Cristología II - 5° Parte: El Misterio de la Encarnación - La forma del Siervo



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


3.­3. LA FORMA DE SIERVO
         
S. Pablo, hablando de Jesucristo dice: "Se manifestó en todo su porte como hombre". Filp 2, 7. La Iglesia, en su magisterio, mantuvo siempre la enseñanza revelada en la Sagrada Escritura: Jesús es, sin duda, verdadero Hijo de Dios y verdadero Dios, pero al mismo tiempo es verdadero hombre: "íntegro en cuanto a la divinidad e íntegro en cuanto a la humanidad, consubstancial con el Padre, según la divinidad y consubstancial con nosotros según la humanidad, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado (Hebr 4, 15)". Denz.148.
         
En la historia del dogma cristológico se observa que: la fe misma en la divinidad de Jesús ocasionó una tendencia a negar su humanidad, porque parecía imposible que Dios se hiciese hombre (docetismo); más tarde la oposición se redujo a suprimir en Jesús lo específicamente humano la existencia de un alma racional humana, (apolinarismo) y cuando de vio que esto era imposible se trató de limitar al mínimo la actividad propia de la humanidad de Cristo, imaginándola como un instrumento inerte de la persona divina del Verbo, (monofisimo y monotelismo).
         
La Iglesia afirma: que Jesucristo asumió una verdadera naturaleza humana. Fue verdadero hombre, en todo, menos en el pecado. Es decir, un hombre real y verdadero como nosotros, Jn,1,14: "El Verbo se hizo carne...".
         
Las características específicas de la humanidad de Cristo ya las vimos en la primera parte del tratado al hablar de la verdadera humanidad de Cristo.
         
S. Pablo dice en Filp 2, 6-7: dice: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre". Así pues, Jesús es nuestro hermano, no solamente porque es un hombre semejante a nosotros con semejanza específica de naturaleza, sino además, "porque es carne y sangre nuestra", "carne y huesos de nuestra carne y hueso", Gen 29,13-15; Hebr 2, 14. Dios no creó a Jesús de una naturaleza humana especial, distinta a la nuestra, es decir, de otro material, como diría S. Ireneo de Lyon, sino que, porque había que sanar y "recapitular" precisamente lo que por Adán se había corrompido (pecado original), el nacimiento virginal de María no desmiente la pertenencia a nuestra familia humana. Y el Hijo de Dios, al encarnarse, se sumerge en todo el espesor de la existencia humana, limitaciones, dolor, sufrimiento, y muerte, todo ello como consecuencia del pecado. Es lo que S. Pablo expresa con una frase muy dura al decir: "El Padre envía su Hijo en carne semejante a la nuestra, carne de pecado", Rom 8, 3.
         
Así pues, el Hijo de Dios no se encarnó en una humanidad glorificada e impasible a las miserias humanas, sino que asumió naturaleza humana débil, humillada y despojada de todo esplendor. Es lo que S. Pablo nos manifiesta en el himno cristológico de Filp 2, 6-11: Se trata de la "kénosis", (vaciamiento). En esta kénosis no se trata de una pérdida de los atributos divinos propios de la divinidad de Cristo, porque no deja de ser Dios al hacerse hombre, la encarnación no desdiviniza al Hijo, sino que lo humaniza. El misterio  consiste en que Jesucristo es "verdaderamente Dios, íntegro en su divinidad, consustancial con el Padre", y al mismo tiempo "es verdaderamente hombre, íntegro en su humanidad, consustancial con nosotros". Denz 148.
         
La kénosis afecta a la persona divina del Hijo, en cuanto hacerse hombre, acepta un modo de existencial totalmente humano "a lo Dios", sino también, "a lo hombre"; porque se resigna su filiación divina en un plano inferior al divino: en el plano humano. Y este plano humano es el de la limitación propia de la naturaleza el trabajo, el esfuerzo, el dolor y finalmente, la muerte. Por eso hay no sólo kénosis del Verbo en cuanto Dios, sino también de Cristo en cuanto hombre porque con su voluntad humana renuncia ­a la gloria del Señor para vivir la vida de Siervo de Yahvé.


3.4. EL DIOS - HOMBRE
         
La doble afirmación de la verdadera divinidad y de la verdadera humanidad del Hijo de Dios hecho hombre, nos hace abordar ahora el problema de la "relación" y "unión" de lo divino y de lo humano en aquel que con un único vocablo llamamos: Jesucristo.
         
En el Concilio de Efeso se definió que el Verbo divino se había hecho hombre, no por un cambio o transformación suya, sino en virtud de una unión no meramente efectiva, sino real, es decir, la gracia de unión hipostáti­ca: que es la gracia de unión de la naturaleza humana y de la naturaleza divina en la unidad de la Persona del Verbo. Constituyendo un único Jesucristo e Hijo, por razón de la unión misteriosa e inefable en una sola persona. Veinte años después el Concilio de Calcedonia perfila más la fórmula dogmática diciendo: "uno y el mismo Cristo en dos ­naturalezas inconfusa e inmutablemente, indivisa e inseparablemente... unidas en una única Persona y una única hipóstasis". Denz 148. Y la doctrina así definida se afirma "ser conforme a la enseñanza de Jesucristo y del Símbolo de los Padres" (Concilios de Nicea y Constantinopla). En él se profesa la fe "en el único Señor Jesucristo, Hijo de Dios, unigénito, en­gendrado del Padre... , consustancial con el Padre... el cual (Jesucristo) ... por nuestra salvación se encarnó e hizo hombre". Denz 40.
         
Así, pues, en Jesucristo no pueden distinguirse dos sujetos, uno que sea Dios nacido en la eternidad del Padre, y otro que sea hombre nacido de la V. María; sino que uno mismo y único sujeto el Dios-Hijo es hijo de María, la "Theotókos", (theos = Dios, Tokos = madre), la madre de Dios-Hombre. Esto es lo que quiso expresar el Concilio de Calcedonia, al definir la unidad de persona en la dualidad de naturalezas, o inversamente, la dualidad de naturalezas en la unidad de persona. Así, Jesucristo no es Dios en un hombre, sino Dios-Hombre.
         
En la fórmula del Concilio calcedonense se emplean dos términos "clave": "Persona" y "Naturaleza". Por "naturaleza" se entiende aquí la esencia y propiedad de una cosa, o el conjunto de características o cualidades o atributos o partes de una cosa. Así hablamos de naturaleza humanas naturaleza animal, etc.
         
En contraposición a "naturaleza" entendemos por "persona" al sujeto de quien es la naturaleza, el individuo de quien se enuncian como propias aquellas cualidades o partes. Expresado de otro modo: en la terminología clásica "persona" y "naturaleza" se distinguen como "quién" y "qué"; "alguien" o "algo". Aplicando estos conceptos a Jesucristo la idea que se quiere enunciar en la fórmula dogmática al hablar "de una persona en dos naturalezas", o "dos naturalezas en una persona", es "hipostáticamente" y quiere decir que en Jesucristo no hay más que un único "alguien" que posee una doble serie de algo; un único "quién" al que pertenece un doble género de "qué"; un único "yo" de quien es un doble conjunto de propiedades y acciones divinas y humanas.
         
En Jesucristo podemos y debemos distinguir lo divino de lo humano, pero no podemos disgregar dos "sujetos", dos "yo", a cada uno de los cuales corresponda una de aquellas dos líneas de cualidades y acciones; ni mucho menos podemos dividir un "yo divino" contrapuesto a un “yo humano",  Jesucristo es un solo "YO", el del Verbo divino que tiene dos naturalezas, la divina y la humana y cada una de las naturalezas obra según sus propiedades y características que le son propias. Conc. Lateranense (649).
         
En el NT. la relación de lo divino y lo humano en Jesucristo muestra la unidad e identidad de Jesús-Hijo como único poseedor de la condición divina y su modo de existencia humano. Es una relación soteriológica, es decir, dinámica. Lo encontramos en la frase: "No hay más que un sólo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él mismo, quien se entregó a sí mismo como rescate por todos". 1 Tim  2, 5-6. En los evangelios sinópticos llama la atención lo relativamente poco que habla Jesucristo sobre sí mismo, le interesan: únicamente Dios, a quien siempre llama "mi Padre", y los hombres, muy particularmente los pobres y los pecadores a quienes invita a la conversión y a la entrada en el Reino de Dios. Referente a sí mismo dice: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quiera revelárselo" , Mt 11, 27.
         
En el evangelio de Juan, sin embargo, las afirmaciones de Jesucristo sobre sí mismo son muy abundantes, predominando la forma: "YO", en griego = (eimi): ­"Yo soy el pan de vida". "Yo soy la luz del mundo". "Yo soy el buen pastor". "Yo soy la resurrección y la vida". "Yo soy el camino la verdad y la vida". Son afirmaciones que definen su puesto en relación con su Padre, (a quien nadie a visto) y los hombres. En Jesucristo habla obra el Padre para la salvación de los hombres, hasta el punto que llega a decir: "quien me ha visto a mí, ha visto a mi Padre", Jn 14, 10.
         
El Padre, está en Jesucristo y se nos presenta en él, como lo pudo estar presente en ninguno de los profetas y de los santos. Jesucristo porque procede de la esfera de lo divino puede mostrarnos el Padre y a la vez pertenece a nuestra esfera humana, porque sólo así puede ser transparencia de Dios para nosotros. Por ello Jesucristo en su encarnación no pudo ser redimido sino lo que Dios hizo suyo en su Hijo, y no pudo ser deificado sino lo que en Jesucristo fue unido con Dios. Así, el misterio de la economía salvífica nos revela que Dios sin perder su transcendencia inaccesible, ha saltado la distancia infinita que le separa de sus criaturas para comunicarse íntimamente a los hombres, esto lo ha hecho ''por" y "en" Jesucristo. Así Pablo puede decir: "Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo... como que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo",  y por eso, "el que está en Cristo, es una nueva criatura", 2 Cor.5,17-19.
         
La presencia del Padre en Cristo transciende y sobrepasa infinitamente todo otro modo de presencia  porque Dios-Padre está en Cristo como en su Hijo único, "el unigénito-Dios, que está en el seno del Padre", Jn.1,18. "Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo revele", Mt.11,27; "Nadie se acerca al Padre sino por mi", Jn 14, 6. Así el dogma de la unida interna del Dios-Hombre nos muestra el centro del misterio de la redención en el que el Padre nos salva "por Cristo" y "en Cristo", no por un hombre a secas sino por el Dios hecho Hombre, este es el "mediador" perfecto ya que Dios Padre a querido reconciliarse con los hombres por medio de su Hijo hecho hombre. El fin de la encarnación, como inicio del misterio de la redención no puede ser sino la comunicación del Padre como Padre a los hombres por medio de su Hijo-Hombre, que es Jesucristo. En otras palabras, Cristo no es el término último de la comunicación del Padre, sino el medio; mejor dicho, es el "mediador". Su mediación es perfecta e insuperable, él vez él es verdadero hombre. Así Dios Padre ella una nueva Alianza con los hombres en la mediación de su Hijo de la sangre de Jesucristo, Mt 26, 28.
         
Al contemplar así al Dios-Hombre comprendemos que Dios, en su infinita condescendencia, se ha comprometido verdaderamente con el género humano al darnos a su Hijo hecho hombre como nuestra salvación. Así el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, con la cooperación del Espíritu Santo es nuestro Salvador. Todo esto queremos decir al afirmar que Jesucristo como Dios-Hijo posee la experiencia de ser Dios, y como hombre hace la experiencia vital de ser verdadero hombre y se puede decir de él: el Dios- Hombre y el Hombre-Dios.


3.5. LA INTERVENCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
         
Después de haber estudiado la iniciativa del Padre y la encarnación del Hijo, nos preguntamos qué parte cabe al Espíritu Santo en este misterio. La respuesta nos la da S. Lucas, pues es sabido que en su Evangelio subraya con más frecuencia que Mt y Mc la presencia y actividad del Espíritu Santo. Así en la Anunciación del ángel a la V. María dice: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti... y por eso lo que nacerá de ti santo, será llamado Hijo de Dios". Lc 1, 35.
         
En efecto, Lucas, en los primeros capítulos de su evangelio señala la presencia del Espíritu Santo. Actúa sobre los personajes más cercanos al misterio de la encarnación. Veamos, el ángel promete a Zacarías el nacimiento del Precursor, Juan el Bautista, quien, "desde el seno materno estará lleno del Espíritu Santo", Lc 1, 15. Poco después, Isabel, ante la visita de su pariente la V. María y al recibir el saludo de María, "se llenó del Espíritu Santo... y exclamó con gran voz", Lc 1, 41-45. Simeón el anciano que había recibido del Espíritu Santo la promesa de no morir antes de haber contemplado con sus ojos al Mesías, "llevado por el Espíritu Santo", prorrumpe en alabanzas de Dios, Lc 2, 25-35.
         
Pero de quien el Espíritu Santo toma posesión de un modo especial es, de María. De ella nos escribe Lucas que está: "llena del Espíritu Santo", dará a luz el Hijo de Dios, por eso el Espíritu Santo descenderá sobre y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra". Lc 1, 35. María es "llena de gracia , la que ha encontrado favor delante de Dios". Lc 1, 28­
         
Dios la eligió con predilección particular para ser Madre del Hijo Dios, y puso en ella su amor, es decir, puso en ella su Espíritu Santo. Así María, fue enriquecida desde el primer instante de su concepción (inmaculada concepción) con esplendores de santidad del todo singular. Era pues necesario preparar a María para que, como dice S. León Magno: "engendrase al Hijo de Dios con el corazón antes que con su cuerpo". Era necesario infundirle aquella caridad a Dios y a los hombres que el Espíritu Santo difunde en los corazones, Rom 5, 5. Para colaborar en la obra más espiritual y sublime de las obras de Dios, era menester que María se moviese según el Espíritu Santo que moraba en ella, Rom 8, 4-9. María desde el instante mismo de su concepción fue consagrada para que en su seno deposite el Padre a su Hijo unigénito; y ha sido consagrada totalmente, en el cuerpo y en el alma, por la acción santificadora del Espíritu Santo.
         
Pero evidentemente donde el Espíritu Santo está presente de modo único es en el mismo Jesucristo. El Espíritu Santo es en la Santísima Trinidad, el lazo de amor entre el Padre y el Hijo. Esta unión íntima parecería romperse al ser enviado el Hijo y tener que "salir del lado de su Padre", para "descender" al mundo; pero esta aparente distanciación no quebranta la unión profunda del Hijo con su Padre: "el Padre no me abandona, no me deja solo". Jn 16, 32; 8, 16; porque el Hijo no deja un instante de estar "en el seno del Padre", y el Padre y el Hijo continúan amándose ininterrumpidamente, Jn 10, 17; 14, 31. Esta continuidad del lazo de amor entre el Padre y el Hijo durante su vida mortal lleva consigo la presencia del Espíritu Santo, que es precisamente el amor con que mutuamente se aman Padre e Hijo. La razón última es que el Espíritu Santo procede eterna­mente del Padre y del Hijo, y, siendo Jesucristo personalmente el Hijo de Dios, la presencia del Espíritu Santo en él se deriva necesariamente del origen intratrinitario del Espíritu; porque Jesucristo, al hacerse hombre, no ha perdido su identidad personal intratrinitaria.
         
El modo de intervención del Espíritu Santo en el misterio de la encarnación se concentra en los personajes centrales. En Jesús con una presencia "sin medida". En María, con una plenitud correspondiente a su maternidad divina, y más limitada y esporádicamente en Zacarías, Isabel y Simeón, como hemos visto.

         
En resumen: el Espíritu Santo, ni "envía" ni "viene" en el misterio de la encarnación, pero no puede estar ausente allí donde el Padre "envía" y el Hijo "viene". Y esto, no sólo porque la encarnación en lo que tiene de obra "ad extra" de la trinidad, es inseparablemente común a las tres personas divinas, sino además, porque en ella le corresponde una actividad conforme a sus propiedades personales. Su presencia no es una asistencia pasiva, sino una intervención positiva de santificación y de revelación. Porque la propiedad del Espíritu Santo es la de interiorizar, penetrar e impregnar, como impregna un ungüento o perfume, como penetra en lo íntimo el amor. Al interiorizar y penetrar, santifica y enciende la llama del amor que ilumina e inflama. El Espíritu Santo revela los misterios de Dios y da a conocer su sentido, 1 Cor 2, 10-12; y es él quien al difundirse en los corazones, prende en ellos la caridad, Rom 5, 5. Por eso interviene en este misterio: revelándoselo a almas escogidas para que profeticen: Zacarías, Isabel, Simeón; haciéndoselo amar a María para que consienta ser madre de Jesús; y en Jesucristo santificando "sin medida" su humanidad individual, para que también en ella conozca y ame al Padre, como el Padre le conoce y le ama, Mt 11, 27.





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La parábola del Buen Samaritano



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de abril de 2016




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 25). Jesús le pide que se dé a sí mismo la respuesta, y aquel la da a la perfección: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (v. 27). Y Jesús concluye: «Haz eso y vivirás» (v. 28).

Entonces aquel hombre hace otra pregunta, que se vuelve muy valiosa para nosotros: «¿Quién es mi prójimo?» (v. 29), y sobrentiende: «¿mis parientes? ¿Mis connacionales? ¿Los de mi religión?...». En pocas palabras, él quiere una regla clara que le permita clasificar a los demás en «prójimo» y «no-prójimo», en los que pueden convertirse en prójimo y en los que no pueden convertirse en prójimo.

Y Jesús responde con una parábola en la que convergen un sacerdote, un levita y un samaritano. Las dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro, es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó, el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los ladrones habían asaltado, saqueado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones símiles preveía la obligación de socorrerlo, pero ambos pasan de largo sin detenerse. Tenían prisa... El sacerdote, tal vez, miró su reloj y dijo: «Pero, llego tarde a la misa ... Tengo que celebrar la misa». Y el otro dijo: «Pero, no sé si la ley me lo permite, porque hay sangre y seré impuro...». Se van por otro camino y no se acercan. Y aquí la parábola nos da una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia sepa amar al prójimo. ¡No es automático! Puedes conocer toda la Biblia, puedes conocer todas las rúbricas litúrgicas, puedes aprender toda la teología, pero de conocer no es automático el amar: amar tiene otro camino, es necesaria la inteligencia pero también algo más... El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen. Sin embargo, no existe un verdadero culto si no se traduce en servicio al prójimo. No olvidemos nunca: frente al sufrimiento de mucha gente agotada por el hambre, la violencia y las injusticias, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, a esa mujer, a ese niño, a ese anciano o a esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero vamos al centro de la parábola: el samaritano, que es precisamente aquel despreciado, aquel por el que nadie habría apostado nada, y que igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban ligados al templo, sino que «tuvo compasión» (v. 33). Así dice el Evangelio: «Tuvo compasión», es decir, ¡el corazón, las entrañas se conmovieron! Esa es la diferencia. Los otros dos «vieron», pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón de Dios. De hecho, la «compasión» es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros y nuestros sufrimientos Él los siente. Compasión significa «padecer con». El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, que se haga la pregunta y responda en el corazón: «¿Yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con muchos problemas y tantas cosas?». Pensad en esto, y la respuesta es: «¡Sí!». Pero cada uno tiene que mirar en el corazón si tiene fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: es paciente y está siempre a nuestro lado.

El samaritano actúa con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a una posada, se hace cargo personalmente y provee para su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino que significa cuidar del otro hasta pagar en persona. Significa comprometerse realizando todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús da la vuelta a la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» (v. 36). La respuesta es finalmente inequívoca: «El que practicó la misericordia con él» (v. 37). Al comienzo de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al final el prójimo es el samaritano que se hizo cercano. Jesús invierte la perspectiva: no clasificar a los otros para ver quién es prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo serás si en tu corazón hay compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la Ley: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37). Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo.





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Tomado de:
http://w2.vatican.va/



La Paz del Señor




PASCUA
Domingo VI

Juan 14, 23-29

El Señor Resucitado nos transmite su paz, para que demos paz.


En estos pocos versículos de la última conversación larga de Jesús con sus apóstoles en la Ultima Cena, El les anuncia y nos anuncia una serie de verdades, y nos hace una serie de promesas de una enorme importancia.

Primero dice que al que lo ame Él lo amará y, lo amará el Padre, y añade: “vendremos a él y haremos morada en él”. Está aquí afirmada una realidad increíble de la presencia de Dios en el corazón del ser humano. Dios hace su morada en el corazón del hombre que ama a Jesús, del que es amigo de Jesús. El estar en gracia tiene como resultado que Dios viva en nosotros. La relación de Dios con el hombre y con el mundo, es algo fundamental de la doctrina de Cristo. Dios convertido en vida de mi vida. Dios está presente en todo y en todos, en todos los seres y en todas sus acciones; pero es El y no se confunde con todos los demás seres; con su presencia y su participación no suplanta al ser humano, ni a ningún otro ser de la naturaleza.

Pero esta presencia de Dios en el hombre, por la gracia, es de otro nivel fundamentalmente superior. Esta presencia de Dios confiere al hombre una dignidad inimaginable, y una responsabilidad grande para consigo mismo y para con los demás.

Continuando con las palabras de Jesús, nos encontramos con esta afirmación: que el Espíritu Santo vendrá a enseñarnos todo; o sea que nos hará entender adecuadamente y en profundidad todo lo que Jesús nos ha enseñado. Esto era muy necesario: las enseñanzas de Jesús no siempre fueron entendidas por los mismos apóstoles, y a veces incluso fueron mal entendidas. El Espíritu Santo fue el que les ayudó a ellos desde Pentecostés a entender correctamente todo, y ha seguido presente en la enseñanza de la Iglesia, para que las palabras de Jesús permanezcan y sean acogidas y entendidas. Es también el Espíritu Santo el que nos enseña en particular cuando en una lectura individual, sentimos un mensaje especial que brota de la lectura de la Palabra de Dios, y que repentinamente nos ilumina: es la acción docente del Espíritu Santo.

Pero Jesús dice más, continúa: les doy la paz, pero no una paz como la que da el mundo. Jesucristo está hablando de los frutos de la Redención: la presencia de Dios, la iluminación del Espíritu Santo, y ahora habla de la Paz, y dice que es diferente de la paz que da el mundo.  ¿Qué es esa paz? ¿Y por qué tan diferente? Podemos examinar un poco algunas situaciones de paz humanas, para quizá entender este gran don de la Paz de Cristo: hay personas que alguna vez necesitan un tranquilizante, o inclusive una cura de sueño: la persona queda sedada, tranquila: pero no se trata de paz interior, sino de paz farmacológica. Hay algunos que buscan la paz en el aturdimiento, en la evasión, en la borrachera, es paz (¿) alienada. Otra experiencia de paz puramente mundana, es la paz que resulta de la carencia de problemas: cuando todo se nos resuelve en forma favorable: los acontecimientos, las circunstancias externas dejan de ser amenazantes, entonces decimos que estamos en paz; seguimos con una paz humana, solamente humana, que en el fondo no brota de nosotros sino que es la consecuencia de las circunstancias exteriores, es paz circunstancial y poco estable. También hay otra paz exterior, que inclusive muchas veces es un disfraz, y tiene poca consistencia: la paz diplomática, que consiste en una ausencia de hostilidades: es el simple silencio de las armas, y a veces a eso se le llama paz, cuando en realidad es hostilidad camuflada de paz.

La paz que Cristo nos promete es totalmente diferente: es paz que brota de nuestro interior: una paz que se cimienta en nuestra fe en Dios, en nuestra esperanza de salvación, y en nuestro amor por el que nos sabemos amados por Dios; es una paz diferente; esos convencimientos interiores producen en nuestro corazón un estado de ánimo sereno. Es Dios cuidándonos, es el autor de la Paz dándonos quietud y eliminando nuestros miedos. Esa paz es Dios mismo, el príncipe de la Paz.

Estas tres cosas nos promete Jesús, y que son frutos de nuestra salvación: Dios convertido en nuestro huésped, intimidad de nuestro corazón. La verdad certificada por el mismo Espíritu Santo que nos enseña todo sin oscuridades ni dudas. Y finalmente esa paz interior que es un atisbo y anuncio de la eterna felicidad.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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ESPECIAL: PUERTA DE LA MISERICORDIA





El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas.

(Salmo 103, 8-10)



El mandamiento del amor

El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión sobre el evangelio: "Toda la vida cristiana centrada por Jesús en el amor; y el amor es el distintivo de los discípulos de Cristo". Acceda AQUÍ.


Cristología II - 4° Parte: El Misterio de la Encarnación - La venida del Hijo

El P. Ignacio Garro, S.J. nos comparte la continuación de su serie sobre Cristología, en esta oportunidad sobre la misión que viene a desarrollar nuestro Señor Jesucristo. Acceda AQUÍ.

El mandamiento del amor



P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Domingo V

Juan 13, 31-35

Toda la vida cristiana centrada por Jesús en el amor; y el amor es el distintivo de los discípulos de Cristo.


Jesús en la Ultima Cena se está despidiendo de sus apóstoles y les está dando sus últimas recomendaciones para que cuando El suba al cielo, ellos puedan seguir realizando su misma obra. Y una de estas últimas enseñanzas y muy importante es el Mandamiento Nuevo: les doy un mandamiento nuevo que se amen unos a otros como yo les he amado.

En esto se conocen los discípulos de Jesús, es su marca, el amor. Y esta es la única norma de conducta que El nos quiere dejar. El amor es la motivación que debemos tener en todas nuestras acciones, es la guía de toda nuestra conducta. Pero para que no queden ambigüedades Jesús habla de qué forma hay que amar: amar como El mismo nos ha amado. Ese es el verdadero amor y esa es la medida: nos debemos amar como El nos ha amado. Y es muy necesaria esta referencia porque a veces se llama amor a muchas conductas que en realidad no lo son; la verdad del amor brota de la llaga abierta de su Corazón.

Para saber cómo es el amor de Cristo, podemos abrir el Evangelio y descubrir este amor en cada una de sus páginas. Pero también cada uno de nosotros podría abrir las páginas de su propia vida; y así al descubrir cómo nos ha amado Cristo aprenderíamos cómo debemos amar.

Hay algún paralelo entre esta enseñanza, y la que el mismo Jesús nos dio cuando nos explicaba la conducta del cristiano en el Sermón del Monte: sean perfectos, como el Padre Celestial es perfecto. Nuestro modelo de perfección es Dios mismo; y de la misma manera la meta de un cristiano es imitar a Cristo en el amor, amar como Cristo. Son dos enseñanzas similares: ser perfectos como el Padre Celestial, amar como ama Cristo. Y es que en las entrañas de nuestro ser llevamos el sello de Dios mismo: el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, por eso, hay que hacer todo de la manera que Dios lo haría, para no frustrar nuestra semejanza con Dios, nuestra íntima esencia.

En todo lo que hacemos debemos intentar parecernos a Dios. Y más aún sabiendo por la revelación de Jesús, que Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, habitan en nuestros corazones.

Hay otra referencia parecida en San Pablo, cuando habla del matrimonio cristiano y dice a los esposos, que amen a sus esposas como Cristo ama a su Iglesia. De nuevo el amor de Cristo como modelo del amor de un cristiano, en esa situación particular del matrimonio.

¿Y cómo ama Cristo? Volvemos a preguntarnos. Habría que recorrer cada uno de los momentos de la vida de Cristo, para descubrir el gran amor con que vivió cada situación de su vida y cada acción que realizó. Su entrega en la Encarnación, ese lanzarse al abismo del anonadamiento, para hacerse semejante a nosotros, y poder así realizar nuestra salvación: y su voluntad de no ahorrarse las etapas de la infancia desvalida, y de la niñez insignificante. ¿Qué necesidad tenía de hacerlo? Tenía un amor infinito que le impulsaba en cada momento. Un amor que se manifiesta en cada milagro, en cada persona que cura. Cuando detiene el cortejo fúnebre del hijo de la viuda de Naím, cuando llora ante la tumba de Lázaro, cuando multiplica los panes, porque le da lástima de esa multitud hambrienta. Todo lo fue desarrollando impulsado por su Corazón.
Y no es necesario detenerse excesivamente en el amor que derrocha en los últimos momentos de su vida, porque en cada escena surge la llama de su amor. Cuando hace el milagro de la Eucaristía, y afirma su voluntad de perpetuarse entre nosotros, de nuevo lo que le mueve es el amor. Cuando está en el Huerto abrumado por una tremenda responsabilidad por haber asumido los pecados del mundo; y sufriendo una angustia mortal. Y todo esto por el amor que me tiene. Así voy poco a poco entendiendo lo que significa eso de les doy un Mandamiento Nuevo, que se amen unos a otros como yo les he amado. Cuando muere en la Cruz, cuando pasa por la oscuridad del sepulcro. Pero incluso cuando resucita, lo que manifiesta es su gran amor. En cada una de las apariciones a sus apóstoles está manifestando ese amor, que lo impulsó siempre. Y que quiere que sea nuestra motivación para actuar en la vida. Y nos hace ver que todo se reduce a eso: sólo nos da un mandamiento, que es Nuevo, porque es su amor convertido en ideal de vida y de conducta, para todo el que quiera seguirle.


Mucho podría cada uno añadir de las muestras personales de amor que nos ha dado Jesús. Meditando en todo eso podremos desentrañar este mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo les he amado. 



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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Cristología II - 4° Parte: El Misterio de la Encarnación - La venida del Hijo



P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA



3.2. LA VENIDA DEL HIJO
         
Se da por supuesto que el término "la venida del Hijo" no es que él viniera por su cuenta a realizar una misión salvífica, habría que hablar más bien "del envío del Hijo por el Padre".

Expliquemos el significado de la acción de "enviar" cuando se trata de la "misión" (envío) de una persona divina. Para hablar de la misión del Hijo por su Padre se emplean en el N T dos verbos griegos "apostellein" y "pempein". El primero es muy frecuente y viene a ser el término técnico para significar una misión de sentido religioso, como el envío de ángeles o profetas, Mt 13, 41, y en particular el de los "apóstoles", Mt 3, 14. También se aplica a Jesucristo, Mc 9, 37; Mt 10, 40. S. Juan lo reserva exclusivamente para enunciar la misión del Hijo, Jn 3, 17, y lo emplea en el titulo propio de "Cristo como el  enviado". Jn  9, 7.


3.2.1. Concepto de "misión"
         
"Envío" o “Misión", de una persona divina implica, primero, su origen intratrinitario de otra persona divina y su nueva relación con un término externo al mismo Dios, o sea, con una criatura. En efecto, toda "misión" incluye, una persona que envía (el Padre), un enviado (el Hijo) y un destinatario que se supone se halla a distancia, de modo que es menester "enviar" a alguien que le transmita el mensaje. El enviado, para desempeñar su cometido, tendrá por fuerza que "salir" en busca del destinatario.
         
Por eso Cristo habla de "su salida de junto al Padre", Jn 8, 42. Esto, por supuesto, no hay que entenderlo en un sentido cuantitativo-local, sino cualitativo-existencial: "salir de junto al Padre", significa comenzar un modo de existir distinto del modo de existir "en el seno del Padre", Jn 1, 3.18. Este modo nuevo de existir podemos, sí, concebirlo como un alejamiento o distanciación de junto al Padre; porque es un modo de existencia, no sólo distinto, sino también inferior, pues estaba desprovisto de aquella "gloria" connatural al modo de existencia junto al Padre, antes de que el mundo fuese, Jn 17, 5. Pero no caigamos en error.
         
El misterio de la Encarnación consiste en la paradoja de que el Hijo "sale de junto al Padre" para venir a este mundo, y sin embargo, permanece siempre "en el seno del Padre". Por un lado, no puede negarse aquel alejamiento, pero por otro lado tampoco puede acentuarse excesivamente y que vaya en detrimento de esta permanencia porque, si es verdad que el Hijo se hizo hombre, también es verdad que nunca dejó de ser Hijo de Dios.
         
Y es que ésta es una misión única en el género de misión: es la misión por excelencia, en la que el "Enviador" (el Padre), por antonomasia, envía al "Enviado" (el Hijo), por antonomasia, Jn 7, 28; 8, 26; 9, 7; por eso no impone una separación, aunque sólo sea transitoria, sino que, por el contrario, requiere la unión jamás interrumpida entre el Enviador y el Enviado.
         
Por eso en la encarnación, el Hijo, al hacerse hombre, "sale" del Padre y, al mismo tiempo, "permanece" en el Padre: su "misión", es un continuo "salir", que es simultáneamente un ininterrumpido "estar al lado". Jesucristo decía: "No estoy solo, porque el Padre está conmigo", Jn 16, 32; "el Padre está en mí, y yo estoy en el Padre", Jn l0, 38; 17, 21. La consecuencia es que el Padre se manifiesta en Jesucristo: "el Padre, que permanece en mí, es quien hace las obras", Jn 14, 10-11; hasta el punto, de que "quien me ve a mí, ve al Padre", Jn 14, 9. Y por eso, Jesucristo vive de la vida del Padre, y así puede El: “dar la vida a los que creen en El". Jn 5, 26; 6, 57.


3.2.2 El signo de la misión por el Padre
         
El signo de la paternidad sobre Jesucristo, quiso el Padre manifestarla en Cristo, no tendrá padre según la carne: "dijo el ángel a María,... el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el niño que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios". Lc 1, 35. Por eso, Dios - Padre, dador de vida, se muestra aquí como verdaderamente "Padre" dando a su Hijo, no sólo la vida divina y eterna en el  seno de la divinidad, sino también la vida temporal y humana pero de un modo totalmente singular y único, esencialmente "de arriba". Jn. 3. 31; 8, 23. La Paternidad de Dios respecto de Jesucristo en cuanto hombre no es más que la actuación de una paternidad absoluta y plena.


3.2.3. La actitud filial de Jesús
         
Realmente Jesucristo es el verdadero Hijo de Dios. Nos muestra al máximo su filiación divina. Señalemos cuatro rasgos fundamentales en que se manifiesta la filiación de Jesús respecto al Padre.
         
  • La confesión de que todo lo que tiene es recibido del Padre. En efecto, el Padre, Jn 3, 35; 13, 3.
  • Su doctrina es la que de su Padre ha aprendido, Jn 7, 16; 8, 26, 15, 15.
  • Sus milagros son los que su Padre le ha capacitado para hacer, Jn 7, 36; 17, 4.
  • Y de su Padre ha recibido también el poder de juzgar y de dar vida, Jn 5, 22. 26; 17, 2 Todo esto se lo da su Padre, precisamente porque es su Padre y lo ama, Jn 3, 35, y Jesús lo recibe todo con agradecimiento y busca en todo la gloria del Padre, Jn 7, 18; 12, 28; 14, 31; 17,1.

         
Esta actitud filial de Jesús, receptiva lleva consigo un respeto hacia el Padre. Es el respeto que nos inculca al hablarnos de nuestro Padre, "el que está en los cielos", Mt 6, 9. De este respeto se deriva la obediencia, virtud connatural del buen hijo. Jesús nos da ejemplo perfectísimo de obediencia filial, en su sumisión a la voluntad del Padre, "Padre no se haga mi voluntad sino la tuya". Lc 22, 42. Sabemos con cuanta frecuencia habla de la voluntad de su Padre y que todos deben de cumplir Mt 6, 10; 7, 21; 12, 50. Voluntad de Dios que El debe de cumplir y llevar a cabo, aunque le cueste la vida; porque la voluntad de su Padre es para él una obligación ineludible, es "un mandato". Jn 10, 18; 12, 49; 15, 10. Por ello "se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz", Filp 2, 8.


3.2.4. Filiación única de Jesús 
         
La filiación de Jesús respecto a Dios Padre hay que calificarla de única en cuanto es de un género sin igual, superior a toda filiación que se pueda manejar o atribuir cualquier hombre.
         
En primer lugar la filiación única de Jesús se distingue cuidado­samente de la nuestra designando a ambas con términos diferentes. Así, S. Jn. sólo llama Hijo a Jesús, Jn 1, 34; 3, 18; 5, 25; nosotros en cambio somos "ahijados", así dice 1 Jn 3, 1-2 : "nos llamamos y en realidad somos ahijados de Dios".
         
Por eso Jesús es el Hijo, el "unigénito", que refuerza la idea de filiación única y exclusiva, Jn 1, 14; 3, 16; 1 Jn 4, 9. Esto significa igualdad de naturaleza con el Padre (consubstancialidad), es la gloria que Jesucristo poseía "junto al Padre, aun antes de que el mundo fuese creado", una gloria que se funda en el amor eterno del Padre a su Hijo unigénito (El Espíritu Santo), Jn 17, 5. 24. Por esta relación filial única con Dios es por lo que Jesús habla continuamente de "mi Padre", o sencillamente "el Padre". Mt 7, 21; 10, 32-33; así a Jesucristo le compete en forma absoluta el apelativo de "el Hijo", Mt 11, 27; Lc 10, 22. Así pues la unicidad de la filiación de Jesús resalta más cuando la contrapone a nuestra filiación adoptiva, así S. Pablo puede decir: "Dios Padre, envió a su Hijo... con el fin de conferirnos la filiación adoptiva; y porque sois hijos (adoptivos), Dios ha enviado a nuestros corazones él Espíritu de su Hijo", Gal 4, 4-6; Rom 8, 9. 14-17.


3.2.5. La trascendencia divina de la filiación de Jesús
         
La unicidad de la filiación de Jesús implica una trascendencia que hay que calificar de estrictamente divina. Jesús es "el Hijo Unigénito", por lo tanto, igual al Padre en su divinidad (consubstancial), en otras palabras: Jesucristo es Dios-Hijo. Este es el dato de la revelación, esta es la fe de los apóstoles y de la Iglesia. Por eso a Jesucristo se le confieren títulos divinos, como el de Kyrios, o el Señor, que es uno de los títulos que hemos visto en uno de los apartados del capítulo anterior. S. Pablo es el que más pone de relieve este titulo y así propone la fórmula: "si con tus labios confiesas que Jesús es Señor... te salvarás". Rom 10, 9. El apóstol Tomás en el día de la aparición dice la expresión actualizada cada día: "Señor mío y Dios mío". Jn 20, 28-29. Así pues, con este titulo de Señor, se significa verdaderamente la divinidad de Jesucristo y hay que advertir que la atribución de este titulo a Jesucristo no es casual o accidental, sino consciente e insistente, y así Pablo llega a decir que éste: "es el nombre superior a todo nombre", Filp 2, 9; y por lo tanto manifiesta la esencia divina verdadera de Jesucristo nuestro Señor.


3.2.6. ¿Por qué se encarna precisamente el Hijo?
         
Hemos estudiado  cómo el Padre envía al Hijo y éste es el "enviado". Ahora nos preguntamos: ¿Por qué fue precisamente el Hijo el que se hizo hombre?
         
Los teólogos, siguiendo a Sto. Tomás, han creído descubrir algunas razones teológicas llamadas de "congruencia" o de conveniencia. Y son más o menos las siguientes:
         
1º.- Si el fin de la encarnación incluye, en la situación actual de la humanidad caída en el pecado, la restauración de la imagen y semejanza de Dios; destruida en el hombre por el pecado, y también el restablecimiento cósmico de la creación perturbado por la culpa del hombre, ¿quién mejor podía encargarse de esta obra que el Verbo (el Hijo), imagen consubstancial y reflejo de la majestad de Dios que había sido mediador de la creación, Hebr 1, 1-2?
         
2º.- Una segunda razón: Si el fin último de la encarnación y redención es la concesión de la adopción filial y de la herencia celeste a los hombres, ¿Quién era más conveniente que se hiciese hombre sino el Hijo unigénito y heredero consubstancial del Padre - Gal 4. 4. 6?
         
Veamos ahora por qué el Padre no era conveniente que se encarnarse. Veíamos en el Tratado: "de Deo Trino", que la propiedad personal del Padre es su "innascibilidad" o imposibilidad de nacer intratrinitaria­mente. El Padre es el ser "fuente y origen de toda divinidad", Denz 490. 525. El Padre es "principio sin principio", "aquella luz inaccesible que ningún hombre ha visto ni puede ver", 1 Tim 6, 16. Es evidente que estas características no pueden manifestarse en una encarnación del Padre; porque por ella nacería el "innascible"; tendría principio en el tiempo el "principio sin principio"; se convertiría en medio hacia nuestra salvación el que es su fin último; se haría visible y accesible durante esta vida terrena aquel cuya contemplación constituye el término de todas las cosas.
         
No olvidemos que la encarnación comporta una serie de elementos y ninguno de ellos se adapta a las propiedades personales del Padre, e inversamente ninguna de las características peculiares del Padre puede manifestarse y expandirse convenientemente por medio de una encarnación.
         
¿Qué decir de la encarnación posible del Espíritu Santo? Veíamos en el mismo tratado de Deo Trino que la característica personal del Espíritu Santo, es la de unir al Padre y al Hijo en un abrazo de amor mutuo: él es, personalmente, el Amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo corresponde al amor del Padre. Su actividad propia es de carácter íntimo y "espiritual" como lo indica su mismo nombre. El es el "Espíritu vivificador". Su presencia, pues, es de tipo íntimo, vital y espiritual. Su oficio no es el de objetivar, sino el de subjetivar e interiorizar la unión del Padre y del Hijo. Y como última consecuencia, la presencia del Espíritu Santo en el mundo no será visible y tangible, externa y objetivable, humano corpórea, sino íntima, invisible, interiorizante, subjetivante y espiritual. Además sin la encarnación del Hijo su acción sería inútil, porque no  podría manifestarnos e interiorizarnos en nosotros el amor del Padre y del Hijo. En conclusión, tampoco el Espíritu Santo puede hacerse hombre.
         
Finalmente ¿por qué sí puede encarnarse el Hijo? El Hijo tiene propiedades intratrinitarias que le hacen apto para encarnarse. El Hijo procede, por generación, del Padre, "nace" del Padre. Es Palabra o expresión de la substancia del Padre, es Sabiduría del Padre, y así es ejemplar, modelo o instrumento de las obras del Padre. Por lo mismo, el Hijo tiene en su personalidad divina aptitud para ser enviado por el Padre, para nacer con una nueva natividad (según la carne), obrada por el Padre, puede hablarnos del Padre.  Se hace modelo captable e imitable al que hayamos de imitar y configurar, de modo que participemos de su propia filiación divina, reproduciendo en nosotros la imagen del Hijo que es Imagen del Padre, Jn 1, 18; Rom 8, 29.
         
El Hijo fue mediador en la creación, muy especialmente en la creación de la criatura humana, hecha a "su imagen y semejanza", Gen 1, 26, de manera que ya "en el principio", él era "vida y luz de los hombres", Jn l, l­-4. Posee, pues, desde su eternidad una inmediación peculiar con nosotros, que le hace apto, por razón de su característica intra-trinitaria, a ponerse en relación directa con los hombres, a mediar entre Dios-Padre y nosotros, criaturas a imagen de Dios-Padre a través del Hijo-Imagen.
         
El resultado final de estas consideraciones teológicas, basadas en los datos revelados, es que solamente el Hijo tiene en su propiedad personal divina la capacidad, o tendencia, de manifestarse objetiva y visiblemente, es decir, humanamente y por ello: solamente el Hijo podía encarnarse.

         
Estas especulaciones parecería simples elucubraciones teológicas si no tuviesen un alcance enorme para nuestra vida cristiana; precisamente nos hacen entender en alguna medida la importancia del dogma trinitario y de su revelación. No fue un lujo de parte de Dios el darnos a conocer la intimidad de su vida trinitaria; sino que al revelárnosla mediante la encarnación del Hijo, no sólo nos reveló lo que Dios es en sí, sino también lo que es para nosotros y todo ello de una forma libre, gratuita y amorosa.




Agradecemos al P. Ignacio Garro, S.J. por su colaboración.
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Jesús el Buen Pastor




P. Adolfo Franco, S.J.

PASCUA
Domingo IV

Juan 10, 27-30

Jesús el Buen Pastor; hay que seguir los pasos del Buen Pastor y dejarse cuidar de Él


Jesús se llama a sí mismo el Buen Pastor, y con esto nos dice la relación que tiene con nosotros, lo que El es para nosotros. Jesús nos cuida, nos protege, nos defiende, nos da la vida, nos da seguridad; y todo esto mientras estemos cerca de El y oigamos su voz y sigamos sus pasos.

La enseñanza de Jesús es clara, y supone una relación mutua, relación de ambas partes. En el párrafo de hoy se nos dice: Mis ovejas escuchan mi voz. Aquí se nos está diciendo cómo debe ser nuestra actitud con el Buen Pastor. Escuchar su voz significa más que obedecer a la voz del pastor. Por supuesto que eso también; pero además supone un conocimiento de la misma persona del Pastor que guía a las ovejas. El sonido de la voz del Pastor les da seguridad y alegría porque les hace sentir su presencia y las características de su persona. Saben que las cuida y que las alimenta. Se fían de El porque les ha dado muestras de mucho amor. Incluso a veces las ha defendido arriesgando su propia vida, cuando ha venido el lobo a atacarlas. Por eso escuchan su voz, esa voz tiene el sonido del amor y así le prestan atención. Y obedecen a lo que esa voz les enseña. El seguimiento de Jesús es eso: no se trata solo de obedecer sus mandamientos, lo que El nos ha enseñado, sino conocerlo a El mismo con mucho amor, porque de El brota un manantial de vida que son sus enseñanzas, que nos manifiestan también lo que El nos ama. Es importante esto: escuchar sus enseñanzas nos debe llevar a conocer que todo en El es amor: conocer el amor que hay en su enseñanza.

Por eso continúa diciendo: Yo las conozco y ellas me siguen. Qué importante es saber esto; que somos conocidos por el Señor. El me conoce personalmente. Y nos conoce amorosamente: es la forma de conocer que tiene Jesús: su conocimiento es a la vez amistad, comprensión y acogida. Y esto dirigido inequívocamente a mi propia persona. Me conoce personalmente a mí como soy, me acepta así, y se alegra de tenerme cerca como se alegran los amigos de estar cerca el uno del otro. Y por eso sus ovejas le siguen: no se pueden desprender de El: hay una corriente interior que surge en las ovejas, y que las arrastra para que nunca se separen del Buen Pastor. Ese es el seguimiento: saber que sin El no podemos hacer nada, que sin El estamos perdidos. Seguirlo a El es la única manera que esas ovejas encuentran de vivir. Y seguirlo es también imitarlo: recorrer sus mismos caminos interiores: el camino del servicio, el camino de la entrega, el camino del perdón, de la pureza y de la confianza en Dios. Escuchar su voz es seguirlo a El, es vivir su propia vida y tener sus mismos sentimientos.

Y así El les da la vida eterna. y así no perecerán jamás. El nos da la vida: significa muchas cosas: primero que dio su propia vida por nosotros: amar hasta la muerte, amar con toda la sangre. Ese es el amor y la vida que El nos da. Y así nos hace participar de su propia vida. Hasta lo máximo, porque El se convierte en el alimento de nuestra vida. Y nos da una vida diferente, que se le llama la vida eterna, pero que no es sólo para después de la muerte, sino que es una vida ya desde ahora plena y cabal: todo lo que se puede desear de vida, de vitalidad, de paz, de esperanza y de elevación, de ideales, está encerrado en el don vital que nos da. Este don maravilloso es la vida de la gracia que es una vida que no termina, y por eso se añade que sus ovejas no perecerán jamás. Tienen una vida que no se extingue; además con su protección, la del Buen Pastor, nadie las puede hacer perecer.


Y así nadie las arrebatará de su mano. No habrá fuerza capaz de arrebatarle a Jesús ni una sola de sus ovejas, de las que le siguen y que conocen su voz. Y esto porque el Padre está con Jesús (son uno y mismo Dios), y el Padre es más fuerte que todo, y El es el que ha dado a Jesús estas ovejas, entre las que esperamos contarnos nosotros. Que nadie las pueda arrebatar de Jesús, quiere decir que nadie hay más fuerte, nadie es más poderoso. Que no hay ni enemigos externos, ni circunstancias, que puedan arrebatarlas de sus poderosas manos. Y también quiere decir que no nos separaremos nunca de El. Que nunca nos separemos de este Buen Pastor. Y esto se debe, no a nuestra debilidad, sino a su fuerza. El deseo de seguir siempre a este Buen Pastor, produce en nosotros una adhesión irrompible, porque es la fuerza de la atracción del Corazón del Señor, la que nos mantendrá unidos, si escuchamos siempre su voz.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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Itinerario de la Misericordia - 5° Mes



Sexta recomendación

Continuamos nuestro itinerario, recordando que debemos mantener nuestra actitud y disponibilidad de conversión permanente, pidiendo la gracia a Dios durante nuestra oración, de ser sus instrumentos para realizar las obras de misericordia con nuestros hermanos, de esta manera nos permita reconocer las ocasiones de necesidad de nuestros hermanos.

Asimismo, como fruto de nuestra comunión con Dios, que sea la caridad el motor que nos mueva a realizar estas obras, para que progresivamente estas prácticas se vayan constituyendo como parte de nuestro proceder y no realizarlas sólo porque nos pueda permitir acceder a la gracia jubilar.

Para poder ir practicando las obras de misericordia, seguimos reflexionando en esta ocasión sobre las espirituales.


Enseñar al que no sabe

En este caso el que no sabe se entiende que es el que comete pecados por no saberlo.

Es más fácil decirlo que hacerlo. Hacer esto puede ser extremadamente difícil, pero es sumamente necesario ahora más que nunca.

¿Por qué es tan difícil? Por la sencilla razón de que hemos nacido orgullosos y no deseamos renunciar a los hábitos viejos y arraigados, y si son malos hábitos los llamamos “vicios”.

A menudo nos aferramos a lo malo, lo sucio, lo feo, lo impuro, lo poco saludable, y al pecado. Pero explicarle la razón por la que la gente está en pecado no necesariamente es juzgarles, sino sólo darles información. Difícilmente el Papa Francisco haya querido decir que no se debe ni siquiera informar a los pecadores el por qué pecan, cuando advierte que no hay que juzgar.

Un ejemplo común merece nuestra atención. ¿A los que cohabitan y están viviendo en pecado, alguien debería decirles y explicarles claramente las razones por que esto está mal? ¿Cuáles podrían ser algunas de las razones para explicar por qué está mal?

Aquí están algunas:
  • El sexo prematrimonial o fornicación es un pecado mortal.
  • La persona se priva de los Sacramentos, tanto de la Confesión y la Santa Eucaristía.
  • Si nacen niños, entonces es un escándalo, lo que significa que se les está dando mal ejemplo.
  • Se está haciendo un escándalo público, aunque muchos lo están haciendo ahora.
  • La mayoría no tienen derecho a hacerlo a los ojos de Dios.
  • Cada persona en esa actitud erosiona su conciencia.
  • Por último, la persona está crucificando al Señor Jesús, viviendo en pecado mortal y si mueren en este estado podría perder su alma inmortal por toda la eternidad.

Dios premia al que se avise al pecador y por traerlo de vuelta al camino correcto, y nos promete la salvación y la expiación de muchos de nuestros pecados personales con sólo traer de vuelta a un pecador extraviado.

Leamos las palabras del Apóstol Santiago:

“Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados“. (Santiago 5: 19-20)


FUENTE: http://forosdelavirgen.org/