La Santísima Trinidad

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre la Santísima Trinidad: La Revelación de la Santísima Trinidad nos hace asomarnos a la insondable profundidad del misterio de Dios. Acceda AQUÍ.

Milagros eucarísticos

Con motivo de la Fiesta del Corpus Christi, compartimos este artículo donde presentamos diversos milagros eucarísticos a lo largo de los años, que demuestran la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Acceda AQUÍ.




Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 1° Parte: Sus orígenes

Iniciamos la publicación de la Historia de la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Perú del P. Rubén Vargas Ugarte S.J., en esta primera entrega ofrecemos los artículos relacionados a sus orígenes. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 24º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - La Unidad

El P. Ignacio Garro S.J. en su estudio sobre la Iglesia inicia los temas relacionados a las propiedades de la Iglesia, iniciando con la UNIDAD. Acceda AQUÍ.

El libro del Apocalipsis - 3° Parte: Guía de lectura

El P. Fernando Martínez, S.J. nos comparte una guía para la lectura del Libro del Apocalipsis. Acceda AQUÍ.

Pentecostés

El P. Adolfo Franco, S.J. nos ofrece su reflexión para la fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta del Nacimiento de la Iglesia. Que sepamos sentir también al Espíritu Santo vivir en nuestra intimidad. Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 24º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - La Unidad

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


27. INTRODUCCIÓN


Al hablar de la Iglesia como sacramento universal de salvación, decíamos que una de las notas características de la Iglesia era su "visibilidad". El Magisterio de la Iglesia desde el Concilio Vaticano I prefirió la vía empírica para demostrar que la Iglesia es la verdadera Iglesia de Cristo. Para ello expuso las propiedades esenciales, o notas esenciales o permanentes que Cristo asignó a su Iglesia como signos de reconocimiento de comunidad visible - invisible de salvación. Las cuatro características de la Iglesia, a las que en el curso del tiempo se denominó "notas" son:

La Iglesia es: Una, Santa, Católica y Apostólica. Con ello se demuestra al mismo tiempo que en la Iglesia Católica "subsiste" la verdadera Iglesia de Cristo. El Papa Paulo VI en su solemne Profesión de Fe (Credo del pueblo de Dios), pronunciada ante la Basílica de S. Pedro el 30 de junio de 1968, en el Nº l9, dice: "Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual, Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes; germen y comienzo del Reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas sus fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gira celeste".


27.1. LA IGLESIA ES UNA

La unidad de la Iglesia (o que la Iglesia es Una) la entiende el N T. como fundamentada en el hecho de que la Iglesia ha sido instituida por la acción de un Dios Uno, l Cor 8, 6. Por la revelación una en Cristo Uno,  Rom 14, 7, s.s; y en la actuación de Un Espíritu (de Dios y de Cristo), Efes 2, 18.

Esta unidad se manifiesta en la proclamación de un solo evangelio, un solo bautismo y un solo ministerio, que fue entregado a Pedro y a los Doce. La unidad de la Iglesia esencial y concreta queda expresada en Pablo, sobre todo, por medio de una se­mejanza con el cuerpo. Este cuerpo queda constituido por el bautis­mo y actualizado por el banquete eucarístico, l Cor 10, 17. Según esto, el N T, considera la unidad de la Iglesia como algo que viene dado desde siempre, como algo presente, concreto e histórico, que es pro­pio del pueblo uno de Dios, en virtud del acto amoroso uno y univer­sal de Dios con respecto al género humano uno, por medio de la implantación de una cabeza (Cristo, el nuevo Adán) sobre la humanidad. Esta unidad ha sido confiada a dicha cabeza para que la mantenga a través de la historia como signo de su institución divina, la Iglesia.

Por unidad, o que la Iglesia es una, no se entiende tan solo la uni­dad numérica cuantitativa, sino que se añade que la Iglesia es única. No hay otra, ni posibilidad de que haya otra, hablando en sentido es­tricto teológico, y en este sentido se puede hablar de la unidad in­terna de la Iglesia o unión en el sentido de indivisión.

El Magisterio de la Iglesia enseña: "La Iglesia fundada por Cristo es una y única" (de fe). La Iglesia una, es la primera propiedad que el símbolo Niceno-Cons­tantinopolitano, (381), que dice "... (Creemos) en Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica". Denz 86. En efecto, siendo la Iglesia una, manifiesta la unión del hombre con Cristo, como uno es Cristo y una es la estirpe humana que trajo Cris­to con la Redención a todo el género humano. Por eso en la Sagrada Es­critura se habla de un solo cuerpo (S. Pablo), Rom 12, 4-6; una esposa, Efes 5, 24, 32; un redil, un Pastor, una puerta, Jn,10. Culmina con la ora­ción sacerdotal de Cristo al Padre en Jn 17, 20-22: "Padre que sean uno, como tú y yo somos uno".

La Iglesia una, comprende un triple vinculo o participación en el mis­terio de la Iglesia
  • La profesión de una misma fe, (vínculo simbóli­co - dogmático). Es decir, creemos en un mismo Credo, participamos de unos mismos dogmas y creencias. Una misma moral, etc.
  • Participación de los mismos medios de salvación, (vínculo litúrgico - sacramental). Participamos con una misma fe de los mismos sacramentos y de los mismos actos litúrgicos y cultuales. Una liturgia cultual y sacramental para toda la Iglesia.
  • Sumisión a los mismos pastores, y especialmente al Romano Pontífice, eje, centro y vértice de la unidad de la Iglesia, (vínculo jerárquico - social).

        
27.1.1. Rupturas de la unidad de la Iglesia
  • A la unidad de la fe se opone la "herejía". "Herejía": significa en primer lugar una concepción errónea de la fe, cuya esencia reside en que separa una o varias verdades particu­lares de la estructura orgánica del todo, y por el hecho de aislarla, la entiende equivocadamente, negando el contenido total del dogma o trastocándole sustancialmente. La teología actual distingue entre "herejía material", cuando alguien sostiene una herejía objetiva sin ser consciente de su error, y "herejía formal", cuando alguien se aferra con terquedad y mala intención a una herejía objetiva. El que ha caído en herejía de una manera jurídicamente tangible, no pertenece ya en sentido pleno a la Iglesia. Denz 714; 2286.
  • A la unidad de la gracia que causan los Sacra­mentos se opone el pecado. (Pecado que no separa definitivamente de la Iglesia, sino que paraliza al miembro dañado). Cuando hablamos de pecado nos referimos a pecado mortal grave, pecado de muerte, en el que el cristiano que muere sin arrepentirse y confesarlo está abocado a la condenación eterna. Pecado que hasta el mismo momento de su muerte, si tiene la gracia de la conversión puede librarse de él.
  • A la unidad de gobierno sobre los Pastores se opone el "cisma". "Cisma", significa separación. Es el delito de quien se separa de la comunión de la Iglesia Católica para formar una secta o grupo particular al margen del gobierno autorizado de la Igle­sia, los Obispos con el Papa a la cabeza, el cisma, pues rompe el vín­culo social y de comunión negando la obediencia y sumisión a los legítimos Pastores. El cisma viene a caer fatalmente en la herejía al ne­gar la autoridad y la infalibilidad de la Iglesia. Los cismas princi­pales que se registran en la historia son los Novacianos, S.III, los Donatistas SS. IV Y V. Pero el más doloroso fue el iniciado por Focio S. IX y consumado siglos después por Miguel Cerulario (Cisma de Oriente) S. XI. Después, en el S. XVI, la herejía y cisma de Lutero, (Cisma de Occidente); Enrique VIII (Iglesia Anglicana), cisma de los Viejos Católicos, en Europa, S. XIX y final­mente, en tiempos recientes el cisma de Monseñor Lefevbre.

El factor más decisivo para vivir y fomentar la Iglesia una es el de la "comunión" (koinonía) de todos sus miembros. Comunión que es la vivencia del "ágape" cristiano, como la  que vivió de una manera real y sencilla la pri­mitiva comunidad cristiana, Hech 2, 42-47. También hemos visto la mención a ser "uno" de Jesús en el discurso de la última cena, Jn 17, 20,s.s. Y el apóstol S. Pablo exhorta con insistencia a los cristianos de Efeso para que se guarde la unidad exterior e interior: "Sed solícitos por conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz, sólo hay un cuerpo y un Espíritu, como también una sola esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos". Efes.4, 3-6. Y les exhorta con gran insistencia a que todos guarden la posibi­lidad de caer en herejía y en la separación: "Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, y no haya entre vosotros escisiones, antes seáis concordes en el mismo pensar y sentir", 1 Cor 1, 10; : "Al que enseñe doctrinas sectarias, eví­tale después de una y otra amonestación". Tit 3, 10; Gal 1, 8, s.s.

El Concilio Vaticano II, también ha hecho mención a la Iglesia "una". En Lumen Gentium, Nº 23: "Los Obispos, son individualmente, el principio y fun­damento visible de unidad en las Iglesias particulares, formadas a ima­gen de la Iglesia universal, en las cuales, y a base de las cuales, se constituye la Iglesia Católica, una y única".

En conclusión. Hemos hablado de la Iglesia que es "UNA”. Ha de ser entendida, ante todo, en el sentido de "Unicidad" o "única", es de­cir que no hay otra Iglesia o varias Iglesias, en el sentido estricto teológico. Cristo ha fundado una sola Iglesia, y ésta es la Iglesia Católica, aunque, "fuera de la estructura de la I­glesia de Cristo, se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad, que, como dones propios de la misma Iglesia, empujan a la unidad católica". Nº 22 del Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI. Y con­tinúa : "Y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad, esperamos que los cristianos, que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia, se unan finalmente en un solo rebaño con un solo pastor, (Pedro)." Nº 22.

Respecto al ecumenismo, el Concilio Vaticano II, dice: "Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo". Decreto sobre el Ecumenismo, Nº 1, a.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




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La Santísima Trinidad

P. Adolfo Franco, S.J.


Juan 3, 16-18

La Revelación de la Santísima Trinidad nos hace asomarnos a la insondable profundidad del misterio de Dios.


Como continuando la contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el afán de mantenernos en un clima de alegría de Pascua, la liturgia nos trae este domingo la celebración de la Santísima Trinidad. Es la plenitud de la revelación de Dios. Esta revelación de Dios tiene su comienzo al abrirse las primeras páginas de la Sagrada Escritura; allí ya se nos manifestaba Dios en todo su esplendor creador; y se iba mostrando progresivamente como libertador, como amigo. La revelación continuaba y llegó a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es el cariño de Dios que quiere decirles a sus hijos cómo es El, para que lo conozcamos y lo amemos más. La Biblia es el libro en que Dios nos cuenta cómo es. Y en la revelación de su Misterio Trinitario llega a descubrir lo más íntimo de su ser.  Son todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento los que contienen esta afirmación (cf. Mt 28, 19, entre otros).

Y nosotros, somos buscadores inquietos de la verdad, y para lograr asir las verdades con nuestra mente nos valemos de conceptos y de palabras; y la Verdad más elevada se nos oculta misteriosamente detrás de las palabras con que el Señor nos la revela. La misma ciencia de la teología, en su intento por llegar a entender esta realidad (¡qué pretensión!), no llega tampoco muy lejos y queda fatigada por conceptos abstractos en la búsqueda.

La Teología llega a fórmulas útiles, pero insuficientes y oscuras. Decimos que Dios es una esencia única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Y decimos que el Padre engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como El. Y hay un Padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no es posterior a ellos.

Qué pobres nos resultan nuestras palabras. Parecen instrumentos rígidos, esquemáticos y sin color, cuando con ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras son tan torpes. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos acercamos a la Sublime Revelación, son como señales que nos piden que sobrepasemos lo inteligible, para que nos acerquemos desnudos de conceptos al Abismo de Dios. Y entonces le damos al corazón el puesto de la inteligencia para que nos adentre en el conocimiento de Dios; hacemos que el corazón con su capacidad intuitiva dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.

Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas palabras tan torpes nos han acercado al centro de la realidad y detrás de ellas aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y Belleza, y Verdad. Y ahí nos embarcamos en el riesgo de la fe, que se deja llevar, que se aventura en sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de un infante.

Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento humano no queda prisionero en su aventura del conocer por el horizonte pequeño de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. Dios mismo nos abre la gran ventana de su intimidad. La Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como indigentes, con palabras que resultan completamente torpes, para conducirnos al Misterio de lo Sublime, pero que nos sirven de punto de partida para dar un salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras, sin razones, sin lógica, cuando la Realidad más plena se nos presenta y Dios nos dice cómo es El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad, y gozar con aquello que no alcanzamos ni a sospechar.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 1° Parte: Sus orígenes

P. Rubén Vargas Ugarte S.J.



1. LOS ORÍGENES DE LA DEVOCIÓN

1.1. Santa Rosa de Lima

La devoción al Corazón de Jesús es una devoción de los tiempos modernos. Dios quiso servirse de ella para disipar la frialdad que iba invadiendo los corazones de los cristianos y como un nuevo incentivo que excitará su voluntad y la moviera a cumplir con el precepto del amor a Dios, que es el primero y el más grande de todos los mandamientos. Pero así como la devoción a la persona de Cristo ha sido de todos los tiempos y nace con el cristianismo, así también la devoción a su Corazón Sagrado, como símbolo de su ardiente caridad, puede decirse que es tan antigua como la Iglesia. Pero no a todos fue concedido penetrar en ese santuario de la Divinidad y comprender aquello que llama San Pablo la latitud y extensión, lo sublime y lo profundo de la caridad de Cristo. Esto lo había reservado Dios para algunas almas escogidas, las cuales en el interior de su espíritu y en el secreto de su retiro comenzaron a rendir homenaje a aquel Corazón que se agotó por demostrarles a los hombres su amor.

Por eso donde quiera que hubo almas intensamente enamoradas del Salvador, almas desnudas de todo afecto que no fuera dirigido a Él, esta devoción no pudo menos de prender en ellas y las atrajo con irresistible impulso. A estas almas privilegiadas que precedieron a Santa Margarita María Alacoque, se las denomina con razón las precursoras de esta devoción. Si las hubo en las regiones donde el Evangelio se predicó desde sus orígenes, no podían faltar en este Nuevo Mundo, ganado tardíamente para la fe de Jesucristo, pero donde la gracia que recibimos en los Sacramentos no podía dejar de obrar los mismos efectos en las almas, pues uno mismo es el Espíritu que en ellas se difunde y el que ayer, hoy y siempre transforma los corazones y los encamina hacia Dios.

No nos debe extrañar por tanto que en el Perú hubiera almas escogidas que sintieran la atracción de esa abertura del costado de Cristo, de esa hendidura de la piedra, adonde el mismo Señor las invitaba a penetrar. Mencionaremos algunas de ellas, no todas, porque muchas no nos revelaron los secretos de su alma y en silencio gustaron las delicias de esta fuente de aguas vivas. Una de estas almas fue Rosa de Lima. ¿Cómo no había de ser devota del Corazón de Cristo la que vivió crucificada con Él y le amó tanto que mereció tenerle por Esposo? Ya en una ocasión, disfrazado de cantero, se había mostrado en visión intelectual a los ojos de Rosa y le había preguntado si le admitía por Esposo. Rosa no ha vacilado, toda confusa, en responderle que sí, pero su desposorio con la Santa se realizó más tarde. Ella misma lo declaró al Dr. Castillo, que recibió orden de sondear su espíritu, pero no hallaba palabras para explicar el favor que había recibido.

Era un Domingo de Ramos del año 1617. El cálido ambiente de Lima en esta ópera convidaba más el descanso y al regalo que a la austeridad y penitencia, pero Rosa sabía muy bien que aquella semana era de Pasión y había extremado los rigores con que maltrataba su cuerpo. De hinojos en la capilla del Rosario, en la nave de la epístola del templo de Santo Domingo, esperaba que se distribuyeran las palmas y los olivos, después de la ceremonia ritual. Al acercarse modestamente a recibirla de manos del Preste, no hubo para ella en el reparto. Se volvió al sitio que ocupaba y en su humildad pensó que lo había así dispuesto Dios en castigo de sus faltas. Dirigiéndose a la Virgen del Rosario le pidió intercediese por ella, por si había ofendido en algo a su Divino Hijo. La respuesta la recibió interiormente, pues sintió que su Espíritu se bañaba en un río de paz y que María la miraba con complacencia. Alentada entonces, le pidió a Nuestra Señora pusiese en sus manos la palma de los elegidos y el Niño que sostenía la Virgen en sus brazos, volviéndose a la Santa, le dijo con toda claridad: Rosa de mi corazón, se mi esposa.

Quedó la Santa fuera de sí y ajena a cuanto la rodeaba. En sus oídos, pero más todavía en su alma, resonaban aquellas palabras y ella no pudo articular otras sino éstas: He aquí, Señor tu esclava, he aquí a tu sierva. Oh, Rey de la Majestad, tuya soy y tuya seré siempre. Quiso conservar el recuerdo de esta gran merced y pensó que el mejor despertador de su afecto sería un anillo. Ella, tan recatada, tan opuesta a descubrir los dones con que Dios la favorecía, no vaciló en comunicar a su madre y a su hermano Fernando su deseo. Quiso que el anillo fuese de oro y que en el centro, en lugar de piedra, llevase un JHS grabado y como su hermano le propusiese grabar en torno un mote apropiado, vino en ello Rosa y Fernando, sin detenerse, escribió estas palabras: Rosa de mi Corazón, se mi esposa. El platero ejecutó la obra y en lugar de la palabra corazón delineó la figura del mismo.

El Jueves Santo llevó el anillo a Santo Domingo y pidió al sacristán lo colocase dentro de la urna en que había de guardarse el Sacramento. Allí permaneció Rosa, como lo había hecho otras veces, hasta después de los oficios del siguiente día y esta prolongada vela fue la preparación de sus bodas. Pero ¿cómo no había de invitar a su desposorio a sus buenos amigos el Contador Don Gonzalo de la Maza y su mujer, Doña María de Uzátegui? Aquel día o el siguiente se dirigió a su casa y les anunció que el Domingo de Resurrección celebraría sus bodas con Cristo. El P. Lorenzana había de poner en sus manos el anillo, al darle la sagrada comunión, pero le sustituyó, no sabemos por qué, el P. Alonso Velásquez. Era el 26 de marzo de 1617 y Rosa, después de recibir a Jesús que se entregaba enteramente a ella, se ponía a su vez en manos de su Amado para siempre y hasta el día en que celebrara con Él más altas bodas en otra esfera.


Con lo dicho habría bastante para incluir a Rosa entre las almas favorecidas por el Corazón de Cristo, pero hay algo más. Años más tarde, una amiga de Rosa, Doña Luisa Melgarejo, mujer de gran santidad y a quien Dios regalaba con hablas interiores, consignó en sus escritos estas palabras. Dice que, encomendado en cierta ocasión a la Santa, el Señor le dijo: A Rosa la tengo en mi Corazón porque ella siempre me ha tenido en el suyo. ¿Qué mayor prueba del acendrado afecto de Rosa para con Jesús y de Jesús para con su sierva?


Bibliografía:

P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú.

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El libro del Apocalipsis - 3° Parte: Guía de lectura

P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.


Guía del Libro del Apocalipsis


1,1-20
¡Dichoso quien lea este libro! - A las siete iglesias de la provincia de
Asia - Visión de Cristo glorioso - "Yo soy el Alfa y la Omega" - "Yo soy el que vive".

2,1-3,22
Efeso: ¡Vuelve al amor primero! - Esmirna: ¡Permanece fiel hasta la muerte! - Pérgamo: ¡Haz frente al error! - Tiatira: ¡Conserva intacta mi enseñanza! - Sardes: ¡Cambia de conducta! - Filadelfia: ¡Sigue manteniéndote fiel! - Laodicea: ¡Sal de tu tibieza!

4,1-5,14
Visión del trono de Dios: es el santo y el creador de todo - "El que es, el que era, el que está para llegar" - El libro que sólo el Cordero puede abrir.

6,1-8,5
El Cordero rompe los cuatro primeros sellos: aniquilamiento, guerra, hambre y peste - Quinto sello: los asesinados por dar testimonio de su fe - Sexto sello: ha llegado el día de la ira de Dios - Dios preserva a sus servidores - Los 144000 marcados -Y una muchedumbre inmensa, incontable - "Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua" - "El Cordero será su pastor, los conducirá a manantiales de aguas vivas..." Séptimo sello: silencio y luego el ángel del incensario arrojó las brasas sobre la tierra estremecida.

8,6-10,7
Cuatro ángeles tocan las cuatro primeras trompetas: granizo y fuego, sangre, amargor y tinieblas - Quinta trompeta: tortura y destrucción - Sexta trompeta: un ejército aniquilador de caballería - Inminencia del castigo final -Antes se habrá consumado el "misterio" de Dios.

10,8-11,19
El libro abierto - Se trata de un libro "pequeño", dulce al paladar y amargo en las entrañas - Se le pide al vidente que mida el templo - En él hay dos testigos consagrados (¿Elías y Moisés?) - La "bestia" les hará la guerra, los vencerá y los matará - Pero, subieron al cielo - Suena la séptima trompeta: ha llegado el reinado del Señor y de su Cristo.

12,1-17
Aparece una mujer en el cielo con un niño en su seno - El "dragón" (el maligno) quiere devorar al niño - Miguel y sus ángeles vencen al dragón que es arrojado a la tierra - El hace la guerra a quienes dan testimonio de Jesús - La mujer triunfa ante el dragón.

13,1-18
El dragón transmite su poder a una primera bestia que surge del mar - Una segunda bestia surge de la tierra y se pone al servicio de la primera.

14,1-15,4
El Cordero y sus seguidores - Los ángeles anuncian la hora del Juicio - "Dichosos los que mueren en el Señor" - La cosecha y la vendimia - El cántico de Moisés y del Cordero.

15,5-18,8
Las siete plagas y las siete copas - Dolor, sangre, fuego, inmundicia , destrucción, blasfemias en vez de conversión - La "gran Babilonia" (Roma), la gran prostituta - Anuncio de su ruina y condenación.

18,9-19,21
Lamento sobre Babilonia - También el cielo se une a esta lamentación - Pero en el cielo se escuchan cantos triunfales - Las bodas del Cordero - Aparece Cristo como rey vencedor.

20,1-15
El reino de los mil años - Es como una primera resurrección - Pero el mal no ha sido exterminado del todo - Al final, se abrió el "libro de la vida" y los muertos todos (grandes y pequeños) fueron juzgados.

21,1-22,5
Un cielo nuevo y una tierra nueva - La nueva Jerusalén que desciende del cielo - Agua y árboles de vida - Ya no habrá noche - Dios y el Cordero serán la luz.

22,6-21
Epílogo - "Yo, Juan, fui el que vi y oí ésto" - Dichosos los que laven sus vestiduras - El que da testimonio de todo ésto dice: "Sí, vengo pronto" - ¡Ven Señor Jesús!


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Pentecostés

P. Adolfo Franco S.J.


Juan 20, 19-23

Fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta del Nacimiento de la Iglesia. Que sepamos sentir también al Espíritu Santo vivir en nuestra intimidad.


Hoy celebramos una fiesta importante, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y el origen de la Iglesia. Es el Espíritu Santo anunciado por Jesús, el que guiará los pasos de esos Apóstoles en la vida de la Iglesia naciente, y los hará fuertes en las enormes dificultades iniciales. Y es una cosa penosa que para muchos cristianos este Espíritu Santo. Sea casi un desconocido. Todos sabemos que es una de las tres Divinas Personas y sin embargo no nos es fácil tenerlo presente en nuestra vida espiritual; nos es más fácil tener presentes al Padre y a Jesucristo.

Y es tan importante el Espíritu Santo; tan importante, como que es Dios. Pero además El esta continuamente presente y actuante en la misma vida de Cristo. Toda la vida de Jesús está llena de la presencia del Espíritu Santo. Ya la misma concepción virginal de Jesús en el vientre de María, se hace por obra del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu el que desciende sobre Jesús cuando es bautizado en el Jordán, para anunciar que Jesús es el Hijo amado de Dios.

Es notable la presencia del Espíritu en la vida y la actuación de Jesús. Por eso se dice en el Evangelio que el Espíritu Santo es el que lo lleva al desierto, y después de las tentaciones de Jesús, también es el Espíritu el que lo lleva a Galilea para empezar ya la predicación. Y por eso mismo en su primera predicación en la sinagoga de Nazaret, el párrafo que Jesús escoge para su predicación es el que dice: “El Espíritu está sobre mí”. Toda la vida de Jesús está animada por esta presencia continua del Espíritu Santo.

Y no sólo es con Jesús y con la Iglesia naciente, en realidad deberíamos saber que el Espíritu Santo es el origen de todo lo mejor de nuestra propia vida interior. Si nos diéramos cuenta de su actuación real en nosotros, entonces disiparíamos esa niebla con que rodeamos el concepto del Espíritu Santo.

Por poner un ejemplo: el mismo San Pablo dice que el Espíritu Santo ora en nosotros, que gime con gemidos inenarrables. Podríamos decir que todos los impulsos hermosos que brotan en nuestro corazón, cuando superamos un rencor, o cuando nos brota el deseo de extremar nuestra generosidad, son acciones que brotan por influjo del Espíritu Santo. Los deseos insaciables de verdad, de buscar la luz con todas sus consecuencias. Todos esos deseos brotan de la acción del Espíritu en nosotros. La generosidad con que las personas son capaces de desprenderse de sus gustos, para socorrer a otros. La tranquila acogida que una madre de pueblo joven da a los hijos de su vecina, que ha muerto prematuramente. Todos esos y muchos más de los actos e impulsos generosos de nuestros corazones, son simplemente destellos del Espíritu Santo. ¡Qué maravilloso debe ser el Espíritu Santo que produce tales destellos!

Pero además en esta fiesta del Espíritu Santo debemos meditar en la importancia superior de nuestro espíritu, por encima de todo lo material que nos rodea, y no sólo nos rodea, sino que a veces nos aprisiona. El mundo material, los objetos, todo lo que tiene una relación especial con nuestros sentidos, tienden a imponerse a todo lo demás. Y es el interior, nuestro espíritu, lo que más importa en nosotros. Porque nuestro espíritu es nada menos que un Templo vivo del Espíritu Santo.

Pero en general el mundo tiende a deslizarse demasiado a la materia, a lo que se puede medir y se puede contar. Así es nuestra civilización tecnificada. Nuestra civilización se siente orgullosa de sus avances técnicos, y realmente esos adelantos son impresionantes e importantes. Nuestra civilización ha llegado a dominar la materia midiéndola de una forma antes insospechada. Y la medida ciertamente es un instrumento fundamental del progreso. Todo esto es importante y está muy bien. Pero este progreso tecnológico muchas veces nos ha desviado la atención. Y dirigimos más nuestro corazón y nuestra mente a los instrumentos, a los cuadros estadísticos, a la informática.

Por eso es necesario también que en esta fiesta del Espíritu Santo, hagamos resaltar la suprema importancia de nuestro espíritu y de todo lo que es espiritual en el hombre. Cualquier chispa del espíritu humano es más importante y más valiosa que todos los progresos tecnológicos, que todos los chips y todos los procesadores. El amor del corazón, sus deseos, sus nostalgias, sus alegrías, no caben dentro de ninguna estadística y son más trascendentales que todas las mediciones.

El hombre vale por su espíritu, y el cristiano vale por su espíritu transformado por la gracia. Y es importante que esto lo subrayemos con nuestro comportamiento, con nuestras preferencias, con nuestras metas.

Incluso las realizaciones puramente naturales de nuestras potencias espirituales (imaginación, inteligencia, poesía), también es necesario que las valoremos debidamente; que valoremos esas producciones geniales del espíritu humano, como el pensamiento filosófico, la poesía, la música, la obra artística. Todo eso contribuye más a la calidad humana, que todas las comodidades que nos brinda el progreso. Y mucho más si añadimos además las producciones sobrenaturales de la gracia en nuestro espíritu: una oración nos enriquece más, es más cultura que todos los aparatos, una obra de caridad cristiana es más progreso que los cohetes espaciales.


Por eso hoy decimos con vehemencia: “ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor”.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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