ESPECIAL DE SEMANA SANTA - 2015


"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna."
Jn 3,16


Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.
Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencia, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado.
El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros.
Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.
Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo.
Isaías 53, 3-8


"Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido; y después de azotarle le matarán, y al tercer día resucitará"
Lucas 18, 31-33v


"De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto."
Juan 3, 14



De la mano de María y en su compañía quiero vivir todos los pasos de la pasión de Cristo, no perder un detalle, meditar cada palabra, dejar que mi corazón sea herido por su dolor, unir mi vida, sufrir y un día unir mi muerte a la suya.

Vivamos intensamente los días de Semana Santa meditando la Pasión de Cristo.
Ofrecemos nuestras publicaciones dedicadas a la Semana Santa:































Para nuestra oración diaria

"Si buscas a Dios y no sabes cómo empezar, aprende a orar y tómate la molestia de orar todos los días."
Madre Teresa de Calcula

En esta Semana Santa acerquémonos con especial devoción a nuestra oración



Tercera palabra: "Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre"

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

“Viendo Jesús a su Madre y a su lado de pie al discípulo, a quien amaba, dijo Jesús a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la tomó consigo” 
(Jn 19,26s).

Cara a la muerte Jesús manifiesta lo que más lleva en el corazón: la preocupación por su madre y el futuro de su discípulo más querido. Su madre ¿va a quedar sola? ¿ya acabó su misión en este mundo, debiendo simplemente esperar su muerte? ¿Y el discípulo especialmente amado, el primero que junto con Andrés, el hermano de Pedro, y el más joven de los que eligió?
Ni la madre va a quedar abandonada ni su misión ha acabado en este mundo. Va a seguir siendo la madre de Juan y de todos los discípulos. “Porque a cuantos lo recibieron –escribirá después el mismo Juan– les hizo hijos de Dios, a los que creen en Jesús, que han nacido no de la sangre ni del deseo de la carne sino de Dios” (Jn 1,12s).
Cada discípulo es confiado a María como un hijo. Juan nos representa a todos los que creemos y por la fe y el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios recibiendo el Espíritu Santo, que se nos ha dado, y participando así de la vida de Jesús. Si la virgen María meditó siempre muy a fondo toda palabra que oyó de su Hijo, cuánto más ésta, dicha para Ella expresamente y en la cruz y momentos antes de su muerte. Ella los acompañará sosteniéndolos con su oración en los días previos a Pentecostés y así lo seguirá haciendo hasta su muerte y Asunción al Cielo. Así se explica la eficacia de la predicación de los discípulos que se manifiesta desde el comienzo de la Iglesia. Y tras su marcha al Cielo Dios en su providencia ha querido y quiere que la Virgen María tenga en toda comunidad cristiana, especialmente si comienza, un lugar privilegiado. Por eso Guadalupe, por eso Lourdes, por eso Fátima, por eso tantos santuarios y capillas de la virgen María donde su intercesión continúa sosteniendo nuestra fe. Gracias, Virgen María.
Por eso todo seguidor de Cristo, todo creyente de verdad, acoge a María, como lo hizo Juan, confía en su intercesión poderosa y la honra con su afecto. No lo olvidemos y hagámoslo regla de nuestra vida de fe: nadie que tenga una filial y confiada devoción a María y la invoque con frecuencia y humildad, dejará de tener la gracia divina de la perseverancia final. Es la persuasión de muchos santos.
Acojamos, pues, la palabra de Jesús en la cruz: “He ahí a tu madre”. Que no falte una imagen de María en los hogares. Que, al mirarla, nos recuerde siempre que es nuestra madre y le pidamos y agradezcamos su bendición. No dejemos de honrarla en sus fiestas, no dejemos de invocarla en las necesidades, en los momentos duros de la vida, en nuestro esfuerzo por virtudes difíciles, si hemos tenido la desgracia de haber caído en pecado, en cualquier necesidad incluso temporal. Quien vive a María como madre no será nunca huérfano en la Iglesia.
Padres cristianos, no olviden inculcar a sus hijos el amor a María ya desde pequeños. Hijos, jóvenes, que el amor y la confianza en María permanezca siempre en sus corazones; entonces se hace fácil el amor a Cristo, la virtud es bella y merece luchar por ella, el corazón se llena de luz. Ojalá Dios quiera concedernos a todos un amor tierno, humilde y confiado en María. No dudemos que Dios está muy cerca, aunque estuviere en la cruz. Amén, así sea. 

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Segunda Palabra: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso"

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Uno de los malhechores crucificados le injuriaba y decía: ¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro respondió y, reprendiéndole, decía: ¿No temes tú a Dios cuando estás en el mismo tormento? En nosotros de verdad es justo, porque recibimos lo merecido por nuestras obras; pero Éste no ha hecho nada. Y añadía: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino. Y le respondió Jesús: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,39-43).

Lo que sucede tantas veces. Están en el mismo suplicio, probablemente por delitos parecidos que probablemente serán los de robo con asesinato, están muriendo junto al mismo Cristo que está orando por ambos. Uno se convierte, otro no. Uno se arrepiente, otro no. Uno pide perdón, otro no. Y quien lo pide, lo recibe de modo inmediato y total.

¿Y quién de nosotros no tiene la experiencia de haberlo recibido así más de una vez? “A quien ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados” (Jn 20,23). Así se lo dice a los apóstoles un poco más tarde, apenas resucitado, cuando se les aparece en el Cenáculo. Pero ¿quién puede perdonar los pecados sino solo Dios? –así le habían objetado. Pero él se afirmó como señor del sábado, ser más fuerte que el Demonio, ser capaz de sanar toda enfermedad y sobre todo de haber venido a salvar a los pecadores. Porque son los primeros en necesitarle.

A veces sufrimos y estamos como necesitados de que nuestro pasado, tan manchado por el pecado, sea distinto del que ha sido. Quisiéramos poder presentar una historia inmaculada. Pero esto no puede ser. Y no es bueno que lo sea. Porque la gran realidad, la gran verdad es que Dios así amó al hombre que le entregó a su Hijo amado, que donde abundo el pecado sobreabundó la gracia, Y podemos estar más seguros del perdón y la misericordia de Dios para con nosotros que de nuestro propio arrepentimiento.

Y ésta es otra de las maravillosas propiedades de la confesión: que podemos (y debemos) estar más seguros del perdón de Dios que de nuestros propios pecados. Porque si confesamos nuestros pecados y estamos arrepentidos de ellos (lo cual nuestra conciencia nos lo asegura con certeza en una confesión bien hecha), debemos tener la seguridad, que se apoya en la fe, de que, por graves y numerosos que hayan sido, han sido perdonados y no nos serán recordados jamás por nuestro Dios. Porque la Iglesia sabe y es de fe que por medio de sus sacerdotes puede perdonar todo pecado, y nosotros con ella lo sabemos y hemos oído con nuestros propios oídos que fuimos perdonados. “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados” (Jn 20,23).

¡Qué maravillosa es nuestra fe y nuestra Iglesia que conserva y tiene a disposición nuestra el sacramento del perdón de nuestros pecados! Fuera de los ortodoxos, ninguna otra religión lo mantiene. Si lo usamos bien y con la debida frecuencia nuestra alma irá acercándose más y más a Cristo. “Acerquémonos, por tanto, confiadamente a este trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno” (Heb 5,16).

Pero no debemos ocultarnos otra verdad. “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Cada uno cargamos con la responsabilidad de perdonar a cualquiera que creamos que nos haya ofendido, sea lo que sea; “hasta setenta veces siete” (Mt); “que con la medida que usen para medir a otros, se les medirá a ustedes” (Lc 6,38). “El Padre celestial les perdonará a ustedes si ustedes perdonan a los demás; pero si no, tampoco el Padre les perdonará a ustedes” (Mt 6,14s).

Es en verdad cuestión de vida o muerte. Cierto que el mero sentimiento no es pecado. Pero el rencor y el deseo de venganza inclinan al mal y por tanto no es moralmente bueno. Por eso si por la razón que sea no se ha logrado todavía superar, insístase en la petición de la gracia de perdonar, tráiganse a la memoria repetidas conminaciones de Cristo, recuérdese su perdón, procúrese ni siquiera recordar las ofensas ajenas. Hagámonos dignos de escuchar de labios de Jesús: Tú también un día, tal vez muy pronto, estarás conmigo en el paraíso. Perdonaste en vida, estás perdonado.




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Las Siete Palabras de Jesús en la Cruz: Primera palabra

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.


Las Siete Palabras

Introducción


La importancia de las últimas palabras de Jesús en la cruz antes de morir no necesita ponderarse. En los últimos momentos de su existencia en  este mundo nos manifiesta lo que siempre llevó en el corazón. Desde que vino al mundo en el seno de María tuvo muy claro: “Todo el casi infinito número de víctimas y sacrificios que se Te han ofrecido no han servido para pagar la deuda infinita de los hombres pecadores a lo largo de la historia; no han bastado ni bastarán. Por eso vengo; para hacer tu voluntad. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así ha tenido que ser levantado el Hijo del hombre, para que el mundo se salve por Él (S 42; Jn 3,14.17). Ese drama fantástico, que cambia la historia humana de historia de pecado a historia de salvación, está a punto de llegar a la cumbre. Por eso nos importan tanto las palabras que Jesús pronunció para todos los hombres desde la tribuna de la cruz.


 Primera palabra

“Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 3,33s).
Dejemos que esta palabra nos sacuda. Es la primera que sale de sus labios al ser elevado en la cruz: Perdónales. Manifiesta claro qué es lo primero que pretende aceptando su y esa muerte: Perdónales. A ellos y a todos y cada uno los hombres asolados por el pecado. Porque “todos pecaron”. Porque por el pecado entró la muerte en el mundo. Y todos pecaron, Pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Y fue por la obediencia de uno, la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, por la que nos ha venido el perdón y la gracia. “Le podrás por nombre Jesús –le dijo el ángel a José– porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). “Y entrando en el mundo dijo: He aquí que vengo a hacer tú voluntad” (Heb 10,7).

Porque ¿qué otro podría haber asumido la representación del género humano con más derecho que Él, quien siendo Dios poseía también la naturaleza humana y, descendiendo como todos de Adán, formaba parte de nuestra raza humana. Raza pecadora, y al mismo tiempo raza privilegiada de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno sino que a todos alcance la vida eterna” (Jn 3,16). Siempre tuvo presente esta misión y este momento. Hubo un momento en que padeció una cierta vacilación; pero reaccionó enseguida: Para eso he vendo  (Jn 12,27s).

Apenas colgado, Cristo se dirige al Padre: “Padre, perdónalos. No saben lo que hacen”. Nadie supimos ni sabemos de lo horrible, de lo grave que es el pecado, pero donde abundo el pecado sobreabundó la gracia. Desde la cruz, donde abundó el pecado  sobreabunda la gracia Vayamos a ese trono de gracia… Padre perdónalos porque no saben lo que hacen. Vengan a Mí todos los agobiados por sus pecados, porque soy manso y humilde y perdono setenta veces siete.

Perdono y olvido, porque “no quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva” y al que se arrepienta le perdono y arrojo a lo hondo del mar todos sus pecados.  Jamás ya podrán encontrarse.



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¡Felicidades P. Guillermo Villalobos S.J.!

Presentamos nuestros saludos al P. Guillermo Villalobos S.J. por las Bodas de Oro en la Compañía de Jesús, celebrada el jueves 19 de marzo (2015) en la Solemnidad de San José. Acceda AQUÍ.

El P. Guillermo Villalobos S.J. partió a la Casa del Padre el 19 de marzo del 2021.

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Madre Teresa de Calcula


ESPECIAL DE CUARESMA - 5° DOMINGO



 Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: «Padre, líbrame de esta hora? ¡Sí, para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!». Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar».
Jn 12,27-28



Para este 5° Domingo de Cuaresma, recomendamos la lectura de la Homilía y la Reflexión "Si el Grano de Trigo no muere...":













Vía Crucis








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ESPECIAL DE SEMANA SANTA - 2015


"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna."
Jn 3,16


A días de iniciar la Semana Santa, compartimos nuestras publicaciones con la finalidad de ir introduciéndonos poco a poco en el Misterio Pascual, para el cual nos estamos preparando durante la Cuaresma, que Dios nos conceda la gracia de vivir intensamente estos santos días, acompañando a nuestro Señor Jesucristo durante su pasión.
Para ir preparándonos, recomendamos iniciar la lectura de nuestras publicaciones con los títulos en negrita:




























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