Homilía del 28º Domingo TO (B), 14 de Octubre del 2012

A vivir el Año de la Fe

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Sab 7,7-11; S 89; Heb 4,12-13; Mc 10,17-30



Este evangelio contiene uno de los pasajes más bellos de los evangelios. Aquel joven –Mateo precisa que era un joven, v. 19,20.22– de gran rectitud moral, limpio, sensible a los mejores valores humanos. Viene corriendo donde Jesús. Ha sido atraído por la palabra, sin duda, y más todavía por la calidad moral que el maestro galileo transparenta y a la que arrastra. “Maestro bueno” le llama cuando le dirige la palabra.

“Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. Ya intuye que la vida eterna es el estado en que se vive siempre amando y siendo amado por Dios. ¿Cómo estar seguro de alcanzarla?
Jesús le muestra el camino general, el que es necesario para todos, el revelado por Dios en la ley de Moisés: observar los mandamientos. El los observa y desde niño, y no le parecen demasiado. El está dispuesto a más; ¿no es eso poco para lo que pretende? Ser en verdad “bueno”, como Dios es bueno, siempre ha procurado serlo. Pero El puede más. Es poco, demasiado poco lo que hasta ahora viene haciendo.
Jesús entonces “se le queda mirando con cariño”. ¡Qué hermosa es la belleza moral de un joven, de una joven, que se expresan en el rostro, en la serenidad, en la paz, en la sonrisa limpia, pura, generosa! ¡Qué maravilla la alegría de Jesús cuando le mira! ¡Es un alma que goza haciendo y aspirando lo que hace buena  a la persona y cada vez mejor!
También hoy hay jóvenes, muchachos y muchachas, que han descubierto la hermosura y la grandeza del amor de Jesús. Es el amor que empuja a ayudar a los pobres, que fortalece a los que consagran su vida, su tiempo y sus energías en quienes no tienen medios suficientes para su propio desarrollo. Quieren hacer algo. Quieren mejorarse, mejorando el mundo.
Jesús los mira con cariño. El cariño de Jesús pone y pondrá siempre en marcha lo mejor de nuestros corazones. Cuando el cariño de Jesús toca el corazón, éste siente deseos de lanzarse. Quiere llegar hasta lo último. Es entonces cuando Jesús le lanza el desafío, como lo hizo con aquél: “Vende lo que tienes. Dáselo a los pobres. Tendrás un tesoro en el cielo. Luego sígueme”.
Fue una pena. Fracasó Jesús al invitarle. Fracasó sobre todo el muchacho. Era bueno, era puro, pero amaba más el dinero que la bondad del Maestro. Era muy rico. Para seguir a Jesús, la riqueza no es ventaja, es más bien un estorbo.
Hoy día también Jesús mira a muchos jóvenes y les sigue invitando a seguirle. Lo sigue haciendo porque su Iglesia los necesita. Los necesita El para enviarlos a sus hermanos y hermanas y gritar a los hombres con las obras y las palabras que Jesús les ama y les invita a dedicar su vida a lo más importante.
Decía el Papa Juan Pablo II que la falta de vocaciones religiosas y sacerdotales es la tristeza de la Iglesia. Dadas las necesidades también en el Perú nos hacen falta hoy más vocaciones para sacerdotes y religiosos y religiosas. Es un problema que nos toca a todos, no sólo al Papa y los obispos. ¡Cuántas veces a la hora de cerrar esta Iglesia hay todavía, a veces muchos, que esperan para confesar! Faltan también catequistas, faltan colaboradores suficientes en la liturgia y en la acción de caridad de la Iglesia, porque no hay los pastores necesarios para formarlos y sostenerlos en su labor. Si faltan los consagrados, faltan todos los demás. Y faltan los pastores que acompañen a los laicos para ser luz en las estructuras políticas, profesionales, sociales y aun en sus mismas y urgentísimas necesidades familiares para realizarlas y ser ejemplo para otros. Viendo hoy a nuestra Iglesia, Cristo tiene la misma impresión que cuando vio la multitud que le seguía para escucharle y ser curada. Se le conmovieron las entrañas porque estaban como ovejas sin pastor. “La mies es mucha y los obreros pocos –comentó– rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (v. Mt 9,36-38). Varias veces dice el evangelio que tuvo la misma conmoción y su corazón se vio forzado a enseñar, curar y multiplicar panes y peces (v. Mt 14,14-21 y =; Mt 15,32; Mc 8,1‑3). Como vemos, Jesucristo nos pide que ante la necesidad de vocaciones lo primero oremos.
Hace cincuenta años que comenzó el Concilio Vaticano II. Por decisión del Papa lo vamos a celebrar con el Año de la Fe, que acabamos de empezar. Oremos, pues, para que el Señor vuelva. La fe vivida con alegría ha de producir vocaciones. Oremos y animemos a vivir nuestra fe con alegría, a descubrir sus tesoros. Si Raimondi dijo que el Perú era un mendigo recostado a dormir sobre un saco de oro, también podemos decirlo refiriéndolo a nuestra fe. Despertémonos todos y descubramos el tesoro de la fe. 

Conozcámoslo mejor, estudiémoslo, leamos más y más la Palabra, oremos, sobre todo oremos individualmente, en grupo, en familia, demos razón de la esperanza. Pidamos al Señor vocaciones, alegrémonos cuando Dios llama a un hijo/a o hermano/a para “estar con Él y enviarlo a evangelizar” (Mc 3,14), comprometámonos con nuestra misión en la Iglesia, no nos limitemos en ella a ser meros consumidores de servicios religiosos, sino miembros activos que reciben y dan al resto del cuerpo de Cristo. Nadie diga “yo no valgo”, porque es falso. No hace falta hacer ruido para ser apóstol. La levadura no hace ruido. Basta vivir a fondo la fe. La Virgen María es un ejemplo para todos. Ella fue “la que ha creído”. Acojamos la Palabra como ella.



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