San Vicente de Paúl


Fundador de la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad
1581-1660
Fiesta: 27 de septiembre.


Resumen: Nació en Aquitania el año 1581. Cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de santa Luisa de Marillac, la Congregación de Hijas de la Caridad. Murió en París el año 1660.



Nace el 2 de abril de 1581, en Ranquine, cerca de Dax, en el S.O. de Francia. Tercer hijo del campesino Juan de Paúl. Los hijos de los campesinos del siglo XVI apenas tenían tiempo para divertirse; ya desde muy jóvenes se veían obligados a trabajar. Vicente, llevaba a pastar el ganado: las ovejas, las vacas, los cerdos. Vicente salía todos los días, descalzo y con humildes provisiones.

Vicente es un chiquillo despierto, y su padre tiene para él unos planes ambiciosos. Fue enviado a los 14 años al colegio de los franciscanos de Dax que esta a 5 kilómetros de Pouy. Dax es una ciudad próspera, de amplias calles y bellas mansiones. Vicente toma gusto a sus estudios, desea abandonar la vida rural; se siente con vergüenza de sus orígenes y de su mismo padre. "Siendo un muchacho, cuando mi padre me llevaba a la ciudad, me daba vergüenza ir con él y reconocerle como padre, porque iba mal trajeado y era un poco cojo". "Recuerdo que en una ocasión, en le colegio donde estudiaba me avisaron que había venido a verme mi padre, que era un pobre campesino. Yo me negué a salir a verle".

Después de cuatro años de estudios en Dax, marcha a la gran ciudad de Toulose. Su padre acaba de morir en 1598, mientras Vicente tenía 17 años, ha recibido ya la tonsura y las órdenes menores. Su padre le deja parte de la herencia para pagar sus estudios, pero él rechaza esta ayuda; prefiere valérselas por si mismo.

Para subsistir, enseña humanidades en el colegio de Buñet y sigue a la vez con sus estudios de Teología. En 1598 recibe el subdiaconado y el diaconado, y el 23 de Septiembre de 1600, en Chateau-l'Eveque, es ordenado sacerdote por el anciano obispo de Périgueux. "Si yo hubiera sabido, como lo he sabido después, lo que era el sacerdocio cuando cometí la temeridad de aceptarlo, habría preferido dedicarme a trabajar la tierra antes de ingresar en un estado tan temible," escribirá mas tarde.

El obispo de Dax le ofrece una parroquia, pero hay otro candidato. Vicente renuncia, prefiere proseguir con sus estudios y apuntar mas alto: aspira a ser obispo.

En 1604 obtiene el doctorado en Teología. Se dirige a Burdeos. Acude a Marsella a un viaje bastante interesado. Una anciana dama de Toulose le ha dejado una herencia de 400 escudos, pero la anciana tiene a un deudor, a quien Vicente persigue hasta Marsella, donde consigue recuperar 300 escudos, para regresar a continuación a Toulose por Narbona.

En Marsella Vicente embarca para Narbona. Se va en barco, el cual es atacado por los turcos y Vicente cae prisionero. Los años 1605-1607 son en realidad muy misteriosos. Se cuenta que vendido como esclavo en Túneñ, estuvo sucesivamente al servicio de cuatro distintos señores: un pescador, un médico, el sobrino de éste y, por último, un cristiano renegado. Por fin, convirtió a su amo, se escapó llegando a Avignon y desde allí a Roma. Luego fue a París hacia el 1608.

En 1609, poco después de su llegada a París, Vicente encontró a Pierre de Bérulle, sin duda en el hospital de la Caridad, adonde ambos iban a visitar enfermos. Bérulle tenía una doble vocación: la cura de las almas y la fundación de un grupo de sacerdotes espirituales. El clero salía en un estado lamentable de las guerras de religión; los decretos del Concilio de Trento referentes a la formación de los sacerdotes no se cumplen (de lo contrario, Vicente no habría sido ordenado a los 19 años, ya que el Concilio exigía 25 años de edad mínima para la ordenación sacerdotal) Eran muchos los obispos que vivían como grandes señores, alejados de sus diócesis.

Se esta abriendo paso un nuevo movimiento. En Italia, Felipe Neri ha fundado la congregación sacerdotal del Oratorio, que al igual que los oblatos fundados en Milán por Carlos Borromeo, desea vivir un sacerdocio fervoroso. Bérulle trata de convencer a Francisco de Sales para que funde el Oratorio en Francia, el cual rechaza la oferta. Entonces éste, a instancias del Arzobispo de París, Henri de Gondi, fundará en 1611 el Oratorio de París, "una congregación de eclesiásticos en la que se practicara la pobreza, en contra del lujo; se hiciera el voto de no pretender beneficio o dignidad alguna, en contra de la ambición, y se viviera igualmente el voto de dedicarse a las funciones eclesiásticas, en contra de la inútil inactividad.

Párroco de Clichy

Bérulle deseaba que Vicente ingresara en el Oratorio, pero Vicente por diferentes razones no acepta, en cambio acepta la proposición de reemplazar en su puesto a un sacerdote que desea ingresar en el Oratorio; y de ese modo, en mayo de 1612, Vicente toma posesión de la parroquia de "Clichy la Garenne", a una legua de París. Se trata de una parroquia de 600 habitantes, de carácter semi-rural (habitada sobre todo por hortelanos donde Vicente se encuentra a gusto Allí enseña el catecismo, repara el mobiliario de la Iglesia. Hace doce años que es sacerdote y es la primera vez que ejerce un ministerio sacerdotal.

Preceptor de la familia Gondi

Bérulle que sigue soñando con grandes cosas para Vicente, hace que lo nombren preceptor de la ilustre familia de Gondi, Phillipe de Gondi, sobrino del Arzobispo de París. Vicente llega allí en Septiembre de 1613: "Me aleje con pena de mi pequeña iglesia de Clichy", escribe a un amigo.

Ya tenemos a Vicente provisto de un excelente "reducto". Da algunos cursos y lecciones a los niños y lleva una vida palaciega en Montmirail, en Joigny, en París, en Folleville... Ya podía darse por contento. Sin embargo no era feliz. Durante los numerosos viajes de Gondi, vuelve a entrar en contacto con los campesinos y con las pobres gentes que viven en los dominios de la noble familia. Y se da cuenta de que el Evangelio exige la caridad radical.

Acontecimientos providenciales cambiaron su vida

A comienzos de 1617, visita Vicente a un moribundo en Gannes, en el distrito del Oise, cerca del palacio de los Gondi; aquel hombre, que tenía fama de ser un hombre de bien, reveló a Vicente unos pecados que jamás se había atrevido a confesar a su párroco, tanto por vergüenza como por amor propio. El moribundo que experimentaba una extrema soledad moral, que padecía la noche, el frío y la imposibilidad de hablar con Dios; era un hombre cerca de la muerte sin haber encontrado una mirada sacerdotal lo bastante dulce y lo bastante humana para poder salirse de sí mismo y atreverse a creer en la ternura de Dios. He ahí la vocación de Vicente: la ternura. Su corazón ha sido tocado. Quería ir a los campos mas remotos a expresar a todos los que se sienten perdidos que existe un Dios de ternura que no les ha olvidado. Quiere ser testimonio de ese amor divino. Estar presente con la ternura de Dios.

Vicente queda impresionado y el 25 de enero predicó en Folleville, cerca de Amiens, proponiendo a todos los fieles de Folleville la idea de que vayan allá algunos sacerdotes ante quienes puedan hacer una confesión general de toda su vida. Este sermón que fue el origen de la "Congregación de la Misión", instituida para dar misiones populares y trabajar en la formación del clero de Francia y en otros países. A los sacerdotes y hermanos de la Congregación de la Misión se les conoce en Francia como "Lañaristas" por su casa madre, San Lázaro.

En agosto de ese mismo año 1617, en Chatillón-les-Domes, San Vicente se encuentra con la miseria material de los campesinos. San Vicente relata los hechos: "Mientras me revestía para celebrar la santa Misa, vinieron a decirme... que en una casa apartada de todas las demás, como a un cuarto de legua, estaban todos enfermos, hasta el punto de que no había una sola persona que pudiera atender a las demás, las cuales se hallaban en un estado de necesidad indescriptible. Esto me ocasionó una tremenda impresión." A la llamada de Vicente acuden todos los feligreses en ayuda de esa familia. Pero, para Vicente, este movimiento espontáneo no es bastante, porque corre el peligro de no tener continuidad: "Una enorme caridad, sí; pero mal organizada".

Fundación de las Hijas de la Caridad

Vicente pone manos a la obra y muy pronto, el 23 de agosto, lee ante unas cuantas mujeres cuyo corazón se ha visto afectado igual que el suyo por aquella miseria, un texto que constituye todo un programa de ayuda a los enfermos. Dicho texto servirá de modelo, en adelante, a todos los posteriores textos fundacionales de las "Confréries de Charité" (Hermandades de Caridad). Las Cofradías se multiplicaron; hoy en algunos países se les llama "equipos de San Vicente". La Fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad siguió unos años mas tarde (1633). La co-fundadora fue Santa Luisa de Marillac

Vicente no quiere permanecer por más tiempo con los Gondi y así se lo hace saber a Bérulle en mayo de 1617. Se traslada el 1 de agosto de aquel mismo año a una pequeña parroquia entre Lyon y Ginebra, en al región de Bresse: Chatillon-des-Dombes, donde ejerce como párroco.

La vocación de la ternura

Los Gondi, y con ellos Bérulle, desean que Vicente se reintegre a su puesto y resuma sus funciones de capellán y preceptor. Le llaman a París. Vicente llega a casa de los Gondi la víspera de Navidad de 1617, tras un año decisivo en el que ha encontrado su camino, el camino de la compasión y la ternura para con quienes se hallan sumidos en el abandono. Utilizando su puesto como base de operaciones, empieza a establecer sus pequeñas asociaciones de caridad.

En noviembre de 1618 se encuentra en París Francisco de Sales. El Obispo de Annecy, que tiene ya cincuenta y un años, ha publicado dos años antes su Tratado del Amor de Dios. Francisco de Sales es célebre por la inmensa dulzura en sus discusiones con los protestantes y por su bondad para con los pobres y enfermos a quienes les daba todo, incluso lo que no era suyo y lo tomaba prestado. En 1610, el Obispo de Sales funda la Visitación, congregación religiosa femenina y desea que se consagren al cuidado de los enfermos. Las primeras Visitandinas se ocupan de los enfermos de Annecy.

A su llegada a París, Francisco de Sales es objeto de una entusiasta acogida; con su palabra evangélica y sencilla, conoce a la Madre Angélica Arnauld, a Bérulle y a Vicente, que queda impresionado por su dulzura: "Tan suave era su bondad, que las personas favorecidas por sus conversaciones la sentían cuando ésta penetraba dulcemente en sus corazones. Yo mismo he gozado tales delicias".

No es posible entender el entusiasmo que despierta Francisco de Sales en París y en todas partes si no se tiene en cuenta la situación de Europa en estos comienzos del siglo XVII. Las poblaciones no han dejado de verse afligidas por grandes males, lo cual ha provocado en ellas un enorme trauma; la angustia y la desesperación se generalizan, y la Iglesia señala con el dedo los diversos chivos expiatorios: los turcos, las brujas, los judíos, los herejes...; e insiste además continuamente en ese otro peligro, distinto del que aflige al cuerpo: el peligro de perder el alma. Francisco de Sales, rebosante de bondad, es un mensaje que, para liberar; los temores, no apela al iluminismo ni a remedios vanos, sino al realismo y al sentido común del hombre; para los hombres de comienzos del siglo XVII se trata de una inmensa convocatoria a la esperanza. Este mensaje y su eficaz puesta en práctica muestran al hombre que la verdadera bondad humana procede de Dios y que, a la vez, la bondad de Dios es muy superior a toda bondad humana: ahí radica el secreto de la vida de Vicente y de Francisco. Su Dios es un Dios de ternura y de bondad; y al haberlo experimentado así, desean expresarlo por medio de su propia vida. Francisco de Sales será para Vicente un punto de referencia constante. Por su parte, Francisco de Sales, que ha reconocido en Vicente, le pide que se haga cargo de la capellanía de las Visitandinas de París y de la dirección espiritual de Juana de Chantal.

Capellán de las Galeras

En 1619, Vicente es nombrado capellán general de las Galeras, de las que es responsable el señor de Gondi. Los galeotes son entonces los más pobres de entre los pobres. Vicente les visita primero en las mazmorras de La Conciergerie (antigua prisión de París), encuentra allí a hombres dominados por el odio y la desesperación; y pide y obtiene de M. de Gondi que se les conceda un trato más humano. El capellán general de las Galeras baja después a Marsella, donde los galeotes son más numerosos, y se presenta "de incógnito" en el lugar en que están encerrados; aquello le impresiona terriblemente: es "el espectáculo más triste que se puede imaginar", "una verdadera imagen del infierno". "Herido, pues, por un sentimiento de compasión hacia aquellos miserables forzados, me impuse a mí mismo la obligación de consolarles y asistirles lo mejor que pudiera". Pero Vicente no se limita sólo a buenas palabras, sino que pasa a la acción y se ocupa de mejorar en lo que puede las estructuras, como de costumbre. En el viaje que en 1623 realiza a Burdeos, donde se halla una flotilla de galeras se da a conocer como sacerdote a los galeotes; les dice, "os encontráis en la más absoluta indigencia; os creéis abandonados y rechazados por todos. Pero vuestro Padre de los Cielos os ama y os bendice".

Desde Burdeos, Vicente se dirige a su aldea natal, en las Landas. Los suyos habrían deseado obtener algún provecho de Vicente. Este les dice que no esperen nada de él: "porque aun cuando poseyera cofres llenos de oro y plata, no les daría nada, porque todo cuanto posee un eclesiástico se lo debe a Dios y a los pobres".

Vicente experimenta su profunda conversión en el momento en que se inicia en Europa una larga serie de conflictos. La guerra de los Treinta Años, que comienza en 1618, es la conclusión lógica de una enorme crisis acaecida en Europa, había tenido origen en la oposición entre católicos y protestantes dentro del imperio germánico. La crisis ideológica del cristianismo que había dado lugar a dos reformas antagónicas (la de Lutero y Calvino por un lado, y la del Concilio de Trento por otro) hay que verla dentro del contexto general de la crisis del siglo XVI.

La doctrina elaborada en el Concilio de Trento, en contraste a la tesis protestante, rehabilitaba la naturaleza humana y llevaba, de un modo lógico, a insistir en los sacramentos. Por otra parte el Concilio pedía a los sacerdotes que predicasen el Evangelio. La aplicación de los decretos del Concilio requería tiempo, y puede observarse cómo Vicente se referirá constantemente a ellos y se esforzará para que sean puestos en practica.

Misioneros para la misión ante la devastación de la guerra

Se suceden guerras, se triplican los impuestos y los pobres siempre son los perdedores. La miseria es espantosa. Un sacerdote de la Misión que acaba de llegar a Champagne escribe a Vicente: "No hay lengua que pueda decir, ni pluma capaz de expresar, ni oído que se atreva a escuchar lo que hemos contemplado desde los primeros días de nuestra estancia en estas tierras... Todas las iglesias y los más santos misterios han sido profanados; los ornamentos saqueados; las pilas bautismales destrozadas; los sacerdotes asesinados, torturados u obligados a huir; las viviendas demolidas; las cosechas robadas; las tierras están sin labrar ni sembrar; el hambre y la mortandad son casi absolutas; los cadáveres se hallan sin sepultar y, en su mayor parte, sirven de pasto a los lobos. Los pobres que sobreviven a esta ruina se ven obligados a recoger por los campos los granos de trigo o de avena semipodridos. El pan que consiguen fabricar es como barro y la vida que llevan es tan insana que más parece una muerte viviente. Casi todos están enfermos, ocultos en miserables chozas o en cuevas a las que uno no sabe cómo llegar, la mayor parte tumbados en el suelo, desnudos o sobre paja podrida, sin más ropa que unos miserables harapos. Sus rostros ennegrecidos y desfigurados, más parecen rostros de fantasmas que de hombres".

Vicente envía allá doce de sus sacerdotes para organizar la ayuda. No había más que un modo de poner fin a la miseria de las poblaciones: la paz. Y Vicente no lo duda un momento: se atreve a enfrentarse a Richelieu y pedirle enérgicamente que ponga término a tan enormes conflictos.
El camino de Vicente son los pobres, tanto espiritual como materialmente. "La Iglesia de Cristo no puede abandonar a los pobres. Ahora bien, hay diez mil sacerdotes en París, mientras que en el campo los pobres se pierden en medio de una espantosa ignorancia". Vicente quiere sacerdotes para la "misión", para ser enviados a las zonas rurales.

La congregación puede fundarse el 17 de abril de 1625. La Congregación es reconocida un año más tarde por el Arzobispo de París; los primeros misioneros firman su acta de asociación el 4 de septiembre de 1626. Pero es entonces cuando comienzan las dificultades. El señor Gondi , influenciado por Bérulle, pretende retirar el dinero que ha entregado para la fundación. Saint-Cyran consigue disuadirle. A pesar de todo, Roma, igualmente a instancias de Bérulle, se niega dos veces a dar su aprobación a la Congregación de la Misión. Habrá que esperar ocho largos años -hasta 1633- para conseguir dicha aprobación.

En julio de 1628 el obispo de Beauvais pide a Vicente que acuda allí en septiembre a dar un retiro a los futuros sacerdotes. Es precisamente en esta tarea de formación de futuros sacerdotes en lo que piensa el Arzobispo de París cuando, en 1631, ofrece a Vicente un conjunto de edificios mucho más importantes que el "College des Bons-Enfants": la antigua leprosería de Saint-Lañare (que dará a los sacerdotes de la Misión el nombre de Lañaristas). Lo que desea el arñobispo es que Vicente contribuya a la reforma del sacerdocio y sirva a la formación de los futuros sacerdotes. En el siglo XVII hay dos tipos de reformadores del clero, Vicente prefiere ante todo la formación por la practica, sobre el terreno, según el método más experimental. Lo que a él le preocupa es la situación concreta de los sacerdotes.

Saint-Lañare viene a ser, más concretamente, un centro de encuentros. Cada martes se reúnen allí los sacerdotes, que se dedican a orar, a reflexionar y a escuchar a Vicente en sus famosas "conferencias de los martes"; entre el auditorio se hallan veintidós futuros obispos, que de este modo reciben su formación de los evangélicos labios de Vicente de Paúl.

De 1630 a 1650 Francia atraviesa una época de guerras desastrosas para el pueblo sencillo. Vicente mira de frente las desgracias de su época, se niega a cerrar los ojos y lucha contra la miseria a brazo partido. Esta miseria impide a los hombres vivir como seres humanos. Si tomamos las cosas más elementales de la existencia, el nacimiento, por ejemplo, vemos que cada una de siete mujeres moría después del parto. Las que no se morían pasaban por el momento más grave, el período post-parto: las fiebres y los problemas de infección. Por otra parte un hecho que se repite constantemente: "Una gran cantidad de huérfanos que tiene que ser dejados a cargo de los que sobreviven, y que son adoptados durante un tiempo por la comunidad de la aldea o barrio, hasta que el padre contrae nuevo matrimonio.

Fundación de las Hijas de la Caridad

En 1617 comenzó Vicente a fundar sus "charites". Unas se encargan de atender a los mendigos, otras se ocupan de las epidemias, otras lucharan contra el contagio de la peste, otras se dedicaran a otras calamidades.

Las "charites" se multiplican; había que velar por ellas y coordinarlas dentro de un mismo espíritu. Así pues, Vicente pide a una joven viuda de 38 años, Luisa de Marillac, a la que conoce desde hace cuatro años, que vaya a visitar, en 1629, un determinado número de "charites". Una vez llegada al lugar donde se halla establecida una "charite", reúne a las mujeres, examina con ellas los problemas que se plantean, enseña a curar a los enfermos y a llevar una buena administración; con autorización del párroco, reúne a las jóvenes de la parroquia y les da catequesis. Y todo esto con unas condiciones físicas muy deficientes, pues era una mujer sumamente frágil y psicológicamente delicada, y con unos medios económicos aún mas escasos. Antes de enviarla, Vicente la había formado por cuatro años, instruyéndola en la alegría y en el suave dominio de sí misma, así como en la aceptación de las contrariedades y el abandono en manos de la providencia de Dios: "Síguele -le decía-. no trates de anticiparte a "Él".

El resultado de la actividad de Luisa es que, tanto ella como Vicente, constatan que todo marcha perfectamente. En el siglo XVII se habían producido una verdadera conmoción religiosa. Muy particular las mujeres se sentían atraídas por la vida conventual, y surgían numerosas fundaciones. ¿A que se debía esto? Muchas son fundadas por jóvenes o viudas de la nobleza, las cuales tenían suficiente dinero para comprar el convento e instalarse.

Vicente desea que sus "Hijas de la Caridad" estén en el mundo. Pero no es cosa fácil lograrlo. Las "Hijas de la Caridad" serán religiosas sin hábito, sin velo, sin votos solemnes; de ellas solía decir con su habitual encanto: "Tendrán por monasterio las casas de los enfermos y la residencia de la superiora; por celda, una habitación alquilada; por capilla, la iglesia parroquial; por claustro. Las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia continua en la Providencia y la ofrenda de todo cuanto son". En aquella época no le quedaban alternativas ya que las religiosas eran de clausura.

Para llevar a cabo su programa, Vicente se apoya decididamente no ya en las damas de familias capaces de aportar grandes dotes, sino en las sencillas aldeanas. Los comienzos son muy modestos: se trata de cuatro jóvenes confiadas por Vicente, el 29 de noviembre de 1633 a Marguerite Nasseau, la cual recibe en su casa y las pone a trabajar en el pequeño hospital que ella misma había fundado. Se encarga a Luisa de Marillac que las enseñe a ser enfermeras y las instruya en la vida espiritual.

Luisa y Vicente las preparan para poder atender a todo tipo de personas necesitadas: niños y ancianos, locos y presidiarios, y a toda clase de pobres.

Espiritualidad

La espiritualidad de Vicente posee la solidez del corazón que la vive sin reservas. Podemos ver la expresión de esta espiritualidad en una conferencia que da el 19 de septiembre de 1649 a las Hijas de la Caridad, donde concreta y analiza "los dos amores": el amor afectivo y el amor eficaz. El primero es "la ternura hacia las cosas que se ama", "la ternura del amor". Este amor, dirá más tarde, hace que uno se vuelva hacia Cristo "tierna y afectuosamente, como un niño que no puede separarse de su madre y grita "¡mamá!", cuando la ve alejarse" (notemos que Vicente habla aquí de Cristo como una madre).

Pero este amor efectivo es para él el mas pequeño de los dos, es el amor de los comienzos; y compara los dos amores con dos hijos de un mismo padre; pero resulta que el amor efectivo "es el hijo pequeño al que el padre acaricia, con quien se entretiene jugando y cuyos balbuceos le encanta oír"; pero el amor eficaz, es mucho mayor; es un hombre de veinticinco o treinta años, dueño de su voluntad, que va adonde le place y regresa cuando quiere, pero que a pesar de ello, se ocupa de los asuntos familiares".

Vicente insiste mucho en este segundo amor y en el "quehacer" que conlleva: "Si hay alguna dificultad, es el hijo quien la soporta; si el padre es labrador, el hijo cuidará de que estén en orden las tierras y arrimará el hombro". En este segundo amor apenas se siente que se es amado y se ama: "Parece como si el padre no sintiera por el hijo ninguna ternura y no le amará". Sin embargo -afirma Vicente-. a este hijo mayor el padre "le ama mas que al pequeño". Y añade Vicente: "Hay entre vosotras algunas que no sienten a Dios en absoluto, que jamás le han sentido, que no saben lo que es sentir gusto en la oración, que no tienen la menor devoción, o al menos así lo creen... Hacen lo que hacen las demás, y lo hacen con un mayor que es tanto más fuerte cuanto menos lo sienten. Este es el amor eficaz que no deja de actuar, aun cuando no se deje ver".

Vicente quiere que se pase al amor eficaz, porque teme la nostalgia propia de las resoluciones demasiado generales y de las efusiones afectivas; a propósito de las resoluciones, puestas incluso por escrito por una determinada dama, escribe a Luisa de Marillac que tales resoluciones le parecen "buenas", pero que le "parecerían aún mejores si (la tal dama) descendiera un poco más a lo concreto", porque lo importante para él son los actos, mientras que "lo demás no es sino producto del espíritu, que habiendo hallado cierta facilidad y hasta cierta dulzura en la consideración de una virtud, se deleita con el pensamiento de ser virtuosos"; es preciso, pues, llegar a los "actos" porque, de lo contrario, se queda uno en la "imaginación".

Para Vicente, la oración es lo primero; era muy práctico pero esa práctica se fundamentaba en una profunda intimidad con Jesucristo, o sea, en la vida interior de oración.

Vicente encuentra en su camino a los jansenistas. Jansenio había comenzado a escribir su Augustinus en 1628; Roma lo condena en 1641; pero Vicente, antes incluso de esta condena, ya había tomado postura contra el jansenismo.

En lugar de ponerse en tensión y tratar de que Dios se adapte a unos determinados moldes para el alma, Vicente, en oposición a los jansenistas, no dejará de proponer abandonarse tranquilamente a Dios. La gracia tiene sus momentos. Abandonémonos a la Providencia de Dios y guardémonos muy mucho de anticiparnos a ella.

Vicente era enemigo de la actividad compulsiva. Si dio mucho fruto es porque utiliñaba muy bien el tiempo guiado y movidas sus velas por la fuerza del Espíritu Santo. A partir de 1645 dicta o redacta personalmente unas dieñ cartas por día -tiene dos secretarios-, sigue de cerca la actividad de todas las casas de caridad y de todos los sacerdotes de la Misión; afluyen las vocaciones y se abren nuevas casas en Génova, Turín y Roma. En 1646 se funda una casa en Argel (donde estallará la peste en 1647) y se pide a la congregación que acuda a Marruecos; aquel mismo año se envían sacerdotes a Irlanda y Escocia. En 1648 va un grupo de misioneros a Madagascar. En 1651 parte un grupo para Polonia. En 1660, justamente antes de su muerte, Vicente concibe un proyecto de misiones en América y en China.

Entre 1650 y 1660 son particularmente tres regiones de Francia las que perciben mayor ayuda: la Ile-de-France, la Champagne y la Picardie cuyas provincias han sido saqueadas y desvastadas por los soldados. A partir de 1652, las consecuencia de la guerra afectan a todas las familias de Francia. Pero Vicente prosigue su actividad sin descanso, entregando siempre toda su persona. Lo único que exigía a los suyos era bondad, constancia y dulzura.

En 1660 Vicente tiene setenta y nueve años.. Desde aquel lejano día de 1617 en que decidió ponerse al servicio de los pobres, es decir, durante 43 años, no dejó de consumirse por ellos. Su horario era invariable: se levantaba a las cuatro de la mañana y se acostaba a las nueve de la noche; la jornada consistía en tres horas de oración, tres horas y media de lo que él llamaba "varios", y nueve horas y media de trabajo. Su vida estuvo constantemente marcada por ese trabajo pausado, regular y porfiado que recordaba el trabajo de los campesinos de su época, los campesinos entre los que había nacido.

Vicente había tenido la tentación de llevar una vida distinta de esta vida de trabajo. Hasta los 36 años no se convirtió al servicio de los pobres y a esta clase de vida. En el siglo XVII los hombres se dividían en dos clases: los que podían permitirse vivir sin trabajar, y la inmensa mayoría de los demás. Vicente estuvo a punto de optar por quedarse al otro lado de la barrera. Poseía una buena cabeza y su inteligencia, y hubiera podido llegar a ser un beneficiario. Pero el amor a Cristo reflejado en los pobres le movió a decidirse por el Evangelio.

El 18 de abril de 1659, un año antes de su muerte, Vicente escribe unas largas consideraciones sobre la humildad, que presenta como la primera cualidad de un sacerdote de la Misión.

En julio de 1660 se ve obligado a guardar cama. Toda su vida había sido una persona fuerte y robusta; el típico campesino de pequeña estatura -medía 1 metro y 62 centímetros-, poseía una enorme resistencia, como si estuviera hecho de cal y canto. Entre julio y septiembre de 1644 se teme por su vida, pero sale bien, aunque se le prohíbe montar a caballo; tenía las piernas inflamadas y tenía que caminar con un bastón. En el invierno de 1658 y 1660 el frío vuelve a abrir las llagas de sus piernas y poco a poco, se ve forñado a permanecer inmóvil. Se queda en Saint-Lañare, en medio de los pobres.

Su corazón y su espíritu se mantienen totalmente despiertos, pero en septiembre las piernas vuelven a supurar y el estómago no admite ya el menor alimento. El 26 de septiembre, domingo, le llevan a la capilla, donde asiste a Misa y recibe comunión. Por la tarde se encuentra totalmente lúcido cuando se le administra la extremaunción; a la una de la mañana bendice por última vez a los sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad, a los niños abandonados y a todos los pobres. Esta sentado en su silla, vestido y cerca del fuego. Así es como muere el 27 de septiembre de 1660, poco ante de las cuatro de la mañana, a la hora que solía levantarse para servir a Dios y a los pobres. Multitudes habían conocido los beneficios de su caridad.

San Vicente fue consejero de gobernantes y verdadero amigo de los pobres. "Monsieur Vincent", como se le llamaba, estimulaba y guiaba la actividad de Francia en favor de todas las pobrezas: envió misioneros a Italia, Irlanda, Escocia, Túnez, Argel, Madagascar, así como a Polonia donde luego fueron las Hijas de la Caridad. Se rodeó de numerosos colaboradores, sacerdotes y seglares y, en nombre de Jesucristo, los puso al servicio de los que sufren.

Fue proclamado santo por el Papa Clemente XII, el 16 de junio de 1737. Su fiesta se celebra el 27 de septiembre.

En 1712, 52 años más tarde su cuerpo fue exhumado por el Arzobispo de París, dos obispos, dos promotores de la fe, un doctor, un cirujano y un numero de sacerdotes de su orden, incluyendo al Superior General, Fr. Bonnet.

"Cuando abrieron la tumba todo estaba igual que cuando se depositó. Solamente en los ojos y nariz se veía algo de deterioro. Se le contaban 18 dientes. Su cuerpo no había sido movido, se veía que estaba entero y que la sotana no estaba nada dañada. No se sentía ningún olor y los doctores testificaron que el cuerpo no había podido ser preservado por tanto tiempo por medios naturales.

La obra de Vicente sigue viva

Vicente fue sobre todo el hombre que, al conseguir espolear el clero, renovó la Iglesia francesa. La Congregación de los "Paules" se convirtió en la orden mas vigorosa en Francia antes de la revolución francesa, con 6,000 miembros repartidos en 40 provincias.

La Congregación de Hijas de la Caridad se extendió por todo el mundo hasta el punto que en 1965 contaba con 46,000 hermanas. A lo largo de los siglos han prestado ayuda a millones de personas desgraciadas: niños abandonados, huérfanos, enfermos, heridos, refugiados, presidiarios, etc.

El servicio sencillo y discreto al prójimo constituye el principal fundamento de todas estas asociaciones vicentinas.


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Tomado de:
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Señor de Huamantanga

La historia


Cuentan los cronistas que entre los años 1580 - 1590 los pobladores de Huamantanga habiendo construido una capilla en el lugar hoy conocido como "Plaza Vieja" necesitaban de un crucifijo. Con dicho propósito enviaron a los vecinos para dirigirse a la ciudad de los Reyes y contratar a una persona encargada de cumplir con dicho objetivo. Al llegar al portachuelo de Puruchuco, advirtieron que por la quebrada de Socos se acercaba un viajero montado sobre un caballo blanco.

Al encontrarse al viajero les preguntó: "¿A dónde vais hijos?". "vamos a buscar un albañil, escultor y carpintero". El les respondió: "yo voy en busca de trabajo a Huamantanga porque soy albañil, escultor y carpintero". Los comisionados creyeron en sus palabras y acordaron regresar al pueblo.

El sol era abrasador, tenía sed y no había agua en dicha zona; pero el "Divino viajero" les señaló un lugar y les dijo: "Id a beber. Allí hay agua". Y efectivamente encontraron agua. Hoy se llama "Puquio de Socos". Mientras bebían el viajero construyó una cruz con el palo de una planta llamada huarango y fue colocada en una ruma de piedras, llamándose a ese lugar "Cruz Verde".

Continuando el viaje subieron hasta una pequeña meseta soportando los rayos solares, pero encontraron un árbol frondoso hoy conocido como "el Taro", donde descansaron para seguir caminando y así llegar al lugar donde los comisionados divisaron al viajero; al enterarse de esto él fabricó tres cruces para simbolizar a los protagonistas. El lugar se llama "tres Cruces" y en él se desarrolla un arbusto llamado "Cruzcasha", cuyas ramas tienen la forma de una cruz.

Se acercaba la noche, los comisionados pensaron en pernoctar en el portachuelo de Puruchuco; pero entonces se presenta una joven para manifestarse que el camino no ofrecía peligro. Posteriormente se ha colocado una cruz en dicho lugar hoy llamado "Cruz grande".

En el pueblo el viajero fue alojado en una pequeña choza. Nadie supo el nombre del "maestro" y éste manifestó que "trabajaría solo y sus alimentos los colocaran en la ventana anunciando que terminaría sus labores el mes de las flores".

El día 3 de mayo los vecinos notaron que nadie trabajaba en la choza y el caballo que pasteaba cerca del pueblo (la Pila) había desaparecido. Alarmados y temiendo un engaño rompen la puerta de la choza, encontrándose con un hermoso crucifijo, mientras que los alimentos no habían sido tocados.

Temerosos de poder pagar dicho trabajo acordaron venderlo a los pobladores de Ama; pero al llegar a "Pishcacoto" se desata una terrible tempestad con truenos, rayos, granizo que obligó a regresar el crucifijo, siendo colocado en la Capilla Plaza Vieja Grande fue su sorpresa cuando comprobaron que la imagen amaneció en la choza.

Enterados en la Ciudad de los Reyes, el Virrey, el Arzobispo y el cabildo de tales hechos, mandaron una comisión para verificar y ésta acordó trasladar la Efigie a Lima. El crucifijo fue sacado pero al igual que "Pampacruz" nuevamente se desató otra tempestad que obligó a regresar la imagen. Sólo así vino la cama, comprobándose que el Mártir del Gólgota había querido conceder el privilegio de permanecer en Huamantanga para que se le rinda culto en el mes de mayo.

En el lugar donde estuvo la choza, se levantó un templo que se quemó en 1870, siendo reedificado posteriormente.

Visitar el Santuario de Huamantanga es como visitar la iglesia de San Pedro en Roma.


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Tomado de:

http://huamantanga.es.tl/Historia.htm

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Curso de Bioética desde este martes 14 en la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima - Curso 2010

¡Inscríbete y participa!

Av. Armendáriz 350 Miraflores. Lima, Perú.
A dos cuadras de Larcomar.

Teléfono 446-3119.



Temas de Bioética

La bioética es una disciplina que se ocupa de los dilemas éticos de la práctica médica y los aspectos sociales de la salud.
En este curso veremos los siguientes temas: La epidemia del SIDA, la ética de los precios de los medicamentos, el aborto y la fecundación humana asistida.
Se intentará mostrar tanto la perspectiva bioética secular como la reflexión bioética católica.

Fechas: Todos los martes desde el 14 de septiembre al 05 de octubre del 2010.
Horario: De 7:00 p.m. a 9:00 p.m.
Lugar: Salón Parroquial.
Inscripción: Gratuita.
Expositor: P. Edwin Vásquez Ghersi S.J.


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Fuentes: Web de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima.
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Homilía: Domingo 24º T.O. (C), 12 de Septiembre 2010

Lecturas: Ex 32,7-11.13-14; S. 50; 2Ti 1,12-17; Lc 15,1-32


Cantaré eternamente
la misericordia del Señor


P. José R. Martínez Galdeano, S.J.



Maravilloso, especialmente precioso el evangelio de hoy. Habrán captado la calidad extraordinaria de Jesús como orador y la de Lucas como estilista literario. Ambos se emplean a fondo en este tema de la misericordia de Dios con todo pecador arrepentido. Lucas es discípulo de Pablo, cuya carta más importante teológicamente es la carta a los Romanos. Está dedicada a la verdad central de su mensaje: que todos los hombres, gentiles y judíos, pecaron y que “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. Sólo los que crean en Él se salvan; porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ro 5,20).


Es verdad, si de algo habla la Escritura es de la misericordia de Dios. Sobre esto punto la palabra de Dios se expresa con una audacia que ningún teólogo ha tenido. El sentido de justicia natural acaba llevándonos a todos a actitudes fariseas, duras, condenatorias, cerradas al perdón, más próximas al “ojo por ojo y diente por diente” que a los sentimientos de Dios por el pecador arrepentido.


Ante la perspectiva de castigar a Israel por sus idolatrías y crímenes horrendos, estallará así: “Mi corazón se me revuelve dentro y mis entrañas dentro se estremecen. No haré lo que mi cólera exige con ardor; no volveré a destruir a Israel; porque soy Dios, no hombre” (Os 11,8-9).


La forma de ser de Dios ante el pecador arrepentido se desvela en la máxima gracia que un hombre recibiera en el Antiguo Testamento. Pasó Dios delante de Moisés, que no pudo ver sino su espalda, mientras escuchaba una voz que le decía que el Señor es lento para airarse y grande en perdonar (Ex 34,6s). En el Nuevo Testamento Jesús, el “resplandor de la gloria del Padre”, habiendo venido al mundo para salvarnos a los hombres (Mt 1,21; Hb 1,3), con las manos cosidas en la cruz por nuestros pecados, nos hace más patente aún esa misericordia, pidiendo al Padre el perdón para todos sus hermanos, cuya condena quedaba cosida en la cruz; porque murió por nuestros pecados y donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Ga 1,4;2,20; Ro 5,20).


Vivamos más y más de la misericordia de Dios. La misa de cada domingo, la confesión, la oración han de ser encuentro con este Dios de la Misericordia. Las últimas revelaciones privadas, aprobadas por la Iglesia como legítimas, insisten en recordarnos a los creyentes la verdad de ese amor y misericordia con los pecadores. Que también nosotros podamos decir lo del apóstol San Juan: “Hemos creído en el amor” (1Jn 4,16). Que lo notemos nosotros, que lo noten los demás.


Naturalmente que el recurso a la misericordia de Dios no ha de ser para no hacer nada; como si un náufrago se creyera salvado con la tabla que le arrojan, pero no se molesta ni en agarrarla. Así no se salvaría nadie. El amor de Dios ha de cambiar nuestro corazón: “De todas sus manchas los purificaré y les daré un corazón nuevo” (Ez 36,25-26). La cercanía de Dios, como cuando San Pedro levantó la red llena de peces (Lc 5,8), activa la conciencia de indignidad, y suscita la actitud humilde de la fe, que sabe bien que en toda obra buena dependemos de la gracia misericordiosa de Dios. Porque “Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia” (St 4,6).


Vivir la misericordia de Dios es también perdonar a nuestros deudores, porque vivimos también aquello de que, “si no perdonamos a los hombres sus ofensas, tampoco a nosotros nos perdonará Dios” (Mt 6,14).


Vivir de la misericordia de Dios es, por fin, levantarse como Pedro tras sus negaciones (Lc 22,62), porque siete veces al día cae el justo (Pr 24,16) y también otras tres veces nos preguntará como a Pedro si le amamos (Jn 21,15-17).


Así estaremos siempre con el Padre y todo lo suyo será nuestro.





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La misericordia de Dios

P. Adolfo Franco, S.J.

Reflexión del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario.

Lucas 15, 1-32



El Evangelista San Lucas agrupa en estos versículos tres parábolas sobre la misericordia. Quiere dejar bien establecido que Jesús ha venido a salvar, que su deseo es tener una fiesta por la salvación de sus hijos. Sobre todo quiere poner al descubierto el corazón tierno y amoroso de Dios. Estas tres parábolas tienen detalles hermosos, que pretenden subrayar la voluntad de misericordia, el deseo incontenible que tiene Dios de salvarnos. El pastor carga sobre sus hombros la oveja perdida, no la empuja golpeándola con la punta de su cayado. La mujer que enciende la lámpara, y que se afana incansablemente en buscar la moneda perdida, y que explota de alegría cuando termina su búsqueda. ¿Será verdad, Dios mío, que explotas de alegría cuando nos encuentras? ¿Será verdad que encendiste todas las luces para buscarnos? ¿Mi Dios, tú nos cargas sobre tus hombros? Señor, hazme entender que por mí haces fiesta.

Pero la que más se ha destacado siempre de las tres parábolas es la del hijo pródigo, y con razón, por la transparencia del amor, por la fuerza del dramatismo, y por la emoción dolida que surge en un padre que ve alejarse al hijo, y de un hijo que llega al extremo del fracaso.

Lo primero que el Señor quiere inculcarnos es que alejarse de la casa del padre es caminar al fracaso. Una afirmación contundente, pero que es esencial: alejarse de Dios es arruinar la vida. La dignidad del hombre, sólo se salvaguarda en la casa del Padre. La felicidad que se pretende obtener lejos de Dios, termina siendo amargura y fracaso. El ser humano se realiza al calor de Dios, y se destruye cuando uno camina lejos de Dios. Con frecuencia se tiene (inconscientemente) la idea de que Dios hace la vida aburrida, y que para buscar la felicidad hay que liberarse de cada uno de los diez mandamientos. Se piensa que la felicidad se puede obtener cuando se borran de nuestro pensamiento las ideas religiosas. Se piensa que las orientaciones y las prácticas religiosas hacen la vida reprimida. Y que en la aventura del placer, en que uno rompe todos los esquemas de los “niños buenos”, es donde se encuentra la chispa de la vida, lo emocionante.

Y por eso la parábola nos presenta al hijo, cuando ya ha gastado todo; despierta de su sueño de felicidad equivocada; y se ve rodeado de animales inmundos, sucio, con hambre y sin dignidad. Pelea por quitarle su comida a los animales. Ese es el despertar del que ha equivocado el camino.

La segunda gran enseñanza que nos la da la parábola, es que Dios es Padre. Esto lo hemos dicho tantas veces todos, que parecen tópicos vacíos de significación; palabras que no se sienten y que se repitan por rutina. Decimos que Dios es nuestro Padre, y no nos llenamos de emoción. ¿Es verdad que Dios nos trae a la vida, y se llena de ternura con nosotros, y nos echa de menos cuando nos alejamos? ¿Es verdad que suspira por encontrarnos, que todos los días sale al camino para ver si en el horizonte al fin me ve a mí acercarme a su casa? ¿Es verdad que me llena de besos, que me pone su anillo, que me viste, y que prepara para mí un banquete? ¿Será verdad? ¿Será verdad que le gusta que le diga el Padre Nuestro? ¿Será verdad que mira a ver si este domingo he ido a verlo, a estar con El a solas, al menos un rato? ¿Es vedad que me amas así, Dios querido?

Otra enseñanza es que Dios vive impreso en nuestro corazón, su huella es imborrable (una chispa de su vida nos hizo vivir) y que no descansamos hasta que nos volvamos a El de todo corazón. San Agustín decía: “nos hiciste, Señor, para Ti; e inquieto está nuestro corazón hasta que no descanse en Ti”. Esto es lo que siente el hijo pródigo: una irresistible añoranza de Dios, de su Padre. Cuando ha pasado el torbellino de las aventuras que lo han tenido aturdido, cuando se ha disipado la niebla del placer, se siente sólo, tristemente sólo, necesitando el abrazo de su padre, su voz tranquilizadora. Cuando se sienta a pensar, en esa pocilga que es la descripción de su propia suciedad, siente una honda necesidad de llamar por su nombre a su Padre. Y este fuego interior lo va preparando para verse de nuevo con su Padre ¿cómo imaginaría este muchacho que sería ese encuentro? ¿Cómo soñaría con su padre, la última noche en la pocilga?.

Dice San Agustín, ese hijo pródigo, salvado por las lágrimas de su madre: “Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo”.+


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.


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Matrimonios: Una sola Vid, una sola Iglesia, 1º Parte


P. Vicente Gallo, S.J.


1. Un solo Cuerpo de Cristo



En el Evangelio de Juan, es el mismo Jesús quien se aplica aquello de la vid que decía Dios en Isaías. En aquella noche de la Cena, consciente Jesús de que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre (Jn 13, 1), dice así a quienes dejaba en lugar de él: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el dueño de la viña. Todo sarmiento que halla en mí y no dé fruto, lo corta, y al que dé fruto lo poda para que dé más fruto. Permaneced en mí como yo en vosotros. Pues lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, y vosotros sois los sarmientos”. Y prosigue con más aclaración de este símil (Jn 15, 1-15).

Pio XII, ya en 1946, dijo: “Los laicos principalmente, por medio de los cuáles la Iglesia es principio vital de la sociedad humana, deben tener conciencia cada vez más clara no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia. Ellos son la Iglesia” (AAS 1946, 38, 149) Por el Bautismo nos hacemos Cuerpo de Cristo (Rm 6, 3): nos entregamos a ser del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y Dios nos hace suyos igual que es suya la humanidad de Jesucristo, siendo un solo Cuerpo del que nosotros somos sus miembros (1Co 12, 27).

Al incorporarnos a Cristo, recibimos su mismo Espíritu (Ef 4, 4), nos hacemos partícipes de su Vida nueva de resucitado (Rm 6, 4-5); “nacemos de nuevo” (Jn 3, 5), nos hacemos “nueva creatura” (Ga 6, 15). Pero deberá ser para vivir como “hombres nuevos” (Rm 6, 6-11), siendo santos como es santo Jesucristo, sin pecado ya, como Cristo, “hijos de Dios” de veras en el Hijo (1Jn 3, 1), herederos con El, para resucitar con El y ser juntamente con El glorificados (Rm 8, 17). “No reine ya el pecado en nuestro cuerpo de muerte, ni hagamos ya de nuestros miembros armas de la injusticia al servicio del pecado; sino, haciéndonos de Dios, como muertos venidos a la vida, y nuestros miembros como armas de justicia al servicio de Dios, de manera que el pecado ya no domine en nosotros” (Rm 6, 12-14).

Comúnmente se afirma que “todos somos hijos de Dios”, lo cuál solamente es verdad en el sentido de que todos están destinados a ser hijos de Dios. Pero “Hijo de Dios” lo es solamente Jesucristo, como lo proclamamos en el Credo: “Creo en Jesucristo su único Hijo”. Los bautizados “somos hijos de Dios” por habernos incorporado a El por la fe y el bautismo. Y todas las creaturas gimen como con dolores de parto esperando la aparición de los hijos de Dios, para servirles a ellos y dejar de servir con esclavitud al pecado (Rm 8, 19-24) en nosotros los pecadores, pues todos hemos pecado (1Jn 1, 8).

Entendemos, como consecuencia, que, si somos en Jesucristo hijos de Dios, nuestro vivir de creyentes en El deberá ser vivir “como hijos de Dios”, igual que Jesucristo (Rm 6, 11-14), y siendo “hermanos unos de otros” como Jesucristo se ha hecho nuestro hermano (Hb 2, 11). Con Jesucristo somos verdadera “Familia de Dios”. Nuestro apostolado deberá pretender ir haciendo del mundo entero esa Familia de Dios, en la que nos amemos como hermanos igual que Cristo nos ama a todos, y el Padre nos ame como a hijos igual que a El. “Amarnos como hermanos” los creyentes en Cristo deberá ser, a la vez, nuestro principal testimonio para que todos crean y se salven (Hch 2, 46-47).

“Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo” (1Co 12, 13). “Todos formamos un solo Cuerpo en Cristo” (Rm 12, 5). “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, miembros de ese Cuerpo cada uno en particular” (1Co 12, 27). De manera que como nuestros miembros hacen un solo cuerpo porque están vivificados por un mismo espíritu, así en la Iglesia hemos de hacer “un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a la que hemos sido llamados”(Ef 4, 4), porque, en la esperanza estamos ya salvados y tenemos como herencia el vivir de Dios en Jesucristo (Rm 8, 23-25).

Un solo Cuerpo, una sola Viña del Señor con una sola Vid que es Cristo, un solo Templo santo para Dios; pues los bautizados, “como piedras vivas, entramos en la construcción de un templo espiritual para formar un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios por medio de Jesucristo” (1P 2, 5), siendo la oblación nuestros propios cuerpos (Rm 12, 1). Los sufrimientos presentes no son comparables con la gloria que se manifestará en nosotros como en Cristo, resucitado de su muerte en cruz (Rm 8, 18).

Seamos, pues, de plata, de oro, de piedras preciosas, no de heno o madera vieja (1Co 3, 11-17), para ser digno Santuario de Dios vivo (2Co 6, 16) “edificados sobre el cimiento de los Apóstoles y los que anunciaron fielmente el mensaje de Cristo, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda la edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también nosotros estamos siendo juntamente edificados hasta ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2, 20-22).


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Agradecemos al P. Vicente Gallo, S.J. por su colaboración.


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El martirio

AUDIENCIA GENERAL
DE S.S. BENEDICTO XVI

Palacio Apostólico de Castelgandolfo
Miércoles 11 de agosto de 2010


[Vídeo]


Queridos hermanos y hermanas:


Hoy en la liturgia recordamos a santa Clara de Asís, fundadora de las clarisas, luminosa figura de la cual hablaré en una de las próximas catequesis. Pero esta semana —como ya anticipé en el Ángelus del domingo pasado— recordamos también a algunos santos mártires de los primeros siglos de la Iglesia, como san Lorenzo, diácono; san Ponciano, Papa; y san Hipólito, sacerdote; y a santos mártires de un tiempo más cercano a nosotros, como santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, patrona de Europa; y san Maximiliano María Kolbe. Quiero ahora detenerme brevemente a hablar sobre el martirio, forma de amor total a Dios.


¿En qué se funda el martirio? La respuesta es sencilla: en la muerte de Jesús, en su sacrificio supremo de amor, consumado en la cruz a fin de que pudiéramos tener la vida (cf. Jn 10, 10). Cristo es el siervo que sufre, de quien habla el profeta Isaías (cf. Is 52, 13-15), que se entregó a sí mismo como rescate por muchos (cf. Mt 20, 28). Él exhorta a sus discípulos, a cada uno de nosotros, a tomar cada día nuestra cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: «El que no toma su cruz y me sigue —nos dice— no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 38-39). Es la lógica del grano de trigo que muere para germinar y dar vida (cf. Jn 12, 24). Jesús mismo «es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en tierra, que se deja partir, romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo» (Benedicto XVI, Visita a la Iglesia luterana de Roma, 14 de marzo de 2010; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de marzo de 2010, p. 8). El mártir sigue al Señor hasta las últimas consecuencias, aceptando libremente morir por la salvación del mundo, en una prueba suprema de fe y de amor (cf. Lumen gentium, 42).


Una vez más, ¿de dónde nace la fuerza para afrontar el martirio? De la profunda e íntima unión con Cristo, porque el martirio y la vocación al martirio no son el resultado de un esfuerzo humano, sino la respuesta a una iniciativa y a una llamada de Dios; son un don de su gracia, que nos hace capaces de dar la propia vida por amor a Cristo y a la Iglesia, y así al mundo. Si leemos la vida de los mártires quedamos sorprendidos por la serenidad y la valentía a la hora de afrontar el sufrimiento y la muerte: el poder de Dios se manifiesta plenamente en la debilidad, en la pobreza de quien se encomienda a él y sólo en él pone su esperanza (cf. 2 Co 12, 9). Pero es importante subrayar que la gracia de Dios no suprime o sofoca la libertad de quien afronta el martirio, sino, al contrario, la enriquece y la exalta: el mártir es una persona sumamente libre, libre respecto del poder, del mundo: una persona libre, que en un único acto definitivo entrega toda su vida a Dios, y en un acto supremo de fe, de esperanza y de caridad se abandona en las manos de su Creador y Redentor; sacrifica su vida para ser asociado de modo total al sacrificio de Cristo en la cruz. En una palabra, el martirio es un gran acto de amor en respuesta al inmenso amor de Dios.


Queridos hermanos y hermanas, como dije el miércoles pasado, probablemente nosotros no estamos llamados al martirio, pero ninguno de nosotros queda excluido de la llamada divina a la santidad, a vivir en medida alta la existencia cristiana, y esto conlleva tomar sobre sí la cruz cada día. Todos, sobre todo en nuestro tiempo, en el que parece que prevalecen el egoísmo y el individualismo, debemos asumir como primer y fundamental compromiso crecer día a día en un amor mayor a Dios y a los hermanos para transformar nuestra vida y transformar así también nuestro mundo. Por intercesión de los santos y de los mártires pidamos al Señor que inflame nuestro corazón para ser capaces de amar como él nos ha amado a cada uno de nosotros.




Saludos


Saludo a los peregrinos de lengua española. En particular a los grupos de fieles venidos de España, México y otros Países Latinoamericanos. Queridos hermanos: Dios nos llama a todos a la santidad. Nos llama a seguir más de cerca de Cristo, esforzándonos en transformar este mundo con la fuerza del amor a Dios y a los hermanos. Fijándonos en el ejemplo de los santos y los mártires, pidamos al Señor que inflame nuestros corazones, para que seamos capaces de amar como Él nos ha amado. Que Dios os bendiga.



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Tomado de:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20100811_sp.html



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Beato Francisco Gárate, S.J.

Memoria litúrgica: 10 de Septiembre


Francisco Gárate Aranguren nació el 3 de septiembre de 1857 en Azpeitia (Guipúzcoa), España, en un caserío muy cercano, a sólo 105 metros, de la Casa torre de Loyola. Fue el segundo de una familia de siete hermanos. De los 4 varones, tres fueron jesuitas.

A la edad de 14 años dejó su casa para emplearse en trabajos domésticos en el recién abierto Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, en Orduña, Vizcaya. En 1874 hizo discernimiento vocacional con los jesuitas y decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Él y otros dos muchachos hicieron el viaje a pie hasta Poyanne, en el sur de Francia, donde estaba el Noviciado de los jesuitas españoles después de la Revolución de 1868. El país vasco era entonces escenario de la Tercera Guerra carlista.

El final de su noviciado coincidió con la pacificación de España y el retorno paulatino de los jesuitas españoles. Su primer trabajo fue el de Enfermero en el Colegio de la Guardia (Pontevedra) en la costa atlántica y muy cercano a la frontera portuguesa. Allí estuvo 10 años y los estudiantes recordaron siempre su paciencia, entrega y caridad para todos y en especial para los enfermos.

En 1888 fue destinado a Bilbao, a la portería de la Universidad de Deusto, donde va a permanecer 41 años, hasta su muerte.

Su trabajo era el de recepcionista, pues estuvo encargado de recibir a las personas que llegaban a la Universidad, como de todo lo relacionado con el edificio, aún en construcción, y de la planta telefónica instalada en 1916. Además ayudaba al sacristán y a cuidar el jardín y patios.

Durante todo ese largo período, hasta 1929, pasaron por Deusto muchos jesuitas y personajes notables, pero el más recordado, siempre, por los universitarios fue el Hermano Francisco. Él los saludaba cariñosamente todas las mañanas al legar a clases, los animaba, daba consejos y confortaba cuando parecía haber malos momentos. Incluso, ayudó a muchos a copiar apuntes de clases. A los pobres, que venían conocedores de su bondad, ayudó con alimentos y también con alguna ropa. Los estudiantes lo llamaban cariñosamente “Hermano Finuras”, por sus finos modales y delicadeza de alma.

La larga permanencia del Hermano Gárate en Deusto, para él, no fue algo que considerara extraordinario, ni mucho menos heroico. Él pensaba que cumplía con lo que el Señor le estaba pidiendo a través de la Compañía, Supo convertir esos años, de servicio y oración, como su patrono San Alonso Rodríguez, en un camino de santidad.

Se enfermó el 8 de septiembre de 1929 y murió al día siguiente, sin dar molestias a nadie.

Su fama de santidad siempre había sido grande, aún en vida; pero creció extraordinariamente después de su muerte.

Su causa se introdujo en 1950 y fue beatificado por Juan Pablo II el 6 de octubre de 1985. Sus restos descansan en la “Capilla del Hermano Gárate” en la Universidad de Deusto.

Su memoria litúrgica se celebra el día siguiente, 10 de septiembre.

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Tomado de: http://www.cpalsj.org/

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Es Palabra de Dios


P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.


Son libros inspirados por Dios


Todos los libros que componen la Biblia, a pesar de ser muy diferentes son considerados por los cristianos como “inspirados “ por ese Dios verdadero que se revela en Jesús de Nazaret. El Dios que se manifiesta en la persona de Jesús, es un Dios cercano, que quiere nuestro bien, que nos quiere junto a sí para que en él alcancemos una felicidad que colme nuestros deseos de inmortalidad y bienestar. Es un Dios inter-personal.

El Dios del Nuevo Testamento es el Dios que necesitamos y deseamos para lograr nuestra plenitud incluso humana. El Dios del Antiguo Testamento se nos presenta como el Dios compasivo que ama a su pueblo que a tientas lo busca. Y así, de forma paciente y pedagógica (ajustada a las mentes rudas y primitivas de aquellos tiempos) nos va llevando hacia el descubrimiento en Jesús, del Dios como “buena noticia” (evangelio) para nosotros, pues él es como nuestro padre que nos quiere junto a sí más allá del tiempo, transfigurando nuestras vidas a ratos ya desde ahora. Siglos antes de Jesús, por tanto, el Antiguo Testamento es un claro testimonio del Dios, creador y señor, manifestado en la historia de su pueblo. Se trata, repito, de una historia de salvación, de liberación más allá de nuestras expectativas. Esa historia, en Jesús, se hace también nuestra y mucho más confiada y liberadora. Jesús no vino a condenar sino a salvar. (Jn 3,17)

Esta inspiración divina creciente alienta en todos los libros de la Biblia. Es una inspiración que proviene del espíritu de un Dios a favor de los hombres de buena voluntad, especialmente limitados y débiles. Los libros de la biblia son libros inspirados porque tratan de transmitirnos, a veces sin que sus autores piensen en ello, la comunicación de ese espíritu de Dios no hecho por hombre, y es que es fuente de amor divino, y que nunca alcanzaríamos a descubrir en su verdad, si no fuera por la percepción en nosotros de ése su mismo espíritu que se nos concede de forma gratuita. "La revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia”. (DV n.11)


¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!
(Mt 11,15)

¡ES PALABRA DE DIOS!: En la liturgia, particularmente en la Eucaristía, después de leer un trozo de la Sagrada Escritura, se termina con esta exclamación. ¿Cuál es su significado?

Primero, ello supone que el creyente escucha. ¡Quien tenga oídos que oiga! (Mt 11,15) Se da un grado de atención y búsqueda. Segundo, que el Espíritu pueda dejarse oír en la entrañas de la persona (“inspira”). Tercero, lo que dice el texto recoge algo del Dios verdadero, algo que está escrito para iluminar nuestro camino hacia él. Cuarto, se nos ofrece el texto por medio de la comunidad eclesial que guarda estos escritos como un tesoro. Y Quinto, el que su palabra ésta viva y llega a resonar en nosotros de forma existencial. Nuestro ser vibra entonces es su sintonía. A veces se llega a experimentar la fe.


Jesucristo es el centro

Para cualquier buen cristiano creyente, Jesucristo es el centro de su fe, es la revelación de Dios verdadero y en él pone toda su confianza. El es, por tanto, la clave de una interpretación coherente de los textos inspirados de la Biblia. En el Nuevo Testamento, la persona de Jesucristo, su luz y su fuerza que dan vida, es el que sobresale de una manera clara e insistente. Su espíritu, que alienta en sus libros se hace presente y actual porque su espíritu nunca muere.

La lectura, contemplación e interpretación del Antiguo Testamento ha de ser realizada, por tanto, desde la plenitud global del Testamento Nuevo, como un camino pedagógico, como un progreso espiritual junto al Señor que conduce a su gente, a pesar de los pesares, hacia “la plenitud de los tiempos”, hacia el tiempo oportuno de salvación que acontece con la presencia en este mundo de un Jesús de Nazaret, nuestro Salvador y Señor. Todo puede ya ser así transfigurado hacia una vida nueva.


LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS: Es una referencia a la venida del enviado Jesús a este mundo. Conforme al designio de Dios ya era entonces un tiempo apropiado para recibir a ese Dios que se nos manifiesta en Jesús. La visión del tiempo oportuno desde la eternidad pertenece al Dios creador. A la pregunta: “¿No será éste el tiempo en que has de restituir el reino de Israel? Respondió Jesús: No os toca a vosotros saber los tiempos y los momentos que el Padre señaló con su poder. Eso sí, recibiréis la fortaleza del Espíritu que descenderá sobre vosotros”. (Hch 1,6-8) En esta historia de la salvación liberadora, la plenitud de los tiempos coincide con los que precedieron a la ruina del Templo, a la destrucción de la ciudad de Jerusalén, y a la dispersión del pueblo judío. “El plazo se ha cumplido. El reino de Dios está llegando” (Mc 1,15).


¿Qué significa “testamento”?

Es una palabra que deriva del latín y no sólo significa el acto jurídico por el que una persona dispones de sus bienes para el momento de su muerte, sino que también puede tener el sentido de la palabra hebrea “berit”, como pacto de alianza entre Dios y su pueblo “elegido” desde su gestación, pues su iniciador da fe a una promesa.

A las relaciones entre Dios y los hombres que como pueblo confían en él, se las designa en la Biblia como la “alianza”. Es un término y concepto que se toma de la vida política de entonces. La Alianza queda sellada mediante un sacrificio sagrado y también mediante un banquete.

El guión más nuclear del Antiguo Testamento es la Alianza que el Señor Dios y no un ídolo, concluyó con Israel en el Sinaí. Moisés representaba a Israel. La firma de la Alianza fue rubricada con una comida sagrada de unos setenta ancianos de Israel ante la montaña venerada, como símbolo de la presencia del Dios verdadero.

Esta ancestral Alianza de este pueblo de Israel va a ser como una señal de la Nueva. Esta ya es una Alianza entre ese mismo Dios y los hombres por medio de Jesucristo; éste representa a toda la humanidad al tiempo que ofrece por ella como comunicación de luz y de vida. Esta es una Alianza perfecta porque en Jesús están vinculados no sólo los hombres, sino de una forma muy especial Dios mismo, pues él es sobretodo el Hijo del Dios vivo. Y en su persona y en su vida aceptada en fidelidad hasta el fin se refleja el amor que Dios nos tiene que salta hasta la vida junto a él, desbordando así la realidad humana de un pueblo en la tierra. Y el signo actual y real de esta Alianza es la eucaristía para quienes creen en él.

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Agradecemos al P. Fernando Martínez Galdeano, S.J. por su colaboración.

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Homilía: Domingo 23º T.O. (C), 05 de Septiembre



Lecturas: Sb 9,13-18; S 89; Flm 9-10.12-17; Lc 14,25-33

Seguir a Cristo es cargar la cruz


P. José R. Martínez Galdeano, S.J.




Quisiera empezar precisando la traducción de la primera frase de Jesús de este evangelio: “Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, etc., no puede ser discípulo mío”. El original griego de Lucas dice al pie de la letra: “no odia”. Y “no odia” es la traducción de la Biblia de Jerusalén y de la Biblioteca de Autores Cristianos española. Ciertamente otros autores coinciden con la traducción litúrgica. El texto es un hebraísmo. El hebreo no tiene comparativos. Para decir que algo le gusta más o menos lo expresa con los términos de gustar y disgustar. Igualmente, para decir que ama más o menos, dice amar y odiar. La traducción, pues, “no me ama más que” es más exacta en cuanto al significado de las palabras hebreas de Jesús, que Lucas traduce al griego. Lucas, traduciendo al pie de la letra, dice “no odia”, aunque su significado sería “no me ama más”. Pero ¿por qué Lucas ha traducido literalmente “no odia”?. Porque en los evangelios, aun en el mismo Lucas, es la única vez que aparece el término “odiar” usado para expresar la idea de “no amar más que”. Además Lucas suele evitar términos que al lector le pueden provocar rechazo por serle demasiado duros. De aquí se deduce, creo, que en esta ocasión el término proviene del mismo Jesús y que Lucas ha querido conservar las palabras mismas de Jesús con la mayor exactitud posible, para no perder su fuerza de expresión.


Los exegetas notan en San Lucas un especial énfasis cuando, hablando del seguimiento de Cristo, expresa la exigencia de cargar con la cruz y de renunciar a todo, cuando fuere necesario. Lucas es amigo, discípulo y compañero de Pablo. La asunción de la cruz, tan relevante en los escritos y mentalidad de Pablo, está también en el centro de las preocupaciones de Lucas. Pablo escribe a los Corintios que el centro de su obra es “predicar a Cristo crucificado” (1Cor 2,2) y que no se gloría “sino en la cruz de Cristo” (Ga l6, 14).


El evangelio expresa esta exigencia repetidas veces: “Si alguno viene a mí… y no me ama más que a su padre… e incluso a sí mismo”. “Ir a Cristo” es más que tratar de cumplir con unas normas. Es entregar la vida a una persona, que está viva, a quien se ama más que a nadie y se consagra la entera existencia.


“Quien no lleve su cruz detrás de mí”. Ir con Cristo exige llevar como Él una cruz; cada uno tiene que llevar su propia cruz. Lucas emplea aquí la palabra griega que Juan aplica a Jesús camino del Calvario. El subrayado “detrás de mí” lo vuelve a emplear (y es el único que lo hace) en la pasión. Lucas piensa en un seguimiento de Cristo muy cercano, no en una metáfora lejana. Cuando narra la primera vez que Jesús profetizó su muerte, Lucas escribe que Jesús “decía a todos: Si alguien quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo y agarre su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá y el que la pierda por mí la salvará (9,23-24).


La fórmula se repite otras muchas veces a la letra (Mt 10,38; Mc 8,34; 10,21; Lc 9,23) o con otras palabras. Es el grano de trigo que ha de morir (Jn 12,24), es la vida que hay que estar dispuesto a dar en el seguimiento de Cristo (Mt 16,25). Es un riesgo que hay que tomar en serio.


Y Jesús pone dos ejemplos reafirmando la seriedad de su exigencia: la construcción de una torre y el problema de una guerra. Si se carecen de los medios necesarios para concluir un edificio o triunfar en una guerra, más vale no empezar. Esa solución, por penosa que sea, es mejor que el ridículo del fracasado o la ruina total del vencido. En conclusión: piénsenlo en serio, vean si serán capaces de arriesgar la vida por el Evangelio, de cargar la cruz por Cristo, de asumir sacrificios continuos por realizar en su vida los consejos de Cristo incluso hasta la muerte.


Cierto que no es fácil. Cierto que es una fe y una gracia que viene del Espíritu Santo. Pero todos los santos, toda la tradición cristiana lo sabe. «Los que ahora oyen y siguen de buena voluntad la palabra de la cruz –escribe Tomás de Kempis– no temerán en el juicio final oír la palabra de eterna condenación. “Esta señal de la cruz estará en el cielo cuando el Señor venga a juzgar” (Mt 24,30). Entonces todos los siervos de la cruz, que se conformaron en la vida con el Crucificado, se llegarán a Cristo juez con gran confianza. Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella. Y no hay otra vía para la vida y la verdadera entrañable paz sino la vía de la santa cruz y continua mortificación. Ve donde quieres, busca lo que quisieres, y no hallarás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz» (La Imitación de Cristo 2,12).
También el Catecismo lo recuerda: “El camino de la perfección –la santidad– pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual” (C.I.C. 2015).


Escribe así Santa Rosa de Lima narrando una de sus experiencias místicas: «El divino Salvador con inmensa majestad dijo: Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia. Guárdense los hombres de pecar y equivocarse; ésta es la única escala del paraíso y sin la cruz no se encuentra el camino de subir al cielo.»


Empecemos por pedirlo. Dios nos dará el Espíritu de Jesús si insistentemente lo pedimos (Lc. 11,13). Amar el sufrimiento no es natural. Sólo por la gracia de Dios se nos concederá. La Virgen María nos llevará al pie de la cruz como a Juan el discípulo, como a María Magdalena la pecadora convertida.


Empecemos por aceptar con resignación las cruces que no podemos evitar: Enfermedades, molestias, limitaciones económicas, malos tratos, fracasos personales, consecuencias de pecados y defectos... No quejarnos nunca. Recordemos el valor positivo de la cruz, como imitación de Cristo, como aporte y complemento de los sufrimientos de Cristo para la salvación del mundo. Haciendo esto, haremos nuestras cruces mucho más soportables y hasta sufriremos menos.


Afrontemos los sufrimientos necesarios para el buen cumplimiento de nuestras obligaciones en la familia, en el colegio, universidad o trabajo. La vida normal será así un gran medio para la virtud y la propia santificación, y adquirirá sentido.


Padres, educadores, catequistas, una buena educación cristiana incluye todas estas cosas. Los valores que el mundo y el ambiente de hoy inoculan, no llevan a ninguna parte. Aprendamos y enseñemos a vivir deportivamente, a estar en lucha y a vencer en ella con la ayuda del Señor.



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A los dos años de singladura - 1º de Septiembre 2008 - 2010

Con la gracia de Dios, este 1º de septiembre cumplimos 2 años de trabajo en este servicio apostólico. Agradecemos a ustedes por acompañarnos y compartimos las palabras de nuestro Director en ocasión de esta significativa fecha.