El llamado de los primeros discípulos
El P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión del domingo 21 de enero: "La conversión que nos pide el Señor es un proceso que no termina nunca; siempre hay algo más que convertir." Escuche el audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.
La vocación de los primeros discípulos
El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del domingo 14 de enero: "La vocación de los primeros seguidores adelanta la historia de todos los que dejarán todo para seguir a Jesús." Escuche el audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.
Epifanía del Señor
P. Adolfo Franco S.J. nos comparte su reflexión del Evangelio del domingo 7 de enero: "La fiesta de la Epifanía del Señor; significa la “manifestación” (eso significa epifanía) del Señor a todos los pueblos de la tierra, significados por estos misteriosos magos venidos del oriente." Escuche el audio o descárguelo en MP3. Acceda AQUÍ.
La Santa Misa - La canción de la "Gloria" y la oración colecta
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 10 de enero de 2018
Miércoles, 10 de enero de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el recorrido de catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, en la esperanza de ser perdonados. Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el «Gloria», «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero» (Ordenamiento General del Misal Romano, 53).
La introducción de este himno —«Gloria a Dios en el cielo»— retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, alegre anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto también nos involucra reunidos en la oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor».
Después del «Gloria», o cuando este no está, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada «colecta», por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año (cf Ibíd., 54). Con la invitación «oremos», el sacerdote insta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en presencia de Dios y hacer emerger, a cada uno en su corazón, las intenciones personales con las que participa en la misa (cf. Ibíd., 54). El sacerdote dice «oremos»; y después, viene un momento de silencio y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir en la oración.
El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a la disposición a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del sagrado silencio depende del momento en el que tiene lugar: «Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la comunión, alaban a Dios en su corazón y oran» (Ibíd., 45). Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. He ahí entonces la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor. Tal vez venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedir que nos esté cercano; tenemos amigos o familiares enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción haciendo de hecho «la colecta» de las intenciones. Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir deprisa: «oremos» y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma. El sacerdote recita esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos extendidos y la actitud del orante, asumida por los cristianos desde el final de los primeros siglos —como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas— para imitar al Cristo con los brazos abiertos sobre la madera de la cruz. Y allí, Cristo es el Orante y es también la oración. En el crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios la oración que desea, es decir, la obediencia filial.
En el Rito Romano, las oraciones son concisas pero ricas de significado: se pueden hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, incluso fuera de la misa puede ayudarnos a aprender cómo dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.
Tomado de:
http://w2.vatican.va/
La Santa Misa: El acto penitencial
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 3 de enero de 2018
Miércoles, 3 de enero de 2018
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Retomando las catequesis sobre la celebración eucarística, consideramos hoy, en nuestro contexto de los ritos de introducción, el acto penitencial. En su sobriedad, esto favorece la actitud con la que disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, o sea, reconociendo delante de Dios y de los hermanos nuestros pecados, reconociendo que somos pecadores. La invitación del sacerdote, de hecho, está dirigida a toda la comunidad en oración, porque todos somos pecadores. ¿Qué puede donar el Señor a quien tiene ya el corazón lleno de sí, del propio éxito? Nada, porque el presuntuoso es incapaz de recibir perdón, lleno como está de su presunta justicia. Pensemos en la parábola del fariseo y del publicano, donde solamente el segundo —el publicano— vuelve a casa justificado, es decir perdonado (cf Lucas 18, 9-14). Quien es consciente de las propias miserias y baja los ojos con humildad, siente posarse sobre sí la mirada misericordiosa de Dios. Sabemos por experiencia que solo quien sabe reconocer los errores y pedir perdón recibe la comprensión y el perdón de los otros. Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos son distantes de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son a menudo mundanas, guiadas por elecciones contrarias al Evangelio. Por eso, al principio de la misa, realizamos comunitariamente el acto penitencial mediante una fórmula de confesión general, pronunciada en primera persona del singular. Cada uno confiesa a Dios y a los hermanos «que ha pecado en pensamiento, palabras, obra y omisión». Sí, también en omisión, o sea, que he dejado de hacer el bien que habría podido hacer. A menudo nos sentimos buenos porque —decimos— «no he hecho mal a nadie». En realidad, no basta con hacer el mal al prójimo, es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús. Está bien subrayar que confesamos tanto a Dios como a los hermanos ser pecadores: esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que, mientras nos separa de Dios, nos divide también de nuestros hermanos, y viceversa. El pecado corta: corta la relación con Dios y corta la relación con los hermanos, la relación en la familia, en la sociedad, en la comunidad: El pecado corta siempre, separa, divide.
Las palabras que decimos con la boca están acompañadas del gesto de golpearse el pecho, reconociendo que he pecado precisamente por mi culpa, y no por la de otros. Sucede a menudo que, por miedo o vergüenza, señalamos con el dedo para acusar a otros. Cuesta admitir ser culpables, pero nos hace bien confesarlo con sinceridad. Confesar los propios pecados. Yo recuerdo una anécdota, que contaba un viejo misionero, de una mujer que fue a confesarse y empezó a decir los errores del marido; después pasó a contar los errores de la suegra y después los pecados de los vecinos. En un momento dado, el confesor dijo: «Pero, señora, dígame, ¿ha terminado? — Muy bien: usted ha terminado con los pecados de los demás. Ahora empiece a decir los suyos». ¡Decir los propios pecados!
Después de la confesión del pecado, suplicamos a la beata Virgen María, los ángeles y los santos que recen por nosotros ante el Señor. También en esto es valiosa la comunión de los santos: es decir, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» (Prefacio del 1 de noviembre) nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado será definitivamente anulado.
Además del «Yo confieso», se puede hacer el acto penitencial con otras fórmulas, por ejemplo: «Piedad de nosotros, Señor / Contra ti hemos pecado. / Muéstranos Señor, tu misericordia. / Y dónanos tu salvación» (cf. Salmo 123, 3; 85, 8; Jeremías 14, 20). Especialmente el domingo se puede realizar la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo (cf. OGMR, 51), que cancela todos los pecados. También es posible, como parte del acto penitencial, cantar el Kyrie eléison: con una antigua expresión griega, aclamamos al Señor –Kyrios– e imploramos su misericordia (ibid., 52).
La Sagrada escritura nos ofrece luminosos ejemplos de figuras «penitentes» que, volviendo a sí mismos después de haber cometido el pecado, encuentran la valentía de quitar la máscara y abrirse a la gracia que renueva el corazón. Pensemos en el rey David y a las palabras que se le atribuyen en el Salmo. «Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito» (51, 3). Pensemos en el hijo pródigo que vuelve donde su padre; o en la invocación del publicano: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lucas 18, 13). Pensemos también en san Pedro, en Zaqueo, en la mujer samaritana. Medirse con la fragilidad de la arcilla de la que estamos hechos es una experiencia que nos fortalece: mientras que nos hace hacer cuentas con nuestra debilidad, nos abre el corazón a invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es lo que hacemos en el acto penitencial al principio de la misa.
Tomado de:
http://w2.vatican.va/
Navidad del Señor Jesús
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 27 de diciembre de 2017
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera detenerme con vosotros sobre el significado de la Navidad del Señor Jesús, que en estos días estamos viviendo en la fe y en las celebraciones.
La construcción del pesebre y, sobre todo, la liturgia, con sus Lecturas bíblicas y sus cantos tradicionales, nos han hecho revivir «el hoy» en el que «os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lucas 2, 11). En nuestros tiempos, especialmente en Europa, asistimos a una especie de «desnaturalización» de la Navidad: en nombre de un falso respeto que no es cristiano, que a menudo esconde la voluntad de marginar la fe, se elimina de la fiesta toda referencia al nacimiento de Jesús. Pero en realidad ¡este evento es la única verdadera Navidad! Sin Jesús no hay Navidad; es otra fiesta, pero no la Navidad. Y si en el centro está Él, entonces también todo el entorno, es decir las luces, los sonidos, las distintas tradiciones locales, incluidas las comidas características, todo contribuye a crear la atmósfera de la fiesta, pero con Jesús en el centro. Si le quitamos a Él, la luz se apaga y todo se convierte en fingido, aparente.
A través del anuncio de la Iglesia, nosotros, como los pastores del Evangelio (cf. Lucas 2, 9), somos guiados para buscar y encontrar la verdadera luz, la de Jesús que, hecho hombre como nosotros, se muestra de forma sorprendente: nace de una pobre chica desconocida, que da a luz en un establo, solo con la ayuda del marido... El mundo no se da cuenta de nada, pero ¡en el cielo los ángeles que lo saben exultan! Y es así que el Hijo de Dios se presenta también hoy a nosotros: como el don de Dios para la humanidad que está inmersa en la noche y en el torpor del sueño (cf. Isaías 9, 1). Y todavía hoy asistimos al hecho de que a menudo la humanidad prefiere la oscuridad, porque sabe que la luz desvelaría todas esas acciones y esos pensamientos que harían enrojecer y remorder la conciencia. Así, se prefiere permanecer en la oscuridad y no revolver las propias costumbres equivocadas.
Nos podemos preguntar entonces qué significa acoger el don de Dios que es Jesús. Como Él mismo nos ha enseñado con su vida, significa convertirse diariamente en un don gratuito para aquellos que se encuentran en el propio camino. Es por esto que en Navidad se intercambian regalos. El verdadero don para nosotros es Jesús, y como Él, queremos ser don para los otros. Y, como nosotros queremos ser don para los otros, intercambiamos regalos, como signo, como señal de esta actitud que nos enseña Jesús: Él, enviado por el Padre, ha sido don para nosotros, y nosotros somos don para los otros. El apóstol Pablo nos ofrece una clave de lectura sintética, cuando escribe —es bonito este paso de Pablo—: «Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad» (Tito 2, 11-12). La gracia de Dios «apareció» en Jesús, rostro de Dios, que la Virgen María dio a luz como cualquier niño de este mundo, pero que no ha venido «de la tierra», ha venido «del Cielo», de Dios. De esta manera, con la encarnación del Hijo, Dios nos ha abierto el camino de la vida nueva, fundada no sobre el egoísmo sino sobre el amor. El nacimiento de Jesús es el gesto de amor más grande de nuestro Padre del Cielo. Y, finalmente, un último aspecto importante: en Navidad podemos ver cómo la historia humana, movida por los poderosos de este mundo, es visitada por la historia de Dios. Y Dios involucra a aquellos que, confinados a los márgenes de la sociedad, son los primeros destinatarios de su don, es decir —el don— la salvación traída por Jesús. Con los pequeños y despreciados, Jesús establece una amistad que continúa en el tiempo y que nutre la esperanza por un futuro mejor. A estas personas, representadas por los pastores de Belén a los que «la gloria del Señor los envolvió en su luz» (Lucas 2, 9-12). Ellos eran marginados, estaban mal vistos, despreciados y a ellos se les apareció la gran noticia por primera vez. Con estas personas, con los pequeños y los despreciados, Jesús establece una amistad que continúa en el tiempo y que nutre la esperanza por un futuro mejor. A estas personas, representadas por los pastores de Belén, les aparece una gran luz, que les conduce directos a Jesús. Con ellos, en cada tiempo, Dios quiere construir un mundo nuevo, un mundo en el que ya no haya personas rechazadas, maltratadas e indigentes. Queridos hermanos y hermanas, en estos días abramos la mente y el corazón para acoger esta gracia. Jesús es el regalo de Dios para nosotros y si lo acogemos, también nosotros podemos convertirnos en lo mismo para los demás —ser regalo de Dios para los demás— antes que nada para aquellos que nunca han experimentado atención y ternura. Pero cuánta gente en la propia vida nunca ha experimentado una caricia, una atención de amor, un gesto de ternura... La Navidad nos empuja a hacerlo. Así Jesús nace de nuevo en la vida de cada uno de nosotros y a través de nosotros, continúa siendo regalo de salvación para los pequeños y los excluidos.
Tomado de:
http://w2.vatican.va/
La Santa Misa: Ritos de Introducción
PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles 20 de diciembre de 2017
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
Hoy quisiera entrar en el vivo de la celebración eucarística. La misa está formada de dos partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre ellas que forman un único acto de culto (cf. Sacrosanctum Concilium, 56; Instrucción General del Misal Romano, 28). Introducida por algunos ritos preparatorios y concluida por otros, la celebración es por tanto un único cuerpo y no se puede separar, pero para una mejor comprensión trataré de explicar sus diferentes momentos, cada uno de los cuales es capaz de tocar e implicar una dimensión de nuestra unidad. Es necesario conocer estos santos signos para vivir plenamente la misa y saborear toda su belleza.
Cuando el pueblo está reunido, la celebración se abre con los ritos introductorios, incluidas la entrada de los celebrantes o del celebrante, el saludo — «El Señor esté con vosotros», «La paz esté con vosotros» —, el acto penitencial — «Yo confieso», donde nosotros pedimos perdón por nuestros pecados—, el Kyrie eleison, el himno del Gloria y la oración colecta: se llama «oración colecta» no porque allí se hace la colecta de las ofrendas: es la colecta de las intenciones de oración de todos los pueblos; y esa colecta de las intenciones de los pueblos sube al cielo como oración. Su fin —de estos ritos introductorios— es hacer «que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía» (Instrucción General del Misal Romano, 46). No es una buena costumbre mirar el reloj y decir: «Voy bien de hora, llego después del sermón y con esto cumplo el precepto». La misa empieza con la señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque allí empezamos a adorar a Dios como comunidad. Y por esto es importante prever no llegar tarde, más bien antes, para preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad.
Mientras normalmente tiene lugar el canto de ingreso, el sacerdote con los otros ministros llega en procesión al presbiterio, y aquí saluda el altar con una reverencia y, en signo de veneración, lo besa y, cuando hay incienso, lo inciensa. ¿Por qué? Porque el altar es Cristo: es figura de Cristo. Cuando nosotros miramos al altar, miramos donde está Cristo. El altar es Cristo. Estos gestos, que corren el riesgo de pasar inobservados, son muy significativos, porque expresan desde el principio que la misa es un encuentro de amor con Cristo, el cual «por la ofrenda de su Cuerpo realizada en la cruz […] se hizo por nosotros sacerdote, altar y víctima» (prefacio pascual V). El altar, de hecho, en cuanto signo de Cristo, «es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía» (Instrucción General del Misal Romano, 296), y toda la comunidad en torno al altar, que es Cristo; no por mirarse la cara, sino para mirar a Cristo, porque Cristo es el centro de la comunidad, no está lejos de ella.
Después está el signo de la cruz. El sacerdote que preside lo hace sobre sí y hacen lo mismo todos los miembros de la asamblea, conscientes de que el acto litúrgico se realiza «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y aquí paso a otro tema pequeñísimo. ¿Vosotros habéis visto como se hacen los niños la señal de la cruz? No saben qué hacen: a veces hacen un gesto, que no es el gesto de la señal de la cruz. Por favor: mamá y papá, abuelos, enseñad a los niños, desde el principio —de pequeños— a hacer bien la señal de la cruz. Y explicadle qué es tener como protección la cruz de Jesús. Y la misa empieza con la señal de la cruz. Toda la oración se mueve, por así decir, en el espacio de la Santísima Trinidad —«En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo»—, que es espacio de comunión infinita; tiene como origen y como fin el amor de Dios Uno y Trino, manifestado y donado a nosotros en la Cruz de Cristo. De hecho su misterio pascual es don de la Trinidad, y la eucaristía fluye siempre de su corazón atravesado. Marcándonos con la señal de la cruz, por tanto, no solo recordamos nuestro Bautismo, sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo Jesús, que por nosotros se ha encarnado, ha muerto en la cruz y ha resucitado glorioso.
El sacerdote, por tanto, dirige un saludo litúrgico, con la expresión: «El Señor esté con vosotros» u otra parecida —hay varias—, y la asamblea responde: «Y con tu espíritu». Estamos en diálogo; estamos al principio de la misa y debemos pensar en el significado de todos estos gestos y palabras.
Estamos entrando en una «sinfonía», en la cual resuenan varias tonalidades de voces, incluido tiempos de silencio, para crear el «acuerdo» entre todos los participantes, es decir reconocerse animados por un único Espíritu y por un mismo fin. En efecto «con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada» (Instrucción General del Misal Romano, 50). Se expresa así la fe común y el deseo mutuo de estar con el Señor y vivir la unidad con toda la comunidad.
Y esta es una sinfonía orante, que se está creando y presenta enseguida un momento muy tocante, porque quien preside invita a todos a reconocer los propios pecados. Todos somos pecadores. No lo sé, quizá alguno de vosotros no es pecador... Si alguno no es pecador que levante la mano, por favor, así todos lo vemos. Pero no hay manos levantadas, va bien: ¡tenéis buena la fe! Todos somos pecadores; y por eso al inicio de la misa pedimos perdón. Y el acto penitencial. No se trata solamente de pensar en los pecados cometidos, sino mucho más: es la invitación a confesarse pecadores delante de Dios y delante de la comunidad, delante de los hermanos, con humildad y sinceridad, como el publicano en el templo. Si realmente la eucaristía hace presente el misterio pascual, es decir el pasaje de Cristo de la muerte a la vida, entonces lo primero que tenemos que hacer es reconocer cuáles son nuestras situaciones de muerte para poder resurgir con Él a la vida nueva. Esto nos hace comprender lo importante que es el acto penitencial. Y por esto retomaremos el argumento en la próxima catequesis.
Vamos paso a paso en la explicación de la misa. Pero os pido: ¡enseñad bien a los niños a hacer la señal de la cruz, ¡por favor!
Tomado de:
http://w2.vatican.va/
El llamado de los primeros discípulos
P. Adolfo Franco, S.J.
TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO III
Mc 1, 14-20
Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en la Buena
Nueva.»
Iba Jesús bordeando el mar de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano Andrés largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.»
Ellos dejaron las redes al instante y le siguieron.
Continuó caminando un poco y vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en la barca arreglando las redes.
Al instante los llamó, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.
Palabra de Dios
La conversión que nos pide el Señor es un proceso que no termina nunca; siempre hay algo más que convertir.
En estos versículos del capítulo inicial de San Marcos, aparece la primera predicación de Jesús y la convocatoria de los primeros apóstoles: dos grupos de hermanos, Pedro y Andrés por un lado, y Juan y Santiago por el otro; los cuatro pescadores galileos.
Reflexionando sobre el contenido de la primera predicación de Jesús, nos damos cuenta de la brevedad del mensaje; muy breve, pero viene a ser el resumen de todo lo que nos dirá en sus tres años de predicación. Se trata de una invitación a la conversión. Pero nos dice que hay que convertirse porque ha llegado el comienzo de los “tiempos nuevos”. Para poder entrar en esa nueva dinámica, los “tiempos nuevos”, hace falta transformar el corazón en lo más profundo. La novedad que Dios regala al mundo, cuando envía a su propio Hijo es tan grande, que hace falta una completa transformación (conversión) de las personas. Esto es especialmente válido para los que tenían una mentalidad anquilosada por los reglamentos religiosos que habían ido introduciendo los jefes religiosos de Israel, desde hacía mucho tiempo. Y es válido para los que hoy tiene también esa mente rígida, que no acepta la novedad de Dios.
Había que pasar de la ley al espíritu de la ley: cuántos choques tendrá Jesús por intentar hacer caer en la cuenta a todos, pueblo y dirigentes, de esta verdad tan simple. Hay que ir de la norma al espíritu, sin el cual la norma no tiene sentido: santificar el día de Dios, no puede impedir la curación de un enfermo en sábado; esto tendrá que afirmarlo Jesús en varios momentos, ante los fariseos que acechaban continuamente al Maestro para condenarlo. Dios no va a pensar que se le está ofendiendo si alguien come unas espigas en sábado después de arrancarlas. No puede ser más importante la limosna al templo, que los deberes económicos de los hijos con los propios padres. Hay toda una serie de intervenciones de Jesús en su vida, en que quiere aclarar las obligaciones morales y religiosas, y que chocaban con la mentalidad de sus oyentes. Por eso hacía falta un cambio completo, la conversión. Y si hace falta la conversión para entender la explicación profunda que Jesús da a la ley antigua, más hace falta convertirse para captar la novedad de su mensaje: para darse cuenta de que hay que amar incluso a los que nos persiguen; de que los preferidos de Dios son los niños y los pobres; de que hay que acercarse a los pecadores, para poder ayudarles. Hace falta conversión para no exhibir la propia justicia, la propia oración, el ayuno o la limosna. Hay que hacer una fuerte conversión para no considerarse mejor que los demás, para entender que el corazón del hombre es más templo de Dios que el Templo de Jerusalén.
Esto es por lo que se refiere a la conversión de los oyentes judíos que tenían estructurada una forma muy diferente de su relación con Dios, a través de la Ley. Pero también a nosotros que no somos de religión judía, y que estamos en otra época, nos hace falta la conversión, para entrar en los “tiempos nuevos”. Y conversión de la mente y del corazón. El Evangelio está lleno de enseñanzas que nos desafían la mente y el corazón y que nos exigen conversión: por eso muchas de las enseñanzas de Jesús parecen paradojas, a veces parecen incomprensibles y hasta llegamos a pensar que el Evangelio contradice al sentido común. Por eso hay que convertirse para entrar en los “tiempos nuevos” la novedad que viene a traernos Dios, lleno de misericordia por nosotros.
Hace falta conversión para poder aceptar que los primeros serán los últimos, y los últimos primeros. Sólo Dios puede hacernos entender que hay que perdonar hasta setenta veces siete. Sólo alguien que ha recibido la gracia de la conversión puede percibir la verdad de que la riqueza es una seria dificultad para entrar en el reino de los cielos. Que son bienaventurados los perseguidos y los pacíficos. Que la senda que conduce al Reino es la senda estrecha, y el camino es empinado. Y yendo a la raíz de todo necesitamos de una conversión profunda, para darnos cuenta de que todo en nuestra salvación es gracia, don espontáneo de Dios, en lo que no tenemos la iniciativa, que lo que importa no es cuánto amamos a Dios, sino cuánto Dios mismo nos ama
Y esta misma conversión es una gracia: dejarse modelar con docilidad por Dios, que es el que conoce los secretos del corazón y el que puede hacer de las piedras hijos de Abraham con la misma facilidad con que da de comer a cinco mil hombres con cinco panes, y con la misma facilidad con que dice a un paralítico: levántate y anda.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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La vocación de los primeros discípulos
P. Adolfo Franco, S.J.
TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO II
Jn 1, 35-42
Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dijo: «He ahí el Cordero de Dios». Al oírle hablar así, los dos discípulos siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les preguntó: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que quiere decir ‘Maestro’—, ¿dónde vives?» Les respondió:
«Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Andrés encuentra primero a su propio hermano, Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» —que quiere decir, Cristo—. Y le llevó donde Jesús. Fijando Jesús su mirada en él, le dijo:«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» —que quiere decir ‘Piedra’—.
Palabra de Dios
La vocación de los primeros seguidores adelanta la historia de todos los que dejarán todo para seguir a Jesús.
La vocación de los primeros apóstoles es lo que nos narra este párrafo del evangelio de San Juan. Podríamos intentar entrar en el ambiente en que se producen estas vocaciones, en las motivaciones que tienen los apóstoles, en el modo de proceder de Jesús, y en lo que fueron sintiendo los privilegiados que recibieron ese llamado. Es el primer llamado que hacía el Mesías cuando estaba empezando a poner por obra el plan encomendado por su Padre.
En el caso de Jesús: había dejado el refugio del hogar no hacía mucho tiempo y había estado en el desierto, después de ser bautizado en el Jordán. Ya se terminaban los preparativos, y ahora había que empezar, el tiempo se le haría corto, tres años escasos, para tanta tarea. Y le llenaban el corazón las emociones: va a empezar la obra de su Padre, y con su Padre; va a poner en marcha la salvación que llenará el mundo hasta el final de los años y de los siglos. Empezar por escoger un grupo, que serán sus íntimos, que compartirán su vida, que serán el terreno fecundo donde quedará la semilla, para que de ahí al fin brote con vitalidad exuberante, hasta convertirse en una viña que llenará el mundo de racimos.
Estos sentimientos llenaban su corazón en estos días iniciales. Y estando todavía en el desierto, pasa cerca de Juan Bautista, que sigue atendiendo la fila de pecadores que necesitan una palabra de aliento y de conversión. Juan detiene su trabajo al verlo de nuevo, intuía quién era ese hombre que respiraba vida nueva. Lo señala y lo proclama: es el Mesías, y dos de los seguidores de Juan se salen del grupo, para seguir las huellas que Jesús va dejando en la arena del desierto por donde camina. Se sienten atraídos, les ha fascinado su rostro y su mirada. Y Jesús, aunque camina como desinteresado en los que lo siguen, ve lo que pasa, y los invita a que le sigan.
Se ha producido el comienzo: Jesús siente un afecto especial por estos dos seguidores, sus dos primeras conquistas. Hombres rudos, nobles, hombres firmes. Habrá que tallarlos, habrá que sacar de ellos lo mejor que hay dentro de ellos; pero El lo sabrá hacer. Se ha establecido el lazo del amor. Y ellos, aunque no lo saben, son los primeros. La trascendencia de su papel les es desconocida. Pero han sentido dentro una llamada. Esto lo estaban esperando, algo así les tenía que pasar y ha pasado. Y la felicidad les inunda la vida. Han empezado a adquirir conciencia de que tienen una tarea, ya saben a qué dedicar su vida, y a Quien entregarle la vida.
La felicidad que tienen es tanta que no les cabe y se les descubre por su mirada y por su sonrisa. Los que los encuentran se dan cuenta de que algo les ha pasado. Vaya si les ha pasado: ¡han encontrado al Mesías! El que tantas personas de tantos tiempos andaban buscando, ellos, pobres pescadores, lo han encontrado, y han sido envueltos por su afecto y por su llamado. Les ha pedido la vida y se la han dado y no han hecho muchas preguntas, no han tenido tiempo para hacer cálculos: el amor les ha invadido.
Simón, el hermano de Andrés, ha quedado asombrado con lo que ha pasado con su hermano. Y siente un impulso imposible de parar, necesita encontrarse con ese “desconocido” que ha convertido a su hermano en una hoguera. Y cuando se encuentran, hay una mirada muy especial de Simón a Jesús, y de Jesús a Simón: Jesús estaba esperando precisamente a este hombre: ya tiene la base firme para empezar a construir. Y le dice: Simón tú te llamas piedra, sobre ti apoyaré el edificio que necesito levantar.
En Pedro ¿qué sentimientos surgieron? Sentirse tan especialmente señalado por este Hombre, que era un desconocido y ahora parece que lo conociera desde su primer aliento de vida. Con un amigo así, Pedro se atreverá a caminar sobre las aguas, y a surcar las tempestades; deberá ser labrado (a veces a golpes duros) para poder ser la roca adecuada en que se apoye el edificio, que este Hombre ha de construir.
Y así fueron sumándose en rápida sucesión el grupo que acompañará a Jesús a todas partes, durante tres años, y que irán recogiendo en sus corazones sus obras y sus palabras, para alimentar después de Vida Verdadera a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los países.
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Epifanía del Señor
P. Adolfo Franco, S.J.
Mateo 2, 1-12
Jesús nació en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes. Unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo.» El rey Herodes, al oírlo, se sobresaltó, y con él toda Jerusalén. Así que convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le respondieron: «En Belén de Judea, porque así lo dejó escrito el profeta:
Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.»
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y, gracias a sus datos, pudo precisar el tiempo de la
aparición de la estrella. Después los envió a Belén con este encargo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino. La estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre. Entonces se postraron y lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Pero, avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino.
Palabra de Dios.
La fiesta que decimos de los Reyes Magos, es la que la Iglesia oficialmente señala como la Epifanía del Señor; porque lo importante no son los Reyes Magos, sino la “manifestación” (eso significa epifanía) del Señor a todos los pueblos de la tierra, significados por estos misteriosos magos venidos del oriente.
La narración de San Mateo nos desafía a examinar nuestro propio recorrido, a ver si lo hacemos como ellos hasta encontrar al Niño, junto a su Madre, para adorarlo y abrirle nuestros cofres.
¿Ha pasado alguna vez una estrella por nuestro cielo? Una vez que aparece la estrella se producen unos deseos irresistibles de seguirla. Te encuentras que tu cielo de repente aparece más luminoso, y que la estrella te hace señas. Sabes en el fondo de tu ser que es un mensaje y una invitación. Hay muchas estrellas que adornan los cielos, pero ésta es una estrella especial. Así lo sintieron esos misteriosos personajes, que dejaron todo para seguir detrás de la estrella, en cuanto ésta se puso en camino.
La estrella les llamaba, y sentían alguna dificultad, porque para seguirla había que dejar toda la seguridad en que vivían para aventurarse en una empresa incierta y arriesgada. Y con algunos titubeos y recelos se pusieron finalmente en camino. Un camino que la estrella marcaba: ellos la seguían dócilmente, y sin preguntar. El camino a veces iba por las montañas y era incómodo, y a veces atravesaba desiertos secos y hostiles. Los magos siguieron la estrella, mientras ella estuvo presente.
Pero en la aventura, mientras la estrella está visible en el horizonte, no hay problema, porque de ella dimana la paz y la seguridad. Pero cuando se oculta uno puede pensar si lo de la estrella no fue más que un sueño. Y ahora, ya no hay estrella ¿es que se ocultó, o es que nunca la hubo y me guié por un espejismo? Pero fue verdad no fue un sueño, pero ya no hay indicadores del camino, y si quiero seguir adelante, hay que preguntar. Y seguir insistiendo, porque se presiente que la estrella fue real y conduce al Niño que ha nacido como Rey de Israel. Y así lo hicieron los magos. Y así hay que actuar cuando tienes la suerte de encontrar tu estrella que te quiere guiar, a donde ha nacido el Niño que es el Rey de los judíos.
Y cuando lo encuentres, porque lo vas a encontrar, querrás adorarlo. Y aparecerá de la forma más simple, porque es un rey diferente: está en brazos de su Madre, completamente indefenso y necesitado. Pero al verlo sientes que estás delante del misterio mismo de Dios: ¿qué sentiría Moisés ante la zarza ardiente? Que estaba ante la esencia misma de Dios. Y a estos grandes personajes, al ver al niño, se les doblaron casi insensiblemente las rodillas y se postraron. Adorar al niño, a eso te quiere llevar tu estrella. Vivir adorándolo, y saber que la vida era para eso.
Y abrieron sus cofres y vaciaron su contenido: oro, incienso y mirra. Vaciar el cofre es lo que se hace al adorar, porque se adora con el corazón, con la vida entregada en su totalidad. Y se siente la necesidad de vaciar todo el cofre a los pies de este Niño, como lo hicieron los magos. Oro, incienso y mirra.
Y se volvieron a su tierra sin oro. Habían encontrando el tesoro de la pobreza, pues éste es el regalo del Niño que nace en un pesebre. Ese es un tesoro que pesa menos y vale más. Su incienso, el humo aromático de la propia vida, convertido en oración, y que estará siempre presente ante el Niño; allí se ha quedado también el incienso. Y la mirra que sirve para embalsamar, y perfumar para convertir en amor las espinas de la vida. Todo eso entregado al Niño que está en brazos de su Madre, es la ofrenda de una persona que encontró su estrella y que vivió para seguirla.
Y estos tres magos, que dejaron todas sus riquezas a los pies del Niño, vuelven llenos de otras riquezas.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.
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¡FELIZ AÑO NUEVO 2018!
Que el Señor te bendiga y te proteja.
Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia.
Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz.
Nm 6, 24-26
Que a todos conceda Dios, nuestro Padre,
un año de bendición,
que les comunique la dulzura y la fuerza de su Espíritu y
que su apostolado sea seguido del fruto de un amor
abundante a Cristo y a su Iglesia.
P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J. y equipo.
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