La Confirmación: El sello del Espíritu



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 30 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el argumento de la Confirmación o Crismación, deseo hoy poner el foco en la «íntima conexión de este sacramento con toda la iniciación cristiana» (Sacrosanctum Concilium, 71).
Antes de recibir la unción espiritual que confirma y refuerza la gracia del bautismo, quienes se van a confirmar están llamados a renovar las promesas hechas un día por padres y padrinos.

Entonces son ellos mismos quienes profesan la fe de la Iglesia, listos para responder «creo» a las preguntas dirigidas por el obispo; listos, en particular, a creer «en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida y que hoy, por medio del sacramento de la confirmación está de un modo especial conferido a ellos, como lo fue a los Apóstoles en el día de Pentecostés». (Rito de la confirmación n. 26).

Puesto que la venida del Espíritu Santo reclama corazones recogidos en oración (cf. Hechos 1, 14) después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, manteniendo las manos extendidas sobre los que van a confirmarse, suplica a Dios que infunda en ellos su Santo Espíritu.

El Espíritu es el mismo (cf. I Corintios 12, 4), pero viniendo a nosotros lleva consigo la riqueza de dones: sabiduría, intelecto, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, nn. 28-29).

Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que lleva el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11, 2) estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para que cumpla su misión. También san Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gálatas 5, 22).

El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen la única Iglesia: es el autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas pero del mismo modo crea la armonía, es decir, la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros cristianos.

Por tradición, atestiguado por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de manos (cf. Hechos 8, 15-17; 19, 5-6; Hebreos 6, 2). A este gesto bíblico, para expresar mejor el derramamiento del Espíritu que impregna a quienes lo reciben, se ha agregado una unción de aceite perfumado, llamado crisma, que ha permanecido en uso hasta nuestros días, tanto en Oriente como en Occidente (cf. Catecismo de Iglesia Católica, 1289).

El aceite —el crisma— es una sustancia terapéutica y cosmética que entrando en los tejidos del cuerpo medica las heridas y perfuma las extremidades; por esas cualidades fue asumido por la simbología bíblica y litúrgica para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas.

El sacramento se confiere mediante la unción del crisma en la frente, llevada a cabo por el obispo con la imposición de la mano y mediante las palabras: «Recibe el sello del Espíritu Santo que se te ha dado como don». El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es el sello invisible. Recibiendo en la frente el signo de la cruz con el óleo perfumando, el confirmando recibe una huella espiritual indeleble, el «carácter», que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracias de propagar entre los hombres su «buen perfume» (cf. 2 Corintios 2,15).

Escuchamos de nuevo la invitación de san Ambrosio a los nuevos confirmandos. Dice así: «Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu» (De mysteriis 7,42: csel 73,106; cf. ccc, 1303).


Es un don inmerecido del Espíritu, para acoger con gratitud, haciendo espacio a su creatividad inagotable. Es un don para custodiar con premura, para secunda con docilidad, dejándose plasmar, como cera, por su ardiente caridad, «que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 23).



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La Confirmación: Testimonio cristiano



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 23 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de las catequesis sobre el bautismo, estos días que siguen a la solemnidad de Pentecostés nos invitan a reflexionar sobre el testimonio que el Espíritu suscita en los bautizados, poniendo en movimiento su vida, abriéndola al bien de los otros. A sus discípulos Jesús encomendó un misión grande: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo» (cf. Mateo 5, 13-16). Estas son imágenes que hacen pensar en nuestro comportamiento, porque tanto la carencia como el exceso de sal hacen desagradable la comida, así como la falta y/o el exceso de luz impiden ver. ¡Quien puede realmente hacernos sal que da sabor y preserva de la corrupción, y luz que ilumina el mundo es solamente el Espíritu Santo! Y esto es el don que recibimos en el sacramento de la confirmación, sobre el que deseo detenerme a reflexionar con vosotros. Se llama «confirmación» porque confirma el bautismo y refuerza la gracia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289); como también «crismación», por el hecho de que recibimos al Espíritu mediante la unción con el «crisma» —óleo mezclado con perfume consagrado por el obispo—, término que lleva a «Cristo» el Ungido de Espíritu Santo.

Renacer a la vida divina en el bautismo es el primer paso; es necesario después comportarse como hijos de Dios, o sea, ajustándose a Cristo que obra en la santa Iglesia, dejándose implicar en su misión en el mundo. A esto provee la unción del Espíritu Santo: «mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro» (cf. Secuencia de Pentecostés). Sin la fuerza del Espíritu Santo no podemos hacer nada: es el Espíritu quien nos da la fuerza para ir adelante. Como toda la vida de Jesús fue animada por el Espíritu, así también la vida de la Iglesia y de cada uno de sus miembros está bajo la guía del mismo Espíritu.

Concebido por la Virgen por obra del Espíritu Santo, Jesús emprende su misión después de que, al salir del agua del Jordán, es consagrado por el Espíritu que desciende y permanece en Él (cf. Marcos 1, 10; Juan 1, 32). Él lo declara explícitamente en la sinagoga de Nazaret: ¡es bonito cómo se presenta Jesús, cuál es el carnet de identidad de Jesús en la sinagoga de Nazaret! Escuchemos cómo lo hace: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lucas 4, 18). Jesús se presenta en la sinagoga de su pueblo como el Ungido, Aquel que ha sido ungido por el Espíritu.

Jesús está lleno de Espíritu Santo y es la fuente del Espíritu prometido por el Padre (cf. Juan 15, 26; Lucas 24, 49; Hechos 1, 8; 2, 33). En realidad, la noche de Pascua el Resucitado sopló sobre sus discípulos diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo» (Juan 20, 22); y en el día de Pentecostés la fuerza del Espíritu desciende sobre los Apóstoles de forma extraordinaria (cf. Hechos 2, 1-4), como conocemos.

La «respiración» del Cristo Resucitado llena de vida los pulmones de la Iglesia; y, de hecho, la boca de los discípulos, «colmados de Espíritu Santo», se abren para proclamar a todos las grandes obras de Dios (cf. Hechos 2, 1-11). El Pentecostés —que celebramos el domingo pasado— es para la Iglesia lo que para Cristo fue la unción del Espíritu recibida en el Jordán, es decir, Pentecostés es el impulso misionero a consumar la vida por la santificación de los hombres, para gloria de Dios.

Si en cada sacramento obra el Espíritu, está de modo especial en la confirmación, ya que «los fieles reciben como Don al Espíritu Santo» (Pablo vi, Cost. ap. Divinae consortium naturae). Y en el momento de hacer la unción, el obispo dice esta palabra: «Recibe al Espíritu Santo que te ha sido dado como don»: es el gran don de Dios, el Espíritu Santo. Y todos nosotros tenemos al Espíritu dentro.

El Espíritu está en nuestro corazón, en nuestra alma. Y el Espíritu nos guía en la vida para que nos convirtamos en la sal correcta y en la luz correcta para los hombres.

Si en el bautismo es el Espíritu Santo quien se sumerge en Cristo, en la confirmación es Cristo quien nos colma de su Espíritu, consagrándonos como sus testigos, partícipes del mismo principio de vida y de misión, según el designio del Padre celestial. El testimonio prestado por los que se confirman manifiesta la recepción del Espíritu Santo y la docilidad a su inspiración creativa.

Yo me pregunto: ¿Cómo se ve que hemos recibido el Don del Espíritu? Si cumplimos las obras del Espíritu, si pronunciamos palabras enseñadas por el Espíritu (cf. 1 Corintios 2, 13).

El testimonio cristiano consiste en hacer solo y todo aquello que el Espíritu de Cristo nos pide, concediéndonos la fuerza de cumplirlo.





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El Bautismo: Revestido de Cristo



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 16 de mayo de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre el bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles a los ojos pero operativos en el corazón de quien se ha convertido en una nueva criatura, se hacen explícitos mediante la entrega del vestido blanco y de la vela encendida. Después del lavacro de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad (cf. Efesios 4, 24) ha parecido natural, desde los primeros siglos revestir a los neobautizados con una vestimenta nueva, cándida, similar al esplendor de la vida conseguida en Cristo y en el Espíritu Santo.

La vestimenta blanca, mientras expresa simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, anuncia la condición de los transfigurados en la gloria divina. Lo que significa revestirse de Cristo lo recuerda san Pablo explicando cuáles son las virtudes que los bautizados deben cultivar: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos, mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó. Y por encima de todo esto, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección» (Colosenses 3, 12-14).

También la entrega ritual de la llama extraída del cirio pascual, recuerda el efecto del bautismo: «Recibe la luz de Cristo», dice el sacerdote. Estas palabras recuerdan que no somos nosotros la luz sino que la luz es Jesucristo (Juan 1, 9; 12, 46), el cual, resucitado de entre los muertos, venció a las tinieblas del mal. Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor. Como la llama del cirio pascual da luz a cada vela, así la caridad del Señor Resucitado inflama los corazones de los bautizados, colmándolos de luz y calor. Y por eso, desde los primeros siglos, el bautismo se llamaba también «iluminación» y a quien era bautizado se le llamaba «el iluminado». Esta es, de hecho, la vocación cristiana: «caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe» (cf. Rito de iniciación cristiana de los adultos, n. 226; Juan 12, 36). Si se trata de niños, es tarea de los padres, junto a padrinos y madrinas, hacerse cargo de alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándoles a perseverar en la fe (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 73). «La educación cristiana es un derecho de los niños; esta tiende a guiarles gradualmente a conocer el diseño de Dios en Cristo: así podrán ratificar personalmente la fe en la cual han sido bautizados» (ibíd., Introducción, 3).

La presencia viva de Cristo, para custodiar, defender y dilatar en nosotros, es lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras elecciones, llama que calienta los corazones en el ir al encuentro al Señor, haciéndonos capaces de ayudar a quien hace el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice el Apocalipsis, «ya no habrá noche, y ya no necesitaremos la luz de lámpara ni la luz del sol, porque el Señor Dios nos iluminará. Y reinaremos por los siglos de los siglos» (cf. 22, 5). La celebración del bautismo se concluye con la oración del Padre Nuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. De hecho, los niños renacidos en el bautismo recibirán la plenitud del don del Espíritu en la confirmación y participarán en la eucaristía, aprendiendo qué significa dirigirse a Dios llamándole «Padre».

Al finalizar estas catequesis sobre el bautismo, repito a cada uno de vosotros la invitación que expresé así en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate: «Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gálatas 5, 22-23)» (n. 15).




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El Bautismo: Regeneración



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 9 de mayo de 2018


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis sobre el sacramento del bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado por la invocación de la Santísima Trinidad, o sea al rito central que propiamente «bautiza» —es decir sumerge— en el Misterio pascual de Cristo (cf.Catecismo de la Iglesia Católica, 1239). El sentido de este signo lo recuerda san Pablo a los cristianos de Roma, preguntando antes: «¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados por su muerte?» y después respondiendo: «Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Romanos 6, 3-4). El bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar en el que se hace Pascua con Cristo! Es sepultado el hombre viejo, con sus pasiones engañosas (cf. Efesios 4, 22), para que renazca una nueva criatura; realmente las cosas viejas han pasado y han nacido nuevas (cf. 2 Corintios 5, 17). En las «catequesis» atribuidas a san Cirilo de Jerusalén se explica a los neobautizados lo que les ha sucedido en el agua del bautismo. Es bonita esta explicación de san Cirilo: «En el mismo momento habéis muerto y habéis nacido, y aquella agua llegó a ser para vosotros sepulcro y madre» (n. 20, Mistagógica 2, 4-6: pg 33, 1079-1082). El renacimiento del nuevo hombre exige que sea reducido a polvo el hombre corrompido por el pecado. Las imágenes de la tumba y del vientre materno referidas a la pila, son de hecho muy incisivas para expresar cuanto sucede de grande a través de gestos sencillos del bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo baptisterio romano del Laterano, en el que se lee, en latín, esta expresión atribuida al Papa Sixto III. «La Madre Iglesia da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el aliento de Dios. Los que habéis renacido de esta pila, esperad el reino de los cielos». Es bonito: la Iglesia que nos hace nacer, la Iglesia que es vientre, es madre nuestra por medio del bautismo. Si nuestros padres nos han generado a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna del bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús (cf. Romanos 8, 15; Gálatas 4, 5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, el Padre celeste hace resonar con infinito amor su voz que dice: «Tú eres mi hijo amado» (cf. Mateo 3, 17). Esta voz paterna, imperceptible al oído pero bien audible para quien cree, nos acompaña para toda la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: «Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada».

Dios nos ama mucho, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del bautismo. Renacidos hijos de Dios, lo somos para siempre. El bautismo, de hecho, no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: «Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación» (cic, 1272). El sello del bautismo no se pierde nunca. «Padre, pero si una persona se convierte en un bandido, de los más famosos, que mata a gente, que comete injusticias, ¿el sello no se borra?». No. Para su propia vergüenza el hijo de Dios que es aquel hombre hace estas cosas, pero el sello no se borra. Y continúa siendo hijo de Dios, que va en contra de Dios pero Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios nunca reniega de sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? «Dios nunca reniega de sus hijos». Un poco más fuerte, que yo o estoy sordo o no he entendido: [repiten más fuerte] «Dios nunca reniega de sus hijos». He aquí, así está bien. Incorporados a Cristo por medio del bautismo, los bautizados se conforman, por lo tanto, a Él, «el primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Corintios 6, 11; 12, 13). Lo expresa la unción del crisma, «que es señal del sacerdocio real y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios» (Rito del bautismo de los niños, Introducción, n. 18, 3). Por ello, el sacerdote unge con el sagrado crisma la cabeza de cada bautizado, después de haber pronunciado estas palabras que explican el significado: «Dios mismo os consagra con el crisma de salvación, para que inseridos en Cristo, sacerdote, rey y profeta, seáis siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna» (ibíd., n. 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana está toda aquí: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para desarrollar la misma misión, en este mundo, llevando frutos que duran para siempre.

Animado por el único Espíritu, de hecho, todo el Pueblo de Dios participa en las funciones de Jesucristo, «Sacerdote, Rey y Profeta» y lleva las responsabilidades de misión y servicio que se derivan (cf. CIC, 783-786). ¿Qué significa participar del sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí una oferta grata a Dios (cf. Romanos 12, 1) ofreciéndole testimonio por medio de una vida de fe y de caridad (cf. Lumen gentium, 12), poniéndola al servicio de los demás, sobre el ejemplo del Señor Jesús (cf. Mateo 20, 25-28; Juan 13, 13-17). Gracias.



El Bautismo: Fuente de la vida



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 2 de mayo de 2018




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo con la reflexión sobre el bautismo, hoy quisiera detenerme en los ritos centrales, que se desarrollan en la pila bautismal. Consideramos en primer lugar el agua, sobre la cual se invoca el poder del Espíritu para que tenga la fuerza de regenerar y renovar (cf. Juan 3, 5 y Tito 3, 5). El agua es matriz de vida y de bienestar, mientras que su falta provoca la extinción de toda fecundidad, como sucede en el desierto; pero el agua puede ser también causa de muerte, cuando sumerge entre sus olas o en grandes cantidades arrasa con todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

A partir de este simbolismo natural, universalmente reconocido, la Biblia describe las intervenciones y las promesas de Dios a través del signo del agua. Aún así, el poder de perdonar los pecados no está en el agua en sí, como explicaba san Ambrosio a los nuevos bautizados: «Has visto el agua, pero no toda el agua resana: resana el agua que tiene la gracia de Cristo […] La acción es del agua, la eficacia es del Espíritu Santo» (De sacramentis 1, 15). Por eso la Iglesia invoca la acción del Espíritu sobre el agua «para que aquellos que en ella reciban el bautismo, sean sepultados con Cristo en la muerte y con Él resuciten a la vida inmortal» (Rito del Bautismo de los niños, n. 60). La oración de bendición dice que Dios ha preparado el agua «para ser signo del bautismo» y recuerda las principales prefiguraciones bíblicas: sobre las aguas de los orígenes se libraba el Espíritu para hacerlas semilla de vida (cf. Génesis 1, 1-2); el agua del diluvio marcó el final del pecado y el inicio de la vida nueva (cf. Génesis 7, 6-8, 22); a través del agua del Mar Rojo fueron liberados de la esclavitud de Egipto los hijos de Abraham (cf. Éxodo 14, 15-31). En relación con Jesús, se recuerda el bautismo en el Jordán (cf. Mateo 3, 1 3-17), la sangre y el agua derramados de su costado (cf. Juan 19, 31-37), y el mandato a los discípulos de bautizar a todos los pueblos en el nombre de la Trinidad (cf. Mateo 28, 19). Fortalecidos por tal recuerdo, se pide a Dios infundir en el agua de la pila la gracia de Cristo muerto y resucitado (cf. Rito del bautismo de los niños, n. 60). Y así, esta agua viene transformada en agua que lleva en sí la fuerza del Espíritu Santo. Y con esta agua con la fuerza del Espíritu Santo, bautizamos a la gente, bautizamos a los adultos, a los niños, a todos.

Santificada el agua de la pila, es necesario disponer el corazón para acceder al bautismo. Esto sucede con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente conectados entre ellos. En la medida en la que digo «no» a las sugestiones del diablo —aquel que divide— soy capaz de decir «sí» a Dios que me llama a adaptarme a Él en los pensamientos y en las obras. El diablo divide; Dios une siempre la comunidad, la gente en un solo pueblo. No es posible adherirse a Cristo poniendo condiciones. Es necesario despegarse de ciertas uniones para poder abrazar realmente otros; o estás bien con Dios o estás bien con el diablo. Por esto la renuncia y el acto de fe van juntos. Es necesario cortar los puentes, dejándoles a la espalda, para emprender el nuevo Camino que es Cristo.

La respuesta a las preguntas —«¿Renunciáis a Satanás, a todas sus obras, y a todas sus seducciones?»— está formulada en primera persona del singular: «Renuncio». Y de la misma forma es profesada la fe de la Iglesia, diciendo: «Creo». Yo renuncio y yo creo: esta es la base del bautismo. Es una elección responsable, que exige ser traducida en gestos concretos de confianza en Dios. El acto de fe supone un compromiso que el mismo bautismo ayudará a mantener con perseverancia en las diferentes situaciones y pruebas de la vida. Recordamos la antigua sabiduría de Israel: «Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclesiástico 2, 1), es decir, prepárate a la lucha. Y la presencia del Espíritu Santo nos da la fuerza para luchar bien.

Queridos hermanos y hermanas, cuando mojamos la mano en el agua bendecida —entrando en una iglesia tocamos el agua bendecida— y hacemos la señal de la cruz, pensemos con alegría y gratitud en el bautismo que hemos recibido —esta agua bendecida nos recuerda el bautismo— y renovamos nuestro «Amén» —«Estoy contento»—, para vivir inmersos en el amor de la Santísima Trinidad.



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ESPECIAL VIRGEN DE FÁTIMA





Estamos en mayo, mes dedicado a Nuestra Madre María Santísima, y donde se celebra la Fiesta de Nuestra Señora de Fátima, por ello compartimos nuestras publicaciones dedicadas a su devoción. Acceda a los siguientes enlaces:












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La Vid y los sarmientos



P. Adolfo Franco, jesuita.

PASCUA
DOMINGO V

Jn. 15, 1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.
Él corta todo sarmiento que en mí no da fruto, y limpia todo el que da fruto, para que dé más fruto.
Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho.
Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros podréis si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
Si alguno no permanece en mí, es cortado y se seca, lo mismo que los sarmientos; luego los recogen
y los echan al fuego para que ardan.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.
La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Palabra del Señor.



Jesús habla de su relación con nosotros con una parábola hermosa: La de la Vid y los sarmientos. El es la vid y nosotros las ramas. Y nos afirma que las ramas que no están unidas a la vid, se secan y no producen fruto, simplemente son ramas inútiles, que solo sirven como leña para el fuego.

Lo que está encerrado en estas afirmaciones es muy serio: Jesús es el centro de la vida, y si nos separamos de El, el flujo de la vida no nos llega. Esto lo ha dicho de muchas formas y en diversos momentos: por ejemplo cuando nos dice que El es el pan de la vida, y que si no nos alimentamos de El no tenemos vida. Y en el comienzo del Evangelio de San Juan se dice: por El fue hecho todo lo que existe. Y San Pablo, en forma similar, dice: todo fue creado por El y para El.

Se trata de un asunto esencial: algo que toca a la esencia del ser. Sin Cristo estamos privados de las conexiones vitales, que nos hacen vivir. No es sólo un asunto religioso, sino más hondo, no se trata solo del comportamiento moral, sino de la esencia misma del ser. Esa es la afirmación de Jesús: El está en el centro de toda vida, y toda vida se alimenta en la medida en que mantiene nexos vitales con El.

¿Cómo haremos para mantener esta unidad con El? Hay muchas cosas que podemos hacer, para mantener y reforzar esta unión. Pero también hay que afirmar que aquí se trata de la ayuda de Dios, imprescindible para toda obra buena. Esa ayuda de Dios la podemos suponer, porque Dios siempre está dispuesto: El quiere que todos los hombres se salven; por tanto lo que queda es ver cuál es nuestra parte en este trabajo de estar unidos con Jesús.

Primero hay que evitar todo corte de los vasos vitales por los cuales nos llega su aliento de vida: claro está que con el pecado se corta o se debilita esta unión vital con Cristo. Esta es una condición previa, para poder después progresar en la unión. Hay que subrayar de nuevo que se trata de unión substancial, y no simplemente concordancia moral con Cristo: cumplir lo que El dice. En esto nos va la vida, en estar unidos a la fuente de donde nace y se alimenta toda vida.

La unión se hace entonces por la gracia, ese flujo vital, por el cual la vida de Dios vive en nosotros. Y que se alimenta por los sacramentos y por la oración. Lamentablemente los sacramentos no producen en nosotros todos sus efectos, porque el rito se nos convierte a veces en una barrera, por nuestra falta de penetración en el misterio. El sacramento no es un “encuentro”, como debería ser. Se trata de una cita de verdad con Aquel que nos ama. Pero cuando se recibe, o se acude a El, sin fuerza, sin apertura de corazón, nuestro espíritu queda en la periferia de la fiesta, como un invitado que se queda sólo a la puerta. Es verdad que el Sacramento está rodeado de una especie de muralla, que es la forma ritual en que se celebra. Y hay que penetrar en esa muralla, para que se produzca el encuentro.

Aquí hay dificultades que se pueden ir eliminando poco a poco, con un poco de interés personal, y con mucha ayuda del Señor. El quiere que vayamos vislumbrando poco a poco el tesoro escondido, y que tengamos como meta, atravesar la cortina del tesoro. Dios entrará en nosotros para hacernos recibir  el milagro de su amor. Así se irá produciendo más y más el fruto de la unión, así nuestra ramita (nosotros) estaremos unidos a esa vid, que nos provee de frutos tan maravillosos, como la paz y el gozo de vivir en El.

Y de forma similar la oración debe intensificar esta unión con El. La oración en sí misma es estar unidos a Cristo, para que se produzca un flujo de El a nosotros y de nosotros a El. Esta oración viene siendo un proceso en que progresivamente vamos pasando de los círculos exteriores hasta el centro de la intimidad. Pero el que persevera en la oración poco a poco se irá adentrando, cada vez estará en una órbita más cercana al Centro, al Sol. Así la oración irá produciendo el fruto de la unión.

Esa es una tarea importante para nuestra vida, ya que El nos ha dicho que si no estamos unidos a su tronco, no tenemos vida, no tenemos fruto. Y ponerse en marcha hacia esa unión le da a la vida una plenitud insospechada. Marchar decididos a una unión tal que podamos exclamar: Vivo yo, pero no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.


El Bautismo: La fuerza para vencer el mal





PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 25 de abril de 2018



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos nuestra reflexión sobre el bautismo, siempre a la luz de la Palabra de Dios. Es el Evangelio que ilumina a los candidatos y suscita la adhesión de fe: «el Bautismo es de un modo particular “el sacramento de la fe” por ser la entrada sacramental en la vida de fe» (Catecismo de la Iglesia católica, 1236). Y la fe es la entrega de sí mismos al Señor Jesús, reconocido como «fuente de agua […] para vida eterna» (Juan 4, 14), «luz del mundo» (Juan 9, 5), «vida y resurrección» (Juan 11, 25), como enseña el itinerario recorrido, todavía hoy, por los catecúmenos ya cercanos a recibir la iniciación cristiana. Educados por la escucha de Jesús, de su enseñanza y de sus obras, los catecúmenos reviven la experiencia de la mujer samaritana sedienta de agua viva, del ciego de nacimiento que abre los ojos a la luz, de Lázaro que sale del sepulcro.

El Evangelio lleva en sí la fuerza de transformar a quien lo acoge con fe, arrancándolo del dominio del maligno para que aprenda a servir al Señor con alegría y novedad de vida. A la fuente bautismal no se va nunca solo, sino acompañados de la oración de toda la Iglesia, como recuerdan las letanías de los santos que preceden la oración de exorcismo y la unción prebautismal con el óleo de los catecúmenos. Son gestos que, desde la antigüedad, aseguran a quienes se preparan a renacer como hijos de Dios que la oración de la Iglesia les asiste en la lucha contra el mal, les acompaña en el camino del bien, les ayuda a escapar del poder del pecado para pasar en el reino de la gracia divina. La oración de la Iglesia. La Iglesia reza y reza por todos, ¡por todos nosotros! Nosotros Iglesia, rezamos por los demás. Es algo bonito rezar por los demás. Cuántas veces no necesitamos nada urgente y no rezamos. Nosotros debemos rezar, unidos a la Iglesia, por los demás: «Señor, yo te pido por esas personas que tienen necesidad, porque aquellos que no tienen fe...». No os olvidéis: la oración de la Iglesia siempre está en marcha. Pero nosotros debemos entrar en esta oración y rezar por todo el pueblo de Dios y por esos que necesitan de las oraciones. Por eso, el camino de los catecúmenos adultos está marcado por repetidos exorcismos pronunciados por el sacerdote (cf. ccc, 1237), o sea, por oraciones que invocan la liberación de todo lo que separa de Cristo e impide la íntima unión con Él. También para los niños se pide a Dios liberarles del pecado original y consagrarlos como casa del Espíritu Santo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Los niños. Rezar por los niños, por la salud espiritual y corporal. Es una forma de proteger a los niños con la oración. Como prueban los Evangelios, Jesús mismo combatió y expulsó los demonios para manifestar la llegada del reino de Dios (cf. Mateo 12, 28): su victoria sobre el poder del maligno deja libre espacio a la señoría de Dios que alegra y reconcilia con la vida.

El bautismo no es una fórmula mágica sino un don del Espíritu Santo que habilita a quien lo recibe «a luchar contra el espíritu del mal», creyendo que «Dios ha mandado en el mundo a su Hijo para destruir el poder de satanás y transferir al hombre de las tinieblas en su reino de luz infinita» (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 56). Sabemos por experiencia que la vida cristiana está siempre sujeta a la tentación, sobre todo a la tentación de separarse de Dios, de su querer, de la comunión con Él, para recaer en los lazos de las seducciones mundanas. Y el bautismo nos prepara, nos da fuerza para esta lucha cotidiana, también la lucha contra el diablo que —como dice san Pedro— como un león trata de devorarnos, de destruirnos.

Además de la oración, está después la unción en el pecho con el óleo de los catecúmenos, los cuales «reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida» (Bendición de los óleos, premisas, n.3). Por la propiedad del óleo de penetrar en los tejidos del cuerpo dando beneficio, los antiguos luchadores solían rociarse de óleo para tonificar los músculos y para huir más fácilmente de ser tomado por el adversario. A la luz de este simbolismo, los cristianos de los primeros siglos han adoptado el uso de ungir el cuerpo de los candidatos al bautismo con óleo bendecido por el obispo, para representar, mediante este «signo de salvación», que el poder de Cristo Salvador fortifica para luchar contra el mal y vencerlo (cf. Rito del Bautismo de los niños, n. 105).


Es cansado combatir contra el mal, escapar de sus engaños, retomar fuerzas después de una lucha agotadora, pero debemos saber que toda la vida cristiana es una lucha. Pero debemos saber que no estamos solos, que la Madre Iglesia reza para que sus hijos, regenerados en el bautismo, no sucumban a las insidias del maligno sino que le venzan por el poder de la Pascua de Cristo. Fortificados por el Señor Resucitado, que ha derrotado al príncipe de este mundo (cf. Juan 12, 31), también nosotros podemos repetir con la fe de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Filipenses 4, 13). Todos nosotros podemos vencer, vencer todo, pero con la fuerza que me viene de Jesús.


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Tomado de:
http://w2.vatican.va

Los escritos de San Pablo: La vida del Apóstol IV



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA

Continuación


1.6.7. Tercer viaje misionero (53 - 58) 

En Hech 18, 22-23, se nos narra el comienzo de tercer viaje misionero de Pablo: “Desembarcó en Cesarea, y después de subir a saludar a la iglesia, bajó a Antioquía. Después de pasar allí algún tiempo marcó a recorrer una tras otra las regiones de Galacia y Frigia para fortalecer a los discípulos”. Después de haber recorrido las regiones de Galacia y Frigia llego a Efeso. Aquí estuvo más de dos años. Encontró discípulos que conocían solo el bautismo de Juan el Bautista, Hech 19, 1-7. Tuvo grandes éxitos apostólicos, Hech 19, 8-20. "Resolvió, después de esto, ir a Jerusalén, atravesando Macedonia y Acaya, porque se decía: Desde allí iré a Roma. Enviando a Macedonia dos de sus auxiliares, Timoteo y Erasto, él se detuvo algún tiempo en Asia", Hech 19, 21-22.

La sedición movida por el platero Demetrio, fabricante de templos votivos en honor de la diosa Artemisa, eran reproducciones del templo de la misma, el Artemisón, le obligó a salir de Efeso, Hech 19, 23-40: “Por entonces se produjo un tumulto no pequeño con motivo del Camino. Cierto platero, llamado Demetrio, que labraba en plata templetes de Artemisa y proporcionaba no pocas ganancias a los artífices, reunió a éstos y también a los obreros de este ramo y les dijo: “Compañeros, vosotros sabéis que a esta industria debemos el bienestar, pero estáis viendo y oyendo decir que no solamente en Efeso, sino en casi todo el Asia, ese Pablo ha persuadido a mucha gente a cambiar de idea, diciendo que no son dioses los que se fabrican con las manos.  Y esto no solamente trae el peligro de que nuestra profesión caiga es descrédito, sino también de que el mismo templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y venga a ser despojada de su grandeza aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra”. Al oír esto, llenos de furor se pusieron a gritar: “¡Grande es la Artemisa de los efesios!”. La ciudad se llenó de confusión. Todos a una se precipitaron hacia el teatro arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo. Pablo quiso entrar y presentarse al pueblo, pero se lo impidieron los discípulos” ... “Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo: “Efesios, ¿quién hay en el mundo que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo?. Siendo, pues, esto indiscutible conviene que os calméis y no hagáis nada inconsideradamente. Habéis traído acá a estos hombres que nos son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa. ... Y si tenéis algún otro asunto, se resolverá en asamblea legal. Porque además corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este tumulto”. Dicho esto se disolvió la asamblea”.

En esta ciudad había escrito la carta a los Gálatas y la primera a los Corintios, 1 Cor 16, 8.
Dejando Efeso, capital de Asia, fue a Tróade con el corazón angustiado, 2 Cor 1, 8; Hech 20, 1. Esperaba encontrar allí a Tito y sufrió al no hallarlo, 2 Cor 2, 13. Fue hacia Macedonia y allí lo encontró, 2 Cor 7, 6-7. Atraviesa entonces Macedonia exhortando a los hermanos, Hech 20, 2, es decir, visitando las iglesias fundadas por él. De Macedonia baja a Corinto. Antes les había escrito desde allá la Segunda Carta a los Corintios, 2 Cor 9, 3. En Corinto permanece tres meses, Hech 20, 3, y escribe la carta a los Romanos. Es el invierno del 57 - 58.

Pasado el invierno, deseaba Pablo volver directamente a Siria, pero a causa de las insidias de los judíos cambió de  parecer y decidió volver a través de Macedonia. Con algunos compañeros llego a Tróade Hech 20, 3-12. Los compañeros de Pablo se adelantaron por mar y llegaron a Aso. Allí, por tierra, los alcanzó Pablo y, por mar, continuó el viaje con escalas en Mitilene, Quíos, Samos, Mileto. A Mileto hizo venir a los presbíteros de esa Iglesia, y pensando que no iba a volver a verlos más en este mundo, les dio sus últimas recomendaciones, Hech 20,  17-38. Después de Mileto, las etapas del viaje son: las islas de Cos y Rodas y el puerto de Pátara. De aquí directamente y por mar, dejando a la izquierda a Chipre, navega hasta Tiro, donde permanece siete días; va a Tolemaida y después a Cesarea y se hospeda en casa de Felipe. Durante los días de su permanencia en Cesarea, un profeta llamado Agabo, atándose los pies y manos con el cinto de Pablo dijo: “esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos a Jerusalén al varón cuyo es este cinto y lo entregarán en poder de los gentiles”, Hech 21, 11. Los compañeros de Pablo le ruegan que no vaya a Jerusalén, pero, él responde que está dispuesto a morir por el nombre del Señor Jesús, y sale para la ciudad Santa. Es la primavera del año 58.


1.6.8. El prisionero de Cristo (58 - 63) 

En Jerusalén, Pablo sigue el consejo de Santiago y de los presbíteros y se asocia a cuatro que habían hecho el voto de nazareato, paga sus gastos y se purifica con ellos, Hech 21, 17-26: “Llegados a Jerusalén los hermanos nos recibieron con alegría. Al día siguiente Pablo, con nosotros, entró en casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros. Les saludó y les fue exponiendo una a una todas las cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio. Ellos, al oírle, glorificaban a Dios. Pero le dijeron: “Ya ves, hermano, cuantos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley. Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. ¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida. Haz, pues, lo que te vamos a decir: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto que cumplir. Tómalos y purifícate con ellos; y paga tú por ellos, para que se rapen la cabeza; así todos entenderán que no  hay nada de lo que han oído decir de ti; sino que tú también te portas como un cumplidor de la Ley, ... Entonces Pablo tomo a los hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el Templo para declarar cuándo se terminaban los días de la purificación en que se había de presentar la ofrenda por cada uno de ellos”.

Del comienzo de la  cautividad de Pablo nos habla los últimos capítulos del libro de los Hechos de los Apóstoles 21, 27 – 28: “Cuando estaban ya para cumplirse los siete días, los judíos venidos de Asia le vieron en el Templo, amotinaron a todo el pueblo, le echaron mano y se pusieron a gritar: “¡Auxilio, hombres de Israel!” Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra el Lugar; y hasta ha llegado a introducir a unos griegos  en el Templo, profanando este lugar santo”.

Los enemigos de Pablo suscitan un tumulto en el Templo y tratan de matar a Pablo. El tribuno de la cohorte romana lo encarcela. Pablo consigue que el tribuno les deje dirigirse a la multitud para hacer su defensa, Hech 21, 30–36: “Toda la gente se alborotó y la gente concurrió de todas partes. Se apoderaron de Pablo y lo arrastraron fuera del Templo, inmediatamente cerraron las puertas. Intentaban darle muerte, cuando subieron a decir al tribuno de la cohorte: “Toda Jerusalén está revuelta”. Inmediatamente tomó consigo soldados y centuriones y bajó corriendo hacia ellos; y ellos, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. Entonces el tribuno se acercó, le prendió y mandó que le azotasen con dos cadenas; y empezó a preguntar quién era y qué había hecho. Pero entre la gente unos gritaban una cosa y otros otra. Como no pudiese sacar nada en claro a causa del alboroto, ordenó que le llevasen al cuartel... Cuando iban a meterle en el cuartel, Pablo dijo al tribuno: “¿Me permites decir una palabra?” Él el contestó: “Pero, ¿sabes griego? ¿No eres tú entonces el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al desierto a los cuatro mil terroristas?”. Pablo respondió: “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad no insignificante. Te ruego que me permitas hablar al pueblo”. Se lo permitió, Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió con la mano silencio al pueblo. Y haciéndose un gran silencio, les dirigió la palabra en lengua hebrea”.

Pablo habló al pueblo judío con gran elocuencia y valentía. Los judíos no querían oír a Pablo y vociferaban cada vez más. El tribuno da órdenes para que azoten a Pablo. Éste apela a su ciudadanía romana y la flagelación es suspendida, Hech 22, 25-29: “Cuando le tenían estirado con las correas, dijo Pablo al centurión que estaba allí: “¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin haberle juzgado?” Al oír esto el centurión fue donde el tribuno y le dijo: “¿Qué vas a hacer?” Este hombre es ciudadano romano”. Acudió el tribuno y le preguntó: “Dime, ¿eres ciudadano romano? Sí, respondió. Yo, dijo el tribuno, conseguí esta ciudadanía por una fuerte suma”, “Pues yo, contestó Pablo, la tengo por nacimiento”. Al momento se retiraron los que iban a darle tormento. El tribuno temió al darse cuenta que le había encadenado siendo ciudadano romano”.

Al día siguiente Pablo fue conducido ante el Sanedrín. Allí se defiende hábilmente hablando de la resurrección, tema que dividía a fariseos y saduceos. Con esto suscitó una terrible discusión entre ellos, Hech 23, 1-10. Por la noche, Pablo en la prisión es confortado con una visión del Señor. Los judíos juraron: “no comer ni beber hasta matar a Pablo”, Hech 23, 12, y urdieron un plan para apoderarse de él y matarlo. Pablo logró librarse de esa conjuración, gracias a un sobrino suyo, hijo de su hermana, Hech 23, 16-21: “El hijo de la hermana de Pablo se enteró de la emboscada. Se presentó en el cuartel, entró y se lo contó a Pablo. Pablo llamó a uno de los centuriones y les dijo: “Lleva a este joven donde el tribuno, pues tiene algo que contarle. El entonces lo presentó al tribuno diciéndole: “Pablo, el preso, me llamó y me rogó que te trajese este joven que tiene algo que decirte. El tribuno le tomó de la mano, le llevó aparte y le preguntó ¿Qué es lo que tienes que contarme?. Los judíos, contestó, se han concertado para pedirte que mañana bajes a Pablo al Sanedrín con el pretexto de hacer una indagación más a fondo sobre él. Pero tú no les hagas caso, pues le preparan una emboscada más de cuarenta hombres de entre ellos, que se han comprometido a no comer ni beber hasta haberle dado muerte; y ahora están preparados, esperando tu asentimiento. El tribuno despidió al muchacho dándole una recomendación: “No digas a nadie que me has denunciado estas cosas”.
El tribuno, conocida la conjuración, envía a Pablo escoltado a Cesarea con una carta para el procurador Félix que residía allí. Ante él, Pablo se defiende de las acusaciones de los judíos. Félix espera que Pablo le dé dinero y, por esto, deja pasar dos años sin interesarse por llevar a su fin el proceso. Hacia el año 60, Félix viene depuesto. Le sucede Festo, quien reanuda el proceso de inmediato. Pablo entonces apela al César. Pocos días después, Pablo se defiende ante Festo, en la presencia de Agripa II y de Berenice. Agripa concluye: “Podría ponérsele en libertad si no hubiera apelado al César”, Hech 23, 22-26.

Para ser juzgado en el tribunal del César, Pablo emprende, bajo la custodia del Centurión Julio, el viaje a Roma. Acompañan a Pablo en el viaje a Roma Lucas y Aristarco. La nave comercial que toma se dirige a Adramicia, ciudad de Misia. Era el otoño del año 60. Al llegar a Mira, ciudad de Licia, Pablo y sus compañeros son trasladados a una nave alejandrina, que navegaba hacia Italia. A causa de los vientos contrarios la nave se vio obligada a navegar hacia Creta, llegados allí, Pablo aconseja pasar allí el invierno. Se hallaban en Puerto Bueno, cerca de Lasea. Los tripulantes prefieren navegar a otro puerto de la misma Creta: Fenice, porque, “miraba contra el nordeste y sudeste”. Apenas habían salido de Puerto Bueno cuando cayeron en una terrible tempestad que los arrastró y los llevó a desesperar de su salvación. Pablo, que tuvo una visión del Señor, les hace cobrar ánimos con la seguridad de que podrían salir bien librados. Después de 14 días encallaron en la isla Malta, donde fueron bien acogidos por, "los bárbaros". En Malta permanecieron tres meses, al cabo de los cuales se volvieron a embarcar en otra nave, que iba a Italia. Llegaron a Siracusa, donde se detuvieron tres días. De allí, “costeando, llegamos a Regio, y un día después comenzó a soplar el sur, con ayuda del cual llegamos el segundo día a Pozzuoli”, Hech 28,13. Allí permanecieron siete días. De Pozzuoli, por tierra salieron para Roma. Los cristianos de Roma salen a su encuentro en el Foro Apio y Tres Tabernas.

En Roma se le permitió habitar en una casa particular bajo la custodia de un soldado. Tres días después de su llegada Pablo convocó a los judíos y les explicó el motivo de su prisión. “Dos años enteros permaneció en una casa alquilada, donde recibía a todos los que venían a él, predicando el reino de Dios y enseñando con toda libertad y sin obstáculos lo tocante al Señor Jesucristo”, Hech 28, 30-31.

Pablo escribe en esos dos años las llamadas Cartas de la Cautividad: Colosenses, Efesios, Filipenses, Filemón. La cautividad romana de Pablo produjo frutos abundantes: la iglesia de Roma progresó en favor y en número. En este largo periodo Pablo no disminuyó sus relaciones con las iglesias por él fundadas. Muchos de sus discípulos en esas regiones vienen a visitarlo, como Epafras de Colosas, Col 4, 12, Tíquico de Efeso, Col 4, 7, Epafrodito de Filipos, Filip 2, 25-31; 4, 14-18. A estas manifestaciones de afecto corresponde Pablo enviando cartas en las que da las gracias, aconseja, advierte.

Cerca de Pablo están Lucas, Col. 4, 14, Aristarco, Film 2, 4, Timoteo, Filip 1, 1 y Marcos, Col 4, 10; Film. 2, 4. La narración del libro de los Hechos no nos dice más sobre Pablo. El Apóstol hace alusión a su próxima liberación en la carta a los Filipenses, 2, 24: “Y aún confío en el Señor que yo mismo podré ir pronto”. Probablemente, después de cinco años de prisión - incluidos los de Cesarea - fue puesto en libertad. Era la primavera del año 63.


1.6.9. Último período de la vida de Pablo (63 - 67) 

Este periodo es el menos documentado y, por consiguiente, el más oscuro de la vida del Apóstol de los Gentiles.

Nos preguntamos: ¿Qué pasó entre la prisión de Pablo en Roma, y su muerte? Veamos que nos dice Hech  28, 17-22: “Tres días después convocó a los principales judíos. Una vez reunidos, les dijo: “Hermanos, yo, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las costumbres de los padres, fui entregado preso en Jerusalén en manos de los romanos, quienes después de haberme  interrogado, querían dejarme en libertad porque no había en mí ningún motivo  de muerte. Pero como los judíos se oponían, me vi forzado a apelar al César, sin pretender con eso acusar a los de mi nación. Por este motivo os llamé para veros y hablaros, pues precisamente por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas”. Ellos le respondieron; “Nosotros no hemos recibido de Judea ninguna carta que nos hable de ti, ni  ninguno de los hermanos llegados aquí nos ha referido o hablado mal de ti. Pero deseamos oír de ti mismo lo que piensas pues lo que de esta secta sabemos es que en todas las partes se le contradice”.

Según lo acordado Pablo declara a los judíos de Roma la finalidad de su Evangelio, en Hech 28, 23-31: “Le señalaron un día y vinieron en mayor número adonde se hospedaba. Él les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se despedían, Pablo dijo esta sola cosa: “Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías:

“Ve a encontrar a este pueblo y dile:
Escucharéis bien, pero no entenderéis,
Miraréis bien, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
Han hecho duros sus oídos, y sus ojos se han cerrado;
No sea que vean con sus ojos,
Y con sus oídos oigan,
Y con sus corazones entiendan y se conviertan, y yo los cure”

“Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán”. Pablo permaneció dos años enteros en una casa que  habían alquilado y recibían a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno”.

Para responder tenemos pocos elementos: algunas informaciones ocasionales de las Cartas Pastorales, si se consideran escritos paulinos auténticos, algunas informaciones extrabíblicas, la tradición eclesiástica, algunas deducciones indirectas apoyadas en propósitos apostólicos de Pablo manifestados en sus cartas. No nos debe, por tanto, sorprender el hecho de que cualquier reconstrucción de este último periodo tenga que quedarse dentro de los límites de lo probable o posible.

Después de su cautiverio en Roma, libre nuevamente, Pablo emprende sus viajes misioneros. Podemos preguntarnos hacia dónde. Probablemente visite España. Ya en el invierno de los años 57 - 58, el apóstol había decidido firmemente visitar España, Rom 15, 23-24: “Mas ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones, y deseando vivamente desde hace muchos años ir donde vosotros, cuando me dirija a España, espero veros al pasar y ser encaminado por vosotros hacia allá, después de haber disfrutado un poco de vuestra compañía”.

No se trataba de un simple proyecto, sino de una decisión tomada. Podemos pensar legítimamente que Pablo, arrestado en Jerusalén pocas semanas  después de haber manifestado sus planes a los romanos, los cumpliría cinco años después, cuando pudo tener la oportunidad  de hacerlo. Tenemos además el testimonio de Clemente Romano, quien 35 años después de la muerte de Pablo, escribía en una carta suya a los Corintios que Pablo: “después de haber instruido al mundo entero, llego hasta los confines de Occidente”.

Tras de haber permanecido algún tiempo en España debió haberse dirigido nuevamente a Aso, Macedonia, Creta y Acaya. De tales viajes tenemos algunos rastros en las Cartas Pastorales, aunque no podemos con ellos precisar el itinerario. Podemos con todo, elaborarlo con una cierta aproximación: de España Pablo viajó a Italia; de aquí a Asia: visitó Efeso, donde dejó a Timoteo, 1 Tim 1, 3. Probablemente visitaría Colosas para saludar a Filemón, según se lo había prometido, y también Laodicea y Hierápolis. Pasó después a Macedonia y allí visitó Filipos, Filip 2, 24. Desde aquí enviaría a su primera carta a Timoteo para animarlo en su difícil misión de gobernar la Iglesia de Efeso.

Probablemente volvió a pasar por Corinto y de allí se dirigió a Creta - isla que había tocado en su viaje a Roma- y allí dejó a Tito para que organizara la Iglesia, Tit 1, 5. El invierno de los años  65 – 66, lo pasó en Nicópolis de Epiro, Tit 3, 12. En la primavera del 66 hizo el viaje a Tróade y después a Efeso, 1 Tim 3, 14; 4, 13. De aquí fue a Mileto, donde enfermó Trófimo, 2 Tim 4, 20. De aquí navegaría hacia Corinto, 2 Tim 4, 20. Aquí, según una tradición del S. II, Pablo se encontró con Pedro y juntos fueron a Roma, para sostener a los cristianos perseguidos por Nerón. Para otros, habría sido hecho prisionero en Tróade, 2 Tim 4, 13.

La segunda cautividad romana de Pablo es diversa de la primera. Podemos dar por supuesto que Pablo, una vez en Roma, estuvo en prisión hasta que se reanudó el proceso legal y se pronunció la sentencia que fue favorable y pudo vivir en plena libertad. Quizás durante este segundo período de encarcelamiento fue encomendado al prefecto de la guardia romana (praefectus pretorius). En ese tiempo era prefecto pretorio Afranio Burro. No sabemos  cuáles fueron las causas por las que fue condenado a muerte, el Apóstol Pablo, como ciudadano romano, tenía derecho a morir decapitado con la espada. De este modo se libraba de la infamante ejecución por medio de la cruz.

En la segunda carta a Timoteo nos habla de su situación y narra que: “está preso como malhechor”, 2 Tim 2, 9; y que “todos lo han abandonado”, 2 Tim 4,10. Solo Lucas esta con él. Solo lo sostiene la esperanza de la eternidad: “El Señor me librará de todo mal y me guardará para su reino celestial”, 2 Tim 4,18. En este mundo solo espera la muerte y una muerte muy próxima: “Cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente al tiempo de mi partida. He combatido el buen combate, he guardado la fe. Ya me está preparada la corona de justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo Juez, y no solo a mí, sino a todos los que aman su venida”, 2 Tim 4, 7-9.

En una situación similar, Pablo había puesto toda su confianza sólo en Cristo. Podemos trasladar sus palabras de entonces al final de su vida en Roma, como les escribía a los cristianos de Filipos, Filp, 1, 21-24: “Pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.... Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros”.

Según la tradición fue decapitado en el año 67. Una tradición no muy antigua, afirma que el lugar de su martirio fue Aguas Salvias (hoy Tre Fontane), en las afueras de Roma. Fue sepultado - siempre según la tradición (en este caso del s. II) - en una propiedad de la matrona romana Lucina. Es aquí donde se levanta actualmente la Basílica de San Pablo “extra muros”, en Roma, fuera de las murallas.


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Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.


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