Homilías - El Señor ama a los justos y sustenta al huérfano y a la viuda - Domingo 32º T.O. (B)





P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.†

Lecturas: 1R 17,10-16; S 145; Hb 9,24-28; Mc 12,38-44


A partir de hoy van ustedes a notar un cambio en la forma de las homilías. Tiene como fin facilitar la lectura personal de la Biblia de modo que vean en ella las verdades dogmáticas y morales reveladas, que están en el catecismo  de modo más ordenado y sistemático.
En la 1ª y 3ª lecturas procura la liturgia que sean paralelas. Con ello muestra la Iglesia que siempre consideró el A.T. como revelación de Dios, y anticipo y preparación de Jesús. El A.T. insiste en la gran debilidad del género humano ante el pecado y por otra parte el empeño constante de Dios para salvarlo. Cristo es la culminación de este esfuerzo de Dios. Por eso todo el A.T. se refiere en definitiva a Cristo y para entenderlo bien hay que leerlo así.
El profeta Elías anuncia a Cristo. Viene cuando el Pueblo elegido se ha dividido en dos en castigo por los pecados de Salomón. El reino del  norte  cae enseguida en la idolatría. Pero Dios no lo abandona en el pecado, lo castiga con el hambre y le envía al profeta Elías. Perseguido en Israel, Elías es acogido en tierra pagana por la caridad de una viuda pobre y pagana. Simboliza a Cristo salvador de judíos y paganos, y muestra la predilección de Dios por los más necesitados. A partir de Cristo lo que cuenta para la salvación es creer en Cristo, a imagen de la viuda  pagana que acogió al profeta, y no el ser descendiente carnal de Abrahán rechazando a Cristo, como hicieron los fariseos.
La 2ª lectura suele elegir un texto del N.T. Pretende que los fieles vayan conociendo estos escritos de gran riqueza. Así en la Carta a los Hebreos encontramos una de las numerosas pruebas de que los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las cartas más importantes de San Pablo están escritas muy pronto y desde luego antes del año  70. Ese año es incendiado el templo y conquistada Jerusalén por el ejército romano, dirigido por Tito, que luego será emperador. La carta a los Hebreos está escrita a una comunidad cristiana de origen judío o, al menos, con abundantes judíos entre sus miembros. Han vivido y recuerdan aquel culto espléndido y se lamentan de la aparente pobreza del culto cristiano en casas particulares y locales pequeños y poco aptos. Esto no tiene sentido si el templo no estuviera destruido. Por eso la Carta a los Hebreos tiene que haber sido escrita antes de que Jerusalén estuviera cercada, antes del año 70. Pero todos coinciden en que evangelios, Hechos y gran parte de las cartas de Pablo son anteriores, es decir están escritos antes del año 70, algunos bastante antes (recuerden que Cristo muere el año 30).
 La Carta a los Hebreos coincide mucho en las ideas con San Pablo. De donde se deduce que la haya inspirado. Expone que el sacrificio de Cristo en la cruz y su sacerdocio, que son el centro del culto cristiano, tienen mucho más valor que el sacerdocio y los sacrificios del A.T. El fragmento leído hoy muestra a Cristo resucitado, sumo sacerdote nuestro y corporalmente presente en el Cielo, que ofrece al Padre su propio sacrificio de la cruz, con el que ha compensado y borrado el pecado de todos los hombres. Cuando  vuelva para el juicio final, será para salvar de modo definitivo y para toda la eternidad a los que creyeron y esperan en Él. Nada de esto podían impetrar los sacrificios y el sacerdocio del templo de Jerusalén. La misa más modesta en lo exterior renueva la presencia de Cristo cabeza de la comunidad, y recuerda, vuelve a ofrecer y se une al sacrificio de la cruz, que borra todos los pecados de la humanidad con la obediencia de Cristo hasta la muerte, víctima de valor infinitamente superior a la de los animales y demás ofrendas del A.T.
El evangelio ofrece una clara contraposición entre las obras de los escribas y fariseos y la de la viuda que echa en el cepillo del tributo del templo todo cuanto tenía para vivir.
Creo que es interesante hacer notar un detalle que pasa por alto el texto litúrgico español. El original griego dice que la viuda dio dos “leptones”, la moneda griega de menos valor, “que equivale –dice el texto griego– a un cuadrante”, la moneda romana más pequeña. Es una huella confirmatoria del origen romano del evangelio de Marcos, como indica la tradición y he resaltado otras veces.
La dura crítica de Jesús a los escribas, los teólogos de la época, por su ambición y avaricia es comparada con la pobreza, generosidad y humildad de la viuda. Da la impresión de que Marcos –en realidad Pedro, cuya catequesis en Roma le inspira– no quiere omitir algo de especial valor en la conducta de todo bautizado. Marcos trata de lo más básico de la fe. De asuntos de conducta moral habla poco. Se limita a lo más fundamental. En la perícopa de hoy habla de la humildad, de la limosna y de la búsqueda limpia de Dios en todo lo que se hace: “Bienaventurados los limpios de corazón. Ellos verán a Dios”. Tal vez pueda concluirse mejor: “Ellos ven a Dios”. La limosna humilde, la limosna sin alardes, y la disposición para ayudar en todo lo posible nunca hay que olvidarlos y son el gran camino para ver a Dios en los demás.
A la soberbia de los escribas y a su avaricia en cambio Jesús las condena muy duramente. Hasta se permite criticar con acritud las oraciones de los escribas, porque lo hacen a cambio de plata. El texto es tan claro que ahorra todo comentario. Hasta les discute la autoridad doctrinal religiosa, por muy rabinos y doctores que sean: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza; buscan asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos». ¿Habría entonces en Israel alguien que se atreviese a decir estas cosas? Jesús era muy consciente de su autoridad suprema. Ironía, concreción, colorido expresivo, claridad. Jesús es un gran orador. Y da la impresión de que Marcos (Pedro en realidad) tiene mucho interés en ceñirse al pie de la letra a las palabras mismas de Jesús, que le impresionaron tanto.
Que la Virgen María nos ayude a creer todo esto y a practicarlo con humildad.

11.11.2012

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Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog




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Homilías - Lo más importante de la moral - Domingo 31° T.O. (B)





P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.†

Lecturas: Dt 6,2-6; S 17,2-4.51; Hb 7,23-28; Mc 12,28-34



El evangelio de Marcos trata de lo más básico de la fe. De asuntos de conducta moral habla poco y en general brevemente. Al tema de hoy es tal vez al que dedica más espacio.
Estamos en Jerusalén a dos o tres días antes de su muerte. Grupos de fariseos, saduceos, herodianos, todos mancomunados, disputan con él continuamente. El conjunto tiene actitud hostil, pero no todos en el mismo grado. Jesús había salido de la dificultad sobre la resurrección con claridad, brillantez y sencillez. Aquel escriba, probablemente persona moderada, ha quedado muy positivamente sorprendido. Ahora le piden que pregunte sobre opiniones muy discutidas entre ellos: ¿Cuál es el mandamiento más importante? Los rabinos contaban en la ley de Moisés 613 preceptos, 248 positivos y 365 negativos.
Jesús no duda un instante: “El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos”. Jesús cita la primera parte de la ley del Deuteronomio (6,4s), que todo judío piadoso está obligado a recitar diariamente y que los fariseos cosen en sus filacterias. Marcos es el único de los sinópticos que incluye las palabras del comienzo: Escucha Israel, nuestro Dios es único Señor, que le dan una especial solemnidad. Pero Jesús sorprendió añadiendo además el amor al prójimo como segundo, que toma del Levítico (19,18) y como resumiendo con el primero toda la Ley.
Aquella respuesta suscita en el escriba casi hasta entusiasmo: “El escriba replicó: Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Se ve que a él mismo le había solucionado un problema sobre el que había pensado muchas horas sin lograr resolverlo del todo. Ahora estaba todo bien claro.
La respuesta de Jesús es clara, razonable (no se puede dudar de que sea así), conforme con la dignidad de Dios y de los hombres, unifica lo que pueda presentarse a veces como opuesto. Dos días más tarde en la Última Cena dará a sus fieles como el mandamiento suyo: amarse unos a otros como Él nos ha amado.
“Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios“. Lo que significa en labios de Jesús: «Vas por buen camino. Llegarás a conocer la verdad plena y serás salvo». “Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas”.
Todos nosotros estamos de acuerdo con la respuesta de Jesús. Me pregunto, sin embargo, sobre la forma en que la aplicamos. Porque el amor es una fuerza activa que tiende a dar y a darse a la persona amada, comunicándole lo que  para ella es bueno. El amor no se limita a no hacer el mal a la persona  amada, sino a darle positivamente lo que para ella es bueno.
Son necesarios los dos: amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios es la fuente del bien y es el primero en el orden religioso. ¿Quién inspiró a San Maximiliano Kolbe a sustituir a su compañero y aceptar el encierro en una celda hasta morir de hambre? ¿Quién inspiró y Dio fuerza a San Damián de Veuster a encerrarse con los leprosos, ayudarles y transmitirles esperanza, estando seguro del contagio y muerte? El amor y la gracia de Jesucristo. Ese amor hay que cuidarlo, hay que practicarlo. Es la fuente del amor al prójimo. Porque Él nos amó primero.
Lo practicamos en la oración. Quien ama a Dios, ora. También se da cuenta de que el consuelo  y la fuerza que recibe para hacer el bien son gracia de Dios y lo agradece; así mismo cualquier gesto del prójimo o acontecimiento  favorable sabe que no son “por suerte” sino  un don de Dios y lo agradece; la oración de acción de gracias a Dios, tan frecuente en los salmos y en la oración oficial de la Iglesia, es un gran ejercicio de amor a Dios; por fin ante una dificultad o una cruz, pedir a Dios ayuda y superarla con fe, paciencia y confianza muestra confianza en Dios y fe en su amor.
Tampoco la caridad con el prójimo se limita a no hacerle  daño, sino que busca positivamente su bien. El amor es necesariamente activo. Lo fue el de Jesús, lo debe ser el nuestro. Empieza por darse cuenta de las consecuencias que sus actos tienen para el bienestar de los demás. “La caridad no busca su interés” –escribe San Pablo a los Corintios, 1Co 13,5– y comenta así el Catecismo: “El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos y muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña esta comunión” (CIC 953). Y vale recordar el famoso canto a la caridad: “El amor es paciente, es amable, el amor no es envidioso ni fanfarrón, no es orgulloso ni destemplado, no busca su interés, no se irrita, no toma nota de las ofensas, no se alegra  de la injusticia, se alegra de la verdad. Todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Co 13,4-7).  
Hacerlo primero con los de cerca, familia, compañeros de trabajo, personas cercanas…con los que colaboramos en acciones parroquiales, etc. Con todos. Evitar toda palabra hiriente, molesta… perdonar cualquier molestia del otro. Estar despierto a las necesidades de otros. Respetar, darse cuenta y agradecer la caridad y el esfuerzo de los demás a mi favor.
Son mandamientos a tener muy presentes. No olvidemos en nuestra oración pedir la gracia de cumplirlos. En la lectura de la palabra tomemos en  cuenta de lo que se insiste sobre ellos.
Jesús, manso y humilde, y María, la esclava del Señor, nos enseñará.


04.11.2012

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Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog




Jesús y la viuda

P. Adolfo Franco, S.J.


Marcos 12, 38-44


Jesús está a la puerta del templo, donde estaba el lugar en que los israelitas depositaban sus ofrendas a Dios, sus ofrendas para el Templo, y para los sacerdotes. Jesús observa no sólo la cantidad sino la calidad de las limosnas: observaba la mano que depositaba la limosna y el corazón de donde salía esa misma limosna. En un momento ve a una pobre viuda que busca y rebusca en sus pobres bolsillos, y decide echar todo lo que ha encontrado para Dios. Jesús queda admirado de la generosidad de la pobre. En cambio no le sorprende la abundancia de la limosna que depositan algunos ricos.

El diezmo era una norma establecida por Dios desde el Antiguo Testamento y que quería significar que todos los bienes de la tierra pertenecen a Dios; y que por eso el buen israelita debía reconocerlo, dándole a Dios el diezmo de todo lo que cosechara. Y los israelitas en general lo practicaban con bastante cuidado.

«El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra como de los frutos de los árboles, es de Yahvé; es cosa sagrada que pertenece a Yahvé.  Si alguno quiere rescatar parte de su diezmo, añadirá un quinto de su valor. Todo diezmo de ganado mayor o menor, es decir, una de cada diez cabezas que pasan bajo el cayado, será cosa sagrada de Yahvé.  No se escogerá entre animal bueno o malo, ni se le podrá sustituir; y si se hace cambio, tanto el animal permutado como su sustituto serán cosas sagradas; no podrán ser rescatados.» (Lev 27, 30-33).

Así que el diezmo, lo que llamaríamos ahora la limosna en la Iglesia, tiene un carácter sagrado. Es la toma de conciencia de que los bienes materiales, aunque también provengan de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo y de nuestro ingenio, son cosa de Dios, y lo reconocemos dando a Dios una parte de eso que recibimos de El.

Naturalmente que también consideramos como dado a Dios cualquier donación que hacemos a favor de nuestros hermanos, cualquier obra de bien; porque el Señor mismo nos dice que “cuanto hicimos por un hermano necesitado, lo hicimos con El”. Y de hecho se interpretaba así igualmente en muchos casos en el Antiguo Testamento. Pero de todas formas había un especial cuidado en hacer donación al Templo, para el servicio de Dios mismo.

¿Tenemos conciencia de que la donación de parte de nuestros bienes es una obligación religiosa? Tampoco tenemos un concepto claro de lo que significa la propiedad individual de los bienes. De hecho la propiedad individual está normada por la Ley de Dios: hay un buen uso de los bienes y un mal uso; lo cual quiere decir que no podemos usar de nuestra propiedad al propio capricho, o sea que no somos dueños tan absolutos de nuestros bienes, como podríamos pensar.

Es necesario volver a subrayar esto: que los bienes que tenemos, que en última instancia vienen de Dios, debemos utilizarlos de acuerdo a la voluntad de Dios; y que una parte de esos bienes deben ser dados a Dios, o en ayuda al prójimo, o en ayuda al sostenimiento de la obra de Dios, la Iglesia.

Así que una parte de los bienes que tenemos deberíamos dárselos a Dios: en el templo o en el necesitado. Las donaciones al templo deben ser una manifestación de nuestro agradecimiento a Dios. Tienen en primer lugar un carácter sagrado. Y por eso la “colecta” en la Misa se hace en el momento en que el sacerdote ofrece el pan y el vino, que serán después consagrados. Muchas veces las personas han reducido su aporte en el templo al carácter de limosna; limosna, o sea algo que no es propiamente debido, sino algo de lo que me desprendo, simplemente porque quiero; no tenemos el sentido de deuda con Dios. Y por eso nuestras “limosnas” a la hora de la colecta en el templo son tan exiguas.

Si pintásemos la escena que narra el Evangelio de hoy, pero situada en alguna de nuestras Iglesias, esta escena estaría narrada así: Jesús desde el altar estaba viendo lo que echaban cada uno de los fieles en el momento de la colecta; y veía a uno elegantemente vestido que rebuscaba en su bolsillo, y si le salía una moneda grande, la volvía a guardar, para buscar una más pequeña; vería a otro que miraba al techo en el momento en que le ponían la bolsa de la colecta delante de su vista, para que pasasen de largo. Otros que generosamente ponían algo más grande para el Señor; vería a otros que le daban a su hijito pequeño unas moneditas, para que él las echara, porque a ellos mismos les daba vergüenza echar tan poca cosa. Y ¿qué comentario haría el Señor al ver estas escenas? Cada uno lo puede imaginar. Quizá el Señor podría decirnos en ese momento: “con la misma medida (o con la misma moneda) que midiereis seréis medidos; dad y se os dará”.



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Agradecemos al P. Adolfo Franco SJ por su colaboración
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El mandamiento de Dios

P. Adolfo Franco, S.J.



Marcos 12, 28b-34

En esta pregunta que un maestro de la Ley le hace a Jesús, hay muchas cosas importantes que merecen una reflexión. En primer lugar le preguntan a Jesús por los mandamientos de Dios.

¿Qué son estos mandamientos? En realidad ¿Dios ha venido a la tierra para proclamar leyes? O lo que es lo mismo ¿tiene Dios una voluntad manifestada por leyes y mandamientos para guiar la vida de los hombres? Entonces debemos plantearnos nuestra vida así: ¿cómo debo actuar para cumplir la voluntad de Dios? ¿Y es tan importante esto? ¿no basta guiar la vida por la propia voluntad?

Ahí se plantea algo fundamental: la vida humana ¿debe regirse por la voluntad de Dios, para ser “exitosa”? O sea una vida que no realiza el plan de Dios ¿se puede decir que se ha frustrado? Claro que aquí entramos en muchas complicaciones al plantear la vida en términos de éxito y de fracaso. Pero de todas maneras, si Dios es quien nos ha criado, y El se preocupa por nuestro bien, El escoge lo mejor para cada uno. Si El manifiesta su voluntad para cada uno, entonces tendremos que reconocer que es fundamental conocer la voluntad de Dios para cumplirla. Y esto para que nuestra propia vida llegue a la plenitud a la que puede llegar.

Y ahora viene otro asunto ¿cómo conocer la voluntad de Dios? En el Evangelio tenemos una respuesta; la principal respuesta nos ha de venir por toda la Revelación, en que Dios nos habla. La Palabra de Dios es la fuente para conocer lo que Dios nos pide; y ahí están los mandamientos de Dios. Pero hay muchas situaciones de nuestra vida que no están directamente declaradas en la Biblia. Y la voluntad de Dios debe ser buscada ¿cómo buscarla? Hay una reflexión espiritual llamada “discernimiento espiritual” y otra práctica también, la “dirección espiritual”, que nos ayudarán a salir de las tantas dudas que nos pueden venir al buscar la voluntad de Dios. Son ayudas para encontrar la voluntad de Dios en situaciones muy personales. Pero lo central es determinar que buscar la voluntad de Dios y cumplirla, es la tarea central de una existencia cristiana.

Todo esto puede ser complicado o puede aparecer como complicado. Por eso la respuesta de Jesús en este Evangelio simplifica todo: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el resumen luminoso de la voluntad de Dios, de su plan sobre el hombre, de toda su búsqueda. Y esa es la tarea de la vida, la fundamental; la que pone al descubierto si “nos realizamos” o si vivimos una vida equivocada.

Esto tiene una lógica contundente. Y por otra parte en nuestras entrañas llevamos grabado el mandamiento de Dios: hemos sido criados para amar a Dios y al prójimo; y nuestro ser se frustra cuando no amamos de verdad.

Buena tarea para una vida: plantearse en serio ¿cómo voy a amar a Dios de esa forma que me plantea Jesús? Con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todas mis fuerzas. Es decir que mi ser esencialmente, totalmente, con todo lo que soy por dentro y por fuera, tiene que ser un continuo ejercicio de amor. Plantearse como tarea de la vida el amor a Dios, de forma que todo lo demás pase a segundo plano, que quede en la penumbra, y que solo valga en la medida en que se dirige o deriva de ese amor, apasionado, auténtico y total. Vivir amando y vivir para amar a Dios: con todo el corazón, el alma, las fuerzas. Esa forma tan explicita de declarar el mandamiento del amor nos indica la totalidad y la determinación firme de vivir así y para este fin.

Y al prójimo como a nosotros mismos. Buena meta también de la existencia humana en nuestras relaciones con nuestros semejantes: que cada hombre sea visto por mí como un objeto de amor: decidirse a no hacer nada contra el amor, ni de pensamiento, ni de palabra, ni de obra. Y esto en cualquier circunstancia; con el ser que me es simpático y con el que me fastidia, incluso con el que me es hostil. Y esto además es lo que finalmente me dirá si mi amor a Dios mismo es auténtico o no.

Hemos sido hechos por Dios para el amor; eso en el fondo significa el mandamiento. El mandamiento significa cuál es el sentido de la vida humana y en qué consiste la esencia del ser hombre.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Homilía de la Solemnidad del Señor de los Milagros - Crucificados con Cristo



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P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Nm 21,4-9; S 83; Flp 2,5-12; Jn 3,11-16




Las tres lecturas de hoy les habrán sonado a conocidas. Aparecen con  cierta frecuencia en la liturgia. Ello es señal de su importancia. Confirma el valor del misterio que hoy celebramos: Cristo crucificado, el Señor de los Milagros, salvador, protector y compañía permanente, fuente de gracia, especialmente  para los más pobres, a los que preferentemente elige como mensajeros del Evangelio. Dios, rico en misericordia, ha querido por medio de la conservación milagrosa de aquel muro que mantengamos siempre actuales verdades de nuestra fe, que en verdad son fundamentales.

Las lecturas de hoy nos lo muestran así. Porque el misterio de Jesús Crucificado es la verdad central de nuestra fe. Está profetizado claramente en la serpiente de bronce, que levantada en alto, es medio de sanación de la mordedura de las serpientes, castigo del pecado de los israelitas. Cristo mismo explica a Nicodemo (y a nosotros  también) que le representa a Él. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito”. Un día será levantado en la cruz y para todos los que le miren arrepentidos de sus pecados será la curación y el perdón. “Es verdad –dirá el centurión que ha dirigido su ejecución–. Este hombre era hijo de Dios” (Mc 15,39)

Cristo murió crucificado. La cruz, que fue instrumento de la redención, es hoy uno de los términos esenciales para evocar nuestra salvación. Ha venido a ser un título de gloria, primero para Cristo, luego para los cristianos.

Fue difícil para los apóstoles y primeros cristianos aceptar que era necesario que el Mesías fuese crucificado para realizar nuestra salvación del pecado (v. Lc 24,25-27). Será necesaria la gracia de la experiencia de la resurrección y de la venida del Espíritu Santo para que tengan como lo principal de su mensaje a Cristo crucificado (v. Hch Ap 2,22ss).

Fue muerto Cristo en la cruz, suplicio que estaba reservado para los esclavos, para que nosotros fuéramos liberados de la esclavitud del Diablo y perdonados de las culpas de nuestros pecados.

Cargando con nuestras desobediencias, Jesús, el más grande de los hombres, el cabeza y representante de toda la humanidad, obedeció la misteriosa pero real voluntad del Padre y compensó con su muerte en la cruz la desobediencia de todos los hombres. Y cada uno debe asumir la responsabilidad que le corresponde en la muerte de Jesús.

Resucitado y elevado al cielo, el Padre le ha dado todo su poder en el cielo y en la tierra. Así ha recuperado para nosotros la posibilidad de volver a ser de verdad hijos de Dios, partícipes de su vida divina, y de heredar con Él la gloria que nunca acabará.

Todos nosotros estamos invitados a unirnos a Él, a acoger su mensaje, a formar parte de sus amigos y discípulos, a heredar su reino. Para esto el medio es seguirle caminando por sus huellas, llevando nuestra cruz. Gracias a Cristo la cruz se ha convertido para nosotros en instrumento de salvación.

Ni siquiera estamos solos para realizar este camino. Él es el camino, la verdad y la vida. La vida, la vida divina, la participación en su vida, nos la da y fortalece en los sacramentos, la oración y el ejercicio de la caridad sacrificada por el prójimo.

Clavemos, pues, nuestros ojos en el Señor de los Milagros, asumamos como cirineos nuestra cruz y subamos con Él al Calvario.

Mirémosle. Mirar a Jesús crucificado nos dará fuerzas para arrepentirnos de nuestros pecados y corregirlos. Mirar a Jesús en silencio nos ayudará a sufrir sin quejas nuestros sufrimientos. Mirar a Jesús perdonando nos dará la seguridad de haber quedado perdonados con el sacramento del perdón y nos aportará fuerzas para perdonar incluso a los enemigos. Verle sufriendo sin quejas nos hará capaces de sufrir por nuestros pecados y por la salvación de todos los hombres. Escucharle cuando se dirige al Padre sintiendo su abandono, alumbrará la fe y la esperanza de su compañía en nuestra soledad y en la soledad de los hombres. Encontrar a su Madre al pie de la cruz, ofreciendo a su Hijo por la salvación de los hombres y aceptando a los pecadores como hijos suyos, nos fortalece el arrepentimiento, suscita nuestra confianza, enciende nuestro amor a ella y a su Hijo, nos da la paz que sólo Dios puede dar.

Desde que Jesús ha sufrido y muerto en la cruz, la vida del hombre ha adquirido un nuevo valor. El cielo y la felicidad eterna se han abierto para él. Basta con que tenga fe. Con la fe se abre a Dios y se hace acreedor a los méritos que Cristo ha adquirido con su obediencia al Padre hasta la muerte y muerte de cruz.

Esa fe sincera le abre el corazón al perdón y a la vida gratuita de Dios. Esa fe sincera y coherente no vacila aceptando su propia cruz. Así coopera salvando su vida y la de sus hermanos.

Por eso debemos mirar constantemente “al que traspasaron”. Entremos por esa herida en su corazón. “Muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1Pe 2,21-24). Muertos al hombre viejo, resucitemos al hombre nuevo, pongamos nuestro ideal y nuestra gloria en Cristo, por quien el mundo esté crucificado para nosotros y nosotros para el mundo, como dice San Pablo de sí mismo (Gal 6,14). La eucaristía de cada domingo nos lo vuelve a hacer presente. Con la gracia de Dios todo es posible.

28 de Octubre del 2012
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Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog



Homilía - ¡La salvación es de nuestro Dios y del Cordero! - Solemnidad de Todos los Santos - T.O. (B)



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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita 

Lecturas: Ap 7,2-4.9-14; S 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12


Hoy y mañana la liturgia nos recuerda importantes verdades de fe. Hoy es la de que todos hemos sido hechos santos por el bautismo, que además estamos invitados por Dios hasta grados altos de santidad y que el mismo Dios nos ofrece los medios para ello. Mañana nos recuerda la verdad de fe de que las almas de quienes murieron en la paz de Dios, pero no totalmente purificados, lo están siendo en el Purgatorio y pueden ser ayudados por nosotros ofreciendo oraciones y sacrificios.


Una muchedumbre inmensa, que nadie puede contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, gritan con voz potente: ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero! (Ap 7). Son tantos los santos que de modo heroico han practicado en su vida el Evangelio que el calendario no tiene al año días suficientes para festejarlos. Por eso ha optado por la idea de celebrarlos a todos juntos en la solemnidad de hoy. La gracia de Dios, la fuerza del Espíritu, la acción de Cristo en la Iglesia siguen siendo capaces de generar santos y lo serán hasta el final. Todos estamos invitados a ser santos y el Concilio Vaticano II nos lo recuerda; la fiesta de hoy nos está recordando también que nosotros tenemos la posibilidad de formar un día parte de esa multitud, que alaba a Dios en el Cielo por toda la eternidad: “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque Le veremos tal  cual es” (1Jn 3,2).

La devoción a los santos nos da luz sobre las múltiples y variadas formas de la realización concreta del Evangelio a lo largo de la historia. Los santos nos enseñan que en las condiciones más diversas es posible con la ayuda de la gracia de Dios practicar el amor a Dios y al prójimo, y nos motivan a ello. Los santos son el Evangelio vivido. Por eso el ejemplo y la lectura de las vidas y escritos de los santos tienen efectos muy favorables para sacudir la pereza espiritual, convirtiendo a los pecadores (como por ejemplo en el caso de San Ignacio de Loyola), poniendo de relieve la fuerza de la gracia de Dios, iluminando el camino de la virtud y dando fuerzas para llevar la propia cruz. La lectura de las vidas de santos vienen a ser ya una práctica de las virtudes, porque, al sintonizar y admirar aquellos actos heroicos, los desea también hacer y este ejercicio viene a ser como una especie de gimnasia de las virtudes. Así como en la subconsciencia, como ha descubierto la sicología, queda la huella de los actos moralmente malos que en el futuro propician otros igualmente malos, también se imprime en la misma  subconsciencia, el influjo de la admiración, deseo de imitación y fortalecimiento de las virtudes y ejemplos que se han admirado y gozado en la lectura de los santos. Es por eso importante la lectura de las vidas de santos para sostener y aumentar el deseo de imitarlos y de seguir más de cerca a Jesucristo.

Por fin los santos son intercesores ante Dios y la experiencia continua de la Iglesia está demostrando que Dios se complace en hacer milagros continuos por medio de ellos. No olvidemos que cada beatificación supone un milagro claro e irrefutable y lo mismo cada canonización. El Señor se complace en manifestarse grande en sus santos. Es bueno pedirles favores de cosas de este mundo, pero no olvidemos de pedir sobre todo la luz y la gracia que necesitamos para imitarles en su entrega a Dios.

Pero además de los santos ya canonizados y beatificados, recordamos hoy a la multitud de todos aquellos que a través de todos los siglos y gracias a los méritos de Cristo ya alcanzaron el premio. Tal vez pasaron por el Purgatorio, pero ahora están ya en la presencia de Dios en el Cielo. Ya están en la bienaventuranza. A muchos los hemos conocido y tenemos motivos serios, y aun muy serios, de que murieron en Dios y por tanto se han salvado. Ellos están en la Bienaventuranza y, con todos los demás santos, son capaces de ofrecer a Dios nuestras oraciones y de apoyarlas con su intercesión. Tal vez es el papá, la mamá, esposo o esposa, hijo, una persona santa que te ayudó en esta vida en tu camino para conocer y amar más a Dios. De no pocos nos consta de la solidez de su fe y de su espíritu de sacrificio. Tenemos abundantes y suficientes señales de su salvación, de que están ya en el Cielo. Podemos pedirles ayuda. Naturalmente estoy hablando no sólo de peticiones de bienes temporales, sino también y sobre todo de bienes espirituales. Verán cómo les ayudan.

Por fin también las almas del Purgatorio están ya salvadas, aunque estén purificándose para llegar a la Bienaventuranza eterna.  los que todavía caminamos con esfuerzo y confianza. La Iglesia siempre ha orado por estas personas desde los primeros siglos, ha ofrecido misas y otras obras buenas. Sigamos haciéndolo. La Iglesia nos da ejemplo. En todas las misas, en las oraciones que siguen a la consagración del pan y del vino, se ora por todos los difuntos: “Acuérdate también de nuestros hermanos, que durmieron con la esperanza de la resurrección (se refiere a los difuntos bautizados), y de todos los difuntos (son todos los demás que se salvaron con el bautismo de deseo, por caminos que no conocemos, pero que son reales): Admítelos —pide la Iglesia— a contemplar la luz de tu rostro” (Plegaria euc. 2ª).

Pero además también ellos pueden interceder por nosotros. Son amados de Dios, están ya salvados, forman parte de la Iglesia, la Iglesia purgante. Dios los mira con amor y complacencia, la Iglesia aprueba la devoción a las almas del Purgatorio y por tanto es bueno y provechoso pedir la ayuda de su intercesión.

Con toda esa inmensidad nos reunimos en cada misa y desde el Cielo o el Purgatorio nos contemplan y oran para que un día estemos en su compañía. También esto lo pìde la Iglesia: “Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (Plegaria euc. 2ª)

No marchamos solos. Vamos en camino. “Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, es puro como puro es Él” (1Jn 3,2‑3).

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Voz de audio: Guillermo Eduardo Mendoza Hernández.
Legión de María - Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a Guillermo por su colaboración.

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P. José Ramón Martínez Galdeano, jesuita
Director fundador del blog



La Moral en la Iglesia

El Pensamiento Moral de la Iglesia

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.




Parte fundamental de la enseñanza de la Iglesia Católica es la que se refiere a la conducta moral. Porque la conducta moral buena es necesaria a todos para obtener la salvación eterna. De aquí que el Magisterio y la infalibilidad de la Iglesia, además del contenido de la fe, incluyan a su doctrina moral. Sin la infalibilidad de la Iglesia en su enseñanza moral el fiel católico no podría estar seguro de qué tendría que hacer para salvarse.
La revelación de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, incluye clara y ampliamente el orden moral como parte esencial en la conducta del creyente y servidor de Dios. Su violación, el pecado, es tristemente parte fundamental de la historia de la humanidad y felizmente de la actuación de Dios en ella. Dios interviene para reparar las trágicas consecuencias que la violación del orden moral han tenido, tienen y seguirán teniendo para el hombre. El amor de Dios, que se manifiesta en su Hijo Jesucristo, actúa en la historia y en la Iglesia para liberar al hombre del pecado y hacerle alcanzar la perfección moral, es decir la santidad.

Es, pues, fundamental que el creyente tenga ideas claras sobre el orden moral, su origen, conocimiento, extensión, condiciones y consecuencias de su violación y respeto. Esto es lo que voy a intentar a exponer con claridad, empresa que no es tan fácil, pero a la que nos anima su importancia y aun necesidad para todo cristiano.


¿Qué es la Ética? ¿Qué es la Moral?

1.- El término "ética" viene del griego ethos, costumbre o, más propiamente, carácter o personalidad moral que el hombre adquiere viviendo. En latín a ethos corresponde el vocablo "mos"; de mos toma el nombre la moral. Según la etimología la ética o la moral serían algo así como la ciencia de las costumbres humanas.

Pero las etimologías no son una definición, sino una pista. Ni la ética ni la moral han sido nunca un mero tratado de las costumbres.         

La ética o moral han tenido siempre como objeto reservado y exclusivo el deber ser del comportamiento humano. Se trata, como veremos, de un mundo específico. No lo han inventado los sabios humanos. Ni siquiera lo descubren. Pueden los hombres desarrollarlo y de hecho lo desarrollan, pero el origen es innato, está ahí, dentro del hombre, tan realmente como está el mundo fuera. Ante este hecho el hombre (la filosofía y la religión) simplemente se hacen preguntas y discuten la validez de las respuestas posibles: ¿Por qué, de dónde, para qué, con qué sentido...?

2. Ética y moral se refieren etimológicamente a la misma realidad y normalmente han venido siendo sinónimos. Sin embargo hoy se ha impuesto la tendencia a entender por “ética” una ciencia puramente racional y filosófica, que incluso prescinde en su investigación del hecho de la existencia de Dios y de aspectos de su naturaleza cognoscibles por la sola razón natural. La palabra “moral” se reservaría a la ciencia teológica católica que tiene el mismo objeto, pero cuyo discurso no se limita al uso de la razón natural, sino que hace uso también de otras fuentes de conocimiento, como son las fuentes propiamente teológicas (la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio de la Iglesia y las opiniones de los teólogos).

Permítaseme decir que, pese a la altanería con que a veces se presenta, semejante “ética” atea es menos segura que la “moral” teológica. Porque la “moral” utiliza todas las fuentes de conocimiento que le ofrecen la razón filosófica y las ciencias humanas, además de los hallazgos de la teodicea filosófica y además de las verdades que le aporta la religión revelada. No dudamos, pues, de que científicamente, como garantía del conocimiento del “deber hacer o evitar”, la “moral” ofrecerá un contenido científicamente más confiable. Puede esto sonar como pretencioso al no creyente, pero para el católico es una consecuencia obvia. Los medios de la “moral” son más abundantes y más seguros.

Sin embargo no se crea que la Iglesia no da importancia a la razón natural en el estudio de la moral. La Iglesia cree que la razón es capaz de conocer –y con certeza– verdades éticas– que también son morales–. Tiene además como principio que no hay contradicción entre la razón y la fe. Por eso la Iglesia se esfuerza en emplear la razón para demostrar la verdad de normas morales,  que también conoce por la Revelación. Será o no siempre posible, pero de esta manera puede mantener un diálogo con el mundo no creyente y suscitar en él un respeto y una duda muy importantes para la humanidad. Así se evita la consolidación de errores muy perniciosos y se mantiene al menos la duda sobre su validez y la necesidad de ver claro en ciertas cuestiones morales (por ejemplo en el caso del aborto). 

El creyente posee incluso la garantía de la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio de la Iglesia. El Espíritu Santo actúa siempre en la Iglesia aunque no siempre de modo infalible, que sólo se da en ciertas condiciones. Pero, aunque llegar a eso no sea lo normal, la observancia de la ley moral natural es necesaria para la salvación eterna. Por eso su predicación normal es importante y su interpretación forma parte del Magisterio moral de la Iglesia. Incluso la persistencia del Magisterio Ordinario y su  universalidad en ciertas afirmaciones son señal de su carácter infalible.




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Jesús y Bartimeo

P. Adolfo Franco, S.J.


Marcos 10, 46-52

Que el Señor que curó al ciego, nos permita ver todo a través de los ojos de la fe.



Jesús, en este pasaje cura a un ciego de nacimiento, y pone al descubierto la importancia de la fe: por eso lo subraya y al curarlo le dice "tu fe te ha curado". Parecería que todo se está centrando en la importancia de la fe, y para afirmarlo con más énfasis se asevera indirectamente que la falta de fe es una ceguera.

Se pone en contraste la ceguera de este hombre, con la intensidad de su fe. Por la ceguera él no podía ver las personas, no podía contemplar los árboles, ni la luz del sol; no podía ver el camino sin ayuda de alguien, podía tropezar. No tenía ese conocimiento de las realidades materiales que se nos hacen presentes por la vista corporal. En cambio tenía conocimiento de otras realidades superiores por la fe de su corazón: tenía la certeza de la presencia de Dios, supo distinguir a Jesucristo como el salvador de su extrema indigencia, sabía que una fuerza superior (la de Dios) podía incluso salvarle de su ceguera corporal. Le faltaba una vista, pero tenía otra vista de realidades superiores. Muchos otros tenían vista, veían a Jesús de Nazareth y no creían en El, no lo aceptaban como Hijo de Dios; interiormente estaban ciegos. En cambio este pobre ciego, por dentro veía esta realidad maravillosa de Jesús el Hijo de Dios.

Así podemos decir que hay también dos cegueras: la del que no tiene vista corporal, y la del que no tiene fe. Es curioso que nos afecte más la ceguera corporal, que la falta de fe. A pesar de que el que no tiene fe tiene una ceguera más lamentable, que la del que no tiene vista. Porque no tener fe significa no tener una respuesta a las interrogantes más importantes de la vida, es no poder apoyarse en la firmeza de Dios, es no tener un sentido profundo de la vida misma. Es una ceguera de mucho mayor importancia. Las preguntas más trascendentales del ser humano tienen una respuesta en la fe. Vivir la vida sin sentido, es la consecuencia de no vivir en la fe.

Podríamos preguntarnos ¿qué cosas no ve el que no tienen fe? Ya que la calificamos de ceguera tiene que plantearse esta pregunta. Hay dos realidades, en las cuales vive el hombre: la realidad natural y la realidad sobrenatural. Dos realidades, no una realidad y un mito, o una fantasía. Las dos son realidades; y puestos a comparar, la realidad sobrenatural podríamos decir que es más real; por que, si no, veamos ¿qué hay más real y más existente que Dios, del cual deriva toda existencia y toda realidad? Eso el no creyente no lo ve: y es algo tan importante.

A veces hay personas que no ven el sentido de la vida, por qué he nacido, cuál es el término de esta vida. Ciegos, porque solo ven los hechos y los dolores, los sufrimientos, ven la superficie de estos hechos, pero no los ponen en el contexto del plan de Dios sobre sus vidas. Así a veces se pierde el sentido de la vida misma, y estos ciegos se llegan a preguntar ¿para qué vivo? ¿para que nací? De esa ceguera nos cura la fe; que, además nos alivia de la tristeza de una vida sin sentido.

Hay personas que no saben ver el mundo creado, como los signos de Dios en el mundo: la perfección de la creación, la armonía del conjunto de los planetas, y las estrellas, que se rigen por un orden extraordinario. No saben ver que detrás de las bellezas naturales hay la mano de un Artista. No saben ver que detrás de la maravilla organizada que es la vida, la maravilla que es el cuerpo humano, detrás de todo eso y de otras muchas cosas, hay una Presencia, con la cual sintoniza el que tiene fe, y no la ve el que no tiene fe.

La fe nos hace ver nuestro destino, la presencia de Dios en nuestra vida, y la consistencia que El da a nuestra fragilidad. La fe nos hace ver que no estamos solos en el universo, que siempre estamos cuidados, observados y protegidos por Dios, que nunca deja a sus hijos. El que no tiene fe no ve nada de eso, y además lo niega. No percibe que cada ser humano es un hermano, no simplemente un animal racional.

El que tiene fe ve en cada sacramento una maravillosa presencia, la presencia de Jesús, que está incorporando al que recibe el sacramento, a la vida misma de Dios. En cambio el que no tiene fe, no ve el misterio, solo ve la ceremonia, a la que le ha quitado la sustancia.

Tantas y tantas cosas nos hace ver la fe, y no ven los que no tienen fe. Con razón a esta falta de fe se la llama ceguera. Porque además no ven al Hijo de Dios que vino a salvarnos, que pisó nuestra tierra, y que está presente entre nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Cuántas cosas dejan de ver los que no tienen fe. Y cuánto debería de preocuparnos esta ceguera, para pedirle al Señor, como este ciego le pedía la vista corporal: ¡Señor, haz que vea!.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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El Año de la Fe: 2012-2013


BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 17 de octubre de 2012



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy desearía introducir el nuevo ciclo de catequesis que se desarrolla a lo largo de todo el Año de la fe recién comenzado y que interrumpe —durante este período— el ciclo dedicado a la escuela de la oración. Con la carta apostólica Porta Fidei convoqué este Año especial precisamente para que la Iglesia renueve el entusiasmo de creer en Jesucristo, único salvador del mundo; reavive la alegría de caminar por el camino que nos ha indicado; y testimonie de modo concreto la fuerza transformadora de la fe.

La celebración de los cincuenta años de la apertura del concilio Vaticano II es una ocasión importante para volver a Dios, para profundizar y vivir con mayor valentía la propia fe, para reforzar la pertenencia a la Iglesia, «maestra de humanidad», que, a través del anuncio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y las obras de caridad, nos guía a encontrar y conocer a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Se trata del encuentro no con una idea o con un proyecto de vida, sino con una Persona viva que nos transforma en profundidad a nosotros mismos, revelándonos nuestra verdadera identidad de hijos de Dios. El encuentro con Cristo renueva nuestras relaciones humanas, orientándolas, de día en día, a mayor solidaridad y fraternidad, en la lógica del amor. Tener fe en el Señor no es un hecho que interesa sólo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas. Con la fe cambia verdaderamente todo en nosotros y para nosotros, y se revela con claridad nuestro destino futuro, la verdad de nuestra vocación en la historia, el sentido de la vida, el gusto de ser peregrinos hacia la Patria celestial.

Pero —nos preguntamos— ¿la fe es verdaderamente la fuerza transformadora en nuestra vida, en mi vida? ¿O es sólo uno de los elementos que forman parte de la existencia, sin ser el determinante que la involucra totalmente? Con las catequesis de este Año de la fe querríamos hacer un camino para reforzar o reencontrar la alegría de la fe, comprendiendo que ésta no es algo ajeno, separado de la vida concreta, sino que es su alma. La fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose y donándose Él mismo en la cruz para salvarnos y volver a abrirnos las puertas del Cielo, indica de manera luminosa que sólo en el amor consiste la plenitud del hombre. Hoy es necesario subrayarlo con claridad —mientras las transformaciones culturales en curso muestran con frecuencia tantas formas de barbarie que llegan bajo el signo de «conquistas de civilización»—: la fe afirma que no existe verdadera humanidad más que en los lugares, gestos, tiempos y formas donde el hombre está animado por el amor que viene de Dios, se expresa como don, se manifiesta en relaciones ricas de amor, de compasión, de atención y de servicio desinteresado hacia el otro. Donde existe dominio, posesión, explotación, mercantilización del otro para el propio egoísmo, donde existe la arrogancia del yo cerrado en sí mismo, el hombre resulta empobrecido, degradado, desfigurado. La fe cristiana, operosa en la caridad y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida; más aún, la hace plenamente humana.

La fe es acoger este mensaje transformador en nuestra vida, es acoger la revelación de Dios, que nos hace conocer quién es Él, cómo actúa, cuáles son sus proyectos para nosotros. Cierto: el misterio de Dios sigue siempre más allá de nuestros conceptos y de nuestra razón, de nuestros ritos y de nuestras oraciones. Con todo, con la revelación es Dios mismo quien se auto-comunica, se relata, se hace accesible. Y a nosotros se nos hace capaces de escuchar su Palabra y de recibir su verdad. He aquí entonces la maravilla de la fe: Dios, en su amor, crea en nosotros —a través de la obra del Espíritu Santo— las condiciones adecuadas para que podamos reconocer su Palabra. Dios mismo, en su voluntad de manifestarse, de entrar en contacto con nosotros, de hacerse presente en nuestra historia, nos hace capaces de escucharle y de acogerle. San Pablo lo expresa con alegría y reconocimiento así: «Damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes» (1 Ts 2, 13).

Dios se ha revelado con palabras y obras en toda una larga historia de amistad con el hombre, que culmina en la encarnación del Hijo de Dios y en su misterio de muerte y resurrección. Dios no sólo se ha revelado en la historia de un pueblo, no sólo ha hablado por medio de los profetas, sino que ha traspasado su Cielo para entrar en la tierra de los hombres como hombre, a fin de que pudiéramos encontrarle y escucharle. Y el anuncio del Evangelio de la salvación se difundió desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. La Iglesia, nacida del costado de Cristo, se ha hecho portadora de una nueva esperanza sólida: Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, salvador del mundo, que está sentado a la derecha del Padre y es el juez de vivos y muertos. Este es elkerigma, el anuncio central y rompedor de la fe. Pero desde los inicios se planteó el problema de la «regla de la fe», o sea, de la fidelidad de los creyentes a la verdad del Evangelio, en la que permanecer firmes; a la verdad salvífica sobre Dios y sobre el hombre que hay que custodiar y transmitir. San Pablo escribe: «Os está salvando [el Evangelio] si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano» (1 Co 15, 1.2).

Pero ¿dónde hallamos la fórmula esencial de la fe? ¿Dónde encontramos las verdades que nos han sido fielmente transmitidas y que constituyen la luz para nuestra vida cotidiana? La respuesta es sencilla: en el Credo, en la Profesión de fe o Símbolo de la fe nos enlazamos al acontecimiento originario de la Persona y de la historia de Jesús de Nazaret; se hace concreto lo que el Apóstol de los gentiles decía a los cristianos de Corinto: «Os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día» (1 Co 15, 3.4).

También hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido y orado. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, «reconocido». Conocer, de hecho, podría ser una operación solamente intelectual, mientras que «reconocer» quiere significar la necesidad de descubrir el vínculo profundo entre las verdades que profesamos en el Credo y nuestra existencia cotidiana a fin de que estas verdades sean verdadera y concretamente —como siempre lo han sido— luz para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro camino, vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea. En el Credo se injerta la vida moral del cristiano, que en él encuentra su fundamento y su justificación.

No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el Catecismo de la Iglesia católica, norma segura para la enseñanza de la fe y fuente cierta para una catequesis renovada, se asentara sobre el Credo. Se trató de confirmar y custodiar este núcleo central de las verdades de la fe, expresándolo en un lenguaje más inteligible a los hombres de nuestro tiempo, a nosotros. Es un deber de la Iglesia transmitir la fe, comunicar el Evangelio, para que las verdades cristianas sean luz en las nuevas transformaciones culturales, y los cristianos sean capaces de dar razón de la esperanza que tienen (cf. 1 P 3, 15). Vivimos hoy en una sociedad profundamente cambiada, también respecto a un pasado reciente, y en continuo movimiento. Los procesos de la secularización y de una difundida mentalidad nihilista, en la que todo es relativo, han marcado fuertemente la mentalidad común. Así, a menudo la vida se vive con ligereza, sin ideales claros y esperanzas sólidas, dentro de vínculos sociales y familiares líquidos, provisionales. Sobre todo no se educa a las nuevas generaciones en la búsqueda de la verdad y del sentido profundo de la existencia que supere lo contingente, en la estabilidad de los afectos, en la confianza. Al contrario: el relativismo lleva a no tener puntos firmes; sospecha y volubilidad provocan rupturas en las relaciones humanas, mientras que la vida se vive en el marco de experimentos que duran poco, sin asunción de responsabilidades. Así como el individualismo y el relativismo parecen dominar el ánimo de muchos contemporáneos, no se puede decir que los creyentes permanezcan del todo inmunes a estos peligros que afrontamos en la transmisión de la fe. Algunos de estos ha evidenciado la indagación promovida en todos los continentes para la celebración del Sínodo de los obispos sobre la nueva evangelización: una fe vivida de modo pasivo y privado, el rechazo de la educación en la fe, la fractura entre vida y fe.

Frecuentemente el cristiano ni siquiera conoce el núcleo central de la propia fe católica, del Credo, de forma que deja espacio a un cierto sincretismo y relativismo religioso, sin claridad sobre las verdades que creer y sobre la singularidad salvífica del cristianismo. Actualmente no es tan remoto el peligro de construirse, por así decirlo, una religión auto-fabricada. En cambio debemos volver a Dios, al Dios de Jesucristo; debemos redescubrir el mensaje del Evangelio, hacerlo entrar de forma más profunda en nuestras conciencias y en la vida cotidiana.

En las catequesis de este Año de la fe desearía ofrecer una ayuda para realizar este camino, para retomar y profundizar en las verdades centrales de la fe acerca de Dios, del hombre, de la Iglesia, de toda la realidad social y cósmica, meditando y reflexionando en las afirmaciones del Credo. Y desearía que quedara claro que estos contenidos o verdades de la fe (fides quae) se vinculan directamente a nuestra cotidianeidad; piden una conversión de la existencia, que da vida a un nuevo modo de creer en Dios (fides qua). Conocer a Dios, encontrarle, profundizar en los rasgos de su rostro, pone en juego nuestra vida porque Él entra en los dinamismos profundos del ser humano.

Que el camino que realizaremos este año pueda hacernos crecer a todos en la fe y en el amor a Cristo a fin de que aprendamos a vivir, en las elecciones y en las acciones cotidianas, la vida buena y bella del Evangelio. Gracias.



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Tomado de 
www.vatican.va
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