La Iglesia - 16º Parte: La naturaleza de la Iglesia - La Iglesia Templo de Dios en el Espíritu Santo

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


20. La Iglesia Templo de Dios en el Espíritu Santo


He aquí la tercera noción fundamental de S. Pablo para declarar el mis­terio de la Iglesia: la de Templo. La realidad del Templo estaba muy presente en la mentalidad del pueblo de Dios en el A T. Lugar sagrado por excelencia era el lugar ideal para encontrarse con Dios. Por ello S. Pablo lo usa en una perspectiva teológica que partiendo del edifi­cio de piedra y real, (Templo de Jerusalén), se concentra cada vez con mayor intensidad en la presencia del Señor con su gracia de salvación en medio de su pueblo elegido.

La teología del N T asoció el cumplimiento de esa promesa con la apa­rición del Mesías, Cristo, con la muerte de Cristo en el calvario y la ratificación de la nueva alianza en su sangre. Se desgarró la corti­na que separaba el "sancta sanctorum", en señal de supresión del anti­guo culto de la ley de Moisés, que preparó al nuevo culto de "Espíritu y de verdad", Jn 4, 23 y de la apertura del nuevo santuario mesiánico, no vinculado ya con el edificio de piedra, Mt 27, 51; Hebr 9, 12. Fiel a esta tradición S. Pablo la desarrolla aplicándola a la Iglesia de Cristo y a cada uno de sus miembros con el simbolismo de "templo espiritual".

A los cristianos de Corinto les escribe el Apóstol: "¿No sabéis que sois "santuario" de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él; porque el santuario de Dios es sagrado y "vosotros sois ese santuario", l Cor  3, 16-17. Su trabajo apostólico se dirige a hacer siempre más patente y eficaz esta presencia de Dios en medio de la comunidad de creyentes en Cristo, que constituyen el "templo santo de Dios", es decir, la parte más íntima del templo, el lugar donde Dios habita.

S. Pablo apoyándose en pasajes del A T  amonesta a la comunidad de Co­rinto a no adoptar modos de vida que es comparado con el sacrilegio tantas veces cometido por Israel de introducir en el templo ídolos. El Apóstol supone en este mensaje que los cristianos de Corinto cons­tituyen el "templo vivo de Dios", veamos: "¿Qué conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos? Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: "habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo",  2 Cor 6, 16-17.

­Escribiendo a los Efesios S. Pablo desarrolla esta noción de templo de Dios en el Espíritu, de la que Cristo es la piedra angular: "Así, pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los a­póstoles y profetas siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu", Efes 2, 19-22. El Espíritu Santo, a través del cual actúa el Señor en la Iglesia y en los fieles, es, pues, el Espíritu de Cristo, prometido por el Señor a los apóstoles, y en ellos y por ellos a su Iglesia entera, es el Espíritu que une a todos los creyentes en el Cuerpo de Cristo y en el nuevo pueblo de Dios, constituyéndolos en templo santo de Dios.

En virtud de esta promesa mesiánica de la efusión del Espíritu San­to sobre la comunidad cristiana, el Espíritu es el "pneuma de Dios", que habita en sus miembros, Rom 8, 9-11: "es el Espíritu Santo, princi­pio de una vida propiamente divina", pues "en efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son Hijos de Dios.... El Espíri­tu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios". Rom 8, 14-16.

Habiendo recibido el Espíritu de Dios como primicias, los creyentes en Cristo están capacitados en la Iglesia para entender las cosas del Espíritu y expresarlas en términos espirituales, 2 Cor 1, 22; l Cor. 2, 12. Contraponiendo al hombre bio-físico, "psíquico" que se guía solamente por la "psyjé", al hombre espiritual "pneumático", es decir, "sobrenatural", que tiene al Espíritu divino como principio y motor de toda su vida, S. Pa­blo coloca a los cristianos en este segundo término, ya que la fe es obra del Espíritu, y les exhorta a dejarse dirigir por este Espíritu de Dios para ser cada día más espirituales, capaces de entender los planes salvíficos de Dios en sus vidas y en todo el género humano. La noción de S. Pablo de "Templo de Dios", en el Espíritu implica también el pensamiento fundamental de la concepción eclesiológica de que la Iglesia de Cristo es una Iglesia "santa".

Se trata primero, del in­dicativo de una santificación que se realiza en Cristo Jesús, l Cor 1, 2, en el baño sacramental del bautismo por mediación del Espíritu Santo: "Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios", 1 Cor 6, 11; 2 Cor 13, 13. El don de esta santificación y elevación de la Iglesia implica, en segundo lugar el imperativo moral de que sus hijos la realicen en una vida cristiana santa. De aquí la preocupación constante en S. Pablo de mantener a los santos inmunes contra las infiltraciones del paganismo, con sus ritos ido­látricos, y sus costumbres relajadas, 2 Cor 6, 11-18, y sus frecuentes amonestaciones a desterrar del seno de la comunidad cristiana toda manifestación de malicia, perversidad, injusticia, impureza y tantas otras desviaciones morales y frecuentes entre los paganos, pero incom­patibles con la nueva existencia de los creyentes en Cristo, llama­dos a ser santos en la Iglesia Santa, l Cor 5, 7-13; 6, 9-10; 2 Cor 6, 1-10.

Sólo siguiendo fielmente este imperativo moral, los cristia­nos realizan en su pleno sentido el ideal paulino de constituir el Templo santo de Dios, mientras la infidelidad a dichas exigencias de santidad moral entre les cristianos la equipara S. Pablo con la destrucción del santuario de Dios. l Cor 3, 17. El don del Espíritu Santo no sólo es el elemento constitutivo de la comunidad cristiana, según la concepción eclesiológica de S. Pablo, sino también el principio animador de su vida eclesial. El Espíritu San­to cuida del orden de las comunidades cristianas, y éstas se hallan plenamente bajo su dirección. S. Pablo nos ha legado testimonios abun­dantes de la posesión del Espíritu y de sus manifestaciones caris­máticas en las comunidades cristianas, l Cor 12 y 14.

No sólo el mi­nisterio apostólico y cuantos ejercen funciones y tareas ministeriales en las comunidades locales son considerados por S. Pa­blo como instrumentos del Espíritu Santo Rom 12, 6-16; 1 Cor 12, 4-6, sino todos sus diversos miembros han recibido del único Espíritu sus propios carismas: "A cada uno se da la manifestación del Espíri­tu para el provecho común", l Cor 12, 7. Toda esta diversidad de caris­mas está puesta al servicio de la comunidad. Su índole comunitaria se manifiesta en la naturaleza misma de estos dones del Espíritu: el ministerio apostólico, la fe, la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia, el carisma de curaciones, etc, que cuantos han recibido estos dones del Espíritu deben de ponerlos al servicio y utilidad de la comuni­dad con diligencia y amor fraterno. Rom 16, 6-16; l Cor 13, 4-28.

Por lo tanto la Iglesia es el Templo santo en el Señor, en el cual los cristianos han sido edificados hasta ser morada de Dios en el Espíritu, Efes 2, 22, o Santuario del Dios vivo, ya que en ellos se cumple la promesa del A T  : "Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", Lev 26, 11-12; Ez 37, 26-27. Al cumplirse ahora la promesa del Señor, Dios habita en este Templo en el Espíritu, o en esta construcción del Espíritu, en cuanto la Iglesia es obra e instrumento del Espíritu, que la edifica, y es también su principio vital con la distribución de sus gracias. l Cor 3, 16-17. l Cor 12 y 14.

Así S. Pablo con la triple imagen de la Iglesia: "Pueblo de Dios", "Cuerpo de Cristo" y "Templo de Dios en el Espíritu",  sitúa el misterio de la Iglesia en una perspectiva trinitaria.


  1. La Iglesia viene a la existencia en virtud de la acción creadora de Dios Padre, Señor absoluto de la Iglesia. Del Padre parte la acción creadora del "Pueblo de Dios", (nexo con la génesis histórica de este término). También emplea otras expresiones parecidas a esta como "fa­milia de Dios", Efes 2, 19. Siendo Dios el Padre de este pueblo y Señor de la casa de la cual los gentiles no son ya forasteros, sino familia­res de Dios (filiación divina). Dios Padre es el que edifica la Igle­sia y Cristo es la piedra angular y los creyentes son juntamente edi­ficados para llegar a ser templo santo y morada de Dios en el Espí­ritu.
  2. La relación de la Iglesia a Cristo es igualmente un elemento esen­cial en la concepción eclesiológica de S. Pablo. La imagen que más ha empleado (refiriéndola al Hijo) es la de Cuerpo de Cristo. Cristo es la piedra angular, Efes 2, 20, que une las paredes laterales del edificio. Cristo asume en estas imágenes de la construcción una función determi­nante. Como fundamento, en su orden único, de la comunidad, sobre él ejercen además la misión fundacional los apóstoles y los profetas, y en él son edificados los creyentes como piedras vivas, siendo él el prin­cipio de unidad y solidez y crecimiento de la Iglesia, que llega a ser morada de Dios en el Espíritu.
  3. La función del Espíritu Santo en la Iglesia es concebida por S. Pa­blo como un inhabitar del Espíritu en la comunidad cristiana en cuan­to tal y en sus miembros en particular. Esta inhabitación la atribuye S. Pablo al Espíritu como función peculiar de la Tercera Persona divina, en virtud de la cual la comunidad y el cristiano son templo de Dios en el Espíritu. Para el Apóstol se trata de una inhabitación eficazmente ac­tiva del Espíritu en la Iglesia, determinando su crecimiento y su acti­vidad en los diversos aspectos de su vida eclesial. Proclamación del men­saje cristiano, floración carismática, vida cultual y sacramental y fun­ciones ministeriales. La teología posteriormente  se ha hecho eco de es­ta presencia y actividad del Espíritu Santo, llegando a afirmar que es éste el "corazón" y el "alma" de la Iglesia.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.




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