Vivir santamente el sexo en el matrimonio - 3º Parte

3. La sexualidad en el Matrimonio cristiano


P. Vicente Gallo, S.J.



El Matrimonio es un Sacramento de la Iglesia.  Por eso, dada la profundidad por la que la Iglesia califica al Matrimonio como “Sacramento” de la Iglesia, es necesario conocer la doctrina permanente de esa Iglesia en lo referente a la sexualidad, como tema esencial al hablar del matrimonio que es comunión en el amor. El Amor es lo más santo para quienes entendemos que Dios es Amor. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión  con otro”. (Nº 2332).  Tres aspectos de la sexualidad que se deben tener en cuenta al hablar del amor que ahí se practica.

El Catecismo habla a los esposos, y les dice: “Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual.  La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende, en parte, de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos” (Nº 2333).  En el matrimonio, en la familia y en la sociedad, son una riqueza las diferencias físicas, morales y espirituales, que hay en la sexualidad del varón frente a la sexualidad de la mujer; ellas hacen que, como personas, se necesiten y se apoyen mutuamente, siendo complementarios el uno del otro.

Citando después a la Familiaris Consortio dice: “Creando al hombre ‘varón y mujer’, Dios da la dignidad personal de igual modo al varón y a la mujer”.  Y tomándolo de la Mulieris Dignitatem, añade: “El hombre es  persona, y esto se aplica en la misma medida al varón y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de Dios personal” (Nº 2334).  Este aspecto de ser “personas”, así como el serlo varón y mujer por igual, hace que el sexo de los hombres sea esencialmente distinto del sexo de los animales, que también es distinto en el macho y en la hembra.  Los hombres son personas, no sólo animales;  tienen espíritu, por el que deben ser responsables y sus actos tienen moralidad.

Dice el mismo Catecismo: “Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios.  La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador. ‘El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen  una sola carne’ (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas” (Nº 2335).  Todos como personas, hombres y mujeres, son la “imagen” y la “semejanza” de Dios, procediendo de esa unión del varón y la mujer mediante el sexo usado responsablemente por los dos como “personas”, desde un amor espiritual, semejante al de Dios.

Refiriendo todo eso al Sacramento de la Iglesia, que es el Matrimonio cristiano, dice también el Catecismo: “Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la Montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: ‘Habéis oído que se dijo “no cometerás adulterio”; pues yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón’ (Mt 5, 27-28).  El hombre no debe separar lo que Dios ha unido (Mt 19, 6).  La Tradición de la Iglesia ha entendido así  el sexto mandamiento como referido a la globalidad de la sexualidad humana” (Nº 2336).

Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio (Nº 13), nos enseña, igualmente, que el amor conyugal no es un amor como otro cualquiera dentro de los modos de amor humano.  El amor del acto de unión sexual en el matrimonio, abarca la totalidad del hombre y la mujer como personas: el reclamo corporal mutuo desde el instinto, la fuerza de la afectividad y de los sentimientos, junto con la acción responsable y alturada del espíritu y la voluntad, con la que se dan el uno al otro  Más allá de la unión en una sola carne, ese acto pide, a la vez que hace, no tener más que un solo corazón y una sola alma.

Los esposos que viven su Sacramento del Matrimonio viven en un mundo en el que ven y escuchan siempre entender de otra manera el amor conyugal o el acto de unión sexual de la pareja.  Pero son ellos quienes pueden decir a todos, como réplica, el gozo distinto que ellos viven entendiendo el matrimonio desde su fe, y el amor distinto con el que se unen conyugalmente en su acto de unión sexual, que los hace partícipes del gozo de Dios.

Esa felicidad distinta, la que viven los esposos conscientemente cristianos, radica en que su amor, con el que día a día luchan por mantenerse fieles el uno al otro, es un amor no simplemente humano, sino el amor con el que a cada uno ama Dios al amar a su cónyuge, y que lo hace desde el corazón del otro, siendo en ambos un corazón de Dios en Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo que les hace partícipes de ese Amor de Dios Padre.  Ese amor exige en sí mismo inquebrantable fidelidad, como Dios siempre nos es fiel en su amor.  Y esa fidelidad lleva consigo la seguridad de que su unión en el amor no se acabará nunca (1Co 13, 8): impone la indisolubilidad del matrimonio, que no es una carga, sino una garantía de que serán felices siempre como Dios ha querido que lo sean. 

Con un amor, como el de Dios, abierto a la fecundidad creadora, ese amor humano de la unión sexual se purifica de toda tara de egoísmo que tiene lo puramente instintivo, lo hace espiritual, responsable; proyectado hacia el dar vida a otra persona, el hijo, como fruto de tal amor, y a no quedarse en el sólo acto, sino a perdurar en la pervivencia que ambos tendrán en los hijos.  Ni aun la muerte los separará rompiendo el amor del que gozan juntos: será el paso a la plenitud del amor con el que Dios ama, y del gozo de ese amor inconmensurable en la vida eterna del Cielo.

Viviendo el matrimonio como Sacramento de la Iglesia, no sólo sino principalmente en la unión sexual de los esposos, ocurre que entonces, a las características normales de todo amor conyugal en el nivel natural, se añade un sentido nuevo de lo que se hace en esa unión sexual, el sentido del amor desde la fe cristiana, amar como ama Dios. No solamente se purifica y consolida el amor conyugal: la fe lo eleva hasta el punto de hacer de ese amor, con esas nuevas características,  expresión de un nuevo valor del matrimonio: el valor de ser Signo y manifestación del amor de Cristo amando a su Iglesia.

Resulta claro que el vivir santamente el sexo es uno de los elementos muy importantes en lo que planteamos como “Espiritualidad Matrimonial”.  Es difícil vivir santamente algo que por lo general se vive pecadoramente, usándolo desde lo instintivo animal que, por su fuerza, hace olvidar lo espiritual característico de los seres humanos como personas, que siempre deben poner en sus actos verdadera responsabilidad.  Pero la “espiritualidad” de que hablamos consistirá precisamente en el esfuerzo firme y permanente para hacer prevalecer la fe y el espíritu por encima del instinto animal en los actos sexuales.
    
Como complemento importante, diremos algo acerca del Celibato de los Sacerdotes y los Religiosos consagrando con Voto a Dios el no uso de lo sexual. La fuerza instintiva de la sexualidad permanecerá siempre en ellos, como seres humanos que son.  Mutilar su genitalidad o anular la fuerza y los valores de su sexo, sería algo ilícito, contrario a la voluntad de Dios y a su plan divino al crear al hombre y a la mujer como son.  Permaneciendo sexuados, con el Voto subliman su potencialidad sexual dándose también con ella a ser de Cristo de manera total y exclusiva, para que Cristo ame hoy a su Iglesia por medio de ellos con todo el amor divino con que la ama. Con la sexualidad así ofrecida para ser de Cristo, alcanzan la fecundidad misma de Jesucristo, como Salvador de la vida caduca y pobre del hombre viejo, y dador de la Vida Nueva que él nos trajo del Padre. 

De ese modo, el Celibato es, además, signo y anuncio de lo que serán los seres humanos en la eternidad del Reino de los cielos, donde ya no necesitarán procrear (Lc 20, 35).  Jesús no habría salvado nada usando su sexo para procrear nuevos hombres tan “perdidos” como lo estaban todos.  Jesús es Dios hecho hombre para Salvar a los hombres dándoles la Vida Nueva que como hombres necesitaban recibir, y que no podía venir del vigor y fuerza de los hombres mismos, sino de un poder y un amor distintos, el poder y el amor de Dios (Jn 1, 13, y 3, 6-7). 

El hacer nacer después en el mundo hombres nuevos con la Vida Nueva que Cristo nos trajo, deberá ser por la misma vía: mediante la Iglesia virgen y desde el Celibato consagrado, a fin de que todo sea obra del Espíritu Santo que Cristo nos envió para que fuese la vida de su Iglesia.  La Iglesia debe ser “Virgen”, no ya como María sino como Cristo; y quienes se consagran a él, para ser ministros de su gracia y su obra salvadora, deben mantener personalmente en ellos esa “virginidad” de la Iglesia.  Serán sólo de Cristo y totalmente de Cristo, en nombre de todos los cristianos sus hermanos a quienes representan actuando en nombre de toda la Iglesia, como ministros de ella y de Jesucristo el Salvador.

No es que el celibato y la virginidad sean de la esencia de ser ministros de la Iglesia; pero sí de veras muy significativo de serlo, y muy congruente en la pretensión de ser presencia misma de Cristo. La Iglesia Romana lo impone, y lo hace legítimamente. Quien en ella quiera ser sacerdote, debe aceptarlo. Y quienes deseen en ella consagrarse a ser vírgenes, hacen algo que agrada mucho al Señor y sirve muy preclaramente a su Iglesia y a la humanidad en nombre de ella.


¿Hemos pensado alguna vez que en el “hacer el amor” sexualmente hacemos especialmente verdad el Amor con el que Dios nos ama, y que en ello se complace Dios cuando se hace según el Plan suyo para el que nos unió en Matrimonio?


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.

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Sacramento del Bautismo - 3º Parte



IV. Quién puede recibir el Bautismo

"Es capaz de recibir el Bautismo todo ser humano, aún no bautizado, y solo él" (CIC, can. 864: CCEO, can. 679). (CIC 1246)


El Bautismo de adultos

En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del Evangelio está aún en sus primeros tiempos, el Bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el Bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. (CIC 1247)
En caso de pareja de adultos convivientes, deben recibir además el sacramento del Matrimonio en la misma ceremonia que reciben los sacramentos de Iniciación (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), para regularizar su situación, de esta forma podrán participar plenamente en la Iglesia.
Previamente, en todos los casos, el catecumenado debe recibir una adecuada catequesis que los introduzca en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que celebra la Iglesia.
Por este motivo se exhorta a las instituciones correspondientes a elaborar y desarrollar planes de formación religiosa para estos casos que no sólo contengan temas de doctrina, sino una base espiritual para que se dispongan adecuadamente a recibir los sacramentos y puedan desarrollar una vida sacramental con sentido y así aprovechar las gracias que se reciban.


El Bautismo de niños

Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo (cf DS 1514) para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios (cf Col 1,12-14), a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento (cf CIC can. 867; CCEO, can. 681; 686,1). (CIC 1250)

Los padres cristianos deben reconocer que esta práctica corresponde también a su misión de alimentar la vida que Dios les ha confiado (cf LG 11; 41; GS 48; CIC can. 868). (CIC 1251)
La práctica de bautizar a los niños pequeños es una tradición inmemorial de la Iglesia. Está atestiguada explícitamente desde el siglo II. Sin embargo, es muy posible que, desde el comienzo de la predicación apostólica, cuando "casas" enteras recibieron el Bautismo (cf Hch 16,15.33; 18,8; 1 Co 1,16), se haya bautizado también a los niños (cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Pastoralis actio 4: AAS 72 [1980] 1139). (CIC 1252)


Fe y Bautismo

El Bautismo es el sacramento de la fe (cf Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" y él responde: "¡La fe!". (CIC 1253)

En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la vigilia pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana. (CIC 1254)

Para que la gracia bautismal pueda desarrollarse es importante la ayuda de los padres. Ese es también el papel del padrino o de la madrina, que deben ser creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana (cf CIC can. 872-874). Su tarea es una verdadera función eclesial (officium; cf SC 67). Toda la comunidad eclesial participa de la responsabilidad de desarrollar y guardar la gracia recibida en el Bautismo. (CIC 1255)


V. Quién puede bautizar

Son ministros ordinarios del Bautismo el obispo y el presbítero y, en la Iglesia latina, también el diácono (cf CIC, can. 861,1; CCEO, can. 677,1). En caso de necesidad, como enfermedad terminal, enfermos en agonía (niños, adultos), etc., cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria (N., Yo te bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo). La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar. La Iglesia ve la razón de esta posibilidad en la voluntad salvífica universal de Dios (cf 1 Tm 2,4) y en la necesidad del Bautismo para la salvación (cf Mc 16,16). (CIC 1256)


VI. La necesidad del Bautismo
 
El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn 3,5). Por ello mandó a sus discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28, 19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento (cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del Espíritu" a todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación al sacramento del Bautismo, sin embargo, Él no queda sometido a sus sacramentos. (CIC 1257)

Desde siempre, la Iglesia posee la firme convicción de que quienes padecen la muerte por razón de la fe, sin haber recibido el Bautismo, son bautizados por su muerte con Cristo y por Cristo. Este Bautismo de sangre como el deseo del Bautismo, produce los frutos del Bautismo sin ser sacramento. (CIC 1258)

A los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento. (CIC 1259)

"Cristo murió por todos y la vocación última del hombre en realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual" (GS 22; cf LG 16; AG 7). Todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, busca la verdad y hace la voluntad de Dios según él la conoce, puede ser salvado. Se puede suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el Bautismo si hubiesen conocido su necesidad. (CIC 1260)

En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo. (CIC 1261)



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Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica.

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Especial: Nuestra Señora de Fátima













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Autobiografía de San Ignacio - Capítulo X

Texto recogido por el P. Luis Gonçalves da Camara entre 1553 y 1555


Capítulo X

92. En Venecia por aquel tiempo se ejercitaba en dar los ejercicios y en otras conversaciones espirituales. Las personas mas señaladas a quienes los dio son Mro. Pedro Contarini y Mro. Gaspar de Doctis, y un español llamado por nombre Rozas. Y estaba también allá otro español, que se llamaba el bachiller Hoces, el cual trataba mucho con el peregrino y también con el obispo de Cette,y aunque tenía algún deseo de hacer los ejercicios, con todo no lo ponía en ejecución. Al fin resolvió hacerlos; y después que los hizo, a los tres o cuatro días, expuso su intención al peregrino, diciéndole que tenía miedo no fuese que le enseñase en los ejercicios alguna doctrina mala, por las cosas que le habia dicho un tal. Y por eso había llevado consigo ciertos libros para recurrir a ellos en el caso de que quisiese engañarle. Este se ayudó muy notablemente en los, ejercicios, y al fin se resolvió a seguir el camino del peregrino. Fue también el primero que murió.

93. En Venecia tuvo también el peregrino otra persecución, pues, habia muchos que decían que había sido quemada su estatua en España y en Paris. Y pasó eso tan adelante, que se hizo proceso, y fue dada sentencia en favor del peregrino. Los nueve compañeros llegaron a Venecia a principio del 37. Allí se dividieron para serir en diversos hospitales. Después de dos o tres meses se fueron todos a Roma para tomar la bendición para pasar a Jerusalen. El peregrino no fue por causa del doctor Ortiz, y también del nuevo cardenal Teatino. Los compañeros volvieron de Roma con pólizas de 200 o 300 escudos, los cuales le fueron dados de limosna para pasar a Jerusalen, y ellos no los quisieron tomar mas que en pólizas. Estos escudos, después, no pudiendo ir a Jerusalen, los devolvieron a aquellos que se los habían dado. Los compañeros volvieron a Venecia del mismo modo que habían ido, es decir, a pie y mendigando, pero divididos en tres grupos, y de tal modo que siempre eran de diferentes naciones. En Venecia se ordenaron de misa los que no estaban ordenados, y les dio licencia el nuncio que estaba entonces en Venecia, el cual despues se llamó el cardenal Verallo. Se ordenaron a título de pobreza, haciendo todos votos de castidad y pobreza.

94. Aquel año no había naves que fuesen a Levante, porque los habian roto con los turcos. Y asi ellos, viendo que se alejaba la esperanza de pasar a Jerusalen, se dividieron por el Veneto con intención de esperar el año que habían determinado, y si después de cumplido no hubiese pasaje, se irían a Roma. Al peregrino tocó ir con Fabro y Laínez a Vicenza. Allí encontraron una cierta casa fuera de la ciudad, que no tenía ni puertas ni ventanas, en la cual dormían sobre un poco de paja que habían llevado. Dos de ellos iban siempre a pedir limosna en la ciudad dos veces al día, y era tan poco lo que traían, que casi no podían sustentarse. Ordinariamente comían un poco de pan cocido, cuando lo tenían, y cuidaba de cocerlo el que quedaha en casa. De este modo pasaron cuarenta días, no atendíendo más que a la oración.

95. Pasados los cuarenta días, llegó el Mro. Juan Coduri, y los cuatro decidieron empezar a predicar, y dirigiéndose los cuatro a diversas plazas, en el mismo día y a la misma hora comenzaron su sermón, gritando primero fuerte y llamando a la gente con el bonete. Con estos sermones se hizo mucho ruido en la ciudad, y muchas personas se movieron a devoción, y ellos tenían con más abundancia las cosas necesarias para la vida. En el tiempo que estuvo en Vicenza tuvo muchas visiones espirituales,y muchas, casi ordinarias, consolaciones; y lo contrario le sucedió en París. Principalmente, cuando comenzó a prepararse para ser sacerdote en Venecia, y cuando se preparaba para decir la misa, durante todos aquellos viajes tuvo grandes visitaciones sobrenaturales de aquellas que solía tener cuando estaba en Manresa. También estando en Vicenza supo que uno de los compañeros, que estaba en Bassano, se encontraba enfermo y a punto de morir, y él se hallaba también en aquel mismo tiempo enfermo de fiebre. Con todo, se puso en camino, y andaba tan fuerte, que Fabro, su compañero, no le podía seguir. Y en este viaje tuvo certidumbre de Dios, y lo dijo a Fabro, que el compañero no moriría de aquella enfermedad.Y llegando a Bassano, el enfermo se consoló mucho y sanó pronto. Despues volvieron todos a Vicenza, y estuvieron allá por algún tiempo los diez, y algunos iban a pedir limosna por los pueblos cercanos.

96. Después, acabado el año, y no encontrándose pasaje, decidieron ir a Roma, y también quiso ir el peregrino, porque la otra vez, cuando fueron a Roma los compañeros, aquellos dos de los cuales él dudaba, se mostraron muy benévolos. Se dirigieron a Roma, divididos en tres o cuatro grupos, y el peregrino con Fabro y Laínez; y en este viaje fue muy especialmente visitado del Senor. Había determinado, después que fuese sacerdote, estar un año sin decir misa, preparándose y rogando a la Virgen que le quisiese poner con su Hijo. Y estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintó tal mutación en su alma y vió tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo.

97. Después, viniendo a Roma, dijo a los compañeros que veía las ventanas cerradas, queriendo decir que habían de tener allí muchas contradicciones. Y dijo también: -Debemos estar muy sobre nosotros mismos y no entablar conversación con mujeres, si no fuesen ilustres-. Y a este propósito, después en Roma Mro. Francisco confesaba a una mujer y la visitaba alguna vez para tratar de cosas espirituales, y esta mujer fue encontrada después encinta; pero quiso el Señor que se descubriese el que había hecho el mal. Algo semejante sucedió a Juan Coduri con una hija espiritual suya, que fue encontrada con un hombre. Y yo, que escribo estas cosas, dije al peregrino, cuando me narraba esto, que Laínez lo contaba con otros pormenores, según había yo oído. Y él me dijo que todo lo que decía Laínez era verdad, porque él no se acordaba tan detalladamente; pero entonces, cuando lo narraba, sabe cierto que no había dicho más que la verdad. Esto mismo me dijo entre otras cosas.


Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III


Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

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La Vid y los sarmientos


P. Adolfo Franco, S.J.

Jn 15, 1-8

Jesús viene a decirnos que El es la fuerza vital esencial para que  nuestra vida no sea estéril; nos dice que vivamos unidos a El.


Jesús habla de su relación con nosotros con una parábola hermosa: La de la Vid y los sarmientos. El es la vid y nosotros las ramas. Y nos afirma que las ramas que no están unidas a la vid, se secan y no producen fruto, simplemente son ramas inútiles, que solo sirven como leña para el fuego.

Lo que está encerrado en estas afirmaciones es muy serio: Jesús es el centro de la vida, y si nos separamos de El, el flujo de la vida no nos llega. Esto lo ha dicho de muchas formas y en diversos momentos: por ejemplo cuando nos dice que El es el pan de la vida, y que si no nos alimentamos de El no tenemos vida. Y en el comienzo del Evangelio de San Juan se dice: por El fue hecho todo lo que existe. Y San Pablo, en forma similar, dice: todo fue creado por El y para El.

Se trata de un asunto esencial: algo que toca a la esencia del ser. Sin Cristo estamos privados de las conexiones vitales, que nos hacen vivir. No es sólo un asunto religioso, sino más hondo, no se trata solo del comportamiento moral, sino de la esencia misma del ser. Esa es la afirmación de Jesús: El está en el centro de toda vida, y toda vida se alimenta en la medida en que mantiene nexos vitales con El.

¿Cómo haremos para mantener esta unidad con El? Hay muchas cosas que podemos hacer, para mantener y reforzar esta unión. Pero también hay que afirmar que aquí se trata de la ayuda de Dios, imprescindible para toda obra buena. Esa ayuda de Dios la podemos suponer, porque Dios siempre está dispuesto: El quiere que todos los hombres se salven; por tanto lo que queda es ver cuál es nuestra parte en este trabajo de estar unidos con Jesús.

Primero hay que evitar todo corte de los vasos vitales por los cuales nos llega su aliento de vida: claro está que con el pecado se corta o se debilita esta unión vital con Cristo. Esta es una condición previa, para poder después progresar en la unión. Hay que subrayar de nuevo que se trata de unión substancial, y no simplemente concordancia moral con Cristo: cumplir lo que El dice. En esto nos va la vida, en estar unidos a la fuente de donde nace y se alimenta toda vida.

La unión se hace entonces por la gracia, ese flujo vital, por el cual la vida de Dios vive en nosotros. Y que se alimenta por los sacramentos y por la oración. Lamentablemente los sacramentos no producen en nosotros todos sus efectos, porque el rito se nos convierte a veces en una barrera, por nuestra falta de penetración en el misterio. El sacramento no es un “encuentro”, como debería ser. Se trata de una cita de verdad con Aquel que nos ama. Pero cuando se recibe, o se acude a El, sin fuerza, sin apertura de corazón, nuestro espíritu queda en la periferia de la fiesta, como un invitado que se queda sólo a la puerta. Es verdad que el Sacramento está rodeado de una especie de muralla, que es la forma ritual en que se celebra. Y hay que penetrar en esa muralla, para que se produzca el encuentro.

Aquí hay dificultades que se pueden ir eliminando poco a poco, con un poco de interés personal, y con mucha ayuda del Señor. El quiere que vayamos vislumbrando poco a poco el tesoro escondido, y que tengamos como meta, atravesar la cortina del tesoro. Dios entrará en nosotros para hacernos recibir  el milagro de su amor. Así se irá produciendo más y más el fruto de la unión, así nuestra ramita (nosotros) estaremos unidos a esa vid, que nos provee de frutos tan maravillosos, como la paz y el gozo de vivir en El.

Y de forma similar la oración debe intensificar esta unión con El. La oración en sí misma es estar unidos a Cristo, para que se produzca un flujo de El a nosotros y de nosotros a El. Esta oración viene siendo un proceso en que progresivamente vamos pasando de los círculos exteriores hasta el centro de la intimidad. Pero el que persevera en la oración poco a poco se irá adentrando, cada vez estará en una órbita más cercana al Centro, al Sol. Así la oración irá produciendo el fruto de la unión.

Esa es una tarea importante para nuestra vida, ya que El nos ha dicho que si no estamos unidos a su tronco, no tenemos vida, no tenemos fruto. Y ponerse en marcha hacia esa unión le da a la vida una plenitud insospechada. Marchar decididos a una unión tal que podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Las Cartas de San Pablo: Textos para leer y orar


Para iniciarse en la lectura

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.



La carta al amigo Filemón es un escrito muy breve (25 versículos). En ella, Pablo prefiere hacer un ruego a mandar. Luego, con actitud animosa y a ser posible alegre se podrá acceder a la carta a los Filipenses siguiendo el orden de los tres escritos ya anteriormente indicados: 1º (4,10-23) en el cual expresa su agradecimiento por la ayuda que es signo de solidaridad y afecto; 2º (1,1-3,1a) en el que nos insiste en que llevemos una vida digna del evangelio de Cristo; él es lo único importante y ejemplo de humildad; su himno cristológico (2,6-11) puede ser objeto de una pausada contemplación, de un escuchar bien lo que dice; 3º (3,1b – 4,9) en el que se censura en particular a los judaizantes, y se destaca con vigor que al nuevo pueblo de Dios no se afilia uno por un acto ritual exterior (circuncisión) sino dejándose penetrar por las agua del Espíritu de Jesucristo.

A continuación podemos acercarnos a la captación de los signos heréticos incipientes de la comunidad de Colosas, y quizás podamos observar que algunos de ellos también pueden ser de actualidad incluso entre nosotros. No conviene en este punto personalizar las posibles “herejías”, pero sí purificar nuestra fe. Si repasamos lo apuntado más arriba, la lectura de la carta a los Colosenses se nos volverá asequible y cercana. El conocido himno a Cristo como creador y salvador se recoge en los versículos 1,15-20. No olvidemos que sólo en Cristo está la plenitud humana que aspira a no morir, y que estamos llamados a ser “hombres nuevos en Cristo” en toda circunstancia existencial (3,1-25)

En la carta (“circular”) a los Efesios se comienza con un himno sobre el plan salvador de Dios, sobre su designio amoroso (1,3-14). Cristo es muy superior a todos y a todo, y por Él somos salvos. “Cristo es nuestra paz”. (Véase más arriba sobre esta carta). Acerca de la vida nueva y sus exigencias Pablo se explaya y abunda a partir del cap. 4,17 en adelante. La fuerza, por tanto, ésa que es necesaria y suficiente, la encontramos en el Señor (6,10-20).

Vienen luego las cartas a Timoteo. Se trata de una Iglesia de finales del siglo I. En ella hay falsos “doctores”. Y su autor modelado por Pablo le aconseja en el sentido de que la Iglesia no es propiedad de nadie sino de Jesucristo. Y en su segunda al fiel discípulo Timoteo le subraya las cualidades de un buen pastor en tiempos de conflicto. Junto a estas cartas está la dedicada a Tito también en una línea de consejo para que acierte en el buen gobierno y elección de los animadores de la Iglesia extendida por la isla de Creta.

Sobre la lectura de la litúrgica carta a los Hebreos, que es bastante complicada, se recomienda seguir la pauta adelantada más arriba y ayudarse, si ello es posible, de alguna Biblia con notas, e incluso de algún diccionario bíblico asequible, pues son frecuentes las alusiones a personajes y ritos sacerdotales del Antiguo Testamento.

PERO HIJO Y TODO COMO ERA, APRENDIÓ EN LA ESCUELA DEL DOLOR LO QUE CUESTA OBEDECER (Heb 5,8)


UN PLAN DE CATORCE DÍAS

  1. Carta a Filemón (v. 1-25) Alegría y afecto para los filipenses (1-4).
  2. A los de Colosas: sólo en Cristo está la salvación (1-4)
  3. A los Efesios: designio de Dios y supremacía de Cristo (Ef 1,1-23). De la muerte a la vida (Ef 2,1-22)
  4. Apóstol del misterio; hombres nuevos en Cristo (Ef 3,1-5,5). Hijos de la luz, relaciones familiares y saludos (Ef 5,6-6,23)
  5. A Timoteo como pastor de la fe común (1Tim 1-6)
  6. Las cualidades del buen pastor de la comunidad (2 Tim 1-4)
  7. Carta a Tito (Tit 1-3)
  8. Carta a los Hebreos: el Hijo es el centro (Heb 1,1-3,6)
  9. Exhortación a la fidelidad y entrada en el “descanso” (Heb 3,7-4,13) Jesús es nuestro gran sacerdote (Heb 4,14-5,10)
  10. Reproche del autor y su propósito (Heb 5,11-6,20) Jesucristo es sacerdote según el rango de Melquisedec (Heb 7,1-28)
  11. Mediador de una nueva alianza (Heb 8,1-9,28)
  12. Superioridad del sacrificio de Cristo (Heb 10,1-18) Perseverancia y esperanza en el que ha de venir (Heb 10,19-39)
  13. La fe de quienes nos precedieron según el Antiguo Testamento (Heb 11,1-40)
  14. Jesús como modelo y con el debido respeto a Dios (Heb 12,1-29) Exhortación a vivir como cristianos y saludos finales (Heb 13,1-25)

SE TRATA DEL MISMO CRISTO QUE DURANTE SU VIDA MORTAL ORÓ Y SUPLICÓ CON FUERTE CLAMOR, CON LÁGRIMAS INCLUSO, A QUIEN PODÍA LIBERARLE DE LA MUERTE; Y CIERTAMENTE FUE ESCUCHADO POR DIOS, EN ATENCIÓN A SU ACTITUD DE ACATAMIENTO. PERO HIJO Y TODO COMO ERA, APRENDIÓ EN LA ESCUELA DEL DOLOR LO QUE CUESTA OBEDECER. ALCANZADA ASÍ LA PERFECCIÓN, SE HA CONVERTIDO EN FUENTE DE SALVACIÓN ETERNA PARA CUANTOS LE OBEDECEN Y HA SIDO PROCLAMADO POR DIOS SUMO SACERDOTE SEGÚN EL RANGO DE MELQUISEDEC (Heb 5,7-10)


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Homilía del 5º Domingo de Pascua (B) - Injertados en Cristo para dar fruto abundante




P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas Hch 2,26-31; S. 21,26ss; 1Jn 3,18-24; Jn 15,1-8

La liturgia sigue presentándonos el tema de la Iglesia. Los evangelios de hoy y del próximo domingo en el texto están unidos. Estamos en la Última Cena. En ella Jesús ha instituido el sacramento de la Eucaristía, culmen –como saben– de la vida de la Iglesia; ya no le quedan más que 50 días para terminar su obra en Pentecostés; Jesús da las últimas pinceladas al edificio de la Iglesia. En ésta la asemeja a una vida; la cepa es él, Cristo, los sarmientos somos los discípulos. En San Pablo la Escritura habla de cabeza y cuerpo, y de esposo y esposa.
Cada una de estas metáforas o comparaciones expresa un matiz. La vid y los sarmientos resaltan que en el bautismo se comunica a los creyentes una nueva realidad, con la que no nacieron. Aquel sarmiento salvaje estaba destinado a dar frutos agraces, que no sirven para producir buen vino. Pero injertados en la cepa buena, que es Cristo –“yo soy la vid”– y recibiendo de ella su sabia, nosotros, los sarmientos, somos capaces de dar un fruto excelente, imposible de adquirir con ninguna técnica humana. La inserción en Cristo se ha producido en nuestro bautismo; a partir de ese momento el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, se ha derramado en nuestras almas y los sarmientos han obtenido la participación en la vida de Cristo resucitado y empiezan a producir frutos de vida eterna. Mientras esté unido a Cristo resucitado por la fe, la esperanza y la caridad, la vida del creyente tiene el valor de la de Cristo. Cristo está en él y él está en Cristo. El creyente debe hacer obras buenas, pero sólo podrá hacerlas gracias a que está unido a Cristo y participa de su vida. La unión con Cristo se asegura con la oración y los sacramentos, muy especialmente los de la penitencia y la eucaristía. Para vivir como Cristo es necesario orar mucho. Entonces damos un salto de calidad. Eso es ser hijo de Dios, porque es participar de la vida propia de Jesús, que es el Hijo de Dios. La diferencia es sólo que Jesús tiene esa vida por naturaleza y nosotros por adopción, por don gratuito, por gracia. Es la que llamamos gracia santificante porque nos hace santos e hijos de Dios.
Mientras no neguemos la obediencia a Dios no rompemos nuestra comunicación con Él. Dios activa esa vida sosteniéndola y activándola con su gracia, que llamamos gracia actual, es decir “para actuar”, de formas varias: inspirando para el bien, estimulando la oración y los actos de fe, esperanza, caridad y otras virtudes, manteniendo el sentido del pecado y sosteniendo en la lucha contra Satán; pero si no damos fruto, si el racimo se seca y no hace obras buenas, Dios lo separará de Cristo.
Es triste el poco aprecio y conocimiento de la gracia de Dios por los fieles. Buena parte de los católicos conciben su fe como mera regla de comportamiento moral. La vida y obra de Jesucristo es un ejemplo para que nuestras obras sean mejores, nada más. Reflexionen ustedes sobre sí mismos. Los que piensan así, están equivocados. Son, como decía Raimondi de los peruanos, mendigos acostados sobre un saco de oro. He tratado de decírselo otras veces, pero hoy lo quiero afirmar con más claridad. Lo que nos da Jesucristo es más que una doctrina moral, es una vida real como lo es nuestra vida humana, es algo maravilloso: es participar de la vida del mismo Dios.
El ejemplo de la vid y los sarmientos, que pone el mismo Jesús, ilustra bien el misterio. Cuando la rama de una especie frutal se injerta en un tronco de especie diferente, recibe la savia del nuevo tronco, vive ahora de ella y produce frutos que son mejores que los de su especie de origen. Cuando un ser de la especie hombre es bautizado, sucede en realidad que es injertado en la vid, que es Cristo, y viene a ser un sarmiento que recibe una nueva vida, la vida de Cristo resucitado. Ese hombre ha cambiado realmente. Como la vida de Cristo es la del Hijo de Dios, él ahora ha sido convertido en hijo de Dios. Recordemos el texto de San Juan: “Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos” (1Jn 3,1). Lo mismo dice San Pablo (Ro 8,16).
Esta vida no la vemos, pero existe. No todo lo que existe se ve. No vemos la vida de los animales ni la nuestra, pero con la razón deducimos si están vivos o no por sus efectos. En nuestro caso sabemos de la realidad de la vida, que nos da Dios en el bautismo, por la revelación; porque Dios nos lo ha manifestado por Jesucristo y también por San Pablo y otros apóstoles y profetas.
Los sarmientos no están en la vid para mero adorno. Dan fruto y eso se espera de ellos. En nuestro caso el fruto son las buenas obras, entre ellas las de apostolado. Es necesario dar fruto y abundante; en caso contrario irán al fuego; es claro que se trata del fuego eterno del Infierno. Dice Jesús que el Padre poda los racimos para limpiarlos y que den más fruto. La poda habla de sufrimientos, pruebas, toda clase de cruces. Si Dios las permite y aun las envía son para que nuestra vida de gracia se fortalezca y seamos más eficaces en nuestro apostolado. No nos acobardemos; oremos para llevar nuestra cruz y así creceremos en santidad. Dios apuesta no solo a que demos cualquier fruto, sino “fruto abundante”. Entonces damos gloria a Dios y somos de veras discípulos de Cristo.
Abramos nuestros corazones; el Señor quiere darnos a todos las gracias necesarias para todo esto. Pidamos a María, especialmente en este mes de mayo, para que nos ayude a ser sarmientos llenos de frutos.


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06 de Mayo del 2012
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Vivir santamente el sexo en el matrimonio - 2º Parte

2. La sexualidad en el Plan de Dios


P. Vicente Gallo, S.J.



El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Dios es Amor, y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor.  Creándola a su imagen,...Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y la comunión. Dios creó al hombre a imagen suya,...hombre y mujer los creó (Gn 1, 27).  Creced y multiplicaos (Gn 1, 28), les dijo. El día en el que Dios creó al hombre, le hizo imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó “hombres” en el día de su creación” (Gn 5, 1-2)    (Nº 2231)

Dios los creó varón y mujer, distintos pues; para vivir haciendo pareja y siendo complemento el uno del otro (Gn 2, 20 y 23).  Así, en pareja, serían “imagen de Dios”(Gn 1, 27), en la cuál Dios se encontrase a sí mismo gozándose al ver su imagen. Pero serían “la imagen de Dios” haciendo unidad en la comunión de amor personal, siendo ambos por igual “responsables” de ese amor y esa comunión. Y la manera más preclara de unirse en comunión de amor es la unión sexual, desde el sexo diferente en ambos varón y mujer.

No es que, junto con la Iglesia, queramos poner el sexo como una obsesión en lo que llamamos “moralidad”, como si fuese lo más importante en la atención que han de tener los cristianos para ser “buenos”.  El hecho es así: que es tan importante el sexo en el hombre y en la mujer, y su impulso desde el amor es tan fuerte que, en la Espiritualidad del cristiano, es un tema que merece toda esa atención.  El sexo no es malo, lo hizo Dios; y es santo como hecho por Dios para parecernos a El haciendo Unidad desde el amor.  Porque “Dios es Amor”. No se debe calificar la sexualidad humana, sin más, como fuente mala de pecado, algo así como puesto en nosotros por el demonio.

Pero guardarse totalmente para Dios, incluida la sexualidad, para servir de modo indiviso al Señor con todo nuestro ser (y eso es la virginidad), es más importante y más santo que usar la sexualidad  satisfaciéndose a sí mismo con ella, o aunque sea al servicio del amor conyugal y de la procreación (1Co 7, 32-34). Es más importante y más santo porque no se ha nacido para disfrutar del sexo, sino para usarlo como servicio de amor, o para servir a Dios el Creador ofreciéndose a El de manera total, incluido el sexo; como, en el vivir eterno con Cristo glorificado, siendo mujer o varón sexuados, no será necesario usar el sexo para amarse (Mt 22, 30; 1Co 7, 31). Si ese es nuestro destino eterno, proclamarlo así, para mientras se vive en este mundo, es más importante y más santo que proclamar el uso del sexo como si fuese un gozo indispensable para vivir.

Tener el acto de unión sexual como expresión del amor del hombre y la mujer unidos en una sola carne en el matrimonio, es una acción santa y querida por Dios.  Pero abstenerse del acto de unión sexual, cuando no es responsable procrear un nuevo hijo y el acto de unión sexual podría ser fecundo, es un acto de amor en la pareja más puro y más grande; porque es saber ser más responsables como personas, y amarse con esa responsabilidad, sin emplear el sexo para utilizarse hombre y mujer como objetos para el placer.  Una persona, no puede ser rebajada a ser objeto ni a ser utilizable.
    
San Pablo escribe a los que había traído a nuestra fe en Corinto, una ciudad muy corrompida en lo sexual, dentro del imperio romano que, en general, había caído en esa grave corrupción, parecido al mundo actual. Y les dice como siempre les había enseñado:“No os engañéis: ni los impuros, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces, heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero ahora, habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu Santo de nuestro Dios” (1Co 6, 9ss).

Y razona tal exigencia cristiana: “Todo me es lícito -como se dice- , mas no todo me conviene. Todo me es lícito; pero no me dejaré dominar por nada. La comida es para el vientre y el vientre es para la comida; mas al uno y al otro los destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros por la fuerza de su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y habré de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostitución? ¡De ningún modo!”

Sigue razonando más: “¿No sabéis que quien se une en prostitución se hace un solo cuerpo con esa mujer? Pues está dicho: ‘los dos serán una sola carne’. Pero el que se une al Señor (por la fe y por el Bautismo) se hace un solo Espíritu con él.  Huid de la fornicación.  Todo otro pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿Y no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y que lo habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido comprados a gran precio!  Por lo tanto, glorificad a Dios con vuestro cuerpo”, sexualidad incluida. (1Co 6, 12-20).

San Pablo era muy consciente de lo difícil que era aceptar esta doctrina tan exigente, especialmente para los de Corinto, tan corrompidos. Pero la fundamenta en la fe que por el Bautismo nos hace ser el “Cuerpo de Cristo”, la humanidad que Cristo acepta y la hace su humanidad santa.  Así, somos el “Templo santo de Dios”, comprado por Dios a tan gran precio, con “la sangre preciosa del Cordero inmaculado, Cristo” (1P 1, 19); y nos dice Pablo que, por todo eso, nuestro deber es “glorificar” a Dios con nuestro cuerpo que es Cuerpo de Cristo (1Co 6, 20).

Esto es una verdadera novedad para los hombres del mundo, es una “Buena Nueva” de Jesucristo, para salvar al mundo de su perdición, a aquel mundo de entonces y al mundo de ahora. Una humanidad que es una ingente procesión de pobres humanos que, encabezados por Adán, van haciendo cuanto les viene en gana, sin hallar la felicidad por la que suspiran; y todos van cayendo en el abismo insondable del descalabro ya en esta vida, pero más al final, en la muerte.  Jesucristo es Dios que se hace hombre por el amor compasivo que siente ante nuestra perdición; hace suyo todo lo nuestro, se pone a la cabeza de la “procesión”, y lleva a la salvación de ser felices eternamente, como Dios, a quienes crean en él.

Pero creer en él es entregarse a ser totalmente de él, como hay que serlo de Dios; ponerse a ser como él siendo “hombre como nosotros lo somos”, y ser tan “suyos” como lo es el Cuerpo que tomó de la Virgen para ser hombre, siendo miembros de los que él se sirva para salvar a la humanidad en la que estamos en su nombre, y siendo santos  -también con nuestro cuerpo- como es santo su Cuerpo.  Integrar la sexualidad en la santidad que se nos exige, y en la vida de relación de pareja en el matrimonio, es uno de los elementos más importantes de la espiritualidad cristiana y de la verdadera espiritualidad matrimonial.  Hay que abrazar todo esto no como una penosa carga cristiana, sino con el gozo de haber encontrado la salvación en Jesucristo, el único que puede salvar al hombre.
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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.
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La oración de San Esteban

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 2 de mayo de 2012


Queridos hermanos y hermanas:

En las últimas catequesis hemos visto cómo, en la oración personal y comunitaria, la lectura y la meditación de la Sagrada Escritura abren a la escucha de Dios que nos habla e infunden luz para comprender el presente. Hoy quiero hablar del testimonio y de la oración del primer mártir de la Iglesia, san Esteban, uno de los siete elegidos para el servicio de la caridad con los necesitados. En el momento de su martirio, narrado por los Hechos de los Apóstoles, se manifiesta, una vez más, la fecunda relación entre la Palabra de Dios y la oración
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Esteban es llevado al tribunal, ante el Sanedrín, donde se le acusa de haber declarado que «Jesús... destruirá este lugar, [el templo], y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés» (Hch 6, 14). Durante su vida pública, Jesús efectivamente anunció la destrucción del templo de Jerusalén: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Sin embargo, como anota el evangelista san Juan, «él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron en la Escritura y en la Palabra que había dicho Jesús» (Jn 2, 21-22).

El discurso de Esteban ante el tribunal, el más largo de los Hechos de los Apóstoles, se desarrolla precisamente sobre esta profecía de Jesús, el cual es el nuevo templo, inaugura el nuevo culto y sustituye, con la ofrenda que hace de sí mismo en la cruz, lo sacrificios antiguos. Esteban quiere demostrar que es infundada la acusación que se le hace de cambiar la ley de Moisés e ilustra su visión de la historia de la salvación, de la alianza entre Dios y el hombre. Así, relee toda la narración bíblica, itinerario contenido en la Sagrada Escritura, para mostrar que conduce al «lugar» de la presencia definitiva de Dios, que es Jesucristo, en particular su pasión, muerte y resurrección. En esta perspectiva Esteban lee también el hecho de que es discípulo de Jesús, siguiéndolo hasta el martirio. La meditación sobre la Sagrada Escritura le permite de este modo comprender su misión, su vida, su presente. En esto lo guía la luz del Espíritu Santo, su relación íntima con el Señor, hasta el punto de que los miembros del Sanedrín vieron su rostro «como el de un ángel» (Hch 6, 15). Ese signo de asistencia divina remite al rostro resplandeciente de Moisés cuando bajó el monte Sinaí después de haberse encontrado con Dios (cf. Ex 34, 29-35; 2 Co 3, 7-8).

En su discurso, Esteban parte de la llamada de Abrahán, peregrino hacia la tierra indicada por Dios y que tuvo en posesión sólo a nivel de promesa; pasa luego a José, vendido por sus hermanos, pero asistido y liberado por Dios, para llegar a Moisés, que se transforma en instrumento de Dios para liberar a su pueblo, pero también encuentra en varias ocasiones el rechazo de su propia gente. En estos acontecimientos narrados por la Sagrada Escritura, de la que Esteban muestra que está en religiosa escucha, emerge siempre Dios, que no se cansa de salir al encuentro del hombre a pesar de hallar a menudo una oposición obstinada. Y esto en el pasado, en el presente y en el futuro. Por consiguiente, en todo el Antiguo Testamento él ve la prefiguración de la vida de Jesús mismo, el Hijo de Dios hecho carne, que —como los antiguos Padres— afronta obstáculos, rechazo, muerte. Esteban se refiere luego a Josué, a David y a Salomón, puestos en relación con la construcción del templo de Jerusalén, y concluye con las palabras del profeta Isaías (66, 1-2): «Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto?» (Hch 7, 49-50). En su meditación sobre la acción de Dios en la historia de la salvación, evidenciando la perenne tentación de rechazar a Dios y su acción, afirma que Jesús es el Justo anunciado por los profetas; en él Dios mismo se hizo presente de modo único y definitivo: Jesús es el «lugar» del verdadero culto. Esteban no niega la importancia del templo durante cierto tiempo, pero subraya que «Dios no habita en edificios construidos por manos humanas» (Hch 7, 48). El nuevo verdadero templo, en el que Dios habita, es su Hijo, que asumió la carne humana; es la humanidad de Cristo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. La expresión sobre el templo «no construido por manos humanas» se encuentra también en la teología de san Pablo y de la Carta a los Hebreos: el cuerpo de Jesús, que él asumió para ofrecerse a sí mismo como víctima sacrificial a fin de expiar los pecados, es el nuevo templo de Dios, el lugar de la presencia del Dios vivo; en él Dios y el hombre, Dios y el mundo están realmente en contacto: Jesús toma sobre sí todo el pecado de la humanidad para llevarlo en el amor de Dios y para «quemarlo» en este amor. Acercarse a la cruz, entrar en comunión con Cristo, quiere decir entrar en esta transformación. Y esto es entrar en contacto con Dios, entrar en el verdadero templo.

La vida y el discurso de Esteban improvisamente se interrumpen con la lapidación, pero precisamente su martirio es la realización de su vida y de su mensaje: llega a ser uno con Cristo. Así su meditación sobre la acción de Dios en la historia, sobre la Palabra divina que en Jesús encontró su plena realización, se transforma en una participación en la oración misma de la cruz. En efecto, antes de morir exclama: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7, 59), apropiándose las palabras del Salmo 31 (v. 6) y recalcando la última expresión de Jesús en el Calvario: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46); y, por último, como Jesús, exclama con fuerte voz ante los que lo estaban apedreando: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7, 60). Notemos que, aunque por una parte la oración de Esteban recoge la de Jesús, el destinatario es distinto, porque la invocación se dirige al Señor mismo, es decir, a Jesús, a quien contempla glorificado a la derecha del Padre: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios» (v. 56).

Queridos hermanos y hermanas, el testimonio de san Esteban nos ofrece algunas indicaciones para nuestra oración y para nuestra vida. Podemos preguntarnos: ¿De dónde sacó este primer mártir cristiano la fortaleza para afrontar a sus perseguidores y llegar hasta el don de sí mismo? La respuesta es sencilla: de su relación con Dios, de su comunión con Cristo, de su meditación sobre la historia de la salvación, de ver la acción de Dios, que en Jesucristo llegó al culmen. También nuestra oración debe alimentarse de la escucha de la Palabra de Dios, en la comunión con Jesús y su Iglesia.

Un segundo elemento: san Esteban ve anunciada, en la historia de la relación de amor entre Dios y el hombre, la figura y la misión de Jesús. Él —el Hijo de Dios— es el templo «no construido con manos humanas» en el que la presencia de Dios Padre se ha hecho tan cercana que ha entrado en nuestra carne humana para llevarnos a Dios, para abrirnos las puertas del cielo. Nuestra oración, por consiguiente, debe ser contemplación de Jesús a la derecha de Dios, de Jesús como Señor de nuestra existencia diaria, de mi existencia diaria. En él, bajo la guía del Espíritu Santo, también nosotros podemos dirigirnos a Dios, tomar contacto real con Dios, con la confianza y el abandono de los hijos que se dirigen a un Padre que los ama de modo infinito. Gracias.


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Tomado de:
www.vatican.van

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Sacramento del Bautismo - 2º Parte

III. La celebración del Sacramento del Bautismo



La iniciación cristiana

Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. (CIC 1229)

Desde que el Bautismo de los niños vino a ser la forma habitual de celebración de este sacramento, ésta se ha convertido en un acto único que integra de manera muy abreviada las etapas previas a la iniciación cristiana. Por su naturaleza misma, el Bautismo de niños exige un catecumenado postbautismal. No se trata sólo de la necesidad de una instrucción posterior al Bautismo, sino del desarrollo necesario de la gracia bautismal en el crecimiento de la persona. Es el momento propio de la catequesis. (CIC 1231)

Los ritos de su celebración

El sentido y la gracia del sacramento del Bautismo aparece claramente en los ritos de su celebración. Cuando se participa atentamente en los gestos y las palabras de esta celebración, los fieles se inician en las riquezas que este sacramento significa y realiza en cada nuevo bautizado. (CIC 1234)

1.      La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz. (CIC 1235)
 
2.     El anuncio de la Palabra de Dios ilumina con la verdad revelada a los candidatos y a la asamblea y suscita la respuesta de la fe, inseparable del Bautismo. En efecto, el Bautismo es de un modo particular "el sacramento de la fe" por ser la entrada sacramental en la vida de fe. (CIC 1236)



Puesto que el Bautismo significa la liberación del pecado y de su instigador, el diablo, se pronuncian uno o varios exorcismos sobre el candidato. Este es ungido con el óleo de los catecúmenos o bien el celebrante le impone la mano y el candidato renuncia explícitamente a Satanás. Así preparado, puede confesar la fe de la Iglesia, a la cual será "confiado" por el Bautismo (cf Rm 6,17). (CIC 1237)



3.   El agua bautismal es entonces consagrada mediante una oración de epíclesis (en el momento mismo o en la noche pascual). La Iglesia pide a Dios que, por medio de su Hijo, el poder del Espíritu Santo descienda sobre esta agua, a fin de que los que sean bautizados con ella "nazcan del agua y del Espíritu" (Jn 3,5). (CIC 1238)

4.   Sigue entonces el rito esencial del sacramento: el Bautismo propiamente dicho, que significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo. El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato. (CIC 1239)



En la Iglesia latina, esta triple infusión va acompañada de las palabras del ministro: "N., yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". En las liturgias orientales, estando el catecúmeno vuelto hacia el Oriente, el sacerdote dice: "El siervo de Dios, N., es bautizado en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo". Y mientras invoca a cada persona de la Santísima Trinidad, lo sumerge en el agua y lo saca de ella. (CIC 1240)


5.      La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, "ungido" por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf. Ritual del Bautismo de niños, 62) (CIC 1241)

6.   La vestidura blanca simboliza que el bautizado se ha "revestido de Cristo" (Ga 3,27): ha resucitado con Cristo. El cirio que se enciende en el Cirio Pascual, significa que Cristo ha iluminado al neófito. En Cristo, los bautizados son "la luz del mundo" (Mt 5,14; cf Flp 2,15) 



El nuevo bautizado es ahora hijo de Dios en el Hijo Único. Puede ya decir la oración de los hijos de Dios: el Padre Nuestro. (CIC 1243)



7.   La bendición solemne cierra la celebración del Bautismo. En el Bautismo de recién nacidos, la bendición de la madre ocupa un lugar especial. (CIC 1245)




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Extractos del Catecismo de la Iglesia Católica.
Imágenes de una celebración del Sacramento en la Parroquia de San Pedro, Lima; presidida por el Párroco P. Enrique Rodríguez, S.J.
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