Domingo XXIX Tiempo Ordinario. Ciclo B – "El poder y el servicio."


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P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10, 35-45):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»

Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»

Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»

Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»

Contestaron: «Lo somos.»

Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

Palabra del Señor


Jesús corrige la ambición de sus apóstoles y así corrige también la nuestra.

¿Quién tiene el lugar de la derecha y de la izquierda de Jesús? El que se atreve a beber el cáliz que Jesús mismo ha de beber. 

En este párrafo del Evangelio hay lecciones muy importantes del Señor, sobre la ambición, el poder y el servicio; aspectos de nuestra vida que deben ser evangelizados. Y todo empieza por dos apóstoles que, adelantándose a los demás, le piden a Jesús que les reserve los dos puestos más importantes en su reino: uno sentado a la derecha de Jesús, y el otro a su izquierda. Resulta verdaderamente lamentable que dos de los discípulos más cercanos a Jesús pongan al descubierto esta desmesurada ambición, y precisamente ante Jesús, que había bajado a la tierra para ser el Servidor de todos.

Jesús ha dejado el cielo, no ha dudado en dejar allá arriba su dignidad de Dios y ha venido a estar entre nosotros y como el menor de todos. Y resulta que sus discípulos no le han entendido, y tienen el corazón lleno de ambiciones. A ellos les interesa el triunfo y el poder, esa pasión tan fuerte en los seres humanos: la ambición de poder y de sobresalir. El puesto de la derecha y el de la izquierda en el Reino de Jesús. Ellos pensaban en la instauración de un estado poderoso establecido en torno a un Mesías político. Y cuando llegase el momento de la entronización del rey en trono de oro y con una corte de personajes lujosamente vestidos, entonces, esos dos apóstoles llamados a ocupar dos sillones destacados a cada lado del trono.

Una imagen absurda, de quienes no comprendieron al Maestro, sino muy poco a poco. Si Juan y Santiago hubieran podido ver por adelantado la cruz en el Calvario ¿se habrían atrevido a pedir estar a la derecha y a la izquierda de Jesús, donde estuvieron los dos ladrones crucificados con El? Por eso Jesús les dice: No saben lo que están pidiendo.

Y después Jesús toma la palabra y les enseña a sus apóstoles lo que debería ser el ejercicio del poder. El poder es para servir, y no para encumbrarse con orgullo por encima de los demás. Al menos en su reino, entre sus seguidores hay que seguir esa norma de conducta que Jesús nos enseña con su ejemplo: el que está más arriba debe ser el servidor de todos. Los apóstoles, y todos los seguidores de Jesús deben distinguirse por la voluntad de servir a sus hermanos. Echar lejos de sí toda ambición, toda superioridad, y todo orgullo. El mismo Señor lo pondrá una vez más de manifiesto cuando en la Ultima Cena lave los pies de sus apóstoles.

Dejando esta lección del Señor que es tan clara, también podemos ver este evangelio como un desafío para de verdad estar la lado de Jesús, muy cerca de El. Es un deseo legítimo el querer estar cerca de El, dejando aparte si es a la derecha o a la izquierda. Pero estar cerca de El es lo que quiere todo verdadero discípulo. Es caminar hacia la intimidad con el Señor. Es un gran deseo querer estar cerca de todo aquel que sufre o es pobre, porque en él esta Jesús. Porque si queremos estar cerca de El, debemos acercarnos a aquellos con los que Jesús se ha identificado. Las personas que se acercan al que las necesita, ésas están a la derecha y a la izquierda del Señor. El que sirve a los enfermos, el que da de comer al hambriento. El que comparte el dolor con el hermano que sufre.

Es evidente que para estar cerca de Jesús hay que estar en los sitios en que está El ¿dónde lo encontraríamos en su vida? Estaba en casa de los pecadores, estaba donde se encontraban los enfermos, los postergados y los niños. Y un sitio donde había que estar cerca de El, es el Huerto (y ahí los apóstoles terminaron abandonándolo), y es el Calvario. ¿Nos atrevemos a estar cerca de Jesús en esos sitios?. Es muy difícil acompañarlo en esos lugares, pero debe ser el gran deseo de nuestro corazón.

Y ciertamente en nuestra búsqueda de Jesús, muchas veces nos hemos de encontrar en situaciones parecidas a esas; parecidas al Calvario y al Huerto. Estar cerca de Jesús es también aceptar el dolor, a veces la incomprensión y el sufrimiento. Estar cerca de Jesús es gastar tiempo orando en su presencia. Estar cerca de Jesús es estar cerca de los hermanos.

Así que, lo mismo que hay un deseo de ocupar los primeros puestos junto a Jesús, que es fruto de la ambición, así también hay un deseo legítimo de estar cerca de Jesús, que es seguir de cerca siempre sus pasos.


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Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.




Catequesis del Papa sobre la Carta a los Gálatas: 11, «La libertad cristiana, fermento universal de liberación»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 13 de octubre de 2021

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la Carta a los Gálatas, hemos podido enfocarnos en cuál es para san Pablo el núcleo central de la libertad: el hecho de que, con la muerte y resurrección de Jesucristo, hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte. En otros términos: somos libres porque hemos sido liberados, liberados por gracia —no por pagar— liberados por el amor, que se convierte en la ley suprema y nueva de la vida cristiana. El amor: nosotros somos libres porque hemos sido liberados gratuitamente. Este es precisamente el punto clave.

Hoy quisiera subrayar cómo esta novedad de vida nos abre a acoger a cada pueblo y cultura y al mismo tiempo abre a cada pueblo y cultura a una libertad más grande. San Pablo, de hecho, dice que para quien se adhiere a Cristo ya no cuenta ser judío o pagano. Cuenta solo «la fe que actúa por la caridad» (Gal 5,6). Creer que hemos sido liberados y creer en Jesucristo que nos ha liberado: esta es la fe activa por la caridad. Los detractores de Pablo —esos fundamentalistas que habían llegado allí— lo atacaban por esta novedad, sosteniendo que él había tomado esta posición por oportunismo pastoral, es decir para “gustar a todos”, minimizando las exigencias recibidas de su más estricta tradición religiosa. Es el mismo discurso de los fundamentalistas de hoy: la historia se repite siempre. Como se ve, la crítica en relación con toda novedad evangélica no es solo de nuestros días, sino que tiene una larga historia a las espaldas. Aun así, Pablo no permanece en silencio. Responde con parresia —es una palabra griega que indica valentía, fuerza— y dice: «Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). Ya en su primera Carta a los Tesalonicenses se había expresado en términos parecidos, diciendo que en su predicación nunca había usado «palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, […] ni buscando gloria humana» (1 Ts 2,5-6), que son los caminos del “fingir”; una fe que no es fe, es mundanidad.

El pensamiento de Pablo se muestra una vez más de una profundidad inspirada. Acoger la fe conlleva para él renunciar no al corazón de las culturas y de las tradiciones, sino solo a lo que puede obstaculizar la novedad y la pureza del Evangelio. Porque la libertad obtenida de la muerte y resurrección del Señor no entra en conflicto con las culturas, con las tradiciones que hemos recibido, sino que más bien introduce en ellas una libertad nueva, una novedad liberadora, la del Evangelio. La liberación obtenida con el bautismo, de hecho, nos permite adquirir la plena dignidad de hijos de Dios, de forma que, mientras permanecemos bien arraigados en nuestras raíces culturales, al mismo tiempo nos abrimos al universalismo de la fe que entra en toda cultura, reconoce las semillas de verdad presentes y las desarrolla llevando a plenitud el bien contenido en ellas. Aceptar que nosotros hemos sido liberados por Cristo —su pasión, su muerte, su resurrección— es aceptar y llevar la plenitud también a las diferentes tradiciones de cada pueblo. La verdadera plenitud.

En la llamada a la libertad descubrimos el verdadero sentido de la inculturación del Evangelio. ¿Cuál es este verdadero sentido? Ser capaces de anunciar la Buena Noticia de Cristo Salvador respetando lo que de bueno y verdadero existe en las culturas. ¡No es algo fácil! Son muchas las tentaciones de querer imponer el proprio modelo de vida como si fuera el más evolucionado y el más atractivo. ¡Cuántos errores se han realizado en la historia de la evangelización queriendo imponer un solo modelo cultural! ¡La uniformidad como regla de vida no es cristiana! ¡La unidad sí, la uniformidad no! A veces, no se ha renunciado ni siquiera a la violencia para que prevalezca el propio punto de vista. Pensemos en las guerras. De esta manera, se ha privado a la Iglesia de la riqueza de muchas expresiones locales que llevan consigo la tradición cultural de enteras poblaciones. ¡Pero esto es exactamente lo contrario de la libertad cristiana! Por ejemplo, me viene a la mente cuando se ha afirmado la forma de hacer apostolado en China con padre Ricci o en India con padre De Nobili. … [Algunos decían]: “¡Y no, eso no es cristiano!”. Sí, es cristiano, está en la cultura del pueblo.

En resumen, la visión de la libertad propia de Pablo está completamente iluminada y fecundada por el misterio de Cristo, que en su encarnación —recuerda el Concilio Vaticano II— se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (cfr. Const. past. Gaudium et spes, 22). Y esto quiere decir que no hay uniformidad, sin embargo, hay variedad, pero variedad unida. De aquí deriva el deber de respetar la proveniencia cultural de cada persona, incluyéndola en un espacio de libertad que no sea restringido por alguna imposición dada por una sola cultura predominante. Este es el sentido de llamarnos católicos, de hablar de Iglesia católica: no es una denominación sociológica para distinguirnos de otros cristianos. Católico es un adjetivo que significa universal: la catolicidad, la universalidad. Iglesia universal, es decir, católica, quiere decir que la Iglesia tiene en sí, en su naturaleza misma, la apertura a todos los pueblos y las culturas de todo tiempo, porque Cristo ha nacido, muerto y resucitado por todos.

Por otro lado, la cultura está, por su misma naturaleza, en continúa transformación. Se puede pensar en cómo somos llamados a anunciar el Evangelio en este momento histórico de gran cambio cultural, donde una tecnología cada vez más avanzada parece tener el predominio. Si pretendiéramos hablar de la fe como se hacía en los siglos pasados correríamos el riesgo de no ser comprendidos por las nuevas generaciones. La libertad de la fe cristiana —la libertad cristiana— no indica una visión estática de la vida y de la cultura, sino una visión dinámica, una visión dinámica también de la tradición. La tradición crece pero siempre con la misma naturaleza. Por tanto, no pretendamos tener posesión de la libertad. Hemos recibido un don para custodiar. Y es más bien la libertad que nos pide a cada uno estar en un constante camino, orientados hacia su plenitud. Es la condición de peregrinos; es el estado de caminantes, en un continuo éxodo: liberados de la esclavitud para caminar hacia la plenitud de la libertad. Y este es el gran don que nos ha dado Jesucristo. El Señor nos ha liberado de la esclavitud gratuitamente y nos ha puesto en el camino para caminar en la plena libertad.



Tomado de:

https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2021/documents/papa-francesco_20211013_udienza-generale.html

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Textos claves del Nuevo Testamento - 28. "Recibid el Espíritu Santo..."



P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


La "misión” consiste radical y esencialmente en el envío para cumplir el designio divino de salvación en medio de los hombres: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para ésto he venido" (Mc 1,38); “¿Con qué derecho me acusáis de blasfemia a mí, que he sido elegido por el Padre para ser enviado al mundo... ?” (Jn 10,36); “Y la vida eterna consiste en ésto: en que te conozcan a tí como único Dios verdadero, ya Jesucristo como tu enviado” (Jn 17,3).

Y su misión en definitiva se prolonga en sus enviados: “Yo les he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí” (Jn 17,18); “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros. Sopló sobre ellos y les dijo: — Recibid el Espíritu Santo" (Jn 20,21-22). La misión se realiza, por tanto, con la luz y la potencia del Espíritu vivificante: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, y que yo os enviaré de junto al Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15,26).




Agradecemos al P. Fernando Martínez SJ por su colaboración.

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Doctrina Social de la Iglesia - 12. La Sociedad IV


P. Ignacio Garro, jesuita †

3. LA SOCIEDAD

CONTINUACIÓN  


3.7. EL ESTADO

Continuación...

3.7.5. EL BIEN COMÚN

El fin del Estado es el principio de unidad y de orden que, en la sociedad civil, puede converger en los esfuerzos individuales de todos los ciudadanos hacia la consecución del Bien Común. Conviene delimitar bien la naturaleza del Bien Común, puesto que constituye la ley suprema, el fin último y la razón fundamental del Estado y de la Sociedad. 

Para la G et S Nº 26 el Bien Común es: "el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección". Para la Iglesia, en general, el bien común es un servicio que se presta a la vida social y "pone de relieve el sentido humano y la capacidad para animar las estructuras sociales en su totalidad y en cada uno de sus sectores concretos, estimulando las transformaciones en profundidad según el criterio de la justicia social". 

El bien común afecta a los organismos y asociaciones privadas, creando "una trabazón de la convivencia entre los hombres que es absolutamente necesaria para satisfacer los derechos y obligaciones de la vida social". (MM nº 66-67). "La realización del Bien Común constituye la razón misma de ser de los poderes públicos, que están obligados a realizarlo reconociendo y respetando sus elementos esenciales". (PT nº 54).


3.7.6. ¿EN QUÉ CONSISTE EL BIEN COMÚN? 

Por Bien Común se ha de entender como: "El Bien Común consiste y tiende a concretarse en el conjunto de aquellas condiciones sociales que consienten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de su propia persona". "El Bien Común alcanza a todo el hombre, tanto a las necesidades del cuerpo como a las del espíritu". PT, nº 58

El Bien Común es superior al interés privado, inseparable del bien de la persona humana, y compromete a los poderes públicos a reconocer, respetar, acomodar, tutelar y promover los derechos humanos y a hacer más fácil el cumplimiento de las respectivas obligaciones.

El Bien Común tiene, pues, una dimensión eminentemente social. Por otra parte, es un concepto no estático, sino dinámico; no es un objeto de conservación de situaciones adquiridas, sino de promoción de cuanto favorezca el desarrollo integral de las personas. 

Con la promoción del Bien Común se trata de crear condiciones generales de vida en las que todos los estamentos, especialmente los más pobres, puedan elevarse espiritual, cultural y económicamente, de acuerdo con las exigencias, los derechos y la dignidad de los hombres que los integran. (CA, nº 48).

El Bien Común está "ligado íntimamente a la naturaleza humana". (PT nº 55). Consiste en fomentar todo aquello que favorezca el desarrollo integral de las personas, alcanzando a todo el hombre, tanto en las necesidades del cuerpo como en las del espíritu. (PT nº 56). La sociedad se ha constituido como complemento a la debilidad del hombre aislado, para ayudarle en su pleno perfeccionamiento, en orden a conseguir su propio fin temporal y eterno.

Además de esto, "todos los miembros de la comunidad deben participar en el bien común por razón de su propia naturaleza, aunque en grados diversos, según las categorías, méritos y condiciones de cada ciudadano. Por este motivo, los gobernantes han de orientar sus esfuerzos a que el bien común redunde en provecho de todos, sin preferencia alguna por persona o grupo social determinado". (PT nº 56; PP nº 43-65; SRS nº 10,28).

Pero el más necesitado ha de tener un orden de prioridad y ha de ser ayudado específicamente: "razones de justicia y de equidad pueden exigir, a veces, que los hombres de gobierno tengan especial cuidado de los ciudadanos más débiles, que puedan hallarse en condiciones de inferioridad, para defender sus propios derechos y asegurar sus legítimos intereses". (PT nº 56; SRS nº 39 y 42).




3.7.7. EXIGENCIAS DE PROMOVER EL BIEN COMÚN

Ante todo, el Estado es el gerente del Bien Común, es la autoridad pública legítimamente constituida, ésta tiene como misión propia suya y la razón misma del poder de que dispone. "La prosecución del bien común constituye la razón misma de ser de los poderes públicos, los cuales están obligados a actuarlo". PT, nº 54. 

Mas, de otra parte, corresponde a todos los ciudadanos contribuir personalmente, en la medida de sus fuerzas, cumplir con las obligaciones que les corresponde. "Todos los hombres y todas las entidades intermedias tienen obligación de aportar su contribución específica a la prosecución del bien común. Esto comporta el que persigan sus propios intereses en armonía con las necesidades de los demás y contribuyan al mismo objeto con la prestaciones - en bienes y servicios - que las legítimas autoridades establecen". PT. nº 53.

Esto lleva consigo un triple cúmulo de exigencias de orden político, jurídico y económico.
  • Exigencias en el orden político: El Bien Común postula, una autoridad que promueva el conjunto de condiciones sociales en orden a favorecer el desarrollo integral de las personas y propiciar la coordinación de todas las actividades. Cuando el Estado cumple su misión de procurar el Bien Común a toda la sociedad, lo hace atendiendo a dos objetivos suyos fundamentales: la defensa del derecho para que la sociedad y sus miembros vivan al amparo de la paz y la justicia, y la consecución del bien temporal. (PT nº 60).
  • Exigencias en el orden jurídico: El Bien Común pide que se delimite en términos jurídicos la esfera de competencia de los poderes públicos, y que se reglamenten también en términos jurídicos las relaciones entre simples ciudadanos y funcionarios. Esta reglamentación constituye un elemento de garantía de protección en favor de los ciudadanos. (PT nº 68). Una buena organización jurídica con un conjunto de instituciones estables, tanto públicas como privadas, facilita además a los hombres que se dedican a la vida económica, el conformar sus actividades a las exigencias del bien común. De hecho, es una característica de la época moderna la tendencia a fijar en términos jurídicos, el proceder de los poderes públicos, los derechos de los ciudadanos y sus relaciones con el poder legítimamente establecido. (G et S nº 64).
  • Exigencias en el orden económico: El Bien Común exige que la economía le esté sometida. No se puede dejar a la economía hacer lo que quiera. La economía tiene que ser esclava de las exigencias del Bien Común. 
El bien común reclama hoy día el desarrollo económico de todo el país; pero, además, pide imperiosamente que el desarrollo económico vaya a la par con el progreso social, esto es, que no sólo se produzca más, sino que se distribuyan esos bienes de producción mejor, con el fin de que los beneficios del desarrollo alcancen a todos, especialmente a los mas necesitados, pues un desarrollo y bienestar para unos pocos y dejar a las grandes masas del pueblo pasando necesidad es un desarrollo injusto. De este modo, se propicia un desarrollo de crecimiento económico que contribuya a la perfección de todas las personas. (PT nº 64). 

Finalmente, la economía corresponde principalmente a la iniciativa privada, pero exige también la acción de los poderes públicos; acción que "debe hallar siempre su justificación en los motivos del bien común". (MM nº 151).




3.7.8. RELACIONES ENTRE LA PERSONA HUMANA Y EL BIEN COMÚN 

  • Posiciones falsas: Totalitarismo colectivista: (marxismo) y Liberalismo individualista, (capitalismo). El totalitarismo fomenta la importancia del Estado y el ciudadano es un miembro más de la sociedad sin ninguna relevancia, lo importante es el Estado. Lo que éste decide está por encima del bien del individuo. El Liberalismo, es todo lo contrario, fomenta de tal manera el bien del individuo, que cae en un individualismo feroz, los demás, especialmente los débiles de la sociedad, no existen. Estas dos posturas atentan a la finalidad del bien común, o por exceso o por defecto.
  • Posición verdadera: La posición cristiana tiene presentes ambos elementos, la importancia de la dignidad de la persona humana y la exigencia imperiosa de la sociedad formada por personas libres.





3.7.9. RELACIONES ENTRE ASOCIACIONES PRIVADAS Y BIEN COMÚN 

Conviene considerar no sólo las relaciones entre persona y Bien Común, sino también las relaciones entre las asociaciones privadas y Bien Común. Porque el hombre crea múltiples asociaciones, constituyendo así la sociedad en una forma de "organismo de organismos".
  • En cuanto una comunidad mayor abarca comunidades menores, tiene respecto de ellas sólo una función "subsidiaria". Cada una de ellas es autónoma en el área señalada por sus fines propios, pero subordinada a la sociedad superior en lo que atañe al fin más elevado de esta última
  • La doctrina cristiana vindica "una cierta autonomía" para una multitud de "sociedades intermedias", entre las cuales la más importante es la familia. De este modo, los miembros de la Sociedad en general, son las sociedades inferiores y no propiamente los individuos. El contacto de éstos con el Estado rara vez es en directo, sino ordinariamente a través de las sociedades intermedias. Todo cambia cuando el pluralismo social de la Sociedad orgánica es reemplazado por el centralismo estatal totalitario, herencia del liberalismo individualista, que destruyó todas las sociedades intermedias
Partiendo de la base de que el Estado es una sociedad, su finalidad específica no puede ser otra que la de procurar el Bien Común de todos sus miembros. El Papa Juan XXXIII en P T, nº 54 dice: "la prosecución del Bien Común constituye la razón misma de ser de los poderes públicos, los cuales están obligados a actuarlo reconociendo y respetando sus elementos esenciales y según los postulados de las respectivas situaciones históricas".






Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, SJ † quien, como parte del blog, participó con mucho entusiasmo en este servicio pastoral, seguiremos publicando los materiales que nos compartió.


Para acceder a las publicaciones de esta SERIE AQUÍ.

 



 

¿Qué es la indulgencia plenaria y su significado?


 

El Espíritu Santo, a través de Su Iglesia, da a los cristianos, herramientas para alcanzar el Cielo. Una de ellas es la Indulgencia plenaria.


¿Qué es indulgencia plenaria?

Los antecedentes de la indulgencia plenaria se remontar hasta el siglo III. Pero hoy en día poco tienen que ver con las prácticas realizadas en el cristianismo antiguo. Aunque si conserva, interés teológico e histórico.

Desde el año 1983 el Código de derecho canónico (c. 992) y el Catecismo de la Iglesia católica (n. 1471), definen así la indulgencia:

“La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”.


Significado de indulgencia plenaria

Cuando un cristiano comete un pecado y se arrepiente, Dios perdona sus pecados, por medio del sacramento de la confesión. Aun así, queda una responsabilidad pendiente por las consecuencias que el pecado haya tenido para la misma persona o para otras, o incluso para la sociedad en general. Esta consecuencia se llama, pena temporal y es una deuda que persiste y que hay que pagar ya sea en esta vida o en el Purgatorio.

Se llama indulgencia plenaria porque suprime plenamente esta pena temporal por los pecados cometidos y confesados hasta ese momento.


Diferencia entre indulgencia plenaria y indulgencia parcial

Se puede reducir, la pena temporal, mediante la realización de buenas obras, la oración, la aceptación cristiana del sufrimiento y la recepción de la indulgencia, que puede ser parcial o plenaria.

La Indulgencia plenaria le ofrece al pecador arrepentido y confesado el beneficio de eliminar totalmente la deuda que haya tenido durante su vida en este mundo hasta ese momento. Esta, suprime plenamente la pena que se debe pagar por los pecados cometidos y confesados hasta ese momento. De no existir la indulgencia plenaria, esta pena, se pagaría solo de dos formas: con los sufrimientos y obras buenas de esta vida o con un tiempo en el purgatorio.

Por otro lado, la indulgencia parcial elimina la pena temporal en forma parcial. La obtenemos muy a menudo. Al darnos la bendición; al rezar el Angelus, el Magnificat; al visitar al santísimo por un rato; al rezar el Credo; al hacer un examen de conciencia; al pedir por los muertos.

A lo largo del tiempo, la Iglesia, ha determinado distintas formas para alcanzar la indulgencia plenaria. Hay algunas que se pueden hacer en cualquier momento: media hora de adoración frente al Santísimo, rezar el Vía Crucis, rezar el rosario en familia o en comunidad, leer la Biblia.


Diferencia entre la indulgencia plenaria y la absolución del sacramento de la confesión

Hay que distinguir entre culpa y pena. Cuando pecamos, es decir, cuando obramos mal contra Dios, la Iglesia, nosotros mismos o/y contra los demás, la culpa es nuestra responsabilidad. La pena, en cambio, es la consecuencia que tiene ese pecado. En la confesión, Dios borra la culpa de nuestros pecados y parte de la pena que deberíamos cumplir tras la muerte. A lo largo de la vida y dependiendo de nuestros pecados, siempre queda una parte de la pena por expiar, esa pena que no se puede borrar con la confesión.


Como ganar indulgencia plenaria

Se puede recibir una indulgencia plenaria al día y pedirla por tu alma o por un difunto.

  • Tener la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial.
  • Recibir el sacramento de la confesión, 20 días antes o 20 días después.
  • Comulgar, como demostración de un renovado compromiso con Jesús y preferentemente en Misa.
  • Orar por las intenciones del Papa. Rezando con devoción verdadera alguna oración preferentemente el Credo y el Padre Nuestro.


¿Cómo ganarla para los difuntos?

La Iglesia también permite a los católicos ganar una indulgencia plenaria para las almas familiares o seres queridos que se encuentran en el purgatorio.  Puedes ofrecer por un difunto siguiendo los siguientes pasos:

  • El 2 de noviembre, día de Conmemoración a los Fieles Difuntos, se visita piadosamente una iglesia o un oratorio. Durante esta visita se debe rezar el Credo y un Padre Nuestro. A mayores, se debe formular la intención de querer evitar cualquier pecado venial o mortal.
  • Es necesario confesarse, recibir la Santa Comunión y rezar un Padre Nuestro y un Ave María por las intenciones del Papa.

Estas condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de la fiesta de Los Difuntos, pero es conveniente que la Comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

No puedes ofrecer tu indulgencia por alguien que aún vive, aun estando enfermo, pues su tiempo no ha acabado.


Ocasiones especiales que señala el Papa

También hay Indulgencias plenarias para momentos específicos como sucedió en el año de la fe, donde se podía visitar una Basílica Papal y visitar un baptisterio o el año jubilar de la misericordia, donde al realizar obras de piedad, misericordia o penitencia se ganaba una indulgencia.

Hoy en día y durante la pandemia del coronavirus, el Santo Padre anunció el 20 de marzo tres indulgencias plenarias especiales para las personas infectadas con COVID-19 y para quienes las cuidan, incluidos los familiares y el personal médico, y para todos los que rezan por ellos.


Cómo ganar la indulgencia plenaria durante la epidemia de coronavirus

La Penitenciaría Apostólica, también recuerda a los fieles la posibilidad de la absolución colectiva en este momento de emergencia sanitaria.


Primera Indulgencia Plenaria

Puede ser obtenida por:

  • Los enfermos que sufren la enfermedad del Coronavirus.
  • Las autoridades de salud, o las personas que están en cuarentena, ya sea en los hospitales o en sus propias casas.
  • Los trabajadores de la salud, los familiares y todos aquéllos que en cualquier calidad, siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano, se exponen al riesgo del contagio, cuidan de los enfermos del Coronavirus, según las palabras del Divino Redentor: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos». (Jn 15,13).

Esta primera indulgencia plenaria puede ser obtenida por los mencionados anteriormente que, con un espíritu desprendido de todo pecado, ofrecen esta prueba en un espíritu de fe en Dios y caridad hacia sus hermanos y hermanas, y con la voluntad de cumplir las condiciones habituales (confesión sacramental, Comunión Eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre) lo antes posible, ya sea, que se unen espiritualmente a la celebración de la Santa Misa a través de los medios de comunicación, rezan el Santo Rosario, el Vía Crucis, Credo, el Padre Nuestro y hacen una invocación piadosa a la Santísima Virgen María.


Segunda Indulgencia Plenaria

Una segunda indulgencia plenaria está disponible para todos los fieles durante la duración de la pandemia actual bajo las mismas condiciones, es decir, con la voluntad de obtener una absolución sacramental, recibir la Sagrada Comunión y rezar por las intenciones del Santo Padre tan pronto como sea posible.

Esta segunda plenaria se puede obtener por quienes:

  • Piden a Dios Todopoderoso por el fin de la epidemia, el alivio para los que están afligidos y la salvación eterna, para los que el Señor ha llamado a Su presencia.
  • Ofrecen una visita al Santísimo Sacramento.
  • Asisten a la Adoración Eucarística.
  • Leen las Sagradas Escrituras durante al menos media hora.
  • Rezan el Santo Rosario, hacen el ejercicio piadoso del Via Crucis o recitan la Coronilla de la Divina Misericordia.


Tercera Indulgencia Plenaria

Una tercera indulgencia plenaria está disponible para los fieles al borde de la muerte. Los fieles moribundos pueden recibir la indulgencia si están, debidamente dispuestos, es decir, tienen un espíritu desprendido de todo pecado. En este caso, la Iglesia suple las tres condiciones habituales requeridas (confesión, Santa Comunión y el rezo por las intenciones del Santo Padre). Se recomienda el uso del crucifijo o de la cruz para alcanzar esta indulgencia.


Como vemos no es tarea difícil alcanzar la indulgencia plenaria, esta es la llave al Cielo. Ponte en marcha y busca conseguir la tuya de hoy.


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Con la colaboración de:

Catecismo de la Iglesia Católica

Decreto de la Penitenciaría Apostólica relativo a la concesión de indulgencias especiales a los fieles en la actual situación de pandemia, 20.03.2020


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Tomado de:

https://carfundacion.org/blog/indulgencia-plenaria-que-es/





¿Qué es el Purgatorio?

 





Por: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net

En el Purgatorio reinan el amor y la esperanza, la firme convicción de la salvación eterna.


Muchos católicos no saben bien qué es eso tan misterioso que llamamos Purgatorio, porque lo hemos escuchado de pequeños en la catequesis, en casa, en algunas oraciones, etc.

Respondiendo en pocas palabras, el Purgatorio es el estado en el que van todas las almas, que, aún muriendo en gracia de Dios, no han llegado en su vida a purificar el daño que han ocasionado con sus pecados.

Pero... ¿De qué hay que “purgarse”? ¿No se supone que se nos perdonan todos los pecados en la confesión?

Con la confesión quedan perdonados nuestros pecados y quedamos libres del castigo eterno que nos merecíamos. Pero la confesión no repara el daño que hemos ocasionado. Ése, debemos repararlo nosotros con nuestras buenas obras o con nuestro sacrificio.

Entenderlo es tan fácil como pensar que rompimos un vidrio de la casa del vecino. Corremos a su casa y le pedimos perdón. Nuestro vecino nos perdona de todo corazón y seguimos siendo tan amigos como antes. Pero... ¡el vidrio sigue igual de roto!

Los que aún estamos vivos, podemos reparar el daño que hemos ocasionado con los grandes medios que nos ofrece la Santa Madre Iglesia como los sacramentos, la oración diaria a Dios, las obras de misericordia, la predicación de la Palabra de Dios, las indulgencias plenarias, la vida de caridad y de santidad.

El otro modo, que es la forma menos recomendable para reparar la pena temporal, es pasar por el Purgatorio.

Cuentan de santos que han tenido la visión del Purgatorio que hubiesen preferido sufrir lo más terrible de esta vida por mil años, que estar un solo día en el Purgatorio. Allí se va para una purificación en profundidad, una limpieza que cuesta grandes pesares y malestares, pero necesaria para nuestra buena salud.

El purgatorio existe, debe existir porque nadie entra a las Bodas del Reino de los Cielos con la piel y la ropa llena de mugre. Es necesario entrar con el mejor vestido. Y en donde se nos lava hasta el punto de quedar dignos para el paraíso y con el traje adecuado, es en el Purgatorio. Nadie nos obligó a ensuciarnos, lo hicimos por libre disposición. Pero si queremos ser buenos invitados, no se nos ocurrirá entrar indignamente presentados, desearemos estar limpios, muy limpios, como se merece el Esposo de las Bodas.

El Purgatorio, por tanto, existe y es más que un lugar, es un estado de purificación, con un fuego que nos arrancará nuestros errores de raíz y los disolverá en su fuego, con el dolor de los que se sanan de una herida.

No es para nada igual que el Infierno, pues en el Infierno reinan el odio y la desesperación eterna y en el Purgatorio reinan el amor y la esperanza, la firme convicción de la salvación eterna. Todo allí será sufrir pero sólo para lograr amar verdaderamente al Señor que nos esperará con los brazos abiertos en su eterno Convite Celestial.


Tomado de:

https://es.catholic.net/op/articulos/7575/cat/894/que-es-el-purgatorio.html#modal

Purgatorio: ¿Qué es el purgatorio? ¿Cuál es su origen y significado?


Llamamos purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.


¿Cuáles son los orígenes del Purgatorio?

El origen etimológico del término purgatorio viene del Latín ”purgatorium”, que puede traducirse como “que purifica” y que deriva, a su vez, del verbo “purgare”, equivalente a limpiar o purificar. Y aunque la palabra Purgatorio no aparezca literalmente en la Biblia, sí aparece su concepto.


¿Qué es el Purgatorio?

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, pasan después de su muerte por una purificación, para obtener la santidad necesaria y entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados. aunque es segura de su eterna salvación.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos y de eventuales indulgencias plenarias. de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.” 2 M 12, 46

El Papa Benedicto XVI, explicaba en 2011 que el purgatorio es un estado temporal que la persona atraviesa tras la muerte mientras expía sus pecados. El purgatorio nunca es eterno, la doctrina de la Iglesia indica que todas las almas, logran acceder al Cielo.

«El purgatorio no es un elemento de las entrañas de la Tierra, no es un fuego exterior, sino interno. Es el fuego que purifica las almas en el camino de la plena unión con Dios», afirmó el Papa.” Papa Benedicto XVI en la audiencia pública de los miércoles en el año 2011


Santa Catalina habló del Purgatorio

Este mismo día el Santo Padre, resalto la figura de santa Catalina de Génova (1447-1510), conocida por su visión sobre el purgatorio. La santa no parte del más allá para contar los tormentos del purgatorio e indicar después el camino de la purificación o la conversión, sino que parte de la «experiencia interior del hombre en su camino hacia la eternidad».

Benedicto XVI añadió que el alma se presenta ante Dios aún ligada a los deseos y a la pena que derivan del pecado y que eso le imposibilita gozar de la visión de Dios y que es el amor de Dios por los hombres el que la purifica de las escorias del pecado.


Jesús habló del Purgatorio

En el sermón de la montaña nuestro Jesús les muestra a quien lo escucha, lo que nos espera después de la muerte como consecuencia de sus acciones en vida. Comienza con las bienaventuranzas. Avisa a los fariseos que no entrarán al Reino de los cielos y finalmente menciona las palabras recogidas en el Evangelio de Mateo:

“Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan a la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último céntimo.“ Mateo 5, 25-26


San Pablo habló del Purgatorio

En su primera carta a los Corintios, San Pablo habla sobre el juicio personal de los que tiene fe en Jesucristo y su doctrina. Son personas que alcanzaron la salvación, pero deben pasar por el fuego para que sus obras sean probadas. Algunas obras serán tan buenas que recibirán inmediata recompensa; en cambio, otros “sufrirán el daño” pero igual “quedarán salvos”. Esto es precisamente el purgatorio, una purificación que algunos necesitarán para poder disfrutar plenamente de la amistad eterna con Dios.:

“Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.“ 1 Corintios 3, 11-15


Purgatorio: ¿Qué es el purgatorio? ¿Cuál es su origen y significado?

En el S. XVIII, por devoción a los difuntos, los vecinos de Santiago de Conspostela construyeron la Capilla de As Ánimas. Su construcción fue sufragada  por los propios vecinos, con sus limosnas y donaciones Un templo para aliviar las penas de las ánimas del Purgatorio con planos del arquitecto Miguel Ferro Caaveiro y dirección de obra del maestro de obras Juan López Freire.

«El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El.» San José María Escriba de Balaguer, Surco, 889

Muchas son las razones para creer en el Purgatorio

Como hemos visto es una enseñanza fundamentada en la Palabra de Dios: A esta realidad que la Sagrada Escritura nos muestra le llamamos purgatorio que es lo mismo que purificación.

En el cielo no entrará nada manchado. quien es fiel a Dios, pero no se encuentra en un estado de gracia plena a la hora de morir, no puede disfrutar del cielo porque la misma Biblia dice que en la ciudad celestial: «No entrará nada manchado (impuro)» Ap 21,27

Desde los primeros siglos los cristianos creemos en su existencia: El purgatorio como estado temporal de purificación fue creído desde el principio por los primeros cristianos, “Padres de la Iglesia” que destacaron por su fe y santidad.

En el año 211. Tertuliano: «Nosotros ofrecemos sacrificios por los muertos…»

Año 307. Lactancio: «El justo cuyos pecados permanecieron será atraído por el fuego (purificación)…»

Año 386. Juan Crisóstomo: «No debemos dudar que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo…».

Año 580. Gregorio Magno: «Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador…».


Con la colaboración de:

Opusdei.com

Rome Report

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Tomado de:

https://carfundacion.org/blog/purgatorio-que-es-significado/




Oraciones por los difuntos - Responsos


 

Responso I

Yo soy la resurrección y la vida –dice el Señor–; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente. (cfr. Juan 11, 25-26)

V/ . Venid en su ayuda, Santos de Dios; salid a su encuentro, Ángeles del Señor.

R/. Recibid su alma, y presentadla ante el Altísimo.

V/ . Cristo que te llamó, te reciba y los Ángeles te conduzcan al regazo de Abraham.

R/. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.

V/ . Concédele, Señor, el descanso eterno y brille para él (ella) la luz eterna.

R/. Recibid su alma y presentadla ante el Altísimo.

Agua bendita.

V/ . Señor, ten piedad.

R/. Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad.

Padre nuestro…

V/ . Libra, Señor, su alma.

R/. De las penas del infierno.

V/ . Descanse en paz.

R/. Amén.

V/ . Señor, escucha nuestra oración.

R/. Y llegue a ti nuestro clamor.

V/ . El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

OREMOS

Oh Dios, que concedes el perdón y quieres la salvación de los hombres: te rogamos que, por la intercesión de la Santísima Virgen María y de todos los Santos, concedas la bien­aven­tu­ranza a tu hijo (hija), a quien llamaste de este mundo. No le (la) abandones en manos del enemigo, ni te olvides de él (ella) para siempre; sino recíbelo (la) con tus santos Ángeles en el Cielo, su patria definitiva. Y porque creyó y esperó en ti, concédele para siempre las alegrías del Cielo. Por Cristo nuestro Señor.

R/. Amén.

Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente. (Juan 11, 25-26)

V/ . Concédele, Señor, el descanso eterno.

R/. Y brille para él (ella) la luz eterna.

V/ . Descanse en paz.

R/. Amén.





Responso II

V/ . No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

R/. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.

V/ . Señor, Dios mío, dirige mis pasos en tu presencia.

R/. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.

V/ . Concédele (s), Señor, el descanso eterno, Y que le (s) alumbre la luz eterna.

R/. Cuando vengas a juzgar al mundo por medio del fuego.

V/ . Señor, ten piedad.

R/. Cristo, ten piedad, Señor, ten piedad.

Padre nuestro…

V/ . Libra, Señor, su alma (sus almas).

R/. De las penas del infierno.

V/ . Descanse (descansen) en paz.

R/. Amén.

V/ . Señor, escucha mi oración.

R/. Y llegue a ti mi clamor.

V/ . El Señor esté con vosotros.

R/. Y con tu espíritu.

OREMOS

Te rogamos, Señor, que absuelvas el alma de tu siervo N. (de tu sierva N.) de todo vínculo de pecado, para que viva en la gloria de la resurrección, entre tus santos y elegidos. Por Cristo nuestro Señor.

R/. Amén.

V/ . Concédele (concédeles) Señor, el descanso eterno.

R/. Y brille para él (ella, ellos) la luz eterna.

V/ . Descanse (descansen) en paz.

R/. Amén.

V/ . Su alma (sus almas) y las de todos los fieles difuntos descansen en paz, por la misericordia del Señor.

R/. Amén.

Otras oraciones

Por los padres:

OREMOS

Oh Dios, que nos mandaste honrar al padre y a la madre, apiádate clemente de las almas de nuestros padres, y perdónales sus pecados; y haz que los veamos en el gozo de la eterna caridad. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.

Por todos los fieles difuntos:

OREMOS

Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, concede a las almas de tus siervos y siervas el perdón de todos los pecados, para que consigan por nuestras piadosas súplicas la indulgencia que siempre desearon. Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.





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2 de noviembre: todos los fieles difuntos


 

Comentario de la Conmemoración de todos los fieles difuntos. “Dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí”. Al pensar en la muerte, Jesús nos pide confianza en la Providencia. Que creamos en Él, porque no nos dejará solos en ese momento y nos llevará a su morada celestial. No somos nosotros quienes alcanzamos el Cielo, sino que Dios nos conduce a Él.


Evangelio (Jn 14,1-6)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino. Tomás le dijo: — Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino? — Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida — le respondió Jesús—; nadie va al Padre si no es a través de mí».


Comentario

Después de celebrar ayer la fiesta dedicada a todas las personas que gozan de la presencia de Dios en el Cielo, la Iglesia nos invita a rezar hoy de modo especial por los difuntos.

El Evangelio seleccionado recoge una pequeña parte del diálogo de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena, en el que, a raíz de una pregunta de Tomás, les revela que solo a través de Él se puede llegar al Padre.

Podemos imaginar la inquietud e incertidumbre de los apóstoles ante los acontecimientos que están viviendo. Desde la preparación de la cena los días previos con las indicaciones concretas sobre el lugar de la celebración; el comienzo con el lavatorio de los pies y el mandato universal de amarse y servirse los unos a los otros como él hizo durante los tres años de enseñanza con ellos. El Maestro se ha mostrado en un modo especialmente solemne y, también, emotivo. Seguramente percibirían que estaban a las puertas de algo grande, quizá ese algo que no terminaban de entender desde que comenzaron gozosos a seguirle.

Es natural que los hombres, ante la muerte, sintamos también inquietud e incertidumbre. Incluso miedo. Es el momento final, aquel al que nos hemos preparado desde siempre y que sabemos que a todos nos llegará algún día. En este contexto, Jesús nos pide que confiemos en él. Que creamos en Él, porque no nos dejará solos en ese momento y nos llevará a su morada celestial. Por eso Jesús es el Camino, porque no somos nosotros quienes alcanzamos el cielo, sino que nos conduce Él.

Jesús es la Verdad porque en ese trance imponente de la muerte, todas las verdades que nos rodean se deshacen ante la única Verdad del amor de un Dios que da la vida por sus hijos y que solo espera que le acojamos. Por último, Jesús es también la Vida porque Él participa desde toda la eternidad de la vida divina junto a su Padre de la que, mediante su resurrección, nos dejó un testimonio inquebrantable a todos los hombres.


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Tomado de:

https://opusdei.org/es-es/gospel/evangelio-fieles-difuntos-2-noviembre/


El cielo, el infierno, el purgatorio y la muerte. ¿Qué sucede al finalizar la vida?


 


En el mes de noviembre, especialmente en la conmemoración de los Fieles Difuntos, consideramos algunas enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica sobre lo que sucede tras la muerte y sobre la buena costumbre de rezar por los familiares y amigos difuntos.

Algunos recursos para el mes de noviembre, que la Iglesia dedica a rezar de manera especial por los fieles difuntos

En los Libros Santos se llaman Novísimos a las cosas que sucederán al hombre al final de su vida, la muerte, el juicio, el destino eterno: el cielo o el infierno. La Iglesia los hace presentes de modo especial durante el mes de noviembre. A través de la liturgia, se invita a los cristianos a meditar sobre estas realidades.


1. ¿Qué hay después de la muerte? ¿Dios juzga a cada persona por su vida?

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que «la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo».

«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de la purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre». En este sentido, San Juan de la Cruz habla del juicio particular de cada persona señalando que «a la tarde, te examinarán en el amor». Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022.

Meditar con San Josemaría

Todo se arregla, menos la muerte... Y la muerte lo arregla todo. Surco, 878.

Cara a la muerte, ¡sereno! Así te quiero. No con el estoicismo frío del pagano; sino con el fervor del hijo de Dios, que sabe que la vida se muda, no se quita. ¿Morir?... ¡Vivir! Surco, 876.

¡No me hagas de la muerte una tragedia!, porque no lo es. Sólo a los hijos desamorados no les entusiasma el encuentro con sus padres. Surco, 885.

El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante —si lucha para vivir como hombre de Cristo—, se encuentra preparado para cumplir su deber. Surco, 875.

“Me hizo gracia que hable usted de la 'cuenta' que le pedirá Nuestro Señor. No, para ustedes no será Juez —en el sentido austero de la palabra— sino simplemente Jesús”. —Esta frase, escrita por un Obispo santo, que ha consolado más de un corazón atribulado, bien puede consolar el tuyo. Camino, 168.


2. ¿Quiénes van al cielo? ¿Cómo es el cielo?

El cielo es “el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha”. Y San Pablo escribe: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre las cosas que Dios ha preparado para los que le aman”. (1Cor 2, 9).

Después del juicio particular, los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados van al cielo. Viven en Dios, lo ven tal cual es. Están para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, gozan de su felicidad, de su Bien, de la Verdad y de la Belleza de Dios.

Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama el cielo. Es Cristo quien, por su muerte y Resurrección, nos ha “abierto el cielo”. Vivir en el cielo es “estar con Cristo” (cf. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17). Los que llegan al cielo viven “en Él”, aún más, encuentran allí su verdadera identidad. Catecismo de la Iglesia católica, 1023-1026

Meditar con San Josemaría

Mienten los hombres cuando dicen “para siempre” en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el "para siempre" de la eternidad. —Y así has de vivir tú, con una fe que te haga sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en esa eternidad, ¡que sí es para siempre! Forja, 999.

Piensa qué grato es a Dios Nuestro Señor el incienso que en su honor se quema; piensa también en lo poco que valen las cosas de la tierra, que apenas empiezan ya se acaban... En cambio, un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia...! Y sin empalago: te saciará sin saciar. Forja, 995.

Si transformamos los proyectos temporales en metas absolutas, cancelando del horizonte la morada eterna y el fin para el que hemos sido creados —amar y alabar al Señor, y poseerle después en el Cielo—, los más brillantes intentos se tornan en traiciones, e incluso en vehículo para envilecer a las criaturas. Recordad la sincera y famosa exclamación de San Agustín, que había experimentado tantas amarguras mientras desconocía a Dios, y buscaba fuera de El la felicidad: ¡nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti! Amigos de Dios, 208

En la vida espiritual, muchas veces hay que saber perder, cara a la tierra, para ganar en el Cielo. —Así se gana siempre. Forja, 998.


3. ¿Qué es el purgatorio? ¿Es para siempre?

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados.

Esta enseñanza se apoya también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico (cf. DS 856), para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos. Catecismo de la Iglesia católica, 1030-1032

Meditar con San Josemaría

El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El. Surco, 889

No quieras hacer nada por ganar mérito, ni por miedo a las penas del purgatorio: todo, hasta lo más pequeño, desde ahora y para siempre, empéñate en hacerlo por dar gusto a Jesús. Forja, 1041.

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”. —Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? —Sí..., ¡y Dios su eternidad! Camino, 734.


4. ¿Existe el infierno?

Significa permanecer separados de Él –de nuestro Creador y nuestro fin– para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno.

Morir en pecado mortal, sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios es elegir este fin para siempre.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

Jesús habla con frecuencia de la gehenna y del fuego que nunca se apaga, reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse, y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo.

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14). Catecismo de la Iglesia católica, 1033-1036

Meditar con San Josemaría

No me olvidéis que resulta más cómodo —pero es un descamino— evitar a toda costa el sufrimiento, con la excusa de no disgustar al prójimo: frecuentemente, en esa inhibición se esconde una vergonzosa huida del propio dolor, ya que de ordinario no es agradable hacer una advertencia seria. Hijos míos, acordaos de que el infierno está lleno de bocas cerradas. Amigos de Dios, 161.

Un discípulo de Cristo nunca razonará así: “yo procuro ser bueno, y los demás, si quieren..., que se vayan al infierno”. Este comportamiento no es humano, ni es conforme con el amor de Dios, ni con la caridad que debemos al prójimo. Forja, 952

Sólo el infierno es castigo del pecado. La muerte y el juicio no son más que consecuencias, que no temen quienes viven en gracia de Dios. Surco, 890.


5. ¿Cuándo será el juicio final? ¿En qué consistirá?

La resurrección de todos los muertos, “de los justos y de los pecadores” (Hch 24, 15), precederá al Juicio final. Esta será “la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [...] y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 28-29). Entonces, Cristo vendrá “en su gloria acompañado de todos sus ángeles [...] Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda [...] E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna”. (Mt 25, 31. 32).

El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6).

El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía “el tiempo favorable, el tiempo de salvación” (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la “bienaventurada esperanza” (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que “vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído” (2 Ts 1, 10). Catecismo de la Iglesia católica, 1038-1041

Meditar con San Josemaría

Cuando pienses en la muerte, a pesar de tus pecados, no tengas miedo... Porque El ya sabe que le amas..., y de qué pasta estás hecho. Si tú le buscas, te acogerá como el padre al hijo pródigo: ¡pero has de buscarle! Surco, 880.

“Conozco a algunas y a algunos que no tienen fuerzas ni para pedir socorro”, me dices disgustado y apenado. —No pases de largo; tu voluntad de salvarte y de salvarles puede ser el punto de partida de su conversión. Además, si recapacitas, advertirás que también a ti te tendieron la mano. Surco, 778.

El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer —que nada vale—, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad. Camino, 708.

Por salvar al hombre, Señor, mueres en la Cruz; y, sin embargo, por un solo pecado mortal, condenas al hombre a una eternidad infeliz de tormentos...: ¡cuánto te ofende el pecado, y cuánto lo debo odiar! Forja, 1002.


6. Al final de los tiempos Dios ha prometido cielo nuevo y una tierra nueva ¿Qué debemos esperar?

La Sagrada Escritura llama “cielos nuevos y tierra nueva” a esta renovación misteriosa que transformará la humanidad y el mundo (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de “hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra" (Ef 1, 10).

Para el hombre esta consumación será la realización final de la unidad del género humano, querida por Dios desde la creación y de la que la Iglesia peregrina era “como el sacramento" (LG1). Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de los rescatados, la Ciudad Santa de Dios. Ya no será herida por el pecado, las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica de Dios será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua.

“Ignoramos el momento de la consumación de la tierra y de la humanidad, y no sabemos cómo se transformará el universo. Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres” (GS 39).

“No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya un cierto esbozo del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del Reino de Cristo, sin embargo, el primero, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa mucho al Reino de Dios” (GS 39). Catecismo de la Iglesia Católica, 1043-1049.

Meditar con San Josemaría

Mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.

Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Es Cristo que pasa, 180

En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.

Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios. Es Cristo que pasa, 126.

El tiempo es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad. Surco, 882.


¿Por qué rezar por los difuntos? Explicaciones del Catecismo de la Iglesia Católica

En la Iglesia Católica el mes de noviembre, está iluminado de modo particular por el misterio de la comunión de los santos que se refiere a la unión y la ayuda mutua que podemos prestarnos los cristianos: quienes aún estamos en la tierra, los que ya seguros del cielo se purifican antes de presentarse ante Dios de los vestigios de pecado en el purgatorio y quienes interceden por nosotros delante de la Trinidad Santísima donde gozan ya para siempre. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).

“Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando 'claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es'”.

Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos en mismo himno de alabanza a nuestro Dios. (Catecismo, punto 954).

La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones 'pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados' (Catecismo, punto 958).

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo, punto 1030).

La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados (Catecismo, punto 1031).

Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos.

San Josemaría, en Surco

“El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con El” (Punto 889).

“¡Qué contento se debe morir, cuando se han vivido heroicamente todos los minutos de la vida! Te lo puedo asegurar porque he presenciado la alegría de quienes, con serena impaciencia, durante muchos años, se han preparado para ese encuentro” (Punto 893).


Tomado de:

https://opusdei.org/es/article/cielo-purgatorio-infierno-difuntos/