El Bautismo de Cristo


P. Adolfo Franco, S.J.

Mateo 3, 13-17

Jesús bautizado en el Jordán es exaltado por el Padre


El domingo pasado celebrábamos la adoración de los Reyes Magos, ante Jesús recién nacido como una manifestación especial de Dios. Hoy celebramos otra manifestación de Dios: ocurre en el bautismo de Cristo en el Jordán. Ha pasado una semana litúrgica entre este domingo y el anterior, pero cuántas cosas pasaron en la vida real de Jesús entre el primero de los hechos (la adoración de los Magos) y el segundo que hoy consideramos, su Bautismo en el Jordán. Han pasado casi treinta años de la vida de Cristo. Y vale la pena detenerse para hacer de todo este tiempo transcurrido una adecuada reflexión.

En estos treinta años ha sucedido toda una vida oculta, no precisamente anónima, sino una vida, de la que parece que no hay nada que contar, tan parecida debió ser a las vidas de sus paisanos de Nazareth. Y sin embargo estos treinta años han sido una preparación para lo que ocurre en el Bautismo, y lo que vendrá después. Hablamos con términos demasiado humanos, pues podríamos preguntar: Jesús el Hijo de Dios ¿tenía que prepararse para esta misión, que traía desde su Encarnación? ¿Dios no estaba suficientemente preparado desde el principio? Pero resulta que Jesús es verdadero Dios, pero también verdadero hombre (no una apariencia de hombre), y como hombre real, debía pasar de la niñez a la infancia, a la adolescencia, a la juventud, a la madurez. Hay unas breves frases en el Evangelio de San Lucas en que afirman que Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia. Hay por tanto en El un verdadero crecimiento humano, que lo está preparando para su misión.

Al Bautismo llega Jesús de treinta años aproximadamente. Ha ido pensando despacio en la misión que el Padre le ha encomendado: acercarse a los hombres, entregarles una doctrina pura, vivir para los demás como nadie lo ha hecho, entregar su vida, después de haber entregado todo lo que El es. Su corazón se ha ido desarrollando para tener una capacidad de amar sin limitaciones, un amor que era como un aroma que le seguía por todas partes, y que lo hacía cercano a todos incluso a los más alejados de Dios. ¿Cómo se formaría ese amor tan grande? Claro que ahí inyectaba además su potencia toda la divinidad que latía en su interior.

Fueron años en que aprendió a servir, a ser sencillo, a ser acogedor, a no juzgar, a compadecerse. La Palabra de Dios fue convirtiéndose en El en una segunda naturaleza. Y aprendió a leer el mundo creado; aprendió a contemplar la semilla, y los pájaros: una meditación profunda e íntima, que le hizo descubrir en la naturaleza las huellas invisibles de su Padre. Y por eso se acercaba a la naturaleza, para ir convirtiendo cada hecho del campo y del mar, de la fiesta y de las bodas, en un mensaje del Reino de los Cielos.

Y cuando ya ha llegado al término esta preparación, como un hombre totalmente maduro, se marcha una tarde de su casa, sale definitivamente de la infancia, y va al Jordán. Se trata de una nueva identificación con los demás hombres. Podría decirse, aunque impropiamente, una nueva encarnación: se hizo semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado. Pero se pone en la cola de los pecadores, para recibir un bautismo destinado a pecadores. Y en ese momento hay un luminoso forcejeo entre la humildad de Jesús y la humildad de Juan el Bautista. Naturalmente que vence la voluntad de Dios, que es lo que Jesús le dice a Juan. Y una vez que Jesús entra en el Jordán se abren los cielos, porque ya se está abriendo en Jesús el camino de la salvación. El Padre se asoma a ver a su Hijo querido, se asoma para ver toda su obra, lo que un día planificaron en el cielo, cuando el amor a los hombres les arrebató otra vez, con un amor mayor aún que cuando Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo estaban planificando la creación, y sobre todo la creación del hombre a su imagen y semejanza.


En el Jordán aparece el primer hombre que de verdad es a imagen y semejanza de Dios. Pero de ahí empezará la fila de sus seguidores, que irán por los mismos caminos que El marca, para realizar en sus vidas “la imagen y semejanza de Dios”.

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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Catequesis del Papa: El Sacramento del Bautismo


PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 8 de enero de 2014



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy iniciamos una serie de catequesis sobre los Sacramentos, y la primera se refiere al Bautismo. Por una feliz coincidencia, el próximo domingo se celebra precisamente la fiesta del Bautismo del Señor.

El Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia. Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la así llamada «Iniciación cristiana», la cual constituye como un único y gran acontecimiento sacramental que nos configura al Señor y hace de nosotros un signo vivo de su presencia y de su amor.

Puede surgir en nosotros una pregunta: ¿es verdaderamente necesario el Bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús? ¿No es en el fondo un simple rito, un acto formal de la Iglesia para dar el nombre al niño o a la niña? Es una pregunta que puede surgir. Y a este punto, es iluminador lo que escribe el apóstol Pablo: «¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-4). Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos.

Muchos de nosotros no tienen el mínimo recuerdo de la celebración de este Sacramento, y es obvio, si hemos sido bautizados poco después del nacimiento. He hecho esta pregunta dos o tres veces, aquí, en la plaza: quien de vosotros sepa la fecha del propio Bautismo, que levante la mano. Es importante saber el día que fui inmerso precisamente en esa corriente de salvación de Jesús. Y me permito daros un consejo. Pero más que un consejo, una tarea para hoy. Hoy, en casa, buscad, preguntad la fecha del Bautismo y así sabréis bien el día tan hermoso del Bautismo. Conocer la fecha de nuestro Bautismo es conocer una fecha feliz. El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado —y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres—, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia. Si logramos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, con nuestras fragilidades y nuestros pecados, es precisamente por el Sacramento en el cual hemos sido convertidos en nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo. Es en virtud del Bautismo, en efecto, que, liberados del pecado original, hemos sido injertados en la relación de Jesús con Dios Padre; que somos portadores de una esperanza nueva, porque el Bautismo nos da esta esperanza nueva: la esperanza de ir por el camino de la salvación, toda la vida. Esta esperanza que nada ni nadie puede apagar, porque, la esperanza no defrauda. Recordad: la esperanza en el Señor no decepciona. Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y amar incluso a quien nos ofende y nos causa el mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. El Bautismo nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, incluso de nuestro prójimo, el rostro de Jesús. Todo esto es posible gracias a la fuerza del Bautismo.

Un último elemento, que es importante. Y hago una pregunta: ¿puede una persona bautizarse por sí sola? Nadie puede bautizarse por sí mismo. Nadie. Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera en el nombre del Señor este Sacramento. Porque el Bautismo es un don que viene dado en un contexto de solicitud y de compartir fraterno. En la historia, siempre uno bautiza a otro y el otro al otro... es una cadena. Una cadena de gracia. Pero yo no puedo bautizarme a mí mismo: debo pedir a otro el Bautismo. Es un acto de fraternidad, un acto de filiación en la Iglesia. En la celebración del Bautismo podemos reconocer las líneas más genuinas de la Iglesia, la cual como una madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.


Pidamos entonces de corazón al Señor poder experimentar cada vez más, en la vida de cada día, esta gracia que hemos recibido con el Bautismo. Que al encontrarnos, nuestros hermanos puedan hallar auténticos hijos de Dios, auténticos hermanos y hermanas de Jesucristo, auténticos miembros de la Iglesia. Y no olvidéis la tarea de hoy: buscar, preguntar la fecha del propio Bautismo. Como conozco la fecha de mi nacimiento, debo conocer también la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta.

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Tomado de 
www.vatican.va
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Homilía del Papa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor



HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San PedroLunes 6 de enero de 2014


«Lumen requirunt lumine». Esta sugerente expresión de un himno litúrgico de la Epifanía se refiere a la experiencia de los Magos: siguiendo una luz, buscan la Luz. La estrella que aparece en el cielo enciende en su mente y en su corazón una luz que los lleva a buscar la gran Luz de Cristo. Los Magos siguen fielmente aquella luz que los ilumina interiormente y encuentran al Señor.

En este recorrido que hacen los Magos de Oriente está simbolizado el destino de todo hombre: nuestra vida es un camino, iluminados por luces que nos permiten entrever el sendero, hasta encontrar la plenitud de la verdad y del amor, que nosotros cristianos reconocemos en Jesús, Luz del mundo. Y todo hombre, como los Magos, tiene a disposición dos grandes “libros” de los que sacar los signos para orientarse en su peregrinación: el libro de la creación y el libro de las Sagradas Escrituras. Lo importante es estar atentos, vigilantes, escuchar a Dios que nos habla, siempre nos habla. Como dice el Salmo, refiriéndose a la Ley del Señor: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, / luz en mi sendero» (Sal 119,105). Sobre todo, escuchar el Evangelio, leerlo, meditarlo y convertirlo en alimento espiritual nos permite encontrar a Jesús vivo, hacer experiencia de Él y de su amor.
En la primera Lectura resuena, por boca del profeta Isaías, el llamado de Dios a Jerusalén: «¡Levántate, brilla!» (60,1). Jerusalén está llamada a ser la ciudad de la luz, que refleja en el mundo la luz de Dios y ayuda a los hombres a seguir sus caminos. Ésta es la vocación y la misión del Pueblo de Dios en el mundo. Pero Jerusalén puede desatender esta llamada del Señor. Nos dice el Evangelio que los Magos, cuando llegaron a Jerusalén, de momento perdieron de vista la estrella. No la veían. En especial, su luz falta en el palacio del rey Herodes: aquella mansión es tenebrosa, en ella reinan la oscuridad, la desconfianza, el miedo, la envidia. De hecho, Herodes se muestra receloso e inquieto por el nacimiento de un frágil Niño, al que ve como un rival. En realidad, Jesús no ha venido a derrocarlo a él, ridículo fantoche, sino al Príncipe de este mundo. Sin embargo, el rey y sus consejeros sienten que el entramado de su poder se resquebraja, temen que cambien las reglas de juego, que las apariencias queden desenmascaradas. Todo un mundo edificado sobre el poder, el prestigio, el tener, la corrupción, entra en crisis por un Niño. Y Herodes llega incluso a matar a los niños: «Tú matas el cuerpo de los niños, porque el temor te ha matado a ti el corazón» - escribe san Quodvultdeus (Sermón 2 sobre el Símbolo: PL 40, 655). Es así: tenía temor, y por este temor pierde el juicio.

Los Magos consiguieron superar aquel momento crítico de oscuridad en el palacio de Herodes, porque creyeron en las Escrituras, en la palabra de los profetas que señalaba Belén como el lugar donde había de nacer el Mesías. Así escaparon al letargo de la noche del mundo, reemprendieron su camino y de pronto vieron nuevamente la estrella, y el Evangelio dice que se llenaron de «inmensa alegría» (Mt 2,10). Esa estrella que no se veía en la oscuridad de la mundanidad de aquel palacio.

Un aspecto de la luz que nos guía en el camino de la fe es también la santa “astucia”. Es también una virtud, la santa “astucia”. Se trata de esa sagacidad espiritual que nos permite reconocer los peligros y evitarlos. Los Magos supieron usar esta luz de “astucia” cuando, de regreso a su tierra, decidieron no pasar por el palacio tenebroso de Herodes, sino marchar por otro camino. Estos sabios venidos de Oriente nos enseñan a no caer en las asechanzas de las tinieblas y a defendernos de la oscuridad que pretende cubrir nuestra vida. Ellos, con esta santa “astucia”, han protegido la fe. Y también nosotros debemos proteger la fe. Protegerla de esa oscuridad. Esa oscuridad que a menudo se disfraza incluso de luz. Porque el demonio, dice san Pablo, muchas veces se viste de ángel de luz. Y entonces es necesaria la santa “astucia”, para proteger la fe, protegerla de los cantos de las sirenas, que te dicen: «Mira, hoy debemos hacer esto, aquello…» Pero la fe es una gracia, es un don. Y a nosotros nos corresponde protegerla con la santa “astucia”, con la oración, con el amor, con la caridad. Es necesario acoger en nuestro corazón la luz de Dios y, al mismo tiempo, practicar aquella astucia espiritual que sabe armonizar la sencillez con la sagacidad, como Jesús pide a sus discípulos: «Sean sagaces como serpientes y simples como palomas» (Mt 10,16).

En esta fiesta de la Epifanía, que nos recuerda la manifestación de Jesús a la humanidad en el rostro de un Niño, sintamos cerca a los Magos, como sabios compañeros de camino. Su ejemplo nos anima a levantar los ojos a la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre, de “poco calado”, sino a dejarnos fascinar siempre por la bondad, la verdad, la belleza… por Dios, que es todo eso en modo siempre mayor. Y nos enseñan a no dejarnos engañar por las apariencias, por aquello que para el mundo es grande, sabio, poderoso. No nos podemos quedar ahí. Es necesario proteger la fe. Es muy importante en este tiempo: proteger la fe. Tenemos que ir más allá, más allá de la oscuridad, más allá de la atracción de las sirenas, más allá de la mundanidad, más allá de tantas modernidades que existen hoy, ir hacia Belén, allí donde en la sencillez de una casa de la periferia, entre una mamá y un papá llenos de amor y de fe, resplandece el Sol que nace de lo alto, el Rey del universo. A ejemplo de los Magos, con nuestras pequeñas luces busquemos la Luz y protejamos la fe. Así sea.


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Tomado de:
www.vatican.va
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Homilía del Papa Francisco en la Eucaristía de Acción de Gracias por la Canonización de Pedro Fabro


El Papa Francisco celebró, la mañana del 3 de enero, la Santa Misa de la fiesta del Santísimo Nombre de Jesús en la iglesia del Gesù, en acción de gracias por el nuevo santo jesuita Pierre Favre. Con el Papa concelebraron el cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos; el cardenal Agostino Vallini, vicario general de Su Santidad para la diócesis de Roma, los obispos Luis Francisco Ladaria Ferrer, S.I., secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Yves Boivineau, de Annecy (Francia), en cuya diócesis nació Favre y el vicario general, Alain Fournier-Bidoz; el Prepósito General, P. Adolfo Nicolás, S. I., y siete jóvenes sacerdotes jesuitas.


Canonizado por el Papa Francisco el pasado 17 de diciembre, Pierre Favre fue el primer compañero de san Ignacio de Loyola -por esto se le llama “el segundo jesuita”-, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús y el primer sacerdote de la misma. Las tumbas de san Ignacio y de san Pierre Favre están en la iglesia del Gesù, en Roma.

El Papa Francisco dedicó su homilía al nuevo santo y dijo que era un hombre “inquieto” y “de grandes deseos”. A continuación su homilía.


SANTA MISA EN EL DÍA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Iglesia del Gesù, Roma
Viernes
 3 de enero de 2014


San Pablo nos dice, lo hemos escuchado: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2, 5-7). Nosotros, jesuitas, queremos ser galardonados en el nombre de Jesús, militar bajo el estandarte de su Cruz, y esto significa: tener los mismos sentimientos de Cristo. Significa pensar como Él, querer como Él, mirar como Él, caminar como Él. Significa hacer lo que hizo Él y con sus mismos sentimientos, con los sentimientos de su Corazón.

El corazón de Cristo es el corazón de un Dios que, por amor, se «vació». Cada uno de nosotros, jesuitas, que sigue a Jesús debería estar dispuesto a vaciarse de sí mismo. Estamos llamados a este abajamiento: ser de los «despojados». Ser hombres que no deben vivir centrados en sí mismos porque el centro de la Compañía es Cristo y su Iglesia. Y Dios es el Deus semper maior, el Dios que nos sorprende siempre. Y si el Dios de las sorpresas no está en el centro, la Compañía se desorienta. Por ello, ser jesuita significa ser una persona de pensamiento incompleto, de pensamiento abierto: porque piensa siempre mirando al horizonte que es la gloria de Dios siempre mayor, que nos sorprende sin pausa. Y ésta es la inquietud de nuestro abismo. ¡Esta santa y bella inquietud!

Pero, porque somos pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o si, en cambio, se ha atrofiado; si nuestro corazón está siempre en tensión: un corazón que no se acomoda, no se cierra en sí mismo, sino que late al ritmo de un camino que se realiza junto a todo el pueblo fiel de Dios. Es necesario buscar a Dios para encontrarlo, y encontrarlo para buscarlo aún y siempre. Sólo esta inquietud da paz al corazón de un jesuita, una inquietud también apostólica, no nos debe provocar cansancio de anunciar el kerygma, de evangelizar con valentía. Es la inquietud que nos prepara para recibir el don de la fecundidad apostólica. Sin inquietud somos estériles.

Ésta es la inquietud que tenía Pedro Fabro, hombre de grandes deseos, otro Daniel. Fabro era un «hombre modesto, sensible, de profunda vida interior y dotado del don de entablar relaciones de amistad con personas de todo tipo» (Benedicto XVI, Discurso a los jesuitas, 22 de abril de 2006). Pero era también un espíritu inquieto, indeciso, jamás satisfecho. Bajo la guía de san Ignacio aprendió a unir su sensibilidad inquieta pero también dulce, diría exquisita, con la capacidad de tomar decisiones. Era un hombre de grandes aspiraciones; se hizo cargo de sus deseos, los reconoció. Es más, para Fabro es precisamente cuando se proponen cosas difíciles cuando se manifiesta el auténtico espíritu que mueve a la acción (cf. Memorial, 301). Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo. He aquí la pregunta que debemos plantearnos: ¿también nosotros tenemos grandes visiones e impulsos? ¿También nosotros somos audaces? ¿Vuela alto nuestro sueño? ¿Nos devora el celo? (cf. Sal 69, 10) ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio? Recordémoslo siempre: la fuerza de la Iglesia no está en ella misma y en su capacidad de organización, sino que se oculta en la aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos y los deseos ensanchan el corazón. Es lo que dice san Agustín: orar para desear y desear para ensanchar el corazón. Precisamente en los deseos Fabro podía discernir la voz de Dios. Sin deseos no se va a ninguna parte y es por ello que es necesario ofrecer los propios deseos al Señor. En las Constituciones dice que «se ayuda al prójimo con los deseos presentados a Dios, nuestro Señor» (Constituciones, 638).

Fabro tenía el auténtico y profundo deseo de «estar dilatado en Dios»: estaba completamente centrado en Dios, y por ello podía ir, en espíritu de obediencia, a menudo también a pie, por todos los lugares de Europa, a dialogar con todos con dulzura, y a anunciar el Evangelio. Me surge pensar en la tentación, que tal vez podemos tener nosotros y que muchos tienen, de relacionar el anuncio del Evangelio con bastonazos inquisidores, de condena. No, el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor. Su familiaridad con Dios le llevaba a comprender que la experiencia interior y la vida apostólica van siempre juntas. Escribe en su Memorial que el primer movimiento del corazón debe ser el de «desear lo que es esencial y originario, es decir, que el primer lugar se deje a la solicitud perfecta de encontrar a Dios nuestro Señor» (Memorial, 63). Fabro experimenta el deseo de «dejar que Cristo ocupe el centro del corazón» (Memorial, 68). Sólo si se está centrado en Dios es posible ir hacia las periferias del mundo. Y Fabro viajó sin descanso incluso a las fronteras geográficas, que se decía de él: «Parece que nació para no estar quieto en ninguna parte» (mi, Epistolae i, 362). A Fabro le devoraba el intenso deseo de comunicar al Señor. Si nosotros no tenemos su mismo deseo entonces necesitamos detenernos en oración y, con fervor silencioso, pedir al Señor, por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos: esa fascinación por el Señor que llevaba a Pedro a todas estas «locuras» apostólicas.

Nosotros somos hombres en tensión, somos también hombres contradictorios e incoherentes, pecadores, todos. Pero hombres que quieren caminar bajo la mirada de Jesús. Somos pequeños, somos pecadores, pero queremos militar bajo el estandarte de la Cruz en la Compañía galardonada con el nombre de Jesús. Nosotros, que somos egoístas, queremos también vivir una vida agitada por grandes deseos. Renovemos así nuestra oblación al Eterno Señor del universo para que con la ayuda de su Madre gloriosa podamos querer, desear y vivir los sentimientos de Cristo que se despojó de sí mismo. Como escribía Pedro Fabro, «no busquemos nunca en esta vida un nombre que no se relacione con el de Jesús» (Memorial, 205). Y pidamos a la Virgen ser puestos con su Hijo.

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Tomado de
www.vatican.va
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Homilía del Papa en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



XLVII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica VaticanaMiércoles 1 de enero de 2014


La primera lectura que hemos escuchado nos propone una vez más las antiguas palabras de bendición que Dios sugirió a Moisés para que las enseñara a Aarón y a sus hijos: «Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Nm6,24-25). Es muy significativo escuchar de nuevo esta bendición precisamente al comienzo del nuevo año: ella acompañará nuestro camino durante el tiempo que ahora nos espera. Son palabras de fuerza, de valor, de esperanza. No de una esperanza ilusoria, basada en frágiles promesas humanas; ni tampoco de una esperanza ingenua, que imagina un futuro mejor sólo porque es futuro. Esta esperanza tiene su razón de ser precisamente en la bendición de Dios, una bendición que contiene el mejor de los deseos, el deseo de la Iglesia para todos nosotros, impregnado de la protección amorosa del Señor, de su ayuda providente.

El deseo contenido en esta bendición se ha realizado plenamente en una mujer, María, por haber sido destinada a ser la Madre de Dios, y se ha cumplido en ella antes que en ninguna otra criatura.
Madre de Dios. Este es el título principal y esencial de la Virgen María. Es una cualidad, un cometido, que la fe del pueblo cristiano siempre ha experimentado, en su tierna y genuina devoción por nuestra madre celestial.

Recordemos aquel gran momento de la historia de la Iglesia antigua, el Concilio de Éfeso, en el que fue definida con autoridad la divina maternidad de la Virgen. La verdad sobre la divina maternidad de María encontró eco en Roma, donde poco después se construyó la Basílica de Santa María «la Mayor», primer santuario mariano de Roma y de todo occidente, y en el cual se venera la imagen de la Madre de Dios —la Theotokos— con el título de Salus populi romani. Se dice que, durante el Concilio, los habitantes de Éfeso se congregaban a ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los Obispos, gritando: «¡Madre de Dios!». Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano, demostraban reconocer ya la divina maternidad. Es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su madre, porque la aman con inmensa ternura. Pero es algo más: es el sensus fidei del santo pueblo fiel de Dios, que nunca, en su unidad, nunca se equivoca.

María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. «La Iglesia… camina en el tiempo… Pero en este camino —deseo destacarlo enseguida— procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, 2). Nuestro itinerario de fe es igual al de María, y por eso la sentimos particularmente cercana a nosotros. Por lo que respecta a la fe, que es el quicio de la vida cristiana, la Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en «la peregrinación de la fe» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre» (Jn 19,27). Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y la «mujer» se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, a todos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz y de Dios; y la invocamos todos juntos:, y os invito a invocarla tres veces, imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! Amén.

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Tomado de:
www.vatican.va
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Canonización de Pedro Fabro, S.J. por el papa Francisco



Pedro Fabro (o Favre) ha sido proclamado santo el 17 de diciembre del 2013. El Papa Francisco ha canonizado al padre Pedro Fabro, SJ, uno de los primeros compañeros  de San Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús. Se trata de una canonización denominada equivalente, según la cual, el Papa, por la autoridad que le compete, extiende a la Iglesia universal el culto y la celebración litúrgica de un santo, una vez que se comprueban ciertas condiciones precisadas por el Papa Benedicto XIV. Esta práctica ya había sido utilizada por el Papa actual para canonizar a la beata Ángela de Foligno, y por sus predecesores Benedicto XVI, Juan Pablo II, Juan XXIII y otros.
Pedro Fabro (Pierre Favre) fue el primero de los compañeros estudiantes que Ignacio de Loyola encontró a su llegada al colegio de Santa Bárbara, en la Universidad de la Sorbona. Dentro del primer grupo de compañeros que abandonó París camino de Venecia, en noviembre de 1536, Fabro era reconocido como "nuestro hermano mayor"; es decir, "líder" de aquella primera comunidad en ausencia de Ignacio, que había partido para Azpeitia, su tierra natal. Así lo explica José García de Castro, SJ, profesor de la Facultad de Teología, de Comillas y autor de Pedro Fabro. La cuarta dimensión, orar y vivir (Sal Terrae, 2006). "Fabro es invitación y ánimo a trabajar y vivir en la paz de Dios, el detalle de lo cotidiano, haciendo del encuentro entre todos nosotros y nuestra conversación una manera de encontrarse con Dios", resume García de Castro. En este sentido, Fabro ofrece un necesario equilibrio frente a Francisco Javier: "A veces nos han deslumbrado las grandes hazañas en tierras distantes y hemos mostrado menor interés por la actividad y misión que cada día estamos llamados a realizar cariñosamente en silencio, las misiones en voz baja", añade.
"Yo diría que Fabro destacó principalmente por tres cosas: su capacidad para la conversación, su manera de proponer el encuentro con Dios a través de los ejercicios espirituales y lo que podríamos llamar su "oración constante"", agrega. Sobre la conversación, otro de los primeros jesuitas, el portugués Simao Rodrigues, llegó a decir: "Tuvo este padre la más especial y encantadora suavidad y gracia que he visto en mi vida para tratar y conversar con las gentes, [...] con su mansedumbre y dulzura ganaba para Dios los corazones de aquellos con quienes trataba". El mismo Ignacio reconoció que, en los ejercicios espirituales, "Maestro Fabro tenía el primer lugar", era el que mejor los conocía y daba. El Memorial, que nos acerca a su oración, retrata a una persona que vivía y trabajaba con espontaneidad, y hasta con cierta ingenuidad, en la presencia de Dios.
García de Castro destaca que una de las primeras misiones que Ignacio encomendó a Fabro fue el diálogo con los líderes de la reforma protestante, con el fin de intentar una reconciliación entre la Iglesia católica y el nuevo camino que Lutero había abierto en la Europa del XVI. "Fabro dejó para la Compañía de Jesús y para la Iglesia una puerta siempre abierta al diálogo, al entendimiento, a la escucha; una mirada respetuosa y positiva hacia nuestro interlocutor, aunque piense de manera muy diferente", afirma. Además, fue también un ejemplo de "misionero disponible", "en su corta vida de jesuita, poco más de seis años, recorrió miles de kilómetros por Europa haciendo verdad en su propia vida el espíritu de peregrino que tanto marcó a todos los primeros jesuitas". 
Compañía de Jesús
El Papa Francisco se refirió a Pedro Fabro, en una entrevista reciente, como uno de los jesuitas que más le han impresionado y que constituyen para él un verdadero modelo de vida, destacando "el diálogo con todos, aún con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser un hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con el ser dulce". Sin embargo, García de Castro reconoce que, entre los mismos jesuitas, el nuevo santo sigue siendo bastante desconocido. No son muchas las publicaciones sobre él, "ya que las grandes figuras de Ignacio de Loyola, Francisco Javier o Francisco de Borja dejaron un poco en la sombra la vida de Fabro". Las celebraciones del cuarto centenario de su nacimiento, en 2006, sacaron a la luz diversos aspectos de su legado en la historia, la espiritualidad y la teología. Además, en los próximos meses la universidad organizará distintas actividades para dar a conocer la figura de san Pedro Fabro, pastor y maestro en dar los ejercicios espirituales. 
Para la Compañía de Jesús, la canonización es causa de alegría y agradecimiento. "Todo empezó en París por una sencilla pero profunda historia de amistad en la que Fabro se implicó totalmente. Su  canonización nos invita a seguir escuchando muchos años después el espíritu de aquellas conversaciones para seguir creciendo en amistad, como compañeros de Jesús, sorprendidos de haber sido llamados a esta historia", resume García de Castro. Además, la santidad de Pedro Fabro coincide con la celebración del segundo centenario de la Restauración de la Compañía (1814) y "anima a todos los jesuitas a seguir construyendo dinámica y generosamente nuestra propia vocación y la vocación de toda la Compañía de Jesús, ayudando todos".

"Fabro es también un estímulo que nos anima a vivir esa frase tan propia de la espiritualidad ignaciana: contemplativos en la acción, que refleja nuestro deseo de querer vivir en la presencia de Dios, intentando hacer de cada gesto y de cada palabra un pequeño acto de amor y de servicio", concluye.
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Acceda a la biografía de San Pedro Fabro AQUÍ.
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¡FELIZ AÑO 2014!


Señor, para este nuevo año danos lo que Tú sabes que nos conviene y que no sabemos pedir,
pero te pedimos fe para mirarte en todo,
esperanza para no desfallecer ante las dificultades que se presenten,
caridad para dar a los demás y así amarte cada día más,
humildad para seguirte y perseverancia para anunciarte a todos los que nos rodean.
Derrama Señor, tus gracias y bendiciones sobre todos
y concede tu paz al mundo entero.   


Que el Señor bendiga cada uno de sus hogares en este nuevo año y les otorgue sólo una necesidad: la de querer conocerlo y amarlo más.

Fraternalmente en Cristo,

Equipo Editor
Diciembre 2013



Epifanía del Señor

P. Adolfo Franco, S.J.

Mateo 2, 1-12

La fiesta de la Epifanía se celebra hoy domingo. Los Magos siguiendo la estrella nos invitan a pensar nuestra vida como una búsqueda incesante de Dios.


Esta fiesta importante, que nosotros llamamos de los Reyes Magos, la Iglesia la llama fiesta de la Epifanía del Señor. Pues lo importante, lo que se quiere resaltar, no es la caravana, que imaginamos exótica, y que viene del oriente, con unos personajes a camello. Lo que la Iglesia celebra es la manifestación de Jesús incluso a los pueblos paganos, a todas las razas y a todas las naciones. La manifestación de Jesús, eso es lo que significa la palabra epifanía.

La historia narrada por San Mateo es encantadora, y podríamos caer en la trampa de considerar la aventura de estos personajes venidos del oriente, como una especie de cuento propio de la fantasía oriental (algo así como un cuento más de las Mil y Una Noches).

Por de pronto hay que hacer alguna breve aclaración sobre esta escena: el Evangelio no dice ni que fueran tres, ni que fueran reyes, ni que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar: menos aún dice que uno fuera de barba blanca, otro un negrito, y el otro un joven de raza blanca. Todos estos son elementos de la tradición: una tradición venerable en parte, y en parte producto de la fantasía piadosa. Pero esto valga como una simple aclaración.

Lo que estamos celebrando es la manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra: Jesús quiere ser el salvador de todos los pueblos de la tierra, y ya desde el principio se manifiesta (eso significa la palabra epifanía) a estos personajes, que no pertenecen al pueblo judío.

Fundamental es la actitud de estos personajes, que por los regalos que hacen, parecen ser personajes importantes. Ellos regalan oro, incienso y mirra; y eso no lo regalaba cualquiera. La actitud de estos personajes es la de búsqueda de la verdad, la búsqueda de Dios.  Esto es quizá lo más aleccionador de toda esta narración: unos personajes que buscan a Dios en forma incansable, que han encontrado un indicio de Dios, por una vez (la estrella), y que ya no pararán hasta encontrarlo, aunque tengan que caminar por el largo y penoso desierto; incluso cuando se les pierde la estrella, o sea cuando la búsqueda se hace obscura y negra, siguen buscando. Desde dentro de ellos hay un deseo irresistible de Dios, y seguirán insistiendo. Seguramente tendrían cansancio, ganas de regresar, a veces la aventura les parecería una locura; pero rechazarán todas las tentaciones y seguirán buscando.

Y cuando tienen que preguntar en Jerusalén dónde ha nacido el Rey de los judíos se pone de manifiesto que tenían pocos informes: solo un gran deseo interior, que les orientó más que la estrella misma. Su deseo interior fue el que les impulsó a seguir adelante. Esta sed de Dios fue la que les hizo vencer toda tentación de cansancio y de desierto. No habrá obstáculo que los detenga.

Y al final de esa búsqueda se encuentran con un Niño en brazos de su madre, que es la imagen más adorable que se puede hacer de Dios: un Niño en brazos de María. Un Niño que necesita protección y amor. Mucha fe debieron tener estos personajes del Oriente, para descubrir al Dios Viviente, en este niñito dormido en brazos de su madre. Pero han tenido la recompensa; y ellos adoran a este Niño, como se adora a Dios. Y esto es algo también importante que nos enseñan estos personajes: a adorar a Dios. Y adorar, como ellos, no simplemente con una rodilla que se hinca en tierra (aunque esto también sea importante), sino entregando todos nuestros tesoros, como lo hicieron ellos. Saber entregar a Dios nuestro oro, incienso y mirra.


Este es el resumen de la historia: el indicio de Dios, es la estrella. Todos en la vida nos encontramos con los indicios de Dios, en tantas cosas y circunstancias. Debemos entonces dar el segundo paso que es la búsqueda de Dios, a través del desierto, o sea, a través de las dificultades; y finalmente, una vez que lo hayamos encontrado adorar a Dios, o sea entregarle enteramente nuestra vida. Estar alerta a los “indicios” de Dios, seguirlos con empeño y darle finalmente todo lo que somos.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Ofrecimiento Diario - Intenciones para el mes de ENERO





APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL 
MES DE ENERO



Ofrecimiento Diario

Ven Espíritu Santo, inflama nuestro corazón en las ansias redentoras del Corazón de Cristo, para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras, en unión con él, por la redención del mundo.

Señor mío y Dios mío Jesucristo:

Por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar; con mi oración y mi trabajo, sufrimientos y alegrías de hoy, en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu reino.

Te pido en especial por las intenciones encomendadas al Apostolado de la Oración.




Por las Intenciones del Papa


Intención General

Para que promueva un desarrollo económico auténtico, respetuoso de la dignidad de todas las personas y de todos los pueblos.




Intención Misional

Para que los cristianos de las distintas confesiones caminen hacia la unidad deseada por Cristo.




Por la Conferencia Episcopal Peruana

Para que la sexualidad se ponga al servicio del amor y de la vida por un hombre y una mujer, unidos por el sacramento del matrimonio.




DESARROLLO AUTÉNTICO

"... Son de alabar los avances que contribuyen al auténtico bienestar de la humanidad, como por ejemplo, en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación. Sin embargo, no podemos olvidar que la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo precariamente el día a día, con consecuencias funestas... El Papa exhorta a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a la ética en favor del hombre..." (Francisco 16.5.2013. Extracto)


LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS DESEADA POR CRISTO

"... La unidad, que el Señor dio a su Iglesia y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que está en el centro mismo de su obra... Pertenece al ser mismo de la comunidad... La tarea ecuménica es una responsabilidad de toda la Iglesia y de todos los bautizados... Debe formar parte de la vida de oración de todos los cristianos en todos los lugares y en todos los tiempos..."


APARECIDA, MISIÓN CONTINENTAL

"Olvidamos que la unidad es, ante todo, un don del Espíritu Santo, y oramos poco por esta intención" 230.


Eucaristía
Misa por la unidad de las Iglesias (misal romano)

Palabra de Dios
Amós 2.6-8 y 4,1-3. Los ricos oprimen y humillan a los pobres.
2 Corintios 8,1-15. Colecta a favor de las iglesias más pobres.
Mateo 22,19-22. Dar al César lo que es del César.

Reflexionemos
¿En mi vida económica respeto la dignidad de toda persona?
¿Oro con frecuencia por la unidad de todos los cristianos?
¿Qué hago y qué puedo hacer en favor de una vida sexual, en mi y en los demás, conforme con el Plan de Dios sobre el amor y la vida?


P. Antonio González Callizo, S.J. Director Nacional del Apostolado de la Oración.


Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


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¡ADVENIAT REGNUM TUUM!
¡Venga a nosotros tu reino!




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