Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2015


Fortalezcan sus corazones (St 5,8)


Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.

Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.


1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.


2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta254,14 julio 1897).

 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.

Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf.Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.


3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.

Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.

Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.


Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís


Franciscus 

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Tomado de:
www.vatican.va

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Jesús enseña con autoridad

El P. Adolfo Franco, S.J., nos comparte su reflexión sobre el evangelio del Domingo IV del Tiempo Ordinario. "Jesús tiene un mensaje nuevo que admiraba a sus primeros oyentes y debería producir admiración en nosotros." Acceda AQUÍ.

La Iglesia - 36º Parte: La Universal vocación a la Santidad en la Iglesia - El Bautismo sacramento, de la iniciación a la vida cristiana

El P. Ignacio Garro S.J. inicia un nuevo apartado en sus temas sobre la Iglesia, dedicados a la vocación a la santidad, en esta primera parte sobre el Bautismo,nos enseña que la santidad fundamental comunicada en este sacramento es una santidad dinámica, pues lleva entrañada una exigencia de llegar a la medida de la plenitud de Cristo. Acceda AQUÍ.

Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Mi sacerdocio y una desconocida, El barón Wilhelm Emmanuel Ketteler, Obispo (1811-1877)

Continuamos compartiendo las experiencias de sacerdotes que vivieron su vocación gracias a la oración de otros miembros de la Iglesia, en esta oportunidad compartimos la experiencia del Obispo Wilhelm Emmanuel Ketteler. Estas vidas de oración nos invitan a incluir en nuestras oraciones a nuestros sacerdotes, religiosos y a las vocaciones religiosas. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de Febrero

En el mes de febrero oremos junto con el Papa Francisco, por las intenciones que la Iglesia requiere y por las intenciones de nuestros Obispos del Perú. Acompañamos las intenciones con extractos para reflexionar seleccionados por el P. Enrique Rodríguez S.J. Secretario Nacional del Apostolado de la Oración. Acceda AQUÍ.

Ofrecimiento Diario - Orando con el Papa Francisco en el mes de Febrero



APOSTOLADO
DE LA
ORACIÓN

INTENCIONES PARA EL 
MES DE FEBRERO


Ofrecimiento Diario

Dios, Padre nuestro, yo te ofrezco toda mi jornada: mis oraciones, pensamientos, afectos y deseos, palabras, obras, alegrías y sufrimientos en unión con el Corazón de tu Hijo Jesucristo que sigue ofreciéndose a Ti en la Eucaristía para la salvación del mundo.
El Espíritu Santo, que condujo a Jesús, me guíe y sea mi fuerza en este día para que pueda ser testigo de tu amor.

Con María, la madre del Señor y de la Iglesia, pido especialmente por las intenciones del Papa y de nuestros obispos para este mes:





Oremos con el Papa Francisco


Para que los encarcelados, en especial los jóvenes, tengan la posibilidad de reconstruir una vida digna.





Para que los cónyuges que se han separado encuentren acogida y apoyo en la comunidad cristiana.




Oremos con los Obispos del Perú

Para que los trabajadores de las 
alturas andinas sean remunerados
justamente por sus cosechas.




DIOS EN LA CÁRCEL

“Por favor, díganles que rezo por ellos: los llevo en el corazón. Pido al Señor y a la Virgen que ellos puedan superar positivamente este periodo difícil de sus vidas. Que no se desanimen, que no se cierren”, es lo que ha dicho el Papa a los capellanes que trabajan en las cárceles de toda Italia.

“Díganles con los gestos, con las palabras, con el corazón, que el Señor no se queda fuera de sus celdas: está dentro, está allí. Pueden decirles esto: el Señor está dentro con ellos; también Él es un preso ahora. De nuestros egoísmos, de nuestros sistemas, de tantas injusticias que acaban por pagar los más débiles. Pero los peces gordos nadan libremente en las aguas. Ninguna celda está tan aislada que excluya al Señor, ninguna: Él está allí, llora con ellos, trabaja con ellos, espera con ellos. Su amor paterno y materno llega a todas partes.”

“A veces llamo a algunos de los que conozco y charlamos un poco. Cuando cuelgo el teléfono, pienso. ´¿Por qué él y no yo, que tengo tantos o más méritos que él para estar allí?’. Y eso me hace bien. ¿Por qué cayó él y no yo? Por que las debilidades que tenemos son las mismas y para mí esto es un misterio que me hace rezar y acercarme a ellos.”


DE DOS, FORMAR UNO

Las Bodas de Caná se realizaron “al tercer día”. Son el primer milagro de Jesús, la realidad transformada. Así lo profesamos en el credo. Son las bodas de Dios con la humanidad, realizada en su Cristo. Las bodas del Cordero del Apocalipsis. Por eso el banquete, la fiesta anunciada por los profetas. La fidelidad de Dios, su amor, es incontrovertible e indefectible.

El Matrimonio cristiano es forma privilegiada de mostrar y realizar el amor de Dios en el mundo. La pareja experimenta y desarrolla en la familia este signo y presencia. Por eso es Iglesia doméstica, célula fundamental de la Iglesia local. Cuerpo hecho de partes, requiere ser cuidado e integrado de modo permanente para que crezca sano.

El Sínodo sobre la familia pretende llevar a los bautizados a reconocer en la Iglesia doméstica el amor de Dios y el fundamento del amor humano. También hay temas anexos referidos a circunstancias que llevan a la desintegración del cuerpo. Madre y maestra, la Iglesia no es ciega. No se escandaliza, ni mucho menos da la espalda. Por eso ora para encontrar formas concretas de acogida en la comunidad que manifiesten el amor de Dios.


ALTURAS ANDINAS

El trabajo en la producción agrícola de las alturas andinas es un escenario escondido a la vida nacional. Tubérculos, granos, cereales o leguminosas son palabras extrañas cuando nos sentamos a la mesa. La cadena productiva se origina muchas veces en medio de comunidades andinas que reciben precios ínfimos en capo. No hay justicia, no hay equidad. Nuestra oración e interés debe llegar a esta frontera de la vida nacional.




Invitación

A participar de la Misa dominical de 11:00 AM en la Parroquia de San Pedro y a acompañarnos en las reuniones semanales a las 12:00 M en el claustro de la parroquia, todos los domingos. 

Asimismo, invitamos a la Misa de los primeros viernes de cada mes en Honor al Sagrado Corazón de Jesús, a las 7:30 PM en San Pedro.


El Apostolado de la Oración es antes que nada hacernos interiormente disponibles a la misión de Cristo. Esta disponibilidad tiene como su fuente y modelo a Jesucristo entregado a nosotros y por nosotros, que se nos hace presente continuamente en la Eucaristía. Recibir su vida nos lleva, en reconocimiento, a ofrecer diariamente nuestra propia vida al Padre.


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La Iglesia - 36º Parte: La Universal vocación a la Santidad en la Iglesia - El Bautismo sacramento, de la iniciación a la vida cristiana

P. Ignacio Garro, S.J.

SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA


30. LA UNIVERSAL VOCACIÓN A LA SANTIDAD EN LA IGLESIA


30.1. LA VOCACIÓN A LA SANTIDAD ES UNIVERSAL EN LA IGLESIA
         
De alguna manera podríamos decir que no sólo los fieles (bautizados), sino todos los hombres del género humano están llamados a la santidad, puesto que Dios quiere que todos los hombres se salven y se incorporen a la Iglesia: "Todos los hombres están llamados a formar parte de este nuevo Pueblo de Dios". L G Nº 13. Y en la Iglesia todos están llamados a la santidad. Pero aquí se trata naturalmente de los fieles que ya están incorpora­dos a la Iglesia. De ellos se afirma taxativamente que "todos, ya per­tenezcan a la jerarquía, ya sean apacentados por ella, son llamados a la santidad según dice el Apóstol : "Esta es pues, la voluntad de Dios, vuestra santificación", l Tes 4, 3; Efes 1, 4. L G, Nº 39.
         
En realidad si analizamos el concepto de santidad, podemos decir que todos los fieles cristianos, por el hecho de su bautismo, quedan incorporados al Misterio de Cristo, vinculados a su gracia santificante, tienen ya una santidad fundamental, objetiva. Incluso aquellos que por el pecado han perdido la gracia de Dios, no quedan desligados sobrenaturalmente de Dios, pues  aunque han perdido la caridad, les queda la fe y la esperanza, y por otros canales de gracia se benefician al estar incor­porados de alguna manera a Cristo. Cuando se afirma que todos los fie­les están llamados a la santidad, se quiere decir que todos ellos de­ben de lograr una plena identificación con Cristo, modelo y ejemplar de toda santidad.


30.1.1. Cristo modelo de santidad
         
La santidad, es un concepto relativo a Dios, El Santo. "Santidad": Objetivamente es aquello que pertenece o que lleva a Dios. Subjetivamente es la vida del hombre que copia el modelo de Dios; de donde la santidad consiste en definitiva, en la confor­mación o configuración con Cristo, Dios hecho hombre y por lo tanto cer­cano a los hombres, "en todo semejante a ellos menos en el pecado", Hebr. 4, 15; Gal 4, 4. Por eso puede decir S. Pablo "que Dios nos eligió en Cris­to para que fuéramos santos e inmaculados", Efes 1, 4-5. La fe y el bautismo producen esa fundamental conformación ya que nos revis­ten de Cristo, Gal 3, 27, y hacen al cristiano propiedad de Cristo, l Cor 1, 13.


30.2. EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE LA INICIACIÓN A LA VIDA CRISTIANA
         
Veamos la fuerza dinámica del Bautismo,. La santidad fundamental comunicada en el bautismo es una santidad dinámica, pues lleva entrañada una exigencia de llegar a la medida de la plenitud de Cristo, Efes 4, 13; Filp 3, 15, que es forma visible de llegar a la perfección de Dios, Mt 5, 48. El bautis­mo es un camino, no una estancia; es el comienzo de una vida divina y la vida es progreso, y es asimilación, y es dinamismo. Jesús dice: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia", Jn 10, 10.
         
Cuando Cristo presenta al cristiano la perfección del Padre celestial como ideal de perfección, no se trata de una mera utopía optimista, si­no de señalar una ruta que requiere todo el esfuerzo de la exis­tencia humana. Cuando nos exhorta a que hemos de ser misericordiosos como el Padre es misericordioso, Lc 6, 36, siguiendo las pisadas de Cristo, l Petr 2, 21, imitando su manera de obrar con los discípulos, Jn 13, 15, cumpliendo los preceptos de Cris­to  como él los cumplió del Padre, el cristiano vive en Cristo como El vive en su Padres y vive en toda verdad, justicia y bondad, Efes 5, 8-11; de tal manera que la vida de Cristo se manifiesta en él, 2 Cor 4, 11;
         
El ideal de perfección es Cristo, a quien Pablo imita, como deben de hacerlo todos los cristianos, l Cor 11, 1, que no pueden poner nunca límite a su afán de perfección: "Atended a cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso, de dig­no, de alabanza; a esto estad atentos y practicad lo que habéis aprendido y recibido y visto en mí", Filp 4, 8-9. Porque el bautismo reviste de Cristo, el bautismo exige en su pro­fundo dinamismo la plena identificación con El. Pero, además, porque el bautismo hace al cristiano propiedad de Cristo, el bautismo exige que Cristo ejerza su dominio sobre el cristiano. Y este dominio lo ejerce por medio del Espíritu Santo. Guiarse siempre por el Espíritu de Cristo, eso es pertenecer a Cristo: "No vivís según la carne, sino según Dios. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo", Rom 8, 9-11. Ahora bien, "los que son de Cristo han crucificado su carne con los vicios y las concupiscencias", Gal 5, 24.
        
30.2.1. La dinámica de la fe y del amor
         
El bautismo es una inicia­ción, una iluminación en la que se comunica la fe; es una comunica­ción de la vida de Dios, porque es participación de su modo de cono­cer. Por la fe podemos conocer el modo de obrar de Dios, porque por ella conocemos su vida intratrinitaria y su modo de obrar con los hombres. La fe es guiarse en todos los juicios de valores por el criterio de Dios, en último término, por la palabra de Dios; es guardar los mandamientos de Dios, es hacer siempre lo que se estima agradable a Dios. Pero como la vida de Dios no es sólo conocimiento, sino que fundamentalmente es amor, la fe perfecta, que es comunicación de la vida de Dios, lleva consigo también una comunicación de su amor, que se difunde en el corazón de los fieles, Rom 5, 5. Esta caridad, no es un amor cualquiera, sino el mismo amor de Dios, fuerte, universal, constante, solícito, sacrificado hasta la muerte, paciente, humilde, benigno, bienpensado, incluso cré­dulo, tolerante, etc. 1 Cor 13, 4-8.
         
Jesús entra en nosotros por la fe, vive en nosotros por la caridad. La fe es visión de Dios aferrado en nosotros, la caridad es el cora­zón de Dios latiendo en el nuestro. Esto es grandioso, y si así no fuera ¿para qué iba a enviar Dios su Espíritu Santo a nuestros co­razones?. 2 Cor 1, 22; Rom 5, 5. Así se concibe que Pablo pueda decir que Cristo habita en nosotros por la fe, Efes 3, 17, más aún, "que Cristo es el que vive en él", Gal. 2, 20, y por eso, si hay en el cristiano una vida digna de tal nombre, es porque vive de la fe, Gal 3, 11; Rom 1, 17; Hebr 10, 38.
         
El dinamismo del bautismo lleva al dinamismo de la fe y de la caridad, que se infunden en el sacramento de la iniciación cristiana. Nada más contrario a la pasividad y a la inercia. Un continuo progreso; una continua exigencia de superación caracteriza al ser íntimo del cristiano, hasta que llegue a la medida de la plenitud de Cristo. Como el atleta, con sus músculos tensos, su cuerpo lanzado hacia a­delante, 1 Cor 8, 9, la vida del cristiano es una ardorosa carrera para dar a Cristo alcance. Cristo que un día nos alcanzó en el bautismo, es al mismo tiempo el trofeo tras el que corremos, Filp 3, 12 ;  pero que siempre nos precede de cerca para alentar mejor nuestra ca­rrera.
         
Para eso están los sacramentos en la Iglesia, viático en la marcha puestos de aprovisionamiento para seguir avanzando sin hacer alto en el camino. Entre todos, el de la Eucaristía, sacramento de la fe por excelencia y de la unión con Cristo en la caridad. Es el sacramento de la unión y de la conversión en Cristo: "El que me come vivirá por mí", Jn 6, 57. Por eso es también el sacramento de la Iglesia, "Porque no hay más que un solo pan, formamos un solo cuerpo, aunque somos muchos", l Cor 10, 15-17. La Eucaristía es la perfección de la incorporación a Cristo en el bautismo, el sacramento sensible de la unión con Dios, por medio de Cristo y de la unión con los hombres,  es la fuerza que nos transforma en Dios para acercarnos a los hombres.

El Concilio Vaticano II en  Lumen Gentium, Nº 11, c: "Todos los fieles cristia­nos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre", L. G.  Nº 40, a: "El Divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida de la que El es el iniciador y consumador : "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto", Mt 5,48.  L. G. Nº 32, c: "Si bien en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y han alcanzado idén­tica fe por la justicia de Dios". L. G. Nº 42, e : "Quedan ... invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado". 



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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.


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Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Mi sacerdocio y una desconocida, El barón Wilhelm Emmanuel Ketteler, Obispo (1811-1877)


Todos nosotros debemos lo que somos y nuestra vocación, a las oraciones y a los sacrificios ajenos. En el caso del conocido obispo Ketteler, un personaje excelente del episcopado alemán del ochocientos y una de las figuras de relieve entre los fundadores de la sociología católica, la bienhechora fue una religiosa conversa, la última y la más pobre religiosa de su convento.


En 1869 se encontraron juntos un obispo de una diócesis de Alemania y un huésped suyo, el obispo Ketteler de Münster. Durante la conversación, el obispo diocesano subrayaba las múltiples obras benéficas de su huésped. Pero el obispo Ketteler explicaba a su interlocutor: “Todo lo que con la ayuda de Dios alcancé, se lo debo a la oración y al sacrificio de una persona que no conozco. Puedo decir solamente que alguien ofreció su vida a Dios en sacrificio por mí y a esto debo el hecho de ser sacerdote”. Y continuó: “En un primer momento no me sentía destinado al sacerdocio. Había realizado mis exámenes de habilitación a la abogacía y apuntaba a hacer carrera cuanto antes para obtener en el mundo un lugar importante y tener honores, consideración y dinero. Pero un acontecimiento extraordinario me lo impidió y dirigió mi vida en otra dirección.

Una tarde, mientras me encontraba solo en mi habitación, me entregué a mis sueños ambiciosos y a los planes para el futuro. No sé qué me sucedió, si estaba despierto o dormido: ¿Lo que veía era la realidad o se trataba de un sueño? Una cosa sé: vi lo que fue luego la causa de la transformación de mi vida. Con neta claridad, Cristo estaba sobre mí en una nube de luz y me mostraba su Sagrado Corazón. Delante de Él se encontraba una religiosa arrodillada que levantaba las manos en posición de imploración. De la boca de Jesús escuché las siguientes palabras: ‘¡Ella reza incesantemente por ti!’. Veía claramente la figura del orante, su fisonomía se imprimió tan fuertemente en mí que todavía hoy la tengo delante de mis ojos. Ella me parecía una simple conversa. Su vestido era pobre y ordinario, sus manos enrojecidas y callosas por el trabajo pesado. Cualquier cosa haya sido, un sueño o no, para mí fue extraordinario porque quedé impresionado profundamente; desde aquel momento decidí consagrarme completamente a Dios en el servicio sacerdotal.

Me aparté en un monasterio para los ejercicios espirituales y hablé de todo esto con mi confesor. Inicié los estudios de teología a treinta años. Todo el resto usted ya lo conoce. Si ahora usted piensa que algo bueno ocurre a través mío, sepa de quien es el verdadero mérito: de aquella religiosa que rezó por mí, quizás sin conocerme. Estoy convencido que por mi alguien rezó y reza todavía en secreto, y que sin aquella oración no podría alcanzar la meta que Dios me ha destinado”. “¿Sabe quién es que reza por usted y dónde?”, preguntó el obispo diocesano. “No, puedo sólo cotidianamente pedir a Dios que la bendiga, si  todavía vive, y que devuelva mil veces lo que hizo por mí”.
                                     

LA HERMANA DEL ESTABLO

Al día siguiente, el obispo Ketteler fue a visitar un convento de religiosas en una ciudad cercana y celebró para ellas la Santa Misa en la capilla. Casi al final de la distribución de la Santísima Comunión, llegando a la última fila, su mirada se fijó en una religiosa. Su rostro palideció, él quedó inmóvil, luego se recuperó y dio la Comunión a la religiosa que nada había notado y estaba devotamente de rodillas. Después concluyó serenamente la liturgia.

Al desayuno llegó también al convento el obispo diocesano del día anterior. El obispo Ketteler pidió a la madre superiora de presentarle a todas las religiosas, que llegaron en poco tiempo. Los dos obispos se acercaron y Ketteler las saludaba observándolas, pero parecía claramente no encontrar lo que buscaba. En voz baja se dirige a la madre superiora: “¿Estas son todas las religiosas?”. Ella, mirando al grupo, respondió: “¡Excelencia, las hice llamar a todas, pero efectivamente falta una!”. “¿Por qué no vino?”. La madre respondió: “Ella se ocupa del establo, y lo hace de un modo tan ejemplar que en su celo a veces se olvida las otras cosas”. “Deseo conocer a esta religiosa”, dijo el obispo. Después de poco tiempo, llegó la religiosa. Él palideció de nuevo y después de haber dirigido algunas palabras a todas las religiosas, pidió permanecer sólo con ella.

“¿Usted me conoce?”, preguntó. “¡Excelencia, yo no lo he visto nunca!”. “¿Pero usted rezó y ofreció buenas obras por mí?”, quería saber Ketteler. “No soy consciente de ello, porque no sabía de la existencia de Vuestra Gracia”. El obispo permaneció algunos instantes inmóvil y en silencio, luego continuó con otras preguntas. “¿Cuáles son las devociones que más ama y que practica con más frecuencia?”. “La veneración al Sagrado Corazón”, contestó la religiosa. “¡Parece que usted tiene el trabajo más pesado en el convento!”, continuó. “¡Ay no, Vuestra Gracia! Ciertamente no puedo desconocer que a veces me repugna”. “¿Entonces qué hace cuando está agobiada por la tentación?”. “Tomé la costumbre de afrontar por amor a Dios, con alegría y celo, todas las tareas que me cuestan mucho y después las ofrezco por un alma del mundo. Será el buen Dios quien elegirá a quien dar Su gracia, yo no lo quiero saber. También ofrezco la hora de adoración de la noche, desde las veinte a las veintiuno, por esta intención”. “¿Cómo le surgió la idea de ofrecer todo esto por un alma?”. “Es una costumbre que ya tenía cuando todavía vivía en el mundo. En la escuela el párroco nos enseñó que se debería rezar por los demás como se hace por los propios parientes. Además añadía: ‘Sería necesario rezar mucho por los que corren el peligro de perderse por la eternidad. Pero como sólo Dios sabe quien tiene mayor necesidad, lo mejor sería ofrecer las oraciones al Sagrado Corazón de Jesús, confiando en su sabiduría y omnisciencia’. Así hice, y siempre pensé que Dios encuentra el alma justa”.


DÍA DEL CUMPLEAÑOS Y DÍA DE LA CONVERSIÓN

“¿Cuántos años tiene?”, le preguntó Ketteler. “Treinta y tres años, Excelencia”. El obispo, perturbado, se interrumpió por un instante, luego preguntó: “¿Cuándo nació?”. La religiosa refirió el día de su nacimiento. El obispo entonces hizo una exclamación: ¡Se trataba precisamente del día de su conversión! Él la había visto exactamente así, delante de sí como se encontraba en aquel momento. “¿Usted no sabe si sus oraciones y sus sacrificios tuvieron éxito?”. “No, Vuestra Gracia”. “¿Y no lo quiere saber?”. “El buen Dios sabe que cuando se hace algo bueno, esto es suficiente”, fue la simple respuesta. El obispo estaba muy impresionado: “¡Por amor a Dios, entonces continúe con esta obra!”.

La religiosa se arrodilló frente a él y le pidió su bendición. El obispo levantó solemnemente las manos y con profunda conmoción dijo: “Con mis poderes episcopales, bendigo su alma, sus manos y el trabajo que cumplen, bendigo sus oraciones y sus sacrificios, su dominio de sí y su obediencia. La bendigo especialmente para su última hora y ruego a Dios que la asista con su consuelo”. “Amén”, respondió serena la religiosa y se alejó.


UNA ENSEÑANZA PARA TODA LA VIDA

El obispo se sintió turbado profundamente, se acercó a la ventana  para mirar afuera, tratando de recobrar su equilibrio. Más tarde se despidió de la madre superiora para regresar a la casa de su amigo y hermano. A él le confió: “Ahora encontré a quien debo mi vocación. Es la última y la más pobre conversa del convento. Nunca podré suficientemente dar gracias a Dios por su misericordia, porque aquella religiosa reza por mí desde casi veinte años. Pero Dios en antelación había acogido su oración y también había previsto que el día de su nacimiento coincidiera con el de mi conversión; sucesivamente Dios acogió las oraciones y las obras buenas de aquella religiosa. 


¡Cuál enseñanza y admonición para mí! Si un día tuviera la tentación de jactarme por eventuales éxitos y por mis obras delante de los hombres, debería tener presente que todo me proviene de la gracia de la oración y del sacrificio de una pobre sierva del establo de un convento. Y si un trabajo insignificante me parece de poco valor, tengo que reflexionar que lo que aquella sierva, con obediencia humilde hacia Dios, hace y ofrece en sacrificio con dominio de sí tiene un tal valor delante a Dios, a tal punto que sus obras han creado un obispo para la Iglesia!”.



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Tomado de Congregatio Pro Clericis
www.clerus.org

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Jesús enseña con autoridad

P. Adolfo Franco, S.J.

DOMINGO IV
del Tiempo Ordinario

Marcos, 1, 21-28

Jesús tiene un mensaje nuevo que admiraba a sus primeros oyentes y debería producir admiración en nosotros.



San Marcos recoge en este párrafo la primera actuación de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Era costumbre que los judíos se reunieran los sábados en la sinagoga a orar y a leer y comentar la Sagrada Escritura. Con frecuencia era invitado a hacer la lectura y algún comentario a la misma alguno de los presentes, o algún invitado especial. Y, como la fama de Jesús empezaba a extenderse por los alrededores de los poblados que rodean al lago de Galilea, en este caso fue invitado Jesús a hacer la oración del sábado y la lectura de la Biblia y su explicación. Era ya comentario frecuente que el hijo de José, el carpintero empezaba a enseñar una nueva doctrina y a tener actuaciones sorprendentes.

Había, pues, mucha expectativa y cuando Jesús acabó de hablar todos quedaron admirados. Lo que más admiración producía era que su forma de hablar era distinta de la forma en que hablaban ordinariamente los escribas (los letrados) que eran los que ordinariamente hacían los comentarios. San Marcos recalca que la predicación de Jesús producía admiración, y que daba la impresión de que hablaba con autoridad, que sus palabras tenían una fuerza especial; y además dice que no hablaba como los escribas y fariseos.

¿Qué admiraban estos primeros oyentes? ¿Por qué las palabras que pronunciaba este hombre del pueblo tenían tanta fuerza? Por varias razones fundamentales: Jesús no repetía frases hechas, sino enseñanzas que llegaban al alma. Además se notaba que quería ir a lo esencial del mensaje de Dios, y no se quedaba en los mandatos exteriores y rutinarios sobre los que tanto insistían los fariseos. Era una enseñanza tremendamente exigente, que quería elevar a sus oyentes y sacarlos de la mediocridad. Y finalmente se sentía a las claras que lo que enseñanza lo sacaba de su corazón y que no hacía más que trasmitir con sus palabras lo que El vivía en su propia vida.

La predicación de Jesús no estaba llena de tópicos, de frases hechas, de consejos rutinarios. Sus palabras eran “nuevas” no dichas por nadie antes. Y no tenía que recurrir a una aburrida erudición, ni a abstracciones difíciles, para que fueran profundas: Eran las palabras más simples del mundo, pero que llegaban con una fuerza incontenible: eran palabras como las de las parábolas; palabras sacadas de la naturaleza, del quehacer de cada día. Era la realidad convertida en mensaje: la siembra es Reino de los cielos, y el tesoro que alguien descubre explica el atractivo del Reino de los cielos, y la pesca, y la semilla pequeña son señales del Reino de los cielos. Todo transparente y todo lleno de sentido. Eran palabras esperadas por aquellos campesinos y artesanos que estaban ávidos de encontrar un nuevo sentido a sus vidas de cada día, y por eso en seguida se dieron cuenta de que las palabras de Jesús producían un sonido distinto en sus corazones.

Jesús no reducía la entrega a Dios a una serie de fórmulas y prácticas externas; no quería sacrificios de animales, sino la entrega de la vida; no enseñaba la limpieza ritual, sino la pureza extrema del corazón. No valoraba la limosna por la cantidad sino por la generosidad del donante. Porque Dios habita en el corazón y es el corazón lo que hay que entregarle.

Además eran palabras exigentes; que superaban todas las antiguas exigencias. Ponían el límite muy arriba; y por eso todo el que tenía ansias de superación encontraba que su enseñanza era un reto hermoso, y que valía la pena escucharlo con seriedad: se dijo a los antiguos “ojo por ojo y diente por diente” pero yo les digo que hay que amar incluso al enemigo. Hay que tener un total desinterés, en la amistad, en el servicio. Hay que darse totalmente sin límites y sin condiciones. No hay que hacer nada por apariencia, sino hay que orar en silencio, y no exhibir las buenas obras. Hay que tener una total confianza en el Padre que alimenta con su mano a los pájaros del cielo, y que viste con una imaginación admirable a todas las flores.

Pero, todo eso lo enseñaba, con una convicción que nacía de su propia vida. Todo lo que enseñaba era lo que El vivía cada día. No era como ésos que ponían a los demás exigencias muy grandes, de las que los “maestros de la ley” se consideraban exentos. El tenía el atrevimiento de hablar de la pobreza, porque no tenía ni dónde reclinar la cabeza, el derramaba sus bendiciones sobre los pacíficos y sobre los que padecen persecución, porque sabía lo que era ser perseguido injustamente, y sabía del triunfo de los que buscan la paz.


Por todo eso causaba admiración en sus oyentes, ellos entendían al oírle que no había absolutamente nada de fingimiento en todo lo que Jesús enseñaba. Que no era cuestión de cosas externas, de ritos, sino que había que adorar a Dios con el corazón y hasta las últimas consecuencias. Por todo esto su doctrina sonaba a novedad, e incluso sus enemigos en algún momento dirán: nadie ha hablado como este hombre.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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