La Vid y los sarmientos



P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA
DOMINGO V

Jn. 15, 1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.
Él corta todo sarmiento que en mí no da fruto, y limpia todo el que da fruto, para que dé más fruto.
Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho.
Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros podréis si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
Si alguno no permanece en mí, es cortado y se seca, lo mismo que los sarmientos; luego los recogen
y los echan al fuego para que ardan.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.
La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Palabra del Señor.



Jesús habla de su relación con nosotros con una parábola hermosa: La de la Vid y los sarmientos. El es la vid y nosotros las ramas. Y nos afirma que las ramas que no están unidas a la vid, se secan y no producen fruto, simplemente son ramas inútiles, que solo sirven como leña para el fuego.

Lo que está encerrado en estas afirmaciones es muy serio: Jesús es el centro de la vida, y si nos separamos de El, el flujo de la vida no nos llega. Esto lo ha dicho de muchas formas y en diversos momentos: por ejemplo cuando nos dice que El es el pan de la vida, y que si no nos alimentamos de El no tenemos vida. Y en el comienzo del Evangelio de San Juan se dice: por El fue hecho todo lo que existe. Y San Pablo, en forma similar, dice: todo fue creado por El y para El.

Se trata de un asunto esencial: algo que toca a la esencia del ser. Sin Cristo estamos privados de las conexiones vitales, que nos hacen vivir. No es sólo un asunto religioso, sino más hondo, no se trata solo del comportamiento moral, sino de la esencia misma del ser. Esa es la afirmación de Jesús: El está en el centro de toda vida, y toda vida se alimenta en la medida en que mantiene nexos vitales con El.

¿Cómo haremos para mantener esta unidad con El? Hay muchas cosas que podemos hacer, para mantener y reforzar esta unión. Pero también hay que afirmar que aquí se trata de la ayuda de Dios, imprescindible para toda obra buena. Esa ayuda de Dios la podemos suponer, porque Dios siempre está dispuesto: El quiere que todos los hombres se salven; por tanto lo que queda es ver cuál es nuestra parte en este trabajo de estar unidos con Jesús.

Primero hay que evitar todo corte de los vasos vitales por los cuales nos llega su aliento de vida: claro está que con el pecado se corta o se debilita esta unión vital con Cristo. Esta es una condición previa, para poder después progresar en la unión. Hay que subrayar de nuevo que se trata de unión substancial, y no simplemente concordancia moral con Cristo: cumplir lo que El dice. En esto nos va la vida, en estar unidos a la fuente de donde nace y se alimenta toda vida.

La unión se hace entonces por la gracia, ese flujo vital, por el cual la vida de Dios vive en nosotros. Y que se alimenta por los sacramentos y por la oración. Lamentablemente los sacramentos no producen en nosotros todos sus efectos, porque el rito se nos convierte a veces en una barrera, por nuestra falta de penetración en el misterio. El sacramento no es un “encuentro”, como debería ser. Se trata de una cita de verdad con Aquel que nos ama. Pero cuando se recibe, o se acude a El, sin fuerza, sin apertura de corazón, nuestro espíritu queda en la periferia de la fiesta, como un invitado que se queda sólo a la puerta. Es verdad que el Sacramento está rodeado de una especie de muralla, que es la forma ritual en que se celebra. Y hay que penetrar en esa muralla, para que se produzca el encuentro.

Aquí hay dificultades que se pueden ir eliminando poco a poco, con un poco de interés personal, y con mucha ayuda del Señor. El quiere que vayamos vislumbrando poco a poco el tesoro escondido, y que tengamos como meta, atravesar la cortina del tesoro. Dios entrará en nosotros para hacernos recibir  el milagro de su amor. Así se irá produciendo más y más el fruto de la unión, así nuestra ramita (nosotros) estaremos unidos a esa vid, que nos provee de frutos tan maravillosos, como la paz y el gozo de vivir en El.

Y de forma similar la oración debe intensificar esta unión con El. La oración en sí misma es estar unidos a Cristo, para que se produzca un flujo de El a nosotros y de nosotros a El. Esta oración viene siendo un proceso en que progresivamente vamos pasando de los círculos exteriores hasta el centro de la intimidad. Pero el que persevera en la oración poco a poco se irá adentrando, cada vez estará en una órbita más cercana al Centro, al Sol. Así la oración irá produciendo el fruto de la unión.

Esa es una tarea importante para nuestra vida, ya que El nos ha dicho que si no estamos unidos a su tronco, no tenemos vida, no tenemos fruto. Y ponerse en marcha hacia esa unión le da a la vida una plenitud insospechada. Marchar decididos a una unión tal que podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí.



...

Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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El Bautismo: La fuerza para vencer el mal





PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 25 de abril de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestra reflexión sobre el bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios. Es el Evangelio que ilumina a los candidatos y suscita la adhesión de fe: «el Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe» (Catecismo de la Iglesia católica, 1236). Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para vida eterna» (Juan 4, 14), «luz del mundo» (Juan 9, 5), «vida y resurrección» (Juan 11, 25), como enseña el itinerario recorrido, todavía hoy, por los catecúmenos ya cercanos a recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, de su enseñanza y de sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la mujer samaritana sedienta de agua viva, del ciego de nacimiento que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro.

El Evangelio lleva en sí la fuerza de transformar a quien lo acoge con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida. A la fuente bautismal no se va nunca solo, sino acompañados de la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los santos que preceden la oración de exorcismo y la unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a quienes se preparan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia les asiste en la lucha contra el mal, les acompaña en el camino del bien, les ayuda a escapar del poder del pecado para pasar en el reino de la gracia divina. La oración de la Iglesia. La Iglesia reza y reza por todos, ¡por todos nosotros! Nosotros Iglesia, rezamos por los demás. Es algo bonito rezar por los demás. Cuántas veces no necesitamos nada urgente y no rezamos. Nosotros debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás: «Señor, yo te pido por esas personas que tienen necesidad, porque aquellos que no tienen fe...». No os olvidéis: la oración de la Iglesia siempre está en marcha. Pero nosotros debemos entrar en esta oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por esos que necesitan de las oraciones. Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote (cf. ccc, 1237), o sea, por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. También para los niños se pide a Dios liberarles del pecado original y consagrarlos como casa del Espíritu Santo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Los niños. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es una forma de proteger a los niños con la oración. Como prueban los Evangelios, Jesús mismo combatió y expulsó los demonios para manifestar la llegada del reino de Dios (cf. Mateo 12, 28): su victoria sobre el poder del maligno deja libre espacio a la señoría de Dios que alegra y reconcilia con la vida.

El bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal», creyendo que «Dios ha mandado en el mundo a su Hijo para destruir el poder de satanás y transferir al hombre de las tinieblas en su reino de luz infinita» (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Sabemos por experiencia que la vida cristiana está siempre sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él, para recaer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el bautismo nos prepara, nos da fuerza para esta lucha cotidiana, también la lucha contra el diablo que —como dice san Pedro— como un león trata de devorarnos, de destruirnos.

Además de la oración, está después la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida» (Bendición de los óleos, premisas, n.3). Por la propiedad del óleo de penetrar en los tejidos del cuerpo dando beneficio, los antiguos luchadores solían rociarse de óleo para tonificar los músculos y para huir más fácilmente de ser tomado por el adversario. A la luz de este simbolismo, los cristianos de los primeros siglos han adoptado el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al bautismo con óleo bendecido por el obispo, para representar, mediante este «signo de salvación», que el poder de Cristo Salvador fortifica para luchar contra el mal y vencerlo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 105).


Es cansado combatir contra el mal, escapar de sus engaños, retomar fuerzas después de una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es una lucha. Pero debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el bautismo, no sucumban a las insidias del maligno sino que le venzan por el poder de la Pascua de Cristo. Fortificados por el Señor Resucitado, que ha derrotado al príncipe de este mundo (cf. Juan 12, 31), también nosotros podemos repetir con la fe de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4, 13). Todos nosotros podemos vencer, vencer todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va

Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol IV



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Continuación


1.6.7. Tercer viaje misionero (53 - 58) 

En Hech 18, 22-23, se nos narra el comienzo de tercer viaje misionero de Pablo: “Desembarcó en Cesarea, y después de subir a saludar a la iglesia, bajó a Antioquía. Después de pasar allí algún tiempo marcó a recorrer una tras otra las regiones de Galacia y Frigia para fortalecer a los discípulos”. Después de haber recorrido las regiones de Galacia y Frigia llego a Efeso. Aquí estuvo más de dos años. Encontró discípulos que conocían solo el bautismo de Juan el Bautista, Hech 19, 1-7. Tuvo grandes éxitos apostólicos, Hech 19, 8-20. "Resolvió, después de esto, ir a Jerusalén, atravesando Macedonia y Acaya, porque se decía: Desde allí iré a Roma. Enviando a Macedonia dos de sus auxiliares, Timoteo y Erasto, él se detuvo algún tiempo en Asia", Hech 19, 21-22.

La sedición movida por el platero Demetrio, fabricante de templos votivos en honor de la diosa Artemisa, eran reproducciones del templo de la misma, el Artemisón, le obligó a salir de Efeso, Hech 19, 23-40: “Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del Camino. Cierto platero, llamado Demetrio, que labraba en plata templetes de Artemisa y proporcionaba no pocas ganancias a los artífices, reunió a éstos y también a los obreros de este ramo y les dijo: “Compañeros, vosotros sabéis que a esta industria debemos el bienestar, pero estáis viendo y oyendo decir que no solamente en Efeso, sino en casi todo el Asia, ese Pablo ha persuadido a mucha gente a cambiar de idea, diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos.  Y esto no solamente trae el peligro de que nuestra profesión caiga es descrédito, sino también de que el mismo templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y venga a ser despojada de su grandeza aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra”. Al oír esto, llenos de furor se pusieron a gritar: “¡Grande es la Artemisa de los efesios!”. La ciudad se llenó de confusión. Todos a una se precipitaron hacia el teatro arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo. Pablo quiso entrar y presentarse al pueblo, pero se lo impidieron los discípulos” ... “Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo: “Efesios, ¿quién hay en el mundo que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo?. Siendo, pues, esto indiscutible conviene que os calméis y no hagáis nada inconsideradamente. Habéis traído acá a estos hombres que nos son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa. ... Y si tenéis algún otro asunto, se resolverá en asamblea legal. Porque además corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este tumulto”. Dicho esto se disolvió la asamblea”.

En esta ciudad había escrito la carta a los Gálatas y la primera a los Corintios, 1 Cor 16, 8.
Dejando Efeso, capital de Asia, fue a Tróade con el corazón angustiado, 2 Cor 1, 8; Hech 20, 1. Esperaba encontrar allí a Tito y sufrió al no hallarlo, 2 Cor 2, 13. Fue hacia Macedonia y allí lo encontró, 2 Cor 7, 6-7. Atraviesa entonces Macedonia exhortando a los hermanos, Hech 20, 2, es decir, visitando las iglesias fundadas por él. De Macedonia baja a Corinto. Antes les había escrito desde allá la Segunda Carta a los Corintios, 2 Cor 9, 3. En Corinto permanece tres meses, Hech 20, 3, y escribe la carta a los Romanos. Es el invierno del 57 - 58.

Pasado el invierno, deseaba Pablo volver directamente a Siria, pero a causa de las insidias de los judíos cambió de  parecer y decidió volver a través de Macedonia. Con algunos compañeros llego a Tróade Hech 20, 3-12. Los compañeros de Pablo se adelantaron por mar y llegaron a Aso. Allí, por tierra, los alcanzó Pablo y, por mar, continuó el viaje con escalas en Mitilene, Quíos, Samos, Mileto. A Mileto hizo venir a los presbíteros de esa Iglesia, y pensando que no iba a volver a verlos más en este mundo, les dio sus últimas recomendaciones, Hech 20,  17-38. Después de Mileto, las etapas del viaje son: las islas de Cos y Rodas y el puerto de Pátara. De aquí directamente y por mar, dejando a la izquierda a Chipre, navega hasta Tiro, donde permanece siete días; va a Tolemaida y después a Cesarea y se hospeda en casa de Felipe. Durante los días de su permanencia en Cesarea, un profeta llamado Agabo, atándose los pies y manos con el cinto de Pablo dijo: “esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos a Jerusalén al varón cuyo es este cinto y lo entregarán en poder de los gentiles”, Hech 21, 11. Los compañeros de Pablo le ruegan que no vaya a Jerusalén, pero, él responde que está dispuesto a morir por el nombre del Señor Jesús, y sale para la ciudad Santa. Es la primavera del año 58.


1.6.8. El prisionero de Cristo (58 - 63) 

En Jerusalén, Pablo sigue el consejo de Santiago y de los presbíteros y se asocia a cuatro que habían hecho el voto de nazareato, paga sus gastos y se purifica con ellos, Hech 21, 17-26: “Llegados a Jerusalén los hermanos nos recibieron con alegría. Al día siguiente Pablo, con nosotros, entró en casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros. Les saludó y les fue exponiendo una a una todas las cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio. Ellos, al oírle, glorificaban a Dios. Pero le dijeron: “Ya ves, hermano, cuantos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley. Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. ¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida. Haz, pues, lo que te vamos a decir: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto que cumplir. Tómalos y purifícate con ellos; y paga tú por ellos, para que se rapen la cabeza; así todos entenderán que no  hay nada de lo que han oído decir de ti; sino que tú también te portas como un cumplidor de la Ley, ... Entonces Pablo tomo a los hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el Templo para declarar cuándo se terminaban los días de la purificación en que se había de presentar la ofrenda por cada uno de ellos”.

Del comienzo de la  cautividad de Pablo nos habla los últimos capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles 21, 27 – 28: “Cuando estaban ya para cumplirse los siete días, los judíos venidos de Asia le vieron en el Templo, amotinaron a todo el pueblo, le echaron mano y se pusieron a gritar: “¡Auxilio, hombres de Israel!” Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra el Lugar; y hasta ha llegado a introducir a unos griegos  en el Templo, profanando este lugar santo”.

Los enemigos de Pablo suscitan un tumulto en el Templo y tratan de matar a Pablo. El tribuno de la cohorte romana lo encarcela. Pablo consigue que el tribuno les deje dirigirse a la multitud para hacer su defensa, Hech 21, 30–36: “Toda la gente se alborotó y la gente concurrió de todas partes. Se apoderaron de Pablo y lo arrastraron fuera del Templo, inmediatamente cerraron las puertas. Intentaban darle muerte, cuando subieron a decir al tribuno de la cohorte: “Toda Jerusalén está revuelta”. Inmediatamente tomó consigo soldados y centuriones y bajó corriendo hacia ellos; y ellos, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces el tribuno se acercó, le prendió y mandó que le azotasen con dos cadenas; y empezó a preguntar quién era y qué había hecho. Pero entre la gente unos gritaban una cosa y otros otra. Como no pudiese sacar nada en claro a causa del alboroto, ordenó que le llevasen al cuartel... Cuando iban a meterle en el cuartel, Pablo dijo al tribuno: “¿Me permites decir una palabra?” Él el contestó: “Pero, ¿sabes griego? ¿No eres tú entonces el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al desierto a los cuatro mil terroristas?”. Pablo respondió: “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad no insignificante. Te ruego que me permitas hablar al pueblo”. Se lo permitió, Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea”.

Pablo habló al pueblo judío con gran elocuencia y valentía. Los judíos no querían oír a Pablo y vociferaban cada vez más. El tribuno da órdenes para que azoten a Pablo. Éste apela a su ciudadanía romana y la flagelación es suspendida, Hech 22, 25-29: “Cuando le tenían estirado con las correas, dijo Pablo al centurión que estaba allí: “¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberle juzgado?” Al oír esto el centurión fue donde el tribuno y le dijo: “¿Qué vas a hacer?” Este hombre es ciudadano romano”. Acudió el tribuno y le preguntó: “Dime, ¿eres ciudadano romano? Sí, respondió. Yo, dijo el tribuno, conseguí esta ciudadanía por una fuerte suma”, “Pues yo, contestó Pablo, la tengo por nacimiento”. Al momento se retiraron los que iban a darle tormento. El tribuno temió al darse cuenta que le había encadenado siendo ciudadano romano”.

Al día siguiente Pablo fue conducido ante el Sanedrín. Allí se defiende hábilmente hablando de la resurrección, tema que dividía a fariseos y saduceos. Con esto suscitó una terrible discusión entre ellos, Hech 23, 1-10. Por la noche, Pablo en la prisión es confortado con una visión del Señor. Los judíos juraron: “no comer ni beber hasta matar a Pablo”, Hech 23, 12, y urdieron un plan para apoderarse de él y matarlo. Pablo logró librarse de esa conjuración, gracias a un sobrino suyo, hijo de su hermana, Hech 23, 16-21: “El hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada. Se presentó en el cuartel, entró y se lo contó a Pablo. Pablo llamó a uno de los centuriones y les dijo: “Lleva a este joven donde el tribuno, pues tiene algo que contarle. El entonces lo presentó al tribuno diciéndole: “Pablo, el preso, me llamó y me rogó que te trajese este joven que tiene algo que decirte. El tribuno le tomó de la mano, le llevó aparte y le preguntó ¿Qué es lo que tienes que contarme?. Los judíos, contestó, se han concertado para pedirte que mañana bajes a Pablo al Sanedrín con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él. Pero tú no les hagas caso, pues le preparan una emboscada más de cuarenta hombres de entre ellos, que se han comprometido a no comer ni beber hasta haberle dado muerte; y ahora están preparados, esperando tu asentimiento. El tribuno despidió al muchacho dándole una recomendación: “No digas a nadie que me has denunciado estas cosas”.
El tribuno, conocida la conjuración, envía a Pablo escoltado a Cesarea con una carta para el procurador Félix que residía allí. Ante él, Pablo se defiende de las acusaciones de los judíos. Félix espera que Pablo le dé dinero y, por esto, deja pasar dos años sin interesarse por llevar a su fin el proceso. Hacia el año 60, Félix viene depuesto. Le sucede Festo, quien reanuda el proceso de inmediato. Pablo entonces apela al César. Pocos días después, Pablo se defiende ante Festo, en la presencia de Agripa II y de Berenice. Agripa concluye: “Podría ponérsele en libertad si no hubiera apelado al César”, Hech 23, 22-26.

Para ser juzgado en el tribunal del César, Pablo emprende, bajo la custodia del Centurión Julio, el viaje a Roma. Acompañan a Pablo en el viaje a Roma Lucas y Aristarco. La nave comercial que toma se dirige a Adramicia, ciudad de Misia. Era el otoño del año 60. Al llegar a Mira, ciudad de Licia, Pablo y sus compañeros son trasladados a una nave alejandrina, que navegaba hacia Italia. A causa de los vientos contrarios la nave se vio obligada a navegar hacia Creta, llegados allí, Pablo aconseja pasar allí el invierno. Se hallaban en Puerto Bueno, cerca de Lasea. Los tripulantes prefieren navegar a otro puerto de la misma Creta: Fenice, porque, “miraba contra el nordeste y sudeste”. Apenas habían salido de Puerto Bueno cuando cayeron en una terrible tempestad que los arrastró y los llevó a desesperar de su salvación. Pablo, que tuvo una visión del Señor, les hace cobrar ánimos con la seguridad de que podrían salir bien librados. Después de 14 días encallaron en la isla Malta, donde fueron bien acogidos por, "los bárbaros". En Malta permanecieron tres meses, al cabo de los cuales se volvieron a embarcar en otra nave, que iba a Italia. Llegaron a Siracusa, donde se detuvieron tres días. De allí, “costeando, llegamos a Regio, y un día después comenzó a soplar el sur, con ayuda del cual llegamos el segundo día a Pozzuoli”, Hech 28,13. Allí permanecieron siete días. De Pozzuoli, por tierra salieron para Roma. Los cristianos de Roma salen a su encuentro en el Foro Apio y Tres Tabernas.

En Roma se le permitió habitar en una casa particular bajo la custodia de un soldado. Tres días después de su llegada Pablo convocó a los judíos y les explicó el motivo de su prisión. “Dos años enteros permaneció en una casa alquilada, donde recibía a todos los que venían a él, predicando el reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin obstáculos lo tocante al Señor Jesucristo”, Hech 28, 30-31.

Pablo escribe en esos dos años las llamadas Cartas de la Cautividad: Colosenses, Efesios, Filipenses, Filemón. La cautividad romana de Pablo produjo frutos abundantes: la iglesia de Roma progresó en favor y en número. En este largo periodo Pablo no disminuyó sus relaciones con las iglesias por él fundadas. Muchos de sus discípulos en esas regiones vienen a visitarlo, como Epafras de Colosas, Col 4, 12, Tíquico de Efeso, Col 4, 7, Epafrodito de Filipos, Filip 2, 25-31; 4, 14-18. A estas manifestaciones de afecto corresponde Pablo enviando cartas en las que da las gracias, aconseja, advierte.

Cerca de Pablo están Lucas, Col. 4, 14, Aristarco, Film 2, 4, Timoteo, Filip 1, 1 y Marcos, Col 4, 10; Film. 2, 4. La narración del libro de los Hechos no nos dice más sobre Pablo. El Apóstol hace alusión a su próxima liberación en la carta a los Filipenses, 2, 24: “Y aún confío en el Señor que yo mismo podré ir pronto”. Probablemente, después de cinco años de prisión - incluidos los de Cesarea - fue puesto en libertad. Era la primavera del año 63.


1.6.9. Último período de la vida de Pablo (63 - 67) 

Este periodo es el menos documentado y, por consiguiente, el más oscuro de la vida del Apóstol de los Gentiles.

Nos preguntamos: ¿Qué pasó entre la prisión de Pablo en Roma, y su muerte? Veamos que nos dice Hech  28, 17-22: “Tres días después convocó a los principales judíos. Una vez reunidos, les dijo: “Hermanos, yo, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las costumbres de los padres, fui entregado preso en Jerusalén en manos de los romanos, quienes después de haberme  interrogado, querían dejarme en libertad porque no había en mí ningún motivo  de muerte. Pero como los judíos se oponían, me vi forzado a apelar al César, sin pretender con eso acusar a los de mi nación. Por este motivo os llamé para veros y hablaros, pues precisamente por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas”. Ellos le respondieron; “Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos hable de ti, ni  ninguno de los hermanos llegados aquí nos ha referido o hablado mal de ti. Pero deseamos oír de ti mismo lo que piensas pues lo que de esta secta sabemos es que en todas las partes se le contradice”.

Según lo acordado Pablo declara a los judíos de Roma la finalidad de su Evangelio, en Hech 28, 23-31: “Le señalaron un día y vinieron en mayor número adonde se hospedaba. Él les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se despedían, Pablo dijo esta sola cosa: “Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías:

“Ve a encontrar a este pueblo y dile:
Escucharéis bien, pero no entenderéis,
Miraréis bien, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
Han hecho duros sus oídos, y sus ojos se han cerrado;
No sea que vean con sus ojos,
Y con sus oídos oigan,
Y con sus corazones entiendan y se conviertan, y yo los cure”

“Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán”. Pablo permaneció dos años enteros en una casa que  habían alquilado y recibían a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno”.

Para responder tenemos pocos elementos: algunas informaciones ocasionales de las Cartas Pastorales, si se consideran escritos paulinos auténticos, algunas informaciones extrabíblicas, la tradición eclesiástica, algunas deducciones indirectas apoyadas en propósitos apostólicos de Pablo manifestados en sus cartas. No nos debe, por tanto, sorprender el hecho de que cualquier reconstrucción de este último periodo tenga que quedarse dentro de los límites de lo probable o posible.

Después de su cautiverio en Roma, libre nuevamente, Pablo emprende sus viajes misioneros. Podemos preguntarnos hacia dónde. Probablemente visite España. Ya en el invierno de los años 57 - 58, el apóstol había decidido firmemente visitar España, Rom 15, 23-24: “Mas ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros, cuando me dirija a España, espero veros al pasar y ser encaminado por vosotros hacia allá, después de haber disfrutado un poco de vuestra compañía”.

No se trataba de un simple proyecto, sino de una decisión tomada. Podemos pensar legítimamente que Pablo, arrestado en Jerusalén pocas semanas  después de haber manifestado sus planes a los romanos, los cumpliría cinco años después, cuando pudo tener la oportunidad  de hacerlo. Tenemos además el testimonio de Clemente Romano, quien 35 años después de la muerte de Pablo, escribía en una carta suya a los Corintios que Pablo: “después de haber instruido al mundo entero, llego hasta los confines de Occidente”.

Tras de haber permanecido algún tiempo en España debió haberse dirigido nuevamente a Aso, Macedonia, Creta y Acaya. De tales viajes tenemos algunos rastros en las Cartas Pastorales, aunque no podemos con ellos precisar el itinerario. Podemos con todo, elaborarlo con una cierta aproximación: de España Pablo viajó a Italia; de aquí a Asia: visitó Efeso, donde dejó a Timoteo, 1 Tim 1, 3. Probablemente visitaría Colosas para saludar a Filemón, según se lo había prometido, y también Laodicea y Hierápolis. Pasó después a Macedonia y allí visitó Filipos, Filip 2, 24. Desde aquí enviaría a su primera carta a Timoteo para animarlo en su difícil misión de gobernar la Iglesia de Efeso.

Probablemente volvió a pasar por Corinto y de allí se dirigió a Creta - isla que había tocado en su viaje a Roma- y allí dejó a Tito para que organizara la Iglesia, Tit 1, 5. El invierno de los años  65 – 66, lo pasó en Nicópolis de Epiro, Tit 3, 12. En la primavera del 66 hizo el viaje a Tróade y después a Efeso, 1 Tim 3, 14; 4, 13. De aquí fue a Mileto, donde enfermó Trófimo, 2 Tim 4, 20. De aquí navegaría hacia Corinto, 2 Tim 4, 20. Aquí, según una tradición del S. II, Pablo se encontró con Pedro y juntos fueron a Roma, para sostener a los cristianos perseguidos por Nerón. Para otros, habría sido hecho prisionero en Tróade, 2 Tim 4, 13.

La segunda cautividad romana de Pablo es diversa de la primera. Podemos dar por supuesto que Pablo, una vez en Roma, estuvo en prisión hasta que se reanudó el proceso legal y se pronunció la sentencia que fue favorable y pudo vivir en plena libertad. Quizás durante este segundo período de encarcelamiento fue encomendado al prefecto de la guardia romana (praefectus pretorius). En ese tiempo era prefecto pretorio Afranio Burro. No sabemos  cuáles fueron las causas por las que fue condenado a muerte, el Apóstol Pablo, como ciudadano romano, tenía derecho a morir decapitado con la espada. De este modo se libraba de la infamante ejecución por medio de la cruz.

En la segunda carta a Timoteo nos habla de su situación y narra que: “está preso como malhechor”, 2 Tim 2, 9; y que “todos lo han abandonado”, 2 Tim 4,10. Solo Lucas esta con él. Solo lo sostiene la esperanza de la eternidad: “El Señor me librará de todo mal y me guardará para su reino celestial”, 2 Tim 4,18. En este mundo solo espera la muerte y una muerte muy próxima: “Cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente al tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no solo a mí, sino a todos los que aman su venida”, 2 Tim 4, 7-9.

En una situación similar, Pablo había puesto toda su confianza sólo en Cristo. Podemos trasladar sus palabras de entonces al final de su vida en Roma, como les escribía a los cristianos de Filipos, Filp, 1, 21-24: “Pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.... Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros”.

Según la tradición fue decapitado en el año 67. Una tradición no muy antigua, afirma que el lugar de su martirio fue Aguas Salvias (hoy Tre Fontane), en las afueras de Roma. Fue sepultado - siempre según la tradición (en este caso del s. II) - en una propiedad de la matrona romana Lucina. Es aquí donde se levanta actualmente la Basílica de San Pablo “extra muros”, en Roma, fuera de las murallas.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


Para acceder a las otras publicaciones de esta serie acceda AQUÍ.

Jesús, el Buen Pastor

El P. Adolfo Franco, jesuita, nos comparte su reflexión sobre el Evangelio del cuarto domingo de Pascua: "Dar la vida. Esa es la clave. Es el Ideal. Es el gran descubrimiento del Evangelio, para el cristiano. Cristiano es el que tiene como meta, el dar la vida, como Jesús la dio. No guardársela avaramente." Escuche en audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.

El Bautismo: El signo de la fe cristiana

Compartimos la última catequesis del Papa Francisco, donde continúa con el tema del Bautismo, en esta oportunidad presentado como signo de la fe cristiana, porque "es el inicio de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia." Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 22° Parte - Las Misiones de las Divinas Personas

El P. Ignacio Garro, jesuita, finaliza su serie sobre la Santísima Trinidad con el tema de las Misiones de las Personas Divinas. Esta serie busca profundizar en las enseñanzas de la Iglesia sobre este divino misterio. Acceda AQUÍ.

Santísima Trinidad: 23° Parte - Anexo Histórico - Herejías

Finalizando la serie del P. Ignacio Garro, jesuita; presentamos el anexo donde se muestran las herejías a la Santísima Trinidad y los Concilios donde se trataron estas herejías. Acceda AQUÍ.

Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol III

El P. Ignacio Garro, jesuita, continúa compartiendo la serie dedicada a San Pablo, en esta oportunidad nos muestra sus dos primeros viajes apostólicos, la controversia de Antioquía y el Concilio de Jerusalén. Acceda AQUÍ.

Jesús, el Buen Pastor



P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA
DOMINGO IV

Jn 10, 11-18

Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
Pero el asalariado, que no es pastor, que no es propietario de las ovejas, abandona las ovejas y huye, cuando ve venir al lobo; y el lobo hace presa en ellas y las dispersa.
Como es asalariado, no le importan nada las ovejas.
Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí; del mismo modo, el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre, y doy mi vida por las ovejas.
También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas debo conducir: escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, bajo un solo pastor.
Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo.
Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla; ésa es la orden que he recibido de mi Padre.»
Palabra del Señor.


Jesús se define a sí mismo como el Buen Pastor, y nos explica a nosotros esta hermosa realidad. La figura del buen Pastor la hemos ido enriqueciendo con muchas imágenes y ha adquirido en nuestros corazones de creyentes un atractivo especial. Jesús es el Buen Pastor que me guía, que me cuida, que impide que me vaya, que me busca si me pierdo: “aunque camine por cañadas obscuras nada temo, porque tú vas conmigo”.

Y Jesús conversa con sus apóstoles sobre esto y nos va abriendo un panorama lleno de luz, al desarrollar su explicación ¿por qué es el Buen Pastor? Porque da la vida por sus ovejas. Tan bueno es como pastor, que por defender a sus ovejas de todo mal es capaz de ponerse entre las ovejas y el lobo, aunque sepa que el lobo lo va a despedazar. Pero sus ovejas, gracias a ese gesto de amor, quedarán libres y sanas.

Y aquí el Señor nos da una explicación revestida de hermosura de lo que es la redención, de lo que será su muerte en la cruz por nuestra salvación. Se trata de un Pastor que tenía un gran rebaño de ovejas a las que quería y conocía por su nombre, las amaba. Un día, cuando el Pastor llevaba a sus ovejas a pastar, se presentó inesperadamente un terrible lobo, que amenazaba tragarse a las ovejas. El Buen Pastor se plantó en medio, abrió los brazos hacia atrás como queriendo formar un refugio para sus ovejas; el lobo terrible le saltó a su pecho y lo destrozó con furia. Mientras el pastor en el suelo se desangraba, las ovejas habían logrado ponerse a salvo. El Buen Pastor es el que da la vida por las ovejas.

Pero aquí hay también una especial lección que brilla para nosotros, que debe atraernos: “dar la vida”. Esta es una gran lección; aunque nosotros no podamos atribuirnos ningún título de pastor, también deberíamos estar dispuestos a dar la vida. Porque el afán de dar la vida, es la gran ilusión que ha de llenar una existencia auténtica. Dar la vida. Esa es la clave. Es el Ideal. Es el gran descubrimiento del Evangelio, para el cristiano. Cristiano es el que tiene como meta, el dar la vida, como Jesús la dio. No guardársela avaramente. No rodear nuestra existencia de una muralla de protecciones y de cuidados. No pensarla como un pequeño depósito de agua, que hay que cuidar mucho para que no se gaste.

Y hay muchas formas de dar la vida. Simplemente hay que entender lo que significa dar. Y es fácil conocer lo que es dar; no es una palabra de significado complicado, reservado solo a iniciados. Lo difícil es persuadirse de que ahí está el tesoro. De que dar la vida es la mejor manera de vivir. Que la vida se expande y se hace fecunda cuando se da. La mano abierta para dar. Dar para que otros vivan; tiempo, afecto, comprensión.

Dar la vida es dar de comer al hambriento. Y hay tantos hambrientos; y el hambre tiene tantas caras. Y qué hermoso es dar incluso la propia comida, para que otro no tenga hambre. Pero no es ésa la forma habitual que tenemos de dar. Nuestra forma de dar es con cálculo y mezquina. Separamos de nuestro plato, un poco, no mucho, un poquito, porque el resto lo tengo que comer yo. Y a veces la parte del plato que no me gusta es la que separo, la empujo con el tenedor a otro plato, y la doy, apartándola de mi. Esa es nuestra forma de dar, cuando damos. Un poco, bien pesado y medido, para que no me empobrezca yo. Y si tengo que dar algo de lo que yo colecciono, como parte de mis tesoros de cosas, entonces me duele, y sufro, como si me estuvieran arrancando un poco de mi vida.

Hay que dar la vida, para ser como el Buen Pastor. Y entonces nuestra vida se convertirá para nosotros mismos en un manantial que salta hasta la vida eterna. Esta es la lección que nos da el Buen Pastor. No es sólo para que nos admiremos de su amor, sino para que sepamos cómo hemos de vivir nosotros mismos. Jesús es Modelo y Maestro. Y así nos dice que si damos la vida, la encontraremos.

El nos dice que sus ovejas escuchan su voz, y esa es la voz que debemos escuchar; y esa voz nos dice que el que pierda su vida por entregarla, la encontrará mucho más fecunda. Y así El nos conocerá como sus ovejas, de la misma forma que conoce a su Padre.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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El Bautismo: El signo de la fe cristiana



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 18 de abril de 2018




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos, en este Tiempo de Pascua, las catequesis sobre el bautismo. El significado del bautismo destaca claramente de su celebración, por eso dirigimos a ella nuestra atención. Considerando los gestos y las palabras de la liturgia podemos acoger la gracia y el compromiso de este sacramento, que está siempre por redescubrir.

Hacemos memoria en la aspersión con el agua bendita que se puede hacer el domingo al inicio de la misa, como también en la renovación de las promesas bautismales durante la Vigilia Pascual. De hecho, lo que sucede en la celebración del bautismo suscita una dinámica espiritual que atraviesa toda la vida de los bautizados; es el inicio de un proceso que permite vivir unidos a Cristo en la Iglesia. Por lo tanto, regresar a la fuente de la vida cristiana nos lleva a comprender mejor el don recibido en el día de nuestro bautismo y a renovar el compromiso de corresponder en las condiciones en las que hoy nos encontramos. Renovar el compromiso, comprender mejor este don que es el bautismo y recordar el día de nuestro bautismo, qué día fui bautizado. Yo sé que algunos de vosotros los saben, otro, no; los que no lo saben, que pregunten a los parientes, a aquellas personas, a los padrinos, a las madrinas... que pregunten: «¿Cuál es la fecha de mi bautizo?». Porque el bautismo es un renacimiento y es como si fuera el segundo cumpleaños. ¿Entendido? Hacer esta tarea en casa, preguntar: «¿Cuál es la fecha de mi bautizo?»

En primer lugar, en el rito de acogida se pregunta el nombre del candidato, porque el nombre indica la identidad de una persona. Cuando nos presentamos decimos inmediatamente nuestro nombre: «Yo me llamo así», para salir del anonimato, el anónimo es aquel que no tiene nombre. Para salir del anonimato inmediatamente decimos nuestro nombre. Sin nombre se permanece como desconocidos, sin derechos ni deberes. Dios llama a cada uno por el nombre, amándonos individualmente, en la concreción de nuestra historia. El bautismo enciende la vocación personal de vivir como cristianos, que se desarrollará durante toda la vida. E implica una respuesta personal y no prestada con un «copia y pega». La vida cristiana, de hecho, está entretejida por una serie de llamadas y de respuestas: Dios continúa pronunciando nuestro nombre en el transcurso de los años, haciendo resonar de mil maneras su llamado a ser conformes a su Hijo Jesús. ¡Es importante, por lo tanto, el nombre! ¡Es muy importante!

Los padres piensan en el nombre que dar al hijo ya desde antes del nacimiento: también esto forma parte de la espera de un hijo que, en el nombre propio, tendrá su identidad original, también para la vida cristiana unida a Dios. Ciertamente, ser cristianos es un don que nace de lo alto (Juan 3, 3-8). La fe de no se puede comprar, pero sí pedir y recibir como regalo. «Señor, regálame el don de la fe» es una hermosa oración. «Que yo tenga fe» es una hermosa oración. Pedirla como regalo, pero no se puede comprar, se pide. De hecho, «el bautismo es el sacramento de esa fe con la que los hombres, iluminados por la gracia del Espíritu Santo, responden al Evangelio de Cristo». (Ritual del bautismo de niños, Introd. gen., n. 3). A suscitar y despertar la fe sincera en respuesta al Evangelio tienden la formación de los catecúmenos y la preparación de los padres, como la escucha de la Palabra de Dios en la misma celebración del bautismo.

Si los catecúmenos adultos manifiestan en primera persona lo que desean recibir como don de la Iglesia, los niños son presentados por los padres, con los padrinos. El diálogo con ellos permite expresar la voluntad de que los pequeños reciban el bautismo y a la Iglesia la intención de celebrarlo. «Expresión de todo esto es la señal de la cruz, que el celebrante y los padres trazan sobre la frente de los niños» (Ritual del bautismo de niños, Introd., n. 16). «La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz. (Catecismo de la Iglesia católica, 1235). En la ceremonia hacemos sobre los niños la señal de la cruz. Pero quisiera volver sobre un tema del que os he hablado. ¿Nuestros niños sabe hacer el signo de la cruz bien? Muchas veces he visto a niños que para hacer la señal de la cruz hacen así…, no saben hacerlo, vosotros, padres, madres, abuelos, abuelas, padrinos, madrinas, debéis enseñarles a hacer bien la señal de la cruz porque es repetir lo que se ha hecho en el bautismo. ¿Habéis entendido bien? Enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Si lo aprenden desde niños lo harán bien después, de mayores. La cruz es el distintivo que manifiesta quién somos: nuestro hablar, pensar, mirar, obrar, está bajo el signo de la cruz, es decir, bajo la señal del amor de Jesús hasta el fin. Los niños son marcados en la frente. Los catecúmenos adultos son marcados también en los sentidos, con estas palabras: «Recibid la señal de la cruz en los oídos para escuchar la voz del Señor»; «en los ojos para ver la claridad de Dios»; «en la boca, para responder a la palabra de Dios»; «en el pecho, para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones»; «en la espalda, para llevar el suave yugo de Cristo» ( Rito de la iniciación cristiana de los adultos, n. 85). Cristiano se es en la medida en la que la cruz se imprime en nosotros como una marca «pascual» (cf. Apocalipsis 14, 2; 22, 4), haciendo visible, también exteriormente, el modo cristiano de afrontar la vida.

Hacer la señal de la cruz cuando nos despertamos, antes de las comidas, ante un peligro, en defensa contra el mal, la noche antes de dormir, significa decirnos a nosotros mismos y a los demás a quién pertenecemos, quien queremos ser. Por eso, es muy importante enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Y, como hacemos entrando en la iglesia, podemos hacerlo también en casa, conservando un pequeño vaso un poco de agua bendita —algunas familias lo hacen: así, cada vez que entramos o salimos, haciendo el signo de la cruz con el agua recordamos que estamos bautizados. No os olvidéis, repito: enseñar a los niños a hacer la señal de la cruz.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va

Santísima Trinidad: 22° Parte - Las Misiones de las Divinas Personas




P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Artículo 6º. Las Misiones de las divinas Personas

TESIS 19°. "De las Personas divinas que proceden se afirma verdadera y propiamente que son enviadas (Misiones divinas)."

Explicación

En teología trinitaria se dice: que cada persona divina realiza la obra común según la propiedad personal. Las misiones divinas son:

  • del Padre al Hijo por medio de  la Encarnación. Misterio de la Redención.
  • del Padre y del Hijo el envío del Espíritu Santo (Pentecostés).Misterio de Santificación en el ámbito de la Iglesia. 
  • y del Espíritu Santo comunicar su Espíritu al alma de los fieles justos (bautizados). Inhabitación trinitaria.

En teología trinitaria "misiones divinas" recibe el nombre técnico por el que efectivamente las divinas Personas son enviadas de una manera especial a todas las almas de los fieles justos. También es conocido como "la inhabitación trinitaria en el alma del justo".

"Misión", esta palabra deriva del latín: "missus= enviado". El concepto de misión comprende dos elementos:

  • 1° Cierta relación u orden del enviado al que le envía como su referencia de origen. Así el enviado se halla respecto al que le envía en situación de dependencia. En las Personas divinas, por su identidad sustancial, únicamente se puede tratar de una dependencia de origen.
  • 2° Cierta ordenación del enviado respecto a fin de la misión. El fin de la misión es la presencia del enviado en un lugar determinado. En la misión de una Persona divina, dada la omnipresencia sustancial de Dios en el universo creado, sólo puede tratarse de algún "nuevo género de presencia".

Así pues, el concepto de misión incluye la "procesión eterna" y añade una nueva manera de presencia en el mundo creado:

  • el Padre envía, pero no es enviado. 
  • el Hijo es enviado y envía. 
  • el Espíritu Santo es enviado pero no envía.

Teniendo en cuenta que la "misión" incluye en su concepto el origen o "procesión" de otro, se comprende muy bien no corresponda al Padre "ser enviado" (porque no procede de otro); sino solamente al Hijo (enviado por el Padre) y al Espíritu Santo (enviado por el Padre y el Hijo). Lo cual no quiere decir que donde esté el Hijo o el Espíritu Santo no esté también el Padre, ya que las tres divinas Personas son absolutamente inseparables (por la unidad de esencia y por la perijóresis),y por lo mismo, donde esté una cualquiera de ellas están necesariamente las otras dos.

Sagrada Escritura

1.- El envío del Padre al Hijo
Jn 3,17: "Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él".
Jn 5,23: "... el que no honra al Hijo, no honra al Padre que le ha enviado".
Jn 6,57: " Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive ..."
Gal 4,4: "Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer ..."

2.- La misión del Espíritu Santo por el Padre
Jn 14,16 y 26: "Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros para siempre". "Pero el Paráclito, que el Padre enviará en mi nombre os lo enseñará todo".
Gal 4,6: "Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡ABBA!, Pater!.

3.- La misión del Espíritu Santo por el Hijo
Jn 15,26: "Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre y que yo os enviaré de junto al Padre, Él dará testimonio de mi".
Jn 16,7: "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré".

La misión no puede significar un distanciamiento espacial o espiritual de las divinas Personas, sino que significa "la auto-comunicación del Dios Trinitario". La auto-comunicación de Dios se realiza en modo de "misión". Dios se comunica con la criatura racional, el hombre, enviado a su Hijo para realizar la obra de la Redención, y al Espíritu Santo para la santificación. Según esto, la misión  no tiene como consecuencia que la criatura tenga una relación más estrecha con la Persona enviada que con la Persona que envía. La "misión" alude únicamente al modo intradivino de su realización, es decir, el aspecto interno de la autocomunicación de Dios. Así podemos decir: el efecto formal de la "misión" es la "inhabitación" de Dios Trinitario en la criatura humana, que es común a las tres divinas Personas. Las tres están presentes con la misma intensidad en el hombre a quien Dios se comunica en forma de "misión".

Esto supuesto, veamos las clases de misión que puede haber: son dos, la misión visible y la misión invisible.

  • Misión visible: La encarnación del Logos divino en las entrañas purísimas de María (llamada misión sustancial). También la misión del Espíritu santo bajo la forma de paloma (en el bautismo del Jordán), o las señales como lenguas de fuego en el día de Pentecostés por la efusión (o comunicación) del Espíritu Santo a los Apóstoles.
  • Misión invisible: Tiene lugar cuando Dios confiere la gracia santificante, o gracia de justificación (bautismo) y tiene por finalidad la inhabitación de Dios en el alma del justo, es decir, del que está bautizado. Esta inhabitación es atribuida generalmente, al Espíritu Santo. 1Cor 3,16: "¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?". 1Cor 6,19: "¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios y que no os pertenecéis?" Jn 14,23: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él".

A consecuencia de esta completa igualdad de las divinas Personas, la misión no implica naturalmente un mandato o deseo de la Persona divina que envía respecto a la Persona enviada, sino que la misión misma se basa en el decreto Trinitario y Uno de la voluntad de Dios. La misión no es menos libre para la Persona enviada que para la Persona que envía. El Padre envía al Hijo y al Espíritu Santo por libre decreto de su amor. A su vez, el Hijo y el Espíritu Santo, no sólo están de acuerdo con este decreto amoroso de Dios, sino que lo realizan junto con el Padre, aceptándolo activamente. Son, por tanto, enviados porque quieren y en tanto quieren serlo. Cierto que la Persona enviada recibe su libre decisión de ser enviada de la Persona que lo produce.


A. La inhabitación Trinitaria en el alma del fiel cristiano

TESIS 20°. "La inhabitación en el alma del justo es común a las tres divinas Personas, pero se le atribuye al Espíritu Santo"

Explicación

Como hemos anteriormente, la inhabitación Trinitaria en el alma del justo es una de las verdades más claramente manifestadas por Jesucristo en el Nuevo Testamento.

Sagrada Escritura

  • Nuevo  Testamento:  Jn 14,23: "Jesús le contestó: "el que me ama se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y Yo vendremos a él y viviremos en él".
  • 1 Jn 4,16: "Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el  amor permanece en Dios, y Dios en él".
  • 1Cor 3,16-17: "¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros".

Como se ve, la Sagrada Escritura emplea diversas fórmulas para expresar la misma verdad: Dios habita dentro del alma en gracia. Con preferencia se atribuye esa inhabitación al Espíritu Santo, no porque quepa una presencia especial del Espíritu Santo que no sea común al Padre y al Hijo, sino por una muy conveniente "apropiación", ya que es ésta la gran obra del amor de Dios al hombre y es el Espíritu Santo el Amor esencial en el seno de la Trinidad Santísima.


B. Naturaleza de la inhabitación de Dios en el alma del justo

Mucho se ha escrito acerca de la inhabitación de las divinas Personas en el alma del justo. Nosotros recogemos la que nos parece más viable, dentro de sus propias limitaciones.

El P. Galtier, O.P. dice: "La inhabitación consiste formalmente en una acción física y amistosa entre Dios y el hombre realizada por la gracia de justificación, en virtud de la cual Dios, Uno y Trino, se da al alma y está personal y sustancialmente presente en ella, haciéndose participante de su vida divina".


C. Finalidad de la inhabitación

Tres son las principales finalidades de la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma justificada:

  1. Hacernos partícipes de la vida íntima divina
  2. Constituirse en motor y regla de nuestros actos
  3. Constituirse en objeto de gozo de participación en Dios.

Desarrollemos estos tres aspectos de una manera más detallada:

1. La inhabitación de Dios en el alma del fiel justificado nos hace participar de la vida íntima divina:

Al decir que Dios mora en nuestra almas como en un templo, expresamos una verdad que se apoya inmediatamente en dos conocidos textos de S. Pablo: 1Cor 3,16-17 y 1Cor 6,19. Pero hemos de guardarnos muy bien de imaginar que la presencia de Dios en nosotros es semejante a la de Cristo sacramentado en el templo material o tabernáculo, esto es, de una manera inerte. La presencia de Dios en nuestras almas por la gracia de inhabitación es infinitamente superior a ésta. Somos "templos vivos" de Dios, de una manera vital poseemos las Personas divinas.

Vamos a señalar en qué se distingue la presencia de inhabitación de las otras presencias de Dios que nos señala la teología. Pueden distinguirse como cinco presencias de Dios completamente distintas.

  1. Presencia personal e hipostática: es la propia y exclusiva del Verbo divino encarnado: Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre. En él la Persona divina del Verbo no reside como en un templo, sino que constituye su propia personalidad, aun en cuanto hombre. En virtud de la unión hipostática Cristo hombre es una Persona divina, de ninguna manera una persona humana.
  2. Presencia eucarística: En la eucaristía está presente Dios de una manera especial que solamente se da en ella. La eucaristía es la presencia real de Cristo. En la celebración eucarística el sacerdote al realizar el memorial del Misterio Pascual de Cristo por medio de la invocación y por la proclamación eficaz de las mismas palabras de la consagración hace presente a Cristo de manera real, personal y substancialmente en el pan y en el vino, cambiando su naturaleza en su Persona de Verbo encarnado, muerto y glorificado, dejando intactas las especies eucarísticas, es decir, todo lo que aparece sensiblemente a la experiencia humana como pan y vino, de modo que pueda desempeñar su papel sacramental de signo  de la realidad eucarística. Es el "ubi" eucarístico, que aunque de una manera directa e inmediata afecta únicamente al Cuerpo de Cristo, afecta también indirectamente a las tres divinas Personas de la santísima Trinidad: al Verbo por su misión personal  con la humanidad de Cristo, al Padre y al Espíritu Santo por la perijóresis, o presencia mutua de las tres divinas Personas entre sí, que las hace absolutamente inseparables.
  3. Presencia de visión: Dios está presente en todas las partes, pero no en todas se deja ver. La visión beatífica en el cielo puede considerarse como una especial presencia de Dios distinta a las demás. En el cielo está Dios "dejándose ver". Es decir, es una visión para la contemplación infusa y real.
  4. Presencia de inmensidad: Uno de los atributos de Dios es su inmensidad, en virtud de la cual Dios está realmente presente en todas partes, sin que pueda existir criatura o lugar alguno donde no se encuentre Dios. Y todo esto por tres razones.
  • Por esencia: En cuanto que Dios está presente dando el ser a todo cuanto existe, sin descansar un solo instante. Si Dios suspendiera por un solo instante su acción conservadora sobre cualquier ser, desaparecería al instante dicho ser, como la lámpara eléctrica se apaga instantáneamente cuando se le corta el fluido eléctrico que la alimenta. En este sentido Dios esta presente incluso en el alma que está en pecado mortal y aun en el mismísimo demonio, que no podría existir sin esa presencia por esencia de Dios.
  • Por presencia: En cuanto que Dios tiene continuamente ante sus ojos todos los seres creados, sin que ninguno de ellos pueda substraerse un solo instante a su divina mirada.
  • Por potencia: En cuanto que  Dios tiene sometidas a su poder todas las criaturas. Con una sola palabra las creó y con una sola palabra puede aniquilarlas.
5. Presencia de inhabitación: Es la presencia especial que establece Dios Trino y Uno, en el alma justificada por la gracia del bautismo. ¿En qué se distingue esta presencia de inhabitación de la presencia de inmensidad?. Ante todo hay que decir que la presencia especial de inhabitación supone y exige la presencia de inmensidad, sin la cual no sería posible. Pero añade a esta presencia general dos elementos fundamentales, a saber: la paternidad y el don de la amistad.

a. La paternidad: Propia y teológicamente hablando, no puede decirse que Dios sea el Padre de toda la creación. En el orden natural, como es el mundo sideral, mineral, vegetal y animal, se debe de decir que Dios es el Creador  o Autor de todas ellas, pero de ningún modo le hace Padre de ellas: Ejemplo: El artista que del mármol hace una escultura bella es el autor o creador de ella, de ninguna manera y propiamente hablando es el "padre" de ella, pues para ser padre tiene que haber procrearle y transmitirle algo de su propio ser humano, su propia vida humana. Para ser padre es preciso transmitir la propia vida, esto es, la propia naturaleza específica a otro ser viviente de la misma especie. Por eso, si Dios quería ser nuestro Padre, además de nuestro Creador, era preciso que nos transmitiese su propia naturaleza divina en toda su plenitud, y este es el caso de Jesucristo, Hijo de Dios por naturaleza, consubstancial al Padre. La inhabitación es una participación real y verdadera de la misma naturaleza divina que hace el fiel cristiano desde el momento mismo del bautismo. En virtud de esta gracia santificante, que nos da una participación misteriosa pero real y verdadera de la misma naturaleza divina, 2 Petr 1,4; el alma justificada se hace "verdaderamente hijo de Dios" por una adopción intrínseca muy superior a las adopciones humanas, meramente externas y jurídicas.
Y desde ese momento, Dios, que ya residía en el alma por su presencia general de inmensidad, comienza a estar en ella como Padre y a tratarla como a verdadera hija suya. Este es el primer acto de la presencia de inhabitación, incomparablemente superior a la simple presencia  de inmensidad, en orden a la Creación. La presencia de inhabitación es del orden sobrenatural e intrínseco es participación de la filiación natural que tenía Cristo y que en nosotros por el bautismo es participación de filiación divina adoptiva en el Hijo natural Jesucristo.
b. La amistad: La gracia santificante no va nunca sola. Lleva consigo el maravilloso cortejo de las virtudes infusas sobrenaturales: fe, esperanza y caridad. La caridad establece una verdadera y mutua amistad entre Dios y los hombres: es su esencia divina; por eso al infundirse en el alma, juntamente con la gracia santificante la caridad sobrenatural, Dios comienza a estar en ella de una manera enteramente nueva: ya no está simplemente como autor de la vida sino como amigo. por lo tanto, presencia real e íntima de Dios Uno y Trino, como Padre y como Amigo. Este es el hecho extraordinario, que constituye la esencia misma de la inhabitación de la santísima Trinidad en el alma del justificado por la gracia, por medio del sacramento del bautismo.

2. Constituirse en regla y motor de nuestros actos

La vida es esencialmente dinamismo, movimiento, actividad. Precisamente conocemos la existencia de una forma vital y la naturaleza de la misma por la actividad que desarrolla. Siendo, pues, la gracia una forma divina, también ha de ser divina su actuación; es una exigencia intrínseca de la misma gracia en cuanto participación formal de la naturaleza misma de Dios. Vivir en acto la vida divina es obrar de modo divino. Ahora bien, ésta es precisamente la finalidad y función de los dones del Espíritu Santo, que poseen habitualmente todas las almas en gracia. La razón humana iluminada por la fe, que es la regla de las virtudes infusas, es un motor de poca potencia, una regla demasiado corta para unas operaciones tan altas, que tienen que dar alcance al mismo Dios tal como es en sí mismo. Es verdad que las virtudes teologales tienen por objeto inmediato al mismo Dios, y precisamente tal como es en sí mismo; pero mientras estén sometidas a la regulación de la razón humana, aunque sea iluminada por la fe, tienen que acomodarse al modo humano que la razón les imprime forzosamente, y así, por si sola, no podrá desarrollar plenamente sus inmensas virtualidades divinas por falta de ambiente y de clima propicio. Esta es la razón para probar la necesidad que tienen el alma justificada de los dones del Espíritu Santo que perfeccionando las virtudes sobrenaturales infusas (fe, esperanza y caridad) al comunicarles su modalidad divina las colocan en el plano y atmósfera sobrenatural que exige la naturaleza misma de la gracia santificante y de las virtudes infusas.


3. Constituirse en objeto de gozo de participación en Dios

Por la inhabitación en nuestras almas, la Santísima Trinidad, se constituye en objeto de gozo sobrenatural de experiencias inefables, (como es la contemplación mística).

He aquí, toda la sublime grandeza y la finalidad más entrañable de la inhabitación divina en nuestras almas. Dios mismo, Uno en esencia y Trino en Personas, se constituye en objeto de una experiencia de paz y gozo sobrenatural. Las divinas Personas se nos entregan para que gocemos de ellas, según la asombrosa terminología de Sto. Tomás, y cuando ese goce experimental alcanza la "unión transformativa", las almas llegadas a esa divinas alturas ya no saben ni quieren expresarse en lenguaje de la tierra, prefieren callar y saborear a solas lo que de ninguna manera podrían entender las demás personas humanas.

Sta. Teresa de Avila decía, "Acaecíame ... venirme un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en Él".

Sto. Tomás dice : "Por el don de la gracia santificante es perfeccionada la criatura racional, no sólo para usar libremente de aquel don creado, sino para gozar de la misma Persona divina".


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.

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