Oración para pedir el Espíritu de Pentecostés


Por Karl Rahner S.J.


Señor Jesucristo, Hijo del Padre, Sacramento de la Vida, Pan de los peregrinos, Viático y término, camino y patria, te adoramos, te amamos, te bendecimos en tu Sacramento.

Señor, hace veinte siglos que tú, levantado sobre todos los cielos, sentado a la derecha del Padre, derramaste sobre nosotros el Espíritu prometido, a fin de permanecer tú con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos y para continuar en nosotros tu vida y tu muerte para gloria del Padre y salud eterna nuestra.

Danos el conocimiento, que se abona en el diario quehacer, de que, cuando te deseamos y buscamos, el espíritu de tranquilidad, de paz y de confianza, de libertad y sencilla caridad, es tu Espíritu y que todo espíritu de inquietud y de angustia, de estrechez y gravosa amargura es, a lo sumo, un espíritu nuestro o de la oscura profundidad.

Danos tu Espíritu consolador. Sabemos que también en el desconsuelo, en la sequedad y en la impotencia psíquica, podemos y debemos serte fieles; sin embargo, nos es lícito pedirte el espíritu del consuelo y de la fuerza, de la alegría y confianza, del crecimiento en la fe, esperanza y caridad, del servicio generoso y de la alabanza a tu Padre, el espíritu de tranquilidad y paz que destierra de nosotros la desolación espiritual, las tinieblas, la confusión, la inclinación a cosas bajas y terrenas, la desconfianza sin esperanza, la tibieza, la tristeza, el sentimiento de abandono, la disensión y el sofocante sentimiento de estar lejos de ti.

Pero si te place llevarnos también por esos caminos, déjanos al menos, te pedimos, para esas horas y días, tu Santo Espíritu de fidelidad, de firmeza y constancia, a fin de que con confianza ciega, prosigamos el camino, mantengamos la dirección y permanezcamos fieles a los propósitos que hicimos cuando tu luz nos iluminaba y tu gozo dilataba nuestro corazón.

Sí, danos entonces, en medio de tal abandono, el espíritu de animoso empeño, de pertinaz “a pesar de todo”, en la oración, en el vencimiento propio y en la penitencia. Danos entonces la confianza incondicional de que, ni siquiera en esos momentos de abandono, estamos abandonados de tu gracia; de que, aún cuando no te sintamos, entonces sobre todo estás con nosotros, con la fuerza que saldrá victoriosa de nuestra impotencia.

Danos el espíritu del fiel recuerdo de tus amorosas visitas pasadas y del vislumbrar las pruebas sensibles de tu amor, que ciertamente vendrán.

Haznos confesar en esas horas de desconsuelo nuestro pecado y miseria, reconocer humildemente nuestra flaqueza y que sólo tú eres la fuente fiel de todo consuelo celestial.

Cuando tu consuelo nos visite, haz que venga acompañado del espíritu de humildad y del propósito de servirte aún sin consuelo.

Danos siempre el espíritu de fortaleza y de resolución animosa, para reconocer el ataque y la tentación, no entrar a discutir con ella, ni establecer componendas, sino decir rotundamente no, pues ésta es la más sencilla táctica de combate.

Danos humildad de pedir consejo en las situaciones oscuras, sin falsa locuacidad y espejismos propios, y también son la necia soberbia que nos dice que deberíamos arreglárnosla siempre solos.

Danos el don de la sabiduría del cielo para poder conocer los verdaderos puntos flacos de nuestro carácter y de nuestra vida, y velar y luchar con la máxima fidelidad allí donde somos más vulnerables.

Danos, en una palabra, tu Espíritu de Pentecostés, los frutos del Espíritu que según el Apóstol son: caridad, bondad, fe, mansedumbre, continencia.

Si tenemos ese Espíritu y sus frutos, no seremos ya siervos de la ley, sino hijos libres de Dios.

Entonces ese mismo Espíritu grita en nosotros: Abba, padre.

Entonces intercede por nosotros con gemidos inexpresables.

Entonces es unción, sello y arras de la vida eterna.

Entonces es la fuente de aguas vivas que brota en el corazón y salta hasta la vida eterna y susurra blandamente: “¡Ven al Padre!”.

Oh, Jesús, envíanos tu Espíritu.

No te canses de darnos tu don de Pentecostés.

Aclara el ojo de nuestro espíritu y afina nuestra capacidad espiritual para que podamos discernís tu espíritu en todos los otros.

Danos tu Espíritu para que se pueda decir de nosotros:

“Sí, mora en vosotros el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos. Él resucitará también vuestro cuerpo mortal para la vida por medio de su Espíritu que mora en vosotros”.

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