Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 9° Parte: El Mercurio Peruano y Scipión Ricci, Obispo de Pistoya

+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.

3. INSTITUTOS Y CONGREGACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN
(Continuación)

3.3. El Mercurio Peruano y Scipión Ricci, Obispo de Pistoya.

AEn el año 1783, con motivo de haber publicado el Mercurio del mes de abril de 1782 la Instrucción del Obispo de Pistoya o, por lo menos, dando noticia de ella, el Director de la Esclavitud puso en guardia a todos los Hermanos que a ella pertenecían, haciéndoles ver el veneno que se encerraba en ella y los ataques, que se dirigían a la devoción al Corazón Sagrado. Empezaremos por transcribir el comienzo de su escrito que se titula: Justa Repulsa a los dicterios con que malquista el Obispo de Pistoya el debido culto al Corazón Deífico y necesaria precaución para que sus fieles devotos no sean seducidos de su elocuente capciosidad (1).

Dedica este escrito a los lectores, así eclesiásticos como seglares, de la ilustre Esclavitud confirmada por los Sumos Pontífices Benedicto XIV y Clemente XIII y aprobada por el Rey Carlos III y empieza de esa manera: “Vosotros sabéis que en el capítulo primero y segundo de las Constituciones, en que se trata del cargo y obligación del P. Director, se ordena instruya con fervorosa eficacia a los Hermanos en la devoción y práctica de tan amable culto...” Y continúa diciendo que lo que viene haciendo hace 40 años, aún antes que canónicamente se erigiese la Esclavitud. “Sus felices progresos, los vocea el brillante adorno de su altar, más que en el material primor en los tiernos afectos de los espíritus: haciéndose visibles en las voluntarias oblaciones que han distinguido tan sagrado culto”.

Ahora bien, este en el día se halla asaltado de repetidos insultos y su cargo lo obliga a vindicar el amor de Jesucristo, ofendido en la religiosa práctica de culto tan amable. La Instrucción del Obispo de Pistoya no era sino uno de los muchos escritos que el jansenismo lanzó a la publicidad contra la devoción al Corazón Sagrado en el siglo XVIII y cuya virulencia no dejó de causar impresión en muchos ánimos y afligió a los verdaderos amantes de ese Corazón. Por eso el P. Parra no puede menos de tomar la pluma para rebatir “los dicterios de aquel Prelado, ajenos por otra parte, a su dignidad y a los carismas que según el Apóstol deben adornar a un Obispo”.

Después de este exordio hace una breve exposición del estado de la devoción en el mundo, haciendo ver los progresos que ha hecho en todos los países y ser innumerables los CORDICOLAS, como con desprecio llamaban los jansenistas a los devotos del Sagrado Corazón. Entra luego en materia y sólidamente va refutando las falsas aseveraciones de Scipión Ricci en sus Tres Pastorales, que del todo o en parte aparecieron en los números de El Mercurio. Aun cuando, como el mismo autor dice, al final del escrito, hacía tiempo que se había apartado de las escuelas y de la docencia y se hallaba en edad avanzada, el P. Parra demuestra que su formación teológica era sólida y que le eran familiares los escritos de los Santos Padres y de los mejores teólogos. Antes de esta refutación había escrito el 16 de mayo de 1783 una extensa carta sobre el mismo tema, que dirigió a su amigo el canónigo de Lima, D. Matías Querejazu, queriendo con uno y otro trabajo salir a la defensa de un culto que con tan buen celo y fruto había propagado en esta ciudad (2).

Por fortuna, así las obras del Obispo de Pistoya como otras, más o menos infectadas del virus jansenista, no tuvieron mucha difusión entre nosotros y, por idéntica causa, la devoción al Corazón de Jesús continuó atrayendo a las almas buenas.

El 6 de marzo de 1789 el Arzobispo La Reguera dispuso, en conformidad con la Real Cédula de 9 de agosto de 1788, en la cual se pedía la remisión de un Breve de Su Santidad, facultando al clero de la Arquidiócesis el rezo del Oficio del Sagrado Corazón, que entretanto, no se hiciera uso de dicho Breve y disponiendo que en el Directorio o Cartilla de dicho año, se suprimiese la festividad del Corazón Sagrado, señalada para el 19 de junio. No se halló la copia del Breve en cuestión de inmediato, pero, en abril del año 1791 se la encontró y se la envió al Consejo.



(1) Scipión Ricci, Obispo de Pistoya y de Prato, fue uno de los más tenaces defensores del Jansenismo y, por lo mismo, enemigo acérrimo de la devoción al Corazón de Jesús. El Mercurio de que se habla en el texto era una gaceta que se publicaba en Madrid, pero que circulaba bastante en Lima.

(2) Esta refutación del P. Fr. Joaquín de la Parra no llegó a publicarse, aun cuando merecía ver la luz pública. Nosotros la hemos visto en el Archivo de la Provincia de los Doce Apóstoles, en San Francisco de Lima y obtuvimos copia de la misma, con venia del R.P. Bustamante, Provincial de dicha Provincia.


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Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú. 

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ESPECIAL: VIRGEN DE FÁTIMA

En mayo, mes dedicado a Nuestra Madre María Santísima, y donde se celebra la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima, queremos compartir nuestras publicaciones dedicadas a su devoción. Acceda AQUÍ.

La Ascensión del Señor

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 17 de mayo, Solemnidad de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, hecho que "nos hace entrever la meta hacia donde se encamina nuestra esperanza". Acceda AQUÍ.

Tratado de Mariología - 1° Parte: Constitución Dogmática Lumen Gentium

El P. Ignacio Garro S.J. nos ofrece su estudio sobre la Virgen María a través de este Tratado de Mariología, profundizando en el Capítulo VIII de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia "Lumen Gentium" que en esta primera entrega de esta serie presentamos de manera íntegra. Acceda AQUÍ.

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Una vida ofrecida por el Papa y la Iglesia

Finalizamos las entregas sobre la adoración eucarística con esta experiencia de vida contemplativa de religiosas de diferentes órdenes dedicadas a orar por el Papa y la Iglesia. Esta tarea fue instituida por el Papa san Juan Pablo II el 13 de mayo de 1994, fiesta de la Virgen de Fátima. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 41º Parte: La Misión de la Iglesia - El rol de Dios

El P. Ignacio Garro, S.J. en esta oportunidad inicia un nuevo apartado que trata sobre la misión de la Iglesia, ésta nace de la misión de Cristo y del Espíritu por parte del Padre. Su ser mismo es un ser en misión. La Iglesia existe porque ha sido enviada en función de una misión que tiene que cumplir. Nace, pues, su misión del seno de la misma Trinidad. Acceda AQUÍ.

La vida familiar: las palabras «permiso», «gracias», «perdón»

El Papa Francisco inicia una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Nos presenta de entrada las palabras "permiso, gracias y perdón", nos dice que son palabras que abren el camino para vivir bien en la familia. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 41º Parte: La Misión de la Iglesia - El rol de Dios

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



31. LA MISIÓN DE LA IGLESIA COMO CONTINUADORA DE LA OBRA DE CRISTO           

La misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo y del Espíritu por parte del Padre. Su ser mismo es un ser en misión. La Iglesia existe porque ha sido enviada en función de una misión que tiene que cumplir.  Nace, pues, su misión del seno de la misma Trinidad.
           
La Iglesia de inspiración divina, fundada por Cristo, y de constitución humana, el Pueblo de Dios, ha sido llamada a continuar la obra salvífica de Cristo. Ha sido llamada a ser "Luz de la gentes". La Iglesia no se predica a sí misma, ni tiene pretensiones meramente humanas, su misión es salvífica, es decir, soteriológica, es la de Cristo: llevar a todas las gentes la salvación en Cristo.
         
Por eso, la Iglesia no es un ser estático sino dinámico y salvífico en Cristo, en L G, Nº 9 dice: "Este pueblo mesiánico (La Iglesia)... es empleado también por El (Cristo) como instrumento de redención universal y es enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra".
        

31.1. EL PADRE, FUENTE ORIGINAL DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA
         
En el origen de la misión de la Iglesia en el mundo, está el designio salvífico del Padre. La misión tanto del Hijo y del Espíritu Santo por una parte, como la misión de la Iglesia después, son mediaciones en la realización del proyecto de amor del Padre. Por eso el concilio se ha remontado hasta el Padre para  poner cimiento en su proyecto salvífico toda la acción misionera de Cristo y del Espíritu, y de la Iglesia.
         
El designio salvífico del Padre no tiene otra motivación que su Amor de donde dimana toda caridad de Dios y que le ha movido a hacer partícipes a los hombres de su propia vida y felicidad: creándonos libremente por un acto de su excesiva y misericordiosa benignidad y llamándonos, además, a participar con él en la vida y en la gloria.
         
A la luz de la escritura el Concilio Vaticano II ha reconocido y repetido en tonos diferentes que en la base de toda acción misionera está el amor totalmente gratuito y generoso del Padre, especialmente S. Pablo ha querido acentuar que la iniciativa salvífica procede del Padre, en Efes 1, 3-4 cuando dice: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”.
         
En este pasaje Pablo pone de manifiesto la iniciativa del Padre en toda la obra salvífica, consecuencia de un amor único, que le ha movido a dar su Hijo a los hombres, para que todos reciban la filiación adoptiva. Con esta forma reiterada de expresarse el apóstol Pablo ha querido demostrar en sus escritos que la iniciativa de la salvación pertenece de una manera radical y primaria del Padre.
         
El Evangelio de Juan muestra la preocupación de Jesús por llamar la atención sobre el Padre, origen de su propia persona y del Espíritu, así como de toda la obra salvífica, Juan subraya fuertemente la iniciativa del Padre en la obra de la salvación de los hombres. El Hijo debe de cumplir esta voluntad del Padre y entregar su vida como el Buen Pastor entrega la vida por sus ovejas.


31.2. LA MISIÓN DEL HIJO
         
Cristo es el enviado del Padre, Jn 20, 21, es el primer misionero. El Hijo eterno es el mediador nato entre la Trinidad y el género humano, en cuanto que por él se hace la primera comunicación de la vida del Padre en el  ámbito  trinitario. Y, por el Hijo, encarnado constituido cabeza de toda la humanidad, a los hombres.
         
El Padre ha hecho de su Hijo hecho hombre un camino para llegar a él, este camino es Cristo, a través del cual llega la vida divina a los hombres. En el decreto Ad gentes del Concilio Vaticano II se dice: “Cristo fue enviado al mundo como verdadero mediador entre Dios y los hombres. Por ser Dios, “habita en él corporalmente toda la plenitud de la divinidad”, Col 2, 9; según su naturaleza humana, nuevo Adán, es constituido cabeza de la humanidad regenerada, “lleno de gracia y de verdad”, Jn 1, 14. Es necesario situar en Cristo el fundamento inconmovible de su condición divina, cosa que asegura descubriendo su misión temporal en lo que es: extensión en tiempo de su procedencia divina, como Hijo, del seno del Padre.
         
La misión del Hijo tiene por objeto primordial ampliar y extender su filiación a los hombres. Esta comunicación se inicia en el hombre Jesús otorgándole su verdadera dimensión humana, y en ella y a través de ella, a todos los hombres les comunica la filiación divina. Por eso mismo, Cristo es el único mediador y en consecuencia el misionero “lleno de gracia y de verdad”, Jn 1, 14.
         
La vida de Cristo, Mt 11, 2; Lc 24, 19; su predicación, Mt 4 17, y su misterio pascual, Mt 16, 21: constituyen el marco que permite a Cristo realizar su misión. Así, en su existencia toda, sobre todo en su vida de entrega y de servicio a causa del reino, se hacía visible el rostro amoroso del Padre, Jn 14, 9, que es “Amor”, 1 Jn 4, 8.  Y fue mediante su muerte redentora como Cristo logró hacer realidad el designio salvífico del Padre, destruyendo el pecado en su carne, Rom 8, 3-4 y con su resurrección otorgándonos una nueva vida de verdaderos hijos de Dios mediante la acción del Espíritu Santo Rom 8, 14-17.


31.3. LA MISIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
         
El Espíritu Santo es el “Paráclito”, Jn 14, 16; 1 Jn 3, 24; 4, 13, que el Padre ha enviado junto con  el Hijo (Pentecostés), y que ha puesto en marcha el nuevo Pueblo de Dios con su dinamismo misionero. El Espíritu Santo es el principio vivificador y animador de la Iglesia. Para Pablo es la “comunión” del Padre y del Hijo con todos los hombres, 2 Cor, 13,13. Por medio del Espíritu Santo, el amor del Padre inunda a todos los hombres, Rom 5, 5; y los constituye en hijos suyos Rom 8, 14, y les otorga la redención  y la santificación, 1 Cor 6,1.
         
El Concilio Vat. II en el Documento “Ad Gentes”, pone de relieve la misión peculiar del Espíritu Santo en la obra de la salvación y de cómo, sin ella, es impensable la obra misionera de la Iglesia. El Espíritu  Santo no es enviado porque la obra de Cristo quedara incompleta sino porque la obra de la salvación es obra de las tres personas divinas en cuanto tales personas, el Padre decidiendo la redención, el Hijo realizando y llevando a cabo la obra de la redención y el Espíritu Santo completando y santificando.

         
El Concilio reconoce que el Espíritu Santo suscita la vida en el mundo y en la Iglesia en cuanto “enviado” por el Padre y el Hijo. Y lo mismo que el Hijo nada hacía “por su cuenta, sino que le Padre le ha enseñado”, el Espíritu Santo no ha venido por su cuenta sino enviado por el Padre y el Hijo para que lleve y haga realidad la obra de la redención a través del espacio y el tiempo que es la Historia del género humano, especialmente, en el ámbito de la Iglesia. Por otra parte sostiene en Lumen Gentium, nº 4, que el Espíritu Santo actúa como mediador del Padre en la comunicación de su vida filial a los hombres, así el Espíritu Santo es por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por la acción del pecado.



Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.
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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.


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Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Una vida ofrecida por el Papa y la Iglesia



En el sentido más verdadero, justamente en el corazón del Vaticano, a la sombra de la cúpula de San Pedro, se encuentra un convento consagrado a la “Mater Ecclesiae”, a la Madre de la Iglesia. El simple edificio, usado en precedencia para distintas finalidades, hace algunos años fue reestructurado para adecuarlo a las necesidades de una orden contemplativa. El mismo Papa Juan Pablo II hizo que este convento de clausura fuera inaugurado el 13 de mayo de 1994, el día de la Virgen de Fátima; aquí las religiosas habrían consagrado su vida por las necesidades del Santo Padre y de la Iglesia.

Esta tarea es confiada cada cinco años a una orden contemplativa diferente. La primera comunidad internacional estaba formada por Clarisas provenientes de seis países (Italia, Canadá, Ruanda, Filipinas, Bosnia y Nicaragua). Más tarde llegaron las Carmelitas, que han continuado a rezar y a ofrecer su vida por las intenciones del Papa. Desde el 7 de octubre del 2004, fiesta de la Virgen del Rosario, se encuentran en el monasterio siete hermanas Benedictinas de cuatro nacionalidades. Una filipina, una estadounidense, dos francesas y tres italianas.

Con esta fundación, Juan Pablo II mostraba a la opinión pública mundial, sin palabras, pero de modo muy claro, cuánto la escondida vida contemplativa sea importante e indispensable, también en nuestra época moderna y frenética, y cuál valor le atribuye a la oración en el silencio y sacrificio escondido. Si él deseaba tener en sus cercanías a religiosas de clausura para que rezaran por él y por su pontificado, esto también revela la profunda convicción que la fecundidad de su ministerio de pastor universal y el éxito espiritual de su inmensa obra provinieran, en primera línea, de la oración y del sacrificio de otros.

También el Papa Benedicto XVI tiene la misma profunda convicción. Dos veces fue a celebrar la Santa Misa en el convento de “sus religiosas”, agradeciéndoles la ofrenda de su vida por él. Las palabras que él dirigió el 15 de septiembre de 2007 a las Clarisas de Castelgandolfo, sirve también para las religiosas de clausura del Vaticano:

“He aquí pues, queridas hermanas, lo que el Papa espera de ustedes: que sean antorchas ardientes de amor, ‘manos unidas’ que velan en oración incesante, desapegadas totalmente del mundo, para sostener el ministerio de  aquel que Jesús llamó para conducir su Iglesia”.

La Providencia dispuso realmente muy bien que, bajo el pontificado de un Papa que tanto aprecia a San Benito, puedan estarle cercanas de modo especial, justamente las hermanas Benedictinas.


UNA VIDA MARIANA COTIDIANA

No es una casualidad que el Santo Padre haya elegido órdenes femeninas para esta tarea. En la historia de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de la Madre de Dios, siempre fueron las mujeres a acompañar y a sostener, con la oración y el sacrificio, el camino de los apóstoles y de los sacerdotes en su actividad misionera. Por esto, las órdenes contemplativas consideran en su carisma “la imitación y la contemplación de María”. Madre M. Sofía Cicchetti, actual priora del monasterio, define la vida de su comunidad como una vida mariana cotidiana: “Nada es extraordinario aquí. Nuestra vida contemplativa y claustral se puede comprender sólo a la luz de la fe y del amor a Dios. En esta nuestra sociedad consumista, hedonista, parece que casi han desaparecido sea el sentido de la belleza y del estupor delante de las grandes obras, que Dios cumple en el mundo y en la vida de cada hombre y cada mujer, sea la adoración hacia el misterio de su amorosa presencia entre nosotros. En el contexto del mundo de hoy, nuestra vida separada del mundo, pero no indiferente a éste, podría parecer absurda e inútil. Sin embargo podemos alegremente testimoniar que no es una pérdida dar el tiempo sólo  para Dios. Recuerda proféticamente a todos una verdad fundamental: la humanidad, para ser auténtica y plenamente ella misma, tiene que anclarse en Dios y vivir en el tiempo la dimensión del amor de Dios. Queremos ser como muchos ‘Moisés’ que, con los brazos alzados y el corazón dilatado por un amor universal pero muy concreto, interceden por el bien y la salvación del mundo, convirtiéndose así en ‘colaboradoras en el misterio de la Redención’ (Cf. Verbi Sponsa, 3).

Nuestra tarea no se basa tanto en el ‘hacer’ cuanto en el ‘ser’ nueva humanidad. A la luz de todo esto podemos decir que nuestra vida es vida llena de sentido, no es para nada desperdicio o derroche, ni cerrazón o fuga del mundo, sino alegre donación a Dios - Amor y a todos los hermanos sin exclusión, y aquí en el ‘Mater Ecclesiae’ de modo particular para el Papa y sus colaboradores”.

Sor Chiara - Cristiana, madre superiora de las Clarisas de la primera comunidad en el centro del Vaticano, dijo: “Cuando llegué aquí encontré la vocación en mi vocación: dar la vida por el Santo Padre como Clarisa. Así fue para todas las otras hermanas”.


Madre M. Sofía confirma: “Nosotras como Benedictinas, estamos intensamente unidas a la Iglesia universal y por lo tanto sentimos un gran amor por el Papa dondequiera que estemos. Seguramente el haber sido llamadas tan cerca de él - también físicamente - en este monasterio ‘original’ hizo profundizar aún más el amor hacia él. Tratamos de trasmitirlo también a nuestros monasterios de origen. Nosotras sabemos que estamos llamadas a ser madres espirituales en nuestra vida escondida y en el silencio. Entre nuestros hijos espirituales tienen un lugar privilegiado los sacerdotes y los seminaristas y cuantos se dirigen a nosotras pidiendo ayuda para su vida y su ministerio sacerdotal, en las pruebas o desesperaciones del camino. Nuestra vida quiere ser ‘testimonio de la fecundidad apostólica de la vida contemplativa, a imitación de María Santísima, que en el misterio de la Iglesia se presenta de modo eminente y singular como virgen y madre’” (Cf. LG 63).



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Tomado de Congregatio Pro Clericis
www.clerus.org


La vida familiar: las palabras «permiso», «gracias», «perdón»


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 13 de mayo de 2015




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy es como la puerta de entrada de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Sobre esta puerta de entrada están escritas tres palabras, que ya he utilizado en la plaza otras veces. Y esas palabras son: «permiso», «gracias», «perdón». En efecto, estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de miles de dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que pueden hasta hacer que se derrumbe.

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la «buena educación». Es así, una persona bien educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. Es así, pero la buena educación es muy importante. Un gran obispo, san Francisco de Sales, solía decir que «la buena educación es ya media santidad». Pero, atención, en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede convertirse en máscara que esconde la aridez del ánimo y el desinterés por el otro. Se suele decir: «Detrás de tantas buenas maneras se esconden malos hábitos». Ni siquiera la religión está exenta de este riesgo, que hace resbalar la observancia formal en la mundanidad espiritual. El diablo que tienta a Jesús usa buenas maneras —es precisamente un señor, un caballero— y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo se presenta correcto, pero su intención es desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros, en cambio, entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente enraizada en el amor al bien y respeto del otro. La familia vive de esta finura del querer.

La primera palabra es «permiso». Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente incluso lo que tal vez pensamos poder pretender, ponemos un verdadero amparo al espíritu de convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto. La confianza, en definitiva, no autoriza a darlo todo por descontado. Y el amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. Al respecto recordamos la palabra de Jesús en el libro del Apocalipsis: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (3, 20). También el Señor pide permiso para entrar. No lo olvidemos. Antes de hacer algo en familia: «Permiso, ¿puedo hacerlo? ¿Te gusta que lo haga así?». Es un lenguaje educado, lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias.

La segunda palabra es «gracias». Algunas veces nos viene a la mente pensar que nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y malas palabras, como si fuese un signo de emancipación. Lo escuchamos decir muchas veces incluso públicamente. La amabilidad y la capacidad de dar gracias son vistas como un signo de debilidad, y a veces suscitan incluso desconfianza. Esta tendencia se debe contrarrestar en el seno mismo de la familia. Debemos convertirnos en intransigentes en lo referido a la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por esto. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios. Escuchad bien: un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios. Recordemos la pregunta de Jesús, cuando curó a diez leprosos y sólo uno de ellos volvió a dar las gracias (cf. Lc 17, 18). Una vez escuché decir a una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con la sabiduría de la piedad, de la vida: «La gratitud es una planta que crece sólo en la tierra de almas nobles». Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el alma nos impulsa a decir gracias a la gratitud. Es la flor de un alma noble. Esto es algo hermoso.

La tercera palabra es «perdón». Palabra difícil, es verdad, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, se abren pequeñas grietas —incluso sin quererlo— hasta convertirse en fosas profundas. No por casualidad en la oración que nos enseñó Jesús, el «Padrenuestro», que resume todas las peticiones esenciales para nuestra vida, encontramos esta expresión: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6, 12). Reconocer el hecho de haber faltado, y mostrar el deseo de restituir lo que se ha quitado —respeto, sinceridad, amor— hace dignos del perdón. Y así se detiene la infección. Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas comienzan a verse estancadas. Muchas heridas de los afectos, muchas laceraciones en la familias comienzan con la pérdida de esta preciosa palabra: «Perdóname». En la vida matrimonial se discute, a veces incluso «vuelan los platos», pero os doy un consejo: nunca terminar el día sin hacer las paces. Escuchad bien: ¿habéis discutido mujer y marido? ¿Los hijos con los padres? ¿Habéis discutido fuerte? No está bien, pero no es este el auténtico problema. El problema es que ese sentimiento esté presente todavía al día siguiente. Por ello, si habéis discutido nunca terminar el día sin hacer las paces en la familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces. ¿Entendido esto? No es fácil pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bonita.

Estas tres palabras-clave de la familia son palabras sencillas, y tal vez en un primer momento nos causarán risa. Pero cuando las olvidamos, ya no hay motivo para reír, ¿verdad? Nuestra educación, tal vez, las descuida demasiado. Que el Señor nos ayude a volver a ponerlas en su sitio, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Son las palabras para entrar precisamente en el amor de la familia.


Y ahora os invito a repetir todos juntos estas tres palabras: «permiso», «gracias», «perdón». Todos juntos: (plaza) «permiso», «gracias», «perdón». Son las palabras para entrar precisamente en el amor de la familia, para que la familia permanezca. Luego repitamos el consejo que os he dado, todos juntos: Nunca terminar el día sin hacer las paces. Todos: (plaza) nunca terminar el día sin hacer las paces. Gracias.


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Tomado de:
www.vatican.va

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Tratado de Mariología - 1° Parte: Constitución Dogmática Lumen Gentium

P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



1. INTRODUCCIÓN GENERAL
           

Para un estudio profundo de la Mariología tenemos la obligación académica de profundizar el Capítulo VIII de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, "Lumen Gentium", en la que nos habla explícita y expresamente de la Santísima Virgen María, Madre de Dios en la participación en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Es obligatorio leer y estudiar estos 17 números para entender bien todo el tratado de Mariología. Con esta breve orientación y con la lectura profunda de este Capítulo VIII comenzamos nuestro estudio de la Mariología.


2. LUMEN GENTIUM - Capítulo VIII (Nº 52 - 69)

La Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia.

I. Introducción

52. La Bienaventurada Virgen María en el misterio de Cristo
El benignísimo y sapientísimo Dios, queriendo llevar a término la redención del mundo:  "Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo hecho de Mujer... para que recibiésemos la adopción de hijos" Gal 4, 4. "El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación descendió de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen". Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus Santos, deben también venerar la memoria "en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo."

53. La Bienaventurada Virgen y la Iglesia
En efecto, la Virgen María, que según el anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo y trajo la Vida al mundo, es reconocida y honrada como verdadera Madre de Dios Redentor. Redimida de un modo eminente, en atención a los futuros méritos de su Hijo y a El unida con estrecho e indisoluble vínculo, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo y, por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario del Espíritu Santo; con un don de gracia tan eximia, antecede, con mucho, a todas las criaturas celestiales y terrenas. Al mismo tiempo está unida en la estirpe de Adán con todos los hombres que necesitan ser salvados; más aún: es verdaderamente madre de los miembros (de Cristo)... por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza". Por eso también es saludada como miembro sobreeminente y del todo singular de la Iglesia, su prototipo y modelo eminentísimos en la fe y caridad y a quien la Iglesia Católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima.

54. Intención del Concilio
Por eso, el Sacrosanto Sínodo, al exponer la doctrina de la Iglesia, en la cual el Divino Redentor realiza la salvación, quiere explicar cuidadosamente tanto la función de la Bienaventurada Virgen María en el misterio del Verbo Encarnado y del Cuerpo Místico, como los deberes de los hombres redimidos hacia la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, en especial de los fieles, sin que tenga la intención de proponer una completa doctrina de María, ni tampoco dirimir las cuestiones no aclaradas totalmente por el estudio de los teólogos. Conservan, pues, su derecho las sentencias que se proponen libremente en las escuelas católicas sobre Aquella que en la Santa Iglesia ocupa después de Cristo, el lugar más alto y el más cercano a nosotros.

II. Oficio de la Bienaventurada Virgen en la economía de la Salvación

55. La Madre del Mesías en el Antiguo Testamento
La Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento y la venerable Tradición, muestran en forma cada vez más clara el oficio de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y, por así decirlo, lo muestran ante los ojos. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación, en la cual se prepara, paso a paso, el advenimiento de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos a la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor. Ella misma, es esbozada bajo esta luz proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros padres, caídos en pecado (cfr. Gen., 3, 15). Así también, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel (Cf. Is., 7, 14; Miq., 5, 2-3; Mt., 1, 22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de El con confianza esperan y reciben la salvación. En fin, con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva Economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne.

56. María en la Anunciación
El Padre de las misericordias quiso que precediera a la encarnación la aceptación de parte de la madre predestinada, para que así como la mujer contribuyó a la muerte, así también contribuyera a la vida. Lo cual vale en forma eminente de la Madre de Jesús, que dio al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas, y que fue enriquecida por Dios con dones correspondientes a tan gran oficio. Por eso no es extraño que entre los Santos Padres fuera común llamar a la Madre de Dios la toda santa e inmune de toda mancha de pecado y como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular, la Virgen Nazarena es saludada por el ángel por mandato de Dios como "llena de gracia" (cfr. Lc., 1, 28), y ella responde al enviado celestial: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc., 1, 38). Así María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús y abrazando la voluntad salvífica de Dios, con generoso corazón y sin el impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo bajo El y con El, por la gracia de Dios omnipotente, al misterio de la Redención. Con razón, pues, los Santos Padres consideran a María, no como un mero instrumento pasivo en las manos de Dios, sino como cooperadora a la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, "obedeciendo fue causa de su salvación propia y de la de todo el género humano". Por eso no pocos Padres antiguos en su predicación, gustosamente afirman con él: "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María: lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe"; y comparándola con Eva, llaman a María "Madre de los vivientes", y afirman con mucha frecuencia: "la muerte vino por Eva, por María la vida". 

57. La Bienaventurada Virgen y el Niño Jesús
La unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte; en primer término, cuando María se dirige presurosa a visitar a Isabel, es saludada por ella como bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida y el precursor saltó de gozo (cf. Lc 1, 41-43) en el seno de su madre; y en la Natividad, cuando la Madre de Dios, llena de alegría muestra a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que lejos de disminuir consagró su integridad virginal. Y cuando, ofrecido el rescate de los pobres, lo presentó al Señor, oyó al mismo tiempo a Simeón que anunciaba que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se manifestasen los pensamientos de muchos corazones (cfr. Lc 2, 34-35). Al Niño Jesús perdido y buscado con dolor, sus padres lo hallaron en el templo, ocupado en las cosas que pertenecían a su Padre, y no entendieron su respuesta. Pero su Madre conservaba en su corazón, meditándolas, todas estas cosas (cfr. Lc 2, 41-51).

58. La Bienaventurada Virgen en el Ministerio público de Jesús
En la vida pública de Jesús, su Madre aparece significativamente: ya al principio durante las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, consiguió por su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cfr. Jn 2, 1-11). En el decurso de la predicación de su Hijo acogió las palabras con las que (cfr. Lc 2, 19 y 51), elevando el Reino de Dios sobre los motivos y vínculos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados a los que oían y observaban la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cfr. Mc 3, 35 par.; Lc 11, 27-28). Así también la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie (cfr. Jn 19, 25), sufrió profundamente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima concebida por Ella misma, y finalmente, fue dada como Madre al discípulo por el mismo Cristo Jesús moribundo en la Cruz, con estas palabras: "Mujer, he ahí a tu hijo!" (cfr. Jn 19, 26-27).

59. La Bienaventurada Virgen después de la Ascensión
Queriendo Dios no manifestar solemnemente el sacramento de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos a los Apóstoles antes del día de Pentecostés "perseverar unánimemente en la oración, con las mujeres y María, la Madre de Jesús, y los hermanos de El" (Hech 1, 14), y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, el cual ya la había cubierto con su sombra en la Anunciación. Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de su vida terrena, en alma y en cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (Apoc 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte.

III. La Bienaventurada Virgen y la Iglesia

60. María, esclava del Señor, en la obra de la Redención y de la santificación.
Uno solo es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol: "Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate por todos" (1 Tim 2, 5-6). Pero la función maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres, no nace de ninguna necesidad, sino del divino beneplácito y brota de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su eficacia, y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

61. Maternidad espiritual
La Bienaventurada Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios junto con la Encarnación del Verbo divino por designio de la Divina Providencia, fue en la tierra la benéfica Madre del Divino Redentor y en forma singular la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.
Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras El moría en la Cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra Madre en el orden de la gracia.

62. Mediadora
Y esta maternidad de María perdura si cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez asunta a los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Por su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de manera que nada quite ni agregue a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador.
Porque ninguna criatura puede compararse jamás con el Verbo Encarnado, nuestro Redentor; pero así como del sacerdocio de Cristo participan de varias maneras, tanto los ministros como el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en formas distintas en las criaturas, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en sus criaturas una múltiple cooperación que participa de la fuente única.
La Iglesia no duda en atribuir a María un tal oficio subordinado, lo experimenta continuamente y lo recomienda al amor de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.

63. María, como Virgen y Madre, tipo de Iglesia
La Bienaventurada Virgen, por el don y el oficio de la maternidad divina, con que está unida al Hijo Redentor, y por sus singulares gracias y dones, está unida también íntimamente a la Iglesia. La Madre de Dios es tipo de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio; a saber: en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia, que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre; pues creyendo y obedeciendo engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin conocer varón, por obra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, prestando fe sin sombra de duda, no a la antigua serpiente, sino al mensaje de Dios. Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29); a saber: los fieles, a cuya generación y educación coopera con materno amor.

64. Fecundidad de la Virgen y de la Iglesia
Ahora bien: la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es madre, por la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura e íntegramente la fidelidad prometida al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad.

65. Virtudes de María que han de ser imitadas por la Iglesia
          Mientras que la Iglesia en la Beatísima Virgen ya llegó a la perfección, por la que se presenta sin mancha ni arruga, (cfr. Ef 5, 27), los fieles, en cambio, aún se esfuerzan en crecer en la santidad venciendo el pecado: y por eso levantan sus ojos hacia María, que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes. La Iglesia, reflexionando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de veneración entra más profundamente en el altísimo misterio de la Encarnación y se asemeja más y más a su Esposo. Porque María, que habiendo participado íntimamente en la historia de la Salvación, en cierta manera une en sí y refleja las más grandes verdades de la fe, al ser predicada y honrada, atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y hacia el amor del Padre. La Iglesia, a su vez, buscando la gloria de Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, la esperanza y la caridad, buscando y siguiendo en todas las cosas la divina voluntad. Por lo cual, también en su obra apostólica con razón la Iglesia mira hacia aquella que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo y nacido de la Virgen precisamente, para que por la Iglesia nazca y crezca también en los corazones de los fieles. La Virgen en su vida fue ejemplo de aquel afecto materno, con el que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan para regenerar a los hombres.

IV. Culto de la Bienaventurada Virgen María en la Iglesia

66. Naturaleza y fundamento del culto
María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada por encima de todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de "Madre de Dios", a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas. Especialmente desde el Concilio de Efeso, el culto del pueblo de Dios hacia María creció admirablemente en la veneración y el amor, en la invocación e imitación, según las palabras proféticas de ella misma: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el Poderoso" (Lc 1, 48). Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que se da al Verbo Encarnado lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo promueve poderosamente. Pues las diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, que la Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa, según las condiciones de los tiempos y lugares y según la índole y modo de ser de los fieles, hacen que mientras se honra a la Madre, el Hijo, “en quien fueron creadas todas las cosas” (cfr. Col 1, 15-16) y en quien "tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud" (Col., 1, 19), sea debidamente conocido, amado, glorificado y sean cumplidos sus mandamientos.

67. Espíritu de la predicación y del culto
El Sacrosanto Sínodo enseña deliberadamente esta doctrina católica y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los santos. Asimismo exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la divina palabra que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración como también de una excesiva estrechez de espíritu, al considerar la singular dignidad de la Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y doctores y de las liturgias de la Iglesia, bajo la dirección del Magisterio, ilustren rectamente los dones y privilegios de la Bienaventurada Virgen, que siempre están referidos a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad. Aparten con diligencia todo aquello que, sea de palabra, sea de obra, pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otros acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia. Recuerden, por su parte, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos excita a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

V. María, signo de esperanza cierta y consuelo para el pueblo de Dios peregrinante

68. Entre tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el futuro siglo, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cfr. 2 Ptr 3, 10), brilla ante el pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo.

69. Ofrece gran gozo y consuelo a este Sacrosanto Sínodo el hecho de que tampoco falten entre los hermanos separados quienes tributan debido honor a la Madre del Señor y Salvador, especialmente entre los Orientales, que van a una con nosotros por su impulso fervoroso y ánimo devoto en el culto de la siempre Virgen Madre de Dios[195]. Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella, que estuvo presente a las primeras oraciones de la Iglesia, ensalzada ahora en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la comunión de todos los santos, interceda también ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos, tanto los que se honran con el nombre cristiano, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua Trinidad.

Todas y cada una de las cosas establecidas en esta Constitución dogmática fueron del agrado de los Padres. Y Nos, con la potestad Apostólica conferida por Cristo, juntamente con los Venerables Padres, en el Espíritu Santo, las aprobamos, decretamos y establecemos y mandamos que, decretadas sinodalmente, sean promulgados para gloria de Dios.

Roma, en San Pedro, día 21 de Noviembre de 1964.

Yo PAULO VI, Obispo de la Iglesia Católica.



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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.

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