Jesús anuncia su misión

P. Adolfo Franco, S.J.


Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret como el cumplimiento de las promesas del Padre y anuncia su misión de Salvador.



La lectura del Evangelio de este domingo recoge dos párrafos, que en el mismo Evangelio de San Lucas están separados.

El primer párrafo expresa la voluntad del Evangelista San Lucas de ser muy cuidadoso en la transmisión de los datos y narraciones que hará en su Evangelio. Es el testimonio de un hombre que tiene la intención de ser objetivo y fiel a la verdad de todo lo que va a narrar. Con esto quiere dar un sello de autenticidad a lo que escribe, y manifiesta su cuidado al buscar las fuentes en que se basa todo lo que escribirá: un verdadero testimonio de historicidad. Y todo tiene como finalidad dar una base sólida a la fe; fe que se sustenta precisamente en la realidad de todo lo acontecido en Jesús de Nazaret.

El segundo párrafo es el comienzo de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, la ciudad donde se había criado. Este hecho de la predicación de Jesús en su ciudad natal tiene dos momentos: uno de afirmación clara de Jesús sobre su mesianidad; el segundo, la confrontación y el rechazo de sus paisanos. Pero el evangelio de este domingo sólo contiene el primer momento: la afirmación de Jesús sobre su mesianismo.

Jesús ha tomado el rollo que debía leer en la sinagoga, y delante de todos lee uno de los párrafos del profeta Isaías en que se habla del futuro Mesías; en ese párrafo se señala la actividad bienhechora del Mesías (Is 61, 1-2). Si se quería identificar al Mesías, éste debía tener unas características, y una de las principales debía ser su bondad especialmente con los más necesitados. En el mismo profeta Isaías se indican en diversos capítulos otra serie de características del Mesías.

De entre todas esas características, Jesús en su presentación escoge, lee y subraya ésta: La unción que ha recibido el Mesías es para: “anunciar a los pobres la Buena Noticia... para proclamar la liberación a los cautivos... para dar la vista a los ciegos... para dar libertad a los oprimidos... para proclamar un año de gracia del Señor”.  Y es que Jesús (esa sería la intención del Evangelista San Lucas) quiere en esta primera presentación pública, mostrar todo un panorama de su futura actuación en la vida pública durante tres años. Y en esta primera predicación en público hay varias afirmaciones: Yo soy el Mesías, el Enviado de Dios, el Ungido, el cumplimiento de todas las promesas del A. T. Y mi venida, sigue destacando Jesús, es para enseñar la Buena Nueva y para redimir: y redimir a cada uno de aquello que necesita. Así resume El su futura actividad: manifestar la Revelación y realizar la Redención.

Su predicación es calificada de Buena Nueva. La de Jesús es una enseñanza Nueva; no quita su relación con lo revelado ya por Dios en el A. T., a través de los autores inspirados. Pero su enseñanza tiene un aporte que da la plenitud a todo lo anterior. Con frecuencia Jesús hablará de esto. En todo el sermón del monte, recogido por San Mateo, tendrá esa serie de afirmaciones: “se dijo a los antiguos, pero yo les digo...” Cuando se enfrente en tantas oportunidades con los fariseos, dirá: no se pone un remiendo nuevo a un paño viejo, no se echa el vino nuevo en odres viejos. El nos hablará de un mandamiento nuevo: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros, como yo les he amado”. El nos dará a conocer el misterio interior de la vida de Dios, y de que es Padre, y de que habita en nosotros. Viene a predicar la Buena Nueva.

Y viene a redimirnos: Darnos la posibilidad de la salvación eterna, liberarnos de todas las cegueras, de todas las esclavitudes, para darnos un año (un tiempo definitivo) en que la gracia de Dios estará con nosotros. Este es en resumen el contenido de esta bella primera presentación de Jesucristo, anunciando su actividad en la sinagoga de Nazaret.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Homilía del Domingo 2º TO (C), 20 de Enero del 2013


La Iglesia esposa de Cristo

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas Is 62,1-5; S 95,1-3.7-10; 1Cor 12,4-11; Jn 2,1-12




Las lecturas de hoy nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre la Iglesia como esposa de Cristo. La primera es parte de una profecía del final del exilio en Babilonia. El pueblo de Judá, identificado en los textos sagrados con los nombres de Sión, el antiguo de Jerusalén, y del mismo Jerusalén, conquistada por David y erigida capital del reino, fue castigado por sus pecados de idolatría. Perdió su independencia política, que de hecho no la recuperaría ya hasta tiempos muy recientes. Jerusalén fue conquistada por el rey Nabucodonosor, el templo fue destruido, sus habitantes fueron llevados al destierro de Babilonia y allí estuvieron por unos 70 años. No les fue mal, porque Dios los protegió. El año 538 a.C. el rey Ciro permitió la vuelta a Palestina. La Biblia habla de Ciro como del instrumento que Dios usa para mostrar su benevolencia y protección con su pueblo. Dios se designa a sí mismo como el esposo fiel a su esposa, pese a sus gravísimas infidelidades y traiciones constantes. Porque Israel ha traicionado a Dios repetidamente. Ha ido tras dioses falsos, les ha erigido santuarios y ofrecido sacrificios, incluso les ha ofrecido sacrificios humanos, hasta hubo reyes que  sacrificaron a sus propios hijos.
Pero también el pueblo de Israel y su capital Jerusalén, son también un símbolo de la Iglesia. De ella está perpetuamente enamorado el esposo y le hará compartir  todos sus bienes. Incluso aunque ella le traicione, como en el caso de la esposa del profeta Oseas, Dios el esposo, al que representa Oseas, no dejará de ser fiel a su amor. También en la Virgen María ve la Iglesia realizada, ahora en forma positiva, la figura de la esposa fiel y predilecta del Señor. Por eso lo que la Biblia canta de Israel, Jerusalén, María y la Iglesia se intercambian con frecuencia.
Dios se regocija en su Iglesia, es decir en todos nosotros que la formamos por el bautismo y el don del Espíritu, siendo verdad esto: «Ya no te llamarán “abandonada”…a ti te llamarán “mi favorita”, y a tu tierra “desposada”, porque el Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá esposo. La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo». Que éste sea el talante más frecuente de nuestra relación con Dios, con esta alegría vengamos a la misa de cada domingo, abramos la Biblia para leerla, iniciemos la jornada para servirle.
También en el Nuevo Testamento la unión de Cristo con la Iglesia aparece bajo el símbolo matrimonial. Pero la lectura de hoy de la carta primera a los Corintios utiliza la comparación de la unión del cuerpo y del espíritu humano. Ambos símbolos se complementan y llaman uno a otro. Porque Dios creó a la mujer del cuerpo del hombre, infundiéndole de su espíritu y Cristo hizo la Iglesia de la sangre de su costado y continúa dándole vida con la eucaristía y el bautismo, simbolizadas en la sangre y agua que brotan del costado de Cristo tras la lanzada. De esta manera explica San Pablo la unidad de los miembros entre sí y con Cristo y la presencia del Espíritu en el todo de la Iglesia y en cada uno de nosotros, sus miembros. Como Eva es creada del cuerpo de Adán, la Iglesia, como esposa nace del cuerpo de Cristo. Forma con Cristo un solo cuerpo. Cristo es la cabeza, el miembro más importante, del que todo fiel vive por estar unido a Él. El Espíritu de Cristo, siendo uno y el mismo en cada uno de sus miembros, está en cada uno, aunque desarrolle funciones diversas. Un miembro del cuerpo oye y otro, por ejemplo ve, así en la Iglesia todos somos miembros con el mismo Espíritu, pero tenemos distintas funciones. Unos sirven a la Iglesia enseñando, otros gobernando, otros orando, otros hacen milagros, otros atienden a los enfermos…otros son unos magníficos padres y madres,… Estos son los diversos ministerios, dones y carismas. Todos son dones de Dios para el servicio de la Iglesia. El don más importante es el de la caridad. El valor de nuestro servicio es el de nuestra caridad.
El evangelio nos enseña que Jesús acepta y bendice la institución natural del amor humano y del matrimonio. Establece una continuidad entre el orden natural y el sobrenatural. No sólo con la oración y los sacramentos; también con el trabajo y la actividad en las instituciones humanas naturales, el cristiano, obrando según el Espíritu, se eleva a sí mismo en el orden divino y eleva las mismas cosas para que sirvan a Dios. María está allí, al comienzo de una nueva familia, como estará al comienzo de la vida de la Iglesia en sus dos momentos cumbres: el Calvario y Pentecostés. María, como Madre de la Iglesia, atiende a sus necesidades fundamentales, como fue entonces la del vino, y hace que sean satisfechas en abundancia. María está donde los discípulos de su Hijo están. No les falta el vino del Espíritu.
La Iglesia no olvida nunca a María como intercesora de nuestras oraciones. Ella misma representa a la totalidad de la Iglesia, nacida de la fe, nacida de haber acogido la “Palabra”, cuyo alimento fundamental es meditar la palabra en su corazón.
No quiso la Madre que en Caná faltase el vino, como no quiere que en su Iglesia falten el don de la Eucaristía y el del Espíritu. 
“Hagan lo que Él les diga”, dijo y nos dice María. El discípulo de Cristo aprecia la Eucaristía. Vive de ella. El domingo es el día más importante de la semana, porque ese día con toda la Iglesia universal se reúne con Cristo, escucha atento la Palabra como María, llena su corazón con el vino de la Eucaristía y, como la Eucaristía es “el culmen y la fuente de la vida cristiana”, participa en ella con el corazón más abierto, la felicidad más grande y un amor a Dios y a sus hermanos los hombres que carece de fronteras.
Por medio de nuestra Madre demos a Dios gracias y dejemos a la Palabra que transforme nuestro corazón.



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Las bodas de Caná: representación de la redención

P. Adolfo Franco, S.J.


Juan, 2, 1-12

Las bodas de Caná, expresan el lenguaje del amor de Dios, en la obra de nuestra salvación


San Juan se encarga bien de subrayar que este milagro de las bodas de Caná es el primer milagro que hizo Jesús. Estaba Jesús acompañado por su Madre y por el primer grupo de apóstoles, recién llamados. San Juan además prefiere llamar “signo” a esta actuación de Jesús, más que milagro; y esto, no porque no sea un milagro, una actuación por encima de lo natural y que es sólo propia de Dios, sino porque lo que importa que consideremos es su significado, y no tanto su aspecto de prodigio.

Y el significado de este hecho milagroso de Jesús es muy grande y muy profundo. San Juan, al narrar el milagro del agua convertida en vino (y en un banquete de bodas), ya está adelantando una relación matrimonial de Jesús con la humanidad salvada, en la que la boda se celebra con un vino nuevo, la propia sangre de Cristo. Este milagro-signo sería casi como una representación adelantada de la redención. Una redención en que habrá un vino que nadie había probado antes, y que es una verdadera fiesta de bodas, porque todo lo que reina ahí es el amor. Y a este nuevo banquete de bodas están invitados especialmente sus seguidores y de forma particular la Virgen María. Cuando narre Juan la crucifixión de Jesús también subrayará que de su costado brotó sangre y agua; esto ocurre en la última escena de la Redención. Y hay ahí una alusión del agua convertida en vino, que es la primera escena de la obra de la Redención. San Juan subraya por eso, que el milagro de las bodas de Caná es el primer signo que hizo Jesús.

Pero además hay muchas más consideraciones que podemos sacar de esta escena cargada de simbolismo. Jesús transforma el agua en vino. Esto está adelantando todos los milagros “invisibles” que se realizan en cada sacramento, y en cada uno de ellos hay una transformación, como la del agua en vino. En el sacramento del bautismo, es el agua corriente que adquiere una fuerza salvadora y purificadora, que antes no tenía: es un agua transformada por la presencia de Jesús. Y lo mismo pasa en cada sacramento, y especialmente en la Eucaristía, donde hay además la transformación de la misma sustancia del pan y del vino. Pero en todos los sacramentos hay algún tipo de transformación del material empleado, y en todos se produce por la presencia y la intervención de Cristo. Podríamos decir así que cada sacramento es una especie de “bodas de Caná”.

Es muy importante también destacar los aspectos humanos de Jesús que aparecen en su actuación en el milagro. Primero su cercanía con los hombres y con su vida: Jesús presente en una fiesta de bodas. Estará igualmente presente en cada actividad que desarrollen los hombres, siempre. En toda actividad podemos tener presente a Jesús. Además el detalle de hacer un milagro generoso: aproximadamente seiscientos litros de vino y del mejor vino. Y podríamos añadir que Jesús hace un milagro casi innecesario ¿qué cosa importante estaba de por medio? Simplemente se trata de una manifestación de su bondad y de su interés por todas las circunstancias de los hombres.

Junto con esto hay también que pensar que el milagro no se habría producido sin la colaboración de los sirvientes y su obediencia a lo que Jesús dice. “haced lo que El os diga” (que les dijo la Virgen). Jesús transforma todo, todo lo llena de un sentido nuevo, pero a nosotros nos toca poner nuestra colaboración, sin la cual Jesús no quiere actuar, aunque pudiera,  poniendo a su disposición nuestra docilidad a su palabra.

Otra cosa que es notable es la presencia de la Virgen. Porque entre otras cosas, es el único milagro del Evangelio en que consta que ella estuvo presente. Como meditábamos más arriba es la primera escena (por así decirlo) de la Redención. Y María está presente en ella, de la misma forma que estará en la última escena, cuando ella esté presente al pie de la Cruz, donde se estará realizando esa “boda tan especial” de su propio Hijo. María tiene el papel de intercesora: ella no hace el milagro, pero es la “promotora” del milagro. Ella, al pie de la Cruz acompaña a Jesús en nuestra salvación y se compromete con cada uno, al aceptarnos como hijos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

Y finalmente la presencia de los apóstoles. Ya serán sus compañeros siempre, pero debe instruirles en la fe. Su fe la irá construyendo Jesús en ellos poco a poco, con su palabra, con su vida y con las manifestaciones de su poder; es lo que San Juan dice en la narración del milagro: y los discípulos creyeron en El. Así podrán ser ellos en el futuro de alguna manera la presencia continuada de Jesús en la vida de la Iglesia.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.


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Homilía de la fiesta del Bautismo de Jesús





"Bautizados en el Espíritu"

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Is 42,1-4.6-7; S. 28; Hch 10,34-38: Lc 3,15-16.21-22



Con su bautismo Jesús comienza el tiempo de su vida que dedica a exponer su doctrina, el significado de su misión y formar  a sus discípulos, que continuarán y completarán su tarea. La división de la vida de Jesús en infancia, vida pública y muerte y resurrección es secundaria. No debemos  olvidar que el estado actual de Jesús es el de adulto y resucitado, administrando su poder a la derecha del Padre y alimentando, iluminando y dirigiendo su Iglesia y a los que hemos creído en Él y queremos seguir sus pasos.

Pero el “seguir sus pasos” no consiste en un mero mimetismo externo. Sería además imposible. Las cosas que utilizamos nosotros y las formas de producirlas y usarlas son hoy distintas. Se trata de transformar el corazón, el espíritu, el interior nuestro. Esto sí es posible. Podemos dar una limosna a quien lo necesita, sanar o ayudar a sanar a un enfermo, compadecer a un triste, orar por nosotros o por otros. En todas estas cosas la forma de hacerlas es diferente, pero la intención y la actitud del corazón, puede ser semejante a la de Jesucristo. Y de esto se trata, cuando hablamos de seguir a Jesucristo, de conformar nuestro espíritu según la palabra y modelo de Jesús.

Los cuatro evangelios presentan a Jesús como en una película. No teorizan sobre su doctrina y sus obras, sino que reproducen y narran sus palabras y obras con la máxima fidelidad a lo que fueron. Apareció Juan Bautista en el desierto de las riberas del Mar Muerto por donde pasaba el camino más transitado desde la Galilea a Jerusalén; anunciaba la próxima llegada del Salvador, que la gente esperaba en aquel tiempo de un momento a otro; exhortaba a prepararse con la penitencia y conversión y bautizaba a los que la aceptaban. Tras algún tiempo, que no parece fuera largo, vino Jesús. Juan lo reconoce como el Mesías. Queda primero perplejo, pero Jesús le convence. Juan bautiza a Jesús, ambos ven al Espíritu Santo descender en forma de paloma, Jesús es lleno del Espíritu Santo, se oye una voz del cielo: “Tu eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. A continuación Lucas pone toda la genealogía hasta Adán, mostrando así que toda la historia humana confluye en Él, que es el cabeza de la humanidad regenerada. Y empezará a exponer su historia subrayando que partía del Jordán “lleno del Espíritu Santo” y “movido por el Espíritu” (Lc 4,1).

La primera lectura nos recuerda una de las cuatro profecías del libro de Isaías sobre la figura del Siervo, que se realizaría en Jesús. Él mismo lo afirmó al comentar otra en su visita a Nazaret. En ellas el Siervo es previsto como “mi siervo a quien sostengo, mi elegido a quien prefiero, sobre quien he puesto mi Espíritu”.

En la segunda lectura oímos lo que Pedro decía cuando admitió en la Iglesia a los primeros paganos. Fue un momento clave para la Iglesia y para Pedro. Hablaba de “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”. Fue entonces cuando el Espíritu Santo descendió sobre aquellos gentiles y San Pedro comprendió que no podía hacer cosa mejor que admitirlos en la Iglesia y bautizarlos: “¿Cómo no bautizar a quienes recibieron el Espíritu Santo lo mismo que nosotros?” (Hch 10,47).

El bautismo que nosotros hemos recibido, no fue el de Juan sino el de Jesús, “que es más fuerte que Juan” y bautiza “con Espíritu Santo”. Este bautismo es el que hemos recibido nosotros, es el bautismo con el que fueron bautizados el día de Pentecostés los discípulos y todos los que se arrepintieron de sus pecados y creyeron en Cristo (v. Hch 2,38-41).

Cristo recibió en su bautismo al comienzo de su vida pública una gran infusión del Espíritu Santo, porque su presencia en la humanidad de Cristo era necesaria para que fuese un instrumento dócil y transparente para la misión y obras del poder de Dios. Era un poder que nunca habían visto. ¿Quién es éste? Porque su palabra no es como la de los rabís, tiene autoridad cura, resucita, expulsa demonios, no, no es como la de los maestros de Jerusalén.

Nosotros, aunque como en frágiles vasos de arcilla, también llevamos, sin embargo, el Espíritu Santo. Junto al perdón de los pecados, se nos ha dado en el bautismo. Y ese Espíritu está también llamado a obrar en nosotros las obras de Cristo. Incluso Jesús dijo que haríamos obras mayores que las que Él mismo había hecho (v. Jn 14,12).

Me sospecho que  algunos de ustedes piensan que exagero y que para eso habría que tener la fe de personas como Teresa de Calcuta o Juan Pablo II. “El justo vive de la fe” (Ro 1,17). Todos podemos vivir más de la fe. No hace falta sentir nada especial. Vivir de la fe no es sino hacer lo que sabemos que quiere Dios ahora de nosotros. Agradecer sus favores, pedirle la ayuda necesaria para hacer su voluntad, que ahora nos resulta difícil. Pedirle que intervenga en las cosas normales de nuestra vida para hacerlas bien. Pedirle gracia para llevar nuestra cruz grande o pequeña de cada momento. Vivir de la fe es hacer con amor aquello que Dios nos pide en cada momento con amor, con amor a Dios y con amor al prójimo. La vida se convierte así en un tejido de acción y de oración, de obras y de gracia.

María, la Madre de los creyentes, es la gran maestra para ello. Con su ejemplo y su ayuda maternal haremos más y más de nuestra vida un servicio a nuestro Dios.



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Domingo 13 de Enero del 2013

Bautismo de Jesús

P. Adolfo Franco, S.J.


Lucas 3, 15-16.21-22

El Bautismo de Jesús, es toda una revelación de su persona y de su misión.
Con este domingo termina el ciclo litúrgico de Navidad.



Este hecho de la vida de Cristo, su bautismo en el Jordán, tiene un gran significado, y la Iglesia nos lo pone en este domingo, con que se cierra el ciclo de Navidad, como complemento de la adoración de los Magos, como una nueva epifanía, o manifestación del Señor.

La narración escogida para este ciclo litúrgico es la de San Lucas. Primero no está de más recordar que el bautismo que Jesús recibió de Juan Bautista, no es el bautismo sacramento, que recibimos nosotros. Jesús es el que instituyó los siete sacramentos, y por tanto el bautismo de Juan Bautista no era el sacramento. Este rito del bautismo que Juan practicaba (y que se practicaba en otros grupos religiosos) era algo puramente simbólico y que expresaba la voluntad de arrepentimiento y era a la vez una súplica a Dios pidiendo pureza interior. Ciertamente sorprende que Jesús acudiera a recibir este tipo de bautismo junto con todos los hombres arrepentidos que acudían a Juan Bautista, como si El tuviera necesidad de esta purificación.

Otra cosa que destaca en esta narración es que Jesús se ponga por debajo de Juan Bautista, cosa que sorprende a éste mismo. Jesús recibiendo de otro (Juan Bautista) la gracia del bautismo de los pecadores. Todo esto muestra la sencillez de Cristo, su humildad, la realidad de la Encarnación (en todo semejante a nosotros excepto en el pecado), y muestra a la vez cuál sería el camino que El iba a seguir para obrar nuestra salvación; un camino de sencillez, sin ninguna búsqueda de brillo o de poder.

Aparte de esta manifestación del Jesús sencillo y humilde, hay en esta escena una manifestación del misterio de la Santísima Trinidad. Entre las novedades que nos trae la enseñanza de Jesucristo, una central es la plenitud de la revelación sobre Dios. En el A.T. hay una revelación progresiva de Dios, con algunas manifestaciones; pero ahora en el N.T. Cristo nos va presentar la plenitud de la revelación de lo que es Dios: primero con lo que El es (Cristo es imagen visible del Dios invisible), y segundo con lo que El dice: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo; Dios es amor. En esta escena tenemos una de las más claras revelaciones de la Trinidad, con presencia activa del Padre, que señala al Hijo y con el Espíritu en forma de paloma.

Este hecho de la manifestación de la Trinidad en el Bautismo de Jesús, podría entenderse como el paso ya de lo antiguo a lo nuevo: Juan Bautista va a dejar el paso a Jesús: lo viejo cede ante lo nuevo: “conviene que El crezca y que yo disminuya”. Con Cristo viene la plenitud de todo lo que antes estaba incoado; antes todo eran promesas, y ahora todo llega a su cumplimiento. Dios había estado enviando al mundo mensajeros, profetas, pero al llegar la plenitud de los tiempos nos ha enviado a su propio Hijo.

También en este momento comienza una nueva etapa de la vida de Jesús; ha acabado el silencio de la infancia, y ahora llega el momento de actuar. Treinta años de preparación silenciosa, van a dar paso a tres años de intensa labor. Con esta escena se le dice a Jesús que ha llegado el momento de manifestarse al mundo. Aquí es investido Jesús de su vocación misionera; ahora tendrá que transmitir el mensaje, tendrá que establecer el grupo de los doce, pondrá los fundamentos de la Iglesia que continuará su misión, deberá recorrer los caminos haciendo el bien y curando a todos de sus dolencias, y llegará a su culmen con el Misterio Pascual que El realizará en su totalidad, y que nos dejará en la riqueza sacramental de la Iglesia.

Y con esta riqueza sacramental nos dejará nuestro sacramento del Bautismo, que nos configura con Cristo. Porque la salvación consistirá básicamente en hacerse semejantes a Cristo, y con el Bautismo todos recibimos su sello, nos hacemos otros Cristos.

Ciertamente es una manifestación importante la que se realiza en el Bautismo de Cristo, y que completa la primera manifestación a los Magos venidos del oriente.


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Agradecemos al P. Franco SJ por su colaboración.
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Jesús de Nazaret - 6º Parte

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


3. Elección de Pedro. Fundamentos del Primado


En la lectura de los Evangelios Simón Pedro fue preferido por Jesús a los demás apóstoles en distintas ocasiones. Esto es tanto más extraño cuanto que humanamente eran otros quienes estaban más cerca­nos a Jesús por parentesco humano, por otro lado Pedro no había demostrado ninguna cualidad especial para merecer la tal preferencia. El hecho de que Pedro obtuviera una duradera preferencia dentro del cír­culo de los apóstoles es un impenetrable misterio fundado en la libre sabiduría y designio de Dios, para el que no hay explicación posible.

En los evangelios Pedro aparece desde el principio como el que dirige la conversación, como el primero que habla, así: Mc 8, 29; Mt 18, 21; Lc 12, 41 En la lista de los apóstoles siempre es citado el primero Mc 3, 16-19; Mt 10, 1-4. Es Pedro quien quiere retener a Jesús cuando se escapa a la soledad. Lc 5, 1-11. Su importancia especial se expresa también en la fór­mula "Pedro y los suyos", Lc 9, 32. Junto con Santiago y Juan pertenece al círculo de los más íntimos de Jesús, Mt 5, 37; 9, 2; 14, 33.

El pasaje más claro en el que se ve que Cristo distingue a Pedro con la preferencia del Primado es Mt 16, 13-20 : "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tu eres "Cephas" = piedra", y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella".

Hay otros dos textos que confirman la vocación especial de Pedro sobre el grupo de los doce. Lc 22, 31-32: "Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado el poder cri­baros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallez­ca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos". Y en Jn 21, 15-17: "Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas más que éstos?. Le dice él : Sí, Señor tú sabes que te quiero, Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Vuelve a decirle por segunda  vez ... y por tercera vez ... apacienta mis corderos".


3.1. Poder de Pedro y Misión

El poder de Pedro es expresado con un triple símbolo:
  • Pedro es el fundamento firme de la Iglesia (Cephas = Piedra)
  • El poder de las llaves. Símbolo de que Pedro representa en la tierra al Señor y propietario de la casa, a Cristo.
  • El poder de atar y desatar.

3.1.1. Pedro, fundamento de la Roca = Piedra: 
Volvemos, una vez más al texto de Mt 16, 13,-20. Pedro debe ser el fundamento rocoso de la Igle­sia para que la Iglesia no sea vencida por las puertas del infierno. El primer grado de interpretación de lo que Cristo dice a Pedro con­siste en atribuirle el papel de fundamento rocoso de la nueva comuni­dad querida por Cristo. Cristo usa el símbolo de edificar; quiere construir o edificar una Iglesia. Jn 2, 19; Mc 14, 58. Para que la edifica­ción hecha por Cristo tenga duración y consistencia, para que sea sus­traída a la ley de la caducidad su fundamento debe ser cimiento de "roca = piedra".

3.1.2. El poder de las llaves: 
Hemos dicho que las llaves son el símbolo de Pedro que representa en la tierra al Señor y propietario de la casa, a Cristo. Mediante la entrega de las llaves Pedro es constituido en ple­nipotenciario de Cristo. El que tiene las llaves tiene poder para disponer, tiene autoridad para permitir o prohibir la entrada. El ad­ministrador de la casa, el encargado de llaves debe decidir lo que está bien, lo que está permitido y lo que está prohibido conforme al orden establecido por Dios.

3.1.3. El poder atar y desatar: 
Lo que Cristo dice a Pedro bajo la ima­gen de atar y desatar lo dice también a todos los apóstoles en Mt 18. 18: "Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cie­lo". Sin embargo, hay que tener en cuenta que, según Mt 16, 18: "Y yo a mi vez te digo que tú eres "Cephas = Piedra"  Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia ...", se lo dice sólo a Pedro. Evidentemente a todos los apóstoles les compete lo que compete a Pedro, pero a Pe­dro le compete de manera especial. Tres cosas implica la expresión: "atar y desatar".
  • Excluir de la comunidad creyente o readmitir en ella.
  • Imponer una obligación o eximir de ella.
  • Declarar una cosa prohibida o permitida, según la circunstancias.

Cuando Pedro fue llamado como administrador de la casa de Dios, para ejercitar el poder disciplinar en la casa de Dios y mantener en ella el orden de vida, tenía que estar en situación de decidir lo conve­niente y lo inconveniente al orden de la casa de Dios. El poder disci­plinar tiene, por tanto, en su base el poder de enseñar. Por lo tan­to podemos decir que la Iglesia es a la vez la casa, el órgano, mani­festación e instrumento del Reino de Dios. Pedro tiene poder de ex­cluir, admitir a esta comunidad, y admitir y excluir en la Iglesia es admitir y excluir en el Reino de Dios.





Continuará.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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ESPECIAL DE NAVIDAD

"Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor" Is 9,2.
El Señor es generoso. Abrámosle el corazón y confiemos en Él. Feliz llegada del Señor. José Ramón, S.J. 
Invitamos a acceder a nuestras publicaciones sobre Navidad AQUÍ.



Homilía del Domingo de Epifanía




"Levántate, ha llegado tu luz"

P, José Ramón Martínez Galdeano. S.J.

Lecturas: Is 60,1-6; S 71; Ef 3,2-6; Mt 2,1-12



Los Magos eran los sabios de su tiempo. En todas las antiguas culturas conocidas el curso de los astros y los sueños eran modos normales de intentar conocer el futuro para tomar decisiones. En Roma basta consultar una historia para conocer, por ejemplo, cómo ningún general afrontaba una batalla sin consultar a los astros y de forma parecida se actuaba en decisiones políticas. Además la esperanza mesiánica de los judíos del nacimiento de un niño maravilloso que establecería una gran paz en el mundo estaba muy difundida. El mismo poeta latino Virgilio, expresando su esperanza en su Égloga 4ª, es Testigo. En la región de los magos los judíos llevaban tiempo y habían logrado gran influjo. No es extraño que unos sabios, interesados por todos los saberes, supieran de las promesas mesiánicas judías. Es, pues, probable que en un fenómeno estelar no común y ayudados de la divina gracia dedujeran que había nacido el Mesías del que los judíos y sus escrituras hablaban. Nosotros lo que sabemos del hecho es lo que San Mateo nos cuenta en la perícopa de hoy.
Es un hecho y también un misterio. Por él nos revela Dios que Jesús no viene para salvar sólo a los judíos, sino a todos los hombres, también a los pueblos paganos. Esta verdad ya se profetizó antes de Jesús, como se nos dice en la primera lectura, y se abre paso definitivo con Jesús. Pertenece a las verdades esenciales cristianas desde el principio: Cristo ha venido a salvar a los hombres todos de sus pecados. Todo el que crea en Jesús se salvará, el que no crea será condenado (Mc 16,16).
Es verdad muy viva en la conciencia de la Iglesia. La Iglesia es la Jerusalén a la que ha llegado la luz que es Cristo; vienen a ella sus hijos desde lejos; vienen a ella en camellos y dromedarios, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor. El título de la fiesta de hoy viene de una palabra griega que significa “manifestación”, La salvación, el Salvador, Jesús se manifestó como tal. Nada más nacer, el Salvador se manifestó a los pastores, se manifestó al anciano Simeón, a la anciana Ana, y también a los magos de una región remotísima. Los pastores representan a los pobres y sin cultura, Simeón y Ana a los ancianos y desvalidos, en los magos podemos ver a los paganos. El misterio de los magos que llegan a Jerusalén del otro lado del desierto, que no son judíos ni descienden del patriarca Abrahán, pero a los que llega la noticia de modo maravilloso y se ponen en marcha hasta encontrar al “Rey de los judíos” que acaba de nacer, nos dice que Cristo ha venido a salvar a todos los hombres y que Dios llama a todos al conocimiento de la Verdad para que, creyendo, sean salvos.
Para esto ha fundado Cristo a la Iglesia. Y esta es la misión de la Iglesia. Dios quiere de veras que todos los hombres se salven y, por tanto, de una manera, maravillosa muchas veces pero siempre eficaz, llegará su acción salvadora a cada hombre. Por eso la oración y los sacrificios por la salvación de todos los hombres y de los pecadores nunca dejan de ser escuchados por Dios.
Háganlo así todos los días y eduquen a sus hijos a hacerlo desde que den sus primeros pasos en la fe. Que no falte en ninguna familia cristiana la oración por la conversión de los no católicos y de los pecadores.
 Recuerdo el caso de una santa mujer anciana, muy consciente de vivir ya los últimos años de su vida, inútil para todo lo que los hombres consideramos como útil, me manifestaba que ofrecía todo y oraba de continuo por el Papa y la Iglesia y pensaba que para eso le mantenía Dios en vida, porque “es muy necesario orar por el Papa y por la Iglesia”. Esto, desde la fe, sí que es calidad de vida. Esto es lo que la Iglesia –decía el Papa Pablo VI– no puede dejar nunca de hacer: llevar la noticia de Jesús y de su perdón. Es una cualidad, una dimensión, una forma de vida que todo cristiano tiene que incluir.
No se conformen Ustedes con creer y hacer unas cuantas obras buenas. Hay muchos a su alrededor que necesitan que se les diga que Jesús ha nacido para su salvación. San Pablo, cuando se despide de la vida y de su discípulo querido Timoteo, le pide que lo diga con oportunidad y sin ella. Este mes, hacia la mitad, del 18 al 25, seremos convocados a orar y ofrecer sacrificios por la unión de los protestantes que creen en Cristo pero están separados de la Iglesia. De alguna manera todos somos responsables de que todos los hombres vean la estrella de Jesús.
De alguna manera todos podemos ver la estrella de Jesús. Dando con frecuencia gracias a Dios porque nos ha ayudado en un problema grande o pequeño, hemos tenido una buena inspiración, algo ha sucedido que nos recuerda la bondad del Señor, o la conciencia nos hace caer en la cuenta de que en algo o con alguno no hemos procedido bien y pedimos perdón…son muchas las luces que nos dirigen en el camino hacia Jesús. Como ven, no es tan difícil, con la gracia de Dios, llevar una vida de alta calidad cristiana.
Porque además nosotros contamos con la estrella de la fe y del Magisterio de la Iglesia. La memoria no sólo recuerda sino que también olvida. Aunque el fiel normal debe tener cuidado y consultar oportunamente, para mantener fresca y operativa la fe, es importante leer buenos libros. Ayudan a hacer lo de María: meditaba en su corazón lo que veía y oía a Jesús.

 06 de Enero del 2013
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La estrella de Belén - Epifanía del Señor


P. Adolfo Franco, S.J.


Mateo 2, 1-12

A todos nos guía una estrella hacia Jesús; hay que saber descubrirla y seguirla, como los Magos.



Este hermoso episodio de la manifestación de Jesús recién nacido a unos personajes venidos del oriente, es una señal de que la salvación que empieza a realizar este Jesús niño, es una salvación para todos los pueblos, para todas las naciones. Aquí estamos incluidos todos nosotros que pertenecemos a los pueblos que no eran el pueblo judío. Y estas naciones extranjeras (así llamaban los judíos a todos los demás) están representadas por estos misteriosos personajes, venidos de muy lejos y que vienen a adorar al Salvador. Y esto porque han visto su estrella lejos, que les invitaba a seguirla, para encontrar y adorar al recién nacido Rey de los Judíos.

Además de este mensaje de salvación universal, este párrafo del Evangelio de San Mateo nos da a nosotros muchas lecciones personales. Saber descubrir la estrella y seguirla; es todo un panorama, y un programa de vida. El mundo está poblado de estrellas, o sea de signos, que hay que saber ver. Hay quienes los ven y quienes no los ven, quienes no saben descubrir el sentido que hay en las cosas, como si dijéramos “el alma de las cosas”. Si supiéramos ir más allá de los límites de la visión de las cosas, del mundo y de los acontecimientos, descubriríamos que detrás de las apariencias monótonas y poco significativas de la rutina diaria, hay  un mundo de estrellas, de mensajes.

Cuántos contemporáneos de estos personajes que vienen a Belén, habrían visto la misma estrella. A la mayor parte no les dijo nada, para éstos que sí supieron ver, la estrella era un llamado a ponerse en camino. Y la estrella les fue guiando por el camino. Y tenemos claramente señalado en el texto evangélico, que este hecho se le manifiesta también a Herodes, y a sus consejeros, y no supieron ver el mensaje. No sólo lo ignoraron, como otros, allá en el pueblo de los magos, sino que además se enfrentaron a la estrella, y quisieron destruir al Mesías señalado por ella.

¿O será que en algunas vidas privilegiadas sí aparece una estrella, y en la mayor parte de las vidas no aparece nunca una estrella? Así podemos pensar a veces, cuando leemos biografías de los santos que descubrieron una vocación porque el Señor los llamó, y ellos quisieron seguir la estrella. Pero sabemos que no es así, que todos tenemos una misión especial en este mundo: unas veces será más llamativa esta llamada, otras veces menos. Pero en todas nuestras vidas aparece una estrella.

Y después hay que tener la voluntad decidida de seguirla por los caminos que sea, aunque esos caminos no sean fáciles, y aunque a veces pensemos que estamos perdidos y sin rumbo como les pasó a los magos, que al final no veían la estrella por ninguna parte. La vida humana sería así un camino hacia Dios. Convertir la vida en un camino continuo, guiados por una estrella, que nos señala a Jesús, como a los Magos.

Buscar a Dios en todas partes y en todas las circunstancias. Y saberlo descubrir allí donde está. Los magos lo descubrieron en un pequeño pueblo: Belén. Y lo descubren ahí, porque los sabios de Israel les enseñan las Escrituras. Así la Biblia se nos convierte en una guía infalible para el camino, cuando no hay estrella, como los magos que recurren a quien sabe leer la Sagrada Escritura, para indicarles el camino donde se encuentra a Jesús recién nacido.

Y en Belén la estrella los guía de nuevo, y encuentran a un niño en brazos de su madre. Ese es el Rey de los judíos. Hacía falta una vista especial, para que esos hombres acostumbrados seguramente a tratar con gente importante, con reyes y príncipes con grandes palacios, supieran ver en este niño indefenso y pobre, en brazos de una mujer sencilla y pobre, al Mesías esperado. Estos son también para nosotros otros tantos indicios para que hagamos un descubrimiento verdadero del Señor, que nos llama por medio de nuestra estrella: descubrirlo en la pobreza y en brazos de la Virgen. Qué duda cabe que el mejor camino para descubrir al Señor es su propia Madre; como los magos que encontraron al Rey, como un niño en brazos de su Madre.


Ver la estrella, descubrir su mensaje y seguirla, es la enseñanza personal que nos dejan estos misteriosos personajes que caminaron desde muy lejos para adorar al Niño y ofrecerle sus dones.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de Enero







APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL MES DE
ENERO








Ofrecimiento Diario


Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.
Señor mío y Dios mío Jesucristo:


Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros 

tu reino.
Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.






Por las Intenciones del Papa

Intención General
La fe de los cristianos. Que en este Año de la Fe los cristianos podamos profundizar el conocimiento de los misterios de Cristo y testimoniar nuestra fe con alegría.














Intención Misional
Cristianos de Medio Oriente. Que las comunidades cristianas de Medio Oriente reciban del Espíritu Santo la fuerza de la fidelidad y la perseverancia, especialmente cuando son discriminadas.











Por la Conferencia Episcopal Peruana

Para que todos los laicos sean conscientes de que están consagrados a Cristo por el bautismo y de que constituyen el pueblo de Dios.






EL AÑO DE LA FE

“... Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo que inició y completa nuestra fe (Hebreos 12,2) en Él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su Encarnación, de su hacerse hombre, de compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección...” Benedicto XVI. Carta Apostólica PORTA FIDEI. 11.12.2011. Extracto)


CRISTIANOS DE ORIENTE MEDIO

“... Desde los tiempos de Jesús hasta hoy en esas tierras la única Iglesia de Cristo se expresa en la variedad de las tradiciones litúrgicas, espirituales, culturales y disciplinarias de las seis venerables iglesias orientales católicas sui iuris, así como en la tradición latina. El fraterno saludo que dirijo con gran afecto a los Patriarcas de cada una de ellas, quiere extenderse a todos los fieles encomendados a su solicitud pastoral en los respectivos países y también en la diáspora...” (Benedicto XVI. Homilía 10.10.2010. Extracto)


APARECIDA - MISIÓN CONTINENTAL

Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona: haberlo encontrado es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obrases nuestro gozo. (32) 


Eucaristía
Por la Iglesia (Misal romano)

Palabra de Dios
Génesis 22,1.18. La fe de Abraham.
Romanos 3,21-31. Salvados por la fe.
Lucas 17,5-6. La fe como un grano de mostaza.
Mateo 28,16-20. Yo estoy con ustedes todos los días.

Reflexionemos
Tengo fe ¿Influye en mi vida práctica, en mis criterios y decisiones?
¿Cómo la puedo mejorar?
¿Cómo otras personas me han ayudado a fortalecer mi fe?
¿Cómo puedo ayudar a fortalecer la fe de otras personas?

P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


Para conocer más acerca del Apostolado de la Oración y sus actividades acceda AQUÍ



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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino! 









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