La oración del fariseo y del publicano

DOMINGO XXX
del Tiempo Ordinario

P. Adolfo Franco, S.J.

Lucas 18, 9-14

El orgullo desvirtúa la oración y la humildad le da autenticidad.



Jesús nos da muchas enseñanzas sobre la oración en todo el Evangelio, y además nos enseña la oración con su propio ejemplo; El aparece con mucha frecuencia orando y pasando a veces las noches en oración. En este párrafo de hoy nos cuenta la parábola de la oración del fariseo y del publicano. Nos enseña cómo orar, qué es la oración. Pero añade también, una vez más, una lección importante sobre la humildad. Nos viene a decir que el orgulloso, el que se cree superior, está incapacitado para la oración; en cambio el que en su corazón siente que es un pecador y se humilla por eso, ése puede orar y es escuchado.

La oración es uno de los grandes regalos que nos ha hecho Dios indudablemente. Pone de manifiesto el gran cariño que Dios nos tiene. Ha querido establecer un canal de comunicación, porque quiere saber de sus hijos, quiere que le cuenten todo, quiere ser su paño de lágrimas, quiere ser  nuestra fortaleza y nuestra paz. Dios ha querido que podamos comunicarnos con El, que lo contemplemos, que le mostremos nuestros afectos, y nuestras necesidades. Quiere oírnos. Y también quiere tener la posibilidad de enviarnos sus mensajes, de mostrarnos su calor y su ternura, porque todo eso hace Dios con nosotros en la oración. Esto es tanto así que con derecho podríamos preguntarnos ¿sería posible vivir como hombres, si no tuviéramos la posibilidad de orar?

La oración es un acto de fe en la realidad de Dios: fe en su existencia y en su paternidad, fe en su Providencia. Es un acto de fe por el que en un momento salimos de nuestro mundo cotidiano y nos situamos en el mundo superior, en la otra dimensión: hay una especie de salida de este mundo y una entrada en el ámbito de Dios. La fe es un acto de humildad, por el que reconocemos nuestra necesidad más honda, nuestra indigencia radical, y por eso acudimos a nuestra fuente, a nuestro sustento vital que es Dios. Así la oración pone nuestra vida en comunicación con la fuente de la vida.

Y por esa razón el orgullo es el principal obstáculo para una verdadera oración. Por esas y otras razones la oración del fariseo es un fiasco, es una falsificación, es una pose teatral, no es oración en suma. El contenido de la aparente oración del fariseo brota de un hombre que no necesita de Dios. Prácticamente se comunica con El de igual a igual; le da gracias, no por los favores que le haya concedido. El mismo piensa que ha logrado todo con su esfuerzo: yo no soy igual que los demás hombres. Y eso debido a mis propios méritos a mis propios esfuerzos. Los otros son malos, y yo soy tremendamente bueno. Y así vengo a hablar contigo: el bueno (que se lo cree) con el Unico Bueno. Y como es tan bueno este fariseo se pone delante en primera fila, porque es el lugar que le corresponde. Mientras que el pecador se queda allá lejos y no se atreve a acercarse más. El fariseo, por eso mismo, desprecia a los seres que él cree inferiores: yo no soy como los demás hombres, yo cumplo, yo, yo. El protagonista de su aparente oración no es Dios, sino su YO inflado, exhibicionista de sus buenas acciones; está viniendo a la oración para que Dios admire a este ser tan excepcional.

Y otra fea característica de este hombre, caricaturizado por Cristo: la falta total de caridad con el prójimo, el juicio despiadado de los demás. Y así entramos en otro aspecto de la oración cristiana ¿puede orar de verdad al Padre el que no considera a los demás como sus hermanos? ¿El que desprecia a un hijo de Dios, puede hablar de verdad con el Padre? ¿Le gustará a Dios una oración cuyo contenido es la crítica de sus hijos? Y cuando somos orgullosos, críticos y jueces de los demás ¿seremos oídos por el Padre que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y que ama a los pecadores? Esta actitud de desprecio que tiene el fariseo también contribuye a que su oración sea falsa.

Lo que Jesús critica en la oración de este fariseo es su orgullo frente a Dios, su vanidad por sus propias obras (como si no hubiera sido ayudado por Dios) y su juicio de los demás, que llega hasta el desprecio de los que él juzga pecadores.

En cambio lo que el Señor alaba en el pecador que ora, es que se siente indigno ante Dios, que se reconoce pecador, que no se atreve a acercarse, ni a levantar los ojos del suelo. Reconoce que necesita a Dios, que no lo merece, y no se compara con nadie, pues tiene bastante con considerar y arrepentirse de sus propios pecados.


Por eso éste vuelve a casa, después de la oración, justificado y el fariseo en cambio no, porque en realidad no ha orado. 

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración

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La viuda y el juez injusto

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio del domingo 20, "El juez injusto puede hacernos preguntar ¿soy injusto, y especialmente injusto con Dios? Acceda AQUÍ.

El Señor de los Milagros

Compartimos la reseña del origen de la devoción del Señor de loa Milagros, con motivo de su fiesta litúrgica el 28 de octubre. Acceda AQUÍ.

Las tres cartas de Juan

El P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. nos presenta su comentario sobre las tres cartas de san Juan, que se escribieron como respuesta al pensamiento "gnóstico". Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 17º Parte: La naturaleza de la Iglesia - La Iglesia Esposa de Cristo

El P. Ignacio Garro, S.J. continúa compartiendo el tema sobre la naturaleza de la Iglesia, en esta oportunidad nos presenta la imagen de la Iglesia como "Esposa de Cristo", íntimamente ligada a las imágenes de "Cuerpo de Cristo" y "Templo de Dios en el Espíritu". Acceda AQUÍ. 

Catequesis del Papa

Compartimos los mensajes y enseñanzas del papa Francisco a través de los siguientes enlaces:

20/10/2013 - Ángelus: Aprendamos a rezar siempre sin cansarnos, exhorta el Papa
20/10/2013 - Ángelus: El Papa: Misión de la Iglesia no es hacer proselitismo sino compartir la llama de la fe
16/10/2013 - Audiencia: "Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica"
16/10/2013 - Mensaje del papa Francisco con motivo del Día Mundial de la Alimentación


La Iglesia - 17º Parte: La naturaleza de la Iglesia - La Iglesia Esposa de Cristo


P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


21. La Iglesia Esposa de Cristo

Completando la exposición de las i­deas o imágenes clave de S. Pablo acerca de la Iglesia, veremos aho­ra la Iglesia, Esposa de Cristo. A la imagen de la Iglesia como "Cuerpo de Cristo" y "Templo de Dios en el Espíritu", está íntimamente ligada la imagen de la Iglesia como  "Esposa de Cristo".

Cristo se adquirió la Iglesia, su cuerpo, por la palabra de vida y el bautismo como esposa pura y sin mancha: "Porque el mari­do es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el Salvador del cuerpo",  Efes 5, 23. S. Pablo da testimonio de la imagen de la Iglesia - Esposa de Cristo en Efes. 5, 21-33. El apóstol usa para su descripción el Salmo 44, y Gen 2, 24. Describe la Iglesia como esposa de Cristo; la ha gana­do como esposa al morir por ella. En la muerte se entregó por ella, Efes 5, 2: "y se entregó por nosotros (La Iglesia) como oblación y víctima de suave aroma". Gal 2, 20; 1 Tim 2, 6; Tit 2, 13. Al sacrifi­car su vida por ella le regaló la vida eterna.

S. Pablo en Efes 5, 21-33, nos presenta la unidad entre Cristo y la Iglesia presentando como modelo a la unidad que debe de haber entre los esposos y dice: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de  Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer. Como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así tam­bién las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mis­mo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada .... porque nadie aborreció jamás su propia carne antes bien la alimenta y cuida con cariño lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.... gran misterio es éste, lo digo respecto de Cristo y la Iglesia", Efes 5, 21-33.

La unidad, pues, de Cristo y su Iglesia supera a la comunidad matrimo­nial de varón y mujer en intimidad y fuerza y duración temporal. Cristo atrae a la Iglesia con una fuerza que supera toda posibilidad humana.


La unidad de varón y mujer es una imagen adecuada pero débil comparado con la unión y dedicación que tiene Cristo para con su Iglesia como Esposa, pues lo que aquí se intercambia es vida eterna e inmortal por medio de la comunicación y asistencia continua del Es­píritu Santo, para darle vida y en abundancia. Ahora se entiende lo que significa para S. Pablo la obediencia que exige a la esposa con respecto al marido y a la Iglesia con respecto a Cristo. Se cumple esto cuando la Iglesia acepta los dones de Cristo, su Esposo, y configura su vida hasta penetrar en la forma de vida propia de Cristo, es decir, en la vida que consiste en amar y entregarse a Dios, es decir, la forma existencial del amor es fundamental en la Iglesia conside­rada como Esposa de Cristo. La Esposa se convierte en el cuerpo de Cristo aceptando su vida y el Cuerpo de Cristo se convierte en esposa por tener carácter personal. La Iglesia, como esposa de Cristo, espera la hora en que el Esposo la lleve a la casa del Padre, esto se realizará en la parusía, al final de los tiempos. L. G. N° 39; Sacr. Conc. N° 7; N°85; G. et S. N° 43.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.



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Las tres cartas de Juan



P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.


Estas cartas fueron escritas algunos años después de la redacción última y definitiva del cuarto evangelio. Su autor, supuestamente el mismo, habría sido discípulo de Juan y según parece tenía responsabilidades y una gran autoridad espiritual dentro de las comunidades de inspiración joánica.

Pero como ya se ha indicado anteriormente, en no pocos de sus miembros de estas comunidades se estaba infiltrando la forma de pensar "gnóstica". Su creencia básica era que sólo el espíritu es bueno, y que la materia es esencialmente mala. La naturaleza física, por tanto, de las criaturas creadas es mala. El espíritu se encuentra prisionero dentro del cuerpo, y sólo parece posible liberarse de él mediante un conocimiento ("gnosis") secreto y complicado. Por tanto, la aseveración de una encarnación del "logos" no es aceptable porque en definitiva nuestra experiencia nos prueba su ineficacia y frustración.

En las iglesias cristianas de aquel entonces había maestros que sostenían que Jesús nunca había tenido un verdadero cuerpo humano; sólo que "parecía" haber tenido cuerpo. Otros afirmaban que el Cristo (el ser Hijo de Dios) sólo había descendido en Jesús con el bautismo de Juan, pero que le había abandonado ya antes de padecer su pasión y muerte. Esto último (el crucificado) era un escándalo para la gente.

Todas estas creencias e ideas derivaban con frecuencia hacia conductas inmorales , pues todo lo del cuerpo carecía de valor e importancia, ya que el pecado personal no existía para quienes poseían la fe gnóstica. A todos ellos se refiere el autor de estas cartas cuando escribe con énfasis y claridad: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros" (1 Jn 1,8)

Como consecuencia de ésto, la comunidades cristianas tendían a dividirse en dos clases de miembros: los que se sentían iluminados por la "gnosis", y los demás. Los primeros menospreciaban a los segundos. Contra esta conducta antifraterna viene la frase: "Si alguno dice, yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20)

El propósito de estas tres cartas es el de salir al paso de tales herejías. Su autor muestra su convencimiento de que Dios se manifiesta y se entrega a sí mismo como luz y amor; que Jesús es aquel que existía desde siempre, que es el verdadero Cristo (el Mesías), el auténtico hijo de Dios; que Jesús era un verdadero hombre, quien ha venido con el agua de su bautismo y con la sangre de su muerte como redentor y salvador (1Jn 5,6); y vino para quitar el pecado del mundo dando su vida por nosotros. Cuando caminamos con fe bajo esta luz, hemos de vivir en actitud de comunión. Lo más esencial del cristianismo es el creer en Jesucristo y el amarnos los unos a los otros. "Y este es su mandamiento: que creamos en su hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros conforme al precepto que Él nos dió" (1 Jn 3,23)


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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«Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica»


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro

Miércoles 16 de octubre de 2013



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Cuando recitamos el Credo decimos «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». No sé si habéis reflexionado alguna vez sobre el significado que tiene la expresión «la Iglesia es apostólica». Tal vez en alguna ocasión, viniendo a Roma, habéis pensado en la importancia de los Apóstoles Pedro y Pablo que aquí dieron su vida por llevar y testimoniar el Evangelio.

Pero es más. Profesar que la Iglesia es apostólica significa subrayar el vínculo constitutivo que ella tiene con los Apóstoles, con aquel pequeño grupo de doce hombres que Jesús un día llamó a sí, les llamó por su nombre, para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar (cf. Mc 3, 13-19). «Apóstol», en efecto, es una palabra griega que quiere decir «mandado», «enviado». Un apóstol es una persona que es mandada, es enviada a hacer algo y los Apóstoles fueron elegidos, llamados y enviados por Jesús, para continuar su obra, o sea orar —es la primera labor de un apóstol— y, segundo, anunciar el Evangelio. Esto es importante, porque cuando pensamos en los Apóstoles podríamos pensar que fueron sólo a anunciar el Evangelio, a hacer muchas obras. Pero en los primeros tiempos de la Iglesia hubo un problema porque los Apóstoles debían hacer muchas cosas y entonces constituyeron a los diáconos, para que los Apóstoles tuvieran más tiempo para orar y anunciar la Palabra de Dios. Cuando pensemos en los sucesores de los Apóstoles, los Obispos, incluido el Papa, porque también él es Obispo, debemos preguntarnos si este sucesor de los Apóstoles en primer lugar reza y después si anuncia el Evangelio: esto es ser Apóstol y por esto la Iglesia es apostólica. Todos nosotros, si queremos ser apóstoles como explicaré ahora, debemos preguntarnos: ¿yo rezo por la salvación del mundo? ¿Anuncio el Evangelio? ¡Esta es la Iglesia apostólica! Es un vínculo constitutivo que tenemos con los Apóstoles.

Partiendo precisamente de esto desearía subrayar brevemente tres significados del adjetivo «apostólica» aplicado a la Iglesia.

1. La Iglesia es apostólica porque está fundada en la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les ha sido dada por Cristo mismo. San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso: «Vosotros sois conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular» (2, 19-20); o sea, compara a los cristianos con piedras vivas que forman un edificio que es la Iglesia, y este edificio está fundado sobre los Apóstoles, como columnas, y la piedra que sostiene todo es Jesús mismo. ¡Sin Jesús no puede existir la Iglesia! ¡Jesús es precisamente la base de la Iglesia, el fundamento! Los Apóstoles vivieron con Jesús, escucharon sus palabras, compartieron su vida, sobre todo fueron testigos de su muerte y resurrección. Nuestra fe, la Iglesia que Cristo quiso, no se funda en una idea, no se funda en una filosofía, se funda en Cristo mismo. Y la Iglesia es como una planta que a lo largo de los siglos ha crecido, se ha desarrollado, ha dado frutos, pero sus raíces están bien plantadas en Él y la experiencia fundamental de Cristo que tuvieron los Apóstoles, elegidos y enviados por Jesús, llega hasta nosotros. Desde aquella planta pequeñita hasta nuestros días: así la Iglesia está en todo el mundo.

2. Pero preguntémonos: ¿cómo es posible para nosotros vincularnos con aquel testimonio, cómo puede llegar hasta nosotros aquello que vivieron los Apóstoles con Jesús, aquello que escucharon de Él? He aquí el segundo significado del término «apostolicidad». El Catecismo de la Iglesia católica afirma que la Iglesia es apostólica porque «guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles» (n. 857). La Iglesia conserva a lo largo de los siglos este precioso tesoro, que es la Sagrada Escritura, la doctrina, los Sacramentos, el ministerio de los Pastores, de forma que podamos ser fieles a Cristo y participar en su misma vida. Es como un río que corre en la historia, se desarrolla, irriga, pero el agua que corre es siempre la que parte de la fuente, y la fuente es Cristo mismo: Él es el Resucitado, Él es el Viviente, y sus palabras no pasan, porque Él no pasa, Él está vivo, Él hoy está entre nosotros aquí, Él nos siente y nosotros hablamos con Él y Él nos escucha, está en nuestro corazón. Jesús está con nosotros, ¡hoy! Esta es la belleza de la Iglesia: la presencia de Jesucristo entre nosotros. ¿Pensamos alguna vez en cuán importante es este don que Cristo nos ha dado, el don de la Iglesia, dónde lo podemos encontrar? ¿Pensamos alguna vez en cómo es precisamente la Iglesia en su camino a lo largo de estos siglos —no obstante las dificultades, los problemas, las debilidades, nuestros pecados— la que nos transmite el auténtico mensaje de Cristo? ¿Nos da la seguridad de que aquello en lo que creemos es realmente lo que Cristo nos ha comunicado?

3. El último pensamiento: la Iglesia es apostólica porque es enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misión misma que Jesús ha encomendado a los Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 19-21). Esto es lo que Jesús nos ha dicho que hagamos. Insisto en este aspecto de la misionariedad porque Cristo invita a todos a «ir» al encuentro de los demás, nos envía, nos pide que nos movamos para llevar la alegría del Evangelio. Una vez más preguntémonos: ¿somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? ¿O somos cristianos encerrados en nuestro corazón y en nuestras iglesias, cristianos de sacristía? ¿Cristianos sólo de palabra, pero que viven como paganos? Debemos hacernos estas preguntas, que no son un reproche. También yo lo digo a mí mismo: ¿cómo soy cristiano, con el testimonio realmente?

La Iglesia tiene sus raíces en la enseñanza de los Apóstoles, testigos auténticos de Cristo, pero mira hacia el futuro, tiene la firme conciencia de ser enviada —enviada por Jesús—, de ser misionera, llevando el nombre de Jesús con la oración, el anuncio y el testimonio. Una Iglesia que se cierra en sí misma y en el pasado, una Iglesia que mira sólo las pequeñas reglas de costumbres, de actitudes, es una Iglesia que traiciona la propia identidad; ¡una Iglesia cerrada traiciona la propia identidad! Entonces redescubramos hoy toda la belleza y la responsabilidad de ser Iglesia apostólica. Y recordad: Iglesia apostólica porque oramos —primera tarea— y porque anunciamos el Evangelio con nuestra vida y con nuestras palabras.


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Tomado de:

www.vatican.va

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Mensaje del papa Francisco con motivo del Día Mundial de la Alimentación


MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO 

PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN 2013


Al Señor José Graziano da Silva
Director General de la FAO


1. La Jornada Mundial de la Alimentación nos pone ante uno de los desafíos más serios para la humanidad: el de la trágica condición en la que viven todavía millones de personas hambrientas y malnutridas, entre ellas muchos niños. Esto adquiere mayor gravedad aún en un tiempo como el nuestro, caracterizado por un progreso sin precedentes en diversos campos de la ciencia y una posibilidad cada vez mayor de comunicación.

Es un escándalo que todavía haya hambre y malnutrición en el mundo. No se trata sólo de responder a las emergencias inmediatas, sino de afrontar juntos, en todos los ámbitos, un problema que interpela nuestra conciencia personal y social, para lograr una solución justa y duradera. Que nadie se vea obligado a abandonar su tierra y su propio entorno cultural por la falta de los medios esenciales de subsistencia. Paradójicamente, en un momento en que la globalización permite conocer las situaciones de necesidad en el mundo y multiplicar los intercambios y las relaciones humanas, parece crecer la tendencia al individualismo y al encerrarse en sí mismos, lo que lleva a una cierta actitud de indiferencia —a nivel personal, de las instituciones y de los estados— respecto a quien muere de hambre o padece malnutrición, casi como si se tratara de un hecho ineluctable. Pero el hambre y la desnutrición nunca pueden ser consideradas un hecho normal al que hay que acostumbrarse, como si formara parte del sistema. Algo tiene que cambiar en nosotros mismos, en nuestra mentalidad, en nuestras sociedades. ¿Qué podemos hacer? Creo que un paso importante es abatir con decisión las barreras del individualismo, del encerrarse en sí mismos, de la esclavitud de la ganancia a toda costa; y esto, no sólo en la dinámica de las relaciones humanas, sino también en la dinámica económica y financiera global. Pienso que es necesario, hoy más que nunca, educarnos en la solidaridad, redescubrir el valor y el significado de esta palabra tan incómoda, y muy frecuentemente dejada de lado, y hacer que se convierta en actitud de fondo en las decisiones en el plano político, económico y financiero, en las relaciones entre las personas, entre los pueblos y entre las naciones. Sólo cuando se es solidario de una manera concreta, superando visiones egoístas e intereses de parte, también se podrá lograr finalmente el objetivo de eliminar las formas de indigencia determinadas por la carencia de alimentos. Solidaridad que no se reduce a las diversas formas de asistencia, sino que se esfuerza por asegurar que un número cada vez mayor de personas puedan ser económicamente independientes. Se han dado muchos pasos en diferentes países, pero todavía estamos lejos de un mundo en el que todos puedan vivir con dignidad.

2. El tema elegido por la FAO para la celebración de este año habla de «sistemas alimentarios sostenibles para la seguridad alimentaria y la nutrición». Me parece leer en él una invitación a repensar y renovar nuestros sistemas alimentarios desde una perspectiva de la solidaridad, superando la lógica de la explotación salvaje de la creación y orientando mejor nuestro compromiso de cultivar y cuidar el medio ambiente y sus recursos, para garantizar la seguridad alimentaria y avanzar hacia una alimentación suficiente y sana para todos. Esto comporta un serio interrogante sobre la necesidad de cambiar realmente nuestro estilo de vida, incluido el alimentario, que en tantas áreas del planeta está marcado por el consumismo, el desperdicio y el despilfarro de alimentos. Los datos proporcionados en este sentido por la FAO indican que aproximadamente un tercio de la producción mundial de alimentos no está disponible a causa de pérdidas y derroches cada vez mayores. Bastaría eliminarlos para reducir drásticamente el número de hambrientos. Nuestros padres nos educaban en el valor de lo que recibimos y tenemos, considerado como un don precioso de Dios.

Pero el desperdicio de alimentos no es sino uno de los frutos de la «cultura del descarte» que a menudo lleva a sacrificar hombres y mujeres a los ídolos de las ganancias y del consumo; un triste signo de la «globalización de la indiferencia», que nos va «acostumbrando» lentamente al sufrimiento de los otros, como si fuera algo normal. El reto del hambre y de la malnutrición no tiene sólo una dimensión económica o científica, que se refiere a los aspectos cuantitativos y cualitativos de la cadena alimentaria, sino también y sobre todo una dimensión ética y antropológica. Educar en la solidaridad significa entonces educarnos en la humanidad: edificar una sociedad que sea verdaderamente humana significa poner siempre en el centro a la persona y su dignidad, y nunca malvenderla a la lógica de la ganancia. El ser humano y su dignidad son «pilares sobre los cuales construir reglas compartidas y estructuras que, superando el pragmatismo o el mero dato técnico, sean capaces de eliminar las divisiones y colmar las diferencias existentes» (cf. Discurso a los participantes en el 38ª sesión de la FAO, 20 de junio de 2013).

3. Estamos ya a las puertas del Año internacional que, por iniciativa de la FAO, estará dedicado a la familia rural. Esto me ofrece la oportunidad de proponer un tercer elemento de reflexión: la educación en la solidaridad y en una forma de vida que supere la «cultura del descarte» y ponga realmente en el centro a toda persona y su dignidad, como es característico de la familia. De ella, que es la primera comunidad educativa, se aprende a cuidar del otro, del bien del otro, a amar la armonía de la creación y a disfrutar y compartir sus frutos, favoreciendo un consumo racional, equilibrado y sostenible. Apoyar y proteger a la familia para que eduque a la solidaridad y al respeto es un paso decisivo para caminar hacia una sociedad más equitativa y humana.

La Iglesia Católica recorre junto con ustedes esta senda, consciente de que la caridad, el amor, es el alma de su misión. Que la celebración de hoy no sea una simple recurrencia anual, sino una verdadera oportunidad para apremiarnos a nosotros mismos y a las instituciones a actuar según una cultura del encuentro y de la solidaridad, para dar respuestas adecuadas al problema del hambre y la malnutrición, así como a otras problemáticas que afectan a la dignidad de todo ser humano.

Al formular cordialmente mis mejores votos, Señor Director General, para que la labor de la FAO sea cada vez más eficaz, invoco sobre Ud. y sobre todos los que colaboran en esta misión fundamental la bendición de Dios Todopoderoso.

Vaticano, 16 octubre de 2013


FRANCISCO

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Tomado de
www.vatican.va
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Aprendamos a rezar siempre sin cansarnos, exhorta el Papa


VATICANO, 20 Oct. 13 / 10:56 am (ACI/EWTN Noticias).- En sus palabras previas al rezo del Ángelus dominical, el Papa Francisco exhortó a los miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro a aprender a rezar siempre, sin cansarnos.

El Santo Padre recordó que en el Evangelio de este domingo, “Jesús relata una parábola sobre la necesidad de rezar siempre, sin cansarse. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que él le haga justicia”.

“Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a aquel juez, ¿piensan que Dios no nos escuche, si le rezamos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: ‘¿No hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche?’”.

“’¡Clamar día y noche’ a Dios! Nos sorprende esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿Acaso Él no conoce ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene ‘insistir’ con Dios?”.

Francisco señaló que “esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia, no porque no sabe de qué cosa tenemos necesidad, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo de nosotros, con amor”.

“En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal, fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos junto a Él, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda”.

Sin embargo, anotó, “la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia – como Moisés, que debía tener los brazos alzados para hacer vencer a su pueblo. Y así hay una lucha que llevar adelante cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe”.

“Por eso Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: ‘Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?’. Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos perdemos en el camino de la vida”.

“Aprendamos, por tanto, de la viuda del Evangelio a rezar siempre, sin cansarnos”.

El Papa señaló que la mujer mencionada por Jesús en el Evangelio “¡era buena esta viuda, sabía luchar por sus hijos y pienso en tantas mujeres que luchan por su propia familia, que rezan, que no se cansan jamás!”.

“Un recuerdo hoy, de todos nosotros, a estas mujeres que con su actitud nos dan un verdadero testimonio de fe, de coraje, de modelos de oración. ¡Un recuerdo a ellas!”.

El Santo Padre pidió luego “rezar siempre, ¡pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras! ¡Él sabe mejor que nosotros de qué cosa tenemos necesidad!”.

“Más bien la oración perseverante es expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, cada momento, para vencer el mal con el bien”, concluyó.


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Tomado de ACIPRENSA.

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