


El Rosario, un tesoro por recuperar

43. Queridos hermanos y hermanas, una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro.

Me dirijo en particular a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores.

Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional.

Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María.

Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición; en vosotras, familias cristianas; en vosotros, enfermos y ancianos; en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la liturgia y en el contexto de la vida cotidiana.

¡Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio de mi vigésimo quinto año de pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las conmovedoras palabras con las que termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: «Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo».



Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi pontificado.



* * *

NOTAS:

1) Gaudium et spes, 45.

2) Marialis cultus, (2 febrero 1974) n. 42.

3) Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289.

4) En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961) 641-647.

5) Angelus: L'Oss. Romano, ed. española, 5 noviembre 1978, 1.

6) AAS 93 (2002) 285.

7) En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf. Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960) 814-817.

8) Lumen gentium, 66.

9) N. 32: AAS 93 (2002) 288.

10) Ibíd., 33: l. c., 289.

11) Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las revelaciones privadas para la piedad de los fieles.

12) El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse, en Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, pp. 313-391.

13) Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompeya 1990, p. 59.

14) Marialis cultus, (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974) 156.

15) Sacrosanctum Concilium, 10.

16) Ibíd., 12.

17) Lumen gentium, 58.

18) I Quindici Sabati del Santissimo Rosario, 27ª ed., Pompeya 1916, p. 27.

19) Lumen gentium, 53.

20) Lumen gentium, 60.

21) Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17-X-1978): AAS 70 (1978) 927.

22) Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p. 505s.

23) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2679.

24) Ibíd., n. 2675.

25) La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se reza solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el beato Bartolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitación del Papa León XIII a los católicos, en su primera Encíclica sobre el Rosario, a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad.

26) Divina Comedia, Paraíso XXXIII, 13-15.

27) Novo millennio ineunte, (6 enero 2001), n. 20: AAS 93 (2001) 279.

28) Marialis cultus, (2 febrero 1974), n. 46: AAS 66 (1974) 155.

29) Novo millennio ineunte, (6 enero 2001), n. 28: AAS 93 (2001) 284.

30) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 515.

31) Angelus del 29-X-1978: L'Oss. Romano, ed. española, 5-XI-1978.

32) Gaudium et spes, n. 22.

33) S. Ireneo de Lyón, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932.

34) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2616.

35) Novo millennio ineunte, (6 enero 2001), cf. n. 33: AAS 93 (2001) 289.

36) Carta a los artistas, (4 abril 1999), n. 1: AAS 91 (1999) 1155.

37) Marialis cultus, (2 febrero 1974), cf. n. 46: AAS 66 (1974) 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones, (17 diciembre 2001) n. 201.

38) « ...concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur»: Missale Romanum, 1960, in festo B. M. Virginis a Rosario.

39) Novo millennio ineunte, (6 enero 2001), n. 34: AAS 93 (2001) 290.


[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 18-X-02]






...