Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Cardenal Nicola Cusano
Compartimos el testimonio del Cardenal Nicola Cusano, sobre su experiencia sobre el poder la oración de las hermanas de convento para la santificación de los sacerdotes. Acceda AQUÍ.
Jesús camina sobre las aguas
El P. Adolfo Franco, S.J. nos comparte su reflexión del evangelio del Domingo XIX. "El Señor nos invita a salir de la seguridad de la barca y que arriesguemos aunque nos parezca que caminamos sobre las aguas". Acceda AQUÍ.
Adoración Eucarística para la Santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual - Cardenal Nicola Cusano
EL SUEÑO DE UN CARDENAL
El cardenal Nicola Cusano (1401-1464), obispo de
Bressanone (Brixen), no fue sólo un gran político de la Iglesia, famoso legado papal y reformador de la vida espiritual del clero y del pueblo del siglo
XV,
sino también un hombre de silencio y contemplación.
En un “sueño” le fue mostrada aquella realidad espiritual, que todavía vale hoy para todos los sacerdotes y para todos los
hombres:
el poder del abandono, de la oración y del sacrificio
de las madres espirituales en el secreto de
los conventos.
MANOS Y CORAZONES QUE SE SACRIFICAN
“... Entrando en una iglesia
pequeña y muy antigua, adornada con mosaicos y frescos de los primeros siglos,
al cardenal se le manifestó una visión desmesurada. Millares de religiosas
rezaban en la pequeña iglesia. Ellas eran tan delgadas y unidas que todas
cabían allí, a pesar que la comunidad era numerosa. Las religiosas rezaban y el
cardenal nunca había visto rezar tan intensamente. Ellas no estaban
arrodilladas, sino derechas de pie, la mirada fija no lejana, sobre un punto
cercano a él, pero no visible a sus ojos. Sus brazos estaban abiertos y las
manos dirigidas hacia lo alto, en una posición de ofrenda”.
Lo increíble de esta visión es el hecho que estas religiosas en sus pobres y sutiles manos tenían hombres y mujeres, emperadores y reyes, ciudades y naciones. A veces las manos se estrechaban alrededor de una ciudad; otras veces una nación, reconocible por las banderas nacionales, se extendía sobre un muro de brazos que la sostenía. También en estos casos, alrededor de cada persona orante se extendía un halo de silencio y de discreción. Pero la mayor parte de las religiosas sostenían en la mano sólo un hermano o hermana.
En las manos de una joven y delgada religiosa, casi una niña, el cardenal Nicola vio al Papa. Se comprendía cuánto la carga pesaba sobre ella, pero su rostro brillaba de alegría. En las manos de una anciana religiosa estaba él mismo, Nicola Cusano, obispo de Bressanone y cardenal de la Iglesia romana. Él se reconoció claramente con sus arrugas y con los defectos de su alma y su vida. Observaba todo con ojos muy abiertos y asustados, pero enseguida el susto fue sustituido por una indescriptible beatitud.
La guía, que se encontraba a su lado, les susurró: “¡Ven cómo, a pesar de sus pecados, los pecadores que no han dejado de amar a Dios son sostenidos!”. El cardenal preguntó: “¿Entonces qué sucede a los que no aman más?”. Al improviso, siempre junto a su guía, se encontró en la cripta de la iglesia, donde rezaban otras millares de religiosas.
Mientras aquellas que había visto antes sostenían a las personas con sus manos, éstas en la cripta las sostenían con los corazones. Estaban profundamente involucradas, porque se trataba del destino eterno de las almas. “Vea, Eminencia”, dijo la guía: “así son sostenidos los que han dejado de amar. A veces sucede que se calientan con el calor de los corazones que se consuman por ellos, pero no siempre. A veces, en la hora de la muerte, pasan de las manos de quienes todavía los quieren salvar a aquellas del Juez divino, con quien luego deben justificarse también por el sacrificio ofrecido por ellos. Ningún sacrificio queda sin fruto, pero quien no acoge el fruto que se le ha ofrecido, madura el fruto de la ruina”.
El cardenal miró fijamente a las mujeres víctimas
voluntarias. Él había siempre sabido de su existencia. Pero nunca le había sido
tan claro qué significaban ellas para la Iglesia, para el mundo, para los
pueblos y para cada persona; sólo ahora lo comprendía con consternación. Él se
inclinó profundamente delante de las mártires del amor.
Foto: Desde 550 Säben fue
durante 500 años la sede episcopal de la diócesis de Bressanone. Desde 1685, es
decir desde hace más que 300 años, el castillo episcopal se ha convertido en un
monasterio, en donde hasta hoy, una comunidad de Religiosas Benedictinas vive
la maternidad espiritual, rezando y consagrándose a Dios, precisamente como el
cardenal Nicola Cusano había visto en su sueño.
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Tomado de:
http://www.clerus.org/
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Homilía del papa Francisco en beatificación de Paul Yun Ji-Chung y 123 compañeros mártires en Corea
(13-18 DE AGOSTO DE 2014)
SANTA MISA DE BEATIFICACIÓN DE
PAUL YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRES
PAUL YUN JI-CHUNG Y 123 COMPAÑEROS MÁRTIRES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Puerta de Gwanghwamun, Seúl
Sábado 16 de agosto de 2014
Sábado 16 de agosto de 2014
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,35). Con estas palabras, san Pablo nos habla de la gloria de nuestra fe en Jesús: no sólo resucitó de entre los muertos y ascendió al cielo, sino que nos ha unido a él y nos ha hecho partícipes de su vida eterna. Cristo ha vencido y su victoria es la nuestra.
Hoy celebramos esta victoria en Pablo Yun Ji-chung y sus 123 compañeros. Sus nombres quedan unidos ahora a los de los santos mártires Andrés Kim Teagon, Pablo Chong Hasang y compañeros, a los que he venerado hace unos momentos. Vivieron y murieron por Cristo, y ahora reinan con él en la alegría y en la gloria. Con san Pablo, nos dicen que, en la muerte y resurrección de su Hijo, Dios nos ha concedido la victoria más grande de todas. En efecto, «ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,38-39).
La victoria de los mártires, su testimonio del poder del amor de Dios, sigue dando frutos hoy en Corea, en la Iglesia que sigue creciendo gracias a su sacrificio. La celebración del beato Pablo y compañeros nos ofrece la oportunidad de volver a los primeros momentos, a la infancia –por decirlo así– de la Iglesia en Corea. Los invita a ustedes, católicos de Corea, a recordar las grandezas que Dios ha hecho en esta tierra, y a custodiar como un tesoro el legado de fe y caridad confiado a ustedes por sus antepasados.
En la misteriosa providencia de Dios, la fe cristiana no llegó a las costas de Corea a través de los misioneros; sino que entró por el corazón y la mente de los propios coreanos. En efecto, fue suscitada por la curiosidad intelectual, por la búsqueda de la verdad religiosa. Tras un encuentro inicial con el Evangelio, los primeros cristianos coreanos abrieron su mente a Jesús. Querían saber más acerca de este Cristo que sufrió, murió y resucitó de entre los muertos. El conocimiento de Jesús pronto dio lugar a un encuentro con el Señor mismo, a los primeros bautismos, al deseo de una vida sacramental y eclesial plena y al comienzo de un compromiso misionero. También dio como fruto comunidades que se inspiraban en la Iglesia primitiva, en la que los creyentes eran verdaderamente un solo corazón y una sola mente, sin dejarse llevar por las diferencias sociales tradicionales, y teniendo todo en común (cf. Hch 4,32).
Esta historia nos habla de la importancia, la dignidad y la belleza de la vocación de los laicos. Saludo a los numerosos fieles laicos aquí presentes, y en particular a las familias cristianas, que día a día, con su ejemplo, educan a los jóvenes en la fe y en el amor reconciliador de Cristo. También saludo de manera especial a los numerosos sacerdotes que hoy están con nosotros; con su generoso ministerio transmiten el rico patrimonio de fe cultivado por las pasadas generaciones de católicos coreanos.
El Evangelio de hoy contiene un mensaje importante para todos nosotros. Jesús pide al Padre que nos consagre en la verdad y nos proteja del mundo.
Es significativo, ante todo, que Jesús pida al Padre que nos consagre y proteja, pero no que nos aparte del mundo. Sabemos que él envía a sus discípulos para que sean fermento de santidad y verdad en el mundo: la sal de la tierra, la luz del mundo. En esto, los mártires nos muestran el camino.
Poco después de que las primeras semillas de la fe fueran plantadas en esta tierra, los mártires y la comunidad cristiana tuvieron que elegir entre seguir a Jesús o al mundo. Habían escuchado la advertencia del Señor de que el mundo los odiaría por su causa (cf. Jn 17,14); sabían el precio de ser discípulos. Para muchos, esto significó persecución y, más tarde, la fuga a las montañas, donde formaron aldeas católicas. Estaban dispuestos a grandes sacrificios y a despojarse de todo lo que pudiera apartarles de Cristo –pertenencias y tierras, prestigio y honor–, porque sabían que sólo Cristo era su verdadero tesoro.
En nuestros días, muchas veces vemos cómo el mundo cuestiona nuestra fe, y de múltiples maneras se nos pide entrar en componendas con la fe, diluir las exigencias radicales del Evangelio y acomodarnos al espíritu de nuestro tiempo. Sin embargo, los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con él y con su Reino eterno. Nos hacen preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos dispuestos a morir.
Además, el ejemplo de los mártires nos enseña también la importancia de la caridad en la vida de fe. La autenticidad de su testimonio de Cristo, expresada en la aceptación de la igual dignidad de todos los bautizados, fue lo que les llevó a una forma de vida fraterna que cuestionaba las rígidas estructuras sociales de su época. Fue su negativa a separar el doble mandamiento del amor a Dios y amor al prójimo lo que les llevó a una solicitud tan fuerte por las necesidades de los hermanos. Su ejemplo tiene mucho que decirnos a nosotros, que vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados.
Si seguimos el ejemplo de los mártires y creemos en la palabra del Señor, entonces comprenderemos la libertad sublime y la alegría con la que afrontaron su muerte. Veremos, además, cómo la celebración de hoy incluye también a los innumerables mártires anónimos, en este país y en todo el mundo, que, especialmente en el siglo pasado, han dado su vida por Cristo o han sufrido lacerantes persecuciones por su nombre.
Hoy es un día de gran regocijo para todos los coreanos. El legado del beato Pablo Yun Ji-chung y compañeros –su rectitud en la búsqueda de la verdad, su fidelidad a los más altos principios de la religión que abrazaron, así como su testimonio de caridad y solidaridad para con todos– es parte de la rica historia del pueblo coreano. La herencia de los mártires puede inspirar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a trabajar en armonía por una sociedad más justa, libre y reconciliada, contribuyendo así a la paz y a la defensa de los valores auténticamente humanos en este país y en el mundo entero.
Que la intercesión de los mártires coreanos, en unión con la de Nuestra Señora, Madre de la Iglesia, nos alcance la gracia de la perseverancia en la fe y en toda obra buena, en la santidad y la pureza de corazón, y en el celo apostólico de dar testimonio de Jesús en este querido país, en toda Asia, y hasta los confines de la tierra. Amén.
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Tomado de
www.vatican.va
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La curación de la hija de una cananea
P. Adolfo Franco, S.J.
Un milagro diferente: Jesús no quería hacerlo, se resistía, pero la fe de una mujer lo consiguió. ¿Tenemos tanta fe como para superar un aparente rechazo de Dios?
Y ¿cómo
se manifiesta la fe grande de esta mujer? En primer lugar porque acude a Jesús,
siendo una extranjera. A la samaritana fue Jesús quien la buscó; ésta en cambio
es la que tiene la iniciativa de buscar. Además se manifiesta la fe de la
cananea porque confía en la oración, sabe que su oración al final será
escuchada, a pesar de que tiene que perseverar en la petición que parecería
caer en el vacío. Y finalmente porque sabe aceptar con humildad la palabra dura
que le dirige el Señor. Y es notable cómo el Señor al final alaba la fe de esta
mujer, y en qué forma se lo expresa: que se haga como has creído; y ella había
creído firmemente y por eso su hija quedó realmente curada. Parecería que Jesús
atribuye su propio milagro a la fe de esta mujer más que a su poder milagroso.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.
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DOMINGO XX
DEL TIEMPO ORDINARIO
Mt. 15, 21-28
Se trata en este párrafo del evangelio de la
curación de la hija de una cananea. Y es un milagro muy especial, porque tiene
tres peculiaridades muy particulares, que no aparecen en otros milagros: lo
primero es que es una curación fuera del territorio de Israel; Jesús salió muy
poco de ese territorio y no hizo milagros sino en la tierra de Israel. En
segundo lugar es el único milagro al que se resiste, parecería que no lo quiere
realizar (es diferente a la resistencia que aparenta en el milagro de las bodas
de Caná); aquí la misma mujer cananea le va a forzar a que lo haga. En otras
situaciones Jesús incluso se adelanta a hacer los milagros la mayor parte de
las veces, o al menos no pone resistencia. Y en tercer lugar entra en un
intercambio de palabras con la mujer cananea y aparentemente la mujer queda con
la última palabra a la que el Señor ya no puede replicar, ya no dice nada más
que una alabanza de la fe de esta mujer. Se podría decir que es la única vez que Jesús pierde en una polémica; El que tuvo
tantas con los personajes notables de los judíos.
Se nos enseña en este milagro la universalidad
de la misión de Jesús; aunque Jesús, por sí mismo, en su propia vida, se movió casi
únicamente dentro del territorio de Israel, y allí predicó, allí gastó su vida;
pero ya aquí asoma la universalidad de su mensaje, de su Reino, de su salvación
y redención. Y ya este milagro es un adelanto de la predicación de los
apóstoles, que se extenderán por todas las regiones de la tierra. Este milagro
es una primicia de la salvación universal. Después será San Pablo el que se
esfuerce para hacer caer en la cuenta que la salvación de Jesús es para todos
los pueblos; universalidad que Jesús señala a sus apóstoles cuando les deja su
misión y les dice que vayan a predicar a todos los pueblos.
Además otro mensaje que nos deja este milagro es
el de la perseverancia en la oración. A esta mujer Jesús no le hace caso, su
oración parece rechazada. Incluso los apóstoles apoyan la petición de esta
mujer; ellos lo hacen por cierta comodidad: «Atiéndela, que viene detrás
gritando». Y El entonces replica a los apóstoles y les dice: -«Sólo me han
enviadlo a las ovejas descarriadas de Israel.» Parecería que la oración de esta
mujer se estrella contra una pared. Pero al final la oración es la que triunfa.
Pero la oración ha pasado por aparente silencio primero, y por rechazo después.
La mujer ha sido puesta a prueba, y ella ha perseverado hasta el fin. Hay otras
enseñanzas similares de Jesús sobre la oración: en la parábola del amigo que a
hora inoportuna va a pedir unos panes a su amigo, y que si insiste en la
oración, será escuchado, si no como amigo, al menos como importuno. Y lo mismo
enseña en la parábola del juez injusto que no quiere hacer justicia a una pobre
viuda; si el juez no le hace justicia por derecho, al menos se la hará para que
le dejen en paz. Ocurre tantas veces en nuestras peticiones que nos parece que
no son oídas e incluso a veces nos parecen rechazadas, como que a Dios no le interesara
escucharnos. Y nunca es así.
Y muy importante lección en este milagro es la
humildad de esta mujer, que acepta que la comparen con los perrillos que
merodean alrededor de la mesa de sus amos. Ciertamente que suena muy dura esta
respuesta de Jesús, por el calificativo que da a la mujer cananea y porque
parece despreciativa de todos los que non judíos. Parecería una respuesta
discriminatoria. La mujer tiene respuestas todavía por su gran humildad; acepta
que la comparen con los perrillos que andan buscando migajas; está tan
concentrada en la necesidad que tiene su hija, que tolera lo que parece un
insulto. Lo que ella quiere es que le curen a su hija, y por eso acepta todo.
Un gran amor de madre, que le hace humillarse hasta seguir insistiendo con firmeza,
con fe y con humildad. Por eso al final lo que queda es un elogio a la misma
mujer a la que Jesús aparentemente había rechazado.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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La Iglesia - 28º Parte: Estructura Jerárquica de la Iglesia
P. Ignacio Garro, S.J.
SEMINARIO ARQUIDIOCESANO DE AREQUIPA
29. LA ESTRUCTURA JERÁRQUICA DE LA IGLESIA
Presentado
ya el ser de la Iglesia y hecha la descripción teológica de la misma, es hora
de hablar de la estructura jerárquica de la Iglesia (Orden Sacerdotal), la cual
no surge en ella como resultado de una delegación democrática, sino como una
constitución de estructura apostólica de la Iglesia que Cristo así la quiso.
Esta estructura Jerárquica sólo podremos conocerla recurriendo a la Sagrada
Escritura y a la Tradición.
El
estudio de la Jerarquía, dentro del tratado de Ecclesia, viene en el marco del
estudio de la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, porque la
razón de ser de la jerarquía está dentro del pueblo de Dios y al servicio de
él. En la Iglesia, lo primero, y fundamental es pertenecer y ser miembro de la
Iglesia, por el Bautismo nos incorporamos a Cristo y pertenecemos a su Cuerpo
Místico que es la Iglesia, sólo después podemos hablar de la Jerarquía de la
Iglesia como una autoridad puesta y querida por Cristo para estar al frente de
la misma Iglesia y al servicio de todo el pueblo de Dios.
29.1. ESTRUCTURA JERÁRQUICA DE LA IGLESIA - SACRAMENTO DEL ORDEN
Por
voluntad de Cristo, que la ha instituido, la Iglesia, es una sociedad orgánica
y jerárquica, animada y vivificada por el Espíritu Santo y gobernada por los
Obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con el sucesor de Pedro,
vicario de Cristo y cabeza visible de toda la Iglesia.
Es un deber de todos los miembros de la Iglesia no permanecer pasivos en
el cuerpo que ella constituye, sino para participar positivamente, en comunión
de espíritu, de su actividad.
Anteriormente hemos afirmado que toda la Iglesia es Pueblo de Dios,
Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu. Y todos los miembros de la Iglesia por
medio del sacramento del bautismo tienen
la misma fundamental dignidad de ser hijos de Dios, tienen por cabeza a Cristo
y tienen por fin apostólico la dilatación del Reino de Dios entre todos los
hombres.
Pero no todos tienen las mismas funciones dentro de la comunidad, ni las
mismas responsabilidades. Y esto no solo por la necesidad inherente a toda
comunidad bien organizada, sino por voluntad expresa del Señor, que cimentó la
Iglesia sobre el ministerio apostólico unido en la roca de Pedro y perpetuado
hasta el final de los tiempos en sus sucesores.
Los Apóstoles, con Pedro a la cabeza, son los que han recibido de Cristo
la misión de participar y perpetuar en
la Iglesia la triple función salvífica de Cristo:
- Función Profética: Es decir, proclamar, dar a conocer, enseñar, el Misterio de Cristo, su persona y su obra salvífica, contenido en los Evangelios, dar a conocer la verdad salvífica del Reino de Dios entre los hombres. Es el “munus docendi” (oficio de enseñar).
- Función Sacerdotal: Es el oficio de santificar al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos, la oración, etc. Es la participación y realización de Cristo – Sacerdote de la Nueva Alianza. Es el “munus santificandi”, (oficio de santificar).
- Función Pastoral, o Real: Es decir, participación de la función salvífica de Cristo Buen Pastor, Rey y Señor de todo el Universo. Se trata de gobernar, guiar al pueblo de Dios por medio de la caridad fraterna hacia la patria celestial donde está Cristo. Gobernar, guiar, al Pueblo de Dios como quien sirve, hasta dar la vida por todos, como el modelo Cristo, el Buen Pastor. Es el “munus gobernandi” (oficio de gobernar).
La
Constitución Lumen Gentium en el nº 18 dice: “Para apacentar y engrandecer
continuamente al pueblo de Dios, Cristo Señor, estableció en su Iglesia
diversos ministerio, dirigidos al bien de todo el Cuerpo. Los ministros,
dotados de poder sagrado, sirven a sus hermanos, para que cuantos pertenecen al
pueblo de Dios y que por tanto, poseen
la auténtica dignidad cristiana, lleguemos a la salvación colaborando de manera libre y ordenada para conseguir los mismos
objetivos”.
Esto quiere decir que la estructura sacramental de la Iglesia divino -
humana es jerárquica, o sea, que la responsabilidad última respecto a la fiel
transmisión de la Palabra de Dios, a la administración de los sacramentos y al
gobierno y dirección de la Iglesia, no reside en el pueblo indiferenciado, sino
en aquella parte del pueblo de Dios que ha recibido de Cristo, a través de la
sucesión apostólica, el encargo de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia de
Cristo, como participación de la gracia capital de Cristo Cabeza.
La fe de la Iglesia afirma que estos responsables son los Apóstoles y sus
sucesores directos, los Obispos. También afirma que el Colegio Episcopal tiene
su principio de unidad en el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, el Papa.
La Iglesia católica dice: "Cristo dio a su Iglesia una constitución
jerárquica", (de fe).
Los poderes jerárquicos (autoritativos) de la Iglesia comprenden una
triple potestad:
- Enseñar, por medio de la palabra revelada todo lo referente a la salvación. Cristo el centro del mensaje; es la misión de profeta - maestro.
- Santificar, realizando y comunicando los sacramentos y su eficacia salvadora, ministerio sacerdotal
- Gobernar, guiar, cuidar, al pueblo de Dios en orden a la santidad de vida con el vínculo de la caridad, y también la capacidad legisladora y jurídica en bien del Cuerpo de Cristo, función pastoral.
Estas tres funciones potestativas se representan en las imágenes de
Cristo, Profeta, Sacerdote y Pastor, de las cuales participan todos los
bautizados en el sacerdocio común como partícipes del Cuerpo Místico de Cristo
y de una manera especial los bautizados que pertenecen al orden sacerdotal,
sacerdocio ministerial, como partícipes de la gracia capital de Cristo Cabeza, por medio del sacramento del orden.
Cristo transmitió
a los Apóstoles este triple oficio con sus poderes correspondientes. El
fundamento bíblico de esta índole jerárquica y apostólica es el siguiente:
Cristo transmitió a los apóstoles la misión que había recibido del Padre, Jn
20, 21. La misión de Cristo comprende su triple función de redentor. Jesús dio
a los apóstoles el encargo de predicar el evangelio por todo el mundo, Mt 28,
19; Mc 16, 15. Les confirió la autoridad de gobernar, Lc 10, 16; Mt 10, 40; les
prometió el poder de atar y desatar, Mt 18, 18 y les transmitió los poderes
sacerdotales de bautizar, Mt 28, 19, celebrar la Eucaristía, Lc 22, 19, de perdonar los pecados, Jn 20, 23.
En efecto, los Apóstoles, según el testimonio de S. Pablo, se
consideraban como legados de Cristo:
"por el cual hemos recibido la gracia del apostolado para promover entre
las naciones la obediencia a la fe", Rom 1, 5; se consideraban como "ministros de Cristo y dispensadores
de los misterios de Dios", l Cor 4, 1, como enviados por Cristo de
los cuales se vale Dios para amonestar, 2 Cor 5, 20 como: "predicadores de la palabra de reconciliación" y "portadores del ministerio de la
reconciliación", 2 Cor 5, 18. Los Apóstoles hicieron uso de los
poderes que les habían conferido: "ellos
se fueron y predicaron por doquier", Mc 16, 20; dieron leyes y prescripciones
a los fieles, Hech 15, 28; l Cor 11, 34; dieron sentencias e impusieron
castigos, l Cor 5, 3-5; bautizaron, Hech 2, 41 l Cor 1, 14; celebraron la Eucaristía,
Hech 2, 42, y confirieron poderes eclesiásticos por la imposición de sus manos,
Hech 6, 16; 14, 22; 1 Tim 4, 14; Tit 1, 5.
La palabra "Jerarquía" viene del griego: “ieros” = sagrado - "arje" = principio, y significa = “principado sacro”. Este vocablo no parece en los escritos del N.T. Sin embargo es un
término manejado en los escritos apostólicos de la primitiva comunidad
cristiana como en el Pseudo-Dionisio, refiriéndose a los Apóstoles elegidos por
Cristo y a sus sucesores los Obispos. La "jerarquía" es pues, un
"principado sacro", no sólo porque se ejercita sobre las cosas
sagradas (objeto) sino, sobre todo, porque quien lo ejercita (sujeto), está
consagrado en virtud de un acto positivo de Cristo que lo hace instrumento suyo
para continuar la obra salvífica y lo coloca, por lo tanto, en un rango
especial en la Iglesia, Orden sacerdotal.
La función de la jerarquía es precisamente la de
perpetuar en el mundo la presencia de estos medios salvíficos: la predicación
de la palabra de Dios (fe), la distribución y realización de los sacramentos y
la dirección del Pueblo de Dios hacia su fin sobrenatural último.
En la Iglesia primitiva además de los Apóstoles,
aparecen también, como poseedores de los oficios ministeriales y poderes
jerárquicos los "presbiteroi", que significa = ancianos. Los presbíteros,
por su función eran colaboradores de los apóstoles, Hech 20, 17; 1 Petr
5, 1-2, y los “diakonos”, que significa = servidor. Los presbíteros de la comunidad ungían a los
enfermos en el nombre del Señor y les concedían el perdón de los pecados, Sant
5, 4, s.s. Estos colaboradores de los apóstoles eran escogidos, a veces, por la
comunidad, pero recibían su oficio y potestad no de la comunidad, sino de los apóstoles.
Hech 6, 6, (institución de los siete diáconos), y en Hech 14, 22 la institución
de presbíteros. Los cristianos carismáticos, que durante la era apostólica
tuvieron parte tan importante en la edificación de la Iglesia, 1 Cor 12 y 14 no
pertenecían a la jerarquía, a no ser que poseyeran al mismo tiempo oficios
eclesiásticos. S. Pablo les exige la subordinación de los carismas al oficio
apostólico, 1 Cor 14, 26, s.s.
El Concilio de Trento declaró: contra los
protestantes (los cuales rechazaban el sacerdocio ministerial y, con ello, la
jerarquía de la Iglesia, y tan sólo reconocían el sacerdocio común (bautismo)
de todos los fieles), que en la Iglesia católica existe una jerarquía creada por institución
divina. Denz 966.
El Papa Pío VI rechazó como herética la doctrina
galicana del Sínodo de Pistoya en la que dicha doctrina afirmaba: la que la
autoridad eclesiástica había sido concedida inmediatamente por Dios a la
Iglesia, es decir, a la totalidad de los fieles, y por la Iglesia pasaba a los
pastores", Denz 1502.
El papa Pío VI, afirmo: "que Cristo confió
inmediatamente el poder espiritual a los apóstoles". Pío X, condenó la
proposición del modernismo en la que decía que la jerarquía eclesiástica era el
resultado de una sucesiva evolución histórica. Denz 2054.
Finalmente el Concilio Vaticano II en la
Constitución dogmática sobre la Iglesia, "Lumen Gentium" en los Nº 18-29,
trata con detenimiento sobre la constitución jerárquica de la Iglesia.
Si queremos reducir a una breve fórmula la doctrina
expuesta por el Conc. Vat. II acerca de la Iglesia podemos decir que: La
Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que vive con un orden jerárquicamente
estructurado al servicio del reino de Dios. El orden jerárquico, instituido
por Cristo (orden sacerdotal), con el que se introduce la distinción entre
ministros y laicos, es esencial a la Iglesia, por eso hablamos de la estructura
jerárquica de la Iglesia como el principio que constituye al Pueblo de Dios, y
tiene su lugar teológico en la sacramentalidad de la Iglesia. La Iglesia es el
signo de salvación puesto por Jesucristo para todos los hombres, "como
sacramento en Cristo, es decir, como signo e instrumento para la más íntima
unión con Dios, así como para la unión de toda la humanidad", L. G. Cptlo
1º, Nº 1.
Este significado sacramental de la Iglesia está vinculado a la
estructura jerárquica que le es propia; o sea, la Iglesia es signo salvífico
sacramental sólo gracias a que el Señor, su cabeza invisible, está representado
visiblemente en ella por determinados hombres (los Apóstoles y sus sucesores);
pues sin cabeza visible la Iglesia no puede ser representación visible del
cuerpo del Señor. Esta organización eclesiástica se debe a la voluntad del
Señor de continuar su acción salvífica mediante representantes
plenipotenciarios en la Iglesia.
Vimos que Cristo eligió entre
sus discípulos a Doce y los instituyó
como Apóstoles y como lo indica la palabra griega: "apostolos", los hizo sus
representantes en sentido apostólico y jurídico, colocando a Pedro al frente de
los mismos. Con la continuación de su misión, asegurada mediante la sucesión apostólica.
Jesucristo sigue viviendo personalmente en la Iglesia y es la cabeza que
vivifica y rige a todos los miembros del pueblo de Dios, no sólo por el
gobierno invisible del Espíritu Santo, sino también por la acción visible de
los servidores elegidos y autorizados.
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Agradecemos al P. Ignacio Garro S.J. por su colaboración.
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Jesús camina sobre las aguas
P. Adolfo Franco, S.J.
DOMINGO XIX
del Tiempo Ordinario
Mateo 14, 22-33
El Señor nos invita a salir de la seguridad de la barca y que arriesguemos aunque nos parezca que caminamos sobre las aguas.
Esta escena del Evangelio nos muestra a Jesús caminando sobre las aguas
mientras los apóstoles están en la barca remando con dificultad. Y cuando ven a
Jesús venir hacia ellos desde lejos, piensan que es un fantasma y se asustan.
Se nos presentan dos mundos, el mundo de la barca, en que se avanza con
dificultad y con mucho esfuerzo, y el mundo libre fuera de la barca, donde se
camina sobre el mar.
Esta escena tan especial del evangelio se puede interpretar como una clave
de nuestra vida, en su empeño por ascender más arriba; se puede interpretar
como un símbolo de lo que es la ascensión espiritual. Nos presenta como los dos
niveles de la realidad en los cuales nos situamos en esta vida los seres humanos:
el nivel de la realidad mundana, o sea eso que vemos, pesamos y medimos; lo que
llamamos nuestro mundo. Y el otro nivel, ese al que nos asomamos por la fe, al
que accedemos al orar: el nivel de la realidad sobrenatural, la que está
totalmente llena por Dios.
Volvamos a la escena: Jesús caminando sobre las aguas y los apóstoles en la
barca. Nosotros vivimos, como los apóstoles, en la barca, que está flotando y
está sostenida por el agua: ese es nuestro mundo. Jesús, que acaba de orar está
flotando sobre el agua. Ha orado de tal forma que está viviendo en el otro
nivel, en el que se flota sobre la realidad mundana. Y por eso los de la barca
lo creen un fantasma. Jesús ha vivido su oración de tal forma que parece
fantasma. Es el efecto de una oración elevada: su contacto con el Padre le da
una vivencia, una perspectiva y una apariencia nueva. Ocurre esto mismo en la Transfiguración en
que Jesús resplandecía de blancura; ocurre aquí, que vuelve de su oración y va
caminando por encima de nuestras realidades de cada día, por encima del mar.
Ocurre cuando, a la vuelta de una sesión de oración, los discípulos lo ven
transformado y se admiran y le piden: enséñanos a orar.
Este efecto transformador de la oración, ha puesto a Jesús (que siempre
vive con los pies en nuestra tierra) en otro nivel, a donde también nos quiere
llevar a nosotros. Por eso en este pasaje a Pedro le dice: Ven. Y Pedro sale de
la barca (de esta realidad simplemente mundana) al otro nivel, al de las
realidades supremas, y le manda que camine sobre las aguas. Desde este mundo en
que vivimos ahora ¿se puede acceder al nivel superior, el nivel de las
realidades inmutables? ¿Puede darse la invitación de Jesús a que salgamos de la
barca y a que caminemos sobre las aguas?
Toda persona, cuando la oración le introduce en el ámbito sin fronteras de
la fe, de alguna manera se ha puesto a caminar sobre las aguas. Y especialmente
en esa oración simple y silenciosa, en que nuestro espíritu se pone en su
totalidad a la vista de Dios. Pero también la oración más común de peticiones,
es salir de la barca y caminar por encima de las aguas, llamados por la voz de
Jesús. Y el sostén del caminante es la fe: la fe nos sostiene al ponernos a
caminar sobre el mar. Porque la oración es el ejercicio valiente y decidido de la
fe.
Algunas veces se experimenta la llamada fuerte a caminar sobre las aguas. Una
llamada a salir de la barca y caminar sobre la superficie del mar. Y ya no
salir de la barca momentáneamente para volver a ella, sino salir de la barca
para vivir caminando sobre las aguas. Alguna vez se da esta llamada y esta
experiencia. Y no es para salirse de este mundo, pero sí para ver el mundo,
desde encima del mar, y no simplemente desde la barca. Y ahí puede ocurrir el
peligro de titubear, de tener dudas de lo que está pasando y entonces, el agua
se abre debajo de los pies, y se hunde el sujeto de la experiencia. Y es que es
difícil no dudar, es difícil no preguntarse por la realidad nueva que se está
viviendo.
Esto por otra parte no es lo más importante de la lección de este
evangelio, lo verdaderamente importante es el conocimiento de las dos
realidades, y de que es fundamental que caminemos con la mirada puesta en ese
“maravilloso mundo del amor de Dios”, donde se camina sobre las aguas, al que
estamos llamados a llegar y a donde llegaremos para vivir asombrados.
Esta lección se puede sacar de esta escena: de una forma se ven las cosas
cuando estamos dentro de la barca, y de otra forma cuando salimos de la barca
para caminar sobre las olas. Desde la barca Jesús es visto como un fantasma, pero
cuando se sale de la barca se le ve como el que nos salva de las olas.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
Para acceder a otras reflexiones del P. Adolfo acceda AQUÍ.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú - 5° Parte: Su expansión
+P. Rubén Vargas Ugarte S.J.
2. LA EXPANSIÓN DE LA DEVOCIÓN
(Continuación)
2.1. La Congregación del Purísimo Corazón de María
En
1725, o a más tardar en 1726, aparecía en Lima la obra escrita en italiano por
el P. Juan Pedro Pinamonti: “El Sagrado Corazón de María Virgen, Nuestra
Señora”, traducida al castellano e impresa en México en 1720. El P. Messia
cuidó de reproducirla y le añadió una noticia de las Indulgencias que ganaban
los Congregantes de la Congregación fundada por él bajo este título en la
Capilla interior de la Casa Profesa de los Desamparados. El Prefecto de esta
Congregación, agregada a la de la Anunciata de Roma, fue nada menos que el
Virrey Don José de Armendariz, Marqués de Castelfuerte y en ella se
inscribieron los caballeros más nobles de Lima. El 7 de Diciembre de 1726 fue
la instalación solemne y en dicho año se publicó una Breve Noticia de este
suceso que no pudo menos que repercutir en la sociedad de entonces y sirvió
para esparcir el amor y devoción al Corazón de María.
El
segundo, es decir el P. Moncada, nos ha dejado como testimonio de su amor al
Sagrado Corazón de Jesús, la Casa de Ejercicios para Señoras Nobles de Lima que
en el año 1752 abrió sus puertas, gracias a la generosidad de la fundadora,
Doña María Fernández de Córdoba y Sande, viuda de Don Alonso Calderón de la
Barca. Esta señora entregó la casa y su administración a los padres dela
Compañía de Jesús, los cuales cuidaron de que en ella se diesen los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio, obteniendo por medio de ellos notable fruto. Aquí
fue donde muchas señoras aprendieron a honrar al Corazón de Jesús, titular de
la casa y donde aprendieron a penetrar en el interior de Jesucristo.
Claro
indicio de la Devoción que ya empezaba a extenderse es la impresión en el año
1752 de la Novena al Sacratísimo Corazón, sacada de la obra del ya citado P.
Loyola, aun cuando algunos años antes ya había comenzado a circular, pues en el
año 1746, se imprime en Lima otra y en la portada se dice que se “ha sacado
nuevamente para más extensión de su culto”, palabras que nos permiten suponer
que con anterioridad había sido impresa, aun cuando reconocemos que ningún
bibliógrafo ha descrito esta primera edición. La obra del P. Loyola fue
reeditada varias veces y a ella podemos añadir la del P. Onofre Martorell, de
la Provincia de Chile, que se reimprimió en Lima el año 1769, año en que salió
también de las prensas limeñas una Novena al Corazón Santísimo de María.
Ya
por entonces se comenzaba a practicar la devoción de los nueve primeros viernes
de mes, pues en el año 1778 se imprimía en Lima un “Exercicio Devoto al
Santísimo y Suavísimo Corazón de Jesús para el primer Viernes, después de la
Octava de la fiesta del Corpus, para todos los primeros de cada mes y para
todos los del año…” que el Arzobispo Don Diego Antonio de Parada enriqueció con
indulgencias. Con el tiempo fue creciendo la devoción y en un papel impreso en
1793, un devoto, Don Ignacio Escandón, celebraba al Corazón Divino en estos
versos:
Corazón que
eres de un Dios,
¿qué dirá de
Ti mi labio?
si tus finezas
no caben
ni en el
concepto más alto?
Treinta y tres
años sufriste,
mi Dios,
horribles trabajos
y en él, tu
constancia hallaste
para poder
tolerarlos.
Del corazón es
la vida,
el amor y este
te ha dado
vida para
recibir
un morir el
más tirano!
Ese corazón
herido
el rigor está
mostrando
pues después
de muerto ya
le rompió
sangrienta mano.
Si en algo correspondido,
fuera exceso
el sufrir tanto,
¿qué será el
favorecer
a
lo que son sólo ingratos?
De
esta manera continúa el autor y, al fin, termina de este modo:
Danos tu
gracia, que así
por nosotros
has pagado,
porque por
ella podemos
pagarte
y quedar honrados.
Y
en nota no olvidaba decir que en Lima se celebraba el Primer Viernes de cada
mes con mucha solemnidad y entonándose cánticos durante la misa. Todo esto
prueba cuán pronto arraigó entre nosotros el amor al Corazón Sagrado y cómo se
esforzaron los buenos cristianos en corresponder a sus finezas.
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Bibliografía:
P. Rubén Vargas Ugarte S.J. Historia de la Devoción al Corazón de Jesús en el Perú.
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Papa Francisco en visita apostólica a Corea del Sur

VIAJE APOSTÓLICO
DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A LA REPÚBLICA DE COREA
CON OCASIÓN DE LA VI JORNADA DE LA JUVENTUD ASIÁTICA
DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A LA REPÚBLICA DE COREA
CON OCASIÓN DE LA VI JORNADA DE LA JUVENTUD ASIÁTICA
(13-18 DE AGOSTO DE 2014)
La multiplicación de los panes y los peces
P. Adolfo Franco, S.J.
DOMINGO XVIII
del Tiempo Ordinario
Mateo 14, 13-21
En la multiplicación de los panes el Señor nos enseña que también el servicio en la Iglesia debe procurar ayudar en las necesidades materiales con dedicación.
En cada una de las acciones de Jesús se
descubre mucho de su mundo interior, tan maravilloso como insondable; y
especialmente en algunas de ellas queda bastante al descubierto de este mundo
interior, en el que quisiéramos perdernos, para llegar a admirar su misterio
más íntimo.
Y tenemos como puerta de entrada en el
mundo interior de Jesús, este milagro de la multiplicación de los panes. Para
captar todo lo que se manifiesta en este conocido milagro tenemos que irnos
fijando despacio en cada detalle de la narración. Y lo primero que nos dice el
evangelista es que, al conocer la noticia (se entiende de la muerte de Juan
Bautista) se fue a un lugar solitario. Jesús tiene afición a los sitios
solitarios. Necesita de estos espacios para estar plena y totalmente inmerso en
la contemplación de su Padre: necesidad de entrar en el abismo de Dios, y estar
totalmente envuelto por El. Para Jesús ésta es una necesidad más grande que la
necesidad del alimento y del sueño. Jesús necesita de este encuentro con su
Padre en solitario. Ahí se nos descubre un rasgo característico del mundo
interior de Jesús: su sed de Dios (si es que de El podemos hablar así).
Después el Evangelio nos habla de la
muchedumbre que tenazmente lo busca. ¿Por qué lo seguía la multitud? ¿Qué
habían descubierto en El? No es un bienhechor que reparte ropa, o favores. No
es un poderoso con el que conviene estar bien. Sus palabras, su persuasión, su
tono: ahí la gente del pueblo ha descubierto que hay un corazón que los acoge
con bondad. Justamente en esta narración se hace alusión a esto; se nos dice
que cuando Jesús vio a la multitud que lo seguía sintió compasión de ellos.
Los discípulos dicen a Jesús que despida
pronto a la multitud, porque ya se hace de noche y cada uno debe comprar su
comida en las aldeas vecinas. Jesús en ese momento manifiesta otro rasgo de su
personalidad: asume el problema de la multitud, como si fuera su propia
responsabilidad. Los problemas de los demás, no le son ajenos, son suyos. Es un
corazón generoso y que está siempre cerca del que lo necesita; es un alma
inconmensurable. Es más natural la actitud de los apóstoles: que cada uno
resuelva su problema; pero Jesús no siente así.
Y va a dar de comer a sus hermanos más necesitados.
Dios se interesa por el pan; para Él el alimento y todo lo material necesario
para la vida, también es importante. Y también cuida de esto. Jesús no es un
personaje irreal, que vive en un mundo de espíritus sin materia, sin
necesidades de cada día. El sabe que necesitamos el pan, el vestido, la casa,
el dinero. Y no es ajeno a las necesidades materiales. Va a hacer un milagro
portentoso, y simplemente para que unos hombres y mujeres que le seguían no
pasen hambre un día. Es también como un detalle de cortesía: a sus invitados, a
sus seguidores, hacerles pasar al comedor. En el Evangelio aparecen también
muchos detalles que muestran la cortesía de Jesús en el trato con todos. Lo que
manifiesta una actitud de gran respeto a los demás.
Otros detalles de este milagro que
manifiestan la “calidad” de su alma: hace que otros participen; El lo puede
hacer todo solo, pero quiere que también los demás sean sus colaboradores que
tengan parte activa. Primero: el niño que ofrece su pequeño don de los panes y los
peces. Este pequeño va a ser colaborador del gran milagro. Y después los
apóstoles: entre sus manos se va produciendo la multiplicación de los panes y
los peces.
Además Jesús manifiesta su enorme
generosidad: todos van quedar saciados en abundancia. No van a recibir el
alimento con medida, todos van a quedar saciados; Jesús es liberal y magnánimo.
Una pequeña pregunta para seguir
descubriendo a Jesús: ¿El tendría hambre? ¿El comió de esos panes y peces, o se
contentó con mirar alegre cómo comían sus seguidores?
Este extraordinario espíritu de Jesús se
manifiesta en cada una de sus actuaciones. Y es importante recoger con atención
y asombro cada uno de estos detalles, que harán crecer en nosotros el amor al
Señor que nos salva.
Todo termina, la fiesta se acabó y Jesús se
va al monte solo, a orar. Es todo lo que en ese momento le interesa; ha hecho
lo que tenía que hacer, y ahora necesita volver a la intimidad de su Padre.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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San Ignacio de Loyola
El 31 de julio se celebra la fiesta litúrgica dedicada a San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y autor de los Ejercicios Espirituales, invitamos a leer nuestras publicaciones dedicadas a su vida y su obra:
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