Domingo XVII del Tiempo Ordinario. Ciclo C. Padre nuestro


Escuchar AUDIO o descargar en MP3


P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11, 1-13):

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo:

«Cuando oréis, decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».

Y les dijo:

«Suponed que alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:

“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:

“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿Cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor


El Señor nos induce a tres actitudes espirituales: pedir, llamar y buscar.

El Evangelio de hoy nos da varias enseñanzas sobre la oración. La oración esa actividad tan esencial del ser humano, que podemos decir que el que no ora, tiene una carencia fundamental en su vida como ser humano. Y es que la fragilidad de nuestra vida, por el hecho de ser creaturas, sólo se consolida conectando nuestra debilidad con el ser Absoluto, con Dios. Además podríamos decir que sin comunicación con Dios seríamos como hijos huérfanos que no han conocido a su Padre. Un hombre que no ora es un huérfano perdido y sin hogar.

Y San Lucas empieza esta enseñanza de la oración poniéndonos delante a Jesús mismo orando. Esa es la principal enseñanza sobre la oración: Jesús orando es la lección que necesitamos. Su ejemplo es más eficaz que cualquier discurso que el evangelista San Lucas pudiera trasmitirnos. Jesús en comunicación con su Padre, esa es la mejor enseñanza de la oración. Y tanto es así, que el ver este ejemplo de Jesús orando, motiva a los apóstoles a pedirle que les enseñe a orar a ellos también.

Y Jesús enseña a sus discípulos a orar. Y les declara el Padre Nuestro. Y además les añade al final una enseñanza sobre la eficacia de la oración.

Decirle Padre a Dios, eso es orar. Establecer una comunicación de Padre a hijo y de hijo a Padre. La oración cristiana es eso. El decirle Padre a Dios de verdad, es manifestar amor. La oración sin amor no es oración. Incluso hay que decir que la oración en sí misma es un acto de amor, o no es nada. La oración con frecuencia ha sido vaciada de este su contenido esencial, que es el amor. Convertirla en peticiones, como se piden cosas en un expediente, eso no es orar de verdad. Si hay peticiones, deben surgir en un clima de afecto y de verdadero amor al Dios al que nos dirigimos; y por eso le llamamos Padre, porque lo sentimos y lo vivimos así. Orar es amar, antes que ninguna otra cosa. 

Sentirse hijo y vivir como hijo, en relación con este Padre. Es no sólo una situación afectuosa, sino la toma de conciencia de nuestra necesidad de Padre. Uno mira a su interior, al estrato más profundo de su propio ser y descubre dos cosas: la propia fragilidad, el ser humano es un ser necesitado de apoyo en su misma esencia; y descubre además la procedencia de su propia naturaleza: yo, como ser, provengo de Dios. Es como descubrir el cordón umbilical de nuestra vida. Y sentimos que venimos de Dios, y que sin El no hay existencia. Dios nos ha engendrado como hijos, y eso lo tenemos marcado como huellas de nuestra personalidad. Orar es una necesidad que brota del sentimiento de nuestra pequeñez. Y por eso al orar decimos Padre. Y esta oración conecta nuestro ser más íntimo con el Padre. Y así seguimos recibiendo el alimento vital que necesita nuestro ser. La oración así se convierte también en el nexo que nos conecta con la fuente de la vida. Sin esa conexión nuestra vida va perdiendo energía, porque nuestro ser se alimenta del Padre que nos da la posibilidad de existir.

No simplemente llamamos a Dios Padre, y nos sentimos con El como hijos, sino que de verdad nos damos cuenta de que esa relación es necesaria, para nuestra vida misma. Y en ese nexo que se establece entre nosotros y Dios, por esa especie de enlace que se establece en la oración, le enviamos a Él nuestra vida, nuestras aspiraciones, necesidades, nuestros ideales, nuestros actos de amor; y El a su vez nos sigue enviando su vida, su calor, su infinito amor, y sus mensajes. Es algo extraordinario pensar en la oración en esos términos: un canal de comunicación, y por ese canal va a Dios lo mejor de nosotros mismos, y viene a nosotros toda la riqueza de Dios. Eso es lo que Jesús nos enseña al enseñarnos que cuando oremos digamos Padre a Dios.

Y después, en este mismo párrafo San Lucas nos trasmite las enseñanzas de Jesús sobre la eficacia de la oración. Muchas veces se ha pensado en la eficacia de la oración, porque conseguimos las cosas que pedimos a Dios debidamente. Y es verdad, esto también se consigue muchas veces. Pero la eficacia de la oración está en lo último que dice este hermoso párrafo de San Lucas. Que Dios da el Espíritu Santo cuando se le pide algo. Y es que la oración, por sí misma es un enriquecimiento, se nos da como riqueza el Espíritu Santo, por el hecho mismo de orar. Aunque yo no pida nada, o aunque pida mucho; ya al orar estoy recibiendo el gran don de Dios que es el Espíritu Santo. Y lo recibo aunque mi oración sea un simple acto de presencia de Dios, un estar presente a El, sin decirle nada, sin abrir la boca. En cuanto me pongo en oración de verdad, el Espíritu Santo va llegando abundantemente a mi corazón. Esta es la principal eficacia de la oración. Así que esa frase del Evangelio: “pedid y se os dará” podríamos traducirla así: “orad y os llenareis del Espíritu Santo”. Es el mayor bien que Dios Padre puede darnos como hijos.


Escuchar AUDIO o descargar en MP3

Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

 



162. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Renuncia de los bienes


  

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

162.- RENUNCIA DE LOS BIENES

TEXTO

Lucas 14, 28-33

"Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta pri­mero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, ha­biendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar". O, ¿qué rey, que sale a enfrentarse contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de voso­tros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo."

INTRODUCCIÓN

Lucas pone estas comparaciones después de haber hablado de las exigen­cias que tiene el ser discípulo de Cristo. Exigencias de posponer aun el amor a los padres, a la familia, cuando este amor entra en conflicto con el amor de Cristo; exigencias de sacrificio, de cargar con la cruz, para cumplir todas las enseñanzas del Señor, aun en medio de adversidades y persecuciones; exigencias que llegan hasta el sacrificio de la vida, el martirio.

Estas exigencias de Cristo a los discípulos las consideramos en la meditación 117 al explicar los pasajes paralelos de Mateo y Marcos. Pero Lucas añade otra exigencia más: "quien no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo." Es al final de las comparaciones cuando Lucas pone en la­bios de Jesús esta última exigencia.

MEDITACIÓN

1) Renunciar a todos los bienes

Es evidente que las exigencias del Señor que nos expone San Lucas se re­fieren a todos los que quieran ser discípulos de Cristo. El Evangelista nos dice que el Señor pronunció estas palabras dirigiéndose a la multitud que le seguía: "Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo." Y a continuación nos comunica el mensaje de Cristo de sus exigencias, como hemos indicado en la introducción.

Las exigencias de posponer el amor familiar, las exigencias al sacrificio, e incluso a perder la vida por él, han sido aclaradas y meditadas en las medi­taciones precedentes 90 y 117. Nos queda por aclarar y meditar la exigencia de renunciar a todos los bienes.

Como exigencia dirigida a todos los que quieran ser sus discípulos, no ha de entenderse en el sentido de renuncia física a todos los bienes y posesio­nes materiales. La interpretación más exacta es la que nos indica la prime­ra bienaventuranza del Sermón de la Montaña: "Bienaventurados los po­bres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos." (Mt 5, 3). Se trata de una renuncia del corazón a todas las posesiones y bienes de esta tierra; es decir, se trata de la obligación de tener un corazón completamen­te desprendido de estos bienes materiales, un corazón en el que no hay la más mínima codicia y avaricia. Es la actitud de aquel que sabe que los bie­nes materiales son meros instrumentos que Dios ha puesto en nuestras manos, para servirnos de ellos en nuestras necesidades y poder ayudar con ellos al hermano necesitado. Nunca considera los bienes materiales como un fin en sí mismo y nunca usará de ellos de una manera contraria a la Ley de Dios.

Esta renuncia a los bienes materiales es exigencia dificilísima de cumplir. El hombre acostumbra a alimentar más y más sus deseos de riquezas que le traen toda clase de comodidades, facilidad para satisfacer sus placeres siempre que quiera, prestigio social y con mucha frecuencia también, po­der económico y político. La pasión de la codicia es una de las pasiones más arraigadas en el corazón del hombre.

Lo que Cristo pide a todos sus discípulos es que, con su gracia, controlen plenamente esta pasión; y como en otra oportunidad nos dirá: "Nadie pue­de servir a Dios y al dinero." (Lc 16,13). Es imposible servir al Señor te­niendo un corazón apegado a las riquezas, a sus bienes y posesiones. En otros muchos pasajes del Evangelio encontramos enseñanzas del Señor re­feridas al peligro que traen las riquezas para la salvación. (Cfr. medit. 27, 75, 133, 151, 171)

2) Las dos comparaciones

La enseñanza principal que el Señor quiere darnos a través de los dos ejemplos que pone, el del hombre que quería edificar una torre y el del rey que planea hacer guerra a otro, es la de hacer cons­cien­tes, a todos los que quieran ser sus discípulos, de la trans­cen­­dencia y de la seriedad con que deben hacer su compromiso cristiano. Tanto aquel hombre como el rey se ponen a reflexionar sobre las posibilidades que tienen para llevar a cabo lo que planean, sobre las exigencias que supone asegurar el éxito de sus em­presas.

El punto central de la enseñanza está en la reflexión y seriedad con que ambas personas toman su decisión dándose perfec­tamente cuenta de todas las consecuencias que lleva consigo esa decisión. De igual manera el que quiera ser discípulo de Cristo tiene que reflexionar y conocer profunda­mente lo que significa el compromiso de seguir a Cristo, las exigencias de ser su discípulo. No debe hacer su compromiso de una manera superficial y sin estar dispuesto a cumplir con esas exigencias.

Hay que añadir algunas aclaraciones a las comparaciones que trae el Se­ñor, para que no caigamos en errores de interpretación. El hombre que quiere hacer la torre o el que piensa hacer la guerra a otro rey, son libres para tomar la decisión o no; sin embargo, el que conoce a Cristo, no es li­bre para tomar la decisión de seguir a Cristo o rechazarle. Si le rechaza quedará excluido del Reino de Dios. Por otra parte, el hombre siempre cuenta con todos los medios necesarios por parte de Dios para seguir fiel­mente su compromiso cristiano. Nunca se trata de que no pueda llevar a cabo su compromiso, sino de que se decida con toda sinceridad, recibien­do las gracias de Dios, a realizar en su vida su seguimiento a Cristo.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.




161. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - La parábola del banquete


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

161.- LA PARÁBOLA DEL BANQUETE

TEXTOS

Mateo 22,1-14

Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo:

"El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: De­cid a los invitados: "Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda". Pero ellos, sin hacer caso se fueron uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos y los mataron. Entonces el rey, airado, envió a sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Después dijo a sus siervos: "La boda está preparada, más los invitados no eran dignos. Id pues a los cruces de los caminos y, a cuantos enco­ntréis, invitadlos a la boda'. Los siervos salieron a los caminos, reunie­ron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se lle­nó de comensales."

Entró entonces el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de bodas, le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?". Y él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes". Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos."

Lucas 14,15-24

Habiendo oído esto uno de los comensales le dijo: "¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!" El le respondió: "Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: "Venid, que ya está todo preparado". Pero todos a una empe­zaron a excusarse. El primero le dijo: "He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses". Y otro dijo: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego me dispenses". Otro dijo: "Me he casado, y por eso no puedo ir". Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: "Sal en segui­da a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos". Dijo el siervo:

"Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio"; Dijo el señor al siervo: "Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa". Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena.

INTRODUCCIÓN

Lucas propone esta parábola del Señor en el contexto del banquete en casa del fariseo (Cfr. meditaciones interiores). Uno de los comensales, al oír las enseñanzas de Cristo sobre la recompensa que recibirán, los que ejercitan la caridad con los pobres y desvalidos, en la vida eterna, exclama: "¡Di­choso el que pueda comer en el Reino de Dios!"; expresión que significa participar de la felicidad eterna, simbolizada en un banquete.

El Señor, en conexión con la exclamación que acaba de oír, propone la pa­rábola del banquete donde expone el llamado que Dios hace al pueblo ju­dío y a todos los hombres a participar en el banquete eterno en la casa del Padre; y al mismo tiempo describe el rechazo a esa invitación por parte de muchos, refiriéndose de manera especial al rechazo del pueblo judío. El castigo de Dios caerá sobre todos aquellos que rechacen su invitación a la salvación.

Mateo expone la parábola del banquete en otro contexto. Une esta parábo­la con la parábola de los viñadores asesinos. Ambas parábolas significan muy concretamente el total rechazo que el pueblo judío hará de la salva­ción ofrecida por Dios en su Hijo Jesucristo, y la sustitución del pueblo ju­dío por los pueblos gentiles que vendrán a formar el nuevo pueblo de Dios y entrarán en el banquete eterno.

Mateo añade en la parábola una segunda escena que no trae Lucas. Es la escena del hombre que entró en el banquete de bodas del hijo del rey sin el traje de etiqueta y es arrojado fuera. Se considera esta segunda escena como una nueva parábola que Mateo añade a la primera.

MEDITACIÓN

1) El banquete

La felicidad en el Reino definitivo de Dios en la vida eterna se expresa con frecuencia con la imagen de un gran festín o banquete al que invita Dios (Cfr. Is 25,6-8; Is 65,13-14).

En Lucas la invitación proviene de un gran señor que con generosidad in­vita a los de la ciudad al banquete que ha preparado. En Mateo la invita­ción proviene de un rey que celebra las bodas de su hijo. Tanto el gran se­ñor como el rey simbolizan a Dios, y el banquete simboliza el Reino Mesiánico, los bienes de la salvación eterna en el Reino de los Cielos.

Mateo ha añadido a la imagen del banquete la imagen de la boda. En el Antiguo Testamento, la alianza de Dios con su pueblo se expresaba bajo la imagen de un matrimonio de Dios con su pueblo, que ama y es fiel a sus promesas y que exige por parte del pueblo escogido amor y fidelidad. Por eso los pecados del pueblo de Israel se consideraban como pecados de adulterio, pecados de infidelidad contra Dios. (Cfr. Os. 9,1; Ez.16,8.15.32; Is 57,3)

Y en la Nueva Alianza, Jesucristo toma la imagen del esposo y se la aplica a sí mismo. Dirá en una oportunidad a los fariseos que acusaban a sus discípulos de que no ayunaban:" ¿Pueden acaso los invitados a la boda es­tar tristes mientras el novio está con ellos?" (Mt 9, 15); y en la parábola de las diez vírgenes también encarna el Señor la figura del esposo (Cfr. Mt 25,6). Y San Pablo considera la unión y el amor de Cristo por su Iglesia como la unión y el amor matrimonial entre el esposo y la esposa (Cfr. Efes. 5,25-33).

Las bodas son las bodas del hijo del rey. Este hijo del rey simboliza a Jesu­cristo. En su Encarnación se desposa con la humanidad para establecer con ella la Nueva Alianza; a participar de la Nueva Alianza está invitado, pri­mero, el pueblo escogido; pero se extiende la invitación a todos los pueblos paganos. Más aún, ante el rechazo de los judíos, ellos quedarán excluidos de esa Alianza, y en su sustitución entrarán todos los pueblos de la tierra.

2) Invitación y castigo

Tanto en la parábola narrada por Mateo como por Lucas, aparece claro que la primera invitación que se hace se refiere al pueblo judío. Los judíos son los primeros invitados a participar en el banquete del Reino de Dios.

En Mateo se muestra con más viveza la apremiante invitación que hace el Rey, y también el rechazo de los invitados llega hasta la crueldad de asesinar a los siervos que transmiten la invitación del rey. El Señor se refiere a la suerte que corrieron muchos profetas que fueron perseguidos y tortura­dos hasta la muerte, por ser fieles a la misión que Dios les había confiado `(Cfr. Mt 23,29-39); e implícitamente está aludiendo a la suerte que correrá él mismo, cuando los escribas, fariseos, sacerdotes y autoridades judías decidan su muerte ignominiosa en la cruz.

El castigo que han de sufrir los invitados que rechazan la invitación, según Lucas, es que "ninguno de aquellos invitados probará mi cena", es decir, que ya nunca jamás podrán participar en el banquete del Reino Mesiánico, lo que significa la condenación eterna. En Mateo, se sobreentiende este castigo de consecuencias eternas al decir que los destruirá; el rey prenderá fuego a la ciudad y todos perecerán. Es muy posible que el Señor aluda aquí a la destrucción y ruina de Jerusalén por los romanos en el año 70, pero esa destrucción no será sino un símbolo de la ruina eterna de los con­denados, por haber rechazado la invitación tan generosa que Dios les hacía a participar en la salvación mesiánica que traía su Hijo. Trágico destino el del pueblo judío; pero destino que no era el que estaba en los planes de Dios, sino destino que ellos mismos buscaron.

3) Nuevos invitados

Los Santos Padres en su comentario a esta parábola han considerado como divididos en dos grupos los nuevos invitados. El primer grupo estaría aún formado por judíos, pero judíos sencillos, pobres, humildes, enfermos, que, con apertura de corazón a la gracia de Dios, sí llegaron a aceptar a Cristo y su mensaje; y en este grupo de judíos habría que incluir también a los pecadores públicos y a los publicanos que también se convirtieron.

El otro grupo estaría formado por todos los pueblos gentiles. La invitación se extiende a todos los hombres de cualquier raza o país. Jesús afirma de­lante de los escribas y fariseos que el Reino de Dios será arrebatado de ellos y se entregará a todos aquellos que acepten con humildad, gratitud y amor, la invitación que les hace el Padre a participar en la Nueva Alianza de su Hijo con los hombres.

En esta nueva invitación que hace Dios, muestra su deseo de que todos se salven, al decirnos que quiere que "mi casa se llene." Y San Lucas añade una expresión del Señor que manifiesta de una manera muy enérgica esta voluntad salvífica de Dios. El Señor, dirigiéndose al siervo que hace la in­vitación dice: "obliga (a los invitados) a entrar." La orden de obligar a los invitados no hay que interpretarla al pie de la letra. Sabemos que Dios nunca impone por la fuerza la conversión. Cristo con esta expresión quiere señalar el interés tan extraordinario que tiene Dios en que todos los hom­bres acepten la invitación. Y por otra parte, es una exhortación a su futura Iglesia, representada en ese siervo, a que ponga todo su esfuerzo en llevar el mensaje de salvación a todos los pueblos; que ningún hombre quede sin oírlo. Es una exhortación al celo apostólico.

4) El invitado sin traje de boda

Como indicamos en la introducción, Mateo añade una segunda parábola que complementa la primera y evita sus malas interpreta­cio­nes.

Quizá podría extrañar el que el rey se encolerice contra un invitado que no estaba en el banquete con el traje de etiqueta, propio de esas ocasiones, y más tratándose de la boda de su hijo. Parece natural que, siendo invitado a última hora, no hubiese tenido tiempo de procurarse ese traje ceremonio­so. Pero también conocemos que había la costumbre de que si algún invi­tado entraba sin el traje adecuado para participar en la celebración de una boda, se le ofrecía un traje de etiqueta para poder asistir dignamente a la fiesta. Este invitado no se preocupó de recibir tal traje.

Lo verdaderamente importante es comprender lo que el Señor quiso ense­ñarnos en esta segunda parábola.

La reacción del rey es muy dura: no sólo manda que lo echen fuera del festín, sino que atado de pies y manos sea arrojado a las tinieblas de fuera; '`allí será el llanto y el rechinar de dientes". Esta expresión ya la hemos considerado al meditar otros pasajes (Cfr. Mt 8,12; 13,41-42) y sabemos que indica la condenación eterna en lo que tiene de sufrimiento y desespe­ración.

No todos los que entren en el Reino Mesiánico aquí en la tierra no todos los que entren en la Iglesia, serán admitidos al banquete celestial de la glo­ria, sino sólo aquellos que tengan la vestidura nupcial de la gracia.

La primera parábola podría llevar a la equivocación de que bastaría ya la aceptación de la invitación, para entrar al banquete celestial. Se nos dice que fueron invitados "malos y buenos", y podría pensarse que lo único im­portante era decir un "sí" a la invitación, y que no se requerían otras con­diciones para gozar del banquete. Contra esta posible mala interpretación Dos enseña Cristo que, aun los que hayan aceptado la invitación suya y se llamen cristianos, si su vida no esta de acuerdo con su fe, con las enseñan­zas del Evangelio; si su alma no está revestida con la gracia santificante, serán arrojados del banquete celestial, es decir, de la gloria eterna.

Es lo que el Señor ya nos había enseñado en el Sermón del Monte: "No todo el que me diga: "Señor, Señor"; entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial." (Mt 7, 21)

5) "Muchos son los llamados y pocos los escogidos."

Algunos autores han querido interpretar esta sentencia del Señor como una afirmación de que serán muy pocos los que se salvan, los que entrarán de­finitivamente a tomar parte del banquete del Reino. Sin embargo, la mayo­ría de autores rechaza esta interpretación.

Y la razón es que Cristo nunca nos quiso revelar el profundo misterio del número de los elegidos, de los que lograrán la salvación eterna. Es un mis­terio muy profundo que permanece oculto en los designios de la infinita providencia de Dios.

Al terminar ambas parábolas, el Señor se dirige muy especialmente a los fariseos y escribas, y estas últimas palabras del Señor hay que interpretar­las, no tanto en conexión con la última escena del invitado que no tenía traje de bodas, sino en conexión con la doctrina central que Cristo quiere impartir a los escribas y fariseos. Y esta doctrina se centra en la reprobación del pueblo judío, principalmente de sus jefes y guías espiri­tuales, por su gravísimo pecado de rechazar al Mesías, y la sustitución del pueblo judío por los pueblos gentiles y paganos.

El sentido, pues, de la sentencia del Señor, será que todos los judíos han sido insistentemente invitados a participar del Reino de Dios, del banquete celestial. (Notemos que la palabra griega "polloi", que literalmente signifi­ca "muchos", con mucha frecuencia se interpreta también como "todos"). Desde Moisés fueron invitados por todos los grandes profetas, y reciente­mente fueron de nuevo invitados por Juan Bautista, y sobre todo por el mismo Mesías; sin embargo, muy pocos relativamente fueron dóciles al llamado de Dios, como nos consta por el Evangelio. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, volverán a ser invitados por medio de los apóstoles, de la Iglesia, y tampoco prestarán oídos a la invitación de Dios. Consiguientemente, de entre ellos "pocos son los escogidos".

También todos nosotros podemos sacar una gran lección de esta sentencia del Señor que nos hace ser conscientes de que no por haber sido llamados a la fe, a su Iglesia, estamos ya salvados, somos de los "escogidos"; sino que es necesario que persevere­mos en el bien hasta el final de nuestros días.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.





160. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Elección de los invitados



P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

160.- ELECCIÓN DE LOS INVITADOS

TEXTO

Lucas 14,12-14

Dijo también al que le había invitado: "Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recom­pensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los co­jos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos."

INTRODUCCIÓN

Señor pronunció estas palabras cuando estaba participando de la invita­ción que le había hecho un fariseo, y a la comida también habían sido invi­tados otros fariseos y escribas. Continuamos, pues, en la escena del convi­te del fariseo que hemos considerado en las dos meditaciones anteriores.

Acababa el Señor de dar una lección sobre la humildad; ahora el Señor Quiere dar otra lección: en qué consiste la verdadera generosidad y la au­téntica obra de caridad.

MEDITACIÓN

La lección que nos da el Señor es que no podemos llamar generosidad ni obra de caridad lo que se hace por intereses humanos y esperando ser re­compensados por los hombres. La generosidad y la obra de caridad deben ser motivadas por el amor a Dios y por el amor sincero al hombre procu­rando su bien, aliviarle de una necesidad, ayudarle en todo lo que se pue­da, sin pretender otras finalidades egoístas de vanidad o de otros intereses materiales.

El que obra así, eón esa intención pura, sin ninguna clase de motivos bas­tardos, tendrá su recompensa "en la resurrección de los justos", es decir, en el Reino de Dios después de la muerte. Pero incluso podemos afirmar que también tendrá una recompensa aquí en la tierra, aunque el Señor no lo diga en este pasaje expresamente. Debemos recordar unas palabras de Jesús que no están consignadas en el Evangelio, pero que nos las ha trans­mitido San Pablo: "Es cosa más dichosa dar que recibir" (Hech. 20,35). El dar con generosidad y con espíritu de auténtica caridad produce en el alma un gozo especial, que podemos considerar como una recompensa de Dios concedida ya en esta tierra.

El Señor habla concretamente de invitar a los pobres y desvalidos, y no a aquellos que van a retribuir la invitación que se les hace. El Señor aprove­cha el banquete al que está participando para poner este ejemplo. Pero pue­de haber motivos justificados por los que no se crea prudente ni convenien­te llevar a cabo esa obra de caridad en concreto; por ejemplo, hoy día po­dría ser hasta peligroso introducir en la propia casa a personas completa­mente desconocidas, dada la proliferación de enfermedades contagiosas y la frecuencia de la delincuencia y del terrorismo. El Señor pone este ejem­plo que puede sustituirse por cualquier otra obra de caridad. Se trata de manifestar siempre un gran espíritu de solidaridad para con los pobres y enfermos y desvalidos, y hacer todo lo posible para que no carezcan de co­mida ni de los cuidados que necesitan. Un ejemplo de este espíritu de cari­dad lo da la Iglesia de nuestro Perú multiplicando en todas las parroquias los comedores infantiles para dar de comer a tanto niño pobre y desnutrido.

Finalmente, queremos indicar que el Señor tampoco condena la invitación que suele hacerse a familiares o a amigos. Es una manifestación del amor familiar y del amor de amistad; pero lo que el Señor indica es que, en esas oportunidades, no se trata propiamente de una obra de caridad, de ayuda desinteresada al necesitado. Y lo que sí condenaría el Señor es que, aun en esas ocasiones, se busquen intereses egoístas y una retribución humana.

Profunda lección de generosidad y caridad que todos los cristianos debe­ríamos aprender y poner en práctica en nuestra vida diaria.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.




159. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Los primeros asientos

 


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

159.- LOS PRIMEROS ASIENTOS

TEXTO

Lucas 14,7-11

Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una pa­rábola: "Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Dejo el sitio a éste"; y en­tonces vayas a ocupar avergon­za­do el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo sube más arriba y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado."

INTRODUCCION

Señor observaba cómo los invitados con él en casa del Fariseo busca­ban los puestos distinguidos. Conocida era la vanidad de los fariseos y escribas que en todas partes buscaban siempre ocupar los primeros puestos. Esta acusación la hace el Señor en repetidas ocasiones: "Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje y quieren ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas, y los primeros estos en los banquetes." (Lc 20,46) "Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres..., van buscando los primeros asientos en los banquetes y los primeros puestos en las sinagogas." (Mt 23,5-6).

Él Señor aprovecha esa conducta llena de vanidad de los escribas y fari­os, para dar una lección de humildad.

MEDITACIÓN

El Señor, en primer lugar, hace ver a los fariseos y escribas que esa vanidad, aun en el plano de las relaciones humanas, puede ser causa para ellos mismos de ser humillados y avergonzados delante de los demás. El que se deja llevar de la vanidad, y su manera de obrar está motivada por el deseo de mostrar su superioridad sobre los demás, acaba siendo despreciado por todos.

Pero el Señor a continuación pronuncia una sentencia que es fundamental para todo el que quiera ser su discípulo. Ya no se trata de las consecuen­cias de la vanidad y soberbia dentro de las relaciones humanas. Se trata de la profunda humildad cristiana, primero y ante todo en relación con Dios, y, como consecuencia, en relación con los hombres.

En el Antiguo y Nuevo Testamento encontramos frecuen­temen­te revela­ciones de Dios que nos repetirán que toda vanidad, soberbia, orgullo, es el gran obstáculo para recibir las gracias y bendiciones de Dios.

"Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes" (Prov. 3,34; Sant. 4,6; 1 Ped 5,5)

Y se nos describe la soberbia como la causa de que Dios arranque a los orgullosos de su viña, indicando el castigo que les espera: "Las raíces de los orgullosos las arrancó el Señor, y en su lugar plantó a los humildes" (Eccli. 10,15). Por el contrario, la sincera humildad será siempre la actitud del corazón que abra sus puertas a todas las gracias y beneficios de Dios.

La humildad es el fundamento de toda ascética cristiana. La humildad es la raíz y fundamento de la compunción, de la obediencia a la Palabra de Dios, de la oración, de la misma fe.

La tragedia de la creación empezó con el primer acto de orgullo de Sata­nás que se negó a servir a Dios que le había creado; y la tragedia de la hu­manidad caída comenzó con el pecado de orgullo de los primeros padres de quererse hacer igual a Dios: "Seréis como dioses" (Gen 3,5)

Y por el contrario, el comienzo de la redención de la humani­dad, de la en­carnación del Hijo de Dios, tuvo lugar cuando Dios "puso sus ojos en la humildad de su esclava" (Lc 1,48)

La humildad en el orden natural nos lleva a reconocer la gran­de­za de Dios Creador y nuestra nada en su presencia: "Mi existencia cual nada en tu presencia." (Ps 39,6). La esencia del hombre es ser creatura de Dios, sos­tenida continuamente por sus manos omnipotentes creadoras, para no vol­ver al abismo de la nada.

Y en el orden sobrenatural se da en el hombre una total incapacidad para todo lo que se refiere a su salvación. Todo es pura gratuidad de Dios, re­galo suyo, no exigido por la naturaleza humana, sino otorgado por su infi­nita bondad y amor.

"Dios es el que obra en ustedes el querer y el obrar" (Filip. 2,13) "Nadie puede decir: ‘¡Jesús es el Señor!' sino por influjo del Espíritu Santo." (1 Cor 12,3)

Reconociendo estas verdades fundamentales de nuestra fe, es como vivire­mos siempre en la presencia de Dios siendo conscientes de su infinitud y grandeza, de su bondad y de su amor, y, al mismo tiempo, de nuestra nada y miseria. Y esta conciencia profunda en nuestro corazón nos llevará a la aceptación plena de toda revelación de Dios, a una perfecta sumisión a su amorosa voluntad, a una oración confiada. Y como nos enseñó Cristo en la oración del Padre Nuestro, lo primero que buscaremos es que su Nombre sea santificado, que se establezca en el mundo su Reino de gracia y de amor, y que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo. No busca­remos nuestra propia gloria y exaltación entre los hombres, sino la verda­dera gloria de Dios.

La propia gloria siempre es vaciedad y mentira.

Ese corazón humilde está abierto a todas las gracias de Dios y será exaltado por él delante de los hombres y en la gloria eterna: "El que se humille, será exaltado."

La vanidad, la soberbia, el buscar su propia gloria es lo que impidió a los escribas y fariseos acoger a Cristo y recibir todos los beneficios de su redención.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.




158. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Jesús cura a un hidrópico


P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

158.- CURACIÓN DE UN HIDRÓPICO

TEXTO

Lucas 14, 1-6

Habiendo entrado en sábado en casa de uno de los principales de los fari­seos para comer, ellos le estaban observando. Había allí delante de él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: "¿Es lícito curar en sábado, o no?" Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: "¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en sábado y no lo saca al momento?" Y no pudieron respon­der a esto.

INTRODUCCIÓN

Nuevamente encontramos al Señor convidado por un fariseo a su casa. Participaban en la comida otros fariseos y escribas. Lucas nos dice que to­dos los fariseos "estaban observando" al Señor. Esto hace sospechar que la invitación no nacía de una amistad sincera, sino de curiosidad y de in­tenciones malévolas para espiar al Señor con la finalidad de sorprenderle en algo que ellos tuviesen que condenar. Muchas veces se había repetido esta escena en que los fariseos acechaban cualquier acto del Señor para poder acusar­le y condenarle. Se nos dice además que había un hidró­pi­co.

Es muy raro que se encontrase invitado a la comida de los fariseos; quizá el irrumpió en la casa del fariseo durante la comida. Pero al decir Lucas solamente que "había allí un hombre hidrópico", hace pensar que fue in­troducido por los mismos fariseos para ver si el Señor osaba curarle delan­te de ellos, pues aquel día era sábado, y según sus normas, no se podía ha­cer ninguna curación ese día.

MEDITACIÓN

Jesús penetra en los pensamientos de los fariseos y escribas, y valiente­mente se enfrenta a ellos haciéndoles una pregunta: "¿Es lícito curar en sá­bado, o no?". Los fariseos y escribas debieron de quedar muy sorprendi­dos al verse descubiertos, en sus pensamien­tos y en sus malas intenciones, por el Señor. Y no se atreven a responder. El Señor entonces realiza el mi­lagro de curar al hombre hidró­pico, y le despide después de que ha sido curado, señal de que no estaba invitado a la comida, sino que los fariseos y escribas se habían servido de él para poner una trampa al Señor.

Hecho el milagro, Jesús les descubre una vez más su hipocre­sía. Todos ellos que se escandalizaban de que Jesús con poder divi­no realice un milagro de curación en sábado, son los primeros que no dudarían en salvar a su hijo o a una res de su ganado, si cayesen a un pozo, aunque fuese día sábado.

Como ya hemos insistido en otros milagros que Jesús realizó en sábado y fue también duramente acusado por los fariseos (Cfr. medit. 144, 145, 156), el Señor no se cansaba de atacar el falso legalismo de los escribas y fariseos y su rígida, y muchas veces absurda, interpretación de la Ley; mientras por otro lado "descuidaban la justicia y la caridad". (Mt 23,23)

La Ley suprema de la caridad que Cristo traía al mundo nunca pudo ser comprendida por los escribas y fariseos que tenían un corazón duro como una piedra, egoísta e inmisericorde. La única religión verdadera es la que, según las enseñanzas de Cristo, se centra en la caridad.



Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.






157. Meditaciones: Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - Respuesta para Herodes


 

P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, jesuita

Introducción

Breves indicaciones para hacer con fruto las meditaciones

Acto de fe, esperanza y amor a Jesucristo


VI. DESPUÉS DE LA FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS, HASTA LA FIESTA DE LA DEDICACIÓN

ACTIVIDAD DE JESÚS EN JUDEA Y PEREA

(Mediados de Octubre a Diciembre, año 29)

157.- RESPUESTA PARA HERODES

TEXTO

Lucas 13,22; 13,31-33

Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jeru­salén.

En aquel momento se acercaron algunos fariseos, y le dijeron: "Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte." Y él les dijo: "Id a decir a ese zorro: Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén."

INTRODUCCIÓN

Lucas nos habla de nuevo del viaje de Jesús a Jerusalén. Una vez que Je­sús sale de Galilea, Lucas considera todas las correrías apostólicas de Je­sús por Judea y Perea en la perspectiva de la meta final, que es Jerusalén, donde el Señor tenía que morir. Ahora nos vuelve a recordar y, el destino definitivo de Cristo que es llegar a la Ciudad Santa para consu­mar su obra redentora. Pero Lucas no tiene en consideración las otras es­tancias de Jesús en Jerusalén, en las fiestas de los Tabernáculos y en las fiestas de la Dedicación del Templo. Estas fiestas nos son narradas por San Juan y en ellas nos describe la actividad apostólica que el Señor llevó a cabo.

La escena que nos narra Lucas en los versículos 31-33 tuvo lugar estando el Señor en Perea. En Judea, Herodes no tenía ninguna autoridad; él era tetrarca de Galilea y Perea, y como el Señor ya había abandonado definiti­vamente Galilea, tenía que ser en Perea donde se encontraba el Señor y donde Herodes podía prenderle y matarle.

MEDITACIÓN

Se interpreta que el consejo que dan los fariseos al Señor para que salga de Perea no nacía de un corazón sincero, que intentase evitar que Jesús fuese perseguido y matado por Herodes. Herodes manifiesta el deseo de ver a Jesús y verle realizar algunos milagros (Cfr. Lc 9,9; 23,8), pero en ninguna parte se nos dice que deseaba matarle. Lo más probable es que Jesús, durante su estancia en Perea, seguía atrayendo a las multitudes, y esto no lo podían soportar los fariseos. Por eso le ruegan que salga de allí con la hipocresía de aparentar una preocupación por la vida de Jesús. Y salir de allí significaba que volvería a Judea donde estaría más próximo a los escribas y fariseos de Jerusalén y a las autoridades judías. Todos ellos sí querían matar al Señor.

Jesús aprovecha lo que le dicen los fariseos, para denunciar públicamente la vida inmoral de Herodes, igual que anteriormente lo había hecho su pre­cursor Juan Bautista. La palabra "zorro", dicha a una persona, indicaba que esa persona tenía un corazón hipócrita, artero, violento y cruel, y que además su vida estaba llena de vicios. El Señor no tiene miedo a denunciar la corrupción de las autoridades públicas y prevenir así a sus súbditos de la pésima influencia que pueden ejercer.

Pero hay algo mucho más profundo en la respuesta del Señor. El Señor manifiesta que tiene una misión que cumplir y que nada ni nadie le apartará de esa misión. El seguirá predicando su doctrina y obrando milagros y ex­pulsando demonios hasta que llegue "su hora", como dirá en otras ocasio­nes. El es consciente de que esa hora está cercana y se acerca a ella con plena libertad y con una voluntad de plena sumisión al Padre y de infinito amor a los hombres. Pero, mientras llegue esa hora, seguirá cumpliendo con su misión de Mesías, de Hijo de Dios enviado por el Padre. Ejemplo extraordinario de Cristo en el cumplimiento de la misión que le ha confiado 'el Padre.

"Hoy y mañana, y el tercer día soy consumado" son expresiones de Cristo para indicar que es ya poco el tiempo que le quede para actuar en la tierra; que después, en seguida, vendrá la hora de su sacrificio. Y es una nueva profecía de su muerte que tendrá lugar en Jerusalén, ciudad testigo de la muerte de tantos profetas.

Lucas, a continuación, pone en labios de Jesús sus lamentaciones sobre Jerusalén. Las mismas lamentaciones las trae Mateo en otro contexto, en los días de la Semana Santa, al final de su vida. Creemos más conveniente meditarlas en el contexto de Mateo (Mt 23,37-39), más adelante.




Examen de la oración


Referencia: Meditaciones Vida, Muerte y Resurrección de Jesucristo - P. Fernando Basabe Manso de Zúñiga, SJ.


Volver al índice de la serie AQUÍ


Siéntete en libertad de compartir en los comentarios el fruto o la gracia que el Señor te ha regalado en esta meditación.