La fe cristiana desde la Biblia: "Opción por los pobres"


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita

Contemplamos ahora, pues parece ser el lugar apropiado para hacerlo, la actitud en favor de los pobres, los sociológicamente pobres, aunque ellos no sean creyentes e incluso caigan también en la idolatría del dinero, y en caso de obtenerlo, de hecho quizás se comportarían al estilo de los avariciosos y de sus opresores sin escrúpulos.

Supuesto que el mensaje de salvación de Jesucristo es para todo el mundo y que en Dios no hay distinción alguna de blancos y negros, de listos y tontos, ricos y pobres, la Iglesia como tal y sus miembros responden a una misión de evangelización que pretende no quedarse sólo en lo terrenal, realizando unas obras “de misericordia” (de caridad) en favor de los más débiles. Estas obras en sí mismas no se constituyen de manera automática en signo cristiano. Son un signo humanitario de compasión, de solidaridad. Gracias a Dios hay muchas asociaciones gubernamentales y no gubernamentales, no confesionales, que llevan a cabo con dedicación, sacrificio y competencia profesional las más diversas tareas de ayuda con una eficacia superior a las realizadas por las iglesias. No hay distinción de eficacia y entrega entre unas y otras.

En los catecismos antiguos, quizás en olvido, se solía hacer una clasificación de las obras de misericordia y se hacía una separación o división entre las corporales y las espirituales. Y entre las segundas se apuntaba hacia el enseñar al que no sabe, el dar consejo a quien lo pide y necesita, el acompañar al enfermo, etc. Quizás, hoy en día, hemos desestimado este segundo tipo de misericordia y preferimos quedarnos en repartir comida, ropa, vivienda y medios de trabajo. Y ésto aunque sea muy importante para sobrevivir en la jungla de este mundo, en definitiva, quizás no alcanza a lo inmaterial como si las preguntas de sentido no fueran con las personas pobres.

Y mientras este paso transcendente no se dé, es hasta posible que la gente salga de la guerra y su pobreza, y sobreviva incluso con dignidad, pero que sea incapaz de ver más allá de lo material y del “estilo de vida”. Esta confusión en nuestra evangelización la debilita y de tal modo la vuelve frágil y difusa que ella misma adolece de una falta “de sentido”. ¿Cómo es posible que hombres y mujeres puedan dedicarse a tiempo completo a tales actividades humanitarias, sacrificando matrimonio, familia, uso del dinero personal como propio, “no libres” sino obedientes en conciencia a superiores cercanos y lejanos? ¿Lo hacen porque les gusta, porque encuentran placer en ésto? ¿Lo hacen sólo por los pobres, por solidaridad, por humanitarismo? También otros lo hacen de forma humanitaria y sin tanto sacrificio. Los abnegados “misioneros” lo hacen simplemente porque ellos viven “en misión”, representando a Jesucristo, a su persona y a sus valores. “Somos embajadores de Cristo” (2Cor 5,20). Si ésto se oculta la misión en apariencia queda vacía de sustancia. No alcanza a ser “signo”.


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Catequesis del Papa sobre la Oración: 13, «Jesús, maestro de oración»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Biblioteca del Palacio Apostólico
Miércoles, 4 de noviembre de 2020

[Multimedia]


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Lamentablemente hemos tenido que volver a esta audiencia en la Biblioteca y esto para defendernos de los contagios del Covid. Esto nos enseña también que tenemos que estar muy atentos a las indicaciones de las autoridades, tanto de las autoridades políticas como de las autoridades sanitarias, para defendernos de esta pandemia. Ofrecemos al Señor esta distancia entre nosotros por el bien de todos y pensemos, pensemos mucho en los enfermos, en aquellos que entran en los hospitales ya como descartados, pensemos en los médicos, en los enfermeros, las enfermeras, los voluntarios, en tanta gente que trabaja con los enfermos en este momento: ellos arriesgan la vida pero lo hacen por amor al prójimo, como una vocación. Rezamos por ellos.

Durante su vida pública, Jesús recurre constantemente a la fuerza de la oración. Los Evangelios nos lo muestran cuando se retira a lugares apartados a rezar. Se trata de observaciones sobrias y discretas, que dejan solo imaginar esos diálogos orantes. Estos testimonian claramente que, también en los momentos de mayor dedicación a los pobres y a los enfermos, Jesús no descuidaba nunca su diálogo íntimo con el Padre. Cuanto más inmerso estaba en las necesidades de la gente, más sentía la necesidad de reposar en la Comunión trinitaria, de volver con el Padre y el Espíritu.

En la vida de Jesús hay, por tanto, un secreto, escondido a los ojos humanos, que representa el núcleo de todo. La oración de Jesús es una realidad misteriosa, de la que intuimos solo algo, pero que permite leer en la justa perspectiva toda su misión. En esas horas solitarias - antes del alba o en la noche-, Jesús se sumerge en su intimidad con el Padre, es decir en el Amor del que toda alma tiene sed. Es lo que emerge desde los primeros días de su ministerio público.

Un sábado, por ejemplo, la pequeña ciudad de Cafarnaún se transforma en un “hospital de campaña”: después del atardecer llevan a Jesús a todos los enfermos, y Él les sana. Pero, antes del alba, Jesús desaparece: se retira a un lugar solitario y reza. Simón y los otros le buscan y cuando le encuentran, le dicen: “¡Todos te buscan!”. ¿Qué responde Jesús?: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido” (cfr Mc 1, 35-38). Jesús siempre está más allá, más allá en la oración con el Padre y más allá, en otros pueblos, otros horizontes para ir a predicar, otros pueblos.

La oración es el timón que guía la ruta de Jesús. Las etapas de su misión no son dictadas por los éxitos, ni el consenso, ni esa frase seductora “todos te buscan”. La vía menos cómoda es la que traza el camino de Jesús, pero que obedece a la inspiración del Padre, que Jesús escucha y acoge en su oración solitaria.

El Catecismo afirma: «Con su oración, Jesús nos enseña a orar» (n. 2607). Por eso, del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas características de la oración cristiana.

Ante todo posee una primacía: es el primer deseo del día, algo que se practica al alba, antes de que el mundo se despierte. Restituye un alma a lo que de otra manera se quedaría sin aliento. Un día vivido sin oración corre el riesgo de transformarse en una experiencia molesta, o aburrida: todo lo que nos sucede podría convertirse para nosotros en un destino mal soportado y ciego. Jesús sin embargo educa en la obediencia a la realidad y por tanto a la escucha. La oración es sobre todo escucha y encuentro con Dios. Los problemas de todos los días, entonces, no se convierten en obstáculos, sino en llamamientos de Dios mismo a escuchar y encontrar a quien está de frente. Las pruebas de la vida cambian así en ocasiones para crecer en la fe y en la caridad. El camino cotidiano, incluidas las fatigas, adquiere la perspectiva de una “vocación”. La oración tiene el poder de transformar en bien lo que en la vida de otro modo sería una condena; la oración tiene el poder de abrir un horizonte grande a la mente y de agrandar el corazón.

En segundo lugar, la oración es un arte para practicar con insistencia. Jesús mismo nos dice: llamad, llamad, llamad. Todos somos capaces de oraciones episódicas, que nacen de la emoción de un momento; pero Jesús nos educa en otro tipo de oración: la que conoce una disciplina, un ejercicio y se asume dentro de una regla de vida. Una oración perseverante produce una transformación progresiva, hace fuertes en los períodos de tribulación, dona la gracia de ser sostenidos por Aquel que nos ama y nos protege siempre.

Otra característica de la oración de Jesús es la soledad. Quien reza no se evade del mundo, sino que prefiere los lugares desiertos. Allí, en el silencio, pueden emerger muchas voces que escondemos en la intimidad: los deseos más reprimidos, las verdades que persistimos en sofocar, etc. Y sobre todo, en el silencio habla Dios. Toda persona necesita de un espacio para sí misma, donde cultivar la propia vida interior, donde las acciones encuentran un sentido. Sin vida interior nos convertimos en superficiales, inquietos, ansiosos - ¡qué mal nos hace la ansiedad! Por esto tenemos que ir a la oración; sin vida interior huimos de la realidad, y también huimos de nosotros mismos, somos hombres y mujeres siempre en fuga.

Finalmente, la oración de Jesús es el lugar donde se percibe que todo viene de Dios y Él vuelve. A veces nosotros los seres humanos nos creemos dueños de todo, o al contrario perdemos toda estima por nosotros mismos, vamos de un lado para otro. La oración nos ayuda a encontrar la dimensión adecuada, en la relación con Dios, nuestro Padre, y con toda la creación. Y la oración de Jesús finalmente es abandonarse en las manos del Padre, como Jesús en el huerto de los olivos, en esa angustia: “Padre si es posible…, pero que se haga tu voluntad”. El abandono en las manos del Padre. Es bonito cuando nosotros estamos inquietos, un poco preocupados y el Espíritu Santo nos transforma desde dentro y nos lleva a este abandono en las manos del Padre: “Padre, que se haga tu voluntad”.

Queridos hermanos y hermanas, redescubramos, en el Evangelio, Jesucristo como maestro de oración, y sigamos su ejemplo. Os aseguro que encontraremos la alegría y la paz.



Tomado de:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20201104_udienza-generale.html

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La fe cristiana desde la Biblia: "Misión de la Iglesia"


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


 Al término de su evangelio, Mateo nos señala la misión de la Iglesia con estas palabras apremiantes: “Poneos, pues, en camino, haced discípulos entre los habitantes de todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que yo os he encomendado. T sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mt 28,19-20).

Parece bastante claro que la misión de la Iglesia es universal (“católica”). La expresión “haced discípulos” no ha de ser interpretada de forma proselitista, sino según un talante de “encarnación” hacia las diversas culturas e identidades de los pueblos, y por supuesto sin olvidar la libertad de conciencia (la fe si no es libre no es nada).

La Iglesia habría de manifestarse como comunidad basada en el amor que Dios nos tiene, y que da signos de “caridad”, de un amor recibido, y que ofrece a quienes no son cristianos, la razón de su esperanza y de su fe viva en Jesucristo. “Queridos hermanos, sois gente de paso en tierra extraña. Por eso os exhorto a que os abstengáis de las desordenadas apetencias humanas que hacen guerra al espíritu. Portaos ejemplarmente entre los no creyentes, para que vuestras buenas acciones desmientan las calumnias con que os denigran, y consigan así que ellos mismos puedan glorificar a Dios el día en que venga a visitarles” (1 Pe 2,11-12).

Esta relación entre la caridad que se vive y difunde en favor de los demás y el mensaje de salvación en Jesucristo que en ella con frecuencia se esconde y oculta ha de quedar patente pues el amor a los demás es signo del amor que Dios nos tiene. En ésto, —pienso yo— reside el auténtico profetismo de la Iglesia del Nuevo Testamento, y su clandestinidad puede llegar a ser un fraude, pues se deja de ofrecer y de dar lo que el pueblo espera de ella y tiene derecho a saber y aceptar en libertad. Si ésto falta (si el bien a los demás no llega a ser un signo vivo de Jesucristo), a ningún catequista católico puede extrañar el que bastantes se sientan atraídos por las sectas que proliferan entre la gente sociológicamente pobre y marginal que incluso sonríe en los países del tercer mundo. Ellas, las sectas, sí hablan abiertamente, aunque pecando de fundamentalismo, de esa increíble persona de Jesucristo. “En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos y que ha de manifestarse como rey, te suplico muy encarecidamente: proclama el mensaje e insiste en todo momento, tanto si gusta como si no gusta. Argumenta, reprende, exhorta, echando mano de toda tu paciencia y tu competencia en enseñar. Tiempos vendrán en que no se querrá escuchar la enseñanza auténtica; en que, para halagarse el oído, los hombres se rodearán de maestros a la medida de sus propios antojos, se apartarán de la verdad y darán crédito a los mitos. Pero tú permanece siempre alerta, soporta las contradicciones, trabaja en la extensión del mensaje de salvación, desempeña a la perfección tu ministerio” (2 Tim 4,1-5). Es el testamento espiritual del apóstol Pablo.


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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Domingo XXXII Tiempo Ordinario. Ciclo A: Parábola de las diez vírgenes – Estemos siempre preparados



P. Adolfo Franco, jesuita.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (25, 1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor


Jesús nos invita a estar siempre preparados, porque el Novio llegará de forma inesperada.

Este párrafo del Evangelio de San Mateo contiene la conocida parábola de las diez vírgenes, que esperan en la comitiva de recepción del novio para acompañarlo al banquete. Cinco están preparadas siempre, para cualquier eventualidad, y cinco son descuidadas, y la llegada del esposo ocurre de improviso, cuando éstas están desprevenidas. La lección central de esta parábola es la de que hay que estar siempre preparados. Pero, como aliciente para esta preparación y para el esfuerzo que supone, se nos indica que estamos preparándonos para una gran fiesta. 

La parábola sería una parábola de lo que es la vida humana. La vida humana está destinada al crecimiento mediante el esfuerzo continuo, que es apoyado y sostenido por la gracia de Dios. Es un destino digno del ser humano: la vida es esfuerzo; y el esfuerzo no es la condena a trabajos forzados; el esfuerzo tiene como base que se cree en el hombre y en su dignidad; una vida sin esfuerzo, de pura comodidad, donde todo es flojo, no está hecha para el ser humano. Parecería que algunos pensarían que la meta es vivir con el menor esfuerzo y a eso le llaman darse buena vida, cuando en realidad no tiene nada de buena; porque una vida sin esfuerzo, es una vida que pierde la calidad; mientras que, en una vida de esfuerzo continuo, el hombre crece y da lo mejor de sí. Por eso en la parábola se habla de cinco muchachas esforzadas y cinco flojas.

Por otra parte, con este esfuerzo, tanto en lo humano, como en lo religioso, lo que hacemos es tener luz, tener una vida que ilumina; ese esfuerzo es como el aceite que alimenta la lámpara de nuestra vida, y la hace luminosa. La luz, de que se habla en la parábola, es obra de la gracia, pero también del esfuerzo del ser humano. Porque la gracia no nos suplanta, no nos adormece en la inacción. Y la luz que se produce, y se conquista de esa manera, es la fe, es una vida de hijos de Dios, es una vida luminosa, para uno mismo y para los demás. Cierto que es una forma hermosa de describir la vida humana, decir que la vida humana es luz.

Pero ante esta tarea, hay quienes se esfuerzan todos los días, y así están siempre preparados, porque la luz de sus vidas no se apaga nunca. Mientras que otros, asustados por el esfuerzo, no hacen nada, se van dejando y pierden su brillo. Y también hay quienes se esfuerzan por temporadas, pero se cansan, son inconstantes. Y pueden ser sorprendidos por la llegada inesperada del esposo a su fiesta. 

El ser humano es propenso al cansancio y tenemos que estar vigilantes para superarlo. En lo espiritual, la vida de oración supone esfuerzo continuo, es una conquista; muchos emprenden el camino, pero bastantes de los que empiezan se quedan a mitad del camino. En la realización de los buenos propósitos, pasa lo mismo, empezamos con energía y terminamos cansándonos. Como pasa en una carrera difícil, que muchos corredores terminan abandonando a mitad de la carrera, porque no pueden soportar el esfuerzo prolongado. Pero no sólo en lo espiritual, también en lo simplemente humano aparece el cansancio: en el estudio, en la disciplina, en el arte; todas estas cosas tan hermosas para el hombre, suponen esfuerzo continuado; y por cansarse, por dejarse llevar de la flojera, muchos se quedan a mitad de camino.

Y lamentablemente la luz de cada uno, es la que cada uno en realidad logra con su esfuerzo, no se puede tomar prestada la luz del otro, no se puede recibir de fuera.

Pero para alentarnos a perseverar se nos dicen dos cosas: que estamos haciendo el esfuerzo para entrar en una gran fiesta, por la que vale la pena hacer ese esfuerzo. Y se nos avisa, además, que, si nos falta la constancia, la llegada del novio, por ser imprevisible, puede llegarnos en el momento en que no estamos preparados. Es importante destacar este aspecto de la fiesta, en que consiste el final de la vida del hombre. No hay momento más glorioso, ni triunfo más grande, ni celebración más alegre, que la fiesta que Dios nos tiene preparada. Y eso nos estimula a hacer siempre el esfuerzo, con la ayuda de Dios. Por eso vale la pena estar siempre preparados.



Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

Para otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.

 




ESPECIAL: FIELES DIFUNTOS Y LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


Con motivo del 2 de noviembre, donde recordamos a nuestros difuntos, compartimos este especial que ofrece una recopilación de nuestras publicaciones sobre esta celebración, en especial sobre la realidad del purgatorio, donde destaca la Oración encomendada a Santa Gertrudis por el bien que hace a las benditas almas del Purgatorio y lo que nos enseña la Iglesia sobre lo que nos espera en la hora de la muerte (Escatología). Acceda AQUÍ.

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


 

P. Adolfo Franco, jesuita.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5, 1 - 12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor.


En la fiesta de Todos los Santos examinemos cuál es la meta a que aspiramos como cristianos.


¿Es tu fiesta? ¿es la mía?

La santidad ¿qué es? 

Vale la pena empezar por estos interrogantes ante los que nos sitúa esta celebración litúrgica. Este cuestionamiento nos lo plantean las vidas de algunos cristianos que se han tomado en serio completamente el cristianismo y se han esforzado por llegar al límite.

Esta consideración nos abre a nuevas preguntas: ¿Cualquiera puede aspirar a ser santo? Y la santidad ¿Es una meta a la que vale la pena aspirar? ¿Es un ideal apetecible?

Se trata en buena cuenta en preguntarnos a nosotros mismos ¿En qué vale la pena gastar la vida? ¿Cómo quiero vivir? ¿Cuál es para mí la mejor manera de existencia?

Dejemos atrás ya tantas preguntas para entrar en el tema. Es verdad que para muchos cristianos, y aún me atrevería a decir para la mayor parte de los cristianos, la santidad es algo muy hermoso, pero a la vez piensan que eso está reservado para algunos, muy pocos, que tienen vocación de héroes. De alguna forma parecida que cuando uno admira a un atleta que ha hecho una proeza inimaginable, uno mismo se descarta (yo no sirvo para eso). De igual manera admiramos a los que han llegado a alturas inaccesibles en las artes o en las ciencias. Y pensamos que se trata de personas que han nacido para ser prodigio, que tienen genes especiales.

De esa misma forma pensamos a veces en los santos y en la santidad: eso está reservado para algunas personas que han nacido con unas características muy especiales y por eso han subido de esa forma a la escala de la virtud heroica. Así que de esa manera nos descartamos, pensando que eso es demasiado para nosotros que no hemos nacido para eso.

A esto además se añade otra cosa; no pensamos que la santidad sea una forma de vida a la que valga la pena aspirar. Me basta con ser buena gente. Decimos que exagerar nunca es bueno. Y que es buena una vida recta, pero concediéndome algunas vacaciones de la misma rectitud. El lema de algunos: no exagerar, no llamar la atención, ser normales, evitar el radicalismo.

Así que, a mi parecer, hay dos pensamientos que nos sacan de la aspiración a la santidad; el pensar que no he nacido para eso, que para eso hace falta tener una personalidad especial y la segunda es que la santidad no es la mejor meta para mi vida, me basta con la medianía.

Pero creo que esas dos respuestas no tienen valor. Porque en primer lugar el Evangelio y sus metas están propuestos para cada cristiano, para todos. Y además la santidad es la mejor forma de vida a la que cada persona puede aspirar; en la santidad se llega a alcanzar la paz interior serena que es lo que también se llama felicidad.

Otro asunto a considerar, importante, es aclarar el concepto de santidad. No confundirlo con el misticismo ni con la tortura. La santidad brevemente se puede definir como vivir amando y sirviendo en todo, a Dios y a los hermanos. También como hacer perfectamente incluso las cosas pequeñas. La santidad es el logro de eliminar el EGO que además es en el fondo nuestro peor enemigo. La santidad es atreverse a ser bienaventurado con la felicidad prometida a cada una de las bienaventuranzas.

Basta poner nuestra buena voluntad, para marchar en esa dirección; Dios estará siempre dispuesto para llevarnos hasta la meta.

Esta fiesta de Todos los Santos nos cuestiona y nos invita a vivir plenamente la vida que tenemos en nuestras manos con la gracia de Dios.



Voz de audio: José Alberto Torres Jiménez.
Ministerio de Liturgia de la Parroquia San Pedro, Lima. 
Agradecemos a José Alberto por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de NOVIEMBRE 2020: Inteligencia Artificial



RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA
APOSTOLADO DE LA ORACIÓN

INTENCIONES DEL PAPA PARA EL MES DE NOVIEMBRE




OFRECIMIENTO DIARIO

Padre Bueno, sé que estás conmigo.
Aquí estoy en este nuevo día.
Pon una vez más mi corazón
junto al Corazón de tu Hijo Jesús,
que se entrega por mí y que viene a mí en la Eucaristía.
Que tu Espíritu Santo me haga su amigo y apóstol, 
disponible a su misión de compasión.
Pongo en tus manos mis alegrías y esperanzas,
mis trabajos y sufrimientos, todo lo que soy y tengo,
en comunión con mis hermanos y hermanas de esta red mundial de oración.
Con María te ofrezco mi jornada por la misión de la Iglesia y por la intención de Oración del Papa para este mes:

«Oremos para que el progreso de la robótica y la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano.»

AMÉN



VÍDEO DEL PAPA




INTENCIÓN DEL MES

La inteligencia artificial está en la raíz del cambio de época que estamos viviendo.
La robótica puede hacer posible un mundo mejor si va unida al bien común.
Porque si el progreso tecnológico aumenta las desigualdades, no es un progreso real.
Los futuros avances deben estar orientados al respeto de la dignidad de la persona y de la Creación.
Recemos para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano… podemos decir “sea humano”.



ORACIÓN

Padre Bueno,

creaste a tus hijos con amor

y les diste inteligencia y creatividad,

capaz de promover el progreso y la felicidad

de todo el género humano.

Envía tu Espíritu sobre los que trabajan

en el avance de la ciencia y la tecnología,

para que pueden dar frutos muy abundantes,

y se sientan movidos siempre

por el bien mayor de la persona humana,

de la sociedad y de nuestro planeta.

Padre Nuestro…

Ave María...

Gloria...

Amén



LUEGO DEL OFRECIMIENTO DIARIO
RECEMOS DURANTE LA MAÑANA, EL DÍA Y POR LA NOCHE


ENLACES AQUÍ

DESCARGUE EN PDF LAS ORACIONES
Revista virtual RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, NOVIEMBRE 2020, Nº49.
AQUÍ.



PROPUESTA PARA EL MES


  • Trata de informarte sobre los avances en robótica e Inteligencia Artificial, por ejemplo, en relación con las energías renovables, para poder educar a la gente cercana sobre esta realidad, especialmente las generaciones más jóvenes.
  • Promueve un momento de oración, en familia, o en la comunidad, pidiendo para que los especialistas en el desarrollo de la robótica y la Inteligencia Artificial lo hagan siempre movidos por el bien y no presionados por intereses que no dignifican a la persona humana.
  • Examina tus actitudes sobre cómo utilizas la tecnología, las opciones que haces en la gestión de tu tiempo, el criterio que mueve lo que ves y consultas, para que te ayude a utilizar todas estas herramientas de una manera saludable y segura.
Fuente: ClickToPray




REFLEXIÓN SOBRE LA INTENCIÓN DEL PAPA PARA EL MES DE NOVIEMBRE

Acceda AQUÍ




RECURSOS EN LA RED

A. Cada Primer Viernes en Youtube, se pude buscar "El Video del Papa".

B. "Click To Pray" es una aplicación para teléfonos inteligentes (iOS y Android) en donde puedes unirte cada día a la red Mundial de Oración del Papa. Descarga ClickToPray[App Store] [Google Play]

C. Para comunicarnos:
apostolado.oración.peru@gmail.com

 


 




Intención del Papa Francisco para el mes de Noviembre: Inteligencia artificial

 


Comentario del Papa Francisco a la intención del mes

Es importante reiterarlo: «La inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad y a la protección de nuestra casa común, en lugar de lo contrario, como algunos análisis, lamentablemente, prevén.»
(Mensaje al Foro Económico Mundial en Davos, 12 de enero de 2018). 

La dignidad inherente de cada ser humano debe colocarse firmemente en el centro de nuestra reflexión y de nuestra acción. A este respecto, conviene señalar que la denominación de “inteligencia artificial”, aunque ciertamente de efecto, puede ser engañosa. Los términos ocultan el hecho de que ―a pesar del útil cumplimiento de las tareas serviles (es el significado original del término “robot”)―, los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos. Además, el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas “máquinas inteligentes” se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas.

Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas. Las máquinas, de hecho, se propagan en nuestro mundo y transforman radicalmente el escenario de nuestra existencia. Si conseguimos tener en cuenta estas referencias también en los hechos, el extraordinario potencial de los nuevos descubrimientos puede irradiar sus beneficios a cada persona y a toda la humanidad.


Actitudes del mes para encarnar en nuestra vida

Las intenciones de oración del Papa nacen de la compasión por el mundo y, por lo tanto, expresan desafíos para la humanidad y para la misión de la Iglesia. Cuando Francisco nos confía sus intenciones de oración, nos ayuda a acercarnos al corazón de Cristo, a contemplar el mundo con sus propios ojos: «El corazón de Cristo es tan grande que desea acogernos a todos en la revolución de la ternura.
La cercanía al Corazón del Señor insta a nuestro corazón a acercarse a nuestro hermano con amor, y nos ayuda a entrar en esta compasión por el mundo»
Francisco.

Cada intención puede ser desplegada en actitudes concretas que ayudan a encarnarla en la propia vida. Estas actitudes constituyen “una bajada” a la vida concreta y por tanto orientan el diseño de contenidos en los diversos proyectos de la RMOP, las instancias de formación, oración y actividades apostólicas en las comunidades cuyo tema sea la intención de oración mensual. Las actitudes orientan el modo de concretar en la propia vida, la intención de oración.

La actitud que aparece en el centro es la actitud global mensual, la cual es desplegada en actitudes concretas a trabajar durante el mes.



Humanizar la tecnología

El Papa Francisco en Laudato Si, nos dice que el paradigma tecnocrático está muy arraigado en nuestras vidas y muchas veces sin darnos cuenta obramos sosteniendo y apuntalando dicho paradigma, en la falsa creencia de que todo progreso tecnológico, es siempre bueno como si el bien y la verdad pudieran brotar espontáneamente de la tecnología.

Es cierto que, gracias a un ordenador, podemos analizar los problemas de la humanidad a través de estadísticas, obtener informes rápidos, y facilitar la búsqueda de soluciones. Pero es también cierto que ningún ordenador puede dar solución a estos problemas y que estos problemas no son datos.
Los problemas que padece la humanidad, hambre, guerra, desempleo, los sufren personas, hombres y mujeres concretos, con nombre e historia propia, y otros tantos hombres y mujeres son quienes están llamados a compadecerse y atender estos desafíos.

Todo avance y desarrollo tecnológico debe ser un servicio al bien común, concretar la fraternidad y tener por centro a la persona. No debemos caer en la trampa de la ausencia de límites y del progreso indefinido. El progreso que daña la herencia de la casa común, descarta personas, deja sin trabajo a gran número de personas y hace un ídolo de la eficiencia y la eficacia, no es progreso, sino abuso de poder.

Al progreso tecnológico se le debe imponer el límite del bien común y el bienestar de las personas como valor inalienable.

Cada uno, en nuestras pequeñas decisiones diarias, al encender el ordenador o smartphone, al atender una video llamada, o al analizar un problema estamos llamados a colocar en el centro a las personas amándolas y a usar las cosas poniéndolas al servicio de ellas.

Del amor que vuelque en mis decisiones, depende que la tecnología se humanice o que tecnologicemos al ser humano.

Recemos este mes para que el progreso de la robótica y de la inteligencia artificial esté siempre al servicio del ser humano.


FERNANDO IANCHINA
EQUIPO NACIONAL
RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA
ARGENTINA - URUGUAY

Material extraído de:
https://www.popesprayer.va/wp-content/uploads/2020/05/Oracion-y-Servicio-2020-2.pdf
DISCURSO A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA ACADEMIA PONTIFICIA PARA LA VIDA.
FRANCISCO
25 DE FEBRERO DE 2019
VER EL TEXTO COMPLETO:
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20190225_PLENARIA‐ACCADEMIA‐VITA.HTML
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FUENTE: REVISTA DIGITAL, RED MUNDIAL DE ORACIÓN DEL PAPA, NOVIEMBRE 2020 - Nº48

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Teología fundamental. 22. El Credo. La caída del estado de justicia por el pecado

 



P. Ignacio Garro, jesuita †


5. EL CREDO

Continuación

5.5.5. LA CAIDA DEL ESTADO DE JUSTICIA POR EL PECADO 


"Sin embargo, el hombre constituido por Dios en estado de inocencia, ya en el comienzo de la historia abusó de su libertad, inducido por el Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su fin fuera de Dios (. . .). Lo que nos enseña la Revelación divina coincide con la misma experiencia.

  Pues el hombre al observar su corazón hecha de ver que también está inclinado hacia el mal y sumergido en una multitud de maldades que no pueden venir de su Creador, que es bueno". Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, num. 13; cfr. Conc. de Trento, Decreto sobre el pecado original, Dz. 782-792. (Vid. Puebla, nn. 281, 328 y 330). 


5.5.5.1 El precepto y la desobediencia 

Dios colocó a nuestros primeros padres en un delicioso jardín, llamado el paraíso terrenal, donde gozaban de tranquila felicidad (cfr. Gen. 1, 26). Los elevó, además, a un orden sobrenatural con el cual eran capaces de lograr el fin sobrenatural de la visión beatifica. Sin embargo, por ser infinitamente justo, dispuso que ese fin lo obtuvieran por méritos propios, de acuerdo a la naturaleza libre de su ser. 

Para ello, les impuso un precepto, a saber, el no comer de una fruta que se encontraba en medio del paraíso, amenazándolos de muerte si desobedecían (cfr. Gen. 2, 17). 

Adán y Eva no obedecieron al Señor. Eva se dejó seducir por el demonio, quien le dijo que si comían serían como dioses, sabedores del bien y del mal. Comió, pues, del fruto, y luego se lo presentó a Adán, quien por complacerla también comió (cfr. Gen. 3). 


5.5.5.2 El pecado 

El pecado de nuestros primeros padres no fue un simple pecado de gula, sino un gravísimo pecado de soberbia, al pretender ser iguales al Altísimo. 

En virtud del don de integridad, el pecado no podía ser de pasión -rebelándose éstas al dictado de la razón-, pues le estaban perfectamente sujetas. Tenía que venir la ruptura por la rebeldía de la razón, no sujetándose ésta al designio divino. 

Además, hizo más grave su pecado la circunstancia de que el mandato era fácil de guardar, y de que ellos no tenían ni ignorancia que cegara su mente, ni concupiscencia que los arrastrara al mal. 


5.5.5.3 El castigo 

Nuestros primeros padres, no solamente fueron arrojados del paraíso en castigo de su pecado, sino que: 

1°. Fueron privados de los dones sobrenaturales, a saber: de la gracia y del derecho a la gloria; y quedaron esclavos del demonio y condenados a eterna perdición, si Dios no los perdonaba. 

2°. Fueron privados de los dones preternaturales, y así: 

a) En vez de la ciencia se vieron sometidos a la ignorancia. 

b) En vez de la integridad, sintieron el desorden en su naturaleza; a saber, la concupiscencia, o rebelión de la carne contra el espíritu, y la inclinación al mal por parte de la voluntad. 

c) En vez de la inmunidad se vieron sometidos a toda clase de privaciones y sufrimientos. 

d) Y en vez de la inmortalidad, se vieron castigados con la muerte. 

...

Damos gracias a Dios por la vida del P. Ignacio Garro, S.J. quien nos brindó toda su colaboración. Seguiremos publicando los materiales que nos compartió para dicho fin.
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Catequesis del Papa sobre la Oración: 12, «Jesús, hombre de oración»


 

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 28 de octubre de 2020

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en esta audiencia, como hemos hecho en las audiencias precedentes, permaneceré aquí. A mí me gustaría mucho bajar, saludar a cada uno, pero tenemos que mantener las distancias, porque si yo bajo se hace una aglomeración para saludar, y esto está contra los cuidados, las precauciones que debemos tener delante de esta “señora” que se llama Covid y que nos hace tanto daño. Por eso, perdonadme si yo no bajo a saludaros: os saludo desde aquí pero os llevo a todos en el corazón. Y vosotros, llevadme a mí en el corazón y rezad por mí. A distancia, se puede rezar uno por otro; gracias por la comprensión.

En nuestro itinerario de catequesis sobre la oración, después de haber recorrido el Antiguo Testamento, llegamos ahora a Jesús. Y Jesús rezaba. El inicio de su misión pública tiene lugar con el bautismo en el río Jordán. Los evangelistas coinciden al atribuir importancia fundamental a este episodio. Narran que todo el pueblo se había recogido en oración, y especifican que este reunirse tuvo un claro carácter penitencial (cfr. Mc 1, 5; Mt 3, 8). El pueblo iba donde Juan para bautizarse para el perdón de los pecados: hay un carácter penitencial, de conversión.

El primer acto público de Jesús es por tanto la participación en una oración coral del pueblo, una oración del pueblo que va a bautizarse, una oración penitencial, donde todos se reconocían pecadores. Por esto el Bautista quiso oponerse, y dice: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3, 14). El Bautista entiende quién era Jesús. Pero Jesús insiste: el suyo es un acto que obedece a la voluntad del Padre (v. 15), un acto de solidaridad con nuestra condición humana. Él reza con los pecadores del pueblo de Dios. Metamos esto en la cabeza: Jesús es el Justo, no es pecador. Pero Él ha querido descender hasta nosotros, pecadores, y Él reza con nosotros, y cuando nosotros rezamos Él está con nosotros rezando; Él está con nosotros porque está en el cielo rezando por nosotros. Jesús siempre reza con su pueblo, siempre reza con nosotros: siempre. Nunca rezamos solos, siempre rezamos con Jesús. No se queda en la orilla opuesta del río —“Yo soy justo, vosotros pecadores”— para marcar su diversidad y distancia del pueblo desobediente, sino que sumerge sus pies en las mismas aguas de purificación. Se hace como un pecador. Y esta es la grandeza de Dios que envió a su Hijo que se aniquiló a sí mismo y apareció como un pecador.

Jesús no es un Dios lejano, y no puede serlo. La encarnación lo reveló de una manera completa y humanamente impensable. Así, inaugurando su misión, Jesús se pone a la cabeza de un pueblo de penitentes, como encargándose de abrir una brecha a través de la cual todos nosotros, después de Él, debemos tener la valentía de pasar. Pero la vía, el camino, es difícil; pero Él va, abriendo el camino. El Catecismo de la Iglesia Católica explica que esta es la novedad de la plenitud de los tiempos. Dice: «La oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos» (n. 2599). Jesús reza con nosotros. Metamos esto en la cabeza y en el corazón: Jesús reza con nosotros.

Ese día, a orillas del río Jordán, está por tanto toda la humanidad, con sus anhelos inexpresados de oración. Está sobre todo el pueblo de los pecadores: esos que pensaban que no podían ser amados por Dios, los que no osaban ir más allá del umbral del templo, los que no rezaban porque no se sentían dignos. Jesús ha venido por todos, también por ellos, y empieza precisamente uniéndose a ellos, a la cabeza.

Sobre todo el Evangelio de Lucas destaca el clima de oración en el que tuvo lugar el bautismo de Jesús: «Sucedió que cuando todo el pueblo estaba bautizándose, bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo» (3, 21). Rezando, Jesús abre la puerta de los cielos, y de esa brecha desciende el Espíritu Santo. Y desde lo alto una voz proclama la verdad maravillosa: «Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado» (v. 22). Esta sencilla frase encierra un inmenso tesoro: nos hace intuir algo del misterio de Jesús y de su corazón siempre dirigido al Padre. En el torbellino de la vida y el mundo que llegará a condenarlo, incluso en las experiencias más duras y tristes que tendrá que soportar, incluso cuando experimenta que no tiene dónde recostar la cabeza (cfr. Mt 8, 20), también cuando el odio y la persecución se desatan a su alrededor, Jesús no se queda nunca sin el refugio de un hogar: habita eternamente en el Padre.

Esta es la grandeza única de la oración de Jesús: el Espíritu Santo toma posesión de su persona y la voz del Padre atestigua que Él es el amado, el Hijo en el que Él se refleja plenamente.

Esta oración de Jesús, que a orillas del río Jordán es totalmente personal –  y así será durante toda su vida terrena –, en Pentecostés se convertirá por gracia en la oración de todos los bautizados en Cristo. Él mismo obtuvo este don para nosotros, y nos invita a rezar como Él rezaba.

Por esto, si en una noche de oración nos sentimos débiles y vacíos, si nos parece que la vida haya sido completamente inútil, en ese instante debemos suplicar que la oración de Jesús se haga nuestra. “Yo no puedo rezar hoy, no sé qué hacer: no me siento capaz, soy indigno, indigna”. En ese momento, es necesario encomendarse a Él para que rece por nosotros. Él en este momento está delante del Padre rezando por nosotros, es el intercesor; hace ver al Padre las llagas, por nosotros. ¡Tenemos confianza en esto! Si nosotros tenemos confianza, escucharemos entonces una voz del cielo, más fuerte que la que sube de los bajos fondos de nosotros mismos, y escucharemos esta voz susurrando palabras de ternura: “Tú eres el amado de Dios, tú eres hijo, tú eres la alegría del Padre de los cielos”. Precisamente por nosotros, para cada uno de nosotros hace eco la palabra del Padre: aunque fuéramos rechazados por todos, pecadores de la peor especie. Jesús no bajó a las aguas del Jordán por sí mismo, sino por todos nosotros. Era todo el pueblo de Dios que se acercaba al Jordán para rezar, para pedir perdón, para hacer ese bautismo de penitencia. Y como dice ese teólogo, se acercaban al Jordán “desnuda el alma y desnudos los pies”. Así es la humildad. Para rezar es necesario humildad. Ha abierto los cielos, como Moisés había abierto las aguas del mar Rojo, para que todos pudiéramos pasar detrás de Él. Jesús nos ha regalado su propia oración, que es su diálogo de amor con el Padre. Nos lo dio como una semilla de la Trinidad, que quiere echar raíces en nuestro corazón. ¡Acojámoslo! Acojamos este don, el don de la oración. Siempre con Él. Y no nos equivocaremos.



Tomado de:
http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20201028_udienza-generale.html

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La fe cristiana desde la Biblia: "Amaos los unos a los otros"


P. Fernando Martínez Galdeano, jesuita


En su última cena el Señor nos da un “mandamiento nuevo”. “Os doy un mandamiento nuevo: amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos” (Jn 13,34-35).

El amor de Jesucristo se nos ha manifestado en la entrega total de su vida en Jesús de Nazaret hasta el ofrecerse a padecer sufrimientos y muerte y pasar así a una vida plena exaltada a la derecha de Dios como la primicia de una cosecha que somos nosotros. “Como primer fruto, Cristo. Luego, el día de su gloriosa manifestación, los que pertenezcan a Cristo. Después tendrá lugar el fin, cuando destruido todo principado, toda potestad y todo poder, Cristo entregue el reino a Dios Padre” (I Cor 15,23-24).

En primer lugar, Jesús se dirige a sus apóstoles, a sus discípulos, a la Iglesia que está siendo edificada en su comunión. Si ellos han de proseguir con su misión de salvación hacia los demás, han de amarse entre sí de forma nueva con la ofrenda de sus vidas y dando testimonio de vida plena. La vida nueva corresponde al Espíritu que ha de alentar en ellos por la fe. Este mandamiento nuevo es el caballo de batalla del ser en verdad Iglesia como sacramento salvador en medio del mundo; o más bien quedarse simplemente en ser una asociación humana que se reúne para hacer cosas buenas y encauzar las inquietudes religiosas de sus miembros. Quizás la tarea más urgente de la Iglesia de hoy sea la de que sus miembros se quieran entre ellos como animados por un sólo Espíritu, una misma fe. El que puedan alcanzar el ser signos de salvación, una “buena noticia”. 

Los pecados contra este mandamiento nuevo serían el de dividir la Iglesia, y también el de la negación de este Espíritu de vida respetuosa, amigable y gozosa, por omisión, por escepticismo, por razones de eficacia, por ideología, por desconfianza, en última instancia, por incredulidad (falta de fe en que ésto sea posible ni siquiera para Jesucristo). Estamos hablando de un amor “de caridad”, es decir, de un amor que se recibe del Padre y da frutos de caridad sin esperar nada a cambio. Es un amor que se da de forma gratuita y que ha de encontrar en la Iglesia su lugar porque ése es su sitio. En caridad se edifica la Iglesia.

El cristiano ama al otro aunque éste no sea su amigo, porque Dios ama también al otro. No le ama por Dios como si el otro fuera un medio para él, sino que le ama porque ese Dios mismo ama al otro como persona que es “capax Dei”. Y éste es el sentido real del texto “amarás a tu prójimo como a tí mismo” (Mt 22,39). Cada uno ha de hacer lo que pueda en esta linea, desde la sencillez y humildad. “Pues bien, si yo, vuestro maestro y señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo tinos con otros. (...) Sabiendo ésto, seréis dichosos si lo ponéis en práctica” (Jn 13,14.17). Es conocido el cántico que hace san Pablo al amor (caridad): “El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita ni lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. El amor no pasa jamás” (1 Cor 13,4-8).


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Agradecemos al P. Fernando Martínez, S.J. por su colaboración.
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