El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre la Santísima Trinidad: La Revelación de la Santísima Trinidad nos hace asomarnos a la insondable profundidad del misterio de Dios. Acceda AQUÍ.
Milagros eucarísticos
Con motivo de la Fiesta del Corpus Christi, compartimos este artículo donde presentamos diversos milagros eucarísticos a lo largo de los años, que demuestran la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Acceda AQUÍ.Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 1° Parte: Sus orígenes
Iniciamos la publicación de la Historia de la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Perú del P. Rubén Vargas Ugarte S.J., en esta primera entrega ofrecemos los artículos relacionados a sus orígenes. Acceda AQUÍ.
La Iglesia - 24º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - La Unidad
El P. Ignacio Garro S.J. en su estudio sobre la Iglesia inicia los temas relacionados a las propiedades de la Iglesia, iniciando con la UNIDAD. Acceda AQUÍ.
El libro del Apocalipsis - 3° Parte: Guía de lectura
El P. Fernando Martínez, S.J. nos comparte una guía para la lectura del Libro del Apocalipsis. Acceda AQUÍ.
Pentecostés
El P. Adolfo Franco, S.J. nos ofrece su reflexión para la fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta del Nacimiento de la Iglesia. Que sepamos sentir también al Espíritu Santo vivir en nuestra intimidad. Acceda AQUÍ.
La Iglesia - 24º Parte: Propiedades esenciales de la Iglesia - La Unidad
P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA
27. INTRODUCCIÓN
Respecto al ecumenismo, el Concilio Vaticano II, dice: "Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo". Decreto sobre el Ecumenismo, Nº 1, a.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA
27. INTRODUCCIÓN
Al hablar de la Iglesia como sacramento universal de
salvación, decíamos que una de las notas características de la Iglesia era su
"visibilidad". El Magisterio de la Iglesia desde el Concilio
Vaticano I prefirió la vía empírica para demostrar que la Iglesia es la
verdadera Iglesia de Cristo. Para ello expuso las propiedades esenciales, o notas
esenciales o permanentes que Cristo asignó a su Iglesia como signos de
reconocimiento de comunidad visible - invisible de salvación. Las cuatro
características de la Iglesia, a las que en el curso del tiempo se denominó
"notas" son:
La Iglesia es: Una, Santa, Católica y Apostólica. Con ello se demuestra
al mismo tiempo que en la Iglesia Católica "subsiste" la verdadera
Iglesia de Cristo. El Papa Paulo VI en su solemne Profesión de Fe (Credo del
pueblo de Dios), pronunciada ante la Basílica de S. Pedro el 30 de junio de
1968, en el Nº l9, dice: "Creemos en la Iglesia una, santa, católica y
apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el
Cuerpo Místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos,
y, a la vez, comunidad espiritual, Iglesia terrestre, Pueblo de Dios
peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes;
germen y comienzo del Reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de
la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas sus
fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del
fin de los tiempos en la gira celeste".
27.1. LA IGLESIA ES UNA
La unidad de la Iglesia (o que la Iglesia es Una) la entiende el N T. como
fundamentada en el hecho de que la Iglesia ha sido instituida por la acción de
un Dios Uno, l Cor 8, 6. Por la revelación una en Cristo Uno, Rom 14, 7, s.s; y en la actuación de Un
Espíritu (de Dios y de Cristo), Efes 2, 18.
Esta unidad se manifiesta en la proclamación de un solo evangelio, un
solo bautismo y un solo ministerio, que fue entregado a Pedro y a los Doce. La
unidad de la Iglesia esencial y concreta queda expresada en Pablo, sobre todo,
por medio de una semejanza con el cuerpo. Este cuerpo queda constituido por el
bautismo y actualizado por el banquete eucarístico, l Cor 10, 17. Según esto,
el N T, considera la unidad de la Iglesia como algo que viene dado desde
siempre, como algo presente, concreto e histórico, que es propio del pueblo uno
de Dios, en virtud del acto amoroso uno y universal de Dios con respecto al
género humano uno, por medio de la implantación de una cabeza (Cristo, el nuevo
Adán) sobre la humanidad. Esta unidad ha sido confiada a dicha cabeza para que
la mantenga a través de la historia como signo de su institución divina, la
Iglesia.
Por unidad, o que la Iglesia es una, no se entiende tan solo la unidad
numérica cuantitativa, sino que se añade que la Iglesia es única. No hay otra,
ni posibilidad de que haya otra, hablando en sentido estricto teológico, y en
este sentido se puede hablar de la unidad interna de la Iglesia o unión en el
sentido de indivisión.
El Magisterio de la Iglesia enseña: "La Iglesia fundada por Cristo
es una y única" (de fe). La Iglesia una, es la primera propiedad que el
símbolo Niceno-Constantinopolitano, (381), que dice "... (Creemos) en Una
sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica". Denz 86. En efecto, siendo la
Iglesia una, manifiesta la unión del hombre con Cristo, como uno es Cristo y
una es la estirpe humana que trajo Cristo con la Redención a todo el género
humano. Por eso en la Sagrada Escritura se habla de un solo cuerpo (S. Pablo),
Rom 12, 4-6; una esposa, Efes 5, 24, 32; un redil, un Pastor, una puerta,
Jn,10. Culmina con la oración sacerdotal de Cristo al Padre en Jn 17, 20-22: "Padre que sean uno, como tú y yo
somos uno".
La Iglesia una, comprende un triple vinculo o participación en el misterio
de la Iglesia
- La profesión de una misma fe, (vínculo simbólico - dogmático). Es decir, creemos en un mismo Credo, participamos de unos mismos dogmas y creencias. Una misma moral, etc.
- Participación de los mismos medios de salvación, (vínculo litúrgico - sacramental). Participamos con una misma fe de los mismos sacramentos y de los mismos actos litúrgicos y cultuales. Una liturgia cultual y sacramental para toda la Iglesia.
- Sumisión a los mismos pastores, y especialmente al Romano Pontífice, eje, centro y vértice de la unidad de la Iglesia, (vínculo jerárquico - social).
27.1.1. Rupturas de la unidad de la Iglesia
- A la unidad de la fe se opone la "herejía". "Herejía": significa en primer lugar una concepción errónea de la fe, cuya esencia reside en que separa una o varias verdades particulares de la estructura orgánica del todo, y por el hecho de aislarla, la entiende equivocadamente, negando el contenido total del dogma o trastocándole sustancialmente. La teología actual distingue entre "herejía material", cuando alguien sostiene una herejía objetiva sin ser consciente de su error, y "herejía formal", cuando alguien se aferra con terquedad y mala intención a una herejía objetiva. El que ha caído en herejía de una manera jurídicamente tangible, no pertenece ya en sentido pleno a la Iglesia. Denz 714; 2286.
- A la unidad de la gracia que causan los Sacramentos se opone el pecado. (Pecado que no separa definitivamente de la Iglesia, sino que paraliza al miembro dañado). Cuando hablamos de pecado nos referimos a pecado mortal grave, pecado de muerte, en el que el cristiano que muere sin arrepentirse y confesarlo está abocado a la condenación eterna. Pecado que hasta el mismo momento de su muerte, si tiene la gracia de la conversión puede librarse de él.
- A la unidad de gobierno sobre los Pastores se opone el "cisma". "Cisma", significa separación. Es el delito de quien se separa de la comunión de la Iglesia Católica para formar una secta o grupo particular al margen del gobierno autorizado de la Iglesia, los Obispos con el Papa a la cabeza, el cisma, pues rompe el vínculo social y de comunión negando la obediencia y sumisión a los legítimos Pastores. El cisma viene a caer fatalmente en la herejía al negar la autoridad y la infalibilidad de la Iglesia. Los cismas principales que se registran en la historia son los Novacianos, S.III, los Donatistas SS. IV Y V. Pero el más doloroso fue el iniciado por Focio S. IX y consumado siglos después por Miguel Cerulario (Cisma de Oriente) S. XI. Después, en el S. XVI, la herejía y cisma de Lutero, (Cisma de Occidente); Enrique VIII (Iglesia Anglicana), cisma de los Viejos Católicos, en Europa, S. XIX y finalmente, en tiempos recientes el cisma de Monseñor Lefevbre.
El factor más decisivo para vivir y fomentar la Iglesia una es el de la "comunión"
(koinonía) de todos sus miembros. Comunión que es la vivencia del "ágape"
cristiano, como la que vivió de una
manera real y sencilla la primitiva comunidad cristiana, Hech 2, 42-47.
También hemos visto la mención a ser "uno" de Jesús en el discurso de
la última cena, Jn 17, 20,s.s. Y el apóstol S. Pablo exhorta con insistencia a
los cristianos de Efeso para que se guarde la unidad exterior e interior: "Sed solícitos por conservar la unidad
del espíritu mediante el vínculo de la paz, sólo hay un cuerpo y un Espíritu,
como también una sola esperanza, la de vuestra vocación. Sólo un Señor, una fe,
un bautismo, un Dios y Padre de todos". Efes.4, 3-6. Y les exhorta con
gran insistencia a que todos guarden la posibilidad de caer en herejía y en la
separación: "Os ruego, hermanos, por
el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, y no haya
entre vosotros escisiones, antes seáis concordes en el mismo pensar y
sentir", 1 Cor 1, 10; : "Al
que enseñe doctrinas sectarias, evítale después de una y otra amonestación".
Tit 3, 10; Gal 1, 8, s.s.
El Concilio Vaticano II, también ha hecho mención a la Iglesia
"una". En Lumen Gentium, Nº 23: "Los Obispos, son
individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en las Iglesias
particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales, y a
base de las cuales, se constituye la Iglesia Católica, una y única".
En conclusión. Hemos hablado de la Iglesia que es "UNA”. Ha de ser
entendida, ante todo, en el sentido de "Unicidad" o
"única", es decir que no hay otra Iglesia o varias Iglesias, en el
sentido estricto teológico. Cristo ha fundado una sola Iglesia, y ésta es la
Iglesia Católica, aunque, "fuera de la estructura de la Iglesia de
Cristo, se encuentran muchos elementos de santificación y de verdad, que, como
dones propios de la misma Iglesia, empujan a la unidad católica". Nº 22
del Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI. Y continúa : "Y creyendo, por
otra parte, en la acción del Espíritu Santo que suscita en todos los discípulos
de Cristo el deseo de esta unidad, esperamos que los cristianos, que no gozan
todavía de la plena comunión de la única Iglesia, se unan finalmente en un solo
rebaño con un solo pastor, (Pedro)." Nº 22.
Respecto al ecumenismo, el Concilio Vaticano II, dice: "Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo". Decreto sobre el Ecumenismo, Nº 1, a.
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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.
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La Santísima Trinidad
P. Adolfo Franco, S.J.
La Teología llega a
fórmulas útiles, pero insuficientes y oscuras. Decimos que Dios es una esencia
única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender
cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres
personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Y decimos que el Padre
engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como
El. Y hay un Padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo, y no es posterior a ellos.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Juan 3, 16-18
La Revelación de la Santísima Trinidad nos hace asomarnos a la insondable profundidad del misterio de Dios.
Como continuando la
contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el afán de
mantenernos en un clima de alegría de Pascua, la liturgia nos trae este domingo
la celebración de la
Santísima Trinidad. Es la plenitud de la revelación de Dios.
Esta revelación de Dios tiene su comienzo al abrirse las primeras páginas de la Sagrada Escritura ;
allí ya se nos manifestaba Dios en todo su esplendor creador; y se iba
mostrando progresivamente como libertador, como amigo. La revelación continuaba
y llegó a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es
Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Es el cariño de Dios que quiere decirles a
sus hijos cómo es El, para que lo conozcamos y lo amemos más. La Biblia es el libro en que
Dios nos cuenta cómo es. Y en la revelación de su Misterio Trinitario llega a
descubrir lo más íntimo de su ser. Son
todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento los que contienen esta
afirmación (cf. Mt 28, 19, entre otros).
Y nosotros, somos buscadores
inquietos de la verdad, y para lograr asir las verdades con nuestra mente nos
valemos de conceptos y de palabras; y la Verdad más elevada se nos oculta misteriosamente
detrás de las palabras con que el Señor nos la revela. La misma ciencia de la
teología, en su intento por llegar a entender esta realidad (¡qué pretensión!),
no llega tampoco muy lejos y queda fatigada por conceptos abstractos en la
búsqueda.
Qué pobres nos resultan nuestras
palabras. Parecen instrumentos rígidos, esquemáticos y sin color, cuando con
ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras
son tan torpes. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas
palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras
persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos
acercamos a la
Sublime Revelación , son como señales que nos piden que
sobrepasemos lo inteligible, para que nos acerquemos desnudos de conceptos al
Abismo de Dios. Y entonces le damos al corazón el puesto de la inteligencia
para que nos adentre en el conocimiento de Dios; hacemos que el corazón con su
capacidad intuitiva dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.
Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas
palabras tan torpes nos han acercado al centro de la realidad y detrás de ellas
aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y
Belleza, y Verdad. Y ahí nos embarcamos en el riesgo de la fe, que se deja
llevar, que se aventura en sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El
corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual
las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de
un infante.
Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios
deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento
humano no queda prisionero en su aventura del conocer por el horizonte pequeño
de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. Dios mismo nos abre la gran
ventana de su intimidad. La
Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como
indigentes, con palabras que resultan completamente torpes, para conducirnos al
Misterio de lo Sublime, pero que nos sirven de punto de partida para dar un
salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras
palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras,
sin razones, sin lógica, cuando la
Realidad más plena se nos presenta y Dios nos dice cómo es
El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados
y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad , y gozar
con aquello que no alcanzamos ni a sospechar.
Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 1° Parte: Sus orígenes
P. Rubén Vargas Ugarte S.J.
1. LOS ORÍGENES DE LA DEVOCIÓN
1.1. Santa Rosa de Lima
La devoción al Corazón de Jesús es una devoción de los tiempos modernos. Dios quiso servirse de ella para disipar la frialdad que iba invadiendo los corazones de los cristianos y como un nuevo incentivo que excitará su voluntad y la moviera a cumplir con el precepto del amor a Dios, que es el primero y el más grande de todos los mandamientos. Pero así como la devoción a la persona de Cristo ha sido de todos los tiempos y nace con el cristianismo, así también la devoción a su Corazón Sagrado, como símbolo de su ardiente caridad, puede decirse que es tan antigua como la Iglesia. Pero no a todos fue concedido penetrar en ese santuario de la Divinidad y comprender aquello que llama San Pablo la latitud y extensión, lo sublime y lo profundo de la caridad de Cristo. Esto lo había reservado Dios para algunas almas escogidas, las cuales en el interior de su espíritu y en el secreto de su retiro comenzaron a rendir homenaje a aquel Corazón que se agotó por demostrarles a los hombres su amor.
La devoción al Corazón de Jesús es una devoción de los tiempos modernos. Dios quiso servirse de ella para disipar la frialdad que iba invadiendo los corazones de los cristianos y como un nuevo incentivo que excitará su voluntad y la moviera a cumplir con el precepto del amor a Dios, que es el primero y el más grande de todos los mandamientos. Pero así como la devoción a la persona de Cristo ha sido de todos los tiempos y nace con el cristianismo, así también la devoción a su Corazón Sagrado, como símbolo de su ardiente caridad, puede decirse que es tan antigua como la Iglesia. Pero no a todos fue concedido penetrar en ese santuario de la Divinidad y comprender aquello que llama San Pablo la latitud y extensión, lo sublime y lo profundo de la caridad de Cristo. Esto lo había reservado Dios para algunas almas escogidas, las cuales en el interior de su espíritu y en el secreto de su retiro comenzaron a rendir homenaje a aquel Corazón que se agotó por demostrarles a los hombres su amor.
Por eso
donde quiera que hubo almas intensamente enamoradas del Salvador, almas
desnudas de todo afecto que no fuera dirigido a Él, esta devoción no pudo menos
de prender en ellas y las atrajo con irresistible impulso. A estas almas
privilegiadas que precedieron a Santa Margarita María Alacoque, se las denomina
con razón las precursoras de esta devoción. Si las hubo en las regiones donde
el Evangelio se predicó desde sus orígenes, no podían faltar en este Nuevo
Mundo, ganado tardíamente para la fe de Jesucristo, pero donde la gracia que
recibimos en los Sacramentos no podía dejar de obrar los mismos efectos en las
almas, pues uno mismo es el Espíritu que en ellas se difunde y el que ayer, hoy
y siempre transforma los corazones y los encamina hacia Dios.
No nos debe
extrañar por tanto que en el Perú hubiera almas escogidas que sintieran la
atracción de esa abertura del costado de Cristo, de esa hendidura de la piedra,
adonde el mismo Señor las invitaba a penetrar. Mencionaremos algunas de ellas,
no todas, porque muchas no nos revelaron los secretos de su alma y en silencio
gustaron las delicias de esta fuente de aguas vivas. Una de estas almas fue
Rosa de Lima. ¿Cómo no había de ser devota del Corazón de Cristo la que vivió
crucificada con Él y le amó tanto que mereció tenerle por Esposo? Ya en una
ocasión, disfrazado de cantero, se había mostrado en visión intelectual a los
ojos de Rosa y le había preguntado si le admitía por Esposo. Rosa no ha
vacilado, toda confusa, en responderle que sí, pero su desposorio con la Santa
se realizó más tarde. Ella misma lo declaró al Dr. Castillo, que recibió orden
de sondear su espíritu, pero no hallaba palabras para explicar el favor que
había recibido.
Era un
Domingo de Ramos del año 1617. El cálido ambiente de Lima en esta ópera
convidaba más el descanso y al regalo que a la austeridad y penitencia, pero
Rosa sabía muy bien que aquella semana era de Pasión y había extremado los rigores
con que maltrataba su cuerpo. De hinojos en la capilla del Rosario, en la nave
de la epístola del templo de Santo Domingo, esperaba que se distribuyeran las
palmas y los olivos, después de la ceremonia ritual. Al acercarse modestamente
a recibirla de manos del Preste, no hubo para ella en el reparto. Se volvió al
sitio que ocupaba y en su humildad pensó que lo había así dispuesto Dios en
castigo de sus faltas. Dirigiéndose a la Virgen del Rosario le pidió
intercediese por ella, por si había ofendido en algo a su Divino Hijo. La
respuesta la recibió interiormente, pues sintió que su Espíritu se bañaba en un
río de paz y que María la miraba con complacencia. Alentada entonces, le pidió
a Nuestra Señora pusiese en sus manos la palma de los elegidos y el Niño que
sostenía la Virgen en sus brazos, volviéndose a la Santa, le dijo con toda
claridad: Rosa de mi corazón, se mi esposa.
Quedó la
Santa fuera de sí y ajena a cuanto la rodeaba. En sus oídos, pero más todavía
en su alma, resonaban aquellas palabras y ella no pudo articular otras sino
éstas: He aquí, Señor tu esclava, he aquí a tu sierva. Oh, Rey de la Majestad,
tuya soy y tuya seré siempre. Quiso conservar el recuerdo de esta gran merced y
pensó que el mejor despertador de su afecto sería un anillo. Ella, tan
recatada, tan opuesta a descubrir los dones con que Dios la favorecía, no
vaciló en comunicar a su madre y a su hermano Fernando su deseo. Quiso que el
anillo fuese de oro y que en el centro, en lugar de piedra, llevase un JHS
grabado y como su hermano le propusiese grabar en torno un mote apropiado, vino
en ello Rosa y Fernando, sin detenerse, escribió estas palabras: Rosa de mi
Corazón, se mi esposa. El platero ejecutó la obra y en lugar de la palabra
corazón delineó la figura del mismo.
El Jueves
Santo llevó el anillo a Santo Domingo y pidió al sacristán lo colocase dentro
de la urna en que había de guardarse el Sacramento. Allí permaneció Rosa, como
lo había hecho otras veces, hasta después de los oficios del siguiente día y
esta prolongada vela fue la preparación de sus bodas. Pero ¿cómo no había de
invitar a su desposorio a sus buenos amigos el Contador Don Gonzalo de la Maza
y su mujer, Doña María de Uzátegui? Aquel día o el siguiente se dirigió a su
casa y les anunció que el Domingo de Resurrección celebraría sus bodas con
Cristo. El P. Lorenzana había de poner en sus manos el anillo, al darle la
sagrada comunión, pero le sustituyó, no sabemos por qué, el P. Alonso
Velásquez. Era el 26 de marzo de 1617 y Rosa, después de recibir a Jesús que se
entregaba enteramente a ella, se ponía a su vez en manos de su Amado para
siempre y hasta el día en que celebrara con Él más altas bodas en otra esfera.
Con lo
dicho habría bastante para incluir a Rosa entre las almas favorecidas por el
Corazón de Cristo, pero hay algo más. Años más tarde, una amiga de Rosa, Doña
Luisa Melgarejo, mujer de gran santidad y a quien Dios regalaba con hablas
interiores, consignó en sus escritos estas palabras. Dice que, encomendado en
cierta ocasión a la Santa, el Señor le dijo: A Rosa la tengo en mi Corazón
porque ella siempre me ha tenido en el suyo. ¿Qué mayor prueba del acendrado
afecto de Rosa para con Jesús y de Jesús para con su sierva?
Bibliografía:
P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú.
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El libro del Apocalipsis - 3° Parte: Guía de lectura
P. Fernando Martínez Galdeano, S.J.Guía del Libro del Apocalipsis
1,1-20
¡Dichoso quien lea este libro! - A las siete iglesias de la provincia de
Asia - Visión de Cristo glorioso - "Yo soy el Alfa y la Omega" - "Yo soy el que vive".
2,1-3,22
Efeso: ¡Vuelve al amor primero! - Esmirna: ¡Permanece fiel hasta la muerte! - Pérgamo: ¡Haz frente al error! - Tiatira: ¡Conserva intacta mi enseñanza! - Sardes: ¡Cambia de conducta! - Filadelfia: ¡Sigue manteniéndote fiel! - Laodicea: ¡Sal de tu tibieza!
4,1-5,14
Visión del trono de Dios: es el santo y el creador de todo - "El que es, el que era, el que está para llegar" - El libro que sólo el Cordero puede abrir.
6,1-8,5
El Cordero rompe los cuatro primeros sellos: aniquilamiento, guerra, hambre y peste - Quinto sello: los asesinados por dar testimonio de su fe - Sexto sello: ha llegado el día de la ira de Dios - Dios preserva a sus servidores - Los 144000 marcados -Y una muchedumbre inmensa, incontable - "Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua" - "El Cordero será su pastor, los conducirá a manantiales de aguas vivas..." Séptimo sello: silencio y luego el ángel del incensario arrojó las brasas sobre la tierra estremecida.
8,6-10,7
Cuatro ángeles tocan las cuatro primeras trompetas: granizo y fuego, sangre, amargor y tinieblas - Quinta trompeta: tortura y destrucción - Sexta trompeta: un ejército aniquilador de caballería - Inminencia del castigo final -Antes se habrá consumado el "misterio" de Dios.
10,8-11,19
El libro abierto - Se trata de un libro "pequeño", dulce al paladar y amargo en las entrañas - Se le pide al vidente que mida el templo - En él hay dos testigos consagrados (¿Elías y Moisés?) - La "bestia" les hará la guerra, los vencerá y los matará - Pero, subieron al cielo - Suena la séptima trompeta: ha llegado el reinado del Señor y de su Cristo.
12,1-17
Aparece una mujer en el cielo con un niño en su seno - El "dragón" (el maligno) quiere devorar al niño - Miguel y sus ángeles vencen al dragón que es arrojado a la tierra - El hace la guerra a quienes dan testimonio de Jesús - La mujer triunfa ante el dragón.
13,1-18
El dragón transmite su poder a una primera bestia que surge del mar - Una segunda bestia surge de la tierra y se pone al servicio de la primera.
14,1-15,4
El Cordero y sus seguidores - Los ángeles anuncian la hora del Juicio - "Dichosos los que mueren en el Señor" - La cosecha y la vendimia - El cántico de Moisés y del Cordero.
15,5-18,8
Las siete plagas y las siete copas - Dolor, sangre, fuego, inmundicia , destrucción, blasfemias en vez de conversión - La "gran Babilonia" (Roma), la gran prostituta - Anuncio de su ruina y condenación.
18,9-19,21
Lamento sobre Babilonia - También el cielo se une a esta lamentación - Pero en el cielo se escuchan cantos triunfales - Las bodas del Cordero - Aparece Cristo como rey vencedor.
20,1-15
El reino de los mil años - Es como una primera resurrección - Pero el mal no ha sido exterminado del todo - Al final, se abrió el "libro de la vida" y los muertos todos (grandes y pequeños) fueron juzgados.
21,1-22,5
Un cielo nuevo y una tierra nueva - La nueva Jerusalén que desciende del cielo - Agua y árboles de vida - Ya no habrá noche - Dios y el Cordero serán la luz.
22,6-21
Epílogo - "Yo, Juan, fui el que vi y oí ésto" - Dichosos los que laven sus vestiduras - El que da testimonio de todo ésto dice: "Sí, vengo pronto" - ¡Ven Señor Jesús!
...
Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Pentecostés
P. Adolfo Franco S.J.
Juan 20, 19-23
Fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, fiesta del Nacimiento de la Iglesia. Que sepamos sentir también al Espíritu Santo vivir en nuestra intimidad.
Hoy celebramos una fiesta
importante, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y el origen de la Iglesia. Es el
Espíritu Santo anunciado por Jesús, el que guiará los pasos de esos Apóstoles
en la vida de la Iglesia
naciente, y los hará fuertes en las enormes dificultades iniciales. Y es una
cosa penosa que para muchos cristianos este Espíritu Santo. Sea casi un
desconocido. Todos sabemos que es una de las tres Divinas Personas y sin
embargo no nos es fácil tenerlo presente en nuestra vida espiritual; nos es más
fácil tener presentes al Padre y a Jesucristo.
Y es tan importante el Espíritu
Santo; tan importante, como que es Dios. Pero además El esta continuamente
presente y actuante en la misma vida de Cristo. Toda la vida de Jesús está
llena de la presencia del Espíritu Santo. Ya la misma concepción virginal de
Jesús en el vientre de María, se hace por obra del Espíritu Santo. Es el mismo
Espíritu el que desciende sobre Jesús cuando es bautizado en el Jordán, para
anunciar que Jesús es el Hijo amado de Dios.
Es notable la presencia del
Espíritu en la vida y la actuación de Jesús. Por eso se dice en el Evangelio
que el Espíritu Santo es el que lo lleva al desierto, y después de las
tentaciones de Jesús, también es el Espíritu el que lo lleva a Galilea para
empezar ya la predicación. Y por eso mismo en su primera predicación en la
sinagoga de Nazaret, el párrafo que Jesús escoge para su predicación es el que
dice: “El Espíritu está sobre mí”. Toda la vida de Jesús está animada por esta
presencia continua del Espíritu Santo.
Y no sólo es con Jesús y con la Iglesia naciente, en
realidad deberíamos saber que el Espíritu Santo es el origen de todo lo mejor
de nuestra propia vida interior. Si nos diéramos cuenta de su actuación real en
nosotros, entonces disiparíamos esa niebla con que rodeamos el concepto del
Espíritu Santo.
Por poner un ejemplo: el mismo
San Pablo dice que el Espíritu Santo ora en nosotros, que gime con gemidos
inenarrables. Podríamos decir que todos los impulsos hermosos que brotan en
nuestro corazón, cuando superamos un rencor, o cuando nos brota el deseo de
extremar nuestra generosidad, son acciones que brotan por influjo del Espíritu
Santo. Los deseos insaciables de verdad, de buscar la luz con todas sus consecuencias.
Todos esos deseos brotan de la acción del Espíritu en nosotros. La generosidad
con que las personas son capaces de desprenderse de sus gustos, para socorrer a
otros. La tranquila acogida que una madre de pueblo joven da a los hijos de su
vecina, que ha muerto prematuramente. Todos esos y muchos más de los actos e
impulsos generosos de nuestros corazones, son simplemente destellos del
Espíritu Santo. ¡Qué maravilloso debe ser el Espíritu Santo que produce tales
destellos!
Pero además en esta fiesta del
Espíritu Santo debemos meditar en la importancia superior de nuestro espíritu,
por encima de todo lo material que nos rodea, y no sólo nos rodea, sino que a
veces nos aprisiona. El mundo material, los objetos, todo lo que tiene una
relación especial con nuestros sentidos, tienden a imponerse a todo lo demás. Y
es el interior, nuestro espíritu, lo que más importa en nosotros. Porque
nuestro espíritu es nada menos que un Templo vivo del Espíritu Santo.
Pero en general el mundo tiende
a deslizarse demasiado a la materia, a lo que se puede medir y se puede contar.
Así es nuestra civilización tecnificada. Nuestra civilización se siente
orgullosa de sus avances técnicos, y realmente esos adelantos son
impresionantes e importantes. Nuestra civilización ha llegado a dominar la
materia midiéndola de una forma antes insospechada. Y la medida ciertamente es
un instrumento fundamental del progreso. Todo esto es importante y está muy
bien. Pero este progreso tecnológico muchas veces nos ha desviado la atención.
Y dirigimos más nuestro corazón y nuestra mente a los instrumentos, a los
cuadros estadísticos, a la informática.
Por eso es necesario también
que en esta fiesta del Espíritu Santo, hagamos resaltar la suprema importancia
de nuestro espíritu y de todo lo que es espiritual en el hombre. Cualquier
chispa del espíritu humano es más importante y más valiosa que todos los
progresos tecnológicos, que todos los chips y todos los procesadores. El amor
del corazón, sus deseos, sus nostalgias, sus alegrías, no caben dentro de
ninguna estadística y son más trascendentales que todas las mediciones.
El hombre vale por su espíritu,
y el cristiano vale por su espíritu transformado por la gracia. Y es importante
que esto lo subrayemos con nuestro comportamiento, con nuestras preferencias,
con nuestras metas.
Incluso las realizaciones
puramente naturales de nuestras potencias espirituales (imaginación,
inteligencia, poesía), también es necesario que las valoremos debidamente; que
valoremos esas producciones geniales del espíritu humano, como el pensamiento
filosófico, la poesía, la música, la obra artística. Todo eso contribuye más a
la calidad humana, que todas las comodidades que nos brinda el progreso. Y
mucho más si añadimos además las producciones sobrenaturales de la gracia en
nuestro espíritu: una oración nos enriquece más, es más cultura que todos los
aparatos, una obra de caridad cristiana es más progreso que los cohetes
espaciales.
Por eso hoy decimos con
vehemencia: “ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles e infunde en
ellos el fuego de tu amor”.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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