Benedicto XVI: El Pan en el camino hacia la libertad, la justicia y la paz



Meditación del Papa durante el Ángelus en el día de Corpus Christi


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 14 junio 2009 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.



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Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy en varios países, entre los cuales Italia, el Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía, en la que el Sacramento del Cuerpo del Señor es llevado solemnemente en procesión. ¿Qué significa para nosotros esta fiesta? No sólo hace referencia al aspecto litúrgico; en realidad, el Corpus Christi es un día que involucra la dimensión cósmica, el cielo y la tierra. Evoca, ante todo, al menos en nuestro hemisferio, esta estación tan bella y perfumada en la que la primavera se convierte en verano, el sol brilla con intensidad en el cielo y en los campos madura el trigo. Las fiestas de la Iglesia, al igual que las judías, están relacionadas con el ritmo del año solar, de la siembra y la cosecha. En particular, esto se destaca en la solemnidad de este día, en cuyo centro está el pan, fruto de la tierra y del cielo. Por este motivo, el pan eucarístico es signo visible de Aquél en el que el cielo y la tierra, Dios y el hombre, se han convertido en una sola cosa. Y esto muestra que la relación con las estaciones no es para el año litúrgico algo simplemente exterior.

La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente ligada a la Pascua y a Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo constituyen sus presupuestos. Además, está inmediatamente ligada a la fiesta de la Trinidad, celebrada el domingo pasado: sólo porque Dios mismo es relación se puede dar una relación con Él; y sólo porque es amor puede amar y ser amado. De este modo, el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor. De manera única y peculiar, esta fiesta nos habla del amor divino, de lo que es y de lo que hace. Nos dice, por ejemplo, que regenera al entregarse a uno mismo, que se recibe al dar, que no se desvirtúa ni se consume, como canta un himno de santo Tomás de Aquino: "nec sumptus consumitur". El amor todo lo transforma y, por tanto, se comprende que en el centro de esta fiesta del Corpus Christi se encuentra el misterio de la transubstanciación, signo de Jesús-Caridad, que transforma el mundo. Al contemplarle y adorarle, decimos: sí, el amor existe, y dado que existe, las cosas pueden cambiar para mejor y nosotros podemos esperar. La esperanza que procede del amor de Cristo nos da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades. Por ello, cantamos, mientras llevamos en procesión al Santísimo Sacramento; cantamos y alabamos a Dios que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan partido. De este Pan todos tenemos necesidad, pues es largo y cansado el camino hacia la libertad, la justicia y la paz.

¡Podemos imaginar con cuánta fe y amor la Virgen habrá recibido y adorado en su corazón la santa Eucaristía! Cada vez era para ella como revivir todo el misterio de su Hijo Jesús: desde la concepción hasta la resurrección. "Mujer eucarística" la ha llamado mi venerado y amado predecesor, Juan Pablo II. Aprendamos de ella a renovar continuamente nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

[Después de rezar el Ángelus, añadió:]

Del 24 al 26 de este mes se celebrará en Nueva York la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la crisis económica y financiera y sobre su impacto sobre el desarrollo. Invoco sobre los participantes en la Conferencia, así como sobre los responsables de la cosa pública y de los destinos del planeta el espíritu de sabiduría y de solidaridad humana para que la actual crisis se transforme en una oportunidad capaz de favorecer una mayor atención por la dignidad de toda persona humana y de promover una justa distribución del poder de decisión y de los recursos, prestando particular atención al número por desgracia siempre en aumento de los pobres.

En este día, en el que en Italia y en otras muchas naciones se celebra la fiesta del Corpus Christi, "Pan de la vida", como ya he dicho antes, deseo recordar en especial a los centenares de millones de personas que sufren a causa del hambre. Es una realidad absolutamente inaceptable, que no logra redimensionarse a pesar de los esfuerzos de las últimas décadas. Deseo, por tanto, que con motivo de la próxima Conferencia de la ONU y en las instituciones internacionales se asuman medidas compartidas por toda la comunidad internacional y se realicen esas opciones estratégicas, que en ocasiones no son fáciles de aceptar pero que son necesarias para asegurar a todos, en el presente y en el futuro, los alimentos fundamentales y una vida digna.

El próximo viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de Santificación Sacerdotal, comenzará el Año Sacerdotal, que he querido convocar en coincidencia con el 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Encomiendo a vuestras oraciones esta nueva iniciativa espiritual, que seguirá al Año Paulino, que se encamina hacia su conclusión. Que este nuevo año jubilar constituya una ocasión propicia para profundizar en el valor y la importancia de la misión sacerdotal y para pedir al Señor que le dé a su Iglesia el don de numerosos y santos sacerdotes.

[A continuación el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo: ]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. En este día, en el que en muchas partes se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, os invito a rendir público testimonio de fe y piedad hacia este excelso sacramento, memorial de la pasión del Señor. Que la veneración de este sagrado misterio nos haga experimentar constantemente el fruto de la redención. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

Tomado de ZENIT.

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Amarse siendo dos - 2º Parte


P. Vicente Gallo S.J.


Hay otra mala consecuencia en ese ocultamiento de algunos aspectos que son parte de nuestro ser; y es que no nos damos al otro en nuestro verdadero ser o valer, sino solamente en lo que nos creemos ser más aceptables. Puede ocurrir, a la vez, que estemos amando también al otro tal como él se nos presenta, y no como él es en realidad: o juzgándolo como le hemos conocido, según eso superficial e incompleto con que se nos presentó, sin admitirle con lo que un día podamos descubrir en él, algo que antes no conocíamos.

Sin embargo, como ha de suceder que en el correr de los días el uno y el otro manifestarán esos aspectos que habían mantenido ocultos aun sin mala voluntad, podrá sobrevenir entonces una verdadera crisis en el amor. Porque al casarse dijo cada uno de ellos “yo tomo a este (hombre o mujer) como esposo/a”. Y llegará a creer fácilmente que “éste no es el que yo tomé para mí”, sino distinto. De ahí proceden muchas separaciones matrimoniales.

La verdad es que “Dios no hizo basura” cuando hizo al uno o al otro. Sino que Dios los hizo a cada uno “un ser único, bueno, y digno de ser amado”. Los hizo con muchos valores o virtudes, dentro de la gama de valores o virtudes que son posibles, mas no con todas ni en el mismo grado; y con unas carencias y defectos o antivalores, que serán también más o menos en número y en gravedad. Pero justamente es así, cada uno como es, o como puede llegar a ser con su esfuerzo y la ayuda del otro, como se han enamorado y como se casan “para amarse, respetarse y ayudarse todos los días de su vida”.

Entendiendo, repito, que “todos los días de su vida” no quiere decir solamente “hasta el final de la vida”, sino “todos los días”, cada día de su vida, en los días de luz y en lo de nubarrones, y también en los días tontos, “sin pena ni gloria”, que se van pasando sin darse cuenta quienes los viven. Siempre, cada día, la tarea más importante es hacer lo posible para vivir enamorados y cada día más de veras; amándose más todos los días, “hasta el final de la vida”.

Amándose más cada uno a sí mismo, para darse al otro con mayor ilusión, con mayor fe en el otro; que también él, entonces y así, se amará más a sí mismo, con mayor capacidad de soportar todo lo negativo del otro con lo que también le aceptó y se casó. Siempre creciendo en el amor que los une y les da la anhelada felicidad. Valorando lo bueno que uno halle en el otro, y aceptando lo que encuentre que le falta como no podía ser de otro modo.

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Es importante saber distinguir entre las diferencias individuales, las que constituyen a cada persona y la distinguen de las otras, pero que no cambian cambiando las situaciones; y, por otra parte, los comportamientos diversos, habituales u ocasionales, en la forma de relacionarnos con el otro o con todos. Son estos los que pueden variar al cambiar la situación o la persona, ante los que estamos al vivir en relación. Son también los que debemos controlar, corregir, aprender o desaprender y olvidar. Cambiando el trabajo o el rol en el que nos desempeñamos, o las personas ante las que actuamos y nos juzgan, cambiamos instintivamente de comportamientos, sin más, en la mayoría de los casos, aunque sigamos siendo los mismos; mucho más, cambiando nuestras actitudes con las que nos miramos en la relación.

Es necesario que estemos muy atentos para conocer qué comportamientos míos le gustan o molestan al otro o los otros, cuáles los hacen felices y cuáles los decepcionan; para saber comportarse, y para cultivar o desechar esos modales. Lo mismo interesa el saber qué me hace “entrador” con la gente o qué me hace no caerles bien. También, qué aspectos de mi personalidad resalto comúnmente, y cuáles oculto tontamente, sobre todo con mi pareja. Cómo me comporto cuando me siento inseguro ante alguien, mi pareja sobre todo, y por qué siento esa inseguridad.

Del mismo modo, interesa conocer qué debilidades o puntos débiles míos resultan de veras rechazables, o cuáles resultan no sólo aceptables, sino hasta divertidos y simpáticos, pero que aun así los debo controlar. Y percatarme de que, aunque los elogios me ruboricen, me agrada recibirlos y me hacen crecer; para yo saber también elogiar oportunamente.

Pero de todas las maneras, importa tener el convencimiento de que Dios me ama como El me hizo y como soy con ello, porque con ello soy digno de ser amado. Igual que, de la misma manera, Dios ama al otro como él es, porque así le hizo El. Si Dios ama así al uno y al otro, ¿por qué no hemos de amarnos nosotros también?

Lo que Dios no quiere, aunque a pesar de ello me ame, es lo malo que yo pongo en mis comportamientos, ni tampoco lo que estoy siendo porque no me cultivo para ser otra cosa. Pero no debo ocultar mis valores, sino cultivarlos para así ser mejor y darme al otro más de veras y más valiosamente. Dios también quiere que te dejes amar, que te dejes perdonar y que te dejes ayudar por aquel con quien vives unido en el amor. Porque definitivamente, siendo dos, y siendo distintos, es como Dios los hizo para que se amen tanto como El los ama, sin arrepentirse nunca, sino siempre alentándolos a crecer.

Dios siempre nos perdona, con un perdón que es “mandar nuestros pecados hasta el fondo del mar”, dice un Profeta. Nos perdona y nos sana; para poder de nuevo hallarnos hermosos a sus ojos divinos, dignos del enamoramiento que nos tiene. Porque Dios se goza en el Amor, lo que es El; no en el rencor ni en la venganza. “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. ...El que no cree, ese está condenado: porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios”, dice el Evangelio de San Juan.


Amándose con ese amor con que Dios los ama, los esposos cristianos deben saber perdonarse también con ese mismo perdón con el que Dios los perdona cuando humildemente se acercan a ser perdonados por medio de la Iglesia, que es por medio de la cuál Dios los hace suyos: cuando aún no lo eran y cuando hayan dejado de serlo. Siendo su Iglesia ya por el Bautismo, y como pareja por el Sacramento del Matrimonio, no puede estar permitido a esos esposos el no perdonarse, ni el perdonarse de cualquier manera, lo cuál sería dejar abierta la herida de la ofensa. Sería entonces la Iglesia, el Cuerpo mismo de Cristo, a quien se dejaría con esa herida tan dolorosa para Dios.

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Devoción al Sagrado Corazón de Jesús


Explicaciones Doctrinales

La devoción al Sagrado Corazón no es sino una forma especial de devoción a Jesús. Al esclarecer su objeto, sus fundamentos y sus actos propios conoceremos qué es exactamente y qué hace distinta a esta devoción.

(1) El objeto especial de la devoción al Sagrado Corazón
La naturaleza de esta cuestión es ya de por si compleja y las dificultades que nacen a causa de la terminología la hacen aún más compleja. Sin profundizar en términos que son extremadamente técnicos, estudiaremos las ideas en si mismas y, con el fin de pronto saber dónde estamos, nos detendremos en el significado y en el uso que se da a la palabra corazón en el lenguaje normal.

(a) La palabra corazón despierta en nosotros, antes que nada, la idea del órgano vital que palpita en nuestro pecho y del que sabemos, aunque quizás vagamente, que está íntimamente conectado no sólo con nuestra vida física, sino también con nuestra vida moral y emocional Tal relación explica, también, que el corazón de carne sea universalmente aceptado como emblema de nuestra vida moral y emocional, y que por asociación, la palabra corazón ocupe el sitio que tiene en el lenguaje simbólico y que esa palabra se aplique igualmente a las cosas mismas que son simbolizadas por el corazón. (Cfr. Jr 31, 33; Dt 6, 5; 29, 3; Is 29, 13; Ez 36, 26; Mt 6, 21; 15, 19; Lc 8, 15; Rm 5, 5; Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 368, 2517, N.T.). Pensemos, por ejemplo, en expresiones como "abrir nuestro corazón", "entregar el corazón", etc. Llega a pasar que el símbolo es despojado de su significado material y en vez del signo se percibe sólo lo que es significado. De igual manera, en el lenguaje corriente la palabra alma ya no despierta la idea de aliento, y la palabra corazón sólo nos trae a la mente las ideas de valor o amor. Claro que aquí hablamos de figuras del lenguaje o de metáforas, más que de símbolos. El símbolo es un signo real, mientras que la metáfora es sólo un signo verbal. El símbolo es algo que significa algo distinto de si mismo, mientras que la metáfora es una palabra utilizada para dar a entender algo distinto de su significado propio. Por último, en el lenguaje normal, nosotros pasamos continuamente de la parte al todo y, gracias a una forma muy natural de hablar, usamos la palabra corazón para referirnos a la persona. Todas estas ideas nos ayudarán a determinar el objeto de la devoción al Sagrado Corazón.

(b) El problema comienza cuando se debe distinguir entre los significados material, metafórico y simbólico de la palabra corazón. Se trata de saber si el objeto de la devoción es el corazón de carne, como tal, o el amor de Jesucristo significado metafóricamente por la palabra corazón, o el corazón de carne en cuanto símbolo de la vida emocional y moral de Jesús, especialmente de su amor hacia nosotros. Afirmamos que se da debido culto al corazón de carne en cuanto éste simboliza y recuerda el amor de Jesús y su vida emocional y moral (Cfr. Pío XII, encíclica "Haurietis Aquas", 18,21,24, N.T.).
De tal forma, aunque la devoción se dirige al corazón material, no se detiene ahí: incluye el amor, ese amor que constituye su objeto principal pero que únicamente se alcanza a través del corazón de carne, símbolo y signo de ese amor. La devoción al solo Corazón de Jesús, tomado éste como una parte noble de su divino cuerpo, no sería equivalente a la devoción al Sagrado Corazón tal y como la entiende y aprueba la Iglesia. Y lo mismo se puede decir de la devoción al amor de Jesús, como si se tratara de una parte separada de su corazón de carne, o sin más relación con este último que la sugerida por una palabra tomada en su sentido metafórico. (Cfr. Gaudium et Spes, 22,2, N.T.) Pues hay que considerar que en esta devoción existen dos elementos: uno sensible, el corazón de carne, y uno espiritual, el que es representado y traído a la mente por el corazón de carne. Estos dos elementos no son dos objetos distintos, simplemente coordinados, sino que realmente constituyen un objeto solo, del mismo modo como lo hacen el alma y el cuerpo, y el signo y la cosa significada. De esos dos elementos el principal es el amor, que es la causa y la razón de la existencia de la devoción, tal como el alma es el elemento principal en el hombre. Consecuentemente, la devoción al Sagrado Corazón puede ser definida como una devoción al Corazón Adorable de Jesucristo en cuanto él representa y recuerda su amor. O, lo que equivale a lo mismo, se trata de la devoción al amor de Jesucristo en cuanto que ese amor es recordado y simbólicamente representado por su corazón de carne (Cfr. Encíclica de S.S. León XIII, Annum Sacrum; Catecismo de la Iglesia Católica nos. 479, 609. N.T.).

(c) La devoción está basada totalmente en el simbolismo del corazón. Es este simbolismo lo que de da su significado y su unidad, y su fuerza simbólica queda admirablemente completada al ser representado el corazón como herido. Como el Corazón de Jesús se nos presenta como el signo sensible de su amor, la herida visible en el Corazón nos recuerda la invisible herida de su amor ("Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza", Catecismo de la Iglesia Católica, 1439, N.T.). Ese simbolismo también nos deja en claro que la devoción, si bien concede al corazón un lugar especial, poco está interesada en los detalles anatómicos. Dado que en las imágenes del Sagrado Corazón la expresión simbólica debe predominar sobre todo lo demás, no se busca nunca la congruencia anatómica; ésta afectaría negativamente la devoción al debilitar la evidencia del simbolismo. Es de primera importancia que el corazón como emblema se pueda distinguir del corazón anatómico; lo apropiado de la imagen debe ser favorable a la expresión de la idea. En una imagen del Sagrado Corazón es necesario un corazón visible, pero éste debe ser, además de visible, simbólico. Y se puede afirmar algo semejante en el ámbito de la fisiología, porque el corazón de carne que constituye el objeto de la devoción, y que debe dejar ver el amor de Jesús, es el Corazón de Jesús, el Corazón real, viviente, que en verdad amó y sufrió; el que, como lo experimentamos en nuestros corazones, tuvo relación con las emociones y la vida moral de Cristo; el que, por el conocimiento, así sea rudimentario, que tenemos a partir de las operaciones de nuestra propia vida humana, jugó igual papel en las operaciones de la vida del Maestro. Sin embargo, la relación entre el Corazón y el Amor de Cristo no tiene un carácter puramente convencional, como es el caso entre la palabra y la cosa, o entre la bandera y el país que ésta representa. Ese Corazón ha estado y está inseparablemente vinculado con la vida de Cristo, vida de bondad y amor. Basta, empero, que en nuestra devoción simplemente conozcamos y sintamos esta relación tan íntima. No tenemos porqué preocuparnos por la anatomía del Sagrado Corazón, ni con determinar cuáles son sus funciones en la vida diaria. Sabemos que el simbolismo del corazón se funda en la realidad y que constituye el objeto de nuestra devoción al Sagrado Corazón, la cual no está en peligro de caer en el error.

(d) El corazón es, antes que nada, el emblema del amor y es precisamente esa característica la que define naturalmente a la devoción al Sagrado Corazón. Es más, ya que la devoción se dirige al amante Corazón de Jesús, ella debe abarcar todo aquello que es abrazado por ese amor. Y, en ese contexto, ¿no fue ese amor la causa de toda acción y sufrimiento de Cristo?. ¿No fue su vida interior, más que la exterior, dominada por ese amor? Por otro lado, teniendo la devoción al Sagrado Corazón como objeto al Corazón viviente de Jesús, eso mismo familiariza al devoto con toda la vida interna del Maestro, con sus virtudes y sentimientos y, finalmente, con Jesús mismo, infinitamente amante y amable. Consecuentemente, de la devoción al Corazón amante se procede, primero, al conocimiento íntimo de Jesús, de sus sentimientos y virtudes, de toda su vida emocional y moral; del Corazón amante se extiende a las manifestaciones de su amor. Hay otra forma de extensión que, teniendo la misma significación, se realiza, sin embargo, de diverso modo, pasando del Corazón a la Persona. Transición que, por otra parte, es algo que se realiza naturalmente. Cuando hablamos de un "gran corazón" siempre hacemos alusión a una persona, del mismo modo que cuando mencionamos el Sagrado Corazón nos referimos a Jesús. Esto no sucede porque ambas cosas sean sinónimas sino porque la palabra corazón se utiliza para indicar una persona, y esto es posible porque expresamos que tal persona está relacionada con su propia vida moral y emocional. Del mismo modo, cuando nos referimos a Jesús como el Sagrado Corazón, lo que en realidad queremos expresar es al Jesús que manifiesta su Corazón, el Jesús amante y amable. Jesús entero queda recapitulado en su Corazón Sagrado, al igual que todas las cosas son recapituladas en Jesús.

(e) Tal entrega a Jesús, amante y amable, lleva al devoto a darse cuenta que su divino amor ha sido y continúa siendo rechazado. Dios continuamente se lamenta de ello en las Sagradas Escrituras; los santos siempre han escuchado en sus corazones la queja de ese amor no correspondido. Una de las fases esenciales de la devoción es la percepción de que el amor de Jesús por nosotros es ignorado y despreciado. El mismo Jesús reveló esa verdad a Santa Margarita María Alacoque, ante la que se quejó de ello amargamente.

(f) Este amor se manifiesta claramente en Jesús y en su vida, y únicamente ese amor puede explicar a Jesús, así como sus palabras y obras. Empero, su amor brilla más resplandeciente en ciertos misterios a través de los que nos llegan grandes bienes, y en los cuales Jesús se manifiesta más generoso en la entrega de si mismo. Podemos pensar, por ejemplo, en la Encarnación, la Pasión y la Eucaristía. Estos misterios, además, tienen un lugar especial en la devoción que, buscando a Jesús y los signos de su amor y su gracia, los encuentra aquí con una intensidad mayor que en cualquier evento particular.

(g) Ya se dijo arriba que la devoción al Sagrado Corazón, dirigida al Corazón de Jesús como emblema de su amor, pone especial atención a su amor por la humanidad. Lógicamente, esto no excluye su amor a Dios, pues está incluido en su amor por los hombres. Se trata, entonces, de la devoción al "Corazón que tanto ha amado a los hombres", según las palabras citadas por Santa Margarita María.

(h) Por último, surge la pregunta de si el amor al que honramos con esta devoción es el mismo con el que Jesús nos ama en cuanto hombre o se trata de aquel con el que nos ama en cuanto Dios. O sea, si se trata de un amor creado o de uno increado; de su amor humano o de su amor divino. Sin lugar a dudas se trata del amor de Dios hecho hombre, el amor del Verbo Encarnado. Ningún devoto separa estos dos amores, como tampoco separa las dos naturalezas de Cristo (Cfr. Catecismo de la Igesia Católica, No. 470, N.T.). Y aunque quisiésemos debatir este punto y solucionarlo a toda costa, sólo encontraremos que hay diferentes opiniones entre los autores. Algunos, por considerar que el corazón de carne sólo puede vincularse con el amor humano, concluyen que no puede simbolizar el amor divino que, a su vez, no es propio de la persona de Jesús y que, por tanto, el amor divino no puede ser objeto de la devoción. Otros afirman que el amor divino no puede ser objeto de la devoción si se le separa del Verbo Encarnado, o sea que sólo es tal cuando se le considera como el amor del Verbo Encarnado y no ven porqué no pueda ser simbolizado por el corazón de carne ni porqué la devoción debiera circunscribirse solamente al amor creado.

(2) Fundamentos de la devoción
Esta cuestión puede ser estudiada bajo tres aspectos: el histórico, el teológico y el científico.

(a) Fundamentos históricos
Al aprobar la devoción al Sagrado Corazón, la Iglesia no simplemente confió en las visiones de Santa Margarita María, sino que, haciendo abstracción de ellas, examinó el culto en si mismo. Las visiones de Santa Margarita María podían ser falsas, pero ello no debía repercutir en la devoción, haciéndola menos digna o firme. Sin embargo, el hecho es que la devoción se propagó principalmente bajo la influencia del movimiento que se inició en Paray-le-Monial. Antes de su beatificación, las visiones de Santa Margarita María fueron críticamente examinadas por la Iglesia, cuyo juicio, en tales casos, aunque no es infalible, sí implica una certeza humana suficiente para garantizar las palabras y acciones que se sigan de él.

(b) Fundamentos teológicos
El Corazón de Jesús merece adoración, como lo hace todo lo que pertenece a su persona. Pero no la merecería si se le considerase como algo aislado o desvinculado de ésta. Definitivamente, al Corazón de Jesús no se le considera de ese modo, y Pio VI, en su bula de 1794, "Auctorem fidei", defendió con su autoridad este aspecto de la devoción contra las calumnias jansenistas. Si bien el culto se rinde al Corazón de Jesús, va más allá del corazón de carne, para dirigirse al amor cuyo símbolo expresivo y vivo es el corazón. No se requiere justificar la devoción acerca de esto. Es la Persona de Jesús a quien se dirige, y esta Persona es inseparable de su divinidad. Jesús, la manifestación viviente de la bondad de Dios y de su amor paternal; Jesús, infinitamente amable y amante, visto desde la principal manifestación de su amor, es el objeto de la devoción al Sagrado Corazón, del mismo modo que lo es de toda la religión cristiana. La dificultad reside en la unión del corazón y el amor, y en la relación que la devoción supone que existe entre ambos. Pero, ¿no es esto un error que ya ha sido superado hace mucho?. Sólo queda por ver si la devoción, bajo este aspecto, está bien fundamentada.

(c) Fundamentos filosóficos y científicos
En este aspecto ha habido cierta falta de certeza entre los teólogos. No obviamente en lo tocante a la base del asunto, sino en lo que respecta a las explicaciones. En ocasiones ellos han hablado como si el corazón fuera el órgano del amor, aunque este punto no tiene relación con la devoción, para la cual basta que el corazón sea el símbolo del amor y sobre ello no cabe duda: sí hay una vinculación real entre el corazón y las emociones. Nadie niega el hecho de que el corazón es símbolo del amor y todos experimentamos que el corazón se convierte en una especie de eco de nuestros sentimientos. Un estudio de esta especie de resonancia sería muy interesante, pero no le hace falta a la devoción, ya que es un hecho atestiguado por la experiencia diaria; un hecho del cual la medicina puede dar razones y explicar las condiciones, pero que no es parte del presente estudio, ni su objeto requiere ser conocido por nosotros.

(3) El acto propio de la devoción
El objeto mismo de la devoción exige un acto apropiado, si se considera que la devoción al amor de Jesús por nosotros debe ser, antes que nada, una devoción al amor a Jesús. Su característica debe ser la reciprocidad del amor; su objeto es amar a Jesús que nos ama tanto; pagar amor con amor. Más aún, habida cuenta que el amor de Jesús se manifiesta al alma devota como despreciado y airado, sobre todo en la Eucaristía, el amor propio de la devoción deberá manifestarse como un amor de reparación. De ahí la importancia de los actos de desagravio, como la comunión de reparación, y la compasión por Jesús sufriente. Mas ningún acto, ninguna práctica, puede agotar las riquezas de la devoción al Sagrado Corazón. El amor que constituye su núcleo lo abraza todo y, entre más se le entiende, más firmemente se convence uno de que nada puede competir con él para hacer que Jesús viva en nosotros y para llevar a quien lo vive a amar a Dios, en unión con Jesús, con todo su corazón, su alma y sus fuerzas.


JEAN BAINVEL
Transcrito por Christine J. Murria
Dedicado a Mary Christie y John A. Hardon, S.J.
Traducido por Javier Algara Cossío.


Sobre los sucesos actuales en la selva peruana el Vicariato local se manifiesta


COMUNICADO DEL VICARIATO APOSTÓLICO SAN FRANCISCO JAVIER



Ante los dolorosos hechos ocurridos en nuestro Vicariato, con la población nativa y la policía nacional, que son de todos conocidos, queremos compartir las siguientes reflexiones:



1.- La Selva ha sufrido y sufre una postergación de siglos por razones de la situación geográfica, el centralismo y las diferencias culturales. Esto ha hecho que los nativos de ella se hayan sentido relegados y como excluidos dentro de su propio país al que, por otra parte, han sabido defender en conflictos internacionales.

2.- ÚItimamente esta postergación se ha hecho más evidente por la aprobación de unos decretos leyes, sin previa consulta con las comunidades nativas que, según su entender, ponen en peligro sus territorios y su cultura.

3.- Lamentamos muy profundamente la muerte y los heridos de un número elevado, todavía por confirmar plenamente, tanto de nativos como de policías. Todos ellos son hermanos nuestros, y sus vidas un gran regalo de Dios.

4.- Un dato esperanzador es la cadena de ayuda humanitaria por parte de las poblaciones y autoridades de Bagua, Utcubamba, Jaén, San Ignacio, Bellavista, Imaza y Santa María de Nieva, además de las instituciones del Vicariato Apostólico San Francisco Javier y de otras varias nacionales de DD.HH. y de la sociedad civil. Todas ellas hicieron una excelente labor humanitaria a favor de los heridos y detenidos, con alimentos, medicinas, y asesoría legal, como verdaderos samaritanos.

5.- En estos momentos, vemos una luz de esperanza con la suspensión de los decretos denunciados, lo que permitirá entrar en un espacio de diálogo, sincero y sereno, que abra una puerta a la solución duradera del problema. Así mismo es una esperanza la formación de una comisión de diálogo en la que estarían presentes miembros del gobierno, de la Iglesia, de la Defensoría del Pueblo y de las Organizaciones nativas junto con personas notables de sus comunidades.

Esperamos igualmente que de este espacio salgan decisiones eficaces, con las que los peruanos encontremos cauces válidos para resolver los conflictos, sin tener que llegar a ninguna clase de violencia. Y pedimos a nuestro Padre Dios nos ayude con su Luz a encontrar la integración de todos en un Perú sin discriminaciones ni racismos, con la gran variedad y riqueza de culturas que tenemos, viviendo en paz en esta tierra que Él nos ha entregado para disfrutarla como hermanos.

Jaén, 14 de Junio del 2009. En la fiesta del “Cuerpo de Cristo”.


+ Santiago García de la Rasilla Domínguez S.J.
Obispo Vicario Apostólico

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Homilías: La Santísima Trinidad (B) 2009


Lecturas: Dt 4,32-34.39s.; S.32; Ro 8,14-17; Mt 28,16-20

“En el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo”
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Resulta siempre difícil hablar de la Santísima Trinidad. Es el misterio más hondo de nuestra fe y tener sobre él un poco de claridad costó a la Iglesia varios siglos de discusiones y de esfuerzo teológico.

Comienzo, por eso, recordando las palabras de San Columbano – del siglo VI – que ya les cité en otra ocasión: “Nadie tenga la presunción de preguntarse sobre lo indescifrable de Dios. Limítate a creer con sencillez, pero con firmeza. ¿Quién es, por tanto, Dios? El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. No indagues más acerca de Dios; porque los que quieren saber las profundidades insondables deben antes considerar las cosas de la naturaleza. En efecto, el conocimiento de la Trinidad divina se compara, con razón, a la profundidad del mar, según aquella expresión del Eclesiastés: Lo que existe es remoto y muy oscuro, ¿quién lo averiguará? Porque del mismo modo que la profundidad del mar es impenetrable a nuestros ojos, así también la divinidad de la Trinidad escapa a nuestra comprensión. Y por esto insisto: si alguno se empeña en saber lo que debe creer, no piense que lo entenderá mejor disertando que creyendo; al contrario, al ser buscado, el conocimiento de la divinidad se alejará más aún que antes de aquél que pretenda conseguirlo. Busca, pues, el conocimiento supremo no con disquisiciones verbales sino con la perfección de una buena conducta, no con palabras sino con la fe que procede de un corazón sencillo y que no es fruto de una argumentación basada en una sabiduría irreverente. Por tanto, si buscas mediante el discurso racional al que es inefable, te quedarás muy lejos, más de lo que estabas; pero si lo buscas mediante la fe, la sabiduría estará a la puerta, que es donde tiene su morada, y allí será contemplada, en parte por lo menos”.

Lo que dice San Columbano es verdad y su consejo lo vamos a seguir. Pero, para evitar el estorbo que levanta nuestra inquietud racional, es bueno constatar que misterios los hay en la misma naturaleza. Porque hay verdades que la inteligencia demuestra, pero que ofrecen obstáculos que impiden una total claridad.

Por ejemplo el hecho de que cada uno de nosotros es una sola naturaleza humana individual con conciencia clara de ser uno: yo soy un solo hombre. Ese hombre es el mismo que actúa con la mano, quiere con la voluntad, piensa con la inteligencia. La inteligencia, al razonar, tiene conciencia de ello y de que es un hombre el que razona y que razonar es distinto de querer y de hacer. La inteligencia razona y ve la conveniencia de hacer algo, la voluntad decide hacerlo, el cuerpo lo hace. La acción es fruto de los tres. En cada facultad el hombre es consciente de sí mismo y de que actúa, pero ni hay tres acciones ni tres hombres obrando, sino uno solo y el mismo testimoniado por cada facultad. Tres facultades distintas, cada una con la conciencia de su acto y del todo. Y no hay tres naturalezas humanas sino un solo hombre.

Otro misterio es cómo está el alma en el cuerpo. Tiene que estar en todo el cuerpo y en cada parte de él, pues una parte del cuerpo sin el alma estaría muerta. Pero el alma es simple, sin partes, y donde está, está entera. Está, pues, entera en la cabeza, entera en el corazón, entera en cada miembro. Pero no hay muchas almas, sino una. La misma es la que ve, oye, anda, piensa. Luego el alma está entera en cada parte y entera también en todo el cuerpo. Los filósofos la llaman presencia definitiva; pero no es posible imaginarla.

Hay, pues, misterios en la naturaleza; no nos extrañe que los haya en Dios.

Dios nos ha revelado el misterio de la Trinidad por Jesucristo. En el Antiguo Testamento Dios se esfuerza por inculcar a Israel que no hay otro Dios que Él, que se manifestó a Abrahán, Moisés y los profetas, que creó todo y que es el único salvador. Los demás dioses ni ven, ni oyen, ni pueden salvar (Jer 5,21).

Pero Jesucristo nos manifestó que aquel Dios creador de todo y salvador era su Padre (Jn 5,17), que le había enviado precisamente para salvar del pecado a todos los hombres (Jn 3,16). También les dijo que él y su Padre eran una misma cosa, es decir que poseía la misma naturaleza divina que el Padre (Jn 10,30). Por fin también les dijo que él y el Padre les enviarían el Espíritu Santo (Jn 15,46). Ese Espíritu es del Padre y del Hijo y, como tal, también tiene la misma naturaleza divina y recordaría y manifestaría a todos y cada uno todos sus secretos (Jn 14,26).
Hemos sido bautizados y debemos bautizar “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; no en los nombres, porque no son tres, sino un solo y el mismo Dios. Un Dios que existe desde siempre, que ha creado todo y a todos, que ama a todos y, siendo todos pecadores, de tal forma nos ama que ha enviado a su Hijo unigénito al mundo para que, avalando la deuda cuasi infinita de nuestros pecados, la satisficiese con su obediencia hasta la muerte en la cruz, alcanzase la salvación todo aquél que creyese en su amor y se arrepintiese, recibiendo su Espíritu Santo, que le convertiría en Santo y ciudadano del Cielo (Hch 2,38).

Buen medio para ir creciendo en esta espiritualidad trinitaria es entrar y hacer conscientemente la oración oficial de la Iglesia. La oración oficial de la Iglesia es trinitaria, fundamentalmente trinitaria. El primer saludo de la misa y la primera invocación son: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; “La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo”. A la Trinidad se llama expresamente en la triple invocación del “Señor, ten piedad”, del canto del Gloria, de la confesión de fe del Credo, de la plegaria eucarística en varias expresiones, de la bendición final de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que despide, acompaña y fortalece a los fieles para ser sus testigos. Procuren participar así siempre en la misa de cada domingo, viviéndose como hijos de Dios, en su casa y bajo su protección, alegres de la grandeza de la fe que nos alegra comunicar a nuestros hermanos.

Domingo de La Santísma Trinidad


P. Adolfo Franco S.J.

Mateo 28, 16-20

Como continuando la contemplación admirada de los misterios de nuestra fe, y con el deseo de seguir en el clima de alegría de Pascua, la liturgia de la Iglesia nos trae este domingo la celebración de la Santísima Trinidad. La revelación de la Santísima Trinidad es la plenitud de la manifestación de Dios. La revelación de Dios comienza cuando abrimos las primeras páginas de la Sagrada Escritura, y ella nos habla majestuosamente de Dios haciendo cada una de las obras de la creación, y esa revelación llega a su culminación con esta magnífica e insondable manifestación: Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Todo un conjunto de textos del Nuevo Testamento contienen esta afirmación y nos introducen en lo más íntimo de Dios.

Nosotros, que necesitamos de las palabras y de los conceptos por ellas encerrados, queremos acercarnos a la verdad, como quien se acerca al sol; y la Verdad más elevada es una luz tan fuerte que tenemos que cerrar los ojos, pues nos deslumbra; y esa verdad esencial se nos queda oculta detrás de esa afirmación: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y la teología, en su intento de comprender la realidad de Dios, tampoco llega muy lejos. Decimos que Dios es una esencia única e indivisible, y que es a la vez tres Personas. Pero no podemos entender cómo una misma esencia es participada por igual por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y se nos ocurre pensar en un ser humano que fuera a la vez tres personas, y eso nos parece una afirmación disparatada. Y decimos que el Padre engendra al Hijo, pero el Hijo no es posterior al Padre, sino tan eterno como El. Y hay un padre que engendra, sin una madre. Y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y el Hijo no es como una esposa, que con su esposo hacen aparecer un nuevo ser. La Teología busca profundiza, pero no llega al conocimiento que buscaba.

Qué pobres nos resultan nuestras palabras. Parecen instrumentos torpes, inservibles cuando con ellas queremos acceder al conocimiento del Ser Fundamental. Nuestras palabras son tan ciegas. Pero por la fe intuimos que detrás de la frontera de esas palabras se abre el Abismo de lo más elevado y de lo más sublime. Las palabras persona, esencia, padre, hijo, espíritu, y todas las otras con que nos acercamos a la Maravillosa y Luminosa Revelación, nos gritan que saltemos por encima de lo inteligible. Así nos damos cuenta que debemos descalzarnos (como Moisés ante la zarza ardiendo), debemos acercarnos desnudos de conceptos, y dándole al corazón el puesto de la inteligencia, o más bien hacer que el corazón, con su capacidad intuitiva, dirija a la inteligencia en esta nueva forma de conocer.

Sabemos, y tenemos certeza por la Revelación de que esas palabras tan torpes nos colocan cara a cara de esta realidad. Y así colocados entonces el corazón abre nuevas rutas; y así detrás de esas palabras aparece el abismo inacabable, sin fronteras, de todo lo que es Realidad y Belleza, y Verdad. Y así nos embarcamos en la aventura de la fe, que se deja llevar, que se atreve a sintonizar con lo totalmente nuevo y diferente. El corazón puede palpitar al unísono con esta realidad envolvente y gozosa, de la cual las palabras sólo son gemidos sin articular, como los sonidos sin articular de un infante.


Realidad sublime y maravillosa. Trinidad de Dios deslumbradora y bella. Y qué bueno es encontrar que nuestro entendimiento humano no queda aprisionado en su aventura del conocer por el horizonte pequeño de nuestras palabras y de nuestros razonamientos. La Verdad en su plenitud nos pone al descubierto como indigentes, nos enseña que nuestras palabras resultan completamente torpes, para conducirnos. Pero que nos sirven de punto de partida para dar un salto al conocimiento que excede todo entendimiento. Teníamos nuestras palabras, nuestras razones, nuestra lógica, y quedamos desnudos, sin palabras, sin razones, sin lógica, cuando la Realidad más plena se nos presenta y Dios cariñosamente nos dice cómo es El. Y la mejor manera de celebrar el misterio es quedarnos atónitos, asombrados y con el corazón abierto de par en par, para recibir la Luminosidad del Dios Uno y Trino, y gozar con aquello que no alcanzamos ni a sospechar.

...

Agradecemos al P. Franco S.J. por su colaboración.

Amarse siendo dos - 1º Parte


P. Vicente Gallo S.J.


A la sentencia de la Biblia “Los dos serán una sola carne”, Jesús añadió: “Y lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Pero de hecho son dos; no solamente varón el uno y mujer la otra, lo que ya marca características muy diferentes; sino personas distintas y con rasgos distintos en su personalidad, cada uno como persona de veras distinta. Precisamente eso los hace complementarse y hacerse más felices en ese mutuo enriquecimiento. Pero, a la vez, ello puede ser causa de tantas “diferencias” que ellas ocasionarán muchas fricciones y dificultades en la vida de relación.

El enamorarse cada día tiene que evitar que esas diferencias se conviertan en distanciamientos o en incompatibilidades. Cuando se enamoraron, y hasta al casarse, muchas de esas diferencias no se hicieron visibles; porque “el amor es ciego” y porque hay cosas de nosotros mismos que no nos gusta descubrirlas a nadie, las dejamos ocultas porque pensamos que nos harían inaceptables para el otro. Hay en nuestro propio ser eso que llamamos “vulnerabilidad”, que es el temor instintivo de que alguien, conociéndonos bien, se aproveche de nosotros, que nos ataque en nuestro punto débil, o sencillamente que nos juzgue mal. Y ese ocultamiento instintivo, permanece también después de casarse durante más o menos tiempo, pues, a la larga todo termina descubriéndose.

Pero ocurre que el manifestarnos solamente con algunos aspectos de nuestra persona y ocultar sistemáticamente otros, nos hace creer que somos así como nos manifestamos, y que no podemos ser de otra manera. Al creernos así, nos limitamos en nuestro crecimiento personal, marginando el trabajar sobre ciertos defectos para eliminarlos o para transformarlos en auténticos valores.

Sería el caso del sentir “envidia” de las cualidades, las destrezas o la dedicación y el empeño que vemos en otros: si, como se nos ha dicho que la envidia es cosa mala, nos reprimimos para no sentirla ni dejarla traslucir; y estamos así matando la sana virtud de la “emulación”, no esforzándonos para ser o tener nosotros lo que vemos en ese otro al que envidiamos.

En cualquiera de los que llamamos “pecados capitales”, podríamos encontrar ejemplos semejantes: porque todos esos instintos no son “pecados”, sino “las fuentes de los pecados”; pero que en sí mismos son instintos vitales necesarios para hacernos “personas valiosas”, alcanzando con ellos auténticos valores y logros importantes como personas. Son de hecho “fuentes del pecado” cuando no los mantenemos bajo control y los dejamos buscar objetivos malos o realizarlos de hecho. Pero no son pecado si los controlamos debidamente como “personas” responsables y no simples animales.

Para crecer es necesario tener estimación propia, y también tener ambiciones, así como tener coraje y rabia ante las dificultades para superarlas. También es necesario el instinto del goce sexual, para procrear, y para fusionarse en la unión amorosa de compartir juntos ese instinto. Igual que es necesario saber gustar la comida y la bebida, que Dios es quien las hizo deliciosas para que no perdamos el apetito de alimentarnos de ellas y saber darle gracias por sus dones de Padre previsor. Es, por fin, necesaria la emulación, apetecer lo que tienen o alcanzan otros. Y necesitamos el deseo del descanso, para no perecer trabajando sin medida, o vivir para trabajar en vez de trabajar para vivir. Esos son los siete instintos capitales que sin más se los califica de “pecados” equivocadamente.

La Santísima Trinidad


I "EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO

Y DEL ESPIRITU SANTO"

232 Los cristianos son bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). Antes responden "Creo" a la triple pregunta que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: "Fides omnium christianorum in Trinitate consistit" ("La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad") (S. Cesáreo de Arlés, symb.).

233 Los cristianos son bautizados en "el nombre" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en "los nombres" de estos (cf. Profesión de fe del Papa Vigilio en 552: DS 415), pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.

234 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" (DCG 43). "Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (DCG 47).

235 En este párrafo, se expondrá brevemente de qué manera es revelado el misterio de la Bienaventurada Trinidad (I), cómo la Iglesia ha formulado la doctrina de la fe sobre este misterio (II), y finalmente cómo, por las misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Padre realiza su "designio amoroso" de creación, de redención, y de santificación (III).

236 Los Padres de la Iglesia distinguen entre la "Theologia" y la "Oikonomia", designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida. Por la "Oikonomia" nos es revelada la "Theologia"; pero inversamente, es la "Theologia", quien esclarece toda la "Oikonomia". Las obras de Dios revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede, analógicamente, entre las personas humanas, La persona se muestra en su obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos su obrar.

237 La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los "misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto" (Cc. Vaticano I: DS 3015. Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

II LA REVELACION DE DIOS COMO TRINIDAD

El Padre revelado por el Hijo

238 La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la alianza y del don de la Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente "el Padre de los pobres", del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).

239 Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

240 Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27).

241 Por eso los apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios invisible" (Col 1,15), como "el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia" Hb 1,3).

242 Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer concilio ecuménico de Nicea que el Hijo es "consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Unico de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre" (DS 150).

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

243 Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y "por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípul os y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue confesada por el segundo Concilio ecuménico en el año 381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre" (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad" (Cc. de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza: Por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria" (DS 150).

246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo (filioque)". El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración...Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único, al engendrarlo, a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente" (DS 1300-1301).

247 La afirmación del filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa S. León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo de Nicea-Constantinopla por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que este procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de manera legítima y razonable" (Cc. de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin principio" (DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Unico, sea con él "el único principio de que procede el Espíritu Santo" (Cc. de Lyon II, 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

III LA SANTISIMA TRINIDAD EN LA DOCTRINA DE LA FE

La formación del dogma trinitario

249 La verdad revelada de la Santa Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13,13; cf. 1 Cor 12,4-6; Ef 4,4-6).

250 Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la obra de los Concilios antiguos, ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano.

251 Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico: "substancia", "persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable, "infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana" (Pablo VI, SPF 2).

252 La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a veces también por "esencia" o por "naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el término "relación" para designar el hecho de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.

El dogma de la Santísima Trinidad

253 La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial" (Cc. Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina" (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 804).

254 Las personas divinas son realmente distintas entre si. "Dios es único pero no solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre", "Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (Cc. Letrán IV, año 1215: DS 804). La Unidad divina es Trina.

255 Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 528). En efecto, "todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación" (Cc. de Florencia, año 1442: DS 1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Cc. de Florencia 1442: DS 1331).

256 A los catecúmenos de Constantinopla, S. Gregorio Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria:

Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje...Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero...Dios los Tres considerados en conjunto...No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...(0r. 40,41: PG 36,417).

IV LAS OBRAS DIVINAS Y LAS MISIONES TRINITARIAS

257 "O lux beata Trinitas et principalis Unitas!" ("¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de vísperas) Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en él" (Ef 1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rom 8,29) gracias al "Espíritu de adopción filial" (Rom 8,15). Este designio es una "gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).

258 Toda la economía divina es la obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf. Cc. de Constantinopla, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año 1442: DS 1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, un solo el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas (Cc. de Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas.

259 Toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad de las personas divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el Espíritu lo mueve (cf. Rom 8,14).

260 El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).

Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora (Oración de la Beata Isabel de la Trinidad).

RESUMEN

261 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

262 La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios.

263 La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

264 "El Espíritu Santo procede del Padre en cuanto fuente primera y, por el don eterno de este al Hijo, del Padre y del Hijo en comunión" (S. Agustín, Trin. 15,26,47).

265 Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, SPF 9).

266 "La fe católica es esta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad" (Symbolum "Quicumque").

267 Las personas divinas, inseparables en lo su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica (232-267)

San Marcelino Champagnat de la Sociedad de María


Presbítero y fundador del Instituto de los Hermanitos de María
(Hermanos Maristas de las Escuelas)




Nació el 20 de mayo de 1789 en Marihes, un pueblo de las montañas del centro-este de Francia, mientras estallaba la Revolución Francesa. Era el noveno hijo de una familia profundamente cristiana. Su madre y una tía suya, que había estado un tiempo en el convento, lo educaron en una fe sólida y una profunda devoción a María.

Cuando tenía 14 años, un sacerdote de paso por su casa le hizo descubrir que Dios lo llamaba al sacerdocio. Marcelino, cuyo aprovechamiento en los estudios hasta entonces era muy escaso, se puso a estudiar con todo ardor
«porque Dios lo quiere»,mientras sus parientes trataban de disuadirle.

En el seminario mayor de Lyon tuvo por compañeros, entre otros, a Juan María Vianney, futuro cura de Ars, y a Juan Claudio Colín, que más tarde sería el fundador de los Padres Maristas. Allí formó con otros seminaristas un grupo con el proyecto de fundar una congregación que comprendiera sacerdotes, religiosas y una orden tercera, que llevaría el nombre de María, la «Sociedad de María», cuya finalidad sería recristianizar la sociedad civil.

Conmovido por la miseria cultural y espiritual de los niños de los pueblos, sintió la urgencia de crear dentro de¡ grupo una congregación de Hermanos que se dedicaran a la educación cristiana de la juventud. Al día siguiente de su ordenación sacerdotal, 22 de julio de 1816, este grupo de sacerdotes jóvenes se consagraron a María y pusieron su proyecto bajo la maternal protección de Nuestra Señora de Fourvière.

Luego fue nombrado coadjutor de La Valla, una parroquia rural. La visita a los enfermos, la catequesis de los niños, la atención a los pobres y el fomento de la vida cristiana en las familias fueron las actividades esenciales de su ministerio. Su predicación, sencilla y directa, su profunda devoción a María y su ardiente celo apostólico marcaron profundamente a sus feligreses.

El 2 de enero de 1817, sólo seis meses después de llegar a la parroquia de La Valla, el joven coadjutor Marcelino, de 27 años de edad, reunió a sus dos primeros discípulos: así nacía, en medio de la mayor pobreza, humildad y confianza en Dios, la Congregación de los Hermanitos de María o Hermanos Maristas, bajo la protección de la Santísima Virgen.

Al mismo tiempo que atendía a sus deberes de coadjutor de la parroquia, formaba a sus Hermanos, preparándoles para su misión de maestros cristianos, catequistas y educadores de los
jóvenes, para lo cual se fue a vivir con ellos. Enseguida empezó a abrir escuelas. Eran numerosas las dificultades. Algunos sacerdotes no comprendían el proyecto de este humilde coadjutor sin experiencia y sin dinero. Sin embargo, los ayuntamientos no dejaban de pedir que les enviara Hermanos para trabajar en la instrucción y educación cristiana de los niños de sus municipios.

Marcelino y sus Hermanos participaron en la construcción de una nueva casa, capaz de acoger a más de cien personas, a la que dio el nombre de Nuestra Señora del Hermitage. En 1825, liberado de su cargo de coadjutor de la parroquia, se dedicó por completo a su Congregación, atendiendo especialmente a la formación y al acompañamiento espiritual, pedagógico y apostólico de sus Hermanos, a la visita a las escuelas y a la fundación de nuevas obras.

Como hombre de fe profunda, no dejaba de buscar la voluntad de Dios en la oración y en el diálogo con las autoridades religiosas y con sus Hermanos. Consciente de sus limitaciones, no contaba más que con Dios y con la protección de María
, «buena Madre», «recurso ordinario» y «primera superiora». Su humildad profunda y su vivo sentido de la presencia de Dios le permitieron sobrellevar numerosas pruebas con gran paz interior. Adoptó el lema: «Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús».

Para él la escuela era un lugar privilegiado de evangelización. La presencia asidua junto a los jóvenes, la sencillez, el espíritu de familia, todo a la manera de María, son los puntos esenciales de su idea de la educación.

En 1836, la Iglesia reconoció la Sociedad de María y le confió la misión de Oceanía. Marcelino pronunció los votos como miembro de la nueva Sociedad y envió a tres de sus Hermanos con los primeros Padres Maristas misioneros a las islas del Pacífico.

Las gestiones para lograr el reconocimiento legal de su Congregación le llevaron mucho tiempo y le exigieron mucha energía y espíritu de fe. La enfermedad logró vencer su robusta constitución. Agotado por el trabajo, murió a la edad de 51 años, el 6 de junio de 1840, dejando a sus Hermanos este valioso mensaje:
«Que se pueda decir de los Hermanitos de María, como de los primeros cristianos: Mirad cómo se aman».

Fue beatificado por el Papa Pío XII, el 29 de mayo de 1955. Y canonizado por el Papa Juan Pablo II, el 18 de abril de 1999.

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(Tomado de la página de Asesoría Pastoral de la Universidad del Pacífico)