Vía Crucis
Examen General de la conciencia para cada día
Para confesarse mejor
Valor de la confesión frecuente a la luz del Corazón misericordioso de Jesús
Importancia del Sacramento de la Reconciliación
Conversión 1° Parte
Conversión 2° Parte
La higuera seca
Compartimos la homilía de nuestro Director fundador P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.†
para el Domingo III de Cuaresma.
"Para mantenerse en mejora y conversión continua es necesario que la fe, la esperanza y la caridad estén conscientemente vivas y actuando."
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VOCACIÓN
El P. Francisco del Castillo en su biografía hace referencia de su primera experiencia que lo hace pensar en su vocación religiosa de manera seria. Sobre ello nos manifiesta:
“Estoy determinado a dejar el século (el mundo), y ha más de cuatro años que he determinado aquesto (esto)”.
Una de las situaciones que ayudó a reflexionar sobre su vocación al P. Francisco Del Castillo fue la muerte del franciscano fray Juan Gómez, quien era el enfermero del Convento Grande de Jesús, él tenía fama de santidad en la ciudad de Lima y era muy devoto del Niño Jesús, esto último había impresionado al P. Francisco. En su autobiografía recuerda que estando en las exequias de fray Juan Gómez, experimentó un consuelo muy intenso y deseos de ser muy santo.
También el P. Francisco atribuyó su vocación a la Virgen María, él acudía con frecuencia a la Capilla de Nuestra Señora de Loreto de su colegio San Martín, y es allí en sus momentos de oración, donde sintió con fuerza el llamado a la vida religiosa en la Compañía de Jesús.
Recordemos que desde su infancia mostró inclinación sobre las cosas religiosas, y el tiempo que vivió hasta esta experiencia le permitieron ir madurando suficientemente su vocación religiosa y la decisión de vivir este estilo de vida.
Desde su colegio venía siendo alentado para que hiciera su discernimiento vocacional, quienes lo ayudaron a ello fueron sus maestros como los padres Pedro Ignacio, Francisco González y Lázaro del Águila.
NOVICIADO
El P. Francisco Del Castillo ingresa al noviciado de la Compañía de Jesús, que fue fundado en agosto de 1606 y llevaba el nombre de San Antonio Abad, por ser el patrono del generoso benefactor del noviciado, don Antonio Correa, él sustentaba los gastos para su establecimiento y sustentación.
Cuando el P. Francisco Del Castillo ingresa al noviciado de la Compañía de Jesús, la provincia peruana vivía una época de florecimiento y expansión. El número de jesuitas era de 476, habían 21 domicilios: 11 colegios, una casa para el noviciado, 4 residencias, 3 seminarios de estudiantes seglares y 2 convictorios de indios. La casa de la Compañía que tenía la mayor cantidad de jesuitas era el Colegio de San Pablo en Lima, parte de este colegio es el actual Santuario Arquidiocesano del Corazón de Jesús Iglesia de San Pedro, y estaba ubicado en lo que es ahora la Iglesia, la Biblioteca Nacional y el Banco Central de Reserva del Perú. Esta Casa acogía a 163 profesores y estudiantes de Humanidades, Filosofía y Teología. De allí también había jesuitas que salía a las misiones de Chavín de Pariarca, entre los indios panataguas y carapachos, y la de los chiriguanas, en la selva de la actual Bolivia. También trabajaban en las primeras reducciones de Juli, que fueron anteriores a las famosas del Paraguay.
El P. Francisco Del Castillo fue registrado en el Libro de Ingresos del Noviciado el 31 de diciembre de 1632, cuando tenía 17 años de edad.
Lo recibió el P. Diego de Torres Vázquez quien era el Provincial de la Compañía. El Maestro de Novicios era el P. Francisco Antonio Jorge, bajo cuya dirección los novicios viviría la experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
El 8 de agosto de 1633 suscribió dos hojas informativas en donde, especialmente, cuenta sus prácticas religiosas que acostumbraba realizar antes de ingresar en la Compañía (oración, meditación, rezo del Rosario, Misa, comunión confesión, etc.) y su firme intensión de perseverar en la vida religiosa.
Durante el tiempo en el noviciado, el P. Francisco Del Castillo pudo adaptarse a este estilo de vida y de exigencia en su formación, cumpliendo con exactitud las normas de esta etapa de noviciado. A través de esta etapa se busca que el novicio afiance un intenso amor a Jesucristo, la abnegación y mortificación en todas las cosas posibles, mediante una ascesis enérgica pero humana.
Sus compañeros Juan José de Salazar y Juan de Jibaja testimoniaron que el P. Francisco vivió ejemplarmente estos dos años de novicio y manifestó que aspiraba a la perfección de la santidad. También el P. Tomás Romero, quien fue su confesor por un tiempo, declaró que el P. Francisco conservó siempre la gracia bautismal.
El P. Francisco Del Castillo vivó su época de novicio, una etapa de fuerte formación y sus variados recursos y actividades del quehacer diario, que buscaba fomentar los hábitos de autodisciplina, abnegación, obediencia, unión con Dios y armonía de pareceres.
La meta se puede decir que es conocer más a Jesús y vivir según su estilo de vida, y para ello es fundamental vivir la experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, de un mes de duración que preparan al futuro apóstol. Durante esta experiencia los ejemplos de vida de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que había sido canonizados dos años antes, estuvieron presentes durante este período de intensa oración.
Según el esquema de la formación en el noviciado de aquellos tiempos, los días jueves tenía el día libre para descansar. Las grandes huertas interiores del noviciado, invitaban a los novicios a pasear y tener contacto con la naturaleza, sin necesidad de salir de la ciudad. Entre la variada vegetación que los novicios cultivaban y cuidaban, había ermitas y capillas dispersas. La principal capilla y más frecuente visitada era la de Estanislao de Kostka (1550-1568), patrono de los novicios, cuya vida era propuesta como ejemplo para los novicios. El P. Francisco acostumbraba visitar esta capilla para su oración, en especial las dirigidas a la Virgen.
Para acceder al Especial sobre el P. Francisco Del Castillo, jesuita
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Referencia bibliográfica: Francisco Del Castillo, El Apóstol de Lima. P. Armando Nieto Vélez S.J. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial 1992.
Publicamos a continuación el Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2025 sobre el tema «Caminemos juntos en la esperanza».
Mensaje del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3) [1].
En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.
Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen “examen” para el viandante.
En segundo lugar, hagamos este viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales [2]. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos [3]. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.
En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos [4]. Esta es una segunda llamada: la conversión a la sinodalidad.
En tercer lugar, recorramos este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo [5], sea para nosotros el horizonte del camino cuaresmal hacia la victoria pascual. Como nos enseñó el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” ( Rm 8,38-39)» [6]. Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado [7], y vive y reina glorioso. La muerte ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los cristianos, en la resurrección de Cristo.
Esta es, por tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?
Hermanas y hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme [8]. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» ( 1 Tm 2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo. Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» ( Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3) [9].
Que la Virgen María, Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino cuaresmal.
Roma, San Juan de Letrán, 6 de febrero de 2025, memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires.
FRANCISCO
___________________
[1] Cf. Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 220.
[2] Cf. Homilía en la Santa Misa por la canonización de los beatos Juan Bautista Scalabrini y Artémides Zatti (9 octubre 2022).
[3] Cf. ibíd.
[4] Cf. ibíd.
[5] Cf. Bula Spes non confundit, 1.
[6] Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 26.
[7] Cf. Secuencia del Domingo de Pascua.
[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1820.
[9] Ibíd., 1821.
Tomado de:
https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/02/25/240225a.html
Compartimos la reflexión del P. Adolfo Franco, S.J.†
para el Domingo VIII del Tiempo Ordinario.
Para poder ayudar al prójimo hay que darle buen ejemplo.
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Rodrigo Sánchez-Arjona Halcón, S.J.
CAPÍTULO 2
Continuación...
Enseñanza del Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II ha retomado este punto concreto de la tradición católica y nos señala de nuevo al Verbo encarnado como la única esperanza de salvación humana. "Dios que quiere que todos los hombres se salven (...) cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón (ls. 61,1; Lc 4,18) como Médico carnal y espiritual (Ign. Antl. Efes.'7,'2), Mediador entre Dios y los hombres" (SC 5).
Las palabras conciliares son un eco de la vivencia y la teología de la Iglesia recordadas: El Hijo de Dios apareció en el mundo como un hombre, para anunciar como Mediador la salvación ofrecida por Dios a los hombres y para curar la enfermedad mortal de los mismos hombres como un Médico carnal y espiritual" Que Cristo pueda llevar a cabo esta curación de un ser herido de muerte en el campo religioso, lo deduce el Concilio siguiendo a la tradición de la encarnación del Verbo: "En efecto, su humanidad unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación" (SC 5).
Con estas breves palabras entroncamos con la fe vivida por la Iglesia, es decir, con la confesión de que la salvación hace su entrada en el mundo por la carne divinizada del Verbo, el cual se vale de ella para dar a los hombres una participación en su luz y en su vida. Según el Concilio, el modo señero de ponerse en contacto con Jesús glorificado, fuente de salvación religiosa, es el misterio litúrgico de la Iglesia (SC 10), ya que él nos hace presente al mismo Salvador en la trasparencia de los símbolos (SC 35,2).
Sin esta participación en la celebración litúrgica es imposible que el hombre pecador pueda conseguir un "espíritu verdaderamente cristiano" (SC 14), porque a través de los sacramentos y sacramentales los fieles entran en contacto con el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor (SC. 61).
Los llamados "sacramentales" participan de la vitalidad religiosa de los sacramentos, los cuales alimentan la fe cristiana y la expresan por medio de palabras y cosas (SC 59-60). Este "espíritu verdaderamente cristiano" trae al corazón humano una apertura amante a Dios y a los hombres (LG 1; SC 48). Pero en nuestros tiempos la apertura al hombre es inseparable de un compromiso con la compleja realidad humana (GS 1,43).
De todo lo expuesto deduce el Concilio que no podrá el hombre perseverar en un "compromiso cristiano" con el amor al hombre, sin participar en la celebración litúrgica, la cual es a la vez signo de la presencia y fuente eficaz de ese amor comprometido: "El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho Él mismo carne y habitando en la tierra (Jn 1,3, 14). entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo (Efes. 1, 10), Él es quien nos revela que Dios es amor (1 Jn. 4, 8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y, por lo tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles ... Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra (Art. 2,36; Mt.28, 18), obra ya por virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con este deseo aquellas generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del Espíritu son diversos ... El Señor dejó a los suyos una prenda de esperanza (en las realidades futuras) y una comida para el camino en aquel sacramento de la fe, en donde los elementos de la naturaleza cultivada para el hombre, se convierten en el cuerpo y la sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la pregustación del banquete celestial" (GS. 38).
El texto citado es capital para nuestro estudio, pues sirve de lazo de unión entre las Constituciones Sacrosanctum Concilium y Gaudium et Spes; es decir, entre el misterio litúrgico y el compromiso de la fe. Si comparamos los textos recordados más arriba de la constitución y la liturgia y éste, hallaremos muchos puntos de contacto. Ante todo veremos cómo las dos constituciones conciliares nos hablan del Verbo encarnado como único germen de salvación humana, en las dos aparece el existir cristiano traducido por un esfuerzo creador de unidad y fraternidad humana, que es don de Cristo, y por un amor explícito al Padre de los cielos, que también es gracia de Cristo.
Las dos constituciones nos presentan el misterio litúrgico como la cumbre y la fuente de este existir cristiano. Pues este misterio es para el Concilio Vaticano II por una parte la celebración por medio de símbolos del amor hacia el Padre y los hermanos, ya actual en una comunidad reconocido como don gratuito de Dios por Jesucristo, y por otra parte la fuente, de donde hay que buscar continuamente ese amor explícito gratuito a Dios y a los hermanos, pues es aquí en donde el cristiano y la comunidad hallan al Verbo encarnado y glorificado, fuente de la vida.
La diferencia entre este texto de Gaudium et Spem y los de Sacrosanctum Concilium está, en que el primero insiste más en el compromiso de la fe, y los segundos subrayan más la necesidad del ministerio litúrgico para que el cristiano pueda mantenerse en ese compromiso de la fe. Pero una teología fiel al Concilio ha de tomar ambas enseñanzas para poder ilustrar con rectitud la conciencia cristiana de nuestros creyentes.
Notas al Capítulo 2
(1) EUDOKIMOV, P. Ortodoxia, Barcelona, 1968, pp. 99
(2) ZERNOV, N. Cristianismo oriental, Madrid, 1962,
(3) SAN SIMEON: en 27 La
vie spirituelle, París, p. 309.
(4) Citemos sólo las obras de L. CERFAUX, en donde se puede hallar abundante bibliografía: Jesucristo en S. Pablo, Bilbao, 1955; La Iglesia en S. Pablo, Bilbao, 1960; El cristiano en S. Pablo Bilbao, 1965.
(5) LYONNET, S. La historia de la salvación en la carta a los romanos, Salamanca, 1967, pp. 170-171.
(6) FILTHAUT, T. La theologie des mystéres. Exposé de la controverse, París, 1967, pp. 81 ss.
(7) CULLMANN, O. Los sacramentos en el evangelio de Juan, en la fe y el culto en la primitiva Iglesia, Madrid, 197 , pp. 181ss. El evangelio de Juan y la historia de la salvación, en Estudios de teología bíblica,
Madrid, 1973, pp. 151 ss. BRAUN, F·M. Jean le tbeologien, París,
1959-1966.
(8) GONZALEZ FAUS, J. Carne de Dios, significado salvador de la encarnación en la
teología de san Ireneo, Barcelona, 1969. ORBE, A. Antropología de san Ireneo, Madrid, 1969.