Historia de la Salvación: 37° Parte - La Parusía, 1° Parte



Por el P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

3. LA PARUSÍA. SEGUNDA VENIDA TRIUNFANTE DE CRISTO PARA JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS


3.1. LA PARUSÍA: SEGUNDA VENIDA TRIUNFAL DE CRISTO GLORIOSO

Como vimos en el misterio de la Encarnación el Verbo de Dios vino por primera vez al mundo en la humildad de la carne y en el silencio de Belén. Al final de los tiempos tendrá lugar el carácter público, triunfante y glorioso de la Segunda venida de Cristo. A este hecho al final de los tiempos se le conoce con el nombre de  “Parousía”,  viene del griego y significa, "estar presente" o también "llegar". En la teología católica, Parusía,  significa: "la Segunda venida triunfal de Cristo a la tierra", será una Segunda venida definitiva al final de los tiempos y Cristo vendrá lleno de "gloria" y de "verdad".

Antes esta Segunda venida triunfal conviene tomar algunas medidas de precaución y prudencia referentes al tiempo exacto en que va a ocurrir, así lo hace el apóstol Pablo en su advertencia a los cristianos de Tesalónica en 2 Tes 1-17 que les dice: “Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima. Que nadie en modo alguno os desoriente. Primero tiene que llegar la apostasía y aparecer la impiedad en persona, el hombre destinado a la perdición, el que se enfrentará y se pondrá por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto, hasta instalarse en el templo de Dios, proclamándose él mismo Dios.

¿No recordáis que, estando aún entre vosotros, os hablaba de esto? Sabéis lo que ahora lo frena, para que su aparición llegue a su debido tiempo. Porque esta impiedad escondida está ya en acción; apenas se quite de en medio el que por el momento lo frena, aparecerá el impío, a  quien el Señor Jesús destruirá con el aliento de su boca y aniquilará con el esplendor de su venida.

La venida del impío tendrá lugar, por obra de Satanás, con ostentación de poder, con señales y prodigios falsos, que se pierden, en pago de no haber aceptado el amor de la verdad que los habría salvado. Por eso, Dios les manda un extravío que los incita a creer a la mentira; así , todos los que no dieron fe a la verdad y aprobaron la injusticia, serán llamados a juicio”.

Una vez tenida en cuenta esta advertencia seria del apóstol Pablo el cristiano espera la parusía con la paz y esperanza que se expresa con toda claridad en los Santos Evangelios. Cristo habla de ella en su discurso de la misión de los apóstoles Mt 10,23,s.s. en su primera predicción de la pasión Mt 16,27, s.s. en el discurso escatológico de Mt 24,30; en el discurso sobre el juicio universal, Mt 25,31, s.s. en la confesión del Mesías ante el Sanedrín, Mt 26,64; en las parábolas de la vigilancia, Mt  25,1, s.s.

El día de la Parusía será el día en que Cristo se manifestará lleno de gloria y majestad, Mt 16, 27; Mt 26, 64. Vendrá a congregar a todas las gentes de todos los pueblos en torno suyo, Mt 25,31, para juzgar y recompensar a cada uno según sus obras. El carácter público de la Segunda venida de Cristo, ocurrirá a la vista de todo el mundo y será distinta de la primera venida (la Encarnación, que fue una venida oculta y en la humildad de la carne y en el silencio de Belén). La segunda venida de Cristo será acompañada de su séquito celestial entrará en el mundo reparado y salvado por El y por el testimonio de sus seguidores. Volverá como Rey, 1 Cor 15,23.s.s.


3.2. ESCATOLOGÍA INTERMEDIA

Se conoce con el nombre de Escatología intermedia al estado del creyente que muere y su alma se separa del cuerpo. ¿Qué ocurre en ese momento?. Veamos.


3.2.1.  MORIR EN CRISTO JESÚS. LA MUERTE

Para resucitar con Cristo, es necesario primero morir con Cristo, es necesario «dejar este cuerpo para ir a morar cerca del Señor», (2 Cor 5, 8). En esta «partida» (Flp 1, 23) que es la muerte, el alma se separa del cuerpo. Y cada alma se reunirá con su respectivo y único cuerpo el día de la resurrección de los muertos.

“Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre”. En un sentido, la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es «salario del pecado», (Rm 6, 23). Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección.

La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida.

“Acuérdate de tu Creador en tus días mozos..., mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio”,  (Qoh 12, 1. 7).

La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre. Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir.

Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado. «La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado», es así «el último enemigo» del hombre que debe ser vencido

La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición.


3.2.2. EL SENTIDO DE LA MUERTE CRISTIANA

Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. «Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia», (Flp 1, 21). «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él», (2 Tm 2, 11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente «muerto con Cristo», para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este «morir con Cristo» y perfecciona así nuestra incorporación a El en su acto redentor:

En la muerte, Dios llama al hombre hacia sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de S. Pablo: «Deseo partir y estar con Cristo», (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo.

La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia. La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.

La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin «el único curso de nuestra vida terrena», ya no volveremos a otras vidas terrenas. «Está establecido que los hombres mueran una sola vez», (Hebr 9, 27). No hay «reencarnación» después de la muerte.

La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte («De la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor»: Letanías de los santos), a pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros «en la hora de nuestra muerte» (Avemaría), y a confiarnos a S. José, patrono de la buena muerte.

Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás preparado, ¿cómo lo estarás mañana?.

El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia El y la entrada en la vida eterna. Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad.


3.2.3. EL JUICIO PARTICULAR 

La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo: “Y del mismo modo que el destino de los hombres es que mueran una sola vez, y luego ser juzgados”, Heb 9, 27; "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Lc 23, 43. Cristo promete al buen ladrón que participará de la misma gloria de El inmediatamente después de morir.

  • El hecho de que inmediatamente después de la muerte comienzan los estados definitivos de retribución plena, a saber: salvación o condenación, o el estado transitorio, es decir aquel estado, que las de los difuntos van inmediatamente después de la muerte al cielo, al infierno o al purgatorio.
  • Es el llamado "juicio particular". La doctrina sobre el juicio particular comprobaremos que no ha sido explícitamente definida, aunque algunos afirman que hay que admitirla por lo menos como presupuesto del dogma de la retribución inmediata después de la muerte, en cuyo caso tendría una inmediata conexión con una verdad infaliblemente definida.

Entendemos por "juicio particular", el acto por el cual al alma, inmediatamente que se separa del cuerpo, se le da a conocer su suerte definitiva (salvación o condenación), o transitoria (purgatorio previo a la salvación). Cuando decimos inmediatamente después de la muerte nos referimos a la muerte real, que no siempre coincide con lo que se llama la "muerte aparente". Hablamos, pues, de la separación definitiva del alma del cuerpo.

Parece que la retribución de premio o de castigo debe darse en el momento que, de una parte, el alma sea capaz de recibirla y, de otra, que no haya impedimento en el que retribuye. Ahora bien, el alma, una vez separada del cuerpo, es capaz de recibir la retribución, ya que el premio o el castigo son independientes del cuerpo; tampoco hay impedimento por parte del retribuyente, porque el mérito de Cristo ya fue adquirido para todos. Luego no aparece razón alguna para dilatar la retribución. Por tanto, el alma, inmediatamente que se separa del cuerpo, recibe el premio o castigo, "por lo que hizo con su cuerpo",  2 Cor 5,10.


3.3. LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO COMO VICTORIA PLENA SOBRE TODO LO CREADO

El día de la Segunda Venida "pública" de Cristo en el mundo será un día de júbilo y alegría y de triunfo. Es "el día del Señor", 1 Cor 1,8; 2 Cor 1,14; 1Tes 5,2; será el día de su revelación gloriosa, 2 Tes 1,7; 1 Tim  6,14; será el día de la salvación, 2 Cor 6,2; Efes  4,30.

La victoria escatológica ya en los profetas del exilio gustan representarla como una crisis final de la historia, como una guerra gigantesca en la que Dios se enfrentará a sus enemigos y los aniquilará, Is.63,1-6, como aniquiló a los monstruos primordiales, Is 27,1. Esta victoria será el preludio de su Reinado final, Zac 14; Ez  38-39.

La segunda venida de Cristo glorioso no está en el plano de las luchas meramente temporales. La lucha real que sostiene es de otro orden. Ya en su vida pública Cristo se afirma como "el más fuerte" que triunfa contra el príncipe de este mundo Lc 11,14,22. En vísperas de su muerte advierte a los suyos que no teman al mundo maligno que los ha de perseguir con su odio y les dice: "Tened confianza, yo he vencido al mundo", Jn 16,33.

Pero es con su Resurrección y Glorificación como se afirma la realidad definitiva y concreta. En ella Cristo triunfó sobre el poder del pecado y de la muerte, arrastró los poderes vencidos Col 2,15. Su victoria se manifestará finalmente con esplendor cuando triunfe de todas las fuerzas adversas, Apoc 17,14, cuando venza definitivamente la muerte, que será el último enemigo. 1 Cor 15,24.


3.4. LA ESPERANZA ESCATOLÓGICA: CARACTERÍSTICA DEL CRISTIANO

La esperanza en la vuelta del Señor llena el pensamiento, la vida y toda la existencia de cristiano. Los cristianos pueden ser tenidos como hombres que aman la venida del Señor, 2 Tim 4,8. Son personas que trascienden todo lo terreno, personas que oran con fe: "venga a nosotros tu Reino", Mt 6,10. Según el testimonio de 1 Cor 16,22 y Apoc 22,20, la Iglesia, como Pueblo de Dios, se vuelve hacia Cristo aclamándole con gozo y alegría : "Ven, Señor Jesús".

Observamos, por la experiencia habitual, que no todo creyente medio, espera la venida del Señor con alegría y esperanza. Más bien se observa cierto temor y miedo, no era esta, ciertamente, la actitud de los primeros cristianos que esperaban la venida definitiva del Señor para ser sobrevestidos por la gloria de la transformación que acompañará a la venida del Señor, 2 Cor.5,4; 1 Cor.15,51.

La primera cosa que haremos será presentar los grandes discursos escatológicos de Cristo, según el testimonio de los sinópticos: Cristo anunció el fin del mundo y el juicio universal en grandiosas imágenes. Muchas de ellas están tomadas de las ideas apocalípticas de su época. Cristo se sirve de ella para proclamar su mensaje del fin del mundo. Mc 13,1-30; Mt. Capítulos 24 y 25; Lc 21, 5-8.

S. Pablo: Los textos escatológicos más extensos aparecen en S. Pablo. La segunda venida de Cristo la vivió en la esperanza del triunfo definitivo de Cristo. Nada es para él más incitante que esa espera. En sus epístolas es el motivo más eficaz para exigir fe y fidelidad a sus lectores. Con esa esperanza consuela y conforta el corazón de los creyentes en sus tribulaciones terrenas. 1 Tes 1,3; 2,19; 1 Cor.1,8; 7,26; 10,11; Col 3,4; Rom 13,11; Filp 2,12-16; Efes 4,30; 1Tim 6,14; 2 Tim 1,12; Tit  2,13; Hebr 10,25.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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